El colmado de Lamira - Vicente Papiol Palomo - E-Book

El colmado de Lamira E-Book

Vicente Papiol Palomo

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Beschreibung

En Lamira la vida es circular, o eso dice el tendero de su colmado. La cotidianidad y todos sus pequeños matices no pasan desapercibidos a este observador mordaz, conocedor de los secretos de sus clientes y de verdades universales como que los condones de sandía se venden mejor los viernes y los sábados. Cuando el tendero decide ir más allá de su papel de espectador y lanza un rumor sobre Claudina Górtimer, ortodoncista y entusiasta de las macetas e hilos del colmado, no puede imaginar que su pequeño juego desembocará en asesinato... El primero de los sucesos que sacudirá este pueblo de carretera. Inocente y a la vez irónico, el narrador de El colmado de Lamira va dibujando a los personajes —desde la entrañable Gertru Salomon hasta el extraño Samuel Sincler, el torpe jefe de policía o el gran Opalinski— para conformar un retrato de lo cotidiano, no exento de asesinatos, secuestros, chantajes, odios y amores. El colmado de Lamiraes la obra ganadora del IX Premio Bubok de creación literaria

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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Vicente Papiol Palomo

© El colmado de Lamira

© Vicente Papiol Palomo

Diseño de cubierta: Amaya Lalanda

Maquetación: Natalia Rubio

Corrección: Elianne Aguilar

Coordinación editorial: Equipo de Bubok

ISBN papel: 978-84-685-0219-9

ISBN digital: 978-84-685-0320-2

Impreso en España

Editado por Bubok Publishing S.L.

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

The dreams don’t always come true.

So he pawned all his hopes

and he even sold his old car,

bought a one way ticket

to the life he once knew.

Oh yes he did.

Los sueños no siempre se hacen realidad.

Así que empeñó todas sus esperanzas

e incluso vendió su viejo coche,

compró un billete de ida

a la vida que una vez conoció.

Oh, sí lo hizo.

Lamira

(Isla Santa Rígida)

1. El Colmado de Lamira

2. Mansión Górtimer

3. Gasolinera-Restaurante

4. Iglesia Perseverantista

5. Vieja carpintería

6. Cantina

7. Bosque

A. Carretera General

26 de febrero

No me quejo de las ventas

Como la mayoría de mis clientes son personas de fe, se venden francamente bien las biblias y los hilos de color morado. Pero también vendo mucho los condones con sabor a sandía.

En realidad los de sabor a sandía se venden mejor los viernes y los sábados. Los martes tienen más venta los de sabor a fresa. Los demás días de la semana no vendo ni uno.

La verdad es que no me he parado a analizar la causa.

¿Quizás tenga algo que ver que los miércoles viene al pueblo la señorita Calamity Brown, profesora (nativa) de inglés, tango y aeróbic para caballeros?

27 de febrero

El rincón de la prensa

El rincón de la prensa lo suelo tener bastante concurrido. Allí siempre hay alguien hojeando las revistas para adultos, aunque las tengo a una distancia prudencial de las otras. Pero acaban comprando National Geographic, que no es más barata.

No estoy muy seguro de que se lleven ésta porque su contenido sea más diverso, sino porque probablemente les da vergüenza adquirir revistas pornográficas.

A mí este tema me incomoda. Una persona puede comprar un National Geographic de hace cinco años y no pasa nada, porque los animales, los montes y los ríos no varían mucho, salvo por la sequía. Es raro que aparezcan especies nuevas, y los puentes de Madison ya los fotografió en su día Clint Eastwood.

En cambio, las revistas pornográficas tienen fecha de caducidad, ya que las modas cambian, y en estos temas, como en otros muchos, la estética es fundamental para alcanzar las expectativas marcadas. Aunque hay gustos para todo.

28 de febrero

Convivir con mi ortodoncista y mi vecino el barbero

Mi ortodoncista no es una buena cliente. Suele comprar macetas, hilo de color azul turquesa y manzanas red delicious (las de Blancanieves), pero lo hace poniendo pegas con su cara siempre malhumorada.

Un día, hablando de las manzanas y de mi ortodoncia, le dije que se me estaban retirando las encías y me contestó que a ella se le había retirado la regla hacía tiempo y ni lo iba contando por ahí ni ha­bía hecho de ello una tragedia.

