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El collar del rey: Keir, un niño curioso, es secuestrado por una vieja cascarrabias que le lleva a la isla misteriosa de Bioncan, donde vivirá una aventura fantástica en busca de un collar mágico y donde se enfrentará a todo tipo de peligros, como los monstruosos foroys. Lectura recomendada para niños y niñas de entre 9 y 12 años.
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Veröffentlichungsjahr: 2016
Olinda Cordukes
© de esta edición Metaforic Club de Lectura, 2016www.metaforic.es
© Olinda Cordukes© Ilustraciones DE María Fé Quesada
ISBN: 9788416873272
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados.
Director editorial: Luis ArizaletaContacto:Metaforic Club de Lectura S.L C/ Monasterio de Irache 49, Bajo-Trasera. 31011 Pamplona (España) +34 644 34 66 [email protected] ¡Síguenos en las redes!
Keir todavía tiembla al pensar en la oscuridad de aquella noche, negra como únicamente la habían visto los más ancianos del pueblo. Y en la lluvia, que caía con todas sus fuerzas sin parar ni un instante.
No era, precisamente, la mejor ocasión para dar un paseo en barca. A pesar de ello, Keir, completamente mojado, tiritando y acompañando el ruido de la lluvia con el castañetear de sus dientes, hundía los remos en el agua. La vieja del sombrero de flores, o lo que habían sido flores minutos antes de la tormenta, no dejaba de gritar para que remara con mayor ahínco. Si no fuera porque su hermana le había suplicado que acompañara a la pobre vieja –“¡pobre bruja!”, había refunfuñado Keir–, ni loco la habría dejado subir a su barca.
Se aproximaban al velero. Era enorme, blanco y de tres palos. Había llegado hacía dos días. Cuando el chico lo vio por primera vez desde la playa, sintió el deseo de subir a bordo. Ahora lo tenía muy cerca y el corazón le latía con violencia. Estaba asustado, aunque no quería reconocerlo. Sólo le daba valor el pensar que aquella vieja iba a subir tan tranquila e incluso insistía en ser llevada hasta allí. Si una vieja no tenía miedo, ¿por qué lo iba a tener él? Prefirió no pensarlo más.
Estaban a punto de llegar cuando oyó un ruido extraño, como si cien barras de hierro golpearan un metal. Aquello no le gustó demasiado y sacó un momento los remos del agua. La vieja le dirigió una mirada furiosa, con sus ojos casi transparentes, pero, al instante, su ira se convirtió en una risa demoníaca: la barquita seguía su curso hacia el velero, como si los remos nunca se hubieran detenido. Keir se quedó estupefacto, pero reaccionó en seguida y, con grandes energías, se puso a remar hacia atrás, hacia la playa. De nada sirvió, pues la barquita, por sí sola, había alcanzado el enorme velero.
Una luz azulada muy tenue recorría la madera blanca del barco. Parecía que unas descargas eléctricas atravesaran el casco sin cesar.
–¡Lobol! –llamó la vieja, con voz cascada.
Se oyó un portazo y apareció un marinero en cubierta. Era muy alto y delgado, y una larguísima barba roja compensaba el pelo que le faltaba en la cabeza, lisa como una bola de mármol. El hombre lanzó una escalera de cuerdas y Keir respiró aliviado al ver que la vieja iba a cogerla. Sólo esperaba que la mujer subiera deprisa para marcharse a casa en seguida. Sin embargo, algo le decía que no iba a ser tan fácil.
La vieja del sombrero de flores se giró y gritó con voz retumbante:
–¡Tú primero!
Después de echar una mirada al marinero, Keir cogió la escalera de cuerdas e inició el ascenso, resignado.
Un duro golpe en la cabeza le dio la bienvenida y el chico perdió el conocimiento.
Lobol tomó en brazos a Keir y lo llevó a uno de los camarotes. Allí, lo depositó en una caja de madera llena de agujeros por los que entraba el aire. Era una de esas cajas que se utilizan para guardar animales durante los viajes largos.
El hombre dejó al muchacho encerrado en el camarote, rodeado de baúles y paquetes de múltiples formas. Le quedaba todavía mucho trabajo por hacer, pues debían estar en camino antes de ponerse la luna y él era el único marinero a bordo. Mientras tanto, Gazuma, la vieja del sombrero de flores, fue a la cocina para preparar la cena.
