El célico humano - Borja Herrera Varona - E-Book

El célico humano E-Book

Borja Herrera Varona

0,0

Beschreibung

En un día cualquiera en la vida de Miguel, la existencia del chico da un vuelco al descubrir que posee habilidades especiales. Su aventura comienza cuando Clara, una inteligente kirpiana miembro de La Federación, revela su verdadera identidad y lo insta a unirse a la lucha contra los rebeldes, que buscan acceso irrestricto a los Portales, el tesoro más preciado del universo, y que están bajo el control de La Federación. Miguel se va adentrando en este Universo desconocido poco a poco hasta descubrir la verdadera magnitud de una guerra intergaláctica.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 363

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



El célico humano

© del texto y diseño de cubierta: Borja Herrera Varona

© corrección: Equipo BABIDI-BÚ

© de esta edición:

Editorial BABIDI-BÚ, 2024

Avda. San Francisco Javier, 9, 6ª, 23

Edificio Sevilla 2

41018 - SEVILLA

Tlfn: 912.665.684

[email protected]

www.babidibulibros.com

Primera edición: diciembre, 2024

ISBN: 979-13-87663-10-0

Producción del ePub: booqlab

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra»

Índice

Dedicatoria

Capítulo I. El instituto

Capítulo II. La transformación a célico

Capítulo III. La revelación

Capítulo IV. La esperanza

Capítulo V. La carrera de los hermanos

Capítulo VI. La nueva alumna

Capítulo VII. El entrenamiento

Capítulo VIII. La amenaza

Capítulo IX. La Ciudad Central Federal

Capítulo X. La tortura del séneca

Capítulo XI. Miguel vuelve a casa

Capítulo XII La sala de ectogénesis

Capítulo XIII. Ataque al anillo

Capítulo XIV. La kirpiana baja la guardia

Capítulo XV. Brecha en la ciudad central federal

Capítulo XVI. La defensa del cuartel general

Capítulo XVII. Se descubre el rostro rebelde

DEDICATORIA

Enhorabuena, tú también tienes un increíble poder: el poder de crear. Siempre pensé que soñar era lo más mágico y maravilloso que había, pero me he dado cuenta de que el arte es aún mejor. En los sueños puede pasar cualquier cosa, pero no eliges qué sucede ni cómo. Cuando creas, tú lo controlas y lo decides todo. Es un poder infinito sobre el que tenemos pleno gobierno.

Ah, y un especial agradecimiento a Abi, mi apoyo enérgico y constante.

CAPÍTULO I

EL INSTITUTO

Suena el despertador un lunes por la mañana. Miguel busca el móvil para darle al botón de posponer. Con un ojo entreabierto, consigue alcanzarlo y retrasar cinco minutos el despertador mientras mete su pie derecho debajo del edredón y se vuelve a quedar dormido en milésimas de segundo. Y es que siempre ha sido un niño muy activo por las noches y le suele costar conciliar el sueño hasta pasadas las doce de la noche. Tiene motivos por los que quiere llegar a la universidad algún día, y poder elegir el horario de tarde es uno de ellos.

―¡¡Miguel!! ―grita su madre Carmen, con tono seco, como de estar cabreada por ser lunes por la mañana, o por algo que ha hecho Miguel, o por las dos cosas.

Miguel abre los ojos y se levanta de sopetón, pero, inmediatamente después, se queda sentado sobre un lado de la cama, intentando enfocar con los ojos recién abiertos. Coge su teléfono y ve que lo tiene apagado…

―¡Otra vez! La porquería de la batería… ¡Es que tengo que heredar hasta estos móviles viejos que están medio rotos! ―dice para sí mismo.

Va al baño aún a oscuras y se sienta en el retrete mientras apoya la cabeza sobre una de las paredes, medio dormido, literalmente. En ese momento piensa, como hacía con frecuencia, en que las cosas son muy relativas ya que, a esa hora, daría los pocos ahorros que tenía para poder dormir un par de horas más. Finalmente se incorpora, se lava la cara y se peina. Está a oscuras, pero intuye que lo hace bien, tiene el pelo muy liso y se peina con facilidad.

En su instituto no llevan uniforme. Muchos de sus compañeros se ríen de los uniformes de otros chicos de los colegios de la zona, pero a Miguel, en cambio, le hubiera encantado llevar uno, no porque le parezca elegante llevar chaqueta o corbata, sino porque le hubiera quitado un dolor de cabeza a la hora de elegir atuendo por las mañanas. No se preparaba la ropa por las noches del día anterior porque, obviamente, tenía mejores cosas que hacer. Aunque su madre le dice que es el rey de vagos, él se considera una persona práctica y lo cree de verdad.

Intuyendo que ya es tarde, baja rápidamente las escaleras, mira el reloj de la cocina y, efectivamente, se le ha hecho tarde. ¡Ya son las 9 a.m.! El instituto está a menos de diez minutos andando de su casa, lo que le hace pensar que puede apurar bastante a la hora de despertarse, pero, en cambio, le hace confiarse en exceso. Miguel se considera un chico optimista y, en este caso, su madre sí que está de acuerdo con él. Es demasiado optimista.

Se abriga a capas, como si se tratara de una cebolla y sale a la calle. Lo de las capas no es porque fuera friolero, sino porque aún era otoño en Madrid y, por las tardes, cuando no está nublado y pega el sol, llega a hacer calor y más si te toca dar Educación Física.

