Dragon Mate - RAiDeN - E-Book

Dragon Mate E-Book

RAiDeN

0,0
4,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Te lo advierto, si lees mi historia conocerás hechos que jamás deberían haber ocurrido o, peor aún, ser revelados a persona alguna. Aunque supongo que, si pese a lo dicho continúas leyendo, será porque eso ya ha sucedido y alguien ha recopilado mis pensamientos en forma de libro sin importarle las consecuencias que tenga sobre la paz interdimensional o, más importante todavía, mi opinión de ello. Bueno, pues de perdidos al río. Nunca he sido de esas chicas que ocultan lo que piensan y, mucho menos, que se dejan atar por normas ajenas. El Tratado de Paz estuvo condenado en cuanto me tocó bailar con la más fea, siendo esta cierta monstruosidad informe de intenciones poco amigables. ¿O tal vez todo se fue al garete junto a la aparición de cierto príncipe de los dragones asegurando ser mi alma gemela? Y no nos olvidemos del momento en que puse un pie en el Palacio Cristalino, la institución donde son educadas las futuras élites del mundo sobrenatural... ¿Suena a sueño adolescente excesivamente fantasioso? Pues es mi pesadilla personal.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 591

Veröffentlichungsjahr: 2023

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Publicado por:

www.novacasaeditorial.com

[email protected]

© 2023, RAiDeN Caster

© 2023, de esta edición: Nova Casa Editorial

Editor

Joan Adell i Lavé

Coordinación

Edith Gallego | M&C

Cubierta

Sara Anahí Vera Vizuete (Eira D. Hania)

Maquetación

Elena López Guijarro

Corrección

Mario Morenza

Impresión

Masquelibros S.L.

Primera edición: mayo de 2023

ISBN: 978-84-1127-453-1

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917021970/932720447).

RAiDeN Caster

A mis padres, por permitirme soñar

y a mis profesores, por darme las herramientas que necesitaba.

A quienes mantienen mis pies en el suelo

y a quienes han dado alas a esta historia.

Contenido

Introducción

Parte I:

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Parte II:

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Parte III:

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Epílogo

Agradecimientos

Introducción

Últimamente he estado pensando en que cuanto más natural se me hace lo sobrenatural, a igual ritmo desaparece la credibilidad de mis vivencias.

Si se me diese por escapar del mundo de locos donde estoy atrapada y lanzar un mensaje a toda la humanidad, si se me fuera la olla hasta el punto de revelar secretos alucinantes que han permanecido ocultos durante siglos y ahora residen en mi poder… Probablemente nadie me creería.

Tampoco es de extrañar: ¿cómo podría recriminársele a alguien cubrirse con la gruesa manta del autoengaño cuando se encuentra de improviso frente a entidades y sucesos ajenos a sus creencias más profundas?

Quizá a los teóricos de la conspiración les encantaría mi explicación de un único Tratado (con mayúscula) firmado por seres superiores con la intención de ocultar grandes verdades ancestrales a la humanidad hasta que esté lista para aceptarlas o ser destruida. Pero solo a ellos.

Tal vez a algunos sectores religiosos o espirituales les interesase confirmar la existencia de dioses, semidioses, ángeles, demonios y otras fuerzas místicas. Aunque probablemente harían oídos sordos a partes igual de importantes de mi mensaje que entran en conflicto con unos textos sagrados escritos por manos humanas.

Por supuesto, en cuanto mencionase la palabra «magia», así como a los individuos, imposibilidades científicas y amenazas irracionales que orbitan a su alrededor, la atención a mi discurso tocaría fondo más rápido que un soplón con zapatos de cemento arrojado al río Hudson.

Mis palabras serían consumidas entre la indiferencia y la avidez por el común de los mortales de la sociedad de la información. Con suerte, quizá resonarían con fuerza durante un día o dos antes de ser opacadas por el siguiente titular engañoso de turno.

Aunque me centrase en personas especialmente abiertas de mente, ¿cuántas creerían a pies juntillas a una adolescente de tres al cuarto que aparece literalmente de la nada, haciendo afirmaciones absurdas hasta para ella de las que apenas hay pruebas físicas?

Y, por desgracia, la insinuación de que una humana se ha sumergido en el Mar de Esferas hasta los lugares donde yo lo he hecho tampoco sería fácil de digerir al otro lado del biombo interdimensional.

No estoy culpando a nadie, yo misma era así. Como debería ser.

Sin embargo, nada de lo anterior podría importarme menos a estas alturas. No solo porque jamás me ha interesado demasiado la opinión de los demás sobre mí, sino porque todos y cada uno de mis sentimientos me aseguran que, aunque el mundo saltase por los aires mañana a causa de mis acciones, habría valido la pena.

Y eso no es algo que pueda decirse todos los días, ¿verdad?

Parte I:

 

Introducción

a lo desconocido

 

 

No existen lo posible y lo imposible,

sino lo conocido y lo desconocido.

Capítulo 1

Las cuatro paredes de siempre

 

 

Empecemos mi rocambolesca narración por el más tópico de los asuntos que pusieron en marcha todo este desmadre: una huérfana siendo adoptada, obligada a sonreír y sacarse multitud de fotos para conmemorar el momento en que abandonaba el único hogar que había conocido hasta entonces. Un espectáculo del que no me apetecía tomar parte, menos aún si esa imagen sería automáticamente expuesta en Internet asegurando ser uno de los momentos más felices de su vida.

Por fortuna o por desgracia, no era yo quien fingía, nerviosa, una sonrisa mientras se apretaba entre dos adultos vestidos con trajes alquilados, sino mi antigua compañera de cuarto. Que ella recorriese una escalera al cielo o una autopista al infierno había dejado de ser mi problema en cuanto sus nuevos padres adoptivos transfirieron el pago requerido y firmaron los papeles de turno.

Para quitarme su mirada perdida de la cabeza lancé hacia las nubes el avión de papel que había estado moldeando de forma distraída hasta entonces. El juguete improvisado abandonó mi mano antes de trazar un veloz rizo en el aire y planear sobre las calles bañadas por el atardecer del barrio de Williamsburg. Lo observé perderse en dirección a la isla de Manhattan, pero tampoco le di más importancia de la que merecía.

La azotea del Centro de Acogida de Menores Saint George ofrecía una buena vista panorámica del núcleo de «La ciudad que nunca duerme», al otro lado del río. Desde allí casi se podían distinguir los latidos del corazón de la gran urbe, bombeando indiferente las vidas y deseos de sus habitantes a modo de simple combustible con el que seguir creciendo.

Estaba arrancando otra hoja de un cuaderno para darle forma a mi siguiente proyectil cuando la puerta de acceso a unos metros de mí se abrió de golpe:

—¡Diana! —gritó una voz tan poco acostumbrada a sonar alto que tosió tras hacerlo.

—¿A qué viene tanta prisa, Alva? —pregunté a su dueña, quien había pasado a ser mi única compañera de cuarto.

No dejé de hacer dobleces sobre el papel por muy apurada que se la notase, tanta prisa en ella solo podía deberse a un asunto:

—Bernie… —se interrumpió a sí misma para coger aire tras acercarse corriendo hasta donde estaba—. Bernie se va.

—No —señalé con la incipiente punta de mi nuevo avión—. Bernie se ha ido.

Ella se inclinó incrédula sobre el pequeño muro donde estaba yo sentada para mirar en la dirección que le indicaba. Los nuevos candidatos a familia feliz más popular de Internet acababan de torcer la esquina con su vacilante hija siguiéndolos a unos pasos de distancia.

