Dragón - Julián Ciocia - E-Book

Dragón E-Book

Julián Ciocia

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Beschreibung

Edición definitiva de la primera novela de Julián Ciocia, con un epílogo del autor Leandro vaga por las calles de Buenos Aires, de café en café, enamorado de Romina. Obsesionado por Romina, por su misteriosa forma de actuar, por sus idas y venidas, por lo que sabe de ella, pero sobre todo, por lo que ella oculta.  Dragón es una historia revulsiva, en la que el amor romántico estalla en mil pedazos, transformado por la locura de quienes se toman todo demasiado literal. Las constantes apelaciones al lector en la narración de Leandro lo hacen ir adentrándose a aquel en el mundo retorcido de este, del que difícilmente se pueda salir indemne.  En su primera novela, Julián Ciocia construye una Buenos Aires sórdida, recorrida por oscuros personajes que nunca se terminan de mostrar, como si estuviesen detrás de máscaras, que en el final se quitarán. En esta segunda edición, corregida por el autor, Ciocia agrega una nota final, en la que explica cómo Dragón constituye la piedra basal de su fecunda obra, que ya cuenta con cuatro títulos y aún más por venir. Sin dudas, poco a poco se va consolidando como un autor ineludible del terror, el thriller y el fantástico argentino contemporáneo. 

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Seitenzahl: 248

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Ähnliche


 

DRAGÓN

JULIÁN CIOCIA

 

 

Ciocia, Julián

Dragón / Julián Ciocia. - 2a ed revisada - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : OyD Ediciones, 2025.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-631-91297-0-0

1. Literatura Argentina. 2. Thriller. I. Título.

CDD A860

© 2019, 2025, OyD Ediciones

© 2019, 2025, Julián Ciocia

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446 de la República Argentina.

Dirección editorial: Nicolás Scheines

Corrección de estilo: Eliana Galanda y Nicolás Scheines

Diseño de tapa: Adriana Llano

Maquetación: Julieta Krawinkel

Dibujo de portada: Juan Carlos Galeazzi

Fotografía del autor: Macarena Piazzese

Conversión a formato digital: Estudio eBook

[email protected]

García del Río 4645 2º4, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

—Vos y yo tenemos algo en común, algo muy importante Palabras que Martín escuchó con sorpresa, pues ¿qué podía tener él en común con aquel ser portentoso? Alejandra le dijo, finalmente, que debía irse, pero que en otra ocasión le contaría muchas cosas y que —lo que a Martín le pareció más singular— tenía necesidad de contarle.

 

Sobre héroes y tumbas

Ernesto Sabato

 

 

 

 

—Lisa, ¿me desprecias? —le pregunté, mirándola a los ojos y temblando de impaciencia por conocer su respuesta. Ella enrojeció y no contestó nada.

 

Memorias del subsuelo

Fiódor Dostoyevski

 

CAPÍTULO I

Quiero adelantarme a ustedes, a cualquiera que lea esto, para advertirles que no voy a transmitirles ningún tipo de mensaje positivo. Puede ser, y así lo creo, que quienes continúen la lectura sean únicamente seres que padecieron historias de amor. Los que sintieron el calor, la dicha de amar en el completo sentido de la palabra. Pero que también, mediante mecanismos (imperceptibles a nuestros ojos, pero reales) acabaron en una miseria espiritual y psicológica similar a la mía.

Me resulta fascinante encontrarme acá sentado y poder relatar estos hechos que conviven conmigo, atrofiando mi mente día tras día. Pero es sabido —aunque detesto dar un ejemplo racional para algo que excede la razón— que, como refirió Heráclito: «Todo irremediablemente va hacia su contrario». Y esta fascinación con la que escribo mi historia, pronto será un motivo de desgano, de angustia y de dolor. Los síntomas de mis miserias van a ser desparramados a medida que continúe.

Será más bien una tortura. Lo siento por ustedes, por los que sigan, verdaderamente es lo único que puedo decirles. Ya que detenerme es imposible. Si no relato, mi cordura, lo poco que queda, me va a llevar hacia un abismo.

