El brillo - José Miguel Vivas - E-Book

El brillo E-Book

José Miguel Vivas

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Beschreibung

Alexis Verstohlen quiere dejar un legado. El arte se convierte en su aspiración; sus víctimas, en instrumentos. Una mañana, la policía encuentra tres sudarios pintados, dos muertos y una declaración titulada "El gran reportaje".   El caso ya está resuelto, pero la historia recién comienza.   ¿Te animas a adentrarte en la mente de un asesino serial?

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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www.editorialelateneo.com.ar

/editorialelateneo

@editorialelateneo

A David José Vivas Noriega

“El arte malo es más trágicamente hermoso que el bueno porque documenta el fracaso humano”.

Stay, filme dirigido por Marc Forster y escrito por David Benioff

Entre febrero y junio de 1993 se publicó por entregas, en el diario La Jornada, un texto llamado “El gran reportaje”, en donde se relataba una serie de asesinatos perpetrados entre 1991 y 1992 por un enfermero de nombre Alexis Verstohlen. El trabajo tuvo un mediocre impacto en la sociedad —como todo lo que producía ese diario, que terminó quebrando en enero de 1995— y no fue sino hasta el año 2000 que el periodista Josué Vid, tras obsesionarse con la historia, hizo ganar relevancia al caso al señalar con énfasis el halo de misterio que lo cubría.

Según Vid, si bien el texto había sido publicado como verídico —a pesar de su narración novelesca— y las muertes en él mencionadas existieron, nunca hubo evidencia concreta que vinculara dichas muertes con toda aquella historia. El diario, a su vez, quemó todo su material el mismo año de la quiebra y se desconoce hasta la fecha si existe alguien que haya coleccionado las entregas donde salió este reportaje. Parece que Vid conservaba los últimos ejemplares.

El incansable y avezado periodista destacó en diversas columnas que se estrelló contra un muro de concreto cada vez que había intentado corroborar los nexos: la policía en todo momento se negó sin ninguna explicación a dar información de las muertes. “No hay razón para que la policía se niegue a darme información. Cuando se la pido, me miran como loco y me mandan a casa a escribir novelas de Poe”, expresó en una de sus columnas Vid, quien además destacó que le fue hartamente difícil contactar con los familiares de las víctimas, algunos por inexistentes, otros porque vivían en el extranjero.

Josué Vid ciñó su última esperanza al ex gobernador de la ciudad, padre de una de las mujeres fallecidas, a quien durante años atosigó para aclarar la muerte de su hija. Los compañeros del periodista dicen que, en este tiempo, Vid tuvo la mayor esperanza de apoyo en toda la investigación, pero lo sorprendió la muerte con un paro cardíaco.

La editorial logró recuperar el ejemplar que conservaba Josué Vid en su poder y presenta hoy “El gran reportaje” unificado bajo el título de El brillo en versión libro, y si bien usted lo puede pedir en su librería preferida como un libro de ficción, invitamos al lector a continuar el legado de Vid, que podemos decir que es… la duda.

A las cuatro y cincuenta y ocho de la tarde, Ana Stefano dejó de respirar. La penumbra de la habitación se tragó su aliento. En ese instante, su asesino, en un acto que podría ser tomado como socarrón, presionó el botón de play en un viejo reproductor y comenzó a sonar la Sinfonía en do mayor de Richard Wagner. Sentado frente a la desnudez de la mujer, tarareaba la melodía conmovido y con ciertos espasmos en su cuerpo, como si se tratara de una verdadera interpretación.

Repitió esto a un ritmo enfermizo por unas cuatro horas, hasta que el rigor mortis empezó a hacer efecto. Esta fase dio pie a la siguiente operación del meticuloso hombre: tender el cadáver sobre el piso y, con pintura negra y pincel grueso, cubrirle la mitad derecha desde la mollera hasta el final de la tibia. Se tomó su tiempo. La obsesión por su obra lo hacía ser preciso.

Mientras buscaba un sudario para ponerlo sobre el cuerpo y que la pintura se impregnara a él, pensaba en su amplio oficio y se emocionaba como un niño, hasta el punto que parecía haber inocencia en su ser.

Segundos más tarde, ese ligero orgullo se disipó violentamente con un pensamiento que le recordó su realidad actual. Este era su último asesinato; su último proceso. Pero lo que era peor aún, era su primer contacto con el remordimiento.

Se sintió desdoblado y se evaluó como un ser externo. La ansiedad aprisionó su nuca y se apoderó también de a poco de sus nudillos en forma ascendente. Gritó. Se sacudió de un lado al otro y cerró sus ojos mientras se concentraba en esbozar una sonrisa… quería encontrar un símbolo de paz. Recordó su proceso a medias y, temblando, se apresuró a cubrir el cuerpo.

