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Dulce retorno Adams había vuelto a Belle Terre para salvar la plantación de su familia, pero al ver a Eden Claibourne de nuevo, tuvo que luchar contra su antiguo deseo por la mujer a quien jamás había olvidado. La desgarbada muchachita se había convertido en una sensual diosa, que Adams deseaba ardientemente llevarse a la cama. Pero Eden merecía a un hombre que pudiera ofrecerle algo más que una tórrida y fugaz pasión. ¿Resultarían los tentadores besos de su primer amor lo suficientemente convincentes como para que aquel hombre hastiado y solitario bajara la guardia? Llena de sueños Natalie Winthrop estaba decidida a recuperar su fortuna en Heartbreak Ridge. Pero el premio que había ganado, una mansión en ruinas, no era lo que ella esperaba, y su fantasía de construir un hotel estaba empezando a parecerle imposible. Cuando empezaron los problemas, apareció Cal Tucker, un huraño y sexy ex comisario, que parecía decidido a rescatarla. Pero, ¿sería Natalie la mujer que pudiera rescatarlo a él? Una mujer con pasado Desde su huida del mundo de la moda, Maxie Calhoon se había apartado del punto de mira de la opinión pública. Hasta que un reportero se empeñó en conseguir una exclusiva de la supermodelo y llegó hasta ella, llevando la tormenta a su pacífica granja. Pero lo peor de todo fue que a Maxie le resultó imposible resistirse a los seductores besos de aquel hombre. Connor Garret era tenaz y siempre conseguía lo que quería, así es que cuando la ex modelo le dijo que no quería una entrevista, algo se encendió dentro de él. Claro que no sabía hasta qué punto elevaría su temperatura aquella mujer, ni que acabaría deseando tenerla a su lado el resto de su vida.
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Seitenzahl: 532
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
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N.º 574 - diciembre 2025
© 2000 BJ James
Dulce retorno
Título original: The Return of Adams Cade
© 2000 Elizabeth Bass
LLena de sueños
Título original: The Cash-Strapped Cutie
© 2000 Tonya Wood
Una mujer con pasado
Título original: Lady with a Past
Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2001
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S. A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 979-13-7000-844-4
Créditos
Dulce retorno
Prólogo
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Llena de sueños
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Epílogo
Una mujer con pasado
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
–Sí señor, yo soy el mayor accionista de la empresa. No, señor, no está en venta.
La primera parte fue dicha con suavidad; la negación con cortesía y respeto.
Pero ni uno solo de los poderosos veteranos de la empresa interpretó equivocadamente el trato respetuoso, la suavidad o la cortesía. Hombres como los que estaban sentados en el discreto pero impecablemente decorado despacho solían ir siempre preparados. Cada ejecutivo que tenía delante sabía que aquel hombre, mucho más joven, era un sureño de buena familia, nacido y criado en una histórica plantación en la costa de Carolina del Sur. Cada uno de ellos sabía que era un excelente analista e ingeniero de plataformas petrolíferas; un innovador, un intuitivo inventor, un astuto inversor, un cuidadoso hombre de negocios.
Era Adams Cade. A sus treinta y siete años era el intelecto joven más prometedor del mundo de los negocios. Un exiliado de su tierra y su familia. Un ex presidiario.
Lo primero era el motivo por el cual ese consejo de empresa se había presentado allí. Lo segundo la razón por la que nadie confundía su cortesía con debilidad.
–Adams… ¿Puedo llamarte Adams? –Jacob Helms se levantó confiadamente de su silla; era un hombre alto y delgado, vestido impecablemente, de ademanes señoriales y palabra concisa–. Me doy cuenta que las Empresas Cade no están ni estarán nunca en venta.
Hizo una pausa y su mirada se topó con otra mirada llena de determinación. Al recordar a un osado joven desafiando a la vieja guardia muchos años atrás, Helms sonrió para sus adentros.
–Por esa razón hemos venido a ofrecerte una oportunidad distinta –Jacob Helms miró un momento a su alrededor–. Te proponemos un consenso, una alianza, por decirlo de otro modo –Helms arqueó una ceja y miró a Cade significativamente–. ¡A que es la primera vez que oyes algo así!
La expresión de Adams no delató sus pensamientos.
–¿Por qué?
La pregunta dejó helado a Jacob Helms.
–¿Que por qué no has oído esta proposición antes?
–No, señor. Quiero decir que por qué la estoy oyendo ahora –le echó una mirada a los demás hombres que esperaban, atentos a la destreza de su jefe–. ¿Por qué con el consejo de Helms, Helms y Helms a la zaga?
Helms avanzó unos pasos y se volvió con la gracia de un maestro de ballet dando una lección magistral.
–Cierto.
Adams se recostó en el asiento y esperó a que se levantara el telón y empezara el espectáculo.
–La respuesta es sencilla. Porque podemos ofrecerte el pacto perfecto. Una alianza con una empresa que ofrece unos servicios que concuerdan con los tuyos –vaciló–. Y porque hemos venido a ofrecerte millones. Cientos de millones.
–¿Por qué? –la expresión de Adams no cambió–. ¿Para qué?
–Para quién –Helms le corrigió en tono teatral mientras se acercaba al momento cumbre–. Para John Quincy Adams Cade, hijo mayor de César Augusto Cade. Descendiente de una selecta familia procedente de las tierras bajas de Carolina del Sur. Para ti, Adams Cade, y para tu talento.
–Hasta que me chupe la sangre para después olvidarse de la superioridad de Adams Cade.
El maestro de inventores, el caballero sureño, el exiliado de su hogar y ex presidiario también estuvo a punto de sonreír.
Entre el murmullo horrorizado de los miembros del consejo se levantó la voz estentórea de Jacob Helms.
–Jamás. Ahí reside la belleza de la alianza. En la seguridad.
–Entonces… –Adams cruzó las manos sobre el estómago– …¿Qué saco yo de ello aparte del dinero?
–¿Qué más podrías querer? –Jacob Helms y su grupo de adeptos se sintieron frustrados–. No lo entiendo.
–No –dijo Adams en tono suave–. Ya veo que no.
–¿Pero considerarías nuestra oferta?
Adams tardó en responder, mientras pasaba por la criba toda la información acerca de Helms, Helms y Helms que había recabado a lo largo de los años. La cual comprendía un consorcio de confianza, que ensalzaba los valores; una empresa honorable, dirigida por hombres de honor.
–Sí.
La respuesta apenas fue un suspiro. Del susto, a Jacob Helms estuvieron a punto de caérsele al suelo las gafas de montura de oro.
–¿Has dicho que sí?
Adams asintió.
–Sí, señor, consideraré su oferta.
Jacob Helms estaba acostumbrado a jugar en su propio territorio. En aquella, una batalla que no estaba seguro de poder ganar, se había llevado a su distinguida junta directiva como una demostración de fuerza. Y de pronto parecía haber ganado la contienda a la primera escaramuza. Se reprendió a sí mismo para sus adentros por haber aumentado los millones a cientos de millones, y seguidamente se dispuso a cerrar el trato.
–¿Quieres que cerremos el trato con un apretón de manos?
–¿Aceptaría la palabra de un ex presidiario? –le respondió Adams.
–Aceptaría la palabra de Adams Cade sin importarme que haya estado en prisión –el hombre hizo una pausa–. No. Aceptaría la palabra de Adams Cade porque ha sobrevivido a cinco años en prisión y la experiencia le ha hecho mejorar.
–En ese caso, dependiendo del acuerdo sobre mi personal y otros…
El teléfono que había junto a Adams empezó a sonar, y finalmente lo descolgó.
–¿Sí, Janet? –arrugó el entrecejo–. ¡Jefferson! –exclamó–. ¡Pásamelo!
Todos se quedaron en silencio, con los ojos fijos en Adams Cade.