 

Mi historia con Romina Villegas no es ordinaria. Comenzó con un encuentro casual, parecido al que viví con Mariela meses después. Es sabido que las casualidades, si es que existen, tienen un motivo incierto. En mi caso, no sé si la casualidad jugó a mi favor o en mi contra. Todo depende desde qué punto de vista se lo analice. Pero ciertos hechos confirmaron que mi pronto amorío había sido definido por, llamémoslas, entidades superiores, desde mucho tiempo atrás.

La tarde del nueve de octubre, en el mismo café donde todo terminó, fue cuando la conocí. No recuerdo el nombre del lugar. Quizás se deba a la contraposición de sentimientos que representa. Lo único que tengo claro es que estaba ubicado cerca del cementerio Recoleta.

Ella estaba con un pequeño grupo de personas y conversaban en voz alta. Yo leía La tregua, ubicado en un rincón apartado, pero de tanto en tanto me veía interrumpido por sus voces.

Luego de un rato, me levanté para increparlos por su desconsideración, y quedé paralizado cuando la vi por primera vez. Casi puedo describir el encuentro como uno de novela romántica.

Me senté nervioso y fingí concentrarme en el libro, aunque era imposible no dirigirle la mirada. Al rato, ella se retiró junto con su grupo. Eran dos hombres y dos mujeres. Y en todo momento me pregunté qué serían. ¿Amigos? ¿Amantes? ¿Podía ser que alguno estuviera con ella?

Uno de ellos aparentaba unos cuarenta años, y tenía un gesto muy altanero. Me fue muy fácil distinguir que era él quien llevaba adelante esa reunión. A su lado había una mujer mucho más joven que él. A juzgar por el modo en que ella le sostenía la mirada mientras él hablaba, podría jurar que era su pareja, o que, mucho peor, mantenían algún tipo de relación extraña, en la que ella presentaba una especie de fanatismo hacia él. Enfrente de ellos había un joven de espalda muy ancha al que me costaba ver con precisión y, a su lado… ella. La única mujer que cambiaría mi mundo por completo. Y puedo jurar que me observaba de reojo cada vez que podía mientras el sujeto a su lado hablaba.

Desde esa tarde, viví de su recuerdo. La pensaba día y noche, esperando volver a encontrarla. Y para mi alivio, la volví a ver pocos días después, en otro encuentro casual.

La crucé en el tren Mitre, una mañana del mismo mes.

—Hola —la saludé.

Ella me miró incómoda. En primer lugar dirigió su brazo hacia la cartera, como si quisiera prevenirse de un posible robo. Luego volteó hacia atrás, pensando que le hablaba a alguien más.

—¿Me hablás a mí?

Varias personas curiosas giraron para ver, pero esto no condicionó en lo más mínimo mi actitud. Era incapaz de sacarle los ojos de encima, y le tendí mi mano. Ella la estrechó con cierto recelo y desconfianza.

—Leandro —dije.

—Romina. ¿Nos conocemos?

Qué torpe resulta narrar estos acontecimientos. Me hacen sentir despreciable y asqueroso. Qué forma tan vulgar de abordar a una mujer tan especial como ella. Presentándome tristemente en un sitio poblado de personas sin nombre. Poco importaba quiénes fueran, ya que jamás volveré a reconocerlas. Estos malditos entes podrían ser los mismos día tras día y transitar por mi vida sin siquiera percatarme. En cambio, ella ahora pertenecía a otro tipo de persona. Y es que cuando conozco a alguien, me es preciso imaginarme a esa persona en el futuro. Con todas las responsabilidades que conllevaría darle un papel en mi vida, sus defectos y sus virtudes.

Quiero describir a Romina, ya que no lo hice en el comienzo de mi historia. Es importante que tengan una imagen fotográfica. De otro modo, jamás podrán comprender cuán perfecta era en todos sus aspectos. Era bastante alta, casi de mi estatura. De ojos color marrón y morocha. Tenía una nariz corta, con una terminación puntiaguda y una leve protuberancia en su centro. Sus pómulos eran redondeados, y se le formaba un arco extraño cerca de la boca. Era muy particular el contorno rosado de sus labios, y también los pequeños hoyuelos que se le hacían en las mejillas cuando sonreía. Las cejas eran finas y una sombra discreta lascubría por debajo. Mirada pasiva y, a la vez, amorosa. Aunque cuando se enojaba se volvía salvaje. Tenía una forma de caminar confiada y desinhibida. Parecía ser la dueña del mundo. Manejaba con total confianza su alrededor, y lo hacía de tal modo que era imposible no fijarse en ella en cuanto llegaba. También tenía una costumbre compulsiva, que resultaba grandiosa: cuando quería decir algo que no podía, se frotaba las manos. Pero lo hacía de un modo tan tranquilo y tan calmo que era como un movimiento inconsciente. Ese pequeño gesto… me entusiasma de solo pensarlo. ¡Qué poco necesitamos los seres humanos para sentirnos bien!

