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Germán Rubio ha conseguido su meta, ser profesor de literatura española del Siglo de Oro en la Universidad de Nueva York. Como una actividad para sus alumnos, difunde en Facebook algunos sonetos para ayudar a comprender la técnica poética que autores como Lope o Quevedo llevaron a su cenit. Pero el drama surge cuando comienzan a aparecer personas asesinadas usando las descripciones realizadas en los poemas de Germán. En la base de datos de la Interpol, la policía de Nueva York encuentra una conducta similar. Se trata de un asesino en serie de nacionalidad turca, el carnicero de Beyoglu, que cumple condena en una cárcel de Estambul. Transnacionalidad y uso de la tecnología son los elementos que incitan al NYPD a solicitar la ayuda de la Brigada de Cibercrimen de la Interpol, por lo que los inspectores DiegoWhitehead y Anette Briand se desplazan a la ciudad para colaborar en la investigación. La música, el filósofo Spinoza, el jesuita BaltasarGraciány la odisea de los marranos son el resto de los componentes del tapiz de fondo con el que este thriller camina desde el Barroco español hasta las redes sociales del siglo XXI. Pero Nolita, el barrio norte de los italianos en Manhattan, es el gran protagonista de este blues literario.
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Seitenzahl: 313
Veröffentlichungsjahr: 2022
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El blues de Nolita
Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico
Dirección editorial: Ángel Jiménez
Primera edición: mayo, 2022
El blues de Nolita
© Antonio Quirós
© Éride ediciones, 2022
Espronceda, 5
28003 Madrid
ISBN: 978-84-18848-87-2
Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
El agua, el agua… Era muy importante que el agua cumpliera su función. El pelo tenía que extenderse sobre ella y flotar como un abanico abierto. Le había costado conseguir una colchoneta hinchable lo suficientemente delgada como para que el cuerpo descansara sobre ella de modo que pareciera flotar directamente. Pero era difícil conseguir el efecto que quería con el pelo. La cabeza reposaba sobre aquel túmulo flotante y, por tanto, el cabello cercano parecía no estar sobre el agua, mientras que el más lejano se hundía en ella. La ira comenzó a invadirlo y cuando se encontraba en aquel estado no era precisamente una persona paciente. Aquello tenía que quedar perfecto y no lo estaba consiguiendo. De pronto se le ocurrió la idea. El truco era la bolsa de plástico en la que venía envasada la colchoneta. La cortó con su navaja, y una vez abierta por todos lados la colocó sujeta donde descansaba la cabeza de la mujer. Efectivamente el plástico flotaba sobre el agua. Colocó allí la parte del pelo que se hundía, le dio la forma de un abanico. Lo del pañuelo no fue complicado, solo lo pasó levemente bajo la nuca y lo anudó por delante, permitiendo que no aprisionara el cabello en ningún momento. Ahora estaba perfecto. Era un artista de la muerte. Encontrar la perfección en la escena que quería representar era para él un acto que terminaba de dotarlo con la fuerza que la mera ejecución del crimen por sí misma no conseguía.
En la madrugada de Central Park, el Conservatory Water estaba totalmente solitario. Nadie observaba el extraño ritual que el hombre estaba realizando semisumergido en el agua. Había elegido ese lugar porque podía acceder fácilmente por la Quinta Avenida. Una vez bien preparado el escenario solo tendría que huir saltando la tapia y tomar el primer taxi que pasara por allí
No fue difícil hallar a su presa. La noche anterior lo hizo entre las que encontró en unos cuantos bares de copas cercanos a la zona. Cuando dio con la que se adecuaba a sus necesidades hubo de enfrascarse en entablar conversación con ella y lograr que le permitiera invitarla a tomar algo. Afortunadamente no le faltaba labia. Era, además, un tipo agraciado físicamente. Una suma de cosas que le ayudaban a crear un buen ambiente con aquella muchacha de pelo largo. Ella hablaba inglés con un fuerte acento latino, pero eso a él que le importaba. Era morena, tenía el cabello adecuado y de su cuello colgaba un crucifijo pendiente de una sólida cadena plateada. Se sentía afortunado por haber dado tan pronto con la candidata. Un par de horas de charla, un par de copas más y la familiaridad estaba lograda. A veces se enfadaba cuando tenía que gastar demasiado tiempo en el proceso de atraer a su víctima. Pero este no era el caso. Se veía como los ojos de la muchacha brillaban con la satisfacción de haber encontrado a alguien que la escuchaba tan diligente y atentamente. Él, por su parte, tiraba de alguna de sus historias inventadas preferidas. La narración adecuada a un perfil de mujer inmigrante, solitaria en aquel Nueva York de los demonios. Alguien con ganas de encontrar una pareja con la que complementarse, que la ayudara a superar su soledad, su angustia por hallarse tan lejos de su país, su falta de autoestima. La chica quedaba admirada porque alguien que parecía tan culto y educado se fijara en ella y gastara su tiempo en charlar sin intentar lograr nada más en el primer minuto de contacto. Mientras trabajaba en ello notaba como bullía su interior depredador, aquello que le forzaba a ejercer un poder omnímodo sobre los otros. Conforme se hacía con la voluntad de la mujer, algo se iba calmando, pero sabía que necesitaba más. Tenía que seguir su plan. Todo estaba bien descrito, solo había que ejecutarlo. Tras hacerlo vendría el sosiego, la calma producto de haber conseguido acabar con su víctima propiciatoria. A lo largo de todo el proceso sus pulsaciones no se alteraban en ningún momento. Era frío como el hielo. Solo necesitaba esforzarse en el trámite previo de ganarse la confianza. Y en este caso todo estaba pareciendo bien sencillo. No fue nada difícil quedar al día siguiente para pasear por Central Park al atardecer.