Lobol izó las velas lo mejor que pudo, luchando contra la lluvia, que adquiría mayor violencia con el paso del tiempo. Después, levó el ancla y corrió junto al timón. Allí giró las ruedas de hierro que harían callar los sonidos metálicos del fondo de la nave. De pronto, la luz azulada que recorría la madera se tornó muy intensa, tanto que los claros ojos del marinero quedaron cegados unos segundos. Y, entonces, sin que soplara ni una ligera brisa, se hincharon las velas y el barco empezó a navegar a través de las espesas cortinas de lluvia.
La luz del faro, que en días como aquél de poco servía a los hombres de mar, no tardó en desaparecer.
Keir abrió los ojos. No recordaba nada y aquella leve oscilación le hizo creer que se había quedado dormido en la mecedora del comedor. Le rodeaba una profunda oscuridad, impregnada de un olor aturdidor a madera y humedad. El silencio era tan grande que, por un momento, imaginó estar en el lugar más solitario del mundo. Y, en realidad, así era. Estaba incómodo, su asiento era terriblemente duro e intentó moverse. Chocó, entonces, con las paredes de la caja y todo le vino a la memoria: la vieja maléfica, el gigantesco marinero de la barba roja y el barco, que tan fantástico le había parecido desde la costa y que era, sin embargo, una nave temible de poderes desconocidos.
Oyó unos pasos que se acercaban. Pisaban el suelo enérgicamente y Keir pensó que todo un ejército venía a por él. Se abrió una puerta y en el camarote entró lo que parecía un rayo de sol y que no eran más que los destellos rojizos de la barba del marinero. A través de los agujeros de la caja, Keir vio sus ojos, esos ojos claros que tanto se parecían a los de la vieja.
–¡Tienes hambre?
–Sí –contestó el chico, mientras su estómago le recordaba que no había comido desde hacía muchas horas.
Lobol abrió una trampilla que había en una esquina de la caja y le dio una jarra de agua, un poco de pan y un trozo de queso. Después, cerró la trampilla y volvió a dejarle solo.
Transcurrieron varias horas y el barco se detuvo. El ruido metálico invadió el silencio, mientras Lobol y Gazuma se acostaban en sus camarotes.
Keir, que con el suave movimiento del barco se había quedado dormido, despertó sobresaltado. ¡El extraño ruido otra vez! Resonaba en las paredes de la caja y allí dentro era insoportable. No obstante, poco a poco, Keir consiguió acostumbrarse y se le ocurrió una magnífica idea. Con tanto estruendo, podría golpear la caja hasta romperla y salir de ella sin que nadie le descubriera. A no ser que la vieja tuviera la sorprendente habilidad de oír a través del terrible fragor. Era un riesgo, pero quizá ésta sería la única oportunidad de escapar y decidió intentarlo.
Empezó a saltar, a dar puñetazos y a tirarse contra las paredes de su prisión. Pronto le sangraron los puños y le dolió todo el cuerpo por los golpes furiosos en los que había descargado la rabia de haberle hecho caso a su hermana. Recordó cómo él había insistido en que era demasiado tarde y que se vislumbraba poco a través de aquella lluvia. No estaba dispuesto a correr ningún riesgo y no quería acompañar a la vieja al barco, pero su hermana, con lágrimas en los ojos, le había repetido la triste historia del hijo enfermo que la anciana había dejado en el barco. ¡Menuda mentira! ¡Tener hermanas para que le hagan caer a uno en trampas como ésta! En cuanto volviera a casa, le iba a tirar de las trenzas con más fuerza que nunca. Es decir… si volvía.
Aquella caja debía de estar construida con un material muy resistente. Quizá también tuviese poderes, como parecía que los tenía el propio barco. A punto estaba de desesperarse, cuando se acordó de la navajita que llevaba siempre encima. Se la había regalado su mejor amigo y, en más de una ocasión, le había sacado de algún apuro. “Si esto no abre la caja, nada lo hará”, pensó, y se puso a rascar y a pinchar aquellas paredes que, ante la aguda punta de acero, sorprendentemente retrocedieron, dejándole, por fin, libre.
