Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
No he estado tan neurótica en mi vida. Pero es que todo está patas arriba: ahora vivo en Melbourne, en una casa que comparto con una chica majísima (que espero que quiera ser mi amiga) y con... Jesse.Sí: ESE Jesse. El mismo que me humilló en el instituto. ¿Qué pinta él aquí? ¿Es que no tenía otro lugar al que ir? La cosa es que ahora vivimos juntos, pared con pared, ¡y tengo que aguantarme! Y, por si fuera poco, mi ex también anda por aquí restregándome lo feliz que está.Así que en esas estoy: intentando organizar mi vida con normas y planificación. Y alguna mentira inofensiva... Y un poco de disimulo... Ah, y como dice Harper: nada de dramas innecesarios.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 412
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Capítulo 1
Capítulo 2
HAY UN RATÓN EN UN RINCÓN de mi habitación. Un ratón. En mi habitación. Donde duermo. Está sentado sobre sus pequeñas patas, paralizado por el miedo. Yo estoy en la cama, también paralizada por el terror.
En este momento, estamos manteniendo contacto visual directo.
Resulta irónico cómo hace unos segundos estaba tan cómoda y calentita en mi cama, sintiéndome segura, arropada y satisfecha conmigo misma. Pensaba que estaba en mi nueva casa, por fin siendo una adulta libre, cosmopolita, algunos incluso dirían que sofisticada y, sin embargo, estoy intentando alcanzar el móvil con una mano temblorosa, lista para llamar a mi madre y pedirle que venga a buscarme de inmediato.
No sé cómo terminar con esta confrontación. ¿Me tumbo como si fuera un perro, panza arriba, en señal de rendición? ¿Me mantengo firme y agito despacio los brazos para que me reconozca como humana y retroceda? Eso es lo que hay que hacer cuando te topas con un oso, además de soplar por un silbato. Cuando tenía diez años, memoricé cómo sobrevivir a un encuentro con un oso sin otro motivo que el de despertarme con una profunda ansiedad en el estómago ante la posibilidad de cruzarme con uno. También me preocupaban muchísimo las arenas movedizas, no saber hacer un nudo irrompible y no tener conocimientos para encender fuego con dos palos. Se comprende que mi yo de diez años se imaginaba que iba a necesitar esas habilidades en un futuro, aunque en realidad era una niña que se pasaba la mayor parte del día en casa y que una vez lloró porque casi le picó una abeja.
El caso es que soy una persona a la que le gusta prepararse. La esencia misma de quién soy es mi preparación, mis listas de tareas pendientes, mi investigación exhaustiva, mi lectura detallada, mis hojas de cálculo con códigos de colores, la energía que desprendo al levantar la mano con seguridad sabiendo la respuesta. Antes de mudarme, tenía una lista detallada de las cosas que necesitaba comprar, mecanografiada y organizada por tienda. Además, asigné cada artículo a una persona: mi madre, mi hermana mayor, Lauren, y yo, para que pudiéramos afrontar las rebajas del 26 de diciembre, o del Boxing Day, como se le llama aquí, con la mayor eficiencia posible. (Cuando le entregué la lista a Lauren, la miró y dijo: «No. De ninguna manera. Brooke, ¿por qué haces esto? No voy a ir»). Sin embargo, nunca se me ocurrió investigar qué hacer cuando te encuentras con un ratón en plena noche en el dormitorio de la casa que compartes. En lugar de gritar, como debería haber hecho, me he quedado paralizada nada más verlo, y ahora siento que el momento apropiado para los gritos ya ha pasado.
Esta es la primera noche que paso lejos de mi madre, Lauren y Nana. El comienzo de mi nueva y emocionante vida como universitaria, en una ciudad también nueva e impresionante. ¿Debería tomarme como un mal presagio el hecho de haber encendido la lámpara y ver un roedor portador de enfermedades? No tiene por qué. Quizá sea una buena señal. Puede que el ratón y yo nos hagamos amigos y vivamos pequeñas aventuras juntos. Viajará en mi bolsillo y lo llamaré Cornelius. Podría convertirse en una época encantadora de mi vida de la que escribiré cuando sea mayor.
Muevo el brazo levemente y el hechizo se rompe. El ratón sale corriendo, y aunque está lejos, por fin grito. Grito más fuerte de lo que me imaginé que podría hacer. Me pongo de pie de un salto y adopto una posición defensiva, con las piernas ligeramente flexionadas y las manos preparadas para atacar; una postura que recuerdo vagamente de la clase de defensa personal a la que acudí en séptimo curso. En un abrir y cerrar de ojos, el ratón ha dejado de ser mi amigo Cornelius y vuelve a ser una criatura repugnante.
–¿Brooke? –oigo un golpe en mi puerta y Harper asoma la cabeza–. ¿Va todo bien?
–He visto un ratón. Estaba en un rincón y luego ha salido corriendo por la puerta –respondo, intentando que no parezca que estoy al borde de las lágrimas. Voy sin pantalones. Solo llevo puesta una camiseta grande y la ropa interior. Creo que la camiseta es lo suficientemente larga para darme un poco de dignidad, pero todavía tengo la esperanza de que mañana, tanto ella como yo, podamos fingir que nunca ha visto la parte superior de mis muslos.
Harper es un año mayor que yo y esta vivienda pertenece a su familia. Tiene un pequeño y bonito tatuaje de una flor en el hombro y lleva un montón de finos anillos de oro superpuestos en los dedos. Su pelo, oscuro y rizado, enmarca a la perfección su rostro; su habilidad con el delineador de ojos supera con creces cualquier cosa que yo sea capaz de hacer, y durante nuestra primera conversación, esta tarde, ha mencionado dos bandas de música de las que nunca he oído hablar. Espero que este incidente con el ratón no eche a perder mis ya escasas posibilidades de convertirme en su amiga.
–Oh, Dios. Lo siento. Nunca había visto ninguno en el dormitorio. –Frunce el ceño y se pasa una mano por los rizos.
