E-Pack Bianca julio 2021 - Varias Autoras - E-Book

E-Pack Bianca julio 2021 E-Book

Varias Autoras

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Herencia,Padrino,PadrastroEl reto del italiano ¡Resistirse a la atracción que había entre ellos no era sencillo! Maceo, el apuesto y huraño presidente de Casa di Fiorenti, había luchado mucho para proteger la empresa familiar y no iba a dejar que la llegada de un espíritu libre como Faye Bishop lo pusiera todo patas arriba. Faye tendría que demostrar que merecía la herencia que le había dejado su padrino. Faye había ido a Nápoles para averiguar por qué su padrastro, a quien no había visto en quince años, le había dejado una fortuna. No esperaba el reto que le propuso su ahijado, el rígido Maceo Fiorenti. Sin embargo, eso sería fácil comparado con el reto de resistirse a la insuperable atracción que había entre los dos. La prometida del jeque del desierto Acorralada por su enemigo… tentada por lo prohibido Tara Michaels había escapado de un matrimonio a la fuerza atravesando la frontera de manera ilegal, y había ido a parar al opulento palacio del jeque Raif. Sus países eran enemigos, y él era un rey del desierto carismático, autoritario y orgulloso, pero le estaba ofreciendo un lugar seguro en el que refugiarse… Raif sabía que proteger a Tara era arriesgado, pero estaba fascinado por su belleza y por el hecho de que discutiese con él cuando nadie más se atrevía a hacerlo. No obstante, tras descubrir la verdadera identidad de su invitada, la decisión que iba tomar era una que jamás habría imaginado: ¡Proclamarla su futura esposa! A merced de su enemigo El hombre al que odiaba… ¡era el único hombre al que deseaba! Atrapada en Italia, Katie Whittaker se horrorizó cuando el sexy millonario del ámbito de la seguridad Jared Caine apareció al rescate. Después de haberla humillado rechazándola años atrás, parecía seguir siendo tan complicado y taciturno como siempre, y sugirió que, para poder protegerla, se quedara en su lujosa villa. Pero la tensión sexual comenzó a crecer entre ellos. ¿Sería esa tentación irresistible y acabarían sucumbiendo a ella? Amor infinito Tendría pasión, pero ¿a qué precio? Para desafiar al padre que se había negado a reconocerlo y para tomar posesión de la herencia que por derecho le correspondía, Achilles Templeton tenía que casarse y tener un hijo varón. Para un famoso playboy como él, tales condiciones parecían imposibles. Hasta que descubrió que la novia perfecta era su vecina… La inocente Willow Hall había agotado sus energías y su cuenta bancaria cuidando de un padre que nunca la había amado de verdad. La propuesta de Achilles era un salvavidas para ella. Sin embargo, no eran los términos del matrimonio por conveniencia lo que le asustaba, sino el fuego abrasador que Achilles desataba dentro de ella…

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www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

E-pack Bianca, n.º 262 - Julio 2021

 

I.S.B.N.: 978-84-1375-995-1

Índice

 

Créditos

El reto del italiano

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

 

La prometida del jeque del desierto

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

 

A merced de su enemigo

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

 

Amor infinito

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Vuela con los ángeles, cara mia.

Maceo Fiorenti depositó un beso sobre la rosa blanca de tallo largo, la favorita de su difunta esposa, especialmente importada de Holanda. Carlotta había insistido en esa extravagancia, a pesar de que el jardinero juraba ser capaz de recrear esa flor allí, en su casa de Nápoles.

Carlotta rechazaba la sugerencia con una sonrisa en los labios porque, según ella, había algo especial en recibir las flores por avión dos veces por semana.

Por supuesto, Maceo consentía todos sus caprichos. Podía contar con los dedos de una mano las ocasiones en las que había dicho que no a Carlotta Caprio Fiorenti en sus nueve años de matrimonio y solo cuando ella intentaba convencerlo de que olvidase el pasado y buscase la felicidad.

¿Cómo iba a hacerlo cuando no merecía ni respirar y mucho menos ser feliz?

Maceo torció el gesto.

En esos momentos, Carlotta parecía olvidar todo lo que había pasado.

Parecía olvidar quién era él y lo que había hecho.

Maceo Fiorenti, heredero de un legado que no tenía más remedio que salvaguardar. Maldito por un destino del que no podía escapar porque hacerlo sería una traición imperdonable.

No le gustaba mostrarle a Carlotta los demonios que lo empujaban, pero debía recordarle que él era la causa de su pena, que él le había robado la familia que era tan importante para ella.

Pero habría tiempo para llorar su muerte. Habría tiempo para soportar la amargura, la vergüenza y el sentimiento de culpa.

Por el momento, tenía un legado que proteger y lo protegería hasta su último aliento.

¿Qué más daba que en los momentos más oscuros se cuestionase por qué seguía haciéndolo?

«Porque te lo pide tu conciencia».

Casa di Fiorenti no era solo un legado. Era por lo que sus padres, sus abuelos y su padrino, Luigi, habían vivido. Y por lo que habían muerto. Él debía mantener vivo ese legado, aunque estuviese muerto por dentro. Aunque se viera perseguido por la certeza de que jamás tendría un momento de felicidad.

Maceo rozó con la punta de los dedos el ataúd blanco en una última caricia.

«Déjala ir».

Con el corazón encogido, dejó la rosa sobre el ataúd. Se había negado a reconocer que aquel día se acercaba, que unos meses después del diagnóstico de cáncer tendría que enfrentarse a un futuro en total soledad. Ahora no tenía más remedio que hacerlo.

«No muestres debilidad».

Eran las palabras que Carlotta había pronunciado una década antes, cuando el sentimiento de culpa amenazaba con devorarlo. Unas palabras que él había absorbido y grabado en su mente hasta que se fusionaron con su alma.

Maceo tomó aire y el momento de debilidad se esfumó.

Él era Maceo Fiorenti y, aunque había sido casi divertido darle carnaza a los paparazismientras estaban casados, aquel no era día para buscar notoriedad.

Carlotta había sido enterrada, como era su deseo, con Luigi, su primer marido, y con los padres de Maceo. También él sería algún día enterrado en la cripta familiar.

Pero él estaba vivo. A pesar de todo.

Un milagro, habían dicho los periódicos cuando regresó al mundo de los vivos doce años antes.

Si ellos supieran de los demonios que lo asaltaban. Si supieran del amargo sabor de la culpa y el remordimiento que le pesaban en el corazón a todas horas.

Los miembros del consejo de administración de Casa di Fiorenti lo observaban, intentando ver un gesto de debilidad.

No lo verían.

Media hora después, cuando por fin el obispo dio la última bendición, Maceo le dio la espalda a la cripta y se dirigió hacia su coche, ignorando a los congregados en la iglesia.

El conductor se irguió de inmediato, murmurando unas palabras de condolencia, pero él no se molestó en responder. Tal vez porque hacerlo significaría aceptar que estaba solo en el mundo.

Sí, como viudo de Carlotta tendría que soportar a varios miembros de la familia Caprio, pero sin parientes de sangre, sin hermanos o primos, él era el único Fiorenti que quedaba.

Estaba solo.

Maceo se quitó las gafas de sol y las tiró sobre el asiento. Exhalando un suspiro, se apretó el puente de la nariz con los dedos y cerró los ojos un momento.

–¿Quiere volver a la villa, signor? –le preguntó el conductor.

Maceo negó con la cabeza. ¿Para qué prolongar lo inevitable? Era viernes por la tarde y los empleados tenían el día libre para presentar sus respetos a Carlotta, pero había trabajo que hacer.

Y, no, su desgana de volver a la villa en Capri no tenía nada que ver con los salones y los pasillos vacíos sin la presencia de Carlotta.

–Llévame al helipuerto. Voy a la oficina.

Apenas recordaba el viaje en helicóptero que lo dejó a dos calles del cuartel general de Casa di Fiorenti en Nápoles.

Carlotta había querido estar más cerca de la villa de Capri que había compartido con Luigi cuando supo que el final estaba cerca y Maceo trasladó la empresa desde Roma hasta el enorme edificio del siglo XVIII sobre la bahía de Nápoles.

