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Un equipo de rodaje de TVE llega a New York el verano de 1990 para hacer una serie de reportajes sobre la Historia del Baloncesto, en una gira que les lleva por el mundo visitando las principales sedes Olímpicas. La vida de Pablo, Sebas y Loren estaba a punto de precipitarse en una dirección inesperada, oscura e incontrolable por un capricho del destino. La llegada de un Fax iba a cambiar de forma dramática su existencia. Probablemente fueran inocentes de cuanto sucedió, y a pesar de ello difícilmente serán borradas las sombras de sospecha que sobre ellos vertió la policía. El caso quedará, como uno más entre los que llenan los archivos policiales, sin resolver, abierto, a la espera de que lo cierren los años y el olvido. Si la Justicia existe, nadie ha dicho que deba ser en esta Tierra."
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Veröffentlichungsjahr: 2016
LUIS ONDARRA
EL FAX
Diseño portada: Isabel Capdevila
Ilustración: foto © Isabel Capdevila
Primera edición: Mayo 2016
© Luis Ondarra, 2016
© HakaBooks.com, 2016
C/ Fátima, 46
08204 Sabadell
ISBN: 978-84-945001-4-5
A mis hijos, Sabin y Rita.
PRÓLOGO
La influencia del Destino, lo que nos depara, está más allá del alcance de nuestra voluntad. Es norma de vida y nadie, ningún mortal, ha podido jamás hurtarse a ella. Desconocemos el futuro y por tanto lo que habrá de venir, qué será de nosotros. Desconocemos sobre todo cuándo y cómo hemos de morir aunque, según dicen, “escrito está en las estrellas”. Pobre consuelo porque, al fin y al cabo, ¿quién sabe leer el número de una calle o el calibre de una bala en las estrellas?
Ni Pablo, ni Sebas, ni Loren sabían hacerlo. En realidad jamás se les había ocurrido escudriñar el cielo nocturno tratando de descubrir en él cuál sería su futuro. No tenían motivo para ello. Sus vidas transcurrían en paz, apenas sometidas a otra lucha que el cotidiano forcejeo entre lo que uno desearía y lo que las circunstancias le permiten alcanzar. Y sin embargo su plácida existencia estaba a punto de precipitarse, por un capricho del Destino o un guiño cruel de la casualidad, en una dirección inesperada, oscura e incontrolable. Un giro brutal, que podría calificarse de absurdo, iba a envolver de forma dramática su existencia. Irónicamente, cuando parecía que habían logrado algo por lo que hacía tiempo que luchaban, la suerte les dio la espalda.
Probablemente fueran inocentes de cuanto sucedió, tanto como cualquiera puede en la vida serlo, y a pesar de ello difícilmente serán borradas las sombras de sospecha que sobre ellos vertió la policía. El caso quedará, como uno más entre los que llenan los archivos policiales, sin resolver, abierto, a la espera de que lo cierren los años y el olvido. Si la Justicia existe, nadie ha dicho que deba ser en esta Tierra.
Capítulo 1 : NEW YORK
“Sí, sí, sí, síííí amigos, esssto es Radio Corasón, tu emisora neoyorquina, la emisora para el mundo de habla hispana en el ciento siete punto ocho. Estamos aquí para acompañarte en esta tarde lluviosa y para que tú también nos acompañes. Si estás en tu carro parado por los embotellamientos, o en tu departamento viendo por la ventana cómo se derrumba el cielo; si estás melancólico..., ahí va un poco de música para levantarte el ánimo. Rosanna te la dedica a ti, Robert, porque te quiere, para que pienses en ella, para que sssueeeñes con ella mientras manejas tu taxi. ¡Pero cuidado con el tráfico en este día loco! Agárrense el paraguas si tienen que salir. COLOOOORRRR con Celia Cruz en Radio Corasssón, la emisora del Amooor.”
Los acentos cálidos del “son” inundaron el interior del vehículo. La irrupción de la música tuvo el efecto mágico de poner en onda a los tres amigos, les calentó el espíritu. Improvisaron una orquestina siguiendo el ritmo de la canción y repitiendo a coro el estribillo:
Tus labios son ricos,
dulce melaza de caña,
saben a rico panal,
dulce miel azucarada.
Pero más rico en su sabor
es el azúcar cubana.
Hacía cinco días que habían llegado a Estados Unidos procedentes de Barcelona. Con motivo de la conmemoración de los cien años del baloncesto, preparaban un documental sobre su historia para el Canal 6 de televisión. Venían de rodar en Boston, cuna de los Celtics, y Springfield, la pequeña población del estado de Massachusetts donde James Naismith inventó el deporte a finales de 1891. Habían trabajado duro. En el maletero del coche llevaban un montón de cintas de vídeo: quince entrevistas a jugadores míticos de diferentes épocas, cuanto material gráfico se podía encontrar sobre Naismith y los inicios del baloncesto, e imágenes de archivo de incalculable valor con los primeros partidos que se filmaron allá por los años veinte. New York, la Gran Manzana, la ciudad soñada, sería su última escala en la Costa Este americana antes de regresar a casa.
Formaban un equipo pequeño pero bien avenido. Siempre al mando de la nave, conducía Pablo Bontemp, sus ojos claros resaltando en el rostro con barba y bigote, uno setenta de estatura, casado y con dos hijos, comentarista deportivo de prestigio que había dedicado más de la mitad de sus cuarenta y cinco años al baloncesto; él había escrito el guión, entrevistaba a los personajes, y presentaba el documental. A su lado, en funciones de copiloto, con un plano de la ciudad arrugado sobre las rodillas y aguantándose las gafas con la mano derecha, balbuceaba confusas indicaciones Sebastián Molinero, el despistado de Sebas, miope, treinta y tres años, un cuerpazo de metro noventa algo desgarbado, soltero y con una novia funcionaria de la Comunidad Europea en Bruselas; su oficio era la producción, es decir, una indefinible tarea que va desde elaborar presupuestos, obtener dinero y administrarlo, hasta llegar con las hamburguesas calientes para alimentar al hambriento equipo o conseguir una bombilla en medio de la selva amazónica. Tumbado en el asiento trasero con su dolor de muelas, Lorenzo Ecenarro, Loren, había pasado todo el viaje dormitando bajo los efectos de un par de analgésicos; metro ochentaiuno, hipocondríaco sin remedio, treinta y cinco años, casado y con un hijo de poco más que quince meses, era el realizador, algo así como el creativo del trío, el encargado de poner en imágenes los conocimientos de Pablo y dirigir a los equipos que contrataban en cada viaje, responsable de batallar con cámaras, iluminadores y montadores para hacer el trabajo en el tiempo previsto y lograr que casi no se notara la escasez presupuestaria.
Si hubiese habido que definirlos como diferentes partes de un mismo cuerpo, el bueno de Sebas habría sido el corazón, el eslabón afectivo, la bisagra que los unía y que dejaba aflorar de su interior, en los ratos libres, un niño grandullón dispuesto siempre a ser feliz. En cuanto a Pablo, de carácter firme y obstinado, aficionado a la ironía, era el auténtico cerebro, la cabeza rectora y el rostro que identificaría el público, el motor que les impulsaba. Por último Loren, de formación artística y libresca, inquieto e imprevisible, capaz de entusiasmarse tras una súbita idea o ensimismarse en una obsesión, representaba los ojos, la inspiración necesaria, la sensualidad del grupo.
Pero más rico en su sabor
es el azúcar cubana.
