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Un colapso. Un hambre anciana despierta de su letargo en un rincón perdido de la civilización de Lenthe. Una certeza de que al fin dará con la llave que lleva tanto tiempo buscando. Así pues, la niña se levanta y, llamando a su jauría de bestias, se prepara para cazar. Ariadna, la protagonista de esta historia, se ve envuelta de manera precipitada en un atropello de extraños descubrimientos acerca del mundo que la rodea en el día en que las temibles bestias, ya casi olvidadas, regresan con la sexta campanada para encontrar algo que es de vital importancia. Sacudida por los acontecimientos, su camino va tomando rumbo a la Torre Azabache, lugar de estudio de los extraños eruditos, gente que inspira más temor que confianza, en busca de una verdad que muchos ocultan en las sombras.
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Seitenzahl: 279
Veröffentlichungsjahr: 2023
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sergio gÁlvez
EL FIN DEL LETARGO
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)
© Sergio Gálvez (2021)
© Bunker Books S.L.
Cardenal Cisneros, 39 – 2º
15007 A Coruña
www. malasarteseditorial.com
ISBN 978-84-19579-99-7
Diseño de cubierta: © Malas Artes
Ilustración de cubierta: © Marta Muñoz Jiménez
Diseño y maquetación: © Malas Artes/Yésica López
I
En el valle hay un pueblo. En el pueblo huele a humo, a pan, a risas. Cerca hay un bosque. En el bosque hay un campanario. La campana es negra, pesada y guardiana. En algún lugar lejos de ahí, donde no muchas personas han logrado llegar, una ciudad antaño profanada descansa. En el centro de la ciudad, una niña duerme. La ciudad tiene pesadillas, y la niña despierta con hambre tras percibir su olor. Sonríe. Ha llegado el momento de volver a cazar.
Durante décadas, el reino de Vershint había gozado de paz. Aunque sombrías y oscuras, la gente del reino vivía en prosperidad, y dejando a un lado las cada vez más largas noches y la lúgubre atmósfera que embriagaba hasta el último rincón de aquella civilización, cualquier extranjero de las tierras de Lenthe que hubiera llegado a Vershint, habría visto un reino como otro cualquiera. Y, en parte, podría parecerlo: sus habitantes vivían sus vidas de manera normal y corriente. Podías escuchar risas en las calles, canciones en las tabernas, oraciones en los templos.
Pero, si escuchabas bien, podías ver, oír, una nota oculta en aquella sinfonía aparentemente alegre. En las sonrisas de los ancianos, las comisuras se torcían; las canciones tenían un tono preocupado y las plegarias de los templos estaban avivadas por el fuego del temor. Efectivamente, el miedo invadía, silencioso, los corazones de la gente. Miedo a que volviera aquello que auguraban los vientos.
Y aquel día, tras décadas de paz y tranquilidad, la campana negra resonó por sexta vez en su historia. Fue un tañido pesado, fúnebre, un adagio de aviso que se arrastraba desde las profundidades del bosque. En la villa, se escuchó como un trueno indeseado, era un invierno prematuro. Era una advertencia de lo que se acercaba. De que esas bestias con aspecto lobuno ya olvidadas habían regresado.
A lo largo de los últimos años, los eruditos de la Torre Azabache habían advertido que las profecías presagiaban un tañido maldito de nuevo, que vendría con el colapso del fuego níveo, un augurio un tanto extraño y que nadie entendía. Así que, viendo que era imposible que de la nada brotara una llama blanquecina, la gente de Vershint los había ignorado, despreciando la ayuda de esos extraños eremitas. Ese día, sin duda, se pagarían las consecuencias.
El tañido llegó al mediodía. En aquellos días, en la villa se celebraba la venida de la época de las cosechas prósperas. Ariadna, como la mayoría de la gente del pueblo aquel día, se hallaba en la plaza de la villa por este motivo cuando vio en la lejanía a estos seres saliendo de la frondosidad del bosque, corriendo con sus robustas patas hacia ellos. Ella, que siempre había tenido unos sentidos muy agudos, fue la primera en avistarlos.
