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Guerra de Malvinas: un argentino, Yo perro garcía y un gurka, Hang Teng, desertan. A diferencia del Juan y John del famoso poema de Borges, no acatan las leyes sin sentido de la Historia. "Seleccionado por el Ministerio de Educación de la Nación".
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Seitenzahl: 91
Veröffentlichungsjahr: 2020
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El desertor
(y otros relatos sobre la guerra de Malvinas)
Marcelo Eckhardt
Ilustraciones:
Ottoyonsonh
Prólogo
Pertenezco a la generación de Malvinas; tenía 17 años cuando irrumpió la guerra en nuestras despreocupadas vidas de adolescentes en un pueblo del sur, Trelew. Hace poco, en un asado con viejos amigos de la secundaria, recordamos qué estábamos haciendo aquel 2 de abril de 1982. Yo solo me recuerdo en la Plaza Independencia, a la mañana (supongo que nos habían dejado sin clase), mirando cómo un compañero (Osvaldo) agitaba una bandera argentina. Pensándolo bien, ¿de dónde había sacado Osvaldo una bandera argentina para agitarla en un costado de la plaza, aquel 2 de abril, nublado, frío? No lo sé. El siguiente recuerdo que tengo sobre Malvinas es en la puerta de mi casa y ver bajar de la loma, un tanque. Y la sensación imborrable de miedo y de excitación durante los simulacros de bombardeo que se realizaban en el pueblo; los conos de luz de las nerviosas linternas en las manos de los delegados por cuadra (vecinos patriotas), mientras el cielo helado de estrellas parecía caerse sobre el pueblo mimetizado con el negro turbio de la meseta.
Se tapaban todos los resquicios de luz con mantas, con cartones. Nos escondíamos debajo de la mesa, cuando sonaba la escalofriante sirena. Luego, el final de la guerra, en dos escenas: alguien que comenta, seguramente mi hermano Erwin, tres años mayor que yo y que se había anotado como voluntario para ir a Malvinas (siempre quiso ser aviador y era ávido lector de una enciclopedia de fascículos coleccionables sobre la segunda guerra mundial), que José Ortega, había muerto en Malvinas, que no sé quien lo había visto en una pila de soldados muertos, con una bala en la frente. No sé si será cierta esa imagen pero me causó una profunda conmoción saber que José había muerto peleando como un héroe, porque ese relato seguía así: le pegan el balazo en la frente porque él salía fuera de la trinchera para disparar contra los ingleses. Jugábamos con José y su hermano en la esquina de la avenida Yrigoyen, enfrente del supermercado Ayuso. Era la época de los pantalones chupines (ahora, nuevamente de moda), los collares de mostacillas, de los primeros discos de rock nacional (liberado no sin ironía por la guerra, pues antes de la guerra no se lo escuchaba en las radios); era la época del pachuli y de las primeras novias. Me costaba relacionar esos momentos vitales con la crónica de su muerte. Después de la guerra, me recuerdo en una sala del hospital, recibiendo instrucciones para cuando vinieran los heridos de la guerra desde Madryn, donde los ingleses los dejarían. La imagen de las puertas abriéndose por la irrupción de la camilla y la cara dolorida del soldado (podría haber sido mi hermano, mi amigo, yo mismo si la guerra continuaba unos meses más). Nosotros clasificábamos, creo, a los heridos. Uno con una bola fecal grande como una pelota de fútbol, de la misma dimensión que la usada en el mundial de fútbol en España; el otro, amputado o con esquirlas en el cuero cabelludo.
Después, el silencio histórico.
Hacia 1992, escribí el primer texto sobre Malvinas, El desertor; de un tirón, en unos cuantos días. Se entenderá, por mi historia personal, luego de 10 años, por qué escribía sobre la deserción. En 1982, era casi imposible, por lo menos para la mayoría de los conscriptos, la idea de desertar. Si se nos ordenaba ir a la guerra, había que ir a pelear y a morir por la denominada patria. Con la democracia, supimos que esa patria estaba liderada por algunos impresentables que lo único que hacían era mancharla de humillación y de cobardía, que no tenían ellos nada que ver con el ideal de la patria de los mayores. “Si esto es la patria, yo soy extranjero”, cantaba Charly García en 1974, contando su experiencia como colimba (corra, limpie, barra), conscripto del ejército argentino. De donde mi intención reparadora a través de la ficción; imaginar un soldado que pueda salvarse, huyendo de la sinrazón de esa guerra extraña a su propia vida. Yo perro García y Hang Teng (una marca por ese entonces muy conocida por su logo: dos plantas de pie hacia arriba), sencillamente, se van de la guerra y tratan de hacer una vida mejor. La realidad, sabemos, fue otra.