El edificio donde, como era de esperar, dos docenas de paparazisesperaban para hacer preguntas.

Maceo volvió a ponerse las gafas de sol y dejó escapar un suspiro mientras salía del coche.

–¿Qué pensaría Carlotta de que volviese al trabajo el día de su entierro? –le gritó uno de los reporteros.

–¿Piensa hacer directores de la empresa a sus cuñados ahora que Carlotta no está?

–¿Cuándo anunciará quién va a ocupar el sitio de su esposa?

Maceo siguió adelante, sin hacer caso. Le divertía que siguieran haciendo preguntas cuando él nunca respondía. ¿De verdad esperaban que divulgase públicamente sus secretos?

Especialmente cuando Carlotta y él habían jugado con ellos durante años para esconder el mayor y más terrible de los secretos.

Mientras empujaba la pesada puerta de hierro, recordó la bomba que Carlotta había dejado caer antes de morir.

Ella sabía que sería incapaz de negarse, por supuesto. Haría todo lo que le pidiese, a pesar de la furia y la sorpresa que sintió al conocer la noticia.

Pero, aunque pensaba honrar el último deseo de Carlotta, no le había dicho cómo iba a hacerlo. Eso quedaría entre él y la mujer de cuya existencia no sabía nada hasta una semana antes.

Luigi, su padrino, había estado casado antes, aunque brevemente, con una mujer inglesa. Una mujer que tenía una hija. Otro secreto que sus padres y su abuelo le habían ocultado. Y, además, acababa de descubrir que Casa di Fiorenti, la empresa de confitería que sus abuelos y sus padres habían levantado treinta años antes, y que él había convertido en un imperio multimillonario, no era exclusivamente suya. Que una parte, muy pequeña y que no echaría de menos, pero que era suya por derecho, pertenecía a esa mujer sin cara, una buscavidas que ya estaría afilando sus garras.

Faye Bishop.

Y ahora él debía tolerar a esa mujer para cumplir el último deseo de su difunta esposa.

Su ira se intensificó mientras subía al ascensor.

Faye Bishop había evitado a Carlotta durante meses. Sin embargo, sí había encontrado tiempo para aceptar la invitación de acudir a la lectura del testamento.

Maceo esbozó una sonrisa carente de humor.

La señorita Bishop había logrado engañar a Carlotta, pero él le daría una lección que no olvidaría nunca.

 

 

Faye contuvo el deseo de volver a mirar el reloj porque eso confirmaría que solo habían pasado veinte segundos desde la última vez que lo miró. Además, eso no disiparía la extraña sensación de estar siendo observada.

Aunque no era tan extraño porque las paredes de la sala de juntas de Casa di Fiorenti eran de cristal.

Faye, que había llegado de la granja de Devon unas horas antes, se sentía como pez fuera del agua en aquel sitio con paredes de cristal, suelos de mármol y paparazis en la puerta, pero esbozó una sonrisa retadora por si estaban vigilándola.

Debería marcharse, pensó. Si no hubiera respondido a la llamada de Carlotta, la viuda de Luigi…

Luigi, su padrastro, había muerto, llevándose a la tumba todas las respuestas. Y ahora Carlotta había muerto también.

«No le debes nada a esta familia. Deberías dejarlo todo en el pasado, donde debe estar».

En realidad, no tenía por qué estar allí, agarrándose a un clavo ardiendo y esperando que tal vez alguien tuviese respuestas para todas sus preguntas.

La puerta de la sala de juntas se abrió en ese momento y la idea de marcharse se evaporó al ver al hombre que acababa de entrar.

Su actitud era beligerante, pero había algo más. Algo apenas contenido, algo electrizante que la dejó inmóvil.

Se dio cuenta entonces de que estaba mirándolo fijamente y no era capaz de parpadear o tragar saliva.

O controlar los locos latidos de su corazón.

Que aquel hombre pareciese igualmente fascinado por ella no tenía importancia. Faye sabía que llamaba la atención por su ecléctico atuendo y por la profusión de tatuajes de henna en el brazo, pero sobre todo por su pelo.

Tuvo que contenerse para no levantar una mano y pasarla por los mechones plateados, lilas y morados sujetos sobre su cabeza en un desordenado moño, especialmente cuando el extraño clavó allí la mirada.

Era increíblemente apuesto y su aire de autoridad parecía llevarse todo el oxígeno de la habitación.

Pero después del incidente traumático con Matt dos años antes, Faye no había vuelto a tener ninguna relación…

¿Por qué pensaba en eso ahora?

Tres hombres que parecían abogados entraron en la sala de juntas, mirándola con cara de perplejidad. Si no estuviese tan cautivada por el extraño, todo aquello podría haberle resultado divertido.

Pero no estaba allí para divertirse. Estaba allí porque Luigi Caprio, su padrastro, había dejado en ella una marca indeleble, ofreciéndole un cariño que nunca había tenido antes y desapareciendo luego de su vida sin dar ninguna explicación.

Faye intentó olvidar un dolor que nunca había curado, la herida abierta por Carlotta Caprio unos meses antes.

–Me alegro de que haya venido, señorita Bishop –dijo el hombre, clavando en ella sus ojos de color ámbar.

Al contrario que sus palabras, su expresión no era precisamente cordial. Por alguna razón, aquel extraño parecía detestarla.

¿Lo sabría?, se preguntó, angustiada. ¿Luigi habría hecho algo tan impensable como compartir su secreto y el de su madre con aquel hombre?

¿Podría haber sido tan cruel?

Intentó decirse a sí misma que daba igual. Cuando se fuera de allí no tendría que volver a ver a aquel enigmático hombre ni a ninguno de los parientes de Luigi.

–Le hice una promesa a Carlotta –dijo por fin.

Era una promesa que Carlotta no debería haberle exigido, pero lo había hecho y ella había aceptado.

El hombre hizo una mueca.

–Ah, sí, la promesa de acudir a la lectura del testamento. Pero no de acudir a su entierro.

Faye se irguió, molesta.

–Para su información, señor… como se llame, Carlotta no me dijo que estuviese enferma. Yo no sabía nada.

–Y, sin embargo, aquí está –dijo él con esa voz ronca y turbadoramente atractiva.

Por fin, los músculos de Faye obedecieron las órdenes de su cerebro y pudo ponerse en pie.

–Guárdese sus acusaciones –le espetó, tomando el bolso, que había dejado en el suelo–. Antes de venir pensé que esto era un error y usted acaba de confirmarlo, así que no perdamos más tiempo. Me marcho.

–Me temo que no va a ser tan fácil, señorita Bishop.

Faye apretó la correa del bolso.

–¿Qué no va a ser tan fácil? Y, por cierto, ¿va a presentarse como una persona normal o su identidad es un misterio que debo desentrañar para llegar al próximo nivel? –le espetó, irónica.

El extraño clavó la mirada en la camiseta rosa, que dejaba al descubierto su ombligo. Pero, aparte de incredulidad, había algo en su mirada que erizó el vello de su nuca.

–Siéntese –le ordenó.

Faye no podía hacerlo porque el brillo de sus ojos la había dejado paralizada. Y algo más. De repente, sintió un cosquilleo en los pechos… y eso le recordó que no llevaba sujetador.

Para contrarrestar la desazón, Faye cruzó los brazos sobre el pecho y lo fulminó con la mirada.

–¿Por qué voy a sentarme? ¿Y por qué cree que puede darme órdenes?

–Porque estoy a punto de hacer realidad todos sus sueños. Por supuesto, siempre podría marcharse y renunciar a su herencia…

–¿Mi herencia? ¿Qué herencia? –lo interrumpió ella, sorprendida.

–Siéntese y se lo contaré.

La sorpresa hizo que Faye obedeciese. Se dejó caer sobre la silla, notando que los abogados la miraban con expresión solemne.

¿Qué estaba pasando allí?

–Bueno, ahora finjamos que de verdad no sabe quién soy –dijo el extraño.