La orquestina de latas, palmadas y aullidos, seguía atronando el interior del vehículo mientras atravesaban por el puente Washington en dirección al centro de Manhattan. Eran las siete de la tarde del miércoles 20 de Junio de 1990. En medio del tremendo aguacero, se dirigían hacia la calle 55 entre la Quinta y la Sexta Avenida, en pleno Midtown, donde se encontraba su hotel, el Mortick.
- ¡Yuju! -gritaba Sebas mirando como un poseso por las ventanillas-, ¡por fin en New York! ¡La capital del mundo en mis manos!
Y empezó a improvisar por su cuenta aquello de “AQUI ESTAMOS DULCES AMIGUITOS, RADIO CORASSON EN NEW YORK PARA TI, DIRECTAMENTE DESDE USA, DESDE LA MISMISIMA YANQUILANDIA PEQUEÑO, RADIO CORASSON EMITIENDO POR SATELITE TU ROCK-ROCK-ROCK’N-ROLL DE MANHATTAN. YOU GOT IT? ¿LO TIENES? PARA QUE MUEVAS TU BODY, COLEGA, EN RIGUROSO ESTRENO, GIVE ME FIVE!, ¡¡¡CHOCALA!!!: ¡¡¡EL ROCK DEL BASQUET!!!”
Y a continuación subió el volumen de la radio y se puso a canturrear, hinchando los carrillos, un descabellado rock de su invención que, al mezclarse con el “son”, derivó en un auténtico escándalo. Y Loren y Pablo no tuvieron más remedio que acallarle a gorrazos.
La inscripción en el hotel resultó larga y accidentada. El empleado que les atendió, un hombre rubio y seco con cara de palo, les exigió que rellenaran los formularios con todo detalle cuando vio que pagarían con un talón de la agencia de viajes. Mientras lo hacían, se desentendió de ellos para dedicarse a un grupo de ejecutivos yanquis recién llegados. Fue inútil que Pablo intentara atraer la atención del segundo recepcionista, un tipo bajo y moreno de expresión amable: a una seña brusca del primero, se alejó disculpándose con una sonrisa. Una vez acabó con el grupo, el puntilloso empleado recogió sus fichas y se demoró largo rato comprobando las reservas y asignándoles habitación en el ordenador. Finalmente les pidió las tarjetas de crédito para cargar en ellas los gastos extras. Sebas, en sus funciones de productor, le indicó que pagarían al contado, pero el hombre no lo aceptó. Ante la negativa, optó por sacar su tarjeta de crédito como garantía de los gastos de las tres habitaciones, y ni aún así el terco recepcionista se dio por satisfecho: quería las tres, argumentó con malos modos, porque el señor Pablo Bontemp se marchaba al día siguiente, jueves 21, mientras los señores Lorenzo Ecenarro y Sebastián Molinero permanecían en el hotel hasta el sábado 23. Pablo, indignado por sus maneras, decidió explotar e inició a voz en grito una retahíla de reproches sobre el trato al cliente. Su estrategia surtió un efecto inmediato y los huéspedes que se hallaban en el vestíbulo giraron el rostro con curiosidad. El antipático individuo reculó en su actitud y, visiblemente nervioso, aceptó la tarjeta de Sebas. Pero se equivocaba al pensar que aquel gesto sería bastante para aplacar a Pablo y echar tierra sobre su desagradable comportamiento. Pablo exigió la presencia en el lugar del director. Aquel anglo estirado y clasista se puso verde, tragó saliva, y tuvo al fin que pedir públicamente disculpas delante de su jefe de personal. Aún así, el condenado recepcionista logró vengarse porque ya había asignado las habitaciones: instalaron a Sebas en la 1117, a Loren en la 1424, y a Pablo en la 1712; en total, seis pisos los separaban.
Desde las amplias ventanas de su cuarto, Sebas contempló la lluvia que caía iluminada por la luz de las farolas. La tormenta no había sido capaz de enfriar un solo grado la temperatura enfebrecida de sus emociones: estaba al fin, por primera vez en su vida, en New York; se había hecho realidad el sueño largamente acariciado. Pablo y Loren, que conocían bien la ciudad, se habrían reído de su actitud embelesada. Veía muy abajo, entre los humos de la ventilación del metro que surgen del asfalto, un universo de paraguas corriendo en todas direcciones. A su alrededor, los gigantescos rascacielos dedicados a oficinas a esa hora vacías, tenían sin embargo muchas de sus ventanas iluminadas. Le pareció que la ciudad, que olía a humedad y moho como la misma habitación, era ese magnífico espectáculo que había esperado, y se sintió en casa.
Llamaron a la puerta. Cuando abrió, se encontró frente a un botones de corta estatura y aspecto hispano que se dirigió a él en ese español mezclado con inglés que llaman “spanglish”.
- ¿Su maleta, señor?
- La bolsa negra.
El muchacho cogió la pesada bolsa del carrito de los equipajes y la dejó sobre un banco alargado instalado al efecto. Lo hizo con sorprendente soltura a pesar de su escasa talla. Sebas le observó con descuido, preocupado por hurgarse los bolsillos en busca de un par de dólares.
- Ten -le tendió los billetes.
- Gracias, señor. ¿Conoce nuestras habitaciones? Allí tiene el minibar -e indicó la pequeña nevera-, éste es el termostato que regula la temperatura -tocó la ruedecita blanca adosada a la pared-, y en el teléfono hay contestador automático para que le dejen los mensajes si no está. Se pone en marcha a la sexta llamada. Al lado encontrará las instrucciones. Si quiere...
- No te molestes -le cortó Sebas con gesto amable-. Creo que me las arreglaré.
- Muy bien, señor -una sonrisa radiante, de dientes perfectos, iluminó su rostro. No dude en llamarme si necesita cualquier cosa. Le deseo una feliz estancia entre nosotros -y se dirigió a la puerta.
- ¡Espera...!, espera un momento.
El chico se detuvo en el umbral. Sebas sostenía la bolsa que acababa de dejar.
- Nos hemos equivocado de bolsa. La mía es aquella otra -señaló el carrito-. Esta es la de uno de mis compañeros, Pablo Bontemp, piso diecisiete, habitación...
El botones consultó con diligencia un papel que llevaba en la mano.
- ¿1712?
- Seguramente.
- ¡Vaya, lo siento! Son casi iguales -exclamó al tiempo que cogía la otra bolsa.
- Sí, al ser las dos negras...
- Permítame...
- Es igual; yo la colocaré.
Sebas dejó caer la segunda bolsa sobre el banco mientras el chico colocaba la primera de nuevo en el carrito y desaparecía camino de las habitaciones de Loren y Pablo. La abrió y fue distribuyendo su contenido por perchas y cajones. Cuando la hubo vaciado, la retiró del banco y la puso en el suelo del armario, junto a los zapatos.
En la mañana del jueves seguía lloviendo. Pablo se levantó temprano, dispuesto a aprovechar al máximo su breve estancia: después de la entrevista que tenían concertada a primera hora de la tarde, debía tomar el vuelo de las 19:00 h. de regreso a España para comentar el partido decisivo de la “Final Four”, la Copa de Europa de Baloncesto, que se celebraba el sábado en Donostia. Sobre las ocho acabó de preparar las preguntas, recogió las pocas cosas que había sacado del equipaje, y abandonó su habitación. Bajó a la de Sebas, la 1117, y dejó sobre el banco maletero su bolsa negra tal y como había hecho el botones la noche anterior. La entrevista sería allí mismo, de modo que le convenía tener sus trastos a mano para salir pitando en cuanto acabaran. El resto de la mañana lo dedicó a hacer turismo con Sebas mientras Loren visitaba al dentista. Por la tarde, con el tiempo justo una vez acabada la entrevista, recogió la bolsa y huyó como alma que lleva el diablo camino del aeropuerto. Consiguió embarcar por los pelos, como de costumbre, pero lo consiguió. Al despegar se sentía contento, casi feliz, porque habían hecho un buen trabajo.
