Valentina - Pedro Sierra Lira - E-Book

Valentina E-Book

Pedro Sierra Lira

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Beschreibung

Historias con finales inesperados y sucesos encadenados que se detonan por el envilecimiento del Mole, un muchacho que la vida convirtió en un temido sicario, capaz incluso de asesinar a su único amigo y usurpar su identidad. En otro lugar encontramos a Valentina, una hermosa joven de catorce años que se enamora perdidamente de un militar, el coronel Zuñiga, con quien tiene tres críos. Al quedar viuda, ella no puede controlar a sus dos hijos mayores, que amenazan con dejar en ruina a la familia. En la vida de los jóvenes Zuñiga, consumidores y distribuidores de drogas, y luego empresarios de telecomunicaciones, se da una serie de circunstancias que hacen intervenir a la chamana de la Roma, quien protege a su nieta con síndrome de Down, la pequeña Vale, medium que la sustituirá en la dirección del rebaño de sus seguidores.

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Seitenzahl: 217

Veröffentlichungsjahr: 2024

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VALENTINA

Pedro José Sierra Lira

© Pedro José Sierra Lira

© Valentina

Modelo de cubierta: Olivia Stodell Fotografía de modelo: Felipe Hernán Cortés Castillo

Mayo 2024

ISBN papel: 978-84-685-7051-8

ISBN ePub: 978-84-685-7050-1

Depósito legal: M-12280-2024

SafeCreative: 2405097927434

Número de registro (certificado obtenido en el Registro Público del Derecho de Autor en México): 03-2022-080314083900-01, 06 de agosto de 2022, y 03-2024-041908331900-01, 19 de abril de 2024

Editado por Bubok Publishing S.L.

[email protected]

Tel: 912904490

Paseo de las Delicias, 23

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Índice

Capítulo I La Herencia del Coronel

Capítulo II El encuentro con la realidad

Capítulo III El rábula

Capítulo IV Almoloya y la preparación para el futuro

Capítulo V La Güera

Capítulo VI Los Zuñiga y sus negocios

Capítulo VII High School y el Secretario

Capítulo VIII El temblor del ochenta y cinco

Capítulo IX Enamorados

Capítulo X Familia ampliada

Capítulo XI Johana, Jesús y los Douglas

Capítulo XII La inversión en la tienda

Capítulo XIII La investigación en México

Capítulo XIV La Beba y la pequeña Vale

Capítulo XV La boda

Capítulo XVI Encuentro con el destino

Capítulo XVII La herencia de Eduardo Escandón

Capítulo XVIII Coyoacán

Capítulo ILa Herencia del Coronel

Bajo el limpio cielo azul del valle, con el Nevado de Toluca como mudo testigo de sus angustias, la afligida madre buscaba consejo en su suegra, sabia mujer conocida por todo el pueblo como la abuela Julia. Se notaba que había sido muy guapa, blanca “de ojo claro”, delgada hasta la fecha, de gran carácter, protectora de causas justas, temida por los maleantes y amada por la gente de la región.

—¿Qué hago abuela?¿Qué hago?

—Lo que tienes que hacer es no dejarte, tus hijos no tienen derecho de exigirte nada. Su papá los mal acostumbró pero podía controlarlos. A ti la cosa se te salió de control ¿Y ahora qué quieren?

—René quiere que le entregue el rancho, pero con lo borracho y jugador que es, en menos de un año lo habrá perdido. Daniel, para no ser menos, me exige que le entregue la casa y que le dé el dinero de las cuentas bancarias.

—¿Y Chucho?1

—¡Ay abuela! Mi Chucho, como de costumbre, no pide nada. Sólo quiere verme tranquila e intenta protegerme, pero sus hermanos lo golpean cuando interviene. Me da temor que me lo maten.

—¿Qué hago abuela?¿Qué hago?

La mujer de poco más de sesenta años pero con la sabiduría de siglos lo pensó un momento y preguntó:

—¿Y aquél muchacho protegido de tu esposo que lo quería y respetaba tanto, el que fue tu ahijado de boda, sabe lo que está ocurriendo?

