4,99 €
Es la historia de un pequeño niño que en el patio de su colegio ha perdido su diente de leche. Al ver su llanto desconsolado, la vicerrectora toma una determinación llena de esperanza y amor. Es la historia de un pequeño niño que en el patio de su colegio ha perdido su diente de leche. Al ver su llanto desconsolado, la vicerrectora toma una determinación llena de esperanza y amor.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2017
Mónica M. Morales
Ilustraciones
Antonia Meyer Torralbo
Prólogo
Leí en las redes sociales un certificado escrito y dirigido al señor Ratón Pérez, elaborado por una educadora, como una forma de solucionar un problema y llenar de esperanza a un pequeño niño muy apenado llamado Ignacio.
Esto sucedió en la ciudad de Rosario, Argentina.
Ignacio y Betty fueron la inspiración para escribir este cuento que, sin lugar a dudas, servirá para que los niños asuman la responsabilidad de cuidarse los dientes; por consiguiente, se transformará con el tiempo en un buen hábito.
Este cuento nos invita a las educadoras a no olvidar la esencia de nuestra bella profesión y a sumergirnos con ganas en el mundo infantil, a llegar a ellos con nuestra creatividad e imaginación, requisitos de sobra que todas las profesoras poseemos.
Ignacio se levantó temprano para ir al colegio. Lo primero que hizo esa mañana fue ir al baño a mirarse al espejo, ahí estaban sus dientes blancos, él los había cuidado cepillándose todos los días. Aún estaba ahí el diente flojo, muy pronto se caería y se vería como sus hermanos mayores.
—¡Una vieja sin dientes! —se burlaba su abuelita.
—Comerás muchos choclos —recomendó su abuelo en forma pícara.
En el momento de cepillarse los dientes después de tomar su leche y comer unas sabrosas y fragantes galletas de Quaker, horneadas por su mamá el día anterior, notó su diente más suelto. Se había sentido incómodo en el instante de darle la mordida a la galleta. El diente travieso se le fue hacia atrás y ahí se quedó, flojo, pero Ignacio no quiso preocupar a su madre, bastante trabajo tenía con él y sus cuatro hermanos.
—Lleven sus frutas y jugos —pidió su madre con voz nerviosa.
