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Cuando un forastero llega a vivir a una granja de animales, la curiosidad de todos se despierta, para bien y para mal. En momentos de tragedia la historia puede olvidarse, pero gracias a la investigación de S.R. Coyote sabremos exactamente lo que ocurrió.
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Seitenzahl: 101
Veröffentlichungsjahr: 2020
Dedicado a todos los que debieron
dejar su hogar atrás y luchar por
una vida en tierras inhóspitas.
“Take a sad song and make it better”
–The Beatles
DURANTE LOS ÚLTIMOS AÑOS se han popularizado distintas versiones respecto a los acontecimientos que culminaron en la famosa tragedia de La Granja, muchas de ellas basadas en rumores sin ningún sustento. Pero yo conocí la historia desde adentro, estuve ahí cuando estos hechos ocurrieron.
He decidido que ya es tiempo de que todos se enteren de la verdad, y en las siguientes páginas plasmaré los extractos más relevantes de la vasta investigación que he llevado a cabo para esclarecer este caso (¡el primero que investigo!).
Si bien no conocí en profundidad al joven Jambwa, varios de los que vivieron junto a él durante ese tiempo accedieron a darme su declaración, luego de mis insistentes visitas. A veces pienso que, más que por sacar la verdad a la luz, el motivo por el cual me permitieron entrevistarlos fue el deshacerse de mí lo antes posible (y eso que a la mayoría los visité solo tres o cuatro días después de haberme bañado por última vez, así que no estaba tan sucio).
Me reservo el derecho de otorgarle un título a cada uno de los casos que serán presentados, porque así se me hace más fácil reconocer los archivos entre tanto documento suelto. Por más que intento mantener todo bien organizado, mi dormitorio insiste en desordenarse solo. Quizás a ti también te haya pasado alguna vez, ¿o no? Bueno, la cosa es que no quiero que se burlen de esa parte de mi proceso, porque la verdad estoy bastante cansado de que me cuestionen por todo. ¡En especial lo que respecta a mi apellido! Hubo algunos animales que no quisieron otorgarme ni siquiera una entrevista breve, solo por mi apellido. ¡¿Tanto les costaba regalarme dos minutos de su tiempo?! ¿Acaso a algún vegano lo increparían por tener el apellido ‘Cerda’? Obviamente que no, porque qué culpa tiene él. Uno no es responsable de tener el apellido que tiene, creo yo.
En fin, te agradezco a ti, que estás leyendo esto, por hacerte un tiempo y escudriñar en busca de lo que sucedió realmente en La Granja. Ya me caíste bien.
S.R. Coyote
El siguiente es un testimonio escrito por Diana, quien por esos días custodiaba el orden y la seguridad en La Granja.
Diana es una fina pastor alemán, de tamaño considerable, bella y cautivante, pero a la vez imponente y algo intimidante. Hoy vive en una parcela al sur del país y asegura no tener intención de volver a trabajar en un futuro próximo. Es un poco desconfiada y por lo mismo cuesta llegar a ella, pero fui incapaz de escapar a su amenazador encanto. Me gustó desde que la vi por primera vez.
Diana, si alguna vez lees esta investigación, por favor avísame. Me encantaría conversar y comer algo, lo que tú quieras. Piénsalo. Sería bueno para los dos recordar viejos tiempos de La Granja.
Mi nombre es Diana. Viví en La Granja a partir de mi tercer mes de vida y desde entonces me dediqué a cuidarla de cualquier intruso o desorden que pudiera afectar la producción de la misma.