Fue un paseo corto. El guion le exigía hacer lo que tenía que hacer recién anochecido, cuando los últimos fulgores del sol vespertino dejaran de alumbrar Manhattan. Todo fue rápido, logró que el paseo los llevara cerca del Conservatory Water. Ya en ese momento había poca gente deambulando por la zona. Este no era uno de los lugares más concurridos de Central Park. Además, los arbustos y el arbolado cercanos al límite con la Quinta Avenida parecían el lugar idóneo para una escena solitaria. La dejó que hablara mientras su atención se centraba en buscar la zona donde nadie pudiera observarlos. Notaba como sus sentidos de depredador se agudizaban. Todo fue rápido. Le propuso sentarse sobre la hierba un momento para descansar. Así lograba que sus siluetas, opacadas por la tenue luz del último atardecer, fueran aún menos visibles. Deslizó la mano hacia su cadena en un gesto que la muchacha interpretó como de ternura. Entonces, para ella, comenzó su final. Él apretó con fuerza la cadena sobre el cuello mientras la tiraba al suelo y clavaba su rodilla sobre el pecho de la chica para inmovilizarla. Los fuertes brazos del hombre tardaron poco tiempo en que la presión ejercida la fuera ahogando hasta perder el conocimiento. Luego le rompió el cuello con sus mismas manos.
Cuando mataba lo invadía una extraña sensación de euforia mezclada con una gran calma interior. El mundo se ponía en orden. Su personalidad depredadora se enriquecía cada vez que le robaba la vida a un ser por debajo de él en la cadena evolutiva. Se sentía fuerte, matar era como tomar su dosis de vitaminas. Algunas personas necesitaban meterse una raya de coca o tomarse un par de pastillas, pero él solo tenía que matar para llenar ese hueco interior que todos los humanos parecemos tener. Pero no quedaba ahí el asunto. Una vez logrado esto tenía que satisfacer a su vertiente intelectual. Esa era la causa de aquellas escenas tan preparadas con las que dejaba sus cadáveres. Seguía su guion y eso le daba un plus a la sensación de matar.
Ocultó el cadáver entre uno de aquellos huecos enormes que creaban los arbustos. Tenía que esperar unas horas para introducir el cuerpo en el Conservatory Water. A esa hora de la anochecida aún pasaba alguna gente por la zona. Tendría que esperar hasta la madrugada para llevar a cabo el ritual. Mientras tanto, nadie encontraría a la mujer entre la densa vegetación. Podía estar tranquilo.
Pero lo malo era que, una vez conseguido el logro deseado, el hueco interior comenzaba rápidamente a vaciarse y la necesidad de llenarlo nuevamente, acuciaba pronto. Matar para él revestía la forma de una terapia.
Il nome suo nessun saprà...
E noi dovremo, ahimè, morir, morir!...
Aria Nessum dorma de la ópera de Puccini, Turandot1
Lo había conseguido. El proceso no resultó del todo sencillo, pero el éxito lo había coronado. Por fin era profesor titular de su materia y nada más y nada menos que en la universidad de sus sueños. Lo que más le gustaba era el nombre de su seminario. Era largo, pero no por ello menos atractivo, Spanish Golden Century Literature and Culture2. Desde que en su Sevilla natal comenzó los estudios de filología hispánica solo había tenido un objetivo, enseñar literatura española en la Universidad de Nueva York. Ahora podía disfrutar de la gloria de haberlo logrado. El camino fue duro, aunque tampoco en exceso largo. Licenciatura, máster, doctorado, algunas estancias en Irlanda para perfeccionar el idioma… Tampoco había que olvidar el apartado laboral, una vez terminados los estudios. En principio se quedó como becario en su facultad, ganando un sueldo miserable y trabajando miles de horas, luego opositó a profesor adjunto, donde debió cubrir un trecho de cinco años enseñando literatura española contemporánea en una fría ciudad del norte, rodeado de alumnos que habían escogido la materia porque su nota de selectividad no les daba para otra cosa. En fin, que cada uno juzgue si el proceso fue sencillo o complejo, corto o extenso, según el punto de partida y el objetivo logrado. Él no tenía queja, era un tipo sacrificado y sabía que lograr algo bueno en la vida costaba mucho esfuerzo. No le guardaba rencor a nada ni a nadie por asuntos tan triviales como aquellos.