—Todavía podemos alcanzarla —la escuché sollozar—. Todavía…

Al acercarse para ver mejor pude apreciar la humedad en los puños de su desgastado chándal y las enormes bolsas bajo los ojos que apenas lograba ocultar tras un largo flequillo despeinado.

De las tres, Bernadetta era el incorregible manojo de nervios y Alva la emocional, lo cual equivalía a decir que mi papel más habitual en nuestro pequeño barco consistía en ejercer de mástil que permitiese la navegación en lugar de dejarlo hundirse entre intermitentes mares de lágrimas. Así había sido durante los cinco últimos años de nuestras vidas, aunque, a partir de entonces, nos tocaría afrontar algunos cambios.

—No le pongas las cosas más difíciles —suspiré mientras volvía a armar el brazo—. Si depende de mí, espero no tener que volver a verla por aquí.

La peor elección de palabras posible, lo sé. Tan sinceras como inadecuadas.

—¿Pues sabes qué depende de mí? —Se echó hacia atrás, enfadada al verme lanzar mi avión con cierta indiferencia—. ¡El destino de estas tijeras! Y creo que Fort sabrá agradecerlas más que tú.

Al escuchar el diminutivo de Guinefort me vi en la obligación de dejar lo que estaba haciendo y levantarme. Muy pocos de mis aviones necesitaban tijeras en su diseño, podría haber seguido a lo mío sin problema, sin embargo, no me apetecía que aquellas en concreto acabasen entre las fauces del viejo mastín del centro, como tantos otros objetos perdidos.

A sabiendas de ello, Alva me sacó la lengua con una indignación tan superficial como su gesto y escapó corriendo por la misma puerta por donde había venido.

—Al menos ya no llora. —Me resigné a seguirla con desgana.

Correr con unas tijeras en la mano podía ser una actividad de mínimo riesgo para cualquiera que levantase dos palmos del suelo, no obstante, tratándose de ella, prefería evitar apuestas basadas en la habilidad atlética.

Me guardé el cuaderno casi sin hojas bajo la cazadora, entre la cintura trasera del pantalón y mi camiseta, le eché mano al cubo y la fregona que descansaban sobre la descuidada chimenea de ladrillo cercana y comencé a bajar las escaleras cerrando la puerta tras de mí.

Tardé sorprendentemente poco en alcanzar a Alva. Por suerte no se había caído, aunque estaba congelada en el primer rellano mientras una de las hermanas del centro le echaba la bronca:

—¿Me va a decir qué estaba haciendo ahí arriba? —la escuché interrogarla—. No es usted ninguna novata, sabe bien que el acceso a la azotea está prohibido.

Tal y como su nombre indicaba, el Saint George era un centro de acogida adscrito a una congregación cristiana. Entre sus diversas tareas, las religiosas del lugar se encargaban de mantener a multitud de menores sin hogar bajo su techo y encontrarles una familia adoptiva, aunque a algunas se les daba mejor que a otras el empatizar con nosotros.

—Estaba haciendo mis tareas y se me ha ido el santo al cielo —intervine con convicción—. Alva ha venido a avisarme de la hora que era.

Realmente me tocaban las tareas de limpieza, como demostraban los utensilios que llevaba. Eso sí, lo demás era una mentira como una catedral de grande. Simplemente, había aprovechado la situación para acceder a un lugar al que no siempre tenía acceso y donde podía relajarme a gusto. La cohibida chica a quien estaban reprendiendo lo sabía, razón por la cual me miraba con ojos de cordero degollado, pero la monja no.

Y durante un instante pareció tragárselo al observar el cubo y la fregona, hasta que brotó su vena desconfiada:

—¿No estaría fumando? —erró por completo en su suposición—, ¿o drogándose?

Dios bendijese a todas aquellas cuidadoras cuyas largas carreras vigilando menores de edad las habían llevado a esperar siempre lo peor de nosotros, pues resultaba sumamente sencillo vivir por debajo de un radar que únicamente apuntaba a lo peor.

—¿He dado positivo alguna vez? —Me pudo la ironía—. Sería estúpido intentar sabotear mi propio récord con un análisis a la vuelta de la esquina.

Como era de esperar, mi forma de expresarlo volvió a empeorar las cosas. Enfadar a la gente podría considerarse el efecto secundario de mi superpoder supersecreto: tener la lengua más rápida que el cerebro. (¡Un momento!, mejor retirar lo de «supersecreto», pues resultaba de dominio público).

—Esa boca, ¡por el amor de Dios! —censuró la religiosa, pasando ya de la asustada Alva, quien parecía a punto de cavar un hoyo en las plaquetas del suelo para esconderse en él—. Sabe que las drogas no son ninguna broma, sino motivo de expulsión inmediata y traslado a un reformatorio.

—¡Que no me drogo! —exhalé, dejando a un lado el cubo y la fregona para remangarme—. ¿Quiere pincharme ahora?

Ignoro si mi descarada insistencia terminó por convencerla o lo hizo la desgana de saber que era una pérdida de tiempo intentar avasallarme con amenazas, pero finalmente la cansada mujer cedió:

—Si ha terminado sus tareas, váyanse las dos a su habitación hasta la hora de cenar —ordenó—. Están en época de exámenes, ¿no? ¡Pónganse a estudiar!

Y con ese intento de volver a reafirmarse en su posición de superioridad nos dejó vía libre a través del pasillo adyacente, al que casi tuve que arrastrar a Alva.

Perdería algo de tiempo describiendo dicho pasillo, pero la verdad es que no sabría qué destacar, pues era lo mismo de siempre: suelos pegajosos por mucho que se fregasen, viejas paredes que en algún momento habían sido blancas, llenas de grietas mal tapadas por cuadros u otros objetos de carácter religioso y multitud de puertas con pequeños carteles a un lado. Hogar, dulce hogar.

Mi asustada compañera fue recuperando el color de su rostro conforme nos alejábamos de las escaleras y su furibunda guardiana, hasta el punto de atreverse a murmurar una muy acertada imitación de esta:

—Era tan buena niña cuando llegó aquí —clavó el tono con que la habíamos oído criticarme frente a otras cuidadoras.

—Cuando llegué aquí acababa de nacer, me cagaba encima y lloraba si no conseguía lo que quería… —Sonreí para calificar positivamente su burla—. Yo diría que algo he mejorado desde entonces.

Tras dejar los utensilios de limpieza en su cuartucho correspondiente, nos dirigimos al nuestro. Al llegar allí no pude evitar mirar de reojo las pequeñas placas identificadoras al lado de la puerta. Aquella misma mañana todavía había tres, decoradas con el escudo del dragón alanceado por San Jorge que identificaba todo el material del centro, ahora solo quedaban dos.

Quien no había digerido por completo el significado de dicha ausencia era Alva, pues se quedó lívida en el umbral de la puerta nada más abrirla. Dentro seguían estando las mismas cuatro paredes estrechas de siempre, sin embargo, la ausencia de Bernie o de cualquier mínimo rastro de su existencia las hacían parecer más desoladoras que nunca. Faltaba su mochila verde césped entre las nuestras, el zoológico de peluches remendados sobre su cama y, sobre todo, faltaba ella.

