Beschreibung

El elegido es una gran novela sobre las bajas pasiones y el arrepentimiento. Thomas Mann se sirve de la figura de Gregorius, el papa Gregorio V, y de la galería de personajes que pulularon a su alrededor para mostrar la podredumbre de la Iglesia de su tiempo, pero sobre todo para explorar el alma humana. Junto a una convincente recreación de la época, lo más atractivo de esta gran novela de Mann son los pensamientos, sentimientos, las dudas y los conflictos personales a los que enfrenta a sus personajes. Resulta atractiva ya que se encuentra el característico halo poético y la profundidad de personajes que caracterizan la obra del gran autor alemán y se halla una impresionante figura histórica presentada con todas sus luces y sombras, y una época reproducida con pasión y fidelidad.

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El elegido es una gran novela sobre las bajas pasiones y el arrepentimiento. Thomas Mann se sirve de la figura de Gregorius, el papa Gregorio V, y de la galería de personajes que pulularon a su alrededor para mostrar la podredumbre de la Iglesia de su tiempo, pero sobre todo para explorar el alma humana. Junto a una convincente recreación de la época, lo más atractivo de esta gran novela de Mann son los pensamientos, sentimientos, las dudas y los conflictos personales a los que enfrenta a sus personajes. Resulta atractiva ya que se encuentra el característico halo poético y la profundidad de personajes que caracterizan la obra del gran autor alemán y se halla una impresionante figura histórica presentada con todas sus luces y sombras, y una época reproducida con pasión y fidelidad.

Thomas Mann

El elegido

Título original: Der Erwählte

Thomas Mann, 1951

¿Quién toca las campanas?

¡Tañido de campanas, torrente de campanas supra urbem, sobre la ciudad entera, en sus aires inundados de sonido! Campanas, campanas, se agitan y balancean, vibran y se mecen tomando impulso en sus vigas, en sus yugos, a cien voces, en confusión babilónica. Pesadas y ágiles, retumbantes y resonantes; sin ritmo ni concierto, hablan todas a la vez y se quitan la palabra unas a otras, se quitan la palabra hasta a sí mismas: golpean los badajos y aún no han dado respiro al excitado metal, cuando de nuevo golpean oscilantes del lado opuesto, sobre su propio martilleo, y así, cuando aún resuena «In te Domine speravi», ya empieza a resonar también «Beati, quorum tecta sunt peccata», en tanto que se entrevera, terso, el sonido de lugares más pequeños, como si el monaguillo estuviera agitando la campanilla de la consagración.

Suenan desde las alturas y desde las profundidades, desde los siete sacrosantos lugares de la peregrinación y desde todos los templos de las siete parroquias a la vera de la doble curva del Tíber. Suenan desde el Aventino, desde los santuarios del Palatino y desde San Juan de Letrán, suenan sobre el sepulcro de aquél en cuyas manos están las llaves, en la colina vaticana, desde Santa María la Mayor, del Foro, de Dominica, de Cosmedin, del Trastevere, desde Aracoeli, San Pablo Extramuros y San Pietro in Vinculis y desde la casa de la Santa Cruz de Jerusalén. Pero desde las capillas de los cementerios, desde los tejados de las capillas de los palacios y de los oratorios de las callejuelas suenan también. ¿Quién pronuncia los nombres y conoce los títulos? Igual que el retumbar cuando el viento o la tempestad agita las cuerdas del arpa de Eolo y todo el mundo sonoro está en vela, unidos lo lejano y lo próximo en vibrante armonía universal: así ocurre, traducido al bronce, en los estallidos del aire, pues todo suena en señal de gran festejo y por la solemne entrada.

