E-pack Bianca y Deseo diciembre 2025 - Millie Adams - E-Book

E-pack Bianca y Deseo diciembre 2025 E-Book

Millie Adams

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Beschreibung

Un acuerdo muy conveniente Millie Adams Una proposición inesperada: quiero que seas mi esposa. ¿Cómo terminó Noelle Holiday, dueña de un vivero de árboles de Navidad y un pequeño hotel, aislada por la nieve con un atractivo millonario italiano? Rocco Moretti, implacable promotor inmobiliario, había viajado hasta Snowflake Falls para comprar lo único de lo que Noelle no deseaba desprenderse: su adorado negocio familiar. Tras una noche de pasión, Rocco añadió una nueva clausula a las negociaciones: Noelle podría mantener sus negocios si se casaba con él y tenían un hijo juntos. La vida de Noelle cambió en el momento en el que se subió al avión privado de Rocco con un anillo de compromiso en el dedo. Él le ofrecía lujo y comodidades, pero, aquella Navidad, Noelle encontró algo que deseaba mucho más que aquel acuerdo por conveniencia… Un beso bajo las estrellas del norte Susan Carlisle ¿Una razón por la que quedarse? Cuando la doctora Trice Shell se trasladó al extremo norte de Islandia, estaba deseando lanzarse de cabeza al trabajo y olvidar su doloroso pasado. Estaba nerviosa, pero su compañero temporal, el doctor Drake Stevansson, se mostró dispuesto a enseñarle los entresijos del puesto. Drake tenía el aspecto de un guerrero vikingo y una forma de ser que hizo que Trice se sintiera más segura que nunca. La atracción que había entre ellos, capaz de derretir la nieve, era innegable, pero Drake tenía intención de marcharse. ¿Qué pasaría cuando las miradas furtivas se convirtieran en besos apasionados que amenazaban con hacer descarrilar todos sus objetivos?

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Seitenzahl: 365

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

E-pack Bianca, n.º 429 - diciembre 2025

 

I.S.B.N.: 979-13-7017-268-8

Índice

 

 

 

Créditos

Un acuerdo muy conveniente

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Un beso bajo las estrellas del norte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Índice

Créditos

Índice

Un acuerdo muy conveniente

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Un beso bajo las estrellas del norte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Portadilla

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Las navidades en Snowflake Falls, Wyoming, eran la época favorita del año de Noelle Holiday, no solo porque su nombre y su apellido parecían estar dedicados a ese momento, sino también porque era tan… alegre.

La pequeña ciudad estaba resplandeciente. Había luces por todas partes y la calle principal rezumaba alegría. Para Noelle, era la tranquilidad antes de la tormenta. El árbol de la plaza era espectacular. Tenía unas enormes luces de colores y adornos de todos los colores del arcoíris. Por supuesto, el árbol provenía del vivero de los padres de Noelle. El que ella elegía todos los años para adornar el centro de la ciudad era siempre el mejor de todos. Aunque era muy temprano, las calles estaban muy concurridas con personas que salían de sus hoteles y hogares para tomar un poco de cafeína.

Noelle también estaba a la caza de un café. Entró en su cafetería favorita, un pequeño local de ladrillos al final de la calle, y se acercó al mostrador.

–¿Me puedes poner un café con leche y jengibre, por favor?

–¿Es el día de la inauguración? –le preguntó su amiga Melody, sonriendo desde el otro lado del mostrador.

Melody tenía, efectivamente, el mejor café de la ciudad, pero el hecho de que fuera una de las mejores amigas de Noelle lo hacía aún mejor.

–Sí –respondió Noelle–. ¿Cómo lo has sabido?

–Por los cuernecitos.

Noelle soltó una carcajada. Se había olvidado de que no llevaba una diadema corriente, sino una que había sido especialmente diseñada como parte de su disfraz de reno. El jersey, las mallas y las botas, todo de color marrón, completaban el atuendo. Sacudió la cabeza para que sonaran los cascabeles que le colgaban de los cuernecitos.

–Al menos, no me he puesto todavía la nariz que se ilumina –dijo–. No se puede una tomar un café con facilidad con una nariz de reno puesta.

–Probablemente atraerías mucha atención también –comentó Melody.

–Probablemente ya la estoy atrayendo.

–Cierto.

Melody se dio la vuelta y comenzó a prepararle el café en una colorida taza. Noelle sabía que llamaba la atención, pero no le importaba. El hotel Holiday House y el vivero llevaban siendo propiedad de su familia desde hacía ya varias generaciones. Su apellido era, literalmente, sinónimo de aquella época del año. De hecho, probablemente a nadie le importaba ya que ella fuera por toda la ciudad vestida de reno. Cuando el vivero estaba abierto, si no era de reno iba vestida de elfo. El día después de Acción de Gracias significaba que la época más importante del año entraba en todo su apogeo.

Muchos otros lugares de los Estados Unidos tenían un consumismo totalmente diferente al de Snowflake Falls. En la pequeña ciudad no presumían de tener grandes centros comerciales ni importantes ventas de Black Friday. La pequeña Main Street de Snowflake Falls cobraba vida durante la temporada de esquí. En los últimos tiempos, algunas de las boutiques se habían vuelto más sofisticadas y se habían comprado algunas parcelas de tierra con vistas a convertirlas en resorts de lujo.

Noelle trató de no pensar en eso. Trató de evitar que eso la distrajera.

Su madre quería vender el vivero y el hotel para marcharse de allí. A su alrededor, se habían vendido bastantes parcelas a una empresa llamada Rockmore Inc. Noelle se oponía totalmente. No quería que su maravilloso hotel se convirtiera en un hotel de lujo sin alma, hecho de acero y cristal. Necesitaba dinero, sí, pero no necesitaba escapar de su vida. Tampoco le gustaba que esto fuera motivo de enfrentamiento con su madre, dado que su padre ya no estaba.