Centrándome en el presente en lugar del pasado, le di un suave empujoncito a mi acompañante para poder entrar y cerrar la única ventana del cuarto. Las ventanas de esa parte del edificio daban de frente a la fachada del bloque contiguo, así que la luz solía colarse a través de ellas a mediodía, pero a esa hora me preocupaba más el frío. La habitación ya se había ventilado bastante y no hacían falta elementos externos para enfriar más el ambiente.

Alva terminó pasando tras un rato, con pasos vacilantes, como si se adentrase en territorio desconocido. Yo opté por subirme a la cama del medio de la litera que compartíamos para dejarla acostumbrarse a su modo.

No tenía mucho con que entretenerme, mis pertenencias se limitaban a algo de ropa en el armario (casi toda de segunda mano), el material escolar obligatorio y un smartphone prestado con la intención de estar localizable en todo momento, pero que ejercía más funciones propias de un mp3 que como método de contacto. Cualquier otro día habría desaparecido escaleras abajo para dar una vuelta saltándome el toque de queda, pero faltaba poco para la cena y acababan de verme con Alva, así que no podía permitírmelo.

En su lugar me tumbé bocarriba y me puse a contar la multitud de marcas que surcaban uno de los tablones encargados de sostener el colchón desocupado sobre mi cabeza. Cada una simbolizaba un día y las había hecho todas para irlas tachando al más puro estilo carcelario desde el momento en que había comenzado a aceptarme tal y como era.

—Cuatrocientas diecinueve más hasta los dieciocho, ¿no? —preguntaron a mi lado.

Alva se había sentado en el viejo escritorio que usábamos para estudiar y se había recogido el pelo con intención de ponerse a hincar los codos, tal y como le habían ordenado. Sin embargo, no había encendido el viejo ordenador que parecía a punto de implosionar cada vez que lo poníamos en marcha, sino que, incapaz de concentrarse en su tarea, no tardó en girarse hacia mí.

—Y entonces seré libre… —susurré con cierto anhelo.

—Me esperarás, ¿no? —preguntó dubitativa, tendiéndome de vuelta mis tijeras a modo de ofrenda de paz.

Tan solo tuve que estirar un poco el brazo para alcanzarlas, ventajas de vivir en un cuchitril.

—Tú podrías salir antes si vivieses algo menos en todas esas novelas que lees y más en el mundo real.

Crecer en un centro de acogida implicaba que, de tanto en cuanto, aparecía alguien intentando averiguar si eras un buen complemento para su estilo de vida. En algunos casos, incluso te llevaban una temporada a su casa para comprobar si todo funcionaba a su gusto y, de no ser así, te devolvían cual producto defectuoso.

En mi caso, bastaba con echar un vistazo a mi extenso historial disciplinario o hacerme un par de preguntas para espantar a cualquiera, pero no en el suyo. Una chica responsable, tímida y estudiosa como Alva representaba toda una ganga para esos aspirantes a padres que querían saltarse unos cuantos pasos en el proceso de paternidad, sin embargo, siempre acababa regresando a mi cuarto y yo tenía mis teorías muy claras acerca de por qué lo hacía.

—¿Cómo podría soportar el mundo real si no me escapase a otros de vez en cuando? —soltó su coletilla habitual—. ¿O cómo iba a saber si Kevin Flint es un ángel guardián bajado del cielo?

Casi me pego un cabezazo contra la litera de arriba al escucharla pronunciar ese nombre:

—¿Flint? —exclamé tras repasar mi escasa lista de conocidos con dicho apellido—. ¿El del equipo de fútbol?

—¡¿Claro! —Saltó ella sobre la silla con los ojos brillando—. ¿Tú lo has visto? Es tan guapo que no puede ser de este mundo… Y solo tiene un año más que yo.

Podría pensarse que una chica de quince años capaz de gastarse su asignación mensual en libros más gruesos que mis brazos sería una persona relativamente madura en ciertos asuntos. No una experta, claro, pero al menos se esperaría que sacase alguna lección de la insufrible cantidad de horas que ella dedicaba a leer y hablar del tema. Alva, en cambio, se pasaba la vida proyectando los elementos más fantasiosos de sus lecturas sobre el mundo real, algo preocupante hasta para mí.

—Su estupidez sí que no es de este mundo. —Juzgué sin intención alguna de suavizar mis palabras.

Conocía sus gustos tanto como ella los míos, lo cual no significaba que tuviera que compartirlos ni, mucho menos, dejar de señalarle lo obvio:

—¿Estás celosa? —me guiñó el ojo—. ¿No eres tú la que siempre me dice que no juzgue un libro por su portada?

Tenía razón. Solía decirle esa frase cada vez que se encaprichaba con algún libro de edición coleccionista de diseño llamativo y me veía obligada a arrastrarla pataleando hasta el Saint George, pues pretendía comprarlo a cualquier precio pese a su escaso poder adquisitivo.

—¿Sabes tú lo que hay más allá de su portada? —Intenté razonar con ella igual que lo hacía en aquellas ocasiones—. Jamás te he visto hablar con él.

—Podría hacerlo si me lo propusiera. —Se mintió a sí misma. Estaba segura de que se desmayaría antes de conseguir articular dos vocablos con sentido frente a alguien así—. Tal vez hablemos este fin de semana, en la fiesta.

—Fiesta a la que no estás invitada —le recordé.

—Pero podría estarlo —siguió insistiendo—. ¿Quién te dice que no la utiliza como excusa para conocer a una chica como yo y llevarla a un mundo de ensueño?

—Mi sentido común.

Su mirada ofendida atravesó los cristales de sus gafas hasta rebotar inofensiva sobre mí:

—Menos mal que te conozco mejor que nadie —aseguró entonces—, porque si no creería que tu corazón está hecho de hielo.

—¿De hielo? —reí—. ¿Por preferir encontrar yo misma las respuestas a mis problemas en vez de esperar a que otro me los solucione?

—Ah, ¿sí? —se levantó Alva, poniendo los brazos en jarra—. ¿Acaso lanzar tus avioncitos te va a dar alguna respuesta útil de cara al examen de mañana?

Escucharla mencionar el asunto me recordó que me había acostado sobre mi cuaderno. Arqueé la espalda para sacarlo de entre mi ropa y lo lancé al otro lado de la habitación con desprecio, haciéndolo aletear caóticamente en su trayectoria hasta dar de lleno contra la pared y caer sobre el escritorio.

—¿Quién sabe? Los estaba haciendo con mis apuntes del tema.

Capítulo 2

Columpiándose por la jungla infantil

 

 

Por aquel entonces, el sentido común todavía regía mi vida y, aunque no tardaría en abandonarla a toda velocidad, lo hizo dejando tras de sí un pequeño obsequio: un suspenso como una catedral en el examen del día siguiente.

Como he dicho, nada fuera de lo normal. Podría pasarle a cualquiera por un motivo u otro y mis razones en concreto se sostenían sobre dos pilares.

Para empezar, los ejercicios de aquella prueba de Matemáticas eran un jeroglífico compuesto por más letras que números cuya resolución escapaba a mi entendimiento. Por supuesto, no era nada fuera del currículum habitual del curso, se suponía que a esas alturas toda adolescente de dieciséis años con una inteligencia en la media debía saber resolver esas fórmulas, inecuaciones y demás peripecias allí escritas. No obstante, yo todavía estaba esperando una respuesta convincente a la primera pregunta que le había realizado al profesor encargado de impartir la materia:

—¿Para qué me va a servir lo que me enseña en la vida real?

Su poco convincente respuesta había sido:

—Para aprobar el examen y pasar al siguiente tema.

