El amor del marajá - Penny Jordan - E-Book

El amor del marajá E-Book

Penny Jordan

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Beschreibung

¡Última hora! ¡La Princesa se da a la fuga y se lía con un marajá! Sophia, la princesa rebelde, huyó anoche de forma sorprendente de la fiesta de compromiso de su hermano tras el anuncio, también inesperado, de su propio matrimonio concertado. Al parecer a Sophia no le entusiasma la idea de esa boda: ha preferido colarse y viajar de polizón en el magnífico avión privado del marajá de Nailpur. El personal al servicio del carismático Ashok Achari no niega que la pareja haya pasado una noche loca antes de que las cámaras recogieran su llegada a Bombay. Lo último que necesita la casa real de los Santina es un escándalo. ¿Conseguirán convencer al marajá para que convierta a la fugitiva en su esposa?

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Seitenzahl: 210

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2012 Harlequin Books S.A. Todos los derechos reservados.

EL AMOR DEL MARAJÁ, N.º 1 - abril 2013

Título original: The Price of Royal Duty

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Bianca son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-3020-2

Editor responsable: Luis Pugni

Imágenes de cubierta:

Pareja: DANIELKROL/DREAMSTIME.COM

Taj Mahal: SZEFEI/DREAMSTIME.COM

Conversión ebook: MT Color & Diseño

www.mtcolor.es

Uno

–Ash...

Sophia Santina, la hija menor de los reyes de la isla de Santina, susurró para sus adentros aquel nombre casi con reverencia. La sensación que le provocó el murmullo en la garganta bastó para que el vello de la nuca se le erizara. Ash. Ese nombre era suficiente para desatar el doloroso eco del deseo adolescente que una vez había despertado en ella. Incluso el aire estaba cargado de electricidad debido a la excitación sexual que la poseía, aunque se hubiera jurado que no se permitiría experimentarla.

Por supuesto, sabía que su hermano mayor lo había invitado a la fiesta de compromiso en el castillo familiar, pero saberlo y verlo, con aquella impactante belleza sensual que tan bien recordaba, eran dos cosas muy distintas.

Lo habría reconocido en cualquier parte. Apenas atisbó a verlo de espaldas cuando él entró en el salón de baile y se giró para rehusar una copa de champán. El movimiento de la cabeza, el cabello fuerte y oscuro, que se le rizaba en la nuca, bastaron para conjurar antiguos recuerdos. Sintió el anhelo de volver a enterrar los dedos en su pelo, de acariciar sus mechones y atraer su boca hacia la de ella. Un escalofrío sensual la recorrió. Algunas cosas no cambiaban nunca. Cierto tipo de deseo, de amor. ¿El primer amor? Seguramente solo los idiotas creían que el primer amor era el único, y ella presumía de no ser ninguna idiota.

No, Ash había acabado con su amor trémulo y tierno al rechazarla, al decirle que todavía era una niña y que se estaba poniendo en peligro al ofrecerse a un hombre de su edad; que tenía suerte de que su sentido del honor le impidiera tomar lo que le estaba ofreciendo. Y, sobre todo, al decirle que, aunque hubiera tenido algunos años más, tampoco se habría acostado con ella, pues estaba comprometido con otra persona.

Sophia se había prometido entonces que en el futuro solo entregaría su amor a un hombre que mereciera la pena y que supiera valorarla, un hombre que la amara tanto como ella a él. Y para cumplir esa promesa ahora necesitaba, precisamente, la ayuda de Ash, por mucho que su orgullo se rebelara.

Dejó en una mesa la copa prácticamente intacta y se dirigió hacia él.

El salón de baile del castillo de la mediterránea isla de Santina, residencia oficial de la familia real, se hallaba abarrotado. Ashok Achari, marajá de Nailpur, frunció el ceño cuando su mirada, oscura como la obsidiana, se deslizó por la escena que tenía delante. Al otro lado de las puertas abiertas del impresionante y elegante salón de baile, con sus lámparas de cristal y sus espejos antiguos, había lacayos vestidos con librea. Algunos miembros de la guardia personal del rey, vestidos con uniforme de gala, hacían guardia delante del castillo, en honor a la ocasión y a los invitados. Al ser miembro de la realeza, Ash recibió su saludo cuando la limusina que lo había recogido en el aeropuerto se detuvo en la puerta principal. Estaba claro que no se había reparado en gastos para celebrar el compromiso del hijo mayor y heredero del rey.

