Desde una estrella distante - Agustín Fernández Paz - E-Book

Desde una estrella distante E-Book

Agustín Fernández Paz

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Beschreibung

Daniela, una niña de nueve años, pasa unos días en casa de su abuela en Mondoñedo, mientras sus padres terminan la mudanza de Lugo a Vigo. La niña sube a la buhardilla para curiosear y en el viejo baúl que su bisabuelo trajo de Cuba escucha un ruido. Al abrirlo se encuentra con un ratón que se pone a hablar con ella. Este le explica que es un extraterrestre en misión de reconocimiento de la Tierra que tiene la facultad de cambiar de forma y de hacerse invisible.

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Seitenzahl: 97

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Agustín Fernández Paz

Desde una estrella distante

Ilustraciones de David Pintor

Traducción de Isabel Soto

Contenido

1. Tiempo de decir adiós

2. La casa de Mondoñedo

3. El baúl que vino de Cuba

4. Un ratón políglota

5. Desde una estrella distante

6. El cuervo de don Álvaro

7. Edu sin disfraz

8. Una visita al Árbol Rojo

9. Una noche emocionante

10. Un extraño en el ordenador

11. Un piso al lado del mar

12. Explorando el territorio

13. Las diversiones de Edu

14. Las misiones de Edu

15. El primer día de colegio

16. Dos matones escarmentados

17. Un perfil en Facebook

18. Llega la hora de partir

Escribieron y dibujaron...

Agustín Fernández Paz

David Pintor

Créditos

You may say that I’m a dreamer,

But I’m not the only one.

[Puedes decir que soy un soñador,

pero no soy el único.]

JOHN LENNON, Imagine

1

Tiempo de decir adiós

—Este año no hay vacaciones, ¡ni lo sueñes! Ya tenemos suficientes gastos con el traslado.

Daniela se quedó callada. Su madre había pronunciado estas palabras en un tono cortante, incluso muy enfadada, dando a entender que no había nada más que hablar de aquel asunto. ¡Adiós a los días alegres en el camping, adiós a las amigas que había hecho el verano pasado, adiós a las horas eternas de juegos en la playa!

Y adiós también a sus amigas del barrio, y a los niños y niñas del colegio. Su familia abandonaba Lugo y se trasladaba a Vigo, con el propósito de asentarse en la ciudad del sur. De poco le valía que sus padres hablaran con entusiasmo del nuevo piso que habían alquilado, mucho más espacioso que el de Lugo y con una gran terraza desde la que se veía el mar. Ni tampoco que le repitieran una y otra vez todas las ventajas que tendrían en Vigo. Lo único real era que dentro de unas cuantas semanas estaría en una casa nueva, en un colegio nuevo, en una ciudad nueva. Y no le quedaba otro remedio que resignarse ante aquel cambio tan grande que amenazaba con borrar buena parte de su mundo.

—Hemos contratado la mudanza para el día 1 de agosto, y antes tenemos que recoger toda la vida de esta casa. Va a ser un trabajo enorme, solo de pensar en tanto jaleo, ya me echo a temblar.

La madre se dirigía a la niña con expresión seria, esa que reservaba solo para los asuntos importantes. ¿Qué intentaba decirle?

—Estos días, con tanto trabajo, no podremos atenderte. Así que a papá y a mí se nos ha ocurrido que lo mejor será que pases esta semana en casa de la abuela. Cuando tengamos todo colocado en el piso de Vigo, te iremos a buscar.

—¿Y Marcos también viene?

—No, Marcos ya es mayor. Tiene que echarnos una mano con el traslado.

Al ver que la niña ponía cara de disgusto, la madre suavizó el tono y añadió:

—No te pongas así. Total, solo será una semana. A la abuela le gustará verte. Me dijo por teléfono que le hacía ilusión. Y también están la tía Vero y Henrick. Me parece que te lo vas a pasar muy bien, ya lo verás.

