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Un encuentro fortuito inicia una amistad improbable que termina con el comisario Oscar Morante instalado en el directorio del family office de los de la Rovera como asesor del presidente. Recientemente jubilado, procurando huir de la pandemia del COVID, Morante reside en una localidad aislada fuera de Santiago. Bautista de la Rovera, el patriarca de su familia, ha buscado refugio en la vieja casa de campo de la familia. Caminando por un sendero cercano, dos universos disjuntos, el tira y el gran empresario, se entrecruzan regularmente. El somero gesto de reconocimiento y saludo inicial da paso a una relación de amistad y aprecio completamente inesperada. A poco andar, el expolicía se encuentra trabajando para el viejo de la Rovera como asesor personal. Algo ocurre en el family office que intranquiliza al patriarca, aunque no puede explicar bien qué. Solo tiene intuiciones, señas difusas, información que se filtra a las redes sociales… Decide que Morante puede ayudarlo. Aburrido con la agenda vacía del jubilado novato, y tentado por una paga suculenta, el expolicía acepta. Es el escenario de esta nueva novela del comisario Oscar Morante. Un mundo ajeno que entiende poco o nada, donde ocurren violentos hechos de sangre que amenazan con destruir la familia.
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Seitenzahl: 380
Veröffentlichungsjahr: 2022
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EL FAMILY OFFICE
© Mario Valdivia V., 2022
© Pehoé ediciones, septiembre 2022
Pehoé ediciones
San Sebastián 2957, Las Condes
Santiago de Chile
ISBN Edición impresa: 978-956-6131-57-1
ISBN Edición digital: 978-956-6131-55-7
Diagramación digital: ebooks [email protected]
La reproducción total o parcial de este libro queda prohibida, salvo que se cuente con la autorización del editor.
1
− ¿Comisario Oscar Morante?
− Sí… Excomisario.
Deja de caminar. Está a dos metros de distancia del personaje con el que se encuentra en el mismo sendero un par de veces por semana desde hace unos meses.
− ¿Querría acompañarme?
Le hace un amplio espacio en el tronco cortado a lo largo que alguien dispuso sobre un par de piedras para oficiar de asiento. El lugar preciso donde la vista es más impresionante.
− Por supuesto − acepta, poniéndose la mascarilla sanitaria.
Los anteojos de Morante se nublan con el vapor de la respiración. Al sacárselos, su acompañante queda un pelito fuera de foco.
− Muchas gracias. Soy Bautista de la Rovera Infante −. Las palabras filtran algo borrosas a través de la máscara azul que destaca el brillo oscuro de los ojos.
− Lo he visto en la prensa. ¿Usted, en cambio, cómo sabe quién soy yo?
− El joven hace cosas increíbles con las computadoras… Me temo que le tomó una fotografía −. Hace un gesto contenido en dirección al tipo con pantalones vaqueros y chaqueta de cuero parado a una distancia prudente − Me acompaña y me cuida − explica.
No era necesario. Morante lo había calado desde la primera vez que los vio. Le pareció obvio que un tipo con el patrimonio que se rumorea posee de la Rovera necesita un guardaespaldas. Y mejor sería un par.
− Pienso que en vez de resignarnos con el único asiento disponible para gozar de esta vista maravillosa, es mejor compartirlo. Y aprovechar de conversar. ¿No le parece?
A Morante le parece bien. En sus largas caminatas casi diarias, con un ritmo caprichoso, se encuentra a menudo con su asiento ocupado. Tantas como de la Rovera lo encuentra a él en la banqueta hechiza que usa para descansar mirando al infinito. Caminan por el mismo sendero que orilla el río en las alturas del cajón, y a menudo se cruzan en cualquier lugar del camino. En ocasiones se topan justo donde está el asiento, con uno de los dos apropiado de éste. Nada más que un leve gesto con la cabeza acompañaba los encuentros hasta ese momento.
Caminan por el sendero desde lugares opuestos. Morante sube hasta el asiento, de la Rovera desciende. El comisario llega más cansado, lo que significa que se frustra más cuando lo encuentra ocupado. Aunque puede ser al revés. De la Rovera sufre más al regresar, y ansía la primitiva banqueta para juntar fuerzas. Compartirla les viene bien a los dos. El empresario vive en la vieja casa de campo familiar, cajón arriba y a unos dos kilómetros de distancia del sendero, donde empieza el llano de la ribera sur. El comisario vive en la pequeña cabaña de veraneo de uno de sus hijos, media hora sendero abajo, a unos pocos metros hacia el río.
− ¿Su lugar de retiro, don Oscar? − Pregunta de la Rovera, delatando abiertamente que sabe más del comisario que solamente su nombre.
− Y de pandemia, don Bautista. La casa es prestada. De aquí no me he movido. ¿Y usted?
− Mire, tengo el título de presidente de mis empresas, pero la verdad es que estoy prácticamente jubilado. Mis hijos se encargan del día a día. La pandemia me trajo de vuelta a la casa de mi niñez. Casi olvidado de Santiago, estoy muy contento de estar aquí, ¿sabe? Hay tranquilidad y silencio, el aire es puro, el cielo tiene estrellas. Leo, puedo reflexionar, converso mucho y me mantengo en contacto con muchas personas gracias a estos nuevos sistemas de la Internet... Y mire esta vista. Es impagable.
El cielo de color azul profundo llena tres cuartas partes de la altura del horizonte. Hacia la derecha, el rio se hunde en un cañón que se estrecha en forma abrupta, desde donde llega un susurro blanco continuo. Al frente y hacia la izquierda, se extiende el amplio espacio del lado norte del cauce, un valle abierto en forma de V desde el oriente, cuyo vértice se abre en el lugar donde están. Desde ese punto el río serpentea hacia abajo en silencio. En la altura, a corta distancia hacia la derecha, vuela la cortina azulosa nevada de Los Andes, sobre macizos cerros de color rojo intenso.