Le habría gustado tener la oportunidad de comprar la parte de su madre, pero, desgraciadamente, no tenía dinero. Necesitaría tiempo, un plan de pagos. Necesitaría que su madre fuera paciente y que le importara, al menos un poco, lo que era importante para Noelle.

Resultaba tan frustrante… Las dos siempre habían tenido una relación algo complicada, pero, con el empecinamiento de su madre por vender el vivero y el hotel, esta se había tensado aún más.

Noelle no quería marcharse. Quería aferrarse a su vida, a los cálidos y maravillosos recuerdos que tenía allí.

La vida sin su padre, la vida comprendiendo que el matrimonio de sus padres no había sido perfecto, que ni siquiera su propia infancia lo había sido, resultaba menos alegre que la vida con la que ella había crecido. Si quería aferrarse al pasado, con su cálido brillo de nostalgia y hermosos recuerdos, ¿quién podía culparla?

–¿Te encuentras bien? –le preguntó Melody cuando le llevó por fin el café.

–Sí –respondió Noelle forzando una sonrisa.

–Invita la casa. Oficialmente, tú traes la alegría de la Navidad a esta ciudad, por lo que me parece que deberíamos compensarte adecuadamente.

–No tienes por qué hacerlo –dijo Noelle.

Sin embargo, aceptaría la invitación. Necesitaba cada centavo que pudiera ahorrar. Necesitaba que aquel año fuera bueno porque así era como ella conseguiría ganar dinero. Así podría seguir pagando a sus empleados. Tal vez no fuera la dueña del hotel, pero lo dirigía y, por ello, recibía su sueldo como el resto de los empleados. El resto de las ganancias iban a parar a manos de su madre.

La Navidad era su negocio. La estación de esquí era, por motivos evidentes, su favorita. Sin embargo, nada de todo aquello importaría si todo lo que amaba desaparecía para dejar paso a un elegante y moderno hotel. O un centro comercial. Solo pensarlo… ¿Un centro comercial en Snowflake Falls? ¿Qué sería lo siguiente?

El final de los tiempos.

Tras despedirse de Melody, salió de la cafetería. Admiró de nuevo la alegría que reinaba en la calle y, entonces, lo vio.

Era más alto que el resto de las personas que había en la calle e iba vestido totalmente de negro. En medio de aquella iluminada y alegre calle, suponía un agresivo impacto de oscuridad. La gente, ataviada con colores alegres y hablando y riendo, lo rodeaba. Era un hombre singular y, en su expresión, no había nada alegre ni festivo.

Sin embargo, era… Era el hombre más apuesto que Noelle había visto en toda su vida. Su cabello era también negro como una medianoche sin estrellas. Sus ojos eran también del mismo color y tenía la mandíbula cuadrada, fuerte. Su boca mostraba una mueca inexpresiva y severa. Tenía unos hombros anchísimos. Cuando Noelle se percató de que avanzaba hacia ella, sintió que el corazón se le aceleraba con fuerza en el pecho. por supuesto, él no se fijó en ella. Después de todo, solo era… un reno. Un pegote marrón en medio de aquella gloriosa celebración de la Navidad.

Él se abría paso a través de la gente como si fuera una afilada hoja. Todos sus movimientos eran eficientes y perfectos. Americana negra, corbata negra, guantes negros, pantalones negros, zapatos negros… Noelle se fijaba en todos los detalles a medida que él se iba acercando a ella. El corazón se le detuvo cuando él, por fin, pasó de largo. Ni siquiera le dedicó una mirada.

Noelle siguió allí, inmóvil e ignorada, mientras seguía tomándose su café con leche al jengibre.

¿Quién era aquel hombre?

Inmediatamente, como era de esperar en ella, empezó a hilar historias sobre aquel desconocido en su pensamiento. La ciudad era siempre la misma, al igual que sus habitantes, por lo que los turistas proporcionaban una inagotable fuente de fascinación y aquel hombre mucho más. Tal vez tenía una trágica historia y había acudido allí para volver a reencontrarse con el espíritu navideño. Un viudo tal vez. O un banquero de Nueva York que había perdido el rumbo de su vida y que necesitaba una mujer que, con el espíritu navideño de aquella pequeña ciudad, le mostrara el camino correcto.

«Sí, claro».

Seguramente, estaba allí con su esposa y sus hijos. Como llevaba guantes, no había podido ver si llevaba alianza en el dedo.

En muchos aspectos, debería parecer uno más de los importantes ejecutivos que acudían a Snowflake para esquiar. Sin embargo, no era así. Había algo especial y singular en él, algo que Noelle no era capaz de señalar.

«¿Que está muy bueno?».

Se estremeció. No creía que fuera eso. Sería muy básico por su parte. Bueno, tal vez ella era muy básica.

Frunció el ceño. Entonces, levantó una mano y se tocó la diadema. No creía que fuera básica en absoluto.

Se aclaró la garganta y echó a andar. Tenía que regresar a Holiday House. La locura empezaría muy pronto. Iba a vender los árboles de Navidad aquel día y lo haría en el hotel. También tenía algunos huéspedes que llegarían muy pronto, pero sus empleados se ocuparían de ellos.

A menudo, dirigir el hotel era su responsabilidad, dado que vivía en la casa durante todo el año. Sin embargo, cuando empezaban las fiestas, tenía que contratar personal para esos días. La mayoría de ellos llevaban años trabajando para Holiday House. La idea de que esas personas ya no tuvieran trabajo y no formaran parte de su vida era totalmente impensable. Surrealista.

Jamás permitiría que ocurriera.

