El gaucho Medina - Horacio D'Elio - E-Book

El gaucho Medina E-Book

Horacio D'Elio

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Beschreibung

En El gaucho Medina, el lector es llevado a una fascinante aventura a través de los paisajes de la ruta 11 y los encantos de los veranos en San Bernardo. El relato sigue al protagonista, un hombre de respetable estatura y peso acorde, en su encuentro con viajeros en un boliche, quienes despiertan en él el deseo de visitar esa pintoresca localidad costera. A medida que se desarrolla la trama, un giro inesperado se presenta con el descubrimiento de un cadáver, lo que desencadena una investigación policial llena de giros y nuevos personajes. Entre ellos se destaca el intrigante mayordomo de la estancia donde trabaja el protagonista, cuya presencia añade una capa de misterio a la narrativa, así como luego aparece el paramilitar, una oscura muestra de nuestro pasado. El autor, en un cameo circunstancial, nos sumerge en un mundo donde la imaginación hace de las suyas, creando una trama intrigante y llena de suspenso y color. Es importante destacar que, si bien la novela presenta elementos ficticios, sus actores son caricaturas exageradas de personas reales, a los cuales algún testigo privilegiado podría reconocer, en tanto la atmósfera y los escenarios evocan con precisión algunos veranos en la costa argentina. El gaucho Medina es una obra que cautiva desde la primera página e introduce al lector en un universo donde la realidad y la ficción se entrelazan, todo ello dedicado al "hincha de Ginnasia", a quien le debemos este atrayente personaje.

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Seitenzahl: 364

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

D´Elio, Horacio Ernesto

El gaucho Medina : el misterio de San Bernardo / Horacio Ernesto D´Elio. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

288 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-998-8

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Policiales. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. D´Elio, Horacio Ernesto

© 2024. Tinta Libre Ediciones

A Hugo Moro.

Y a Lili, Uncle, Pelu, Seba, Coti, Nati, Ceci, Juli, Lean,mis afectos entrañables*.

* Liliana Torres, Hugo D’Elio, Ernesto Imas, Sebastián D’Elio, Javier D’Elio, Natalia Fabbri, María Cecilia Ursino, Juliana Delle Donne y Leandro Avena.

El gaucho Medina

I

“No está fea la noche pa’ tomar algo”, piensa Medina mientras termina la módica higiene y elige las pilchas. Bueno, mucho no hay para elegir, pero siempre trata de ir al boliche lo más arreglado posible. A veces suelen parar turistas, y uno nunca sabe. Aquella vez de la rubia medio loca que se lo quería llevar para la Capital después que se revolcaron en la parva en medio del campo. Por eso… uno nunca sabe. Siente el cuerpo algo magullado: nunca le atrajo eso de andar cargando cosas, pero tenían que reparar el alambrado en la estancia y le pidieron que ayudara a bajar los rollos de la chata desvencijada del almacenero. Más le gustaba arrear a los animales, con el traste todo el día arriba del zaino. “Pero si vamos pa’l boliche mejor llevamos el tordillo”, piensa. Está mejor plantado, aunque el andar no sea tan cómodo como el del zaino. A éste lo maneja con el pensamiento, de tanto que han rumbiao juntos. Buen animal, el zaino. Una vez un pueblero le preguntó cómo se llamaba. “No… si vamo’a andar bautizándolos también. Y que lo llamo al cura pa’ que lej’eche agua bendita. El zaino es el zaino y el tordillo es el tordillo, qué joder.” Está tan cansado que piensa de nuevo si de veras tiene ganas de ir al boliche. Se pone la camisa limpia, va a tener que zurcirla un poco debajo de los sobacos, se verá mañana. Como es de tardecita, no se va a notar, y tampoco la manchita de grasa en la pechera. Pone el pañuelo medio abierto y listo, qué joder. Pega un vistazo al cuartucho y tiende más o menos la manta deshilachada para que tape el revoltijo que es su cama, no vaya a ser que alguna le pida cobijo por esa noche, aunque tampoco hay que poner demasiado empeño, que no es ningún maricón. En un rincón está el pedazo de espejo que encontró en la mudanza del casco de la estancia. La señora estaba que trinaba porque a la Lucía se le había caído y roto. Que siete años de desgracia y quién sabe cuántos desastres más y que la Lucía se fue llorando de la angustia de ser la causante de tanta mala suerte. Aunque la vieja nomás tenía algo de razón, porque en el viaje a la Capital pincharon dos veces y el patrón llegó tarde a una reunión que tenía en el Congreso y le fue mal en las elecciones. Y eso que recién pasó una semana de los siete años. Por si acaso, él cuidaba el pedazo de espejo, que a gatas si le alcanzaba para pispear la facha. Se acomoda la rastra sobre las bombachas negras, que eran su orgullo, y se calza las baqueteadas botas. Ahora el chaleco, negro, como todo el atuendo, regalo del patrón como parte de un traje que a él le quedaba chico, si la panza le crecía como a yegua preñada. Del saco y los pantalones ni pensar en ponérselos. Los guardaba para cuando lo metieran en el cajón. Se asoma y como pinta refrescar manotea el poncho, de qué color va a ser: negro. Y aunque no refrescara también lo llevaría, qué joder. Se cala el chambergo, también negro, por supuesto. A lo último, se calza la fierra a la espalda. Cómo será de largo el facón que le asoma el mango por un costado y la punta por el otro cuando se lo mira de frente. Y eso que no es angosto de cintura… eso cuando era más joven. Tenía conciencia del efecto que lograba al entrar al boliche, casi siempre con algunos viajeros que, atraídos por la apariencia y por ser el que estaba casi siempre abierto, estacionaban los autos para tomar algo en el camino hacia la costa. Por eso también calza espuelas, aunque se cuidará de tocar al tordillo, no vaya a ser que ese loco piense que van a las cuadreras y después tenga que darle unos cuantos talerazos para que sepa cuántos pares son tres botas, qué joder. Ya cuando se le acerca para encajarle el recado y escucha el retintín que hace al caminar ve que se le eriza el lomo. Por eso le gusta más el zaino, qué joder. A ése no hay que explicarle nada. Si cuando monta así empilchado ya rumbea solo para el boliche, pero hoy tuvo que andar mucho y hay que cuidarlo, que ya está medio viejazo. Aparte… carajo que está cansado que le parece más alto el animal cuando lo ensilla… Cada tanto tuerce el pescuezo para echarle una mirada de reojo, al tiempo que sacude la cola con el fin de molestarlo, no más. “Qué jodido que es éste… pero más jodido soy yo”, piensa, “y que no vaya a espantar cuando revolee la pata porque se va a acordar de qué lindo era estar en la panza de la madre que lo parió”. Repasa el cojinillo con la mano, no vaya a ser como el otro día, que se le escapó un abrojo escondido y cuando se avivó no podía andar metiendo mano porque estaba en el pueblo. Le quedaron las verijas ardidas y entró al almacén con las patas abiertas como si no hubiera desmontado y tuviera el flete abajo. Diga que si se dieron cuenta ninguno dijo ni mu. Por si acaso tenía la guasca agarradita bien firme, para cruzar cualquier cara al primer asomo de sonrisa. Monta y antes de arrancar pega un vistazo al rancho. “Viá tener que pedirle al mayordomo que cuando venga con la chata por aquí me alcance la puerta que cambiaron y que el patrón me regaló.” Casi siempre se mandan sabandijas adentro, y algunas son peligrosas. Por eso tenía que recorrer el rancho haciendo ruido, por si una yarará se había ofrecido sin permiso como compañera de cuarto. Ahí se da cuenta de que estaba hablando en voz alta, lo que le tuerce la boca en una mueca que debe de ser una sonrisa, en él casi una carcajada. “No, si la soledá te hace hacer cosa’ e’ loco, qué joder.” Y con un chiflido suave le indica al tordillo que arranque, y éste, cosa rara, obedece como si fuera el zaino. “Pero mirá vos”, se dice otra vez en voz alta, y vuelve a sonreírse reprimiendo la palmada en el pescuezo que le hubiera dado al zaino, pero que éste todavía no se ganó, qué joder.

