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¿UN CONCURSO PARA NIÑOS O UNA TRAMPA QUE PUEDE PONER EN RIESGO TU VIDA? Gillian Charles estuvo a punto de ganar el suculento premio del Certamen Extraordinaire, un concurso para niños prodigio organizado por la corporación de entretenimiento infantil más importante del mundo, Miscellany. Dieciocho años después, Gillian sobrevive en Los Ángeles. Los días de niña prodigio han quedado atrás, y apenas le alcanza para pagar el tratamiento médico de su madre enferma. Cuando Tommy, su archienemigo de la infancia, le ofrece una importante suma de dinero para que regrese a Miscellany y le ayude a descubrir quién hace trampas en la nueva entrega del Certamen, no puede rechazar la oferta. Pero pronto, algo que debía ser sencillo de resolver se convertirá en una telaraña de la que es posible que Gillian no salga con vida.
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Seitenzahl: 438
Veröffentlichungsjahr: 2026
Índice
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Agradecimientos
Título original inglés: The Contest.
© del texto: Jeff Macfee, 2025.
Esta edición ha sido publicada gracias a un acuerdo con JABberwocky
Literary Agency, Inc., a través de International Editors & Yáñez Co’ S. L.
© de la traducción: Mireia Rué Górriz, 2026.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2026.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
Primera edición en libro electrónico: enero de 2026
REF.: OBEO033
ISBN: 9791370311278
Composición digital: www.acatia.es
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.
PARA KAREN
Un largo panel blanco descendió hasta encajar en su sitio, bloqueando el pasadizo. Desde arriba, una imagen se proyectó sobre su superficie.
Cuatro concursantes ocupan una sala.
Tommy resuelve un laberinto.
Ellsberg juega al ajedrez.
Leah decora unos vaqueros con lentejuelas.
¿Qué está haciendo Gillian?
Gillian Charles leyó el acertijo tres veces. Las trenzas que su madre le había hecho con tanto esmero se habían deshecho y ahora el pelo le caía sobre la cara. Su camisa a cuadros verdes y negros presentaba múltiples agujeros y, en sus vaqueros de campana, un desgarrón le dejaba al descubierto las rodillas ensangrentadas. Iba descalza porque había perdido las zapatillas en algún rincón del laberinto. Pero hoy el aspecto no importaba, al menos, no a ella.
«¿Qué está haciendo Gillian?».
Un instante de pánico. La pregunta era más difícil de lo que esperaba. Pensó en cada una de las decisiones que había tomado durante el concurso, en cada uno de los enigmas que había resuelto, en los rompecabezas que había descifrado... ¿Y si había malinterpretado las respuestas? Su madre siempre le decía que se precipitaba, que no se paraba a pensar las cosas. Tal vez había acabado en un callejón sin salida.
No, solo era Míster Rompecabezas, el maestro de los acertijos, en todo su esplendor; Sebastian poniéndola a prueba para ver si conseguía hacerla dudar de sus capacidades. La respuesta era obvia.
—Jugando al ajedrez con Ellsberg —dijo.
El panel se alzó y pudo avanzar, pero de inmediato otro le bloqueó el camino.
¿Qué cosa pasa por tu barrio, va hasta el aeropuerto
y te ha traído hasta aquí sin moverse nunca?
—La carretera —contesta.
Gillian mira al sur.
Leah mira al norte.
Pueden verse sin espejos.
¿Cómo es eso posible?
—Están cara a cara.
Más obstáculos. Panel tras panel.
—La letra M.
—La puerta con el león.
—Tira del tapón.
El asalto continuó. Con cada pregunta, Gillian se sentía más segura, con más agudeza.
Cada vez era más probable que ganara el Certamen Extraordinaire.
El pasadizo se transformó en una desagradable tubería de hierro fundido. El techo le quedaba a más de dos metros de la cabeza y el agua se colaba por las rejillas de los desagües, acumulándose hasta la altura de sus tobillos. Y no estaba sola. Delante chapoteaba un chico enclenque de pelo pajizo, vestido con americana, polo y pantalón corto, con una mancha púrpura de nacimiento visible bajo su pelo fino. Era Mr. Peanut, la conocida imagen de los cacahuetes Planters hecho persona.
Martin Ellsberg vivía en un parque de caravanas a las afueras de Mobile, Alabama, donde su aspecto extraño le había valido más de un golpe. Pero era duro. Pese a las pruebas del Certamen, había conseguido conservar sus mocasines de cuero, los zapatos más ridículos que Gillian hubiese visto jamás. Había resuelto su último enigma tres segundos antes que ella, así que más le valía no subestimar a Ells —y su fingido acento alemán— si no quería abandonar el concurso en una camilla.
Aun así, al no ver por allí a ningún otro concursante, Gillian se relajó. Iba con ventaja y no le costaría batir a Ellsberg en una carrera. Él se sobresaltó cuando la vio acercarse a la carrera, pero enseguida recuperó la compostura. Hicieron su saludo secreto —palma, contrapalma, codos, puño— y se encaminaron juntos hacia el túnel.
—En el último acertijo —dijo Ellsberg— deberías haber subido más rápido por la escalera.
—¿Has subido por la escalera? Interesante.
Él frunció el ceño.
—¿Tú qué has hecho?
Gillian no respondió. Se sacó unos M&M’s de cacahuete del bolsillo. Nunca los había probado antes del Certamen, antes de conocer a Tommy. Se metió unos cuantos en la boca.
—¿Qué ha sido de Leah? —preguntó él.
—No ha resistido la prueba «Bébeme». La he visto vomitando por todas partes.
Ellsberg asintió. ¡Cómo no!
—Intoxicación alimentaria, supongo. —Se frotó la mancha de nacimiento—. ¿Has visto a Tomas?
De pronto, recordó la expresión de Tommy cuando se había quedado a solas con él en aquella sala.
—Al principio. Se quedó atascado en la prueba de deducción.
—Entonces ya lo deben de haber sacado. —La mirada de Ellsberg se entretuvo en los pies descalzos de Gillian, quizá pensando en lo cerca que había estado ella de quedar fuera del Certamen—. ¿Adónde crees que van los que pierden?
—Nadie resulta herido, ¿recuerdas? Eso dijo Sebastian.
Sebastian Luna era el creador del Certamen Extraordinaire. Era un showman, un magnate, un visionario. El recinto que había creado, su Bazar, con el palacio de los acertijos en la superficie y el entramado de túneles bajo tierra, ofrecía un premio increíble al primero que consiguiera escapar: una casa, un coche nuevo y flamante, y más dinero del que las familias de los concursantes hubieran soñado jamás. Pero para Gillian el Certamen significaba algo más: la oportunidad de estar junto a Sebastian.
Ellsberg dejó escapar un bufido de descrédito y Gillian, al verlo ahí tan seguro de sí mismo, no pudo evitar sentir cierto aprecio y le ofreció el resto de sus dulces. Él miró el paquete con reticencia.