Entonces, ¿dónde los ha visto? Por mi expresión, se ha debido de dar cuenta del impacto que han tenido en mí sus palabras y de que ahora debo de estar pensando en la posible cantidad de ratones que ha visto en la casa, porque niega con la cabeza y se apresura a añadir:
–No, no, no te preocupes. No tenemos una plaga de ratones ni nada por el estilo. Vi uno la semana pasada en el patio de atrás, eso es todo. La casa es bastante antigua. Mañana podemos poner papel de aluminio y lana de acero en las grietas de la tarima –sugiere.
Ya me ha avisado de que hay un hueco en la puerta trasera que puede hacer que se enfríe la sala de estar, algo que podemos evitar colocando una toalla; de que el grifo del baño gotea, a menos que lo cierres con tanta fuerza que luego casi no puedes abrirlo; de que la cerradura de la puerta trasera se atasca y de que es posible que haya un poco de moho en invierno; de que el horno hace mucho ruido, vibra y, a veces, se apaga solo. Además, el toallero y el portarrollos se caen de las paredes cada dos por tres y tendremos que acostumbrarnos a ese olor raro que desprende el armario del pasillo, ya que es imposible deshacerse por completo de él.
Sí, me ha explicado todo esto, pero nunca me ha dicho nada sobre ratones.
Ignoro los latidos de mi corazón y le sonrío. Luego, bajo las manos hasta los costados y digo:
–Buena idea. Te veo por la mañana. –Me meto en la cama, como si fuera a dormir algo esta noche, en lugar de buscar de inmediato en Google «enfermedades que te puede contagiar un ratón».
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
SON LAS SIETE DE LA MAÑANA y la casa está en silencio. Al final, logré dormir después de enterarme, gracias a una investigación exhaustiva, de que lo más probable era que el ratón no portara ninguna enfermedad infecciosa y de que este tipo de animales no puede ver muy bien, por lo que es posible que ese contacto visual que tuvimos no fuera tan intenso como imaginé.
Hoy es el día en el que llega nuestro otro compañero de piso. Lo único que sé es que se llama Jeremy. Nada más. Ni siquiera su apellido. Harper no ha sido muy comunicativa al respecto y estoy intentando fingir que soy una persona relajada, con la que es fácil convivir y que no se pone a hacer un montón de preguntas con demasiada ansiedad. «¿De modo que solo Jeremy, sin apellido ni ningún otro detalle identificativo? Sin problema, no me preocupa en absoluto, no tengo ninguna pregunta que hacer sobre él». Como si fuera lo más normal del mundo aceptar vivir con un chico (en un espacio reducido y compartiendo baño) y no tener, al menos, un breve expediente sobre él, una descripción a grandes rasgos de quiénes son su familia, amigos, relaciones pasadas, notas académicas, historial médico, ideas políticas y publicaciones más controvertidas en las redes sociales. Y, sin embargo, aquí estoy, reflexionando sobre si debo cambiar rápidamente de habitación antes de que llegue.
Como Harper es la nieta de los propietarios y fue la primera en mudarse, se ha quedado con la habitación más grande, lo cual es lógico. El dormitorio cuenta con una chimenea decorativa, un armario empotrado y espacio suficiente para una cama de matrimonio, un escritorio y dos estanterías. Además, Harper lo ha llenado con una enorme cantidad de plantas y objetos al azar que no encajan, como un perchero horrible para sombreros sin ningún sombrero y un espejo pesado apoyado en una pared. La estancia está desordenada y repleta de ropa, adornos, decoración, fotos polaroid, discos de vinilo, joyas, un cuenco con cristales, libros... Había cuatro vasos de agua a medio beber, dos tazas de té medio llenas y una botella abierta de Powerade en su escritorio, todo demasiado cerca de su portátil abierto. Me dan ganas de ordenarla. Algo rápido: solo un poco de limpieza por aquí, unos ajustes por allá y una reorganización absoluta de sus armarios, eso es todo. Y mejor no hablamos de dónde ha colocado las cosas en la cocina. Las tazas y los vasos, en un cajón inferior, y los platos y cuencos, en el estante más alto; todo mal, según mi opinión, pero estoy haciendo todo lo posible por no tomar el control.
Cuando llegué, Harper me dio a elegir entre las dos habitaciones restantes de la casa. Escogí la habitación con mejor luz y menos grietas en el techo, y en la que, al parecer, se esconde un ratón. Así que al misterioso Jeremy le ha tocado la habitación contigua a la mía, que es un poco más grande, pero que tiene una forma extraña y una gran mancha descolorida en la pared que me recordó de inmediato a una salpicadura de sangre. Desde entonces, la llamo «el dormitorio de los asesinatos»; un nombre que, una vez que tu cerebro lo asocia a un lugar, no desaparece así como así.
Asesinato o ratón. Menudo dilema.
Estoy reflexionando sobre ello en la ducha cuando llaman a la puerta del baño.
–¿Hola? –grito tensa, como si estuviera respondiendo a una llamada de un número desconocido.
Harper responde también gritando, pero no logro entenderla. ¿Me ha dicho que salga de la ducha, que deje de desperdiciar agua caliente, que me dé prisa? ¿He hecho algo mal o infringido alguna regla? Todavía no conozco las normas de la casa, así que no ha debido de ser eso. Y solo llevo cinco minutos en el baño. Me siento un poco molesta por esta posible actitud dominante, a pesar de que me he pasado la mayor parte de mi vida golpeando las puertas de los baños y gritándole a Lauren que se diera prisa. Pero eso es diferente. Eso es cosa de hermanas y está justificado porque, si la dejas, Lauren es capaz de pasarse cuarenta minutos bajo la ducha, gastando cada gota de agua caliente mientras se aplica sofisticados tratamientos en el pelo y exfolia cada centímetro de su cuerpo con productos por los que ha pagado demasiado dinero.
Me desconcierta que Harper haya asumido automáticamente el papel de líder de la casa. Porque puede que Lauren sea mi hermana mayor, pero yo siempre me he encargado de todo en casa. Fui la capitana de la sección artística del instituto, la codirectora de la obra de teatro que hicimos en décimo (junto con el profesor de teatro, por lo que tuve la misma autoridad que un adulto, una situación sin precedentes. Incluso me compré una boina negra; algo que, ahora que lo pienso, fue una equivocación), fundadora del club de lectura Jane Austen de secundaria, secretaria del comité de justicia social y líder del equipo de debate. Me siento muy cómoda llevando las riendas.