La calle se ve con un color pardusco, con miles de hojas rojas, marrones y amarillas, en esta mañana de otoño en Las Rozas, un municipio tranquilo de la sierra madrileña en el que Miguel ha nacido y ha crecido junto con sus tres hermanos mayores, Sandra, Víctor y Sofía. Aunque realmente no siempre fue un lugar tan tranquilo. Lo que antes fuera un Miacum romano algunos siglos atrás, pasó por ser una importante zona agrícola, y, antes de llegar a ser la gran zona residencial que es en la actualidad, se produjeron sangrientas batallas que lo recuerdan varios búnkeres que aún siguen en pie hoy en día.

A Miguel le gusta la zona donde vive, es un amante de la naturaleza y los animales. Cerca tiene la sierra, hay multitud de parques y zonas verdes y la mayoría de las familias tiene un perro de mascota y se ve un gran número de personas por las calles paseándolos. Lo que no le gusta tanto es tener que ir a un edificio cerrado a aprender lo que el sistema le impone, durante un montón de horas en un horario fijo, con materias no siempre relevantes y basadas en una metodología, para él, arcaica. Y eso no solo le parece que no es justo, también es algo cultural y muy difícil de cambiar a corto plazo. Aunque, con trece años, ¿qué iba a hacer? ¿Organizar una manifestación sobre lo anticuado que está el sistema educativo? Para eso tendría que ser adulto, tener una formación académica universitaria o meterse en política, ¿no? Pero, claro, si lo hace de adulto después de chuparse todos los años de instituto y universidad, ¿para qué iba a quejarse en ese momento para que otros chicos pudieran, por ejemplo, elegir qué habilidades querían desarrollar o qué asignaturas se deberían impartir en función de los trabajos del día de mañana? Muchas veces tenía ese tipo de reflexiones consigo mismo. En cualquier caso, sí le gustan algunas clases y la verdad es que destaca en algunas materias.

Llega corriendo al instituto y empieza a quitarse capas de ropa a medida que avanza por el pasillo. Abre la puerta y entra en clase.

―Otro día que llegas tarde, Miguel ―le espeta Leopoldo, su profesor de matemáticas―. Parece que lo haces aposta. Te voy a empezar a quitar medio punto de la nota final por cada vez que entres a clase más de quince minutos tarde, a ver si así espabilas ―le dice Leopoldo a Miguel en tono muy lineal, como si fuese un robot.

Miguel no dice nada, pero se queda pensando lo duro que se le va a hacer el lunes, con el sueño que tiene aún y teniendo matemáticas a primera hora.

―Ey ―le dice a modo de saludo su compañero Marcos que está sentado a su izquierda, levantando la barbilla y sin hacer ninguna expresión en la cara.

Marcos es su mejor amigo. Se parecen en muchas cosas, aunque con matices: hasta las diez de la mañana no son persona, son muy curiosos, los dos son bromistas (Miguel un poco más) y a los dos les gusta el deporte (a Marcos se le da mejor). También se les da muy bien dibujar, cada uno con su estilo. Este año han hablado de hacer un cómic, pero uno bueno, para que cuando lo vieran de mayores recordaran las chorradas que se imaginaban en el instituto. Miguel piensa que cuando combinas el arte con otra persona, conectas a otro nivel con la otra parte.

―Las 9:30 a.m. todavía, y llevo ya escritos tres folios de apuntes ―se lamenta.

El profesor Leopoldo es un hombre alto con gafas redondas de pasta, con un poco de chepa, y parece tener sobrada inteligencia lógico-matemática y espacial. Pero en cuanto a ser docente se refiere, deja un poco que desear… Puede estar hablando de cara a la pizarra unos quince minutos seguidos tranquilamente, sin girar la cabeza, y, cuando se queda sin espacio para seguir escribiendo, borra trozos de pizarra aleatorios para terminar de escribir las ecuaciones. Como te despistes un solo minuto, te es imposible descifrar tal galimatías y pierdes el hilo completamente. Si le da por darse la vuelta y preguntar si alguien se ha enterado, probablemente lo hará al final de la clase cuando ya es demasiado tarde para resolver cualquier duda. Así, sus clases son de lo más caóticas y nunca están todos sentados y callados, por lo que se puede identificar perfectamente a los diferentes perfiles de alumnos: están los que pasan de todo o están en su mundo online con el móvil, los estresados que no quieren perderse nada y toman apuntes sin parar (Miguel pretende ser uno de ellos), un par de superdotados que solo viendo la pizarra se quedan con la copla, y el resto, que acaba rindiéndose de tomar más notas y empiezan a negociar con los «tomadores de apuntes» para fotocopiar sus folios en el recreo y, a medida que se acababa el curso, también lo harán con los superdotados para poderse sentar cerca de ellos en los exámenes. Miguel no es el más inteligente de la clase, pero es un estudiante aplicado e intenta ir al día con los trabajos y los exámenes. Es un poco vago, sí, pero tonto no es y es que, o te pones las pilas en el instituto, o te pasas el verano estudiando. Y eso lo tiene más claro que el agua, ¡las vacaciones de verano son sagradas!

―¡Eh, Mike! ―le dice Marcos cuando está a punto de acabar la clase―. Mira qué guapo me ha quedado.

―Muy bueno, sí señor ―le contesta, poniendo cara de admiración y asintiendo con la cabeza―. Yo te veía concentrado a tope y resulta que estabas haciendo una caricatura de don Leopoldo, menudo pájaro que estás hecho ―le dice con una sonrisa pícara.