–Es que no sé quién es. No sé por qué le parece tan raro, pero no tengo ni idea.

–Mi nombre es Maceo Fiorenti.

El apellido era dolorosamente familiar. Faye había intentado borrarlo de su vida, pero sin éxito porque aparecía por todas partes.

–Imagino que está relacionado con Casa di Fiorenti.

–Así es, pero también con Carlotta.

En sus cartas, Carlotta siempre firmaba como Carlotta Caprio Fiorenti, pero Faye no había pensado mucho en ello.

El hombre que estaba sentado frente a ella era demasiado mayor como para ser hijo de Carlotta, de modo que solo podía ser…

–¿El marido de Carlotta? Pero usted es…

Faye no terminó la frase.

–¿Soy qué, señorita Bishop? –le espetó él, enarcando una ceja–. ¿Demasiado joven? No tema ser sincera. No dirá nada que los medios no hayan dicho un millón de veces.

Faye se puso colorada porque eso era precisamente lo que había pensado. Carlotta tenía casi sesenta años y Maceo Fiorenti parecía treinta años más joven.

Pero no era por eso por lo que estaba allí. De hecho, seguía sin saber la razón por la que estaba allí, con aquel hombre que la fascinaba más de lo que debería.

–Su relación con Carlotta no es asunto mío, pero ahora que hemos sido presentados tal vez podría explicarme por qué estoy aquí.

–Soy el presidente de Casa di Fiorenti y el socio mayoritario. Hasta hace una semana me pertenecían el cien por cien de las acciones de la empresa.

–¿Qué quiere decir con eso?

El hombre se echó hacia delante y, aunque el instinto le decía que se echase atrás, no lo hizo. Decidió defender su terreno porque mostrarse débil sería darle una victoria.

–Mi difunta esposa me informó de que su primer marido, Luigi Caprio, le había dejado una herencia que recibiría cuando cumpliese veinticinco años. Creo que ha cumplido veinticinco años recientemente, ¿no es así?

–Hace tres meses –Faye dio un respingo–. Ah, claro, fue entonces cuando Carlotta se puso en contacto conmigo. ¿Pero por qué no me contó nada?

–¿Le dio usted oportunidad? Creo recordar que no se lo puso nada fácil.

–Tenía mis razones para hacerlo.

Dolor, traición, el estigma de una vergüenza que nunca había desaparecido. La angustia de no saber por qué Luigi se había ido sin mirar atrás.

«Nadie podría querer a una abominación como tú».

Las crueles palabras de Matt hacían eco en su cabeza, intensificando su angustia. Casi había conseguido dejar de preguntarse por la deserción de su padrastro hasta que Matt dijo eso y ahora temía no poder seguir adelante hasta que supiera si Luigi pensaba lo mismo que él.

–Pero esas razones no eran lo bastante importantes como para no venir a la lectura del testamento, ¿no?

Faye se encogió de hombros.

–Evidentemente, usted cree que he venido por interés, así que puede ahorrarse la ironía y contarme de una vez por qué estoy aquí. No tengo todo el día.

Sus palabras fueron recibidas con un tenso silencio. Incluso parecía… dolido.

Aquel hombre había enterrado a su mujer unos días antes, pensó entonces. Pero cuando iba a disculparse por su tono, él la interrumpió con un gesto.

–Como ejecutor del testamento de Carlotta, es mi deber informarle sobre el legado que le dejó su padrastro. Es usted propietaria de un cuarto del uno por ciento de una de las acciones de Casa di Fiorenti. Por favor, signor Abruzzo, dígale a la señorita Bishop lo que eso significa en términos monetarios.

Uno de los abogados abrió una carpeta mientras Maceo se arrellanaba en la silla, clavando en ella esos ojos de color ámbar.

El efecto de esa mirada hizo que se perdiese las primeras palabras del abogado y tuvo que hacer un esfuerzo para concentrarse.

–… en la última auditoría, Casa di Fiorenti fue valorada en cinco mil millones de euros. De modo que el valor de su herencia es aproximadamente de catorce millones de euros.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Maceo observó a la extraña criatura de labios generosos y luego se maldijo a sí mismo por tan inoportuna observación.

Esos labios podrían rivalizar con los de Cupido. ¿Y qué?

¡Per l’amor di Dio, tenía el pelo de varios colores! Iba vestida como una hippy y llevaba flores de henna tatuadas en un brazo. Con esos labios gruesos y esa figura llamativa, debería estar en el teatro, no en las oficinas de un imperio multimillonario.

¿Y qué si tenía una piel de porcelana y los ojos de color índigo más seductores que había visto nunca?

Había enterrado a Carlotta unos días antes y, aunque su matrimonio no había sido convencional, al menos le debía el respeto de no enumerar adjetivos para describir a otra mujer.

–¡Lo dirá de broma! –exclamó Faye Bishop entonces.

Maceo la miró de nuevo con helada gravedad.

–Sí, claro, porque tras la muerte de mi esposa no tengo nada mejor que hacer que gastar una broma de mal gusto sobre su último deseo –replicó, sarcástico.

Ella tuvo la decencia de ponerse colorada, pero la contrición duró solo unos segundos.

–No era mi intención ofenderle. Es que esto es algo completamente inesperado para mí.

–¿De verdad, señorita Bishop?

Maceo no se molestaba en disimular su escepticismo. No pensaba esconder nada porque los secretos habían erosionado los cimientos de su familia.

–De verdad, señor Fiorenti –replicó ella.

–Entonces, haga lo que ha dicho antes. Rechace la herencia y márchese.

Curiosamente fascinado, observó su pelo multicolor… y tuvo que hacer un esfuerzo para controlar el extraño efecto que aquella mujer ejercía en él.

Se había quedado helado al verla al otro lado de la pared de cristal, pensando que debía ser una alucinación. No sabía por qué, pero no era capaz de apartar la mirada.

Faye Bishop lo hacía experimentar una tórrida punzada de deseo, un recordatorio de que era un hombre de sangre caliente, aunque se lo había negado a sí mismo durante una década porque no merecía satisfacer sus deseos.

Maceo solo tenía un objetivo: conservar la empresa a la que sus padres habían dedicado toda su vida.

Y no había sobrevivido a un infierno para caer preso de la fascinación por aquella extraña criatura.

–A sus abogados no parece gustarles la idea. ¿Por qué, señor Fiorenti? No, espere, no responda. Voy a adivinarlo. Ellos saben que no tiene derecho a decirme eso. ¿Estoy en lo cierto? –preguntó Faye, mirando alrededor.

Uno de los abogados, maldito fuera, asintió con la cabeza.

–Bueno, eso está abierto a interpretaciones, pero en general… así es.

Ella lo miró, esbozando una sonrisa retadora, y Maceo experimentó una mezcla de excitación y rabia.

No sabía por qué aquella mujer lo turbaba tanto, pero intentó relajarse y terminar con aquella reunión de una vez por todas. Tenía otras cosas de las que preocuparse.

Faye Bishop no era el único inconveniente que Carlotta había dejado atrás. Además, estaban sus hermanos.

–El legado es suyo, pero con condiciones. Yo tengo el poder de añadir mis propias estipulaciones.

La sonrisa de Faye se evaporó del todo.

–¿Qué?

–Después de conocerla, Carlotta me dio el poder de convertirla en una mujer muy rica o…

–¿O ponerme a prueba por algo de lo que yo no tenía ni idea y no he querido nunca?

Maceo esbozó una sonrisa desdeñosa.

–Muy bien, entonces márchese. Demuestre que de verdad piensa rechazar la herencia.

Estaba convencido de que no lo haría. Nadie en su sano juicio rechazaría tal cantidad de dinero.

Pero Faye Bishop se levantó de la silla y lo miró en silencio con esos ojos de color índigo hasta que Maceo dejó de respirar.

No sabía si levantarse de un salto para evitar que se fuera o permanecer sentado.

Lo último. Desde luego, no iba a detenerla.