Entonces se hizo el silencio. Un silencio tenso provocado por el terror. Un silencio que nace para morir en cuestión de segundos. El silencio que queda cuando el fuego ha consumido toda la mecha. Y fue cuando el caos se propagó. La gente comenzó a correr en diferentes direcciones, tratando de llegar a sus casas en busca de un refugio que apenas les serviría de mucho. En medio del bullicio y abriéndose paso entre la gente, Ariadna trataba de llegar a su casa, al este. No era el lugar más seguro, no había ninguno en realidad, pero al ser la herrería del pueblo, tenían herramientas que ella pensaba que le podrían permitir sobrevivir o, al menos, tener una posibilidad frente a las bestias. Y en su habitación tenía la espada que le había dado su padre. Con ello, podría defenderse. Frenó en seco. Aquel día, un erudito de la Torre Azabache había acudido al pueblo a tratar a su hermano pequeño, Yilian. Hacía varios días que había enfermado, y ella y sus padres habían contemplado cómo, con el sudor resbalándole por su pálida cara, sufría en su lecho siendo testigo de grotescas alucinaciones. En esos momentos, lo más seguro era que estuvieran en la clínica, hacia el oeste.
Formando una fina línea con sus labios y sacudiendo la cabeza, Ariadna retomó la carrera hacia su casa. Sabía que su hermano estaba indefenso, pero se hallaba con un erudito y con el curandero, y tanto a él como a su familia, les sería más útil armada. Se metió por un callejón para poder correr mejor, pues las calles grandes estaban abarrotadas. Ya se podía escuchar, entre los gritos de la gente, horribles y hambrientos gruñidos de los seres de pesadilla. Pudo entrever desde el callejón cómo las bestias se abalanzaban sobre la gente, que en vano alzaban sus brazos para protegerse de la temible embestida de sus fauces. Algunas entraban sin dificultad en los hogares, una puerta de madera no era una gran ayuda en aquellos momentos. Vio con horror que aquellas criaturas, detrás de cada uno de sus ojos amarillos, tenían otro par. Aquellos cuatro ojos les conferían, si cabía, un aspecto aún más grotesco.
Miró al frente, la siguiente casa era la suya. En cuanto entrara, giraría a la derecha para dirigirse al sótano: allí guardaban todas las herramientas y armas. En el instante en que pasaba por una calle que conducía a la principal, donde estaba teniendo lugar la masacre, pudo sentir cómo una bestia con las fauces ensangrentadas la veía pasar. Entró en la casa por la puerta trasera y cerró la puerta con pestillo, aunque fuera lo más inútil que podía hacer. Tomó aliento. Tenía que apresurarse.
Cuando se giró, se detuvo frunciendo el ceño, extrañada. La sala principal estaba revuelta: mesas por el suelo, sillas rotas… Había pequeños restos de sangre, pero eso no lo había causado ninguna bestia. Con cautela, se asomó a la puerta que conducía al sótano. Contempló con desasosiego que también estaba revuelto, y lo que era peor, vacío. Así que buscó en la cocina algo que le pudiera servir. Pasos a su espalda. No tuvo tiempo de volverse antes de que sintiera el golpe en la nuca. Tumbada en el suelo y con la vista nublada, emitió un quejido, notando como poco a poco su consciencia se alejaba de ella. Antes de desvanecerse, pudo ver cómo un joven la miraba, con gesto de desesperación mientras huía hacia la puerta trasera. Reconoció los objetos que llevaba en su mano: su espada, fabricada por su padre y con inscripciones grabadas en la hoja, y un colgante que había forjado su madre, el cual tenía grabados decorativos. Finalmente, se dejó hundir en la negrura.
II
Despertó más tarde. El hocico de una bestia olfateaba su rostro, sin saber si estaba viva o no. Al levantar los párpados, vio los cuatro ojos que la devoraban con la mirada. La criatura empezó a gruñir y salivar, mostrando los afilados y podridos dientes, lista para comer. Su aliento olía a una digestión que llevaba años fraguándose. Entonces, un cántico sonó en el pueblo. Apenas cuatro notas que hicieron que la bestia mirase en su dirección, en el exterior de la casa. Indecisa, volvió a mirar a Ariadna, y volvió a abrir sus fauces para devorar a su presa, pero la melodía se escuchó de nuevo. La bestia finalmente desistió y salió de la casa.