Mi vecino el barbero no es hombre de fe, y sólo entra en mi tienda para hojear las publicaciones pornográficas y llevarse las revistas del corazón que no he logrado vender y la tiranía de los distribuidores no me deja devolver.

Le hago un buen descuento y él coloca algunas en su barbería para disfrute de sus clientes y otras se las revende a mi ortodoncista.

En Lamira la vida es circular.

1 de marzo

Santos y borrachos

No suelo ir a la cantina a beber porque allí sólo hay borrachos. Salma dice que es tan normal que en la cantina haya borrachos como que en la iglesia haya personas santas. Puede darse la situación contraria, que la cantina esté llena de gente santa y la iglesia de borrachos, pero no es lo habitual.

Es decir, que cada cual tiene su lugar en este mundo.

Yo prefiero a las personas santas porque, cuando entran a mi tienda, tienen una mirada limpia y una voz dulce. Y compran algo de fruta, botes de mermelada de frambuesa y el National Geographic.

Y pagan en efectivo.

Los borrachos, cuando salen de la cantina y entran a mi tienda, huelen a humo y alcohol, hablan más fuerte de lo normal y se les entiende con dificultad lo que piden: bodellas de ligor, gondones gon sabor a blatano y Nasturbal Chografis.

Y lo dejan a deber.

2 de marzo

Tarta de queso al estilo neoyorkino

Salma siempre quiso tener un restaurante en una gasolinera para esperar la entrada de Paul Walker desnudo, como en Joy Ride. Pero han pasado varios años desde que abrió el local y eso no ha ocurrido. Aunque el precio de la gasolina sube cada día.

Suelo comer allí habitualmente porque Salma guisa muy bien y hace una exquisita tarta de queso al estilo neoyorkino.

Como es lógico, no ha querido darme la receta excusándose en que es muy complicada y no sabré hacerla. A veces, Salma confía poco en mí o tal vez no me valora lo suficiente.

3 de marzo

Fabricando enemigos

Sé que hay quien piensa que toda mi vida es la tienda, donde vendo comestibles y bebidas, hilos y globos de colores, botones, periódicos y revistas.

Mi oficio es el de tendero. Y, desde luego, lo hago con bastante más interés del que mi ortodoncista pone en corregir mi maloclusión.

Ella, mi ortodoncista, viene a mi tienda a comprar hilos y macetas, y no se preocupa de mis dificultades para morder las manzanas. Alguna vez he pensado en no traer nunca más macetas, a ver si se decide a mirar mis dientes. Ella dice que todo eso de los aparatos son tonterías. Que lo importante es que la boca esté sana, y eso con un buen cepillado después de las comidas es suficiente.

Me pregunto si el boticario se llevará bien con ella.

Estoy pensando en inventar algún cotilleo para enemistarlos. Creo que el boticario es un poco asesino.

En mi tienda lo de inventar cotilleos es muy fácil y está a la orden del día.

4 de marzo

Las claves del éxito de un pequeño negocio

Mis vecinos se dieron cuenta muy pronto de que soy buena persona: no pongo la música muy alta, no asesino a la gente y no fumo.

Por eso se fían de los productos que vendo y saben que en los estantes de mi tienda no puede haber ni un solo producto caducado. Me encargo personalmente de retirar todo aquello que esté a punto de su vencimiento.

La clave del éxito de cualquier negocio es la confianza del cliente y la sonrisa del vendedor.

Pero mi ortodoncista es mujer de naturaleza desconfiada. Se pone sus gafas para leer meticulosamente la fecha de caducidad de la mermelada de frambuesa. He observado que me mira de reojo, con malicia, para cerciorarse de que me doy cuenta de que está comprobando la caducidad, como diciéndome:

«No me fío de ti, tendero, que eres capaz de vender albóndigas recicladas».

Todo el mundo en Lamira sabe que eso es imposible, ya que lo único que vendo reciclado son unos cuadernos con tapas de cartón que llevan dibujos de hojas otoñales y pétalos secos.

A mí me parecen demasiado cursis, pero se venden bien entre los miembros femeninos de la iglesia perseverantista, cuyo pastor es un buen cliente que suele estar largo rato en el rincón de la prensa hojeando las revistas y, al comienzo de cada mes, compra National Geographic.

