El general de la mafia - Luis Villamil Mendoza - E-Book

El general de la mafia E-Book

Luis Villamil Mendoza

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Beschreibung

El general de la Mafia narra la última guerra de un capo capaz de enfrentarse a todo con tal de salvar a su hija, acusada de homicidio. Es un impactante thriller que retrata el mundo de la mafia, las guerras por el control de las rutas del narcotráfico y las oscuras relaciones entre el crimen organizado y las agencias del estado. Interceptaciones electrónicas, operaciones encubiertas, crímenes, espionaje y motines completan el cuadro de terror y violencia que con tanta solvencia relata el autor, Popeye, porque los vivió desde adentro y conoció de primera mano el mundo del crimen.

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Seitenzahl: 151

Veröffentlichungsjahr: 2023

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EL GENERAL DE LA MAFIA

©2019 Luis Villamil Mendoza, Jhon Jairo Velázquez Vásquez

Reservados todos los derechos

©️Testigo Directo Editorial S.A.S

Primera Edición, Noviembre 2023

Bogotá, Colombia

 

Editado por: ©️ Testigo Directo Editorial S.A.S 

E-mail: [email protected]

Teléfono: (601) 2888512

Web: www.testigodirectoeditorial.com

ISBN: 978-628-95597-9-8

Editor: Testigo Directo Editorial

Productor General: Jorge E. Nitola C.

Productor Ejecutivo: Rafael Poveda

Maqueta de cubierta: Mamba Productions

Fotografía de Cubierta: Christian Levith

Coordinadora editorial: Karen Arias

Asistente editorial: Lina Cortes

Edición: Pedro José Román H.

Impreso en Colombia – Printed in Colombia 

Hecho el depósito de ley

Todos los derechos reservados:

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.

Conozco tus hechos y sé que tienes nombre de vivo, pero estás muerto.

Apocalipsis 3:1

Prólogo: ¿una historia de ficción?

Popeye escribió El General de la Mafia como una forma de narrar en clave de ficción sus vivencias en el mundo criminal. Imaginó el argumento de un hombre capaz de enfrentarse a todo con tal de salvar a su hija inspirado en la historia que Iván Urdinola Grajales, uno de los fundadores del cartel del Norte del Valle, le contó sobre su propia hija, Emma Urdinola. Tras la trama, la novela devela gran parte de su vida y también muchos de sus secretos. A través de un thriller, más allá del argumento, habla de todas las mafias del mundo, retrata el oficio de ser mafioso y describe la logística del crimen.

Su novela no solo se basa en los recuerdos de la guerra junto a Pablo Escobar; también, en los conocimientos que adquirió en prisión sobre la manera de operar de los nuevos carteles, los aparatos de interceptación o las últimas tecnologías usadas por los mexicanos para mover la droga y proteger sus sistemas de comunicación. Y además, en las intrincadas relaciones entre las mafias y el Estado, de las que él fue testigo de primera mano.

Llegué a la novela gracias a un director audiovisual que trabajó con Popeye en el rodaje de algunas entrevistas y fue su videógrafo personal. Él me dijo que Jhon Jairo Velásquez Vásquez, J. J. o Popeye, había escrito una historia de ficción en la cárcel, pero necesitaba darle forma. Asumí el encargo. Mi labor con J. J. inició en el año 2016 y consistió en dar orden a su manuscrito, reorganizar junto a él las líneas narrativas y desarrollar todo dentro de una estructura coherente. Trabajamos juntos hasta los meses previos a su muerte, ocurrida en febrero de 2020.

Los primeros días con Popeye fueron difíciles. Nos encontrábamos en terrazas de Medellín, restaurantes e, incluso, realizamos un viaje y comimos junto a un río mientras trabajábamos en el desarrollo total de la historia. En aquella época sentía miedo de que alguien quisiera matarlo como represalia por sus acciones y que yo me viera envuelto en medio de un atentado o una balacera. Pero pronto el miedo pasó. Me presentó a su familia y lo acompañé a los rodajes de algunos de sus videoclips para YouTube y a las clases de actuación para una película que estaba grabando. Entonces, descubrí en Popeye a un gran narrador, con un acervo de experiencias fruto de su vida criminal que podrían ser llevadas a la imprenta y que fue desgranándome en entrevistas y charlas informales.

Popeye redactó la novela en la prisión, de su puño y letra y de manera desordenada en setenta hojas de cuaderno, durante dieciocho años. En un principio, pretendía escribir una «enciclopedia del crimen», pero con el tiempo concibió la idea de hablar de su vida en clave y construir un universo sólido que pudiese dar cuenta de tantos personajes que poblaron su vida.

