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"El Capital" de Karl Marx es una obra fundamental en la teoría económica y social que examina el capitalismo desde una perspectiva crítica. En este extenso análisis, Marx explora las dinámicas de la producción, la circulación del capital y las relaciones de clases, utilizando un estilo denso y metódico que combina la filosofía, la economía y la sociología. El libro se sitúa en el contexto del siglo XIX, en un período de rápida industrialización y cambio social en Europa, lo que proporciona un marco relevante para entender sus profundas implicaciones sobre la alienación y explotación del trabajador en el sistema capitalista. Karl Marx, filósofo, economista y sociólogo alemán, es reconocido como una de las figuras más influyentes del pensamiento contemporáneo. Su vida estuvo marcada por la lucha contra la injusticia social y el interés por los problemas laborales, lo que alimentó su obra. Marx buscó entender las raíces de la desigualdad económica y social, lo que lo llevó a desarrollar conceptos clave que serían fundamentales en su crítica al capitalismo, marcando un hito en la historia del pensamiento humano. Recomiendo encarecidamente "El Capital" a aquellos interesados en profundizar en las estructuras y contradicciones del capitalismo. No solo es un texto esencial para estudiantes de economía y sociología, sino que también invita a una reflexión crítica sobre las dinámicas de poder y desigualdad en la sociedad actual. La obra de Marx sigue siendo relevante y estimulante, proporcionando una base sólida para entender las luchas económicas y sociales contemporáneas. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Bajo la luz cruda de la fábrica, las cosas parecen cobrar vida y los vínculos humanos se vuelven engranajes. En ese giro inquietante se condensa el conflicto que anima El Capital: comprender cómo una organización histórica del trabajo transforma la riqueza social, el tiempo y el poder. Este libro no es un manual, ni un panfleto; es una pesquisa obstinada acerca de lo que sostiene el mundo cotidiano cuando lo miramos por detrás. Su desafío es mostrar que detrás de los precios, los salarios y las máquinas operan relaciones precisas, medibles y cambiantes, cuyo equilibrio aparente se gana a costa de tensiones constantes.
El Capital alcanza estatus de clásico porque combina originalidad conceptual, alcance histórico e intensidad literaria. Su prosa, trabajada con rigor polémico, invita a leer teoría como si fuera investigación de campo: ejemplos, cifras y escenas se entrelazan con categorías. Lejos de una moda pasajera, sus páginas han sostenido debates durante generaciones y han ofrecido un lenguaje para pensar temas que no envejecen: riqueza, trabajo, poder, tecnología y crisis. Además, su ambición totalizante —explicar un modo de producción en su desarrollo y sus límites— hizo escuela, influyendo en tradiciones académicas, movimientos sociales y formas de narrar el conflicto económico moderno.
Su autor es Karl Marx, filósofo, economista y periodista nacido en 1818 y fallecido en 1883. Trabajó en El Capital durante décadas, especialmente en el exilio londinense a partir de los años 1850. El tomo I apareció en 1867, publicado en vida del autor. Los tomos II y III, elaborados a partir de manuscritos dejados por Marx, fueron editados y dados a la imprenta por Friedrich Engels en 1885 y 1894, respectivamente. El conjunto se presenta como una crítica de la economía política: una investigación sistemática orientada a esclarecer cómo se produce, circula y distribuye la riqueza en la sociedad capitalista.
La premisa central es simple en su formulación y compleja en sus implicaciones: el capitalismo es un modo histórico de producción con leyes de movimiento identificables. Marx parte de fenómenos corrientes —la mercancía, el dinero, el contrato de trabajo— y, mediante análisis lógico e histórico, reconstruye relaciones que no se ven a primera vista. El lector avanza desde lo aparentemente simple hacia lo concreto articulado, siguiendo un método que intenta captar conexiones internas más allá de la superficie del mercado. Esta travesía promete explicar la ganancia, la competencia y la acumulación como resultados sociales, no como meras sumas individuales.
El tomo I se centra en el proceso de producción. Allí se exploran categorías como valor, tiempo de trabajo y la forma en que el capital organiza la cooperación, la técnica y la disciplina del taller. La discusión sobre la jornada, la maquinaria y las transformaciones del trabajo ofrece una mirada histórica y comparada, apoyada en documentos públicos y datos. Más que describir una fábrica particular, el análisis busca exponer mecanismos generales que permiten entender cómo se extrae plusvalor y cómo ese proceso reconfigura vidas, ritmos y territorios. Es, a la vez, anatomía del taller y cartografía de un orden social.
El tomo II desplaza el foco hacia la circulación. El capital aparece allí como movimiento: adelantos, ventas, compras, existencias, tiempos muertos y rotaciones. La pregunta ya no es solo cómo se produce, sino cómo los distintos momentos se encadenan para reproducir el sistema en su conjunto. Se examinan esquemas que articulan sectores y escalas, con atención a cuellos de botella, a la contabilidad de los flujos y a la relación entre producción y realización. Al situar el análisis en ese ciclo ampliado, el libro muestra por qué la regularidad aparente del mercado depende de sincronías frágiles y de equilibrios inestables.
El tomo III aborda el capitalismo como totalidad compleja. En él se discuten la forma de la ganancia, la competencia entre capitales, la relación entre precios y costos, el crédito y la renta de la tierra. Presentado póstumamente, recoge materiales de diferentes etapas y complejidades, organizados por Engels con el fin de ofrecer continuidad a la obra. Su hilo conductor es mostrar cómo los resultados visibles en la esfera de los negocios condensan procesos largos, donde se cruzan riesgos, innovación y poder. La perspectiva se amplía: la producción individual se comprende dentro de redes sectoriales, financiamiento y ordenamientos jurídicos.