Mi ortodoncista, en lugar de desconfiar de mí, debería poner más interés en mi dentadura para poder tener la sonrisa que mis clientes se merecen y progresar en mi negocio. Algo que, por otra parte, redundará en beneficio para toda la comunidad.

5 de marzo

Los domingos en Lamira

La mayoría de mis clientes son personas de fe. No me importaría ir los domingos a los oficios, pero la iglesia perseverantista está en las afueras del pueblo y tendría que cerrar mi tienda durante mucho tiempo para escuchar al pastor.

Sé que mis vecinos me comprenden, sobre todo si se tiene en cuenta que yo no soy perseverantista, aunque me dicen que durante el oficio nadie va a entrar en mi tienda porque todos están en el templo.

Pero la verdad es que durante esa hora recibo la visita de todos los ateos, borrachos y fumadores de Lamira. Ah, y las chicas del Deliberately.

Los ateos suelen comprar mucha fruta y verdura, pues son gente sana aunque descarriada. Los borrachos compran licor, cerveza y vino, y se lo llevan muy bien oculto en unas bolsas de papel de estraza que sólo empleo para las botellas de alcohol, porque para el resto de los productos utilizo unas bolsas semitransparentes con publicidad del restaurante de Salma.

Los fumadores no pueden llevarse tabaco porque yo no vendo ni cigarrillos ni armas de fuego, pero compran chicles y otras golosinas de colores. Las chicas del Deliberately vienen directamente del trabajo y, aprovechando que sus clientes están en los oficios dominicales, entran en mi tienda y se llevan novelas de suspense y misterio: Edgar Wallace, Carter Scott, Victoria Robbins…

Los domingos por la tarde sólo entra en la tienda Salma con un trocito de tarta de queso al estilo neoyorkino, y nos quedamos escuchando música y haciendo el amor.

6 de marzo

Lamira desde las nubes

Este fin de semana el boticario me invitó a dar una vuelta en globo. Ya saben que el boticario es un poco asesino, pero más por afición que por vicio. Acepté porque nunca lo había hecho, aunque tenía más miedo del boticario que del globo o de la altura.

Todavía no he comenzado mi estrategia de enfrentarlo con la ortodoncista, así que no tiene por qué tener nada en mi contra. Incluso creo que no le caigo mal, porque en ocasiones me facilita medicinas sin receta. Pero esas medicinas son de laboratorio, no las hace él, lo cual me deja mucho más tranquilo.

Tuve la oportunidad de fotografiar Lamira. Sólo hice una foto porque el globo temblaba mucho y mis manos más todavía.

7 de marzo

Sana competencia

El cantinero está molesto conmigo porque he colocado en el exterior de la tienda una máquina expendedora de refrescos. Dice que le estoy haciendo una competencia desleal.

La máquina, lógicamente, funciona las veinticuatro horas. Es, por tanto, un servicio que ofrezco a los habitantes de Lamira, alguno de los cuales puede levantarse a medianoche deseoso de una coca-cola fría. La cantina cierra bastante más tarde de la medianoche, pero podría ocurrir que esa persona que precisa a esas horas de una coca-cola no quiera entrar a la cantina, donde siempre hay borrachos, asesinos y fumadores.

Además, en la cantina muy poca gente toma refrescos, pues prefieren el vino, la cerveza o los licores, productos que yo también vendo y jamás fui criticado por ello. Él tiene una máquina expendedora de condones en el aseo de caballeros y yo no le digo que esté haciéndome competencia desleal.

Lo que ocurre es que el cantinero está amargado porque se pasa todo el día detrás del mostrador y no tiene tiempo para leer National Geographic ni otras revistas que le hago llegar mediante clientes comunes.

8 de marzo

Lo que sea por mis clientes

Me gusta amenizar a mis clientes cantándoles New York, New York, aunque ya sé que no soy Frank Sinatra.

Canto porque intuyo que les agrada y porque mi voz no es mala del todo. Suelo hacerlo cuando veo que ha pasado un tiempo sin que nadie se acerque a la charcutería.

Es la sección que tengo algo más descuidada, a pesar de que ha sido en la que he hecho mayor inversión. Pero es que es la única que no tiene autoservicio y que me obliga a dejar la caja para ser atendida.