¿Quién toca las campanas? No son los campaneros. Han corrido a la calle como todo el mundo al oír el sonido atronador. Convenceos: los campanarios están vacíos. Flojas cuelgan las cuerdas y sin embargo las campanas vibran, los badajos golpean. ¿Habrá que decir que nadie las toca? No, sólo una cabeza agramatical, sin lógica, seria capaz de afirmarlo. «Tocan las campanas», es decir: alguien las toca, por vacíos que estén los campanarios. ¿Quién toca, pues, las campanas de Roma? El espíritu de la narración. ¿Puede éste estar en todas partes, hic et ubique, por ejemplo en la torre de San Jorge de Velabro y arriba, en Santa Sabina, que conserva columnas del terrible templo de Diana? ¿En cien lugares sagrados al mismo tiempo? Por supuesto que puede. Es etéreo, incorpóreo, omnipresente, no está sometido a la diferencia entre el Aquí y el Allí. Él es quien dice: «Todas las campanas tocaron», y por tanto él es quien las toca. Tan espiritual es este espíritu, y tan abstracto, que gramaticalmente sólo puede hablarse de él en tercera persona y únicamente puede decirse: «Él es». Y sin embargo también puede reducirse a persona, concretamente a la primera, y encarnarse en alguien que habla en esa primera persona y dice: «Yo soy. Yo soy el espíritu de la narración, que, sentado en su lugar actual, es decir, la biblioteca del monasterio de Saint Gall, en el país de los alamanes, donde antaño se sentara Notker el Tartamudo, explica esta historia para entretenimiento y edificación extraordinaria, comenzando por su final lleno de gracia y tocando las campanas de Roma, id est: “Comunico que aquel día de la entrada en la ciudad, todas ellas empezaron a tocar por sí solas”».

Pero, para hacer también justicia a la segunda persona gramatical, he aquí la pregunta: ¿quién eres, pues, tú, el que, diciendo Yo, se sienta en el pupitre de Notker y encarna el espíritu de la narración? Soy Clemente el Irlandés, ordinis divi Benedicti, de visita aquí en calidad de huésped fraternalmente acogido y emisario de mi abad Kilian del monasterio de Clonmacnois, mi casa de Irlanda, con el fin de cultivar las antiguas relaciones, mantenidas desde tiempos de Columbano y Galo, entre mi país y este firme bastión de Cristo. He visitado en el transcurso de mi viaje buen número de lugares de piadosa erudición y moradas de las musas, como Fulda, Reichenau y Gandersheim, San Emerando de Ratisbona, Lorsch, Echternach y Corvey. Pero aquí, donde el ojo se recrea en las preciosas miniaturas de oro y plata sobre fondo púrpura, con detalles de bermejo, verde y azul, de los evangeliarios y salterios, donde los hermanos, atentos a su maestro de canto, cantan en el coro las letanías con melodiosidad de la que no conozco igual, donde la refección del cuerpo es excelente, sin olvidar el encantador vinillo que la acompaña, y donde, después de las comidas, tan saludablemente se pasea por el claustro del monasterio alrededor de la fuente termal, aquí he hecho alto por algo más de tiempo, ocupando una de las celdas siempre dispuestas para los huéspedes, en la cual el reverendísimo abad, cuyo nombre es Gozbert, ha tenido la atención de colocarme una cruz irlandesa sobre la que pueden verse representados un cordero rodeado de serpientes, el Arbor Vitae, una cabeza de dragón con una cruz en las fauces y la Ecclesia recogiendo en un cáliz la sangre de Cristo, al tiempo que el diablo se acerca a ésta para intentar pillar un sorbo y un bocado. La pieza atestigua la temprana excelencia de nuestros oficios artísticos irlandeses.