Al día siguiente, un viernes que amaneció ventoso y nublado, Loren y Sebas se dedicaron a rodar la sede de los Knicks y los “playgrounds” urbanos, canchas de baloncesto situadas en plena calle y rodeadas por una alambrada en que los neoyorquinos, y particularmente los negros y los hispanos, intentan emular con toda su alma las hazañas deportivas de los ídolos de la NBA. Fue la típica jornada marathoniana, trabajada de un tirón, de sol a sol, con una corta parada para echar un bocado. Terminaron cerca de las ocho de la tarde, cuando la escasa luz del atardecer hizo imposible continuar.
De vuelta al hotel, Lorenzo llamó a Susana, una buena amiga que llevaba varios años viviendo en la ciudad como corresponsal de un importante periódico español. Soltera irreductible, era una mujer extremadamente simpática y algo excéntrica, cicerone ideal para guiarles por los locales de más rabiosa actualidad en su última noche neoyorquina. Quedó con ella y citó a Sebas en el vestíbulo en un cuarto de hora, el tiempo justo para arreglarse. Cuando se metía en la ducha, llamaron a la puerta. Fastidiado, tuvo que enrollarse una toalla a la cintura y se dirigió a abrir preguntándose quién sería el energúmeno que venía a molestarle. Se encontró frente a su compañero: apenas si habían transcurrido dos minutos desde que hablara con él y ni siquiera se había cambiado. Con brusquedad le espetó qué quería, que por qué se presentaba así, de repente.
- ¿Puedo pasar? -fue la respuesta de Sebas.
Loren se apartó con ademán desganado y observó que llevaba un sobre.
- ¿Qué ocurre? Tenemos prisa y tú aún estás...
- He recibido un fax -le cortó.
- ¡Vaya por Dios, empezaba a extrañarme toda una semana de tranquilidad! ¿Malas noticias?
- Según cómo se mire.
- ¿A qué viene tanto misterio? Desembucha que tenemos el tiempo justo. ¿Qué tripa se les ha roto esta vez en Barcelona? Seguro que aprovechando nuestra ausencia han suspendido el documental.
- No es de Barcelona -dijo Sebas sentándose cansinamente en una silla.
- ¿Ah, no? ¿Entonces de dónde coño es?
- De Medellín.
- ¿De dónde?
- De Medellín -repitió Sebas, y añadió con un hilo de voz-, Colombia.
Estaba demudado, nervioso, pidiendo con los ojos que se le escuchara. Loren se sentó en un extremo de la cama y le miró sin entender.
- Un momento, un momento -trató de ordenar sus ideas-, ¿he oído bien? ¿Has dicho de Medellín, de donde el cartel de la coca?
- Sí.
- Vamos, Sebas, será un error. ¿Seguro que va a tu nombre?
- A nombre de Sebastián Molinero, también abreviado S.M., hotel Mortick, New York.
- Déjame ver -dijo Loren con curiosidad.
Sebas extrajo un par de folios del sobre y se los tendió. Efectivamente, la primera hoja del fax iba a nombre de Sebastián Molinero. Junto al encabezamiento, alguien había escrito a mano el número de su habitación, la 1117.
SEBASTIAN MOLINERO
HOTEL MORTICK
Avenue of the Americas at 55th Street
New York, N.Y. 10019
Fax Nº (1) 92-4465327
FLOREXPORT
COLOMBIANA DE EXPORTACION FLORERA
Medellín 02-4478 (Fax)
C/ San Patricio 22
Medellín 04012
Colombia.
Medellín a 21 de Junio de 1990
De ROSA SANJUAN
A SEBASTIAN MOLINERO
Te remito el Fax recibido de Canadá para que le des cumplida respuesta según tu programa de viajes.
Confirmo con este Fax tu dirección en New York y te envío parte del cargamento de rosas por el canal de costumbre. Lo demás te llegará próximamente.
Garantiza a los canadienses que les serviremos las flores de los próximos meses en las condiciones negociadas.
Esperamos tu confirmación.
Un saludo.
La segunda hoja era el Fax enviado desde Canadá.
FLOREXPORT
COLOMBIANA DE EXPORTACION FLORERA
Medellín 02-4478 (Fax)
C/ San Patricio 22
Medellín 04012
Colombia.
CANADA FLOWERS INTERMEDIATES (CFI)
Toronto 182- 142736 (Fax)
Sunrise St. 38
Conrad Dtc.
Toronto 0088
Canada.
Toronto, 06-20-1990
De CFI
A FLOREXPORT
Les rogamos remitan este Fax a S. M.
Nuestra previsión de rosas para los próximos meses es la siguiente:
- Junio, 25 kg.
- Julio, 75 kg.
- Agosto, 75 kg.
- Septiembre, 75 kg.
Entendemos que, según el acuerdo a que llegamos a principio de año, el precio por kilogramo no variará.
Efectuaremos el pago del modo habitual, a la recepción de la mercancía.
Comuníquennos si hubiera algún cambio en la fecha del envío o el lugar de recogida.
Aguardamos respuesta tras la consulta con S M.
Saludos.
Indudablemente, pensó Loren, aquello era muy extraño. Sebas esperaba ansioso la reacción de su amigo.
- Vaya, vaya, veo que aprovechas los viajes de televisión para hacerte millonario. No sabía que tuvieras un negocio de flores.
- ¿Bromeas?
- Aquí lo dice muy claro -y Loren blandió los folios en el aire.
Sebas miró a Loren desde detrás de sus gafas, con ojos como platos.
- No pensarás que yo...
A Loren empezaba a divertirle el desconcierto de su compañero y no estaba dispuesto a desaprovechar la ocasión de tomarle el pelo.
- Sebas “el florista”. Jamás se me habría ocurrido.
- Dudo que se trate de flores.
- ¿Por qué no?
- Esos kilos deben ser de droga.
- Tienes demasiada fantasía.
- Déjate de guasas. No me haces la menor gracia.
- ¿Y qué pretendes, que te ayude a meter la cocaína en las cintas de vídeo?
- Te aseguro que no tengo nada que ver.
- Veamos...-le interrogó Loren aparentando desconfianza-, ¿tú no eres venezolano?
- Sí -contestó lacónico un Sebas cada vez más desorientado.
- Ya..., ¿y no conoces a nadie en Medellín?
Sebas se lo pensó seriamente antes de contestar.
- No, creo que no. Nunca he estado en Medellín.
- Pero sí en Colombia.
Sebas, hijo de españoles, había nacido en Venezuela cuando su familia se trasladó allí atraída por las promesas de un hermano de su padre. Sin embargo, sus padres no se acabaron de adaptar al nuevo tipo de vida y, seis años después, regresaron a España para establecerse definitivamente en su ciudad de origen, Badalona, muy cerca de Barcelona. A los veinte años, tras abandonar la carrera de arquitectura para buscar otros horizontes, Sebas volvió a Venezuela y permaneció un año trabajando en Caracas bajo la protección de su tío. Lorenzo lo sabía y se permitía jugar con ventaja.
- Conozco alguna gente en Colombia -respondió-, ¿pero qué tiene que ver?
Lorenzo estalló en una carcajada.