―No será porque no lo he intentado, pero no fastidies, después de ese igual, ¿qué sigue? ¿La línea de la esquina inferior izquierda o la de la esquina inferior derecha? ―se queja Marcos señalando la pizarra con claro sentimiento de indignación―. Luego te cojo los apuntes, tío, te lo cambio por mi maravillosa obra, cuando sea famoso valdrá una pasta ―dice refiriéndose a su dibujo y que había hecho en apenas 10 minutos.

Ya eran las 10 a.m. y, ya despiertos del todo, empiezan a animarse un poco porque ahora tienen Biología y Geología, de sus asignaturas favoritas. No se habían apenas levantado después de que se fuera Leopoldo y ya está viniendo la profesora, puntual, como siempre. La profesora Julia es una mujer muy joven, deportista y risueña, de tan solo veintisiete años y con una increíble mano izquierda con los alumnos. Es consciente de que cada alumno es distinto y les cala desde el primer momento, así que sabe cómo lidiar con cada uno ellos y lleva las clases como le da gana. Al ser joven también tiene cierta empatía con la generación post-millenial o generación Z, y es que, desde que tiene uso de razón, se recuerda a sí misma con un móvil inteligente en la mano. Cuando Julia ve que sus alumnos se aburren, no entienden algo, están cansados o rebeldes, tiene trucos para volver a encauzar la clase y que todos se acaben yendo con una sensación positiva de haber aprovechado la clase. Por cierto, Julia fue una antigua alumna de este instituto donde, pasados los años, acabó teniendo una plaza fija. Así que conoce a la gente de la zona y a algunas familias de sus alumnos, es una cara conocida. En definitiva, todo el mundo le tiene aprecio y le respetan hasta los alumnos más conflictivos.

―¡Feliz inicio de semana, chicos y chicas! ―les dice la profesora, nada más dejar su abrigo en el perchero y una carpeta, su bolso y una tableta sobre el escritorio―. Por favor, Lucas, ábreme las persianas del todo ―dirigiéndose a uno de sus alumnos mientras pensaba cómo había podido dar Leopoldo la clase medio a oscuras―. Ya que os veo un poco dormidos aún, vamos a ver un tema interesante hoy: la sexualidad y reproducción humana ―dijo enfatizando en las últimas palabras, esperando la reacción de la clase.

―¡Me pido voluntario, profesora! ―grita Esteban, el chico de una de las esquinas del fondo, que sigue con la cazadora puesta y que se había quedado dormido en la clase de Leopoldo apoyado en el casco de su moto.

―Yo, en función de la chica que salga, igual me apunto también ―comenta otro alumno siguiendo la broma.

Julia esboza una sonrisita. No le asusta las subidas de testosterona de sus alumnos, es más, le parecen tan predecibles…

―Si la supervivencia de la especie dependiera de vosotros, ¡estaríamos listos! ―comento tranquilamente mirando a los dos espontáneos, pero sin perder su sonrisa, por lo que ninguno de los alumnos se ofendió lo más mínimo.

―Bueno, me imagino que ya habrá algunos más experimentados que otros, pero en mayor o menor medida todos conocéis el tema que vamos a ver hoy. Es un hecho que cada vez espabiláis antes y encima estamos en la era digital, pero empezar a dar rienda suelta a vuestras hormonas sin tener claros algunos conocimientos, puede tener consecuencias muy importantes ―les comenta con tono amable y con más seriedad, mirando a todos y cada uno de sus alumnos, mientras va avanzando por entre los pupitres―. Son esas hormonas las responsables de que experimentéis cambios psicológicos, emocionales, sociales, y físicos. Visiblemente se os nota un gran cambio físico con respecto a hace unos años. Las chicas ya tenéis la menstruación, muchas ya habéis dado un buen estirón, habéis desarrollado las mamas ―Julia le advierte con el dedo a un graciosillo justo antes de que soltara una de sus gracias, mientras sigue comentando―, e inmediatamente después se desarrolla el vello púbico y axilar.

Las chicas sentían vergüenza de lo que comentaba la profesora y se les veía cabizbajas y muy incómodas, preferirían que Julia estuviera hablando de Geología o de cualquier otro tema.

―Los chicos, en cambio ―prosigue la profesora―, habéis ensanchado de hombros, os crece vello facial y os cambia la voz.

―¡No a todos, profe! ―dice un estudiante mirando a una zona de la clase, provocando risas en gran parte de los chicos y de las chicas.

Todas las miradas se dirigían a Miguel y a Rubén, que eran los más bajitos de la clase, imberbes totales y aún con voz de niños. Miguel, rojo como un tomate y mucho más incómodo que algunas chicas momentos antes, no sabía dónde meterse, cuando Rubén termina de poner la guinda.

―Ya creceremos, Miguel, no te preocupes ―le dice Rubén, mientras levantaba una carcajada generalizada en la clase entera.

Miguel sabe que todo llegará, obviamente. Sus hermanos son altos, sobre todo Víctor, que mide casi ciento noventa centímetros, pero él, después de los dos últimos veranos, sigue midiendo prácticamente lo mismo. Las chicas se empezaban a fijar en los chicos más mayores, pero a él eso no le importa, de momento, ya que tiene otras prioridades y tener que estar detrás de las chicas con la cantidad de cosas que tiene que hacer no le merece pena.

Después de la interesante clase de la señorita Julia, aunque a Miguel se le ha hecho demasiado larga, sale a tomar el aire junto con su compañero Marcos. A pesar de que los dos amigos tenían muchas semejanzas, Marcos, a diferencia de Miguel, era un chico deportista y le encantaba el fútbol y el pádel (este último, un deporte de origen mexicano, de gran popularidad en España, sobre todo, desde hace un par de décadas).

