El bosque sin retorno - Xabier Ortiz - E-Book

El bosque sin retorno E-Book

Xabier Ortiz

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Beschreibung

El bosque sin retorno se enmarca dentro de la novela negra, con una buena dosis de intriga y varios ramalazos de terror. Escrita desde las experiencias de la protagonista, Daniela Bolaños, la historia ofrece un ritmo trepidante, envuelto en un enigma que parece no tener solución. Como resumen de la novela, un misterio se cierne sobre los habitantes de Canfranc, donde las víctimas sufren un delirio hasta que les alcanza la muerte. Daniela, tras sufrir el extraño fallecimiento de sus padres, comienza a indagar el caso ahondándose en sucesos acontecidos en el pasado del poblado. En la búsqueda de respuestas, se cruza con un bosque espantoso y un misterioso personaje que lo habitó. Un soldado inglés cuya azarosa vida se remonta al siglo XIX y su final se envuelve en una leyenda oscura. En ella se relata que dio fuego a la mansión donde vivía junto a su familia, dando muerte a todos sus moradores, él incluido. ¿Logrará Daniela detener los fallecimientos que acontecen en Canfranc? ¿Qué tienen que ver unos sucesos del siglo XIX con las extrañas muertes que se dan? El desenlace de la novela resulta tan original como sorprendente. La novela está estructurada en dos historias diferentes, en la que se entrelazan el pasado y el presente. En la primera se narra la épica historia de Preston Lawrence, y en la segunda, la investigación que lleva a cabo Daniela Bolaños, ofreciendo una frescura y espontaneidad al texto. En definitiva, una novela que engancha desde la primera página y aviva en el lector la sed de descifrar el misterio.

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Seitenzahl: 465

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Xabier Ortiz

El bosque sin retorno

1ª edición en formato electrónico: mayo 2023

© Xabier Ortiz

© De la presente edición Terra Ignota Ediciones

Diseño de cubierta: TastyFrog Studio

Terra Ignota Ediciones

c/ Bac de Roda, 63, Local 2

08005 – Barcelona

[email protected]

ISBN: 978-84-127232-2-9

THEMA: FF 2ADSL

Esta es una obra de ficción. Todos los personajes, nombres, diálogos, lugares y hechos que aparecen en la misma son producto de la imaginación del autor, o bien han sido utilizados en el marco de la ficción. Cualquier parecido con personas o hechos reales es mera coincidencia. Las ideas y opiniones vertidas en este libro son responsabilidad exclusiva de su autor.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

(www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 4

Xabier Ortiz

El bosque sin retorno

Dedico esta novela a mi familia que tanto entusiasmo muestra cada vez que publico una obra. Y en especial, a mi hijo Oliver, que nació el mismo año que vio la luz esta historia, con la esperanza de que la disfrute algún día.

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 6

CAPÍTULO 7

CAPÍTULO 8

CAPÍTULO 9

CAPÍTULO 10

CAPÍTULO 11

CAPÍTULO 12

CAPÍTULO 13

CAPÍTULO 14

CAPÍTULO 15

CAPÍTULO 16

CAPÍTULO 17

CAPÍTULO 18

CAPÍTULO 19

CAPÍTULO 20

CAPÍTULO 21

CAPÍTULO 22

CAPÍTULO 23

CAPÍTULO 24

CAPÍTULO 25

CAPÍTULO 26

CAPÍTULO 27

CAPÍTULO 28

CAPÍTULO 29

CAPÍTULO 30

CAPÍTULO 31

CAPÍTULO 32

CAPÍTULO 33

CAPÍTULO 34

CAPÍTULO 35

CAPÍTULO 36

CAPÍTULO 37

CAPÍTULO 38

CAPÍTULO 39

CAPÍTULO 40

CAPÍTULO 41

CAPÍTULO 42

CAPÍTULO 43

CAPÍTULO 44

CAPÍTULO 45

CAPÍTULO 46

CAPÍTULO 1

Me pregunto una y otra vez qué hago aquí, observo en el horizonte el bosque. Una senda polvorienta me enfila hacia la masa forestal, dejando atrás Canfranc. Mi andar es resuelto. Me acerco a los antiguos dominios del mariscal Lawrence, que combatió del lado español en la guerra de la Independencia, de principios del siglo XIX. Por sus hazañas militares y macabras acciones le fueron concedidas varias parcelas donde levantó una mansión. A día de hoy, no queda nada del esplendor de aquel edificio, fue demolido tras años en estado de ruina.

En mi mente estallan las últimas palabras de mi amada Lucía. Se despidió rodeada de la familia y cerró los ojos para la eternidad.

Alcanzo la hondonada del valle, donde desaparecieron los obreros en el invierno del 2011. Construían una nueva carretera con la que se pretendía sortear el bosque de La Moleta, y de la noche a la mañana, se evaporaron sin dejar huella. Un deslizamiento de tierras se encargó de sepultarlos. Desde entonces, el lugar se ha declarado maldito. Quien se adentra en él, no vuelve.

Me alcanza una brisa húmeda brotada desde las entrañas del bosque. Paro. Se me empapa el rostro de gozo. Aspiro con profundidad y siento un frescor balsámico en el interior. Escucho el graznido lejano de un cuervo. Es tan fino su sonido que dudo si es real o producto de mi imaginación. Retomo la marcha. Me adentro en el bosque. Una extraña fuerza me empuja hacia el fondo verdoso.

Entre sombras, me baila la mirada a los cuatro vientos. Tengo la sensación de cruzar el paraíso, avanzo radiante. Recupero la fortaleza de la juventud, siento el cuerpo más ágil que nunca. Los estirados árboles se suceden y los esquivo dando zancadas vigorosas. El matorral se cruza en mi camino y admiro su espinosa silueta. Me envuelve un bello laberinto.

Avanzo hacia el interior del bosque en la más absoluta soledad, sin hallar un sendero concreto. Me detengo un instante y alzo la mirada. No se atisba vida alguna, la espesura del reino vegetal se extiende imperiosa. Retomo la marcha, los minutos se dilatan, tornándose en horas. Con el armónico chasquido de la hojarasca, se me activa la memoria y los recuerdos más tiernos se avivan en mi mente. Rememoro la noche que besé por primera vez a Lucía en el antiguo lavadero.

De pronto, entre la maleza, surge un haz de luz blanquecina. Se me dispara la curiosidad y busco el origen de semejante resplandor. Doy pasos acelerados, e incluso, corro como cuando tenía veinte años. Desemboco en un claro del bosque. Ante mí, se alza radiante el palacio de Preston Lawrence. Me paralizo y mi mirada se clava en la fachada de mármol blanco. Me viene a la mente la pintura que cuelga en el Museo de Historia de Canfranc.

—¡No puede ser!

Me quedo petrificado. El fulgor se intensifica y sufro un escozor en los ojos. Me arremete un lagrimeo. La blancura del edificio me ciega y siento que estallan mis pupilas. Todo está blanco. Percibo un flojeo en las piernas y se hincan en el suelo. Golpeo una piedra de superficie rugosa y el dolor se apodera de mí. Regueros de sangre se deslizan por mis rodillas. Vencido, inclino el cuello hacia delante.

Suenan voces, susurros...

CAPÍTULO 2

Dos meses antes.

La tarde se vuelve desapacible, atravieso un aguacero. Fluyen un sinfín de caudales en la luna del automóvil y la luz de los faros se disipa en la niebla. De vez en cuando, me cruzo con algún vehículo aparecido de la nada. El zumbido de la tormenta enmudece con las tronadas de la noche. Aprieto el acelerador.