Tengo mucho apego a mi tierra, la isla de San Patricio, con sus muchas ensenadas, sus dehesas, sus setos y sus pantanos. Allí soplan aires húmedos y suaves y suave es también el ambiente que se respira en nuestro monasterio de Clonmacnois, quiero decir, dedicado a un saber sujeto a un mesurado ascetismo Al igual que nuestro abad Kilian, soy de la fundada opinión de que la religión de Jesús y el cultivo de los estudios antiguos deben ir de la mano en la lucha contra la rudeza, de que la ignorancia que ignora del todo lo uno es la misma que la que ignora lo otro y de que, allí donde aquélla echó sus raíces, siempre se extendió también ésta. El nivel de formación de nuestra comunidad es efectivamente muy notable y, según mi experiencia, incluso superior al del clero romano, a menudo demasiado ajeno a la sabiduría de los antiguos y cuyos miembros escriben en ocasiones un latín verdaderamente lamentable —si bien no tan malo como el de los monjes alemanes, uno de los cuales, por cierto que agustino, me escribió hace poco: «Habeo tibi aliqua secreta dicere. Robustissimus in corpore sum et saepe propterea, temptationibus Diaboli succumbo»—. Es difícil soportar cosas tales, tanto por el estilo como por lo demás, y desde luego que de una pluma romana nunca podría fluir nada tan rústico. Pero sería un error creer que quiero faltar a mi lealtad hacia Roma y su supremacía, de la que, antes bien, me confieso fiel adepto. Nosotros, los monjes irlandeses, siempre hemos mantenido la independencia de nuestra actuación; en muchos lugares del continente hemos sido los primeros en predicar la doctrina cristiana, y nos hemos hecho acreedores de méritos extraordinarios erigiendo en todas partes, en Borgoña y Frisia, en Turingia y Alemania, monasterios que son bastiones de fe y de misión. Ello no ha sido obstáculo para que hayamos reconocido desde siempre al obispo de Letrán como cabeza de la Iglesia cristiana y hayamos visto en él a un ser de naturaleza casi divina; más sagrados que San Pedro hemos podido considerar a lo sumo los lugares de la resurrección divina. Sin faltar a la verdad, puede decirse que las Iglesias de Jerusalén, Éfeso y Antioquía son más antiguas que la romana y que, si Pedro —junto a cuyo firme nombre desagrada recordar ciertos cantos del gallo— instituyó el obispado de Roma (él fue quien lo instituyó), irrebatiblemente puede también afirmarse lo mismo de la comunidad de Antioquía. Pero estas cosas no pueden ser más que simples observaciones al margen de la verdad: que, primero, nuestro Señor y Redentor, como puede leerse en Mateo, aunque sólo en él, designó a Pedro su feudatario en este mundo, y éste después transmitió la vicaría al obispo romano y le confirió la primacía sobre todos los episcopados del mundo. En decretales y protocolos de los tiempos primitivos podemos incluso leer el discurso que pronunció el propio apóstol el día de la ordenación de su primer sucesor, el papa Lino, algo que yo considero una auténtica prueba para nuestra fe y un desafío para el espíritu, que debe así manifestar su fortaleza y mostrar lo que es capaz de creer.

Desde mi mucho más humilde naturaleza de encarnación del espíritu de la narración tengo gran interés en que, conmigo, se tenga la exaltación a la silla gestatoria por la más alta y gloriosa de las elecciones. Y es ya por mi parte un claro signo de lealtad a Roma el llevar el nombre de Clemente. Originariamente me llamo Morhold. Nunca amé sin embargo este nombre, porque me parecía agreste y pagano, y al tomar el hábito me revestí con el del tercer sucesor de Pedro, de tal manera que bajo la túnica ceñida y el escapulario ya no anda el vulgar Morhold sino un refinado Clemente, y se ha cumplido lo que con tan feliz expresión San Pablo ad Ephesios llamara «vestirse del hombre nuevo». Sí, lo que ciñe el cíngulo no es ya el cuerpo carnal que corría con el jubón de aquel Morhold, es un cuerpo espiritual —no tan cuerpo, pues, que mi expresión de más arriba (que en mí se «encarna» algo, esto es, el espíritu de la narración) fuera perfectamente admisible—. No me gusta especialmente esa palabra, «encarnación», porque deriva de la carné, del cuerpo del que me he desprendido junto con el nombre de Morhold y que es del pleno dominio de Satán, que le ha capacitado y predispuesto para atrocidades tales que cuesta entender que no se niegue a ellas. Por otro lado, ese cuerpo es el sostén del alma y de la razón divina, sin el cual éstas carecerían de base, y por ello hay que decir del cuerpo que es un mal necesario. Tal es el reconocimiento que le corresponde, no merece otro más elogioso en su menguada y lasciva naturaleza. ¡Y cómo podría uno, al disponerse a contar o a volver a contar (porque la historia ya ha sido narrada, incluso varias veces, si bien con insuficiencias), una historia que desborda de atrocidades del cuerpo y da espantoso testimonio de todo aquello a lo que el cuerpo mismo se abandona sin vacilación ni reserva, cómo, pues, podría uno inclinarse a hacer alarde de ser una encarnación!