II

Hace ya un rato largo que salieron de la Capital, porque a éste se le ocurrió desviar por la 36 y agarrar la 11. No sólo que es más peligrosa ante el riesgo de tener algún problema, por la ausencia de estaciones de servicio, sino que es más aburrida que chupar un clavo. Sobre todo fuera de temporada, en octubre. Menos mal que la mayoría del tiempo se la pasaron meándose de risa del gallego, que aparte de manejar (y en apariencia como cobro encubierto del pasaje) instaba a que se contaran chistes. Que no era por la comicidad de algunos, ya que casi todos eran viejísimos, sino por la segura consecuencia de que no los entendía, por lo que el chiste casi siempre era él mismo. Si alguno piensa en la exageración de los chistes sobre gallegos, es porque no lo conoció. Para no creer… Entre joda y joda habían pasado unos cuantos boliches, cerrados, por supuesto. Se estaban acercando al empalme con la 63, la que agarraban casi siempre desde la 2. Ahí nomás estaba el boliche de la Esquina de Crotto, pero que como es fuera de temporada casi seguro que estaba cerrado y, como ninguno lo conocía, al llegar a un pueblito con nombre rimbombante, Cerro de la Gloria, deciden dar una vuelta a ver si encontraban algún lugar abierto, para tomar algo e ir al baño, aunque los servicios de aquellos lugares dejaban mucho que desear. Menos mal que eran todos hombres y hacían de parado, y en apariencia ninguno tenía urgencias mayores. Encuentran uno, más un almacén que restaurante, y al espiar un poco ven un par de mesitas. Estaciona enfrente el gallego el pretencioso automóvil (bah… como auto, flor de máquina, y muy cómodo, pero para las épocas que se estaban pasando estaba un poco farolero para San Bernardo) y entran, como buenos porteños, sin saludar, siendo recibidos con un reclamante “buenas tardes”, que se apuran a contestar como agarrados en falta en la escuela. Se dijo “porteños” cuando en realidad uno solo era nacido en la ciudad de Buenos Aires, en La Boca. De los otros, uno era gallego —de Galicia, eh…—; otro, alemán, y el tercero, tano, pero bien tano, de Italia. Se sientan a una de las destartaladas mesas medio avergonzados. Se les acerca una chica, que pasa una inútil rejilla sobre la limpia superficie y se queda para recibir el pedido. Preguntan y se deciden por unos sándwiches de jamón y queso, que resultaron sorprendentes, a los que acompañaron con una fresca cervecita. El lugar era tal cual uno se imaginaría una pulpería del siglo XIX, cargado con todo tipo de mercaderías y con los estantes repletos de botellas polvorientas que permanecerían allí imperturbables ante el paso de los años. El piso, un entablonado que alguien habría bautizado parquet, medio flojón y chirriantes algunas de las tablas. Pero la verdad es que era un lugar acogedor, a esas horas desierto salvo por la moza y un despachante detrás del mostrador, que se mantiene oculto la mayoría del tiempo. Cuando terminaron, y a punto de pedir la cuenta, se escucha un relincho afuera, seguido de un estallido que imaginan latigazo. Deciden esperar para ver qué pasaba, haciéndose los desentendidos y charlando inconsistencias. Se escuchan los taconazos de una persona grandota y pesada y una sombra interrumpe los últimos rayos del sol que entran por la puerta. Un “brzdes” casi susurrado consigue mágico el coro de saludo del cuarteto, que de reojo observa al recién llegado.