–¿Jefferson? –Adams no se movió ni respiró durante unos segundos–. ¿Jeffi? –murmuró entonces suavemente.
El nombre de la infancia escapó de los labios de un hombre que llevaba en su corazón el dolor de muchos años.
–¿Cómo estás? ¿Lincoln? ¿Jackson? –tartamudeó y bajó la voz–. ¿Cómo está él? ¿Cómo está Gus?
La expresión agradable de minutos atrás se había convertido en una mueca de dolor. El apuesto rostro había palidecido. Adams escuchaba totalmente inmóvil. Entonces, su cuerpo se estremeció al escuchar la noticia, e instintivamente se puso derecho.
–Voy para allá –dicho esto se dispuso a colgar, pero a mitad de camino cambió de parecer–. ¿Jeffi? –Adams vaciló mientras temía la respuesta a la pregunta que debía formular–. ¿Ha preguntado por mí?
El silencio reinaba en la habitación. Nadie se movió. Entonces Adams suspiró y se estremeció de nuevo.
–No pasa nada –susurró–. No esperaba que lo hiciera. No, no lo sientas –se apresuró a añadir–. Nada de esto es culpa tuya –suspiró de nuevo con voz ronca–. De todos modos iré, en cuanto el avión esté listo –Adams escuchó de nuevo, ajeno a su público–. Allí no –dijo en tono irrevocable–. Iré a Belle Terre. No… No a la plantación… A Belle Reve no.
Los hombres de Helms escuchaban con atención, pero a Adams no le importó.
–Desde las afueras de Belle Terre a Belle Reve hay menos de ocho kilómetros. Apenas suficiente para tomar un taxi… ¿Dónde me voy a hospedar? –Adams sacudió la cabeza muy pensativo–. Llevo tanto tiempo fuera que no conozco ningún sitio ya. Sugiéreme algo… Le diré a Janet que se ocupe del resto –tomó un rotulador y en un cuaderno que tenía delante garabateó los nombres de algunos sitios donde poder hospedarse en la pintoresca ciudad–. Con estos me valen. Janet elegirá por mí.
Dejó el rotulador a un lado y se retiró el puño de la camisa para ver la hora que era. Adams colgó el teléfono y se puso de pie. Solo entonces recordó que tenía visita.
–Caballeros, me temo que tendremos que continuar esta reunión en otro momento. Mi padre está enfermo. Voy a abandonar Atlanta de inmediato.
–No puedes irte –le soltó Jacob Helms con dureza.
Esa era la voz de mando, la que sus subalternos obedecían instantáneamente.
Pero Adams Cade jamás había sido un subalterno.
–Se equivoca, señor. Me puedo marchar. Y voy a hacerlo.
–Teníamos un trato.
–No, señor –Adams le corrigió–. Estábamos a punto de hacer un trato.
Helms se puso rojo de rabia. Miró a los miembros de su junta directiva y de nuevo a Adams, que lo había desafiado tan elegantemente.
–Habíamos hecho un trato.
–Habíamos accedido a hacer un trato, si todas las piezas encajaban en su sitio. De momento, no puede ser –Adams apoyó las manos en la brillante y diáfana superficie de madera de su mesa de despacho–. Esta reunión fue idea suya, las condiciones las de su elección. Escuchar y aceptar o no aceptar su proposición era cosa mía.
–¿Era? –Jacob Helms, a pesar de su arrogancia, no había construido su imperio siendo torpe.
–Sí, señor –Adams se puso derecho–. «Era» es la palabra clave. Ahora no tengo la posibilidad de elegir.
Jacob Helms se apoyó sobre la mesa y se inclinó hacia Adams.
–¿Tu hermano te llama para decirte que tu padre está enfermo y tú retrasas un trato multimillonario?
Adams se limitó a asentir, sin mostrarse sorprendido de que Helms supiera que había estado hablando de su padre y de la salud de este con su hermano Jefferson.
–¿Por un hombre que te desheredó, un hombre que ni siquiera desea mirarte a la cara, vas a arriesgarte a perder nuestra oferta?
–Por mi padre arriesgaría cualquier cosa. Y por él debo marcharme –se volvió hacia los directivos y les habló con amabilidad–. Caballeros, deben disculparme. Debo tomar un avión –dicho eso y sin preocuparse más de Helms o de su trato multimillonario, Adams abandonó el despacho.
Después de una larga ausencia, Adams Cade iba a volver a las tierras bajas de Carolina del Sur, la tierra y las islas de su juventud.
A la tierra, las islas y al padre que amaba.
–Esta aquí, señora Claibourne. ¡Y es peligroso!
Eden Claibourne, dueña de La Hostería de River Walk, colocó la última de las flores en el enorme centro que pronto adornaría el porche de la casita del río, y retrocedió. Inspeccionó su obra cuidadosamente, asintió con gesto de aprobación y se volvió hacia la joven que estaba allí, con la lengua fuera.
–¿Dónde está, Merrie? –tenía la voz suave y musical, con tan solo un ligero acento de las tierras bajas de Carolina del Sur.
Merrie, la más joven, más bonita y más impresionable de todo el personal, se agarró las manos para tranquilizarse.
–Lo llevé a la biblioteca y Cullen le aseguró que estaría allí enseguida.
–Gracias.
Eden Claibourne estudió el rostro de la joven, cuya mirada de ojos oscuros embellecía. Merrie era la hija de una amiga de una amiga, una estudiante en la facultad local y una nueva vecina de Belle Terre. Sin embargo, la reputación del nuevo huésped lo había precedido incluso hasta la tranquila posada.
–Te das cuenta que no es peligroso, ¿verdad, Merrie?
–No quiero decir peligroso, señora Claibourne. ¡Peligroso con mayúscula, por lo guapo que es! –Merrie se echó a reír–. Así es cómo lo describirían mis compañeras de clase.
–¿Ah, entonces ahora estáis estudiando lenguaje coloquial? –Eden se echó a reír, puesto que normalmente Merrie no se fijaba en los miembros del sexo opuesto, fueran o no guapos; la chica estaba enamorada de los caballos, y punto–. ¿A todo esto, le has ofrecido a nuestro huésped algo de beber? ¿O tal vez una copa de vino bien fresco?
Merrie asintió con la cabeza y al hacerlo su larga melena rizada y negra se bamboleó suavemente.
–El señor Cade prefiere tomar vino más tarde, en su habitación.
–Excelente.
Eden le puso la mano suavemente en el hombro mientras pensaba en la época en la que Adams Cade ejercía sobre ella el mismo efecto. La manera de expresarse había sido distinta años atrás, pero el efecto era el mismo.
Dejando a un lado recuerdos que era mejor no menear, Eden se dirigió a Merrie en su tono razonable de siempre.
–Haz el favor de decirle a Cullen que le pida al sumiller que escoja varias botellas de vino de la bodega, y luego que Cullen lleve estas flores junto con el vino a la casita del río. Yo mientras iré a recibir a nuestro nuevo huésped.
Segura de que sus instrucciones serían cumplidas al pie de la letra bajo el ojo crítico de su administrador Cullen Pavaouau, Eden Roberts Claibourne corrió a la biblioteca.
A través de los años, muchos huéspedes de influencia y muchas celebridades habían escogido hospedarse en la elegante casa construida antes de la Guerra Civil Americana que Eden había trasformado en hotel. Pero incluso antes de volver a Belle Terre para reclamar y rescatar la bella e histórica mansión de las ruinas, en calidad de esposa de Nicholas Claibourne, había experimentado lo que era vivir y relacionarse con los ricos, con los famosos y con los aspirantes a ambas cosas. Sin embargo, durante todas esas ocasiones, a todos los sitios donde los viajes de los Claibourne la habían llevado, en todos los círculos profesionales y sociales donde habían sido bien recibidos, nada ni nadie había provocado la emoción en el corazón de la señora de River Walk que Adams Cade.