Como no podría ser menos, había empleado toda la motivación que dicha frase me había dado a la hora de estudiar. ¿Hace falta decir que ninguna? Pues, eso, ninguna. Ya me arrepentiría si de repente me aparecía un tío por la espalda, pistola en mano, y me gritaba: «¡Eh! ¡Tú! Resuélveme esta inecuación o te meto un tiro».

Dejando las ironías al margen, la segunda semilla de mi inminente suspenso resultaba tanto o más personal: aquel día no me apetecía ni un poco escribir en la cabecera del folio el estúpido apellido que seguía a mi nombre, una omisión eliminatoria.

Sí, suena tan tonto como lo era en realidad. Todo el mundo esperaba que, siendo huérfana de padres desconocidos, una se acostumbrase al apellido temporal al azar que ponían en su partida de nacimiento mientras esperaba a que alguna familia la adoptase y le impusiera el suyo. No obstante, para mí, aquel conjunto de letras era como una chincheta guardada en mi bolsillo que, de vez en cuando, me pinchaba y me apetecía lanzar tan lejos como fuera posible.

De todos modos, iba a sacar un cero más redondo que trazado con compás de alta precisión, para qué molestarme escribiendo más de la cuenta.

Así pues, conociendo mi nota de antemano y habiendo resuelto en tres minutos una prueba que debería haber guillotinado tres horas de mi vida, me dispuse a abandonar el aula.

Unos cuantos pares de ojos se levantaron para ver quién aceptaba su suspenso de forma voluntaria entregando tan temprano. Las demás cabezas continuaban gachas, divididas entre la mayoría que se devanaba los sesos en busca de un modo de atacar su prueba con el escaso conocimiento rascado en horas lectivas y quienes demostraban una mayor soltura adquirida en clases particulares privadas recibidas fuera del horario lectivo.

El culpable de aquella ola de ignorancia casi general mantenía los ojos pegados a la pantalla de su smartphone mientras se apoyaba en el escritorio desde el que debería controlar la prueba.

Aquel profesor novel había llegado el primer día de curso con sus pintas de alguien recién salido de la discoteca (tupé engominado, traje de mala calidad con la camisa por fuera y la corbata mal colocada), la creencia de que haber visto El club de los poetas muertos lo convertía en un gran pedagogo y la promesa al aire de que, por todavía rondar la veintena, se llevaría de maravilla con todos sus alumnos.

El resultado final había sido un tipo que no impondría respeto ni a tiros y que parecía conformarse con soportar las horas diarias de clase en lugar de cumplir con lo que se espera de un tutor con verdadera vocación. Eso sí, a final de mes, su salario debía estar ingresado en la cuenta bancaria correspondiente sin falta ni retraso, que para eso nos aguantaba.

Ni se molestó en levantar la mirada de la pantalla cuando me acerqué a su mesa y dejé mi examen sobre ella. Tal vez estaba demasiado concentrado en sus importantísimos asuntos o le daba igual. Total, ¿qué me iba a decir? Viniendo de él, nada a lo que fuera a prestar un ápice de interés.

Me coloqué la mochila sobre el hombro sin molestarme en ocultar el desdén reflejado en mis ojos marrones. En cambio, sí lo hice al colocarme la capucha de mi cazadora antes de salir al pasillo. No me apetecía perder el tiempo con quemaduras al saltar de la sartén a las brasas. Y es que, si una clase era una dictadura del profesorado en la que este imponía sus normas mientras los sediciosos alumnos debían conformarse con mascullar entre dientes, los pasillos del instituto se parecían más a una jungla anárquica donde cada cual escogía su grupo (cuando podía) y todos chocaban contra todos ante la más mínima provocación en pos de sus propios intereses.

Tal vez, en algún mundo utópico, la totalidad del alumnado estaría dando lo mejor de sí durante la semana de pruebas, lo cual se traduciría en unos pasillos más vacíos que el estómago de una top model. Por supuesto, ese no era mi mundo, y en aquel momento los corredores del centro estaban salpicados por múltiples grupos de adolescentes que compartían mis posibilidades de aprobar (es decir, pocas o ninguna). A la mayoría tampoco nos importaba demasiado, todo sea dicho.

Serpenteé entre esos grupitos que poblaban los largos pasillos iluminados por mortecinas lámparas halógenas. Caminé silenciosa rodeada de deprimentes paredes pintadas con colores apagados y surcadas por cenefas que intercalaban puertas y taquillas. Pasar desapercibida se me daba bien mientras mantuviese la boca cerrada. Además, era más fácil cuanta más gente hubiera alrededor.

No tardé en encontrar el armarito de metal grisáceo que guardaba mis cosas. El candado se abrió sin rechistar ante la combinación que me habían facilitado junto a mi carnet de estudiante, pero la vieja puerta, oxidada, abollada y cansada tras el paso de las décadas y los múltiples usuarios, no cedió con tanta facilidad.

Di un par de tirones, que retumbaron como el intento desesperado de un preso por derribar los barrotes que lo privan de la ansiada libertad. Un gesto inútil pese al escándalo provocado.

Volví a intentarlo por pura cabezonería. Por supuesto, obtuve el mismo resultado, aunque también un efecto secundario que ni la mejor medicina del mercado podía curar, que Jessica Owens y su inseparable séquito de perras falderas posaran sus ojos en mí.

Jessica era… ¿Cómo decirlo con suavidad? La Barbie reina del lugar, Doña Popular en persona, siempre rodeada del mismo grupito de incondicionales entre quienes no sabía distinguir.

No es que tuviera nada en contra de las personas populares, sinceramente, me daba igual cualquier otra existencia que no fuera la mía. En cambio, ellas parecían tener algo contra el resto del mundo, como si necesitaran reafirmar constantemente que ocupaban un escalafón superior al del resto de los mortales.

Y, por desgracia para mí, en esta ocasión el escalón que pretendían pisar con sus murmullos y mal disimuladas risas burlonas éramos yo y mis fútiles intentos por abrir mi casillero.

—Tch. —Chasqueé la lengua, maldiciendo por lo bajo—. Lo que me faltaba.

Por mucho que profesores y mal llamados expertos se llenasen la boca diciendo que el mejor método para tratar con ese tipo de personas consistía en no seguirles el juego, mi opinión divergía completamente: dejar que te coman los ojos no es la solución para librarte de una bandada de cuervos hambrientos.

Como la sutileza nunca había sido mi fuerte, tampoco tuve que pensarlo mucho. Antes de que Barbie tuviera tiempo siquiera para abrir su bocaza pintada de rosa fosforito usé la llave de emergencias de mi taquilla.

Digo «llave de emergencias» por decir algo, pues lo que en realidad hice fue sacudirle un puntapié con toda mi mala leche a la pobre puerta. La nota grave y metálica, digna de un gong de algún templo oriental que produjo mi bota al impactar, se propagó por el pasillo como un escalofrío. Sí, tal vez ahogase el murmullo de conversaciones reinantes y centrase más de una docena de ojos en mí, pero también hizo soltar un lastimero chirrido de rendición al casillero, que se abrió de par en par.

No había otra llave como aquella cuando las cosas se resistían. Y, además, servía para matar dos pájaros de un tiro: finalmente pude depositar los libros que no necesitaba llevarme, coger los que sí, recuperar mi smartphone y cascos… Vamos, lo normal.