Le costó mucho ponerse en pie. Las piernas le flaqueaban y las fuerzas le habían abandonado. Se sentía como un potro recién nacido que intenta enderezarse y aún no sabe cómo hacerlo.
Ya en pie, miró a su alrededor y sintió curiosidad por saber qué guardaban aquellos baúles y paquetes que le rodeaban. Pero no podía detenerse, tenía cosas más importantes que hacer. Debía ir a inspeccionar el barco y descubrir dónde estaban o qué hacían los demás tripulantes y la vieja del sombrero de flores.
Al abrir la puerta, encontró unas escaleras y las subió hasta que se halló en la cubierta. Después de estar tanto tiempo encerrado, el aire puro se abalanzó sobre él y lo aturdió fugazmente. Todavía era de noche y por el cielo, llenísimo de estrellas, se paseaba la luna creciente. El horizonte era mar por todos los lados y el barco, irradiando su luz de color azul, era como una aparición en medio de aquel mundo de océano y cielo. La sensación de infinito era tal que Keir sintió un escalofrío.
De repente, pensó que podía haber alguien vigilando en cubierta y corrió a esconderse tras un montón de cuerdas. Desde allí, observó con atención y comprobó que no había nadie. Le sorprendió que la vieja y los tripulantes durmieran sin dejar guardia alguna. Se le brindaba, así, una ocasión inmejorable para investigar cuál era su situación e idear un plan.
Había en el centro del barco una cabina ni muy alta ni muy grande con ventanitas redondas. A través de ellas, Keir vio unos escalones que descendían. A pesar de que no le hacía demasiada gracia meterse ahí dentro, donde podía estar esperándole quién sabe qué, la calma absoluta que reinaba en la noche le animó.
Los escalones llevaban a un camarote que hacía las veces de comedor y cocina. Había dos puertas. Con el mayor cuidado que le permitían las manos temblorosas, el chico abrió una de ellas. Le sobresaltó un ronquido potente y descubrió a Lobol, que dormía. No había nadie más.
Estaba inspeccionando el camarote cuando, de súbito, se encontró con los ojos de Lobol. ¡El hombre le estaba observando fijamente! Keir no tuvo tiempo ni de pensar, cerró la puerta de un golpe y corrió hacia la salida. Pero antes de subir a cubierta, se detuvo un momento y permaneció en silencio, aguardando la reacción del marinero, que no llegaba. Éste ni siquiera había dejado de roncar. Y es que Lobol, en alta mar, dormía con los ojos abiertos.
Al cabo de un rato, convencido de que el marinero seguía en el mundo de los sueños, Keir se dirigió a la segunda puerta. Tocó el pomo y, en el acto, un estridente silbido sonó en el primer camarote. Keir salió disparado, pero una reja cayó sobre las escaleras, cerrándole el paso. La puerta de Lobol se abrió.
–¿Estás loco, niño? ¿No ves que vas a despertar a Gazuma?
Keir le miró atónito, como si no entendiera sus palabras.
–Si se despierta es terrible, tiene un humor horroroso…
–¿Quién es Gazuma? –susurró Keir.
–Mi madre, claro, ¿quién iba a ser?
–¿Tu madre? –Keir no entendía nada y Lobol empezaba a ponerse nervioso.
–Sí, mi madre, sí. Esa mujer a la que acompañaste al barco. Pero, bueno, de todas formas, ¿qué haces tú aquí? ¿Quién te ha dado permiso para salir de la caja?
Para reforzar sus preguntas, Lobol le sacudió los hombros mientras le hablaba. Trataba de aparentar furia, aunque el sueño apenas le había abandonado.
Keir se dio cuenta de que aquel hombre no era un carcelero de verdad, así que decidió hablarle son sinceridad.
–Nadie –contestó–, pero tenía que salir. Estaba harto de estar encerrado.
–¡Pues no debías hacerlo hasta que te diesen permiso! –gritó Lobol–. ¡Ya verá aquella maldita caja! No entiendo por qué se abrió sin recibir mis órdenes.
–Oh, sola no lo hubiera hecho, pero yo la obligué –añadió Keir.