–¡Santo cielo! ¡Soy peor que Merrie!
Apoyó la mano sobre la puerta de madera tallada y respiró hondo para tranquilizarse. Se retiró el cabello castaño claro de la frente y se estiró la blusa.
–¡Peligroso con mayúscula! –murmuró entre dientes.
Eden se puso derecha y entró en la habitación.
Allí estaba él, de espaldas a la puerta, mirando hacia las praderas y el ancho río. De tan ensimismado que estaba, Adams no la oyó acercarse, regalándole así unos valiosos instantes en los que aprovechó para mirarlo, para buscar los cambios que los años, la vida y la cárcel le habían causado.
Parecía más corpulento. No más alto, sino más voluminoso. Pero ese aumento estaba más en consonancia con la anchura de sus hombros que la delgadez de su juventud. Era el resultado del tiempo y la madurez. Tal y como lo eran las hebras plateadas que se entrelazaban entre sus cabellos.
Eden no sabría decir qué le distrajo de sus pensamientos. ¿Sería el alocado revoloteo de su corazón?
Como si no hubieran trascurrido trece años desde que se habían visto, Adams Cade se volvió y la miró con solemnidad.
Bajo el aire de sofisticación que presentaba Eden Claibourne, los recuerdos de una joven se sucedieron temblorosos. Imágenes del joven y apuesto hombre que había conocido bailaron en su pensamiento y en su corazón. Pero cuando su mirada brillante se cruzó con la de él, buscó en el sombrío y apuesto rostro algún indicio del pícaro y risueño joven.
El pilluelo al que ella había amado en su juventud. En la época en la que todos los que la conocían la llamaban Robbie y en la que había sido como una sombra de Adams y sus hermanos, arriesgándose cada vez que lo hacía él, siguiendo sus pasos. Todo por una sonrisa y para que le acariciara los rebeldes cabellos rizados que su abuela solía cortarle.
En ese momento, en la penumbra de la biblioteca, buscó a Adams, el amigo que había creído perder para siempre por culpa de la tragedia que lo había enviado a prisión. Adams, su primer y tierno amor.
Pero en su mirada profunda de ojos marrones no vio ningún pilluelo, no vio risas, ni recuerdos. Solamente un riguroso y sereno control.
Vestido con aquel traje inmaculado, Adams era el esplendor personificado. La camisa apropiada, la corbata apropiada, los impecables zapatos, le recordaron a otra noche en la que había estado espléndido, si bien no demasiado apropiado. Una noche absolutamente maravillosa.
Trece años habían trascurrido desde la noche de la presentación de Eden en sociedad. Ella tenía entonces diecinueve y estaba en su primer año de facultad. Él tenía veinticuatro y, a sus ojos era un hombre de mundo. Pero a pesar de esa sofisticación, Adams había accedido a ser su acompañante durante la temporada. Había tolerado, por la pesada de Robbie Roberts, las formalidades y las interminables galas que tan aburridas y molestas le resultaban. La noche del baile fue tan galante y estaba tan guapo que Eden sintió tanto amor por él que le dolía el corazón.
Después de la presentación y de la fiesta, caminaron por la playa con los pies descalzos y agarrados de la mano, y Eden deseó que aquella noche no terminara jamás. Cuando Adams la besó a la luz de la luna y la tumbó en la arena, ella se echó a sus brazos con avidez.
Cuando perdieron la cabeza, los metros y metros de raso blanco de su traje largo fueron su refugio de enamorados. Y en ese momento de arrebato, cuando Adams pronunció el nombre de Eden una y otra vez, ella descubrió que el dolor del amor podía ser también su gran dicha.
Fue una noche mágica; Adams fue mágico. Y cuando la despidió con un beso a la puerta de su casa, jamás pensó que pasarían trece años antes de volverlo a ver.
Trece años y toda una vida recordando.
En un silencio que tan solo duró unos segundos pero que a ella se le hizo eterno, Eden lo miró a los ojos y se dio cuenta que él no había olvidado. Pero también se preguntó si alguna vez recordaba.
Adams dio un paso adelante y extendió el brazo con la palma de la mano hacia arriba. Entonces esperó con la paciencia aprendida a base de pasar tiempo en la cárcel.
No habría rechazado a aquel hombre cauto y silencioso aunque hubiera sido esa su intención. No hubiera podido de haberlo intentado. En silencio, como él, le colocó la mano sobre la suya y sintió el calor y la firmeza de sus dedos.
–Eden.
El nombre que se escapó de sus labios fue un leve susurro. No la llamó Robbie, sino Eden. El mismo nombre que había dicho una vez anteriormente en una playa bañada por la luz de la luna. Entonces se dio cuenta de su error y comprendió que por muchas cosas horribles que le hubieran pasado, Adams Cade jamás había olvidado, y jamás había dejado de recordar.
–Tienes el pelo más oscuro –tenía la voz grave y vibrante, madurada por los años–. Recuerdo tus rizos rubios.
Eden asintió y él la miró de arriba abajo, despacio.
–Eres más alta, y más esbelta –murmuró mientras su oscura mirada retrocedía por la misma ruta hasta toparse con la mirada de ella.
–Solo un poco –le aseguró Eden.
Aunque aún no había cumplido los treinta y dos, sabía que las suaves curvas de su juventud se habían estilizado.
–Jamás pensé que volvería a Belle Terre. Ni que me encontraría a Robbie Roberts convertida en la bella y elegante Eden Claibourne, dueña de esta extraordinaria hostería.
–Yo tampoco –admitió Eden, recuperando un poco la compostura–. Pero estás aquí, y yo soy quién soy y lo que soy. Así que, bienvenido a River Walk y a mi casa en Belle Terre –Eden, que seguía agarrada a él, le sonrió–. Como pensé que vendrías cansado del viaje, te he preparado la casita del río.
–¿Casita? –la miró con menos cautela, aunque aún con alguna reserva–. ¿No me voy a quedar en la posada?
–Por supuesto que puedes quedarte aquí si quieres. Pero primero, échale un vistazo.
Lo condujo hasta la ventana desde donde se veían la finca y el río, y señaló un edificio. Situada al borde del río, el edificio de un solo piso estaba casi oculto tras los árboles y la vegetación.
La casita, pequeña en comparación con el edificio principal y muy pintoresca, aparecía moteada por las sombras del atardecer mientras los rayos del sol que se ocultaba se filtraban a través de los robles cubiertos de musgo. Dentro de esa sombra, enormes arbustos de azaleas, camelias y adelfas se entremezclaban con altas palmeras. Como se agrupaban tan densamente alrededor del patio de la casa, las cuidadas plantas ofrecían más intimidad.
–Hay porches a ambos lados, con un camino privado en la ribera –le explicó Eden mientras él estudiaba la casita con mirada de aprobación–. Pensé que preferirías la intimidad, al menos al principio.
Adams asintió, agradeciendo su consideración. Volver a las tierras bajas y a los recuerdos de aquellos días dolorosos ya era en sí bastante difícil, sin tener que añadirle las miradas de los curiosos. Un día o dos de tranquilidad para aclimatarse y habituarse al pulso de la ciudad le allanarían un poco el camino.
–Gracias, Eden, por tu amabilidad.
–Ha sido más consideración que amabilidad, Adams.
Se encogió de hombros y con ese gesto Eden le quitó importancia al apresurado pero preciso cuidado que habían puesto en cada detallada preparación de la estancia de Adams en la hostería. Esperaba que jamás conociera el furor que el conocimiento de su inesperada llegada había inspirado.
–Parte del encanto de la hostería reside en que equiparamos nuestro servicio a las necesidades especiales de nuestros huéspedes –añadió.
