El Criterio - Jaime Balmes - E-Book

El Criterio E-Book

Jaime Balmes

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Publicada por primera vez en 1845.,"El Criterio" representa una defensa vigorosa del pensamiento católico frente a las corrientes filosóficas y políticas emergentes en Europa durante el siglo XIX, particularmente el liberalismo y el racionalismo."El Criterio" de Balmes aborda cuestiones fundamentales sobre la verdad, la razón y la fe. En ella, Balmes argumenta que la razón y la fe no son incompatibles, sino complementarias, y sostiene que la fe proporciona un fundamento sólido para la razón y la moralidad. Además, critica las tendencias del racionalismo que subestiman o desechan la importancia de la fe religiosa en la vida humana y en la búsqueda del conocimiento.La obra de Balmes refleja su profundo compromiso con la defensa de los principios católicos y su preocupación por los desafíos intelectuales y sociales de su tiempo. Su estilo claro y persuasivo, así como su erudición y agudeza argumentativa, hicieron de "El Criterio" una obra seminal en la historia del pensamiento español y católico.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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JAIME BALMES

EL CRITERIO

ÍNDICE

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO I: CONSIDERACIONES PRELIMINARES.

1 En que consiste el pensar bien. Qué es la verdad.

2 Diferentes modos de conocer la verdad.

3 Variedad de ingenios.

4 La perfección de las profesiones depende de la perfección con que se conocen los objetos de ellas.

5 A todos interesa el pensar bien.

6 Cómo se debe enseñar a pensar bien.

CAPÍTULO II: LA ATENCIÓN

1 Definición de la atención. Su necesidad.

2 Ventajas de la atención e inconvenientes de su falta.

3 Cómo debe ser la atención. Atolondrados y ensimismados.

4 Las interrupciones.

CAPÍTULO III: ELECCIÓN DE CARRERA

1 Vago significado de la palabra Talento.

2 Instinto que nos indica la carrera que mejor se nos adapta

3 Experimento para discernir el talento peculiar de cada niño

CAPÍTULO IV: CUESTIONES DE POSIBILIDAD.

1 Una clasificación de los actos de nuestro entendimiento, y de las cuestiones que se le pueden ofrecer

2 Ideas de posibilidad E imposibilidad. Sus clasificaciones

3 En qué consiste la imposibilidad metafísica o absoluta

4 La imposibilidad absoluta y la omnipotencia divina

5 La imposibilidad absoluta, y los dogmas

6 Idea de la imposibilidad física o natural

7 Modo de juzgar de la imposibilidad natural.

8 Se deshace una dificultad sobre los milagros de Jesucristo.

9 La imposibilidad moral u ordinaria.

10 Imposibilidad de sentido común impropiamente contenida en la imposibilidad moral.

CAPÍTULO V: CUESTIONES DE EXISTENCIA, CONOCIMIENTO ADQUIRIDO POR EL TESTIMONIO INMEDIATO DE LOS SENTIDOS.

1 Necesidad del testimonio de los sentidos, y los diferentes modos con que nos proporcionan el conocimiento de las cosas.

2 Errores en que incurrimos por ocasión de los sentidos. Su remedio. Ejemplos.

3 Necesidad de emplear en algunos casos más de un sentido, para la debida comparación.

4 Los sanos de cuerpo y enfermos de espíritu.

5 Sensaciones reales, pero sin objeto externo. Explicación de este fenómeno.

6 Maniáticos y ensimismados.

CAPÍTULO VI: CONOCIMIENTO DE LA EXISTENCIA DE LAS COSAS ADQUIRIDO MEDIATAMENTE POR LOS SENTIDOS

1 Transición de lo sentido a lo no sentido.

2 Coexistencia y sucesión

3 Dos reglas sobre la coexistencia y la sucesión

4 Observaciones sobre la relación de casualidad. Una regla de los dialécticos

5 Un ejemplo

6 Reflexiones sobre el ejemplo anterior

7 La razón de un acto que parece instintivo.

CAPÍTULO VII: LA LÓGICA ACORDE CON LA CARIDAD.

1 Sabiduría de la ley que prohíbe los juicios temerarios.

2 Examen de la máxima «piensa mal y no errarás.»

3 Algunas reglas para juzgar de la conducta de los hombres.

CAPÍTULO VIII: DE LA AUTORIDAD HUMANA EN GENERAL.

1 Dos condiciones necesarias para que sea valedero un testimonio.

2 Examen y aplicaciones de la primera condición

3 Examen y aplicaciones de la segunda condición.

4 Una observación sobre el interés en engañar

5 Dificultades para alcanzar la verdad, en mediando mucha distancia de lugar o tiempo.

CAPÍTULO IX: LOS PERIÓDICOS

1 Una ilusión.

2 Los periódicos no lo dicen todo sobre las personas.

3 Los periódicos no lo dicen todo sobre las cosas

CAPÍTULO X: RELACIONES DE VIAJES.

1 Dos partes muy diferentes en las relaciones de viajes.

2 Origen y formación de algunas relaciones de viajes.

3 Modo de estudiar un país

CAPÍTULO XI: HISTORIA.

1 Medio para ahorrar tiempo, ayudar la memoria, y evitar errores, en los estudios históricos.

2 Distinción entre el fondo del hecho y sus circunstancias. Aplicaciones.

3 Algunas reglas para el estudio de la historia

CAPÍTULO XII CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE EL MODO DE CONOCER LA NATURALEZA, PROPIEDADES Y RELACIONES DE LOS SERES.

1 Una clasificación de las ciencias.

2 Prudencia científica y observaciones para alcanzarla.

3 Los sabios resucitados.

CAPÍTULO XIII: LA BUENA PERCEPCIÓN.