No, cuando el espíritu de la narración se contrajo a mi monacal persona, cuyo nombre es Clemente el Irlandés, conservó en buena parte esa índole abstracta que le capacita para tocar al mismo tiempo todas las campanas de las basílicas titulares de la ciudad, y a ese respecto voy a mencionar acto seguido dos rasgos. En primer lugar, aunque posiblemente al lector de este manuscrito le haya pasado desapercibido, merece mencionarse que, si bien le he proporcionado la indicación del lugar donde me encuentro, esto es, en Saint Gall, sentado en el pupitre de Notker, no he dicho empero en qué hora, en qué año y siglo después del nacimiento de nuestro Redentor me hallo aquí y lleno el pergamino con mi delicada, culta y ornamental caligrafía. No hay sobre ello indicio alguno, y tampoco lo es el nombre de Gotzbert, nuestro abad. Se repite con demasiada frecuencia a través de los tiempos, y, además, cuando se trata de asirlo, se convierte fácilmente en Fridolino o Hartmut. Si alguien me pregunta, molesto o enojado, por burla o con malicia, si yo mismo sé acaso dónde estoy pero no cuándo escribo, responderé amablemente: no hay absolutamente nada que saber; pues, como encarnación del espíritu de la narración, disfruto de aquella índole abstracta cuyo segundo rasgo indico ahora mismo.

Y es que estoy escribiendo y me dispongo a contar una historia terrible y al tiempo altamente edificante. Pero es del todo incierto en qué lengua escribo, si es latín, francés, alemán o anglosajón, y además es lo mismo, pues, aunque escriba en thiudisc, lo que hablan los alamanes que viven en Helvecia, mañana aparecerá sobre el papel en británico y lo que haya escrito será un libro britano. No afirmo ni por un momento que domino todas las lenguas, pero todas confluyen y se me unen en mi escribir y se vuelven una sola cosa, lengua. Pues eso es lo que ocurre: el espíritu de la narración es un espíritu independiente hasta la abstracción, cuyo medio es la lengua en sí, y como tal es la lengua misma que se erige en absoluta y no se preocupa por los idiomas ni por los dioses de la lengua de los países. Porque eso sería además politeísta y pagano. Dios es espíritu, y por encima de las lenguas está la lengua.

Una cosa es segura, y es que escribo prosa y no versillos, por los que en general no siento admiración. Antes bien, en esto sigo la tradición del emperador Carlos, quien no sólo fue gran legislador y gran juez de los pueblos, sino también protector de la gramática y diligente patrocinador de una prosa mejor y más pura. Es cierto que oigo decir que sólo con el metro y la rima se consigue una forma estricta, pero quisiera saber por qué ir saltando a tres y cuatro pies yámbicos (con lo que por añadidura en cualquier momento pueden producirse toda clase de trompicones dactílicos y anapésticos) y una pizca de graciosa asonancia de las palabras finales, han de tenerse por una forma más estricta que una prosa bien ajustada con sus obligaciones rítmicas tanto más sutiles y recónditas; y si me pusiera a escribir:

Grimaldo era un gran señor,

la alferecía lo mató;

dos retoños el señor dejó,

los dos a cuál más pecador.

o algo similar: por qué había de ser ésa una forma más estricta que la prosa de sólida gramática con la que en seguida referiré mi relato de Gracia, componiéndolo de modo tan ejemplar y auténtico que muchos que aún no han nacido, franceses, anglos y alemanes, habrán de servirse de él y componer sus limitas a partir de él.