–Entonces os doy las gracias a ti y a tus empleados.
Percibió algo en el tono de voz de Adams que le hizo arrepentirse de haber rechazado, aunque cortésmente, su gratitud, y también de haberse dirigido a él como si fuera cualquier otro huésped. Adams se había convertido en un hombre notable, en una celebridad del mundo de los negocios. Estaba segura de que por esa misma razón se había convertido en objeto de consideración y deseo, y por ello de que no sería ajeno a una atención especial. ¿Pero con qué frecuencia por una causa noble? ¿O porque alguien se preocupara de Adams de verdad, no para obtener de él algún favor?
–Adams –empezó a decir y como no sabía cómo explicarse, decidió hablarle con el corazón en la mano; le rozó la mejilla, como queriendo borrar los años de dolor–. Me alegro de que hayas venido, y quiero que te sientas bien y cómodo en mi casa –Eden sintió que se estaba comportando con presunción y le retiró la mano de la mejilla–. Bueno pero, dejemos esto –dobló los dedos que seguían sobre la palma de su mano y sonrió–. Debes de estar cansado y hambriento después del vuelo.
–Ha sido un día muy largo –Adams reconoció mientras se esforzaba en recordar el tiempo que hacía desde que una preciosa mujer lo acariciaba con tanta delicadeza y sonreía solo para él.
–Entonces, como desee, señor… –Eden inclinó la cabeza– esta noche, y en cualquier momento –añadió, con la consideración y el respeto que merecía un viejo amigo–. Puedes tener lo que desees durante tu estancia aquí. Cualquier cosa que se ajuste a tus necesidades: intimidad, retiro, compañía, enredos; las comidas en el comedor de la hostería o en la casita. Lo que más se ajuste a tus planes o a estado de ánimo se llevará a cabo con la mayor habilidad de la que es capaz el servicio. Lo único que tienes que hacer es pedir, Adams.
En ese momento una cena tranquila, alejada de las miradas de curiosos, y en compañía de alguien que no quisiera hablar de negocios era lo que más apetecía a Adams.
–Me encantaría cenar en la casita, pero no quiero molestar a tus empleados.
Eden se echó a reír, recordando las amigables disputas entre sus empleados para ver quién podía escaparse un momento del atestado comedor de la hostería. A veces eso significaba poder echarse un cigarrillo; otras, tomar un poco el aire.
–Jamás lo considerarían una inconveniencia. En realidad, hay más de un voluntario dispuesto a servirte esta noche.
–Entonces, me gustaría cenar allí, Eden; como sospecho que ya habrías adivinado y planeado –se volvió y le acarició la cara y los cabellos con la mirada–. Me gustaría todavía más si quisieras acompañarme.
Adams tenía una voz profunda y vibrante, tierna como una caricia. Cada delicada tonalidad despertaba en ella un recuerdo que mejor sería dejar dormido.
–Normalmente estoy todas las noches en el comedor –objetó–. Saludando a los huéspedes, por si hay algo fuera de sitio.
–Lo cual ocurre…
La mirada confiada que Adams le dedicó le hizo sonreír.
–Lo cual, sinceramente, ocurre muy raramente, dado que tengo un eficiente mayordomo y un personal muy leal.
–Ah, justo lo que pensé cuando llegué. Una operación comercial bien pensada y dirigida –le tomó de la mano y se la colocó sobre el brazo–. Así que –dijo en tono persuasivo mientras con el pulgar le acariciaba los dedos–, aunque te van a echar en falta, ningún huésped se echará a llorar sobre su crema de puerros o sus melocotones al Grand Marnier, si tienen que soportar una noche sin ver tu encantadora sonrisa, ¿verdad?
Al ver la sorpresa en su rostro, Adams se echó a reír. Su risa pícara despertó en Eden otra tanda de recuerdos que le aceleraron en pulso.
–Pareces saber muchas cosas sobre la hostería. Incluso nuestras especialidades favoritas de primavera.
–Gracias a Janet, no a mí.
–¿Janet? –Eden no consiguió ocultar la curiosidad; le sorprendió que mencionara el nombre de una mujer porque, aunque no podía explicar su certeza, Adams Cade parecía un hombre sin ataduras.
–Mi secretaria –Adams dejó de acariciarle la mano que descansaba sobre su brazo, pero no la soltó–. Mi muy eficiente secretaria que leyó muchas cosas sobre La Hostería de River Walk, pero nada sobre el lujo y la intimidad de la casita del río.
–La casita no está anunciada. La alquilamos muy de vez en cuando, a huéspedes con necesidades especiales.
–¿Como Adams Cade, la oveja negra que ha vuelto al hogar? –Adams hizo una mueca, y la picardía no impregnó sus palabras esa vez–. Adams Cade, cuya reputación estoy seguro de que lo precede. Al menos si los rumores circulan tal y como yo recuerdo.
De nuevo estaba allí el dolor. Un dolor que luchaba por ocultar tras bruscas deducciones. Pero ni el tiempo ni la tragedia habían conseguido cambiar el timbre de los tonos que Eden había aprendido a entreoír, y a amar más que nada en el mundo, durante días, meses y años.
Eden lo miró a los ojos con solemnidad.
–Sí –dijo–. Para huéspedes como Adams Cade, porque Adams Cade, «es» una persona muy especial.
–Un criminal condenado, un ex presidiario, un camorrista, la oveja negra de la familia, el desheredado –dijo, mencionando tan solo unos cuantos de sus pecados–. ¿Cómo puedo ser especial?
–Para mí no eres ninguna de esas cosas –protestó Eden–. Ninguna. Y malditas sean las personas de miras estrechas, con sus feos rumores hacia los demás.
Se volvió hacia ella, la agarró ambas manos y la miró a la cara con expresión interrogante; buscó en su rostro la bravuconada, una mentira consoladora. Pero tan solo vio una franqueza serena e inquebrantable.
–¿Qué fui yo para ti? ¿Qué soy ahora, mi bella Eden?
Eden. El nombre de una mujer, no el de una niña de cabellos cortos y poco femenina. Un nombre que hacía que su corazón rebosara de gozo.
–¿Qué eres tú? –Eden lo miró pensativa y sonrió–. Tantas cosas…
–¿Tales como?
–Cuando era tímida y reservada, y no tenía ni idea de cómo formar parte del grupo, tú fuiste mi mentor, mi héroe. Me hiciste sentir como una princesa, aunque era una niña flacucha y desgarbada.
Cuando ella vaciló un instante, Adams aprovechó para hablar.
–Eras demasiado bonita y demasiado lista para el resto de nosotros. Jamás flacucha o desgarbada, excepto en tu imaginación.
Cuando estaba con él, era eso lo que él le había hecho experimentar. Con Adams siempre se sentía más importante, mejor; siempre más feliz.
–Cuando mi abuelo me trajo con él a Belle Reve…
–Sigue –la animó Adams–. El nombre no me molesta. Lo que ocurrió esa última noche quizá me hizo perder a mi familia y mi hogar, pero no me arrebató los buenos recuerdos ni los buenos ratos. Soy capaz de oír el nombre y pensar en Belle Reve y en todo lo que representaba sin sentir amargura. Así que, cuéntame Eden.
Sin embargo, a Eden le costaba continuar. Por mucho que él la animara, sabía que hablar de la familia y del hogar que le había sido negado solo conseguiría abrir viejas heridas.
–Cuando mi abuelo me llevó a Belle Reve a darle un paseo a los caballos, me sentí cautivada al ver la casa, las tierras y las manadas. Pero, sobre todo, me quedé cautivada contigo. Aunque digas que no, Adams, era una niña desgarbada y larguirucha, y me pegué a ti como una lapa. Sin embargo tú siempre fuiste increíblemente paciente y bueno comigo. Eras mayor que yo, pero nunca me trataste como si fuera un estorbo –Eden sonrió sin dejar de mirarlo–. Cuando vuelvo la vista atrás, te considero mi primer y mejor amigo.