1 La idea

2 Regla para percibir bien

3 Escollo del análisis

4 El tintorero y el filósofo

5 Objetos vistos por una sola cara

6 Inconvenientes de una percepción demasiado rápida.

CAPÍTULO XIV: EL JUICIO

1 Qué es el juicio. Manantiales de error.

2 Axiomas falsos

3 Proposiciones demasiado generales

4 Las definiciones inexactas

5 Palabras mal definidas. Examen de la palabra igualdad.

6 Suposiciones gratuitas. El despeñado.

7 Preocupación en favor de una doctrina.

CAPÍTULO XV: EL RACIOCINIO

1 Lo que valen los principios y las reglas de la dialéctica.

2 El silogismo. Observaciones sobre este instrumento dialéctico.

3 El entimema

4 Reflexiones sobre el término medio

5 Utilidad de las formas dialécticas

CAPÍTULO XVI: NO TODO LO HACE EL DISCURSO

1 La inspiración

2 La meditación

3 Invención y enseñanza

4 La intuición

5 No está la dificultad en comprender sino en atinar. El jugador de ajedrez. Sobieski. Las víboras de Aníbal.

6 Regla para meditar

7 Carácter de las inteligencias elevadas. Notable doctrina de santo Tomas de Aquino.

8 Necesidad del trabajo

CAPÍTULO XVII: LA ENSEÑANZA

1 Dos objetos de la enseñanza. Diferentes clases de profesores.

2 Genios ignorados de los demás, y de sí mismos.

3 Medios para descubrir los talentos ocultos, y apreciarlos en su valor.

4 Necesidad de los estudios elementales.

CAPÍTULO XVIII: LA INVENCIÓN

1 Lo que debe hacer quien carezca del talento de invención.

2 La autoridad científica.

3 Modificaciones que ha sufrido en nuestra época la autoridad científica.

4 El talento de invención. Carrera del genio.

CAPÍTULO XIX: EL ENTENDIMIENTO, EL CORAZÓN Y LA IMAGINACIÓN

1 Discreción en el uso de las facultades del alma. La reina Dido. Alejandro.

2 Influencia del corazón sobre la cabeza. Causas y efectos.

3 Eugenio. Sus transformaciones en veinte y cuatro horas.

4 Don Marcelino. Sus cambios políticos.

5 Anselmo. Sus variaciones sobre la pena de muerte.

6 Algunas observaciones para precaverse del mal influjo del corazón.

7 El amigo convertido en monstruo.

8 Cavilosas variaciones de los juicios políticos.

9 Peligros de la mucha sensibilidad. Los grandes talentos. Los poetas.

10 El poeta y el monasterio.

11 Necesidad de tener ideas fijas.

12 Deberes de la oratoria, de la poesía, y de las bellas artes.

13 Ilusión causada por los pensamientos revestidos de imágenes.

CAPÍTULO XX: FILOSOFÍA DE LA HISTORIA

1 En qué consiste la filosofía de la historia. Dificultad de adquirirla.

2 Se indica un medio para adelantar en la filosofía de la historia.

3 Aplicación a la historia del espíritu humano.

4 Ejemplo sacado de las fisonomías, que aclara lo dicho sobre el modo de adelantar en la filosofía de la historia.

CAPÍTULO XXI: RELIGIÓN

1 Insensato discurrir de los indiferentes en materia de religión.

2 El indiferente y el género humano.

3 Tránsito del indiferentismo al examen. Existencia de Dios.

4 No es posible que todas las religiones sean verdaderas.

5 Es imposible que todas las religiones sean igualmente agradables a Dios.

6 Es imposible que todas las religiones sean una invención humana.

7 La revelación es posible.

8 Solución de una dificultad contra la revelación.

9 Consecuencia de los párrafos anteriores.

10 Existencia de la revelación.

11 Pruebas históricas de la existencia de la revelación.

12 Los protestantes y la Iglesia católica.

13 Errado método de algunos impugnadores de la religión.

14 La más alta filosofía acorde con la fe.

15 Quien abandona la religión católica no sabe dónde refugiarse.

CAPÍTULO XXII: EL ENTENDIMIENTO PRÁCTICO

1 Una clasificación de acciones.

2 Dificultades de proponerse el debido fin.

3 Examen del proverbio: cada cual es hijo de sus obras.

4 El aborrecido.

5 El arruinado.

6 El instruido quebrado y el ignorante rico.

7 Observaciones. La cavilación y el buen sentido.

8 Delicadeza de ciertos fenómenos intelectuales, en sus relaciones con la práctica.

9 Los despropósitos.

10 Entendimientos torcidos.

11 Inhabilidad de dichos hombres para los negocios.

12 Este defecto intelectual suele nacer de una causa moral.

13 La humildad cristiana en sus relaciones con los negocios mundanos.

14 Daños acarreados por la vanidad y la soberbia.

15 El orgullo.

16 La vanidad.

17 La influencia del orgullo es peor para los negocios que la de la vanidad.

18 Cotejo entre el orgullo y la vanidad.

19 Cuán general es dicha pasión.

20 Necesidad de una lucha continua.

21 No es solo la soberbia lo que nos induce a error al proponernos un fin.

22 Desarrollo de fuerzas latentes.

23 Al proponernos un fin debemos guardarnos de la presunción y de la excesiva desconfianza.

24 La pereza.

25 Una ventaja de la pereza sobre las demás pasiones.

26 Origen de la pereza.

27 Pereza de espíritu.

28 Razones que confirman lo dicho sobre el origen de la pereza.

29 La inconstancia. Su naturaleza y origen.

30 Pruebas y aplicaciones.

31 El justo medio entre dichos extremos.

32 La moral es la mejor guía del entendimiento práctico.

33 La armonía del universo defendida con el castigo.

34 Observaciones sobre las ventajas y desventajas de la virtud en los negocios.

35 Defensa de la virtud contra una inculpación injusta.

36 Defensa de la sabiduría contra una inculpación infundada.

37 Las pasiones son buenos instrumentos, pero malos consejeros.

38 La hipocresía de las pasiones.

39 Ejemplo. La venganza bajo dos formas.

40 Precauciones.

41 Hipocresía del hombre consigo mismo.

42 El conocimiento de sí mismo.

43 El hombre huye de sí mismo.

44 Buenos resultados del reflexionar sobre las pasiones.

45 Sabiduría de la religión cristiana en la dirección de la conducta.

46 Los sentimientos morales auxilian la virtud.

47 Una regla para los juicios prácticos.

48 Otra regla.

49 El hombre riéndose de sí mismo.

50 Perpetua niñez del hombre.

51 Mudanza de Don Nicasio en breves horas.

52 Los sentimientos por si solos, son mala regla de conducta.

53 No impresiones sensibles, sino moral y razón.

54 Un sentimiento bueno, la exageración lo hace malo.

55 La ciencia es muy útil a la práctica.

56 Inconvenientes de la universalidad.

57 Fuerza de la voluntad.

58 Firmeza de voluntad.

59 Firmeza, energía, ímpetu.

60 Conclusión y resumen.

FIN

Título: El Criterio

Autor: Jaime Balmes

Editorial: AMA Audiolibros

© De esta edición: 2024 AMA Audiolibros

AMA Audiolibros forma parte de TAM-TAM Media, S.L.U.

c/ Miquel Tort, 18

08750 Molins de Rei

Barcelona

[email protected]

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INTRODUCCIÓN

Jaime Luciano Antonio Balmes y Urpiá fue un destacado filósofo, teólogo, escritor y apologista español del siglo XIX, cuyo pensamiento dejó una marca indeleble en la historia del pensamiento español y católico. Nació el 28 de agosto de 1810 en Vic, Cataluña, en el seno de una familia modesta.