Todas esas figuras del crimen se entremezclan en los personajes de la novela: el Patrón, Pablo Escobar, a quien seguía admirando; paramilitares como Carlos Castaño, Ángel Gaitán Mahecha o el también narcotraficante Leonidas Vargas; otros sicarios como Pinina y Tyson; asesinos macabros como Fedor, artífice de la masacre de Tacueyó y compañero de prisión de J. J.; el comandante Bochica, líder del movimiento guerrillero Jorge Eliécer Gaitán, quien ordenó el secuestro de Juan Carlos Gaviria, el hermano del expresidente César Gaviria Trujillo; su amante Wendy, a quien asesinó; un capitán de la Policía infiltrado por Escobar en el bloque de búsqueda o el doble informante responsable de las interceptaciones a Escobar.

La lectura atenta permitirá descubrir fragmentos de los sujetos históricos en los novelados, así como también posibilitará hallar, tras algunas escenas y ciertos detalles en el carácter de los personajes, las vivencias y aspiraciones del mismo Popeye, quien añoraba ser el patrón de la historia y no el matón.

En las entrevistas, Popeye me habló de las formas de organizar la logística criminal para evitar ser seguido o de la forma de coordinar los anillos de seguridad para moverse en la selva. Escuchando aquellas historias, comprendí que el relato no era solo un compendio de los personajes sanguinarios que conoció y de las batallas que libró, sino que también recreaba los hechos de su vida que acontecían en el mismo momento en que trabajábamos en su novela. Y es que Popeye, tras su salida de prisión en 2014, además de ser youtuber y escritor, fue asesor de muchos narcos en temas de seguridad, comunicación y logística.

Al respecto, un hecho llamó poderosamente mi atención: cuando alias Tom fue detenido en su finca de El Peñol mientras celebraba su cumpleaños, en diciembre de 2017, allí estaba Popeye. En ese momento alias Tom era buscado por los americanos y se ofrecía un alto precio por su cabeza, pues se decía que era el nuevo Pablo Escobar. El director, que me había presentado a J. J. y que para la fecha era su videógrafo, me llamó:

—¿Te has fijado en la gorra naranja que tenía Jhon Jairo cuando capturaron a alias Tom? —me preguntó.

Entonces recordé que mientras trabajábamos en la novela, J. J. me contó que él mismo usaba una gorra naranja cuando iba a asesinar o atacar, para que los demás sicarios supieran dónde estaba. Y en las imágenes sobre la noticia de la captura de alias Tom, publicadas por El Colombiano y la revista Semana, Popeye aparecía con la famosa gorra naranja. Después, gente cercana a J. J. y familiares suyos me confirmaron que él solía usar prendas neones o reflectantes cuando necesitaba ser aislado o identificado: «Es una maña de perro viejo», me dijo su expareja.

Esto me llevó a pensar que, quizá, Popeye había dado información sobre la ubicación de alias Tom y que llevaba la gorra naranja para que los agentes que allanaron la finca pudieran ver dónde estaba y saber que a él no le debían disparar en caso de tiroteo. En ese momento también noté que J. J. recreó el detalle de la gorra naranja en varias escenas de la novela, entre ellas, en el desenlace que imaginó para el General. ¿Acaso Popeye aspiraba a terminar sus días como el personaje principal de su novela?

Este fue, en realidad, el primer libro que concibió por completo Popeye. Incluso antes de salir de prisión, estaba seguro de que sus vivencias tendrían un gran valor afuera de aquellos muros porque él se consideraba la memoria histórica del cartel de Medellín. Así lo corroboraron, con el tiempo, los cientos de miles de seguidores cautivos en su canal de YouTube. Cavilando sobre esta cifra, la de sus seguidores, resuena en mi memoria la frase que me soltó su exesposa mientras trabajábamos en esta novela: «Tenga cuidado que así son los psicópatas: encantadores».

Luis Villamil

En página anterior:

Facsímil del cuaderno de notas de Jhon Jairo Velásquez Vásquez escrito en prisión.

Los hechos*

La noche del día doce de octubre, el joven Agustín Alzate llegó a una finca en la zona de Llano Grande para asistir a la celebración del cumpleaños de uno de los escoltas de Lucía Vásquez, quien lo invitó. Agustín, de diecinueve años, arribó a la mansión sobre las diez y cuarenta y cinco; fue recibido de manera cordial por uno de los escoltas de Lucía.

Dicen los testigos que ella bajó las escaleras hacia el jardín de la casa y salió a su encuentro con amabilidad.

—Beibi, casi no llegas —lo saludó sonriendo.

Afirman dos testigos más que Alzate le dio un beso y la abrazó por la cintura:

—¿Cómo no iba a llegar, Monita?