—No abuela, me daría mucha pena hablar mal de mis hijos.

—Pero él no es un extraño ¡Es más! Es como si fuera tu hijo.

—¡Ay no abuela! ¡No puedo llamarlo así nada más! No puedo meterlo en mis problemas.

—Tu no podrás, pero yo sí. Los verdaderos amigos se conocen en las situaciones difíciles y yo creo que ese muchacho es tu amigo ¡Casi tu hijo!

—Lo voy a invitar a comer la próxima semana. Le voy a hacer aquél mole2 de guajolote3 que tanto le gusta. Tu no lo sabes, pero él me siguió llamando después de la muerte de mi hijo y por lo tanto tengo su teléfono. Le hablaré y ya que me ponga de acuerdo con él te diré para que vengas. No le cuentes nada de esto a nadie ¿Entendido?

El Teniente Coronel Ifigenio Espota y Mariles, joven esbelto, moreno claro bien parecido, de un metro con setenta y cinco centímetros de estatura, de pelada corta, llegó puntualmente el sábado a casa de doña Julia, el ranchito ahí cerca de Almoloya en que tantas veces había estado con su jefe, el Coronel Abelardo Zúñiga Paredes. Recordaba cada mejora que don Abelardo había hecho para comodidad de su madre, porque algunas a él se las encomendó, convirtiéndose en un nieto dado el cariño que surgió entre él y doña Julia. Llegó el Teniente Coronel con su guapa y amable mujer, Teté Collado y sus hijos Ifigenio y Abelardo, de ocho y seis años respectivamente, altos y delgados como los papás, los que después de saludar con mucha propiedad, salieron de prisa para corretear a las gallinas y recoger huevos que sabían les regalaría la abuela Julia para que se llevaran.

Después de la exquisita comida Teté salió con sus hijos a recorrer la propiedad y al quedarse solos la abuela, su nuera y el Teniente Coronel, la primera planteó la situación ante la afligida madre que ocultaba la vista y no podía dejar de lagrimar.

Al terminar doña Julia el joven militar buscó la mirada de su madrina y le dijo que él sabía todo lo que estaba pasando, pero consideró que no debía intervenir mientras no fuera requerido para ello.

Contó que muchas veces le dijo a su jefe, su padrino, que consentía demasiado a sus hijos y que sus excesos los meterían en problemas, pero al coronel le gustaba que sus hijos fueran muy machos, se pelearan con todos, se emborracharan, apostaran y demostraran siempre su valor y superioridad.

Pero sólo el papá los podía controlar. Cuando él quiso intervenir los muchachos lo amenazaron de muerte y al enterarse de su intromisión su jefe le dejó de hablar como seis meses, con lo que aprendió a no meterse con René y Daniel, pero no dejó de enterarse de sus fechorías que se hicieron mayores a la muerte del padre.

—Así es que, dígame madrina ¿Cómo le puedo ayudar?

—No lo sé hijo, no lo sé, es lo que quiero preguntarte…

—Prefiero que usted me diga…

—¡Bueno! Intervino la abuela, he estado pensando que esto no tiene remedio fácil y que esos malvados van a matar a mi pobre nuera a puro disgusto y luego van a asesinar a Chuchito.

—La única forma de detenerlos y salvar el patrimonio de la familia, es que mis nietos no reciban un centavo de la herencia de mi hijo y se vean precisados a trabajar. Y para eso he ideado una historia perfectamente creíble y como decía mi hijo: a prueba de balas.

—Mira Valentina, desde que murió tu marido han hecho sus hijos lo que han querido, sin que les pusieras límites. René se apropió de la hacienda y de todos los ingresos que de ella se obtienen, que siempre fueron suficientes para que ustedes vivieran como ricos. Mi hijo era muy gastador, mujeriego y parrandero, pero él gastaba lo que ganaba y ganaba muy bien ¿Cómo? No lo sé, nunca lo pregunté, ni quiero saberlo. Lo que me consta es que fue el mejor hijo del mundo, el mejor esposo y que trató de ser el mejor padre, pero ahí sí la regó: confundió el ser un buen padre con ser consentidor y cómplice de sus chamacos en sus fechorías, que eran chistes para él, porque los machos debían comportarse como ellos.