—¿Son los M&M’s que te dio Tomas el primer día?
—Su madre le envió una bolsa enorme. Trabaja en una clínica dental y recibe donaciones.
—Lo sé. Pero no deberías aceptar regalos. Ya pasáis demasiado tiempo juntos.
Ella se encogió de hombros, como diciendo: «¿Los quieres o no?». Ellsberg miró hacia otro lado.
—Los de cacahuete son los mejores —insistió ella.
—Se te quedan pegados en los dientes.
Ella le sonrió; tenía los suyos cubiertos de chocolate y pedacitos de cacahuete. Ellsberg hizo una mueca de asco, pero no pudo sostenerla y enseguida rompió a reír. Mientras los dos se desternillaban, una nueva voz resonó en el túnel.
—Daos prisa. Estáis perdiendo.
El buen humor abandonó el cuerpo de Gillian. Había dejado que la amistad se interpusiera en la competición, dando por sentado que no perdería, pero ya lo estaba haciendo.
Corrieron por el túnel.
Tommy Kundojjala estaba de pie en el borde de la tubería. El agua caía a su alrededor, formando una cascada de nueve metros de altura. Era todo un gallito. A pesar de ser bajo y fornido, y de no tener motivos para ser popular, lo era. Tenía una voz aguda y chirriante, además de un ojo vago. Llevaba una camiseta de Hannah Montana que todavía seguía impecable. No le costaba ganarse a la gente. Saludaba como un presidente, o como si fuera alguien famoso. Y era listo: había conseguido el mejor tiempo en la prueba clasificatoria del Certamen. El tesón le venía de familia. Sus padres habían abandonado el estado indio de Odisha en busca de una vida mejor, primero en Londres, y, más adelante, en Estados Unidos. Ahora todos vivían allí, en un apartamento destartalado a las afueras de Chicago: Tommy, sus seis hermanos y dos tías. Necesitaba ganar el Certamen tanto como Gillian. Pero ella estaba decidida a llevarse el premio.
Gillian se acercó a Tommy y se saludaron con su ritual secreto. Luego se adelantó hasta el borde y se quedó allí, inmóvil, mientras el agua helada de la cascada corría entre sus tobillos desnudos. Aquella era una de las muchas tuberías que alimentaban el lago oscuro que se formaba en la base de esa gruta monumental. Al otro lado del agua, a los pies de un acantilado imponente, le pareció distinguir una playa y, más arriba, la entrada siniestra de una cueva. No había escalera, ni puente; solo un camino descendente. Aquella era la meta, o al menos estaba muy cerca. Lo presentía. Pero Tommy aún no había saltado, y eso la ponía nerviosa. Hasta entonces, los movimientos que había ido haciendo durante el Certamen le habían parecido un misterio imposible de descifrar.
A su izquierda, su amigo le sonrió, mostrándole sus dientes deslumbrantes.
—¿Lista, Gil? —Su voz insinuaba que sabía que no lo estaba—. Es bastante alto.
—Lista.
Estaban hombro con hombro. Ellsberg se movía con nerviosismo unos pasos por detrás. Tommy lanzó una mirada a los pies descalzos de Gil.
—¿Tu madre no se va a enfadar cuando vea que has perdido los zapatos?
—Los conseguí en objetos perdidos, en el centro cívico. Los míos están en casa.
—Vaya suerte.
—¿Suerte? Son de segunda mano. A mi madre casi le dio un ataque cuando los compré. Según ella, no me sujetaban bien el tobillo. —Y entonces Gillian imitó la voz de su madre—: «Yo te habría comprado unos nuevos». —Suspiró—. Y seguro que lo habría hecho, claro. Así que ni hablar.
—Tu madre me cae bien. Le pediré disculpas después de ganarte.
Se creía muy gracioso. Y en cierto modo lo era, pero Gillian no pensaba reconocérselo. Se limitó a sacar otro M&M’s del bolsillo y masticarlo de forma exagerada. Una lenta sonrisa se dibujó en el rostro de Tommy al reconocer el sonido característico de los dulces que le había regalado.
—Habláis demasiado —intervino Ellsberg desde atrás—. Vamos, saltad de una vez.
—¿Tienes prisa por librarte de mí, Ells?
—No. —Ellsberg hablaba con una intensidad extraña—. Solo digo que estás cagado.
Al principio, los dos chicos habían chocado —más por la actitud de Ellsberg que por la de Tommy—, pero durante las pruebas clasificatorias se habían ido acercando, igual que Gillian y Leah. Haber resuelto los mismos acertijos y provenir de entornos difíciles los había convertido en amigos, además de en rivales. Los saludos secretos, las pulseras de goma a juego... Se divertían, siempre que nadie mencionara qué ocurriría el último día, cuando solo quedara uno.
Tommy mantuvo el tipo.
—No lo estoy.
—Sí que lo estás. Estás muerto de miedo. Se te nota. No vas a saltar.
—Puedo saltar cuando quiera. Solo dame un segundo.
—No digas tonterías. Todavía seguirás aquí cuando gane.
Tommy alzó la voz:
—No estoy asustado.
Ninguno de los dos se movió. Gillian observó con atención el comportamiento de Tommy y lo comprendió: su ojo derecho vago, su pésima percepción de la profundidad, su miedo a las alturas. Lo de Ellsberg, en cambio, no lograba entenderlo. Le temblaba la voz y se le aceleraba la respiración. Y no era Tommy quien lo detenía. Ellsberg también estaba asustado de lo que les esperaba abajo.
El miedo los tenía paralizados. Vacilaban: se lo estaban jugando todo.
Gillian se lanzó al vacío.
El agua helada le arañó la piel, como las garras frías de una bruja. El impulso de la caída casi la hundió hasta el fondo, sumida en una penumbra que le impedía ver. Pataleó hacia la luz, con los pulmones a punto de estallar, y pronto emergió. En cuanto se orientó, nadó hacia la orilla, y se arrastró fuera del agua hundiendo las manos en la pequeña península de arena. Se dio la vuelta para ver lo que dejaba atrás: todo un mundo acuático. Tubos de PVC de diferentes diámetros se tragaban el agua del lago para distribuirla por todo el sistema vascular que alimentaba el complejo, y luego la devolvía de nuevo al lago a través de múltiples desagües. Gillian se preguntó adónde irían todos aquellos tubos, pero enseguida pensó que tendría toda una eternidad para explorarlos cuando ganara.
Se puso en pie y miró al frente. Ante ella se alzaba la única salida visible. Unas estacas clavadas en la arena sujetaban una gruesa red que se elevaba por los cinco metros de roca que la separaban de aquella gruta oscura. El recorrido de malla se asemejaba a una hamaca gigantesca y la cueva parecía una boca ávida y hambrienta. Encima de la entrada se podía leer un mensaje grabado en una placa de acero: «victoria».
