El ánfora de Babilonia - Pedro Sierra Lira - E-Book

El ánfora de Babilonia E-Book

Pedro Sierra Lira

0,0

Beschreibung

El ánfora de Babilonia es una novela que te transportará a través del tiempo y la historia. En un día aparentemente normal, la vida de la familia Malick cambia drásticamente cuando heredan objetos antiguos. Su hijo Marius, reencarnación de Evilmerodac, hijo del rey Nabucodonosor II, rompe accidentalmente el ánfora, desencadenando un cambio extraordinario. Su hogar se convierte en una puerta de tiempo, trasladándolos a los famosos jardines colgantes de Babilonia. Un giro sorprendente los lleva a cuestionar la realidad de su experiencia cuando despiertan en su casa con la persistente presencia de Marius como Evilmerodac y la llegada del rey Nabucodonosor II, quien asegura haber viajado en el tiempo. La novela destaca la colaboración para enfrentar una amenaza común de fieras salvajes, entre personas de dos tiempos y culturas diferentes, de la época actual y de los babilonios del siglo VI a. C. A medida que exploran las implicaciones de los viajes en el tiempo y las responsabilidades que conllevan, se revelan aspectos de los personajes y se desarrolla una trama que mezcla lo histórico con elementos fantásticos y de ciencia ficción, manteniendo la intriga y la acción a lo largo del relato. El ánfora de Babilonia es una invitación a sumergirse en un mundo donde el pasado y el presente se entrelazan de manera fascinante. ¿Estás listo para embarcarte en este viaje a través del tiempo? ¡Descubre el misterio que se esconde detrás de esta novela!

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 126

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



EL ÁNFORA DE BABILONIA

Pedro José Sierra Lira

© Pedro José Sierra Lira

© El ánfora de Babilonia

Junio 2024

ISBN papel:

ISBN ePub:

Depósito legal:

Número de registro (certificado obtenido en el Registro Público del Derecho de Autor en México): 03-2024-062013371700-01

Editado por Bubok Publishing S.L.

[email protected]

Tel: 912904490

Paseo de las Delicias, 23

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Índice

Capítulo I El ánfora

Capítulo II Babilonia

Capítulo III Los Felinos

Capítulo IV Nabucodonosor II

Capítulo V Salida a la Ciudad

Capítulo VI El tenor italiano

Capítulo VII Vehículos cómodos

Capítulo VIII El viejo león

Capítulo IX El harén

Capítulo X Los Malick

Capítulo XI Primera Parada

Capítulo XII La playa y Astarté

Capítulo XIII El exilio

Capítulo XIV Una nueva familia

Capítulo XV Las promesas se cumplen

Ilustraciones

Capítulo I El ánfora

—¿Qué es eso?

—Es una ánfora antigua, viene de Mesopotamia, su antigüedad es de alrededor de dos mil seiscientos años, según me dijeron.

—¿Y qué haces con ella?

—Me la dejó en su testamento un lord inglés.

—¿Un lord inglés? ¿Y tú que tienes que ver con un lord inglés? ¡No me vayas a decir que desciendes de ingleses!

—¡Bertha, no te burles!

—Es que no entiendo, no me puedo explicar por qué un desconocido te iba a legar algo.

—Yo tampoco me lo he podido explicar, pero acudí a una cita a un bufete de abogados. Me hicieron saber que un excéntrico millonario distribuyó sus bienes entre diversas personas, museos e instituciones y destinó esto para mí.

Al principio me negué a aceptarlo, pero —arqueólogo al fin— cedí, acepté y además del ánfora me dieron un bastón de mando que por cierto dejé en el coche, ahora mismo lo bajo.

—¡Pero qué horror! ¿Qué cosa es eso?

Volvió a la casa con un madero que terminaba en una cabeza de bronce. Mira, es un bastón de mando, tómalo.

Al ponerlo en manos de su esposa casi se le cae por su peso.

—¡Oye Berto! Esto no es un bastón ¡Es un arma! La cara de bronce es la de un horrible oso. Un sólo golpe dado con esta maza mataría a cualquiera.