Resuena en mi mente la voz temblorosa de papá, ahogada en un llanto. Corregía el primer capítulo de mi nueva novela cuando sonó su llamada. Tras un pausado: «Hola, Daniela», ha soltado una jerigonza. Apenas podía articular palabras, me ha costado entenderle. Después de varias expresiones sueltas e inconexas, he comprendido que debía trasladarme al hospital de Canfranc. El tiempo se acaba, veinticuatro horas. Me cruzo con una camioneta de faros amarillos y se acelera mi corazón.

Doscientos kilómetros separan Tudela de Canfranc. La carretera es sinuosa y apenas hay licencia para acelerar la marcha. Entro en la última media hora del trayecto preguntándome qué ha podido ocurrir. No me habían informado de nada, hasta hoy. Siempre soy la última en enterarme de las cosas. Siento un escalofrío y reparo que bajo el abrigo calzo solamente una sudadera. No llevo sostén. Ha resultado tan precipitada la partida…

Descubro en el horizonte las luces de Canfranc. El desvío hacia el hospital se encuentra en la entrada del pueblo. Me sorprende un semáforo en rojo y detengo la marcha. Clamo al cielo, mierda. Miro enfrente, y después, tuerzo el cuello hacia atrás. Nadie. Me salto la señal luminosa.

Tomo la carretera ascendente, circulando frente a la vieja estación. En lo alto de la colina se extiende el edificio del hospital.

Me apeo del automóvil y mi primera reacción es correr. Cruzo el parquin reservado para las visitas y me riega la tormenta. Accedo al edificio bañada por la lluvia y el cuerpo envuelto en un vaho. Me alcanza el calor del interior.

Extraigo el móvil y marco el número de mi hermano Sandro. Una enfermera me advierte de que no se puede usar el teléfono y le doy la espalda. Habitación 114. Es tan enrevesado el edificio que debo ascender hasta la tercera planta. Corro por las escaleras sin reparar si hay un ascensor.

Accedo a la habitación jadeando. Apenas hay luz. Descubro a papá triste y cabizbajo, en un lateral de la cama. Observa a mamá. Le agarra la mano con delicadeza. Ella yace con la expresión arrugada. En sus labios se dibuja una sonrisa y parece descansar plácidamente. Su rostro se muestra demacrado y da la impresión de haber envejecido repentinamente, hasta transformarse en una mujer centenaria. El impacto me causa una arcada.

Mi hermano me agarra del hombro y me esquina hacia la pared. Me susurra al oído.

—Lleva dos días dormida. Le han dado veinticuatro horas de vida —me comenta con un dolor acuciante.

En un apuro, me pregunto cómo ha llegado a tal punto. Papá gira la mirada y repara en mi llegada. Sus ojos están anegados de lágrimas.

De pronto, sufre una sacudida y tuerce el cuerpo hacia mamá.

—¡Lucía!

Mamá le ha dado un apretón de manos y abre los ojos teñidos de rojo. Su mirada es un cristal rasgado. Dice algo. Papá agacha la cabeza para escucharla. Sandro y yo nos acercamos a la cama a tientas. Sigue agarrando mi brazo, ahora con más presión.

—Dime, Lucía.

Mamá emite una voz cavernosa en un tono muy bajo. La oreja de papá roza sus labios violáceos. Tras un aliento forzado, ella ladea la cabeza y se entrega nuevamente al sueño. Nos situamos a la par de la cama, escoltando a papá. Mamá vuelve a sonreír.

—¿Qué ha dicho? —pregunta Sandro.

—No sé, no le he entendido bien. Algo sobre un bosque y un palacio blanco —contesta papá contrariado.

Dos horas después, el doctor Pastrana nos notifica el fallecimiento de mamá.

CAPÍTULO 3

Es tan solo una piedra. Un mármol frío en el que se rotulan los nombres de mis padres. A la distancia, en la misma hilera de tumbas, observo a una anciana, cabizbaja, frente a una lápida. Ha depositado un ramo de calas blancas sobre la losa y se dispone a orar con un gesto de ruego. Calza un abrigo negro. Es viuda.

Tuerce el cuello y me echa una ojeada punzante. Siento un apuro y me encojo, reteniendo el aliento. Sus ojos acuosos destellan mi entrometimiento. ¿Qué haces, Daniela? El viento tensa los penachos de hierba que alfombran los corredores del cementerio. Esquivo su mirada. Necesitaba llorar. Hoy, hace un mes que falleció papá. Mamá, algo más de tres meses. No doy crédito a lo sucedido. Ambos fallecieron en las mismas circunstancias: postrados en la cama y con una sonrisa en el rostro. Tras padecer un insomnio durante dos semanas, entraron en un delirio, perdiendo todas sus facultades. Según el doctor Abellán, que papá muriese con la misma afección que mamá, y tan solo dos meses más tarde, es debido al síndrome Tako-Tsubo. También conocido como el síndrome del corazón roto. Dolencia que se da cuando fallece la persona amada y se pierde todo el interés y toda expectativa por seguir viviendo. Me cuesta creer dicha hipótesis.

La mujer ha desaparecido y las calas son ya un elemento más de este lúgubre espacio que se extiende bajo el firmamento. Cierro los ojos, tuerzo el cuello hacia atrás y siento un universo vacío. Una lágrima humedece mis pestañas, y después, se desliza por mi pómulo. Siento la cabeza cargada. La lengua, mustia y arrugada, con pliegues blanquecinos. He venido hasta aquí para avivar mis recuerdos, sentirme cerca de ellos, no para rezar. He visto a mi padre en el sofá, leyendo el periódico. A mamá esperándome a la salida del colegio, con una sonrisa en el rostro, y en sus manos, un bocadillo de chocolate envuelto en papel aluminio.

Me dispongo a abandonar el camposanto con un andar errante. De vez en cuando, giro el cuello hacia las lápidas, leo el nombre de los fallecidos y calculo los años que han vivido. Una distracción macabra. Sobre las losas, ramos de flores marchitas dan cuenta del ambiente que se respira en el lugar. Cruzo la verja y reparo en el rótulo de hierro que cuelga en la verja: «Esta es la entrada a una nueva vida». Resoplo.

Tomo el camino hacia la casa de mis padres. Doy pasos con torpeza. Desde el fallecimiento de papá, me he instalado en Canfranc. A diario, me pregunto el porqué. Sé que es una huida a ninguna parte. No avanzo con la nueva novela y el tiempo de entrega me cae encima. ¡Me quedan solo dos meses! Desde la ruptura con David, hace medio año, caí en un bloqueo y no he sido capaz de avanzar más allá del primer capítulo. Ayer, me entretuve hablando por WhatsApp durante cuatro horas en diferentes grupos. Pensé que este pueblo de apenas quinientas almas, enclavado en el corazón del Pirineo, era el lugar ideal para escribir. Nada más lejos de la realidad.

Entro en casa y observo el desaguisado. Si mamá levantase la cabeza…

Huele aún a vodka negro. Varios vasos se reparten por la sala de estar. Llevan ahí una semana. Hoy no pienso beber, estoy decidida a escribir. Necesito una primera frase impactante para tomar impulso, y después, ya saldrá la historia por sí sola. Tal y como me sucedió en mi última novela, publicada hace un año. Tomo el cuaderno de apuntes y me acuesto en el sofá. Me deshago del calzado arrojándolo por los aires.

«Ahora es cuando menos debes desesperar».