− ¿Hijos, don Oscar?
− Dos. Uno es el dueño de la casa que ocupo. Insistió en que me alejara de Santiago. Que me ahogaría en mi pequeño departamento, saldría a la calle, cometería imprudencias. Asegura que él no la necesita.
− Buen hijo, ¿no? Preocupado de su padre. ¿Y el segundo?
− Un poco más hippy, más despreocupado, menos entusiasmado por lo económico. No está en condiciones de ayudar mucho… Pero quizás es más alegre −. Morante se sorprende de la facilidad con la que habla de su familia con un extraño. Resultado del largo encierro, tal vez.
− El misterio de los genes… Y los afectos paternales, que también son caprichosos –. Bautista de la Rovera parece perderse reflexionando consigo mismo en voz baja. De pronto, un tanto sorprendido por la presencia del comisario a su lado, se esfuerza por seguir con la conversación − Yo tengo tres hijos, don Oscar, dos varones y una mujer. No me pregunte por mis preferidos, no saldrá de mi boca.
− No logro imaginar lo que significa presidir una familia con una fortuna significativa, don Bautista. Personalmente no hay nada que me preocupe si muero. Y no hay nada que pueda hacer tampoco, salvo morirme −. El empresario ríe con ganas. Morante continúa − Imagino que usted, en cambio, debe sentir una gran responsabilidad.
− Y yo tengo una gran curiosidad por comprender cómo se resuelve un caso criminal. Me da la idea de que exige una gran perspicacia psicológica para conocer a las personas…. Así que tenemos abundantes temas de conversación en caso de coincidir de nuevo.
Es el inicio de múltiples encuentros en el asiento de El Mirador, como terminan por llamar el lugar. Durante los peores meses de la pandemia durante el año 2020 se encuentran más o menos dos veces por semana, alrededor de las once de la mañana. Paulatinamente, que don Oscar para acá, que don Bautista para allá, crece una improbable familiaridad entre el gran empresario y el tira jubilado. El guardia acostumbra a traer un termo con café, y vasitos desechables, en su mochila. Lo agradecen, especialmente en las mañanas invernales cuando las palabras humean.
Salvo que llueva, el comisario se ejercita con caminatas casi diarias por el sendero solitario en el borde en altura del río. Le hacen bien. Se siente ágil, está más delgado, tiene el ánimo liviano. Salvo por uno que otro jogger ocasional, el camino es absolutamente solitario. En las mañanas heladas, protegido por su poncho mapuche, siente gratitud por ser el dueño exclusivo de un paisaje espectacular. Un privilegio inesperado de la cabaña de veraneo de su hijo.
Las conversaciones eventuales entre el empresario y el expolicía se alargan paulatinamente. Un día el guardaespaldas extrae una petaca con whisky y una bolsita térmica con hielo, para ofrecer el brebaje on the rocks.
− No sé usted, don Oscar, pero yo a las doce tengo autorizado el whisky − asegura Bautista de la Rovera.
− ¡Mire qué coincidencia!
Desde ese día en adelante la innovadora práctica etílica se convierte en hábito. Para facilitarlo, los contertulios salen de sus casas unos treinta minutos más tarde, aunque las reuniones, convertidas de encuentros casuales en reuniones agendadas, continúan fijadas a las once de la mañana. El alcohol de calidad, como es de público conocimiento, facilita esencialmente la amistad casi tanto como embota el erotismo. De ahí que la intimidad que crece entre don Oscar y don Bautista sea aceptada con un poco de nostalgia por Julia, la compañera de Morante en su refugio cordillerano.
El policía llevaba seis meses jubilado cuando estalló la pandemia. Su hijo exitoso lo llamó en cuanto se empezó a entender lo que se venía encima con el virus y sus capacidades destructoras.
− Eres población en riesgo, viejo. Tienes que irte a mi cabaña – insistió.
− ¿Y tú y tus hijos? − Preguntó el comisario.
− Tenemos una casa grande. Con jardín. Con piscina. Tú, en cambio, en tu departamento te vas a sofocar y vas a salir. Te vas a exponer de puro ahogo. Hazme caso, tienes que irte.
− ¿Y si quieres venir? −, insistió Morante.
− No necesito esa casa para nada. Hace un año que no voy. Estaba tratando de venderla. Si quiero cambiar de ambiente, me tomo un avión y me voy a cualquier parte. Relájate, viejo, no la necesito… Y no es el momento de vender. ¿Úsala a tu gusto. Trata de no morirte.
Agradecido, la ocupa hace más de un año. Su otro hijo, parecido a él, más sensible, o más ahuevonado, según, tampoco tiene problemas. Vive en un condominio de clase media, cuyos miembros han convertido en una burbuja protegida. Comparten profesores, cocineros y cuidadoras domésticas (y maridos y mujeres, al decir de su otro vástago). Una solución más bien socialista. Por qué sus hijos son tan diferentes sigue siendo un misterio inescrutable para el comisario. Se siente más cercano al segundo, pero el primero es más generoso, quizá porque puede permitírselo, y la aguja de aprecio se mueve lentamente en esa dirección.
Un par de meses antes de la pandemia se había decidido a invitar a Julia a establecer una relación en serio. Por suerte. Una vez que la peste se desató, habría sido una invitación inaceptable. Un hombre viejo procurando conseguir a una mujer un tanto más joven para que lo cuide, habría sido impresentable. Agradece a Adriana Vallejos, su consultora y amiga de años, por insistir incansablemente en que sin la compañía de Julia malgastaba la existencia. Era cierto, pero tuvo que vencer el miedo.
