El hombre del revés - Fred Vargas - E-Book

El hombre del revés E-Book

Fred Vargas

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Beschreibung

 «Fred Vargas es probablemente la autora más interesante del género policiaco en Europa en el momento presente.»José M.ª Guelbenzu, El País «Cuento fantástico, fábula, novela policiaca. Resulta imposible dejar el libro una vez empezado.»Le Monde En un pueblo de los Alpes están apareciendo degolladas las ovejas, y la indignación y el miedo se van adueñando de sus habitantes. Pero Lawrence, un canadiense que estudia una manada de lobos en la zona, sabe que hay cosas que éstos jamás harían... Una noche, ante la sorpresa de todos, es una mujer la que aparece muerta. El comisario Adamsberg, Lawrence y Camille, su compañera, inician la investigación. No todo el mundo cree que sea un lobo el responsable: hay quien cree que todo es obra de un auténtico hombre lobo que vive escondido en la montaña. Un «hombre del revés» que oculta su verdadera naturaleza tras una apariencia humana...

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Veröffentlichungsjahr: 2012

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Índice

El hombre del revés

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Créditos

El hombre del revés

El martes aparecieron cuatro ovejas degolladas en Ventebrune, en los Alpes. Y el jueves, nueve en Pierrefort.

—Lobos —dijo un viejo—. Bajan hasta nosotros.

El otro vació su vaso, levantó la mano.

—Un lobo, Pierrot, un lobo. Una bestia como nunca has visto. Que baja hasta nosotros.

1

Había dos tipos, estirados en la maleza.

—No te imaginarás que vas a enseñarme mi trabajo —susurró el primero.

—No me imagino nada —respondió su compañero, un tipo alto, de pelo largo y rubio, que se llamaba Lawrence.

Inmóviles, empuñando los prismáticos, los dos hombres observaban una pareja de lobos. Eran las diez de la mañana, el sol les cocía los riñones.

—Ese lobo es Marcus —prosiguió Lawrence—. Ha vuelto.

El otro sacudió la cabeza. Era un hombre de la zona, bajito, moreno, un poco terco. Llevaba seis años cuidando los lobos del Mercantour. Se llamaba Jean.

—Es Sibellius —murmuró.

—Sibellius es mucho más grande. No tiene ese mechón amarillo en el cuello.

Turbado, Jean Mercier ajustó los prismáticos, los limpió de nuevo y examinó con atención el lobo macho que, a trescientos metros al este de donde estaban escondidos, daba vueltas alrededor de la roca familiar, alzando de vez en cuando el hocico al viento. Estaban cerca, demasiado cerca, más valía retroceder, pero Lawrence quería filmar a toda costa. Para eso había venido, para filmar lobos y luego llevarse el reportaje a Canadá. Pero llevaba seis meses retrasando el regreso con oscuros pretextos. A decir verdad, el canadiense se estaba incrustando. Jean Mercier sabía por qué. Lawrence Donald Johnstone, famoso especialista en osos pardos de Canadá, se había enamorado locamente de un puñado de lobos de Europa. Y no se decidía a confesarlo. De todos modos, el canadiense hablaba lo menos posible.

—Volvió en primavera —murmuró Lawrence—. Fundó su familia. Ella no sé quién es.

—Es Proserpine —susurró Jean Mercier—, la hija de Janus y de Junon, tercera generación.

—Con Marcus.

—Con Marcus —acabó reconociendo Mercier—. Y lo que es seguro es que hay lobeznos nuevecitos.

—Bien.

—Muy bien.

—¿Cuántos?

—Demasiados para saberlo.

Jean Mercier tomó unas cuantas notas en una libreta que le colgaba de la cintura, bebió de la cantimplora y volvió a su posición sin hacer crujir una sola ramilla. Lawrence dejó los prismáticos, se enjugó el rostro. Atrajo hacia sí la cámara, enfocó a Marcus, la encendió sonriente. Había pasado quince años de su vida con los osos pardos, los caribúes y los lobos de Canadá, recorriendo solo las inmensas reservas, observando, anotando, filmando, tendiendo la mano a veces a sus compañeros salvajes más viejos. Y no eran precisamente unos vivalavirgen. Una vieja osa, Joan, que se le aproximaba, bajando la frente, para que le acariciara el pelo. Y Lawrence no imaginaba que la pobre Europa, estrecha, devastada y domesticada, tuviera nada decente que ofrecerle. Había aceptado esa misión-reportaje en el macizo del Mercantour con mucha reticencia, por aquello de.

Y a fin de cuentas, se estaba eternizando en ese rincón de la montaña, iba posponiendo su regreso. Hablando claro, remoloneaba. Remoloneaba por los lobos de Europa y su pelaje gris y lamentable, parientes pobres y jadeantes de las bestias peludas y claras del Ártico y que merecían, según él, toda su ternura. Remoloneaba por las nubes de insectos, el chorreo del sudor, la maleza carbonizada, el calor chisporroteante de las tierras mediterráneas.

—Pues espera, que esto no es nada —le decía Jean Mercier en tono un tanto sentencioso, con esa expresión orgullosa de los habituados, de los curtidos, de los supervivientes de la aventura solar—. Sólo estamos en junio.

Y por último remoloneaba por Camilla.

Allí, a eso se lo llamaba «incrustarse».

—No es un reproche —le había dicho Jean Mercier con cierta gravedad—, pero mejor que lo sepas: te estás incrustando.

—Pues ahora ya lo sé —había respondido Lawrence.

Lawrence apagó la cámara, la puso delicadamente sobre su bolsa, la cubrió con una lona blanca. El joven Marcus acababa de desaparecer hacia el norte.

—Se ha ido a cazar antes de que haga demasiado calor —comentó Jean.

Lawrence se roció la cara, se mojó la gorra, bebió una decena de sorbos. Menudo solazo, maldita sea. Nunca había visto un infierno igual.

—Al menos tres lobeznos —murmuró Jean.

—Me estoy asando —dijo Lawrence con una mueca, pasándose la mano por la espalda.

—Pues espera. Esto no es nada.