La anoto en el cuaderno y busco el manuscrito. Mi mirada barre de arriba abajo la biblioteca. ¿Dónde está? Me inquieto y me incorporo. Me acerco hasta el viejo mueble y hurgo en el estante en el que siempre lo guardo. No está, maldita sea. Me giro bruscamente.

Hallo el cuaderno rojo en la mesa de cristal, junto a un vaso de vodka volcado. El manuscrito se muestra cerrado. No recuerdo haber escrito ayer. Me apresuro en tomarlo y echarle una ojeada para comprobar los daños. Desde la distancia, observo que las páginas se muestran arrugadas y manchadas de negro.

He echado a perder todas las horas de trabajo. Las hojas están encoladas de negro y se resisten a abrirse. Se rasga el papel y descubro que las manchas oscuras del vodka ocultan el texto. ¡Mierda! Apenas se dejan ver unas palabras sueltas. Hago correr las páginas, hasta buscar el final del texto. Descubro una línea indemne de toda destrucción.

“Mia Lawrence abandonó la mansión bajo un incendio, se adentró en el bosque y buscó un resguardo para sus hijos”.

—¿Quién es Mia Lawrence?

CAPÍTULO 4

Despierto agitada. Una tiritera recorre mi cuerpo y un sudor frío baña mi frente. En un océano de oscuridad, el despertador marca las cuatro y treinta y cinco minutos de la madrugada; hora de levantarse a trabajar. La nocturnidad activa mi mente. Es cuando más inspiración encuentro.

Me revuelvo en la cama y percibo que nada me cubre. La sábana y el edredón han debido caer al suelo. Tuerzo el cuello y descubro la funda nórdica arrugada sobre la alfombra. Vuelvo a cerrar los ojos y me viene a la mente la pesadilla que cortó mi sueño, un escuadrón de arañas recorre la corteza rugosa de un sauce. Apresuradas, unas ascienden y otras descienden el tronco con un tecleo en sus patitas. Sufro un escalofrío. Mi mente se sumerge en un torbellino, floto en el vacío y alzo la cabeza para observar la copa del árbol; una espesa telaraña en espiral recubre el follaje del sauce. Como un fular de seda anudado a un cuello, abriga las ramas colgantes.

De un sobresalto, me pongo en pie. Huyo de la habitación. Busco el primer cigarro del día y el calor de un café. Enciendo la cafetera y excitada busco la cajetilla de tabaco. Primero en la cocina, después en el escritorio, y por último, en el salón. Está junto al manuscrito de mi nueva novela. Ayer, compré un block para escribir cartas. El formato de las hojas me resulta inspirador. Y más si las páginas lucen ribetes de colores cálidos como el amarillo, naranja, rojo o lima. Sé que avancé, pero no recuerdo lo que escribí. Son las lagunas del vodka negro.

Como el ruido de una vieja locomotora, la cafetera vierte un chorro negro muy intenso. Tomo la taza y la acerco a la mejilla. Me alcanza el calor en el rostro. Enciendo el pitillo y abro el manuscrito. Leo lo que escribí ayer.

“En el año de gracia de 1794, tras finalizar su formación en la Royal Military Collage de Engineers, Preston Lawrence fue destinado a la colonia de Nuevo Burnswick como soldado oficial. Ingresó en una guarnición encargada de velar los intereses comerciales de la Corona británica.

Su cometido consistía en escoltar, a lomos de un morgan, los convoyes cargados de pieles para la manufacturación de abrigos. Por aquel entonces, la Corona inglesa ejercía dominio en las tierras agrestes del sur de Canadá y comerciaba pieles de búfalos y bisontes con los diferentes clanes de los sioux. Los carruajes cabalgaban día y noche, recorriendo largas distancias hasta alcanzar los puertos marítimos de Nueva Escocia. De camino, debían cruzar la maraña de bosques de pinos rojos, sorteando una infinidad de peligros: sendas escarpadas, bandoleros, ojibwas aguerridos, incursiones de la caballería norteamericana…

Corría una noche de invierno y la caravana integrada por tres carruajes se adentró en la espesura de los bosques de Hiawatha, después de abrevar en el lago Huron. La expedición tomó la ruta de Mission Hill, haciendo crujir la nieve cristalina. La luna derramaba un esplendor en el cielo y bañaba de destellos la blancura acumulada entre los viejos árboles. En esas, Preston Lawrence sintió una oleada glacial en el pecho y arrugó el rostro. Se hizo con la petaca que guardaba bajo su casaca y le dio un lingotazo al whisky. Tras el sorbo, cabalgó hasta la avanzadilla del convoy para ofrecer a sus compañeros la ardiente bebida. Era un escuadrón formado por seis soldados y tres cocheros.

De vuelta a la retaguardia, avistó entre la maraña de árboles una gruesa sombra en movimiento. Desenfundó la pistola y disparó al aire para detener la marcha de la expedición. Con el estruendo, las miradas de sus compañeros se clavaron en él.

—¡Un oso! —exclamó Preston señalándolo con el arma.

Reaccionó el oso y se escurrió entre la nieve.

Las pieles de semejante pieza eran un botín muy apreciado. Enmudeció la unidad y organizaron la batida con señales de manos. Divididos en grupos de dos, se aventuraron en el bosque para dar caza al animal.

Preston, colmado de avaricia, fustigó el lomo de su caballo y aceleró la galopada, hasta verse solo en un laberinto blanco de árboles. Salpicando nieve en su veloz cabalgada, se mostraba decidido a cobrar tan apreciada cacería.

De pronto, reparó en un roquedo de una pendiente. Descabalgó y tomó rumbo hacia el lugar a tientas, dejando las huellas de sus pisadas en la espesura de la nieve. Trazó un acercamiento en zigzag, ocultándose tras los árboles. Alcanzó un sauce y descubrió a una araña ascendiendo el tronco nevado. Sintió que el mundo se paralizaba.

Un aliento le sobrevino encima y una monstruosa forma le atizó un zarpazo en el rostro. Tras un tambaleo, perdió el equilibrio y quedó a merced del oso, que se ensañó con él, asestándole varias rasgaduras más. Primero en los labios, y percibió que todo giraba a su alrededor. Acto seguido, en el cuello y el pecho, y sintió que se oprimía su respiración. Moribundo, hundido en la nieve, notó el aliento de la bestia mostrándole sus afilados colmillos. Le propinó un mordisco en el muslo, desgarrando su carne, que dio a parar en la blancura de la nieve. Preston arrojó un agónico chillido que se evaporó en el gélido vaho. Después, se ahogó en su propio jadeo, escupiendo flemas rojas. Mientras, el oso aguardaba con las fauces ensangrentadas. Observó al soldado durante un tiempo, y en cuanto percibió que lo había reducido, se giró y se perdió en la espesura del bosque.

Tras varias horas estériles en busca del oso, los demás soldados desistieron en su empeño. Regresaron al lugar donde el convoy detuvo la marcha y advirtieron la ausencia de Preston. Decidieron hacer noche en el lugar y esperar a que apareciese.

Transcurrió la noche y también la mañana, sin noticias de Preston. Alertados, organizaron una batida para buscarlo. Scott, un joven de origen gales, partió a su encuentro adentrándose en el bosque. Tras varias horas de búsqueda infructuosa, volvió al punto de encuentro y decidieron retomar la marcha. Les apremiaba el tiempo, ya que una entrega retrasada les privaba de una parte de la remuneración.

Preston Lawrence quedó abandonado a su suerte en el corazón de los bosques de Hiawatha, bajo una intensa nevada”.