Dependiendo de las cuarentenas comunales, Julia viaja a Santiago a atender sus obligaciones familiares, pero vive con él. Ambas familias están al tanto, por supuesto. Morante, en cambio, no ha vuelto a la ciudad desde que se desató la pandemia. Lo pasan bien juntos. Ella se dedica a la práctica recientemente adquirida de la cerámica, ocupando un cobertizo que el comisario cerró con tableros de madera aglomerada y un gran ventanal de palillera que encontró en una venta de materiales usados en la cercanía. Así, el frío ocasional es más soportable, y tiene buena luz. Él lee incansablemente. El lector digital Kindle ha desplazado al celular como su compañero más constante. Cuando no está leyendo, se dedica a tapar con silicona y cinta selladora las ranuras en los marcos de las puertas y ventanas, y los portillos que salpican la cabaña, Está adentrado el otoño, se anuncia el invierno, y el año anterior el frio se había dejado sentir demasiado, a pesar de la estufa a leña. Además del aislamiento mejorado, dos calefactores eléctricos recién adquiridos harán su contribución.
Observar fauna nativa es un interés descubierto en la cabaña, que Morante cree más compartido de lo que es. Armado con anteojos de larga vista, alarma durante meses a Julia con anuncios excitados por la súbita presencia de cóndores, águilas, bandurrias, búhos, loicas, carpinteros, picaflores, bandadas de mirlos y tórtolas, y conejos y zorros. Se hicieron tan familiares que hoy experimenta una emoción que no conocía, provocada por saber que están por ahí cerca a su alrededor. Ya no necesita verlos. Los binoculares en desuso cuelgan de una percha. Julia sí descubrió un amor inesperado por una perrita que emergió de algún lado buscando compañía en cuanto percibió que la cabaña estaba habitada. La quiltrita mestiza manchada de blanco y negro, y Julia, se hacen inseparables, aunque goza especialmente acompañando al comisario en sus caminatas. El desacuerdo de dónde debe dormir, adentro o afuera de la casa, es una pequeña guerra no resuelta que sigue ganando la ideología anti −mascota de Morante, a pesar del empeño contumaz de su mujer. Los perros se neurotizan adentro de las casas, asegura el comisario, inamovible, les hace mal.
A Julia le intriga la amistad que crece entre de la Rovera y el comisario. Es lo que más te entretiene, le dice, más que leer. Él reconoce que la relación lo atrae, pero le pide que no exagere. Después de todo, es la única distracción que tiene fuera de la casa. La encubierta negación da motivo a ironías que solamente una mujer puede descubrir en la relación entre dos hombres.
− ¿Por qué te refieres a él como don Bautista?
− Así nos tratamos los dos. Él me dice don Oscar.
− No sé si en su casa, hablando con su mujer seas don Oscar.
− Qué, ¿tal vez el tira?
− Solo Oscar…
− Yo creo que se esfuerza por no hacer diferencias.
Morante sabe que la explicación no es buena. Solamente alguien que hace diferencias puede preocuparse por no producirlas. Quien no quiere exhibir una superioridad que da por obvia. Piensa que quizá llega la hora de suprimir el don y quedarse solo con el usted. A ver qué pasa.
− ¿Qué crees que ve en ti? – Julia se atreve a preguntar.
− Le gustan mis cuentos de casos policiales. No termina de entretenerse con ellos –. Morante vacila, y agrega − Dice que sé calar a las personas.
− Bien dicho, Oscar. Tiene razón, a pesar de tus dudas sobre ti mismo. ¿Y tú qué ves en él?
− Bueno, Julia, pertenece a un mundo de unos poderes y una amplitud completamente desconocidos para mí. Cuatro mil millones de dólares se dice que maneja su family office, una cifra que me resulta imposible comprender desde mi jubilación. ¿Te das cuenta? ¿Qué más quieres?... ¿Sabes qué es un family office?
− Dime.
Morante intenta explicar lo que apenas entiende. Es la manera que han inventado consultores internacionales para convertir a familias provincianas, hispanoparlantes, conservadoras y católicas en organizaciones capitalistas de estatura mundial. Gente acostumbrada a jugar a ser empresaria bajo un parrón sombrío de canonjías políticas y pitutos fiscales, que descubre con terror la riqueza impensada, inimaginable, que dejan caer en su bolsillo unos años de capitalismo en serio. Los años de nuestra generación. Antes, solo se conocía la mafia y el tráfico de drogas como emprendimiento en serio de la familia católica en el mundo... La chilena no daba ni para eso. Parece broma pero es verdad. Ahora se puede jugar legalmente en serio, en realidad es necesario hacerlo. Al final, el capitalismo termina por no ser un universo exclusivo de individuos protestantes y judíos. El family office le viene como anillo al dedo a gente cuya riqueza supera de sopetón los patrimonios locales acostumbrados, y que no quiere, o no sabe, desapegarse de la familia.
− ¿Eso es todo? No sé, Oscar, si no me equivoco, no hace mucho no existía ni un family office.
− Tampoco lo entiendo tan bien, Julia. Tengo la idea de que antes se ganaba plata para vivir bien, hoy en cambio se vive para ganar plata. El dinero daba distinción, hoy la distinción es el dinero. La herencia era mirada como una manera de permitirle a los descendientes un nivel de vida distinguido, ahora, el propósito es que sigan acumulando. Ser grande importa mucho en el mundo actual. Salvo para un emprendedor excepcionalmente destacado, con mucha sangre fría, para el tipo promedio es mejor refugiarse en una comunidad familiar a cuidar lo recibido y hacerlo crecer sin arriesgar mucho. Hay que aprender a manejarse en mercados financieros globales, aterrorizantes por su tamaño y turbulencia. Un mundo mucho más amplio y ajeno que el imaginado por Ciro Alegría. De poderes fenomenales.
− Mucha plata y mucha ignorancia. Lucas y miedo.