Y con esto por delante, comienzo como sigue:

Grimaldo y Baduhenna

Tiempos ha vivió un duque en Flandes y Artois cuyo nombre era Grimaldo. Su espada se llamaba Eckesachs. Su corcel castellano tenía por nombre Guverjorss. De todos los príncipes, ningún otro parecía gozar más del favor de Dios, y su mirada se extendía resoluta por las tierras heredadas de los muertos, con sus enjundiosas ciudades y recias fortalezas; con el rigor que otorga el sentimiento de la propia dignidad, descansaba sobre su mesnada y sus escuderos, además de sus lacayos, cocineros, sollastres, tocadores de trombón, tambores, violinistas y flautistas, y sobre su servidumbre personal formada por doce donceles de ilustre abolengo y dulces costumbres, entre ellos hasta dos hijos de sarraceno, de quienes no permitía que se burlaran, por causa de su ídolo Mahoma, sus compañeros cristianos. Cuando con su esposa Baduhenna, la gran dama, se encaminaba hacia la iglesia o la mesa del festín, estos pajes iban delante de ellos, con medias de colores cogidos de la mano de dos en dos, dando graciosos saltos al colocar sus pies entrecruzados y moviendo la cabeza de un lado a otro.

Su castillo ancestral, Chastel Belrapeire, donde el duque Grimaldo solía reunir a su corte, estaba situado en los montes de Artois, que alimentan ovejas, y desde lejos parecía como hecho en el horno, con sus tejados, plataformas, baluartes y murallas reforzadas con torres; un refugio defensivo como el que ciertamente necesita un príncipe, tanto contra el feroz enemigo de fuera como contra los malos antojos de los propios súbditos; pero, al tiempo, muy acogedor y agradable para los sentidos. El núcleo de la edificación lo constituía un prominente torreón rectangular, con salones interiores de gran suntuosidad, si bien aquel boato de la torre habitada por los duques era alcanzado también en algún que otro pabellón añadido o ala interior dentro del recinto de la muralla, y de la sala del torreón arrancaba por el exterior una empinada escalinata hacia el patio del castillo y el jardín de césped, donde se erguía un tilo de frondosa copa, con buena obra de albañilería en su base. En el banco circular que lo rodeaba gustaba de sentarse en las tardes de estío la pareja ducal, sobre cojines de seda de palio de Halap y Damasco, mientras que alrededor, a sus pies, sobre alfombras extendidas por los pajes en la bien cuidada yerba, se mantenía recogida en apacibles grupos la corte del castillo, y todos escuchaban gran copia de leyendas, reales y apócrifas, que, mientras tañían las cuerdas, narraban los juglares sobre Arturo, señor de todas las Bretañas, sobre Orendel, rey del buen tiempo, y sobre cómo en las postrimerías del otoño sufrió éste amargo naufragio y se convirtió en esclavo del gigante de hielo; contaban las luchas de caballeros cristianos contra pueblos abominablemente bárbaros en países tan remotos como Ethnise, Gylstram o Rankulat; contaban de hombres con cabeza de grulla, con ojos en la frente y pies planos, de pigmeos y gigantes; contaban los extraordinarios peligros de la montaña imán y las artimañas utilizadas contra los grifos para obtener su oro rojo; contaban la controversia dogmática de san Silvestre con un judío ante el emperador Constantino: el judío susurró a un toro al oído el nombre de su dios y el toro cayó muerto al suelo; pero Silvestre invocó a Cristo, y entonces el bóvido se puso de nuevo en pie y proclamó con atronador mugido la superioridad de la verdadera fe.