–¿Y ahora, Eden? –le dijo.
En su mirada había una necesidad primitiva; una necesidad de amistad.
Eden quería borrar el dolor, silenciar el rechazo. Y como se preocupaba por él, deseó poder liberarlo del rigor que dominaba su vida. Deseó reemplazar a aquel cauto y solemne extraño por el pícaro de antaño. Quería consolarlo, abrazarlo. Y si él la amara…
–Solías ser mi amigo, espero que vuelvas a serlo.
Tal vez si quisiera serlo, esa vez podría devolverle el trato bondadoso que tanto la había ayudado a convertirse en la mujer confiada que era en el presente.
Todo el mundo en Belle Terre sabía que el irascible de Gus Cade había caído enfermo. Todos conocían las desavenencias de la familia Cade. En los años desde que Adams había sido condenado por agresión con agravantes, Gus no había mantenido en secreto su amargo resentimiento por la desgracia que su hijo mayor había llevado a su apellido. Una opinión que algunos de los habitantes de Belle Terre compartirían; pero que otros, la mayoría, no. Mientras Adams estuviera hospedado en River Walk, ella sería su heroína tal y como él lo había sido para ella. Y qué Dios se apiadara del que hablara mal de Adams Cade delante de ella.
–Seremos amigos ¿vale?
Adams la miró y la tensión pareció ceder. Con los pulgares seguía acariciándole los nudillos con suavidad.
–Entonces puedes empezar cenando conmigo en la casita.
–Has dicho que estabas cansado –protestó Eden–. Y supongo que querrás hablar con tus hermanos.
–Si estoy cansado, tu compañía es el mayor consuelo que he tenido en mucho tiempo. Hablé con mis hermanos desde el aeropuerto, poco después de aterrizar. Si Gus empeora, Lincoln, Jefferson y Jackson saben que estoy aquí. Ninguno de ellos dudaría en llamar. Y estoy seguro de que tu eficiente personal se encargará de pasarme la llamada. Así que, de momento, está todo controlado. Mientras tanto, mi dulce Eden, me agarro a tu promesa.
–¿Mi promesa? –Eden no recordaba haber prometido nada.
–Puedes tener lo que desees, esta noche y en cualquier momento, durante tu estancia aquí –repitió lo que Eden le había dicho, palabra por palabra.
–Oh –Eden enrojeció por la implicación de las palabras.
–Sí. Y mi placer esta noche sería cenar tranquilamente en la casita, en compañía tuya –su risa la provocó, casi tanto como en el pasado–. Ríndete, cariño. Te tengo acorralada. Has caído en tu propia trampa. Me lo dijiste, y algo me dice que eres una mujer de palabra.
–Esto es un chantaje –lo acusó Eden.
Protestó, aunque sabía que cuando hablaba así, igual que el joven que había conocido y amado, no podía negarle nada.
–Quizá lo sea, pero no te negarás.
Eden vio que la vieja confianza volvía a él. La misma confianza que lo había encumbrado a las más altas cimas del mundo de los negocios. El coraje que tan solo había flaqueado en la tierra de Belle Terre y en Belle Reve, donde su padre estaba enfermo de gravedad.
La confianza que habitaba y continuaría habitando entre las paredes y tierras de River Walk. Eden estaba empeñada en que así fuera.
–No –reconoció tras una pausa–. No me negaré. Cenaré contigo en la casita.
Pero no así. No acudiría junto al hombre al que había amado sudorosa y cansada tras un día de trabajo.
–¿Por qué no nos refrescamos un poco los dos? Merrie, la joven que viste antes, te acompañará a la casita y tomará nota de lo que quieras cenar.
–Preferiría que escogieras tú. Mis gustos no han cambiado tanto.
–De acuerdo, me ocuparé primero de eso, y dentro de unos cuarenta y cinco minutos más o menos estaré en la casita.
–¿Irás a la casita? –le preguntó–. ¿Me das tu palabra, Eden?
–Palabra de honor, Adams.
–Entonces esperaré a Merrie aquí.
Satisfecho, se apartó de ella y, con una galante inclinación, se sentó en una butaca junto a la ventana.
Seguía allí sentado, ensimismado, cuando Eden pasó de vuelta de la cocina. Al pie de la escalera, se detuvo, miró hacia la puerta entreabierta de la biblioteca y recordó.
–Adams en mi casa –murmuró y entonces sonrió mientras subía las escaleras hasta sus habitaciones en el tercer piso.
–¿Te has preguntado qué mente simple pudo darle a un río tan bello el nombre tan poco imaginativo de Río Ancho? –Eden se apoyó sobre una columna mientras el día desaparecía del cielo y del río. La cena que había compartido con Adams hacía tiempo que había acabado, al igual que la cuidadosa selección de vinos de Cullen.
–Es maravilloso –concedió Adams–. Atardeceres como estos son algunas de las cosas que más echo de menos.
–La tranquilidad. El ver las distintas tonalidades reflejadas en el agua –Eden hablaba en susurros, como si temiera romper el sereno encantamiento que había caído sobre la noche–. Y por último el negro.
–Mejor aún para poder ver el plateado trazado de la luna sobre las aguas –la voz masculina, igualmente tenue, salió de la oscuridad.
Adams estaba escondido en la oscuridad. Pero al oír el ruido del columpio y los pasos de Adams, Eden adivinó que iba hacia ella, que estaba apoyada sobre la barandilla. Antes, Adams solía oler a sol, a mar y a jabón. En ese momento, cuando se acercó, Eden pensó en despachos, papeles y perfume caro. Pero todo eso podría cambiar.
–Podrías volver, Adams –estaba cerca, tan cerca, que podría tocarlo si se atreviera–. Podrías volver a casa. Si no a la plantación, a Belle Terre.
Adams sacudió la cabeza. No quería hablar del pasado ni tampoco del futuro; no quería pensar en nada que no fuera Eden. Le acarició el brazo con la punta de los dedos a través del fino tejido de su vestido, y se acercó un poco más a ella.
–Gracias por esta bienvenida, por la casita, por la cena y el vino. Y sobre todo por tu compañía –Adams se echó a reír–. Incluso por el espectáculo.
–Nuestro objetivo es complacer al huésped –Eden sonrió–. El espectáculo es obra de la Madre Naturaleza.
–Es una dama muy bella. Igual que tú.
Eden volvió la cabeza y vio una figura alta y oscura irguiéndose a su lado, con voz de terciopelo y caricias suaves y candentes.
–En realidad no soy bella, Adams. Quizá la luz o el reflejo rosado del cielo esté engañando. O tal vez sea el vino. Tan solo soy Eden, antes Robbie, uno de los muchachos.
–Eres muy bella. No es mi imaginación, ni el brillo de la luna, ni el vino. Y, cariño, hace tiempo que dejaste de ser uno de los muchachos –le dijo con voz seductora.
Al ver la sorpresa de Eden, lo primero que se le ocurrió a Adams fue estrecharla entre sus brazos, demostrarle de un modo en que las palabras no podían que era muy bella. Tan bella que su recuerdo lo había ayudado a soportar la soledad durante los días más negros en prisión.
Entonces había soñado con acariciarla. Y en ese momento deseaba tocarla como un amante, tal y como lo había hecho una sola vez en el pasado. Demasiadas cosas habían ocurrido desde entonces. El Adams Cade con quien había hecho el amor en la playa no era el hombre que estaba a su lado en esos momentos.
Había conocido a mujeres bellas, pero jamás se había enamorado; jamás había sido tierno. Y por mucho que buscara, no encontraría a ninguna como Eden.