Ahí estaba. El último desafío. Gillian echó un vistazo alrededor, pero los chicos aún no habían aparecido. Corrió hacia la red.
Las sogas trenzadas le arañaban la piel. Las rodillas se colaban por los huecos del entramado, que la atrapaba como si fuera un animal salvaje. Pero enseguida comprendió que debía estirar más las piernas y colocarse sobre los nudos donde las cuerdas se cruzaban. Ya había dejado atrás la playa.
Oyó un grito desgarrador a sus espaldas. Todo su ser le gritaba que siguiera adelante, que escalara la red hasta llegar al camino amarillo, pero, aun así, se giró. Ellsberg se agitaba en el lago oscuro, levantando desesperadamente la barbilla por encima de la superficie. No sabía nadar.
En algún rincón de su mente, Gillian oyó la voz suave pero firme de su madre. Pese a su poca estatura, su madre siempre se imponía. «Gillian Charles, ¿piensas abandonar a ese chico a su suerte? ¿En qué clase de persona te convierte eso?».
Se quedó paralizada, con las manos agarradas a las cuerdas. Delante la esperaba la gloria, dejar atrás la ropa heredada. Dinero suficiente para pagar el tratamiento para el lupus de su madre, la posibilidad de vivir libremente, en lugar de la trampa que había sido su existencia hasta ese momento. Visualizó la cama que compartía con su hermana, su desastroso apartamento junto a la I-45, llena de camiones día y noche. Ganar significaba la promesa del dinero que le permitiría acceder a todo lo que siempre había deseado.
Ellsberg gorjeó y desapareció bajo el agua.
Y Gillian quería que estuviera bien.
Dejando la sensatez a un lado, se dio la vuelta. Devolvió sus pasos hasta la playa, sin dejar de mirar a un lado y a otro, e hizo uso de su visión periférica para comprobar que no había rastro de Tommy.
Podía lograrlo. Podía sacar a Ellsberg del agua y aun así conseguir la victoria. Ser despiadada, pero también compasiva.
Se metió en el agua y aguantó el frío punzante. Nadó con determinación hacia el punto en el que Ells había desaparecido. Notaba que el agua le golpeaba en los oídos, pero poco a poco comprendió que era el sonido de su propio corazón. Cada latido marcaba la cuenta atrás, el sonido de Tommy acercándose.
Abrió los ojos bajo el agua. No veía el fondo, pero sí pudo distinguir una forma oscura que se agitaba: un chico con mocasines de cuero, arañando el agua en vano, como si estuviera atrapado en un pedazo de ámbar.
«Ellsberg, idiota, deberías haberlo sabido». Sebastian conocía perfectamente a sus concursantes. Sus fortalezas, sus miedos, sus debilidades. «Seguro que estaba al corriente de que no sabías nadar».
Se zambulló hacia el fondo.
Pataleó con fuerza envuelta por el agua. Con los brazos extendidos, se lanzó hacia Ellsberg y cerró los dedos sobre su chaqueta tupida: el chico era ya un peso muerto. Tiró de él, pero no conseguía acercarse a la superficie. Le ardían los pulmones. El agua se había convertido en una presencia, un monstruo al que le traía sin cuidado que ella ganara el Certamen, que viviera o que muriera. Tiró con más fuerza. Notaba cómo se le elongaban los músculos, cómo sus huesos parecían desencajarse de las articulaciones. Ellsberg forcejeaba y, con cada movimiento, conspiraba para hundirlos más.
Menudo imbécil. Este crío inútil los iba a matar a los dos.
Ellsberg se libró de la chaqueta.
Quedó suspendido un instante, como si fuera un cuerpo ingrávido, flotando con entusiasmo. Gillian lo agarró del brazo y de nuevo trató de alcanzar la luz. La presión la impulsaba hacia la superficie, ansiosa por respirar y por conseguir la victoria. Había luchado mucho para poder tener aquella oportunidad; se había pasado meses entrenando, demostrando ser más lista que todos los genios a los que se enfrentaba. Ellsberg no iba a detenerla. Ni por asomo.
Salieron a la superficie, jadeando. Ellsberg se aferraba a ella, como una foca ansiosa y torpe por alcanzar la playa. Con los músculos ardiendo, Gillian lo arrastró hasta la arena. Juntos se tambalearon hasta la orilla. El chico se desplomó de inmediato, tosiendo y escupiendo agua, pero Gillian siguió en pie: algo más poderoso que el agotamiento la empujaba de nuevo hacia la red.
—Lo siento —consiguió articular Ellsberg.
Aquellas palabras no le sirvieron de consuelo. Gillian se repetía una y otra vez que había hecho lo correcto. Se decía que ahora que Ellsberg estaba a salvo podría dejar de pensar en él. Pero el problema no era Ellsberg, sino alguien a quien no veía.
Volvió a agarrarse a la red. Ahora ya sabía cómo tenía que hacerlo. Enseguida coronó el ascenso y dejó atrás el entramado de cuerdas. Sin perder ni un segundo, echó a correr hacia la cueva. Luces multicolores parpadeaban en el fondo de profundas cavidades abiertas en la pared, convirtiendo el túnel en un torbellino psicodélico. El viento aullaba. Figuras indistinguibles se retorcían en la oscuridad. A pesar de todo, Gillian siguió corriendo. Los músculos le ardían, los pies le dolían, pero ella seguía corriendo.
Y entonces se detuvo.
El túnel se bifurcaba. Al final de cada ramal había una puerta lisa, sin ninguna marca: dos opciones idénticas. Nada indicaba que alguien hubiera pasado ya por allí: el suelo estaba impecable, salvo por algo que brillaba justo donde el camino se bifurcaba. Eran tres cajas con etiquetas absurdas:
RAL ANA
API SEÑE QUEPA
GARN SE NELDA
Anagramas. No eran difíciles, por lo que Gillian casi se sintió decepcionada. Buscó la respuesta en las letras y su gesto se agrió. Sebastian se creía muy ingenioso a la hora de poner apodos a los concursantes. Ellsberg, La rana. Tommy, El gran danés. Y a Gillian, a veces, la llamaba su «pequeña sepia», un pez camaleónico, capaz de ver el futuro incluso antes de nacer, según defendían algunos científicos. No soportaba que la llamaran así.
Se arrodilló y abrió la caja que le correspondía. Dentro había dos llaves maestras que se complementaban. La de la izquierda formaba un cuadrado con la tija. La de la derecha, un hueco que se enganchaba sobre ese cuadrado, aunque el espacio no permitía separarlas sin ser manipuladas. Llaves del Diablo. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo, pero no a causa de la humedad que le calaba los huesos. Sebastian conocía sus puntos débiles. A Gillian siempre le había costado resolver los rompecabezas tridimensionales. La sacaban de quicio las piezas que costaban de encajar y desencajar. Pero enseguida descubrió dos cerraduras en el falso fondo de la caja y no tardó en adivinar que las llaves solo funcionarían si las giraba al mismo tiempo. Tras esos cierres debía de estar la respuesta que necesitaba. ¿Qué túnel debía elegir?