Una de las sorpresas del libro es su textura literaria. Marx usa comparaciones, escenas y relatos breves que dinamizan un razonamiento técnico, sin perder precisión. La investigación se sostiene en fuentes diversas y en una forma de argumentar que alterna deducción, historia y crítica. Esta escritura tensa procura que los conceptos no floten: se apoyan en prácticas, instituciones y documentos. De ese modo, la lectura transmite la sensación de desmontar un mecanismo y volver a montarlo, paso a paso. El resultado es una teoría con capacidad narrativa, en la que las categorías ganan espesor empírico y resonancia cultural.
El Capital ha influido en tradiciones intelectuales y artísticas del siglo XX y XXI. Su huella es evidente en corrientes socialistas y comunistas, en la sociología histórica, en la geografía crítica, en la teoría crítica y en la economía política contemporánea. Pensadores como Rosa Luxemburg, Vladimir Ilich Lenin, Georg Lukács, Antonio Gramsci y Louis Althusser desarrollaron y discutieron sus categorías. En el terreno artístico, dramaturgos y poetas como Bertolt Brecht dialogaron con sus ideas. Más allá de nombres, el libro ofreció un repertorio conceptual para leer la modernización, la lucha de clases y las crisis como procesos estructurados.
Su vigencia proviene de temas que persisten: la organización del trabajo, la innovación tecnológica, la desigualdad, la financiarización, la concentración empresarial y la integración mundial de mercados. Al indagar cómo se generan y distribuyen beneficios, y cómo se sostienen las inversiones, el libro ofrece herramientas para pensar tensiones actuales entre productividad, precariedad y competencia global. También ilumina el papel de los Estados y de los marcos legales en la reproducción del orden económico. Sin dictar recetas, su enfoque invita a investigar pacientemente cuáles son los mecanismos concretos detrás de los titulares, las curvas de precios y las promesas del progreso.
Leer El Capital exige atención y tiempo, pero la recompensa es amplia. No es solo un tratado de economía: es historia, filosofía y crítica de instituciones. La división en tomos y secciones permite abordar el conjunto por etapas, y cada parte dialoga con las otras para construir una arquitectura conceptual coherente. La obra no rehúye la dificultad técnica, aunque busca anclarla en realidades verificables. Esa combinación explica por qué su impacto no se limita a especialistas: ofrece categorías para interpretar la experiencia diaria del trabajo, del consumo y del crédito, articulándolas con fuerzas más vastas y procesos de largo plazo.
Hoy, cuando cadenas globales de suministro, plataformas digitales y mercados financieros definen ritmos de vida, la propuesta de Marx conserva atractivo: mirar el movimiento del capital como una trama social e histórica que se puede conocer con precisión. Esta introducción invita a leer los tomos I, II y III como una investigación única, paciente y ambiciosa, que no se agota en su época. Al vincular producción, circulación y totalidad, el libro ofrece un mapa para orientarse entre datos, promesas y temores contemporáneos. Su condición de clásico reside en esa capacidad de explicar y, a la vez, de provocar nuevas preguntas.
El Capital, de Karl Marx, es una investigación crítica sobre el modo de producción capitalista y sus leyes de movimiento. Publicado el tomo I en 1867 y editados póstumamente los tomos II (1885) y III (1894) por Friedrich Engels a partir de manuscritos, el proyecto examina cómo el trabajo social se organiza y aparece en formas económicas específicas. Marx estudia conceptos que ordenan la vida material moderna, desde la mercancía hasta el crédito, proponiendo un hilo argumental que conecta producción, circulación y distribución. La obra se dirige a desentrañar relaciones encubiertas tras precios, ganancias y rentas, planteando preguntas sobre la coherencia del sistema, sus límites y sus tendencias históricas.
El tomo I abre con el análisis de la mercancía como unidad elemental de la riqueza en sociedades capitalistas. Distingue valor de uso y valor, y presenta el trabajo como fuente del valor en su carácter abstracto, medido por tiempo de trabajo socialmente necesario. Explora cómo el intercambio generalizado genera una forma social en la que las relaciones entre personas se expresan como relaciones entre cosas, fenómeno que dota a los productos de autonomía aparente. Este punto de partida ofrece un marco para comprender el papel de los precios, la asignación de trabajo y la coordinación anónima del mercado, sin asumir de antemano su racionalidad ni su estabilidad.
A partir de la mercancía, Marx aborda el dinero como equivalente general que facilita la circulación y mide valores. Analiza sus funciones como medio de circulación, medio de pago y tesoro, así como la tensión entre atesoramiento y fluidez comercial. Con ello, introduce la transformación del dinero en capital: no solo mercar para consumir, sino adelantar dinero para recuperarlo aumentado. Este pasaje distingue la simple circulación de mercancías de la circulación capitalista y plantea la premisa central de la obra: la búsqueda sistemática de incremento de valor en un proceso que combina compra de fuerza de trabajo y medios de producción.
El proceso de producción capitalista ocupa el núcleo del tomo I. Marx describe cómo la fuerza de trabajo, al venderse temporalmente, crea un valor superior al de su propio mantenimiento, generando plusvalía. Presenta dos vías principales de incremento de esa plusvalía: ampliar la duración de la jornada y elevar la productividad mediante cambios técnicos y organizativos. Examina la definición de límites temporales del trabajo, las resistencias que surgen en torno a su fijación y la disciplina fabril, conectando estas dinámicas con el cálculo de costos, la contabilidad del capital y la necesidad de continuidad en la producción.