2

El comisario Jean-Baptiste Adamsberg echó la pasta en el colador, la escurrió distraídamente, la pasó a su plato, queso, tomate, sería suficiente para esa noche. Había vuelto tarde después del interrogatorio a un joven cretino que se había alargado hasta las once. Porque Adamsberg era lento, no le gustaba forzar las cosas ni a la gente, por cretina que fuera. Y por encima de todo, no le gustaba forzarse a sí mismo. La televisión estaba encendida en sordina: guerras, guerras y guerras. Hurgó estrepitosamente en el cajón de los cubiertos, encontró un tenedor y se plantó de pie ante la pantalla.

...lobos del Mercantour pasan una vez más al ataque en un cantón de los Alpes-Maritimes que hasta ahora no se había visto afectado. Se habla esta vez de una bestia de excepcional tamaño. ¿Realidad o leyenda? In situ...

Adamsberg se aproximó despacio al televisor, con el plato en la mano, de puntillas como para no espantar al locutor. Un gesto de más y el tipo saldría corriendo de la tele sin acabar la formidable historia de lobos que acababa de empezar. Subió el volumen, retrocedió. Toda su infancia pirenaica había estado envuelta en las voces de los viejos que contaban la epopeya de los últimos lobos de Francia. Y cuando recorría la montaña por la noche, con nueve años, cuando su padre lo enviaba por los caminos a recoger leña menuda, sin discusión, creía ver sus ojos amarillos seguirlo por los senderos. Como tizones, hijo, son como tizones los ojos de los lobos en la noche.

Y ahora, cuando volvía allá, a su montaña, retomaba los mismos caminos de noche. O sea que es desesperante, el ser humano toma apego a lo peor.

Había oído, era verdad, que unos cuantos lobos de los Abruzos habían vuelto a atravesar los Alpes hacía unos años. Una panda de irresponsables, en cierto modo. Unos borrachuzos de parranda. Simpática incursión, simbólico regreso, os damos la bienvenida a los tres bichos pelados de los Abruzos. Salud, camaradas. Desde entonces, pensaba que unos cuantos tipos los cuidaban como un tesoro, al amparo de los pedregales del Mercantour. Y que se echaban al diente algún cordero de vez en cuando. Pero era la primera vez que veía imágenes. Entonces, esta repentina salvajada, ¿eran ellos, los buenos chicos de los Abruzos? Mientras comía en silencio, Adamsberg veía pasar por la pantalla una oveja destrozada, un suelo ensangrentado, el rostro convulso de un ganadero, el vellón manchado de una oveja despedazada en la hierba de un pastizal. La cámara hurgaba complaciente en las heridas, y el periodista afilaba sus preguntas, echaba leña al fuego de la discordia rural. Mezcladas con los planos, surgían fauces de lobos con los belfos levantados, sacados directamente de documentales antiguos, más balcánicos que alpinos. Parecía que todo el interior nizardo se doblegara ante el ímpetu de la jauría salvaje, mientras unos viejos pastores alzaban sus rostros orgullosos para desafiar a la bestia mirándola a los ojos. Como tizones, hijo, como tizones.

Quedaban los hechos: una treintena de lobos censados en el macizo, sin contar a los jóvenes extraviados, una decena tal vez, ni los perros asilvestrados, apenas menos peligrosos. Centenas de ovinos degollados en la última temporada, en un radio de diez kilómetros alrededor del Mercantour. En París no se hablaba del asunto, porque en París a nadie le importaban un comino las historias de lobos y corderos, y Adamsberg descubría esas cifras con estupor. Y hoy dos nuevos ataques en el cantón de Auniers reavivaban el enfrentamiento.

Un veterinario llegaba a la pantalla, ponderado, profesional, señalando una herida con el dedo. No, no cabía ninguna duda, aquí el impacto del carnasial superior, el cuarto premolar derecho, ¿lo ven?, y aquí delante el canino derecho, lo ven ahí, y aquí, y debajo, aquí. Y la separación entre ambos, ¿lo ven? Es la mandíbula de un cánido de gran tamaño.

—¿Diría que se trata de un lobo, doctor?

—O de un perro muy grande.

—¿O de un lobo muy grande?

Y de nuevo el rostro terco de un ganadero. En los cuatro años que llevaban esos bichos asquerosos poniéndose las botas con la bendición de la gente de la capital, nunca habían visto heridas así. Nunca. Colmillos como mi mano. El ganadero alargaba el brazo hacia el horizonte, barriendo las montañas. Allá arriba es donde merodea. Un bicho como nunca se ha visto. Que se rían en París, que se rían. Ya reirán menos cuando lo vean.

Fascinado, Adamsberg acababa, de pie, su plato de pasta fría. El presentador prosiguió con las guerras.

Lentamente, el comisario se sentó, dejó el plato en el suelo. Vaya con los lobos del Mercantour. Sí que había crecido la inocente jauría de los inicios. Estaba extendiendo su territorio de caza cantón a cantón. Desbordaba el departamento de los Alpes-Maritimes. Y de esa cuarentena de lobos ¿cuántos atacaban? ¿Manadas? ¿Parejas? ¿Un solitario? Sí, así era en los cuentos. Un solitario empedernido, cruel, que se aproximaba de noche a los pueblos, con el culo bajo y las patas grises. Una bestia grande. La Bestia del Mercantour. Y los niños en sus casas. Adamsberg cerró los ojos. Como tizones, hijo, como tizones son los ojos del lobo en la noche.

3

Lawrence Donald Johnstone no volvió al pueblo hasta el viernes, hacia las once de la noche.