Se enderezó y ladeó la cabeza al oír algo a sus espaldas. Le pareció que eran voces, pero no conseguía distinguir lo que decían. Tommy ya debía de haber llegado a la playa. No le quedaba tiempo que perder.
Se concentró en el rompecabezas. Cerca del extremo de la tija, la llave izquierda (la que tenía la protuberancia) tenía una ranura lo bastante estrecha como para encajar con las muescas de la llave derecha y permitirle el paso. Pero esa ranura quedaba fuera del cuadrado que atrapaba la otra llave. Había que mover una alrededor de la otra. Pero ¿cuál? ¿Y en qué dirección? Como la llave que daba más juego era la derecha, empezó por ahí. La giró hacia la ranura, pero los dientes de la llave izquierda eran tan estrechos que le impidieron el paso. Probó hacia el otro lado: igualmente inútil. El cuadrado de la izquierda estaba atrapado con metal grueso. ¿Cómo iba a separarlas?
Le temblaban las manos. Sabía que tendía a confiar demasiado en su instinto. Giraba las piezas, las forzaba, probaba una y otra vez con la esperanza de encontrar la solución. Al final lo lograba, pero el proceso era tan complicado que empleaba demasiado tiempo, suficiente para que un imperio se levantara y volviera a caer. No podía permitirse ese lujo. La idea de estar allí parada, sin reaccionar, la superaba. Tenía que pensar, que trazar un plan.
Una carcajada resonó en la playa. Las cuerdas crujieron: alguien había saltado sobre la red y había trepado hasta el lugar en el que Gillian seguía pasmada.
«Sigue con el rompecabezas, Gillian. Tú puedes. Demuéstraselo».
Siempre podía arriesgarse a escoger un túnel al azar, pero quizá ninguno fuera el correcto. Hizo girar poco a poco el rompecabezas en las manos. Sus ojos pardos recorrieron rápidamente la longitud de la llave. «Piensa en tres dimensiones, no en dos. Y ten en cuenta todos los detalles. Imagina cuál sería el resultado final». Y entonces sonrió. Allí estaba. Lejos de ser la solución, la ranura que había en la punta de la llave izquierda era solo una parada en el camino. En el ojo de esa misma llave había otra hendidura que no había visto. Si desplazaba la llave derecha hasta allí, ambas se separarían.
Volvió a colocar la llave derecha en la ranura, pero la sostuvo en ángulo recto, sobre un eje «z» con respecto a la llave izquierda. Con ese movimiento, la abertura de la derecha pasó por encima de la ranura, y la llave que antes estaba en la derecha acabó en el lado izquierdo. Luego giró la llave de modo que el ojo quedara en la parte de arriba. Respirando despacio, la deslizó por encima de la otra, hacia su pecho. Los dientes pasaron por la ranura y entraron en la parte superior. Gillian movió la llave derecha en la dirección de las agujas del reloj. Cuando alcanzó la ranura, pudo sacarla. Las llaves complementarias se separaron en sus manos.
De pronto, unos pies descalzos avanzaron por la roca que tenía detrás.
Gillian introdujo las llaves en sus respectivas cerraduras. Y las hizo girar. El fondo falso de la caja se abrió de golpe. Contenía un papelito doblado. Lo leyó enseguida, sin sacarlo de su sitio.
DOS ERRORES.
El que mucho yerra, no es diestro.
El túnel de la izquierda, pues.
Dejó la caja y echó a correr a toda prisa por el túnel de la izquierda, con las trenzas golpeándole el rostro. Al llegar a la puerta, cedió sin resistencia. Al otro lado solo había oscuridad. Gillian no se detuvo, no titubeó. Cuando la puerta se cerró a sus espaldas, supo que no habría vuelta atrás. Notó la caricia de la primera cortina mientras corría, un velo de gasa que filtraba la luz. Se encontraría con otras, cada una más tupida que la anterior. Las fue apartando con los músculos agotados. Atravesó lino, tul, franela y terciopelo. Oía voces; al principio apagadas, después más fuertes. Avanzaba, abriéndose paso con dificultad. Oyó gritos de alegría. El túnel estaba cada vez más iluminado.
Dejó atrás el pasadizo y el alboroto la engulló. Estaba en una carpa enorme, rodeada de gradas abarrotadas de gente. El público rugía. El aire olía a palomitas y a algodón de azúcar. En el centro, había un único círculo marcado en el suelo y, en medio, un hombre. Dominaba el espacio a pesar de su estatura. Era bajito, de piel tostada. Europeo, quizá español. Llevaba una levita morada, un chaleco negro muy elegante y unos pantalones de color naranja. En la cabeza, una boina negra, y en los pies, zapatos de punta. Resultaba exótico y familiar a la vez, como el tío bondadoso que regresa de un país lejano cargado de historias para fascinar a sus sobrinos. Era imposible no reconocerlo: su rostro y su nombre estaban por todas partes, en camisetas, bolsas de la compra, pancartas. el certamen extraordinaire de sebastian luna. Él coronaría al vencedor.
Pero Tommy estaba a su lado, sonriendo de oreja a oreja.
Gillian se quedó paralizada. Incluso más que bajo el agua helada. Le invadió una sensación de irrealidad, como si pilotara su cuerpo desde una sala de control situada en lo más hondo de su cerebro, ajena a todos sus sentimientos. Tiraba de un par de palancas para que sus piernas se movieran. Hacía que su cabeza girara a la derecha y a la izquierda, atraída por los vítores dedicados a otro. Avanzó hacia Sebastian y hacia Tommy. Se plantó delante de ellos, esperando que Sebastian la viera. Pero él solo tenía ojos para el vencedor.
—¡Lo has logrado, muchacho! —El hombre resplandecía. Cuando te miraba, creías que no veía a nadie más en el mundo—. Sabía que podías hacerlo.
El micrófono que llevaba sujeto en la solapa propagaba sus palabras por toda la carpa, aunque era tan carismático que se diría que su voz viajaba kilómetros sin necesidad de ser amplificada.
Tommy estaba pletórico. No paraba de brincar. No acababa de creerse la suerte que había tenido —o, mejor dicho, lo hábil que había sido—. Gillian sabía exactamente lo que estaba sintiendo Tommy. Llevaba meses imaginando lo que experimentaría al ganar, ensayando cómo reaccionaría. Había fabricado la versión perfecta de ese momento y la había reproducido en su mente cada minuto del día... hasta hacía apenas diez segundos.