–Ha llegado el momento de vender árboles de Navidad –se dijo mientras se montaba de nuevo en su pequeño coche.

Arrancó y se dirigió hacia las afueras de la ciudad por la polvorienta carretera de tierra que llevaba a Holiday House. El cielo estaba cubierto de nubes negras, pero eso no le preocupaba. Aquella era su época favorita del año. El otoño empezaba a transformarse en invierno y las hojas, por fin, se soltaban de las ramas y caían revoloteando hasta el suelo.

Después, el suelo se helaría y se cubriría de nuevo. A Noelle le encantaba la nieve. Por supuesto, tras el fallecimiento de su padre, era responsabilidad de Noelle mantener la carretera despejada. Su padre había comprado una pequeña quitanieves hacía unos quince años y esta se utilizaba para asegurarse de que los huéspedes siempre pudieran entrar y salir de la finca. Su padre había pensado en todos los detalles que se necesitaban para conseguir que aquel pequeño hotel fuera el lugar más maravilloso del mundo durante los fríos meses de invierno.

Noelle no tomó la carretera que llevaba al hotel, sino la bifurcación que la llevaba al pequeño vivero, en cuyo bosque también se ofrecían paseos con trineo, chocolate caliente, sidra especiada, castañas asadas y otras cosas típicas de las fiestas.

El aparcamiento ya estaba medio lleno por la gente que había acudido para comprar sus árboles de Navidad y disfrutar al mismo tiempo de una experiencia muy festiva. Se dirigió a la parte del aparcamiento que estaba reservada para los empleados y entró a la pequeña oficina, a la que habían denominado El Polo Norte.

Sacó el datáfono y lo enchufó a su teléfono móvil. Entonces, tomó la nariz y se la puso, apretando el botón para que se iluminara alegremente. Comenzó a cantar una alegre selección de villancicos mientras volvía a salir de nuevo. Fue entonces cuando vio un elegante coche negro que entraba también en el aparcamiento. Lo más extraño de todo fue que no tuvo que ver quién lo conducía para saberlo.

El vehículo era exactamente como su dueño. Elegante y acerado. Misterioso. Peligroso.

Qué pensamiento más extraño.

Había pensado que él estaría con su esposa e hijos. Dedujo que, precisamente por eso, se había dirigido hasta allí. ¿Por qué si no iba a querer comprar un árbol de Navidad?

Cuando el coche se detuvo y él salió, Noelle comprobó que estaba solo. Entonces, vio cómo el hombre se daba la vuelta y se dirigía hacia ella.

 

 

Rocco Moretti no era un hombre dispuesto a sufrir afrentas y aquella ciudad entera, digna de un globo de nieve, le ofrecía una afrenta tras otra.

Las carreteras se encontraban en un estado penoso, lo mismo que los edificios. Por si esto fuera poco, las decadentes monstruosidades estaban decoradas desde el suelo hasta el tejado con luces, adornos y guirnaldas. Todo resultaba tan edulcorado que resultaba insoportable.

Lo odiaba.

Odiaba las Navidades. Odiaba la alegría. Odiaba aquella ciudad.

Y, sin embargo, le habían aconsejado que aquella era la mejor inversión que podía hacer en aquellos momentos. Ya había comprado varias parcelas de terreno, pero le quedaba solo una. El pequeño y destartalado vivero de árboles de Navidad en el que se encontraba.

La dueña de la finca se había estado comunicando con él con regularidad para establecer sus condiciones, pero le había dejado muy claro que su hija también tendría que estar de acuerdo con la venta porque, si no, esta no podría llevarse a cabo.

Esas eran las condiciones y, en aquellos momentos, tenía ante sus ojos la mayor afrenta que había tenido que sufrir en aquel lugar hasta el momento. Una mujer de cabello rizado y pelirrojo, con una nariz roja que titilaba a cada segundo y unos cuernos de alce.

Si no hubiera resultado tan ridícula, podría haber sido atractiva. Sin embargo, ¿qué podía esperar de aquella maldita ciudad? La gloria y el esplendor natural que la rodeaban eran tal vez impresionantes, pero Rocco no podía pasar por alto los adornos.

Igual que le ocurría con la mujer que lo observaba atentamente en aquellos instantes. Instintivamente, supo que era ella. No podía ser de otra manera. Era la mujer que bloqueaba la venta del último trozo de tierra que necesitaba para poder construir el complejo turístico que estaba decidido a poseer allí.

Sabía bien que las herencias podían contener condiciones algo farragosas. Comprendía perfectamente a la mujer, que estaba desesperada por deshacerse de aquel maldito vivero que le había dejado su esposo en el testamento.

Él mismo se había pasado años tratando de cumplir las condiciones del testamento de su madre.

Ella nunca había sido una mujer contenta con su vida y, como aquella maldita ciudad, se había pasado la vida adornando todos los espacios que la rodeaban. Coleccionaba todo lo coleccionable, como si, de repente, alguno de aquellos objetos fuera a procurarle la plenitud que buscaba. Su madre había llamado aquella costumbre su «caos controlado», aunque Rocco jamás había visto el control por ninguna parte.

Sin embargo, el control sí había aparecido en su testamento. Rocco debía seguir construyendo, añadiendo edificios al imperio, más desorden y caos a la faz de la tierra.

Si no, debía casarse. Procrear. Y aquello debía producirse antes de que cumpliera treinta y dos años, una edad que se acercaba preocupantemente.

Aquel había sido el encantador regalo con el que su madre se había despedido de él. Ella había querido controlarlo todo obsesivamente y lo había conseguido en el modo en el que le había dejado la empresa, con una junta que ella misma había elegido para asegurarse de que Rocco cumplía con sus condiciones.

Por suerte, lo tenía todo controlado. Todo.