―Vamos, tío. Acompáñame a la portería, que quiero que me ayudes a una cosa ―refiriéndose a una de las porterías del campo de fútbol once―. Coge un balón. —Y se dirigen allí.

En cuanto a las dotaciones deportivas del instituto, este tiene una pista polideportiva exterior con una zona destinada a un campo de fútbol sala y dos pistas de baloncesto. De manera casi contigua, había una pista exterior de fútbol once que lo rodeada una pista de atletismo. Finalmente, en uno de los edificios, había un pabellón enorme cubierto donde se realizaban varios deportes como kárate, judo, gimnasia rítmica, voleibol, entre otros.

―Coge el móvil, necesito grabar un vídeo de un gol épico. Métete en esa aplicación y empieza a grabar cuando yo te diga ―le dice Marcos a su amigo mientras le enseña la aplicación del móvil y lo que tiene que hacer―. Voy a lanzar el balón al larguero y al rebotar voy a dar una volea en el aire y meteré el balón por la escuadra. Si no lo meto por la escuadra, no me vale, ¿de acuerdo?

―Dale ―le contesta Miguel, con el pulgar preparado para grabar, en señal de tenerlo claro.

Primer intento y el balón no da ni en el larguero. Segundo intento y el balón golpea en el larguero, pero rebota lejos y, al ir a rematarlo, se pega un buen leñazo.

―Bueno, al menos tengo un epic fail ―dice Miguel con una sonrisita en la cara―. A mí me gustan más estos vídeos, ¿eh? Así que este lo guardo.

―A mí también me molan, pero cuando se la pega otro, no te fastidia… Venga, hay que sacarlo ―le dice Marcos con determinación.

Tercer intento, cuarto intento, quinto, sexto… Y, finalmente, al décimo intento, rebota en el larguero y remata haciendo una preciosa volea a la altura de la cintura, con todo el cuerpo en el aire y despidiendo el balón con fuerza por la escuadra derecha de la portería. Como esa portería no tiene red, el balón acaba colisionando con un chico de Bachillerato a lo lejos y se oye en la distancia que grita unos cuantos improperios.

―¡Dime que has grabado hasta el final! ―exclamó Marcos, emocionado.

―Pues claro, ¿qué te crees? Soy un pro. El balonazo y el recuerdo a nuestras madres ―refiriéndose a los insultos que había soltado al que habían golpeado accidentalmente.

―¡De lujo! Lo voy a editar y va a ser la leche.

―Intenta que no sea en clase, te van a quitar el móvil y la vas a liar ―le aconseja Miguel.

Los dos amigos regresan a las clases, en manga corta y con los jerséis encima del hombro, ya que, a esa hora, y habiendo hecho el gamberro, aún hace calor. No era raro ver, después de los recreos, chaquetas o sudaderas desperdigadas por las pistas. Muchas de ellas se camuflaban entre las hojas caídas de otoño y te volvías loco intentando encontrar la tuya.

A medida que avanza el día se van cargando de trabajos y deberes para hacer en casa y es que se van haciendo mayores de verdad, no solo por lo comentado en la clase de Julia, sino porque ya están en tercero de la E.S.O. y el curso que viene deberán tener claro a lo que se quieren dedicar de mayores, eligiendo una rama educativa concreta. Este año se le va a hacer duro y lo sabe, pero se recuerda a sí mismo con convencimiento que lo acabará sacando, como siempre.

CAPÍTULO II

LA TRANSFORMACIÓN A CÉLICO

Es fin de semana y una amiga de su clase, María, organiza su cumpleaños en casa de sus padres. Aunque algunos no irán, María ha invitado a toda la clase. Parece una chica tímida nada más conocerla, pero, a medida que tiene confianza contigo, te incluye en su círculo como a uno más de su familia y, en el instituto, todos nos acabamos conociendo tarde o temprano, por lo que tiene pinta de que irán bastantes invitados.

Marcos está llegando en bici a casa de Miguel. Al llegar, toca el timbre repetidas veces. Sandra, su hermana, abre la puerta de la entrada, emperifollada hasta arriba y con una sonrisa de oreja a oreja. Es una chica tremendamente coqueta y, con lo que respecta a la relación con sus hermanos, suele ser bastante borde con ellos, en especial con el más pequeño, Miguel, aunque, en el fondo, los quiere mucho y, si alguien se atreve a meterse con ellos, es mejor que se santigüe antes de vérselas con ella.

―¡Vaya! ―exclama Sandra, al ver que no era la visita que, por lo visto, esperaba ella―. ¡Enano, vienen a por ti!

―¿Quién es? ―pregunta Miguel, desde su habitación.

―Tu amorcito, Marcos ―le contesta Sandra, con carácter burlesco.

―Pero ¿qué haces? Ábrele ―le reclama, por haber cerrado la puerta y haberse largado a su habitación.

―Ábrele tú, que para eso es tu amigo ―le contesta condescendiente tras subir las escaleras―. Así aprendes a ser puntual, que siempre haces esperar a todo el mundo.