Entre la una y las cuatro, los hombres del Parque del Mercantour hacían una larga pausa estudiosa o soñolienta a la sombra de las barracas de piedra seca que se encontraban aquí y allá en las laderas. Lawrence se había apropiado, no muy lejos del nuevo territorio del joven Marcus, de un aprisco abandonado, de cuyo suelo había retirado un estiércol sin edad y, a decir verdad, inodoro. Por principio. El gran canadiense, más acostumbrado a lavarse con bolas de nieve, desnudo el torso, que a revolcarse en la mierda de oveja, peguntoso de sudor viejo, consideraba que los franceses eran unos guarrindongos. París, rápidamente recorrido, le había exhalado densos olores a meada y a sobaquina, relentes de ajo y de vino. Pero fue en París donde conoció a Camilla, de ahí que París hubiera quedado absuelto. Absueltos también ese Mercantour recalentado y esa aldea de Saint-Victor-du-Mont donde se había establecido provisionalmente con ella. Pero guarrindongos igualmente, sobre todo los hombres. No se hacía a las uñas de luto, al pelo pegado, a las camisetas amorfas, grises de mugre.

En el viejo aprisco arreglado, Lawrence se instalaba cada tarde encima de una gruesa lona extendida directamente en la tierra seca. Clasificaba notas, visionaba las imágenes de la mañana, preparaba las observaciones de la noche. Esas últimas semanas, un viejo lobo solitario en final de trayecto, el venerable Augustus, cazaba en el monte Mounier. Sólo salía a la fresca, y Lawrence no quería perdérselo. Porque el vejete, más que cazar, lo que hacía era tratar de sobrevivir. Sus fuerzas en declive hacían que se le escaparan las presas más fáciles. Lawrence se preguntaba cuánto tiempo aguantaría, cómo acabaría. Y cuánto tiempo aguantaría él, Lawrence, antes de ir a cazar furtivamente algo de carne para el viejo Augustus, desafiando así las leyes del parque, según las cuales los animales tenían que apañárselas solos y reventar como en los primeros tiempos del mundo. Si Lawrence llevaba una liebre al viejo, no desequilibraría el planeta, ¿o sí? En cualquier caso, tendría que hacerlo sin decir nada a los colegas franceses. Los colegas decían que echar una mano a los bichos los ablandaba y trastornaba las leyes de la Naturaleza. Cierto, pero Augustus ya estaba ablandado, y las leyes de la Naturaleza eran frágiles como el cristal. Entonces, ¿qué más daba?

Luego, tras haber engullido el pan, el agua y el salchichón, Lawrence se tumbaba en el suelo, al fresco, con las manos debajo de la nuca, y pensaba en Camille, pensaba en su cuerpo y en su sonrisa. Camille era limpia, Camille olía bien y, sobre todo, Camille poseía una gracia inconcebible que le estremecía las manos, el vientre y los labios. Nunca habría imaginado Lawrence temblar por una chica tan morena, de pelo negro y tieso, cortado justo por encima de la nuca, y que tanto se parecía a Cleopatra. Aun así, pensó, la vieja Cleopatra llevaba dos mil años muerta y seguía siendo el arquetipo de las orgullosas mujeres morenas de nariz recta, cuello delicado, tez pura. Sí, menudo talento, la vieja Cleopatra. Y en el fondo, no sabía gran cosa de ella, ni gran cosa de Camille, salvo que no era reina y que se ganaba la vida practicando la música y la fontanería.

Después tenía que abandonar esas imágenes que le impedían descansar y se concentraba en la algarabía de los insectos. Curraban como bestias esos bichos. El otro día, en las laderas bajas, Jean Mercier le había enseñado su primera cigarra. Del tamaño de una uña, mucho ruido para tan poca cosa. A Lawrence le gustaba vivir en silencio.

Esa mañana había humillado a Mercier. Pero, en serio, era Marcus vamos.

Marcus, con su mechón amarillo en el cuello. Era un lobo que prometía. Enérgico, fisgón, voraz. Lawrence sospechaba que se había zampado una buena cantidad de corderos ese otoño, en el cantón de Trévaux. Buen trabajo de predador, con sangre por todas partes en la hierba, alrededor de los pelajes destrozados a decenas, un tipo de actuación que desesperaba a los chicos del parque. Los ganaderos habían sido indemnizados, pero se soliviantaban, se armaban de perros de ataque, y el invierno anterior habían estado a punto de organizar una batida general. Desde finales de febrero, desde que las manadas hibernales se habían dispersado, reinaba la calma. Reposo.

Lawrence estaba a favor de los lobos. Consideraba que esos animales habían honrado la pequeña tierra francesa al cruzar audazmente los Alpes como sombras solemnes procedentes del pasado. Ni hablar de dejar que los masacraran esos hombrecillos curtidos. Pero, como todo cazador nómada, el canadiense era un hombre prudente. En el pueblo no hablaba de los lobos, permanecía callado, conforme al precepto de su padre: «Si quieres ser libre, cierra el pico».

Lawrence llevaba cinco días sin bajar a Saint-Victor-du-Mont. Había dicho a Camille que seguiría al venerable Augustus, en sus cacerías nocturnas y desesperadas, hasta el jueves, con la cámara de infrarrojos. Pero el jueves los repetidos fracasos del viejo lobo habían minado la resistencia de Lawrence, y éste había prolongado su estancia una noche más para llevarle algo de comer. Había atrapado dos conejos en sus madrigueras, los había degollado de una cuchillada y había dejado los cadáveres en una de las pistas de Augustus. Escondido en la maleza, envuelto en un hule que supuestamente retenía su olor de hombre, Lawrence había esperado con ansiedad el paso del famélico animal.

Ahora cruzaba Saint-Victor desierto, silbando aliviado. El viejo había pasado y el viejo había comido.

Camille se acostaba bastante tarde. Cuando Lawrence abrió la puerta, la vio inclinada sobre el teclado del sintetizador, con los auriculares puestos, las cejas fruncidas, los labios entreabiertos, las manos corriendo de una nota a otra, a veces vacilantes. Camille nunca estaba tan guapa como cuando se concentraba, para el trabajo o para el amor. Lawrence dejó la bolsa, se sentó a la mesa y la observó durante unos minutos. Aislada con sus auriculares, insensible a los sonidos exteriores, garabateaba en un pentagrama. Lawrence sabía que tenía que entregar en noviembre la banda sonora de una serie sentimental en doce episodios, un auténtico bodrio, según dijo ella. Y mucho trabajo, por lo que veía. A Lawrence no le gustaba hablar sin parar de los detalles del curro. El curro se hacía y punto. Y eso era lo más importante.