Faye Bishop se dirigió hacia la puerta de la sala de juntas. A pesar de su ropa vulgar tenía una gracia innegable y el movimiento de sus caderas bajo la falda de flores irradiaba tal sensualidad que Maceo tuvo que moverse en la silla, incómodo.

Antes de salir, Faye se dio la vuelta para lanzar sobre él una mirada reprobadora que habría empequeñecido a cualquier otro hombre. Un hombre que no tuviese que luchar contra los demonios contra los que él luchaba cada día.

–He venido porque pensé que tal vez aquí encontraría respuestas a las preguntas que me he hecho durante todos estos años sobre Luigi. Pero ahora veo que ha sido una pérdida de tiempo.

Maceo lanzó una mirada de advertencia sobre los abogados. El otro deseo de Carlotta había sido igualmente específico: la entrega de una carta dirigida a Faye Bishop.

No sabía si en esa carta estarían las respuestas que ella buscaba, pero no se la daría hasta que estuviese completamente seguro de sus motivos.

–¿De verdad esto le parece una pérdida de tiempo?

Ella lo fulminó con la mirada.

–Lamento la muerte de Carlotta, señor Fiorenti, pero espero no volver a verlo en toda mi vida.

Después de decir eso, Faye salió de la sala de juntas, dejando atrás un silencio cargado de asombro.

–¿Se ha ido? ¿De verdad? –murmuró uno de los abogados.

Tenía que ser un juego, pensó Maceo. Lo que Faye no sabía era que él era un experto en juegos. Había estado jugando durante una década con los paparazis, distrayéndolos para que no descubriesen los secretos de su familia. Los mismos juegos con los que había manipulado a los miembros del consejo de administración que querían aprovecharse de él.

Como si los hubiera conjurado, dos de sus oponentes entraron en la sala de juntas en ese momento.

Stefano y Francesco Castella, los hermanos de Carlotta.

La vida de Maceo había dado un fatídico giro la noche que sus padres y su padrino fallecieron, pero aquellos dos eran un recuerdo constante de que, aparte de los secretos que habían fragmentado a su familia, las mentiras y la avaricia eran amenazas con las que también tenía que lidiar.

Los saludó con indiferencia mientras miraba la puerta de reojo. ¿Qué había querido decir Faye Bishop? ¿Qué le había hecho su padrino, Luigi?

¿Y por qué no había sabido que Luigi tenía una hijastra hasta que Carlotta murió?

Maceo intentó dejar de pensar en la etérea Faye Bishop.

–No sabía que ahora dejábamos entrar a cualquiera que viniese de la calle. ¿Quién era esa mujer tan rara? –preguntó Stefano.

–No es asunto tuyo –respondió él, cortante.

Stefano esbozó una untuosa sonrisa.

–Soy miembro del consejo de administración, de modo que todo lo que pase aquí es asunto mío.

Maceo se mordió la lengua. Otra razón por la que tenía que soportar a Faye Bishop. Su herencia era lo único que evitaba que tuviese poder absoluto sobre el consejo de administración. Por insignificante que fuese, era la diferencia entre librarse de Stefano y Francesco o tener que soportar su exasperante presencia.

–Estáis aquí para discutir los asuntos personales de vuestra hermana. Esa mujer no tiene nada que ver.

Stefano se encogió de hombros.

–Solo intentaba ser amable…

–Tú no sabes lo que es ser amable.

Francesco lo fulminó con la mirada.

–Cuidado con el tono, figlio. Nosotros llevamos esta empresa mientras tú estabas incapacitado en el hospital. Nosotros permitimos que te casaras con nuestra hermana…

–Tenía la impresión de que eso fue decisión nuestra –lo interrumpió Maceo–. Por eso nos casamos sin deciros una palabra.

Stefano golpeó la mesa con la palma de la mano.

–Ascoltami…

–No, escúchame tú –volvió a interrumpir Maceo, impaciente–. Carlotta era demasiado buena como para deciros la verdad, pero yo no lo soy. Le hicisteis la vida imposible hasta que os metió en el consejo, pero ahora ella ya no está y yo no tengo intención de seguir soportando tonterías. Vuestro puesto en la empresa es seguro por el momento, pero no me presionéis o podríais llevaros una sorpresa.

Maceo se levantó abruptamente y se dirigió a la puerta. Se decía a sí mismo que era por los insoportables hermanos de Carlotta, no porque quisiera verificar que de verdad Faye Bishop había salido del edificio.

Lanzando una última mirada desdeñosa sobre los Castella, añadió:

–Vuestra hermana dejó algunos efectos personales para vosotros. El signor Abruzzo os informará de todo.

Después de cerrar la puerta sacó el móvil del bolsillo para llamar a su ayudante.

–Llama a Seguridad para que localicen a la mujer que estaba con nosotros en la sala de juntas. Se llama Faye Bishop y quiero que vuelva aquí cuanto antes.

–No es necesario. La señorita Bishop está esperando en su despacho.

Maceo volvió a guardar el móvil en el bolsillo, diciéndose a sí mismo que la absurda emoción que sentía de repente no tenía nada que ver con la señorita Bishop. No, en absoluto. Lidiaría con ella como había lidiado con los hermanos de Carlotta.

 

 

Faye desearía haber tenido valor para salir del edificio, pero…

«El orgullo precede a la caída».

Y rechazar la herencia de Carlotta había sido un absurdo gesto de orgullo porque, en realidad, necesitaba ese dinero para ayudar a su madre y a tantas otras mujeres que querían rehacer sus vidas.

Había llegado al vestíbulo de acero, mármol y cristal antes de que el sentido común la hiciese parar. Le explicó a la recepcionista que había olvidado decirle algo importante al señor Fiorenti y la habían llevado al despacho del presidente en lugar de a la sala de juntas. Y allí estaba, esperando, ponderando las consecuencias de su apresurada decisión.

¿Habría perdido la oportunidad de ayudar a tantas mujeres necesitadas? ¿Aquel hombre formidable le daría la oportunidad de echarse atrás o todo se habría perdido?

Faye sintió un escalofrío al pensar en volver a verlo.

Maceo Fiorenti parecía de los que no perdonaban una ofensa. Tal vez disfrutaría riéndose de ella. Desde luego, se había mostrado increíblemente desagradable antes de que hubiesen intercambiado una sola palabra. Era evidente que no la creía merecedora de la herencia y eso significaba que tenía una pelea entre las manos.

Como conjurado por su frenética imaginación, la puerta se abrió en ese momento y Maceo Fiorenti entró en el despacho, pero apenas se molestó en mirarla mientras se quitaba la chaqueta y la dejaba sobre el respaldo de un sillón.

Los ojos de Faye estaban clavados en la espalda cuadrada, en el ancho torso y en unos abdominales que parecían duros como piedras.

Un cuerpo trabajado a la perfección, sin una onza de grasa, un rostro enormemente atractivo. En realidad, era un pecado lo apuesto que era aquel hombre.

Pero no estaba allí para admirar el físico de Maceo Fiorenti, por atractivo que fuese. Estaba allí para solucionar el error que había cometido unos minutos antes.

–No sé si sentirme decepcionado porque se ha echado atrás o alegrarme porque parece dispuesta a tragarse sus palabras.

Por supuesto, él no iba a dejarlo estar y Faye se encogió de hombros.

–Me da igual lo que sienta mientras esté dispuesto a escucharme.

–Bene. Oigamos otro apasionado discurso en el que en realidad, no cree en absoluto.

Faye tuvo que disimular su irritación.

–No me paré a pensar. No debería haber dicho eso.

Él esbozó una sonrisa.

–La cuestión es por qué lo ha dicho.

–Porque esperaba otra cosa cuando vine aquí.

Alguna indicación de que Luigi no pensaba en ella como una abominación, por ejemplo. O que la desgarradora tristeza que veía en los ojos de su madre, cuando estaba demasiado drogada como para esconder sus emociones, no era la razón por la que Luigi les había dado la espalda.

–¿Y qué esperaba de una mujer a la que había dado esquinazo durante semanas?

–Yo no esperaba nada de su… de Carlotta.