El análisis continúa con la cooperación, la manufactura y la gran industria, subrayando cómo la maquinaria reconfigura tareas y tiempos, y transforma la composición técnica del capital. Se estudia la concentración y centralización de capitales, junto con la dinámica de la acumulación que, al reforzarse, modifica la estructura del empleo y la competencia. El tomo I cierra con una reconstrucción histórica de la llamada acumulación originaria, que describe procesos de expropiación y reorganización jurídica y política que preparan las condiciones del trabajo asalariado y del mercado generalizado, inscribiendo al capitalismo en una trayectoria histórica concreta y no en una forma económica eterna.
El tomo II desplaza el foco desde la producción individual hacia la circulación del capital y sus tiempos. Marx examina tres circuitos del capital —como dinero, como productivo y como mercancía— y muestra cómo cada forma privilegia un momento del ciclo. Introduce la rotación del capital, diferenciando entre fijo y circulante, y analiza la incidencia del tiempo de rotación en la realización de la plusvalía y en la tasa de ganancia anual. Este estudio clarifica por qué el capital busca acortar plazos, optimizar existencias y asegurar continuidad, y cómo interrupciones logísticas o financieras repercuten sobre el proceso global.
Sobre esa base, el tomo II desarrolla esquemas de reproducción simple y ampliada para representar la coherencia macroeconómica entre departamentos que producen medios de producción y medios de consumo. Estas tablas ilustran condiciones bajo las cuales la producción social puede reproducirse sin desequilibrios, así como fuentes potenciales de desproporciones entre sectores. El análisis no se limita a un equilibrio estático: muestra cómo la ampliación de escala introduce nuevas exigencias de coordinación, financiamiento y mercado, y sugiere que las conexiones entre producción y realización son decisivas para entender fases de expansión, acumulación de inventarios y tensiones que pueden interrumpir el ciclo.
El tomo III aborda la distribución de la plusvalía y las formas de aparición del valor en la superficie del mercado. Marx investiga la formación de precios de producción mediante la competencia y la igualación de tasas de ganancia, distinguiéndolos de los valores de las mercancías. Analiza la ganancia industrial, el capital comercial, el interés derivado del crédito y la renta del suelo, incluyendo diferencias entre rentas según fertilidad o localización y restricciones monopólicas. También estudia el sistema crediticio, la valorización financiera y sus efectos sobre la acumulación. Este recorrido vincula producción, circulación y propiedad, explicando por qué los ingresos parecen originarse en fuentes distintas.
Hacia el final, la obra explora cómo salario, ganancia e interés, y renta aparecen como fuentes autónomas de ingreso, enmascarando su raíz común en el proceso productivo. Se bosqueja una tipología social asociada a esas formas de ingreso y se discuten tendencias que afectan la rentabilidad y la estabilidad del sistema, sin ofrecer recetas políticas. Conjuntamente, los tres tomos proponen un método para pasar de la apariencia a la estructura. La vigencia del libro reside en su capacidad de iluminar vínculos entre tecnología, organización del trabajo, finanzas y competencia global, proporcionando herramientas conceptuales para interrogar crisis, desigualdades y cambios sectoriales sin agotar el debate.
El Capital surge en el corazón del siglo XIX, cuando el capitalismo industrial domina Europa occidental y Norteamérica, con el Reino Unido como su centro más dinámico. Monarquías constitucionales y parlamentos regulan crecientemente la vida económica, mientras los imperios europeos amplían su alcance. Londres concentra finanzas y comercio; el derecho de propiedad y contrato estructura las relaciones sociales. Tras la oleada revolucionaria de 1848 y su derrota, prevalece un orden que combina reformas graduales con represión selectiva, a la vez que expande mercados, intensifica la disciplina fabril y reorganiza el trabajo. Ese marco institucional y geopolítico es el horizonte al que Marx dirige su crítica sistemática.
La Revolución Industrial, iniciada a fines del siglo XVIII y acelerada entre 1820 y 1860, transforma la producción mediante la máquina de vapor, fábricas mecanizadas y el ferrocarril. La urbanización se acelera, surgen barrios obreros hacinados y se extienden redes nacionales e internacionales de distribución. El telégrafo y los vapores reducen tiempos de circulación. En textiles, carbón, hierro y, luego, acero, se consolidan grandes establecimientos. Marx observa en la fábrica la forma social específica del trabajo asalariado sometido a la disciplina del capital. El Capital examina estas innovaciones como mecanismos de extracción de plusvalor y de subsunción del trabajo bajo la maquinaria.
El crecimiento industrial genera la “cuestión social”: jornadas extenuantes, trabajo infantil y enfermedades laborales. En Gran Bretaña, informes parlamentarios y de inspectores fabriles desde la década de 1830 documentan abusos, mientras el movimiento cartista (c. 1838–1848) exige reformas políticas. Las Factory Acts (1833 en adelante) y la Ten Hours Act (1847) limitan parcialmente la jornada y protegen a mujeres y niños. Marx utiliza profusamente estos informes para fundamentar su análisis del tiempo de trabajo, la intensificación productiva y la lucha por el límite legal de la jornada. El Capital convierte estas batallas legislativas en evidencia de la contradicción entre acumulación y vida obrera.
Las revoluciones europeas de 1848, en las que Marx y Engels intervinieron como militantes y publicistas, concluyen con restauraciones conservadoras. La experiencia de derrota, seguida por exilios y censura, reafirma en Marx la necesidad de un estudio de largo aliento sobre la economía política. Desde entonces, la crítica del orden burgués se desplaza del manifiesto agitativo a la disección científica de las categorías capitalistas. El fracaso inmediato del republicanismo radical y del socialismo de 1848 no detiene la expansión capitalista; más bien la acompasa con reformas controladas. Ese contraste entre promesas políticas y triunfos económicos atraviesa la arquitectura analítica de El Capital.