Desde su juventud, Balmes mostró una gran inclinación hacia el estudio y la reflexión. Ingresó en el Seminario de Barcelona a una edad temprana, donde recibió una sólida formación en humanidades y teología. Más tarde, continuó sus estudios en la Universidad de Cervera, donde destacó por su brillantez académica y su agudeza intelectual.

A lo largo de su vida, Balmes se interesó por una amplia gama de disciplinas, que incluían la filosofía, la teología, la política, la historia y la ciencia. Su erudición y su capacidad para abordar temas complejos con claridad y profundidad lo convirtieron en una figura intelectual prominente en la España del siglo XIX.

Una de las contribuciones más significativas de Balmes fue su defensa del catolicismo frente a las corrientes filosóficas y políticas de su época, particularmente el liberalismo y el racionalismo. En sus obras, argumentó a favor de la compatibilidad entre la fe y la razón, y defendió la validez de la religión en la vida pública y privada.

Jaime Balmes también participó activamente en el ámbito político y social de su tiempo, abogando por reformas moderadas que fortalecieran la unidad y la estabilidad de España. Su influencia se extendió más allá de las fronteras de su país, impactando en el pensamiento católico y conservador en toda Europa.

Jaime Balmes falleció prematuramente el 9 de julio de 1848, a la edad de 37 años, dejando un legado intelectual perdurable que continúa siendo objeto de estudio y admiración en la actualidad. Su obra y su pensamiento siguen siendo relevantes para quienes exploran las complejidades de la relación entre la fe y la razón en el mundo moderno.

Una de las obras más influyentes de Jaime Balmes es "El Criterio", publicada por primera vez en 1845. Este libro representa una defensa vigorosa del pensamiento católico frente a las corrientes filosóficas y políticas emergentes en Europa durante el siglo XIX, particularmente el liberalismo y el racionalismo.

"El Criterio" de Balmes es una obra que aborda cuestiones fundamentales sobre la verdad, la razón y la fe. En ella, Balmes argumenta que la razón y la fe no son incompatibles, sino complementarias, y sostiene que la fe proporciona un fundamento sólido para la razón y la moralidad. Además, critica las tendencias del racionalismo que subestiman o desechan la importancia de la fe religiosa en la vida humana y en la búsqueda del conocimiento.

La obra de Balmes refleja su profundo compromiso con la defensa de los principios católicos y su preocupación por los desafíos intelectuales y sociales de su tiempo. Su estilo claro y persuasivo, así como su erudición y agudeza argumentativa, hicieron de "El Criterio" una obra seminal en la historia del pensamiento español y católico.

CAPÍTULO ICONSIDERACIONES PRELIMINARES.

1En que consiste el pensar bien. Qué es la verdad.

El pensar bien consiste, o en conocer la verdad, o en dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ella. La verdad es la realidad de las cosas. Cuando las conocemos como son en sí, alcanzamos la verdad; de otra suerte, caemos en error. Conociendo que hay Dios conocemos una verdad, porque realmente Dios existe; conociendo que la variedad de las estaciones depende del sol, conocemos una verdad, porque en efecto es así; conociendo que el respeto a los padres, la obediencia a las leyes, la buena fe en los contratos, la fidelidad con los amigos, son virtudes, conocemos la verdad; así como caeríamos en error, pensando que la perfidia, la ingratitud, la injusticia, la destemplanza, son cosas buenas y laudables.

Si deseamos pensar bien, hemos de procurar conocer la verdad, es decir, la realidad de las cosas. ¿De qué sirve discurrir con sutileza, o con profundidad aparente, si el pensamiento no está conforme con la realidad? Un sencillo labrador, un modesto artesano, que conoce bien los objetos de su profesión, piensan y hablan mejor sobre ellos que un presuntuoso filósofo que en encumbrados conceptos y altisonantes palabras quiere darles lecciones sobre lo que no entiende.

2Diferentes modos de conocer la verdad.

A veces conocemos la verdad, pero de un modo grosero; la realidad no se presenta a nuestros ojos tal como es, sino con alguna falta, añadidura o mudanza. Si desfila a cierta distancia una columna de hombres, de tal manera que veamos brillar los fusiles, pero sin distinguir los trajes, sabemos que hay gente armada, pero ignoramos si es de paisanos, de tropa o de algún otro cuerpo; el conocimiento es imperfecto, porque nos falta distinguir el uniforme para saber la pertenencia. Mas si por la distancia u otro motivo nos equivocamos, y les atribuimos una prenda de vestuario que no llevan, el conocimiento será imperfecto, porque añadiremos lo que en realidad no hay. Por fin, si tomamos una cosa por otra, como, por ejemplo, si creemos que son blancas unas vueltas que en realidad son amarillas, mudamos lo que hay, pues hacemos de ello una cosa diferente.

Cuando conocemos perfectamente la verdad, nuestro entendimiento se parece a un espejo en el cual vemos retratados con toda fidelidad los objetos como son en sí; cuando caemos en error, se asemeja a uno de aquellos vidrios de ilusión que nos presentan lo que realmente no existe; pero cuando conocemos la verdad a medias, podría compararse a un espejo mal azogado, o colocado en tal disposición que si bien nos muestra objetos reales, sin embargo nos los ofrece demudados alterando los tamaños y figuras.

3Variedad de ingenios.

El buen pensador procura ver en los objetos todo lo que hay, pero no más de lo que hay. Ciertos hombres tienen el talento de ver mucho en todo; pero les cabe la desgracia de ver lo que no hay, y nada de lo que hay. Una noticia, una ocurrencia cualquiera, les suministran abundante materia para discurrir con profusión, formando, como suele decirse, castillos en el aire. Estos suelen ser grandes proyectistas y charlatanes.