Ariadna se levantó con dificultad, frotándose la cabeza y el antebrazo. Al hacerlo, sus labios formaron una fina línea: la pata de la bestia había desgarrado la tela de su manga izquierda, y la abertura dejaba ver una marca negra en su antebrazo. Pasó su mano por ella, como si aquello pudiera borrarla. «Ojalá», pensó. Miró hacia la puerta. ¿Qué había ocurrido? La bestia había ignorado a una presa por influencia de un cántico. Reprimió su curiosidad unos instantes para buscar a su familia. A la carrera, subió a la planta de arriba, inspeccionando habitación por habitación, llamando a su padre y a su madre con susurros angustiados. Pero no había nadie. «Eso no es mala señal, mejor que encontrarlos sin vida», pensó, deseando que estuvieran a salvo. Cuando empezaba a descender por la escalera, detuvo sus pasos. Arqueó una ceja. Retrocediendo, entró rápidamente en su habitación y cogió una de sus posesiones más valiosas: su capa de viaje morada. La tela era suave, pero firme, y siguiendo el consejo de un amigo, le había cosido bolsillitos en el interior. Sonrió, nostálgica, y regresó a las escaleras. Una vez abajo, se vendó rápidamente el brazo izquierdo. No porque tuviera ninguna herida, sino para tapar la marca negra que se dejaba ver. «Vuelve a dormir, Santa», pensó con una pequeña mueca. Finalmente, cogiendo un cuchillo que había sobre una repisa, se asomó al exterior. Los cadáveres cubrían el suelo, y un penetrante olor a hierro de la sangre flotaba en el ambiente. Se tuvo que sostener en el marco de la puerta, la sangre le hacía flaquear las piernas. «Así que era verdad. Las bestias han llegado, están aquí. Ellas han hecho esto». Claro, que ella era muy joven, esta era la primera vez que las veía, pero había oído hablar de ellas. ¿Y quién no?
Un ruido captó su atención, y se ocultó más extremando precauciones. Las bestias se arremolinaban en torno al origen del canto: una niña. De pelo como el carbón, tez blanca y ojos amarillos, las acariciaba como a sus mascotas, y avanzó calle abajo con una sonrisa. Ariadna volvió a esconderse, con gesto extrañado. Esa niña le resultaba familiar, la había visto en algún sitio antes, estaba segura. Pensó, devanándose los sesos.
No era del pueblo, eso podía descartarlo. ¿De los alrededores? «Imposible», pensó. «Apenas conozco gente de fuera». Fuera como fuese, tenía que ver adónde se dirigía. Se asomó al exterior. Las alimañas correteaban de manera aleatoria alrededor de la niña. Ella seguía avanzando, posando la mirada sobre la gente que había perecido. «¿Por qué no la atacan a ella?», se preguntaba. Ariadna quería verla más de cerca, pero era imposible aproximarse a ella por la calle, de modo que subió al piso superior, y se encaramó al tejado desde la ventana. Se palpó el bolsillo, asegurándose que el cuchillo seguía ahí. Tras corroborarlo, se agachó y empezó a caminar. Los tejados eran de piedra y los callejones que separaban las casas eran estrechos, con un pequeño brinco le bastaría para cruzar de uno a otro.
Avanzó con cuidado, yendo de chimenea en chimenea como si fueran trincheras. Que tuviera la ventaja de la altura, no significaba que no la pudieran ver. Llegó a un tejado que le daba una posición más adelantada a la peculiar niña, que seguía caminando mientras acariciaba a las bestias el hocico y canturreaba de vez en cuando. En ese momento, Ariadna vio algo que la dejó descolocada: esa niña portaba en su rostro la marca de su familia materna, la cual ella no tenía.
Claro que aquella chiquilla le sonaba. Estaba en el retrato familiar de la familia de su madre en el desván, de antes de que esta naciera. Se vio obligada a retirarla del salón cuando Ariadna era pequeña y no paraba de tener pesadillas con la gente retratada. Esa pintura podía tener fácilmente ochenta años, puesto que aparecía su abuela cuando era muy joven, y en esa pintura aparecía, junto a su abuela, su hermana menor, desaparecida cuando era pequeña: la niña que ahora se hallaba ahí mismo.
Cuando llegó a la plaza, la niña se detuvo. Empezó a mirar a un lado y a otro, olfateando el ambiente y Ariadna se escondió aún más detrás de la chimenea. Pero no parecía que la hubiese notado a ella. Más bien buscaba algo.
―¿Dónde está el chico pelirrojo? ―habló. Su voz no era dulce en absoluto, sino un bramido gutural y grave. Las bestias le respondieron con gruñidos―. ¿Cómo que no lo habéis encontrado?
«El chico pelirrojo». A Ariadna le recorrió un escalofrío. Solo había un chico pelirrojo en todo el pueblo: su hermano, Yilian. ¿Lo estaba buscando? ¿Por qué a él?
Ariadna se sentó detrás de la chimenea, se sentía confundida, con mil preguntas en la cabeza. En ese momento vio, fuera del pueblo, el inconfundible color blanco de la toga de un erudito, que parecía llevar al hombro un saco en dirección a la Torre Azabache. No, no era un saco, era una persona, y llamaba la atención su característico pelo rojo. Ariadna maldijo por lo bajo. Si se escabullía e iba tras ellos, podía alcanzarles antes de que llegaran a esa fortaleza, probablemente impenetrable si la cerraban ante las noticias del regreso de las bestias.
