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Diana, una niña, observa desde su ventana el terrible incendio que arrasa el monte del Castro. A la mañana siguiente decide subir al bosque y allí encuentra un fantástico ser que cambiará su manera de ver la vida. Una novela que es un canto a la esperanza y la amistad.
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Seitenzahl: 54
Veröffentlichungsjahr: 2013
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Las hadas verdes
Agustín Fernández Paz
Ilustraciones: Asun Balzola
Patricia Garrido
A mi madre
COMOtodas las mañanas, Diana abrió la ventana de su habitación y miró los campos que se extendían alrededor de la casa. Un día más, lo que vio fueron las tierras áridas y los prados resecos, en los que la hierba hacía ya tiempo que había dejado de ser verde. Tan solo el monte del Castro, recortándose en el horizonte, conservaba los colores que estaba acostumbrada a ver: el verde oscuro de la ladera, ocupada por los pinos, y los verdes claros y alegres de la parte alta, por donde se extendía el bosque de robles y castaños.
La niña miró después hacia el cielo, todo azul, en el que no había ni siquiera la más pequeña nube. Todavía era temprano, pero el sol brillaba ya con intensidad, anunciando que también aquel día la temperatura sería muy alta.
«Otro día de calor», pensó Diana. Casi sin querer, le vino a la memoria la conversación de la noche anterior, mientras cenaban todos en la cocina, cuando su abuela había dicho que no se acordaba en todos los años de su vida de un verano como aquel, con un calor tan sofocante y con tantos días sin llover.
—El calor se aguanta bien, mamá. Y algún día tendrá que venir el agua, este tiempo no va a durar siempre —le había contestado el padre de Diana—. Todo va bien mientras no suceda una desgracia.
Y después, con ojos sombríos, había añadido:
—Los pinos están muy resecos, no sé qué puede suceder si sigue sin llover. Hoy he pasado por allí, y era lo mismo que caminar por dentro de un horno.
—No haberlos plantado, que bien te avisé —respondió la abuela—. ¿Qué mal te hacían los castaños y los robles?
—Eso no da dinero, mamá. Y los pinos, sí. Los pinos crecen muy rápido y los pagan bien —la voz de su hijo sonaba algo irritada, como si le molestase tener que hablar de aquello—. Además, queda bastante bosque, llega y sobra con el que hay.
Después, se levantó y salió para ir a ver las vacas, como hacía todas las noches antes de acostarse todos. Entonces Diana le preguntó a su madre:
—¿De qué desgracia habla papá?
—Del fuego, hija mía, del fuego. Papá tiene miedo de que, con tanto calor, el fuego prenda en el monte del Castro y se quemen todos los pinos jóvenes.
—¡Pero entonces, si se queman los pinos, también pueden quemarse los otros árboles!
—No, hija mía, no —la tranquilizó su madre—. El bosque de robles y castaños es diferente: conserva muy bien la humedad, no se quema así como así.
—Tiene razón tu madre —añadió la abuela—. Nunca en mi vida vi arder un bosque así, y eso que ya tengo mis años. Aunque ahora está todo muy seco, cualquiera sabe lo que puede hacer el fuego.
A Diana se le encogió el corazón al escuchar aquellas palabras. No quería que se quemase el pinar, no quería ver triste a su padre. Pero mucho menos quería que se quemasen los árboles del monte, el bosque tan querido, el lugar por donde ella andaba y jugaba siempre que podía.
Ahora,con la luz de un nuevo día, todo era diferente; incluso parecía imposible la preocupación que habían despertado en ella las palabras de la noche anterior. Desde la ventana, el bosque era solo una extensa mancha verde en el paisaje. Pero Diana conocía bien todos los secretos que encerraba aquel lugar que siempre la había fascinado, desde que tenía memoria, desde las primeras veces que había entrado en él, de la mano de sus padres o de su abuela.
El bosque era como un continente que ella había ido descubriendo poco a poco. Podía cerrar los ojos y, mentalmente, recorrer la red de senderos que, como venas diminutas, lo atravesaban en todas las direcciones, o llegar hasta los lugares más escondidos, como la pequeña fuente en la que nacía el arroyuelo que pasaba cerca de la casa, ahora casi sin agua. Sabía cuáles eran los lugares preferidos por las ardillas, dónde encontrar las moras más sabrosas, qué castañas daba cada castaño al llegar el otoño...
Hacía ya más de un año que la dejaban ir sola. Y Diana, siempre que podía, subía el camino que la llevaba hasta aquella arboleda que ejercía sobre ella una atracción tan poderosa. Allí, caminando entre los árboles, que, al juntar sus copas, formaban un techo protector, se sentía tan libre y solitaria como un robinsón en su isla desierta, como si habitase en un reino secreto que solo a ella le pertenecía.
UNAnoche, Diana se despertó de repente. Sintió pasos apresurados en la escalera, las voces excitadas de sus padres, el ruido de puertas que se abrían y cerraban con estruendo. Y escuchó también un fragor que venía de afuera, un ruido sordo que le pareció feroz y cargado de presagios. Además, a través de las rendijas de la persiana entraba una claridad extraña, que iluminaba la habitación con una luz especial y que proyectaba sombras inquietantes en la pared.
Se levantó y fue corriendo a la ventana, que había dejado abierta por el calor. Asustada, subió la persiana, adivinando ya el espectáculo que iba a ver. Frente a ella, el monte del Castro ardía como si fuese una hoguera de gigantes. El fuego iluminaba el cielo en un insólito amanecer, y las llamas, elevándose entre las nubes de humo, parecían fantasmas rojos que devoraban los árboles que encontraban. El aire traía hasta la niña el crepitar de la madera ardiendo y el calor de las llamas que avanzaban imparables, amenazando acabar con todo. Y traía también el sonido de las campanas de la iglesia, que extendían por toda la parroquia la amenaza del fuego.
Diana se vistió a toda prisa y bajó a la cocina. Allí estaban sus padres, así como otros vecinos que habían venido a ayudar a contener el fuego. Y también su abuela, sentada en silencio en una esquina de la mesa. La niña vio la preocupación en los rostros de todos. Hablaban a gritos, excitados y nerviosos, mientras se preparaban para enfrentarse a aquel incendio devorador.
—¡El Castro ya no tiene remedio, arde por todos los lados!
—¡Tenemos que conseguir que el fuego no se extienda!
—¡Venga, vamos allá!
—Vosotras quedaos aquí, no se os ocurra salir afuera —les dijo el padre a Diana y a la abuela—. Nosotros vamos a ver lo que podemos salvar.