Desde 1849, Marx se establece en Londres, con acceso sin precedentes a prensa, bibliotecas y estadísticas. El British Museum Reading Room se convierte en su laboratorio, mientras el periodismo en el New-York Daily Tribune le mantiene en contacto con la coyuntura mundial. La crisis comercial de 1857, que sacude Europa y Norteamérica, precipita cuadernos de investigación (conocidos luego como los Grundrisse, 1857–1858) donde bosqueja categorías clave. La ayuda material de Engels, ligado a la industria algodonera de Manchester, resulta decisiva para sostener investigación y familia. Este ambiente londinense, entre pujas financieras y debates públicos, nutre el método histórico-crítico de la obra.
Antes de El Capital, Marx publica en 1859 Contribución a la crítica de la economía política, donde ensaya conceptos sobre el valor y el dinero y anuncia un plan más amplio. La redacción de los manuscritos de la década de 1860 alterna con enfermedades, precariedad y compromisos políticos. Las crisis sucesivas subrayan la relevancia del tema, pero también obligan a revisiones. Marx pule definiciones, contrasta a Ricardo, Smith y otros clásicos, y examina estadísticas, balances de empresas y fallos judiciales. El objetivo es de alcance histórico: reconstruir la lógica del capital como relación social dominante, sin reducirla a manual o panfleto.
El primer tomo de El Capital aparece en 1867 en Hamburgo, con la editorial de Otto Meissner. Se concentra en la producción de capital, el proceso de trabajo y la formación del plusvalor, apoyándose en informes oficiales británicos y testimonios de fábrica. La recepción es dispar: admiración entre círculos socialistas y polémica en economistas académicos. Su influencia se expande con ediciones posteriores en alemán y traducciones, entre ellas la rusa (1872) y la francesa (1872–1875). En la década de 1880, bajo la supervisión de Engels, aparece la primera traducción inglesa del tomo I, ampliando el horizonte de lectores en el mundo industrial anglófono.
La Primera Internacional (1864–1876) ofrece a Marx un foro para articular teoría y organización. En 1865 presenta “Salario, precio y ganancia”, donde explica nociones que dialogan con su investigación mayor. La Comuna de París (1871) impacta el debate socialista y enfrenta a obreros y burguesía europea en torno a la soberanía y la propiedad. Aunque El Capital no es una crónica de aquellos episodios, su andamiaje teórico está atravesado por esa experiencia: la lucha de clases no es un adorno, sino la clave que enlaza categorías económicas con fuerzas sociales que disputan la jornada, el salario y el poder estatal.
La Guerra de Secesión estadounidense (1861–1865) reconfigura el mercado algodonero y provoca la “hambruna del algodón” en Lancashire, con desempleo masivo. Marx, que apoya a la Unión y la abolición de la esclavitud, observa cómo la cadena global de suministros revela la interdependencia entre plantaciones esclavistas y fábricas británicas. En El Capital, la materia prima, el tiempo de circulación y las reservas adquieren centralidad, mientras se critica la mistificación moral de beneficios que descansaban en el trabajo forzado. La guerra acelera innovaciones financieras y logísticas que luego inciden en la integración de mercados y en la sensibilidad a las crisis.
En el trasfondo, el imperio británico consolida su dominio en India tras 1858, y China sufre las Guerras del Opio y la apertura forzada de puertos. Irlanda permanece sometida a una estructura agraria desigual, con migraciones masivas tras la hambruna de la década de 1840. Estas dinámicas coloniales y agrarias informan el análisis marxiano de la “acumulación originaria”: cercamientos de tierras, violencia estatal, endeudamiento y saqueo colonial como condiciones históricas de la formación del capital. El Capital discute estas genealogías no como episodios marginales, sino como momentos constitutivos del mercado mundial que sostiene la producción metropolitana.
La expansión de las sociedades por acciones y la reforma del derecho mercantil en el Reino Unido (leyes de sociedades de 1844 y 1856; responsabilidad limitada en 1855) crean nuevas formas de concentración de capital. El Bank Charter Act de 1844 regula la emisión, pero es suspendido en crisis agudas (1847, 1857, 1866), exhibiendo tensiones entre reglas y rescates. El pánico de 1866, tras la caída de Overend Gurney, muestra el poder del crédito y del “capital ficticio”. Estos episodios configuran el terreno que El Capital, especialmente en los tomos póstumos, analizará al estudiar intereses, ganancias y la mediación bancaria en la acumulación.
Avances tecnológicos como el proceso Bessemer (desde mediados de la década de 1850), el telégrafo eléctrico y los buques de vapor reducen costes y tiempos, integrando precios y estableciendo cadenas de suministro más sensibles a perturbaciones. La Exposición Universal de 1851 en Londres convierte el objeto producido en símbolo de civilización, un telón de fondo para la crítica de la mercancía y su “fetichismo”. El desarrollo de la estadística estatal, la epidemiología urbana y los informes de salud pública ofrecen evidencias sobre vivienda, mortalidad y trabajo. Marx aprovecha esos “Libros Azules” para fundamentar empíricamente su reconstrucción de la vida cotidiana bajo el capital.
Las reformas laborales y sanitarias en Gran Bretaña y otros países industrializados ilustran el antagonismo entre capital y trabajo. La limitación legal de la jornada, la inspección fabril y las prohibiciones del trabajo infantil avanzan por oleadas, arrancadas a través de huelgas, campañas y comisiones parlamentarias. El Capital trata estas leyes no como concesiones benevolentes, sino como resultados de una correlación de fuerzas. Legalizadas las trade unions en el Reino Unido en 1871, el asociacionismo obrero gana estabilidad, aunque enfrenta represión y judicialización. Este régimen mixto de coerción y derecho del trabajo es parte del escenario que la obra examina críticamente.