Pasó por detrás de ella, contempló su nuca bajo el pelo corto y le dio un beso rápido, no molestar nunca a Camille cuando trabajaba, ni siquiera tras cinco días de ausencia, lo entendía mejor que nadie. Camille sonrió, le hizo una seña con la mano. Estuvo trabajando otros veinte minutos antes de quitarse los cascos y sentarse con él a la mesa. Lawrence estaba pasando las imágenes de Augustus devorando los conejos y le mostró el visor.

—Es el viejo poniéndose las botas —explicó.

—Ya ves que no es un hombre acabado —dijo Camille pegando el ojo al ocular.

—Yo le conseguí la carne —respondió Lawrence torciendo el gesto.

Camille puso la mano en el pelo rubio del canadiense, sin dejar de mirar por el visor.

—Lawrence, hay movimiento —dijo—. Prepárate para defenderlos.

Lawrence preguntó según su costumbre, con un simple gesto de barbilla.

—El martes encontraron cuatro ovejas degolladas en Ventebrune, y ayer por la mañana otras nueve destrozadas en Pierrefort.

—God —susurró Lawrence—. Jesus Christ. Bullshit.

—Es la primera vez que se aventuran tan abajo.

—Son más.

—Me enteré por Julien. Ha salido en las noticias, se está convirtiendo en un tema nacional. Los ganaderos dicen que harán que se les pase la afición a la carne a los lobos italianos.

—God —repitió Lawrence—. Bullshit.

Miró el reloj, apagó la cámara y, preocupado, fue a encender un pequeño televisor colocado sobre una caja, en una esquina.

—Hay algo peor —añadió Camille.

Lawrence se volvió hacia ella, alzando la barbilla.

—Dicen que esta vez no es un animal como los demás.

—¿No es como los demás?

—Diferente. Más grande. Una fuerza de la naturaleza, una mandíbula gigantesca. Anormal, vamos. En dos palabras: un monstruo.

—¡Ya!

—Es lo que dicen.

Lawrence sacudió el pelo rubio, aterrado.

—Tu país —dijo después de un silencio— es un puto país atrasado de viejos capullos.

El canadiense pasó de una cadena a otra para encontrar un noticiario. Camille se sentó en el suelo, cruzó las botas y se apoyó sobre las piernas de Lawrence mordiéndose los labios. Acabarían con todos los lobos, incluido el viejo Augustus.

4

Lawrence pasó el fin de semana recopilando la prensa local, esperando las noticias, yendo al café del pueblo, abajo.

—No vayas —aconsejó Camille—. Se meterán contigo.

—Why? —preguntó Lawrence con esa pinta de estar enfadado que acostumbraba tener cuando estaba preocupado—. Son sus lobos.

—No son sus lobos. Son los lobos de los parisinos, mascotas que se comen a sus rebaños.

—No soy parisino.

—Te ocupas de los lobos.

—Me ocupo de los osos pardos. Ése es mi trabajo, los osos pardos.

—¿Y Augustus?

—Distinto. Respeto debido a los viejos, honor a los débiles. Sólo me tiene a mí.

A Lawrence no se le daba bien hablar, prefería darse a entender por señas, por sonrisas o por muecas, como hacen, expertos, los cazadores o los buceadores, condenados a expresarse en silencio. Empezar y acabar las frases lo hacía sufrir, y, por lo general, sólo emitía las partes centrales, truncadas, más o menos audibles, con la clara esperanza de que otro acabara por él esa penosa tarea. Ya fuera porque buscara las soledades glaciales para huir de la charla de los hombres, o porque la asidua frecuentación de las extensiones árticas le quitara la afición al habla, puesto que la función descrea el órgano, hablaba cabizbajo, protegido por el flequillo rubio, y lo menos posible.

A Camille, a quien gustaba gastar palabras con liberalidad, le había costado acostumbrarse a esa comunicación ahorrativa. Le había costado y, al mismo tiempo, la había aliviado. Había hablado mucho esos últimos años, y encima para nada, y ella misma había acabado harta. Así, el silencio y las sonrisas del gran canadiense le ofrecían un área de descanso inesperada que la desengrasaba de sus antiguas costumbres, entre las cuales las más jodidas eran sin duda las de razonar y convencer. A Camille le resultaba imposible abandonar el universo tan profundamente distraído del verbo, pero al menos había dado por muerto todo el formidable aparato cerebral que había puesto antaño al servicio de la persuasión de los demás. Estaba acabando de oxidarse en un rincón de su cabeza, monstruo agotado, abandonado, que perdía a retazos los engranajes de sus argumentos y los brillos de sus metáforas. Ahora, frente a un tipo que era todo gestos mudos, que seguía su camino sin pedir a nadie su opinión y que no deseaba bajo ningún concepto que se le comentara la existencia, Camille respiraba y se aligeraba la mente como se vacía un desván de la chatarra acumulada.

Inscribió una serie de notas en un pentagrama.

—Si te dan igual los lobos, ¿por qué quieres bajar?

Lawrence caminaba por la pequeña sala oscura cuyas persianas de madera habían bajado. Con las manos a la espalda, iba de un rincón al otro, aplastando con su peso algunas baldosas vacilantes y rozando con el pelo la viga maestra. Esas barracas del sur no habían sido concebidas para canadienses de ese formato. Con la mano izquierda, Camille buscaba un ritmo en el teclado.

—Averiguar cuál es —dijo Lawrence—. Qué lobo.

Camille abandonó el teclado, se volvió hacia él.

¿—Cuál es? ¿Piensas como ellos? ¿Que sólo hay uno?

—Suelen cazar solos. Habría que ver las heridas.

—¿Dónde están los corderos?

—En la cámara frigorífica, los tiene el carnicero.

—¿Los va a vender?

Lawrence sacudió la cabeza sonriendo.

—No. «No se comen animales muertos», dijo. Es para el reconocimiento.