Y otra ave derribada, o más bien «las otras», fueron las pájaras que pretendían volar hacia mí quienes, tras presenciar aquel impredecible arranque de violencia irracional, se lo pensaron mejor y se quedaron en el sitio cotorreando algo de lo que solo logré entender la palabra «bestia». Después de todo, una puede meterse con un perro, pero si ve que dicho animal tiene la rabia se lo piensa dos veces.

Me había librado de tratar con ellas. En cuanto a lo que estuvieran diciendo… Bueno, como si me interesara lo que pensaran o dijeran de mí.

Iba a cerrar mi taquilla para irme cuando una mano agarró la puerta y me impidió hacerlo. Dado el tamaño de aquella zarpa y la enorme sombra que eclipsaba la mía, no me hacía falta darme la vuelta para saber quién era su dueño, pero lo hice de todos modos para que no se tomara demasiadas libertades.

Kevin Flint, el mastodóntico capitán del equipo de fútbol, me cortaba cualquier atisbo de escapatoria con una sonrisa prepotente dibujada en la cara mientras marcaba convenientemente músculo con sus gruesos brazos, como si fuera lo más natural del mundo.

«Lo que me faltaba para completar un día nefasto», pensé, creyendo inocentemente que la cosa ya no podía empeorar.

Porque si hay algo peor que la Barbie reina del instituto es su equivalente masculino, el Ken (o en este caso, Kev) que va a juego con ella, con su camisa de deporte ceñida, su sonrisa vacía y apenas dos neuronas funcionales en el cerebro, una de las cuales estaba dedicada en exclusiva a la satisfacción de su entrepierna.

Qué veía Alva en él se me escapaba por completo. No. Miento. Sabía lo que quería ver en él, pero a mí no me hacía falta más que escucharle abrir la boca para desear tenerlo lo más lejos posible:

—¿Qué pasa, Diana? ¿Cómo te va, preciosa?

—Nada interesante —traté de contener lo que pensaba de su primitivo asalto—. Aunque estaría bien que pasaras tú… De largo.

Unas sonoras carcajadas resonaron en el pasillo. A unos metros más allá, los amigotes y compañeros de equipo de Flint observaban la escena divertidos tras unirse al grupito de Jessica y compañía. Desde luego, Dios los cría y ellos se juntan.

—Tampoco es necesario estar de malas, mujer. —Me sonrió, haciendo oídos sordos a sus colegas—. Vengo a invitarte a la fiesta de esta noche en mi casa.

Me quedé tan sorprendida como lo habría hecho si un ovni hubiese aterrizado entre los dos en aquel preciso instante y de él hubiera salido un cono de helado con patas.

¿Me estaba invitando a mí a esa dichosa fiesta?, ¿en serio? ¡Nadie hacía eso! Yo irradiaba a kilotones mi aura de «Me basta mi propia compañía», la gente lo aceptaba, me dejaba en paz, ¡y todos tan felices!

—¡Va a ser una pasada! —continuó, ignorando por completo mi cara de «Estoy viendo un helado con patas»—. Irá todo el instituto: habrá piscina, dj, hierba y birra a montones.

Sin duda era una pasada… De rosca. En esa lista no había ni un elemento que lograse levantar el más mínimo ápice de mi interés. Lo único que me impedía ponerle fin a aquel diálogo de besugos era la conversación que había tenido con Alva el día anterior y, aun así, una vez más mi lengua fue más rápida que mi mente:

—No veo por qué debería ir —comenté, deseando que captara la indirecta adjunta en mi tono tajante.

—¿Por qué? —Se extrañó, como si la alienígena fuera yo por rechazarlo—. Irá todo el mundo.

—O sea, que si todo el mundo se tirase de un puente debería hacerlo también —alegué, tirando de la ironía más vieja del refranero.

Ni se lo pensó:

—Supongo. —me contestó sin el menor atisbo de duda—. Algo interesante tendrá. Si lo hacen todos es por algo.

Viendo que hablábamos lenguajes distintos, decidí dejar claras las cosas haciendo ademán de apartar su brazo e intentando pasar por debajo para largarme. Sin embargo, antes de empezar a agacharme, Kevin se acercó más a mí. Cómo no, había malinterpretado mi gesto.

—Será divertido —insistió—. Lo pasaremos bien.

La vibración con que esas dos frases abandonaron sus mandíbulas me hizo darme cuenta de a qué venía todo esto y cuál era su objetivo. ¿Acaso ya les había metido mano a todas las tías del instituto que ahora intentaba llevarme a mí al huerto?

La idea me repugnó tanto como si me hubiera dado un lametazo allí mismo. Trastabillé del asco, teniendo que apoyar mi espalda en la puerta del taquillero y la mano libre en uno de los bolsillos de mi mochila.

Una vez más, el Capitán Egocéntrico debió de interpretarlo como lo que no era, un gesto de timidez, pues al momento me colocó su manaza sobre el hombro y preguntó:

—Vendrás, ¿no?

—Ni en un millón de años —le contesté, ya sin contenerme un pelo.

—¡Oh, venga! —insistió de nuevo—. Lo pasaremos bien.

Suficiente de esa cantinela para mí. La fuerza no me valdría de nada contra alguien que me superaba tan abiertamente en ella, pero los fuertes en ocasiones olvidaban que los débiles también tienen métodos para plantarles cara, aunque sean más… Indirectos.

Hice un movimiento veloz con la mano que me había llevado a la mochila y lo acompañé de una amenaza simultánea:

—He dicho que no —gruñí—. Y como no me dejes en paz, te dejaré yo sin nada con que pasarlo bien el resto de tu vida.

La excelente vista periférica del jugador de fútbol no tardó en seguir mi mano hasta las inmediaciones de su entrepierna. Entendió entonces el significado de mis palabras, pues yo sujetaba allí con firmeza las llamativas tijeras bicolor que acababa de sacar de mi mochila.

Cuando una piensa en las tijeras que llevaría alguien al instituto, seguramente se le viene a la cabeza la imagen del clásico utensilio de papelería con algún diseño infantiloide, un peso nimio y ambas hojas tan redondas como poco afiladas. Bien, si alguien está imaginando eso que borre la idea de su mente: mis tijeras no aparecerían en guía de material escolar alguna, eran gruesas, cortaban tanto como mi mal humor lo necesitara y bailaban con destreza en los límites de las normas de cualquier centro educativo.

Como no podía ser de otra forma, el pánico se apoderó enseguida de la mirada de Kevin al verlas, aunque tras mirar de reojo a sus coleguitas observando al macho alfa en acción, fingió que no ocurría nada. Bajó el tono, eso sí, para que no lo escuchasen:

—Se… ¿Se puede saber qué haces? —tartamudeó en un susurro agudizado por el miedo—. ¿Estás loca? No te atreverías.

—Claro que me atreveré —afirmé, insinuante—. ¿Qué es lo peor que podría pasarme?, ¿un reformatorio? ¿Has visto dónde vivo? Con gusto pasaría un par de meses viviendo allí como una reina a gastos pagos. En cambio, tú serías un eunuco para los restos.

Mi amenaza era completamente superficial y el argumento que la respaldaba estaba más lleno de agujeros que un panal de abejas. Ni siquiera estaba segura de que él entendiera la palabra «eunuco». (Yo misma solo la conocía de segundas por Alva y sus lecturas), pero supongo que cuando amenazas las pelotas de un tío no suele tomarse el tiempo de pensar demasiado.

—Zorra —me lanzó el primer insulto que se le vino a la cabeza.

—Astuta como tal —le repliqué con una sonrisa.