—Pero creo que en el fondo sabía que debía protegerte de sus hijos porque, aunque no lo contaba, mi hijo todo lo ponía a tu nombre o al mío. La mansión en que vives es tuya, lo mismo que el rancho. Los chamacos piensan que eran de su padre, pero nunca lo fueron. Muchas de sus inversiones en bancos y cuentas bancarias están a tu nombre y ya les dieron en la torre tus hijos, pero otras las puso a mi nombre y no han hecho más que crecer, porque yo no mantengo vagos y bien lo saben.

—Creo que si Ifigenio nos ayuda tú protegerás tu patrimonio y obligarás a tus hijos a que se pongan a trabajar y se alejen de los vicios y de los problemas.

—¿Y yo cómo puedo ayudar abuela?

—Si Valentina quiere y tú aceptas, les diremos que están en quiebra, que ya no queda dinero, que lo que han estado gastando es lo que ha obtenido en préstamos, para no negarles lo que le pedían, pero que ese dinero, Ifigenio, se lo has prestado tú y ahora exiges te lo devuelva entregándote en pago la mansión de la capital y el rancho de Jalisco.

—Cuando su madre se los diga la van a querer matar, le van a exigir cuentas y la amenazarán con llevarla a los tribunales, pero yo estaré con mi nuera cuando eso ocurra y el valor que a ella le falta yo se lo daré.

—Entonces, irán contigo, te encararán y amenazarán, pero cuando les demuestres que ya no son de su madre las propiedades y les hables fuerte, amenazándolos con que si intentan algo en contra de su madre o en contra tuya, todo el Ejército y todas las autoridades que conocieron y respetaron a su padre y saben cómo amaba a su esposa, irán contra ellos, hasta acabarlos.

—Desde luego Valentina, tú y Chuchito tendrán que poner distancia de la capital. Vendrán a esta finca a vivir conmigo. Ellos van a venir a amenazarnos, pero siempre he tenido a mi servicio gente armada, porque así lo quiso mi hijo y como él sabía lo que hacía, ahora me van a servir. Les van a dar una estropeada tan grande, que no van a querer volver. Y como la mujer de René es una bruja ambiciosa que se casó con él por el dinero que aparentaba tener y no va a creer de primera instancia el cuento, de paso, a ella le van a dar una tunda que no va a olvidar.

—Claro, mi Teniente Coronel, siempre y cuando usted acepte ayudarnos de esta forma.

—¡Pero abuela! ¡Yo no quiero a mi nombre las propiedades de mi padrino! Estoy dispuesto a ayudarles, pero no a quedar ante mis superiores como un maldito que se aprovechó de las necesidades de la viuda de un respetado y muy apreciado militar. Lo siento, pero eso no lo puedo hacer.

—Comprendo Ifigenio, comprendo, pero te aseguro que no habrá mayor problema. Mira, mis nietos son muy malvados, pero muy brutos y muy cobardes. Todo el valor de que hacían ostentación se los infundía el poder que podía ejercer su padre. Van a poner como abogados a algunos de sus compinches, que cuando sepan que se están metiendo con gente muy poderosa y además que sus clientes no tienen dinero, los van a abandonar.

—Pero abuela ¡Si yo permito que pongan a mi nombre las propiedades del Coronel seré considerado un traidor y me sacarán del Ejército!

—Bueno Ifigenio, eso no será necesario. Lo único que tienen que saber es que las propiedades no son de su papá.

—¡Pero verán que son de su mamá!

—No, si les exhibimos documentos del Catastro y del Registro Público a nombre de la propietaria.

—¡Sí! ¡Pero la propietaria es su madre!

—A ver, mi querido ahijado ¿Cómo se llama tu madrina?

—Valentina o doña Vale, como todos le decimos.

—A ver Valentina ¿Cómo te llamas?

—Valentina.

—¿Valentina qué?

—Reyes.

—¿Y cómo se apellidas tus hijos?

—Zúñiga Paredes.