Sus labios se separaron, pero no supo qué decir. Vio los vaqueros, las camisetas, las Nike: todo de la talla de Tommy. El gigantesco cheque de un millón de dólares. Los abogados mostrando fotos y documentos, hablando de coches nuevos y de una casa de cinco dormitorios que estrenaría ese mismo día.
Los demás perdedores habían desaparecido: el equipo de Sebastian los había sacado del escenario con maestría. Gillian era la única derrotada que permanecía de pie en primera fila. Sumida en la derrota.
Por fin, Sebastian se fijó en ella. La miró como si fuera un hilo suelto que asomaba tras uno de sus botones. Hizo una mueca.
—Y aquí está la pequeña Gillian.
«La pequeña Gillian», como si fuera un adorno que había olvidado.
—Pero... —dijo ella.
Eso fue lo único que pudo decir: «Pero».
Sebastian la miró con ojos brillantes.
—Pero ¿qué?
—Me he parado para ayudar a Martin —dijo, con la voz quebrada—. No... no sabe nadar...
Sebastian se agachó. Era otra de sus señas de identidad: ponerse a la altura de los niños, un gesto que Gillian siempre había apreciado.
—Eso no es verdad —replicó.
En su mente, en algún lugar incluso más remoto que aquella sala de control imaginaria, algo se removió. Una sospecha oscura. Una verdad intuida que, sin embargo, había desoído para no afrontar lo desagradable que resultaba. Gillian sabía lo que iba a decir Sebastian incluso antes de que abriera la boca.
—Martin sabe nadar perfectamente.
El público había enmudecido. Se oyeron risas y algún que otro gemido compasivo. Y luego, por fin, una oleada de aplausos surgió desde el fondo de las gradas.
Martin Ellsberg adelantó a Gillian y se colocó al lado de Sebastian y de Tommy.
Le escocían los ojos. Una mezcla de rabia, vergüenza y decepción amenazaba con liberar sus lágrimas. Pero no pensaba llorar. No les iba a dar ese gusto.
Ellsberg no fue capaz de mirarla. El muy cabrón estaba demasiado avergonzado.
—Estaba trabajando para ti —escupió Gillian.
Sebastian negó con la cabeza.
—Esa no es la cuestión, pequeña. La cuestión es que has cometido dos errores.
«Dos errores».
—El primero ha sido detenerte. No te detengas nunca. No dejes de perseguir el premio cuando sabes que vas bien. Si titubeas, si dudas, ahí es cuando pierdes.
Lo dijo con tal convicción... Aquel hombre se había fabricado a sí mismo desde la nada y había levantado todo un imperio. Sabía de lo que hablaba. Y Gillian habría deseado no creerlo.
—Y tu segundo error ha sido ayudar a Martin —añadió.
—¿Se suponía que debía dejar que se ahogara?
No le gustó la furia temeraria que dejaba traslucir su voz. Pero a Sebastian le resbalaron sus palabras, no le afectaron lo más mínimo. Le colocó la mano en el hombro con un gesto tierno que a ella le pareció condescendiente.
—Se suponía que debías perseguir tu sueño —dijo—. Y tener claro que yo jamás permitiría que un niño sufriera ningún daño en mi Certamen.
Sebastian se irguió.
—Convicción —proclamó, dirigiéndose más al público que a ella—. Determinación.
Retiró la mano del hombro de Gillian y atrajo a Tommy hacia él. El chico estaba absorto en sus sueños cumplidos: tendría riqueza, privilegios y poder para el resto de sus días.
—Enseguida vi que Tomas Kundojjala tenía estas cualidades. Y supe que ganaría.
El público se levantó en masa y los vítores llenaron el recinto. El bullicio hinchó la carpa creando una atmósfera cada vez más sofocante y opresiva. Gillian no sabía qué hacer. No debía haber acabado así. La furia se apoderó de su pecho y la pasión ascendió por su garganta impidiéndole contener las palabras.
—¡Yo podría haber ganado! —gritó—. ¡Podría haber ganado!
Pero nadie la escuchó. Y, si alguien lo hizo, ya no importaba. Sebastian llamó sutilmente a sus ayudantes: personas de aspecto afable pero con manos firmes se llevaron a Gillian del círculo central, que ahora solo pertenecía a Tommy. Mientras los ayudantes de Sebastian escoltaban a Gillian, la familia del ganador irrumpió a toda prisa en la pista. Huían de su antigua vida, convencidos de que jamás tendrían que volver a ella.
«Has hecho lo correcto», se repetía Gillian con voz firme, incluso mientras la arrastraban de vuelta a la vida de la que no había conseguido escapar. «Salvar a Ellsberg ha sido lo correcto».
Pero lo que la atormentaba de verdad eran las palabras que había dicho en voz alta.
«Podría haber ganado».
«Y a los que estáis atrapados en un atasco, os alegrará saber que el área de Los Ángeles ha caído hasta el sexto puesto en la lista de las ciudades más congestionadas del país».
Gillian intentó ignorar la radio y tamborileó con los dedos sobre el volante. Resopló para apartarse algunos rizos de la frente. Los coches avanzaban por la 101 con la lentitud de una serpiente somnolienta.
—Vamos... —murmuró, tratando de acallar la voz que le recordaba que la única culpable era ella.
Sabía perfectamente que el tráfico de Los Ángeles la estaba esperando cuando salió de casa a las cinco de la mañana. Pero quería vigilar a la señora Newton, una buscavidas que estaba de baja por una supuesta lesión en la espalda. Si la hubiera grabado haciendo algo inadecuado para su condición, la compañía de seguros la habría recompensado con un pastón. El asunto había resultado un fracaso, pero al menos aún podía conseguir los otros beneficios económicos que le reportaría ir en coche.
Sacó la mano por la ventanilla abierta: el aire acondicionado del Corolla estaba estropeado. Todo resultaba más pesado, más lento, en esa atmósfera amarillenta. Había habido otro aviso oficial de contaminación por humo, pero las alertas de calidad del aire eran tan usuales como los embotellamientos. Jugueteó con la esquina levantada del vinilo que tenía pegado en la puerta, uno de los tres anuncios que exhibía su coche. Su trabajo publicitario le exigía hacer 50 kilómetros diarios para poder cobrar los 300 dólares, un recorrido controlado con una exactitud casi insultante por el GPS instalado por la empresa.
Por el rabillo del ojo vio que un hombre la miraba. Cabello blanco peinado hacia atrás, barba cuidada, traje llamativo. Conducía un BMW y parecía sacado de un anuncio de Rolex. Estuvo valorándolo: ¿atractivo o más bien grosero? Entonces se dio cuenta de que no la estaba cortejando. Se burlaba de los anuncios pegados en el exterior de su coche.