Faye no sabía por qué la palabra «esposa» se le había atragantado. Tal vez porque le resultaba difícil imaginar a aquel hombre casado con Carlotta Caprio. Aunque ese era un pensamiento sexista. Tal vez habían sido una pareja feliz, locamente enamorada.

–¿Entonces?

–Quería saber por qué Luigi, mi padrastro…

Faye no terminó la frase porque no quería contarle su vida a un extraño. Aunque el extraño hubiera estado casado con la viuda de su padrastro. En fin, todo aquello era tan confuso.

–Cuando los abogados me dijeron que Carlotta me había dejado algo en su testamento, no esperaba que fuesen acciones de la empresa de Luigi.

–Es un cuarto de una sola acción.

–Eso da igual.

Maceo suspiró.

–Otra vez fingiendo que no le importa la fortuna que ha caído en sus manos.

–Evidentemente, me importa la herencia o no habría vuelto, pero es que yo quería… algo más.

–¿Por qué ahora? Luigi murió hace más de diez años.

–Pensé que tal vez no había querido decirme a la cara lo que tuviese que decir.

Le pareció ver un brillo de comprensión en los ojos de Maceo Fiorenti, pero desapareció enseguida, llevándose con él una diminuta semilla de esperanza.

–Mi padrino no era un hombre que temiese a una cría. ¿Por qué cree que no podía decirle a la cara lo que tuviese que decirle?

–Eso es entre Luigi y yo. O no, ya que al parecer no hay nada más que la fracción de esa acción que tanto le molesta tener que compartir conmigo.

Maceo Fiorenti torció el gesto.

–¿Cree que me molesta tener que compartir ese dinero con usted?

–Desde luego, no parece que le haga mucha gracia.

–Tal vez porque usted no lo merece. No ha hecho nada para ganárselo, ¿no?

–¿Y usted sí? Corríjame si me equivoco, ¿pero no está disfrutando de la fortuna que amasó Luigi?

–Se equivoca –respondió él–. Mi abuelo abrió una tienda en Nápoles de la que mi padre se hizo cargo cuando tenía veintiún años. Él convirtió la tienda en una empresa que vendía por toda Europa. La contribución de Luigi fue inconmensurable, por supuesto, pero él no apareció hasta mucho más tarde. Y si cree que yo me he limitado a heredar el dinero de mis antepasados, pronto descubrirá lo equivocada que está. ¿Quiere que hablemos de su herencia o piensa seguir perdiendo el tiempo dispensando insultos?

Faye se dio cuenta de que había herido su orgullo, tal vez porque él era el responsable de la meteórica expansión de Casa di Fiorenti. En cualquier caso, no era asunto suyo.

–Muy bien. ¿Qué tengo que hacer?

Él se acercó al enorme escritorio de cristal y el movimiento llamó su atención hacia los poderosos muslos, recordándole que estaba en compañía de uno de los multimillonarios más jóvenes del mundo. Uno que, además, la miraba como si estuviese haciéndole un gran favor.

Podría echarla del despacho. ¿Por qué no lo hacía? ¿Porque le había hecho una promesa a Carlotta, su esposa?

–¿Señorita Bishop?

Faye dio un respingo. Esos labios tan sensuales y firmes evocaban pensamientos prohibidos, pero tenía que concentrarse.

–Perdone, ¿qué decía?

–Le he pedido que se siente –respondió Maceo, señalando un sofá.

Faye se sentó y fingió estudiar el cuadro que había tras el escritorio mientras intentaba controlar los nervios, pero se vio obligada a mirarlo cuando Maceo Fiorenti se sentó frente a ella. Aunque no era difícil porque aquel hombre era como una llama ardiente en una noche fría y oscura… atrayendo a una polilla hacia la muerte.

La vibrante piel morena, la pronunciada nuez, el firme pulso que latía en su garganta y que, absurdamente, deseaba tocar.

Faye no sabía cuánto tiempo habían estado mirándose el uno al otro, pero el sonido de su móvil la sobresaltó, liberándola del extraño hechizo.

Mientras apagaba el móvil, Maceo la miró con gesto helado.

–Para que no haya malos entendidos le enviaremos una copia del testamento de Carlotta, pero recibirá su herencia cuando yo lo decida. Y he decidido, señorita Bishop, que antes de recibir el dinero debe apreciar de dónde viene. Tal vez una vez que haya experimentado el duro trabajo y los sacrificios que exige una empresa como esta dejará de mostrarse tan frívola.

Faye frunció el ceño.

–Ya le he dicho que todo esto ha sido una sorpresa. No era mi intención ofenderlo.

–Entonces, demuéstrelo. No voy a darle el dinero así como así. Carlotta no quería que lo hiciese y, después de conocerla, estoy de acuerdo con ella.

–¡Pero si no me conoce!

–No la conozco y, por eso, quiero que demuestre que esta herencia es algo más que dinero para usted.

–¿Cómo? ¿Quiere que encargue una placa en honor de Luigi y Carlotta? ¿Que firme los documentos con mi propia sangre? ¿Que me haga un tatuaje con sus nombres?

Maceo se encogió de hombros, como si estuviesen hablando del tiempo.

–No, nada tan dramático. Mi petición es simple: se quedará en Italia y trabajará en Casa di Fiorenti como muestra de agradecimiento. Cuando esté satisfecho, recibirá su herencia.

¿Quedarse en Italia? No podía hablar en serio.

–Tengo obligaciones. No puedo dejarlo todo y venir aquí solo para que usted me ponga a prueba.

–Entonces, márchese. Carlotta me dio un plazo de cinco años, así que tiene tiempo para pensarlo.

–No, lo siento, pero es imposible.

–Entonces estamos en punto muerto, señorita…

–Me llamo Faye y prefiero que me llame así en lugar de usar ese tono helado para ponerme en mi sitio… o el sitio que usted cree que debo ocupar. Créame, soy muy consciente de las diferencias entre usted y yo, y si decide bajar de su pedestal prometo no contárselo a nadie.

Maceo se relajó en el asiento, mirándola fijamente.

–¿Qué haces para ganarte la vida, Faye?

El modo en que pronunciaba su nombre fue lo bastante turbador como para que su pulso se acelerase.

–¿Por qué creo que ya sabes la respuesta a esa pregunta?

Él esbozó una sonrisa.

–Carlotta mencionó que vivías en una granja. ¿Dónde exactamente?

–En Devon, en el Suroeste de Inglaterra.

–Una comuna hippy, imagino.

–Es algo más que eso.

Mucho más, en realidad. Era un sitio que ofrecía apoyo a mujeres necesitadas, pero no iba a contárselo para que él la menospreciase. O, peor aún, para que descubriese por qué su madre vivía allí y ella dedicaba todo su tiempo a la granja.

–¿Y qué haces allí?

–Soy asistente social, pero estoy allí como voluntaria hasta que encuentre otro trabajo.

El centro Nuevos Caminos no tenía fondos para contratarla, de modo que había ofrecido sus servicios de modo gratuito mientras buscaba otro empleo.

Aunque odiaba admitirlo, el legado de Carlotta sería un regalo del cielo para Nuevos Caminos y para otros proyectos en los que había puesto toda su energía desde que dejó la universidad.

–Si estás buscando trabajo, ¿por qué tienes tanta prisa por volver a esa granja?

La pregunta estaba cargada de desdén, como si pensase que no tenía intención de trabajar, pero Faye no perdió el tiempo mostrándose ofendida.

–Eso es asunto mío.

–Tal vez estarías más dispuesta a quedarte si te dijese que tu trabajo aquí no sería voluntario. Casa di Fiorenti tiene fama de pagar bien a sus empleados.

Cuando mencionó la cantidad Faye lo miró, sorprendida.

–¿En serio?

Con un mes de sueldo casi podría pagar el alojamiento de su madre en Nuevos Caminos durante un año.

–Eso es para un empleado de nivel medio. Como hijastra de Luigi…

–No quiero limosna –lo interrumpió ella.