No lo dejes al alcance de tu hijo porque se lastimará o destruirá la casa.

Pareciera que lo hubieran invocado. Se plantó entre sus papás, arrebató el bastón a su madre, no pudo controlarlo por el peso de la cabeza de bronce y se estrelló en el ánfora que el padre había colocado sobre una mesita auxiliar en la sala.

La vasija de barro se hizo pedazos.

Aunque aparentemente estaba vacía, dejó caer una grava negra mezclada con polvo del mismo color que como humo invadió todos los espacios de la casa.

El padre lo reprendió: —¡Marius, mira lo que has hecho!

—¡No me llames Marius!— Respondió el muchacho de unos doce años. —Ya te dije que me llamo Evilmerodac.

—No hijo, tu nombre es Marius.

—¡No soy tu hijo ni me llamo Marius!

He nacido muchas veces, en muchos lugares, he tenido varios nombres y hace doce años nací como tu hijo, pero mi nombre es Evilmerodac.

Don Humberto respiró hondo para calmarse, vio a su esposa a la cara y con toda la calma que pudo reunir le dijo al niño: —Mira chamaco, ve por una escoba y un recogedor y ayúdame a recoger estos pedazos.

Los pedazos del cántaro y la grava negra fueron colocados en una caja, y Bertha se dedicó a limpiar el polvo que había cubierto todo. Abrió puertas y ventanas, barrió lo que pudo sacándolo de la casa hacia el jardín, entre los tres desempolvaron los muebles y dos horas después se sentaron a cenar sandwiches.

La casa de los Malick era una residencia normal, construida en una superficie de nueve hectáreas de terreno a las afueras de la ciudad. Estaba rodeada de una sencilla cerca de madera en toda su extensión. Se accedía a la propiedad por un amplio portón, también de madera. El entorno inmediato de la casa era jardín con bien cuidadas macetas de flores, después del cual el resto del terreno estaba sembrado con diversos árboles.

Desayunaron temprano, notando los tres cuando salieron que detrás de la cerca había pequeños arbustos que ellos no habían sembrado. Ese día almorzaron en casa de los abuelos maternos e hicieron diversas diligencias.

Cuando regresaron en la noche a su casa no reconocieron el terreno. Detrás de toda la cerca había enormes palmeras, muchas de ellas datileras. La sorpresa de los esposos fue grande, pero el niño no le dio importancia al hecho.

Llegando se metió a su habitación y se durmió. Bertha y Humberto caminaron hasta la entrada de la propiedad y recorrieron el perímetro asustados del cerco de palmeras que creció en un día.

Sin una explicación posible y deseando que fuera una pesadilla, tardaronen conciliar el sueño. Al despertar se dirigieron a la recámara de Marius. Ya se había levantado, salieron de la casa, pero su casa entera estaba dentro de los jardines de un gran palacio, a un lado del jardín.

Capítulo II Babilonia

Entraron por la construcción, la atravesaron, pasaron por dos enormes salones, tomaron guiados por su hijo un pasillo lateral, llegaron a una gran puerta, salieron a un patio y desde ahí pudieron ver una muralla ¡Una muralla! De diez metros de alto con otros diez metros de espesor, con una enorme puerta al centro que daba a la carretera por la que llegaban a su casa.

Regresando de la puerta de la muralla, se dieron cuenta de que habían salido del palacio en que se encontraba su hogar por la puerta de un muro forrado de ladrillos esmaltados en los que a cada lado de la entrada estaba la figura de un león con cabeza de águila.

Las paredes eran de losetas azules con decorados en dorado y blanco con pequeños detalles en rojo. El capitel, después de un tramo azul y un listón dorado, tenía como una serie de troneras.

El arco de la puerta estaba exquisitamente decorado y flanqueado por figuras de leones y una de cabra al centro.

La puerta era monumental, pero un poco más pequeña que la de la muralla.