Los demás invitados revoloteaban a su alrededor y el aire estaba cargado de risas y conversaciones. Ash había ido al colegio con Alex, el futuro novio, y seguían siendo buenos amigos. A pesar de ello, no quería asistir a aquella fiesta de compromiso porque tenía asuntos más importantes de los que ocuparse en casa, pero el deber también era importante para Ash, mucho más que sus deseos personales, y ese sentido del deber era lo que lo había llevado a aceptar.

En cualquier caso, había ordenado a su piloto que tuviera el jet preparado para volver a Bombay, donde debía asistir a una importante reunión de negocios por la mañana.

Un sexto sentido le llevó a darse la vuelta justo cuando una morena menuda y exquisitamente bella se dirigía a toda prisa hacia él.

Sophia.

Se había convertido en una mujer, ya no era la niña de la última vez. La adolescente temblorosa al borde de la edad adulta que él recordaba, inocente y ansiosa, que necesitaba protegerse de sí misma, había dado paso a una mujer que claramente lo sabía todo sobre su propia sexualidad y cómo utilizarla. El hecho de que su cuerpo reaccionara en lo que tardó en aspirar el aire y soltarlo señalaba una debilidad dentro de él, de la que no había sido consciente hasta entonces.

Respondía como un hombre ante la feminidad de Sophia, aquello lo había pillado completamente por sorpresa y no le gustaba. No se permitía ese tipo de cosas: suponía un deseo reprimido y él no podía permitirse tener deseos reprimidos, deseos que podrían hacerlo vulnerable. Además, la idea resultaba ridícula. Sophia no era su tipo.

¿No? ¿Entonces por qué su cuerpo reaccionaba como si no hubiera visto nunca una mujer?

No era más que un lapsus. Ella era una mujer, y su cama estaba vacía desde que terminó con su última amante. Sentirse excitado al ver a Sophia resultaba algo completamente natural. Una impresionante melena ondulada enmarcaba el delicado rostro, los ojos oscuros, la boca carnosa, las voluptuosas curvas de su cuerpo... Sophia Santina era un imán irresistible para los hombres. Y su cuerpo reaccionaba en consecuencia. Nada más.

Sería un estúpido si daba más importancia a su reacción. No tenía ningunas ganas de sentirse excitado en aquel momento, por ninguna mujer... y menos por Sophia Santina. Sin embargo, no podía negar que así era. La prueba de la excitación se marcaba bajo la tela de su carísimo traje, a pesar del control mental que estaba intentando ejercer.

Ella seguía acercándose a él y, en cuestión de segundos, se le colgaría del cuello, como había hecho de niña. Y si lo hacía... Su cuerpo sintió un escalofrío de placer. Ash murmuró para sus adentros una palabrota. Era un hombre que se jactaba de controlar sus apetitos, sobre todo los sexuales.

Tras la muerte de su esposa, las mujeres con las que había compartido lecho eran elegantes, de piernas largas y expertas en el arte del placer, con mentes lógicas y vidas en las que no había cabida para las emociones. Mujeres que cuando acababa el juego aceptaban con elegancia el generoso regalo que les hacía y salían de su cama con la misma discreción con la que habían entrado.

Sophia no era así. Él, que la había visto crecer, sabía muy bien que era una mezcla intensa de emociones apasionadas. El hombre que se la llevara a la cama tendría que... Su cuerpo volvió a reaccionar y balanceó el peso de una pierna a otra para tratar de disimular la erección. No se llevaría a Sophia a la cama. Ni esa noche ni nunca.

–Ash –repitió ella dando un paso adelante para abrazarlo.

Abrió los ojos de par en par cuando él le agarró la muñeca con la mano derecha y dio un paso atrás para rechazarla.