Escucho un vocerío en el vecindario y sufro un sobresalto. Agudizo el oído. Era una voz masculina. Nuevamente, se extiende el silencio de la noche y la resonancia del grito retumba en mis oídos. Me acerco a la puerta de casa, cruje la madera y estalla un nuevo bramido.

Salgo a las escaleras.

CAPÍTULO 5

Irrumpo en el rellano de las escaleras y me asomo al barandal. Apoyo las manos con recelo por su fragilidad. Dirijo un vistazo hacia arriba y se desvanece en la oscuridad. ¿Mierda, quién chilla a estas horas? Con avidez, tuerzo el cuello e indago en las plantas bajas. Mi mirada serpentea por las escaleras. Alcanzo a ver un cuerpo que despide un ronroneo. Me abalanzo hacia abajo, aferrándome al pasamano.

Desciendo hasta la primera planta y descubro el cuerpo yacente de un hombre. Tan solo viste un pantalón de chándal, y de cintura para arriba, se muestra desnudo. No logro ver su rostro. Se encuentra ladeado y la cabeza reposa sobre la alfombra. La puerta de su casa está abierta de par en par.

—¡Socorro!

Mi llamada de auxilio se pierde en la oscuridad. El hombre no emite reacción alguna. Su cuerpo es la encarnación de la cera.

Es corpulento, alrededor de los noventa kilos. Emite breves gemidos. Parece que ha sufrido un desmayo. Me reclino para tomarle el brazo, girar su cuerpo y comprobar si reacciona. Está frío como un lagarto, cuesta virarlo. No hay reacción.

—¡Socorro! —suelto un nuevo grito de alarma que rebota en el estrecho rellano.

Insisto. El hombre gira más por la inercia de su peso que por mis fuerzas. Por fin, logro descubrir su rostro. Jamás lo había visto. Vierte espumarajos por la boca y muestra los ojos abiertos e inyectados de sangre. Tirita. Su torso está plagado de arañazos brutales, a sangre viva. Sufro una tragantada y un temblor frío me recorre el espinazo.

Observo sus uñas teñidas de rojo; no hay duda de que se ha autolesionado. Un ruido me distrae la observación. Es el crujido metálico de un cerrojo. Se abre la puerta de enfrente y emerge una mujer, la vecina. Su mirada expresa un asombro.

—¿Qué ocurre?

—¡Llame a una ambulancia! —estallo con un bramido.

Se acerca curiosa, anudándose la bata. Se lleva las manos a la boca en cuanto descubre al hombre.

—¿Arturo?

Se gira rauda y se adentra en la oscuridad de su casa. Una tensa espera cae sobre mí. Observo nuevamente al hombre; muestra el rostro arrugado, con profundos surcos. Las burbujas del espumarajo revientan una a una. Su semblante demacrado no encaja con su cuerpo robusto. Parecen piezas de diferentes personas.

Aparece nuevamente la vecina, una mujer que ronda los cuarenta. Distingo la sombra de su marido en la negrura de la casa. Ella se agacha y empapa la frente de Arturo con un paño húmedo.

—Esto le aliviará. Soy Olga. Mi marido llama en estos momentos a urgencias, los sanitarios no tardarán en llegar.

«Ña, ña, aña», Arturo emite un ronroneo y sus ojos cobran brillo. Clava la mirada en mí, aunque soy incapaz de descifrar si me está observando o contempla el vacío. Se mantiene inmóvil. Olga me mira con incredulidad, y mientras, le enjuaga las mejillas.

Se escucha el sonido de una sirena a extramuros. Se para el motor de la ambulancia. Soy capaz de escuchar cómo se apagan las luces.

Llegan los sanitarios. Son tres, calzando uniformes reflectantes. Un hombre de cabello rapado y finísimos anteojos dirige la emergencia. Es delgado, eléctrico de movimientos. Aproximadamente, tendrá mi edad, unos treinta y cinco. Nos insta a apartarnos con cortesía y nos facilita su nombre, Diego. Se agacha, a un lado del paciente, y le toma el pulso palpando la yugular con dos dedos.

—¡Robert, el desfibrilador!

Raudo, el compañero le alcanza un kit. La tercera sanitaria contempla las maniobras desde nuestra posición. Parece una becaria. Nos trasmite calma con señales de manos. Diego aborda el cuerpo de Arturo y adhiere unos apósitos rectangulares en su pecho. Muestra un asombro por los zarpazos y los acaricia con los guantes de látex. Un cableado rojo conectado al desfibrilador se extiende hasta el corazón del indispuesto. El monitor comienza a emitir la frecuencia cardiaca con unas ondas finas y verdes, en un movimiento acelerado, de izquierda a derecha.

—Habrá que trasladarlo —concluye el sanitario mirando con urgencia a su compañero.

—¿Voy? —pregunta la becaria.

—¡Sí, Marina!

La joven sale disparada y abandona el edificio. En un abrir y cerrar de ojos, reaparece acarreando una camilla. Con suma delicadeza, incorporan a Arturo y se disponen a trasladarlo a la ambulancia. Se despiden con brevedad, dando las gracias. Olga y yo, alineadas a la par, seguimos con la mirada sus rastros, hasta que desaparecen. Un sentimiento de alarma instiga a los sanitarios.

—¿Vive solo, Arturo? —pregunto curiosa.

—Sí, sus padres ya fallecieron. Aquí vivía la familia. Las desgracias se han cebado con ellos.

—¿Qué edad tiene?

—Unos cuarenta, no más.

Nos despedimos y vuelvo a casa. Para lograr una distracción retomo la novela, pero apenas logro concentrarme. La expresión agónica de Arturo y los zarpazos de su cuerpo obnubilan mi mente.

“Preston Lawrence despertó al calor de una hoguera. Entre mantas, percibió que se hallaba en el interior de un refugio cónico, construido con pieles de búfalos. Con un dolor agudo en el pecho, le vinieron a la mente las imágenes de su agonía en la nieve y cómo se alejaba el oso mansamente, perdiéndose en la ventisca. Aliviado, torció el cuello y descubrió el semblante borroso de una joven de tonalidades rojas y dos gruesas trenzas que anudaban su cabello. Resopló y se entregó al sueño, sintiendo que unas finas manos le acariciaban la piel con un ungüento aceitoso”.

Soy incapaz de permanecer sentada más de cinco minutos. Deambulo de una habitación a otra, sin objeto alguno. Vuelvo a enfrentarme al manuscrito y me es preciso leerlo una y otra vez para retomar el hilo. Me envuelve una confusión.

Agoto todas mis esperanzas de escribir. Tomo un vodka negro de un sorbo y abandono el hogar. Son las once de la mañana y me dirijo hacia el hospital, para conocer de primera mano el estado de salud de Arturo.

CAPÍTULO 6

Como en todos los hospitales, apesta a lejía y amoniaco. Veo reflejada mi figura regordeta en las baldosas de la pared. Doy la espalda a mi imagen y me dirijo rauda hacia la recepción para que me indiquen la habitación de Arturo. La atención es inmediata. Me recibe una joven muy linda, que apenas supera la veintena. Echa humo por la cabeza, de lo atareada que está. Acumula una copiosa cantidad de impresos sobre la mesa, al tiempo que suena el teléfono. Lanza una mirada de pocos amigos al aparato, me dedica una sonrisa traviesa y toma el ratón del ordenador para averiguar la habitación. Me facilita el número, 106.

Asciendo hasta la segunda planta tomando las escaleras. Soy un manojo de nervios, caminando apresurada. Me cruzo con un celador que me lanza una mirada de estupor. Finalmente, encuentro la habitación al fondo del pasillo y golpeo la puerta con los muñones.