Todo ello tan sólo a modo de ejemplo. También se decían unos a otros sutiles adivinanzas o se platicaba plácidamente con mucha cortesía e ingenio, llenándose el aire de las alegres risas entremezcladas de caballeros y damas.

Por mi parte, no puedo por menos de reírme ante la idea de que alguno pudiera pensar que en la estancia de arriba ardían por la noche, para alumbrar, humeantes antorchas de paja y chasqueantes astillas de pino. ¡Nada de eso! Colgaban del techo coronas cuantiosamente guarnecidas de centelleantes velas, y candelabros de pared sostenían en la sala hatos de velas de luminosidad diez veces mayor. Había allí dos hogares en los que ardían áloe y madera de sándalo, y cubrían el pavimento grandes alfombras, y, cuando la ocasión lo exigía, y, por poner un ejemplo, los convidados del duque eran el príncipe de Kanvoleis o el rey de Anschouwe —Bien sois venu, beau Sire!—, incluso se esparcían por el suelo ramitas y verdes junquillos y flores. Don Grimaldo y doña Baduhenna se sentaban a la mesa en sillas acolchadas de ahmardi árabe, con su capellán frente a ellos. Los juglares se sentaban al extremo de la mesa, cuando no se ponía para tal villanaje una mesita aparte, y para los señores mesas de cuatro, abatibles, fijadas en la pared, y con mantel blanco, y con cuatro pajes que llevaban bandejas de oro y servilletas de seda multicolores, y servían arrodillados. Digno de una corte era el manjar: garzas y pescado y costillas de cordero y aves y espléndidos bollos. Para acompañar cada manjar había salsa, pimienta y agraz (quiero decir, salsa de frutas), y solícitos y con el rostro muy encarnado (pues también ellos bebían, detrás de las puertas) los pajes llenaban los vasos de vino, y de vino de moras y de sinople y del transparente líquido aromático, es decir, de clarete con el que el señor Grimaldo gustaba de humedecerse a menudo la garganta.

No quiero seguir elogiando la buena vida de Belrapcire, aunque faltaría a la verdad si callara que los arcones reventaban allí de linos y damascos, de telas de seda y terciopelo de singular factura, y de pieles de nutria y de primorosas martas cebellinas, que los estantes y credencias resplandecían con el brillo de la magnífica vajilla de Assagauk, de los cuencos tallados en piedras preciosas y de las copas de oro; que a duras penas cabían en los cajones las provisiones en especias con las que se aromatizaba el aire, se cubrían las alfombras y se espolvoreaban los lechos; hierbas y ramas, ámbar, teriaca, clavo, nuez moscada y cardamomo; que en arcas secretas se guardaba más de una moneda de oro, del Cáucaso, arrancada de las garras de los grifos, además de joyas y fragmentos de piedras prodigiosas: carbunco, ónice, calcedonia, corales y como quiera que se llamen, ágata, sardónice, perlas, malaquita y diamantes, que los almacenes y armerías rebosaban de armas nobles, cotas de mallas, arneses y escudos de Toledo, del país de los españoles, armaduras para caballeros y caballos, gualdrapas, riendas, sillas de montar y bridas, y que las cuadras, los corrales, cercados y jaulas estaban repletos de caballos y perros, de altaneros y gavilanes y de aves con el don de la palabra.