Alto, corpulento, vestido de negro de pies a cabeza, con un pañuelo también negro al cuello con unas pintas imperceptibles de color indefinido. Lleva poncho del mismo color; botas, ídem, de ésas acordeonadas, con espuelas; una rastra cuajada de monedas, y, lo más impresionante, un respetable facón encajado a la espalda. Pasa al lado de la mesa expectante y se apoya de codo izquierdo en el mostrador, dándoles el frente a los forasteros pero sin prestarles mayor atención. Como por pase de mago, aparece el despachante, que aguarda la orden con paciencia. En voz baja, apuestan: “grapa”, el tano; “ginebra”, el boquense; “cerveza”, el alemán; “whisky con soda”, cuándo no, el gallego. Como regodeándose de antemano, se retrasa la elección, hasta que por fin llega, sorprendente.

—Déme una pecsi, por favor…, aparcero—. La voz suena algo atiplada, como de pito, dirían, y sorprende más que el pedido, aunque un oportuno carraspeo anuncia que se ha puesto en regla el garguero. Entre ellos se miran, rogando que en ninguno asome la obligada sonrisa típica del piola de cartón. Pero no, se la bancaron todos, hasta el gallego, que tomó como lógico el pedido, si hacía calor y quizás el señor estaba manejando. ¡Manejando…! No… si no es de creer. El boquense y el tano se miran, con resignación, y el alemán, que perdía la carrera de los giles por tres metros y llegaba segundo, coincide con el gallego. Es más, no se le ocurre mejor idea que invitar al recién llegado a compartir la mesa, guiñándoles el ojo, canchero, a los demás. Los otros dos, más piolas, sienten que un frío les corre por la espalda. No vaya a ser que a este boludo se le ocurra cargar al grandote. Le habrá salido voz de mina, pero tiene un lomo de hombreador de medias reses y unas manos con dedos de proctólogo. Se empiezan a remover en las sillas, que estamos atrasados, que se hace tarde, que quizás el señor esté ocupado, para qué molestar. Mientras, el paisano los mide, sopesando la oferta. Viendo que las ponencias están divididas decide aceptar el convite, para ver qué se traen entre manos estos pueblerinos, y se dirige con su paso pesado, casi cansino, hasta la silla que se le ofrece, la que cruje sospechosamente con su peso. No vaya a ser que se rompa y que se las agarre con nosotros, se dice el boquense, contrariando su amistoso gesto de tenderle la mano, la que se pierde entre las callosidades camperas. “Menos mal que no tiene la costumbre de apretar demasiado, porque si no me enyesan”, piensa, sin perder la sonrisa.

—Nicanor Medina —se presenta, ahora sí con un tono de voz acorde con la facha, y estrecha todas las diestras ofrecidas. Terminado el viril ritual, se hace un pesado silencio, roto rápido por el alemán, que comienza a interrogar al recién llegado. Faltó que le preguntara por todos los parientes. Casi siempre recibía un monosílabo por respuesta, poca vez alguna frase aclaratoria, de compromiso nomás.

—¿Conoce San Bernardo? —inquiere, después de pasearlo por todo tipo de preguntas.