Sin embargo, observó un movimiento al otro lado de la plaza. Eran personas aproximándose al pueblo, sigilosamente, vestidos con armaduras de cuero. Y estaban armados. ¿Planeaban atacar? «Es un suicidio», pensó estremeciéndose. Para su asombro, fijándose en las personas que conformaban el grupo, pudo distinguir a su padre, que iba a la cabeza, liderando el avance con señales. Ariadna no entendía nada.
Con cuidado de que no la escuchasen, Ariadna se deslizó hacia el suelo, y se dispuso a ir hasta sus padres. Por suerte, las bestias estaban centradas en la niña. Sin embargo, llegar al otro lado de la plaza, iba a ser difícil. Una mano se posó sobre su hombro. Sobresaltada, se volvió con el codo en alto dispuesta a propinar un golpe a quien estuviera detrás, mecanismo que tenía interiorizado de sus lecciones de lucha. Dado su aún pequeño tamaño, debía aprovechar su velocidad y el factor sorpresa cuanto pudiera. Sin embargo, lo que su codo encontró, fue la mano de su madre, parando el golpe a medio camino entre ambas. Esta le indicaba con un gesto de la mano que guardase silencio. Ella también llevaba una armadura de cuero, y tenía detrás a otros hombres con la misma prenda.
―Madre ―dijo Ariadna en un susurro―, ¿qué es todo esto? ¿Padre y tú lideráis a esta gente?
―Es complicado de explicar, Ariadna ―respondió en el mismo tono―. ¿Y tu hermano? ¿Sabes dónde está?
―Acabo de ver cómo un erudito se lo llevaba del pueblo ― señaló en la dirección en que lo había visto―. Parecía dirigirse a la Torre Azabache.
―¿Llevárselo? ―la mujer maldijo por lo bajo, mirando a las bestias. Parecía meditar algo―. Ariadna, tienes que ir tras él.
―Pero, ¿y vosotros? ―preguntó asustada.
―No te preocupes por nosotros, sabremos arreglárnoslas ―su voz sonaba firme, segura―. Nuestra tarea está aquí, ya habrá tiempo para explicaciones. Pero tu deber es alejarte de aquí, buscar a tu hermano y mantenerle alejado de estas bestias… y de los eruditos de la Torre. ―Ariadna asintió, aunque le costó hacerlo: dejar atrás a sus padres no era una idea que hubiera concebido―. Sé que puedes hacerlo. Y sé que esto te sonará extraño, pero debes confiar en mí. Ahora, ve, rápido. Y ten cuidado ―su madre se despidió de ella con un beso en la frente.
III
Así que, tensando la mandíbula, Ariadna se obligó a girarse y dejar a sus espaldas a su madre, partiendo en pos del erudito que había huido con Yilian a cuestas. Dejaba atrás a sus padres, pero aquella niña buscaba a su hermano, y no sabía dónde estaba… aún. Necesitaba anticiparse a ella. Cruzaba una de las calles que le conducían a las afueras de la villa cuando se detuvo. Miró de reojo una de las casas, las paredes de piedra salpicadas de sangre aún húmedas. Entró por la ventana, obligando a sus ojos a no posarse sobre los cuerpos de gente que había conocido descansando grotescamente sobre el suelo. Aún así, aquella visión le trajo un efímero toque de dolor en la cabeza.
Hurgando entre las pocas cosas de la casa, encontró lo que había entrado a buscar: un farol por si le pillaba la noche. Acto seguido salió de la casa, y se encaminó rumbo a la dirección en la que había visto dirigirse al erudito. Examinó el instrumento, por si estaba dañado, pero estaba intacto. En aquellas tierras, en todas las casas había uno. Y hacían bien.