Otros adolecen del defecto contrario; ven bien, pero poco; el objeto no se les ofrece sino, por un lado; si este desaparece, ya no ven nada. Estos se inclinan a ser sentenciosos y aferrados en sus temas. Se parecen a los que no han salido nunca de su país; fuera del horizonte a que están acostumbrados, se imaginan que no hay mas mundo.

Un entendimiento claro, capaz y exacto, abarca el objeto entero; le mira por todos sus lados, en todas sus relaciones con lo que le rodea. La conversación y los escritos de estos hombres privilegiados se distinguen por su claridad, precisión y exactitud. En cada palabra encontráis una idea, y esta idea veis que corresponde a la realidad de las cosas. Os ilustran, os convencen, os dejan plenamente satisfechos; decís con entero asentimiento: «Sí, es verdad, tiene razón.» Para seguirlos en sus discursos no necesitáis esforzaros; parece que andáis por un camino llano, y que el que habla solo se ocupa de haceros notar con oportunidad los objetos que encontráis a vuestro paso. Si explican una materia difícil y abstrusa, también os ahorran mucho tiempo y fatiga. El sendero es tenebroso porque está en las entrañas de la tierra, pero os precede un guía muy práctico; llevando en la mano una antorcha que resplandece con vivísima luz.

4La perfección de las profesiones depende de la perfección con que se conocen los objetos de ellas.

El perfecto conocimiento de las cosas en el orden científico, forma los verdaderos sabios; en el orden práctico, para el arreglo de la conducta de los asuntos de la vida, forma los prudentes; en el manejo de los negocios del estado, forma los grandes políticos; y en todas las profesiones, sea cada cual más o menos aventajado, a proporción del mayor o menor conocimiento de los objetos que trata o maneja. Pero este conocimiento ha de ser práctico, ha de abrazar también los pormenores de la ejecución, que son pequeñas verdades, por decirlo así, de las cuales no se puede prescindir, si se quiere lograr el objeto. Estas pequeñas verdades son muchas en todas las profesiones; bastando para convencerse de ello, el oír a los que se ocupan aun en los oficios más sencillos. ¿Cuál será pues el mejor agricultor? El que mejor conozca las calidades de los terrenos, climas, simientes y plantas; el que sepa cuáles son los mejores métodos e instrumentos de labranza, y que mejor acierte en la oportunidad de emplearlos; en una palabra, el que conozca los medios más a propósito para hacer que la tierra produzca con poco coste, mucho, pronto y bueno. El mejor agricultor será pues el que conozca más verdades relativas a la práctica de su profesión. ¿Cuál es el mejor carpintero? El que mejor conoce la naturaleza y calidades de las maderas, el modo particular de trabajarlas, y el arte de disponerlas del modo más adaptado al uso a que se destinan. Es decir, que el mejor carpintero será aquel que sabe más verdades sobre su arte. ¿Cuál será el mejor comerciante? El que mejor conozca los géneros de su tráfico, los puntos de donde es más ventajoso traerlos, los medios más a propósito para conducirlos sin deterioro, con presteza y baratura, los mercados más convenientes para expenderlos con celeridad y ganancia: es decir aquel que posea más verdades sobre los objetos de comercio, el que conozca más a fondo la realidad de las cosas en que se ocupa.

5A todos interesa el pensar bien.

Echase pues de ver que el arte de pensar bien no interesa solamente a los filósofos, sino también a las gentes más sencillas. El entendimiento es un don precioso que nos ha otorgado el Creador, es la luz que se nos ha dado para guiarnos en nuestras acciones; y claro es que uno de los primeros cuidados que debe ocupar al hombre es tener bien arreglada esta luz. Si ella falta nos quedamos a oscuras, andamos a tientas; y por este motivo es necesario no dejarla que se apague. No debemos tener el entendimiento en inacción, con peligro de que se ponga obtuso y estúpido; y, por otra parte, cuando nos proponemos ejercitarle y avivarle, conviene que su luz sea buena para que no nos deslumbre, bien dirigida para que no nos extravíe.

6Cómo se debe enseñar a pensar bien.

El arte de pensar bien no se aprende tanto con reglas como con modelos. A los que se empeñan en enseñarle a fuerza de preceptos y de observaciones analíticas, se los podría comparar con quien emplease un método semejante para enseñar a los niños a hablar o andar. No por esto condeno todas las reglas; pero sí sostengo que deben darse con más parsimonia, con menos pretensiones filosóficas, y sobre todo de una manera sencilla, práctica: al lado de la regla el ejemplo. Un niño pronuncia mal ciertas palabras; para corregirle ¿qué hacen sus padres o maestros? Las pronuncian ellos bien, y hacen que enseguida las pronuncie el niño: «Escucha bien como yo lo digo; a ver ahora tú; mira no pongas los labios de esta manera, no hagas tanto esfuerzo con la lengua» y otras cosas por este tenor. He aquí el precepto al lado del ejemplo, la regla y el modo de practicarla.

CAPÍTULO IILA ATENCIÓN

Hay medios que nos conducen al conocimiento de la verdad, y obstáculos que nos impiden llegar a él; enseñar a emplear los primeros, y a remover los segundos, es el objeto del arte de pensar bien.

1Definición de la atención. Su necesidad.

La atención es la aplicación de la mente a un objeto. El primer medio para pensar bien es atender bien. La segur no corta si no es aplicada al árbol, la hoz no siega si no es aplicada al tallo. Algunas veces se le ofrecen los objetos al espíritu sin que atienda; como sucede ver sin mirar, y oír sin escuchar; pero el conocimiento que de esta suerte se adquiere, es siempre ligero, superficial, a menudo inexacto, o totalmente errado. Sin la atención estamos distraídos, nuestro espíritu se halla, por decirlo así, en otra parte; y por lo mismo no ve aquello que se le muestra. Es de la mayor importancia adquirir un hábito de atender a lo que se estudia o se hace; porque, si bien se observa, lo que nos falta a menudo no es la capacidad para entender lo que vemos, leemos u oímos, sino la aplicación del ánimo a aquello de que se trata.

