EL GALENO - Orlando Llath - E-Book

EL GALENO E-Book

Orlando Llath

0,0

Beschreibung

La muerte se adueñará de todo Jon Gallaham es un joven estudiante de medicina que, tras estar a punto de morir, siente que no encaja en este mundo y encuentra como único escape a sus problemas la adrenalina que le genera lastimar a criminales y personajes peligrosos de su ciudad. Sin embargo, el alivio que experimenta se quiebra cuando Yú, un asesino serial, descubre lo que Jon ha estado haciendo y amenaza con inculparlo de todos sus crímenes si no acepta participar en un macabro juego.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 246

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.


Ähnliche


©️2022 Orlando Llath

Reservados todos los derechos

Calixta Editores S.A.S

Primera Edición 2022

Bogotá, Colombia

 

Editado por: ©️Calixta Editores S.A.S 

E-mail: [email protected]

Teléfono: (571) 3476648

Web: www.calixtaeditores.com

ISBN: 978-628-7540-96-5

Editor en jefe: María Fernanda Medrano Prado 

Corrección de estilo: Tatiana Jiménez

Corrección de planchas: Ana Rodríguez S., Juliana Martínez

Maqueta e ilustración de cubierta: Julián Tusso @tuxónimo

Diagramación: David Ándres Avendaño M. @art.davidrolea

Impreso en Colombia – Printed in Colombia 

Todos los derechos reservados:

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.

Hace más de dos años El día en que él murió

Llovía a cántaros, casi no podía ver. A pesar de que sus pensamientos se ahogaban en los alaridos de los perros, podía escuchar los gritos y maldiciones de las personas que juraban proteger y servir.

Corría sin descanso, con pasos rápidos y desesperados; aun así, ellos estaban a punto de alcanzarlo.

—¡Maldición! ¿En dónde estará? —Los policías, jadeantes, discutían—. ¡¿En dónde mierda está?! —gritaban en medio del aguacero.

—No puede estar muy lejos, está herido, hay que encontrarlo —dijo uno de los oficiales—, lleguemos hasta la carretera y separémonos en grupos con los perros.

Los demás asintieron en silencio.

Los más de diez policías continuaron con la búsqueda del fugitivo, pero aquella persona que perseguían con tanto recelo se encontraba ahí mismo, escondido, llorando, asustado y herido. La sangre emanaba desde un minúsculo agujero a un par de centímetros de su ombligo. Estaba oculto en un túnel de alcantarilla. El agua sucia penetraba en la herida, el hedor subía directo a sus fosas nasales y contaminaba su propio ser. Ni siquiera sabía por cuánto tiempo permanecería allí.

Murió.

04/08

Mi nombre es Jon Shmuel Gallaham. Mañana inicio mi tercer semestre en la universidad. Estudio Medicina. En realidad no me gusta. Tampoco me agradan mucho mis profesores o mis compañeros; la verdad es que casi nada me gusta.

El doctor Spiagel me recomendó que empezara este diario, dijo que me ayudaría a enfocarme más en mis experiencias, sobre todo las buenas. Creo que es una estupidez.

Las cosas se han complicado en las últimas semanas, me siento asechado, vigilado por alguien que siempre está a mi lado. Cuando duermo tengo pesadillas muy extrañas, trato de no prestarles atención, pero eso lo hace aún peor.

Creo que es todo por ahora, ya veré cómo avanza esto.

Capítulo 1

Las pesadillas eran cada vez más habituales. Desde el accidente fueron una constante, pero nunca de esta manera; en el pasado soñaba con la lluvia, los alaridos de los perros, el horrible dolor en su vientre o todo al mismo tiempo. Al final, cuando las pesadillas llegaban al punto máximo, era habitual que se despertara de un salto, sudando frío y con taquicardia.