¡Y con esto ya está bien de méritos! Por lo demás, no es poco el que supone disponer convenientemente tanto mérito y mantener la gramática en sus cauces. De la manera más cortesana, como se ve, pasaban sus días don Grimaldo y doña Baduhenna, respetados por toda la cristiandad y copiosamente bendecidos con todos los bienes de la tierra. Así lo dicen las historias y prosiguen diciendo: «Sólo una cosa les faltaba para ser felices». La vida humana transcurre según pautas gastadas, pero que sea vieja y consabida no es más que un decir, pues en realidad es siempre nueva y joven, aunque al narrador no le quede más remedio que aplicarle las viejas palabras. Sólo una cosa faltaba, dice éste, obligado por la necesidad, para que su felicidad fuera completa: los hijos. ¡Cuán a menudo se veía a los esposos arrodillados uno junto al otro, en cojines de terciopelo, con las manos tendidas hacia el cielo para pedir lo que se les negaba! Y, no bastante con esto, también en todas las iglesias de Flandes y Artois se rezaba a Dios por ello todos los domingos desde el púlpito, y a pesar de todo parecía que aquél hubiera rehusado para siempre escuchar sus peticiones, pues ambos tenían cuarenta años cumplidos, y la esperanza de la descendencia por línea directa se desvanecía cada vez más, de manera que parecía que el ducado habría de verse desgarrado por la lucha entre celosos pretendientes.

¿Fue porque el arzobispo de Colonia, Utrecht, Maastricht y Lieja medió personalmente con solemnes misas y rogativas? Yo así lo creo; pues, tras larga vacilación, el Todopoderoso levantó la maldición, y la princesa experimentó la alegría de la fertilidad —alegría destinada por desgracia a agotarse con los sufrimientos de un parto cuya dificultad aún dio testimonio de las dudas del Omnisciente por haber concedido el deseo—. ¡Oh desgracia! La madre de los dos niños a los que trajo al mundo entre gritos extraños no había de sanar. Sus ojos se cerraron a la luz, y el conde Grimaldo fue padre para convertirse al propio tiempo en viudo.

¡De qué singular manera nos mezcla la Providencia a los mortales alegría y dolor en una misma copa! El arzobispo, confundido por el contradictorio resultado que había propiciado la presión ejercida por él ante el Todopoderoso, dejó a cargo del obispo de Cambrai la celebración de las exequias en la catedral de Ypres. Cuando por fin la losa cubrió la sepultura en la que doña Baduhenna pasó su frío puerperio, el duque Grimaldo regresó a Belrapeire para gozar de aquello que le había sido concedido, una vez que hubo llorado de mil maneras lo que le había sido arrebatado. Los niñitos, lozanísimos retoños de la muerte, varón y doncella, su propia carne y sangre, los herederos de su casa, eran su deleite en la aflicción y el deleite de todo el castillo, por lo que juntos fueron llamados Schoydelakurt, esto es, alegría de la corte; niñitos tan preciosos no los había visto ciertamente aún la faz de la tierra y ningún pintor de Colonia ni de Maastricht hubiera podido pintar con sus pinceles otros más bellos: de formas tan puras, con tan primoroso halo, con cabellos como el plumón de los polluelos, y sobre todo con sus ojos llenos de luz celestial, raras veces lloriqueantes, dispuestos siempre a la sonrisa angelical que le ablandaba a uno el corazón, y no sólo dispuestos a sonreír a otros, sino también cuando sobre el envolvedor se miraban entre sí y, jugando con sus manitas, se decían: «¡Ta, ta!, ¡tu, tu!».

Schoydelakurt, se comprende, se llamaban sólo los dos juntos y por broma cariñosa. En el sagrado bautismo, administrado por el capellán del castillo, recibieron por nombre Wiligis y Sibila, y si es cierto que el joven caballero Willo, quien al decir «ta, ta» palmoteaba más reciamente que Sibila, era el heredero del país y la persona principal, no lo es menos que en ella, como en toda su descendencia, brillaba un rayo, un resplandor de la gloria de la Reina de los Cielos, y el conde Grimaldo miraba con ojos mucho más tiernos a su hijita que a su hijo, tan importante e igualmente bello. Sería un caballero como él, valiente y fuerte, y, claro, del agrado de las mujeres, cuando, después de justear, limpiara su cuerpo de la herrumbre de sus sudadas armas; y aficionado al clarete, claro, ya se sabe. Pero la dulce singularidad de la delicada feminidad emanada de Lo Alto, impresiona de muy otra manera al rudo corazón, incluso al paterno, y por ello el señor Grimaldo llamaba a su hijito sólo Löli y Lümmelein, y a la muchachita en cambio «ma charmante», y la besaba, mientras al muchacho sólo lo acariciaba y le daba el dedo para que lo cogiera.