En Vershint, los caminos que unían los pueblos y rodeaban sinuosos los montes de verde césped eran de una belleza que a Ariadna le fascinaba. Los colores de las flores de primavera ascendían por las laderas de las colinas, sin llegar a coronarlas, pues, comprendían la enorme responsabilidad que aquello suponía, y los ríos hacían fluir sus aguas con la calma de quien no tiene ningún pensamiento que le arrebate el sueño. Sin embargo, la noche era distinta. Mientras el sol recorría el cielo durante el día, la luna solo salía para observar aquel punto lejano, el cual nadie conocía en persona, más allá de los bosques que nadie debía atravesar y que Ariadna no había visto nunca. Volvió la mirada, pues desde el punto en que se encontraba, podía atisbar la línea donde comenzaba aquel territorio. Más allá de aquellas fronteras, los bosques eran oscuros laberintos traicioneros. Los árboles enraizaban a ambos lados de los caminos y abordaban los senderos retorciendo sus troncos hacia el suelo, en lugar de crecer hacia arriba. La negrura de la noche en aquellos bosques entonaba cánticos hostiles, y la luz de la luna que se filtraba por las ramas, cada vez más teñida de morado… Bueno, según contaban, iluminaba los senderos, pero nublaba la cordura y las voluntades más férreas. Y era por aquellos bosques por donde, según las leyendas, vagaban las bestias que tanto aparecían en mitos e historias. Solo que las leyendas habían resultado ser ciertas, y esas criaturas habían vuelto, lideradas por una niña. Confusa, Ariadna apartó la vista y aceleró el paso. Debía darse prisa, desconocía por cuánto tiempo su familia podía distraer a las bestias y a aquella chiquilla que parecía controlarlas. Le sorprendió la facilidad con la que había asumido que sus padres, los herreros del pueblo, podían estar peleando contra criaturas de pesadilla. Tal vez fuera el tono seguro de su madre, pero eran muchos y parecían tener la situación controlada.
Por el contrario, Yilian… durante la última semana, postrado en su cama, había experimentado unos síntomas muy extraños. Durante la última noche, tuvo serias alucinaciones y había requerido de cuidados constantes. Llevarle a la Torre Azabache se hacía arriesgado para su salud. Ellos no acudían a los pueblos cercanos a tratar a pacientes a menos que fuera un caso excepcional, y si el transporte era arriesgado, se evitaba. Y con evitarse, quería decir que no se visitaba al paciente. Sin embargo, el erudito había venido, y se lo había llevado. Y, desde luego, no era un impostor: portaba el medallón de serpientes entrelazadas que todos los eruditos portaban como símbolo de sus conocimientos y su oficio. Así que, desde luego, aquel acontecimiento era a todas luces algo inusual. Quizá quería ponerle a salvo, ¿tendrían medios en la Torre para defenderse contra las bestias? «Aunque madre me ha dicho que le mantenga alejado de ellos». Torció el gesto: podía comprenderla, al fin y al cabo, no suscitaban confianza. Pero eran los que habían avisado de la sexta campanada. «Por muy extravagantes que sean, en esa Torre no hay enemigos».
La Torre Azabache era el lugar más ambiguo de la comarca. La gente la temía. La gente la necesitaba. En el lugar de estudio de los eruditos, además de dedicarse a investigar acerca del universo y el mundo que les rodeaban, también trataban las enfermedades de la gente. Pero esa torre... Los ladrillos quemados le conferían un aspecto amenazador, y la gente que la habitaba más. Siempre con esas togas blancas, fueran adonde fueran, y sus sinuosas voces hablando desde la sombra de sus capuchas. Era por eso que los que llevaban a sus enfermos, querían quedarse el mínimo tiempo posible.
Ariadna proseguía rápida su paso, mirando de vez en cuando de soslayo a su espalda por si la seguía alguna de esas criaturas. Porque estaba claro que solo con el cuchillo no podría con ella. Si tan solo tuviese a alguien de compañía, podrían tener una posibilidad. Suspiró. Ella quería mantener protegido a su hermano a toda costa, y si ello implicaba interceptar a un erudito, allá que iría. Su carácter no se amedrentaba fácilmente. Sin embargo, procuraba no pensar en la cantidad de acontecimientos que podían ponérsele en su contra, ya que si ahondaba en aquellos pensamientos, más se cuestionaba si iba a poder estar a la altura de aquella tarea. «Aunque no podía haberme quedado, esas bestias me habrían hecho trizas, habría resultado ser un inconveniente más que una ayuda».
En sus cavilaciones mientras avanzaba, vio al fin en el camino un objeto blanco moverse. La túnica del erudito. «¿Qué está haciendo?», se preguntó entrecerrando los ojos. «¿Está… montando en un caballo?», pensó abriendo los ojos. «No, no, no, así no lo alcanzaré de ninguna manera».
―¡Eh! ―voceó, ahuecando sus manos en torno a su boca―. ¡Eh! ¡Erudito, aquí! ―Pudo ver cómo el erudito se volvía. Ella agitó la mano, haciéndole señales. Aquello, contra el pronóstico de Ariadna, no provocó más que hacer que subiera al caballo más aprisa aún, y que le espolease para meterse en el bosque―. ¡Será cerdo! ―exclamó Ariadna―. Supongo que no me queda más remedio que avanzar.