Sin embargo, ahora era diferente, sus nuevos sueños no tenían comparación con los anteriores. Cuando aparecía esa horrible criatura de rostro picudo y blanco, con cuerpo extraño y largo, no había nada que lo despertara; parecía estar preso, así fuera consciente de estar soñando, no podía abrir los ojos o mover el cuerpo, tampoco hablar, era como si sufriera de parálisis del sueño. Justo lo que necesitaba: un nuevo trastorno.

La horrible criatura lo perseguía a través de un bosque enorme y sumido en la oscuridad. Él trataba de huir, corría lo más rápido que sus piernas le permitían. Gallaham era un superviviente, ese instinto estaba arraigado a lo más profundo de su ser. Pero esa criatura siempre lo atrapaba. Gallaham contemplaba impotente aquellas cuencas negras y profundas, le aterraba, temblaba y gemía, algo terrible habitaba ahí dentro, ¿tal vez maldad pura? Era su final, sabía que sucumbiría bajo las garras de ese monstruo.

La alarma de su celular lo trajo a la realidad.

Llevó su mano a su pecho. Su corazón estaba acelerado, pero eso no lo sorprendía. Los episodios de taquicardia eran tan frecuentes que más que preocuparlo, le fastidiaban. Lo peor era que, estando despierto, su pulso no se regularía, y es que la sola idea de tener que iniciar un nuevo semestre, los profesores, las clases y los demás estudiantes, despertaban en él una ansiedad terrible.

Abrió la puerta del cuarto de su madre con sumo cuidado, la observó descansar. Se veía tan tranquila, tan normal… Decidió dejarla descansar, de todos modos llegaría temprano de la universidad, así que no habría problema.

Se lavó los dientes, se duchó y se cambió, pero no desayunó, no tenía hambre; su estado habitual de alerta le hacía perder el apetito en las mañanas. Subió a su auto y luego de treinta minutos llegó a la universidad. Entró al salón, la clase ya había iniciado unos minutos antes. Observó a sus compañeros: muchas caras nuevas y algunas conocidas, ninguna que él quisiera saludar.

Por ahí estaba Ada Johnson. Era joven, de baja estatura, morena, cabello corto y siempre vestida a la moda. Gallaham la recordaba bien. Había quedado en varias clases con ella. En primer semestre, Ada siempre trató de acercarse a él, era amigable, hasta cierto punto coqueta, una que otra vez hizo insinuaciones; él nunca entendió cuál era el motivo de ese comportamiento. Pero todo cambió en segundo semestre, Ada se volvió hostil, y Gallaham tenía claro que fue ella quien inició el rumor de que a él le faltaba un tornillo. Después de eso el rencor fue mutuo.

En una esquina estaba Dean Campbell. Gallaham se sorprendió al verlo ahí. Dean perdió un total de cinco materias en dos semestres. No sé cómo no lo han sacado por bajo rendimiento, pensó Gallaham. Dean era un tonto de más de 1.85, puro músculo en vez de cerebro. Recordó cuando el semestre pasado, en una salida de campo, tuvieron un enfrentamiento; Dean comenzó a pisarle la parte posterior de los zapatos, y en repetidas ocasiones Gallaham le pidió que parara, ya estaban en la universidad y era estúpido hacer esas cosas. Él no lo escuchó y siguió pisándole los zapatos. Gallaham sabía que si no hacía algo, lo tendría encima durante toda la carrera, por lo que se dio vuelta y con el puño izquierdo lo golpeó en la cara, Dean cayó al suelo, sorprendido por la fuerza y por el acto en sí. Gallaham continuó su camino. Tuvieron suerte, ningún maestro los vio. Gallaham no quería ganarse un reporte disciplinario y Dean no quería que nadie supiera que aquel bicho raro lo dejó en el piso de un golpe.