Se nos refiere un suceso, pero escuchamos la narración con atención floja, intercalando mil observaciones y preguntas, manoseando o mirando objetos que nos distraen; de lo que resulta que se nos escapan circunstancias interesantes, que se nos pasan por alto cosas esenciales, y que al tratar de contarle a otros, o de meditarle nosotros mismos para formar juicio, se nos presenta el hecho desfigurado, incompleto, y así caemos en errores que no proceden de falta de capacidad, sino por no haber prestado al narrador la atención debida.

2Ventajas de la atención e inconvenientes de su falta.

Un espíritu atento multiplica sus fuerzas de una manera increíble; aprovecha el tiempo atesorando siempre caudal de ideas; las percibe con más claridad y exactitud; y finalmente las recuerda con más facilidad, a causa de que con la continua atención estas se van colocando naturalmente en la cabeza de una manera ordenada.

Los que no atienden sino flojamente, pasean su entendimiento por distintos lugares a un mismo tiempo; aquí reciben una impresión, allí otra muy diferente, acumulan cien cosas inconexas que lejos de ayudarse mutuamente para la aclaración y retención, se confunden, se embrollan y se borran unas a otras. No hay lectura, no hay conversación, no hay espectáculo, por insignificantes que parezcan, que no nos puedan instruir en algo. Con la atención notamos las preciosidades y las recogemos; con la distracción dejamos quizá caer al suelo el oro y las perlas como cosa baladí.

3Cómo debe ser la atención. Atolondrados y ensimismados.

Creerán algunos que semejante atención fatiga mucho; pero se equivocan. Cuando hablo de atención no me refiero a aquella fijeza de espíritu con que este se clava, por decirlo así, sobre los objetos; sino de una aplicación suave y reposada, que permite hacerse cargo de cada cosa, dejándonos empero con la agilidad necesaria para pasar sin esfuerzo de unas ocupaciones a otras. Esta atención no es incompatible ni con la misma diversión y recreo, pues es claro que el esparcimiento del ánimo no consiste en no pensar, sino en no ocuparse de cosas trabajosas, y en entregarse a otras más llanas y ligeras. El sabio que interrumpe sus estudios profundos saliendo a solazarse un rato con la amenidad de la campiña, no se fatiga, antes se distrae, cuando atiende al estado de las mieses, a las faenas de los labradores, al murmullo de los arroyos, o al canto de las aves.

Tan lejos estoy de considerar la atención como abstracción severa y continuada, que muy al contrario cuento en el número de los distraídos, no solo a los atolondrados sino también a los ensimismados. Aquellos se derraman por la parte de afuera, estos divagan por las tenebrosas regiones de adentro; unos y otros carecen de la conveniente atención, que es la que se emplea en aquello de que se trata.

El hombre atento posee la ventaja de ser más urbano y cortes; porque el amor propio de los demás se siente lastimado, si notan que no atendemos a lo que ellos dicen. Es bien notable que la urbanidad o su falta, se apelliden también atención o desatención.

4Las interrupciones.

Además, son pocos los casos, aun en los estudios serios, que requieren atención tan profunda que no pueda interrumpirse sin grave daño. Ciertas personas se quejan amargamente si una visita a deshora, o un ruido inesperado, les cortan, como suele decirse, el hilo del discurso: esas cabezas se parecen a los daguerrotipos, en los cuales el menor movimiento del objeto, o la interposición de otro extraño, bastan para echar a perder el retrato o paisaje. En algunas será tal vez un defecto natural, en otras una afectación vanidosa por hacerse del pensador, y en no pocas falta de hábito de concentrarse. Como quiera, es preciso acostumbrarse a tener la atención fuerte y flexible a un mismo tiempo, y procurar que la formación de nuestros conceptos no se asemeje a la de los cuadros daguerrotipados, sino de los comunes; si el pintor es interrumpido, suspende sus tareas; y al volver a proseguirlas no encuentra malbaratada su obra; si un cuerpo le hace importuna sombra, en removiéndole, lo deja todo remediado.

CAPÍTULO IIIELECCIÓN DE CARRERA

1Vago significado de la palabra Talento.

Cada cual ha de dedicarse a la profesión para la que se siente con más aptitud. Juzgo de mucha importancia esta regla; y abrigo la profunda convicción de que a su olvido se debe el que no hayan adelantado mucho más las ciencias y las artes. La palabra talento expresa para algunos, una capacidad absoluta; creyendo equivocadamente que quien está dotado de felices disposiciones para una cosa lo estará igualmente para todas. Nada más falso; un hombre puede ser sobresaliente, extraordinario, de una capacidad monstruosa para un ramo, y ser muy mediano y hasta negado con respecto a otros. Napoleón y Descartes son dos genios; y sin embargo en nada se parecen. El genio de la guerra no hubiera comprendido al genio de la filosofía; y si hubiesen conversado un rato, es probable que ambos habrían quedado poco satisfechos, Napoleón no le habría exceptuado entre los que con aire desdeñoso apellidaba ideólogos.

Podría escribirse una obra de los talentos comparados, manifestando las profundas diferencias que median aun entre los más extraordinarios. Pero la experiencia de cada día nos manifiesta esta verdad de una manera palpable. Hombres oímos que discurren y obran sobre una materia con acierto admirable; al paso que en otra se muestran muy vulgares, y hasta torpes y desatentados. Pocos serán los que alcancen una capacidad igual para todo; y tal vez pudiérase afirmar que nadie; pues la observación enseña que hay disposiciones que se embarazan, y se dañan recíprocamente. Quien tiene el talento generalizador no es fácil que posea el de la exactitud minuciosa; el poeta que vive de inspiraciones bellas y sublimes, no se avendrá sin trabajo con la acompasada regularidad de los estudios geométricos.

2Instinto que nos indica la carrera que mejor se nos adapta

El Criador, que distribuye a los hombres las facultades en diferentes grados, les comunica un instinto precioso que les muestra su destino: la inclinación muy duradera y constante hacia una ocupación, es indicio bastante seguro de que nacimos con aptitud para ella; así como el desvío y repugnancia que no puede superarse con facilidad, es señal de que el Autor de la naturaleza no nos ha dotado de felices disposiciones para aquello que nos desagrada. Los alimentos que nos convienen se adaptan bien a un paladar y olfato, no viciados por malos hábitos o alterados por enfermedad; y el sabor y olor ingratos nos advierten cuáles son los manjares y bebidas que, por su corrupción u otras calidades, podrían dañarnos. Dios no ha tenido menos cuidado del alma que del cuerpo.