―¿Ya estáis otra vez? Ya está bien, a ver si crecéis un poquito ―dice Antonio, su padre, para poner orden, quien había salido al pasillo del piso de arriba al oír voces. Pero, en realidad, sabe que es lo más normal del mundo siendo adolescentes y se peleaban como lo suelen hacer los hermanos. En cambio, su hijo mayor (el segundo de sus cuatro hijos), Víctor, últimamente estaba poco en casa y se había vuelto un poco más serio y huidizo y eso sí que le preocupaba. La mayor de los cuatro, Sofía, se fue de casa hace unos años recién cumplidos los dieciocho y apenas tienen contacto con ella. La tuvieron muy jóvenes y piensa que no le dedicaron el tiempo que se merecía. Cuando Sofía se fue de casa no lo hizo teniendo una pelea ni nada por el estilo, y lo hizo sin miramientos, con frialdad. Eso para unos padres es algo muy duro de asimilar, el saber que no quiere depender de ti ni un día más, de forma meditada. Así que en ese momento sabes que algo has hecho mal, aunque ya de por sí fuera un poco introvertida. En fin, Antonio solo espera que lo de Víctor sea solamente una etapa…

Pasados unos cinco minutos, se vuelve a oír el timbre. Miguel sale a toda prisa del baño recién acicalado y baja las escaleras deprisa mientras se pone una sudadera, coge su abrigo del armario de la entrada, sale por la puerta y coge su bici, que siempre deja tirada en el jardín de la entrada, y sale a la calle.

―Tío, eres muy lento ―le dice su amigo Marcos.

―Venga, anda, vamos ―comenta Miguel montándose en la bici, sin dar importancia al hecho de hacerle esperar, mientras piensa que, en realidad, no es nada lento, sino todo lo contrario, ya que había empezado a vestirse en el momento en el que oyó el timbre y ha tardado en salir en menos de cinco minutos.

Los dos roceños llegan casa de María. Dejan las bicis en la puerta, donde había la misma proporción de bicis que de motos. Ya son las seis y media de la tarde y el sol, que no le queda mucho para ponerse, ilumina la fachada de la casa con una luz tenue, un tanto mágica, resaltando el verde de la hiedra que viste toda la fachada, frente al color café de las hojas caídas de otoño que cubren casi la totalidad del jardín delantero. Ambos, de una gran sensibilidad para el reconocimiento de la belleza, se paran unos instantes para saborear la delicadeza de la estampa.

―Qué chulo ―comenta Miguel, mientras gira la cabeza y descubre a Marcos que ya estaba con el móvil sacando una foto de la entrada de la casa.

―Mola ―dice Marcos, asintiendo con la cabeza en forma de admiración. No eran chicos de muchas palabras y, sobre todo, entre ellos, que a veces se entendían con gestos o con jerga que habían inventado y hablado durante años. Si tenían que expresar algo relevante, preferían hacerlo en modo de arte. Marcos siempre hacía suya la frase de que una imagen vale más que mil palabras.

La puerta está abierta, así que pasan. Hay bastante gente en la casa, por el salón, la cocina, sentados en las escaleras… María, que está en el jardín de atrás un poco agitada y pendiente de que a la gente no le falte de nada, ve que está entrando más gente en casa y se acerca a terminar de saludar a todo el mundo.

―Hola, «emes» ―saluda María a Miguel y a Marcos de forma amigable, ya que suelen ir casi siempre juntos como un pack y sus nombres empiezan por «M». Los dos chicos simplemente sonríen mientras le dan dos besos.

En el jardín había dos mesas largas llenas de comida con medianoches, sándwiches, patatas fritas, embutidos y tortillas de patatas que había hecho su madre. También había muchos refrescos, con botellas de todos los colores: bebidas con gas, sin gas, isotónicas, tés y agua con sabor a limón o a manzana.

Entre la multitud aparece la madre con las últimas dos tortillas.

―Menudo despliegue habéis montado ―comenta Marcos a la madre, reconociendo lo buena anfitriona que es, mientras esta, con una sonrisa en la cara, coloca los últimos dos platos de comida en una de las mesas.

―La verdad es que no sé ni qué beber, hay de todo ―le dice, instantes después, Miguel a la madre.

―Yo no tenía ese problema a vuestra edad. Antes, con suerte, bebías refresco de cola y, si no, agua fresquita del grifo. Yo no viví mal, lo reconozco, pero el problema es que ahora tenéis de todo y a cada uno le gusta una cosa. Pero es lo que hay, así que disfrutad mucho y sed buenos, ¿vale? ―le dice a Miguel, pero mirando también a todos los chicos y chicas que estaban próximos a ella―. Me voy con tu padre al centro y llegaremos tarde, María. Te dejamos la casa sola. Cuídanosla, ¿de acuerdo? ―le decía a María aposta delante de todos, advirtiéndole de que, a su vuelta, quería ver la casa en perfectas condiciones.

―La cuidaré como si fuese la casa de mis propios padres ―le contesta ella con una sonrisa pícara en la cara, quitándose responsabilidad de encima―. Venga, idos, que vais a llegar tarde.

Empieza a anochecer y se encienden las farolas del jardín. Muchos empiezan a ponerse los abrigos y, el resto, entra en la casa. Un grupo está de pie en una esquina del salón, hablando en bajito y riéndose de vez en cuando, como si estuviesen tramando algo. Miguel los observa desde el jardín, a través de la ventana.

―Mira, los de cuarto han traído alcohol. Se están echando en los vasos ―le comenta Miguel a su amigo.

―Al final la acaban liando. Es más, ya están liándola, se están echando del mueble-bar de su padre…

Al rato, se oye un fuerte ruido como de cristales rotos. Los que están aún en el jardín entran para ver qué ha pasado.