Entre esta profusión de sentimientos, se levantó, miró su hechura, se quedó meditabundo por unos segundos y luego se dirigió al baño de la habitación.

Se escrutó ante el espejo.

Intentó atisbar más allá de sus dilatadas pupilas, pero solo vio un abismo desolado. Luego comenzó a cambiar de foco en diferentes zonas de su rostro. Miró su ceño; lo frunció y lo relajó un par de veces. Miró sus mejillas; gesticuló para acentuar los surcos que van desde la nariz hasta la comisura de los labios. Era el típico acto primitivo del encuentro de una especie con otra.

Sin embargo, este estupor que lo invadía no solo correspondía al desconocimiento físico; también correspondía al desconocimiento de lo que sentía. Por su cabeza pasaban inquisidoras imágenes acústicas: arrepentimiento, error, pena, moral. Su sístole y diástole aceleraban su marcha con cada una de ellas. Volvió a sentir ansiedad. Cada vez era más vulnerable, más humano.

Se restregó fuerte el rostro con sus manos y luego volvió a mirarse en el espejo. Esta vez se reconoció. Recordó numerosos hechos de su vida, desde la infancia hasta ese justo momento. Concluyó que era nada más que la consecuencia de una naturaleza innata; de algo que lo eligió; de algo que era inmanente a su ser. No meditó demasiado en esta idea, por parecerle lo suficientemente reconfortante como para desarmarla.

Sus emociones mutaron de manera paulatina de saltimbanquis a olas de medianoche en las costas de una playa solitaria. Agotado, con los brazos tendidos sobre el lavamanos y la cabeza a media asta, suspiró, muestra del trabajo que le costó no claudicar por completo ante su mente.

Habrá pasado una hora en este trance, hasta que decidió salir del baño y continuar con su proceso. Retiró con cuidado el sudario y lo guindó en una cuerda que cruzaba de forma transversal la habitación. Acto seguido, encendió un cigarrillo y admiró por un rato su obra.

Se acercaba para ver cada detalle de la pintura. Se sentía relajado, como en un estado de nirvana. Exhalaba el humo de sus pulmones y meditaba en su corta existencia: los primeros cuatro segundos poseía un cuerpo consistente, luego pestañeaba un par de veces y solo quedaban vestigios. En una de estas ocasiones, mientras se disipaba el humo, logró divisar al fondo su biblioteca. Su mirada se centró en el sexto libro de la tercera hilera. El lomo tenía inscrito en letra grande el apellido del autor: Nietzsche. Inexorablemente recordó una frase con la que se identificaba de manera particular: “Yo no soy un hombre, soy un campo de batalla”.

Sonrió, con un sentimiento de pena por sí mismo. Volvió a pensar en el humo del cigarrillo e hizo un símil con su estabilidad. Ambos eran efímeros. Pero ya a esa altura no tenía las fuerzas para quejarse de su suerte y mucho menos de cambiarla. Siempre había sido un campo de batalla y, luego de sentirse fracasado en su plan maestro, lo que menos poseía era tesón.

“Tal vez haya una salida”, murmuró y siguió entre dientes: “Una que me libre en definitiva de mí mismo”. Tiró la colilla del cigarrillo y la pisó con vehemencia.

Durante las siguientes ocho horas se dedicó a juntar escrituras suyas y a escribir nuevas sin pausas. Copiosas sierpes de sudor caían de su rostro hasta la mesa en que se apoyaba. Al colocar el punto final en su texto, levantó su mirada y vio que el sol se asomaba por la ventana. La luz bañó su oscuro ser.

“Es el momento”, pensó. Se levantó y buscó a paso timorato un pequeño frasco rojo en el armario. Luego tomó el teléfono y estiró su cable para poder arrodillarse justo al lado del cuerpo de Ana. Miró al techo mientras una enclenque lágrima caía por su mejilla izquierda. Apretó los dientes y murmuró con voz entrecortada: “Es por tu libertad… es por tu libertad”. Inmediatamente tomó cuatro pastillas del frasco y llamó por teléfono.

A las siete y cuarenta y siete de la mañana irrumpió la policía en el lugar. Los dos cuerpos se encontraban tirados y tomados de la mano en la mitad de la habitación. Al fondo se apreciaban tres sudarios pintados. “¡Qué locura es esta!”, expresó con desdén uno de los policías.

Luego de las revisiones pertinentes, se encontraron en el lugar cosas bastante curiosas. Sin embargo, la más útil, pues parecía darle cierto sentido a todo, era una minuciosa y obsesiva declaración de más de cien páginas dejada en el escritorio de la habitación bajo el título: “El gran reportaje”. Con memoria fotográfica, no parecía excluirse ningún detalle de lo sucedido. A continuación, la transcripción de su contenido.