- Está bien, está bien, no te lo tomes así. De todos modos, ¿estás seguro de que no le has comentado a algún amigo colombiano que harías este viaje?
Sebas estaba tan confuso que se paró otra vez a pensar. Trataba con la mejor fe de encontrar una respuesta satisfactoria.
- No..., seguro que no. Hace años que no tengo ninguna relación con mi familia venezolana. Sólo mis padres hablan a veces con ellos por teléfono, pero no creo que...
- Entonces, chico, tiene que tratarse de un error, así que no te preocupes.
- Sí, quizá sea un error, pero desde que lo he leído no dejan de darme vueltas en la cabeza las más extrañas ideas.
Loren se dio cuenta de que Sebas tenía incluso más miedo del que aparentaba y sus bromas no habían hecho sino acrecentarlo. Se arrepintió de su actitud cruel y trató de quitarle importancia.
- Desde luego, es mucha casualidad que una persona con tu mismo nombre esté aquí, en New York, en el mismo hotel y en las mismas fechas, aunque estas cosas pueden llegar a ocurrir...
Pero Sebas no estaba dispuesto a darse por satisfecho.
- ...A no ser que alguien del hotel esté utilizando mi nombre para recibir mensajes sin correr riesgos. -Clavó su mirada en Loren-. Pero si sólo querían usar mi nombre para evitar cualquier control policial, ¿por qué me lo han dado? Alguien que no estaba en el ajo ha metido la pata al entregármelo.
- ¿De qué riesgos hablas? Olvida esas bobadas. Es un simple mensaje comercial, ¿o crees acaso que el único negocio que existe en Colombia es la droga? Además, me has asegurado que no tienes nada que ver, ¿no?
Sebas no le escuchaba. Había llegado a sus propias conclusiones y no estaba dispuesto a descabalgarse de ellas. Continuaba rumiando.
-He encontrado el Fax por casualidad, medio oculto bajo una parte de la moqueta levantada. Lo debieron tirar por la ranura de la puerta y se atascó allí. Con el lío de la entrevista del jueves y las prisas del rodaje de hoy, hasta ahora no lo he descubierto. Aunque no entiendo la fecha canadiense, la de Colombia es de ayer.
Loren cambió de táctica y optó por seguirle la corriente. Se inclinó sobre el Fax y releyó la fecha de Toronto.
- Seis del veinte de mil novecientos noventa... ¡Ah, ya lo entiendo! El envío del primer Fax desde Canadá a Medellín se hizo anteayer, el miércoles día veinte. 06-20-1990. Utilizan el sistema americano para datar fechas: primero el mes, luego el día, y por último el año.
- El caso es que quien tenía que recibirlo, querrá recuperarlo... Me da miedo haberlo leído -se decidió a confesar Sebas.
Loren resopló y se incorporó. Paseó por la habitación ajustándose la toalla a la cintura: ¿cómo conseguiría convencerle? Sebas le observaba. Aunque no lo dijera, por su imaginación pasaban las imágenes de las víctimas de la guerra de la coca en aquel momento en su máximo furor.
- ¿Por qué no te apartas de la ventana?
- ¡!
Sebas dio un respingo en su silla.
- ¿Te das cuenta? Estás neurótico. -Loren se acercó a las grandes cristaleras y empezó a correr las cortinas riéndose entre dientes.- Unicamente pretendo que no me vean en bolas.
- Lo dices porque no te ha tocado a ti la china...
- Está bien, está bien..., como quieras.
- Gracias... -le miraba con ojos angustiados-. ¿Y qué podemos hacer?
- Pues devolverlo tranquilamente.
- No sé... Han escrito el número de mi habitación con bolígrafo en la primera hoja, y no hay manera de borrarlo; sabrán que lo he leído. Me parece que no sirvo para héroe. Mira, se me está poniendo la piel de gallina sólo de imaginar que ande dando vueltas por ahí: el hotel está plagado de hispanos... ¿Lo rompemos? -e inició el ademán de rasgar las dos hojas.
- ¡Espera! -La orden le detuvo.- ¿Qué vas a hacer?
- Convertirlo en pedacitos, echarlo por el váter, tirar veinte veces de la cadena, y si te he visto no me acuerdo.
- No seas crío. ¿Qué excusa darás si te lo reclaman?
- Diré que no tengo ni idea, que no he recibido nada, que no he leído nada. Y tú tampoco, ¿vale?
- Escucha, no es nuestro y es mejor evitarse problemas. -Loren se rascó la cabeza.- Mmm..., déjamelo y ya encontraré un modo discreto de devolverlo.
De pronto, los ojos de Sebas se animaron.
- ¡Enviarlo otra vez!
- ¿Cómo?
- Sí, mandarlo de nuevo.
- Pero bueno..., ¿te has vuelto loco?
Sebas refunfuñó y se ajustó las gafas.
- ¿Qué te parece si se lo enseñamos a Susana para ver qué opina? Ella conoce mejor esta ciudad, es una mujer de recursos..., y tiene Fax.
- De verdad que deliras.
- Por favor...-suplicó.
- De acuerdo -y Loren le palmeó amistosamente la espalda-, como quieras, pero yo lo guardaré. Si alguien te lo pide -bromeó-, me lo mandas que me encargaré de arreglarle las cuentas..., y no le des tanta importancia o acabarás viendo sospechosos por todas partes. Venga, baja a tu habitación y cámbiate rápido. Se ha hecho tardísimo.
- Antes dame una copa. La necesito.
El mismo se sirvió tres generosos dedos de güisqui que se tomó de un solo trago, a palo seco, como hacía a menudo. Cuando se dirigía a la puerta, la voz pensativa de Loren le detuvo.
- ¿Y si nos están gastando una broma?
- ¿Una broma?
Ambos amigos se miraron.
- Sí, hombre, alguien que ha decidido tomarnos el pelo, que sabe dónde estamos y no tiene otra cosa mejor que hacer que divertirse a costa nuestra. Con tus obsesiones, ni se nos ha ocurrido.
- Demasiado complicado. Si hay alguien capaz de organizar algo así, además de un genio, es un perfecto cabronazo. Una broma de este calibre, en plena guerra del cartel de Medellín, nos podría costar un disgusto.
- ¿Dónde has dejado tu sentido del humor?
- Dudo que los compañeros de Barcelona estén para esas gaitas...
Sebas se arregló deprisa: intentaba permanecer el mínimo tiempo posible en su habitación no fueran a aparecer llamando a su puerta. Se quitó la ropa, se dio un chapuzón de apenas medio minuto, se vistió el traje, y se metió un buen mazo de billetes en el bolsillo. Lo hizo sin poner demasiada atención, tan precipitadamente que se dejó la documentación, las tarjetas de crédito, las llaves del portafolios y cualquier papel que pudiera identificarle, en la chaqueta que se había quitado. Barajaba en su mollera la remota sospecha de que todo fuera una broma con las demás posibilidades, lo que añadía otra cara al rompecabezas en que había convertido el Fax.
Llevaba casi diez minutos en el vestíbulo del hotel y empezaba a estar francamente nervioso, cuando apareció el tardón de Loren. Salió del ascensor sonriendo y, como si fuera un figurín en la pasarela, le saludó ligeramente con la cabeza. Ni siquiera se le acercó. Con el aspecto inocente de quien en su vida ha roto un plato, le preguntó al recepcionista del turno de noche por el número de la habitación de Sebastián Molinero. El hombre, un cincuentón de ademanes ceremoniosos, le explicó que no se daban números de habitación y le indicó que utilizara los teléfonos de servicio interior para que la telefonista le pusiera con él. Sebas observaba sus evoluciones con el corazón en un puño. Al verle dirigirse a los teléfonos, inició un trotecito corto de aproximación. Loren no le dio oportunidad de llegar hasta él: mientras levantaba el auricular, le pidió que fuera cogiendo un taxi. Sebas se detuvo en seco, dio media vuelta y se encaminó hacia la puerta de salida cabizbajo, con la impresión de ser un apestado.