―Pues se lio. Y no con los de cuarto ―comenta Marcos en voz baja, para no echar más leña al fuego.

Sergio, un compañero de su clase, estaba bailando break dance para llamar la atención de unas chicas que estaban cuchicheando desde que llegaron a casa de María. Seguro que alguna estará colada por él, Sergio era el chico más guapo y en forma de todo el instituto, aunque, por lo que se ve, no era el más lúcido. Al llegar María, que estaba en la cocina con unas amigas, no da crédito a lo que ven sus ojos. Sergio estaba sentado sobre un montón de cristales o lo que antes era una mesa de centro del salón de los padres de María.

―Estoy bien, María, no te preocupes ―dice Sergio con convencimiento, sintiéndose un superhéroe por no haberse roto nada y estar consciente después del golpe.

―Pues menos mal que estás vivo, Sergio, ¡porque te voy a matar! ―exclama María, echándose las manos a la cabeza e hiperventilando, intentando ser consciente de lo ocurrido―. ¿A quién se le ocurre ponerse a dar saltos dentro de casa? Mis padres me van a matar, ¡eres un zoquete!

―Ey, María, sin faltar. Ha sido un accidente, solo es un cristal, relájate ―dice Sergio indignado, sin quererse dar cuenta de que la ha liado.

―Mira. ¡Fuera! ―le abronca María a Sergio―. Todo el mundo al jardín, por favor, voy a encender unos calefactores que hay en porche y nos vamos a quedar todos ahí ―comenta mirando a todos sus invitados, levemente más calmada.

―Bueno, ¿alguien me ayuda o qué? ―Sergio estaba lleno de cristales, tenía un pequeño corte y no quería salir más mal parado.

―Anda, ven. Si es que Darwin no da abasto con tanto torpe por doquier ―le decía una chica que estaba ahí en el salón, haciendo una referencia a la selección natural de Charles Darwin, ya que su bobada le habría podido costar la vida de haber tenido una mala caída.

―Lo que tú digas, Lucía ―le responde Sergio embelesado mirándole a la cara, mientras extiende su brazo, sin haber entendido a qué se refería Lucía.

Lucía es una chica guapísima, rubia y de ojos azules verdosos. Lamentablemente le suelen prejuzgar de ser tontita por ser tan guapa, pero el caso es que es extremadamente inteligente. Normalmente suele ir sola, a su aire, no tiene un grupo de amigas como tal. Le gusta pasar mucho tiempo con su familia y, en clase, habla con absolutamente todo el mundo, cuando le apetece o tiene que hacerlo, eso sí.

Las chicas que coqueteaban con Sergio siguen chismorreando, pero, esta vez, con caras de asco y envidia dirigidas, claro está, a Lucía. Si las miradas matasen, estaría acribillada.

Justo cuando Lucía estaba terminando de ayudar a Sergio a levantarse, al estar este mal apoyado y ser un chico fornido, se empieza a caer hacia atrás y a punto está de volverse a dar otro porrazo si no llega a ser porque Marcos llega a cogerle del otro brazo y, ahora, con mayor estabilidad entre Lucía y él, le ayudan a incorporarse sano y salvo.

―Gracias, chicos.

―Mírate el brazo, Sergio, te has hecho un corte y estás sangrando. Y todavía le manchas la alfombra a su madre… ―le advertía Lucía a Sergio.

―¡Ya ves! Se me va a quedar una cicatriz superguapa ―dice emocionado Sergio, que vive en su mundo.

―Eso será si no te desangras antes. Tira a la cocina, anda. Voy a pedirle el botiquín a María ―le indica Lucía, suspirando por tener que hacer de enfermera, ya que duda de que Sergio pueda cuidar de su propia integridad física.

―¡Vaya, me tenía que haber caído yo! ―se lamenta Marcos al ver que Sergio se va junto con la guapísima Lucía.

―Pero que dices, tío. ―le desaprobaba Miguel―. Si además ella pasa de él, es decir, le hubiera dado igual quién se hubiera caído.

―Le hubiera ayudado igualmente, lo sé. Por eso querría haberme caído yo, y ahora estaríamos los dos solos en la cocina rozándonos la piel ―dice Marcos sobreactuando y poniendo cara de tonto como si se estuviesen magreando imaginariamente Lucía y él.

―Madre mía, qué empalagoso vas a ser. Me voy fuera a por algo de beber.

A medida que se hace tarde, va bajando la temperatura y, los que quedan en el jardín, se sitúan justo debajo de los calefactores. Marcos es uno de los más animados, la mayoría se ha puesto cerca de él mientras cuenta chistes y les hace pasar un buen rato. Las chicas que querían coquetear con Sergio están apartadas del resto y se empiezan a aburrir, así que van a despedirse de María.

―Gracias por todo, María ―le dice una de ellas.

―¡Un selfie de «amiguis»! ―exclama otra, cuando saca el móvil para hacerse una autofoto con su grupito de amigas más la cumpleañera, antes de marcharse. María saca una sonrisa un tanto forzada, mientras que al resto de las chicas les sale muy natural, algunas sonriendo, una con la lengua fuera y otra poniendo morritos.

―Se está yendo todo el mundo ya, solo quedamos tíos ―observa uno de los chicos.

―Acostúmbrate a eso, macho, ley de vida. A mí, mientras siga Lucía aquí, aguanto lo que haga falta ―comenta Marcos, medio en serio, medio en broma, obsesionado con Lucía.