–Te aseguro que tendrás que trabajar. No me gustan los aprovechados –se apresuró a decir Maceo–. Lo que quería decir es que, como hijastra de Luigi, tendrás que empezar desde abajo. Lo mejor sería que pasaras un año en una plantación de cacao, como hice yo, pero como no tienes tiempo que perder, te quedarás aquí en Nápoles, donde yo podré supervisarte.

–Ah, ya veo.

–El sitio más apropiado para empezar será el departamento de Investigación y Desarrollo, pero me reservo el derecho de cambiarte de puesto.

Faye quería protestar, pero no iba a rechazar la proposición. No iba a desaprovechar la oportunidad de recibir un dinero con el que podría ayudar a tanta gente. Además, su madre estaba bien atendida en la granja y, aunque le dolía reconocerlo, ni siquiera se percataría de su ausencia.

–No debes preocuparte, Faye. Un duro día de trabajo nunca ha matado a nadie –dijo Maceo, burlón.

Ella levantó la barbilla.

–No me da miedo el trabajo, así que ahórrate los insultos. De hecho, puedo ponerme a trabajar inmediatamente. Cuanto antes haya terminado aquí, antes dejaremos de vernos.

El brillo de triunfo en los ojos de color ámbar hizo que se le erizase el vello de la nuca.

–No vas a ponerte a trabajar ahora mismo. Casa di Fiorenti tiene una reputación profesional que salvaguardar. Eso incluye un código estricto de vestimenta y ahora mismo… en fin, como no tenías pensado quedarte en Nápoles más que un par de días, supongo que no has traído ropa adecuada, pero en Recursos Humanos se encargarán de darte lo que necesites cuando hayas firmado el formulario de empleo y todo lo demás.

–¿Qué formulario?

–El habitual formulario en el que cuentas cosas sobre tu vida antes de firmar un contrato como becaria.

–¿Eso es necesario?

Maceo la miró con gesto de sorpresa.

–Esa pregunta suena un poco sospechosa. ¿Tienes muchos secretos?

–¿Y tú? –replicó ella–. Eres tú quien insiste en esta innecesaria evaluación antes de darme lo que es mío legalmente.

Maceo la miró, imperturbable.

–Debes darme tu palabra de que nada en tu pasado podría abochornar a la empresa.

Lo único que quería Faye era salir corriendo, alejarse de esos ojos que parecían hundirse bajo su piel y desnudar los oscuros secretos con los que se había visto obligada a vivir desde que nació.

–Prometo hacer el trabajo que se me asigne. No tienes derecho a hacer ninguna otra demanda –respondió ella–. O lo aceptas o no, pero te lo advierto: no voy a desaparecer así como así hasta que tú decidas respetar los deseos de Luigi y Carlotta. Yo también puedo ponerme en contacto con un abogado.

Se estaba tirando un farol y contuvo el aliento, esperando que Maceo no la descubriese. Él era el presidente de una compañía multimillonaria, con el poder que daba ese puesto, y sus abogados serían capaces de destruirla si les pedía que lo hicieran.

Había algo duro en su mirada, como si hubiera vivido cien vidas y pudiese contar mil historias. ¿Esas historias tendrían algo que ver con la razón por la que se casó con Carlotta? ¿Explicarían a los paparazis que esperaban en la calle?

Faye sentía curiosidad. Quería saber más sobre aquel hombre, descubrir sus secretos. Pero eso era peligroso cuando ella misma tenía tantos.

–No me gustan las amenazas, señorita Bishop –dijo él entonces.

–Solo estoy diciendo la verdad, signor Fiorenti.

–Yo he descubierto que la «verdad» significa cosas distintas para cada uno, pero estoy seguro de que descubriré tu auténtica valía en los próximos seis meses.

Faye dio un respingo.

–¿Seis meses? No puedes forzarme a estar aquí tanto tiempo.

–Yo no voy a forzarte a nada, no eres mi prisionera. Puedes volver a despedirte dramáticamente, se te da muy bien.

–Tres meses –dijo ella entonces–. Te doy tres meses.

–Cuatro –replicó Maceo–. Y tu relación de parentesco con Luigi solo será divulgada con mi permiso.

¿Cuatro meses de sacrifico a cambio de una fortuna que ayudaría a tanta gente? Si invertía sensatamente, el dinero de la herencia podría durar años, tal vez décadas. Y, aunque le horrorizaba tener que pasar tiempo con Maceo Fiorenti, sería absurdo rechazar tal oportunidad.

Tal vez viviendo en Italia descubriría por qué Luigi les había dado la espalda. Matt había resucitado esos fantasmas y tenía que enfrentarse con ellos de una vez por todas.

–Muy bien, de acuerdo. Cuatro meses –anunció.

La expresión de triunfo de Maceo casi hizo que se echase atrás.

–Al final de esos cuatro meses, me venderás tu parte de la acción.

–O estudiaré las opciones que más me convengan.

–Venderme tu parte será lo mejor para ti, te lo aseguro. Nadie te ofrecerá lo que yo puedo darte.

Esas palabras provocaron un escalofrío por su espalda, pero Faye no quería preguntarse por qué.

–¿Hemos terminado? –le preguntó, sin aliento.

–Una última cosa. Durante el tiempo que estés aquí te alojarás en mi villa, en Capri.

–No, gracias. Encontraré un apartamento.

Se le encogió el corazón al pensar que tendría que echar mano de los pocos ahorros que le quedaban.

«Mantén la mirada en el premio».

–¿No has visto a los paparazis en la puerta?

–¿Qué tiene eso que ver?

–Me siguen a todas horas y alguien como tú llamará su atención.

–¿Por qué iba a interesarles?

–Tu legado no es un secreto y tú no pasas desapercibida, ¿verdad, arcobaleno?

Faye había aprendido algo de italiano gracias a ese breve e idílico tiempo con Luigi, antes de que todo se derrumbase.

Arcobaleno. Arcoíris.

De repente, se sintió acalorada, excitada. Aunque no entendía por qué.

–Que yo sepa, ese tipo de atención se reserva para los actores de cine o la gente famosa. ¿Tú eres famoso?

–No estoy aquí para satisfacer tu curiosidad, arcobaleno –replicó él, irónico–. Sencillamente, te estoy dando opciones. Puedes ir a algún hotel barato con seguridad limitada o alojarte en mi casa, donde las intrusiones en tu vida serían mínimas.

–¿Por qué no dices la verdad? Me quieres en tu casa para poder vigilarme.

–Lo haré estés donde estés porque no me fío de nadie. Depende de ti si quieres alojarte en un hotel, con la prensa persiguiéndote, o en mi casa.

Faye estaba a punto de protestar, pero se mordió la lengua porque sabía que a Maceo Fiorenti le encantaría que perdiese el control. Además, de ese modo se ahorraría un dinero que podría usar para cosas mejores, pero le molestaba tener que aguantar las exigencias de aquel extraño cuando la herencia era suya por derecho.

Faye clavó las uñas en el brazo del sofá, intentado tranquilizarse, pero apartó la mano al ver que él la miraba con gesto irónico.

–Muy bien, si tanto insistes me alojaré en tu villa.

–La directora de Recursos Humanos se encargará de todo. Mi ayudante te acompañará a su despacho.

Encantada de librarse de él, Faye se levantó y se dirigió a la puerta, haciendo un esfuerzo para no darse la vuelta y confirmar que Maceo tenía los ojos clavados en su espalda.

Ese pequeño triunfo era esencial porque el instinto le decía que iba a necesitar toda su fuerza de voluntad para lidiar con Maceo Fiorenti.

La batalla acababa de empezar.

Capítulo 3

 

 

 

 

 

Maceo se despreciaba a sí mismo por experimentar aquel indomable deseo. Porque, después de pasar una hora interrogando a Faye Bishop, y de confirmar que no tenía el menor interés en Casa di Fiorenti y que solo le interesaba el dinero, no podía dejar de pensar en ella.

Había diseccionado cada mirada, cada palabra que había pronunciado con esos labios de pecado. Se había preguntado por qué vestía de ese modo y por qué llevaba tatuajes de henna en el brazo.

Y por qué no parecía tener miedo de enfrentarse con él cuando todo el mundo, tanto en su vida privada como en su vida profesional, hacía lo imposible para no llevarle la contraria.