Como su madre dio por finalizada la conversación, Daniela abandonó la sala y corrió a refugiarse en su cuarto. Se tumbó en la cama y se dejó arrastrar por la tristeza que sentía. Recordó un día de Reyes de hacía algunos años, cuando había logrado levantar un edificio altísimo con las piezas del juego de arquitectura que le habían regalado. ¡Lo había conseguido!, era el más difícil de todos los que se podían construir. Y entonces había llegado el imbécil de Marcos y, con la punta del pie, había movido uno de los puentes que sostenían el edificio. En un instante, la construcción entera se vino abajo, con todas las piezas esparcidas por el suelo. ¡Cuánta rabia le había dado!

Y ahora estaba sucediendo algo semejante con su vida. Desde que nació, hacía casi nueve años, no había conocido más casa que la de Lugo. Su habitación, sus juguetes, el piso por el que podría caminar con los ojos cerrados sin tropezar con ninguna puerta. Y el barrio, las amigas, la escuela, el parque... Todo lo que constituía su mundo estaba a punto de desaparecer. Se lo iban a cambiar por otro distinto, del que ella nada sabía.

Desánimo, inquietud, miedo, disgusto... en la cabeza de Daniela solo había lugar para sentimientos negativos. Comparada con lo que le esperaba, la estancia en casa de mamá Matilde era lo de menos. No le gustaba ir sola, y menos a una casa donde únicamente vivían personas mayores. Sabía que se alegrarían de verla y que la tratarían a cuerpo de rey. Pero no sería una semana de vacaciones; se parecía más a permanecer en una sala de espera, como la del dentista, solo para soportar el paso de los días a la espera de que llegase el momento de marcharse para Vigo.

Aun así, era preferible viajar a Mondoñedo. Por lo menos retrasaba un poco el traslado a la nueva ciudad, un territorio desconocido donde, estaba segura, se encontraría tan perdida como un astronauta en un planeta extraño.

2

La casa de Mondoñedo

El viaje de Lugo a Mondoñedo les llevó algo más de una hora. Daniela conocía bien el camino, había ido ya otras veces a casa de la abuela Matilde. La novedad era realizar el viaje con la única compañía de su madre.

Durante los primeros kilómetros, la madre había hecho lo posible por entretenerla, hablándole de los temas que se le ocurrían. Pero pronto, en vista del mutismo de la niña, puso música en la radio y el resto del viaje transcurrió sin que apenas intercambiaran unas cuantas frases.

La casa de la abuela estaba a las afueras de Mondoñedo. Para llegar hasta ella había que meterse por la calle que discurre por detrás de la catedral y del edificio del seminario y desviarse después por una estrecha carretera que cruza el valle por su parte más baja. Se llegaba así a un grupo de nueve o diez casas distribuidas entre un mar de huertas y de árboles.

La de la abuela destacaba por estar pintada de un intenso color azul, en contraste con las otras, con paredes de un blanco oscurecido por el paso del tiempo. Además del bajo y de la planta superior, el edificio contaba con un amplio desván, iluminado por dos claraboyas acristaladas. Se notaba que la casa había sido arreglada en fechas recientes, pues lucía una cubierta nueva de pizarra que contrastaba con los tejados más viejos de las casas de alrededor.

La abuela Matilde había debido de escuchar el ruido del coche, porque ya estaba delante de la puerta para recibirlas.

—Bienvenida, Elena. ¡Cuánto me alegro de verte! —La abuela se abrazó a la madre de Daniela en cuanto esta salió del coche—. Pensaba que llegaríais algo más tarde.

—Es que había muy poco tráfico —contestó la madre—. Y ahora, con la autovía nueva, se llega enseguida.

La abuela reparó de inmediato en la presencia de Daniela, que había tardado algo más en bajarse. Extendió los brazos en dirección a ella, y la niña corrió a abrazarla. ¡Mmmm! ¡Cómo le gustaba el olor azucarado de mamá Matilde!

—Pasad a la cocina, que os caliento un café. Anoche, cuando me avisaste de que veníais hoy, hice unas rosquillas de nata que me salieron muy ricas. Pasad, y así las probáis.

—¿Y Vero? —preguntó la madre, una vez sentadas a la mesa de la cocina.

—Verónica y Henrick se han acercado al pueblo. Hoy hay mercado, como cada martes. Siempre aprovechan para hacer una compra grande para toda la semana. No tardarán mucho.