Además, ya se acabó. A sus treinta y cuatro años, Germán Rubio era profesor titular de la Universidad de Nueva York. Su sueño. En su despacho con ventana a Washington Square, ahora podía ver caer las luces del atardecer en Manhattan. Se trataba de un cuartucho enano con muebles desvencijados. Su silla apenas era capaz de sujetarle, por ello procuraba usarla lo menos posible para no terminar con alguna magulladura. Pero estaba en Manhattan, tenía alumnos de seis nacionalidades a los que enseñar los versos de Quevedo y la prosa de Gracián. ¿A qué más podía aspirar?
Ya era tarde, había terminado sus clases y recibido a un par de alumnos para sus tutorías. Ahora solo tenía que recoger y marcharse a casa. Pero antes de hacerlo se conectó desde su móvil a Spotify y buscó el Nessum Dorma de Turandot. “Que nadie duerma…”. El gran Pavarotti le ponía voz en la ópera al príncipe Calaf. Siempre le traía paz y sosiego aquella aria de Puccini. Apagaba las luces, cerraba los ojos y trataba de vaciar su mente de todo lo que no fueran las notas musicales y la voz del tenor. Dejaba solo que entrara por la ventana la tenue luz del último atardecer y se abandonaba a la monumental armonía de la música. “¡Pero mi misterio está encerrado en mí, mi nombre nadie sabrá!”. Desde luego él no era un ser tan extraño como el príncipe de Turandot. Las notas musicales se introducían en su cabeza como un tranquilizante, el más efectivo de los sedantes que podía facilitarle a su cuerpo. Notaba como poco a poco bajaba su ritmo cardiaco, los pensamientos iban huyendo de su mente y la serenidad lo invadía. Nunca se sentía más en paz consigo mismo que en esos momentos.
Pero no siempre fue así. Cuando llegó a Nueva York todo se le hacía un mundo. Los largos recorridos en metro, la extraña mezcla de vitalidad y atonía de los neoyorkinos, el clima demasiado húmedo, aunque tan caluroso en aquellas fechas como el de su Sevilla, estar escuchando en todo momento un idioma que no era el suyo. Todo le pesaba. Pero la sensación de éxito que le suponía ser profesor universitario en la capital del mundo vencía a todo aquello. Un auténtico chute de adrenalina. No podía dejar de recordar cuando tan solo hacía algo menos de un par de meses, un cálido día del verano andaluz, recibió el email de la Universidad de Nueva York comunicando la aceptación de su candidatura. Comparado con sus experiencias anteriores aquello había sido un camino de rosas. Envió su currículo, tuvo un par de entrevistas por Skype y, en unas pocas semanas, todo listo. Oferta de trabajo con un salario aceptable y para impartir una asignatura que le encantaba. No podía creer en su suerte, no estaba acostumbrado a que la vida lo tratara tan bien. Cervantes, Lope, Quevedo, Gracián… Todos hacían cola en sus sueños para felicitarle por haber conseguido su meta.
Llegó a la capital del mundo un viernes de mediados de agosto, con el tiempo casi justo para comenzar su primer semestre de clases. En principio se hospedó en un pequeño hotel mientras buscaba algo más estable y se iba aclimatando a la ciudad, a la universidad y a sus clases. Ahora, en el bello y avanzado septiembre neoyorkino, llevaba solo unas pocas semanas en su puesto, pero ya había logrado alquilar un pequeño apartamento en Nolita, en la misma Mulberry Street, al norte de Little Italy y muy cerca de Washington Square. Solo tenía que andar cinco minutos para llegar a la universidad. La verdad es que, a pesar de ser un antro pequeño y semiderruido, le salía por un ojo de la cara. Más de la mitad de su sueldo de profesor se le iba en pagar el alquiler. Pero era un lujo vivir en el mismo Lower Manhattan, en el corazón de Nueva York. Allí mismo, algo más al sur de Mulberry, el joven Vito Corleone había abierto su negocio Genco Pura Olive Oil. Nolita era el barrio de la inmigración italiana, hoy lleno de hípsters y gente joven en general. Pura actividad neoyorkina para las personas con menos recursos. Algo alejado de las ricas zonas cercanas a Central Park, pero bullicioso y excitante. Manhattan en estado puro.