En ese momento la tenía entre sus brazos, a pocos centímetros de él. La misma dulce Eden, inmaculada bajo la sofisticada elegancia. Pero con el rigor que dominaba su vida, él no era la persona adecuada para ella.
Quizá podrían ser amigos, como ella le había pedido; pero jamás amantes, como deseaba él.
–Es tarde –declaró Adams con firmeza–. Ha sido un día muy largo para los dos.
Adams agarró el chal que le cubría los hombros y la abrazó. Le posó los labios en la frente y saboreó la fragancia de Eden. Pero sabiendo que eso era todo lo que podría disfrutar de ella, todo a lo que se atrevía a disfrutar, la soltó.
Le acarició la mejilla con el dorso de la mano y le susurró:
–Estás cansada. Hoy te he exigido demasiado.
–No…
–Venga –insistió, tomándole de la mano–. Te acompañaré a casa.
Ella no volvió a protestar. Ni siquiera cuando él le besó en la muñeca mientras le daba las gracias con suma galantería por la estupenda velada y por la compañía. Tampoco le dijo nada cuando la dejó en el porche trasero de River Walk.
Eden lo observó hasta que fue engullido por la oscuridad. Se quedó allí mirando y esperó, pero él no se dio la vuelta, no volvió la cabeza.
Entonces, con voz entrecortada por la emoción, momentos antes de que Cullen saliera de entre las sombras, Eden susurró:
–Buenas noches, Adams, mi amor.
–Señora Claibourne.
Eden apartó la vista de la cesta de flores aún cubiertas de rocío que estaba recogiendo. Se puso la mano sobre los ojos para ver quién la llamaba y vio a Merrie corriendo en dirección a ella. Al acercarse la joven, Eden vio que tenía las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes.
Algo iba mal. Eden se quitó los suaves guantes de cuero que utilizaba para el jardín, se los metió en un bolsillo y esperó.
–¡Hay más! –Merrie se detuvo y estuvo a punto de caerse sobre ella.
–¡Eh! –Eden la agarró para que la chica no perdiera el equilibrio–. Cálmate y dime por qué estás tan nerviosa. ¿Dices que hay más? ¿Más de qué?
–Han venido más –dijo Merrie sin aliento.
–¿Han venido más? ¿Quiénes? –Eden arqueó una ceja, totalmente confundida con la explicación de Merrie.
–Los Cade –Merrie respiró hondo y seguidamente respondió con más tranquilidad–. Están en la biblioteca, por todo el hotel. Cuantos más vienen, más peligrosos son. Excepto el primero.
–Ah, los hermanos de Adams –interpretó Eden–. Y, como con Adams, supongo que peligroso significa apuesto… O aún mejor.
–Son los hermanos del señor Adams –Merrie le confirmó–. Pero son totalmente distintos, y tremendamente apuestos.
–¿Y están en la biblioteca? –Eden se echó a reír a pesar de saber que no debería animar a su personal a mostrar aquella desbocada exuberancia.
–Como allí es donde me pidió que llevara al señor Adams cuando llegó, pensé que serviría también para el resto de la familia.
–Por supuesto que sí –concedió Eden–. Has hecho bien. Pero la próxima vez intenta anunciarlos con algo más de compostura.
–Lo siento –dijo Merrie con pesar–. Solo es que nadie me había avisado de que los hombres del sur de América del Norte eran tan… –sin saber cómo describirlos, se agarró a lo redundante–. Peligrosos.
Eden se preguntó si debería explicarle que los Cade eran una raza aparte, y desde luego unos hombres difícilmente comparables con otros. Pero decidió que algunas cosas eran mejor no explicarlas y no dijo nada.
–Dijeron que querían ver al señor Adams –continuó la chica–. Como nos dio órdenes estrictas de que no recibiera invitados inesperados sin antes decírselo a usted, pensé que lo mejor era llevarlos a la biblioteca. Señora Claibourne, espero haber hecho bien al pedirle a Cullen que les sirviera café y bollos.
–Perfecto, Merrie. Lo que has hecho ha sido lo correcto.
–¿Voy a avisar al señor Adams? ¿O quiere que acompañe a los señores a la casita?
–No –dijo Eden pensativamente–. Creo que aún no.
Dada la descripción de Merrie, no dudó de que fueran los hermanos de Adams los que esperaban en la biblioteca. Aun así, prefirió comprobarlo ella misma y juzgar el talante de aquella visita antes de molestar a Adams.
–Estas flores son para la suite del ala oeste –le dijo a Merrie con la serenidad habitual en ella–. Los Rhetts llegarán justo después de la comida. ¿Si acaso me retrasara con los Cade, podrías encargarte de recibirlos y acompañarlos a la suite?
Anticipando la respuesta, Eden le pasó las flores cargadas de rocío.
–Por supuesto –Merrie tomó el cesto–. Mi madre a menudo me pedía que me ocupara de las flores cuando ella recibía a gente.
–Lo sé. Hazlo lo mejor que puedas, Merrie. Eso es todo lo que te pido.
–Lo haré, señora Claibourne.
–Lo sé –repitió Eden.
Eden se había esforzado para asegurar que las condiciones de trabajo de sus empleados fueran agradables y gratificantes. A cambio, el personal era tremendamente eficiente. Tan eficiente que Eden sabía que, incluso en su ausencia, el negocio marcharía como siempre.
Agradecida por su buena fortuna y pensando en que volvería a ver a sus viejos amigos, se apresuró hacia la casa. Al cerrar la puerta trasera del vestíbulo, Eden oyó sus voces. Unas voces masculinas, profundas; voces que conocía de toda la vida.
La puerta de la biblioteca estaba entreabierta e Eden entró silenciosamente. Pero su presencia no pasó desapercibida y uno por uno los apuestos hermanos Cade se pusieron de pie para abrazarla y besarla.
Los Cade eran desde luego diferentes a los demás hombres, y también entre ellos. Pero a pesar de esas diferencias antes habían constituido una familia unida. Eden esperaba que pudiera volver a ser así.
–Lincoln –le dijo al más alto de los tres, y segundo hermano mayor de la familia, mientras él casi la levantaba del suelo.
Antes de terminar de besarla, Jackson, el más apasionado, se la arrebató. Su enorme abrazo la dejó casi sin aliento.
–Eh, hermano, no la partas por la mitad o tendrás que enfrentarte con nuestro hermano mayor –dijo Jefferson mientras la rescataba de los musculosos brazos de Jackson.
Jefferson, el más callado de los cuatro, la agarró de los hombros, y la miró de arriba abajo como esperando encontrarla magullada. Entonces se echó a reír, murmuró algo de ser indestructible y bellísima, y la abrazó.
–¿Cómo estás, Robbie? –le dijo mientras la abrazaba–. ¿Cómo está él? –se apartó de ella pero no la soltó–. ¿Cómo está Adams? –le preguntó con cierta desesperación.
–Estaba cansado cuando llegó, y muy preocupado por Gus. Pero uno de mis empleados me ha informado de que ha desayunado temprano, aunque no demasiado. Con lo cual espero que haya descansado.
Fue con Jefferson hacia el sofá y se sentó en el asiento que él le ofrecía.
A pesar de carecer de compasión, Gus Cade había enseñado a sus hijos a tener modales. Quizá fueran pícaros y demasiado juerguistas en su juventud, pero pocas personas en la convencional y correcta población de Belle Terre podrían igualarse a Jefferson, Jackson o Lincoln en galantería. Y solo había uno que los superaba, pensó Eden. Solo el primero de ellos. Solo Adams.
Eden aceptó el café que le había servido Jefferson y dio un sorbo antes de continuar.
–Adams está hospedado en la casita del río. Pensé que sería un lugar más adecuado para vuestra reunión.