—Pues aquí te traigo a esta joya, aunque no sé si vendrá con muchas ganas —Elena miró con cariño a su hija, que todavía mantenía una expresión contrariada—. Que se quede con vosotros una semana, mientras hacemos el traslado y ordenamos el piso nuevo. Después, cuando nos hayamos instalado, ya la venimos a buscar.

—Puede quedarse todo el tiempo que ella quiera. A nosotros no nos da ningún trabajo. Al contrario, nos encanta tenerla aquí.

Luego, dirigiéndose a la niña, la abuela añadió:

—¡Cuánto has crecido! Da gusto verte. ¡Y eso que aún te faltan unos meses para cumplir los nueve años!

Daniela sonrió, satisfecha por el elogio. Algo más animada, preguntó:

—¿Y dónde voy a dormir?

Si iba a quedarse ella sola, ya no le tocaría el dormitorio de la ventana pequeña, donde la acomodaban cuando venía toda la familia. Siempre estaba oscuro y no había sitio para nada, poco más cabía que la cama.

—Que duerma en mi habitación, así la tendrás a tu lado —intervino la madre.

—Hablando de tu cuarto, hicimos algunos cambios en él cuando arreglamos la casa —comentó la abuela—. ¿Por qué no subimos a verlo? Así me decís si os gusta cómo ha quedado.

Subieron las escaleras y caminaron hasta el final del pasillo. Entraron en el dormitorio que había sido de Elena desde siempre, el mismo en el que dormían ella y su marido cuando venían de visita. Era una estancia espaciosa, con dos ventanas que daban a la fachada y a uno de los laterales de la casa.

—¡Has cambiado la cama! —exclamó Elena, en cuanto vio la habitación.

—Sí. La otra estaba vieja y era un poco estrecha. El colchón también es nuevo, a Daniela le gustará dormir en él.

—¿Y todos los libros? ¡Has quitado la librería!

—Ocupaba demasiado espacio, y reconocerás que cualquier día se iba a caer todo; era de pino y estaba llena de polilla. Y, total, tú ahora casi no vienes nunca.

—¿Y dónde has puesto mis libros?

—Los hemos subido todos al baúl de tu abuelo Ismael, aquel tan grande que se trajo de La Habana.

Ante la expresión de disgusto de Elena, la abuela añadió:

—No tienes por qué preocuparte, Verónica y Henrick se encargaron de colocarlos. Algunos que ya no cabían los metieron en cajas y las dejaron al lado del baúl. Allí están para cuando te los quieras llevar.

Elena no respondió. Bien mirado, no tenía sentido objetar nada. Había dejado allí buena parte de los libros que había utilizado en el bachillerato y en la universidad. Y después, a medida que el espacio se hacía más necesario en el piso de Lugo, había ido llevando para la casa de Mondoñedo los libros que le sobraban, entre ellos las enciclopedias y diccionarios, que los avances de Internet habían convertido en innecesarios.

La silla y la mesa donde tantas horas había estudiado continuaban en su lugar. En el espacio de la librería, la abuela había colocado una cómoda y una butaca que le daban un aspecto distinto al cuarto.

Elena procuró que no se le notara el disgusto, y más cuando reparó en la expresión alegre de Daniela. Aquella había sido su habitación, el refugio de los años adolescentes, pero ya no lo era. No podía exigir que las cosas permanecieran como cuando vivía allí. Le agradaba reencontrarse con sus libros, eran los lazos que la unían a unos años que ya solo existían en su memoria. Ni se le pasaba por la cabeza deshacerse de ninguno, sería como borrar parte de su vida, algún día tendría que pensar en recuperarlos. Pero, mientras, el baúl de madera cubana era un lugar seguro para ellos.

Henrick y Verónica llegaron un poco más tarde, con el coche abarrotado de bolsas repletas de frutas y otros alimentos. Traían también un par de lubinas, que pensaban cocinar al horno para celebrar la reunión familiar. La intención de Elena era marcharse cuanto antes, había mucho que hacer en la casa de Lugo, pero tanto insistieron que se sintió obligada a cambiar de planes y a quedarse a comer con todos.