También había cosas malas, no todo iba a ser un camino de rosas. Lo peor hasta ahora era la soledad, aunque tampoco es que le afectara demasiado. Germán era algo tímido. Siempre le había costado entablar nuevas relaciones. Con los alumnos mantenía la distancia que lo profesional requería y con el resto de los profesores no había logrado profundizar en el contacto, aunque debía reconocer que tampoco se había dedicado a buscarlo con la suficiente fuerza. Los neoyorkinos no eran gente fácil y la timidez del español hacía el resto. Solo con Suzanne, una profesora californiana invitada, había logrado tener alguna conversación algo más larga o tomar algún que otro café entre clase y clase. Ella era especialista en la novela picaresca española, había hecho su tesis sobre Mateo Alemán, lo que la había llevado a pasar alguna que otra estancia en Sevilla. Y la nostalgia que sentía de aquella época de su vida en la ciudad de la Giralda trataba de reducirla conversando con Germán acerca de sus recuerdos andaluces. Pero él quería olvidar Sevilla. Ya se sentía más neoyorkino que otra cosa y le molestaba que la chica solo quisiera recurrentemente hablarle de la calle Sierpes, de los jardines de María Luisa, de la Plaza de España o de Santa Cruz. En ocasiones le parecía la típica turista que se ha enamorado en unos pocos días, saltando de hotel en hotel y de monumento en monumento, de la ciudad o el país que ha visitado. Algo que, desde el punto de vista de Germán denotaba no demasiada inteligencia. Por ello la rehuía. Necesitaba personas a su lado que le aportaran algo más de lo que la californiana podía darle.
De momento tenía más relaciones con los muertos que con los vivos. Sus compañeros de aventura en Nueva York eran sobre todo Don Francisco de Quevedo y el padre Baltasar Gracián. Entre el polvo enamorado del primero y los discursos de Critilo y Andrenio del segundo Germán pasaba sus días. Esa dedicación casi exclusiva, en aquella fase de su vida, a los autores del Siglo de Oro le había valido que los cursos que impartía gozaran ya de una muy buena reputación. Le sobraban alumnos. La universidad tuvo incluso que rechazar nuevas matrículas al encontrarse ya su curso saturado por encima de lo que las normas del centro permitían. Todo ello le hacía ganar prestigio de cara a la burocracia académica y, tampoco era cuestión de engañarse a sí mismo, aquello le encantaba. Por otro lado, su inglés, con el marcado acento conseguido en Irlanda, no resultaba demasiado extraño en aquella babel de lenguas que cada día llenaba su clase. Además, como eran alumnos de español, podía permitirse impartir una buena parte de las explicaciones en su lengua materna. Cambiar de idioma era algo con lo que disfrutaba. Normalmente comenzaba el planteamiento de la materia de cada día en inglés, pero en cuanto llegaba el momento de citar a sus clásicos conmutaba al español. De Shakespeare a Cervantes, un ejercicio perfecto para él, aunque no para todos sus alumnos. Alguno de ellos tenía dificultades con los giros más antiguos del idioma, por eso cada día dedicaba tiempo a revisar el vocabulario más extraño para los oídos de un estudiante de español moderno. Ese día había tocado analizar el soneto de Quevedo que comienza “Ya formidable y espantoso suena”3. Tocó explicar la palabra “postrer”, ya que nadie la conocía. Además, el tono tan metafórico de los sonetos del poeta madrileño hacía que los alumnos se atrancaran continuamente intentando capturar el sentido de lo dicho en sus versos. Hubo de explicar aquello de que “la muerte en traje de dolor envía, señas de su desdén de cortesía: más tiene de caricia que de pena”. Menudo embolado tenía por delante. Explicar a los alumnos el carácter consolador que la muerte presenta en ocasiones. Uno de los temas más presentes en la literatura barroca española. Muchas y bellas palabras para expresar un concepto grandioso pero simple a la vez y con el que Germán, tristemente, estaba bastante alineado.
Y lo estaba porque su vida no siempre había sido un proceso sencillo y alegre. Había una sombra de enormes dimensiones que le daba aún un cierto tono triste a algunos de sus días. Podía parecer que era el arquetipo del triunfador, alguien que siempre consigue lo que se propone. Un sevillano ejerciendo de profesor en la Universidad de Nueva York, ¡casi nada! Sin embargo, hubo un momento de su existencia en que le tocó entender en todo su sentido aquel verso de Quevedo donde la muerte “más tiene de caricia que de pena”. Fue en su adolescencia. Tenía dieciséis años. Un cáncer irremediable turbó aquellos momentos de la vida de su madre. Algo dejada para los temas médicos, siempre centrada en su trabajo y su familia, el dolor la sorprendió en una fase donde ya nada tenía remedio. Le quedaba solo el sufrimiento y la espera desasosegada de la muerte. El padre de Germán se hundió en el más negro de los abismos. Parecía que la pena le hubiera robado toda la energía. Siempre habían sido una pareja muy unida, algo excepcional en los tiempos que corren. Y el dolor de la futura muerte de su querida esposa le dejaba sumido en un inmenso océano de tristeza. Algo que no era capaz de controlar ni siquiera para evitar que ella sufriera más a causa de la observación del sufrimiento de él.