Camille reflexionó con un dedo en los labios. Todavía no se había planteado la cuestión de la identificación del animal. No creía en el rumor de una bestia monstruosa. Eran lobos, y punto. Pero para Lawrence, por supuesto, esos ataques podían tener cara, fauces, nombre.

—¿Cuál es? ¿Lo sabes?

Lawrence encogió sus pesados hombros, abriendo las manos.

—Las heridas —repitió.

—¿Qué dirán?

—Tamaño. Sexo. Con mucha suerte.

—¿En cuál piensas?

Lawrence se pasó las manos por la cara.

—En el gran Sibellius —soltó entre dientes como si cometiera el pecado de la delación—. Le han quitado el territorio. Marcus, un joven fantasma. Estará cabreado. No lo he visto desde hace semanas. Y es un duro Sibellius, un duro de verdad. God. Tough guy. Puede haber montado otro territorio.

Camille se levantó, abrazó a Lawrence por los hombros.

—Si es él, ¿qué puedes hacer?

—Inyectar, meterlo en la camioneta. Llevarlo a los Abruzos.

—¿Los italianos?

—No son iguales. Orgullosos de sus animales.

Camille se puso de puntillas para tocar los labios de Lawrence. Lawrence dobló las rodillas, le abrazó la cintura. ¿Por qué preocuparse por el puto lobo pudiendo pasar la vida entera en esa sala con Camille?

—Bajo —dijo.

En el café, hubo intercambios bastante brutales antes de que consintieran por fin llevar a Lawrence a la cámara frigorífica. El «trampero», como lo llamaban allí —porque un desgraciado que anda por los bosques canadienses no es sino un trampero—, ahora hacía vagamente un papel de traidor. No lo decían así. No se arriesgaban. Porque intuían que lo iban a necesitar, que iban a necesitar su ciencia, su fuerza también. Un formato así no se podía desdeñar en un pueblo tan pequeño. Menos aún un tipo que hablaba de tú a tú con los osos pardos. Así que los lobos, para él, eran un juego de niños. De modo que ya no sabían muy bien en qué bando colocar al trampero, si había que dirigirle la palabra o no. Lo cual, a decir verdad, no cambiaba mucho las cosas, dado que el trampero no hablaba.

Con gestos tranquilos, ante las miradas de Sylvain, el carnicero, y de Gerrot, el carpintero, Lawrence manipuló los animales degollados, a los que faltaban a uno una pata, a otro un trozo de paletilla.

—Huellas poco claras —masculló—. Han cambiado.

Con una seña de la mano, dio a entender al carpintero que necesitaba un metro. Gerrot se lo puso en la palma sin decir una palabra. Lawrence midió, pensó, volvió a medir. Luego se enderezó y, con una seña suya, el carnicero volvió a llevar los animales a la nevera, cerró la pesada puerta blanca, bajó la manilla.

—¿Resultado? —preguntó.

—Mismo atacante. Parece.

—¿Grande?

—Buen macho. Como mínimo.

Al anochecer, quedaba todavía una quincena de personas del pueblo en pequeños grupos dispersos alrededor de la fuente. No parecían dispuestos a irse a dormir. En cierto modo, y sin decirlo, ya estaban montando guardia. Velaban las armas, a los hombres les gustaba eso. Lawrence se reunió con el carpintero Gerrot, que, solo en un banco de piedra, parecía soñar mirando fijamente la punta de sus gruesos zapatos. A menos que estuviera simplemente mirando fijamente la punta de sus gruesos zapatos, sin soñar. El carpintero era un hombre sabio, poco guerrero y poco parlanchín, y Lawrence lo respetaba.

—Mañana —empezó Gerrot—, ¿vuelves al monte?

Lawrence asintió con la cabeza.

—¿Vas a localizar a los animales?

—Sí, con los demás. Deben de estar ya en ello.

—¿Sabes cuál es? ¿Tienes una idea?

Lawrence torció el gesto.

—Quizá uno nuevo.

—¿Por qué? ¿Qué te parece raro?

—El tamaño.

—¿Grande?

—Demasiado. El arco dental, muy desarrollado.

Gerrot puso los codos en las rodillas, arrugó los ojos, miró al canadiense.

—Joder, entonces ¿es verdad? —murmuró—. Lo que dicen. ¿Es un bicho anormal?

—Fuera de lo común —contestó Lawrence en el mismo tono.

—Igual has calculado mal, trampero. Las medidas cambian como nada.

—Sí. Los dientes han resbalado. Derrapado. Pueden haber alargado la marca.

—¿Lo ves?

Hubo un largo momento de silencio entre ambos hombres.

—Pero grande de todos modos —prosiguió Lawrence.

—Puede haber jaleo —dijo el carpintero recorriendo la plaza con la mirada, los hombres con los puños cerrados en los bolsillos.

—No les digas.

—Ya se dicen bastante ellos solos. ¿Qué quieres?

—Cogerlo antes que ellos.

—Entiendo.

El lunes al alba, Lawrence cerró su bolsa, la cargó en su moto y se preparó para ir al Mercantour. Vigilar a Marcus y Proserpine en sus amores de juventud, localizar a Sibellius, comprobar los desplazamientos del grupo, los presentes, los ausentes, alimentar al antepasado y buscar a Electre, una pequeña hembra que llevaba ocho días perdida de vista. Seguiría a Sibellius hacia el sudeste, cerca del pueblo de Pierrefort, donde se había producido el último ataque.

5

Lawrence siguió la pista de Sibellius durante dos días sin lograr localizar al animal, deteniéndose en la sombra de un aprisco sólo cuando ese maldito sol pegaba demasiado. Al mismo tiempo, controló veintidós kilómetros cuadrados de territorio, en una azarosa búsqueda de corderos triturados. Nunca Lawrence habría sido infiel a su pasión por los grandes osos canadienses, pero tenía que admitir que, en seis meses, ese hatajo de famélicos lobos europeos había surcado en él sendas bastante profundas.