Los padres, los maestros, los directores de los establecimientos de educación y enseñanza, deben fijar mucho la atención en este punto, para precaver la pérdida de un talento, que bien empleado, podría dar los más preciosos frutos, y evitar que no se le haga consumir en una tarea para la cual no ha nacido.

El mismo interesado ha de ocuparse también en este examen; el niño de doce años tiene, por lo común, reflexión bastante para notar a qué se siente inclinado, qué es lo que le cuesta menos trabajo, cuáles son los estudios en que adelanta con más facilidad, cuáles las faenas en que experimenta más ingenio y destreza.

3Experimento para discernir el talento peculiar de cada niño

Sería muy conveniente que se ofreciesen a la vista de los niños objetos muy variados, conduciéndolos a visitar establecimientos donde la disposición particular de cada uno pudiese ser excitada con la presencia de lo que mejor se le adapta. Entonces, dejándolos abandonados a sus instintos, un observador inteligente formaría, desde luego, diferentes clasificaciones. Exponed la máquina de un reloj a la vista de una reunión de niños de diez a doce años, y es bien seguro que, si entre ellos hay alguno de genio mecánico muy aventajado, se dará a conocer desde luego por la curiosidad de examinar, por la discreción de las preguntas, y la facilidad en comprender la construcción que está contemplando. Leedles un trozo poético, y si hay entre ellos algún Garcilaso, Lope de Vega, Ercilla, Calderón o Meléndez, veréis chispear sus ojos, conoceréis que su corazón late, que su mente se agita, que su fantasía se inflama bajo una impresión que él mismo no comprende.

Cuidado con trocar los papeles: de dos niños extraordinarios es muy posible que forméis dos hombres muy comunes. La golondrina y el águila se distinguen por la fuerza y ligereza de sus alas; y sin embargo jamás el águila pudiera volar a la manera de la golondrina, ni esta imitar a la reina de las aves.

El tentate diu quid ferre recusent, quid valeant humeri, (intentar durante mucho tiempo lo que se niegan a soportar, lo que sus hombros son capaces de hacer), que Horacio inculca a los escritores, puede igualmente aplicarse a cuantos tratan de escoger una profesión cualquiera.

CAPÍTULO IVCUESTIONES DE POSIBILIDAD.

1Una clasificación de los actos de nuestro entendimiento, y de las cuestiones que se le pueden ofrecer

Para mayor claridad, dividiré los actos de nuestro entendimiento en dos clases: especulativos y prácticos. Llamo especulativos los que se limitan a conocer; y prácticos los que nos dirigen para obrar.

Cuando tratamos simplemente de conocer alguna cosa, se nos pueden ofrecer las cuestiones siguientes: 1ª: Si es posible o no; 2ª: Si existe o no; 3ª: Cuál es su naturaleza, cuáles sus propiedades y relaciones. Las reglas que se den para resolver con acierto dichas tres cuestiones, comprenden todo lo tocante a la especulativa.

Si nos proponemos obrar, es claro que intentamos siempre conseguir algún fin; de lo cual nacen las cuestiones siguientes: 1ª: Cuál es el fin; 2ª: Cuál es el mejor medio para alcanzarle.

Ruego encarecidamente al lector que fije la atención sobre las divisiones que preceden, y procure retenerlas en la memoria; pues además de facilitarle la inteligencia de lo que voy a decir, le servirán muchísimo para proceder con método en todos sus pensamientos.

2Ideas de posibilidad E imposibilidad. Sus clasificaciones

Posibilidad. La idea expresada por esta palabra es correlativa de la de imposibilidad, pues que la una envuelve necesariamente la negación de la otra.

Las palabras posibilidad e imposibilidad, expresan ideas muy diferentes, según se refieren a las cosas en sí, o a la potencia de una causa que las pueda producir. Sin embargo, estas ideas tienen relaciones muy íntimas, como veremos luego. Cuando se consideran la posibilidad o imposibilidad, solo con respecto a un ser, prescindiendo de toda causa, se las llama intrínsecas; y cuando se atiende a una causa, se las denomina extrínsecas. A pesar de la aparente sencillez y claridad de esta división, observaré que no es dable formar concepto cabal de lo que significa, hasta haber descendido a las diferentes clasificaciones que expondré en los párrafos siguientes.

A primera vista se podrá extrañar que se explique primero la imposibilidad que la posibilidad; pero reflexionando un poco, se nota que este método es muy lógico. La palabra imposibilidad, aunque suena como negativa, expresa no obstante muchas veces una idea que a nuestro entendimiento se le presenta como positiva: esto es, la repugnancia entre los objetos, una especie de exclusión, de oposición, de lucha, por decirlo así: por manera que en desapareciendo esta repugnancia, concebimos ya la posibilidad. De aquí nacen las expresiones de «esto es muy posible, pues nada se opone a ello;» «es posible, pues no se ve ninguna repugnancia.» Como quiera, en sabiendo lo que es imposibilidad, se sabe lo que es la posibilidad, y viceversa.

Algunos distinguen tres clases de imposibilidad: metafísica, física y moral. Yo adoptaré esta división, pero añadiendo un miembro, que será la imposibilidad de sentido común. En su lugar se verá la razón en que me fundo. También advertiré, que tal vez sería mejor llamar imposibilidad absoluta a la metafísica; natural a la física; y ordinaria a la moral.

3En qué consiste la imposibilidad metafísica o absoluta

La imposibilidad metafísica o absoluta, es la que se funda en la misma esencia de las cosas, o, en otros términos, es absolutamente imposible aquello que, si existiese, traería el absurdo de que una cosa sería y no sería a un mismo tiempo. Un círculo triangular es un imposible absoluto, porque fuera círculo y no círculo, triángulo y no triángulo. Cinco igual a siete, es imposible absoluto, porque el cinco sería cinco y no cinco, y el siete sería siete y no siete. Un vicio virtuoso es un imposible absoluto, porque el vicio fuera y no fuera vicio a un mismo tiempo.