La madre no quería cuidados terminales, odiaba aquello de los tubos y los hospitales. Solo deseaba morir en casa rodeada de los suyos. Y no quería sufrir más. Sabía cómo acabar con sus días, cómo atraer la caricia consoladora de la muerte, pero necesitaba ayuda. Ella sola no podría conseguir su objetivo. Era consciente de que en el estado en que se encontraba su marido, no tenía sentido pedir su asistencia. Pero también sabía que, a pesar de su corta edad, Germán era más fuerte. Y por eso le pidió aquello que marcaría su vida para siempre. A él le costó acceder. En un principio lloró, golpeó la almohada varias noches mientras oía los quejidos del insomnio doliente de su madre, pero finalmente accedió. Bastó un leve aumento de dosis en la morfina que cada día debía pinchar en el suero. Y todo acabó con una enorme sonrisa de agradecimiento de la madre mientras la muerte acariciaba sus últimos momentos. Nadie lo supo nunca, ni siquiera su padre, pero la duda sobre el carácter moral de lo que había hecho le atormentó siempre. No dejaba de ser una grande y espesa nube negra que enturbiaba algunos momentos de su vida. La lloró y añoró durante mucho tiempo. Tanto o más que su padre, aunque lo expresaran de forma distinta. El viejo con una depresión galopante que estuvo a punto de conducirle al suicidio y él con un callado sentimiento de ausencia, con mucha tristeza y algo de culpa. Pero cuando más le acuciaba esa pasión triste solía acudir al estoicismo de Baltasar Gracián. “Y cuando la pasión ocupare lo personal, no se atreva el oficio”4. El oficio era su salvación, le liberaba de los malos afectos para dejarle andar el auténtico camino de una vida plena. ¡Qué grande el jesuita aragonés! Cómo sabía que el oficio constituye un refugio sólido que nos ayuda a sortear las dificultades en que la miseria existencial del hombre suele hundirnos. La rutina como liberación, un saber que pocos lograban dominar, pero que daba una fuerza inusitada a los que lo lograban. Solo tenía que concentrarse en su trabajo, como si no hubiera nada más en el mundo. De Gracián a Quevedo, de Quevedo a Gracián, quizá algún salto a Cervantes y a Lope. Así transcurría la vida de Germán en aquel Nueva York en transición de un verano tardío a un otoño aún algo incipiente.
El príncipe Calaf terminaba su perorata con las últimas notas musicales y ya casi había anochecido. Era el momento de salir de la universidad y marcharse a casa. Germán se esforzó en que los malos recuerdos salieran de su cabeza, guardó algunos libros y apuntes en su avejentada cartera y salió del despacho tras forcejear un buen rato con la cerradura que aseguraba bien poco la desastrosa estancia. En el fondo siempre había sido una persona capaz de controlarse a sí mismo. Racional como él solo, su voluntad siempre obedecía ciegamente las órdenes que su razón le daba. A lo largo de su vida había conseguido dominar un buen portfolio de pautas destinadas a ejercer dicho señorío, a forzar que los malos momentos pasaran, que la tristeza fuera controlada, que los sentimientos negativos se disolvieran en el aire. Siempre había considerado que el equilibrio existencial y la paz consigo mismo eran los recursos necesarios para una buena vida y que dominar las técnicas para lograrlo eran la clave para hacer a cada uno el soberano de sí mismo. Y esa tarde el Nessum Dorma de Puccini había bastado para hacerlo. La música era uno de sus trucos, pero tenía bastantes más.
Mon pauvre coeur, très consolable,mon coeur est libre comme l'air!...
Seguidilla de la ópera de Bizet, Carmen5
Manhattan tiene sus cosillas. Normalmente sus habitantes no lo cambiarían por nada del mundo, pero en ocasiones la vida allí resulta un poco complicada. Y aquel soleado día de su primer otoño en la ciudad, Germán estaba a punto de descubrir que las complicaciones podían fastidiarte la vida o, como poco, hacer que un día que comenzó bien se convierta en un infierno.
Fue al cruzar un paso de peatones. Rozó levemente con el hombro a un afroamericano de casi dos metros de alto que cruzaba en dirección contraria. El grandullón se enfadó y gesticuló como si hubieran intentado matarle, los gritos de racista y los empujones surgieron como un automatismo. Germán, aunque no hubiera motivo, pidió disculpas educadamente, lo que todavía enervó más al otro. La cuestión es que en seguida hubo un cerco de varias personas defendiendo a cada uno de los dos contendientes. Ante el altercado callejero no tardó en presentarse una patrulla. Y claro, aquello no es Europa. La policía neoyorkina tiene métodos bastante más expeditivos y, en este caso, ante las dudas, se llevó al español detenido junto al afroamericano. El espectáculo callejero se multiplicó de inmediato. Decenas de personas rodeando el coche policial y tomando partido por uno u otro de los detenidos en función de su concepción del mundo. El profesor estaba notoriamente avergonzado, ya que nada había más lejos de sus planteamientos ideológicos que algún tipo de posible racismo. De joven en España ya había tenido la oportunidad de viajar detenido en un coche policial, pero siempre había sido por su participación en manifestaciones de protesta social. A su edad, y fuera de su país, lo de ser detenido por la policía no formaba parte de las experiencias que hubiera esperado vivir.