Pero, vale, aquí Harper es la que dirige el cotarro. Me conformaré con ser la segunda al mando. No lo diré en voz alta, pero, sin duda, lo pensaré.
Abro la puerta y echo un vistazo fuera del baño. Me he dejado el albornoz en la habitación, ya que nunca he tenido que preocuparme por taparme al ir del baño a mi dormitorio, y ahora no me queda otra que correr por la casa con una toalla demasiado pequeña.
Salgo disparada por el pasillo, casi corriendo, cuando llego a la cocina, pero me detengo al ver a un hombre y a una mujer allí parados cargando cajas; a un niño preadolescente sentado en medio del suelo que juega con una Nintendo Switch; a una niña más pequeña que se queja porque tiene sed, y a un niño pelirrojo que sostiene una muñeca Barbie sin cabeza.
Harper me mira con los ojos abiertos como platos y me doy cuenta de que antes ha llamado a la puerta del baño para advertirme de que había gente en la casa.
–Esta es Brooke –me presenta Harper.
Los dos adultos sonríen y me saludan con un gesto de cabeza y un «hola» mientras continúan ocupados con bolsas, cajas y niños llorosos. Apartan cortésmente la mirada de mi casi desnudez. Supongo que es la familia de Jeremy, nuestro nuevo compañero. Ambos me resultan muy familiares: los he visto antes, pero no sé exactamente dónde.
Paso junto a ellos en la cocina, fingiendo una sonrisa y siendo muy consciente de que llevo la toalla un centímetro por debajo de mis nalgas y de que apenas me cubre el pecho. Esta es la segunda vez que Harper me ve la parte superior de los muslos en un lapso de doce horas. Estoy completamente a favor del body positive; cuando eres la hermana menos atractiva, necesitas quererte a ti misma bien pronto, pero la parte superior de mis muslos es la parte de mi cuerpo con la que preferiría no empezar cuando conozco a alguien. Sencillamente, no son la mejor carta de presentación.
El niño viene corriendo hacia mí, agarra un trozo de toalla y tira de ella, lo que hace que mi situación de casi desnudez sea aún más precaria. Me inclino torpemente para soltar sus pequeños dedos regordetes, que se han aferrado a la toalla con un agarre hercúleo. No sabía que los niños eran tan fuertes.
–¡Abajo, abajo! ¡Es un robot! –grita el niño, señalando debajo de la toalla. Dios mío, ¿dónde está la madre de esta criatura? Miro a mi alrededor con desesperación.
–Mira, ya ha llegado –dice Harper, mientras alguien más entra en la casa, cargando una pila de cajas que le oculta el rostro–. Brooke, este es Jeremy. Jeremy, te presento a Brooke.
Estoy demasiado ocupada intentando frustrar el intento de humillarme y dominarme de este pequeño como para prestar atención.
–Oh, nadie me llama Jeremy –dice él.
Un momento. Alzo la cabeza al instante. Conozco esa voz.
La pila de cajas desciende y aparecen un par de ojos.
Esos ojos...
Luego, puedo verle toda la cara. Nariz alargada, hombros anchos, pelo castaño despeinado detrás de las orejas.
Es Jesse.
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
SIENTO CÓMO EL CORAZÓN me late desaforado mientras hago todo lo posible por mantener una expresión calmada. De repente, se me ha bloqueado la mandíbula y, aunque intento moverla, no responde. Estoy a punto de tener un ataque de pánico. Está bien. ¡No pasa nada! Sí, Jesse se está mudando a mi nueva casa, pero no voy a permitir que esto me afecte. Aceptaré la situación con serenidad y de forma racional. En cualquier momento se me desbloqueará la mandíbula y mi corazón volverá a latir con normalidad. Todo estará bien.
–Jesse –digo con voz tensa.
–¿Os conocéis? –pregunta Harper–. Supongo que tiene sentido. Mi abuela fue la que os encontró a ambos. –Se ríe, aunque pone demasiado énfasis en la palabra «abuela». Tengo la sensación de que todavía guarda cierto resentimiento porque no le hayan dado la opción de buscar a sus propios compañeros de casa. Los abuelos de Harper viven en mi pueblo y conocen a mi madre. Y, por lo visto, también al padre de Jesse.
–Hemos ido al mismo instituto –explico. Por fin he conseguido sacar la toalla del puño del niño, pero él la vuelve a agarrar con ambas manos y tira de ella con más fuerza. Indefensa, miro a mi alrededor en busca de ayuda. Si existiera una lista para la canguro perfecta, cumpliría con cada uno de los requisitos, incluso para los padres más sobreprotectores, pero, a pesar de esto, no tengo experiencia práctica y no sé cómo lidiar con niños pequeños. ¿Puedes levantarlos si no son tuyos? ¿Te obedecen si les hablas con voz firme y autoritaria, como lo haría un perro?
–Brooke, por supuesto, eres la hija de Michelle –dice el padre de Jesse, nada preocupado por la batalla que estoy librando con su hijo. Me ha dado la sensación de que su tono ha sido crítico, pero es difícil discernir si esa es su forma natural de hablar, si ha hecho un juicio sobre mi madre, o ambas cosas.
–Sí, soy la hija de Michelle. Hola. –Estoy mojando el suelo, así que trato de limpiarlo con el pie descalzo, mientras continúo avanzando hacia mi habitación con un niño pequeño a cuestas.
Jesse todavía no ha dicho nada. Solo sigue cargando las cajas, observando cómo forcejeo con el niño, con una mirada inescrutable en el rostro.
–Jesse, por el amor de Dios, ni siquiera has dicho «hola» –espeta su padre–. Qué tal si intentas dar un buen ejemplo a tus hermanos de vez en cuando, ¿eh? –De nuevo, ese intenso tono crítico. De pronto, me acuerdo de Nana describiendo al padre de Jesse como un hombre antipático. Aunque mi abuela ha dicho lo mismo de, al menos, la mitad de los hombres del pueblo (incluido el encantador médico de familia que trabaja con el sistema público de salud y con aseguradoras sin cobrar directamente a los pacientes, cuando no tiene por qué hacerlo, los hermanos que regentan la carnicería, que nos reciben con una sonrisa y siempre nos regalan algún trozo de carne extra para nuestra gata siamesa, Minty, y el amable viudo que vive en nuestra calle y que la invitó a comer), creo que en este caso acertó con su evaluación.