—No —la respuesta, lacónica como tantas otras, dispara un aluvión de frases laudatorias del balneario. Qué iba a saber que el gaucho Medina, como después lo conocieron los que lo conocieron, recién vio el mar de grande, cuando tenía más o menos veinte años, y que no había vuelto desde entonces. Fue con un amigo, el Ovidio, de regalo en un camión de diarios que pasaba todas las mañanas y que quiso la suerte que pinchara una goma justo donde estaban ellos mirando pasar los teros quilombeando entre ellos. El chofer no quería o no podía usar el gato y el acompañante tenía una mamúa de terror. Entonces ellos dos les hicieron la gentileza y rechazaron los pesos con que los quiso obsequiar. El hombre, agradecido, les dijo que una madrugada de ésas los pasaba a buscar y los acercaba a San Clemente por el día, que a la tardecita los recogía y los volvía a traer. Eso los entusiasmó tanto que empezaron a hacer planes para el soñado viaje. No se les ocurría cómo zafar del laburo en el casco de la estancia, hasta que un encargo les vino como quien diría al pelo. Tenían que embretar unas cuantas cabezas y cuando viniera el jaula ayudar a subirlas. El mayordomo les dijo que llegaría a la noche, medio tarde, lo que hizo que se miraran, entendiendo la rapiña. Como se avivó, quiso congraciarse dándoles el día franco, y el otro también, al notar que se volvían a mirar. Asintieron sin que se les notara el embale y rajaron cuando pudieron al quiosco de diarios del pueblo para esperar al camionero que pasaba para la Capital. Este quedó en que lo esperaran en la ruta, y llegó un par de horas después que se fue el jaula del chorro del mayordomo. Justito antes que amaneciera apareció el camión echando putas, como siempre, y apenas si se pudieron colgar a las apuradas. No eran los únicos colados, también iban dos pendejas con unas mochilas grandotas, que pagaban el pasaje con mimos alternados al peón y al chofer. Esperaron ligar algo, pero ni la hora les dieron. Al llegar a la entrada de San Clemente el camionero les pegó un grito y otra vez apenas si alcanzaron a bajar antes de que arrancara. Les tiró los paquetes de los diarios y los mandó caminando desde la ruta, agradecido para sus adentros de los minutos que ganaba para estar con las minitas gracias a estos dos giles. Eran unas cuantas cuadras, pero ellos estaban acostumbrados a patiar largo y parejo, y los paquetes parecían livianitos, tantas eran las ganas que tenían de llegar. Pasaron por el quiosco y el dueño les avisó que estuvieran antes de las ocho de la noche porque el camionero pasaba como una luz mala, o sea a los santos pedos, y si no estaban paraditos en el medio de la avenida los iba a dejar de seña. Le dijeron que se iban a quedar hasta el otro día, lo que motivó un encogimiento de hombros por toda respuesta, mientras acomodaba los ejemplares en las bandejas. Arrancaron para donde les parecía que debía de quedar la playa, pero después de un rato, al ver que las casas empezaban a ralear preguntaron a un pibe que corría atrás de un perrito dónde quedaba el mar. Los miró como a dos marcianos y señaló para un costado, donde se alzaba un imponente médano. Se miraron, porque iban bordeándolo para no tener que subir la empinada cuesta, y se animan. ¡Qué laburo, por Dios! Cada tanto refalaban para atrás, hasta que llegaron a la punta y casi se quedan sin la poca respiración que les sobró. Es que el espectáculo los golpeó fuerte. A los tumbos fueron bajando del otro lado, hasta que perdieron pie y la bajada se convirtió en desordenado revoltijo. Escupiendo arena se levantaron y corrieron hasta la orilla, sacándose la ropa en el camino y metiéndose en el agua helada a las carcajadas. Estuvieron jugando como dos cachorritos largo rato, hasta que el frío del viento pudo más y salieron corriendo y recogiendo las pilchas desparramadas. Fueron todavía más rápidos cuando vieron que se acercaban unas mujeres charlando por la playa y se zambulleron en un matorral de tamariscos del médano, para terminar de vestirse a las apuradas y poner cara decente. Todo al pedo, por supuesto, porque ni siquiera les dedicaron una mirada. “Cuando están en jauría son jodidas las minas”, musita el Ovidio, con tono de sabedor. Pero como lo conocía bien, estaba al tanto de que le daba más al cinco contra uno que él, que lo demás era más imaginación que otra cosa. Se quedaron al solcito que calentaba al abrigo del médano, que paraba el viento, hasta que sintieron que les picaba algo en la panza. Manotearon algunos panes de la cocina de la estancia y algo de asado frío que sobró del almuerzo y que la Lucía que los vio merodeando entretuvo a la cocinera cuando ellos lo escondieron entre la ropa. Eso que era un piojo, pero muy avispada. Mientras escuchaba al alemán pensaba en ella. Gauchaza la morocha… ya había crecido bastante, y cómo movía las ancas cuando trajinaba la cocina. El problema era que la prenda ya tenía dueño en ese entonces, y encima importante, el mayordomo, o eso se decía, y docenas de interesados, qué lo iba a estar mirando a él, el hijo de la finada sirvienta de comedor de la estancia… y quién sabe quién fue su padre. Con el tiempo le llegaron a los oídos algunos dichos de los malpensados, pero nunca tuvo ninguna seguridad. Pero en este momento, frente a estos pueblerinos que hablaban tanto y tan raro, de lo único de que se acordaba era de esa inmensidad que lo hizo llorar como una mujer de tan chico que se sintió.

—¡Cómo que no conoce San Bernardo!

—Llegué hasta San Clemente, nada más —se justifica sin necesidad.

III

Estaban los cuatro cagándose de risa entre el consejo de admisión del edificio, que no otra cosa parece el grupo de jovatos que a diario se reúne en los sillones del saloncito que se halla a un lado del pasillo de entrada. Aunque, dicho así, no se tiene una idea exacta de lo que es ese inmenso hall, del cual el ámbito forma parte entre paredes de vidrio, como una pecera. No hay que creer que los integrantes de ese “consejo” eran siempre los mismos, puesto que variaban siempre, sobre todo de un mes a otro, y más en enero y febrero, cuando el colmenar que es el edificio de más de 200 departamentos está repleto. Tampoco son todos jovatos, pero prevalecen. Incluso algunas señoras comparten los sillones; es más, si hay alguna casi siempre ocupa uno de los lugares, puesto que caballeros eran los de antes, y ésta sí que es una escuela de buenos modales. Había que tener demasiadas canas para no sentir hormigas en el traste cuando alguna aparecía. Fue un día en verdad glorioso, después de una seguidilla de fulería con lluvia, viento y frío, así que todo el mundo estaba de buen humor, en el intervalo que precede a la cena. Ya pasó el cuadernito para anotarse en el próximo campeonato de truco, y dos páginas después cuántas parejas iban a participar del asadito que se prepararía en el terreno de al lado. El asunto jodido fue el éxito del anterior, el último del año pasado, que hizo como de imán.