Miró entonces el brazo del sofá donde Faye había clavado las uñas, seguramente para no clavárselas a él en la cara.

Antes de conocerla, su intención había sido que pasara tres meses en Casa di Fiorenti. ¿Por qué había insistido en que fueran seis? ¿Y por qué demonios la había invitado a alojarse en su villa?

Aunque su preocupación por los paparazis era auténtica, no iba a divulgar que era su propio juego, cultivado para evitar que indagasen en el pasado de su familia y descubriesen el terrible secreto que Luigi y sus padres habían movido montañas para esconder. Y su propio papel en acortar las vidas de sus familiares.

Mientras juzgaba a sus padres por esconder el secreto que había alterado los cimientos de su vida, y destruido el pedestal en el que los tenía, no se había parado a pensar en las consecuencias de sus actos.

Eso lo descubrió demasiado tarde.

Ahora tenía que vivir sabiendo que los planes de sus padres, sus esperanzas y sus sueños, habían sido destruidos por su culpa, por su implacable actitud, cuando haber sido más comprensivo podría haberlo salvado de aquella vida desolada.

La vergüenza y el sentimiento de culpa le habían impedido contemplar la posibilidad de formar una familia o mantener una relación. Pero era culpa suya, de nadie más.

Maceo abrió el archivo de Faye y torció el gesto, sorprendido, mientras leía su currículo. Tenía un título en Sociología y Administración de Empresas. Y, sin embargo, perdía el tiempo en una granja.

No había nada extraño en su currículo, de modo que no entendía su reticencia a cumplimentar esos documentos.

Maceo echó un vistazo a los detalles personales. En la casilla del estado civil había escrito: ninguno.

«Ninguno» no significaba que no tuviese alguna relación.

Y, desde luego, a él no debería importarle en absoluto.

Había privado a sus padres, a Carlotta y a Luigi de sus relaciones. ¿Quién era él para pensar en tener una relación? ¿Y por qué demonios estaba pensando eso?

Con los dientes apretados, siguió leyendo el documento.

Su vida parecía totalmente normal, pero Faye Bishop era todo menos normal. Era un torbellino engañosamente pequeño y ardiente. ¿Era por eso por lo que Carlotta le había hecho prometer que la pondría a prueba antes de entregarle su herencia? ¿Porque le había parecido tan especial como a él?

«¡Basta!».

Estaba inventando historias donde no había ninguna.

Se dirigió a la ventana intentando distraerse, pero ni siquiera la maravillosa vista podía remplazar la imagen de un hada de garras diminutas y lengua afilada… y un cuerpo voluptuoso que no era capaz de borrar de su memoria.

Pero no había luchado contra los demonios de la culpa y la vergüenza a diario sin que le salieran callos y, haciendo acopio de voluntad, volvió a su escritorio y consiguió apartar a Faye Bishop de sus pensamientos mientras trabajaba.

Un correo del departamento jurídico le confirmó que Stefano y Francesco pensaban impugnar el testamento de Carlotta. Muy bien, sabía que lo harían y se encargaría de que se fueran de Casa di Fiorenti sin un céntimo.

Estaba contemplando cómo iba a hacerlo cuando sonó un golpecito en la puerta y Faye Bishop asomó la cabeza en el despacho.

–Entra –le dijo, después de aclararse la garganta.

Faye Bishop, con esa ridícula falda de flores. Estaba sonriendo, pero no a él sino a Bruno, su ayudante, que se apresuró a cerrar la puerta al ver que torcía el gesto.

En cuanto sus miradas se encontraron, la sonrisa de Faye se evaporó y Maceo tuvo que disimular su irritación y también una incomprensible presión en su entrepierna.

–He terminado con el departamento de Recursos Humanos.

–Espero que la experiencia no haya sido insoportable –dijo él, irónico.

Faye se encogió de hombros.

–¿Sabes una cosa? Pensé que era mi presencia lo que te irritaba tanto, pero empiezo a pensar que eres así todo el tiempo.

–¿Y cómo soy, según tú?

–Cínico, amargado y… sencillamente desagradable.

Y culpable. ¿Cómo podía olvidar la culpa que se lo comía desde que despertaba hasta que el sueño se llevaba sus demonios?

–Te aseguro que yo no he sido «sencillamente» nada en toda mi vida.

–No, tú eres como la lluvia ácida, arruinando la existencia de cualquiera que se atreva a acercarse.

–Me halagas –bromeó Maceo.

Faye tuvo que disimular una sonrisa.

–No debería sorprenderme esa respuesta, pero…

–¿Te sorprende? Recuerda que tengo muchos recursos para sorprenderte y te evitarás disgustos.

La expresión de burla se evaporó y Maceo se sintió tontamente decepcionado. Sus conversaciones con Carlotta siempre habían sido cordiales, pero los espectros del pasado habían ensombrecido su relación. Su charla con Faye era intrascendente y, sin embargo, estaba saboreándola como saboreaba un excelente café en el soleado balcón de su casa ante de empezar el día.

–La directora de Recursos Humanos ha dicho que querías verme, pero si es para que sigamos insultándonos, creo que paso. Ha sido un día muy largo y me gustaría hacer algo diferente.

Intentaba mostrarse desdeñosa, pero Maceo vio algo más en sus ojos. Algo que se parecía a su propia decepción.

Cuando se levantó de la silla para ponerse la chaqueta notó que Faye seguía sus movimientos con la mirada.

–¿Dónde te alojas? –le preguntó.

Ella frunció el ceño.

–¿Por qué?

–Porque tendremos que ir a buscar tus cosas antes de ir a la villa. A menos que hayas venido a Italia solo con lo que llevas puesto.

–No, he dejado la maleta en el hotel.

Cuando le dijo el nombre del hotel, Maceo tuvo que disimular una mueca de disgusto. Era poco más que un hostal.

Sí, llevarla a la villa sería lo mejor. Para empezar, eso evitaría que los reporteros preguntasen por qué la hijastra de Luigi se alojaba en un hostal barato.

Maceo ignoró la vocecita que se burlaba de él por buscar razones para alojarla en su casa.

Había un brillo desafiante en los ojos de color índigo que aceleró su pulso. Sabía que debería apartarse, pero sus pies se negaban a obedecerlo. Aquella intrigante criatura estaba tan cerca que podría tocarla y deseaba hacerlo.

Tocarla, explorarla, devorarla.

Era muy bajita, apenas le llegaba al hombro. Y, sin embargo, su presencia inundaba todos sus sentidos, tentándolo a respirar profundamente para inhalar su aroma.

Pero había prometido no experimentar felicidad o placer y sabía que debería sentirse avergonzado, pero la sensación era una especie de descarga eléctrica.

Anticipación.

Excitación.

A Carlotta le habría parecido muy divertido, pensó. Y quizá, por una vez, no lo habría mirado con gesto de preocupación.

Porque…

–¿Nos vamos o no? –lo apremió Faye.

Pero el tono aburrido desmentía el brillo de sus ojos. Tampoco ella era inmune, también ella notaba el ambiente cargado.

–Después de ti –dijo Maceo.

Pero solo porque le divertía, nada más. Desde luego, no porque quisiera tenerla más cerca. No porque quisiera adivinar el aroma de su piel, de su champú…

«Como todo lo demás en tu vida, ella es un elemento temporal. Recuerda eso».

Faye dio un paso adelante, evitando su mirada, y Maceo puso la mano en el picaporte mientras tomaba aire. Cerezas y melocotones, una combinación vulgar. Y, sin embargo, en ella era un aroma arrebatador, un aroma que quería perseguir, saborear.

¿Qué le pasaba? Su libido nunca había provocado tal caos. Ni siquiera a los dieciocho años, cuando sus hormonas estaban disparadas. Incluso entonces era cínico sobre la atención de las chicas porque sabía que el prestigio de su apellido contribuía a su interés.

Y desde que se convirtió en presidente de Casa di Fiorenti, esa teoría había sido confirmada a menudo.