Nos sumimos en un incómodo silencio durante unos segundos.
–Lo siento. Sí. Hola, Brooke –me saluda Jesse, aclarándose la garganta.
La última vez que lo vi fue hace unos tres meses, en la noche de nuestra graduación, pero ahora me parece más alto.
–Hola, Jesse –respondo, tratando de sonar despreocupada y digna mientras estoy semidesnuda, forcejeando con un niño pequeño.
Jesse deja las cajas y se acerca a mí. Al principio me preocupa lo que tenga en mente, pero luego se inclina, le dice a su hermano: «Ven aquí», lo levanta y lo lanza sobre su hombro de una forma que hace que el niño grite de alegría.
Entonces, nuestras miradas se encuentran. Entrecierro los ojos un poco, enviándole un mensaje. ¿Qué mensaje? Pues que, al igual que él, no me apetece lo más mínimo que compartamos casa, pero que yo he llegado primero y que, si alguien tiene que irse, debería ser él, porque lo que me hizo hace cinco años sigue siendo la mayor traición y humillación que he sufrido; una traición que todavía no le he perdonado y que nunca le perdonaré. Desde luego, es un mensaje demasiado largo para transmitir con un ligero y apenas perceptible entrecerrar de ojos, pero tengo la sensación de que ha captado la idea general.
Me doy prisa en llegar a mi habitación. Una vez dentro, cierro la puerta, aliviada, y coloco varios libros pesados frente a ella, por si el niño pequeño intenta entrar para un segundo asalto.
Me pregunto si Jesse cambiará de opinión. ¿Se volverá hacia sus padres y les dirá que quiere irse de aquí? Bueno, no importa. Yo no me voy a ir. No puedo. Ya he pagado la fianza, he pasado una noche aquí, he aceptado el hecho de que hay un ratón, he hecho planes para ir al mercado con Harper, he empezado a preparar uno de esos tableros de visión con imágenes, frases y objetivos para lograr mis metas, me he comprado una tarjeta de transporte y he dicho a todo el mundo que estoy viviendo en una increíble casa compartida en Melbourne mientras estudio Economía con el objetivo de trabajar para la ONU y, al mismo tiempo, ser un autora superventas y tal vez, incluso, escribir un guion ganador de un Oscar.
Este es mi sueño. No voy a renunciar a él. Me pasé meses buscando un lugar asequible y medio decente para vivir. Me entrevisté con un hombre de unos veintitantos años que en internet se describía a sí mismo como «filósofo, feminista, pacifista, emprendedor, artesano, comunista, artista, apasionado y buscador de almas» y que luego, cuando hablamos por teléfono, me dijo que le gustaba vivir con mujeres más jóvenes porque sentía que tenía mucho que enseñarles. Hablé con tres chicas que me aseguraron que la habitación que tenían disponible era pequeña y poco convencional, pero muy acogedora, y resultó ser una zona con moqueta, detrás de un sofá, separada por una cortina (una sábana sujeta con pinzas a una cuerda de tender la ropa). Entonces, mi madre me dijo que una pareja de nuestro pueblo estaba buscando a alguien para vivir con su nieta y sentí un alivio enorme.
No tengo a dónde ir si me falla esta casa. No quiero vivir con un tipo espeluznante o detrás del sofá de alguien. Y no puedo volver a casa. No puedo fracasar a las cuarenta y ocho horas de haberme ido. No soy el tipo de persona que fracasa.
Me visto despacio, dispuesta a evitar a Jesse hasta que se vaya, pero entonces me doy cuenta de que está aquí precisamente porque se está mudando y que va a ser imposible evitarlo. Intento leer un libro en la cama durante un rato. Sin embargo, soy incapaz de concentrarme en las palabras. Me pongo a jugar con el teléfono, pero lo único que consigo es percatarme de que me están temblando las manos. Entonces me empieza a preocupar que Jesse se una a Harper mientras me escondo aquí, se vayan juntos al mercado y, al final, me den de lado.
Asomo la cabeza fuera de la habitación. Todo está en calma. La familia de Jesse se ha ido. Los he oído marcharse poco después de entrar en mi dormitorio. Como les queda un largo viaje de regreso a casa –tenían que llevar a uno de los niños a kárate, el otro necesitaba dormir una siesta y la tercera estaba llorando–, se han marchado corriendo en un torbellino de estrés y gritos, y no creo que se hayan despedido de Jesse como Dios manda. Intento no comparar esta despedida con la que tuve ayer, con mi madre llorando hasta en tres ocasiones antes de irse, Nana entregándome con solemnidad su adorada medalla de San Cristóbal y Lauren fingiendo que todo le daba igual, pero luego obligando a mi madre a parar el coche para salir corriendo y darme un último abrazo. Puede que en mi familia seamos un poco codependientes.
Me encuentro a Harper en la cocina.
–He comprado bagels, por si quieres uno –dice.
–Mmm, sí, por favor. –Mi voz suena demasiado aguda, extraña. No parezco yo. Tengo que tranquilizarme o, al menos, aparentar estar serena. En una ocasión, una fisioterapeuta me dijo que nunca había visto a nadie a quien le costara tanto relajar los hombros como a mí, lo que decidí tomarme como un cumplido.
–Entonces, ¿Jesse y tú os conocéis bien? –pregunta Harper, mientras corta los bagels por la mitad. Cuando veo que lo hace sin una tabla de cortar debajo y con el cuchillo raspando la madera, me tiembla el ojo.
¿Nos conocemos bien? La pregunta es muy sencilla, pero no tengo ni idea de qué responder.
–Mmm, más o menos. No mucho, pero sí lo suficiente, supongo –balbuceo.
Harper se inclina hacia delante de modo que los rizos le caen sobre la frente. Lleva unos pendientes de oro en forma de pequeñas y bonitas calaveras. Me dan ganas de correr a mi habitación y empezar a buscar en Google «dónde comprar pendientes de oro con forma de calavera». Como si fuera capaz de llevarlos con estilo.