—No sé dónde carajos vamos a cocinar para tantos. Ya se anotaron como treinta… —comentó el hincha de Boca justo antes de que cayera el alemán con lo de la pulpería. Se notaba asistencia perfecta, con varios parados o sentados en el escaloncito, porque el salón es en desnivel. Los temas iban y venían, siendo fumigados cuidadosamente en forma invariable los que se referían a economía o a política, porque todos sabían que se pudría todo, y mejor quedaban para los días de merda. Hoy no se habla de eso, decreto manu militari y listo. Sólo hay lugar para la joda y para preparar la logística del truco y del morfi. Pero cayó el alemán y enseguida prendió el tema. Al rato, casi lloraban cuando comenzó el fabuleo. Rápido adopta al personaje para su galería de próceres otro de los habitués de los febreros, el hincha de Ginnasia (ojo, no es un error, no me vengan con que el glorioso Lobo de La Plata en su escudito tiene escrito Gimnasia: se pronuncia Ginnasia y listo), siempre con su ladero, ese pendejo medio impertinente que labura en el Clarín y que no pierde culo sin mirar. Como al tripero le gusta la temática, comienza a agregar más datos a lo que contaron los cuatro, lo que deriva en una verdadera historia, con infinidad de detalles que según él se les pasaron a los otros y que el paisano era conocido por los pagos y un montón de boludeces más que entre todos agregaban, para pasar como Dios manda, o sea riéndose, el momento previo al manduque. El alemán cuenta que hace poco lo llamó el paisano, y le pasó el teléfono de la portera, que casi siempre tiene algún departamento para alquilar. Como todos lo miraron con extrañeza, aclaró que en aquel encuentro, aparte de llenarle la cabeza con las bondades de veranear en San Bernardo, le encajó una tarjeta personal, que él con gusto lo iba a asesorar, y que unos días antes de viajar lo llamara, y lo hizo anteayer. Según la portera, parece que va a alquilar uno en el primero. El bulo está medio choto, aclaró, pero no hizo ningún problema y aceptó y se viene. El pensamiento sin expresar de casi todos parece haber sido semejante, por el cruce de miradas. Pobre tipo, le encajaron alguno de los más berretas… qué se le va a hacer. Lo único raro es que ya empezó febrero, estamos a 3, y no apareció todavía. Quién sabe si viene o si no termina siendo un chiste del alemán, que, como todo el mundo sabe, lleva en su genética la producción del chisterío más boludo del universo.

—Bueno, che. Basta de joda. Todavía no resolvimos cómo hacemos para asar para tanta gente. Ya pasamos los cuarenta.

—¡¡¿¿Cuántos??!!

—Dije cuarenta y me quedo bastante corto. Debemos ser más de cincuenta…

—Pero quedamos que con los pendejitos no era…

Algunas caras expresan la mufa, porque los dejaba automáticamente afuera, pero no era posible, porque las madres (y algunos padres) no podían hacer otra cosa que atender a los pibitos. Lo lamentamos, pero sin pendejos… En la anterior comida, el año pasado, fue gracioso ver cómo estaban casi todos asomados a las ventanas del salón, que dan todas al jardín, ya comidos, y veían cómo los viejos se divertían sin ellos. Muchos años después confesaron que la pasaban rebién. Casi siempre algunas de las pibas mayores cuidaban a los más chicos, y hay que tener en cuenta que el lugar donde se comía es una sala de juegos bastante grande, que está ubicada en el enorme jardín que forma la parte de atrás del edificio. Que más que jardín parece una plaza, con juegos infantiles y todo, con faroles y bancos, unos cuantos árboles. Una verdadera plaza, en la que se podía dejar a los más chiquititos para que potrearan sin riesgo. Los medianos ya tenían aventuras en la playa cercana, sólo cruzar la calle sin pavimentar, y en los médanos armaban, calladitos casi siempre, de las suyas. Y los más grandes, a los boliches. Claro está que cuando se terminaba de morfar ya podían entrar todos a participar. La otra vez hasta se llevaron un grabador y unos cuantos bailaron. Y eso que los asistentes no eran muchos; por eso, lo que pintaba ahora… si resolvían lo de la parrilla.

—Yo tengo la solución —comenta el platense. Como es una máquina de inventar macanas, nadie le lleva el apunte.

—Che… les digo en serio —insiste.

Con la resignación pintada en casi todas las caras, se preparan a escuchar la propuesta. “No es joda”, insiste, y no larga más prenda, así que habrá que esperar para ver, nomás. Enseguida quedan en que un grupo iría a buscar la famosa parrilla a la mañana siguiente.

—Me parece mejor si hacemos pollos. Ponemos uno por pareja y listo. Es más fácil para repartir y no hay quilombo —todavía estaba latente la tirada de bronca de uno que se quejó por la calidad de lo que le habían servido. Claro, que le habían servido, porque no se levantó en toda la noche para dar una mano. Sólo estuvo para picar algo en el terrenito de al lado, mientras se prendía el fuego y se despejaba un poco de la basura amontonada. En los caballetes, aparte de lo que iba a la parrilla, casi siempre se feteaba alguna morcilla o longaniza o ambas, con pancito y las primeras botellas, casi siempre aportadas por los que más trabajaban. Este gilazo no sólo chupó y picó de arriba, sino que cuando estaba la carne y los chorizos listos para pasarlos por arriba de la pared que separaba el terreno del edificio del baldío, y servirlos a las mujeres que ya tenían preparada la mesa bien larga, se borró con la suya a esperar que lo atendieran. No se lo hicieron a propósito, la suerte quiso que la merca que recibió no fuera de lo mejor. Y no tuvo otra idea que quejarse a viva voz, en vez de ir y fijarse, que en la parrilla quedaba todavía asado como para servirse. Como les rompió las bolas a todos, nadie le dio pelota, así que comió grasa y chupó hueso. “Si querés mejor, ayudá a servir y ahí te elegís algo rico.” Tampoco era para tanto, pero gil, gila y suegra gilaza estuvieron con cara de orto mientras los demás se divertían.