Julia lo entiende de primera. Marta, su exmujer, no habría podido… Es exactamente lo que define una necesidad en términos económicos, Bautista se lo explicó casi con las mismas palabras. Fue un fiesta para los consultores internacionales. Se dejaron caer con la solución, el family office, que ha costado millones a las familias adineradas de Chile. Una gran broma en la lengua adecuada, el inglés, para darle seriedad, según el viejo de la Rovera. Igual que un automóvil Ford no es lo mismo que un Fernández. También vale el alemán en ciertas materias, como demuestra la sinrazón de que la Bayerische Motoren Werke, con su llamativa sigla BMW, está en el cielo, comparada con el terrestre Taller Mecánico de Antilahue. Es que, obviamente, la Oficina de la Familia Mengánez suena más a escritorio contable que al family office de los Mengánez.
– Déjate de hacer chistecitos, Oscar. Quiero entender. ¿Es una gran empresa, entonces?
Morante imagina que el family office de la Rovera, más que una empresa, es un estado mayor desde el cual se manejan las múltiples inversiones en las que se distribuye el patrimonio familiar. Empresas, campos y bienes raíces urbanos de los que son dueños, acciones de sociedades anónimas, y cuentas y activos financieros internacionales. También funca como lugar de entrenamiento para que los hijos y el yerno se familiaricen con la futura herencia y la administración de las rentas familiares. Para aprender instalados en lugares de mando en las alturas, nada de comenzar desde abajo. No vale la pena, el viejo Bautista ya la hizo, y ahora hay que aprender de él a manejar el patrimonio acumulado. Unos años en el family office son mandatorios, y ojalá algún título universitario vinculado a los negocios. Cuenta con privados, secretarias, asistentes personales y salas de reuniones. Bien alhajadas y en un barrio caro, por supuesto. Solo una gran parafernalia es consistente con el nombre family office. Bastaría con una sala para albergar las reuniones periódicas de un directorio, según Bautista. Aunque sirven como lugar de entrenamiento, el viejo asegura que producen celos y envidias entre hermanos, y un ánimo asesino de ganas de heredar. A estas alturas, para las familias adineradas el family office se ha convertido en una costumbre inevitable, sin la cual se confiesa que todavía no se llega.Hijos e hijas las exigen, consultores caros las recomiendan, y después les venden asesorías financieras carísimas para manejar las platas globalmente. Y coaching psicológico para la adquisición de habilidades imprescindibles que los vástagos no adquieren de profesores universitarios. Es obvio que no se aprende liderazgo de habitantes de salas de clase. Ni a ser despiadados.
− Parece que de la Rovera no mira a su family office con mucha seriedad…
− Creo que lo considera inevitable, Julia. Como a las psicólogas, ¿quién no tiene una? Definen en qué consiste ser normal, y en seguida venden terapias…
− Bueno, Oscar, está bien. Mejor me cuentas cómo es la familia de tu amigo.
− Habla de ella con reserva. Tiene una mujer de toda la vida. Meses antes del estallido de la pandemia celebraron cincuenta años de matrimonio. Imagino que a esta altura es una relación indestructible. No se permite ni una ironía sobre ella, ni sobre el matrimonio en general. Impecable. Sagrado. Visualizo poco a los dos hijos. Casados, con un par de hijos cada uno. Según don Bautista dirigen personalmente dos de las empresas más grandes de la familia. La administración del patrimonio familiar está a cargo del directorio del family office. Lo preside don Bautista, lo integran los hijos, el yerno, y cuatro directores profesionales que obedecen al presidente.
− El viejo tiene mayoría.
− Sí. Mantener el control hasta que le dé la cabeza es su regla mayor para evitar conflicto con sus hijos. Ellos tienen que demostrase a sí mismos que son capaces, que pueden vivir de su trabajo al nivel que ambicionan. De lo contrario, si se les regala en forma anticipada una participación en el patrimonio familiar, se producirán resentimientos inevitables por la excesiva longevidad paterna.
− Sabe que puede ocurrir…
− Absolutamente. En una ocasión me comentó que el amor filial puede verse disminuido en proporción directa al tamaño de las platas familiares. Tener mucho dinero es muy jodido, don Oscar, me dijo. Recalca que Marx advirtió que el capital disuelve en el aire todo lo sólido, incluidos los lazos familiares.
− ¿Marx? No se hará la víctima por ser rico – ironiza Julia.
− No lo he visto en esa… Se pone precavido solamente cuando habla de su familia − asegura Morante.
− Si es tan incómodo, podría regalarlo.
− Me atreví a preguntarle por qué no lo hace. Respondió que no estaba seguro. Fue una pregunta que se le quedó pegada. La ha traído a colación varias veces. Esa preguntita que usted me hizo, don Oscar, no sé cómo responderla, insiste. Un diez por ciento que entregue hoy mismo a mis vástagos les permitiría vivir muy bien. El resto podría regalarlo, hacer filantropía… Pero no lo hago.
− Es honesto.
− Encuentro que lo es conmigo.
− No hay mujeres en esta familia – exclama la mujer de pronto.
− Las mujeres tienen un rol secundario en la familia de la Rovera. La única hija es representada en el family office por su marido. Ella y la nuera que sigue casada atienden unas fundaciones benéficas familiares. Arte, feminismo, medioambiente, cosas por el estilo. Me parece que el yerno ocupa la gerencia de un emprendimiento mediano, los campos. Eso hace una diferencia con sus dos cuñados. Es el único personaje del que don Bautista habla poco o nada, aunque asegura que mantiene una completa igualdad de trato entre ellos.
− Dime la verdad, Oscar. ¿Por qué crees que le interesas? ¿Cuáles son los temas de conversación en los que insiste?
− ¡Ah! Buena pregunta. Dice que calo bien a la gente… Y no se cansa de preguntarme por los casos policiales en los que he estado involucrado… La manera de operar de la policía cuando investiga. ¡Eso!, le intereso como tira jubilado.
− Y él, ¿tiene buen ojo con la gente? − Pregunta Julia.
− Me despiertas con tus interrogantes − comenta el comisario − Creo que no tanto, ¿sabes? El viejo debe ser un lince para ganar plata…en Chile… No tengo la menor idea de qué habilidades son esas. En lo demás, me parece un tanto simplón. No quiero ser snob, pero incluso un poco inculto.