–¿Y cómo es? –inquiere Harper casi en un susurro.
Me emociono un poco. Lo ha dicho de una forma que invita a la intimidad, como si ya fuéramos amigas, pero debo tener cuidado y evitar ponerme a cotillear sobre él. Jesse también vive aquí ahora, y Harper no nos conoce a ninguno de los dos. No quiero que se lleve una mala primera impresión de mí.
–Es... mmm... majo –digo, todavía buscando las palabras adecuadas–. Es una persona con la que se puede convivir, es... majo. –Soy consciente de que he dicho «majo» dos veces, pero es que ahora mismo no se me ocurre ningún otro adjetivo.
–Vale. Sí, he hablado con él un par de veces y tiene pinta de ser simpático. –Harper parece decepcionada con mi aburrida respuesta. Seguro que estaba esperando una señal que le confirmara que su abuela no le había encontrado dos muermos como compañeros de piso. Me ha dado una oportunidad para sincerarme con ella y no le he ofrecido nada.
Harper unta queso en crema en el bagel y me lo entrega. Intento no volverme medio loca con el hecho de que se haya lamido un pegote de queso del dedo y luego haya tocado mi bagel con ese mismo dedo. Me pregunto si le parecerá de mala educación si me levanto a por un plato. Al final, me conformo con poner la mano debajo para evitar que las semillas de sésamo caigan al suelo.
Jesse entra a la cocina con un aspecto mucho más relajado y feliz sin su familia. Harper le ofrece la otra mitad de mi bagel y a él no parece preocuparle que lo haya tocado, la falta de platos o que las semillas de sésamo se caigan al suelo.
–Bueno, he pensado en hacer un repaso de las reglas de la casa –comenta Harper.
Me enderezo en la silla. Esta es la conversación que estaba esperando. Supongo que las habrá puesto por escrito y las habrá plastificado o colocado en una bonita carpeta de anillas nada intimidante (como habría hecho yo). Estoy lista para una conversación profunda, un debate amistoso. Estoy dispuesta a hacer concesiones, a comprometerme, a ser flexible y muy servicial, pero también a guiarlos con cuidado en ciertas direcciones, hacia un nivel más alto de limpieza, a mantener horarios y a usar la aplicación de lista de la compra compartida que estuve investigando y que ya me he descargado en el móvil.
Harper comienza a hablar y me doy cuenta de que no hay ninguna lista plastificada, nada por escrito; solo reglas verbales. Está bien. Puedo tomar notas y luego, quizá, busque una carpeta para archivarlas.
Las reglas de la casa son las siguientes: no se permiten las mascotas, no se permiten relaciones románticas entre compañeros de casa y debemos evitar los dramas innecesarios, así en general.
Cuando se detiene, me quedo esperando. ¿Ya está? Seguro que hay algo más. ¿Qué pasa con el reparto de tareas, compartir la comida, el ruido por la noche, tener invitados, celebrar fiestas, el uso de la televisión, los horarios de sueño, el pago de facturas? ¿Quién se encarga de revisar el buzón?, ¿qué día que se saca la basura?, ¿cómo organizamos el espacio en el frigorífico, la comida que tengamos en común, el uso de internet, la duración de las duchas, el aroma preferido del jabón para lavarnos las manos? Y estas son solo mis preguntas más generales. Luego tengo otras más específicas: ¿Quién está a cargo de qué? ¿Cómo funciona la casa al detalle? ¿De qué somos responsables cada uno? Ahora mismo, en el fregadero de la cocina ya hay dos vasos y un cuchillo con queso de untar y no hemos establecido cómo hay que limpiarlos o quién lo hará. Estoy sudando.
–Eso es todo. Como veis, bastante básico. Iremos resolviendo lo demás conforme vaya surgiendo. ¿Alguna pregunta? –inquiere Harper, sonriendo. Es una persona cálida y amable, algo que aprecio especialmente, ya que no es necesario para alguien con su carisma natural.
–¿Qué significa lo de los «dramas innecesarios»? –pregunta Jesse.
–Que no haya discusiones, tensiones, ese tipo de cosas –responde Harper–. Que todos estemos relajados y nos llevemos bien.
–Parece bastante fácil –señala Jesse sin mirarme.
Se me acelera el corazón. Esto va a ser un desastre. Estoy agarrando mi mitad del bagel con fuerza. Tengo que relajar los dedos. No pienso ser la persona tensa de la casa. Me niego.
–Facilísimo –digo, bajando los hombros y moviendo un poco el cuello.
–Ah, y he pensado que, en cuanto os instaléis, podríamos celebrar una fiesta de bienvenida –anuncia Harper.
–Genial –digo. ¿Cuánto tiempo tardaremos en instalarnos? ¿Estamos hablando de tres semanas, cuatro, cinco? Necesito una cronología, una fecha límite para esta fiesta. Así sabré cuánto tiempo tengo para hacer nuevos amigos, comprar ropa bonita, limpiar la casa a fondo y poner toda mi vida en orden. Hago todo lo posible para que mi rostro, relajado y sereno al máximo, no refleje el más leve indicio de todos estos pensamientos–. Estoy deseando que llegue el día.
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
DESPUÉS DE NUESTRA CHARLA sobre las reglas de la casa, Harper nos dice que va a salir a ver a su novia, Penny. No especifica si volverá a casa ni cuándo lo hará; supongo que eso es lo normal entre compañeros de piso, pero me encantaría implementar algún sistema para saber cuándo debemos empezar a preocuparnos y no estar en un constante estado de inquietud.
Cuando Harper se marcha, Jesse y yo nos quedamos solos por primera vez. Entro en el salón y me siento en el sofá. Debería levantarme e ir a leer. Organizar mis artículos de papelería. Empezar a preparar mis clases en la universidad para mañana. Terminar de arreglar mi habitación. Hacer una lista de las cosas que necesito comprar para la casa. Elegir mi ropa para la semana. Salir a dar un paseo y enamorarme de la ciudad (¿se puede hacer esto en un paseo rápido o hacen falta tres o cuatro horas? Nunca me he enamorado de ningún lugar. Ni tampoco de ninguna persona). Y todavía tengo ganas de reorganizar la cocina y limpiar los platos sucios. Tengo que hacer tantas cosas, pero soy incapaz de moverme.