Eden sabía que, desafiando las instrucciones de Gus Cade, los hermanos se habían visto esporádicamente a lo largo de esos años. Pero jamás en Belle Terre. Nunca tan cerca de casa ni de Gus.
Ninguno de ellos quería molestar a Gus, pero tampoco estaban dispuestos a abandonar a su hermano como lo había hecho su padre. Sin embargo, cuando Eden se enteró de que Adams iría a River Walk, supo que también lo harían Jefferson, Jackson y Lincoln.
Eden miró a los tres hermanos y se preguntó por qué estaban todos tan ocupados en sus vidas que se veían tan poco. Aun así, se dio cuenta que no debía entretenerlos más. Ninguno de ellos le metería prisa, pero Eden sabía que, tras la caballerosidad, estaban deseosos de estar con Adams.
–Cuando salí al jardín esta mañana, el jardinero me dijo que había visto a Adams junto al muelle de la casita. Supongo que seguirá allí.
–He venido –les llegó la voz de Adams desde la puerta–. Para traer algo de pescado para cenar.
Eden agarró la taza que tenía en la mano con fuerza para evitar que se le cayera. Antes de que sus hermanos lo rodearan, notó que había sustituido el traje sastre por una camisa y unos vaqueros, y los elegantes y brillantes zapatos por unas zapatillas de tenis. Pero lo mejor de todo fue que en la sonrisa que le dedicó a ella vio el espíritu del joven que había amado.
Lincoln fue el primero en hablar mientras se saludaban.
–Llevo tanto tiempo esperando este día; el día en que regresaras a casa.
–No regreso a casa, Linc, aunque bastante cerca, supongo –aunque la alegría de Adams por ver a sus hermanos era sincera, no pudo ocultar la tristeza de su mirada–. Pero, sea como sea, me alegro mucho de veros. A todos.
–Adams –Jackson le agarró del otro brazo.
Eden los observaba discretamente, preguntándose cuántas veces había visto a esos fuertes y orgullosos hombres mostrar su afecto los unos por los otros. Que los hermanos se querían y también a su padre, siempre había sido evidente. Solo Gus, que había tratado a sus hijos sin piedad, y juzgado sin compasión, jamás les había dado una pizca de cariño.
Solo Jefferson, el más pequeño, parecía haberle importado al intransigente viejo. Siendo el favorito de Gus, Jefferson podría haberlo tenido más fácil en algunas cosas. Pero, como pocos comprendían, Eden sabía que en las cosas que importaban, el ser su favorito se lo ponía más difícil.
Quizá existiera algún tipo de vínculo entre Adams, el chivo expiatorio, y Jefferson, el hijo favorito. Sencillamente era un lazo que tan solo los Cade entendían.
Cuando Lincoln y Jackson se apartaron de Adams, Jefferson estaba allí, delante de él. No lo tocó ni le habló, solo lo miró. No había dos hermanos que se parecieran menos. Pero con una sola mirada, hasta un tonto se daría cuenta del parentesco que los unía.
A pesar de que uno tenía los cabellos y los ojos negros, y que el otro era rubio con los ojos azules, existían entre ellos similitudes inexplicables: el gesto, la sonrisa, la curiosa forma de reír.
Todos eran hijos de Caesar Augustus Cade, pero de madres distintas. Solo se parecían a Gus en la determinación y en el orgullo. En el físico, cada uno de ellos se parecía a su madre.
La madre de Adams era de ascendencia francesa. La de Lincoln, escocesa. La de Jackson, irlandesa. Y la de Jefferson, danesa. Y la única cosa que tenían en común esas mujeres era la belleza y la falta de paciencia. Y aunque no tenían nada de su padre, el denominador común durante todas sus vidas, existía en ellos un elemento difícil de definir que demostraba que eran hermanos, de la misma sangre.
Eden no había podido explicar el fenómeno en el pasado. Tampoco en el presente. Pero al ver a Adams y a Jefferson frente a frente en el silencio de la biblioteca, pensó que jamás había sido tan consciente de ello.
Tras las ventanas, el jardín era un hervidero de trinos. Al compás de la suave brisa, las ramas de los imponentes robles se mecían y susurraban, y la casa crujía.
Entonces Adams sonrió y le echó el brazo a su hermano por los hombros para abrazarlo.
–Jeffi.
El nombre infantil suavizó la creciente tensión. Al momento los cuatro reían y hablaban al unísono. Eden dejó su taza, pensando en salir discretamente; los rodeó y fue hacia la puerta. Cuando estaba a punto de salir, sintió un brazo que le rodeaba la cintura y tiraba de ella.
Adams. Lo reconocería aun de espaldas.
–¿Adónde crees que vas? –se acercó tanto que su aliento le rozó la mejilla–. No te vas a escapar de nosotros tan fácilmente.
Eden se echó a reír y se volvió, esperando que la soltara. Pero en lugar de eso la agarró con fuerza y la estrechó contra su cuerpo.
–No estaba escapando, Adams –se complació de poder hablar con naturalidad, a pesar de la manera íntima en que él la tenía agarrada–. Solo quería dejarte solo con tu familia.
–Quédate, Eden –insistió Adams–. Mis hermanos y yo tendremos tiempo de sobra después para hablar en privado. Así todos juntos, es como en los viejos tiempos. Recordemos durante un rato cómo solían ser las cosas en el pasado.
–¡Escucha! ¡Escucha! –dijo Lincoln en voz baja, pero mirando a su hermano con su penetrante mirada de ojos grises.
–Sí –intervino Jackson.
Cazó al vuelo el espíritu de los deseos de Adams, agarró la taza de café y la alzó, como si se tratara de una copa de champán.
–Por los viejos tiempos.
Por un instante nadie se movió. Entonces, uno por uno, Eden, Adams, Lincoln y Jefferson levantaron sus tazas de café, y brindaron.
–Un Cade para todos, y todos los Cade para uno –dijo Adams, recordando uno de los ritos del pasado.
Seguidamente se volvió hacia Eden y, sin apartar la mirada de la de ella, añadió, al igual que lo había hecho en el pasado:
–Y por Robbie.
–Por Robbie –repitieron los otros tres, para seguidamente volverse hacia ella e inclinarse con una naturalidad propia de los mosqueteros de Dumas.
Ella aceptó su homenaje con gracia. En ese momento miró a Jefferson y se preguntó casi con tristeza si los cambios operados por unas preferencias y unos hechos imposibles ya de deshacer, serían lo que impediría recuperar aquella inocente lealtad.
–Por Eden.
La voz de Adams la distrajo de unos pensamientos que rallaban en la nostalgia; pensamientos que no debía permitir que estropearan su vuelta a casa. Alzó la vista y se encontró con aquella mirada llena de fascinación.
–Nuestra Robbie –dijo, alzando más la taza–. Convertida ahora en la bella y exquisita Eden Claibourne.
–Bueno, es suficiente –dijo Jackson, guiñándole un ojo a Eden–. Si bebo más café de River Walk no voy a poder dormir en una semana.
–De todos modos, desde que has conocido a Inga la infatigable, no has dormido en toda la semana.
El comentario de Lincoln hizo reír a Jefferson.
–¿Por cierto, Lincoln, qué ha pasado con las noches en vela en Belle Terre? Fue con Alice, ¿no?
Con esas tonterías, empezaron las riñas familiares.
Para Eden era como volver al pasado. Miró a Adams y vio que, aunque sabía muy poco de las vidas de sus hermanos en el presente, estaba disfrutando de las bromas.
Durante un rato los recuerdos de su exilio y de la mala salud de su padre podrían dejarse a un lado. Pero muy pronto, como Eden sabía que ocurriría, las bromas perdieron fuerza y los cuatro hermanos se quedaron callados.
Eden se levantó del sofá, consciente de que había llegado el momento de hablar de cosas serias, y fue hacia la ventana. Acababa de sentarse en una silla cuando Adams empezó a hablar.