Algunos clientes me reprochan que no coloque a una persona en el colmado para no tener que estar yo solo atendiéndolo todo.

Créanme que es una posibilidad que estoy barajando muy en serio, pues otra de las claves del éxito de un negocio es acoplarse a las necesidades del mismo.

Además de vender productos de primerísima calidad.

Mientras lo pienso bien y encuentro a alguien de confianza suficiente para ello, seguiré cantando para animar a mis clientes que son, en este momento, lo más importante para mí.

Después de Salma, claro.

También es posible que coloque la bandera de Isla Santa Rígida a la entrada de la tienda. Es muy colorida y dará un aspecto alegre, amable y patriota que mis clientes sabrán sin duda agradecer.

10 de marzo

Este es el plan

Para que un bulo o un cotilleo cale hondo en la población hay que advertir previamente que se lo has oído decir a alguien y que, por supuesto, tú no te lo crees en absoluto.

Así he comenzado mi tarea de enemistar al boticario con la ortodoncista.

Reconozco que he estado debatiéndome entre la conveniencia o no de llevar a cabo esto. Ya sabemos que el boticario es un poco asesino, y enemistarlo con la ortodoncista es arrojar a ésta a los pies de los caballos desbocados en algo que puede no tener marcha atrás.

Pero la ortodoncista debe considerar que yo también tengo mis problemas y mi paciencia un límite.

El plan es el que sigue:

1. Enemistados por las habladurías de la gente, yo recuerdo a la ortodoncista que el boticario ha mandado al otro mundo a unos cuantos vecinos del pueblo a base de recetas magistrales que él prepara minuciosamente en la rebotica. Le diré que esas cosas las hace el boticario porque es su forma de ser, sin ninguna maldad de fondo. De hecho, los parientes de los difuntos no suelen protestar mucho. Sobre todo los que heredaron tierras.

2. A continuación le diré al boticario que Claudina, la ortodoncista, tiene la piel muy seca y se le han arrugado demasiado los codos. Él preparará una de esas cremas suyas que no dejan rastro en las autopsias, pero de las que se comenta mucho en la cantina.

3. Advertiré a Claudina que no se le ocurra ponerse la pomada, pues se filtra por los poros y llega hasta la sangre y seca el cerebro a una velocidad impensable.

4. Cuando la ortodoncista venga a agradecerme haberla alertado, yo sólo le sonreiré.

Y entonces ella verá mi dentadura y recordará que tiene trabajo conmigo.

11 de marzo

Yo he plantado la semilla. Que la rieguen otros

Ya he plantado la semilla del odio, del rencor y del enfrentamiento. Ahora es necesario que la rieguen otros para que crezca y dé sus frutos.

Ya saben que para que un bulo o un cotilleo cale hondo en la población tienes que advertir previamente que se lo has oído decir a alguien y que, por supuesto, tú no te lo crees en absoluto.

Debes insistir a quienes se lo cuentas que lo haces por ser quienes son, que confías plenamente en su discreción y les ruegas encarecidamente que cuanto les has dicho no debe salir de donde estáis.

Es muy importante que lo cuentes sólo una vez, pero a más de una persona. De esta forma se sentirán protegidas, ya que cuando el bulo cuaje, podrán decir que ellas no han sido las transmisoras.

No hay nada peor que ser un cotilla. Es lo peor visto en las pequeñas poblaciones donde todo el mundo se conoce.

«No se lo digáis a nadie, por favor, que no salga de aquí. Os lo cuento a vosotros porque sé de vuestra discreción… El boticario anda diciendo por ahí que Claudina Górtimer le pide pastillas para aumentar el apetito sexual porque tiene un joven amante en la ciudad…»

Miradas sorprendidas y mentes trabajando la forma de comunicárselo a otras personas: «No se lo digas a nadie, pero me he enterado…»

El tendero seguirá barriendo la puerta de su colmado, mirando de reojo cómo el bulo va creciendo y alimentando la enemistad y el odio, manteniendo la boca cerrada, bien cerrada, porque él no ha dicho nada ni sabe nada ni nada de nada.

Es la primera parte del plan para enemistar al boticario y a la ortodoncista. La finalidad es que el primero intente asesinar a la segunda; yo la prevengo y ella, agradecida por salvarla, decide por fin dedicarse a corregir mi maloclusión.