«Echo de menos mi casa».
Me siento como un perro necesitado de cariño, temblando y acurrucado en un rincón, lejos de sus dueños por primera vez.
No me siento cómoda cuando estoy fuera de mi zona de confort. Durante el verano, cuando no podía dormir y se me aceleraba el corazón por el miedo a cambiar de ciudad, solía ver series de televisión antiguas, como Friends, New Girl y Cómo conocí a vuestra madre, para calmarme. Mientras las veía, pensaba: «Así será vivir con otra gente. Nos llevaremos fenomenal desde el primer momento y yo seré una persona distinta a la que siempre he sido porque nadie sabrá nada de mí. Podré mejorar aspectos de mi personalidad, reescribir mi propio personaje, fingir que tengo a todo un equipo de guionistas que me proporcionarán diálogos geniales, un montón de tramas y un sinfín de enredos románticos. Organizaremos cenas y fiestas, veremos películas de miedo, nos quedaremos toda la noche hablando, haremos pícnics, formaremos un equipo de netball e iremos a conciertos, restaurantes y galerías de arte. Y seré una persona a la que le encanta correr (en mis fantasías siempre estoy en buena forma), que domina el yoga y que anota puntos en el equipo de netball. No tendré ninguna preocupación porque estaré demasiado ocupada y feliz y llevaré una vida de éxito».
Pero ahora esto ya no podrá suceder, no con Jesse aquí. Su mera presencia me recuerda quién era, quién soy.
Solía pasar gran parte de mis sábados por la noche sentada con Nana y su gata, Minty, viendo dramas policíacos británicos mientras creaba listas de tareas pendientes, planes de estudio, ideas para comidas; llevando un registro de los libros que quería leer y los libros que había leído, y analizando mi sueño, ejercicio, tiempo de estudio, tiempo pasado delante de las pantallas de la semana anterior. Lo registraba todo en mis aplicaciones y hojas de cálculo, haciendo gráficos, observando el progreso. Era mi ritual de relajación: tener los números, conocer los datos, ver dónde había estado y hacía dónde iba. Me sentía mejor teniendo el control de todos los aspectos de mi vida.
Siempre he sido la amiga que recordaba todos los cumpleaños, la que organizaba el regalo del grupo, lo pagaba, y luego se preocupaba de ir detrás de todos de forma educada para que entregaran su parte del dinero. Yo era la que estaba dispuesta a ayudar, a encargarse de todo, a brindar energía positiva. Me tocaba conducir cuando salíamos de fiesta, vigilar las bebidas y los bolsos, sujetar el pelo cuando el resto vomitaba, estar pendiente de avisar por si venía algún padre, llevar la cuenta de quién se iba adónde y con quién, y de lo borrachos que iban, por si había que echarles un ojo.
Sabía exactamente qué hacer cuando llamaban a la puerta principal un sábado por la noche y me encontraba a dos chicos allí parados con Lauren. Uno la tenía agarrada de los hombros, y el otro, de los pies. Mi hermana tenía los ojos cerrados, estaba borracha y colgaba flácida entre ellos como un cadáver. Mamá estaba en el trabajo o dormida, y Nana, en la casita de atrás. Lauren dependía de mí. En mi interior, siempre se producía el mismo monólogo: «Espero que no le haya pasado nada, espero que estos chicos sean de confianza, espero que no necesite un lavado de estómago, espero que no vomite por todas partes, que no manche la cama». Cogía toallas, una palangana, un vaso de plástico con agua (de plástico, no de cristal, nunca de cristal), la ayudaba a ir al baño, le buscaba un pijama limpio y la acostaba de lado. Luego me sentaba en su habitación, la escuchaba respirar durante horas y me aseguraba de que no vomitara mientras dormía y se ahogara hasta morir. La ansiedad se disparaba a través de mi cuerpo como un cohete, subía y bajaba por mis brazos y piernas, revolviéndome el estómago.
Hice esto muchas veces. A veces, con mi madre; otras, sola.
En una ocasión, mi madre me sugirió que estudiara enfermería. No había entendido nada en absoluto. No hacía eso porque me gustara cuidar de la gente; lo hacía porque quería a Lauren. Porque me sentía obligada a hacerlo. Porque quería a mi madre y ella necesitaba a alguien con quien compartir el estrés. Lo hacía porque no queríamos que Nana se enterara. Lo hacía porque no había nadie más para hacerlo. Porque me parecía una tarea propia de mujeres: ese trabajo íntimo de cuidado, preocupación, contacto y atención del cuerpo de otra persona. Sin embargo, lo que mi madre no entendía era que en realidad lo detestaba. Lo odiaba tanto que sentía vértigo cada vez que Lauren salía de fiesta, se iba a casa de sus amigos o a algún concierto, o simplemente pasaba una noche tranquila con sus compañeros de universidad, hasta el punto de que empecé a anticipar lo que podría suceder cuando mi hermana llegara a casa. Parte de la razón por la que necesitaba mudarme con desesperación era la de liberarme de esa responsabilidad; no quería seguir haciéndolo. No quería ser la persona que limpiaba los vómitos, la que siempre veía el lado negativo y nunca el positivo. Quería encontrar el lado bueno, sin importar cómo se viera.
Y este es el año en el que voy a reinventarme y a encontrar ese lado bueno.
Jesse entra en el salón y se sienta en el sofá frente a mí. Ambos sofás pertenecen a Harper o a su familia. No son nuevos, pero sí más bonitos de lo que esperaba. Uno es de color amarillo mostaza, y el otro, de un gris desteñido. Ambos están muy desgastados, pero son cómodos. Intento no pensar en cuándo ha sido la última vez que los han limpiado.
Miro a Jesse y luego aparto la mirada. Es muy alto. No se me da muy bien calcular la altura de la gente, pero diría que mide un metro ochenta y mucho, quizá metro noventa. Tiene unos hombros muy anchos y ocupa un montón de espacio, lo que me irrita de manera irracional.
–Bueno –dice.