Avanzó poco a poco en dirección a la indignidad que lo observaba.

–Hola.

Ella se limitó a mirarlo fijamente, como si fuera un cervatillo deslumbrado por los faros de un coche.

–Esto es Holiday House, ¿verdad? Estaba buscando un sitio en el que pasar la noche.

–Vaya, me temo que Holiday House está lleno esta noche.

Ya resolvería él ese problema.

–Qué pena…

–¿Usted… está con su familia?

–No. He venido aquí por negocios. Estoy solo.

–Ah, vaya. Bueno, entonces supongo que no necesita un árbol de Navidad.

Rocco jamás había necesitado un árbol de Navidad. No se le ocurría nada más prescindible. Solo servía para atrapar polvo y dejar suciedad por todas partes.

–No, gracias. No necesito. Sin embargo, había oído que Holiday House es un hotel muy hermoso. ¿Le importa que suba para verlo?

–Por supuesto que no.

–Gracias. No me gustaría haber venido hasta aquí y ni siquiera haberlo visto.

–¿Dónde ha oído eso?

–Estoy seguro de que está en alguna lista de hoteles rústicos.

–¡Ah, sí! La revista Home & Garden, Town & Country and Countryside hizo un artículo sobre el hotel.

–Sí, esa debió de ser –replicó él. ¿De verdad se creía aquella mujer que él leía revistas, como si fuera un anciano en la sala de espera del médico?

La nariz se le iluminó mientras ella le observaba. Sí. Podría haber sido muy guapa, aunque resultaba difícil asegurarlo con la ropa que llevaba puesta. Tenía los ojos dorados, los labios rosados y gruesos… Pero la nariz… y los cuernos…

–Me llamo Noelle. Noelle Holiday.

–Encantado de conocerla.

Efectivamente, aquella era la mujer a la que tenía que encandilar. La mujer a la que tenía que convencer para que firmara los papeles. Tendría que hacerle una oferta que ella no pudiera rechazar y qué mejor manera de hacerlo que encandilándola.

–¿Y usted es?

–Rocco. Rocco Moretti.

–Bueno, pues encantada de conocerlo, señor Moretti. ¿Por qué no se toma una taza de sidra por cuenta de la casa?

La mujer se dio la vuelta y tomó un cucharón de una olla, lo sumergió en un humeante líquido y lo sirvió en un vaso de cartón.

Rocco frunció los labios involuntariamente y trató de sonreír. ¿Dónde estaba la higiene en aquel gesto? Sin embargo, no le quedó más remedio que aceptarlo. Tenía que encandilarla. No debía olvidarlo.

–Muchas gracias. No quiero entretenerla.

–No, no es usted ninguna molestia.

Molestia. Rocco jamás se habría imaginado que alguien pudiera considerarlo así. Aceptó el vaso y regresó a su coche. Entonces, comenzó a subir por la ladera, siguiendo las señales que lo llevarían a Holiday House. Cuando llegó junto al hotel, algo se retorció dentro de él. Era una vieja casa de estilo victoriano, tan hortera como todo lo demás.

Salió del coche con el vaso de sidra en la mano. Vertió el líquido en el suelo y observó cómo el vapor surgía de la tierra helada. Entonces, aplastó el vaso con el puño.

Se dirigió al porche de la casa y arrojó el vaso en una papelera que había a la entrada. Se sacudió las manos y entró en el edificio. Había una joven allí de pie, mirando el registro de huéspedes.

–Tengo una petición.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Al final del día, Noelle estaba agotada, pero seguía nerviosa por su encuentro con él. Rocco. Jamás iba a volver a verlo. Él no necesitaba un árbol de Navidad y el hotel estaba lleno, así que no había razón alguna para que volviera a encontrarse con él. Nunca.

Recordó que, al mirarlo, se había sentido como si le hubiera caído un rayo encima.

Por supuesto, jamás había experimentado un día como aquel y eso debería ser en lo que estuviera centrándose. En el triunfo, en el éxito de su gran día de inauguración.

Iba canturreando mientras subía los escalones del porche y entraba en Holiday House.

Los empleados ya se habían marchado y el interior de la casa estaba tranquilo y acogedor. Se asomó a la biblioteca, esperando ver a alguno de los huéspedes allí leyendo o jugando a las damas. Sin embargo, no había nadie.

Frunció el ceño, pero estaba tan cansada que se dirigió directamente a su cuarto sin pensar más.

Su pequeño dormitorio estaba en la buhardilla y tenía también su propio cuarto de baño y una cocina. Por lo tanto, ella podía tener su propio espacio, aunque el hotel estuviera lleno de huéspedes. Era así desde que se hizo cargo de la gerencia del hotel, cuando sus padres decidieron pasar más tiempo lejos de Holiday House.

Antes de que su padre muriera.

Aquel pensamiento le provocó un dolor en el pecho. En realidad, ya le dolía todo el cuerpo y estaba de bastante mal humor, por lo que decidió redirigir sus pensamientos en otra dirección para aliviar aquella desagradable sensación. Se acercó a su tocadiscos y seleccionó un álbum de canciones navideñas que había sido de su abuela. Lo colocó sobre el plato y movió la aguja hasta ponerla sobre el inicio del querido disco. Las voces de las Andrews Sisters resonaron en la estancia mientras ella se dedicaba a llevar a cabo su rutina antes de irse a la cama. Se cepilló los dientes, se lavó la cara y se puso un largo camisón de algodón.

En momentos como aquel, era capaz de imaginarse que vivía en una época más sencilla, en la que sus padres aún estaban con ella. Tal vez incluso la abuela seguía con vida. Momentos que eran difíciles, pero en los que Holiday House era un santuario al que nadie quería derribar.