¿Quién soy? Para ser sincero, ni yo lo sé muy bien. Igual no importa. He de suponer que por mis actos me definirán. Es probable que mal, pero no pienso hacer mayor esfuerzo para justificarme. Mi recuerdo será una mera evidencia de un lado negado de los humanos. Ese que amordazamos, mas, tarde o temprano, se rebela… o, mejor dicho, nos revela. Y pensar que por tontos creemos sentir repudio por cada “loco” que cede ante sus impulsos, cuando en verdad ese sentimiento concierne al hecho de saber que poseemos el mismo germen que esa persona. Es empatía lo que se siente primero —aunque nunca se reconozca—; luego la sacudimos como un cuerpo extraño y nos apegamos a alguna de las opiniones socialmente aceptadas. Eso que ya llamaron “la espiral del silencio”.

¡Qué idiotez esa del hombre de querer lucir siempre circunspecto! Atávica costumbre que encuentra gran parte de su vitalidad en los organigramas y en los templos religiosos. Para mí, no hay ni buenos trabajadores ni santos. Solo hay gente más prudente que otra. Aunque, pensándolo bien, creo que es un eufemismo eso de “prudente”, cuando lo correcto es decir que hay quienes dominan mejor la hipocresía que otros.

Ustedes que me leen —quienesquiera que sean: policías, civiles, etc.— seguro que estarán sonrojados por saber muy bien que han sido hipócritas gran parte de sus vidas. Y lo seguirán siendo, porque es la única manera de que la sociedad los acepte: deshumanizados. El sistema les crea ansias de una extraña perfección que es obra prerrogativa de los dioses. Pero no termina siendo nada más que eso, el aburrido invento de algo inventado.

Bueno, para no herir susceptibilidades, no profundizaré en este asunto con tinte teológico. Creo que ya he herido lo suficiente. Simplemente lo mencioné para resaltar la ficción en la que vivimos.

¡Vaya! Ahora me pregunto ¿qué diría mi madre si estuviese viva y leyera lo que digo al respecto? De seguro tendría una reprendida en el nombre de todos los santos. Por suerte uno —el ser entregado a la sempiterna soledad— aprende a callar estas voces o, mejor dicho, cauteriza el corazón ante estas voces que nos acosan desde la niñez.

En resumidas cuentas, la soledad me ha ayudado a buscar mi propia voz. El arte ha sido fundamental en este proceso y mi mayor acicate para vivir. Ya ven, por él llegué hasta aquí; hasta mis últimas consecuencias.

Recuerdo que desde muy pequeño me di cuenta de que tenía ciertas intuiciones que expresaba a través del arte conceptual. Mamá, que fue una buena mujer agraviada por todos, veía mi talento y me rogaba que pintara a su máximo timador: Clemente Domínguez, el fundador de su iglesia. Entonces yo tomaba un billete de su cartera y dibujaba con detalle el rostro regordete de Clemente, con sus párpados como sellados a fuego, por causa de un accidente automovilístico, y le ponía de título con letra inglesa El Papa en su iglesia. Mamá al verlo, al borde del desmayo decía: “Dibuje a Dios, m’hijo. Mejor dibuje a Dios”. Y yo, que aunque parezca broma lo decía muy en serio, le contestaba: “Ese me va a venir mucho más fácil, porque ni existe”.

Pero, digamos, aunque yo creía que era rebelde, en realidad era inofensivo y muy naif. Y el artista que no golpea, que no draga en lo más profundo, es fútil.

Cuando lo comprendí, decidí no hacer más intentos y me aboqué por completo a formarme en la enfermería, esa noble profesión que fue mi refugio luego de no ser admitido en la Facultad de Medicina, carrera que le prometía a mamá estudiar cada vez que se equivocaba ante la fuerza absoluta de papá. Reprobé tres exámenes de ingreso a Medicina, y en el último, mamá me esperó afuera de la facultad para abrazarme y sugerirme enfermería. “¿No recuerdas que de muy niño decías que querías ser enfermero porque veías al tío Sergio?”. Yo sinceramente no lo recordaba, pero tomé su consejo.

Todo esto, junto con la desilusión artística, pasó a mis diecinueve años. Yo frené esos insípidos intentos justo cuando Rimbaud frenó su profunda creación poética. Lo pensé en ese momento y me sentí minúsculo. Sin embargo, y luego del despecho, decidí nutrirme, como lo había hecho de niño, de ese verdadero y escaso arte.

Algún día despertaría. Sabía que Bécquer tenía razón en su poema:

Del salón en el ángulo oscuro, de su dueña tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo, veíase el arpa.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas, como el pájaro duerme en las ramas, esperando la mano de nieve que sabe arrancarlas!