13 de marzo

Cuando ruge la marabunta

Anoche, después de fracasar haciendo el amor con Salma, ella me dijo que tenía algo importante que contarme.

Yo estaba apesadumbrado, porque la verdad es que no me gusta fracasar en mis relaciones sexuales.

Y menos con Salma.

Pero ella estaba muy contenta, porque el sábado pusieron en el cable ¿Bailamos?, y se acordó de las habladurías, que no sé que tiene que ver, salvo que yo no soy Richard Gere, y mira que no me importaría.

—Dicen que el boticario va por ahí diciendo que Claudina la ortodoncista tiene un joven amante en la ciudad. Fíjate, el muy cotilla que se lo anda contando a todo el mundo.

Nunca supuse que los bulos pudieran correr a tal velocidad. Pero en las pequeñas localidades esta velocidad debe multiplicarse.

Como se entere el reverendo Matías Sincler, editor del periódico local, estamos listos.

Y se enterará, espero.

15 de marzo

El plan va sobre ruedas a demasiada velocidad

El plan va sobre ruedas, aunque algo más deprisa de lo que yo esperaba. Claudina ha entrado muy molesta a la tienda y se ha dirigido directamente a mí.

—Te habrás enterado de lo que anda diciendo el chismoso ése sobre mí.

Yo he sabido poner mi mejor cara de bobo y le he contestado que ignoraba de lo que estaba hablando.

—Vamos, tendero, este sitio es un nido de cotillas chismosas… Pues bien: quiero que te encargues de desmentir semejante patraña.

No ha sido un ruego angustioso, una desesperada petición de ayuda. Ha sido una orden en toda regla.

—El lunes esto tiene que quedar zanjado, ¿entendido?

Yo he insistido en que no sabía de lo que hablaba, pero ella me lo ha contado para evitarme excusas. He puesto cara de sorprendido y ha sido entonces cuando le he advertido del peligro que supone estar enfrentado con el boticario, pues todo el mundo sabe que no tiene reparos en asesinar a la gente y que, aunque sin maldad, lo hace con la misma facilidad que yo repongo los botes de mermelada de frambuesa en los estantes.

Ella ha mirado fijamente mis dientes.

—Tú necesitas ortodoncia, ¿verdad?

He asentido con la cabeza.

—Pues si quieres que me ponga manos a la obra quiero que el lunes el bulo quede desmentido en todo el pueblo. ¿OK?

OK. El plan funciona exactamente como lo había previsto el tenderito.

17 de marzo

El plan va sobre ruedas, aunque a demasiada velocidad y ya sin posibilidad de marcha atrás

El boticario ha entrado violentamente en mi tienda a la hora de los oficios religiosos, es decir, cuando más gente hay. Ha venido directamente hacia mí y me ha dicho:

—Esa bruja anda diciendo que yo voy diciendo. Y yo no he dicho nada. Quiero que todo se aclare y que el autor de esta mentira monumental salga a la luz para darle un escarmiento… Ya me entiendes. Te encargas de ello, tendero.

Noto que últimamente todo el mundo me da órdenes. Y debo reconocer que las palabras «darle un escarmiento y ya me entiendes» me han producido escalofríos.

Pero he procurado mantener la calma y le he dicho con voz suave (cerca de la caja había personas que querían que les cobrase) que no diera mayor importancia al asunto.

—Ya sabe que Claudina tiene la piel muy seca y se le han arrugado mucho los codos —he añadido mirándole a los ojos siguiendo rigurosamente el plan.

Él ha encogido la nariz y se ha acercado a mi oído.

—Encárgate de aclarar esto. Mientras, yo le prepararé una buena crema para solucionar sus problemas y hacer las paces.

Sí. El plan va sobre ruedas. Ahora sólo tengo que advertir a Claudina que no se le ocurra ponerse esa crema asesina y mi ortodoncia está servida.

20 de marzo

Tremenda tensión en el colmado

No es difícil que coincidan con sus compras en la caja de la tienda. No se han mirado. Los dos han clavado sus ojos en mí de manera interrogante.

Ella: «¿Ya está desmentido?»

Él: «¿Ya está aclarado?»