Seguramente, por aquel entonces Wyoming estaba muy aislado del resto del país y de todo lo que ocurría en él. Parecía un milagro que, en la actualidad, todo estuviera tan conectado. Sin embargo, en aquellos momentos, habría dado cualquier cosa por poder aislar su casa del resto del mundo, del paso del tiempo.

Lo deseó de todo corazón.

Se tumbó en la cama con el disco aún sonando y, lentamente, se quedó dormida.

 

 

Se despertó sobresaltada. El despertador no había sonado. Se giró para mirarlo y, por suerte, vio que era aún temprano. La luz que entraba por la ventana era muy tenue, por lo que se levantó para descorrer las cortinas. En el exterior, todo era blanco. Iba a tener que levantarse para pasar la máquina quitanieves por la carretera. La nevada que había caído había sido totalmente inesperada en aquella época del año.

–Qué lata…

Entonces, pensó en lo extraño que era que, justo la noche anterior, hubiera estado pensando en lo agradable que sería poder separar Holiday House del resto del mundo en aquellos momentos…

En realidad, en aquellos momentos no era lo más idóneo. Tenía el hotel lleno de huéspedes y los empleados tenían que llegar hasta allí para que pudiera haber desayuno, habitaciones limpias y muchas otras cosas.

Se levantó rápidamente de la cama y bajó las escaleras. Se puso las botas que había en el guardarropa y agarró un abrigo largo. Entonces, fue al cobertizo en el que se guardaba la maquinaria, abrió las puertas y entró.

La vieja quitanieves parecía esperarla, siempre dispuesta a llevar a cabo su sagrado deber: limpiar la carretera para que huéspedes y empleados pudieran entrar y salir. Suspiró y se puso tras el volante e hizo girar la llave, que siempre estaba puesta en el contacto.

No ocurrió nada. Aquello era algo que nunca le había sucedido. Normalmente, el motor de la quitanieves rugía al cobrar vida y echaban a andar.

No en aquella ocasión.

Noelle gruñó y lo intentó de nuevo.

Nada.

–Arranca –le ordenó a la máquina, pero esta siguió sin obedecer. Lo intentó una y otra vez, pero sin éxito.

Menudo desastre. Podrían estar aislados mucho tiempo. El hotel no estaba en el mapa general para la limpieza de carreteras en caso de nevada.

Suspiro con fuerza y regresó a la casa. Al entrar, le sorprendió de nuevo lo silencioso que estaba todo. Además, de repente se dio cuenta de que tenía la cabeza algo abotargada. Esperó no estar cayendo enferma además de todo lo que le estaba ocurriendo. Era la época más importante del año para ella.

Se dirigió a la cocina, donde decidió preparar café. Miró también en el congelador para ver si había algo que pudiera hornear fácilmente. Encontró galletas de azúcar. No era exactamente lo que había esperado, pero se puso a prepararlas para que hubiera olores agradables en la cocina cuando los huéspedes se levantaran.

Aún llevaba puestas sus enormes botas y el camisón cuando oyó los primeros pasos en la escalera. Iba a tener que disculparse porque, normalmente, habría habido un desayuno completo, pero solo estaba ella y se había pasado demasiado tiempo peleándose con la quitanieves.

Salió al recibidor y se detuvo al pie de las escaleras. Vio una mano masculina sobre la balaustrada y supo de quién se trataba. En el momento en el que vio los largos dedos, lo supo. En realidad, era ridículo porque solo había visto una sola vez aquellos dedos y, en aquella ocasión, iban enguantados.

Cuando lo vio por fin, ya no le quedó ninguna duda. De algún modo, Rocco Moretti había conseguido pasar la noche en el hotel.

–Buenos días.

Ella lo miró atónita.

–¿Qué está usted haciendo aquí?

–Soy un huésped de este establecimiento.

–Todo estaba reservado.

–Sí. Estaba. Pero decidí que quería alojarme aquí, así que lo hice.

–¿Cómo?

–Tomé medidas…

De repente, Noelle sintió un fuerte sentimiento de trepidación. Estaba aislada por la nieve con aquel hombre. Sola.

Ella dirigía el hotel y jamás había pensado mucho en los huéspedes, en su seguridad ni en nada por el estilo, aunque probablemente debería haberlo hecho. Sin embargo, había crecido allí y jamás se había preocupado al respecto.

En aquellos momentos, la casa le pareció mucho más pequeña. Lo miró y se echó a temblar, aunque no era solo por miedo. Una fuerte tensión se apoderó de ella.

–¿Y qué medidas tomó exactamente?

–Le pregunté a la chica que trabaja en la recepción que me diera la información de los huéspedes que habían reservado habitaciones para anoche.

–No puede hacer eso. Los datos de los huéspedes son privados y…

–Todos estuvieron encantados de aceptar el plan alternativo que yo les ofrecí, en especial cuando les dije que había un problema con las cañerías de este hotel.

–¿Y por qué les dijo eso?

–Porque quería alojarme aquí. Aunque admito que tal vez me excediera un poco.

–¿En qué sentido?

–Bueno, no tenía por qué alquilar todas las habitaciones, pero lo hice.

–Yo… no comprendo.

–Les ofrecí a todos los huéspedes el reembolso de lo que habían pagado y luego les ofrecí alojamiento gratis en mis hoteles de Jackson.

–¡Jackson!

–Sí. Estuvieron encantados de aceptar la oferta. Las habitaciones son mucho más caras que las suyas.

–¿Cómo pudo ofrecerles un reembolso a mis huéspedes?

–Bueno, en realidad no lo hice. Simplemente, les di dinero de mi cuenta bancaria, así que la verdad es que a usted le van a pagar dos veces por la misma habitación. Ellos y yo. Creo que le parecerá de lo más satisfactorio.