Entraron al palacio y los papás se dieron cuenta de la majestuosidad del lugar, del rico mobiliario, extraordinarios adornos, de las bellas y olorosas flores colocadas en enormes jarrones, de que Marius parecía conocer a la perfección el sitio, le preguntaron por qué, respondió que no era Marius, sino Evilmerodac, hijo de Nabucodonosor II y que estaban en la casa de su padre.

Jardines Colgantes de Babilonia

—¡Tu padre soy yo!— Le gritó Humberto.

El niño volteó a ver al hombre advirtiéndole que no colmara su paciencia, que le había explicado que antes de nacer como hijo de ellos lo había hecho muchas veces y le habían puesto diversos nombres, pero su padre, Nabucodonosor II lo había llamado Evilmerodac y en consecuencia así debía ser llamado. Que, a ellos, por la situación especial en que se encontraban, no les exigiría que le llamaran príncipe ni que le rindieran honores como correspondía a su posición, pero que guardaran su distancia porque el personal de palacio no permitía faltas al protocolo.

Bertha y Humberto se miraron incrédulos y horrorizados cuando aparecieron dos mujeres y un hombre llevando ropa con la que vistieron al chamaco, lo despojaron de su pijama, le colocaron una especie de bata con la orilla ricamente decorada y encima una túnica, poniéndole un gorro decorado, sandalias y en las manos una especie de bastón o de cetro pequeño.

Hecho esto, con su comitiva se dirigió seguido por sus padres a un gran salón donde estaba un hombre barbado en su trono y alrededor de él numerosas personas que abrieron paso para que condujeran al joven al lado del rey, al que saludó con toda ceremonia, tomando asiento en un escalón a su lado. El séquito volvió por los forasteros que no opusieron resistencia, hasta que trataron de quitarles sus ropas para vestirlos con las túnicas que llevaban para ellos, como no se las quisieron poner, los condujeron por el gran salón hasta el jardín por donde habían entrado, ahí seguía su casa.

Entraron y se sintieron a salvo. Tenían mucha hambre, fueron a la cocina y el refrigerador tenía todo lo que habían comprado el día anterior, se prepararon unos sandwiches, Humberto destapó una cerveza, vio su reloj, marcaba las catorce horas del día, escucharon gritos a la distancia y el ulular de sirenas, no se atrevieron ni a mirar por las ventanas ni a salir de la casa para saber qué acontecía, tiempo después decidiendo acostarse y se durmieron abrazados.

Capítulo III Los Felinos

Todos los vecinos de los Malick vivían en casas con grandes terrenos y ninguno estaba pendiente de lo que ocurría a su alrededor, pero habían notado, sin darle importancia, las grandes palmeras que de pronto rodeaban Villa Baalbek, así como la muralla que de un día para otro sustituyó a las palmeras, fuera de comentarlo entre las familias no hubo nada más.

Los Andrews, dueños de la propiedad que colindaba al oriente, que también tenía su entrada por el norte, contaban con tres hijos, dos varones de doce y once años, así como una niña de nueve. A las once de la mañana se metieron en la alberca, poco después una ayudante doméstica les llevó bocadillos y refrescos que colocó bajo una de las sombrillas.

Cuando la mamá salió a verlos, estaban jugando con una gran pelota. Señalando una palmera,Peter preguntó a su madre qué era eso amarillo y largo que estaba entre las hojas, Mary volteó un minuto y le dijo que parecía una palma seca, que haría que la bajara el jardinero antes de que cayera porque podía asustar a Rusty al caer. El perro de los niños se acercó al cocotero, y comenzó a ladrarle a la hoja seca de la arecaceae. Los niños llamaron a su mascota, tardó en obedecer, pero el beagle al fin corrió hacia la alberca, ejecutó un clavado de campeonato uniéndose al juego de pelota y a la botaneada porque las salchichas le encantaban.

A la una del día llamaron a los niños para que entraran a comer. La mascota quedó afuera hasta que la comida terminó; entonces le sirvieron sus croquetas y lo llamaron, pero no acudió. Lo buscaron en todo el terreno, y al no aparecer, supusieron que se había salido de la propiedad. Mandaron a algunos empleados a recorrer los alrededores, dando aviso a la policía por si era capturado.