Los niños

Con qué primor criaban a la noble parejita expertas mujeres ataviadas con tocas que les envolvían la frente y la barbilla, y cómo los alimentaban con dulce almíbar y papilla, los bañaban en agua de moyuelo y les lavaban con vino las mandíbulas en carnes para que los dientecitos de leche les salieran más pronto y mejor y les adornaran la sonrisa. Lo hicieron con facilidad y sin mucho lloriqueo, y eran como perlas, aunque muy afiladas.

Pero cuando ambos hubieron salido de mantillas y dejado de ser tiernos recién llegados a este mundo, la dulce luz que habían traído del más allá se perdió y, como las sombras de las nubes, se desvaneció de modo que se oscurecieron y comenzaron a tomar forma terrena —la más graciosa, eso sí, mejor no la hubiera podido pedir en mis oraciones—. El plumón de polluelo de sus cabecitas se convirtió en cabello castaño liso, y era encantador el contraste con la gálica palidez de marfil que mostraban sus delicadas caritas y la piel de sus cuerpos en desarrollo, a todas luces herencia de antepasados lejanos y no de sus padres, pues doña Baduhenna había sido blanca y de un rojo manzana y don Grimaldo tenía el semblante rojo bermellón. Los ojos infantiles que al principio habían irradiado luz celeste, se oscurecían y se acercaban cada vez más al hondo negro, aunque con un resplandor azul en el fondo; eran poco frecuentes y casi enigmáticos, si bien ya no celestiales, aunque no hay razón por la que algunos angelitos no puedan tener ojos de un azul nocturno como el de ellos. Además los dos tenían un modo de mirar por el rabillo del ojo como si estuvieran atentos y a la espera de algo. Si era algo bueno o algo malo, eso no puedo saberlo. A los siete años, con la muda de los dientes, hizo su aparición la viruela y, como se rascaban, les quedó a los dos una señal en la frente, una cicatriz, un hoyo plano, exactamente con la misma forma en ambos, esto es, con forma de media luna. Se lo cubría a ella su cabello de castaño sedoso, pero don Grimaldo se lo apartaba acariciándoselo de vez en cuando, bromeando y fingiendo sorpresa, cuando las mujeres ataviadas con tocas, como acostumbraban una vez al día a determinada hora, conducían a los niños ante su silla poltrona, donde se sentaba, con una copa de clarete al alcance de su mano derecha. Sonrientes, con las cabezas bajas, se retiraban las doncellas unos pasos hacia el centro de la sala para no empañar la magna felicidad familiar con la vulgaridad de su cercana presencia. O incluso se quedaban en la puerta y dejaban que los pequeños fueran solos hacia su padre, ante el cual ya Wiligis se arrodillaba como es debido y corresponde a la disciplina, Sibila con su vestidito de argentería (o como se llamen los bordados artizados con hilos de oro), Wiligis con su túnica de terciopelo orlada de castor, y ambos con el cabello suelto sobre la espalda. «Deu vus sal, querido y digno Señor», decían con vocecitas algo cortadas por la timidez. Y después charlaba y bromeaba con ellos, les llamaba «gent mignote de soris» y «pavipolla», preguntaba qué habían hecho durante el día, y les encomendaba finalmente al Saint Esperit dando unas palmadas a Willo y besando a Sibila. Decía: «¡Hablad en voz baja!». Pero ellos contestaban a la vez con vocecitas cortadas: «¡Que Dios os lo pague!» y se alejaban de él caminando hacia atrás, como es debido, mientras las mujeres les apremiaban desde la puerta y les cogían a los dos lados de las manos, las de fuera, las que no se daban ellos mismos.

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