Terminan la conversación para ir en auto al pequeño poblado al otro lado del río, en el que encuentran casi todo lo que necesitan para vivir. Descienden el empinado camino de maicillo hasta la orilla del caudal que corre vertiginosamente, y giran hacia la izquierda un kilómetro hasta encontrarse con el camino pavimentado y el puente. Hay poco tráfico, como es habitual. Personas enmascaradas circulan en la calle casi vacía. Hay un ambiente temeroso y resentido de país ocupado.
Julia se demora en las verdulerías. Mira, toca y huele, sobre todo huele, antes de comprar. Va y viene entre un local y otro sin poder decidirse. Morante espera afuera, gozando el aire frío y el sol picoso de la mañana. La cuarentena por el COVID 19 mantiene cerrado el cajón al turismo, solo se ven personas de la localidad. Una de las grandes rocas que algún edil instaló en la vereda para impedir los estacionamientos invasivos de automóviles, le sirve de asiento. Se adormila de inmediato.
− ¿Cómo está, comisario? – Lo despierta una voz femenina.
− ¿Cómo le va, doña Gaby?
Es la dueña de uno de los restaurantes, que pasa apurada por su lado.
− ¿La salud?
− Todo bien. Muchas gracias –. La conoció más por la voz que por el rostro enmascarado y los ojos ocultos tras unos anteojos ópticos de marco grueso.
No tiene idea de cómo ocurre, pero desde que alguien descubre que había sido tira, súbitamente se encuentra tratado de comisario en todas partes. El restaurante de Gaby, tanto como el otro, provocan repetidamente la decepción de Morante. Cuando Julia va a Santiago, aburrido de la cocina repetida de la cabaña, se deja llevar por la imaginación y va a almorzar al pueblo. El encuentro con una consabida carne a la olla con puré de papas, un pollo al horno con arroz y una cazuela tristona, lo bajonea. Pero persiste. Sabe que lo hace por el pisco sour de apertura y el whisky final, alcoholes prohibidos por él mismo en la cabaña, pero igual se inventa expectativas de posibles innovaciones gastronómicas locales. Nunca han ocurrido. En vista de lo cual se embarca en un curso de gastronomía por Internet, que da buenos resultados muy rápidamente. Descubre una nueva fuente de goce, y sorprende a menudo a Julia con nuevos platos.
A media cuadra, avanzan en su dirección dos carabineros del retén. Excedidos de peso y con máscaras de color negro, parecen asaltantes destinados a fracasar. También podrían ser perros de ataque de gran tamaño sujetos por sus bozales. Hacen la posición de ¡firmes!, mientras saludan al unísono con aire marcial:
− ¡Buen día, comisario!
− Buen día mis carabineros. Sigan, por favor.
Le muestran siempre un respeto aparatoso que lo avergüenza. Julia se ríe de su incapacidad de aceptar ser tratado como una autoridad.
Se le fue el sueño. Cruza la calle en dirección al kiosco de revistas.
− Buenos días. ¿Me tiene la cuenta? – Pregunta por el periódico que recibe diariamente.
− Aquí la tiene – responde de inmediato el kiosquero malas pulgas, el único que no lo distingue con su grado policial. Ni siquiera se digna saludarlo.
− ¿Cómo va la vida? – Morante pregunta por joder.
La respuesta es un gruñido de perro enojado. La mascarilla sanitaria lo sofoca, haciéndolo jadear como un bulldog.
− Ése es comunista –. Le dejó en claro una vez la dueña del otro restaurante, la que insiste en ofrecerle bajativos de la casa − Anda enojado desde el golpe del general – explicó.
− Es mucho tiempo – dijo Morante, incrédulo.
− Ya no lo aguantan ni siquiera los que eran sus compañeros. Incluso está en contra de ellos.
– Lo habrá pasado mal.
− Ni tanto. Aquí nos conocemos todos. Un par de patadas en el culo…
− Me manda el diario todos los días sin falta – aseguró el comisario, preso de un impulso inexplicable por decir algo positivo del kiosquero.
− Fíjese mejor en quien se lo lleva, comisario. ¡Ese viejo es de fiar!
Se refería al conductor del carrito eléctrico de color rojo sangre que circula por la localidad ofreciendo verduras a domicilio. Es verdad que no falla. Es un tipo maduro de edad indefinida, con un lado del cuerpo paralizado, que circula por todos los rincones de la localidad montado en su vehículo silencioso. A Morante le llama la atención que no necesita una bocina o un timbre para hacerse anunciar. La gente parece saber exactamente en qué momento pasará frente a sus casas.
− Admirable, don Ramiro. La guerra que le da a la vida – insistió la mujer.
− Cierto. ¿Cómo le dio la parálisis?
− De chico. Él es el más preocupado de que a usted no le falte su diario todos los días.
Morante no quiso seguir con la conversación, pero resolvió acercarse más al verdulero del carrito.
Sentado de nuevo en la roca soleada, el comisario sigue esperando a Julia, indecisa aparentemente entre unas manzanas rojas y unas verdes. Se dice a sí mismo que no hay apuro, pero igual se levanta para dirigirse al almacén a comprar vino. Debe caminar un par de cuadras hacia el oriente por la única calle del pueblo. Desprendidas por la brisa suave, caen sobre su cabeza hojas amarillas de acacias.
− ¡Comisario! Qué bueno verlo. ¿Qué necesita? − Farfulla el tendero en cuanto lo ve entrar.
El tipo le tiene terror. Debió tener un problema serio con la justicia. Quizá teme volver a tenerlo. La respiración agitada tras la mascarilla lo hace transpirar.
− Ya no estoy en servicio activo, mi amigo. ¡Qué tanto comisario! No me dedico a perseguir a nadie – le insiste una vez más.
Es inútil, sigue aterrado.
− Ja, ja, ja. ¿Qué se le ofrece, comisario? ¿En qué podemos servirle? − Balbucea.