Los resultados de mi encuentro casual me habían abierto dos panoramas diversos. Por un lado, tenía la oportunidad de volver a verla. Ya la había saludado una vez; la siguiente carecería de una presentación incómoda, y podía romper el hielo con algún chiste. Pero, por otro lado, la puerta era muy dificultosa de atravesar. Estaba estrictamente asociada con pensamientos inquietantes. ¿No le agradé? ¿Por qué no le agradé? Y aunque tenía centenares de respuestas preparadas, ninguna satisfacía mi ansiedad. Romina era mi excusa perfecta para contradecirme. Tenía suficiente como para debatirme la vida entera esas inquietudes

La siguiente vez la encontré en el Parque Saavedra. Ella leía en un banco de la periferia del parque. No perdí oportunidad de acercármele. El encuentro de la vez pasada en el tren había resultado incómodo. Tenía la opción de remediar los hechos y disculparme por mi atrevimiento.

Esperé hasta sentirme confiado, y en cuanto junté fuerzas me dirigí hacia ella. Di una vuelta alrededor del banco y me senté en un costado del sentido inverso. Romina no lo notó. Más tarde, evaluaría esta como otra advertencia acerca del camino que pretendía abordar. Uno distante y contrario.

—Qué bonito día —dije lo suficientemente alto como para que lo oyera.

Ella levantó la vista, pero no se atrevió a mirar. Luego continuó imperturbable en su lectura.

No puedo explicarlo con precisión, pero me hizo sentir vacío. Había dado el puntapié inicial por segunda vez, y lo único que conseguí fue una notable y agria indiferencia. ¿Cuál era la maniobra adecuada? ¿Qué paso debía seguir para que ella se fijara en mí? ¿Hacer otro intento? Aunque sabía la respuesta desde hacía rato. Su indiferencia era el reflejo de la sociedad que la formó. Almas en busca de otras almas, aisladas por una incomunicación total, pero curiosamente comunicadas.

—Hola —escuché e instantáneamente me di vuelta. Era una voz masculina.

Me invadió una ola de celos cuando percibí la figura del hombre del bar, enfrente de Romina. Tenía un gesto rudo en su rostro, cejas muy gruesas y ojos de color café oscuro.

—Hola —dijo Romina y se levantó para saludarlo.

Pude notar que la voz de Romina carecía de emoción. Y a pesar de eso, sentí una rabia inexplicable. Quizás fue el modo en el que él la miraba a ella, como si la poseyera por completo incluso antes de tocarla.

—¿Estás hace mucho? —preguntó él.

—Hace diez minutos.

—Ah, bueno. Te extrañé… —dijo él, y cuando ella se levantó la abrazó por la cintura. Romina lo apartó sutilmente.

—¿Vamos? —preguntó Romina.

La primera vez que la vi fue en el café, y luego la volví a encontrar en el tren. Pero el momento en el que supe con certeza que ella iba a ser mucho más que un suspiro para mí, fue la tarde de la plaza.

No pude aguantar la curiosidad (bendito sea que así haya sido) y tuve que seguirla, ya que hablar de necesidad es mi principal motivación. Caminaron tomados de la mano durante un largo rato. Me mantuve a cierta distancia y, cada tanto, cuando paraban por algún motivo, yo aparentaba mirar a otro lado. Los notaba inquietos.

—Sentémonos acá un rato —le escuché decir a él cuando llegaron a otra plaza más pequeña, y ella accedió. Yo me ubiqué justo detrás de ellos; aparentando que me acostaba a dormir, pude escuchar a la perfección lo que hablaban.