Ni siquiera estar casado había disuadido a las mujeres. Había recibido muchas proposiciones, pero eso solo provocaba un persistente desagrado, reforzando su decisión de no buscar placer de ningún tipo.

Por supuesto, le había sido fiel a Carlotta. Claro que su matrimonio no había sido normal…

Pero ahora, por primera vez, Maceo experimentaba un cambio en los cimientos de su existencia. Y no era capaz de apartar la mirada de la suave piel de Faye o de los felinos movimientos de su cuerpo.

«¡Basta!».

Con tono cortante, informó a su ayudante de que trabajaría desde la villa y se dirigió al ascensor. Llevaría a Faye a su casa y después se olvidaría de su existencia.

Pero media hora después, ella volvió a poner a prueba su paciencia dejando sonar el móvil una y otra vez mientras miraba por la ventanilla del coche como si fuera sorda.

–¿No vas a responder? –le espetó por fin, mirando el enorme bolso que llevaba sobre las rodillas.

–Lo haré cuando esté sola.

–No te contengas por mí. Imagino que todos los detalles importantes de tu vida están en el informe de Recursos Humanos.

Faye se encogió de hombros.

–¿La casa está muy lejos?

–Llegaremos al helipuerto en cinco minutos.

–¿Al helipuerto? ¿Vamos a la villa en helicóptero?

–Es mi modo de transporte preferido.

–¿Qué otros modos de transporte hay?

–Una lancha motora.

Faye frunció el ceño.

–Yo nunca he viajado en helicóptero ni en lancha motora. Te pido disculpas de antemano si ocurre algún accidente.

Maceo no pudo evitar una sonrisa.

–¿Qué tipo de accidente?

–No sé si voy a marearme en el helicóptero.

–Espero que no.

–Bueno, pues te lo advierto. Podría marearme.

–Lo tendré en cuenta y mantendré una distancia apropiada.

–No es demasiado tarde para cambiar de opinión sobre alojarme en tu villa.

–No vamos a seguir discutiendo ese asunto. Ya está decidido.

–Pues entonces, que quede sobre tu conciencia –replicó ella.

Maceo tuvo que disimular una sonrisa. Era peleona, desde luego. Y, por alguna razón, él sentía el deseo de provocarla.

Fue un alivio llegar al helipuerto, pero el alivio se convirtió en intriga cuando ella lanzó un grito al ver el enorme aparato con el emblema de la familia.

–¡Madre mía, es enorme!

¿Lo era? Maceo no lo había pensado porque no le interesaba el tamaño sino su propia seguridad y la de aquellos que estaban a su lado.

Hasta una semana antes eso incluía a Carlotta. Ahora no tenía a nadie más.

El agujero en su pecho se expandía y los demonios empezaban a gritar de alegría.

«Has sobrevivido y ahora estás solo, como tiene que ser».

Tomando aire para contrarrestar esa opresión en el pecho, Maceo intentó calmarse.

–¿El tamaño es un problema?

–¿Aparte de hacerme pensar que lo estás compensando por algo? No, en absoluto –respondió Faye.

Él la miró, atónito. Era una descarada, pero algo en ella lo atraía de un modo irrefrenable.

Maceo apretó los dientes. El placer y la compañía femenina no estaban en las cartas para él. Y, aunque lo estuviesen, no sería con aquella mujer que lo miraba con gesto retador.

–Perdona si he tocado un tema delicado –se burló Faye.

Maceo detuvo el coche y se volvió para mirarla.

–No me gustan las disculpas falsas. En cuanto a la pulla sobre mi masculinidad, no tengo la menor intención de demostrar que estás equivocada.

–Era una broma… –empezó a decir ella, poniéndose colorada.

–Y un consejo, dolcezza. No seas tan descarada si vas a ruborizarte después.

Después de decir eso le ofreció su mano para subir al helicóptero.

Maceo se negaba a examinar por qué le había pedido al piloto que tuviese especial cuidado. Seguramente porque no estaba de humor para soportar más protestas.

En cuanto despegaron, abrió su ordenador portátil y solo miró a Faye cuando lanzó una exclamación.

–¿Esa es la villa?

–Sí –respondió él.

–Es preciosa.

–¿Un cumplido genuino? –observó Maceo, irónico–. Qué sorpresa.

Faye no respondió. Era como si la casa la hubiese dejado sin habla y Maceo aprovechó para mirar Villa Serenita a través de sus ojos.

No pensaba mucho en la casa, pero ahora, mientras el helicóptero aterrizaba, miró la villa que sus abuelos habían construido, la que sus padres habían intentado convertir en un hogar mientras ocultaban unos secretos que sacudirían hasta los propios cimientos. El sitio donde él había tomado una decisión que lo destruiría todo.

–¿La construyeron hace muchos años? –preguntó Faye.

–Era una ruina cuando mis abuelos la compraron hace setenta años, pero el edificio tiene más de dos siglos. Mantuvieron el estilo barroco original, pero añadieron algunos toques personales.

–¿Y el color rosa? –preguntó ella–. Perdona que lo diga, pero no parece un color muy masculino.

Maceo se encogió de hombros.

–No es una afrenta personal a mi masculinidad, si eso es lo que quieres decir.

Faye torció el gesto. No sabía por qué había dicho eso. ¿Qué le pasaba?

–¡He sobrevivido! –gritó cuando bajaron del helicóptero, dando unas cariñosas palmaditas en el morro del aparato.

Al observar la caricia, Maceo sintió algo ridículamente parecido a los celos.

Sí, definitivamente era el momento de alejarse.

–Me alegro.No habría sido muy agradable que decorases el interior del helicóptero con el contenido de tu estómago.

–No te preocupes por eso. No he comido nada desde el desayuno.

–¿Por qué no?

–Porque estaba demasiado ocupada respondiendo a las preguntas de la directora de Recursos Humanos.

Sin pensar, Maceo la tomó del brazo.

–¿Dónde vamos?

–A comer algo. No quiero que digas que soy poco hospitalario.

Entró en la casa por la puerta de servicio, la forma más rápida de llegar a la cocina, e intentó no prestar atención a las miradas sorprendidas de los empleados.

Giulia, el ama de llaves, que había vivido en la casa desde que era niño, corrió hacia él.

–Buonasera, signor. Come posso aiutarlo?

¿Cómo podía ayudarlo? Maceo se percató de que seguía sujetando el brazo de Faye. Y también de que su piel era cálida, satinada, suave como la seda.

Bellissima.

–Signor?

Madre di Dio.

Maceo tomó aire.

–Giulia, te presento a Faye Bishop. Se alojará en la villa durante unas semanas y quiere comer algo. Por favor, prepara la suite Contessa.

Giulia era demasiado veterana como para mostrar sorpresa, pero la suite Contessa había sido la habitación de su madre y estaba en el mismo pasillo que su habitación, la suite Bismarck. Pero tampoco quería pensar en eso.

Faye esbozó una de esas amplias y cautivadoras sonrisas.

–No quiero molestar, Giulia. ¿Puedo llamarla así?

Su ama de llaves, encantada, le dijo que sí. ¿Cómo no?

Faye dejó el bolso en el suelo y se encaramó a un taburete. Cuando apoyó los codos en la encimera y se echó hacia delante, la camiseta dejaba al descubierto la piel desnuda de su cintura y Maceo tuvo que apartar la mirada.

–No sé lo que estás haciendo, pero huele de maravilla. Puede que te pida la receta.

Notando que los empleados lo miraban de modo peculiar, ya que él nunca pasaba por la cocina, Maceo hizo un esfuerzo para moverse y borrar a la intrigante Faye Bishop de su mente.

Faye parecía capaz de encandilar a todo el mundo, incluyendo a Carlotta, pero no a él.

Él era Maceo Fiorenti y, además de haber prometido no buscar la felicidad, su único objetivo era preservar el legado de su familia. Nada lo haría olvidar eso.

Ni siquiera una encantadora criatura con voz de sirena y piel de seda que parecía salida de un sueño erótico.

 

 

Maceo se felicitó a sí mismo por olvidarse de ella durante varias horas.