—Pase. —Suena una voz vigorosa.

Accedo a la estancia, luminosa y de azulejos blancos, y encuentro al doctor Abellán, escoltado por una enfermera de uniforme lila. Ambos observan a Arturo, en un lateral de la cama. No hay más pacientes.

—¿Es su pareja? —me pregunta el doctor.

—No, la vecina. La que descubrió a Arturo inconsciente en las escaleras. ¿Cómo se encuentra?

El galeno hace un movimiento con la cabeza, invitándome a entrar en la habitación. Muestra un gesto de decepción en su rostro. No soy quien esperaba. Me acercó hasta el pie de la cama, con cierto reparo. Me siento una intrusa.

—Está estable. Ahora descansa —me informa en voz baja.

Arturo duerme con un gesto sonriente, como disfrutando de un sueño plácido. Pese a no ser la primera vez que lo observo, me impresiona su rostro demacrado. Curioseo el monitor y el monstruoso artilugio al que está enchufado. Tiene cables conectados al pecho, brazo izquierdo y a un metal adherido en el lóbulo frontal. La maquinaria emite un leve pitido constante.

—¿Se recuperará? —pregunto impaciente.

—Sí, no se preocupe. Sus constantes vitales ya se han estabilizado. Presentaba un cuadro clínico de ansiedad. Le hemos administrando un sedante para calmar la crisis nerviosa, Diazepam. En unos días podrá volver a casa, con un tratamiento a base de antidepresivos.

Las aclaraciones del doctor me provocan una mezcla de alivio y pesadumbre.

—¿Los arañazos son debidos al ataque de ansiedad?

—Es muy probable. Es una reacción muy dada cuando se padecen fobias. Necesitamos realizarle alguna sesión de terapia para valorar el alcance del trastorno emocional. Ingresó en un estado de delirio y sus palabras eran incoherentes.

—¿Hablaba cuando ingresó? —pregunto confusa.

—Balbuceaba.

—Y, ¿qué decía?

El doctor me observa con la expresión arrugada.

—Mencionaba a unas arañas. También decía algo sobre un bosque. Pero no trate de encontrar una lógica a las palabras vertidas en un delirio. —Suministra la información. No me permite saber más.

Es lo que trato de encontrar, una lógica. Una lógica a la cantidad de delirios que se están dando en Canfranc. Una gota fría me recorre la espalda y siento el aguijonazo de dos tenazas peludas a la altura del riñón derecho. Me abrasa la zona. Recuerdo el picotazo de una araña que sufrí en el desván de mis abuelos cuando removía la ropa vieja. Por aquel entonces, era una niña de diez años. Padecí una fiebre intensa y convalecí en cama durante dos semanas.

—¿Sabe si Arturo sufría un insomnio? —insisto, con un sudor en la frente.

—Lo desconozco. Desde luego, ahora duerme profundamente —contesta el doctor observándome de pies a cabeza.

Me mira como si fuera una loca. Mientras, la enfermera se maneja con brusquedad, advirtiéndome de que deje de molestar. Desenvuelve una jeringa del envoltorio y arroja el envase sobre la mesilla.

Le suministra la inyección en el brazo izquierdo y acto seguido le frota el punto de la punzada con una gasa húmeda. Le adhiere un apósito. El doctor observa la práctica, y después, se centra en el monitor de la máquina.

Con una actitud desabrida, finiquitan la visita, aludiendo que les esperan más pacientes. Abandonan la habitación. Las piezas de un rompecabezas se extienden ante mí y las divagaciones estallan en mi mente. Bosque, arañas, delirios, insomnio… Decido quedarme en el lugar y esperar a que despierte Arturo. Necesito más información.

Tomo el asiento para los visitantes y lo acerco a la cama. Me acomodo. Extraigo la pluma y el block de notas del bolso. Reflexiono unos instantes. Fecho la página, 21-04-2015, y borroneo la información vertida por el doctor en un esquema desordenado. «Mencionaba unas arañas. También decía algo sobre un bosque». De vez en cuando, observo a Arturo. Continúa dormido, con una sonrisa en el rostro. Doy un segundo barrido a lo escrito y le otorgo cierto orden. Decido diseñar un mural en cuanto vuelva a casa con los indicios que manejo. Resultaría interesante escuchar la versión de Arturo, es clave. También, necesito hablar con mi hermano. Seguido de un asterisco, escribo: «Hablar con Sandro». Él vivió de primera mano los episodios de delirio de papá y mamá. Tengo que saber qué visiones padecían cuando les venía encima una crisis.

Miro por la ventana y observo que amenaza la lluvia, el cielo se muestra encapotado. Acto seguido, me hago con el móvil para escribir un WhatsApp a Sandro. Tengo diez mensajes de mi ex: «Necesito hablar contigo, es urgente». Atizo a la pantalla con el dedo y unos mensajes más abajo, leo: «Lo he dejado con Amalia, aún te amo». Mierda, suelto en voz alta. Apago el móvil y me alzo del incómodo asiento. Me cruje la columna. Mañana vuelvo, decido. Quizá, encuentre a Arturo desvelado y consiga hablar con él. Abandono el hospital cuando caen las primeras gotas. Me apresuro en retornar a casa.

CAPÍTULO 7

“Preston Lawrence abrió un ojo cuando sintió el cosquilleo de los dedos de Omani. Una noche más, el inglés recibió la visita de la joven curandera en el wigwam donde se restablecía de las heridas ocasionadas por el oso. La bella muchacha se acomodó en un lateral del lecho y humedeció los garrotazos de la bestia con aceite de cedro. Al calor de la hoguera, el soldado le ofreció una sonrisa, le dedicó una mirada de deleite y se entregó al gozo.

El chamán del poblado entró en el wigwams y cortó las placenteras sensaciones del inglés. Malhumorado, el soldado contuvo el gruñido por cortesía. Ese día se celebraba el Midewiwan, la noche en que la aurora boreal alcanzaba el máximo resplandor. Según las creencias de los ojibwa, el Gran Espíritu teñía el firmamento de luminosas manchas de color esmeralda para ofrecer la luz y la sabiduría a las diferentes tribus. El hechicero, exhibiendo un tocado de abundantes plumas, examinó las heridas con las yemas de los dedos y determinó que el paciente ya se había restablecido. Felicitó a Omani por las atenciones y le concedió el permiso para retirarse.

El chamán, de nombre Búho, prendió unas lascas de abeto en un recipiente metálico, aguardó a que el incienso perfumara la estancia y murmuró una oración. Después, ayudó a Preston a incorporarse y le alargó un báculo para apoyarse en el andar. El hechicero le invitó a salir al exterior.

En el instante en el que las sombras de la noche caían sobre las nevadas cumbres, Preston descubrió la fisonomía de un campamento ojibwa. Se encontró rodeado por una veintena de wigwams, construidas con pieles de bisonte. A los pies de las viviendas, ardían diminutas antorchas, otorgando al poblado una apariencia aguerrida. La aldea se alzaba en una ladera, al resguardo de las montañas y los bosques. El inglés observó el alborozo de los nutridos grupos de lugareños que se dirigían en tropeles hacia una monstruosa hoguera que ardía más allá de la aldea. El hechicero señaló el cielo y el soldado admiró con la boca abierta las manchas luminiscentes de la aurora boreal. Jamás había contemplado un espectáculo de semejantes dimensiones. Sonrió al indio sin salir de su asombro.