—Doña Vale—, dijo el Teniente Coronel, —está equivocada, ésos eran los apellidos de su esposo, mi padrino.

—No Ifigenio, en cuanto a eso mi nuera no se equivoca. Mi hijo, que estaba orgulloso de ser quien era, presentó a sus hijos con sus apellidos. Lo pudo hacer porque nunca se casó con Vale.

—Madrina ¿Es verdad?

—Pues creo que sí. Nunca nos casó un cura ni fuimos al Registro Civil. Descuidé a mis papás y me fui detrás de mí Abelardo cuando yo tenía catorce años, pero de que fui su mujer y su único amor, nunca tuve duda. Le conocí varias viejas, pero no se casó con ninguna ni registró a los hijos que tuvo con ellas.

—Luego tus hijos no llevan tu apellido.

—No.

—Pues ay te va otra sorpresa, mi querido nieto: Valentina no se llama así.

—Cómo ¿Pero si ella dijo…?

La abuela, riendo, continuó: —cuando mi hijo se robó a la niña…

—No me robo ¡Yo me fui con él!

—Bueno ¡Para el caso es lo mismo!— Explicaba la abuela sin dejar de reír. —Cuando trajo Abelardo a la niña dijo que se llamaba María Eugenia Reyes Interián, pero no sé por qué razón, cada vez que mi hijo se emborrachaba, y eso era todos los días (risas), traía mariachis y hacía que le cantaran a su mujer “La Valentina”. Él comenzó a llamarla así y pronto todos le decíamos Valentina o Vale, olvidándonos de su nombre y de su apellido. Mis nietos no saben nada de esto e ignoran que son hijos de María Eugenia Reyes Interián. Así es que cuando les presenten los documentos que vas a dejar que vean de lejos, pero no les vas a entregar, sabrán que la casa y el rancho no están a nombre de su papá, lo que es cierto, y cuando vayan a acusarte con algún general y éste te llame, como conozco bien a los militares te aseguro que se morirá de risa por la travesura de un distinguido miembro del Ejército, comprenderán que es necesario frenar a René y a Daniel, para evitar que maten a su madre y al pequeño Jesús, y te felicitarán y apoyarán en todo.

La cara de susto de Vale cambió de pronto cuanto el Teniente Coronel Ifigenio comenzó a reír como loco y ella misma se entregó a la risa, confesando que había olvidado su nombre, porque todos le decían doña Valentina o doña Vale.

Al oír las risas entró a la casa doña Teté seguida de sus hijos y ante el trío que seguía carcajeándose, ella y los niños, sin saber por qué comenzaron a reír también.

Los niños tenían hambre. La abuela Julia ordenó que les prepararan quesadillas y pambazos y pronto la cena fue servida. Comieron todos abundantemente, se había hecho tarde, doña Julia ordenó que los llevaran a sus habitaciones, lo que al principio no quiso Ifigenio, pero doña Teté aceptó con verdadero agrado y ella y los niños lo convencieron de que era lo mejor. La casa era grande y cómoda, pero hacía frío porque sólo en la sala había chimenea . Entonces la dueña procedió a la multiplicación de las cobijas. Acostaron a los párvulos, los mayores se sentaron en la terraza trasera para ver la luna sobre los sembrados, el joven oficial recordó haber visto varias veces la luna reflejada en la laguna que lleva su nombre en el cráter del volcán; a una señal de la abuela trajeron tequila, mezcal, sangrita, cerveza, queso en cuadritos, rebanadas de queso de puerco y otras botanas que disfrutaron los cuatro hasta la medianoche cuando el frio y el sueño los hicieron retirarse a descansar.

Doña Teté y su marido despertaron tarde. Miraron el tranquilo paisaje desde su ventana. En bata fueron al cuarto de los niños, no los encontraron pero sintieron que de la cocina provenían deliciosos olores, siguiéndolos llegaron a una mesa llena de panes, chocolate, leche, huevos revueltos con tocino, huevos fritos, diferentes salsas, frutas de la región y de comensales en pijama, hambrientos, que ya se les habían adelantado.

Cuando los niños salieron Ifigenio preguntó cómo le harían para sacar a René y a Daniel de la casa y del rancho. Por lo visto doña Julia había pensado en todo.