¿Cómo podía haber sido tan estúpida? Después de todo, la suya era una historia de rechazo. O mejor dicho, de rechazo por parte de Ash. En su afán por suplicarle ayuda, había actuado de manera imprudente. Tenía que estar más alerta.

Lo único que quería era saludarlo como lo haría con cualquier otra persona. Abrió la boca para protestar y reprocharle que hubiera malinterpretado su gesto, pero volvió a cerrarla cuando recuperó el control de sus emociones. No era el momento de enfrentarse a él, por muy injustamente tratada que se sintiera. Ahora que lo tenía tan cerca podía ver lo que no había detectado antes: el cambio en él estaba escrito claramente en la frialdad de su expresión.

A pesar suyo, sintió en la garganta un nudo de tristeza. El Ash que ella recordaba era un joven cálido y afable que se reía mucho y disfrutaba de la vida. ¿Qué había sucedido para que se convirtiera en el hombre cínico y taciturno que tenía delante? ¿De verdad tenía que preguntárselo? Había perdido a su esposa, una mujer a la que amaba.

Su tristeza se hizo mayor y sintió compasión por el Ash que ella recordaba. Aquel Ash era un joven cuya amabilidad innata, sobre todo con la hermana pequeña de su amigo del colegio cuando venía de vacaciones a la isla, había hecho que esa niña sintiera por primera vez en su vida que alguien la entendía y la valoraba. Su cariño y su comprensión habían significado mucho para ella, y aquel recuerdo era lo que la había llevado hasta él ahora, y no el brusco cambio que se produjo en su relación cuando ella pasó de ser niña a mujer.

Sin embargo, Sophia fue consciente con un repentino vuelco al corazón de que el hombre que tenía delante carecía de aquellas cualidades. Este Ash tenía un aire oscuro y taciturno que ella no recordaba, y también un frío distanciamiento, como si una nube negra hubiera oscurecido el calor de la personalidad del joven que ella recordaba.

Algo en su interior se lamentó por el hombre que fue. Pero Sophia acalló al instante aquel sentimiento. No podía permitirse ser emocionalmente vulnerable ante él. No debía sentir nada por él. No volvería a repetir el mismo error otra vez. Después de todo, ya no tenía dieciséis años.

Aunque debía andarse con cuidado. Y ser consciente de lo que tenía que hacer para conseguir lo que desesperadamente necesitaba. Después de aquella noche, no tendría que volver a ver a Ash. Y estaría a salvo de su propio pasado y del futuro que su padre tenía pensado para ella.

Aspiró con fuerza el aire y habló con frialdad.

–Ya puedes soltarme, Ash. Te prometo que no te tocaré.

No tocarlo, se repitió él para sus adentros. Sophia no podía imaginar que su cuerpo, su virilidad, clamaba por sentir aquel contacto. No le extrañaba que tuviera la reputación que tenía si provocaba aquel efecto en su cuerpo. En su cuerpo, pero no en él. Eso no podía permitirlo.

Le soltó bruscamente la muñeca. La velocidad con la que lo hizo le confirmó a Sophia lo que su corazón ya le había dicho. Que por lo que a Ash se refería, cualquier contacto físico era tan tabú ahora como cuando ella tenía dieciséis años.

Y sin embargo, se recordó, Ash había sido amable con ella. Mucho. Era su héroe, su refugio de seguridad y confort. Tal vez por eso, a pesar de su rechazo, todavía sentía de forma instintiva que Ash era la única persona del mundo a la que podía pedirle ayuda si lo necesitaba. O tal vez se debiera a que estaba desesperada y no tenía a nadie más. Y en aquel momento sin duda necesitaba ayuda. Mucha.

En el pasado la había ayudado. Y no solo eso: la había salvado de la muerte, no una vez sino dos. Y ahora necesitaba que la salvara de otro tipo de muerte. La muerte que suponía ser sacrificada en un matrimonio con un hombre al que nunca había visto, pero cuya reputación indicaba que tenía todo lo que ella no buscaba en un marido.