Sintió un escalofrío en la nuca. La ira le subía por la espina dorsal, una sensación que notaba aún más desde que se había cortado el pelo. El nuevo corte casi dejaba traslucir sus emociones, a la vista de quien supiera leerlas. Pero el del BMW no podía saber que había perdido los nervios. A ver, si se hubiese dado cuenta, tampoco es que le importase.
—¡Eh! —gritó por la ventanilla.
El hombre del BMW levantó la mirada, y Gillian le hizo un gesto con el dedo para mandarlo a la mierda. Él puso cara de haberse tragado un limón. Miró al frente y volvió a concentrarse en la fila inmóvil de coches.
Gillian se echó a reír. Los capullos siempre se comportan como capullos. Una ley en la que puedes confiar.
Siempre que podía, Gillian compaginaba varios trabajillos al mismo tiempo. Mientras examinaba la etiqueta con el precio de un collar de oro rosa, no perdía de vista al padre irresponsable que le estaba comprando un anillo de compromiso a su última joven adquisición. El collar era una fruslería sin importancia, de 18 quilates y una treintena de diamantes incrustados.
—Encantador —sugirió el dependiente sin apartar la mirada de Gillian.
O trataba de desnudarla con los ojos o se estaba preguntando si iba a robar la joya. Por supuesto, no iba a comprarla, al menos no con su dinero. Si se la quedaba, si le parecía lo bastante refinada, pagaría con el dinero de su clienta. Gillian era la personal shopper de Chantal, dueña de un pequeño imperio de cosméticos y una empresa de zumos que le daban lo suficiente como para tener esparcidas varias casas en diversas ciudades. El collar era muy moderno. Sencillo, exclusivo, y totalmente del gusto de Chantal. Gillian le pidió al dependiente que se lo envolviera, mientras aprovechaba para sacar algunas fotos del libidinoso ex de Bria con el móvil.
Bria vivía en el mismo edificio que Gillian. Era escandalosa y divertida, y cuando no se encargaba de la cafetería de la esquina, participaba en las competiciones para superatletas del Ninja Warrior. Había tenido tres hijos con su ex, Clay, pero todos vivían con ella a tiempo completo. Clay era piloto, y su horario y su sueldo no le permitían cargar con su prole. «Son tiempos duros para las aerolíneas. No puedo permitírmelo, cariño», era la excusa que le ponía siempre a Bria.
Clay pagó el ostentoso anillo de diamantes en efectivo. Hacía un rato, Gillian lo había visto entrar en un banco (uno que no figuraba en la lista de cuentas aportada por su abogado) y salir con una sonrisa de oreja a oreja. Debía de tener una caja de seguridad que no había declarado. Si era preciso, Gillian entraría en la sucursal para conseguir pruebas, pero confiaba en que con las fotos que le había hecho en la joyería, el imbécil cedería. Bria se merecía algo mejor que aquel hombre al que se había atado durante cinco años, aunque todos cometamos errores.
El salido de Clay se volvió hacia Gillian, pero ella le dio la espalda antes de que sus miradas pudieran cruzarse. Fijó la atención en una revista que el dependiente tenía tras el mostrador. La página visible mostraba un crucigrama que alguien ya había empezado. Antes de darse cuenta, ya había completado tres definiciones.
—Instinto —murmuró—. Arafat. Wham.
Notó un sabor amargo al pronunciar las palabras. Acababa de recaer en el vicio de los rompecabezas con solo una simple tentación. Y además en voz alta. El dependiente dio un paso al lado para tapar la revista, molesto de que fisgoneara en sus cosas. Pero su malestar no era comparable con el de Gillian.
Volvió a fijarse en la feliz pareja. La nueva novia de Clay irradiaba entusiasmo, colgada de su brazo, y él estaba prendido de su propio encanto. De repente, Gillian tuvo la certeza de que Clay saldría impune de todo aquello. Desestimarían las fotos y encontrarían una explicación plausible para justificar la existencia de la cuenta oculta; Clay volaría a otra ciudad y allí seduciría a otra incauta jovencita. Volvería a aparecer pulcro y peinado, con cara de ganador. Sonriendo como todos ellos.
Cargó el collar a la cuenta de Chantal y salió de la tienda a toda prisa, para evitar hacer algo de lo que pudiera arrepentirse.
Atrapada de nuevo en el tráfico, Gillian aprovechaba cada segundo. El móvil descansaba boca arriba en el asiento del copiloto, entre las bolsitas que contenían los artículos de lujo que había comprado para sus clientas. Una voz metálica salía del altavoz del teléfono. Bria sonaba más abatida de lo que Gillian había esperado.
—¿Estás segura? Es que... incluso tratándose de él...
—Es un cabrón, cariño. —Los coches avanzaban a paso de tortuga, con dificultad, obligándola a poner todos los sentidos en la conducción. En la 71 se había estrellado un camión hacía unas horas y, aunque ya lo habían retirado de la carretera, el atasco persistía—. Ha pagado el anillo en efectivo, como mínimo diez mil. He hablado con el dependiente; Clay ya había estado allí otras veces. Compró un reloj. Una tobillera para su hija. No sé qué trola le estará contando a su abogado, pero tiene más de lo que dice.
—Quizá haya alguna explicación.
Gillian notó una opresión en el pecho. Se había pasado el día siguiendo a ese cabrón, y Bria aún trataba de excusarlo.
—No hay ninguna. Solo piensa en él. Siempre ha sido así. Siento no poder hacer algo para que sea un hombre fiable y honesto, pero es que el carácter nos define a todos. Ojalá el mundo fuera distinto, de verdad.
Un silencio crepitante se instaló en la línea. Gillian se frotó la frente. Creía que sus esfuerzos le habrían dado una alegría a Bria, que por fin podría acorralar a su escurridizo exmarido. Pero a Bria no le resultaba fácil soltar ese lastre emocional. Descubrir que su antiguo amante era una rata era doloroso, no liberador.
Gillian creía que se le daba bien leer a la gente. Sin embargo, había días en los que ni siquiera estaba segura de tener algún talento.
Cuando la conversación ya parecía llegar a su fin, Gillian aparcó en su plaza. Sin vistas al mar, sin marquesina, un simple parking cubierto: era todo lo que podía permitirse.
—Oye, acabo de llegar —dijo—. Tengo que guardar unas cosas y darme una ducha. Luego me paso. Tomamos una cerveza y nos olvidamos de toda esta mierda.
—Suena bien. Pero asegúrate de llamar a la puerta, ¿vale? Los niños estarán abajo y...
—Tranquila, apenas notarás que estoy.
—Eres la mejor, Gil.
Gillian alargó la mano para recoger el móvil que había quedado oculto entre las muestras de la riqueza ajena. «¿La mejor en qué, en ir tirando?».
—Gracias —atinó a decir, y colgó.