–Esta mañana llamé al hospital.
–Entonces lo sabes –Jefferson alzó la vista del suelo.
–¿Que Gus será dado de alta mañana con un equipo de enfermeras para cuidarlo? –Adams asintió y se frotó debajo de la nuca–. Sí, lo sé –miró a su hermano con gravedad–. Al principio pensé que Gus sabía que iba a venir y que habría ordenado que se me negara la información. ¿Por cierto, se ha jubilado el doctor Wilson?
–Hace tres años –dijo Jackson con pesar–. Deberíamos habernos acordado de decírtelo.
–Con todo lo que ha pasado, no importa.
Adams sabía que en trece años que había estado ausente, habría habido muchos cambios de los que no tenía noticia.
–Por lo que me ha dicho el médico, Gus no ha mejorado mucho, y no hay nada más que se pueda hacer por él en el hospital que no puedan hacer las enfermeras en… en Belle Reve.
Eden vio en los rostros de sus hermanos el reconocimiento de la reticencia de Adams por llamar casa a Belle Reve. La pena que vio le hizo recordar que era el mayor de los hijos de Gus Cade el que más amaba a su padre y su hogar.
Adams, el chivo expiatorio de Gus. El hijo devoto que soportaba la ira de su padre sin comentarios ni rencor. El caballero, que había saldado tantas batallas con buen talante y sin una queja. Adams, el inesperado y tierno amante que, en la noche de su puesta de largo, había abandonado su arenoso nido de amor para ir a Rabb Town, la remota población de los Rabb, los rivales más encarnizados de los Cade. Adams, el hermano querido y amigo que inexplicablemente había golpeado a Junior Rabb hasta casi matarlo, y luego soportado en silencio cinco años de cárcel, la eterna maldición de su padre y el exilio de su familia y su hogar.
Nada de ello tenía sentido y Adams jamás había ofrecido ninguna explicación, ni reclamado ninguna defensa. Por una noche de extraña represalia, había perdido a sus seres queridos y todo lo importante para él.
–Entonces no me lo creí –Eden murmuró en voz baja–. Ahora tampoco me lo creo –sacudió la cabeza con vehemencia–. No me lo creeré, jamás.
–¿Estás hablando sola, querida Eden? –Lincoln estaba junto a ella y la miraba con curiosidad–. ¿Tanto te aburrimos con nuestros recuerdos?
Eden le sonrió, asegurándole que estaba equivocado.
–No me aburrís. Una mujer tendría que estar muerta para aburrirse con los ilustres Cade. Especialmente con los cuatro juntos en la misma habitación.
–¿Ilustres, eh? –Lincoln se sentó junto a ella y le tomó la mano–. ¿Eso era lo que murmurabas?
–Quizá.
–¿O tal vez recordabas al Adams que tenía tu corazón en sus manos? –al ver que ella lo miraba significativamente, él esbozó una sonrisa bondadosa–. ¿Pensaste que nadie se había dado cuenta? ¿Que, como éramos jóvenes, no nos enterábamos? Cariño, todos nosotros lo sabíamos, incluso Jefferson, que tenía trece años. Todos excepto Adams; es decir… hasta que fue demasiado tarde.
–¿Por qué fue allí, Lincoln? ¿Por qué a Rabb Town?
Eden le formuló la pregunta que se había hecho a sí misma tantas y tantas veces. Una pregunta para la que no parecía haber respuesta.
–¿Por qué cabalgó todos esos kilómetros a través de peligrosos pantanos e intrincados caminos? Adams no le guardaba ningún rencor a los Rabb. Ellos eran los que odiaban a todos; en especial Junior. No lo entiendo. Nada de ello tuvo sentido hace trece años. Claro que, tampoco ahora.
–Lo sé, Eden –Lincoln se encogió de hombros, pero Eden sabía que no era por falta de verdadero interés.
–¿A ti que te parece, Lincoln?
Era un hombre intuitivo, un veterinario de increíble talento, igual que el abuelo de Eden. Desde que había vuelto a Belle Terre, Eden había oído a los lugareños hablar de sus técnicas de diagnóstico. Entre aquellos que criaban caballos, era el tema favorito de conversación durante las cenas en River Walk. Eden no podía creer que la perspicacia de Lincoln se limitara solo a los animales que trataba.
–Dímelo –le rogó–. Debes tener una teoría, alguna idea de lo que ocurrió aquella noche.
Lincoln se sentó junto a ella. Tenía las manos apoyadas en las rodillas y la cabeza agachada, pensando en las preguntas que Eden le estaba haciendo.
–¿Qué me parece a mí? –le preguntó por fin–. ¿O qué sé yo?
A Eden le dio un vuelvo el corazón al pensar que podría haber alguna prueba más a favor de Adams. Pero sabía que eso era una locura. Si Lincoln supiera algo para desacreditar las afirmaciones de Rabb, algo que desmintiera la investigación del sheriff, lo habría dicho hacía ya tiempo. Aun así, deseaba escuchar lo que el hermano más sabio de Adams pudiera decir.
–Por favor, dímelo.
–No es mucho, querida Eden –Lincoln le cubrió la mano con la suya–. Como mucho son conjeturas y porque conozco a mi hermano.
–No me importan los porqués, Lincoln –exclamó Eden en voz baja pero irregular–. Solo quiero saber lo que tú piensas, lo que crees –bajó tanto la voz que Lincoln apenas podía oírla–. No necesito saber cómo ni por qué llegaste a creerlo.
–Calla –le apretó la mano suavemente–. Calla.
Lincoln esperó hasta que respiró normalmente y el rubor desapareció de sus mejillas. En las pocas ocasiones en las que había vuelto a Belle Terre, jamás había visto a la tranquila y elegante Eden Claibourne tan agitada, tan llena de vida.
Y, sobre todo, jamás había visto a una mujer tan enamorada. La vida de su hermano había sido dura y trágica, pero no había otro hombre tan afortunado como Adams lo era con Eden.
–Lo que creo es que mi hermano es inocente –Eden lo miraba fijamente y Lincoln sonrió–. Pienso que ha estado ocultando algo; quizá para proteger a alguien.
–Para proteger… –empezó a decir Eden–. ¿Pero a quién? ¿Y por qué? ¿Qué persona o personas le inspirarían tanta lealtad y amor como para sacrificar su propia vida para ampararlos?
–Yo mismo me he hecho esa pregunta multitud de veces. Y la respuesta es siempre la misma. No lo sé, Eden. La noche de tu puesta de largo fue una noche extraña, en la que todos estábamos en casa menos Adams. Gus, Jackson y yo estuvimos levantados toda la noche ayudando a parir a una yegua. Jefferson estaba dormido, y tú estabas en casa antes de la una. Todas las personas a las que amaba lo suficiente para poder sacrificarse por alguna de ellas, estaban sanas y salvas. ¿A quién deja eso? Llevo años estrujándome el cerebro, y la respuesta es a nadie.
–Sin embargo piensas que esa es la explicación.
–¿Se te ocurre otra?
Eden miró a Adams, que charlaba con sus dos hermanos pequeños
–No –dijo en voz baja–. Ninguna.
La teoría de Lincoln explicaba de algún modo una situación sin sentido. Pero era una teoría que la devolvió a la eterna pregunta sin respuesta.
–¿A quién?
Una figura alta y corpulenta se irguió en la puerta, llenando todo el espacio abierto. Un inmaculado uniforme color caqui a juego con un sombrero del mismo color aprisionado entre los dedos de una mano grande y fuerte. Un par de ojos gris oscuro se pasearon por la habitación, estudiando a cada uno, absorbiendo cada detalle, antes de posarse en Adams.
Como si hubiera estado esperando ese momento, Adams alzó la cabeza y lo miró fijamente.