—¿En serio me decís? —preguntó él, nervioso—. Eso no es algo que puedas decidir vos.

—¿Entonces qué sí puedo?

—Otras cosas.

—Ya no estoy segura de si es lo que realmente quiero.

Permanecieron en silencio durante varios minutos. Los suficientes como para que recobrara el aliento. Podía notar la incomodidad con la que se trataban. Y a simple vista se notaba que ambos se enfrentaban a algo superior a ellos. Al menos Romina… Creo que no exagero al decir que una especie de miedo guiaba cada una de sus palabras.

—Espero que verdaderamente pienses esto, Ville.

—Es lo único que hago desde hace mucho tiempo.

Al poco tiempo comenzaron a recorrer el sendero de la plaza, y los seguí. No estoy seguro de que en algún momento él haya notado mi presencia, pero sé que Romina no lo hizo.

Cuando llegaron a uno de los pocos edificios altos que hay en Saavedra, supe que se trataba de la casa de Romina. Allí los observé mientras se despedían, y vi cómo él le dijo algo al oído. Romina lo miró, y sus ojos se abrieron asombrados. Luego el hombre sonrió y ella se apresuró hacia dentro.

 

Durante las siguientes semanas volví a seguir a Romina. Calculé con precisión sus horarios, por lo que conocía cada uno de sus pasos. Sabía a qué hora entraba a trabajar y a qué hora se iba. También sabía que los jueves hacía tiempo en un bar de Belgrano. Siempre en el mismo bar y siempre tomaba lo mismo: un cappuccino. Cuarenta minutos después se dirigía a un instituto privado, donde tomaba clases de francés. Sabía esto, como también sabía que los lunes por la noche entraba a una casa que no era la suya. Sospechaba que se trataba de un amante. Podía ser el de cejas anchas…

Hasta que un día por fin sucedió el acontecimiento esperado, ese que cambió estrepitosamente mi vida.

Yo esperaba en el mismo café de siempre, y faltaban alrededor de diez minutos para que ella llegara. Y aunque mi plan de espiarla resultara altamente riesgoso y perverso, me había dado resultado.

Comencé a impacientarme con el paso del tiempo. ¿Acaso va a faltar a su clase de francés? ¿Por qué no viene a tomar un café? Y mientras más minutos transcurrían, más creía que no la iba a ver. Hasta que se presentó como una sombra delante de mí, me tomó del brazo inesperadamente y me apretó.

—Vos —dijo. Luego se sentó enfrente, y nos miramos a los ojos. Me sentí extasiado—. Tenemos que hablar —dijo a continuación.

—¿Tenemos? —pregunté.

—¿Qué querés de mí?

Permanecí tenso, observando cómo se acomodaba en la silla. Era consciente de estar lidiando con alguien que seguramente sabía desde el primer día que estaba tras ella.

—Bueno, yo…

—Mi nombre te lo dije, mi trabajo seguro ya lo sabés también. Sabés qué estudio, qué hago y lo demás de mi vida privada. Pero seguro no es eso lo que te importa. Decime realmente, ¿qué querés?

Me arremetieron unas ganas incontenibles de decirle «te quiero a vos», pero no dije nada.

—Para que sepas, ya no lo veo más a él.

Imaginé que se refería al sujeto de cejas anchas.

—¿Por qué?

Me sonrió, y luego se apartó el pelo de su cara.

—No puedo mostrarte ahora.

—¿Por qué?

Permaneció en silencio, como si mi pregunta nunca hubiese existido.

—Tengo sueño.

—¿No dormiste? —No sabía por qué había salido con eso, pero tenía que seguirle el juego.

—¿Qué? ¿No sabés?

—¿Qué cosa?

—¿No me seguiste ayer?

No le contesté.

—Pensé que te habías ocultado lo suficientemente bien como para que no te viera. Ayer no volví a casa.

Ahora que ha pasado el tiempo me arrepiento de no haberle preguntado dónde durmió.

—No te quedes callado… Bueno, en fin. Yo no soy como vos, nunca te seguí. Aunque sí averigüé algunas cosas.

—¿Qué cosas? ¿Cómo? ¿Cuándo?