Deja las botellas de vino en el almacén. Las pasará a llevar en el auto cuando Julia termine de cargar las verduras. Sigue caminando hacia el oriente. Cruza a la vereda opuesta para evitar la carnicería, cuyos aromas golpean. Mira distraídamente las pequeñas vitrinas de tres tiendas de artículos para campistas y escaladores. Los comerciantes salen a saludarlo, protegidos por las mascarilla de rigor:
− Comisario, buenos días.
– Tanto tiempo, comisario.
No hay nada nuevo, solamente cachivaches y accesorios menores.
Llega al final de la calle antes de volver por Julia. Las casas con huertos de frutales y pequeñas chacras difuminan el poblado en el universo rural que lo rodea. De ahí emergió, en una encrucijada de caminos de carretas, el villorrio convertido en el último centro de servicios mínimos de acampar que hay antes de los grandes cerros, por obra y gracia del auge del trekking y la escalada.
2
Temprano, Bautista de la Rovera le pide por teléfono que lo visite en su casa. Está con un lumbago doloroso que le impide caminar. El guardia personal lo esperará en El Mirador para acompañarlo. Son treinta minutos más, a paso relajado.
− Me interesa hablar con usted hoy día, Oscar. ¿Puede venir hasta acá?
− Por supuesto, Bautista. Estaré en El Mirador a las once.
El don pasó lentamente al usted. Transcurrió el otoño y el invierno, y siguen reuniéndose dos veces por semana, salvo lluvia desatada, la que se vio poco y nada ese año. El guardaespaldas, que no es acomodado en el banco rústico, acarrea en su mochila una silla plegable, y aguarda sin chistar mientras los viejos conversan.
− ¿Te invita a su casa? – Julia se asombra.
− Me pide que vaya a verlo. No se siente bien – aclara Morante.
La mujer murmura sin convicción.
La casa de la familia de la Rovera es una hermosa mansión de hacienda de fines del siglo XIX. Una amplia U rectangular de corredores de piso de ladrillos, flanqueados por sólidos pilares de madera, sigue cubierta del gran techo original de tejas musleras, oxidadas por la lluvia, el sol y el paso del tiempo. Pintada recientemente de un color amarillo encendido, a Morante le parece bellísima. Un jardín circunvalado por un sendero de maicillo, se abre a un parque con árboles centenarios. Al centro, a unos cincuenta metros de distancia, hay una pequeña laguna con juncos en uno de los costados.
− Me alegro que haya venido, Oscar – saluda Bautista, saliendo al corredor por la puerta principal.
− Qué hermoso lugar. Ahora entiendo mejor por qué no se recluyó en Santiago.
La primavera se insinúa con ganas. Hay un sol radiante y el aire está temperado. El empresario invita a sentarse en unos sillones de mimbre en el corredor.
− Aprovechamos el último terremoto para reconstruirla casi desde cero –. De la Rovera muestra la casa a su alrededor − Instalamos calefacción y aislamiento modernos, ventanales de termo panel, baños y cocina al día. El parque fue lo que dio más trabajo, pero ya se ve recuperado, ¿no es cierto? Las casas de campo chilenas sufrieron demasiado con la reforma agraria. Bueno, ésta se salvó – termina diciendo con satisfacción.
− Está muy hermosa – insiste el expolicía.
− Nací aquí, Oscar. He visto crecer esos árboles añosos del parque. Aquí me gustaría morir. Entre estar en cuarentena en Santiago y aquí, prefiero mil veces estar en este lugar. Tengo Internet y todo lo que se necesita para trabajar y estar cómodo.
Se hace presente una mujer delgada, de pelo canoso y ojos llamativamente claros.
− Mi señora – se apresura a decir Bautista, y añade − Oscar Morante, Luisa. Te he hablado de él.
Intercambian saludos. Que mucho gusto, que ¿cómo está usted?, que encantado, qué bien conocerlo por fin.
− Bueno, bueno, mujer. ¿Contaremos con nuestro whiskysito habitual?
− No sea impaciente, Bautista. Ya lo traigo. ¿Solo o con hielo? –, confirma con Morante.
En un instante Luisa emerge con una bandeja con dos vasos de whisky, una botella recién abierta y una cubeta con hielo. Bautista la invita a quedarse para oír lo que tiene que decirle a su amigo, el comisario Oscar Morante. Y lo que tiene para decirle es que lo necesita en el family office a su lado. Posee una gran perspicacia con las personas, de la que él carece. Vienen tiempos potencialmente complicados con los hijos y el yerno debido a sus años y la ansiedad de ellos por tomar en sus manos la herencia familiar. No está seguro de si debe tratar de que se mantengan unidos o facilitar que se separen y sigan sus propios caminos. Su única preocupación, y la de su mujer, es preservar la armonía familiar. Oscar sería de gran ayuda.
Morante enmudece. No sabe qué decir. La sorpresa lo tiene casi horrorizado.
− Lo sorprendí, Oscar. Tómese su tiempo, pregunte lo que quiera.
− Es que no sé por dónde partir… No se me ocurre en qué puedo ser útil… No puedo… − farfulla, pisando huevos.
La armonía familiar es un lado del asunto. El otro es que Bautista teme por la seguridad del patrimonio familiar… Incluso por la integridad de la familia. En completo silencio, Luisa asiente de manera apenas perceptible. Un aire solemne se deja caer en la reunión. Últimamente se ha sentido alarmado. Nada más que intuiciones, pero le quitan el sueño. Pequeños signos. Quizá nada… Gente extraña que nadie conoce en el pueblo que circula al interior de sus viñas y cerca de la entrada de la casa. Al ser interrogados por el guardia, no saben responder bien qué buscan ni qué hacen. No una vez, varias. Podrían ser personas extraviadas, es lo que parecen ser, pero no se fía.