La clase fue una clase de introducción bastante sosa, llena de información insulsa y reglas tontas, y algunas risas y bromas estúpidas tanto de parte de los estudiantes como del profesor. Los estudiantes no destacaban en nada, no tenían problemas o preocupaciones. Ninguno excepcional, salvo por Gallaham. No los comprendía, y nada de lo que sucedía allí le interesaba; quería irse de ahí, largarse lejos, correr hasta perderse. Pero no lo hizo, se quedó ahí sentado haciendo como si escuchara, y soportó durante dos horas.

—Madre, ya estoy en casa —dijo al abrir la puerta—. Hoy solo tuve una clase —Cerró la puerta, caminó por la sala grande y oscura. Subió por las escaleras y después giró a la derecha para entrar a la segunda puerta del pasillo—. ¿Cómo estás, madre? —En la cama, con los ojos abiertos, pero sin moverse, estaba una mujer que aparentaba unos cuarenta y tantos años, con la mirada tan perdida que parecía atravesar la gruesa pared a la cual sus ojos apuntaban. Gallaham llegó hasta ella y preguntó una vez más—: ¿Cómo estás? —Ella no se inmutó—. Hay días malos y peores —dijo Gallaham y negó con la cabeza. La puso en su silla de ruedas y la sacó del cuarto.

Planeaba llevarla al patio para que tomara un poco de sol. Bajó con cuidado las escaleras. Atravesó la sala y llegó a la cocina, caminó un par de pasos hasta llegar a la puerta del patio y la abrió. Una suave brisa chocó con su rostro; cuando se adaptó a la luz empezó a empujar la silla de su madre.

El patio era un lugar inmenso y hermoso, lleno de plantas y flores, se podía oír a lo lejos el cántico de las aves y ver a una que otra ardilla jugueteando en el enorme pasto verde. Procedió a llevarla hasta el árbol en medio del patio, y al llegar le dio vuelta a la silla para que su madre pudiera observar el gran paisaje.

—Iré a mi cuarto, si me necesitas, grita —Dio media vuelta y empezó a caminar hasta la casa—. Ya es hora de que lo hagas.

Las pesadillas empezaron cuatro o cinco semanas atrás, luego pararon por un par de días, pero regresaron con fuerza. Gallaham, ya de por sí siempre en estado de alerta, frenético y con su pulso cardiaco acelerado, ahora sentía que su trastorno había evolucionado en algo peor. Llevó su mano a su pecho y sintió el palpitar de su corazón: sus pulsaciones estaban aceleradas, como si estuviera corriendo una maratón. Necesitaba hacer algo respecto a toda esa adrenalina en su cuerpo.

Caminó hasta la pared izquierda de su cuarto, en la cual había una gran silueta de un ser humano, se puso en posición de combate y empezó a lanzarle golpes; tres al pecho, dos a la cara, tres al vientre. Golpeaba fuerte el concreto, sin ningún miedo de lastimar sus manos. Y cuando el dolor se hizo presente y sus nudillos volvían a tener heridas, él no disminuyó su ritmo. El sudor se esparció por su cara y su cuello.

—¡AAAAAAH! —gritó mientras daba patadas a la figura en la pared—. Golpes bajos, golpes medios, golpes altos —exclamaba una y otra vez—, piernas, vientre… ¡CUELLO! —Sus piernas largas eran capaces de llegar hasta lo más alto de aquel dibujo. Luego de unos minutos terminó con un último gancho derecho que impactó directo en el centro de la figura—. ¡Maldita sea! —exclamó.