—¿Por qué renunciaste a tu trabajo? —No supe qué responderle. Obviamente no era un asunto para contar en una sola tarde de café. Requería varios días para que comprendiera mis razones profundas.

—No lo vas a entender.

—Probame —contestó ella con un aire seguro, de superioridad. No pude resistirme.

—Básicamente… es un tema bastante complejo. No podía más con mi ambiente laboral… Toda la gente del lugar… era una porquería.

—¿Oficina?

—Sí… —Me sorprendió su pregunta. Ella podía resumir toda mi angustia en una sola palabra. Y lo hizo de una forma espontánea, sin pensar.

—¿Y cómo vivís ahora?

—Ahorros… ¿Y vos?

—¿Para qué me preguntás si ya sabés?

Volví a quedarme callado. Algo de ella me incomodaba.

—En una compañía de seguros.

—Ah… Sí, sospechaba que se trataba de algo así…

—¿Y nunca se te dio por preguntar? Pensé que eras más inteligente… —Dudó un instante y luego dijo—: Igual voy a darte mi número.

Abrió su cartera y sacó su celular. Luego levantó la vista y me miró extrañada.

—¿No vas a darme el tuyo?

—Sí… sí —le dije, y saqué el mío apresurado.

Luego nos despedimos con un beso en la mejilla. La observé marcharse y doblar en una esquina.

 

Luego de aquella tarde en el café, ingresamos en un terreno oscuro. Ese que marcaría nuestro comienzo y nuestro fin. Tuvimos un período de incomunicación, que duró poco más de una semana. Romina no me contestaba los mensajes. Y estoy seguro de que los leía, porque siempre fui algo paranoico, y me fijaba en la hora en que usaba el celular. Tenía la opción de llamarla, pero no me parecía fiable. ¿Qué va a pensar? ¿Que soy un obsesivo? ¿Que no puedo vivir sin ella?

Hasta que una mañana recibí una llamada, y me sobresalté al ver su nombre en la pantalla. Por supuesto, me hice —o pretendí hacerme— el ofendido. Era evidente que no la conocía aún lo suficiente.

—¿Hola? —atendí.

—Perdón que no contesté tu mensaje.

No entendía cómo usaba un término singular, cuando fueron ocho mensajes los que le mandé.

—¿Cómo andás? —preguntó a continuación.

Decidí cortarla en ese momento. Qué equivocado estaba, no sabía que los tiempos siempre los iba a manejar ella. Quién decidía cuándo y cómo nos veíamos. Que la indiferencia y la incomunicación eran su lenguaje madre.

—Bien, ¿te puedo llamar en un rato? Estoy trabajando.

—Ah… ¿conseguiste trabajo?

—Después hablamos, ¿dale?

—…

Corté, y durante el resto del día me pregunté por qué había hecho eso. ¿Qué sentimientos de venganza crecerían en ella?

La llamé más tarde, y mi voz salió desesperada. Creo haber perdido el sentido del tiempo, porque asumo que todo ocurrió de noche. Pero cuando pienso en Romina, siempre es confuso. No sé si nuestra conversación no fue un interrogatorio de mi parte, como siempre lo era, o pasó a ser algo más parecido a nuestra segunda etapa. Lo que sí puedo decir con certeza es que pasaron semanas hasta que volví a verla. Y no iba a caer otra vez en la tentación de seguirla. Como dije antes, y vuelvo a repetirlo, sus palabras, aunque fueran pocas y extrañas, me inspiraban confianza. Creo que calmaban mis ansiedades con respuestas inciertas. Era un vacío confortable. Sé que suena raro, pero tengo mis justificaciones. Solo conté la primera parte de la historia. Las veces que la seguí y nuestro encuentro en el café. Pero lo que a continuación ocurrió… todo está marcado por pequeños detalles.

 

Algunas semanas después de nuestra charla por teléfono tuve noticias de ella. Fue a través de mi amigo Juan, que había vuelto a la ciudad luego de un largo viaje, y me llamó a los pocos días de haber regresado.

—Creo que vi a Romina —me dijo él.

—¿Cómo que creés? Si no la conocés…

—Por lo que me describiste.

Me había olvidado por completo de que un tiempo atrás le había hablado de ella.