Tenía que encontrar la manera de atravesar la barrera que había entre Ash y ella, porque sin su comprensión y su ayuda el plan que había concebido no triunfaría. Tomó aire y habló.

–Ash, hay algo que quiero preguntarte.

–Si es a cuál de tus admiradores te vas a llevar a la cama me temo que no puedo aconsejarte al respecto. Además, pareces tener mucha práctica escogiendo al que te conseguirá más titulares y fotografías en las revistas de corazón de todo el mundo.

Era un rechazo brutal y a Sophia le dolió. Sabía que tenía sus detractores, pero no estaba preparada para que Ash fuera uno de ellos. ¿Tal vez porque quería que la recordara como a la niña inocente a la que él solía proteger?

¿Y qué si no era así? Solo se debía a que necesitaba que él recordara aquella relación. Y en cuanto a la afilada punzada de dolor provocada por sus palabras, no tenía importancia. No iba a permitir que ejerciera ningún poder sobre ella. Y sin embargo no pudo evitar defenderse de sus acusaciones.

–Yo hago públicas mis relaciones y tú mantienes las tuyas en privado –se encogió de hombros con fingida despreocupación–. Me pregunto cuál de los dos puede considerarse más honesto.

Tenía sus motivos para dejar que todo el mundo pensara que disfrutaba de una intensa vida sexual. Después de todo, ¿no era esa la mejor manera de proteger algo, de ocultarlo a ojos de los demás?

Que Sophia se atreviera a cuestionar su moralidad era algo que el orgullo de Ash no podía tolerar. Sobre todo cuando en el pasado había asumido la responsabilidad de protegerla de las consecuencias de su emergente deseo sexual. Y también porque tenía que lidiar contra la indeseada reacción física que despertaba en él.

Su voz era tan dura y despiadada como su expresión cuando le dijo con sequedad:

–Me temo que ese tipo de discusiones no tienen ningún atractivo para mí, Sophia, por mucho que sean habituales entre tus amigos. Y ahora, si me disculpas, debo ir a darles las gracias a tus padres por la velada. Tengo que estar mañana por la mañana en Bombay, así que me iré de aquí en avión justo después de medianoche.

¿Tan pronto se iba a marchar? Aquello era algo para lo que Sophia tampoco estaba preparada. La ventana de escape que constituía su última oportunidad se estaba cerrando minuto a minuto. Empezó a sentir pánico.

–Ash, antes eras distinto. Más cariñoso. Una especie de... salvador. Me salvaste la vida –era la desesperación la que la llevaba a comportarse así, a traicionarse de aquel modo–. Sé por las obras benéficas con las que colaboras para ayudar a tu gente lo generoso y bueno que eres con quienes más lo necesitan. Y ahora mismo, Ash, yo necesito... –se detuvo al sentir un nudo en la garganta–. Nunca he podido decirte cuánto sentí la muerte de tu esposa. Sé lo mucho que ella significaba para ti.

Se estaba apartando de ella, podía sentirlo en el aire helado que había entre ellos. Había aprendido de muy pequeña a distinguir las emociones de los demás y a estar preparada para enfrentarse a ellas. No tendría que haber mencionado a su fallecida esposa. ¿Por qué lo había hecho?

Un brillo cruzó por los ojos oscuros de Ash, algo atávico que se remontaba siglos atrás, a un tiempo en el que sus ancestros guerreros eran los dueños de las desiertas llanuras de la India. Sabía que le había enfadado.

¿Por qué? ¿Por mencionar a su esposa? Sophia sabía cuánto amaba a la princesa india con la que se había casado, pero ya habían pasado varios años desde que ella murió y estaba segura de que la cama de Ash no había permanecido vacía durante todo aquel tiempo. Acostarse con alguien era una cosa, pero como Sophia sabía, amarlo era algo muy distinto.

Pero si pensaba que iba a asustarla con su actitud estaba muy equivocado. Sin duda la recordaba como a la niña a la que todo afectaba, pero ya no era esa niña. Y en lo que se refería a sobrevivir al dolor... bueno, podía asegurar que había conseguido un máster en ese campo.