–Bueno –respondo. Si piensa que voy a darle pie para entablar una pequeña charla, se equivoca. Le voy a dar exactamente lo que él me dé. No, espera, de ahora en adelante le daré un poco menos. Seré fría, dura, lo ignoraré, sofocaré cada impulso natural que tenga para llenar el silencio y mostrarme amable, educada y soltar alguna gracia. Puedo ser una persona complaciente con profesores, padres, amigos, con la persona imaginaria que analiza mis «me gusta» en las redes sociales y con mi futuro bisnieto, quien algún día podría encontrar mis diarios, pero no con él. Nunca con él.
–Estamos viviendo juntos. –Jesse está tamborileando con los dedos de una mano en el sofá. Se nota que está nervioso. Sabe que soy inmune a su encanto, que esa sonrisa con la que muestra el hoyuelo de su mejilla izquierda, y que tanto le ayudó en el instituto, no va a surtir ningún efecto en mí. Lo he visto desplegar su personalidad de «¿no me encuentras un poco irresistible?» un montón de veces. En una ocasión, en una fiesta, tocó algunos acordes en una guitarra y la sostuvo mirando al cielo con expresión contemplativa, como si hubiera sido una estrella de rock durante años. Los chicos lo tienen más fácil. Nosotras siempre estamos buscando la forma de encontrarlos atractivos, encantadores, interesantes, con talento. Nos basta con un solo detalle, un instante, una sola mirada para construir toda una fantasía a su alrededor.
–Mira, solo para que lo sepas, cuando me mudé aquí no tenía ni idea de que tú fueras a vivir aquí –digo impulsivamente–. No sabía que te llamabas Jeremy. Si Harper hubiera dicho «Jesse», me habría dado alguna pista o habría hecho más preguntas. ¿Desde cuándo te llamas Jeremy? Cuando oigo el nombre de Jeremy pienso en un profesor de Historia con pajarita. Decir que te llamabas Jeremy ha sido de lo más falaz. Todo ha sido culpa tuya. Jamás me habría venido a vivir contigo de forma voluntaria. No tenía la menor idea de que estabas pensando en mudarte a Melbourne; sin embargo, tú siempre has sabido que ese era mi plan. Pero lo hecho, hecho está, y para evitar cualquier drama innecesario, creo que...
Respiro hondo. De acuerdo, mi intento de ser la reina de hielo no ha durado mucho. De hecho, he ido en la dirección contraria y he tenido un colapso verbal completo. Pero puedo recuperarme. Solo necesito mantenerme firme y tomar en control de la situación. Trago saliva, bajo la voz y me calmo un poco para no sonar como una histérica.
–Creo que solo tenemos que mostrarnos cordiales el uno el otro cuando estemos delante de Harper –termino, cruzándome de brazos.
–Lo siento, ¿podemos retroceder un momento? ¿Oíste el nombre de Jeremy y pensaste que ibas a vivir con un profesor? –dice Jesse.
–Sí. Quizá con uno muy joven. –Cómo me gustaría no haber dicho esa parte.
–¿Un profesor que lleva pajarita?
–Sí. Y una chaqueta de tweed. Con parches de cuero en los codos.
–Te has pasado bastante tiempo imaginándote al profesor Jeremy –señala él. Veo que empieza a esbozar una sonrisa.
–Me lo imaginaba como un mentor –digo con frialdad. De hecho, me lo imaginaba como un estudiante de posgrado guapo, con un acento elegante y el pelo desordenado, que usaba pajarita, le gustaba ir a la biblioteca, me traía una taza de té fuerte todas las tardes y con el que hacía bromas intelectuales y profundamente perspicaces sobre Hemingway o algún otro autor muerto que aún no he leído, pero nadie necesita estar al tanto de tantos detalles.
–Mmm, no me cabe la menor duda –dice Jesse.
–Pero eso da igual. Vamos a lo importante. Ser amables el uno con el otro cuando estemos delante de Harper y tratar de sobrevivir a este año...
–Te dije que me llamaba Jeremy –me interrumpe.
–No, no lo hiciste.
–Sí lo hice. Estábamos sentados juntos en el autobús y comentaste que, si alguna vez publicabas un libro, te gustaría hacerlo con el nombre de tu abuela, que creo recordar que era Evelyn o algo parecido, porque no te gusta el tuyo, a pesar de que es normal y corriente. Y yo te dije que si alguna vez publicaba un libro, lo haría con mi nombre real, Jeremy.
Tiene razón. El recuerdo acude a mi mente al instante. Me acuerdo no solo de la conversación, sino de la forma en la que estábamos juntos, girados el uno hacia el otro, con los codos juntos, y que era por la tarde y nos dirigíamos a casa. Teníamos catorce años. Nuestra amistad era reciente y emocionante, como suele suceder cuando, de pronto, de manera inesperada, conectas con alguien y sientes que podrías pasarte toda la vida hablando con esa persona.
Me olvido de eso lo más rápido que puedo.
–No me acuerdo –digo, apartando la mirada.
–Vale –repone él.
No estoy muy convencida de que me haya creído.
–¿Y qué va a pasar cuando no estemos delante de Harper? –añade.
–¿A qué te refieres?
–Has dicho que seamos amables cuando estemos delante de Harper. ¿Cómo nos comportamos cuando no estemos delante de ella?, ¿cuando estemos a solas? –pregunta.
Nos miramos y, durante un segundo, solo un segundo, tengo la absurda sensación de que me voy a poner a llorar. Me clavo las uñas en las palmas de las manos y la sensación desaparece.
Le frunzo el ceño.
–Nos ignoramos mutuamente –contesto.
Asiente y se mete el pelo detrás de las orejas.
–De acuerdo. Entonces, si ambos estamos en casa, pero Harper no, y entro en la cocina, ¿finjo que no estás ahí o puedo decir algo?
–Depende.
–¿De qué?
–De lo que vayas a decir –respondo.
–Seguramente te diré «hola» o «perdona», si tengo que pasar a tu lado para llegar al frigorífico, o «¿qué tal el día?», si me siento lo bastante audaz –repone con gesto serio, pero puedo ver un destello de diversión en sus ojos. Esto le resulta gracioso. Yo le resulto graciosa.