El dolor en su mano era muy intenso, pensó que estaba rota. Observó el estado de sus nudillos y dedos, su mano izquierda no estaba en mejores condiciones. Tenía que curarlas. Su sangre quedó marcada en la pared, incluso había logrado cuartear la gruesa capa con sus golpes. Le dolía mucho, si no hacía algo el daño sería peor. Fue al baño y abrió el grifo; la temperatura del agua era tan alta que el vapor empezó a empañar el espejo, pero era lo mejor para la herida. Sin dudarlo, Gallaham introdujo ambas manos y las restregó lo más fuerte que pudo. El dolor se intensificó, las manchas de sangre se desvanecieron al ritmo que su piel cambiaba a rojo debido a la alta temperatura. Cayó en la cuenta de que podía mover su mano, por lo que descartó la fractura. No obstante, debía tratarla y vendarla. Cerró la llave, salió del baño y se dirigió de nuevo hasta su cuarto. Llegó hasta una cómoda grande y vieja; se agachó para estar al nivel del último cajón, que abrió con cierta dificultad debido a sus heridas, y sacó un gran botiquín; tomó de su interior unas vendas, alcohol y una crema para el dolor; esparció el alcohol sobre sus heridas en ambas manos, tomó la crema y la untó sobre su mano derecha, y para finalizar la envolvió con la venda. La otra mano no estaba en tan graves condiciones, por lo que tan solo tomó un medicamento para el dolor.

Observó el reloj de pared. Se le había hecho tarde y debía preparar el almuerzo. Salió de su habitación y bajó las escaleras; mantenía su cara seria y casi inexpresiva, aunque esto no duró mucho, sin previo aviso empezó a experimentar una sensación muy extraña en su cuerpo.

—Prepa… prepararé una… una sopa… —Estaba débil y muy cansado. La temperatura de su cuerpo cayó en picada. Sus pasos se volvían cada vez más lentos, tuvo que recostarse en la pared para no perder el equilibrio.

No te resistas.

Escuchó una voz, pero no supo de dónde provenía. Dio un último par de pasos antes de desfallecer y desplomarse en el suelo.

***

En algún momento ella estuvo pensando en qué ropa usaría al día siguiente para conocer a los padres de su novio, pero ahora corría descalza, con sus ropajes llenos de sangre y su cuerpo lleno de moretones y cortes. Era joven y hermosa, en ningún momento pensó que su vida podía terminar así, de una forma tan horripilante.

—No, no, no, no, ¡AYUDA! ¡AYUDA!

Golpeaba puertas y ventanas de las casas, desesperada y muerta de miedo.

—Alguien por…

Sus ruegos fueron interrumpidos por el ruido de unas pisadas; una figura envuelta en un gran manto negro se le acercaba a paso lento y tranquilo, observándola rogar por una ayuda que nunca llegaría.

—No, no, no, ¡aléjate!

Volvió a correr, presa del miedo. Su instinto de supervivencia le hacía ignorar el dolor y los cortes, sabía que si él la alcanzaba sería su fin.

El asfalto raspaba sus delicados pies. Dio un giro a la izquierda y luego otro a la derecha entre las calles para despistar al cazador, sin embargo, su camino se vio frenado por una enorme pared, había terminado en un callejón.

Pegó su cuerpo contra el gran muro, como si tratara de atravesarlo. Comenzó a temblar, ahora solo podía esperar a que él apareciera en cualquier momento. Los segundos se hacían eternos. Cerró los ojos. Por minúsculo que fuera, percibía cualquier ruido incrementado a la décima potencia; escuchó una vez más aquel par de zapatos, como si su suela raspara contra el piso. Ella destrozaba sus uñas al clavarlas a la pared, mientras él se acercaba cada vez más, su fin estaba a la vuelta de la esquina. Pero, de repente, el sonido se detuvo.

Ella abrió los ojos, tuvo miedo, pero poco a poco aquel sentimiento se evaporó de su cuerpo; él no estaba en ninguna parte. Se sintió un poco más tranquila y con algo más de confianza. Se alejó de la pared y contempló al fondo las calles desoladas.

—¡De verdad se fue! —clamó aliviada, ya hasta su corazón retomaba su ritmo habitual, pero esto no duró mucho.