—¿Habrá algún alto mando que no tenga casa en la Ciudad de México (antes llamada Distrito Federal), y tenga los medios para pagar una renta? Bueno, pues se la rentamos o se la prestamos por el término de su encomienda. Y en cuanto al rancho: ¿Crees que le agrade al General Secretario pasar un tiempo en el campo con su familia o con sus amigos? Se que el señor Gobernador, el Presidente Municipal, los diputados y demás políticos se desvivirán para que nada le falte a él, a sus invitados y a la guarnición que lleve.

—Cuando los muchachos sepan quién ocupa el rancho, huirán de la zona donde han cometido múltiples fechorías.

—¿Qué opinan ustedes de la segunda parte del plan?

—A mí me parece muy bien y divertido, dijo el Teniente Coronel. A mí también confesó doña Vale, pero me preocupa dónde quedamos Chucho y yo.

—¡Niña! Desde el principio el plan era que vinieran a vivir conmigo ¿No te acuerdas?

—¿Y las clases de mi hijo?

—Aquí hay secundaria.

—¿Y si no lo aceptan?

—¿Estás buscando pretextos para no venir? Nadie se atrevería a negarle cupo a un hijo del Coronel Zúñiga, y mucho menos a un nieto mío, porque saben bien la que les armaría.

—Nada más no olvides, Vale, que yo tengo que estar contigo cuando les des la noticia a René y a Daniel.

—Te van a insultar, van a intentar agredirte y entonces yo les daré un regaño cruel y hasta con mentadas de madre y para que sea creíble a ti también te pondré como palo de gallinero, por pendeja.

—Vale peló los ojos y la abuela sonriendo dijo, claro, todo será parte de la actuación, tranquilizando a su nuera.

—¿Y Chuchito?— Preguntó el militar

—A ese tú te lo vas a llevar Ifigenio y como sabes decir las cosas, con autoridad y cortesía, haciéndole saber cómo quisiste a su padre y cómo nos quieres a mí, a su mamá y a él, le contarás todo el plan y el hecho de que les estamos salvando la vida, porque sus hermanos son capaces de matarlos.

—¡Hecho!

—Abuela; Sólo necesito que me autorices, para contarle todo a mi esposa.

—Desde luego. Ella también es parte de nuestra familia.

—Después de todos los insultos que yo te dedique por no haberles sabido poner freno a tus hijos, les ofreceré trabajo a mi nieto y a ti como personal de servicio doméstico, tú te vas a ofender y les pedirás ayuda a tus hijos, la que te van a negar y así todo saldrá como lo estamos planeando.

La pobre Vale, asustada preguntó: —abuela ¿Cuándo vas a hablar con ellos?

—Más bien ¿Cuándo vas a hablar tú con ellos?

—Puede ser el próximo miércoles, porque por costumbre ese día van a comer conmigo y siempre me piden dinero, así es que me darán motivo para que les conteste como dijiste, abuela.

—¡Perfecto! Yo voy a “irte a visitar” ese día, escucharé todo y en el momento oportuno intervendré para poner a cada quien en su lugar.

Aunque la hora acordada eran las dos de la tarde, Daniel se presentó a las tres y René a las cuatro y media, indignándose cuando vio que su madre, la abuela y su hermano habían comido ya y les reclamó:

—Pinche vieja, ni siquiera puedes esperarnos, claro, eres una muerta de hambre y no sabes controlarte. Bueno, pues yo no como sobras, así es que no comeré aquí. Párate y dame veinte mil pesos que me urgen ¡Pero ya!

—René, hijo, escúchame por favor…

—¡Qué escúchame… ni que madres! No seas huevona vieja, párate y tráeme el dinero y unos tres mil pesos más porque tendré que comer en algún restaurantillo por ahí ¡Pero anda!— tronando los dedos —¡Jálale que yo no tengo tu tiempo!

—Rene, no puedo darte nada, porque nada nos queda.

El muchacho quedó petrificado y Daniel saltó de su silla, se quedó viendo a su madre, pero no pronunció palabra.