—Che… se fueron todos los precios a la mierda. ¿Qué hacemos con los premios del truco?—. Parece que los trofeos berretas que traía el tano desde Buenos Aires se esfumaron en los torneos de enero, por lo que tenían que comprar algo en lo del armenio de al lado. Casi seguro unas sillitas para la playa, y botellas de vino para segundo y tercer puestos. Ah… y una botella de whisky para convidar a los que se anotaban, y estar con cuatro ojos con algún cara de piedra que entrara y se sirviera uno de los vasos y después resultara que no estaba ni anotado. No sería raro que fuera el que tiró la bronca en el asado… Se arma un truco de seis y una mesa de tute entre los que habían cenado y se aparecían por el salón de juegos… y mañana será otro día.

—Che, tano: no hagas cagadas con la cantidad de parejas para el truco que después el fixture nos cuesta un huevo armarlo y alguno termina tirando la bronca.

Tarde piaste, ya tenía diecinueve parejas anotadas y cobradas y andaba preguntando por eso mismo: el fixture. Otra vez sopa con caldo de quilombo.

IV

Cómo le llenaron la cabeza los pueblerinos aquéllos. Pero más cuando ante la pregunta de dónde pasaba las vacaciones se le escapa decir que él no tomaba vacaciones… nunca. Cómo que nunca, se encrespó uno. ¿Y los derechos de todo trabajador? ¿Para qué murieron tantos para lograr eso que él no tuvo nunca? ¿Reclamó y se las negaron? Hubo un momento que se agarraron entre ellos, mientras él sólo tenía ganas de escaparse de ahí. En la vida se sintió igual, y eso que en las charlas con turistas era común que acabaran sin que entendiera bien de qué era de lo que habían hablado. En ésta las cosas fueron distintas. Se sintió como culpable de algo que no sabía bien de qué se trataba y, aunque siempre adoptaba una postura desprendida de los temas, en este caso su incomodidad lo molestó. Cuando se iban, le preguntó al más cargoso de todos, el rubión, cómo podía hacer si se decidía visitar ese lugar tan bonito que le refregó hasta el cansancio. Le dio una tarjetita y le dijo que lo llamara que él lo iba a “asesorar”. Debe de ser algo bueno eso, se dijo. Cuando arrancaron para la costa se arrimó al mostrador para preguntarle al Zenón si los conocía, pero puso cara de “para mí, son todos iguales”. Pero hacen ya varias semanas que la charla le daba vuelta por la cabeza. Sobre todo el asunto ése de las “vacaciones”. ¿Habrá metido la pata en algo? A ver si vienen a echarle en cara por descomedido…

Enterado de que el patrón estaba por la estancia recuperándose de una caída que le dejó quebrada una pierna, decide aprovechar el obligado saludo que le daba cada vez que aparecía por ahí para ver si le aclaraba un poco los tantos, no vaya a ser que alguno le fuera con cuentos y tuviera que aguantarse una cara de perros.

Se aplica como si fuera al baile, siempre le gustó el modo como el patrón lo recibe si está bien arreglado, lo nota en la forma de tratarlo. Hasta no sería raro que le indique a la Lucía que cebe un mate para compartirlo con él. Y que ella, a la que los años no hacían sino ponerla más linda, acompañaría la calabaza con virola de plata con un platito de bizcochitos que sabía que a él le gustaban tanto como ella. Lástima que…

Ensilla el zaino, porque además de buenazo y compañero queda mejor con la pilcha negra. Si parece un fantasma cuando aparece en el atardecer en el patio principal del casco. Desmonta con calma y sin esfuerzo, y ata al pingo con un lacito flojo cerca del tacho que usan como bebedero, después le afloja un poco la cincha para que esté más cómodo. Un resoplido y un cabeceo agradecen la gentileza, que retribuye con una palmada en el pescuezo, y se encamina despacioso hacia la entrada principal. Nunca usó la puerta lateral que trajina todo el personal. De movida, cuando el patrón le asignó el primer caballo y él fue a agradecerle, rumbeó por esa puerta a pesar del gesto de desagrado del mayordomo, que estaba al lado del otro y que intentó llamarle la atención. Pero el patrón hizo un gesto que lo acalló y adelantándose lo tomó del brazo y lo hizo entrar a la casona. En ese momento le dijo que estaba muy orgulloso de él y que esperaba que no lo hiciera quedar mal. Sintió como si le hubieran encajado el fierro de la marca en el lomo. Cómo le iba a fallar a él… No dijo una palabra y ni siquiera aceptó el mate que solícita le acercaba la Lucía. Si tenía la garganta tan cerrada por la sensación que sentía que le llenaba el pecho que prefirió quedarse paradito, agarrando muy fuerte el chambergo negro que había encontrado arriba del recado colocado en el palenque adonde estaba atada su primera monta.