Sin embargo, una vez llegó al punto por donde el erudito se había introducido en el bosque con Yilian a caballo, se agachó e inspeccionó el suelo. Tuvo que esforzarse, pues el terreno estaba seco, pero podían distinguirse las huellas del caballo. Sonrió. Levantándose, miró a sus espaldas. El pueblo quedaba algo lejos, y aún tenía margen para que el sol se ocultase. Se giró, y se adentró en el bosque. Ariadna seguía no sin dificultad las huellas, aunque de momento, el jinete parecía estar avanzando por el camino. Ariadna echó un vistazo a los alrededores. Ella no había frecuentado demasiado el bosque. Era un sitio al que no era buena idea ir cuando caía el sol. Sin embargo, ella no podía evitar sentir fascinación por la noche. Era paradójico, puesto que la noche en aquellas tierras no era bien recibida. Sin embargo, la oscuridad lo cambiaba todo, haciendo que todo tuviera una cara que, minutos antes, había permanecido oculta. Y aquella luna… sí, nadie quería acercarse a ella. Todo aquello que bañaba con su luz era territorio concebido como peligroso. Más, le era imposible no sentir una fascinación prohibida por aquella luna: quieta por siempre sobre un punto a lo lejos, cuya luz que vertía sobre los mortales era como un cántico, o más bien un susurro, de sirena: suave, sutil y atrayente.
Sí, la noche en Vershint era especial. «Bueno, en Lenthe», reflexionó. «Supongo que no será solo en este reino, sino en el mundo entero. Si la luna no se mueve, será así en todos los lados». Detuvo sus reflexiones al tiempo que hacía lo mismo con sus pasos. Había llegado a un cruce de caminos, y se veían huellas de caballos en las dos aspas de la cruz de tierra. Ariadna formó una fina línea con los labios, y miró alrededor. Si tan solo supiera en qué dirección se hallaba la Torre Azabache… pero a ella no le había interesado demasiado aquello nunca. Así pues, reanudando su marcha a paso ligero, continuó por la dirección de la que había venido, esperando que fuera aquella.
Mientras, pudo digerir lo que había visto antes. Su pueblo había sido atacado por criaturas de pesadilla, unas bestias de las que solo había oído hablar en leyendas. Sin embargo, lo que más le había impactado… ¿Cómo podían estar lideradas por una niña? Porque estaba claro que seguían sus dictámenes. Aquella niña, vestida de blanco y con una tez casi del mismo color, con el pelo negro y los ojos rojos. El hecho de que fuera exactamente igual a la hermana de su abuela desaparecida cuando era joven, no hacía sino aumentar su sensación de desconocerlo todo.
De manera inesperada, escuchó desde la izquierda del camino un gruñido moderadamente lejano. Un joven se escondía tras una pared rocosa en forma de arco, quedando él en la parte interior. Ariadna entrecerró los ojos, y su rostro enrojeció de ira. Era el joven que la había golpeado y se había llevado la espada de su padre y el colgante de su madre. Él no la había visto. «Quizá esté huyendo de alguien».
Miró hacia el horizonte del camino que ella seguía. Ni rastro del erudito. Era de esperar, si iba a caballo. «Es hora de asumir que no le alcanzaré antes de que llegue a la Torre», pensó con resignación. «Así que tarde o temprano, me encontraré a las puertas de ese sitio, rogando por que me dejen entrar. Eso si consigo dar con ella. Ahora bien, puedo hacer el camino tal y como estoy ahora, o recorrerlo con mis pertenencias», miró hacia donde el ladrón se escondía. Bien podía aprovechar que quería pasar inadvertido, ir hacia donde se hallaba y devolverle la jugada que él había hecho. Su tamaño era mayor que el de ella, pero si le salía bien, podía recuperar sus pertenencias, ir más segura en los caminos.
«Condenado ladrón», pensó Ariadna. «Pagarás por lo que hiciste y recuperaré lo que es mío». Pensó en su hermano, que estaba siendo llevado a la Torre Azabache. «Yilien, espérame, me reuniré contigo en cuanto pueda. Con la espada que me entregó padre, tendremos más posibilidades de sobrevivir». Así, Ariadna se desvió del camino, se agachó ligeramente para hacer el menor ruido posible, y se dirigió hacia donde estaba el joven que trataba de pasar inadvertido.
Cuando estuvo suficientemente cerca, desde detrás de un árbol, Ariadna pudo ver que, efectivamente, estaba agachado ocultándose tras a unas rocas, pero él quedaba a la vista de ella. Ariadna se estaba aproximando por un lateral ya que, por su postura, era imposible situarse a su espalda, pues la tenía apoyada en las rocas. La última cobertura de la que podía servirse era un arbusto, desde ahí estaría a cinco metros de él, y entonces le «animaría» a devolverle la espada colocando sobre su cuello el cuchillo que aún llevaba.