Al poniente de Villa Baalbek tenía su propiedad la familia Alanís. Don Alberto y doña Mercedes eran padres de Ezequiel, Manuel y Daniel, de diez, nueve y ocho años de edad, a los que gustaba tener amigos en su casa y no tenían perro desde que Goliat, su rottweiler, mordió a un compañerito de Manuel.

La diversión favorita de los niños eran las competencias de natación. Su alberca se prestaba para el deporte al ser una piscina semiolímpica de diez metros de ancho y veinticinco metros de largo, rodeada de palmeras muy altas, de las llamadas palmas reales y de muchos árboles.

Ese día los amiguitos comenzaron a llegar temprano. Conforme entraban se metían al agua. Notaron que sobresalía del techo de los baños de la alberca una especie de panal de color negro, no dándole mayor importancia porque no vieron abejas.

Entre los niños de la casa y sus amigos eran doce que al principio jugaban juntos, pero cansados de competir unos se tiraron en los camastros, otros platicaban dentro del agua, cuatro se sentaron alrededor de una mesa para botanear y tomar refrescos, Ángel, uno de los más chicos, se levantó de la mesa, entró al baño, tardó mucho, al darse cuenta de que no salía fueron a ver si le había pasado algo, no estaba en el baño, pero había sangre en el piso y en las losetas de la pared.

Parecía como si alguien jugando con una pistola de agua hubiera chisgueteado sangre.

Los gritos de los niños hicieron que llegaran corriendo doña Mercedes, todos los sirvientes, los niños Ezequiel, Daniel, Manuel y sus amigos. No había cuerpo, sólo sangre. Arreciaron los gritos y los llantos, llamaron a la policía y a los papás de los niños, se acordonó el área de la alberca, más de cincuenta patrullas comenzaron a peinar las calles aledañas, invadieron la casa de los Alanís no encontrando el cuerpo del niño.

Durante la investigación, los agentes fueron a la casa de los Andrews enterándose de la desaparición de la mascota de los niños, y estando ahí, el jardinero llegó corriendo a decirles que de una palmera cercana a la alberca cayó el cuerpo destrozado de Rusty.

El equipo forense de investigación de la Fiscalía mandó técnicos, acordonaron el área, tomaron fotografías, huellas, hallaron sangre y parte de las vísceras entre las hojas de la palmera, pequeños pedazos del cuerpo alrededor del tronco de la palma. Antes de retirarse del lugar, declararon que en principio parecía que un gran felino hubiera atacado al perro y lo devoró dentro del penacho de la mata.

De inmediato se dio aviso a la casa de los Alanís, confirmaron que cerca de la alberca había huellas que parecían de un gran felino, revisaron las palmeras y entre las hojas de una hallaron el cuerpo de Angelito. Al parecer el felino lo atacó mordiéndolo en el cuello, lo arrastró, subió el tronco y lo devoró dentro del penacho.

Por más que revisaron la zona, no hallaron al depredador ni huellas de él.

Se emitió una alerta no sólo para la zona de las casas, sino para toda la ciudad, que entró en pánico. No hubo necesidad de toque de queda. La gente se encerró en sus casas, los centros nocturnos quedaron vacíos, se intensificó el patrullaje evitando que los agentes lo llevaran a cabo a pie, los dueños de negocios exigieron respuestas a las autoridades, las policías al no encontrar nada empezaron a desesperarse y comenzaron a violar derechos humanos deteniendo gente por su aspecto, a algunos salvándolos sin querer porque los indigentes estaban siendo víctimas de fieras desconocidas.

Todos los que tuvieron que ver con las averiguaciones, tenían algo que opinar, detectives, médicos, zoólogos y hasta conservacionistas. Los zoólogos y veterinarios afirmaban que no podían ser leones los atacantes, ya que los leones no trepan árboles, mientras los forenses y los detectives aseguraban que sí eran leones, no uno, sino varios y los conservacionistas exigían que una vez localizados los animales se les capturara, no se les matara, logrando con ello la unanimidad en su contra.