Luego de la amable acogida y tras entrar a la vivienda, Agustín y Lucía se alejaron hacia un salón al lado del patio de la casa para tener una breve conversación. Unos quince minutos después, sobre las once y veinte de la noche, un escolta, al que llamaban el Gordo, se acercó a la pareja, hablaron por unos segundos y, acto seguido, disparó a quemarropa dos tiros sobre el cuerpo de Alzate.

El escolta que disparó se dio a la fuga sin dejar rastro.

Sobre las once y media de la noche, las autoridades recibieron llamadas de alerta por los disparos en la finca. Al acudir a la vivienda, en la madrugada del día trece de octubre de 2012, las autoridades solo encontraron a las personas del servicio y al cadáver del señor Agustín Alzate, inerte y agujereado por dos impactos de proyectil de arma de fuego, dentro de una camioneta Chevrolet azul.

Algunos trabajadores al servicio de la casa fueron interrogados a fin de recibir sus testimonios y así poder reconstruir los hechos. El señor Rodríguez Vega manifestó que Alzate era conocido por todos, pues antes trabajaba para la empresa de exportación de la familia como jefe de seguridad, en Frutas Lefruit, ubicada en la vía a Holguín en la zona rural del Valle del Cauca, y que luego fue contratado como escolta personal de la señorita Lucía Vásquez.

Lucía Vásquez sería detenida unos días después y citada a audiencia, pues algunos testigos aseguraron que la joven discutió ese día con Alzate minutos antes de que el escolta se acercara y lo asesinara.

La Fiscalía se empeñó en investigar la participación de ella en el hecho y la imputó por homicidio agravado en calidad de coautora, agregando que la conducta se cometió poniendo a la víctima en situación de indefensión o inferioridad. La imputada no aceptó los cargos.

* La novela de Popeye se inspiró en la historia de Emma Urdinola, condenada por el asesinato de un jefe sindical que trabaja para el negocio familiar de Iván Urdinola Grajales y Lorena Henao, llamado Casa Grajales. Se dijo que los Urdinola consideraban que el jefe sindical los estaba robando y que la misma mamá llamó a su hija Emma desde la cárcel para que se encontrara con él. Emma apenas tenía dieciocho años. Cuando él acudió a la cita, el guardaespaldas de Emma lo asesinó. El guardaespaldas recibió diecisiete años de cárcel y Emma fue condenada a treinta y cinco años como determinadora del crimen.

Te estamos observando

Aquella madrugada, Lucía Vásquez estuvo dos horas en un apartamento del Poblado. Hizo una llamada a las dos y quince al teléfono de su mamá para contarle que los policías fueron a la finca. Sufría un ataque de ansiedad y solo Dragana podría calmarla.

Dragana le prometió que adelantaría el regreso de su viaje y le dio una dirección dónde refugiarse.

—Mucho cuidado —le dijo—. No hablés con nadie hasta que yo llegue.

Lucía tomó un taxi a las tres de la mañana y llegó a una casa en el sector de Palomar donde permaneció hasta el día siguiente. Pasaron tres días de plena calma, en los que ella tuvo la esperanza de que su madre se encargaría de cerrar el caso. Sin embargo, la Policía solo estaba haciendo tiempo para averiguar a fondo.

Era lógico. Querían saber más cosas sobre Lucía, primero, porque era hija de un mafioso encarcelado al que llamaban el General de la Mafia; y, segundo, porque su madre, estaban convencidos, era una criminal contra la que jamás se habían conseguido estructurar pruebas, pero que sabían debería estar en prisión. Ya se habían abierto investigaciones contra ella por concierto para delinquir, testaferrato y fraude procesal, sin que aún se lograra una acusación formal. Por ahora, todo parecía indicar que la hija de tigres salió pintada porque, con apenas dieciocho años, ya estaba involucrada en un asesinato.

Solo fue hasta la mañana del diecisiete de octubre cuando un contingente de policías llegó hasta su casa para detenerla.

—Positiva la captura —dijo uno de los policías por radioteléfono.

En Medicina Legal le hicieron pruebas de sangre y encontraron rastros de cocaína. Luego, permaneció retenida en una estación de policía bajo la medida de detención preventiva.

El guardia que la condujo a la celda le advirtió que le harían la vida imposible porque todos sabían quién era su papi, un hombre que le había hecho mucho daño al país y a la Policía.

Lucía entró en la celda y se sentó sobre la banca de concreto. Según su abogado, quedaría en libertad en un par de días. El policía cerró la puerta y estiró la mano con un papel doblado.

—Ahí te mandan decir —le anunció el guardia.

Lucía tomó el papel y lo abrió: «Te estamos observando», decía.