Cayó al suelo con las manos en la garganta, apretando con desespero para contener la sangre que manaba de un profundo corte. Trató de hablar, pero su sangre la ahogaba. En los últimos momentos observó a su victimario, envuelto en una túnica negra y con el rostro oculto tras una máscara blanca, horrible e inexpresiva, que ocultaba cualquier rastro de humanidad. Luego contempló el arma que le había quitado la vida, era una vara de alrededor de sesenta centímetros con una larga y delgada hoja de metal, tan filosa como mortal. Él limpió la sangre de su arma con sus ropajes. No fue hasta que ella dio su último aliento que decidió marcharse por la única salida de aquel callejón.

***

Gallaham despertó de golpe, con frío y asustado. Tomó asiento y trató de deducir en dónde estaba. Enorme fue la sorpresa al darse cuenta de que se encontraba en ropa interior, en su cama. Retiró la cobija y se levantó mientras buscaba una explicación de lo acontecido. Llegó a la conclusión de que se había desmayado. No recordaba cómo llegó hasta su cuarto ni cuándo se quitó la ropa. Estaba aterrado, a pesar de su trastorno, las lagunas mentales no estaban en su sintomatología.

Recordó que había dejado a su madre en el patio. A toda prisa se dirigió a la parte trasera de la casa y, mientras bajaba de las escaleras, notó que ya había oscurecido, por lo tanto, el tiempo que duró desmayado no había sido corto.

Llegó a la cocina atravesando la oscuridad, la puerta trasera se encontraba cerrada, pero no pudo verlo y se dio un buen golpe contra ella.

—¡Maldición! —exclamó mientras apretaba su nariz y sus labios intentando apaciguar el dolor. Sin perder un segundo abrió la puerta y, en medio de la noche, empezó a buscar a su progenitora—. ¡MADRE! ¡MADRE! —gritaba por el inmenso patio, pero no la encontraba. Retornó a máxima velocidad, atravesó el corredor hasta las escaleras y subió a toda marcha hasta llegar al cuarto de ella—. ¿Madre? —Abrió la puerta y se detuvo en la negrura, la luz que entraba por la ventana fue suficiente para que visualizara una figura acostada en la cama; se acercó y constató que era ella.

Gallaham se limitó a observarla por un par de segundos. El rostro del joven, que reflejaba preocupación, ahora mostraba incertidumbre. Se marchó del cuarto, caminó por el pasillo. La casa se encontraba un poco sucia, podía olerlo, imaginó que el polvo se acumulaba sobre los muebles al igual que en los antiguos decorativos que la adornaban.

¿Qué pasó en esas horas? ¿Por qué hasta ahora presentaba esos síntomas? ¿A qué se debía esa extraña debilidad que atacó a su cuerpo antes de que todo se apagara?

Lleno de dudas, se acercó al espejo grande y antiguo que decoraba la parte final del pasillo, rodeado por hermosos aunque polvorientos detalles de ébano finamente tallados. Contempló su reflejo a pesar de la oscuridad, cada uno de sus rasgos, su cabello negro, su piel blanca, intuyó el vello de su cara que cada día crecía, sus cejas gruesas y pobladas. Se quedó observando sus ojos oscuros, pero no se quedó allí, parecía mirar aún más profundo, como si tratara de acceder a su propia alma, y fue en un parpadeo que su reflejo se convirtió en una horripilante criatura, negra y muy delgada, de rostro blanco y alargado. Gallaham retrocedió asustado, pero su reflejo volvió a la normalidad.

05/08

Hoy fue el primer día de clases, sin ningún acontecimiento importante. Pero al llegar a casa pasó algo. Esta mañana, cuando me dirigía a la cocina me desmayé sin ningún motivo; no sé qué pasó. Desperté casi nueve horas después en mi cuarto. Corrí a buscar a mi madre al patio, ya que ahí la había dejado, pero ella ya se encontraba durmiendo en su habitación. Esa horrible criatura en el espejo… ¿La imaginé? Era idéntica a la criatura de mis pesadillas. Nunca había presentado estos síntomas, siento como si mi cuerpo fuera a explotar. Por fin, mi psiquis ha colapsado.