Morante inicia una protesta reclamando que no sabe nada de seguridad, siempre fue un investigador criminal. No se trata de eso, insiste Bautista. Luisa se alarma.
− Cómo se le ocurre, Oscar – interviene la mujer − Es solamente un ejemplo de un todo mayor. Empezó por las minucias, Bautista − rezonga.
− Ah, bueno. Mis disculpas. Por supuesto que no se trata de esa clase de seguridad, Oscar. Es que son detalles decidores.
Hace algunos meses han estado apareciendo crónicas, noticias, rumores, Bautista no sabe cómo definirlos, con infundios solapados sobre las empresas de la familia. Nada completamente desembozado, sino salpicado entre información verdadera. Se insinúa que los de la Rovera tienen cuentas pendientes con Impuestos Internos. Que en sus empresas hay malas prácticas laborales. Que hay machismo. Abusos. Que no se respeta el medioambiente. Hace poco se acusó a uno de los hijos de ocupar ilegalmente una orilla de lago en el sur; una completa falsedad. Podría parecer normal en esta época que desprecia tanto la verdad y el éxito, sin embargo, entremedio aparece información de proyectos y números contables que son reales, pero que deberían ser confidenciales. La única explicación es que alguien tiene acceso a la organización. A los sistemas. Alguien que quiere conseguir algo que Bautista no logra imaginar.
Morante insinúa una protesta sobre su desconocimiento total de seguridad de sistemas informáticos, para ser interrumpido una vez más por Luisa:
− Bautista, por el amor de Dios. Sigue explicando mal las cosas. No se trata de esa seguridad, Oscar. Hay técnicos especializados que están a cargo. Se trata de que mi marido necesita ayuda… Cercana y diaria… Ya no estamos tan jóvenes, ¿ve? Antes nos sobraba energía y perspicacia, ¿sabe? Hoy, en cambio…
Es la organización lo importante, no solo los sistemas. Bautista siente que están haciendo algo mal con ejecutivos y profesionales con acceso a información delicada. Expertos en recursos humanos revisaron todos los cargos y los sistemas de compensación, modernizando y actualizando la organización. No pueden hacer una razia y cambiarla entera… Además, sus hijos no perciben nada raro. No tienen motivos de alarma. Bautista supone que imaginan que el viejo se pone paranoico con la edad. Hay un nuevo gesto afirmativo de su mujer. Puede que tengan razón o puede que sean un poco ingenuos todavía. Lo mismo vale para el yerno. El temor del empresario es que se esté extrayendo información del family office y de los intereses que administra, sin que nadie se dé cuenta. O bien que se estén desviando recursos quizá en qué dirección y con qué propósitos. Siente que no está completamente en control.
Y, de paso, está la situación política del país. Bautista acepta la democracia, no hay otra opción, pero no es un entusiasta de ella. Haciendo leyes se arreglan pocas cosas reales en el mundo actual, y sí se pueden hacer grandes embarradas. Es más peligrosa que salvadora la democracia, en especial cuando cae en manos de jóvenes recién egresados con títulos grandilocuentes de universidades mediocres, en las que enseñan a manejar el mundo con teorías y fórmulas… Todavía no se han visto en la necesidad de reparar una relación personal rota, y ya creen saber cómo arreglar el país entero. Bautista no tiene miedo, al final está claro que la única opción es el capitalismo, basta con mirar a Cuba, pero sabe que vienen tiempos complejos. Le preocupa que sus hijos los enfrenten con un formalismo excesivo, contando con derechos que serán relativizados de mil maneras por las consecuencias sociales de ser ejercidos. No está seguro de que están preparados para navegar en esa clase de mundo. Aunque Morante se ha cansado de explicarle lo políticamente torpe que se siente, el empresario insiste en que su experiencia en el aparato estatal es invaluable, a pesar de que el expolicía no lo perciba.
− ¿Se da cuenta, Oscar? −, lo encañona con los ojos oscuros agrandados por la intensidad emocional − A veces me siento solo. Necesito a alguien a mi lado que me ayude a observar a la gente en la oficina y en las empresas… Y más allá.
− Que solo trabaje para Bautista – agrega Luisa.
− Conmigo – corrige el viejo.
Morante no sabe qué decir. Calla, paralizado.
Y está el hecho horrible del asesinato de la subjefa del departamento de contabilidad del family office en un asalto violento a la entrada del estacionamiento de su edificio, el año pasado… Once meses atrás. Un crimen lamentable más en la ola de violencia que azota Santiago. Una vida tronchada antes de tiempo… Le robaron el computador y el celular del automóvil. Nadie sabe bien qué información guardaba en ellos. Más allá de lamentarlo, en la oficina nadie se preocupa mucho, y no se les ocurre conectarlo con la filtración de datos. Bautista suma dos más dos, y se angustia. Quizá no fue tan casual como se supone.
− Qué lamentable – comenta Morante.
− Un desastre – asegura de la Rovera.
Gira el cuerpo para confrontar directamente al expolicía. Con una entonación que mezcla posibilidad con decisión, asegura y ofrece al mismo tiempo:
− Será mi asesor personal, Oscar. Me acompañará en todas mis reuniones. Especialmente del directorio – explica Bautista.
− Y sus hijos, ¿qué dirán sus hijos?
− Yo me encargo de ellos. Le garantizo que será bien recibido.
− No sé qué decirle, Bautista. Me pilla por sorpresa… No creo estar en condiciones de trabajar el día entero. Aprecio el tiempo que tengo –. Morante procura no comprometerse.
− Nadie dice que deba estar el día entero en ningún lugar, Oscar. Conozca a la gente, acompáñeme a reuniones, mantengámonos hablando sobre mis ejecutivos y las relaciones que hay entre ellos.
Luisa se aleja hacia el interior de la casa.
Abruptamente, Bautista le informa la cantidad de dinero que está dispuesto a pagarle. Es una cifra abismante para los estándares de un tira jubilado. Morante se esfuerza por mantener la sangre fría, pensando qué decir, hasta que el empresario llega en su ayuda.