Cogió aire, lo contuvo en sus pulmones y empezó a vencer la distancia hacia el arbusto. Pero antes de llegar se detuvo, y el corazón comenzó a retumbar en su pecho. El ladrón no intentaba pasar inadvertido, sino que se ocultaba de una bestia que merodeaba cerca, olfateando en busca de algo. Una bestia que ahora la miraba a ella con sus dos pares de ojos.
La criatura comenzó a acercarse a ella, y Ariadna echó mano del cuchillo sin sacarlo del bolsillo aún. Ella también empezó a avanzar, ya era inútil esconderse o huir. El joven había oído a ambos, y ahora les miraba con gesto asustado. La bestia avanzaba, Ariadna ya casi corría. Cuando esta saltó con sus fuertes patas hacia ella, Ariadna aceleró y se lanzó por debajo de la alimaña para esquivarla, momento que aprovechó para sacar el cuchillo y herirla en el vientre. El resultado apenas le hizo un rasguño.
Ariadna se preparó para el contraataque. La bestia aterrizó y giró el cuello, buscando con la mirada a Ariadna, situada detrás de ella. Sus ojos amarillos se posaron en ella, y en el cuchillo que llevaba en su mano. Con sus fauces salivando, se dio la vuelta con la estudiada calma de un depredador. Sin embargo, en el momento en que la criatura comenzaba la carga, fue interceptada por el ladrón que, con cierta torpeza y para asombro de Ariadna, le clavó la espada en una de sus patas.
La bestia rugió de dolor, y de un manotazo golpeó al joven, empujándole hacia atrás y lanzando lejos la espada con la inercia de su movimiento. La criatura lamió su herida, de la cual brotaba sangre espesa de color negruzco, y se volvió a centrar en Ariadna. Ahora la bestia cojeaba ligeramente y, sin embargo, seguía siendo una mortal amenaza. Ariadna cogió con fuerza el cuchillo de reverso, quedando el filo por detrás de su mano, y caminó hacia la bestia con sumo cuidado. «Si huyo, mi espalda es a por lo primero que irá», pensó. Podía pensar más o menos claramente en cuál debía ser su siguiente objetivo: la pierna. «Veamos si funciona». Calculaba dónde tenía que dar cada paso. La bestia caminaba de un lado a otro, sin dejar de observarla. Ariadna se detuvo. No le gustaba aquel movimiento, podía no salirle bien la jugada, aunque no sabía si iba a servir de algo. Se agachó y, tras recoger un guijarro del suelo, lo arrojó con fuerza al morro de la criatura. Esta gruñó y detuvo su marcha lateral para enfrentarse de cara a aquella insolente presa.
Ariadna reanudó el paso a más velocidad. Qué demonios, incluso se permitió enseñar los dientes a la bestia mientras se aproximaba a ella. La bestia no avanzaba, pero su cuerpo se ladeaba ligeramente hacia la pata herida, cubriéndola de posibles ataques. Ariadna hizo una finta en la que fingía ir hacia el lado cubierto por la bestia. Como esperaba, por un instante, la criatura giró aún más, momento que aprovechó para ir por el lado más expuesto, saliendo de su campo de visión. «No me vas a dejar llegar a tu herida, lo sé». Aquello hizo girar a la bestia bruscamente para volver a localizarla, usando como impulso su pata herida, arrancándole un gemido. Mientras esto ocurría, Ariadna se deslizaba gracias a su pequeño tamaño por debajo del enorme lobo. «Con permiso», pensó apretando los dientes. Se puso en pie clavando el cuchillo en la herida, haciéndola rugir de nuevo de dolor. Ariadna esquivó el golpe antes de que sufriera el mismo ataque que el joven.
Aunque aquello había funcionado, había sido un tanto inútil. No esperaba acabar con ella, pero sí inmovilizarla. Sin embargo, lo que había hecho, había sido provocarle más dolor, dado que el puñal no habría podido atravesar su piel sin heridas. Lo único que había podido hacerlo había sido la espada que ahora se hallaba lejos de su alcance. «Corre a cogerla», pensó para sí misma. Y antes de darle más tiempo a la bestia, se lanzó hacia el arma, que descansaba a unos diez metros de ella. El monstruo la siguió, y aunque corría menos de lo que había podido hacerlo antes, Ariadna preveía que podía alcanzarla antes de que llegase.