Además, Germán no estaba preparado para palpar la injusticia a ese nivel. No se sentía culpable de nada. Él era el agredido y los patrulleros lo introdujeron en el coche esposado y a empujones, junto al gigantón que se veía claramente más acostumbrado a esas situaciones. Tuvo que soportar sus sonrisas irónicas, además de que dejara caerle el torso encima a cada curva que el coche tomaba. Los llevaban al 9th Precinct, de la NYPD, el más cercano al lugar donde habían ocurrido los hechos. Conforme el automóvil avanzaba, iba notando como la rabia crecía en su interior. Lo hacía también en paralelo a esa especie de rap que su vecino de asiento parecía ir medio tarareando. No estaba programado para permanecer impasible ante las injusticias. Otros quizá se refugiasen en un interior pasivo que les ayudara a sobrellevar las agresiones no merecidas. Un cierto habitáculo, en lo más recóndito de la mente, donde aislarse de lo exterior. Germán lo había buscado en alguna ocasión. Sobre todo, cuando tuvo que soportar las iras de un profesor de tercero de carrera que parecía odiarle. Aquel sujeto ironizaba sobre él en clase, nunca valoraba sus aportaciones, le reprendía por cualquier comportamiento y, lo peor, le suspendía sistemáticamente, aunque sus exámenes estuvieran para más que aprobar. Otro quizá se hubiera escondido en ese refugio interior, esperando a que escampase. Pero Germán no era así. Denunció al profesor ante el claustro y reclamó todos sus exámenes suspendidos. Le costó tiempo, pero finalmente, ganó la partida. El tipo quedó tan corrido que cuando iban a encontrarse transitando por alguno de los pasillos de la universidad, cambiaba de rumbo con tal de no cruzarse con su alumno peleón. Claramente había ganado aquella batalla.
Afortunadamente, el coche no tardó demasiado en llegar al recinto policial. Tampoco tardaron mucho en tomarles declaración. Todo ello le iba produciendo un cierto sosiego. Ahí comenzó a entender que, a pesar de la rudeza de los agentes que los habían transportado, lo ocurrido debía ser una situación intrascendente y seguro que bastante usual. Lo deducía del hecho de que su interrogatorio fuera llevado a cabo por una simple agente de base. Ahí fue donde Germán volcó todo su enfado. Pero la oficial, cuyo nombre era Sarah, parecía bastante profesional y acostumbrada a ese tipo de incidentes. En todo momento se mostró afable y, tras poco más de diez minutos de tomar nota, le comentó a Germán que podía marcharse sin más. Obviamente, sus roles de europeo y profesor de la Universidad de Nueva York no debieron ser un dato menor. Y seguro que el aval suficiente para influir en su puesta en libertad de un modo tan expeditivo.
—¡Vaya! Pensé que iba a terminar poco menos que en Alcatraz a causa de que alguien hubiera decidido tomarla conmigo —dijo irónico—. Menos mal que parece que al final la verdad se abre camino. Le agradezco que haya contribuido a deshacer el entuerto.
—Ustedes los europeos creen que los policías americanos somos todos una especie de Harry el sucio, pero ya ve que no es así. Aprovecho además para informarle que la prisión de Alcatraz se cerró hace más de cincuenta años. Y allí solo enviábamos a condenados por crímenes de mucho más nivel que el presuntamente cometido por usted.
—Discúlpeme, pero es que me he sentido absolutamente maltratado y los agentes que han intervenido en lugar de defenderme me han tratado como si fuera un peligroso criminal. Respecto a lo de Alcatraz la culpa la tiene su cine que manda mensajes equívocos. Si su industria cinematográfica no fuese tan potente probablemente yo no estaría aquí ahora, pero me enamoré de Nueva York a través del cine, y así me veo, maltratado por la ciudad que amo.
Entre las referencias cinematográficas y el buen carácter de la agente, Germán fue retornando a la serenidad. Tardó poco en darse cuenta de que todo iba a quedar en algo irrelevante por lo que la calma terminó por imponerse. Pensó que aquello era solo una experiencia más de las muchas que, como neoyorkino adoptivo, debía pasar. En cierta medida se sentía protagonista de alguna de las películas de Hollywood que había tenido la ocasión de ver a lo largo de su vida.
—Verá, en Nueva York —continuó la agente— somos muy sensibles a los delitos de odio racial. Y hasta que no evaluamos bien las cosas, solemos actuar duramente con el tratamiento de los mismos. Está claro que en su caso no ha habido nada de eso, pero teníamos que realizar la comprobación. Le pido disculpas si se ha sentido maltratado. Ya puede usted marcharse cuando lo desee.