4La imposibilidad absoluta y la omnipotencia divina

Lo que es absolutamente imposible no puede existir en ninguna suposición imaginable; pues, ni aun cuando decimos que Dios es todopoderoso, entendemos que pueda hacer absurdos. Que el mundo exista y no exista a un mismo tiempo, que Dios sea y no sea, que la blasfemia sea un acto laudable, y otros delirios por este tenor, es claro que no caen bajo la acción de la omnipotencia; y, como observa muy sabiamente santo Tomas, más bien debiera decirse que estas cosas no pueden ser hechas, que no, que Dios no puede hacerlas. De esto se sigue que la imposibilidad intrínseca absoluta, trae consigo la imposibilidad extrínseca también absoluta: esto es, que ninguna causa puede producir lo que de suyo es imposible absolutamente.

5La imposibilidad absoluta, y los dogmas

Para afirmar que una cosa es absolutamente imposible es preciso que tengamos ideas muy claras de los extremos que se repugnan; de otra manera hay riesgo de apellidar absurdo lo que en realidad no lo es. Hago esta advertencia para hacer notar la sinrazón de los que condenan algunos misterios de nuestra fe, declarándolos absolutamente imposibles. El dogma de la Trinidad y el de la Encarnación son ciertamente incomprensibles al débil hombre; pero no son absurdos. ¿Cómo es posible un Dios trino, una naturaleza y tres personas distintas entre sí, idénticas con la naturaleza? Yo no lo sé; pero no tengo derecho a inferir que esto sea contradictorio. ¿Comprendo por ventura lo que es esta naturaleza, lo que son esas personas de que se me habla? No: luego cuando quiero juzgar si lo que de ellas se dice es imposible o no, fallo sobre arcanos desconocidos. ¿Qué sabemos nosotros de los arcanos de la divinidad? El Eterno ha pronunciado algunas palabras misteriosas para ejercitar nuestra obediencia, y humillar nuestro orgullo; pero no ha querido levantar el denso velo que separa esta vida mortal del océano de verdad y de luz.

6Idea de la imposibilidad física o natural

La imposibilidad física o natural, consiste en que un hecho esté fuera de las leyes de la naturaleza. Es naturalmente imposible que una piedra soltada en el aire no caiga al suelo, que el agua abandonada a sí misma no se ponga al nivel, que un cuerpo sumergido en un fluido de menor gravedad no se hunda, que los astros se paren en su carrera; porque las leyes de la naturaleza prescriben lo contrario. Dios, que ha establecido estas leyes, puede suspenderlas; el hombre no. Lo que es naturalmente imposible, lo es para la criatura, no para Dios.

7Modo de juzgar de la imposibilidad natural.

¿Cuándo podremos afirmar que un hecho es imposible naturalmente? En estando seguros de que existe una ley que se opone a la realización de este hecho, y que dicha oposición no está destruida o neutralizada por otra ley natural. Es ley de la naturaleza que el cuerpo del hombre, como más pesado que el aire, caiga al suelo en faltándole el apoyo; pero hay otra ley por la cual un conjunto de cuerpos unidos entre sí, que sea específicamente menos grave que aquel en que se sumerge, se sostenga y hasta se levante, aun cuando alguno de ellos sea más grave que el fluido; luego unido el cuerpo humano a un globo aerostático dispuesto con el arte conveniente, podrá remontar por los aires, y este fenómeno estará muy arreglado a las leyes de la naturaleza. La pequeñez de ciertos insectos no permite que su imagen se pinte en nuestra retina de una manera sensible; pero las leyes a que está sometida la luz hacen que por medio de un vidrio se pueda modificar la dirección de sus rayos de la manera conveniente, para que salidos de un objeto muy pequeño se hallen desparramados al llegar a la retina, y formen allí una imagen de gran tamaño; y así no será naturalmente imposible que con la ayuda del microscopio, lo imperceptible a la simple vista se nos presente con dimensiones grandes.

Por estas consideraciones es preciso andar con mucho tiento en declarar un fenómeno por imposible naturalmente. Conviene no olvidar: 1.º Que la naturaleza es muy poderosa; 2.º Que nos es muy desconocida: dos verdades que deben inspirarnos gran circunspección cuando se trate de fallar en materias de esta clase. Si a un hombre del siglo XV se le hubiese dicho que en lo venidero se recorrería en una hora la distancia de doce leguas, y esto sin ayuda de caballos ni animales de ninguna especie, habría mirado el hecho como naturalmente imposible; y sin embargo los viajeros que andan por los caminos de hierro, saben muy bien que van llevados con aquella velocidad por medio de agentes puramente naturales. ¿Quién sabe lo que se descubrirá en los tiempos futuros, y el aspecto que presentará el mundo de aquí a diez siglos? Seamos en hora buena cautos en creer la existencia de fenómenos extraños, y no nos abandonemos con demasiada ligereza a sueños de oro; pero guardémonos de calificar de naturalmente imposible lo que un descubrimiento pudiera mostrar muy realizable; no demos livianamente fe a exageradas esperanzas de cambios inconcebibles; pero no las tachemos de delirios y absurdos.

8Se deshace una dificultad sobre los milagros de Jesucristo.

De estas observaciones surge al parecer una dificultad, que no han olvidado los incrédulos. Hela aquí: los milagros son tal vez efectos de causas que, por ser desconocidas, no dejarán de ser naturales; luego no prueban la intervención divina; y por tanto de nada sirven para apoyar la verdad de la religión cristiana. Este argumento es tan especioso como fútil.

Un hombre de humilde nacimiento que no ha aprendido las letras en ninguna escuela, que vive confundido entre el pueblo, que carece de todos los medios humanos, que no tiene dónde reclinar su cabeza, se presenta en público enseñando una doctrina tan nueva como sublime. Se le piden los títulos de su misión, y él los ofrece muy sencillos. Habla, y los ciegos ven, los sordos oyen, la lengua de los mudos se desata, los paralíticos andan, las enfermedades más rebeldes desaparecen de repente, los que acaban de expirar vuelven a la vida, los que son llevados al sepulcro se levantan del ataúd, los que enterrados de algunos días despiden ya mal olor, se alzan envueltos en su mortaja, y salen de la tumba, obedientes a la voz que les ha mandado salir a fuera. Este es el conjunto histórico. El más obstinado naturalista ¿se empeñará en descubrir aquí la acción de leyes naturales ocultas? ¿Calificará de imprudentes a los cristianos por haber pensado que semejantes prodigios no pudieran hacerse sin intervención divina? ¿Creéis que con el tiempo haya de descubrirse un secreto para resucitar a los muertos, y no como quiera, sino haciéndolos levantar a la simple voz de un hombre que los llame? La operación de las cataratas ¿tiene algo que ver con el restituir de golpe la vista a un ciego de nacimiento? Los procedimientos para volver la acción a un miembro paralizado ¿se asemejan por ventura a este otro: «levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa?» Las teorías hidrostáticas e hidráulicas ¿llegarán nunca a encontrar en la mera palabra de un hombre, la fuerza bastante para sosegar de repente el mar alborotado, y hacer que las olas se tiendan mansas bajo sus pies, y que camine sobre ellas, como un monarca sobre plateadas alfombras?