Pero ya no me escuchaba. Volvió junto a sus compañeros con el rabo entre las piernas (por fortuna para él, en más de un sentido) y compartieron varios aspavientos y palmaditas en la espalda mientras ocultaba lo ocurrido bajo una fachada despreocupada. Sin más dilación, todos se fueron en busca de su siguiente proeza atlética.

Yo, por mi parte, al fin pude cerrar la taquilla, colocar en mis oídos los cascos de mi smartphone y abandonar la jungla del instituto para adentrarme en otra mucho más imponente y ruidosa. Una que ni el sonido de los auriculares podía apaciguar, hecha de asfalto, cemento y ambición: la ciudad de Nueva York.

Capítulo 3

Voy a comprar gominolas (sale mal)

 

 

Si mi vida realmente se ha convertido en alguna especie de novela juvenil indiscreta, como así parece (y en cuanto pille a quien la ha escrito lo va a pagar bien caro), a estas alturas del tercer capítulo seguramente habrá alguien preguntándose: ¿quién narices es esta tía que se ha pasado dos episodios enteritos de su vida rechazando cuanto se le ha cruzado por delante? ¿Qué se cree? ¿Acaso esconde algún secreto ajeno al resto de los mortales?

La respuesta corta sería decir que no. Yo no era nadie.

La larga… Pues llegaría a la misma conclusión, pero usando algunas palabras más:

Era una de entre el ingente número de niñas abandonadas por sus padres al poco de nacer que había terminado en el Centro de Acogida de Menores Saint George, creciendo rodeada de la palabra «familia» como quien lo hace de humo. Viendo como otros en su situación lo atrapan, pero sin lograrlo.

De esas personas negadas del origen y la infancia tranquila que casi todo el mundo da por sentado. Criada desde cero, con poco o nada que perder y, por tanto, con menos temores superficiales encima.

Alguien a quien podía haberle ido mejor y (es innegable) también mucho, mucho peor. No olvidemos que, después de todo, vivía en el autodenominado «mejor país del mundo».

Digamos, pues, que era una chica del montón. Alguien en la media.

Ni de lejos una belleza, pero tampoco un cardo. De estatura y medidas promedio (y privadas), peso medio para alguien de mi edad (igualmente privado), caucásica (como tantos otros millones de personas) y, para rematar la faena, con una larga melena y unos ojos de la pigmentación más común que hay, la castaña.

Un físico normal a juego con una mente a la que, yo al menos, no le veía nada de especial. Si estudiaba podía sacar la nota que quisiera; si no, no.

Si se me diera por poner una falsa sonrisa pasaría lo mismo con la gente y los amigos. No obstante, mi crianza me había acostumbrado a la máscara ardiente de la mala uva, a la frialdad de palabras, al nulo don de gentes y a la inmunidad a las modas que agrupaban a otros.

Pese a todo ello, como ya he dicho, no me creía especial ni superior por ser una marginada, como tantos lo hacían o necesitaban hacerlo. Mi camino no era mejor ni peor que el de los demás, pero lo había elegido yo y estaba orgullosa de eso al menos.

La mía constituía una de esas existencias que tan fácilmente se podían pasar por alto entre la marabunta de personas que circulaban por Nueva York a todas horas, cada una con la suya propia.

Otra de los millones de adolescentes neoyorquinos a los que, habiendo deambulado por las calles de La Gran Manzana desde pequeños, la ciudad de los rascacielos que tantos turistas admiraban solo les parecía el mismo escenario aburrido de siempre.

Alguien que estaba deseando huir de aquel lugar, ver mundo y buscar eso de «la libertad y la felicidad» por su cuenta. Aunque para eso tendría que esperar a cumplir la mayoría de edad y, por tanto, dejar de estar bajo la comanda del Saint George.

Por último, también resulté ser una de entre tantas personas que, por ir enzarzadas en sus pensamientos y con la música de los cascos enturbiando sus demás sentidos, no tardarían en formar parte de la oscura lista de «gente que se arrepentiría de no prestar atención a por dónde camina».

Y para dar muestra de ello volveré a poner el asunto principal en situación.

Lo normal habría sido que atravesase en Lower East Side en dirección al puente de Williamsburg para tumbarme a la bartola en mi cama aprovechando que tenía el cuarto solo para mí, pues Alva estaría echando humo por las orejas con sus exámenes durante unas cuantas horas más.

Sin embargo, la había escuchado llorar toda la noche y acababa de amenazar con castrar al individuo que le gustaba, así que opté por tomar la ruta contraria en busca de cierta tienda de gominolas donde vendían sus caprichos favoritos más allá de los literarios. Un método probado con anterioridad para subirle el ánimo y ahorrarme horas de lloriqueos incesantes.

Recorrí la misma ruta que había tomado mil y una veces casi en piloto automático, sin apenas prestarle atención, con la banda sonora de mis auriculares llenándolo todo y pensando en cualquier tontería. Sin embargo, cuando quise darme cuenta, ya caminaba por un callejón que no me sonaba de nada y eso era mucho decir, habiendo crecido entre ellos.

Extrañada, me quité los auriculares y analicé la situación.

A primera vista no había nada fuera de lo habitual. Las fachadas de los históricos edificios entre los que se abría paso la calleja (antaño hogares de la clase trabajadora que había levantado la ciudad a base de sangre, sudor y lágrimas) estaban revestidas por una marabunta de escaleras de incendios y portones metálicos hasta arriba de grafitis. Un nombre aquí, un garabato allá; nunca había entendido la necesidad que tenían algunos de dejar su huella en la ciudad para sentirse importantes. Como si a Nueva York le importase lo que nadie escribiera o hiciera con esos recónditos escondrijos que ni tan siquiera se podían reurbanizar por su carácter histórico. Sus adoradas marcas en las paredes me resultaban más aburridas que los restos de comida cercanos, abandonados a medio devorar por algún gato callejero.

La desgastada acera apenas se diferenciaba allí de la estrecha y agrietada calzada de asfalto por la que ningún camión moderno del departamento de residuos podría pasar. Daba cuenta de ello el nauseabundo olor de los cubos de basura llenos hasta rebosar desde hacía días, el de otros desperdicios tirados por el suelo y las blanquecinas nubes de múltiples gases nocivos emitidas por los sistemas de refrigeración de los locales colindantes.

Lo primero que se me vino al rostro fue una sonrisa. A pesar del empeño por modernizar la ciudad llenándola de imponentes y fríos rascacielos de apariencia aséptica, los históricos estercoleros marginales desde los que había emergido la antigua Nueva York siempre sobrevivían.

Superado el shock inicial, avancé sin duda alguna por la calleja. Perderse en una ciudad como aquella le podía pasar a cualquiera, yo ni tan siquiera recordaba cuantas veces me había pasado cuando era más pequeña. Por eso había desarrollado mi propio método para volver al camino: seguir lo más recto posible. Manhattan era una isla, al fin y al cabo. Tarde o temprano encontraría una avenida abierta, una manzana conocida, el East River o el Hudson. Además, siempre y cuando hubiera suficiente luz, las recónditas callejuelas y pseudocalles de la ciudad de los rascacielos eran más seguras de lo que la televisión y el cine querían hacer creer.

Justo por eso me recorrió un escalofrío cuando, habiendo atravesado más o menos la mitad del callejón, el brillo del sol se desvaneció de golpe y porrazo, sumergiendo el lugar en una tenue penumbra.