—Lo entiendo, lo entiendo… Por mi parte, olvidado. Tendré mucho más cuidado con estas cosas en el futuro. Tengo que hacerme con el modo de vida de su ciudad, pienso vivir en ella muchos años.
Así entró en la vida de Germán, aquella simpática policía. El asunto hubiera quedado ahí si no hubiera sido porque a los pocos días volvió a encontrársela mientras ella patrullaba por la calle. El recinto policial al que estaba adscrita era el que se ocupaba de la zona por la que él solía transitar entre su casa y la universidad. Fue un martes por la tarde; Germán volvía de las clases cargado con su cartera colgada en bandolera con varios libros y montones de notas, amén de un par de ellos más en las manos. La agente iba patrullando, junto con su compañero, y sin querer se tropezó con el profesor echándole al suelo los libros que sujetaba fuera de la cartera.
—¡Vaya! Parece que esto se está convirtiendo en una costumbre. Si no me atropella un neoyorkino cualquiera, me atropella una agente del orden. Espero que el asunto no vaya a más en el futuro.
—Ufff, discúlpeme —dijo Sarah, algo azorada—. Iba distraída mirando de lado y me he echado encima de usted. Lo siento, de verdad. No piense que la policía de Nueva York le ha tomado manía, esta vez ha sido claramente mi culpa.
—Bueno, si no me va a detener por esto, queda perdonada —comentó algo guasón—. Además, en agradecimiento por no esposarme, si quiere la invito a tomar un café. Tenemos un Starbucks ahí mismo. El expreso no es muy bueno, pero puede estar bien para pasar un rato.
—Lo siento, pero estoy de servicio y tengo que continuar patrullando con mi compañero.
—Permítame que insista —Germán no pensaba darse por vencido tan pronto. Había algo en aquella jovial policía que le impulsaba a querer conocerla más—. Yo paso siempre por aquí, como ya sabe soy profesor en la universidad. Si tiene algún momento libre en los próximos días, me gustaría invitarla a ese café, a un té, a una cerveza, a una coca cola o a lo que usted prefiera. No hablo de un whisky de malta, porque entiendo que una joven policía neoyorkina no estará sumida en vicios alcohólicos tan profundos.
Sarah pareció dudar, lo que Germán interpretó como un buen síntoma. Además, la duda duró poco. La agente era una persona risueña, abierta y de gesto franco, algo que no siempre era usual entre los habitantes de Manhattan.
—Está bien —dijo Sarah con una moderada sonrisa—, pasado mañana tengo la tarde libre. Si quiere podemos quedar en el Starbucks a esta misma hora. Me inclino más por el café, dentro de todas sus propuestas de bebidas. Supongo que es el momento en que ha terminado sus clases y vuelve a casa.
—Así es —confirmó el profesor.
De este modo se inició en la vida de Germán una nueva etapa de su periplo neoyorkino. Su falta de relaciones hasta el momento fue copada absolutamente por Sarah. La policía era una joven animosa que enseguida se ofreció a servir de cicerone para que el español pudiera conocer bien todos los resquicios de Manhattan. Podríamos pensar que los intereses intelectuales de un profesor de filología hispánica, especializado en el Barroco español, y los de una agente de base de la policía neoyorkina habían de ser muy diferentes, pero en la realidad esto no parecía ser así. Sarah era una persona con una apetencia de conocimientos muy alta y su interés por la literatura y la historia de España fue fraguando en ella en paralelo a cómo iba creciendo la relación con Germán. A su vez, este encontró en ella el apoyo que necesitaba para adentrarse en todos los entresijos de aquella ciudad que tan atractiva le había resultado intelectualmente, pero en la que tanto trabajo le estaba costando penetrar.
Así, pues, lo que comenzó como una relación amistosa terminó por convertirse en algo más sin tardar demasiado en hacerlo. En su tercera cita, tras dar un largo paseo por Central Park y que Sarah le contara todo le necesario para conocer el castillo de Belvedere, la fuente de Bethesda o el Depósito de Jacqueline Kennedy, Germán la invitó a cenar en su casa y ella no dudó ni un segundo en aceptar.
Mientras preparaba la cena, buscó en Spotify Carmen, la ópera de Bizet. Pensó que, a pesar de su origen francés, la temática española sería atractiva para Sarah. Ella ya conocía algunas de las piezas más populares de la ópera, como el Preludio o la Habanera. Esta última le gustaba especialmente y le pidió a Germán que le tradujera del francés alguna de las estrofas de esa pieza. “El pájaro que creíste sorprender / batió sus alas y voló lejos... / Si tratas de cazarlo, el amor se va, / mas si no lo intentas, él retornará.”6
Una cosa llevó a la otra. El buen ambiente creado por la música, una botella de vino de la Ribera del Duero, una cena ligera más al estilo español que al americano, la conversación, primero intrascendente y luego íntima... Todo ello facilitó que la cosa terminara de forma algo apasionada.