Ay —pensé—. ¡Cuántas veces el genio así duerme en el fondo del alma, y una voz, como Lázaro, espera que le diga: “Levántate y anda”!

Fue años más tarde, recuerdo, un martes 22 de mayo, cuando desperté. Leía un artículo del diario en un viejo café de la capital. El ritmo frenético de la ciudad arropó mi espabilo. Sentí que el título de ese artículo le guiñaba a mi alma: “¿Solo un canon para el arte?”.

La periodista cimentaba su texto en La estética de lo feo de Rosenkranz, libro que había conocido en la biblioteca de mi padre cuando era apenas un niño, pero recién en ese momento pudo abrirse de forma tan maravillosa ante mí, como cuando a alguien se le abre la poesía por primera vez. No era el vigor intelectual del artículo lo que te hacía quedar pegado a la página del diario, porque ciertamente esta periodista no era una intelectual; era más bien la gran capacidad de acercar verdades sublimes hasta tu alma. Era una divulgadora por excelencia y me resulta difícil explicar concretamente por qué. Tal vez hablaba como si fuese una nieta de Rosenkranz. Sí, había algo de valor testimonial que solo puede poseer un familiar. Y se acercaba a nosotros, los lectores, como amigos del barrio y nos contaba las máximas que había dicho su abuelo. “Olvida que solo hay un canon. Profundiza, como manda Rosenkranz, en los intensos abismos del mal y dinos qué ves. Lo queremos saber. También necesitamos lo feo”.

Fui leyendo con el vértigo de quien sabe que está a punto de llegar al éxtasis. No conocía en persona a quien lo había escrito —solo su nombre y eso no sugiere mayor cosa—, pero ese alguien había creado una vorágine en mi ser. Me sentí más despierto que nunca.

Quería entonces romper de forma abrupta con los esquemas de belleza y de estética. Recordé a Quinten Massys y su duquesa fea y al Marqués de Sade y toda su obra. Yo sentía un llamado a ser parte de esa estirpe. A mi manera, como debe ser el arte: íntimo y desproporcionalmente humano; sin frenos ni moralinas.

Ese día caminé por la ciudad como un turista. Todo resultaba nuevo para mí. La emoción era el heraldo de una idea que me había escogido. La gente me miraba extrañada, pero era algo que no podía cambiar, incluso si les explicase la razón de mi semblante. Bien decía un filósofo argentino que, mientras se define una idea, solo se logra ser comprendido por el reducido grupo de espíritus sensibles al ritmo de la nueva creencia.

“Al carajo la gente”, pensé. Ya había una sintonía entre la autora de ese artículo y yo, y con eso le bastaba a mi ser. Aceleré mi paso e intenté no mirar a los lados. Mientras, inventaba en mi mente un rostro cualquiera y le atribuía la emoción que sabía que sentiría esta persona al enterarse de lo que había causado en mí.

Estaba tan feliz que me dejó de importar la vida después. Al darle forma y cumplir esta idea, no me importaba si moría. Esto iba a representar tanto que me tendrían que enterrar en Montparnasse junto a Sartre, Vallejo y Cortázar. Recuerdo que mientras caminaba dije en voz alta algo parecido a esto último y un tipo, de entre treinta y cinco y cuarenta años, me miró fijo a los ojos con un gesto de expresa y satírica extrañeza. “¡Mediocre!”, le grité sin pensarlo. Su gesto de extrañeza se aguzó. Me detuve. Por alguna razón me sentí ofendido por su gesto. Me acerqué hacia él y agregué: “¿Esa es tu forma de ver el anuncio de un Übermensch?”.1 Su respuesta no fue más que un contundente derechazo en mi pómulo. Era evidente, nunca le habló Zaratustra.

En todo caso, su bravata encendió la mía. Desde el suelo sentí que unas ganas indescriptibles de aniquilarlo me empujaban hacia arriba. Lo tomé fuerte por el cuello de la camisa y cuando me disponía a descargar toda mi ira sobre su escuálido cuerpo, un pensamiento —como un dardo— inmovilizó mis músculos. Había llegado al punto de querer herir a alguien solo por defender la dignidad de una idea. Me desencajé y, entonces, empecé a escuchar a una mujer que gritaba: “¡Suéltelo, no le haga daño!”.

Hice caso a sus impetras y me alejé de la escena dejando al hombre ileso, salvo por sus aturdidos nudillos derechos. Me sentía un idiota por la pregunta que acosaba mi cabeza: “¿Vale la pena volverme esto y más, solo por una idea?”. Me sentía un idiota porque me respondía: “Claro que vale la pena. Esto es el paroxismo; la excitación de haber despertado”. Fue entonces cuando concluí que debía eliminar esa parte de mí que aún guardaba reservas. No quería lidiar con eso.