- Buenas noches, ¿dígame?
- ¿Me puede poner con Sebastián Molinero, por favor?
- Un momento.
El timbre de llamada sonó dos veces y contestó una voz masculina. Hablaba un castellano sin acento, español.
- ¿Si?
- ¿Sebastián Molinero?
- Yo mismo, dígame.
Lorenzo balbuceó en inglés “wait a minute, please”, y colgó.
Salió a la calle. Buscó con la mirada a Sebas, pero no lo encontró. Había un taxi parado con las puertas cerradas, preparado para salir. Tuvo que abrir la portezuela y comprobar que dentro, encerrado allí para protegerse, le esperaba Sebas. En cuanto se sentó, Sebas ordenó al taxista que arrancara.
Le contó lo ocurrido. Sebas primero tragó saliva y luego se permitió dudar con la mirada. “¿Crees que bromeo? -ironizó Loren-; entonces compruébalo por ti mismo.” Descendían por la Quinta Avenida y la evidencia de la llamada telefónica hacía trizas todas las especulaciones: la casualidad había hecho coincidir a dos Sebastián Molinero y la entrega del Fax a Sebas no era más que una equivocación comprensible. Se sintió aliviado. “¿Lo llevas encima?” “Sí.” Con una decisión inusual en él, Sebas ordenó al taxista que diera la vuelta y regresara al hotel. El negro que iba al volante masculló algo referente a la jodida noche del viernes y obedeció.
El portero de la entrada, vestido con un paletó gris perla y cubierto con más entorchados que un general, abrió la portezuela. Loren se dirigió de nuevo al mostrador de recepción. El ceremonioso recepcionista enarcó una ceja al ver el aire decidido que traía, apartó los papeles, dejó un espacio libre para que aterrizara, y se dispuso a escuchar.
- Creo que tienen ustedes dos cliente con el mismo nombre, dos Sebastián Molinero. Le han entregado a mi amigo este Fax -y mostró el sobre- por error, de modo que lo devuelvo para que se lo remitan al otro Sebastián Molinero. Seguramente lo estará esperando. ¿Me entiende?
El empleado ni se había inmutado. Mantenía la ceja levantada y cogió el sobre por una esquina, con gesto circunspecto. Loren se creyó en la obligación de insistir:
- ¿Le parece que me ha comprendido? Es un Fax que...
El otro le miró con una sonrisa.
- Por supuesto, señor. Le he comprendido perfectamente.
- Estupendo -Loren echó un paso atrás.- Asunto resuelto. Muchas gracias.
El recepcionista le obsequió con una ligera inclinación de cabeza y Loren regresó al coche. Durante la espera, Sebas se había dedicado a comerse las uñas. Ahora, sin el maldito Fax entre manos, se sintió libre, infinitamente ligero, tanto que durante el camino se dedicó a reírse de sí mismo y de su absurda obsesión con carcajadas no exentas de una cierta histeria.
Susana les esperaba maquillada, vestida, y con los pendientes puestos: dos largos cigarrillos de plástico colgaban de sus orejas de no fumadora, sin duda para llevar la contraria al mundo. Les recibió con saltos de alegría y abrazos, pero su afectuosa bienvenida no le impidió lanzar sus dardos afilados:
- Es una maravilla teneros al fin aquí: traéis con vosotros el aroma de España. ¿No se dice así? Casi había olvidado nuestras costumbres. Por ejemplo, la de llegar más o menos una hora tarde a las citas.
Loren la contemplaba. Apenas si podía descubrir la huella de los años transcurridos en New York. A pesar de haber sobrepasado los cuarenta, aparentaba el mismo aspecto juvenil de siempre. Su pelo, teñido de ese negro intenso que despide reflejos azulados, cercaba sus ojos verdes. No era bella, pero atraía como el imán. Allí sentada, con los pantalones de licra ajustados que imitaban la piel del leopardo y los botines de tacón alto, parecía estar diciendo que era una mujer libre. Consciente de la mirada apreciativa de su amigo, le dejaba hacer con tranquilidad.
- Bueno, ¿no decís nada? Estáis embobados. ¿Es que tengo monos en la cara? Antes solía ser de buena educación dar una excusa formal.
- Tenemos una excusa -habló Loren.
- Veamos vuestra inventiva. A ver si adivino: había un tráfico horroroso, no encontrábais taxi, y lleváis todavía los relojes con la hora española. ¿He acertado?
- Ni una...
Los tres rieron. Loren le entregó una bolsa de plástico con varios trozos de cemento armado ligeramente pintados: eran fragmentos del Muro de Berlín que había comprado durante un viaje en mayo; los vendían junto al Muro como “souvenirs”, con certificado de autenticidad incluido. Un obsequio original. Susana los recogió con sonrisa pícara y se levantó para colocarlos en una estantería con aspecto de solar de derribo.
- Creo que si esto sigue, dentro de poco podré reconstruir el Muro en mi propia casa -y contó la hilera de piedras que se acumulaban en fila india-. ¡Ya tengo dieciséis pedazos, qué ilusión!
En vista del éxito del regalo, se decidieron a contarle su excusa, algo que sí era original. La historia del Fax le interesó tanto que acabó enfadándose porque no se lo hubieran traído.
- En realidad, Sebas hace bien en desconfiar y tú -se dirigió a Loren- te lo has tomado demasiado a la ligera..., aunque sea cierto que Colombia es un gran exportador de flores: las envían congeladas en grandes contenedores no sólo a Estados Unidos y Canadá, sino también a España y a toda Europa. Buen número de los miles de rosas que se regalan el día de Sant Jordi en Barcelona, son colombianas: la producción nacional no alcanza y resultan más resistentes y baratas. Por otro lado, una de las formas más habituales de exportar cocaína que utiliza el cartel de Medellín, consiste en cargarla en esos contenedores que atraviesan el canal de Panamá: hay tanto tráfico y es tan lento el trasvase de barcos entre océanos, que ninguna aduana puede dedicarse a revisarlos sin correr el riesgo de organizar un auténtico caos y dejar el paso obsoleto. Debéis entender que hablar del cartel es hablar de una fantasmagoría, una gran multinacional, extraordinariamente compleja desde el punto de vista comercial y que utiliza empresas legales como pantalla, una auténtica maraña de redes paralelas montadas para gestionar el negocio y diversificar el riesgo hasta el infinito. Florexport puede enviar el Fax y concretar la forma de distribuir los encargos; el cartel de Medellín, como tal, jamás dejará constancia escrita de sus grandes tratos: se cierran con un apretón de manos y pobre del que no cumpla. Así que, con tantas ramificaciones, nunca se sabe. En principio las cantidades que cita el Fax son pequeñas, pero los canadienses pueden ser minoristas que contratan una parte de un envío mayor... sea de flores o de droga, o de ambas cosas a la vez.
- ¡Genial!, ¡no has sacado de dudas! Todo mi trabajo para convencer a Sebas por los suelos. Ahora resulta que tenemos rosas con pétalos de coca.