Ni las carreras sordas de las ratas entre los cubos de basura, ni el agitarse de las escaleras antincendios fruto de las corrientes de aire, me habían producido la más mínima inquietud debido a la costumbre, pero sí la oscuridad. Aquella ausencia de luz tan profunda como repentina era una absoluta anomalía.

Levanté la vista, más curiosa que sobresaltada, para encontrarme con un cielo nocturno totalmente fuera de su horario asomando sobre las cornisas de las azoteas. ¿Se había tomado la tarde unas vacaciones? Porque apenas era mediodía y no había vestigios del astro rey o sus rayos. Era imposible que la noche cayera a tal velocidad, aunque hubiese tenido lugar un eclipse del que no me hubiera enterado. (Algo poco probable. Esos asuntos solían estar en boca de todos).

Por simple precaución (ya he dicho que esos lugares sí eran peligrosos si no podías tener controlados tus alrededores), apreté el paso, encontrándome así de frente con otra sorpresa. Más allá del callejón, en la calle en la que desembocaba, el sol lucía con tanta fuerza como lo había hecho unos segundos atrás.

Volví a mirar hacia arriba. Sobre mí, el cielo seguía más apagado que un túnel del metro.

En una calle era de día y, en otra, noche cerrada. Raro, como mínimo.

«Será alguna especie de nube», intenté convencerme a mí misma.

Por supuesto, se quedó en un intento. Algo iba mal, no sabía qué, pero algo iba mal. Estaba convencida de ello. Por eso, apreté el ritmo para salir cuanto antes de allí hasta que llegué al extremo del callejón y vi la avenida, cálida y resplandeciente ante mí.

Entonces, volví a respirar con normalidad. Todo había sido una paranoia fruto de malas experiencias pasadas.

Una bien marcada línea separaba la oscuridad y la inquietante sensación que transmitía el siniestro callejón, de la luz, el bullicio y el transitar habitual en una avenida cualquiera de la Gran Ciudad. Puse un pie al otro lado, sintiéndome una estúpida por aquel repentino accésit de pánico irracional y, entonces, todo mi mundo se dio la vuelta.

Ojo. Cuando digo que «mi mundo se dio la vuelta», no me estoy tomando ninguna licencia poética, me refiero a que se «dio la vuelta» de forma literal. La visión se me revolvió como si alguien me hubiera metido en una lavadora gigante y no pude ni moverme hasta que mis deportivas tocaron al fin el suelo, dando la falsa impresión de que no había pasado nada. Pero sí había pasado.

No solo seguía dentro del mismo callejón a pesar de estar cien por cien segura de haber salido, sino que, además, volvía a estar en la boca por la que había entrado.

Una graciosa mueca de incredulidad invadió mi rostro con un ataque relámpago que afortunadamente nadie vio. Traté de sacármela de encima y aclarar mis ideas con un par de sacudidas desconcertadas de cabeza.

Lo que acababa de pasar era imposible.

Con el corazón en un puño, me di media vuelta y deshice mis pasos. Aquel sitio comenzaba a ponerme los pelos de punta, quería largarme de allí y me daba igual hacerlo por un lado que por otro.

Para mi desgracia, poco importaba mi elección de una escapatoria, pues hiciera lo que hiciese, obtenía el mismo resultado: en cuanto ponía un pie fuera del grisáceo callejón, mi cuerpo ni siquiera tocaba la cálida acera iluminada por el sol, sino que era enviado de viaje junto al resto de mí. Un vuelo sin escalas en una especie de montaña rusa con recorrido de un solo segundo que me dejaba en la desembocadura contraria de la misma calle.

Una podía haber crecido desde pequeña en las calles de Nueva York, pero eso era en las calles normales, las que seguían las leyes de la lógica, no en… Bueno, en lo que quiera que fuera aquello. No pude evitar sentir una punzada de miedo clavándoseme cada vez más profunda en el estómago.

Para evitar a toda costa ser presa de aquel temor envolvente, decidí pasar al Plan b. Siempre es reconfortante mencionar que existe algo llamado «Plan b», aunque en realidad no lo haga. Así pues, mi improvisado Plan b se basaba en eso de «a la tercera va a la vencida».

Atravesé todo el callejón a la carrera procurando no caerme por la mochila que bailaba de un lado a otro en mi espalda y, por supuesto, no tardé en estrellarme con el frío: «No hay dos sin tres».

Volvía a estar donde había empezado.

—¿Pero qué narices? —grité frustrada.

Esa situación ya era demasiado surrealista para mí. ¿Acaso aquella calle tenía complejo de cinta de Moebius?

Los continuos intentos fallidos de encontrar una salida comenzaban a hacer aflorar ese instinto por el que (lo reconozco) en ocasiones gozaba de dejarme llevar: el de resolver mis problemas a base de golpes y mala leche. Obviamente, darme de puñetazos con un montón de ladrillos, cemento, metal y asfalto era algo que no podía salir bien (hasta ahí llegaba), por eso pasé directamente al Plan c: «c» de «corre y sal de aquí cuanto antes y cómo puedas».

Golpeé, pateé o intenté forzar cada cierre, puerta o verja metálica de los edificios colindantes. ¡Que le dieran a la propiedad privada!, ¡quería salir de allí!

Nivel de éxito obtenido con dicha estrategia: cero. Ni tenía la fuerza ni la habilidad necesaria para esas cosas.

Así pues, pasé a la siguiente estrategia desesperada: traté de aferrarme a alguna escalera de incendios para subir hasta las azoteas y escapar por ahí. Como si se tratase de algún chiste sádico, ninguna estaba al alcance de mis manos, que comenzaban a emanar un sudor frío fruto del pánico.

Aquel sitio era un maldito sinsentido. Y lo peor era que empezaba a darme en la nariz que esa calleja ya nada tenía que ver con el resto de Nueva York, pues el bullicio sempiterno de la gran ciudad, la banda sonora de toda mi vida, no sonaba por ninguna parte.

Cada vez más frustrada, observé el desconcertante espacio cerrado que me rodeaba mordiéndome con fuerza la lengua. No parecía haber nada fuera de lo normal, aparte del cielo nocturno y la falta de limpieza. Entonces, ¿qué demonios ocurría allí?, ¿estaba encerrada?, ¿cómo?, ¿por quién?, ¿y por qué en un sitio en el que lo más parecido a algo comestible eran los restos de los cubos de basura?

Decidí buscar algo de desahogo a la mezcla de miedo visceral y desengaño que me recorría de arriba abajo. Agarré una lata de Coca-Cola vacía y la lancé con todas mis fuerzas hacia la barrera invisible que separaba la oscuridad de aquel sitio de un día normal en la Gran Manzana.

Para mi sobresalto, no solo no apareció por el otro lado (como tantas veces había hecho yo con anterioridad), sino que rebotó en el aire y volvió con fuerza hacia mí. Logré esquivar por poco la inesperada venganza de mi propio proyectil, pero, como resultado de saltar sin mirar hacia dónde, hice pie en una grieta del asfalto y caí sobre un charco de agua estancada (o al menos esperaba y deseaba que solo fuera agua).

—¡Maldita calle de mierda! —rugí con un grito furibundo agudizado por el miedo—. ¿Te estás quedando conmigo? ¡Obedece las malditas leyes de la física y déjame salir!

Por supuesto, le estaba gritando a una calle vacía y nadie contestó… Al menos en forma de palabras, pues, mientras luchaba por secar mis empapados pantalones vaqueros sin pensar demasiado en cuál era la sustancia culpable de su estado, se produjo un cambio: sin previo aviso cayó a varios metros de mí una enorme gota de algo denso y oscuro, con una consistencia que recordaba al petróleo, e impactó con el asfalto provocando un sonido de succión parecido al de una bola de plastilina en una situación similar.