Pasando cauteloso por un camino estrecho que bordeaba una escarpa, localizó a Electre, herida al fondo del barranco. Lawrence evaluó las posibilidades de alcanzar el pie de la cuesta cubierta de maleza donde había resbalado la loba y consideró que podría arreglárselas solo. Todos los guardias del Mercantour recorrían el territorio, y la ayuda de un colega tardaría demasiado en llegar. Le costó una hora alcanzar al animal, asegurando cada punto de agarre bajo un sol de justicia. La loba estaba tan débil que ni siquiera tuvo que sujetarle las fauces para palparla. Una pata rota, varios días sin comer. La tendió en una lona que se ató al hombro. Incluso flaco, el animal pesaba treinta kilos, una pluma para un lobo, un fardo para un hombre que remonta una cuesta. Al llegar al camino, Lawrence se concedió media hora de descanso, tumbado a la sombra, boca arriba, con una mano sobre el pelaje de la hembra para hacerle entender que no moriría allí sola como en los inicios del mundo.

A las ocho de la tarde, llevaba la loba al campamento de cuidados.

—¿Hay jaleo abajo? —preguntó el veterinario mientras transportaba a Electre hasta una mesa.

—¿En relación?

—En relación con las ovejas degolladas.

Lawrence asintió.

—Tenemos que encontrarlo antes de que suban hasta aquí. Lo saquearían todo.

—¿Te vas? —inquirió el veterinario viendo a Lawrence embolsar pan, salchicha y botella.

—Tengo que hacer.

Sí, cazar para el viejo. Eso podía llevarle tiempo. A veces fallaba, como el veterano.

Dejó una nota para Jean Mercier. Esa noche no se cruzarían, dormiría en el aprisco.

Fue Camille quien lo avisó por teléfono, poco antes de las diez, cuando proseguía su inspección hacia el norte. Por su voz rápida, Lawrence comprendió que el jaleo se aceleraba.

—Ha vuelto a ocurrir —dijo Camille—. Una matanza en Les Écarts, donde Suzanne Rosselin.

—¿En Saint-Victor? —dijo Lawrence casi a gritos.

—Donde Suzannne Rosselin —repitió Camille—, en el pueblo. El lobo mató cinco e hirió tres.

—¿Las devoró allí mismo?

—No. Arrancó trozos, como en los demás casos. No parece que ataque para alimentarse. ¿Has visto a Sibellius?

—No hay rastro.

—Deberías bajar. Han venido dos gendarmes, pero Gerrot dice que no son capaces de examinar los animales correctamente. Y el veterinario está atendiendo un parto de yegua a kilómetros de aquí. Todo el mundo grita, todo el mundo protesta. Joder, baja, Lawrence.

—Dentro de dos horas en Les Écarts.

Suzanne Rosselin dirigía sola la ganadería de Les Écarts, al oeste del pueblo, con mano de hierro según decían. Los modales rudos, incluso viriles, de esa mujer alta y gruesa habían hecho que se la respetara y temiera en todo el cantón, pero estaba poco solicitada fuera de su sector. Se la consideraba demasiado brutal, demasiado grosera. Y fea. Contaban que un italiano de paso la había seducido treinta años atrás, y que ella quiso irse con él sin el consentimiento de su padre. Seducida por completo, precisaban. Pero la vida no le dio tiempo para ese desafío; el italiano desapareció en su bota natal, y los padres murieron ese año. Decían que luego la traición, la vergüenza y la falta de hombre habían endurecido a Suzanne. Y que había sido el destino, por venganza, lo que la había vuelto tan marimacho. Otros aseguraban que no, que siempre había sido marimacho. Un poco por todas esas razones, a Camille le caía bien Suzanne, cuyo lenguaje de carretero, llevado hasta la incandescencia, tenía algo de admirable. Camille, por las enseñanzas de su madre, consideraba la grosería un arte de vivir, y la práctica profesional de Suzanne la impresionaba.

Una vez por semana, más o menos, subía a la granja ovina a pagar la caja de comida que le preparaba Suzanne. Y en cuanto uno entraba en las tierras de Les Écarts, se acababan los agrios comentarios y las burlas: los cinco hombres y mujeres que trabajaban allí se habrían dejado hacer picadillo por Suzanne Rosselin.

Camille siguió el camino pedregoso que ascendía entre terrazas hasta la casa, una construcción de piedra, alta y estrecha, con una puerta baja y unos vanos asimétricos y exiguos. Camille pensaba que el tejado desvencijado aguantaba tan sólo por la gracia de una solidaridad secreta entre las tejas, soldadas unas a otras por espíritu corporativo. El lugar estaba desierto, de modo que se dirigió al gran aprisco plantado en la ladera quinientos metros más arriba. Se oía a Suzanne Rosselin dar voces en la lejanía. Camille entornó los ojos al sol para distinguir las camisas azules de dos gendarmes y al carnicero Sylvain moviéndose de un lado para otro. En cuanto había carne de por medio, allí estaba él.

Y también, hierático, recto, de pie contra el muro del aprisco, estaba el Veloso. Camille no había tenido aún ocasión de ver de cerca al viejísimo pastor de Suzanne, siempre oculto en el corazón del rebaño. Decían que dormía en el viejo edificio, en medio de sus animales, pero eso no molestaba a nadie. Lo llamaban el Veloso, es decir el «que vela», el «guardián», así acabó entendiéndolo Camille, que desconocía su verdadero nombre. Enjuto y rígido, de mirada altiva, de pelo blanco algo largo, los puños cerrados sobre el cayado clavado en el suelo, era un majestuoso anciano en el verdadero sentido de la palabra, hasta el punto de que Camille no supo si podía, o no, permitirse el dirigirle la palabra.

Al otro lado de Suzanne, igual de recto que el Veloso, como por mimetismo, estaba plantado el joven Soliman. Habríase dicho, viéndolos escoltar a Suzanne como dos guardias inmóviles, que esperaban una sola señal de ella para dispersar a palos a una cohorte de atacantes imaginarios que subieran al asalto. Nada de eso. El Veloso estaba en su postura natural, y Soliman, en esas circunstancias un tanto dramáticas, se conformaba simplemente a su paso. Suzanne parlamentaba con los gendarmes, redactaban los partes. Las ovejas degolladas habían sido transportadas al fresco, a la oscuridad del aprisco.

