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Eusebio está preocupado por su abuelo, que lleva una vida muy aburrida y no es feliz. Entonces decide encontrarle un amigo. Eso sí, no valecualquier amigo, así que ¡lo fabricará él mismo! Pero la tarea resultará mucho más difícil de lo que parecía al principio...
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Seitenzahl: 86
Veröffentlichungsjahr: 2024
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El primer libro que Fernando Lalana publicó en Altamar era una obra de teatro, Edelmiro II y el dragón Gutiérrez, que escribió con 22 años.
Ahora, tiene 66 años, 150 libros publicados y un montón de premios en España y en el extranjero, incluidos el Premio Nacional y el Cervantes Chico.
Le encanta leer, el teatro y los ferrocarriles, por ese orden. Escribir, en cambio, no le gusta demasiado, pero le sale bastante bien. Todavía.
Una de sus novelas fue llevada al cine y, aunque no ganó ningún Óscar, ahora Fernando tiene un nieto que se llama así.
Hola, queridísimo lector, seas quien seas.
En El abuelo Repe vas a encontrar nietos listísimos y abuelos de los de antes, con su boina y todo; ciencia a raudales, cine del bueno y un montón de palabras nuevas que no habrás oído jamás. También aprenderás cómo era la vida cuando yo tenía tu edad, hace muchísimos años, tan diferente de la de ahora, sin móviles ni Fortnite.
En cambio, lo de enamorarse era más o menos igual que ahora, te lo aseguro.
De todas formas, si no entiendes algo de este libro, pregúntaselo a tu abuelo.
Fernando Lalana
Esta historia que tienes entre las manos no sucede en la actualidad sino en un pasado remoto y casi olvidado, llamado «el siglo xx». Fue este un siglo largo, de unos cien años más o menos. En aquel tiempo, aunque ahora nos parezca mentira, no existían los teléfonos móviles; los televisores eran «de tubo» y emitían peligrosos rayos catódicos; las películas de cine se veían en las salas de cine, pagando entrada; los bazares chinos se llamaban «todo a cien»; los maestros daban pescozones a los alumnos que se portaban mal; las enciclopedias eran libros gordos de papel, y las personas mayores que quedaban solas vivían sus últimos años en casa de sus hijos y nietos, en lugar de hacerlo en las maravillosas residencias de hoy en día.
Sé que todo esto resulta increíble, pero fue así.
El (viejo) autor.
Eusebio Valbuena era ese tipo de niño al que algunos definirían como prodigio y al que casi todos calificaríamos de insoportable. Aprendió a decir «papá» a los once meses; y a los dos años ya decía «dubitativo» e «iconoclasta».
Siempre fue muy listo y espabilado. Al principio de su existencia, hasta los ocho años, les hacía a sus padres preguntas dificilísimas. A partir de los ocho y medio, decidió no preguntarles nada más, cuando descubrió que su padre se inventaba las respuestas.
—Papá, ¿qué es un ciclotrón?
—¿Un ciclotrón? Pues… es una carrera ciclista muy gorda, muy gorda.
—¿Como el Tour de Francia?
—Sí, pero más gorda. Con cien etapas de dos mil kilómetros cada una.
Eusebio asentía y se marchaba a su cuarto para apuntar la respuesta en su libreta de tapas marrones. Y su padre apretaba los puños.
—A ver si se cree este mocoso que me va a pillar en falta. ¡Me tiene frito!
—Pues anda que a mí… –suspiraba su esposa, doña Manolita, la madre del portento–. El otro día me preguntó qué es una prensa de Pascal. Y yo le dije que es una revista.
—¡Pero, mujer…!
—¡Y yo qué sabía! Cuando mi padre baja al quiosco a por el periódico, dice que va a por la prensa, ¿no?
—Pero la prensa también es una parte del cerdo. Así que yo creo que la prensa de Pascal debe de ser como el jamón de York: un tipo de fiambre.
—¡Qué buena deducción, Gerardo, marido mío!
Doña Manolita se echó hacia atrás en el sillón, dejando descansar en su regazo el ejemplar del ¡Hola! que leía.
—¿Sabes qué, cariño? Estoy preocupada por Eusebio. Me parece que ya no se cree nuestras explicaciones. Ahora, las comprueba. El otro día lo pillé consultando a hurtadillas la enciclopedia Larousse.
Don Gerardo se llevó las manos al pecho.
—¡Qué me dices! ¿Que tenemos en casa una enciclopedia Larousse? ¡Y yo sin enterarme!
—Normal. Como la pagamos a plazos…
—Este hijo nuestro no nos da más que disgustos. Me pregunto a quién habrá salido. Porque en mi familia no somos así.
—¡En la mía, tampoco! Los Carballo somos todos muy normales. De aprobados y notables.
—Mujer, normales, normales… No lo dirás por tu hermana, la escritora.
—¡Eh, eh, que Matilde no es escritora de verdad! Solamente escribe libros para niños.
—Peor me lo pones… En fin, que a veces pienso si este hijo nuestro no será adoptado.
—En ocasiones, también yo dudo. Pero si fuera así, nos habríamos dado cuenta, ¿no crees, Gerardo?
A los nueve años y medio, Eusebio descubrió que poseía una mente analítica, cuando empezó a interesarse por las noticias relacionadas con la ciencia. Esas que se ponen de relleno en las páginas pares de los periódicos.