¿Y qué diremos si a tan imponente testimonio se reúnen las profecías cumplidas, la santidad de una vida sin tacha, la elevación de su doctrina, la pureza de la moral, y por fin el heroico sacrificio de morir entre tormentos y afrentas, sosteniendo y publicando la misma enseñanza, con la serenidad en la frente, la dulzura en los labios, articulando entre los últimos suspiros amor y perdón?

No se nos hable pues de leyes ocultas, de imposibilidades aparentes; no se oponga a tan convincente evidencia un necio «¿quién sabe? .....» Esta dificultad que sería razonable, si se tratara de un suceso aislado, envuelto en alguna oscuridad, sujeto a mil combinaciones diferentes, cuando se la objeta contra el cristianismo es no solo infundada, sino hasta contraria al sentido común.

9La imposibilidad moral u ordinaria.

La imposibilidad moral u ordinaria, es la oposición al curso regular u ordinario de los sucesos. Esta palabra es susceptible de muchas significaciones, pues que la idea de curso ordinario es tan elástica, es aplicable a tan diferentes objetos, que poco puede decirse en general que sea provechoso en la práctica. Esta imposibilidad nada tiene que ver con la absoluta ni la natural; las cosas moralmente imposibles no dejan por eso de ser muy posibles absoluta y naturalmente.

Daremos una idea muy clara y sencilla de la imposibilidad ordinaria, si decimos que es imposible de esta manera todo aquello que, atendido el curso regular de las cosas, acontece o muy rara vez o nunca. Veo a un elevado personaje, cuyo nombre y títulos todos pronuncian, y a quien se tributan los respetos debidos a su clase. Es moralmente imposible que el nombre sea supuesto, y el personaje un impostor. Ordinariamente no sucede así: pero también se ha sufrido este chasco una que otra vez.

Vemos a cada paso que la imposibilidad moral desaparece con el auxilio de una causa extraordinaria o imprevista, que tuerce el curso de los acontecimientos. Un capitán que acaudilla un puñado de soldados, viene de lejanas tierras, aborda a playas desconocidas, y se encuentra con un inmenso continente poblado de millones de habitantes. Pega fuego a sus naves, y dice marchemos. ¿Adónde va? A conquistar vastos reinos con algunos centenares de hombres. Esto es imposible; el aventurero ¿está demente? Dejadle, que su demencia es la demencia del heroísmo y del genio; la imposibilidad se convertirá en suceso histórico. Apellidase Hernán Cortés; es español que acaudilla españoles.

10Imposibilidad de sentido común impropiamente contenida en la imposibilidad moral.

La imposibilidad moral tiene a veces un sentido muy diferente del expuesto hasta aquí. Hay imposibles de los cuales no puede decirse que lo sean con imposibilidad absoluta ni natural; y no obstante vivimos con tal certeza de que lo imposible no se realizará, que no nos la infunde mayor la natural, y poco le falta para producirnos el mismo efecto que la absoluta. Un hombre tiene en la mano un cajón de caracteres de imprenta, que supondremos de forma cúbica, para que sea igual la probabilidad de caer y sostenerse por una cualquiera de sus caras; los revuelve repetidas veces sin orden ni concierto, sin mirar siquiera lo que hace, y al fin los deja caer al suelo; ¿será posible que resulten por casualidad ordenados de tal manera que formen el episodio de Dido? No, responde instantáneamente cualquiera que esté en su sano juicio; esperar este accidente sería un delirio; tan seguros estamos de que no se realizará, que, si se pusiese nuestra vida pendiente de semejante casualidad, diciéndonos que si esto se verifica se nos matará, continuaríamos tan tranquilos como si no existiese la condición.

Es de notar que aquí no hay imposibilidad metafísica o absoluta, porque no hay en la naturaleza de los caracteres una repugnancia esencial a colocarse de dicha manera; pues que un cajista en breve rato los dispondría así muy fácilmente; tampoco hay imposibilidad natural, porque ninguna ley de la naturaleza obsta a que caigan por esta o aquella cara, ni el uno al lado del otro del modo conveniente al efecto; hay pues una imposibilidad de otro orden, que nada tiene de común con las otras dos, y que tampoco se parece a la que se llama moral, por solo estar fuera del curso regular de los acontecimientos.

La teoría de las probabilidades, auxiliada por la de las combinaciones, pone de manifiesto esta imposibilidad, calculando, por decirlo así, la inmensa distancia en que este fenómeno se halla con respecto a la existencia. El Autor de la naturaleza no ha querido que una convicción que nos es muy importante, dependiese del raciocinio, y por consiguiente careciesen de ella muchos hombres; así es que nos la ha dado a todos a manera de instinto, como lo ha hecho con otras que nos son igualmente necesarias. En vano os empeñáis en combatirla ni aun en el hombre más rudo; él no sabría tal vez qué responderos, pero movería la cabeza, y diría para sí: «este filósofo que cree en la posibilidad de tales despropósitos, no debe de estar muy sano de juicio.»

Cuando la naturaleza habla en el fondo de nuestra alma con voz tan clara y tono tan decisivo, es necedad el no escucharla. Solo algunos hombres apellidados filósofos se obstinan a veces en este empeño; no recordando que no hay filosofía que excuse la falta de sentido común, y que mal llegará a ser sabio quien comienza por ser insensato.

CAPÍTULO VCUESTIONES DE EXISTENCIA, CONOCIMIENTO ADQUIRIDO POR EL TESTIMONIO INMEDIATO DE LOS SENTIDOS.

1Necesidad del testimonio de los sentidos, y los diferentes modos con que nos proporcionan el conocimiento de las cosas.

Asentados los principios y reglas que deben guiarnos en las cuestiones de posibilidad, pasemos ahora a las de existencia, que ofrecen un campo más vasto, y más útiles y frecuentes aplicaciones.