La Granja era un lugar hermoso, admirado y envidiado por muchos. Esta belleza se debía en gran parte a lo ordenado que era el Amo, quien distribuía todos los espacios e implementos con gran sabiduría; yo lo quería mucho. El vivía con su familia en una cabaña de apariencia muy acogedora a pocos metros de la entrada al recinto, precedida por un bello portón y un jardín lleno de colores y matices, tan reconfortantes a la vista, que eran dignos de una delicada pintura. Más allá de la cabaña había un amplio terreno en el cual los animales deambulábamos libremente. Estábamos todos juntos, sin esos corrales asfixiantes que separan a las distintas especies de animales como sucede en otras granjas. Todas las mañanas, el Amo dejaba alimento para sus gallinas, sus vacas, sus cerdos y un plato especial para mí, aunque era yo quien me encargaba de que los demás no se engolosinaran y se comieran todo de una pasada; esto porque el Amo les volvía a dejar alimento cada vez que vaciaban los comederos, y no faltaban los aprovechadores, sin criterio, que abusaban de su buena voluntad. También estaban los que se la pasaban bebiendo litros y litros de agua en el abrevadero que el Amo había puesto a unos quince metros de la cabaña. A pesar de estos casos puntuales, en La Granja era común respirar aires armoniosos y cargados de un aroma rústico muy relajante, lo que, sumado a sus bien cuidados pastos, verdes arbustos y al bonito cerro que se alzaba justo en el centro del terreno, otorgaban un aspecto muy fotogénico.
Sin embargo, muchos intentaron traspasar los alambres de púas que cercaban nuestro perímetro, principalmente con la intención de robarnos las gallinas. La mayoría de ellos fueron humanos, pero hubo una vez que incluso un puma lo intentó. Y bueno... zorros. Varios zorros. Pero nunca nadie lo logró mientras yo estuve ahí. Eso es algo de lo que me enorgullezco. La única forma de entrar era con el consentimiento del Amo, pero aun así yo siempre procuraba seguir observando atenta cada movimiento de los extraños. Casi todos los que venían a La Granja se daban cuenta de esto y se comportaban como correspondía; los que no... bueno, digamos que se llevaban un recuerdo inolvidable de mi parte.
Pero el día en que el Amo llegó con Jambwa fue distinto. ¿Y cómo no iba a serlo? Algo así no ocurre todos los días. Estoy segura de que hasta en el otro lado del mundo (donde he escuchado decir que todas las cosas son extrañas y al revés) se habrían sorprendido con tal acontecimiento. Obviamente, fue una de esas cosas que sabes que no volverás a vivir en tu vida, un evento extraordinario, para nada común.
Quitar la vista de Jambwa no era tarea fácil, por evidentes razones. Ese día, hasta las gallinas y las vacas adoptaron una actitud vigilante, mirando atentamente al extraño con recelo y desconfianza, pero sobre todo con incertidumbre. ¿El Amo se había vuelto completamente loco? Quizás... pero de ser así, también yo me había vuelto loca, porque por primera vez en mi vida no sentí la necesidad de observar fijamente a un extraño que entraba a La Granja, incluso considerando las particulares características de aquel individuo. Tal vez fue su semblante dulce y tímido lo que me provocó una sensación de absoluta confianza. No, ese gigante bonachón no mataría ni a una mosca y estaba demasiado asustado como para intentar robar algo. Además, no tenía cara de ser un asiduo consumidor de gallinas; me encariñé con él a los pocos minutos de su llegada, pero decidí que era mejor dejar pasar algo de tiempo antes de acercarme.
La esposa del Amo se llevó una gran impresión cuando lo vio. Estaba igual de disgustada con su presencia como varios de los habitantes de La Granja. Los niños, en cambio, quisieron a Jambwa desde el momento en que lo vieron, pero el Amo no los dejó acercarse aquel primer día, a modo de precaución.
Al cabo de una semana, Jambwa seguía en La Granja y todos empezamos a notar que, al parecer, su presencia sería algo definitivo. Había más de algún animal molesto con esta situación, pero en lo personal, a mí no me generaba ningún tipo de malestar. Hasta ese momento, Jambwa había sabido comportarse muy bien, y si no fuese porque su peculiar figura llamaba poderosamente la atención a cualquiera que tuviera al menos un ojo, habría pasado prácticamente desapercibido.
—Diana, querida, ¿no deberías ir a interrogar a esa cosa que el Amo ha traído a nuestro hogar? –me dijo un día el Gallo–. Mi familia está bastante alterada con su presencia y tú pareces indiferente a la situación. ¿Acaso te da miedo acercarte?