―Pues creo que se está despidiendo ya, tío ―le avisa Miguel a su amigo―. Y creo que yo voy a hacer lo mismo, si mañana no me levanto muy tarde saldré con la bici un rato a dar una vuelta al Pinar. ―Es un espacio natural de la zona donde la gente sale a hacer deporte, montar en bici, pasear o, simplemente, pasar un día en familia haciendo un pícnic o una barbacoa.

Miguel se despide de María y nota que prácticamente todos están empezando a marcharse. María les agradece a todos haber venido, los regalos que le han dado, pero se le ve con cara de preocupación por la mesa que se ha roto el iluminado de Sergio. Termina de despedirse de todos y espera en la puerta de la entrada hasta que hayan salido del jardín delantero y hayan cerrado la puerta de la verja. Muchos se van andando, ya que viven bastante cerca, y otros cogen sus motos o sus bicis.

―Tío, no encuentro mi bici. O estoy cegato o… ―dice Miguel, sin entender dónde está la bici.

―¡Ostras! ¿No es esa la tuya? ―Marcos le lanza esa pregunta retórica a su amigo, señalando a un chico que hacía un caballito con ella. La había cogido uno de los de cuarto y estaba haciendo el payaso en la calle con un grupito de unas cinco personas. Eran los de un curso superior que habían introducido alcohol en la fiesta y, por lo que se ve, no habían sabido controlar su borrachera.

―Qué pereza de gente, tío. ―Miguel va hacia ellos con ánimo de reclamarles la bici de manera amistosa e irse a su casa sin meterse en líos. Marcos le sigue, callado, esperándose cualquier cosa―. Perdona, creo que has cogido mi bici. Me iba ya a casa. ¿Te importa…? ―Hace el ademán de cogerle la bici, extendiendo su mano y sonriéndole como gesto pacífico.

―No veo tu nombre, chaval. Así que aparta, que aquí no pintas nada ―le replica el usurpador de su bici, mientras un par de amigos de este ríen con aires de superioridad.

―Pues el caso es que sí que está. Mira, ahí en el marco. Pone «Miguel S.» ―refiriéndose a Miguel Salazar, su nombre y la inicial de su apellido. Como les gusta dibujar, a veces llevan un rotulador en la mochila y un día le dio por poner ahí su nombre con unas letras chulas―. Si no te importa, me tengo que ir.

―¡Boom! ―dice Marcos en bajo, haciendo el gesto de una explosión con las dos manos expresando que la respuesta de Miguel le había explotado en toda la cara, cuando ahora el que se ríe es Marcos.

―¿Tú de que narices te ríes, niñato? ―le dice en tono amenazante a Marcos, habiéndose percatado de que se había mofado de él.

―Pero ¿qué somos, monos o qué? ¿Os pensáis que esto es la ley de la selva? Dadle su bici ya, pesados ―dice un harto Marcos, que no le apetecía seguir teniendo una conversación que no iba a ningún lado.

―Primero te ríes de mí, en mi cara. Y ahora me llamas mono. Reconozco que tienes un par ―dice el chaval de cuarto de manera pausada, mientras se acerca despacio a Marcos con las peores intenciones. Marcos se mantiene firme, con expresión seria, en tanto que Miguel exhalaba cada vez más rápido y más profundo―. Llámame mono otra vez.

―No te acerques tanto que no te voy a besar con ese aliento a plátano.

El amenazante chico abre los ojos no dando crédito a lo que escuchaban sus oídos y coge impulso para dar un gran puñetazo. Miguel se está poniendo demasiado tenso y espera que ocurra cualquier cosa. Marcos hace un movimiento para intentar esquivar el puñetazo, pero, aun así, recibe el golpe con bastante fuerza. De pronto se enzarzan en una pelea, Marcos es un año menor, pero es fuerte, sabe defenderse y no va a permitir que ese macarra se salga con la suya. Caen al suelo. Miguel hace un mal intento de querer ayudar, acercándose a los contendientes, pero le frena uno de los chicos de aquel grupo, que ya había formado un círculo alrededor de la pelea.

―Tú te quedas aquí quietecito ―le advierten a Miguel.

Miguel no puede quedarse ahí parado. ¡Están pegando a su amigo por defenderle! Están cerca de la casa de María, pero se encuentran al final de una calle cortada, medio a oscuras y no había nadie para poder socorrerlos. ¿Qué debería hacer? ¿Pedir ayuda? ¿Meterse en medio? ¿Decir «¡basta!»? Empieza a agobiarse más aún, siente que ya no puede segregar más adrenalina y le empieza a recorrer la testosterona, que parecía no haber tenido hasta ese momento. Aprieta sus puños fuertemente, tiene todos los músculos en tensión consumiendo todo el oxígeno que no para de inspirar, coge un último aliento y explota.

―¡¡¡Se acabó!!! ―grita Miguel desde lo más profundo de su ser.

De pronto, empiezan a cambiar de color sus ojos marrones claro hasta tornarse sus iris en un color amarillento. Nota cómo se le endurece la piel y siente cómo aumenta su masa muscular. Empieza a marearse, agacha la cabeza sujetándosela fuerte con las dos manos y cerrando los ojos. Del silencio momentáneo que él había generado tras su estruendoso grito, empieza a escuchar sonidos que no había escuchado nunca, de una frecuencia muy baja, ¿eran voces? Por algún motivo, estaba entendiendo esos sonidos, ¿era un idioma nuevo? No estaba entendiendo nada. Abre los ojos lentamente y mira hacia el cielo despejado y estrellado. Lo que ve es algo realmente mágico. No solo ve más colores los que son capaces de ver el resto de seres humanos, sino que está viendo algunos animales o criaturas dignas de los cómics que ellos dibujan con tanta imaginación. Su respiración va calmándose paulatinamente hasta que siente un extraño control de su cuerpo, incluso, de los músculos involuntarios. ¿Podría ser eso cierto? Ya está, acababa de darse cuenta. Le han debido de golpear a él también y le habían dejado noqueado. Claro, era eso. ¿Pero por qué entendía esos sonidos en formas de palabras en su cerebro? ¿No debería despertarse al figurarse de estar soñando en vez de pensar que lo está viviendo realmente? Empieza a girar la cabeza para analizar su entorno.