Al ver a Camille, Suzanne le puso una manaza en el hombro y la sacudió.

—Ahora vendría bien que estuviera aquí tu trampero —dijo—. Que dijera él, que seguro que se las apaña mejor que este par de soplapollas que no tienen ni puta idea.

El carnicero Sylvain aventuró un gesto.

—Cierra el pico, Sylvain —interrumpió Suzanne—. Eres igual de cretino que ellos. No es culpa tuya, tienes excusa: no es tu trabajo.

Nadie se ofendía, y los dos gendarmes, como de vuelta de todo, rellenaban penosamente los formularios.

—Está avisado. Ya baja.

—Luego, si tienes un momento, hay una fuga en las letrinas, tendrías que arreglarla.

—No tengo las herramientas, Suzanne. Más tarde.

—Entretanto, ve a ver lo de ahí dentro —dijo Suzanne señalando el aprisco con el grueso pulgar—. Un auténtico sacrificio de salvaje.

Antes de cruzar la puerta baja, intimidada, Camille saludó respetuosamente al Veloso y estrechó la mano a Soliman. En cambio, conocía bien a Soliman, que seguía a Suzanne como una sombra y la secundaba en todos sus trabajos, y también conocía su historia.

Era incluso la primera historia que le habían contado al llegar, como si fuera urgente: un negro en el pueblo era algo de lo que apenas se habían recuperado veintitrés años después. El joven africano había sido, como en los cuentos, abandonado de bebé ante la puerta de la iglesia, en una cesta para higos. Nadie había visto nunca un negro en Saint-Victor ni en los alrededores, y se suponía que el bebé había sido hecho en la ciudad, quizá en Niza, donde todo es posible, incluidos los bebés negros. Pero era en el porche de Nuestra Señora de Saint-Victor donde berreaba como el perdido que era. Al alba de ese día, la mitad del pueblo se arremolinaba enloquecida alrededor de la cesta y del niño totalmente negro. Luego, unos brazos de mujer, inicialmente reticentes, se tendieron para levantarlo y acunarlo, tratar de calmarlo. Lucie, la dueña del café de la plaza, había sido la primera en atreverse a depositar un beso en la mejilla embadurnada de mocos. Pero nada calmaba al pequeño, que se ahogaba en el llanto. «Tiene hambre el negrito», decía una vieja, «Se ha cagado», decía otra. Entonces se acercó la maciza Suzanne con paso de atleta, rompió las filas, cogió al niño y lo sostuvo en sus brazos. El crío paró instantáneamente de llorar y dejó caer la cabeza sobre el grueso pecho. A partir de ese momento, como en un cuento en que las princesas fueran gordas Suzannes, todo el mundo reconoció como evidencia que el negrito pertenecía a la dueña de Les Écarts. Suzanne hundió el índice en la boca ávida y rugió —Lucie lo recordaría toda la vida:

—¡Mirad en la cesta, panda de capullos! ¡Tiene que haber una nota!

Había una nota. Fue el cura quien, subiéndose a la escalera de entrada de la iglesia, tendió gravemente un brazo para imponer silencio y emprendió la lectura en voz alta:

—Pofabó, cuidar dl...

—¡Articula, capullo! —reclamó Suzanne sacudiendo al bebé—. ¡Que no se entiende nada!

Lucie lo recordaría toda su vida. Suzanne Rosselin no respetaba nada.

—Pofabó —repitió el cura, obediente—, ocupe dl, cuidar dl. Se yama Soliman Melchior Samba DIAWARA, deci ke su madre buena y su padre cruel como inferno de pantano. Cuidar dl amar dl, pofabó.

Suzanne se había pegado al cura para leer por encima del hombro de éste. Cogió el papel meado y se lo metió en un bolsillo del vestido-saco.

—¿Soliman Melchior No-sé-qué-mierda? —dijo Germain, el peón caminero, riéndose—. ¿Y qué más? Pero ¿esto qué es, joder? ¿No puede llamarse Gérard como todo el mundo? ¿De dónde se cree que lo ha sacado la madre? ¿Del muslo de Júpiter?

Hubo unas cuantas risas, pero no muchas. Hay que reconocer eso a los habitantes de Saint-Victor, precisaba Lucie, no todos son gilipollas, saben aguantarse cuando realmente es necesario. No como en Pierrefort, donde lo humano no vale gran cosa.

Entretanto, la cabecita negra del bebé seguía apoyada en la axila de la mujerona. ¿Qué tendría? Un mes como mucho. ¿Y a quién quería? A Suzanne. Así es la existencia.

—Bueno —dijo Suzanne mirando al mundo desde lo alto de la escalera—. Si alguien lo reclama, está en Les Écarts.

Y el asunto quedó concluido.

Nadie fue nunca a reclamar al pequeño Soliman Melchior Samba Diawara. Y a veces la gente se preguntaba qué habría pasado en Les Écarts si a la madre natural se le hubiera ocurrido ir a buscarlo. Porque Suzanne Rosselin, a partir de ese momento crucial —conocido en el pueblo como «el momento de la escalera»—, se encariñó salvajemente con el pequeño, y se dudaba que hubiera aceptado devolverlo sin combate. Al cabo de dos años, el notario la convenció de ir a hacer los papeleos para el niño. No para adoptarlo, no, ella no tenía ese derecho, sino para legalizar la tutela.

Así fue como el pequeño Soliman se convirtió en el hijo Rosselin. Suzanne lo crió como a un niño de la zona, pero en secreto como a un rey de África, confusamente convencida como estaba de que su niño era un príncipe bastardo apartado de un poderoso reino. Tan guapo como se había vuelto, como un sol, eso era lo mínimo. Así, con veintitrés años, el joven Soliman Melchior sabía tanto sobre los esquejes de tomateras, la prensa de las aceitunas, el cultivo de garbanzos y el esparcimiento de estiércol como sobre los usos y costumbres del gran continente negro. Todo lo que sabía de corderos se lo había enseñado el Veloso. Y todo lo que sabía de África, de sus alegrías y penas, cuentos y leyendas, lo había sacado de los libros que le había leído escrupulosamente Suzanne, que a su vez se había convertido con el tiempo en una experta africanista.