La crisis global iniciada en 1873 inaugura una larga fase de depresión de precios y tensiones financieras en múltiples países. Mientras se reestructura la competencia internacional y surgen cárteles y trusts, Engels ordena y edita los manuscritos dejados por Marx. El tomo II, publicado en 1885, estudia la circulación y la reproducción del capital, cuestiones candentes en un contexto de estancamiento, sobrecapacidad y volatilidad crediticia. Las tablas de reproducción dialogan con debates contemporáneos sobre equilibrio y desequilibrio. Aunque Marx había revisado estos asuntos en distintas fases de la década de 1860 y 1870, la coyuntura de los años 1880 agudiza su relevancia.
El tomo III, que ve la luz en 1894 bajo la edición de Engels, aborda la formación de la tasa media de ganancia, la renta de la tierra, el interés y las formas del capital comercial y financiero. Su aparición coincide con la consolidación de grandes empresas, avances en organización gerencial y el ascenso de cárteles, especialmente en Alemania y Estados Unidos. Al mismo tiempo, la “revolución marginalista” en economía, emergida alrededor de 1870, reorienta los debates académicos. Así, la recepción del tomo III ocurre en una atmósfera intelectual que desplaza a la economía clásica, mientras El Capital mantiene su programa de crítica de las categorías fundamentales.
La unificación alemana de 1871 y la rápida industrialización del Reich reconfiguran el mapa político europeo. El movimiento obrero alemán se fortalece con la fundación de asociaciones en la década de 1860 y su unificación en el Programa de Gotha (1875), que Marx critica en escritos posteriores. Las Leyes Antisocialistas (1878–1890) restringen la actividad pública, pero no impiden la expansión de la prensa, la educación y la organización clandestina. En ese entorno, El Capital se convierte en obra de referencia doctrinal y de formación, circulando en ediciones que Engels revisa y anota para responder a disputas teóricas y necesidades pedagógicas.
La difusión internacional de El Capital es temprana. La traducción rusa de 1872, autorizada por censores que la consideran un tratado técnico, alcanza una audiencia amplia entre radicales y reformadores. En Francia, la versión seriada de la década de 1870 introduce la obra en un medio intelectual marcado por el legado de 1848 y la Comuna. En el mundo anglófono, la traducción de la década de 1880, supervisada por Engels, gana lectores en sindicatos y círculos socialistas. La recepción es desigual: admiración, crítica y malentendidos se entrecruzan, reflejando diferentes estructuras productivas, tradiciones políticas y trayectorias coloniales nacionales y regionales. El Capital dialoga con tradiciones intelectuales previas: la economía política clásica británica, la filosofía alemana y el socialismo francés. Pero, sobre todo, se alimenta de materiales empíricos recogidos por el Estado y la prensa, de informes sanitarios y peritajes industriales. La confianza decimonónica en estadísticas, censos y comisiones de investigación proporciona a Marx un arsenal de datos que, reordenados críticamente, muestran la racionalidad contradictoria del capital. La obra destaca cómo leyes, maquinaria y finanzas se entrelazan en una totalidad dinámica. Así, el libro pertenece a su tiempo en métodos y fuentes, incluso cuando cuestiona sus certezas y lenguajes dominantes. Más allá de Europa occidental, la integración del mercado mundial incorpora nuevas periferias productivas y consumidoras. El cable transatlántico estable (desde 1866) agiliza flujos de información, mientras ferrocarriles y puertos modernizados conectan regiones agrícolas con metrópolis. Estos cambios crean dependencias monetarias y comerciales que amplifican las crisis. El Capital destaca la ampliación del “tiempo y espacio” del capital: circulación, rotación y riesgo. La figura del capital comercial y la del capital a interés ganan centralidad, sin reducirse a anomalías. La globalización decimonónica, lejos de suavizar la competencia, exhibe su violencia en precios, salarios y políticas fiscales coloniales. La vida cotidiana obrera en ciudades fabriles –viviendas insalubres, largas jornadas, accidentes y toxicidades– se hace visible gracias a médicos higienistas, sociedades filantrópicas y prensa. Actos como el Public Health Act de 1848 en Gran Bretaña y reformas urbanas en París o Berlín muestran intentos de “civilizar” la ciudad industrial. Pero la segregación espacial, el trabajo a destajo y la intermitencia del empleo persisten. En El Capital, esas condiciones no son externalidades: integran la reproducción de la fuerza de trabajo y sus costes. La obra conecta estadísticas de mortalidad, informes de inspección y técnicas fabriles para revelar el precio humano del crecimiento. La cultura de la segunda mitad del siglo XIX celebra la mercancía en exposiciones universales, grandes almacenes y publicidad incipiente. La estética del hierro y el cristal exalta la transparencia y el progreso, mientras cadenas de crédito y contabilidad ocultan dependencias y riesgos. En ese entorno, El Capital propone una lectura desmitificadora: detrás del brillo de la mercancía hay relaciones sociales específicas, reproducción ampliada y compulsión competitiva. La obra denuncia cómo las formas jurídicas de libertad e igualdad coexisten con dominación económica. Esta crítica, elaborada con categorías de una época de fe en la técnica, dialoga con sus promesas y muestra sus sombras. El Capital refleja y cuestiona su tiempo al mostrar cómo el Estado, el derecho, la tecnología y el imperio sostienen la acumulación. Sus tres tomos, publicados entre 1867 y 1894, convierten crisis, reformas y luchas en claves analíticas, no en meros acontecimientos. Como espejo, registra la formación del mercado mundial y la sociedad salarial; como crítica, revela la historicidad de sus instituciones y las contradicciones que las atraviesan. Por eso, más que un tratado cerrado, la obra es una investigación situada: nace del siglo XIX industrial y colonial, y conserva su fuerza al interrogar los cimientos que ese siglo dejó al capitalismo contemporáneo.