–Yo… ¿Me está diciendo que usted es el único aquí?

–Sí.

–Pero eso es… de locos. Supongo que se da cuenta, ¿verdad?

–¿Y por qué es de locos? Lo que quería es tener el control de esta interacción.

–¿Por qué?

–¿De verdad no sabe quién soy?

–Me dijo que se llama Rocco.

–Sí. Me llamo Rocco Moretti. Soy de Rockmore Incorporated. Me ofrezco a comprarle este hotel.

Noelle sintió que el alma se le caía a los pies. ¿Ese era el hombre, su enemigo número uno, el que estaba tratando de arruinarle la vida y toda su existencia?

–Su madre me dijo que no estaba teniendo suerte con usted. Me sugirió que viniera a hablar con usted.

–No pienso acceder a la venta.

–¿De verdad? ¿No va a permitir que su madre tenga una generosa cantidad de dinero?

La ira se apoderó de Noelle.

–Esto es lo que me queda de mi padre –dijo–. De su familia. Holiday House tiene nuestro apellido. Significa mucho más que el dinero.

–No para su madre. Ya no.

Noelle apretó los dientes y lo miró de arriba abajo, ignorando los fuertes latidos de su corazón ante un rostro tan hermoso.

–No hable de cosas que no comprende. Mi madre está tratando de encontrar un nuevo modo de vida y eso ha sido fuente de tensión entre nosotras, pero usted no la conoce.

–No necesito conocer a su madre, ni a usted, para saber que, al final, cambiará de opinión. La gente siempre cambia de opinión. Puede seguir aquí viviendo con dificultades o cobrar una buena cantidad de dinero y marcharse a otro lado a llevar una vida muy feliz.

–No.

–La verdad es, señorita Holiday, que, si no accede, todas las ventas del resto de las parcelas se anularán también. Sus actos tendrán un fuerte impacto en el bienestar de sus vecinos porque no puedo construir alrededor de… esto –comentó señalando a su alrededor con cierto desprecio–. Muchas otras personas quieren vender. ¿Se imagina la buena voluntad con la que terminará en esta ciudad si arruina las ventas de todos?

–Me está manipulando…

–Sí, soy bastante manipulador –admitió él con una sonrisa–. O eso me han dicho –añadió. Levantó la mano de la balaustrada una vez más y se frotó los dedos, como si tocar la madera le ofendiera.

–Esta ciudad no necesita un hotel grande y moderno.

–Muchos estarían en desacuerdo con usted.

–Bueno, esas personas no tienen sentido de la historia.

–Historia… ¿Y qué me va a contar usted de la historia? Usted es estadounidense. Su versión de la historia en este continente es muy nueva comparada a mi sentido de la historia. Yo soy italiano.

–Pues enhorabuena, supongo, pero quitarle valor a lo que esto significa para mí no va a hacer que cambie de opinión.

–Está bien. Propongamos otra solución. Yo le ofreceré una compensación más que generosa a usted. Y, si no quiere marcharse de este lugar, puedo ofrecerle un trabajo aquí. Dirigiendo el hotel, siempre que considere que sea usted capaz de ello, claro está.

–Yo no quiero trabajar para usted. yo trabajo para mí misma en mi propio negocio. Si no puede comprender por qué eso es diferente…

–Claro que lo comprendo –afirmó él bajando el resto de los escalones. Entonces, miró a su alrededor–. Esto es… muy pintoresco, pero debe admitir que el apetito por esta clase de hoteles nunca ha sido más bajo que ahora.

De repente, Noelle sintió un fuerte deseo de estornudar. No pudo contenerse. Estornudó con fuerza, cubriéndose el rostro con la mano lo mejor que pudo.

–¿Se encuentra bien?

–Me siento algo decaída…

–Qué mala suerte…

–Bueno, las tareas no esperan a nadie. Tengo que arreglar la máquina quitanieves.

–Si trabajara para mí, las tareas sí que esperarían. Podría tomarse una baja por enfermedad.

–Bueno, pero no hoy, señor Moretti.

–¿De verdad lo cree?

–Sí.

–No estoy seguro a qué se cree que está jugando.

–Pues recuérdeme usted a qué juego está jugando usted –replicó–. Porque tengo mucha curiosidad. ¿Cómo me dijo exactamente que se llamaba?

–He venido aquí para convencerla de que, en realidad, usted no quiere estar en este lugar.

–Qué irónico… Porque ahora no puede salir usted de aquí.

–¿Cómo ha dicho?

–Veo que es usted la clase de hombre que está acostumbrado a salirse con la suya y que se cree que lo puede controlar todo. Sin embargo, lamento informarle, señor Moretti, que es usted incapaz de controlar las inclemencias meteorológicas.

Capítulo 3

 

 

 

 

 

Rocco miró a su alrededor y experimentó una creciente sensación de incomodidad. Había cosas por todas partes. Solo había dos palabras para definir la utilidad de aquella decoración: atrapar polvo. Ni le divertía ni le impresionaba. Por lo que a él se refería, cuanto antes pudiera demoler aquel lugar, mucho mejor. Representaba la antítesis de todo lo que él creaba en sus hoteles. Le gustaban los espacios de líneas limpias, minimalistas. Lujo moderno, sin tonterías.

Aquella casa era precisamente eso, una tontería. Y, además, aquella… criatura que no paraba de estornudar y que iba vestida con un camisón acababa de decirle que estaba atrapado allí.

Además, estaba… ella.

En aquel momento, no iba disfrazada de reno. Tenía el cabello rojizo revuelto y el rostro cubierto de pecas. Llevaba puesto también un jersey enorme, con dibujos de copos de nieve. Como ser humano, era totalmente maximalista.