Emprendieron el camino hacia la ladera sagrada, con un andar pausado, zigzagueando entre las construcciones cónicas. Alcanzaron el lugar de la ceremonia y el chamán convidó a Preston a tomar asiento en un altar de madera con forma de U. Ocuparon el lateral reservado a las autoridades del campamento. En el centro del estrado, el jerarca de la tribu, apodado Coyote Blanco, exhibía dominio. Instalado en un trono de proporciones mayúsculas, lucía símbolos pictóricos en el rostro, un voluminoso tocado de plumas, ropajes de piel de coyote, y en su cuello, colgaban collares de piedras irisadas y conchas cauri. Ceremonioso, fumaba un calumet, expulsando voluminosas volutas de humo. Le acompañaba su esposa, en un segundo trono más humilde. Era mucho más joven que él, de una belleza exótica.

El inglés se acomodó en el asiento y barrió la tarima con la mirada. Los asientos de los cabezas de familia se mostraban ocupados y en el lateral opuesto, los guerreros del campamento formaban una hilera, haciendo sonar tambores y flautas, en una melodía festiva. Comprobó cómo los ancianos, las mujeres y los niños tomaban asiento, acomodándose sobre la hierba, de pies cruzados. Entre ellos, merodeaban varios perros agitados por el bullicio de la ceremonia.

En esas, el chamán surgió entre las tinieblas de la noche, luciendo una cornamenta de venado en la cabeza. Se mostraba desnudo de cintura para arriba, exhibiendo el dibujo de un águila roja en la espalda. Se posicionó frente a la hoguera, y estirando los brazos hacia el cielo, invocó al Gran Espíritu. Preston alzó la cabeza hacia el firmamento y admiró una vez más las ráfagas luminiscentes de color verde. El fuego y la música, bajo el resplandor del cielo, otorgaban a la noche un halo mágico.

Se acentuó el redoble de los tambores, las flautas sonaron agudas y el hechicero rodeó la gran hoguera en una danza saltarina, apoyando alternativamente sus pies desnudos en las brasas. El vigoroso baile generó el sudor que espantaba los males de su cuerpo, purificando el alma.

El hechicero finalizó el baile, se silenció la música y su imagen se evaporó entre los wigwams. Reapareció unos minutos después, acompañado por la bella Omani y un muchacho llamado Kee. Era el aprendiz del chamán. Un joven capaz de interpretar con acierto las señales que emitía la Madre Tierra. Desde hacía un tiempo, acompañaba a Búho en sus oficios, y este, le instruía acerca de los misterios de la vida. El Gran Chamán le enseñaba a comunicarse con los diferentes espíritus del bosque, el cielo, los ríos, e incluso, con los antepasados.

Omani y Kee habían alcanzado los trece años, la edad para formalizar el matrimonio entre los ojibwa. Preston comprendió de inmediato la ceremonia que se celebraba ante sus narices y un ardiente veneno incendió su interior. Sentía un ferviente deseo hacia la joven curandera. En ese momento de rabia y furia, el público aclamó a la pareja.

Ante un redoble de tambores, los prometidos ascendieron al altar y se posicionaron frente a Coyote Blanco. El Gran Guerrero, se alzó del trono y les colgó un collar de piedras ónice en los cuellos, en señal del enlace. Después, los felicitó deseando que fueran felices. Los jóvenes vertieron lágrimas de emoción, mirándose tiernamente.

A continuación, la gran dama se alzó del trono y también felicitó a la pareja. Agasajó a Omani con un ramo de flores de lis, como símbolo de la fertilidad. Miró a la hilera de guerreros y solicitó la presencia de dos de ellos. Los recién casados, rebosantes de alegría, se retiraron a un wigwams acompañados por la esposa de Coyote Blanco. Los guerreros escoltaron a la comitiva. En el interior de la vivienda aguardaban las familias de los jóvenes, a la espera de que arrancase el banquete del Midewiwan.

Tras un estruendo de tambores, los guerreros rompieron filas y rodearon la hoguera para bailar sobre las brasas y depurar su espíritu. Danzaron formando círculos, entre cánticos y el júbilo de los lugareños.

Finalizado el ritual de depuración del alma, Coyote Blanco se alzó del trono y reclamó a Preston Lawrence con un gesto de manos. Todas las miradas de los asistentes convergieron en ambos, entre murmullos. El inglés, se acercó dubitativo al centro del altar, aguardando acontecimientos. La idea del jerarca era la de restablecer relaciones comerciales con los británicos, ya que últimamente, se decantaban por las pieles de los sioux.

De un lado de la tarima, surgió un guerrero portando un fardo y se lo entregó al jefe indio. Lo tomó y hurgó en el interior. Extrajo un abrigo blanco, confeccionado con las pieles del oso que había herido a Preston Lawrence. Ante la cara de incredulidad del inglés, Coyote Blanco le obsequió la vestimenta y pidió que se la calzara. Con la prenda en el cuerpo, se hinchó de orgullo y se sintió poderoso, por ser dueño de las pieles de aquella bestia.

A medianoche, se inició el banquete del Midewiwan con el asado de tres caribús en la gran hoguera. Parte de las viandas se enviaban al wigwams de los recién casados. Preston ocupó el trono de la esposa de Coyote Blanco y mantuvo animadas conversaciones con el jerarca. Al final de la velada, el jefe de la tribu obsequió al invitado un pequeño cofre colmado de monedas de oro para que afrontara el camino de vuelta a Inglaterra. Las piezas doradas habían sido robadas en los asaltos que cometían los ojibwa a las caravanas norteamericanas. Los ojos del inglés cobraron brillo en cuanto vio el dinero, y por unos instantes, se alivió la furia de sus entrañas”.

Suena la puerta. Dejo de escribir la novela y me alzo extrañada, preguntándome quién será. Son las once y media de la noche. Miro por la minilla y descubro a mi vecina, Olga. Muestra el rostro desencajado y los ojos rojizos. Abro la puerta.

—Buenas noches. Vengo a informarle de que Arturo ha fallecido a media tarde.

CAPÍTULO 8

Tomo un chupito de vodka negro de un sorbo. Otro más. Enciendo un cigarro. No doy crédito al fallecimiento de Arturo. Deambulo de una habitación a otra, sin sentido alguno, tratando de atar cabos sueltos. Me posiciono frente a la pared donde cuelga el mural de la investigación y anoto la fecha de la defunción.

Por un instante, me quedo en blanco frente al folio DIN-A3, colocado en horizontal. Reacciono y centro la atención en que los fallecimientos de mis padres y Arturo tienen previos episodios de delirios en común. Papá y mamá, además, sufrían un insomnio. Me queda la duda si Arturo padecía la misma afección. Quizá, Olga tenga la respuesta. Además, los tres citaban un bosque cuando desvariaban.

Agarro el móvil, necesito hablar con mi hermano. Lo tengo apagado. Sí, lo desconecté cuando vi los mensajes de mi ex, David. Lo enciendo y encuentro tres llamadas de un número extraño. A las ocho y doce minutos, ocho y veinte y nueve menos cinco. También, tengo varios mensajes; uno de ellos del mismo número. Lo abro y leo: «Soy el doctor Abellán. Le llamaba para informarle del fallecimiento de Arturo Sotelo, tras una parada cardiaca».

Tomo aire y enciendo un pitillo más. Observo que el anterior aún humea en el cenicero. Marco el número de mi hermano. Da línea, y después, descuelga. Escucho un ruido de fondo, como si algo hubiera caído.

—¿Sandro?

—Uf, estaba dormido. Mañana, me levanto a las cinco de la madrugada para ir a trabajar. ¿Ocurre algo? —pregunta con una voz amortiguada.