Un día recortaba un artículo que decía:
Según los físicos nucleares Gell-man y Zweig, los quarks son los constituyentes fundamentales de la materia.
A la semana siguiente, estudiaba con detenimiento un anuncio de gafas fototrópicas. O sea, las que se oscurecen cuando les da la luz del sol.
Un tiempo después, leyó en su revista favorita que en la Universidad Cornell, New York, USA, había entrado en funcionamiento un colisionador de hadrones con una potencia de doce gigaelectronvoltios.
—Don Blas, ¿qué es un hadrón? –preguntó luego Eusebio, en clase de ciencias naturales.
—El que roba a los demás.
—Ladrón, no. Hadrón. Ha, ha. Con hache.
—Eso no existe.
—Sí que existe. Lo he leído en el Muy Interesante.
—¡Esas revistas son muy peligrosas! –proclamó don Blas, agitando el dedo índice–. Embarullan la mente y carecen de rigor.
—¿Entonces existen o no existen los hadrones?
—¡Que no, pelma! Lo habrás leído mal.
—¿Yo? ¿Leer yo algo mal?
Don Blas apretó los dientes. En efecto, un error así en Eusebio resultaba poco probable.
—Bueno, pues… será una errata.
Y Eusebio apuntaba en su cuaderno de color anaranjado: «Investigar sobre el colisionador de ladrones. (?)».
—¿Y un gigaelectronvoltio? ¿Qué es un gigaelectronvoltio, don Blas?
—¡Otra errata!
—¿Dos erratas en la misma página? Harto improbable. Yo diría que no sabe usted lo que es. Reconózcalo y se sentirá mejor.
Y a don Blas le empezaba a salir humo de las cejas.
—¡Claro que lo sé, insurrecto! ¡Un gigantelonvoltrio es el sopapo electrónico gigante que te voy a atizar como me sigas hinchando las narices! Aquí, el que pregunta soy yo, niño. ¡Que me pones de los nervios!
Tiempo después, cierto día en que los vencejos surcaban raudos los cielos, como pequeños aviones a reacción, Eusebio oyó comentar en la tele a un señor con barba que «la ciencia, sin alma, ni es ciencia ni es nada». No entendió la frase, pero le pareció bonita. De inmediato, corrió a su cuarto, la escribió en su cuaderno de tapa roja con su mejor letra y, luego, arrancó la hoja y la sujetó con cinta adhesiva en la cabecera de su cama. Decidió que esa iba a ser su frase favorita. La frase que iba a guiar su vida de ahí en adelante.
Cada noche, antes de acostarse, leía tres veces su frase favorita. Muy despacio. Con mucha entonación. Y, poco a poco, empezó a comprenderla. Lo que quería decir era que la ciencia no puede consistir solo en grandes investigaciones, enormes laboratorios y ecuaciones escritas sobre una pizarra. La ciencia debe estar al servicio de las personas. Los científicos investigan y experimentan para intentar que las personas vivan mejor y sean más felices.
«¡Claro que sí! –pensó Eusebio. Y decidió–: Eso es lo que voy a hacer en la vida a partir de hoy mismo».
Como un primer paso, Eusebio se propuso hacer completamente feliz a toda la humanidad.
Tras cavilar durante varias horas sobre el mejor modo de lograr su propósito, llegó a la conclusión de que la tarea resultaba bastante complicada y que quizá debería empezar por algo más modesto. Por ejemplo: tratar de hacer un poco más felices a algunas personas. Después de eso, ya iría avanzando hacia la felicidad universal.
Decidió iniciar su experimento con quienes tenía más cerca. Y, desde luego, la persona que más cerca tenía era su abuelo Aquilino, que dormía en el cuarto de al lado.
Aprovechando el comienzo de las vacaciones de verano, Eusebio comenzó a observar a su abuelo detenidamente a todas horas, apuntando todo lo que le parecía interesante en su cuaderno especial de color amarillo adquirido para esta investigación en la papelería de la esquina, que se llamaba Paraíso de Cuartillas, aunque todos en el barrio lo conocían como «el todoacién del señor Wu».
Después de noventa y seis horas netas de minuciosa observación, Eusebio llegó a la conclusión de que su abuelo era muy poco feliz.
La abuela Agripina murió joven, por culpa de unas fiebres que ningún médico supo reconocer a tiempo. Desde entonces, el abuelo Lino había vivido solo; pero, al jubilarse de su trabajo como zapatero, vio que con el dinero de su pensión no le llegaba para pagar el alquiler del piso, así que tuvo que irse a vivir a casa de una de sus hijas, la madre de Eusebio.
Desde entonces, Aquilino Carballo se aburría como un mejillón de roca. Carecía de aficiones más allá del fútbol, así que, cuando no estaba en casa viendo la tele, estaba en el bar Celta viendo la tele. El Celta era un bar decorado en colores blanco y azul celeste, propiedad de don Amancio Castiñeira, donde servían, entre otras cosas ricas, estupendas raciones de empanada de pulpo. Por cierto, en la enorme tele del bar Celta solo se veían los partidos del Real Club Celta de Vigo (que entonces jugaba en segunda B) y eran un tostón.
Eusebio anotó en su nuevo cuaderno amarillo que su abuelo no leía libros, jamás iba al cine ni, mucho menos, al teatro. De vez en cuando, ojeaba en el bar Celta un periódico que se llamaba el Faro e intentaba resolver el crucigrama de la penúltima página. Nunca lo terminaba.