—Cierra el pico –le espeté.
Debo ser honesta, el Gallo no me caía para nada bien y ya habíamos tenido varios conflictos en el pasado.
—El Amo confía en él. No es asunto mío, ni mucho menos tuyo.
—Perdona si te he ofendido, querida. Estaba acostumbrado al modus operandi de tu predecesor. ¡Kikiriki! Cuánta falta nos ha hecho alguien como el viejo Tobías hoy por hoy, ¿no crees? El jamás habría aguantado una situación así en sus tierras...
—Tobías ya no está, Gallo.
—Es evidente que no –murmuró maliciosamente, antes de darse la vuelta y retirarse corriendo antes de que le arrancara sus plumas una a una.
Algo de razón había en las insidiosas palabras de ese pajarraco. En los días que Jambwa llevaba allí, no se le había visto conversar con nadie más que con Quirón, el caballo del Amo. Yo había fingido estar siempre ocupada resguardando La Granja, pero no por miedo a Jambwa, como había sugerido el Gallo; más bien temía que él se asustara y reaccionara mal a mi presencia, lo que sería peligroso para todos. Sin embargo, tarde o temprano tendríamos que conocernos y, para evitar más comentarios desagradables como los del Gallo, ese día decidí acercarme a Jambwa con mucha calma, intentando que pareciera casualidad que me topara con una criatura de sus proporciones. Jambwa se encontraba acostado, al parecer disfrutando del calor que generosamente nos regalaba el Sol aquella tarde. Se sobresaltó un poco cuando me vio sentada frente a él, pero no se movió; en cambio, lo que hizo fue volver a cerrar los ojos y me pareció que intentaba aguantar la respiración.
—¿Qué haces? –pregunté con voz firme–. Ya vi que estabas despierto.
Jambwa apenas abrió uno de sus gentiles ojos marrones; lo abrió muy poquito, como cuando te despiertas y sabes que debes levantarte rápido, pero la comodidad del lugar donde duermes te seduce más que cualquiera de tus responsabilidades. Dejó ese ojo entreabierto, lo suficiente para verme y garantizarme su atención.
—Me estoy haciendo el muerto, señorita –respondió casi en un susurro, aún inmóvil.
—¿Cómo dices?
—Ya sabe, el muerto. Cuando uno se queda muy, muy quieto...
—Créeme que tengo muy claro lo que es hacerse el muerto –admití con algo de vergüenza recordando mis tiempos de cachorra, cuando me ganaba unas ricas galletas haciéndole ese truco a los niños–. Lo que no entiendo es por qué lo estás haciendo. ¿No será que solo eres muy dormilón? Ya es tarde y ni al Amo ni a mí nos gustan los perezosos.
— No, señorita, le prometo que no soy flojo –su voz fue convincente y sonó como si estuviera avergonzado de que alguien pudiera pensar eso de él.
—¿Entonces, por qué no te levantas?
—Ya se lo dije –por unos segundos Jambwa abrió más ese único ojo que estaba usando y miró hacia alrededor, para luego volver a entrecerrarlo y enfocarlo en mí–. Me estoy haciendo el muerto.
—¡Ay, por el mordisqueado rabo de mi abuelo! ¿Por qué te estarías haciendo el muerto tú?
—Ah, bueno... pues para que los demás estén felices.
Jambwa fijó su único ojo abierto en un punto distante, y yo por mi parte seguí con mis dos ojos la dirección de su mirada; todos los animales de La Granja nos estaban observando, y cuando me giré a verlos la mayoría fingió –torpemente– estar haciendo cualquier otra cosa; todos menos uno de ellos. A lo lejos, el Gallo se alzaba orgulloso y desafiante sobre una roca a un costado del cerro, en medio de sus gallinas y pollos, intentando imponer una majestuosidad que solo él y su familia parecían apreciar. Para mí lo único diferente de este gallo, con respecto a otros de su tipo, era su cresta, que en vez de ser roja tenía una