―¿Qué narices ha sido eso? ¡Maldita sea! ―Se habían quedado todos parados viendo a Miguel, que había explotado e, inmediatamente después, se había quedado abstraído del mundo―. Chavales, este tío me da mal rollo, ¿¿qué leches le pasa en los ojos??

Miguel mira al cielo, y cree entender el sonido que emiten los murciélagos, muy habitual verlos por la zona durante las noches, por cierto. Pero no solo ve murciélagos. ¿Qué eran exactamente? Eran parecidos a murciélagos, pero no eran negros y dejaban un destello brillante en el cielo y, además, eran un poco más grandes. Empezaban a volarle en círculos sobre la cabeza.

―Chico, ¿nos puedes oír? ¿Nos entiendes? Estamos aquí ―son voces que él entiende que provienen de esos seres que, por alguna razón, las entiende sin más.

―Os entiendo, aunque no sé por qué. Pero tengo que ayudar a mi amigo. Está en peligro por mi culpa ―replica Miguel.

―¿Está hablando solo o qué le pasa ahora a este chico? ―comenta con incomprensión otro de los cinco chavales de cuarto.

―Te ayudamos, chico. Nosotros te ayudamos. ―Esos pitidos que él está entendiendo a la perfección parecen decirle que van a ayudarle. ¿Cómo le iban a ayudar?

Las criaturas se abalanzan sobre los que se mostraban hostiles contra Miguel y su amigo Marcos. Parecen darles suaves cortes y picotazos. Empiezan a mirarse unos a otros, asustados, miran a su alrededor y no comprenden qué les estaba pasando.

―Tío, ¡qué paranoia!, ¿eso era solo alcohol o nos has metido alguna mierda en las copas? Yo me piro de aquí ―comenta uno de ellos, ciertamente acobardado.

―Yo también me abro ―se empezaban a ir todos ellos.

―¡Esperadme! ―exclamaba temeroso el que estaba peleando con Marcos, levantándose y largándose a toda prisa de allí.

―¿Estás bien, macho? ―Se acerca Miguel rápidamente para ver cómo se encuentra su amigo. Él ya se nota que está normal, es decir, como estaba siempre, sin oír voces, los ojos ya los tenía de su color marrón habitual, pero, inexplicablemente, tenía más energía, más fuerza y una vigorizante sensación de control y determinación. ¿Era por el sentimiento de alivio de haber salido, al menos él, ileso? No estaba seguro, pero no le da demasiadas vueltas e insiste a su amigo, que parece un tanto desconcertado―: ¿Marcos? No me asustes, ¿estás bien?

―Pues creo que no mucho. Estoy un poco mareado, creo que me ha debido de dar fuerte en la cabeza. He notado cosas muy raras y tú estabas ahí de pie haciendo sonidos raros, tío. No sé, creo que me he quedado atontado. Pero has pegado un grito bestial. ¡Madre mía! No parecía tu voz, eso sí lo he oído bien, les has acojonado. ¡Me has acojonado a mí también! ―le confiesa Marcos riéndose, mientras coge su bici y se va andando, con sensación de aturdimiento, al lado de Miguel.

―¿Quieres que vayamos a urgencias? ―le plantea Miguel, esperando que la respuesta fuera negativa para no tener que responder a demasiadas preguntas a los médicos y a sus padres y porque, honestamente, le vendría bien ir a casa para estar tranquilo y poder asimilar lo que había pasado.

―¡Qué va! En plazas peores hemos toreado ―contesta Marcos haciéndose el guay, sabiendo, en realidad, que había sido una de las «peores plazas en las que había toreado», sobre todo, porque era la primera vez que se había peleado en su vida―. Solo necesito descansar, mañana comentamos la jugada.

―Claro, tío. ¿Has visto cómo corría el muy cobarde? Creo que se ha largado solo con una zapatilla, el muy inútil. ―Se ríe Miguel, haciendo también reír a Marcos, mientras llegan a casa de Marcos―. Mañana será otro día, descansa y ponte hielo en el chichón ese que tienes en la cabeza, que, si no, ya verás mañana tu madre la que te monta ―se despide de su amigo, que estaba de espaldas a él frente a su puerta, el cual levanta el dedo pulgar, abre la puerta y se mete en casa.

Miguel se sube a la bici para regresar a su casa. No está nada nervioso. Con una sensación de extraña paz en el cuerpo y de bienestar que ni se la explica ni le importa. Simplemente la disfruta. Pedalea. Cada vez más fuerte, como si se deslizara sobre el asfalto, sintiendo el aire en su cara, haciéndole sentir más vivo que nunca. Se siente maravillosamente bien, y le gustaría que ese momento durara para siempre. Finalmente, cuando llega a su casa, se nota distinto, nota que algo ha cambiado dentro de él y, lejos de asustarle, le reconforta.