Y también era muy hermosa. Era todo lo que nunca había querido envuelto en un atractivo paquete que debería estarle totalmente prohibido.

Rocco no estaba acostumbrado a la atracción por lo prohibido. Su vida era controlada, con un espacio propio que contenía todo lo que él, específicamente, había incluido en su interior.

Aquel lugar no formaba parte de su mundo. Y, desgraciadamente, la meteorología escapaba a su control. Además, cómo se sentía con aquella mujer era una de esas cosas que le resultaban tan extrañas, envuelta en una deliciosa y suave piel.

¿Qué era todo aquello? Si se trataba de temas sin resolver de su infancia que volvían para atormentarlo, no iba a permitirlo. Tal vez decía mucho sobre él que tuviera de repente miedo de que el tormento de su infancia se hubiera manifestado en su vida adulta con la forma de una mujer que, evidentemente, representaba el caos.

Era un avance psicológico. Todo lo que no había podido controlar de niño parecía querer intimar con ello en su edad adulta.

–A mí nada me impide salir de un sitio.

–Tal vez hasta ahora no, pero creo que eso es precisamente lo que le está pasando en estos momentos. Está atrapado aquí.

–¿Qué quiere decir exactamente?

Rocco se dirigió a la puerta principal y la abrió. Vio que en el exterior todo estaba cubierto de un manto blanco. No se trataba de que solo hubiera nieve en el suelo, sino que esta seguía cayendo con fuerza y que, además, había una ligera bruma a su alrededor. Todo era blanco.

Se volvió para mirarla.

–¿Qué es lo que se hace normalmente en situaciones como esta?

–¿Normalmente? –repitió ella arrugando la nariz–. Bueno, normalmente, yo paso la máquina quitanieves, pero el problema es que eso no lo puedo hacer ahora porque la quitanieves no arranca.

–¿Que no arranca?

–No –consiguió ella responder antes de soltar un enorme estornudo–. No. Mi quitanieves no funciona. Nunca había ocurrido antes y yo no sé nada de mecánica.

–¿Cuánto tiempo cree que va a durar esto?

–No lo sé. Esto va a ser parte de su realidad si usted piensa comprar aquí. Si de verdad cree que es aquí donde va a estar su moderno y lujoso hotel.

–No me resultó difícil llevarme a sus clientes a mi hotel.

–Gratis –afirmó ella–. Y solo porque les dijo que este hotel estaba hecho un asco.

–Está hecho un asco. ¿Cuánto tiempo cree que va a pasar hasta que, efectivamente, se encuentre con un problema de fontanería realmente insalvable?

–Eso no va a ocurrir porque, en realidad, está en muy buen estado.

En aquel momento, un temporizador comenzó a sonar en la cocina.

–Un momento.

Ella entró en la cocina y Rocco la siguió. Vio la cocina, grande y limpia, más moderna que el resto de la casa. Suponía que había sido actualizada para cumplir con la normativa. En realidad, no importaba, dado que toda la casa sería demolida cuando él hubiera comprado aquella parcela, pero… Por el momento podría servir. Si no, se moriría de hambre.

Ella se inclinó y abrió el horno. Se puso un paño encima de la mano y sacó una bandeja de galletas.

–¿Qué es eso?

–Es… el desayuno. Más o menos. Estaba tratando de preparar algo lo más rápidamente posible dado que estuve mucho tiempo fuera tratando de arrancar la quitanieves.

–¿Preparó la masa esta mañana?

–No –admitió ella.

–Yo no como sobras.

–¿Que no… que no come sobras?

–No –afirmó él sacudiendo la cabeza.

Rocco no explicó su respuesta. No tenía que hacerlo. Eso era lo que prefería hacer con su dinero.

–No sé si tengo… muchas cosas aquí…

Él se dirigió al frigorífico y lo abrió. Sacó un cartón de huevos.

–Con esto bastará.

Noelle de repente pareció alarmada. Luego, se apartó inmediatamente de él, de la bandeja de galletas y del horno y volvió a estornudar.

–De todas maneras, no deseo que usted prepare la comida. Me haré unos huevos.

–¿Sabe hacerlo?

–No lo he hecho antes, pero eso no significa que no sepa cómo hacerlos.

Noelle volvió a estornudar.

–Está enferma. No deseo que usted esté cerca de mi comida.

–Vaya… pues lo siento. ¿Y qué quiere que haga?

–Quiero que se vaya de aquí.

Noelle obedeció, no sin antes agarrar una cafetera y dos tazas. Su obediencia resultaba sorprendente porque, desde el momento en el que se encontraron aquella mañana, ella no había dejado de mostrarse muy poco colaboradora.

Rocco no entendía nada. La mayoría de las personas estaban encantadas de aceptar sus cheques. Vivir en un lugar como aquel no podía ser fácil. Había pocas recompensas para las personas que trabajaban tan duramente como ella lo hacía. En realidad, a medida que iba expandiendo su imperio, había descubierto que no era habitual que la gente se resistiera, por lo que ni siquiera tenía preparado un modo de actuar para los que se opusieran. Normalmente, lo único que tenía que hacer era dejar claro que era sincero sobre el dinero que ofrecía. Después, la gente aceptaba el cheque y le daba la tierra que quería.

Lo que estaba ocurriendo en aquel caso era… extraño. En su opinión, se debía a un comportamiento mentalmente inestable. La gente que muestra tanto apego a un lugar específico o a un objeto hasta el punto de no poder deshacerse de ello… Rocco estaba seguro de que les ocurría algo.

Miró a su alrededor, sin saber dónde encontrar un cazo en aquella cocina. Fue abriendo cajones hasta que se percató de que había uno debajo de la cocina. En su interior, encontró una sartén pequeña. Le serviría. Lo único que tenía que hacer era encontrar una receta para hacer huevos en ella.