Ingresa a la galería, taconeando fuerte en el entablonado del piso, como es su costumbre, y al llegar a la puerta golpea las manos, sin entrar, a pesar de que estaba abierta de par en par. Con un susurro de polleras y alpargatas aparece la Lucía, que debe de haber estado viéndolo desde la ventana, casi corriendo, sofrenando a un par de metros de donde se hallaba parado con el sombrero entre las manos. Inclina su cabeza en un silencioso saludo, que ella retribuye con un gracioso gesto que oculta un ligero color en su cara. “Cada día está más lindaza…” piensa, mientras la sigue al salón principal, donde se escucha una música muy suave, que es la que más le gusta a él. Pareciera que el patrón la pusiera a propósito para agasajarlo, pero… qué pensamiento tilingo ése… mire si lo va a hacer por él… De repente se da cuenta de que hace demasiado ruido con sus botas, y enlentece su paso para no cargar demasiado en el parquet. Bueno, no tanto, no va a andar en puntas de pie. Si es pesado es así, qué joder…

En el sillón grandote está el patrón. Tiene la pata levantada y puesta arriba de un banquito, tapada con una manta. Medio raro, porque está bastante caluroso, señal de que se acerca nomás el verano. Debe de ser para taparla, porque el hombre está en mangas de camisa. Le hace un afectuoso gesto, invitándolo a que se acerque, y le indica una silla que tiene por delante para que se siente. Al mismo tiempo, de un cejazo le indica a la Lucía que arranque con el mate, que ya está preparado en una mesita, con el sabido plato con los bizcochitos.

—¿Cómo anda el hombre…? Bien, me imagino… —arranca, con un tono que descuenta la respuesta.

—Bien, señor. Usté lo dijo. Me enteré que se ha quebráu.

La carcajada resuena en el amplio ambiente. No sabía que había estado tan gracioso, lo que lo sobresalta un poco. Pero el otro parece que se ha tentado de risa, y no para. Hasta le saltan algunas lágrimas, que corre con el dorso de la mano. La Lucía de un salto le alcanza un pañuelo, que sin usarlo tira sobre la mesita del mate.

—Pero siéntese, hombre, siéntese. Siempre tan reservado… como si no nos conociéramos. ¿O no me tiene aprecio?

De nuevo esa sensación rara, como si estuviera descolocado. No está muy acostumbrado a que el patrón lo trate con esta familiaridad. Casi siempre intercambiaban algunas cortesías, chupaban un par de mates y, con el permiso, se retiraba. Esta vez lo nota algo cambiado, como con ganas de charlar. Y eso hace, un largo discurso de los problemas que tenía en la Capital, de la señora que no lo acompañaba, de los hijos que lo único que hacían era dedicarse a la joda (sí, a la joda dijo) y que al estudio no le llevaban el apunte, y que los amigos sólo estaban para traicionarlo y que sólo unos pocos lo acompañaban, pero no sabía si era por la plata o por cariño… y así por un largo rato. No se lo nota enojado, más bien que tenía ganas de charlar y listo. Y si tiene ganas, que lo haga, para eso es el patrón. En una de ésas, una frase entre todas le queda picando y ensordece el resto de la perorata. ¿Cómo fue que dijo? “Todo el mundo se cree con derechos, pero de trabajar ¡minga!” Derechos, eso dijo, derechos… Le retumba en el pensamiento la frase que escuchó en la pulpería, y que tanto le dio vueltas en la cabeza todo este tiempo: el “derecho a las vacaciones”.

—¿Qué fue lo que me dijo?

Se sobresalta, no se dio cuenta de que había hablado. Por ahí se le escapó, como estaba metido en sus pensamientos y no le daba bola a la charla del viejo. Porque está bastante viejo el patrón. Toma conciencia del rumbo del pensamiento y se fuerza a prestar atención.

—¿Qué pasa? ¿Anda boleado? —el tono ha cambiado, y parece que para mal—. Algo dijo de no sé qué vacaciones… ¿Cuáles vacaciones?

Decide entonces encarar de frente, para qué más vueltas.

—Vea, patrón, estuve pensando…

—¿Y de cuándo pensás vos?

Se va parando despacito, la sensación que tiene en la garganta no lo deja respirar bien estando sentado. Aparte, desde arriba se siente más seguro. A su pesar, el ceño se le frunce mientras clava fijo la mirada en los ojos del otro, que cambia el incipiente enojo en una suerte de desconcierto. Claro, ninguno de los dos está acostumbrado al tono que toma la conversación. Con el rabillo del ojo pispea dónde anda la Lucía, que se ha retirado a un rincón y pasa un trapo por un juego de plata que está arriba de un mueble grandote, medio petisón y largo.

—Pienso de toda la vida, señor… Como usté…

La frase sonó como un pedo en una iglesia. No deja de mirar al otro fijo, sin mover los ojos en los párpados entrecerrados, como si estuviera midiéndolo para enfrentarlo en duelo.

—Mirá vos… me parece bien… muy bien —es la inesperada respuesta—. Volvete a sentar que me hacés doler el cuello. Y yo no me puedo parar por esta pierna de porquería. También, esto me pasa por hacer cosas de pendejo. A ver… contame qué te está pasando.

No le obedeció enseguida, continuó parado un rato largo, hasta que consideró que si se sentaba era para hacerle el favor. Debía de tener razón con lo del pescuezo, porque para sostenerle la mirada tenía que recostarse en el sillón y estirarse en una pose medio cómica… si es que daba para risa, aunque era todo lo contrario. Por fin, con un suspiro que equilibró la opresión en el pecho, vuelve a sentarse y, ahora sí, con los ojos a la misma altura, o casi, le larga.

—Como le decía, estuve pensando que yo nunca me tomé vacaciones…

El otro estuvo a punto de replicarle de inmediato, pero lo pensó bien y se quedó callado, esperando la continuación de la idea. Medio al pedo, porque eso era todo lo que le pensaba decir. Y ya era mucho. Como decía la mama, “al buen entendedor…”.

—¡Lucía, qué pasa con el mate! —el reclame, en alta voz, vuelve a sobresaltarlo.