− Piénselo, Oscar. Hágame el favor. Lamento sacarlo de su merecido descanso, los días plácidos que pasa con su mujer en este lugar privilegiado. La verdad es que lo necesito. Me siento desorientado, hasta temeroso, por primera vez en mi vida… ¿Quiere que lo vayan a dejar en auto?
La reunión termina. Morante decide caminar. Necesita despejar la cabeza.
Julia lo espera con el almuerzo listo. Está especialmente alegre. Es exactamente lo que él necesita: su mujer en ánimo expansivo.
− Me ofreció pega – anuncia como un niño en cuanto termina de llenar una copa de vino blanco.
− Lo veía venir, créeme – asegura ella − Ahora tienes un problema –, le advierte.
Morante le cuenta el pago que le ofrecen.
− ¡Lo que valía el tira al final! Yo no estaba tan equivocada después de todo –. Julia ríe con ganas − Ahora sí tienes un problema – asegura.
Morante llena una vez más la copa de vino.
3
Joaquín de la Rovera se sienta a dos metros de distancia de Morante y se saca la mascarilla sanitaria.
− Aquí, al aire libre, imagino que no es necesaria − sugiere.
El comisario lo imita.
− Mi padre nos ha hablado mucho de usted.
Abochornado, el expolicía responde:
− Bautista me ha honrado con su confianza. No sé bien por qué.
Joaquín le cuenta que además de conocerlo en las famosas reuniones semanales, un amigo cercano le habló muy bien de él. Le da el nombre de un empresario bancario que Morante recuerda con afecto. El expolicía fue el responsable de la investigación del asesinato de uno de sus ejecutivos. Llegaron a crear una cierta complicidad.
− Su mujer, casi más que él, convenció a mi madre sobre usted.
− La importancia siempre desvalorizada de las mujeres – ríe Morante.
− En esta casa, bueno, para qué le digo −. Joaquín, el hijo mayor, emite una sonrisa amplia pero un tanto impávida, acompañada de una carcajada seca como una carraspera.
Esa es, decide Morante, su característica distintiva: la impavidez. Atento, educado y tratando de ser cercano, Joaquín de la Rovera parece tener siempre parte de su atención invertida en otro lugar. Un poco ausente, produce una impresión de desinterés y frialdad. O se siente por encima del común de los mortales, o lo poseen pensamientos que no lo dejan en paz.
− Señor Morante…
− Oscar, por favor.
− Oscar, ¿tiene alguna idea de por qué mi padre lo necesita? Parta de la base de que lo que él decida está bien para mí. Me gustaría entender mejor.
La pregunta niega la afirmación, por supuesto. Joaquín necesita entender para aceptar. Conseguir su confianza será problemático.
− ¿Necesitarme a mí? No tengo idea, Joaquín. Qué puede creer que necesita, es otra cosa.
− ¿Entonces?
Joaquín es un tipo alto y bien hecho. Puede amedrentar. Pero su genotipo favorable está un poco maltratado, más bien despreciado, por su dueño. Excedido de peso, un poco barrigón, afeitado con descuido, el pelo mal cortado, se ve un poquito falto de higiene. Morante espera conocer a su mujer.
− Bautista debería explicarle, más que yo – se escurre Morante.
− ¿Pero usted qué cree? − Joaquín de la Rovera no se deja tranquilizar.
− La edad embota ciertas habilidades, enlentece ciertas perspicacias… Reduce, ¿se da cuenta? Supongo que es muy difícil de comprender plenamente por los jóvenes. O los adultos como usted. Le pido que imagine que nos sentimos una fracción de lo que éramos. Dos juntos, tal vez podamos sumar un entero de los de antes. Es la esperanza, creo yo –. Morante hace su mejor esfuerzo para no hablar de las aprensiones y desconfianzas de Bautista.
Joaquín de la Rovera le da una larga mirada en silencio. Podría estar sopesándolo, o simplemente vaga por su mundo de ideas pegadas escuchando quizá qué evocaciones.
− Gracias. Lo veo un poco más, Oscar.
Morante no sabe si se refiere a él o a las preocupaciones de su padre.
− Pero seguramente hay algo en el family office que lo preocupa. En las empresas. No se tratará solamente de aumentar su capacidad de discernimiento. Se me ocurre a mi… – inquiere Joaquín.
− Una cosa va con la otra, ¿no cree? −, se escabulle el expolicía.
− ¿En qué sentido, dice usted?
− Bueno, con la experiencia se perciben las cosas de otra manera. Se imaginan dificultades, amenazas, problemas, que otras personas con menos experiencia no ven.
− Por supuesto. Pero mi padre exagera. Demasiado, recientemente. Hay detalles, siempre los hay, pero todo está esencialmente bajo control. Se lo aseguro. Personalmente no veo razones… Bueno espero que usted no contribuya a ese ánimo. Que lo ayude a serenarse. Precisamente, por su edad merece estar tranquilo.
− Su hermano, ¿qué piensa de todo esto?
Joaquín vacila.
− Bueno, lo descubrirá por sí mismo. Mi hermano Felipe es un poco happy go lucky. Por admirar demasiado a nuestro padre quizá pierde objetividady termina por ayudarlo menos de lo que debería – dice, finalmente.
Un hombre joven se acerca a saludar a Morante.
− Mi hermano Felipe –, lo presenta Joaquín, levantándose y dejándolos solos.
− Hola. Bienvenido − saluda familiarmente Felipe, con un gesto.
Sin mascarilla sanitaria, se sienta a distancia segura.
Es unos años más joven que Joaquín. Perfectamente en forma, se mueve con desenvoltura. Va muy bien vestido, el corte de pelo y la afeitada son impecables. Sacó los ojos claros de la madre, así como Joaquín los heredó oscuros del padre.
− Gracias – apenas alcanza a decir Morante, y es interrumpido.