La que habló fue la Güera,4 la mujer de René que con toda grosería se dirigió a su suegra:

—¿Cómo que no hay dinero? ¿Qué estás haciendo con el dinero de mi marido?

—¡El dinero de tu marido y mi dinero! terció Daniel ¿Qué has hecho con nuestra herencia madre?

—La mujer aterrorizada y a punto de llorar, les respondió que lo único que había hecho era darles a ellos todo el dinero que le pedían y que cuando se acabó el dinero que había en el banco comenzó a pedir prestado, hasta que le pidió su acreedor que le pagara y tuvo que pagarle con los únicos bienes que les quedaban, que eran la casa y el rancho.

Fuera de sí la Güera protestó: —¡Eso no es posible vieja! ¡Le estás robando a tus hijos!

—René, furioso amenazó a su madre: ¡A mí no me vas a robar pinche vieja! No sé tú Daniel, pero yo ¡La voy a meter a la cárcel!

Yo también, respondió Daniel. —Así es que te chingaste todo el dinero del banco y tuviste que pedir prestado ¡Eso que te lo crea el más pendejo! ¡Nunca nos has sacado cuentas de los ingresos del rancho! ¿Qué has hecho con ellos?

Vale llorando, volteó a ver a René y le respondió a Daniel: —pregúntale a tu hermano.

Daniel se le quedó viendo con odio y temor a su hermano mayor, mientras su madre continuaba:

—Desde que tu padre murió, René se apropió del rancho, todos los ingresos se los daban a él porque así lo ordenó, y no conforme con gastarse lo que producía comenzó a vender los caballos finos de tu padre, algunos los perdió en sus juegos, lo mismo que las costosas sillas de montar que tu padre atesoraba, así es que no quedaban más que el edificio, unos cuantos animales sin valor y muebles viejos. Pero ya ni siquiera eso es nuestro, también tuve que entregar esa propiedad.

Llorando les comunicó que el siguiente lunes tenía que entregar la casa y el rancho.

Rubén se le fue encima, pero Daniel y Jesús impidieron que le pegara, recibiendo ellos los golpes que Daniel devolvió, no así Chucho que protegió con su cuerpo a su madre.

Fuera de sí Rene pronunciando las palabras con odio amenazó a su madre: —¡Te voy a matar maldita! ¡A ti y a tus cómplices los voy a matar! ¡A mí no me vas a robar! ¿Quién fue el prestamista que te quitó lo que nos pertenece? ¡Dímelo para que lo mate!

—No hijo, no, por favor, no vayas a cometer una locura ¡La persona que me prestó el dinero lo hizo por el afecto que nos tiene y el que le tuvo a tu padre! Él no tiene ninguna culpa. En todo caso los culpables somos: ustedes, porque tiraron todo lo que debió ser su herencia, y yo, que por debilidad, por quererlos demasiado, no les puse freno.

—¡A mí nadie me pone freno, vieja! ¡Dime quién nos estafó para que nos devuelva lo que nos pertenece y luego lo mate!

—No hijo, no ¡Por favor!

Rene levantó la mano para pegarle, la madre se cubrió la cara y gritó: —¡El que nos ayudó fue Ifigenio!

—¿Ifigenio? ¿Ese muerto de hambre? ¿Y de dónde carajos sacó el dinero el soldadito ése?

Por primera vez intervino la abuela con gran aplomo. —El soldadito ése, dijo, es hoy el Teniente Coronel don Ifigenio Espota y Mariles.

René, riendo con sorna: —¿Teniente Coronel? ¡Pero si no era más que el gato de mi papá!

—Pues ahora, Ifigenio es un respetado militar, cuya carrera sigue en ascenso por sus méritos y por el apoyo de los más altos mandos del Ejército.

—¡Pues a mí, él y sus padrinos me valen madre! ¿Dónde lo podemos ver?

En la Secretaría de la Defensa Nacional, respondió doña Julia.

—Mañana mismo iremos a verlo ¿Verdad Daniel?

—Si hermano, desde luego.

—Hijos—, dijo Vale con voz suplicante, —a partir del lunes no tendré adonde ir, no tendré casa. Por favor, nos darían posada a Chuchito y a mí.