Karl Marx (1818–1883) fue un filósofo, economista político y periodista alemán cuya obra transformó el pensamiento social moderno. Coautor con Friedrich Engels de El manifiesto comunista y autor de El capital, formuló un marco analítico para comprender las relaciones entre economía, poder y cambio histórico. Su propuesta de materialismo histórico y su crítica del capitalismo influyeron de manera decisiva en movimientos obreros, partidos socialistas y corrientes académicas. Escribió en alemán, pero también produjo artículos para prensa internacional y textos en otros idiomas. Aunque su recepción inicial fue limitada fuera de círculos militantes, su figura se volvió central en debates globales del siglo XX.
Su trayectoria vital recorrió la Europa de las revoluciones de 1848 y culminó en un largo exilio en Londres. Allí consolidó su crítica de la economía política y su método dialéctico, combinando investigación archivística con intervención pública. Las obras mayores dialogan con la filosofía alemana, la economía británica y el socialismo francés, articularon conceptos como lucha de clases y plusvalía, y ofrecieron una interpretación sistemática del desarrollo capitalista. La colaboración intelectual con Engels fue constante y reconocida, tanto en polémicas periodísticas como en proyectos teóricos de gran aliento. Su pensamiento sigue siendo referencia ineludible para analizar crisis, desigualdad y poder.
Nacido en Tréveris, en el entonces Reino de Prusia, Marx estudió primero Derecho en la Universidad de Bonn y pronto se orientó hacia la filosofía. En Berlín profundizó en la obra de Georg Wilhelm Friedrich Hegel y se vinculó con los llamados jóvenes hegelianos, un entorno crítico con la religión y el orden político de su tiempo. En 1841 obtuvo el doctorado por la Universidad de Jena con una tesis sobre las diferencias entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y la de Epicuro. Esa formación académica lo dotó de herramientas rigurosas para abordar problemas históricos, políticos y económicos.
Durante su estancia en París a mediados de la década de 1840, Marx entró en contacto directo con círculos socialistas y con experiencias del movimiento obrero. Conoció allí a Friedrich Engels en 1844, inicio de una colaboración intelectual sostenida por décadas. En esos años asimiló y criticó el legado hegeliano a través del materialismo de Ludwig Feuerbach, al que luego superó con su propia concepción histórico‑materialista. Se familiarizó con debates franceses sobre igualdad, propiedad y emancipación, que nutrieron sus primeros escritos filosófico‑políticos. Esa convivencia con militantes y publicistas reforzó su tránsito de teórico académico a periodista y analista de la sociedad.
Las influencias económicas decisivas llegaron con el estudio sistemático de la economía política británica. Marx leyó a Adam Smith, David Ricardo y a otros clásicos, aprovechando más tarde los recursos de la Biblioteca del Museo Británico para investigaciones prolongadas. De ellos tomó categorías como trabajo, valor y renta, que reelaboró críticamente. También incorporó lecciones de la historiografía y de la estadística de su tiempo, buscando un método capaz de integrar historia, teoría y datos. La combinación de herencia filosófica alemana, socialismo francés y economía inglesa configuró el horizonte intelectual desde el cual emprendió su crítica del capitalismo.
Su carrera pública comenzó en el periodismo. En 1842 asumió responsabilidades editoriales en la Rheinische Zeitung de Colonia, clausurada por la censura al año siguiente. En París colaboró en los Deutsch‑Französische Jahrbücher, donde aparecieron textos como Sobre la cuestión judía y la Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Tras trasladarse a Bruselas en 1845, escribió con Engels La ideología alemana, que quedó inédita en vida. De ese período data también la crítica a Feuerbach y la elaboración de un enfoque materialista de la historia, cuyas primeras formulaciones circularon en manuscritos, cartas y artículos polémicos.
En 1847 publicó La miseria de la filosofía, una réplica a Pierre‑Joseph Proudhon, y difundió conferencias que se conocerían como Trabajo asalariado y capital. Ese mismo año se incorporó a la Liga de los Comunistas y, por encargo de su dirección, redactó con Engels el Manifiesto del Partido Comunista, aparecido a inicios de 1848. Durante las revoluciones de 1848 regresó a Colonia y dirigió la Neue Rheinische Zeitung, cerrada por las autoridades en 1849, lo que lo obligó a un nuevo exilio. Esos años consolidaron su reputación como polemista agudo y estratega intelectual de un socialismo de alcance internacional.
Instalado en Londres desde 1849, combinó periodismo y estudio económico. Publicó El dieciocho brumario de Luis Bonaparte (1852) y colaboró extensamente como corresponsal en la prensa anglófona, en particular para un diario neoyorquino. Redactó los Grundrisse (1857‑1858), cuadernos preparatorios para su crítica de la economía, y dio a la imprenta Contribución a la crítica de la economía política (1859). En 1867 apareció el tomo I de El capital, su obra mayor, mientras que los tomos II y III fueron editados póstumamente por Engels a partir de manuscritos. Su estilo osciló entre la sátira periodística y la exposición científica densa.
El núcleo de sus convicciones entrelazó teoría y práctica. Marx sostuvo que las formas sociales se transforman por conflictos materiales e históricos, y que el capitalismo, basado en la producción de mercancías y la extracción de plusvalía, genera crisis y antagonismos de clase. Analizó la alienación del trabajo y la dinámica de acumulación, proponiendo una crítica radical de la propiedad privada de los medios de producción. Defendió la organización independiente del proletariado y la necesidad de un conocimiento rigurosamente crítico para orientar la acción. Su enfoque buscó unir análisis estructural y estrategia política sin reducir uno al otro.