Capítulo 2

—Bueno, jóvenes —El profesor se levantó de su asiento y habló en voz alta; los estudiantes dejaron de tomar apuntes y escucharon—: han sido casi dos horas muy bien trabajadas, ya pueden marcharse. Los veré la próxima clase —Tomó el borrador y procedió a limpiar el tablero.

Gallaham guardó sus cosas en su bolso. Se puso los audífonos y empezó a escuchar música. A paso rápido se marchó del salón de clases.

Los martes eran sus días más complicados, tenía clase desde las seis de la mañana hasta las dos de la tarde, y su madre se quedaba sola por ocho horas. Antes de irse la despertaba para darle su medicina y una malteada de proteína para que no tuviera el estómago vacío. No tenía tiempo de cocinar, por lo que prefería almorzar algo en algún restaurante y llevarle algo a ella. Atravesó los pasillos de la facultad de medicina, su cabeza trajo los acontecimientos de la noche anterior, todo el día intentó darles respuesta, pero no encontró ninguna, fue cuando sus ojos captaron algo a las afueras de uno de los salones que sus pensamientos se desvanecieron, se detuvo y retiró los audífonos para escuchar mejor.

—Llega tarde, jovencita, no puede entrar —Gallaham observó que un maestro, que conocía muy bien, impedía a su estudiante ingresar al salón de clases.

—Lo siento muchísimo —Ella parecía a punto de romper en llanto—, pero no pude llegar, no encontré…

—Ese no es problema mío —la interrumpió en seco el profesor—, usted ya está en un nivel universitario y esas excusas se dejan para la secundaria —Dio media vuelta y entró al salón, luego cerró la puerta detrás de él.

—Pero… —Ella quedó inmóvil por unos segundos, para después empezar a llorar.

El viejo Chezil, dijo para sí mismo Gallaham. Es el peor profesor que tiene la universidad y el peor ser humano que he tenido el infortunio de tratar. No entiendo cómo no lo han sacado de aquí. Recordaba con odio las experiencias vividas con aquel hombre. Fue su profesor de Bioquímica el semestre pasado; era de piel negra, obeso y con una calvicie incipiente. Se dedicaba más a horrorizar a los estudiantes que a enseñarles. Gallaham fue su presa favorita, pero él no se dejó; siempre respondía a las preguntas que le lanzaba y casi todas sus notas fueron dieces. Solo una vez el joven cayó en la trampa del maestro, en una actividad para la cual no pudo estudiar debido a que toda la noche anterior tuvo que recorrer la ciudad buscando una medicina especial para su madre, quien había tenido un ataque. Ese día regresó a su casa a las dos de la madrugada, cansado y con una terrible migraña. La clase era a las seis; a la hora de pasar al tablero, su mente agotada no supo qué hacer, así que Chezil aprovechó para humillarlo:

—Dedíquese a otra cosa, usted no sirve para esto, se ve que prefiere ir a fiestas antes que ponerse a estudiar.

Pero, al final, Gallaham logró alcanzar una muy buena nota y pasar sin mayores inconvenientes la asignatura; fue de los pocos, más de la mitad del curso la perdió.

Maldito viejo, bailaré en tu tumba. El odio se veía reflejado en su rostro, fruncía el ceño y también apretaba sus puños y dientes. De improviso, terribles imágenes atacaron su mente: se vio a sí mismo golpeando al profesor con una energía tremenda, sus puños se iban manchando de sangre, mientras la cara del hombre se transformaba hasta quedar apenas una caricatura de lo que antes era. Gallaham regresó a la realidad, aquella escena lo dejó mareado, tuvo que poner su mano sobre la pared para no caerse. Fue un gran susto, su respiración se aceleró, trataba de descubrir qué había pasado.

—¿Estás bien? —preguntó sollozante aquella joven de cabellos dorados que el maestro había dejado afuera. Al verlo en ese estado se acercó para ver si necesitaba ayuda.