Podía ver la empuñadura esperándola, ofreciéndose para ser usada en su cometido de defender una vida. «¡Solo un poco más!». Una sombra la cubrió por completo, la bestia había saltado hacia ella. Ariadna saltó hacia delante, aunque no para llegar a la espada, pues, esta aún quedaba a tres metros, sino para no recibir el golpe inminente. Cerró los ojos.
IV
El sonido de un impacto llegó, pero ella había salido ilesa. Y parecía haber sido más un choque que un aterrizaje. Abrió los ojos, y para su sorpresa, vio que otra bestia se había abalanzado sobre ella, cortando su trayectoria en el mismo aire. Lo que más le sorprendió fue que llevaba puesta la ropa del joven escondido, muy rasgada, y que aquella bestia tenía solo un par de ojos, como un lobo anormalmente grande. Aunque consiguió derribar a la bestia, se movía torpemente, así que la primera tomó el control del forcejeo que tenían.
Ariadna miró hacia el rincón donde había estado el ladrón. Ahí no había nadie, y la nueva bestia llevaba puesta su ropa. «¿Se… ha transformado?», pensó Ariadna. La nueva venida acometía con zarpazos hacia la faz de la que les había atacado, pero esta bloqueaba sus movimientos, lanzando dentelladas a su cuerpo. No pintaba demasiado bien.
Agitó la cabeza, quitándose de encima el ensimismamiento, y retomó su camino hacia la espada. Ariadna corrió a por ella y la cogió con un rápido movimiento. Se lanzó hacia la que la había atacado con la espada en alto y, lanzando un grito, atravesó su corazón sin miramientos. Con un leve gruñido, la bestia exhaló su último aliento.
Ariadna cogió aliento, apoyando las manos sobre sus rodillas. Pero aquello no había acabado, así que con un rápido movimiento apuntó con la espada a la bestia que aún estaba viva. No se movió.
― Transfórmate ―ordenó la niña sin vacilación. Su mirada en aquellos momentos era hierro candente.
La bestia vaciló un instante, pero al cabo de un momento, empezaron a aparecer rasgos humanos sustituyendo poco a poco a los bestiales. El pelaje negro desapareció, y las fauces se encogieron hasta dar lugar a la forma de una boca humana. Tal y como había pensado, esa bestia era el chico. Todo en aquella mañana estaba siendo confuso, y yendo muy rápido, tanto que le estaba empezando a molestar la cabeza con todo aquello. Las normas de su mundo se estaban rompiendo, ¿un humano capaz de transformarse en bestia? O quizá, una bestia que podía transformarse en humano. La idea era inquietante. En cualquier caso, una vez más, la situación requería que reaccionara y siguiera, ignorando su deseo de parar a tomar aliento. Quizá interrogando a aquel joven pudiera comprender mejor las cosas. Aferrándose a esa idea, recuperó un poco de calma para imponerse a toda aquella locura de acontecimientos.
―Bueno ―comenzó Ariadna indicándole que se levantara― , ¿por dónde empezamos? ¿Qué tal si me cuentas por qué me dejaste inconsciente en mi propia casa? O por qué puedes transformarte en esas cosas.
―¿Cómo es que te dejaron con vida? ―le preguntó él, incorporándose con dificultad por las heridas.
―No sé si te has fijado en quién lleva la espada y, por tanto, quién pregunta.
―Claro ―rio el chico―, como si una niña tuviera posibilidad de…
No pudo continuar. No vio a Ariadna girar, ni su pierna golpear en un barrido las suyas, haciéndole caer de espaldas contra el suelo. Apenas había recibido el impacto en la espalda y ya tenía de nuevo el filo apuntándole de la mano de una Ariadna con gesto de suficiencia.
―Sé luchar. Probablemente mejor que tú, he visto cómo te desenvolvías. Ahora, responde a lo primero. ¿Por qué estabas en mi casa, y por qué me golpeaste?
―Mira, nuestro encuentro fue totalmente casual ―declaró, alzando las manos y mostrando las palmas―. Tú estabas en un sitio en el que me dijeron que no habría nadie.
―Estaba en mi casa, qué inesperado giro de los acontecimientos, ¿verdad? ―respondió Ariadna con sorna. Frunció el ceño―. ¿Quién te dijo que no habría nadie allí? ―el joven compuso un claro gesto de fastidio al ver que ella no había pasado por alto aquel detalle.
―Alguien… alguien me envió ―dijo con reticencia.
―¿Quién? ―inquirió la niña.
―Si no quieres meterte en algo más grande de lo que imaginas, será mejor que no sigas por ahí ―advirtió el ladrón.