–Me parecen preguntas aceptables –digo, manteniendo mi rostro impasible–. Pero nada de ir más allá. Si me preguntas qué tal el día y te respondo con un «bien», no sigas.
–¿Debería enviarte una lista completa de las cosas que podría decirte para que las apruebes con antelación? –inquiere.
–Sí, deberías –respondo, sin esbozar la más leve sonrisa. Que se preocupe pensando que hablo en serio. Que se preocupe por lo lejos que he llegado. Que sude un poco.
Esboza una leve sonrisa y sacude la cabeza.
–Vamos, Brooke –dice.
–Vamos, ¿qué? –No voy a permitir que vuelva a colarse en mi vida. No somos amigos.
–Vale. Me parece bien. Soportaremos en silencio vivir juntos e intentaremos evitarnos todo lo posible. –Suelta un suspiro y se pone de pie.
Yo también me levanto; no me gusta que tenga esa posición de superioridad sobre mí, a pesar de que sigue siendo mucho más alto que yo cuando ambos estamos de pie. Nos miramos fijamente durante más tiempo del que podría resultar cómodo. ¿Estamos librando una lucha de poder? ¿Estoy ganando o perdiendo? Necesito ser la que tenga la última palabra en esta conversación.
–Trato hecho –digo, tendiéndole la mano, algo que lamento de inmediato porque, ¿qué hago si se niega a estrechármela? Ay, Dios.
Pero no se niega. Se acerca, me da la mano y la suelta. Luego nos damos la vuelta y nos dirigimos a nuestras respectivas habitaciones.
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
JESSE Y YO NOS CONOCIMOS cuando teníamos catorce años. Estábamos en la mitad del tercer trimestre de octavo curso y mi tutor me pidió que le mostrara el instituto al nuevo estudiante. Era el tipo de tareas que solían encargarme: cuidar del chico nuevo, leer en voz alta la lección mientras el profesor tenía que salir del aula para buscar algo, recoger las tareas de los pupitres y llevarlos a la mesa del profesor...
El nuevo estudiante era Jesse, y estaba parado, apoyado en el umbral de la puerta, esperándome. Era alto pero larguirucho y delgado, al estilo de los adolescentes que aún no se han desarrollado del todo, no se sienten cómodos con sus cuerpos y parecen estar constantemente sorprendidos por ello, como si acabaran de despertarse en un cuerpo desgarbado y nuevo. Conocía esa sensación. Di el estirón a una edad temprana. Fui la niña más alta de los últimos cursos de la escuela primaria, lo que me hizo sentir demasiado grande, expuesta y sometida a una gran presión para ser la defensa del equipo de netball. Tenía que doblar un poco las rodillas cada vez que me hacía una foto grupal y fingir que no me importaba cuando la gente me preguntaba, estupefacta: «¿Tú eres la hermana pequeña de Lauren?».
Le enseñé el instituto. Me explicó que acababa de mudarse de casa de su madre a casa de su padre, pero lo dijo de una forma que me dio a entender que no quería seguir hablando del asunto, así que cambié de tema y le hablé de los profesores, clasificándolos desde el más simpático al más propenso a decir algo sexista.
Unas semanas después de aquello, nos emparejaron en clase de inglés para escribir un relato corto con un componente creativo adicional. Estuvimos toda la clase intercambiando ideas y, en el viaje de regreso a casa en autobús, se sentó a mi lado como si fuera lo más normal del mundo, como si siempre nos hubiéramos sentado juntos. Desde que llegó, se había estado juntando con varios grupos que se ponían en la parte trasera del autobús, así que sentarse conmigo fue algo fuera de lo común, pero no pareció importarle en absoluto.
Me propuso que creáramos la trama juntos para que luego yo la escribiera y él la ilustrara con un mapa.
Me mostró un libro lleno de bocetos de casas, castillos y torres. Cuando vi las líneas, los detalles y las complejidades de su trabajo, de pronto fui capaz de ver el mundo de fantasía que estábamos creando. Sentí esa comezón en las manos, un cosquilleo en el estómago, incluso casi pude saborear las ganas que me entraron de empezar a escribir.
He escrito historias desde que era pequeña. Mi madre y Nana guardan un montón de cuentos que escribí con siete, ocho y nueve años. Historias sobre animales, muchas de ellas sobre caballos, sobre todo de un poni llamado Star, que pensé que podría hacer realidad solo con mi fuerza de voluntad. Después, conforme fui creciendo, empecé a tomármelo más en serio, considerando mis historias como «relatos cortos» e ideando la trama de posibles novelas. Cuando mi padre se mudó a Perth y Lauren comenzó a salir con sus amigos del instituto, me pasaba los fines de semana escribiendo. A pesar de que en el fondo de mi corazón sentía que se me daba bien escribir, tenía demasiado miedo de mostrarle mi trabajo a alguien. Era como una especie de refugio que prefería mantener en privado; un triunfo demasiado frágil como para compartirlo con los demás.
Pero planear esa historia con Jesse me dio confianza. Cuando le mostré lo que llevaba escrito hasta ese momento, me dijo, asombrado y con total sinceridad: «Eres una escritora muy buena». Aquello tocó una fibra en mi interior. Me hizo sentir importante. Su mapa era increíble, detallaba a la perfección el mundo que habíamos creado juntos. Cuando entregamos el trabajo, nos pusieron una matrícula de honor, y el profesor colgó el mapa en el tablón de anuncios de la clase para que todos lo contemplaran. Jesse se murió de la vergüenza, pero yo estaba encantada.
Después de eso, siempre nos sentábamos juntos en Inglés. A veces, en el viaje de regreso a casa en autobús, Jesse esperaba a que Frances y Lakshmi, las chicas con las que solía salir, se bajaran, y luego se sentaba a mi lado durante el último cuarto de hora del trayecto. Si nos cruzábamos en los pasillos del instituto, nos sonreíamos. Nos mandábamos mensajes de texto todo el rato, con bromas, memes, enlaces y cualquier idea que se nos ocurriera. De vez en cuando, sacábamos juntos al perro de su familia. No es que ocultáramos nuestra amistad, pero parecía una pequeña burbuja de felicidad secreta en mi día a día. Cuando me sentaba en clase y miraba el mapa en la pared, sonreía.