—Sí, estoy bien —respondió él retomando su postura. Detestaba que lo vieran cuando padecía de sus síntomas, era la tercera cosa que más le molestaba en el mundo.

Continuó su camino y dejó a la muchacha atrás.

La universidad era grande y muy antigua, la primera fundada en la parte sur del país; la constituían más de quince bloques, dos piscinas, canchas de fútbol, de rugby, tenis, un gimnasio, un sauna, distintos laboratorios para cada facultad, salones y auditorios modernos y una antigua iglesia para los religiosos, lugar al que Gallaham nunca había entrado.

Llegó al parqueadero y subió a su auto. Lo había comprado un año atrás. Nunca le había faltado dinero, pero tampoco le daba un mal uso; su madre desde pequeño le enseñó lo importante que era administrarlo bien.

—Adiós a este infierno —Encendió el vehículo y se marchó a toda prisa. Manejaba muy bien, era cuidadoso y muy atento, trataba siempre de respetar las reglas de tránsito, la segunda cosa que más le molestaba en el mundo era los conductores que no cumplían esas normas. Se detuvo en el semáforo y dejó el espacio suficiente para los peatones, muy pocas personas o autos transitaban en ese momento.

Daba leves golpes al volante, reflejo de su ansiedad, trataba de no pensar en el desmayo y la laguna mental del día anterior, o en ese extraño ataque de imágenes que sucedieron hacía apenas unos minutos.

Un golpe seco lo distrajo, viró su cabeza a la izquierda y pudo ver la causa: una motocicleta que intentaba pasar por el estrecho camino entre su auto y la acera. El manubrio había impactado su retrovisor lateral. El conductor de la motocicleta volteó y, sin darle mucha importancia, siguió su camino. Los ojos de Gallaham ardieron en furia, y se grabó la apariencia de aquel hombre que ni siquiera llevaba casco, se había convertido ahora en su objeto de odio. Se bajó del auto y de una patada lo tiró de su moto. El hombre no supo lo que pasó, tan solo observó la figura que tenía encima y que lo empezó a atacar. Al tercer golpe, Gallaham fracturó el hueso nasal del motociclista, y con cada nuevo impacto solo se hacía polvo. No le dio ninguna importancia a los pocos testigos, e igual, nadie hizo nada para detenerlo.

Aniquílalo, hazlo sufrir.

Gallaham escuchó aquella voz sin origen definido y siguió golpeando, disfrutaba cada instante en que sus golpes destruían la carne del motociclista. Si no hubiera sido por el pitido de una bocina, jamás hubiera regresado a la realidad. No, no había golpeado a nadie.El semáforo cambió y los autos detrás de él ya querían avanzar. Aturdido, retiró el freno y empezó a acelerar. Continuó derecho y el motociclista cruzó a la izquierda.

Detuvo el vehículo apenas pudo. Su miedo acababa de alcanzar una nueva marca, estaba helado, no sabía lo que le pasaba. ¿Disociaciones? ¿Desde cuándo? Por fortuna, al día siguiente tenía chequeo con su psiquiatra y aprovecharía para contarle todo.

***

—Mierda, Louis —El detective Lawrence se levantó del suelo con cierta dificultad—, es el segundo cuerpo que encontramos en las mismas condiciones, me temo que sea un asesino serial.

—Relájate —Louis le pasó un café a Lawrence—, no podemos sacar conclusiones todavía.

—¿Cómo qué no? —Agarró el vaso y le dio un trago—, mira la herida, es igual, solo que este es hombre —El cadáver presentaba un gran corte de extremo a extremo de la garganta; además, la víctima, de unos cuarenta años, tenía varios hematomas en su rostro y extremidades.

—Los forenses ya llegaron, ellos darán el último veredicto —Los dos empezaron a caminar por el área, mientras los policías acordonaban la escena del crimen.

Lawrence, enojado y preocupado, le dio un gran trago a su café.