Yo, mientras tanto, intento calibrar la mirada desafiante de Claudina. ¿Hasta dónde sería capaz de llegar? ¿Se atrevería, a pesar de mis advertencias, a untarse la pegajosa crema que le ofrezca el boticario para hidratar sus resecos codos?

Y analizo, también, la sonrisa del boticario. ¿Querrá realmente hacer las paces con la ortodoncista o, sencillamente, ha preparado una pomada de las suyas para quitarla de en medio?

He seguido el consejo de Salma:

«Estás más guapo con la boca cerrada». Y no lo dice por mi maloclusión.

Al tenderito le han temblado hasta las uñas mientras cobraba las compras del boticario y de la ortodoncista.

22 de marzo

Las miradas matan. Los silencios sepultan

Las armas están en alto. Los dos están en pie de guerra. Las miradas matan. Los silencios sepultan. Claudina Górtimer y el boticario no están dispuestos a ceder un ápice.

Todo ha comenzado (ha continuado) cuando él ha venido con un bote de crema para los resecos codos de Claudina.

—Tenga —le ha dicho con una amabilidad más que sospechosa—. Tengo entendido que a sus codos les falta hidratación. Esto no falla. Pruébelo.

La ortodoncista le ha observado con una mirada mucho más criminal que el potingue del boticario. Y, sin ruborizarse, le ha espetado:

—Métaselo por donde usted sabe, que seguro le hace más falta que a mí.

La verdad es que yo no he sabido cómo interpretar esto último, porque si el boticario tiene problemas de estreñimiento, es seguro que en su botica tendrá productos comerciales para resolverlo.

El boticario, por su parte, ha salido refunfuñando y me ha lanzado una mirada tan cortante que me ha quitado el apetito a mediodía. Después he merendado bien.

25 de marzo

Preocupación en el colmado de Lamira

Claudina Górtimer vive en una lujosa mansión situada a las afueras de Lamira, frente al camino de la iglesia perseverantista.

Los sábados suele llamarme por teléfono para encargarme la compra semanal, pues cuando ella se acerca hasta mi tienda lo hace sólo para incordiar y revolver los hilos de colores y desordenar los botones, o llevarse con urgencia una botellita de buen vino de la Borgoña.

Aunque hoy no me ha llamado, yo he preparado igualmente su pedido porque conozco a la perfección sus gustos y necesidades. Al menos las habituales. Y las confesables.

Sin embargo, cuando llegado el mediodía aún no había recibido su llamada, decidí ponerme en contacto con ella, sin obtener respuesta alguna.

Ayer se llevó un par de botes de mermelada de frambuesa y me exigió, siendo viernes, el suplemento dominical del Lamira News. Por fortuna, los suplementos me los mandan con varios días de anticipación. Claudina me dijo que pensaba pasarse todo el fin de semana en su casa haciendo sudokus y que no quería que nadie la molestara.

Pero, tomando una botella de Borgoña de la vitrina de bebidas alcohólicas, añadió:

—Mañana por la mañana te llamaré como todos los sábados. Y procura que los congelados lleguen a casa congelados.

Un comentario hiriente e innecesario, pues me ocupo muy bien de que jamás se rompa la cadena de congelación para que mis productos, siempre de primera calidad, no pierdan una sola de sus propiedades alimenticias.

Anoche vi subir al tren con destino a la ciudad al boticario. Cuando he recordado su gesto preocupado y abatido, abrazado a una caja de cartón, ha pasado por mi mente un pensamiento extraño.

Un pensamiento que ni siquiera me atrevo a reproducir en este diario.

He mandado al mozo que vaya a la mansión de la ortodoncista para interesarse por ella, no vaya a estar en cama con gripe… o haya ocurrido algo peor.

27 de marzo

Grandísima conmoción en Lamira

Hoy los ciudadanos de Lamira se han desayunado con la terrible noticia del asesinato de Claudina Górtimer.

Cualquiera puede imaginar la conmoción que un acontecimiento de este calibre provoca en un pequeño pueblo como el nuestro.

El reverendo Matías Sincler, editor del Lamira News, relaciona el crimen con el night-club Deliberately sin explicar muy bien por qué, pero ya se sabe que los hombres de fe tienen fijaciones extrañas.