Susana no le hizo caso. Aunque el asunto hubiera quedado zanjado después de devolver el Fax, aquel era un momento ideal, con una copa de vino Rioja en la mano, para jugar a los detectives y elucubrar sobre lo sucedido. Era imposible frenar su instinto inquisitivo de periodista.
La telefonista no había dudado al pasar la llamada. Si se hospedaba otro Sebastián Molinero en el hotel, lo había encontrado primero en el listado de su ordenador y había conectado con él sin ninguna extrañeza, lo que indicaba cierto despiste por su parte, comparable al error cometido al entregar el Fax. El individuo, presumiblemente español, había contestado con la diligencia de quien está esperando que le llamen. Quizá Loren había actuado con poca inteligencia al colgar del modo que lo había hecho pero, ¿qué iba a contarle? Sin duda la extraña llamada, de llevarse algo turbio entre manos, le habría alertado. O no. Cabía por último otra posibilidad, añadió Susana, y miró a ambos amigos. Sebas hubiera preferido que no la pronunciara, pero aquella mujer era imparable:
- Podría ser que en realidad sólo haya un Sebastián Molinero en el hotel, es decir, tú -y señaló con el índice a un Sebas que se echó instintivamente hacia atrás-, y ello explicaría tanto la entrega del Fax como que la telefonista no dudara. Habría que pensar entonces que quien respondió al teléfono estaba en tu habitación intentando recuperarlo. Y antes de que me preguntéis por qué contestó, os lo diré yo: si se trata de un asunto de droga en el que está metida cualquier ramificación del cartel de Medellín, os puedo asegurar que son profesionales que no tienen nada que temer de vosotros, que dominan el terreno y se mueven con precisión, que sabían antes de subir que habías dejado la habitación, y que atendieron la llamada para ver si obtenían alguna pista ya que no habían encontrado el Fax.
Sebas y Loren escuchaban helados las implacables deducciones de Susana, incapaces de pronunciar una sola palabra. Negros nubarrones se cernían sobre ellos. Ella los miró divertida, cruzó las piernas sobre el brazo del sillón, y trató de suavizar sus últimos comentarios.
- No pongáis esa cara de susto. Lo habéis devuelto, de modo que esperemos que esté por fin en manos de su auténtico destinatario. Podéis tomaros el vino tranquilos: rosas o droga, el cartel está obligado a actuar con discreción y es evidente que vosotros no tenéis nada que ver. Creo recordar que últimamente han recibido varios golpes serios en esta ciudad. Tendría que consultar mi archivo...
Se incorporó de un salto y se acercó al ordenador que ocupaba una esquina de la habitación. Empezó a teclear.
- Si no me equivoco, en agosto del año pasado detuvieron en el aeropuerto de La Guardia... -con el cursor fue corriendo el texto en la pantalla-. Sí, aquí está. Detuvieron al jefe químico del cartel, un tal Humberto Sánchez, de 28 años, colombiano, un tipo clave en el organigrama del narcotráfico que había venido a comprobar la calidad de una gran partida de... ¡heroína! Caray, se apuntan a todas. Con él capturaron también a sus seis contactos en New York, todos de la misma nacionalidad, tres en el aeropuerto y los otros en una casa en Queens. Tiene pinta de haber sido un asunto turbio. Seguro que los clanes asiáticos, que siempre han tenido el monopolio de la heroína, debieron irle con el soplo a la DEA, la agencia norteamericana contra el narcotráfico. Veamos... -y continuó leyendo-. ¡Ajá!, el veintisiete de agosto cogieron a una pareja que vivía en Long Island y se encargaba de blanquear dinero de la organización en Estados Unidos, unos trescientos cincuenta millones de dólares, más de cuarenta y dos mil millones de pesetas... En fin -Susana dio la espalda al ordenador-, la lista es muy larga. Tened en cuenta que sólo os he leído el mes de agosto de 1989, cuando se inició oficialmente la “guerra”, y de eso hace casi un año. El caso es que están concediendo extradiciones desde Colombia y tratan de evitar por todos los medios que los encarcelen aquí. En serio, os lo podéis tomar como una anécdota divertida para contar a los amigos.
- A mí no me hace ninguna gracia -intervino Sebas. Había escuchado muy tenso la lectura.
- Pero -empezó a objetar Loren-, lo que no entiendo es que si únicamente pretendían usar el nombre de Sebas como destinatario del Fax, aparezca citado desde Canadá, aunque sólo sea por sus iniciales.
- La abreviatura del nombre de Sebas -replicó Susana mientras volvía sentarse en su sillón- puede servir para un... Sergio Manzano, por ejemplo: S.M. Manzano es un viajante, un correo que se hospeda en el Mortick cuando viene a New York. El mismo, o el enlace que sin duda tiene en el hotel y que le pasa la mercancía, busca en la lista de clientes un nombre que le vaya bien, algún hispano que se mueva y no vaya a crear problemas. Una vez lo tiene, se pone en contacto con Medellín y se lo comunica.
- Yo me largo del hotel -le interrumpió Sebas rebullendo en el sofá.
- No seas chalado, hombre. ¡Si al fin y al cabo nos vamos mañana!
Susana sonrió al verlos discutir. Se levantó y sirvió más vino.
- Me parece que Sebas es de los que se abonan a aquello de “ojos que no ven...”
- Está acojonado -exclamó Loren dándole un codazo a su compañero.
- Me gustaría veros en mi piel.
- ¡Vaya!, ¡mira con qué sale ahora! ¿No he dado la cara por ti?
- Si queréis, tenéis a vuestra disposición mi casa. No hay mucho sitio, pero entre la cama y el sofá...
- Pues no te digo que no -respondió Sebas, y Loren se los quedó mirando.
- ¿Qué es esto?, ¿ligando antes de cenar? Si molesto me voy...
El vino empezaba a alegrarles los corazones. Susana consultó el reloj del ejército ruso que llevaba en la muñeca.
- ¡Uf, es muy tarde! ¡Me muero de hambre!, ¿vosotros no? -Sebas y Loren asintieron mientras dejaban sus copas sobre la mesa.- Pero antes de irnos, ¿me dejáis que haga una comprobación? Es curiosidad profesional... -Ambos amigos la miraron sin entender.- Dadme el número del Mortick.
Fue marcando los dígitos a medida que Loren se los dictaba. La telefonista pasó la comunicación rápidamente, pero esta vez no contestó nadie. Con la sexta llamada, entró en funcionamiento el contestador. Susana, no sabiendo de qué habitación se trataba, dejó un saludo en catalán sin ningún dato que la identificase.
- Y bien, ahora veremos si se ha grabado en tu teléfono o no. Si me han puesto con otro, espero que no entiendan nada.
- Excepto que ha llamado una catalana -añadió Loren lapidario.
Camino del restaurante, se desviaron para detenerse un momento en el hotel. En el teléfono de Sebas no había ningún recado.
Capítulo 2 : LA CENA
El restaurante que había elegido Susana era un antiguo “drink-bar” adaptado para los usos y gustos de la gente moderna: un lugar incómodo, con una barra interminable de aluminio, y repleto de mesas en el corto espacio que quedaba enfrente. Estaba situado en los muelles del Hudson, en los alrededores de un antiguo mercado de la carne o matadero. Es fama que en aquella zona, en épocas de mayor liberalismo sexual, solían organizarse orgías ciegas en los contenedores vacíos de los grandes camiones, donde hombres y mujeres anónimos se mezclaban en completa oscuridad a la busca de los más variados placeres. Rosas, drogas, orgías, un universo de contenedores flotaba en la imaginación de Sebas. Eran cerca de las once de la noche y aún a esa hora se seguía vendiendo carne en la calle, pero de otro tipo, auténtica carne humana viva: putas, enormes travestidos negros y chaperos, ambientaban las aceras barridas por el viento y daban color a la estrambótica barriada.