—No, tranquilo. Solo una cosa. ¿Sabes si mamá y papá tenían visiones de arañas cuando deliraban?

—¿Arañas?

Transcurre un tiempo en silencio. Compruebo el móvil para asegurarme de que no se ha cortado la llamada.

—¿Sandro, sigues ahí?

—Sí, sí. Mamá apareció un día con un rasguño en el cuello. Dijo que había sufrido la picadura de una araña. ¿Por?

—No, por nada. ¿Y, papá, también padecía visiones de arañas?

—Pues, no lo recuerdo. ¿Qué mosca te ha picado ahora?

—Nada, curiosidad.

Me acerco al mural y en la línea de investigación de mamá anoto «arañas y rasgadura en el cuello». La misma señal que Arturo, pero este último en el torso. Sufro una parálisis, y por unos instantes, imagino un pelotón de arañas trepando por mis piernas. Me entra un tembleque. Recuerdo la fobia que tengo a esos bichos. Me cuesta reaccionar.

—Mamá, al despedirse, dijo algo acerca de un bosque. ¿Lo recuerdas?

—No.

—¿No?

—¡Joder, Daniela! ¿Te parece lógico el interrogatorio al que me estas sometiendo a estas horas de la noche? ¡Estás chalada! No, no me acuerdo. Pero, papá sí que mencionaba un bosque, a menudo. También, un palacio blanco.

¿Un palacio blanco? Me pregunto en voz baja.

—Gracias, Sandro. Tranquilo, no te molesto más. Te llamo en otro momento, buenas noches.

Cuelgo, sin darle tiempo a despedirse. No importa, ¡qué más da! Es mi hermanito. Tenemos el mismo malhumor. Anoto un palacio blanco en la línea de papá. Se confirman mis sospechas, extraños sucesos, ajenos a toda comprensión, rodean los fallecimientos de mis padres y Arturo. Reflexiono frente al papel. La información se entremezcla y siento que un laberinto me atrapa. Cobra fuerza un remolino en mi mente y sufro un leve desfallecimiento. Apoyo la mano en la pared. Me siento extenuada, me sobreviene el sueño.

Abro los ojos. ¿Qué ha pasado? He sufrido un nuevo lapsus; últimamente son muy frecuentes. Tomo un último vodka y decido visitar mañana al doctor Abellán. Me acuesto.

He dormido como un tronco y me siento más fresca que nunca. Tengo un hambre voraz y desayuno todo lo que encuentro: una manzana, dos tostadas, mantequilla, queso, bombones, café y otro café más.

Me preparo. Escojo un chándal. Apenas me arreglo, recojo el cabello en una coleta. Me miro en el espejo y lista para salir. Tomo el camino hacia el hospital, a la consulta del doctor Abellán. El día se presenta soleado y disfruto de un paseo agradable.

El doctor me recibe con un saludo cordial y me invita a tomar asiento. Ocupo una silla verde, en una estancia minúscula de tonalidades blancas.

—Lo siento por el fallecimiento de Arturo, le doy mi pésame. La llamé porque creí que era la persona más cercana a él. Es la única persona que lo visitó. Según me han informado, no tiene familia. ¿Le unía a él una estrecha relación? —me pregunta el doctor con la mirada adensada.

—No. No lo conocía. Llevo tres semanas en Canfranc y apenas he tenido tiempo para relacionarme con la gente. Como le dije ayer, lo encontré en las escaleras de casa, inconsciente.

—Vaya, bienvenida a este pueblo singular. —Se abre un silencio, no se me ocurre qué decir—. A media tarde, el paciente sufrió una trombosis pulmonar repentina, obstruyendo por completo la arteria. Se le inyectó un catéter, pero para entonces, nada se pudo hacer. El corazón entró en una arritmia irreversible. —Contrae los labios expresando una tristeza.

—Usted comentó que Arturo padecía un episodio de delirio cuando ingresó, ¿cierto?

—Sí, es cierto. Es un síntoma muy frecuente antes de la muerte, por la carencia de oxígeno en el cerebro.

—¿No le parece sospechoso que últimamente se hayan dado varios fallecimientos tras un episodio de delirio?

El doctor me dedica una mirada de perplejidad.

—¿A qué muertes se refiere?

—Los fallecimientos de mis padres y Arturo.

—Correcto, son tres fallecimientos similares. Pero no veo nada extraño.

—¿Cómo explica que mi madre y Arturo tuviesen un delirio antes de morir en el que eran atacados por arañas?

—Es una coincidencia, no encuentro relación alguna. El sentirse atacado por arañas es una fobia muy habitual antes de fallecer. También, se da con las hormigas. Es por la medicación que se toma. Provoca un escozor en el cuerpo y el paciente cree que es atacado por insectos.

—¿Y lo del bosque?

El doctor se encoje de hombros. Me observa como si fuera una loca.

—Otra coincidencia, es por el estado de ansiedad de los pacientes. Se sienten angustiados por una próxima muerte.

—Lo siento, doctor, ¡no me convence! Tengo la corazonada de que detrás de los fallecimientos se esconde un fenómeno extraño —salto enojada.

—¿Un fenómeno extraño? —sonríe—. Soy médico. Lo paranormal no es mi campo.

Mantiene la calma, aunque sé que le resulto un incordio. No hay nada que hacer. Abre las manos, en señal de no tener una respuesta.

—Analícelo, ¡por favor! ¡Extraiga conclusiones! Detrás de esos tres fallecimientos hay algo que no me cuadra.

El doctor continúa embebido en sus ideas, se sumerge en un silencio. Está deseando que me marche de aquí. Me levanto del asiento y abandono la consulta. No hay una despedida.

CAPÍTULO 9

El entierro de Arturo acontece en el camposanto de Canfranc. Dos corredores de tumbas más adelante del lugar donde están enterrados mis padres. Llego al panteón. La losa está abierta, provoca vértigo. El párroco lleva un tiempo frente al sepulcro, aguardando la hora; quedan cinco minutos. Calza una sotana larga y sostiene un libro negro en las manos. Mira el reloj. También, están presentes Olga y su marido, esperando el triste momento del sepelio. Me acerco a ellos. Hay una cuarta persona, algo escorada. Ronda los treinta, es delgado, poca cosa, tiene el cabello pelirrojo y la cara punteada de pecas, color miel. Imagino que es alguien cercano a Arturo.

—¡Qué desgracia! En dos o tres años se ha ido toda la familia. Los padres y los dos hermanos —susurra el marido de Olga.

Arqueo las cejas, en señal de sorpresa.

—¿Todos?

—Sí, todos.

—¿El hermano, también? —pregunto extrañada.

—También. Su hermano mayor tras una depresión.

—Ahí vienen —dice el cura y señala con la cabeza al sepulturero y su ayudante.

Acarrean el ataúd, trasladándolo en un carro metálico, provisto de ruedas. El sepulturero es un hombre que ronda los cincuenta, de barba cana y ojos rojizos. Parece un personaje sacado de una novela de Dickens. Gabriel Grub de Cuentos de Navidad.

Me urge hablar con Olga, su testimonio cobra vital importancia. Decido hacerle una visita, en los próximos días. Llega el ataúd y el sepulturero saluda a los presentes. Colocan el féretro frente a la lápida. Aún no está rotulado el nombre de Arturo. Leo el de su hermano, Carlos. Treinta y seis años, qué pobre. Es injusto morir tan joven. Sus padres a los sesenta y cuatro y sesenta y dos años. También, jóvenes para morir. Los imagino delirando, y después, postrados en la cama, con una sonrisa en la boca como mis padres. Se me hace un nudo en la garganta. Me pregunto si Sandro y yo seremos los próximos. Me aterra pensar en ello y lo elimino de la mente.