Además de escribir, actuó como organizador. Participó desde 1864 en la Asociación Internacional de Trabajadores, donde integró su Consejo General y redactó documentos programáticos y discursos. Mantuvo intensos debates con corrientes anarquistas y mutualistas sobre tácticas y objetivos, sosteniendo la importancia de la acción política y de la coordinación internacional. Tras la Comuna de París de 1871, publicó La guerra civil en Francia, un balance que defendía la experiencia comunera y criticaba su represión. Su correspondencia y asesoramiento a sindicatos y militantes reflejaron un compromiso sostenido con la causa obrera, aun en medio de penurias económicas y persecuciones.
En sus últimos años en Londres, Marx padeció problemas de salud que interrumpieron temporadas de trabajo intenso en bibliotecas y archivos. Continuó revisando y ampliando los materiales de El capital, redactó textos de intervención como la Crítica del Programa de Gotha (1875) y estudió sociedades no europeas, incluida la posibilidad de caminos diversos al desarrollo capitalista. Elaboró notas etnológicas y borradores sobre Rusia, sin convertirlos en libros concluidos. Enviudó en 1881 y sufrió pérdidas familiares cercanas poco después. Murió en 1883 y fue enterrado en el cementerio de Highgate. No llegó a adquirir ciudadanía británica y vivió largos años como apátrida.
El legado de Marx se amplificó tras su muerte. Engels editó los tomos II y III de El capital y difundió manuscritos relevantes; más tarde se publicaron materiales como Teorías de la plusvalía y escritos de juventud. Sus ideas alimentaron partidos y sindicatos, influyeron en revoluciones y suscitaron escuelas diversas de marxismo, desde tradiciones obreras hasta corrientes académicas. En las ciencias sociales, impactó en sociología, historia, economía y estudios culturales. Su recepción ha sido polémica: lo reivindicaron proyectos anticapitalistas muy distintos entre sí y lo criticaron liberales y economistas neoclásicos. Pese a ello, su diagnóstico del capitalismo conserva vigencia analítica.
Karl Marx
Índice
PRÓLOGO DE MARX A LA PRIMERA EDICIÓN
La obra cuyo primer volumen entrego al público constituye la continuación de mi libro Contribución a la crítica de la economía política, publicado en 1859. El largo intervalo que separa el comienzo de esta obra y su continuación fue debido a una larga enfermedad que vino a interrumpir continuamente mi labor.
En el capítulo primero del presente volumen se resume el contenido de aquella obra. Y no simplemente por razones de hilación e integridad. La exposición de los problemas ha sido mejorada. Aquí aparecen desarrollados, en la medida en que lo consentía la materia, muchos puntos que allí no hacían más que esbozarse; en cambio, algunas de las cosas que allí se desarrollaban por extenso han quedado reducidas aquí a un simple esquema. Se han suprimido en su totalidad, naturalmente, los capítulos sobre la historia de la teoría del valor y del dinero. Sin embargo, el lector de aquella obra encontrará citadas en las notas que acompañan al primer capítulo nuevas fuentes sobre la historia de dicha teoría.
Aquello de que los primeros pasos son siempre difíciles, vale para todas las ciencias. Por eso el capítulo primero, sobre todo en la parte que trata del análisis de la mercancía, será para el lector el de más difícil comprensión. He procurado exponer con la mayor claridad posible lo que se refiere al análisis de la sustancia y magnitud del valor.1 La forma del valor, que cobra cuerpo definitivo en la forma dinero, no puede ser más sencilla y llana. Y sin embargo, el espíritu del hombre se ha pasado más de dos mil años forcejeando en vano por explicársela, a pesar de haber conseguido, por lo menos de un modo aproximado, analizar formas mucho más complicadas y preñadas de contenido. ¿Por qué? Porque es más fácil estudiar el organismo desarrollado que la simple célula. En el análisis de las formas económicas de nada sirven el microscopio ni los reactivos químicos. El único medio de que disponemos, en este terreno, es la capacidad de abstracción. La forma de mercancía que adopta el producto del trabajo o la forma de valor que reviste la mercancía es la célula económica de la sociedad burguesa. Al profano le parece que su análisis se pierde en un laberinto de sutilezas. Y son en efecto sutilezas; las mismas que nos depara, por ejemplo, la anatomía micrológica.
Prescindiendo del capítulo sobre la forma del valor, no se podrá decir, por tanto, que este libro resulte difícil de entender. Me refiero, naturalmente, a lectores deseosos de aprender algo nuevo y, por consiguiente, de pensar por su cuenta.
El físico observa los procesos naturales allí donde éstos se presentan en la forma más ostensible y menos velados por influencias perturbadoras, o procura realizar, en lo posible, sus experimentos en condiciones que garanticen el desarrollo del proceso investigado en toda su pureza. En la presente obra nos proponemos investigar el régimen capitalista de producción y las relaciones de producción y circulación que a él corresponden. El hogar clásico de este régimen es, hasta ahora, Inglaterra. Por eso tomamos a este país como principal ejemplo de nuestras investigaciones teóricas. Pero el lector alemán no debe alzarse farisaicamente de hombros ante la situación de los obreros industriales y agrícolas ingleses, ni tranquilizarse optimistamente, pensando que en Alemania las cosas no están tan mal, ni mucho menos. Por si acaso, bueno será que le advirtamos: de te fabula narratur! (I)
Lo que de por si nos interesa, aquí, no es precisamente el grado más o menos alto de desarrollo de las contradicciones sociales que brotan de las leyes naturales de la producción capitalista. Nos interesan más bien estas leyes de por sí, estas tendencias, que actúan y se imponen con férrea necesidad. Los países industrialmente más desarrollados no hacen más que poner delante de los países menos progresivos el espejo de su propio porvenir.