Mientras esperaban turno en una esquina de la barra, hacinados entre un nutrido grupo de clientes junto a la puerta de entrada, decidieron dar cuenta de una botella de vino blanco californiano. Hablaban animadamente cuando, en una repentina aglomeración, alguien que intentaba salir tropezó con Loren y le derramó la copa de vino sobre el traje. Inició una retahíla de maldiciones y, al elevar el rostro, se encontró frente a dos ojos azules. De forma inexplicable, le dominó de pronto la impresión de que era posible para un hombre zambullirse en ellos. La sarta de imprecaciones que estaba pronunciando se le congeló en los labios. Quedó mudo, indeciso por la sorpresa, olvidado de su enfado, la copa vacía en una mano y la americana goteándole. Su pasión por la poesía le traicionó y atravesaron su cerebro los versos de Gutierre de Cetina:
“Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados...”
La muchacha que tenía ante sí permanecía también mirándole, absurdamente imantada, como si le estuviera leyendo la mente. Confusa por la perplejidad de Loren, se sonrojó, empezó a disculparse, trató tímidamente de sacudirle la chaqueta y, entre divertida y nerviosa, acabó prorrumpiendo en una risa. Intentaba dominarse, ocultar el rostro, decir que lo lamentaba. Desde detrás de la barra, la voz del encargado del local les urgió para que dejaran libre el paso. Ella, consciente de que sus esfuerzos eran inútiles ante aquel hombre estupefacto, dejándose guiar por un impulso se puso de puntillas y le besó en la mejilla. Al retirarse, su gesto espontáneo había contagiado una sonrisa a la expresión de Loren. Dio un paso atrás y se le quedó mirando todavía un instante. Luego salió a la calle y se perdió en la noche.
“Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados...,”
- Ya puedes bajar -un objeto blanco se agitaba en el campo visual de Loren- que se ha ido. ¿O piensas permanecer toda la noche en tu cielo particular con esa sonrisa mema?
Loren sacudió la cabeza y bajó la vista. Susana sostenía frente a él una servilleta y un chispazo de ironía le bailaba en los ojos. El ruido del restaurante, de la gente comiendo y charlando, de la música y los gritos de los camareros, volvió a sus oídos. Apoyado en la barra, Sebas le observaba socarrón. Comprendió que se había puesto en evidencia.
- No sé qué me ha pasado. Son las pastillas que tomo para las muelas; al mezclarlas con alcohol... Debo haber tenido una alucinación.
- Puede ser, aunque hay algunos simples que lo llaman flechazo. -Susana le frotaba la americana. Hablaba sin mirarle.- Desde ahora me dedicaré a ir tirando copas por ahí, aunque no sé si tendré tu suerte... ; he oído que estas cosas sólo les ocurren a los adolescentes o a los débiles mentales. -Levantó la vista y la volvió a bajar de inmediato.- Lo digo por lo de las pastillas... Y por cierto, ahora que estás de nuevo en el mundo común de los mortales, ¿por qué no te ayudas un poco?
Era imposible disimular. Susana le tendía la servilleta.
- Agua para el caballero -interrumpió Sebas acercándole un vaso-. Menos mal que el azul del traje es oscuro, no como ciertos ojos que yo me sé. ¡Vaya cuelgue, tío!
- Bueno, ya vale, ¿no?
En ese momento les llamaron. Mientras se dirigían a la mesa, Susana susurró al oído de Loren:
- Si te portas bien, más tarde te contaré un secreto que te interesará.
Eran cerca de las once y media y al poco de sentarse apareció Víctor, un antiguo amigo que vino a New York de vacaciones y acabó quedándose en ciudad. Asaltó a Loren tapándole los ojos.
- ¡Sorpresa!
Llevaba coleta, estaba delgado, y vestía una camisa de seda estampada con grandes flores. Su apariencia angelical seducía a la mayoría de las mujeres, quizá porque despertaba en ellas sus más profundos instintos maternales. Susana, que lo había invitado en secreto, vivía agradablemente cautivada por su amistad.
- ¡Estás guapísimo! Me encantan los hombres con coleta.
Se sentó palmeando con fuerza la espalda de Loren.
- ¡Qué pasa, mamonazo! ¿Tú también te has hecho fijo de New York? ¿Qué tal por Barcelona? Tu crío ya debe estar inmenso.
Sin oportunidad para responder, Loren se dejaba envolver por su acogedora presencia. Víctor hablaba sin cesar, siempre dispuesto a polemizar sobre cualquier tema. Sebas escuchaba sorprendido aquel aluvión de palabras y Susana optó por enzarzarse en la carta. La decisión fue rápida: dejaron en manos de ella la elección de un combinado de platos para probar entre todos.
Mientras llegaba la segunda botella de vino, Víctor se lanzó a explicar el motivo de su retraso. Se trataba, por supuesto, de un asunto de faldas: su anterior amante, unos diez años mayor que él, había regresado de Grecia esa misma noche y le había pedido si podía dormir en su casa porque tenía el apartamento ocupado; Víctor la había instalado y había salido a escape ante el desencanto de ella, que traía la intención de reverdecer viejos placeres por un par de noches. Sebas y Loren, poco duchos en las formas de vida de Manhattan, no acabaron de entender las dimensiones del fastidio que mostraba hasta que Susana les explicó que, aunque su piso tenía cuatro habitaciones, sólo disponía de una ya que las otras tres estaban realquiladas. Por tanto, la ex-amante tendría que dormir en su mismo lecho.
El tema del amor apenas se había iniciado. Una mujer en el propio lecho casi por obligación, quizá por fidelidad al pasado, quizá por amistad; sexo, amor... Los ojos negros de Víctor brillaban tras su perenne sonrisa.
- No soporto que se me cuelguen las tías. La mayoría se enrollan fatal. El amor es un chantaje del sexo.
Susana le daba interiormente la razón, pero se sintió movida a oponer una débil resistencia.
- No exageres. También ocurre con los tíos. Luego tratan a las mujeres de putas porque cambian de hombre.
- No me refiero a la infidelidad. Yo suelo ser fiel cuando estoy con alguien, no por virtud, sino porque me sale así. Mira, el otro día me acosté con una chica, una yugoslava que tenía novio, y resulta que al día siguiente se lo cuenta y le deja plantado. ¡Mierda!
- ¿Lo dejó por ti? -preguntó Sebas.
- Bueno, no sé si exactamente por mí. No creo ni que ella lo sepa. En todo caso, gracias a mí, y no me gusta verme implicado en esos asuntos. Luego me llamó para contármelo y para que nos viéramos. ¡Una noche y rompe con su novio! La chica me gusta, pero esa actitud... Os juro que me destrempa.
- ¿Qué les das? -intervino Loren masticando a dos carrillos.
Susana contemplaba a Víctor orgullosa: “me pertenece más a mí con su amistad que a todas ellas en la cama”, parecía pensar. Pero había en su mirada una cierta impotencia, la seguridad de que si intentaba acostarse con él la amistad se rompería. Y sin embargo, en aquel momento, oyéndole hablar, lo deseaba aunque sólo fuera por curiosidad. En su vida amorosa apenas si se le conocían algunos amantes esporádicos. Atraía más por su carácter que por su belleza y daba la impresión, probablemente por su fuerte personalidad, de pertenecer a esa clase de mujeres que de cuando en cuando utilizan sexualmente al macho. Por contra, cultivaba con delicadeza sus amistades, sobre todo las femeninas. Aún así, había en ella aquella noche algo particularmente frágil. Rodeada por tres hombres, crecía en su interior la necesidad de sentirse deseada más allá del espíritu de camaradería que les envolvía. Su comentario dejó entrever el despecho que a veces sienten las hembras por su mismo sexo.