—Me dijo que la encontraras mañana, en la estación Drago.

—¿En la estación Drago? ¿Pero te dijo una hora o algo más? ¿Cómo la conociste?

—Tranquilo. Ella me reconoció a mí. No me dijo nunca su nombre, pero por las cualidades que me contaste, supuse que era ella.

Nuevamente, estaba repleto de preguntas.

A la mañana siguiente salí de casa alrededor de las seis de la mañana. Estaba ansioso y varias veces lamenté no haberme despertado antes. No tener un horario fijo nos ponía en la posibilidad de que nuestro encuentro se concretara de madrugada. Eran seis horas echadas a la basura, solo por mi cansancio. Una muestra más de mi propio egoísmo.

La esperé durante nueve horas sentado en la estación. No me importaba pasar varias horas bajo el sol, ni tener hambre. No quería moverme, previendo la posibilidad de que ella apareciera en cualquier momento.

—¿Vos sos Leandro?

—Sí… yo soy Leandro —contesté a un hombre que se había parado a mi lado.

—Me dijo Romina que la esperes un rato más, que está en camino.

—¿Y quién sos vos? —Lo miré a los ojos, y por un momento puedo jurar que lo reconocí. Pero no tuve la certeza de eso, por lo que descarté la posibilidad de una asociación de rostros.

—Esperala —dijo con una sonrisa. Luego se retiró.

Aquello me dejó con un desconcierto mayor. ¿Quién era aquel sujeto? ¿Por qué se había presentado de manera tan extraña?

Estaba convencido de que no iba a dejarlo pasar esta vez, de que iba a indagar sobre su posible procedencia cuando ella apareciera. Pero cuando la vi acercarse, me perdí en su rostro.

—¡Hola! —dijo y me condujo del brazo a un bar detrás de las vías del tren.

Yo me dejé llevar sin hacer el menor comentario.

—Hacía mucho que no te veía —dijo mientras nos acomodábamos en una mesa y ella buscaba con la vista al mozo—. ¿Cómo andás?

La observé inquieto, mientras esperaba ansioso, aunque no sé por qué.

—Bien, bien… —No me pude contener—: ¿Por qué no respondés los mensajes?

Fui directo, y no me gustó mi tono. Pero fue un grito del alma, una descarga, un intento desesperado por saber algo de ella.

—Soy muy colgada —dijo, y sonrió. El peor remedio, la calma inmediata con esa inyección de veneno adictivo que se infiltraba en mis venas y conducía directo al corazón.

Transcurrieron algunos minutos entre charlas sin sentido. Me contó sobre el curso y sobre el trabajo. Detalles insignificantes que no logro recordar. La mezcla entre la ansiedad y la angustia se filtraba a través de sus palabras, y la única respuesta que buscaba era la de su interior. No quería conocer los detalles de sus actividades.

Me impacienté luego de un rato al ver que sacaba una y otra vez el celular. Lo deslizaba a través de sus dedos y cada tanto echaba raudas miradas, como un halcón, esperando que suene o que haga alguna clase de alarma. Nunca supe quién era esa persona tan especial por la que esperaba. Quise preguntarle qué había de interesante en ese aparato para que no pudiera apartarle la vista, pero no me atreví.

Al rato nos fuimos del bar y caminamos por las calles aledañas de Villa Urquiza. Se había hecho de noche y soplaba un viento muy frío. Me preguntaba una y otra vez si sería el momento indicado para abordarla. De concretar un vínculo más cercano, del tipo romántico. ¿Hacia dónde íbamos? Me paralicé cuando sentí que me tomaba del brazo para cruzar la calle. Sentí su cálida mano contra mi piel. Fue una sutileza, lo sé, pero fue el impulso que necesitaba para llegar a ella.

Por fin nos detuvimos en la avenida Congreso.

—Me voy a tomar un taxi —dijo.

—¿Ya te vas?

—Sí, tengo que ir a una reunión.

Esa frase me perturbó con el correr del tiempo. Pero en aquellos instantes, mi mente iba más allá de cualquier sentimiento de posesión.

Me dejé llevar, y un profundo impulso me llevó a sus labios.

—¿Y ese beso?