El reverendo me ha pedido mi opinión, y la coloca en la portada del número de hoy: «Esto es un asunto muy grave. Estoy convencido de que los culpables no son de Lamira. No puedo poner la mano en el fuego por todos mis vecinos, pero me resulta imposible pensar que quien cometió semejante atrocidad pueda vivir entre nosotros».

El reverendo respeta y tiene en consideración a este tenderito porque nunca faltan biblias en la tienda y le deja ojear todas las revistas para que pueda hacer su calificación moral en el periódico.

A la prensa no hay por qué decirle siempre la verdad. ¿Por qué va el tenderito a decir a nadie que sospecha del boticario? ¿Cómo decir que, posiblemente, él mismo ha sido el inductor de tal crimen?

29 de marzo

Continúan investigando el asesinato de Claudina Górtimer

Todo el pueblo está revolucionado y los rumores no cesan.

Se sabe que la ortodoncista murió apuñalada. Dicen que entre setenta y ochenta puñaladas acabaron con su vida.

Yo pienso que la que acabó con su vida fue la segunda puñalada, pues, según me ha dicho el forense en petit comité (exquisito cliente nuestro forense), le atravesó el corazón. La primera le dio en un muslo y era muy superficial. La tercera, y última, fue innecesaria. Ya estaba herida de muerte.

Pero la gente exagera y dice que ochenta puñaladas. Yo no puedo decir nada porque un buen tendero tiene que ser discreto. Además, el asunto está subjudice.

Ahora todo el mundo anda diciendo que la ortodoncista era una bellísima persona. Hasta el tenderito.

Personalmente debo decir que ando un poco despistado porque no es el modus operandi del boticario. El propio forense me lo ha dicho mirando fijamente mis dientes:

—Esta vez no ha sido el boticario.

31 de marzo

Todos somos sospechosos. Todos, no

Siempre es de agradecer que lo citen a uno, salvo cuando es citado por un juez.

Es diferente que me acusen de que los pimientos rojos estaban verdes a que me digan que a lo mejor he asesinado a una ortodoncista que nadaba en la abundancia y que no siempre fue amable conmigo, que me afeó en alguna ocasión no tener justamente el color de hilo que ella necesitaba con urgencia entre las doscientas cincuenta tonalidades distintas disponibles en mi tienda.

Una rica ortodoncista por la que el tenderito tenía un interés que iba más allá de conseguir una ortodoncia a buen precio. Quería la ortodoncia YA.

Y ahora ocurre que todo el mundo en Lamira es sospechoso del asesinato de Claudina Górtimer. Todos menos el boticario, porque no acostumbra a asesinar de esa manera, y el reverendo Sincler, que es un hombre de fe.

Todos los demás estamos bajo la mirada acusadora de la Justicia. Lo malo es que de todos ellos yo soy el único que padece maloclusión.

No era ese el plan.

 

2 de abril

El alcalde tiene su propia teoría, pero no la comparte

 

El alcalde se ha acercado a mi tienda después de los oficios religiosos del domingo. No es que el alcalde sea un hombre de fe, pero es consciente de que debe atender los compromisos de su cargo. Y los de su edad, ya que tiene más que arrepentirse por el largo pasado que por el breve futuro.

Ha mirado a derecha y a izquierda, comprobando que no había nadie cerca, y se ha aproximado mucho a mi oreja:

—Tú sabes algo de lo de Claudina Górtimer, ¿verdad, tendero?

Me he apartado para mirarle a una distancia prudencial. No parece seria una conversación entre dos personas rozándose la nariz y con los ojos bizcos. Mi expresión de sorpresa pretendía parecerse a la de James Stewart en Qué bello es vivir: cejas muy levantadas, ojos muy abiertos y boca en forma de o minúscula.

—¿Qué me quiere decir, alcalde?

El alcalde ha vuelto a acercar su boca a mi oreja.

—Tú sabes que el boticario no ha sido el autor del crimen.

Y se ha separado para observar mi rostro. Yo he titubeado un breve instante porque me ha despistado la idea de regalarle un buen colutorio.

—¿Y por qué iba a ser el boticario?

—Tuvieron una buena bronca en tu tienda hace unos días, ¿no?

—¡Oh, no! Fue algo sin importancia sobre una crema hidratante… ¿Y por qué no pudo ser el boticario?