Se quedó sentada en el coche, con una sensación de derrota. En la calle, una empleada de una empresa de mensajería cualquiera trataba de enderezar su bicicleta, rodeada de un mar de pancartas tiradas en el suelo: «ni una muerte más. sin justicia no hay paz». Hacía unas horas, había habido una manifestación en respuesta al asesinato de otro chico a manos de la policía. A Gillian le habría gustado participar, incluso sentía que era su deber hacerlo, pero el trabajo no podía esperar, o al menos eso se decía a sí misma. En realidad, no estaba segura de que nada fuera a cambiar. Alguien se apropiaría de la causa —alguien carismático, con gancho mediático— y el movimiento acabaría convertido en el vehículo de su éxito. Había visto torcerse ya demasiadas campañas nobles.
Al final, su conciencia tomó el mando. Salió del coche y ayudó a la mensajera a enderezar la bici caída y a limpiarle el polvo. Tenía algunos rasguños, pero la mujer no parecía preocupada. Después de darle las gracias, se colgó la mochila al hombro y empezó a pedalear para hacer la próxima entrega de comida, de documentos o lo que fuera que tenía que llevar.
Consciente de la fortuna que había desembolsado por ese montón de caprichos, Gillian recuperó las bolsas y se las colgó de ambos brazos. Empujó la puerta para cerrarla con su culo plano y se alejó del coche sin cerrarlo con llave: llevaba consigo los bienes ajenos, así que ya no quedaba nada que proteger.
Cruzó la puerta de seguridad, como siempre apuntalada con un cono naranja, y se sacudió de encima la melancolía. Al fin y al cabo, tampoco había sido un mal día. Le habían pagado tres encargos. Y el día siguiente prometía: había reservado la mañana para repartir compras del supermercado. En Los Ángeles, siempre había perezosos dispuestos a pagar a alguien que les ahorrara todo ese jaleo de ir al súper. Y su casero le había hablado de un trabajillo en Fullerton: consistía en probar unos productos, unos cincuenta dólares fáciles. En todo caso, le daría otra oportunidad al negocio del Uber. Incluso esa misma noche, si lograba mantener los ojos abiertos.
Un árbol solitario la recibió en el patio interior. Subió las escaleras y recorrió el pasillo hasta llegar a su apartamento. El teléfono empezó a vibrar mientras intentaba coger las llaves sin que ningún paquete se le cayera. Consiguió sujetar el móvil con la oreja, pero enseguida se arrepintió de haber contestado. La voz sombría de su hermana le taladró el oído.
—Así que sí contestas.
Hizo girar la llave y abrió la puerta de un empujón. Gillian entró en su piso diminuto, iluminado por el resplandor cálido de una lámpara de papel de arroz.
—Hola, hermana. Justo me pillas saliendo.
Dejó las bolsas sobre la mesa de la cocina. Una de ellas cayó encima de la copa de vino de la noche anterior, que solo se salvó de acabar en el suelo gracias a la rapidez de reflejos de Gillian. La dejó en el fregadero, junto a una pila de platos sucios y el envoltorio arrugado de la barrita que había devorado antes de que amaneciera.
Su hermana seguía impasible cada vez que Gillian fingía tener algo mejor que hacer.
—¿Has hablado hoy con mamá?
Gillian dejó las llaves sobre la encimera. Cogió un instante el montón de facturas que se habían acumulado junto al cactus enano, pero enseguida perdió el interés y las soltó de nuevo.
—La semana pasada le mandé un mensaje.
—Me refiero a llamarla, por teléfono, como una persona normal.
June hablaba como si fuera la única adulta allí. Siempre había sido así. Gillian había huido al otro extremo del país, pero nada había cambiado. Seguía siendo la oveja negra, la decepción.
Se acercó al sofá. Rodeó la mesita de noche que utilizaba como mesa de centro tratando de no tirar su portátil viejo cubierto de pegatinas. Le echó un vistazo al dormitorio, donde un colchón sin sábanas yacía sobre el somier, con un montón de ropa sucia de tres días encima. El piso era suyo y estaba orgullosa de ello, pero cada vez que volvía a casa sentía una punzada en el pecho: vivía como una estudiante, y nunca había pisado la universidad.
—¿Es esto lo que querías? —Se dejó caer en el sofá de polipiel y empezó a tirar de los bordes deshilachados del gigantesco agujero abierto en el reposabrazos—. ¿Dar la lata?
Un suspiro teatral.
—En la clínica no han querido darle la receta.
Gillian se irguió de golpe.
—¿Cómo que no? Ya he mandado el cheque.
—El problema no es el cheque. Ya te lo dije la última vez. Los esteroides que toma... ahora los fabrica otra farmacéutica. En la última cita...
—Dales el cheque.
—Que no se trata del cheque, Gil. —Se oyó ruido de cazos, y una voz masculina preguntando por la cena. June, tan doméstica como siempre—. Mamá está enferma. No puedo estar haciendo de niñera y, al mismo tiempo, vigilar a papá las veinticuatro horas.
—Se supone que está limpio. No deberías tener que vigilarlo.
—Papá está limpio, pero eso no significa que no sea frágil. Hace de consejero. Habla con otros alcohólicos. Les está ayudando...
—¿Eso es buena idea? Me parece una forma fácil de recaer.
—No me metas en tus mierdas sin sentido. Si tienes problemas con papá, háblalo con él.
Gillian enarcó las cejas.
—¿Mierdas sin sentido?
—Llámalo por teléfono. O mejor aún, ven a verlo. Quédate un tiempo y carga con tu parte de la mochila familiar.
—Dallas está a 2.400 kilómetros.
—¿Y quién se mudó a California? No me vengas con excusas. Huiste en cuanto pudiste, y todo por esa estupidez de... —June se tragó la acusación y resopló—. Al menos podrías llamarlo.
—Para ya con papá.
—No me refiero a papá.
Un silencio dañino se impuso en la conversación.
—Sebastian te ayudaría —dijo June.
—Basta.
—Tiene dinero más que suficiente para...
—Basta. Cuando se trata de él, todo son condiciones ocultas, trampas y promesas vacías. —A los dieciocho, Gillian había huido del drama familiar y se había mudado a Los Ángeles. Pero la familia no era la única razón por la que había dejado Dallas—. Déjalo ya, ¿vale? Ahora mismo no puedo.
—Nunca podrás. Si quieres, engáñate a ti misma, pero a mí no me la cuelas.
Gillian intentó mantener la calma.
—Todo eso es una fantasía. Siempre lo ha sido. Es un adulto que practica juegos de niños. —Cogió el teléfono con fuerza, como si quisiera extraerle alguna oportunidad al plástico barato—. Tiene que haber otra cosa.
—¿Como qué?
—No lo sé. ¿Por qué me toca a mí? ¿Por qué soy yo la única que debe esforzarse en este asunto?
—¿La única? Yo que tú meditaría un poco esa respuesta. Yo me estoy responsabilizando de todo, pese a que nadie me lo ha pedido.