- No entiendo cómo puedes ser tan promiscuo. ¿Merece la pena? No deberías permitir que te persigan.
- ¿Promiscuo yo? Sabes que no, o deberías saberlo. Hacía por lo menos un par de meses que no iba con ninguna mujer, pero de pronto se me acumulan: aguantar a una en mi cama y soportar que otra crea que se ha enamorado de mí. Sólo me falta decidir restaurantes para cenar, elegirles el plato...
Susana sonrió: al fin y al cabo ella había decidido el restaurante y elegido la cena. Apuró su vaso y, para sorpresa de todos, se puso confidencial.
- Está claro que no existen normas fijas en esto del amor... o del sexo. Influye la soledad, el deseo, el estado de ánimo o esa chispa especial que salta y prende, como si conocieras a alguien o lo hubieras estado esperando desde siempre... -y concentró su mirada en Loren-, ¿no te parece?
- No seas cruel -Loren trataba de escabullir el bulto-. Empieza a gotearte la sangre por la comisura de los labios.
- ¿Cruel yo? No. En todo caso Víctor, arrastrándolas con sus ademanes suaves y sus dulces ojos para luego echarles en cara que se enamoren de él.
- ¿Y qué debería hacer según tú?: ¿arrancarme los ojos?, ¿ser desagradable?
- No sería mala idea.
- Entonces prefiero ser cruel -ironizó Víctor-. Me siento más cómodo.
- ¿Se te ha ocurrido pensar -volvió Susana a dirigirse a Loren- que quizá hoy has tropezado con el amor de tu vida?
- Temo que empiezo a estar demasiado mayor para ciertos juegos...
- Imagínate que volvieras a encontrarte con ella, ¿la dejarías irse sin más?
- Saldría corriendo antes de que acabara con mi vestuario... Es demasiado peligroso.
- ¿Por qué?
- No es la primera vez que he tenido uno de esos encuentros mágicos, y espero que no sea la última. Nos ocurren a todos, ¿no es cierto? Recuerdas de repente que todo podría ser distinto y eso aporta un poco de incertidumbre a la existencia, un toque de fantasía que te permite soñar. Pero, sueños aparte, yo ya elegí mi encuentro mágico y es demasiado lo que tengo que perder.
- Te has vuelto horrorosamente conservador. Olvidas el brindis francés: “por tus amores, que sean muchos y cortos” -sentenció Susana frunciendo el ceño, y se encaró con Sebas-. ¿Tú también estás de acuerdo con él?
A Sebas, nuevo en la plaza y dispuesto a permanecer cómodamente instalado de oyente, la pregunta le cogió desprevenido. Antes de contestar, tragó, se ajustó las gafas, y levantó la mano derecha.
- Juro que, aparte de recibir un Fax, yo no he hecho nada.
Se rieron, pero Susana insistía.
- Vamos, no intentes escapar a la terapia de grupo.
- Verás, aunque oficialmente soy soltero, reconozco que mi novia me tiene bien cogido -explicó al tiempo que llenaba los vasos para disimular su timidez-. Me paso la vida yendo y viniendo de Bruselas por amor, como un bobo. Me encantaría una aventura neoyorquina y quizá le daría el salto a mi chica si al salir se me echara encima un monumento, pero el cielo no suele hacer conmigo milagros y enamorarme de otra ahora me resultaría bastante difícil. Debo ser un sentimental -concluyó, y agitó la botella vacía en la mano-. ¿Pedimos otra?
- ¡Uf, vaya trío! -sentenció Susana-. Estoy rodeada por un neurótico de su independencia, un hipócrita casado, y un calzonazos europeísta. No creo que me vayáis a servir para mucho esta noche.
- ¿A qué juegas, a la mujer despechada? -El tono de Víctor era venenoso y su rostro aparecía huraño. Loren y Sebas habían aceptado su sambenito con humor, conscientes de la parte de razón que Susana tenía, pero Víctor, más joven y con una fuerte autoestima, había decidido sentirse herido y no acabar de encajarlo.- Si no me equivoco, habíamos quedado para cenar. No recuerdo haber prometido nada. ¿Debemos suponer que pretendías hacernos una proposición?
La risa franca de Susana rompió la tensión.
- ¿A los tres juntos? No me habría atrevido pero, ya que lo dices, seguro que resultaría apasionante. Anda, no te enfades conmigo -y tomó con su mano la de Víctor-. Si me atrevo a hablar así es porque me encuentro en confianza, a gusto... y un poco achispada. ¿Qué preferirías?, ¿una aburrida conversación de trabajo? Venga, propongo un brindis -dijo levantando el vaso, y aún Víctor, aunque remolón, acabó secundándola-: porque los tres mosqueteros en realidad eran cuatro.
El extraño brindis les sorprendió, pero bebieron todos y Susana volvió a tomar el hilo.
- Y bien, ahí va la confesión del cuarto mosquetero. Os la debo. -Su voz adquirió un tono íntimo.- Para mí es fundamental en la elección de un amante que me inspire confianza. Puedo admirar la belleza de un hombre, o simplemente gustarme, pero no siempre es suficiente. Además, muy a menudo follar no es lo más importante. Viví una historia en Cuba que guardo celosamente. -Los ojos de Susana, turbios por el vino, se zambulleron en el pasado.- Fui con una amiga en un viaje organizado y contratamos unos días de estancia en la isla Caimán, en la zona del Caribe, para practicar submarinismo. Nos sumergíamos con bombonas en pequeños grupos conducidos por uno o dos guías. El jefe, que solía venir con nosotras, era un negrazo muy simpático, de una belleza que quitaba el aliento: su cuerpo oscuro y musculoso relucía bajo las gotas cuando salía del agua.
La llegada del camarero con los postres obligó a una breve pausa durante la cual nadie dijo nada. Luego continuó:
- Soy alérgica a los grupos organizados de modo que, en cuanto tuve un poco de experiencia, hice lo imposible para alejarme de los demás. Intentaba descubrir los lugares por mí misma, en una mayor quietud, y Diego, el hermoso guía, me lo permitía. Las aguas caribes son cálidas, así que tenía la costumbre de bajar con una camiseta y un eslip por todo vestuario. Aquel día no era una excepción. La luminosidad, el color de los fondos submarinos me fascinaba. El oleaje marcaba las formas de mi cuerpo y parecía que allí todo, hasta el deseo, podía deslizarse. Debía hacer más rato del habitual que nos habíamos sumergido porque empecé a notar que el aire me escaseaba. Miré a mi alrededor, pero no había nadie. Cuando levanté la cabeza vi al grupo muy lejos, saliendo a la claridad de la superficie. No me sentía intranquila, pero me situé en lugar visible para que Diego diera conmigo fácilmente. Respiraba poco. Casi enseguida apareció él. Estábamos absolutamente solos en aquel silencio, en aquel paisaje de ensueño. Se me acercó y, dejándose llevar por el impulso que traía, me abrazó. Amor para turistas, pensaréis. Es cierto, pero no me importaba. Sin embargo, a pesar de que Diego me gustaba, hasta entonces algo me había impedido entregarme a él. Podéis creerme.