El cura suelta dos o tres oraciones y hace varias señales de la cruz. El silbido del viento armoniza con los rezos. El sepelio es triste y breve. El joven ayudante se adentra en el hoyo oscuro y el sepulturero deja caer el ataúd mansamente en la fosa. Se ayuda con una gruesa soga. Arturo toma descanso en las entrañas de la tierra para la eternidad. Olga derrama varias lágrimas y su marido le toma del hombro, ofreciéndole protección. Le hunde la cabeza en su pecho. El enterrador empuja la losa con la colaboración de su compañero y se escucha el crujido de la piedra. Cubren el orificio del más allá. El desconocido de cabello pelirrojo apenas se inmuta, se mantiene firme con la mirada clavada en la lápida y las manos recogidas en la espalda.

Por un instante, me quedo en blanco.

—¿Te quedas aquí? —me pregunta el marido de Olga, tras depositar un ramo de claveles sobre la losa.

Reacciono.

—No, voy.

Se acerca el desconocido. Continúa sin expresar la más mínima emoción.

—Hola. Soy el inspector Ramiro Montoya. Quisiera tener una charla con usted. ¿Puede acudir a la consulta del doctor Abellán, mañana, a las doce del mediodía?

—¿Algo grave?

—No, nada grave, no se preocupe. Necesito testimonios, trato de esclarecer el fallecimiento de Arturo.

Asiento con la cabeza. Me entrega una tarjeta y la leo. Inspector Ramiro Montoya de la Comisaría de Policía del Distrito 3, de Zaragoza. Levanto la mirada y me encuentro sola. No queda rastro de nadie y me pregunto cuánto tiempo he permanecido observando la tarjeta.

El caminar me lleva hasta la tumba de mis padres. Me detengo ante ella. El viento me remueve el flequillo y no quiero pensar en nada, solo llorar.

—¿Qué es este rompecabezas? —pregunto en voz alta.

Me vienen a la mente los arañazos del cuerpo de Arturo y huyo del lugar.

Abro un ojo. Vaya nochecita, dudo si he logrado dormir. Reflexiono durante un minuto, tratando de desvelar la incertidumbre. Creo que he dormido. Recuerdo soñar con un palacio blanco de fachada resplandeciente, cegadora. Resoplo, sintiendo un alivio por haber descansado.

Apenas desayuno, tengo el estómago revuelto. Pienso en cuáles pueden ser las preguntas del inspector. ¿Por qué quiere reunirse conmigo en la consulta del doctor Abellán? Me resulta muy extraño. La inquietud me hormiguea el cuerpo. Me calzo lo primero que encuentro y salgo a la calle.

Con un andar plomizo, llego hasta el hospital y me adentro en el edificio. Siento que me encuentro en un espacio nebuloso. Todo resuena, como si estuviera en otra dimensión. La sensación es extraña.

Llego a la consulta del doctor y golpeo la puerta con los muñones. Suena a hueco.

—Pase. —Escucho una voz amortiguada.

Entro y encuentro al doctor y el inspector sentados al otro lado de la mesa, alineados a la par. Muestran el semblante sonriente, tratando de quitar hierro al asunto.

—Pase, tranquila, no se quede ahí —dice el doctor.

Me coloco junto a la silla, de pie, sintiendo la mente cargada y los ojos caídos. Tengo que tener un aspecto horrible.

—Siéntese, por favor —me pide el inspector Montoya.

—Uf. He tenido una noche horrible. ¡Horrible!

—¿Nerviosa? —me pregunta el inspector.

—No, nerviosa no, desconcertada.

—Tranquilícese, no es nada grave. Es una entrevista para la investigación. Buscamos testimonios.

Asiento con la cabeza.

—Según me comentaba el doctor Abellán, busca una explicación a los fallecimientos de sus padres y su vecino Arturo Sotelo. ¿No es así?

—Sí. Cierto.

Apenas tengo fuerzas para hablar, y menos, compartir la manera de entender el caso. Continúa hablando el inspector.

—Después de su último encuentro con Manuel Abellán, el doctor analizó el archivo de los expedientes clínicos y obtuvo sorprendentes descubrimientos.

Le cede la palabra con un gesto de manos. Me da la sensación de que el inspector tiene poca experiencia.

—Bien, como dice el inspector, tras escuchar sus hipótesis, analicé los expedientes clínicos de los últimos años y descubrí que el pasado mes de enero fallecieron Daniel Bárcenas de treinta y cinco años de edad y Moisés Mohedano, de cincuenta y dos. Ambos vecinos de Canfranc, que mostraban un cuadro clínico de delirio, en el que tenían visiones de arañas y un espantoso bosque. El mismo caso que sus padres y su vecino Arturo.

Muestro una sonrisa en el rostro, frente a la imperturbable expresión de ambos.

—¿Ve cómo tenía razón? —pregunto eufórica, mirando al doctor.

—Sí y no —responde el inspector y vuelve a ceder la palabra al doctor.

—Tras analizar los descubrimientos y contrastarlos con especialistas en la materia, barajamos la hipótesis de que los habitantes de Canfranc padecen una histeria colectiva, en la que sufren un pánico a las arañas y a los bosques, debido a la plaga de estos insectos que invadió el municipio hace exactamente cuatro años.

—¿Una histeria colectiva? ¿De qué especialistas me están hablando? —muestro un asombro y un enojo a partes iguales.

Me da la sensación de que quieren escabullirse del tema. También de mí. Me toman por una idiota. El inspector sonríe con un aire de burlarse de todo. Muestra una cara de gilipollas. Descartan la versión de los sucesos extraños.

—Le pedimos que no ahonde en sus pesquisas ni revuelva más este asunto. Podría agravarse el problema y crearse aún más alarma entre los habitantes de Canfranc —me advierte el inspector.

¿Más alarma? Me revuelvo en el asiento enojada.

—De acuerdo, lo entiendo —digo tratando de finiquitar la conversación y dejar de escuchar sus infumables teorías.

Me alzo del asiento.

—Lo siento, si no les importa… me urgen otros asuntos. Qué disfruten de una plácida mañana.

Abandono la consulta con sus voces jocosas resonado en mi mente.

CAPÍTULO 10

Me encierro en casa. No quiero saber nada del exterior. Mi voluntad me empuja a escribir. Tengo a mano el vodka negro y el cartón de tabaco.

“Una mañana más, Omani sirvió el desayuno en el wigwams de Preston Lawrence. Silenciosa y discreta, le ofreció una sopa de arroz, una gacha dulce de maíz y un néctar de frutos silvestres. Eran órdenes de Coyote Blanco. Mientras depositaba los cuencos sobre una mesilla, el soldado no perdió detalle de las atenciones y sus labios se inundaron de miel. La joven calzaba una blusa bordada, multicolor, que le otorgaba un aspecto angelical. A esas alturas, la obsesión de Preston por la bella curandera alcanzaba tal punto, que estaba dispuesto a porfiar por ella a cualquier precio.

Cumplido el servicio, la joven abandonó el wigwams con un gesto de reverencia. Preston siguió su estela con la mirada, mientras cavilaba cómo poseerla. Tras presenciar el enlace entre los jóvenes, sufrió tal desgarro en el corazón, que ardía de deseos de tomarse la justicia por su cuenta, a la medida de la rabia que acumulaba.