Gillian puso el teléfono en altavoz. A veces 2.400 kilómetros no son distancia suficiente. Soltó el móvil en el sofá y oyó a Todd, el marido de June, echando a su hijo mayor de la cocina. De fondo, sonaba una melodía entrecortada: el pequeño, practicando en el teclado. Para Elisa. Gillian había tocado el violín y el piano de niña, una promesa en ambos instrumentos entre los ocho y los doce años. Se había imaginado dando giras por todo el mundo, disfrutando de los aplausos. Y cuando sustituyó la música por los rompecabezas, siguió soñando con un futuro sin límites, cargado de oportunidades que no dejaría escapar.
Si pudiera librarse de aquel peso. Si alguien se lo permitiera.
Fuera, el sol anaranjado rozaba ya el horizonte. Si esa noche quería sacar algo del ridesharing nocturno, tenía que ponerse en marcha.
—Llamaré a mamá —concluyó—. Quizá pueda encontrar alguna solución.
El tono de June cambió: sus cuerdas vocales se tensaron.
—Esto no es un rompecabezas, Gil.
—Encontraré alguna salida. —Gillian se incorporó y añadió—: Me tengo que ir.
Un chasquido resonó en la garganta de su hermana. La mentira se había quedado atascada allí y June era incapaz de tragársela.
—Seguro que harás lo que tengas que hacer.
—Adiós, June.
Pero su hermana ya había colgado.
Gillian iba cargada con una enorme caja de cartón, por eso no se fijó en el hombre al principio. Y quizá habría sido mejor que no lo hubiera hecho después.
Pese a que el acuerdo con Uber no le permitía hacer negocios durante los trayectos, Gillian vendía fulares de viscosa pintados a mano a ciertos pasajeros. Tenía buen ojo para detectar a las personas que apreciarían el que llevaba ella y se sentirían atraídas por su textura y por sus colores, por esa mezcla de exotismo lujoso pero asequible.
A veces Gillian fantaseaba y se imaginaba que alguna famosa sacaba uno de sus fulares de la caja, después de haberle comprado cinco o seis, y se lo ponía para lucirlo en un estreno, en el que hablaría con los paparazzi con una naturalidad irresistible. «¿Que quién me viste? Me alegro de que me hagas esa pregunta. Se trata de Gillian Charles. Tenéis que conseguiros uno».
Sus vecinas se pasaban la tarde tomando el fresco, sentadas en sillas de plástico frente a su casa o dando un paseo por el corredor que distribuía el acceso a todos los apartamentos. Kendra, que vivía al otro lado del patio, la contemplaba con aire burlón mientras Gillian se peleaba con su caja. Era una mujer alta, desgarbada, con la piel de ébano, los cabellos teñidos de un color entre rubio y rosado, y unos aires de grandeza que estaban fuera de lugar. Gobernaba el piso superior desde su trono de plástico verde, envuelta en una bata de seda de color púrpura mientras se fumaba un cigarrillo con aire teatral.
—Así no vas a encontrar un maromo, Gil. —La voz de Kendra retumbó en el patio—. Aunque envolvieras ese cuerpecillo huesudo tuyo con toda la caja de pañuelos.
Gillian arrastró su mercancía hasta el otro lado del umbral y cerró la puerta tras ella sin hacer ruido.
—¿Y qué sabrás tú de hombres? Tu último escarceo fue con alguien de la otra acera.
—¿Escarceo? Me gusta esa palabra. ¿Qué significa?
—En tu caso... Digamos... que tuviste un lío con una amiga especial.
Kendra soltó una carcajada.
—De esas tengo unas cuantas. —Se puso seria—. De verdad, gracias por ayudarme con la policía. No sabía lo que esa me había metido en casa.
La gratitud de Kendra incomodó a Gillian. Se impulsó hacia la verja de hierro, con la esperanza de poder embutir la caja entre su cadera y los barrotes, pero lo hizo con tanta fuerza que casi saltó por encima de la valla.
—No te preocupes. No fue culpa tuya. Yo solo los ayudé a hacer lo correcto.
—La policía nunca intenta hacer lo correcto. Lo sabes muy bien. Sin ti, todas estaríamos de patitas en la calle. —Gillian seguía forcejeando—. ¿Has hablado con Reuben?
Consiguió colocar la caja encima de la barandilla y la deslizó hacia la escalera. Al alcanzar la esquina, se confió demasiado y los fulares estuvieron a punto de caer al patio.
—Sí.
—¿Y qué ha dicho sobre el alquiler?
Las escaleras planteaban un nuevo reto. Gillian rodeó la caja con ambos brazos y separó el bulto de la barandilla. No podía ver los peldaños.
—No sé lo que te habrá contado Reuben, pero no salimos juntos. Solo nos tomamos algo. Solo eso.
—Pero él habla contigo.
—Quiere meterse dentro de mis bragas. —Descendió con cautela—. Que no es lo mismo.
—Habla contigo. —Kendra se inclinó sobre la barandilla, repartiendo sabiduría, lo quisiera Gillian o no—. Si transforman esto en apartamentos de lujo, acabaremos todas en la calle.
—Reuben ni siquiera es el dueño. Solo es el administrador.
—Pero su tío es el propietario. Ese y los de EZ Autos de Long Beach. Son familia, y la familia siempre protege a los suyos.
Gillian tuvo el resuello suficiente para soltar una risa cínica.
—Hablo en serio, Gillian.
Ya solo quedaba el último escalón. Y luego el coche y, si jugaba bien sus cartas, una noche productiva. Pero el complejo estaba lleno de Kendras: madres solteras, camareras-actrices y gente desfavorecida que no podían reunir los dos meses de fianza necesarios para firmar un nuevo contrato de alquiler.
—Te estoy escuchando. Haré lo que pueda.
Al final, Gillian llegó abajo. Encontró el equilibrio perfecto y apretó el paso hacia la verja y el coche. Todo fue tal como quería durante medio segundo. El dinero y las oportunidades brillaban en el horizonte, al alcance de la mano: solo tenía que moverse con rapidez. Y entonces tropezó y estuvo a punto de estamparse contra la caja de fulares. La mano firme de un hombre evitó que acabara aplastando literalmente sus sueños. De pronto, la caja estaba en brazos de aquel desconocido. Mientras Gillian recuperaba la compostura, turbada, él dejaba sus pertenencias en el suelo.
No era mucho más alto que ella. Se esforzaba por parecer apuesto y elegante, y en cierta medida lo lograba. Traje gris de tres piezas. Camisa increíblemente blanca con el cuello desabrochado, sin corbata, y pañuelo de lino blanco ribeteado en carmesí en el bolsillo de la chaqueta. Era un poco flacucho, pero el corte atlético del traje mejoraba el resultado. Llevaba una barba bien recortada. Tenía los ojos marrones, vivaces, y su piel morena resplandecía.
—¿Estás bien?