Se imaginaba más o menos cómo hacerlo, pero decidió buscar la receta de todos modos. Era un perfeccionista. Y descubrió que había mucho más de lo que había imaginado en un principio. Sin embargo, seguir la receta le permitiría ejercer el nivel de control que requería.

Se pasó más tiempo del que le habría gustado admitir buscando un bol y una batidora de mano. Entonces, siguió las instrucciones de la receta que había encontrado en su teléfono y se dispuso a prepararse unos huevos revueltos.

Le costó hacerlo, pero, antes de lo que se había imaginado, había preparado una docena de huevos revueltos. Los dividió para que él pudiera quedarse con la mayor parte y ella tuviera un poco. Entonces, añadió una galleta en el plato de Noelle. Evidentemente, ella se habría conformado con las galletas.

Salió de la cocina, pero no la vio. Avanzó por el pasillo con los dos platos en la mano hasta que vio un comedor. Ella estaba sentada a una mesa muy adornada con un mantel de encaje.

–Aquí tiene –le dijo colocándole el plato delante.

–Huevos revueltos y una galleta –dijo ella.

–Sí.

–Bueno, yo tengo café aquí.

Rocco se sintió cómodo con eso. Le gustaba el café solo y fuerte y aquel sería más que suficiente.

–¿Por qué no come sobras? ¿Es que es demasiado elegante para hacerlo?

–Yo… no soy elegante.

–Entonces, ¿por qué? Me pareció un comentario de lo más esnob por su parte, además de ser un desperdicio. En todo caso, no eran sobras. Eran galletas preparadas y congeladas, listas para hornear.

–Ah. Está bien.

–Pero ¿por qué no come sobras?

–¿Es que no le molesta no saber cuánto tiempo lleva hecha la comida?

–Jamás lo había pensado.

–En ese caso, resulta evidente que nunca ha comido nada que esté caducado.

–Mm, no. Es decir, sí que he encontrado cosas en el frigorífico que no deberían haber estado allí.

–De vez en cuando, ¿no?

–Sí, en un par de ocasiones.

–Eso es. Pues tal vez le parecería algo diferente si eso ocurriera con más regularidad.

Noelle no pudo sacarle nada más.

–Le aseguro que no va a convencerme para que venda. Estamos en un impasse.

–¿De verdad le parece justo? Su madre está desesperada por que usted cambie de parecer.

–No está desesperada. Solo quiere deshacerse de todo lo que era de él y eso no es justo.

–Noelle –dijo él llamándola por primera vez por su nombre; este sonaba muy raro en sus labios–, estoy seguro de que te das cuenta de que es una tontería que te enfrentes a mí.

–No me estoy enfrentando a ti. Simplemente no voy a vender. Es mi elección y mi derecho.

–Estoy seguro de que tienes un precio.

–Ve a construir tu hotel en otra parte. ¿Por qué te importa tanto tener este hotel?

–Porque debo seguir construyendo. Y este es un lugar excelente para hacerlo.

–¿Y por qué tienes que seguir construyendo?

–Para expandir mi negocio.

–¿Acaso no eres ya algo así como uno de los hombres más ricos de todo el mundo?

–Ayer ni siquiera sabías quién era yo cuando me presenté y ahora vas y afirmas esto sobre mi estatus y mi riqueza.

–Te busqué en Google mientras estabas haciendo los huevos.

–Está bien. Sí, lo soy.

–Entonces, ¿por qué?

–Tengo que expandir mi empresa un dos por ciento todos los años para que no se disuelva. Eso fue lo que estipuló mi madre en su testamento.

–¿De verdad?

–Sí.

–¿Significa eso que simplemente perderías la titularidad de la empresa si no…lo consigues? ¿Y quién está al mando?

–Una junta a la que, por supuesto, les encantaría que yo perdiera el control porque eso significaría que lo tienen ellos. Y no voy a consentirlo.

–¿Tanto te gusta tu empresa?

–¿Que si me gusta mi empresa? ¿Qué significa eso?

–A mí me encanta Holiday House. Me encanta. Entre estas paredes, siento el legado de mi familia. Los recuerdos de mi padre. Adoro este lugar. Significa mucho para mí. ¿Te sientes tú así sobre Rockmore?

–No.

–Entonces, ¿por qué te importa tanto?

–Porque me niego a perder.

–¿Y qué estarías perdiendo?

–El juego. No cedo el control, cara.

Noelle arrugó la nariz y, muy a su pesar, a Rocco le pareció un gesto encantador.

–Ni cedes el control ni comes sobras. Interesante.

Noelle volvió a estornudar. Rocco luchó contra el desagrado que le producía todo lo que estuviera relacionado con los gérmenes.

–Debes irte a la cama. Estás enferma.

–Ciertamente, en otras ocasiones he estado mejor…

–¿Qué harías si tuvieras el hotel lleno de huéspedes?

–No lo sé… –dijo. Entonces, frunció el ceño–. Me niego a darte las gracias.

–No te estoy pidiendo que me las des, aunque deberías pensarlo.

–¿Y hay otro modo para que puedas… parar para siempre? –le preguntó ella tomando entre las manos la taza de café, como si tuviera la intención de llevársela a la cama.

–¿A qué te refieres?

–A que… –dijo ella sacudiendo la cabeza–. ¿Hay otro modo que te permita detener la expansión?

Rocco dudó sin decirle la verdad. Como todo lo que se refería a su madre, resultaba incomprensible. En cierto modo, le resultaba humillante.

–Sí –dijo por fin–. La hay.

–¿Y de qué se trata?

–Tengo que casarme. Y tener un hijo.

Noelle parpadeó asombrada.

–Tu madre era bastante controladora.

–No tienes ni idea.