Por esos años, luego de la publicación de El desertor, por Editorial Quipu, en 1993, yo trabajaba en la distribuidora de libros Easo y, mostrador por medio, tuve que atender a un librero que era, también, un ex-oficial del ejército que había estado en la guerra; allí, me contó la historia de un desertor real (algo difícil no solo por la conciencia histórica de los soldados si no también porque la guerra se hizo en una isla, un lugar muy complicado para desertar). Ocurrió en los últimos días de la guerra y en la isla Gran Malvina, de menor actividad bélica. Una de las tantas trincheras argentinas, amaneció con una novedad: un casco y un fusil abandonados, quizás inservibles, de uno de los soldados. No se lo encontraba por ningún lado. Ese mismo día o al siguiente, el regimiento debía rendirse. El soldado fue ubicado en el puesto de uno de los campos de los kelpers; allí se había refugiado y se había alimentado con algo de chocolate y bebida espirituosa por el frío, y fue entregado a los ingleses. Quizás se salvó de un seguro fusilamiento por traidor a la patria porque se había terminado la guerra y quedó del lado contrario, preso. A este oficial le cuentan esa historia durante su travesía en el barco inglés, como prisionero de guerra. Seguramente, hay más historias reales de desertores.
Finalmente, grabé los tres testimonios de veteranos; para mi sorpresa, resultan equidistantes con la ficción sobre Malvinas. Cualquiera de esos relatos puede insertarse en algunas narraciones sobre la guerra. Realidad y ficción estaban más cerca de lo que se pensaba.
El poema de Borges sobre Malvinas, una y otra vez daba vueltas en mi cabeza, porque en el sur, en Chubut, hay una colonia galesa desde el año 1865 y la historia de ese Juan López y de ese John Ward, podría haber sido más cercana aún: la de dos soldados de ascendencia galesa, uno peleando por Argentina y otro por Inglaterra, y, además, con el mismo nombre y quién sabe si no hubiesen sido familiares. Ese soldado y su doble o él mismo es David Williams (un nombre muy especial también para la literatura patagónica galesa porque uno de los viajeros colonos se llamaba así y fue el que se perdió el primer día de desembarco en las mesetas laberínticas de la zona para ser hallado su cadáver dos años después, en las inmediaciones del valle del río Chubut, lugar donde se asentó aquella colonia).
La balada del soldado solo es un relato sobre el testimonio del ex- combatiente Milton Rhys, también de ascendencia galesa. Fui varias veces a su casa a hablar con él, a escuchar su historia. Supe de su experiencia en Malvinas por un reportaje que le realiza Carlos Baulde en el diario Jornada. Milton fue uno de los traductores de Menéndez, el gobernador de las islas durante la guerra. Su historia es increíble y salvo por unas omisiones, desplazamientos y efectos, es real. Desde la primera entrevista, tardé más de un mes en volver a la casa de Milton; no encontraba el modo de narrar su historia. De repente, supe cómo hacerlo y volví a hablar con él cuatro veces más. De Trelew a Comodoro; de allí a Malvinas, de Malvinas a Puerto Madryn y de Madryn a Trelew. Los cuatro tramos de la historia, mate con yerba orgánica de por medio. Balada, porque Milton es cantante. Y solo, porque fue un soldado solo, sin regimiento, sin grupo, sin compañía.
Relatos en pleno desplazamiento, sin centro posible, aún en movimiento, para que no sean ganados por la desidia, o por la vanidad de ningún narrador; la historia de Yo perro García, en este sentido, es un esfuerzo porque la ficción repare ciertos silencios de la historia. Luego, me pareció justo que la ficción acompañe a las voces de los ex-combatientes, y que ayude a proponer otros nuevos relatos.
M.E. Trelew, mayo de 2009
El desertor
Está lloviendo hierro y plomo. ¡Eh, sires
soldados rusos, tengan cuidado! ¡No disparen en esta dirección, que hay gente!
Alfred Jarry, Ubú Rey.
Nunca me había sentido tan inútil como entre esas balas y la luz del sol. Una tomadura de pelo
inmensa. Universal.
Céline, Viaje al fin de la noche.
Capítulo 1
1992. Frío, tibio, caliente.
A veces creo que mi historia, esta historia que hoy vos vas a escuchar y a leer por una módica suma y a precio de fábrica, es como ese lapso mudo del zapping dominguero: ves las imágenes y tu dedo pulsa rápido y ahoga el sonido televisivo. Tus reflejos al tono, al ritmo del videogame o de una pantalla láser de la máquina de la ultraguerra. Yo soy el silencio radial, la pura redundancia, el ruido de la nada en la cinta sobre la guerra de Malvinas que una revista de actualidad obsequia a sus dignos lectores “con motivo del décimo aniversario del conflicto bélico que mantuvieron Argentina e Inglaterra”.
Escribo ahora, en 1992, porque también es el aniversario de los desertores de Malvinas –¿los hubo?–. Yo soy uno de ellos. El recuerdo, el homenaje por TV, se realiza a través de las imágenes de los corresponsales de guerra, en cámara lenta; de las cintas de archivo: bombardeos, filas de soldados derrotados bajo la cortina musical de Pink Floyd (Final cut) y de Pedro y Pablo (Señora violencia) en los programas denominados progresistas y transgresores. En mi caso, la birome choca contra el papel amarillo y afuera, la avenida le da sentido a un barrio del conurbano bonaerense, cerca de Campo de Mayo. Y no doy más datos porque no deseo que jueguen al juego del “frío, tibio, caliente” con mi pellejo, hoy tan devaluado, hoy tan vapuleado por mi propio derrotero, por mi propia miseria.