—Menos mal que lo encontraron ahora en la noche y no en la mañana —Con dificultad, debido a que tenía el vaso de café entre sus manos, Louis retiró sus gafas y empezó a limpiarlas.

—Sí, esto estuviera hecho un revoltillo —confirmó Lawrence.

***

—Chicos, para finalizar quiero que en la última hora de la clase trabajen en parejas para desarrollar la actividad que acabo de enviar —La maestra habló desde su asiento.

Gallaham cerró sus ojos, sus compañeros se pusieron de pie en busca de una pareja; sin embargo, él se mantenía inmóvil en su puesto. No le gustaba trabajar en equipo.

—Bien —La maestra se levantó de su asiento y se arregló el vestido—, ¿todos tienen pareja? —Echó un vistazo rápido para comprobar que nadie estuviera solo.

—Profesora —dijo alguien desde la parte trasera del salón—, no tengo pareja —Era una voz aguda, fea, hasta grosera. Como si por mucho que su dueño tratara de ocultar o moderar la agresividad de sus palabras, no pudiera evitar soltar un sonido repelente.

—Tu nombre es… —La profesora agarró la lista sobre su mesa—, Jacob, ¿verdad? —Alzó la cabeza y sonrió.

—Sí. El semestre pasado vi Biología Molecular con usted.

—Cierto, ya me acordé —mintió—. ¿Hay alguien que no tenga pareja? —Empezó a buscar asiento por asiento con la mirada.

Que no me vea a mí, que no me vea a mí, que no…

—¡Jon! —exclamó la mujer.

—Maldita sea —susurró Gallaham mientras abría los ojos.

—¿Tienes pareja?

—No.

—¿Te importaría juntarte con Jacob?

—Si dijera que sí, ¿habría algún cambio?

—No, Jon, tienes que aprender a trabajar en equipo —respondió la profesora—, un cirujano solo no puede operar a alguien, necesita la ayuda de todo un equipo. Hazte con él, Jacob.

—Está bien —Jacob agarró todos sus implementos y se dirigió a la silla de su pareja. Apretaba su cuaderno contra su pecho, en su mano izquierda tenía sus lápices y en la derecha llevaba su mochila con suma dificultad.

Gallaham entrecerró los ojos mientras Jacob se acercaba. No puede ser que me toque trabajar con él. Una ligera expresión de repulsión apareció en su rostro.

Gallaham vio una materia con Jacob Jones en primer semestre, y luego otra en segundo. No tenía buena fama. A Gallaham no le caía bien, y esa opinión la compartía con todos los estudiantes de Medicina. Jacob tenía la manía de siempre meter sus narices en todo; aunque nadie lo hubiera invitado, siempre estaba ahí, como si a la fuerza quisiera imponerse ante todos, rogando para que le prestaran atención. Solo se ganaba el odio y el desprecio de la gente a su alrededor. De hecho, en primer semestre, en la primera clase de Fisiología I, a Jacob se le ocurrió la brillante idea de fingir que el equipo que se usaba para proyectar se había descompuesto, todo para jugarle una broma al profesor, según él; no había que ser muy inteligente para saber que era una mala idea. Gallaham estaba en el asiento de al lado, Jacob le preguntó si quería ayudarlo, pero él respondió con un rotundo no.

Gallaham lo observó en detalle: era un muchacho escuálido, ojeroso y lleno de pecas. Jacob gateó de forma ridícula hasta el frente del salón y sonreía, seguro de lo genial que sería su plan, de que todo saldría bien, sin el más mínimo rastro de sentido común o cualquier cosa que le avisara que lo que estaba a punto de hacer traería pésimas consecuencias. Gallaham hizo un ligero gesto de repudio con los labios. ¿Nunca se ha planteado que sus decisiones no son buenas? ¿Que esa no es una buena forma de actuar? ¿Qué nada de eso tiene sentido?,se preguntó.