Ash sintió cómo la tensión invadía su cuerpo. Sophia se había atrevido a mencionar su matrimonio y eso no se lo permitía a nadie. Era un tema tabú.

–No hablo de mi esposa ni de nuestro matrimonio con nadie.

Pronunció aquellas palabras en un tono áspero que sirvió para confirmar lo que Sophia ya sabía: Ash todavía amaba a su fallecida esposa. Pero no debía pensar en eso, sino concentrarse en la ayuda que necesitaba de él.

En cuanto supo que venía a la fiesta de compromiso, lo vio como su salvación y su única esperanza para salir de una situación que sencillamente no podía soportar. No debía fallar, por muy vulnerable que se sintiera.

Sophia se había quedado callada. Ash se giró para mirarla. Estaba tratando de parecer segura de sí misma, pero presentía su temor. Era un escudo protector que utilizaba con frecuencia cuando era niña. Una niña que era la menor de la familia y además mujer, y a la que muchas veces desatendían. En contra de su voluntad, Ash sintió que se le pasaba algo de la furia.

Sophia notó cómo su penetrante mirada la escudriñaba como si fuera un águila y, sin embargo, su expresión se había suavizado, y de pronto le pareció que estaba viendo al Ash que quería bajo la dureza que el tiempo había arrojado sobre sus huesos. Y eso resucitó su desesperada esperanza.

Decidió que no había tiempo que perder. Debía ser fuerte y valiente y confiar en su instinto.

–Mi padre quiere que me case con un príncipe español al que ha conocido.

Ash se alteró. ¿Qué era aquella sensación que se había apoderado de su interior y lo había atacado con la velocidad de una serpiente venenosa, provocándole un dolor en el corazón? Nada. Nada en absoluto.

–Así que tu padre tiene pensado un matrimonio diplomático para ti –se encogió de hombros.

–Será un matrimonio forzado y yo seré la víctima –aseguró ella.

Sus palabras eran las de la joven apasionada y sensible que él recordaba. Con qué firmeza defendía su libertad personal, su convicción de que todo el mundo tenía derecho a escoger su propio camino en la vida. Su padre y ella chocaban con mucha frecuencia y, al parecer, en esa ocasión también.

–¿No crees que estás siendo un poco melodramática? –preguntó con torno burlón–. Ya no eres una niña ingenua, Sophia. Los miembros de la realeza se casan con miembros de la realeza, así funcionamos. Los matrimonios se conciertan, nacen herederos y así es como cumplimos nuestro deber hacia nuestro pueblo.

No era así como Sophia había imaginado que reaccionaría. Ella se había pasado la noche en vela anhelando su llegada, necesitada de su apoyo y de su ayuda.

–No estoy siendo melodramática –se defendió–. Pero seguro que tengo derechos como ser humano y puedo decidir mi propio destino sin que sea mi padre quien tome decisiones por mí.

–Estoy seguro de que solo piensa en tu bien.

Ash no quería verse envuelto en aquel asunto. Era un hombre ocupado que estaba a punto de cerrar un contrato cuyo éxito aseguraría el futuro de su pueblo durante varias generaciones.

–No –negó Sophia al instante–. No piensa en mi bien. Solo le interesa conseguir un matrimonio real para la hija menor de la casa de Santina. Él mismo me lo dijo cuando le supliqué que lo reconsiderara, me dijo que tenía que prometerle a este príncipe español que sería una esposa obediente y sumisa, una mujer que no trataría de interferir en su estilo de vida ni en flujo de amantes que pasan por su cama.

Ash no hizo ningún comentario y ella continuó hablando.

–Cuando le dije que no quería casarme, me acusó de ser una ingrata y de ignorar mi deber real. Dijo que me acostumbraría a mi marido. ¡Acostumbrarme! A soportar un matrimonio con un hombre que solo ha accedido a casarse conmigo porque desea un heredero y al que mi padre me ha entregado a cambio de una alianza regia... ¿Cómo va a ser eso por mi bien?