INSERTAR IMAGEN 02

En página anterior:

Facsímil del cuaderno de notas de Jhon Jairo Velásquez Vásquez escrito en prisión.

El General **

Nadie le había podido sacar una palabra sobre el cartel durante su estancia en la prisión. Cuando lo capturaron, lo llevaron en helicóptero hasta la estación Carlos Holguín y pretendieron obligarlo a hablar en una habitación que llamaban ‘el sauna’. El General ya tenía noticias de aquel sitio, pues a algunos de sus hombres los condujeron a esa misma estación para sacarles las uñas o los ojos hasta hacerlos hablar.

El día de su captura, mientras lo trasladaban en helicóptero hacia la prisión y cuando muchos policías armados lo miraban con ganas de torturarlo nada más llegar a la Carlos Holguín, él se decía a sí mismo que aunque le cortaran los dedos, le aplicaran descargas o lo torturaran de cualquier manera, su respuesta siempre sería la misma: «Hacéle más duro, hijupueta, que todavía no me está doliendo».

Esa vez no consiguieron sacarle información. No dejaron de intentarlo, siempre sin fortuna. Al final lo dejaron en paz para que se pudriera en una celda, como algo inservible… Pero ahora, cinco años después, el General estaba seguro de que algo había cambiado, porque vinieron unos agentes a interrogarlo sobre las transacciones de su cartel y sobre el Magdalena Medio.

—Decíme, pues, quienes son los duros allá —preguntaban los verdugos mientras lo zurraban.

A los dos días le llevaron a un hombre que llamaban el Carnitas. Era famoso porque su arma de tortura eran unas tijeras de trocear pollos. Con ellas interrogaba a sus víctimas y, si no contestaban, las iba descompletando.

El Carnitas entró a la celda. Dos hombres tomaron al General por las piernas y los brazos y lo aseguraron con zunchos plásticos.

—Yo sé quién sos vos —le advirtió el General a Carnitas con parsimonia—. Te llamás Jaime Arroyo. También sé cómo se llaman tus dos hijos… Tócame un dedo, hijueputa, y verás cómo esos dos niños te los entrego bien picaditos.

El Carnitas era un hombre delgado y tenía mirada de sádico. Vestía traje de carnicero.

—No te dejés engañar por esta cárcel, mijo —continuó el General—, que no se mueve un aguja afuera sin que yo ordene que se mueva.

Se rumoraba que el General dio la orden de asesinar a los guardias que se portaron altaneros y violentos contra él y a otros reos al interior de la prisión. Se supo que uno de los custodios golpeó al General en el patio de recepciones y que, una noche mientras regresaba a casa de su turno, dos hombres vestidos de paisano lo ajusticiaron desde una moto, con seis balazos repartidos entre el tórax, el fémur izquierdo y el cuello. El otro guardia que lo golpeó pasó días sin salir de la cárcel hacia su casa porque tenía miedo de correr la misma suerte de su compañero. Pasó varias semanas yendo a la casa a recoger la ropa de muda escoltado por algunos de sus compañeros.

Desde aquel momento, ningún guardia se atrevió a volver a tocarlo. Por eso, para el General, estas nuevas torturas eran la señal de algo aciago, de que algo extraño estaba pasando afuera. ¿De qué otra manera explicaba que reanudaran los suplicios después de cinco años, ahora para preguntarle sobre sus contactos en el Magdalena Medio?

A pesar de las torturas de los guardias y del Carnitas, no habló un palabra. Entonces lo llevaron a un calabozo en la torre dos. El General imaginó que lo trasladaban a esa torre para extraditarlo a los Estados Unidos. Cada vez que la puerta de su celda se abría para salir al patio o para pasar lista, revivía sus pesadillas: sentía que era el momento de irse para Estados Unidos y temía que jamás volvería a ver a su esposa ni a su hija Lucía.

El guardia lo llevó esposado, a prudente distancia. Cuando se abrió la puerta de la torre dos, empezó la gritería:

—Éntrelo aquí un ratico —se oía, mientras los presos golpeaban con furia las rejas—. Déjelo acá pa’culiánolo.

El bullicio de los calabozos era brutal. En otras celdas se apiñaban de a cinco o seis internos que lo saludaban o gritaban en señal de bienvenida. Al oír la gritería, simplemente se reía. Se jactaba por ser respetado en el bajo mundo, pues todos los presos sabían quién era y, de alguna forma, lo admiraban.

El General gastaba una millonada para asegurar su protección dentro del patio, le quedaban poderosos enemigos de la guerra que libró junto a Pablo Escobar: La CIA, la DEA, los paramilitares, la Policía y el Ejército colombiano lo querían muerto o extraditado. Ese era el precio que debía pagar por haber apostado en aquel juego.