Incluso ahora, Suzanne seguía mirando por televisión todo documental serio susceptible de informar al chico: reparación de un camión cisterna en una pista de Ghana, monos verdes de Tanzania, poligamia en Mali, dictaduras, guerras civiles, golpes de Estado, orígenes y grandeza del reino de Benin.

—Sol —lo llamaba—, ¡mueve el culo! Están hablando de tu tierra por la tele.

Suzanne nunca había conseguido decidir cuál era el país de origen de Soliman, de modo que creía más sencillo considerar que toda el África negra le pertenecía. Y ni hablar de que Soliman se perdiera uno solo de esos documentales. A los diecisiete años, el joven intentó una única rebelión.

—Me importan una mierda esos tíos —gimió ante un reportaje sobre la caza del facocero.

Y por primera y última vez, Suzanne le arreó un bofetón.

—¡No hables así de tus orígenes! —le ordenó.

Y como Soliman estaba a punto de echarse a llorar, ella trató de explicarse con más ternura, con su gruesa mano en el hombro delicado del muchacho.

—La patria nos la suda, Sol. Uno nace donde nace. Pero intenta no renegar de tus viejos, eso es algo que te hunde en la mierda. Renegar es lo que no está bien. Renegar, denegar, escupir, eso es para los amargados, los duros, los que se creen que se han hecho solos y que nadie antes lo había logrado. Los gilipollas, vamos. Tú tienes Les Écarts y tienes toda África. Quédate con todo, así tienes el doble.

Soliman llevó a Camille al aprisco, le señaló con un gesto los animales ensangrentados, alineados en el suelo. Camille los miró de lejos.

—¿Qué dice Suzanne? —preguntó.

—Suzanne está en contra de los lobos. Dice que de ellos no saldrá nada bueno. Que éste ataca por el gusto de matar.

—¿Está a favor de la batida?

—También está contra las batidas. Dice que no lo cogerán aquí, que está en otro sitio.

—¿Y el Veloso?

—El Veloso está sombrío.

—¿Está a favor de la batida?

—No lo sé. Desde que descubrió las ovejas, no ha abierto la boca.

—¿Y tú, Soliman?

Lawrence entró en ese momento en el aprisco, frotándose los ojos para acostumbrarlos a la súbita oscuridad. El viejo local apestaba intensamente a lana grasienta y pis rancio, los franceses le parecían unos guarrindongos. Podrían limpiar. Lo seguía Suzanne, que también apestaba según Lawrence, y, a distancia prudencial, los dos gendarmes y el carnicero, a quien Suzanne había tratado de alejar sin éxito.

—Yo tengo la cámara frigorífica, yo me llevo las ovejas —había replicado.

—Y una mierda —había contestado Suzanne—. El Veloso las enterrará aquí, en Les Écarts, con todos los honores debidos a los valientes caídos en el campo de batalla.

Eso cerró el pico a Sylvain pero no impidió que los siguiera igualmente. El Veloso se había quedado en la puerta. Vigilaba.

Lawrence saludó a Soliman y se arrodilló junto a los cuerpos destrozados. Los volvió, examinó las heridas, hurgando con los dedos en la lana maculada en busca de la huella más nítida. Atrajo hacia sí una hembra muy joven, inspeccionó la marca de la presa en la garganta.

—Sol, descuelga la lámpara —dijo Suzanne—. Dale luz.

Bajo el haz amarillo, Lawrence se inclinó sobre la herida.

—El carnasial casi no se ha clavado —murmuró—, pero el canino sí.

Recogió una brizna de paja y la hundió en el orificio sanguinolento.

—¿Qué demonios haces? —dijo Camille.

—Sondeo —contestó tranquilamente Lawrence.

El canadiense retiró la paja y marcó con la uña el límite enrojecido. La pasó sin una palabra a Camille antes de recoger otra paja que ajustó entre dos heridas. Se incorporó y salió al aire libre, con la uña del pulgar hundida en la brizna. Necesitaba respirar.

—Las ovejas son tuyas —dijo al pasar ante el Veloso, que asintió—. Sol —prosiguió—, búscame una regla.

Soliman bajó hacia la casa a grandes zancadas y volvió a los cinco minutos con el metro de costura de Suzanne.

—Mide —dijo Lawrence tendiendo las dos pajas bien rectas—. Mide con precisión.

Soliman aplicó el metro a lo largo de la marca de sangre.

—Treinta y cinco milímetros —anunció.

Lawrence torció el gesto. Midió la otra paja y devolvió el metro a Soliman.

—¿Y bien? —preguntó uno de los gendarmes.

—Canino de casi cuatro centímetros.

—¿Y bien? —repitió el gendarme—. ¿Es preocupante?

Se hizo un silencio bastante plúmbeo. Cada cual atisbaba. Cada cual empezaba a comprender.

—Animal grande —concluyó Lawrence, resumiendo el sentimiento general.

Hubo un momento de flotación, el grupo se disolvió. Los gendarmes saludaron, Sol se fue hacia la casa, el Veloso entró en el aprisco. Lawrence, aparte, se había lavado las manos, se había puesto los guantes y se estaba ajustando el casco de la moto. Camille se aproximó a él.

—Suzanne nos invita a tomar algo para limpiarnos los ojos. Ven.

Lawrence hizo una mueca.

—Apesta —dijo.

Camille se puso rígida.

—No apesta —dijo un tanto áspera, contra toda verdad.

—Apesta —repitió Lawrence.

—No seas cabrón.

Lawrence vio la mirada fruncida de Camille y sonrió bruscamente.

—De acuerdo —dijo quitándose el casco.

La siguió por un camino de hierba seca que llevaba hacia la barraca de piedra. En cambio, no tenía nada en contra de esa costumbre de los franceses de destruirse a aguardentazos a partir del mediodía. Los canadienses lo hacían igual de bien.

—Conste —dijo a Camille poniéndole una mano en el hombro— que apesta.