–Tenía la impresión de que un matrimonio así te vendría bien, Sophia. Después de todo está documentado que tu propio estilo de vida es muy similar en lo que se refiere al flujo de amantes.

Aquel golpe hizo que Sophia palideciera y le redobló el dolor en el corazón. No debería importarle lo que Ash pensara de ella. Eso no formaba parte de su plan. Pero la acusación le dolió y no podía defenderse sin contarle más de lo que quería que supiera.

–Pues estás equivocado –fue lo único que se permitió decir–. Ese no es el matrimonio que quiero. No puedo soportar la idea –su voz estaba teñida de miedo, ella misma lo notaba.

Tenía que tratar de mantener la calma. Ni siquiera a Ash podía explicarle el asco, la repulsión que le provocaba verse obligada por ley a entregarse en el lecho matrimonial cuando... no, debía mantener aquel secreto a cualquier precio y no revelarlo, ni siquiera a Ash.

Tomó aire y habló con la mayor calma que pudo.

–Cuando me case, quiero conocer a mi marido y respetarlo a él y nuestro matrimonio. Quiero amarlo y que él me ame. Quiero que criemos a nuestros hijos en un círculo de seguridad y amor –después de todo, aquello era verdad.

Y era una verdad que Ash había oído y no podía negar.

Frunció el ceño. Se veía obligado a reconocer contra su voluntad que había algo en la voz de Sophia que le llegaba al alma, que revivía antiguos recuerdos. ¿Revivirlos? ¿Desde cuándo hacía falta revivirlos? Nunca había olvidado, no podría olvidar nunca.

–Por favor, Ash, te estoy suplicando ayuda.

Dos

Aquellas palabras, las mismas que había pronunciado en el pasado, atravesaron su autocontrol y cortaron las cuerdas que mantenían cerradas las puertas del pasado.

Una vez Sophia le había suplicado algo. La última vez que la había visto acababa de cumplir dieciséis años. Todavía recordaba el impacto que sufrió al verla convertida en una mujer. Era una niña, y de pronto, seis meses después estaba al borde de la edad adulta, una niña todavía a pesar de la madurez física, una niña a la que le resbalaban las lágrimas por las mejillas. Entonces era todavía inocente: ingenua, virginal y vulnerable. Él decidió entonces que no sería quien le robara ninguna de aquellas cosas por mucho que se lo suplicara.

¿Qué había sido de ella durante aquellos años para haberse convertido en la seductora sensual que era ahora? ¿Y qué más le daba a él? La joven de dieciséis años con la que se había sentido tan protector pertenecía a otra vida, a otro Ash.

Ya entonces era increíblemente bella, todo en ella dejaba entrever la sensualidad futura. Entonces encerraba la promesa de un melocotón dulce a punto de madurar, pero seguía siendo una niña comparada con él, y su natural sentido de la responsabilidad y de la moral le impidieron reaccionar ante lo que le ofrecía.

Ash descubrió entonces un sabor amargo en la boca. Porque su rígido código moral se vio amenazado por el impactante deseo sexual que despertó en él al ver su cambio. Un deseo que no debía haber sentido por aquella chica, dado el papel protector que había ejercido previamente en su vida y debido también al hecho de que estaba a punto de casarse.

¿Un deseo que todavía sentía? Tragó saliva. Era una mujer y estaba disponible. Él era un hombre, pero no podía permitirse desearla. No lo permitiría. Después de todo, no le quedaba nada dentro para darle a una mujer como Sophia, quien claramente ponía mucha pasión a sus relaciones, además de deseo sexual.

–Ash, por favor.

El pánico en su tono de voz hizo que él frunciera el ceño y parpadeara dos veces.

–Por favor, Ash, te necesito. No puedo pedirle ayuda a nadie más.

–¿No? ¿Y qué me dices de alguno de esos jóvenes con los que compartes cama?

Sophia se dio cuenta de que aquello se estaba volviendo peligroso. La conversación estaba tomando un cariz que no le gustaba.

–Eso es solo sexo. Lo que yo necesito es tu ayuda.