—¿Qué? ¿No te gustó?

—Fue muy corto.

Esta vez fue ella la que me besó, y nos abrazamos en lo que me pareció una eternidad.

—¿Ahora me tenías que besar? —pronunció. Los dos reímos, y no sé qué le respondí (recuerdo solo frases sueltas). Aunque sí tengo presente el momento en el que se despidió. Cinco minutos después me mandó un mensaje para que vaya a esa reunión. Este fue uno de mis grandes errores. El hecho fatal que culminó con mi fracaso definitivo y quebró mi futuro con ella. Porque en el momento en que el taxista me preguntó: «¿Cambiamos el destino?», le contesté que no. Confiado en que esa noche había hecho lo que debía, y que Romina pasaría por alto esa decisión… ¡Qué tonto fui!

 

Durante los siguientes días nos vimos con más frecuencia y fue la etapa más feliz de mi vida. Cuando pensé que nada podía hacerlo aún más perfecto.

Ella se presentaba como mi esperanza y mi única salida para triunfar en un mundo al que me costaba tanto enfrentar. Nos mandábamos mensajes casi todos los días, y estábamos constantemente comunicados. Cuando no, la podía llamar sin sentirme incómodo.

Una de esas noches nos encontramos en la estación de Devoto. Quedamos en ir al cine. La esperé en un banco frente a una pequeña plazoleta, mientras leía El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez.

Estaba nervioso, no sabía cómo comenzar nuestro reencuentro. Después de todo nos habíamos despedido con un beso la última vez. Pero cuando bajó del tren la vi tan segura, tan decidida, que no me faltó pensar más. Se acercó sonriente, y con ese paso desinhibido que siempre me gustó, me dio un beso.

—¿Qué estás leyendo?

—El amor en los tiempos del cólera.

—Ah, ¿en serio? A mí me encanta, lo leí varias veces.

—Sí, está muy bueno, ya me queda poquito. —Desvié la mirada y la posé en el libro.

—¿Vamos al shopping entonces?

—Dale.

Me tomó de la mano, segura, sin que le dijera nada. Caminamos hacia Beiró.

—Te compré algo… —le dije.

—Ay, no, no era necesario.

—Tomá… —Saqué de mi mochila un libro, Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Stevenson.

— ¡No! ¡Qué groso! Pero no hacía falta.

—Sí, sí hacía. Te lo compré hace mucho.

Me dio otro beso y continuamos caminando hasta que por fin llegamos al shopping. Nos sentamos en un café a esperar y a charlar un rato. Ella hojeó el libro.

—¿Me lo dedicás?

Hice un garabato con mi firma habitual.

—¿Y no me vas a poner nada? —me preguntó. Sonreí. Tenía razón. ¡Qué poco atento estaba siendo! Le puse, si mal no recuerdo, «Para Romi, con todo mi amor». Luego nos sacamos algunas fotos con mi celular. Aún las conservo. Son las únicas pruebas fiables que atestiguan que en algún tiempo nos conocimos.

La tarde-noche de cine se pasó rápidamente y luego fuimos a una plazoleta, frente a la parada del 105, y a la estación. Permanecimos juntos hasta alrededor de las doce y media de la noche. Hablábamos y nos besábamos, abrazados en un viejo banco. Esto lo repetiríamos casi hasta el final, aunque en otras plazas y en otros bancos. Como una historia que vuelve a renacer. Una especie de círculo que no cierra.

Se acercaba fin de año, y nosotros despedíamos el último despojo de nuestro ciclo vital. La luna se esparcía de forma tan brillante sobre los cielos de Buenos Aires, anunciando que nuestro tiempo se aproximaba a la catástrofe. A pesar de comenzar su temporada más feliz, abría las grietas de un agujero oscuro y profundo, de calamidades insaciables.

 

La volví a ver después de las Fiestas, durante la primera semana de enero. Acordamos encontrarnos frente a La Rural, a eso de las seis de la tarde.

Cuando la vi venir a lo lejos se me paró el corazón.

—Hola —me saludó.

—Qué hermosa que estás —le dije. Habíamos acordado ir a pasear al zoológico. ¡Qué idea tan tonta tuve!