Sarah tenía libres varias tardes a la semana y en un par de ellas coincidía con el horario sin clases de Germán. Ella tenía tanto interés en adentrarse en el mundo del profesor que le pidió que algunas de esas horas las dedicara a enseñarle historia y literatura española. Sarah no tenía estudios universitarios, pero era una gran lectora y le entusiasmaba penetrar en el mundo de la cultura. Su padre eran descendiente de irlandeses, había pasado la vida trabajando en un Walmart y su vida siempre estuvo más cercana al whisky que a los temas culturales. Fue su madre, una maestra de primaria, entusiasmada con su trabajo, la que le inculcó el amor por los libros. Pero ir a la universidad en América no es sencillo para los que no tienen demasiados recursos y en cuanto Sarah terminó sus estudios medios tuvo que comenzar a trabajar, primero lo hizo en el mismo supermercado que su padre, donde este le procuró un trabajo de cajera. Pero como aquello no era de su agrado enseguida puso su mira en otros asuntos. Una amiga le informó de lo necesario a fin de acceder a las pruebas para entrar de agente de base en el departamento de policía de Nueva York. Se esforzó mucho, era pertinaz como ella sola, se preparó bien y enseguida aprobó. Con veintiséis años recién cumplidos se vistió por primera vez aquel uniforme azul oscuro, del que se sentía tan orgullosa y con el que Germán la conocería unos años más tarde en aquel incidente callejero que tanto había soliviantado al profesor.
A él le admiraba de Sarah su carácter afable y su entrega al trabajo. Creía en lo que hacía de un modo absolutamente intenso. Se conocía y respetaba al máximo todos los reglamentos que debía seguir en su labor. No perdía ocasión de acudir a cualquier curso o seminario de perfeccionamiento que el departamento de policía organizara. Su ilusión era ascender a detective y para ello no paraba de estudiar, aunque el freno de no tener estudios superiores no era un asunto menor para lograr ese fin.
Pero su interés no se quedaba en el área legal o de seguridad ciudadana. Con su gran capacidad de trabajo, y dirigida por Germán, no tardó en conocer con cierta solvencia lo que sucedió en España tras la batalla de Rocroi o quien fue Lope de Vega. Se aficionó tremendamente a la poesía española del Siglo de Oro, pero la frenaba aún demasiado su escaso dominio del español. No obstante, fue poco a poco teniendo unos rudimentos básicos del idioma. Y entre ellos y la musicalidad de los versos no tardó en ser capaz de recitar de memoria, a veces sin conocer con precisión el significado, más de un soneto de Lope o de Quevedo.
Así transcurrieron aquellos días del principio del otoño neoyorkino. Sarah eufórica con el nuevo mundo que estaba descubriendo y German extasiado con el apasionamiento y la alegría con que la policía se iba bebiendo cada día la vida. Solo cuando fueron intimando más se extendió una cierta sombra entre ambos. Fue un día de relax en que ninguno de los dos tenía que trabajar. Sarah había dormido en el apartamento del sevillano y Germán preparó el desayuno, lo tomaron en la cama y remolonearon para levantarse mientras charlaban. La conversación giró hacia los padres de él. Y consideró tener ya la suficiente confianza como para contarle la verdad de lo sucedido con su madre, a pesar de no haberlo hecho antes con ninguna otra persona. Pero nada más hacerlo, pudo notar casi como a la policía se le erizaba el vello mientras el gesto se le tornaba extraño, hosco o quién sabe qué. Él le explicó aquello de la muerte consoladora y que fue su amor infinito por su madre lo que le llevó a ayudarla en el tránsito. Pero Sarah venía de un entorno religioso algo rigorista. Padre católico irlandés y madre presbiteriana practicante y de fuertes creencias. Aunque ella no sabía realmente si profesaba alguna religión, no estaba preparada para entender con facilidad ningún tipo de eutanasia. La cuestión es que por más que Germán se explicó, ella permaneció algo triste durante todo el día. Leyeron algunos versos de Góngora y Germán trató de explicarle el fundamento del culteranismo y su diferencia con el conceptismo de Quevedo. Pero Sarah permaneció ausente y su euforia habitual la abandonó aquel día.
Por supuesto que lo hablaron con algo más de calma en la siguiente ocasión en que se vieron. No era un asunto como para dejarlo en el olvido, ya que tanto parecía ensombrecer su relación.
—Intentaré entenderlo, aunque no me sea fácil —le dijo Sarah—. Pero tendrás que excusarme si en algunos momentos el asunto me entristece el carácter. Aún no estoy preparada del todo para disculparlo, pero te prometo que lo intentaré. Te quiero y quiero entender las causas de tu decisión. El tiempo irá diciendo.