Me quedé rígida y muda mientras observaba, esperanzada, aquella novedad en mi prisión estática. No tardaría en arrepentirme de esa esperanza.

La misteriosa masa comenzó a cobrar vida propia, a contorsionarse sobre sí misma como si de un Flubber azabache se tratara, mutando y retorciéndose hasta formar una especie de figura de persona goteante, semilíquida, negra y sin rostro, digna de una película de terror de serie b.

Si esa era la forma de aquel lugar de responder a mi petición de libertad, tenía algo muy claro: habría estado mejor perdiendo el tiempo en el instituto.

Capítulo 4

Michael Bay dirige mi vida

 

 

Tenía ante mí al ser más repugnante que había visto en mi vida. Parecía un cadáver arrojado al fondo de algún pozo de brea cuya consciencia se hubiera mezclado con el alquitrán para volver después del más allá y vengarse ¡de la persona equivocada!

Un tembloroso paso en mi dirección le bastó para helarme la sangre. Apenas emitió sonido al hacerlo, más allá de un leve borboteo casi mudo. Tampoco transmitía olor alguno, como si no necesitase más que atacar el sentido de la vista con su presencia para infundir el más profundo de los temores.

Y no lo necesitaba. Mis pensamientos se habían lanzado de cabeza por la retorcida ventana del más puro terror lovecraftiano en cuanto había aparecido.

—¡No te acerques!

Ni tan siquiera esperé una contestación que nunca llegaría. Espoleada por el pánico, lancé con fuerza mi mochila contra su cabeza en un intento desesperado de frenar su avance. El monstruo se deformó como si no tuviera cráneo en su interior en cuanto mi proyectil se le acercó y este se perdió fuera de mi alcance junto al material escolar que contenía. ¿Cómo era tal disparate fisiológico siquiera posible? ¡Que lo averiguara otra, porque yo no pretendía dejar que esa cosa se me acercase para encontrar la respuesta!

Sin necesidad de pensarlo dos veces, puse pies en polvorosa. Mi corazón amenazaba con salírseme del pecho mientras intentaba dejar atrás aquel horror que apenas podía describir y los pulmones cogían turno para seguirlo en su renuncia. Vista la alternativa, hasta intentar atravesar la falsa salida del callejón que me había negado el paso tres veces consecutivas me parecía una gran idea.

No lo era, claro. Tras otro fugaz viaje en la montaña rusa más rápida del mundo, volví al punto de partida.

Una pesadilla. Estaba encerrada en una pesadilla de la que no podía despertar y cuya protagonista se abalanzó sobre mí en cuanto me localizó con otro giro imposible de su rostro carente de ojos.

Ignoro qué cable se me cruzó entonces, pero al ver que ahora nos separaba una buena distancia y que no había escapatoria posible opté por la opción de hacerle pagar caro a aquella cosa lo que quiera que pretendiese hacerme (nada agradable, seguro).

En ausencia de mis fieles tijeras bicolor, hice de tripas corazón y rebusqué un arma alternativa entre lo único que tenía a mi disposición, los cubos de basura.

Contrariamente a la creencia popular, los neoyorquinos no íbamos por ahí llenando los contenedores de pistolas y cartas de amor a la Segunda Enmienda, así que lo más peligroso que cayó en mis manos fue un palo de escoba algo retorcido.

—Tendrá que valer —mascullé, mientras obligaba a mi mente a ignorar los restos de la cena de alguien salpicándolo por doquier.

Mi agresor tampoco iba a esperar a que buscase otra alternativa, pues ya casi lo tenía encima. En medio de su espeluznante trote sordo, levantó uno de aquellos brazos raquíticos, transformó la mano que lo remataba en unas afiladísimas garras dignas del mismísimo Freddy Krueger y acuchilló con ellas en mi dirección.

A pesar de no ser demasiado amiga del deporte, mis reflejos tampoco estaban oxidados y, gracias a ello, pude retroceder un par de pasos en el último momento. La zarpa deforme tuvo que conformarse en esa ocasión con desgarrar únicamente el aire enrarecido del callejón.

La Cosa del Pantano de Brea trastabilló por la inercia de su error. No necesitaba un cartel de neón para reconocer una oportunidad así:

—Bicho inmundo, ¡te voy a mandar fuera del estadio! —grité.

Acabo de decirlo, de deportista tenía poco, pero, como buena americana, sabía un par de cosas del deporte nacional: estrangulé mi improvisado bate, afiancé los pies sobre el maltratado asfalto y abaniqué con toda la fuerza que pude.

Visto en retrospectiva, seguramente no fue el mejor hit del siglo, hasta cerré los ojos al golpear, pero, al menos, eso salvó mis retinas de la explosión subsiguiente. Porque no recuerdo muy bien qué intentaba conseguir golpeando a aquella cosa con un puñetero palo de escoba, pero desde luego no me esperaba que aquello me explotase en la cara de forma literal.

Un resplandor cegador me atravesó los párpados mientras salía propulsada hacia atrás como si me hubiese embestido un coche de choque. Mi espalda pronto se topó con alguna pared cercana, contra la que reboté, vaciando hasta la última gota de aire de mis pulmones antes de desplomarme en el desgarrador suelo.

Con tanto vapuleo seguido, me plegué sobre mí misma, absolutamente perdida y dolorida, pues tenía la sensación de haber sido a mí a quien habían bateado las costillas.

Tardé unos segundos, que se me hicieron eternos, en recuperar la capacidad de respirar, ignorando a medias las magulladuras que intentaban obligarme a quedarme hecha una bola, y otros tantos en despejar mi vista nublada de las estrellas que la salpicaban. Todo ello solo para escuchar una voz enérgica que proclamaba:

—¡No le pongas un dedo encima!

Desde luego, debía haberme dado un porrazo en la cabeza de los buenos, como para comenzar a escuchar frases de pelis de argumento trillado como las que le gustaban a Alva. Y lo peor de todo era que aquella voz no había surgido de ningún traumatismo craneoencefálico grave, sino de la última incorporación a todo aquel delirium tremens.

En el lugar que poco antes había usado como caja de bateo crepitaba ahora la espalda de un chico rodeado de violentas llamas dispuesto a incinerar mis pocas esperanzas de que el mundo recuperase su sentido común. Entre el brillo del manto flamígero que lo envolvían, a duras penas pude entrever cómo sostenía con su mano izquierda la garra del monstruo sobre las cabezas de ambos mientras, en la derecha, se derretían inofensivos los restos de mi escoba metálica.

El ser de pesadilla que tan imbatible me había parecido hasta entonces soltó otro grito mudo de los suyos, esta vez interrumpido por un potentísimo gancho ascendente que lo hizo elevar los pies del suelo como un pelele ingrávido. Luego, en una sucesión de actos tan veloces que mis ojos se perdieron la mayor parte, una inmensa llamarada surgió a la altura del rostro de su oponente e inundó buena parte del callejón, tragándose al monstruo como si se lo llevase una riada de fuego.

Nada podría haber sobrevivido a aquello. Más allá del punto donde se había originado la deflagración solo podía ver pequeñas cenizas revoloteando funestas, una jungla de escaleras antincendios goteando metal fundido, muros y asfalto humeantes sometidos al calor de un infierno que, incluso a distancia, me abrasaba la piel.