Ella se sonrojó y me tomó de la mano. Caminamos un largo rato, ajenos a toda clase de preocupación.

—Vení —me dijo en un momento, con una sonrisa inquieta—. Te quería hacer una pregunta… ¿Querés venir a casa hoy?

Fue una pregunta irresistible. ¿Qué otra cosa más que sí podría responderle?

—Dale —le dije, y al rato, cuando nos cansamos de caminar, fuimos a su casa.

Durante la mayor parte del viaje me sentí observado. Como si alguien quisiera descubrirme. Hasta que por fin divisé aquellos amargos e inciertos ojos. Negros como la noche, y bañados de un sepulcral reflejo amarillento. Era la misma mirada que había visto en la estación de Drago.

—¿Lo conocés? —le pregunté a Romina, con el fin de intimidarla.

—¿A quién?

—A ese que me mira. —Señalé con la cabeza.

—No tengo idea de quién es.

Sé que mentía. Era imposible que no lo conociera, ya que era el mismo sujeto que me había avisado de su retraso. Su barba oscura y su pelo grasiento, además de sus ojos negros, me recordaron aquella tarde.

—¿Segura? Podría jurar que es el mismo que me dijo que estabas por llegar.

—No tengo idea de qué me hablás. No le dije a nadie que salía con vos.

—¿Entonces cómo puede ser que él supiera tu horario? —Entraba en un terreno peligroso.

—Te pareció a vos.

—No me digas…

—¿Qué?

—No es la primera vez que pensás así.

—¿Que pienso cómo?

—Como si yo me imaginara las cosas.

—Es que me salís con cada una… —dijo riéndose.

—¡Sé lo que vi! —le dije levantando el tono de voz.

—Bueno, está bien —me respondió ella, y cuando levanté la vista, el sujeto había desaparecido.

—¿Adónde se fue?

—No sé… ya fue. —Tomó mi cara y me dio un beso. Fue como un alivio inmediato a mi tensión.

Una lluvia torrencial nos abatió cuando bajamos y cruzamos una pequeña plazoleta. Prácticamente llegamos a su casa corriendo entre risas. Me había mojado la ropa, y cuando ella me ofreció cambiarme en su casa, le dije que no. En cambio, Romina lo hizo sin que le importara que invadiera su privacidad, y eso que vivía en un departamento monoambiente.

—Perdoná, no sabía que te ibas a cambiar —le dije cuando se sacó el jean. Aunque mentí, sí sabía que lo iba a hacer.

—No, no pasa nada. ¿Vos no querés cambiarte?

—No, no. Gracias.

—Por lo menos descalzate y sacate las medias —dijo ella. Luego pasó delante de mí, aún en ropa interior.

—¿No querés al menos sacarte la remera? Estás empapado.

Romina fue hasta el armario y sacó una remera roja de hombre.

—A ver, probátela.

Hice lo que me pidió, y ella me miró divertida.

—Me gusta cómo te queda el rojo, es tu color.

Sonreí torpemente.

—Creo que tengo algo para cocinar, a ver. —Se dirigió al freezer—. Sentate si querés.

La obedecí y observé con suma curiosidad mi alrededor: su biblioteca, algunas de las cosas que yacían desparramadas por la mesa y varios encendedores de distintos tipos.

—¡Ahí está mi libro!

—Sí, todavía no lo pude leer. Pero ya lo voy a hacer.

Y creí sus palabras, como tantas otras veces. Esperé que me comentara «lo leí, y me gustó tal y tal parte», o «me pareció una porquería», con total sinceridad. Solo por el pequeño compromiso entre dos que se da cuando uno presta o regala un libro. Es como un traspaso de una porción de tu ser. Una forma de compartir, aunque sea puramente en nuestra imaginación, un mismo sentimiento.

—No, no tengo nada —dijo Romina—. Pensé que tenía algo para comer, pero me olvidé de comprar.

—No hay problema, si querés pedimos algo...

—Para mí no. Yo no tengo mucha hambre. Pedite para vos.

—¿No vas a comer nada?

—No tengo hambre. No suelo comer de noche.

Sé que hay muchas personas que tienen esta costumbre y que no debería parecerme raro, pero el modo en que ella lo dijo lo hizo sonar muy misterioso.