—Nosotros no tenemos lugar en casa para ustedes, dijo la Güera y nuestro servicio está completo. Tal vez Daniel pueda ayudarles.

—¡Yo no! Respondió el aludido, apenas tengo para sostenerme ¡No puedo hacerme cargo de nadie más!

—Pues yo necesito ayuda en los trabajos de la hacienda, declaró la abuela Julia. Puedo darles techo y comida a mi nuera y a mi nieto ¿Te parece bien Jesús?

Chuchito, asustado y abrazado de su madre, asintió con la cabeza .

—Bueno, pues el lunes a las ocho de la mañana enviaré la camioneta por ustedes.

—Mientras tanto podemos llevarnos todos los muebles de la casa—, dijo Daniel dirigiéndose a René.

Doña Julia señaló a unas personas a las que no habían notado antes, que al parecer tomaban razón de todo el contenido de la casa.

—Nietos—, señaló la abuela, —no creo que puedan llevarse nada. Ifigenio mandó a hacer un inventario y lo están revisando.

—¡Me vale madre!— Exclamó René. Los que certificaban el inventario voltearon a verlo. Sin decir nada uno de ellos salió de la casa, volvió casi de inmediato y detrás de él entraron soldados armados que tomaron posiciones dentro de la casa.

René, fingiendo un valor del que carecía se dirigió al que se había quedado revisando el inventario y le dijo: —¡Fuera de mi casa! ¡Se salen o les saco!

En ese momento fue sujetado por dos de los soldados armados que lo sacaron a la fuerza de la casa. Cuando la Güera quiso intervenir sufrió la misma suerte.

Daniel no se movió y nadie se metió con él.

Los soldados volvieron a sus posiciones.

—¿Y esto?— Preguntó Daniel.

—Con el Ejército no se juega nieto. A los soldados hay que respetarlos. La casa ya no es de ustedes y tu hermano lo olvidó, no cometas el mismo error.

—Vale, creo que lo mejor es que hoy mismo se vayan conmigo tú y Chucho. Llévense ropa y lo más indispensable. De aquí al lunes tendremos tiempo suficiente para recoger otras cosas. Vamos Chucho, ayuda a tu mamá a empacar.

—Abuela, no te enojes, pero preferiría que me dijeran Jesús; ni Chuchito ni Chucho, Jesús, por favor.

La abuela sonrió y le dijo que le parecía bien y lo tendría en cuenta, —pero si se me va alguna vez ¿Me podrás perdonar?

Jesús la abrazó amorosamente, doña Julia le correspondió besándolo con tanto cariño que asombró a Vale.

El chofer de doña Julia metió la camioneta a la cochera, subieron las cosas que iban a llevar, se despidieron del personal de la casa y de los elementos militares, salieron y las rejas de entrada se cerraron detrás de ellos. El antiguo Chucho y su mamá se miraron, se abrazaron y así abrazados llegaron hasta el ranchito de la abuela. Para cuando llegaron sus lágrimas se habían secado.

Al día siguiente Jesús se levantó con el canto del gallo, se lavó la cara y se dirigió a la cocina. Ya la abuela y sus ayudantes habían puesto la mesa y estaban preparando comida que olía delicioso, tanto que el muchacho se sentó y cuando quiso comenzar a comer llegó su madre muy contenta y tranquila por primera vez en varios años. Juntos disfrutaron el desayuno.

Doña Julia les contó que muy temprano se había comunicado con Ifigenio, lo puso al tanto de todo y le advirtió que los “muchachos” iban a visitarlo ese día. Le pidió que cuando salieran de su oficina le hablara para saber qué había pasado y en eso quedaron.

1. Forma coloquial en México de decirle a las personas que se llaman Jesús; Chuchito será el diminutivo de Chucho.

2. Varios tipos de salsas mexicanas muy condimentadas preparadas a base de chiles y especias, y que son espesadas.

3. Pavo.

4. Expresión coloquial utilizada en México para referirse a una persona de cabello rubio, aunque también se utiliza como sobrenombre.