Con una mano el patrón manotea la manta y se la saca de encima con un tirón, arrojándola a un costado, sobre el piso. La bombacha de campo que tiene puesta está descosida en un costado mostrando un yeso medio sucio que le inmoviliza la pierna entera. El bufido que larga denota que está más cómodo así. Revolea la mirada por el salón, hasta que vuelve a ponerla en quien tiene enfrente, como si lo descubriera recién.

—¡Lucía! ¡Que venga el mayordomo!

La mujer, que en ese exacto momento le acercaba el mate, pegó una revoleada de faldas mientras salía corriendo para la galería. Mientras, los hombres seguían mirándose fijo, aunque sin animosidad. El mayor, estudiando a aquel hombrón que conocía desde chico, desde que nació y la cocinera se lo trajo envuelto en una mantita hasta el auto para que lo viera, y que al ver que estaba su señora dio la vuelta para la casa, calladita. Su mujer mostró escaso interés, como siempre irritada por la tardanza en arrancar para la Capital y sus torneos de canasta y quién sabe qué otras boludeces. Bah… de algunas de esas boludeces tenía conocimiento, como el mariconazo ése que saltaba en el Hípico. Pero mejor, así no le rompía las bolas a él y sus asuntos… Buena mujer, la cocinera… ¿cómo se llamaba? Carajo… se había olvidado del nombre. Pero era buena, seria, muy cariñosa y, sobre todo, callada. Nunca le preguntó si el pibe era de él, pero como no le reclamó nada, continuó como si no lo fuera. El chico se hizo peón, luego le dio por los caballos y él trató, sin dar mayores explicaciones, que hiciera lo que más le gustara. Y ahora lo tenía delante, como la difunta madre, callado, serio y, seguro, muy peligroso si alguien se lo toma de arrebato. Como el padre, carajo, pensó esbozando una sonrisa.

“¿De qué mierdas se está riendo? No será de mí, ¿o sí?” Siente que se le revuelve algo en la panza, como un fuego, y se le debe de notar en la cara, porque al patrón se le borra la sonrisita de la boca, que cambia por un gesto medio raro. “¿Me parece o me tiene miedo? No, no puede ser, esta costumbre que me estoy agarrando de no prestar atención, pero también, qué joder, si me buscan me parece que me van’encontrar, qué tanto.”

—¡Doctor! ¿Qué pasa? ¿Algún problema? —el tono preocupado del mayordomo no es el usual que usa con la peonada, suena como… medio arrastrado… sobón.

—Ninguno que no se pueda arreglar. Traiga una silla y siéntese —tiene una forma para decir las cosas el viejo que aunque no lo quiera un pedido suena a orden imposible de incumplir. El mayordomo lo mira a Medina, quien se encuentra sentado derechito en su silla, cruzado de brazos, sin siquiera dirigirle la atención. Sólo tiene ojos para el estanciero y no se los saca de encima. “Acá pasa algo raro”, piensa, mientras se dirige hacia la mesa y retira una de las sillas que acerca donde están los otros dos y, obediente, se sienta en una postura solícita, un tanto servil.

—¿En qué época aproximada se toma el amigo las vacaciones? —la pregunta lo congela. “¿Este boludo le ha ido con habladurías al doctor?”, piensa. La cabeza da vueltas como un torbellino, tratando de encontrar una salida que le dé tiempo para arreglar algunas “cositas”.

—¿Las vacaciones…? Bueno, no sé, tendría que mirar el libro de personal.

La frase tiene la magia suficiente como para que el grandote cambie el foco de su mirada. Ahora la tiene clavada en él, y no presagia nada bueno.

—También traiga el talonario de recibos de sueldo donde figure que el amigo ha recibido la suma que a lo largo de todos estos años dispuse que se le entregara… —el tono es casi amistoso, suavecito. Pero tiene el efecto de un estiletazo que se le clava en el medio del estómago.

—Bueno… esteeee…

—¡¿Qué?! ¿Todavía está acá? A ver… ¿qué hora es? ¿Las cinco menos cuarto? Me imagino que para las cinco lo tenemos de vuelta, ¿no? —continúa con el mismo tonito. Mientras, con una seña le indica a la Lucía que continúe con el mate, al tiempo que toma el plato de los bizcochos y se lo ofrece a Medina, quien ha presenciado el diálogo cambiando de uno en otro el objetivo de sus ojos taladradores. Y entonces, aflojando un poco la tensa postura, se estira y agarra uno de los bizcochos, al tiempo que acepta el mate que gentil le ofrece la mujer, que no ha perdido ni una coma de lo sucedido y que demuestra sus nervios volcando un poco de la cebadura en la mano del hombre, que ahora clava sus ojos en ella, aunque mucho más suaves, y susurra un “No es nada, no es nada”, mientras se seca el dorso de la mano con la que aún sostiene el bizcocho.

Mientras corre hacia la oficina, el mayordomo piensa desenfrenadamente en una salida para zafar. Manotea el libraco de personal y busca afanoso los talonarios con la firma falsificada. Qué se iba a imaginar que después de todos estos años este imbécil iba a reclamar algo. Si es medio retrasado. ¡Ahí está! Tranquilo… tranquilo… si ni se va a dar cuenta de la trampa. Aparte, mucho lomo y le contaron que es medio cagón. Cuando el Reynoso lo retó a pelear se dio media vuelta y se las tomó calladito. Ya lo voy a agarrar cuando esté solo. Ahora el asunto es pasar el sofocón con el patrón y listo, se dice mientras vuelve a la casa y entra en el salón cuando el viejo reloj da las cinco campanadas.