Pero dejemos esto a un lado. Allí donde en nuestro país la producción capitalista se halla ya plenamente aclimatada, por ejemplo en las verdaderas fábricas, la realidad alemana es mucho peor todavía que la inglesa, pues falta el contrapeso de las leyes fabriles. En todos los demás campos, nuestro país, como el resto del occidente de la Europa continental, no sólo padece los males que entraña el desarrollo de la producción capitalista, sino también los que suponen su falta de desarrollo. Junto a las miserias modernas, nos agobia toda una serie de miserias heredadas, fruto de la supervivencia de tipos de producción antiquísimos y ya caducos, con todo su séquito de relaciones políticas y sociales anacrónicas. No sólo nos atormentan los vivos, sino también los muertos. Le mort saisit le vif! (II)
Comparada con la inglesa, la estadística social de Alemania y de los demás países del occidente de la Europa continental es verdaderamente pobre. Pero, con todo, descorre el velo lo suficiente para permitirnos atisbar la cabeza de Medusa que detrás de ella se esconde.
Y si nuestros gobiernos y parlamentos instituyesen periódicamente, como se hace en Inglaterra, comisiones de investigación para estudiar las condiciones económicas, si estas comisiones se lanzasen a la búsqueda de la verdad pertrechadas con la misma plenitud de poderes de que gozan en Inglaterra, y si el desempeño de esta tarea corriese a cargo de hombres tan peritos, imparciales e intransigentes como los inspectores de fábricas de aquel país, los inspectores médicos que tienen a su cargo la redacción de los informes sobre "Public Health" (sanidad pública), los comisarios ingleses encargados de investigar la explotación de la mujer y del niño, el estado de la vivienda y la alimentación, etc., nos aterraríamos ante nuestra propia realidad. Perseo se envolvía en un manto de niebla para perseguir a los monstruos. Nosotros nos tapamos con nuestro embozo de niebla los oídos y los ojos para no ver ni oír las monstruosidades y poder negarlas.
Pero no nos engañemos. Del mismo modo que la guerra de independencia de los Estados Unidos en el siglo XVIII fue la gran campanada que hizo erguirse a la clase media de Europa, la guerra norteamericana de Secesión[1] es, en el siglo XIX, el toque de rebato que pone en pie a la clase obrera europea. En Inglaterra, este proceso revolucionario se toca con las manos. Cuando alcance cierto nivel, repercutirá por fuerza sobre el continente. Y, al llegar aquí, revestirá formas más brutales o más humanas, según el grado de desarrollo logrado en cada país por la propia clase obrera. Por eso, aun haciendo caso omiso de otros motivos más nobles, el interés puramente egoísta aconseja a las clases hoy dominantes suprimir todas las trabas legales que se oponen al progreso de la clase obrera. Esa es, entre otras, la razón de que en este volumen se dedique tanto espacio a exponer la historia, el contenido y los resultados de la legislación fabril inglesa. Las naciones pueden y deben escarmentar en cabeza ajena. Aunque una sociedad haya encontrado el rastro de la ley natural con arreglo a la cual se mueve –y la finalidad última de esta obra es, en efecto, descubrir la ley económica que preside el movimiento de la sociedad moderna– jamás podrá saltar ni descartar por decreto las fases naturales de su desarrollo. Podrá únicamente acortar y mitigar los dolores del parto.
Un par de palabras para evitar posibles equívocos. En esta obra, las figuras del capitalista y del terrateniente no aparecen pintadas, ni mucho menos, de color de rosa. Pero adviértase que aquí sólo nos referimos a las personas en cuanto personificación de categorías económicas, como representantes de determinados intereses y relaciones de clase. Quien como yo concibe el desarrollo de la formación económica de la sociedad como un proceso histórico–natural, no puede hacer al individuo responsable de la existencia de relaciones de que él es socialmente criatura, aunque subjetivamente se considere muy por encima de ellas.
En economía política, la libre investigación científica tiene que luchar con enemigos que otras ciencias no conocen. El carácter especial de la materia investigada levanta contra ella las pasiones más violentas, más mezquinas y más repugnantes que anidan en el pecho humano: las furias del interés privado. La venerable Iglesia anglicana, por ejemplo, perdona de mejor grado que se nieguen 38 de sus 39 artículos de fe que el que se la prive de un 1/39 de sus ingresos pecuniarios. Hoy día, el ateísmo es un pecado venial en comparación con el crimen que supone la pretensión de criticar el régimen de propiedad consagrado por el tiempo. Y, sin embargo, es innegable que también en esto se han hecho progresos. Basta consultar, por ejemplo, el Libro azul publicado hace pocas semanas y titulado Correspondence withHer Majesty's Missions Abroad, Regarding Industrial Questions and Trades Unions. En este libro, los representantes de la Corona inglesa en el los Estados Unidos de América, declaraba al mismo tiempo, en una serie de asambleas, que una vez abolida la esclavitud, se ponía a la orden del día la transformación del régimen del capital y de la propiedad del suelo. Son los signos de los tiempos, y es inútil querer ocultarlos bajo mantos de púrpura o hábitos negros. No indican que mañana vayan a ocurrir milagros. Pero demuestran cómo hasta las clases gobernantes empiezan a darse cuenta vagamente de que la sociedad actual no es algo pétreo e inconmovible, sino un organismo susceptible de cambios y sujeto a un proceso constante de transformación.
El tomo segundo de esta obra tratará del proceso de circulación del capital (libro II) y de las modalidades del proceso visto en conjunto (libro III); en el volumen tercero y último (libro IV) se expondrá la historia de la teoría.2
Acogeré con los brazos abiertos todos los juicios de la crítica científica. En cuanto a los prejuicios de la llamada opinión pública, a la que jamás he hecho concesiones, seguiré ateniéndome al lema del gran florentino:
Segui il tuo corso, e lascia dir le genti! (III)
Londres, 25 de julio de 1867.
CARLOS MARX
Veíamos al comenzar que la mercancía tenia dos caras:
