El juez y el pescador - José Ignacio Prado - E-Book

El juez y el pescador E-Book

José Ignacio Prado

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Beschreibung

Un asesinato en plena Manzana Jesuítica sacude a la ciudad de Córdoba. La víctima, un simple empleado de librería sin enemigos aparentes. No hay pruebas ni testigos. Podría tratarse tanto de un crimen pasional como de un robo mal ejecutado, pero ninguna de esas son opciones para Carlos Genovese. Esta no es la primera tragedia que ocurre en su entorno, por lo que decide investigar él mismo, aun con el peligro que ello pueda implicar. Sin saberlo, podría estar envuelto en medio de una conspiración. El veterano inspector Rossi estará tras sus pasos. Utilizará su ingenio y pericia para llevar a cabo la investigación, lo que implicará batallar su propia lucha contra el novato fiscal Caruso y la burocracia estatal. A través de un recorrido por lugares históricos de la ciudad de Córdoba, El juez y el pescador narra la historia de búsqueda de justicia por parte de un ciudadano común. Una ficción de intriga y sospecha, redención y ambición. Un thriller ambientado en la Argentina de los años noventa, que se adentra en detalle en uno de los episodios más lamentables de la historia reciente del país.

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Seitenzahl: 637

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Corrección: Ana Lucía Agüero.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Prado, José Ignacio

El juez y el pescador / José Ignacio Prado. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

434 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-953-7

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Policiales. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. Prado, José Ignacio

© 2024. Tinta Libre Ediciones

A mi familia y amigos.

A Vicky, y que sigamos coincidiendo en esta vida.

A Rufina, a quien muero por conocer.

Nota del autor

Estimado lector:

Los personajes, hechos y circunstancias relatados en El juez y el pescador son una ficción. Sin embargo, la historia se encuentra vinculada a acontecimientos reales, los cuales podrás advertir con facilidad. Por tal motivo, me he tomado innumerable cantidad de licencias al momento de narrar este relato; a tal extremo que no existe —según mis conocimientos— el cargo de inspector en la Justicia de Córdoba. El juez y el pescador responde a una única motivación: la necesidad de contar una historia.

El juez y el pescador

Capítulo I

Juan Monteverde alzó la mirada hasta la luz del poste para distinguir si efectivamente nevaba. Por más insólito que le resultase, la garúa parecía cada vez más espesa y el frío de aquella noche se había vuelto realmente demoledor. Incluso siendo invierno, el clima era brutal. El aire helado que ingresaba en sus pulmones lo paralizaba. Por lo menos debía tratarse de aguanieve, aunque no se le volvía sencillo determinarlo: un constante pitido ensordecedor le impedía pensar con claridad. Se había apoyado sobre sus rodillas y aun así no podía recuperar el aliento. Ya no escuchaba pasos alrededor y, por más improbable que fuera, por un momento coqueteó con la idea de encontrarse completamente solo. Se sinceró: no era tan veloz como decía ser. Los charcos de agua que se acumulaban sobre las baldosas reflejaban las luces de las farolas formando pequeñas centellas que brillaban y parecían tiritar.

Cerró los ojos y largó un quejido, luego miró hacia ambos lados de la calle y notó que por algún motivo se le dificultaba enfocar la vista. Su pelo se encontraba ya completamente mojado, y sintió cómo un hilo de agua bajaba lentamente por su nuca. Un escalofrío se esparció por toda su espalda. Calculaba haber corrido al menos cinco cuadras por aquella desolada calle peatonal y se sorprendió al encontrar una ciudad entera en completa somnolencia. Debía ser cerca de medianoche aunque no podía precisarlo.

A pesar de su juventud, en aquel momento se sentía un anciano. Sus pasos se habían vuelto lentos y con mucha más torpeza de lo habitual. Su respiración se entrecortaba y ya había empezado a jadear. Tuvo que correr con su brazo unas ramas de la planta que salía del cantero y que le estorbaban el paso y cuando bajó la mirada notó que de alguna forma se había embarrado la pierna derecha desde la cintura para abajo. Su vista se tornaba cada vez más borrosa. Comenzaba a desconfiar de sus sentidos. El jean se le había pegado a la pierna de tal manera que probablemente fuera eso lo que le dificultaba el andar. Le faltaban unos veinte metros para llegar hasta la esquina, luego doblaría a la derecha y, con suerte, haría un par de metros más hasta la avenida. Le invadió un fuerte deseo de abrazar a su pequeña hija y no pudo evitar derramar un par de lágrimas.

Muchas veces supo sentirse omnipotente y capaz de anteponerse a los más arduos desafíos. Incluso, en una oportunidad le había esquivado a la muerte. Había presumido de ello centenares de veces y noches enteras en las que no paró de alardear. Solía decir que le había visto el rostro a la muerte y la había vencido, aunque en su fuero íntimo esa declaración le generase una fuerte contradicción. No obstante, se mostraba reacio a admitirlo. Sabía que a veces podía resultar ser un verdadero fastidio para los demás, pero él necesitaba ese protagonismo a como diera lugar.

Su rostro, pálido y angosto, hacía ya un buen tiempo había empezado a evidenciar signos de fatiga. Había perdido su expresión de picardía. El flequillo mojado se le colaba en los ojos y tenía que correrlo continuamente para poder ver. Ya podía afirmar sin vacilar que llovía y con intensidad. El agua se le filtraba entre su ropa, y sus piernas le pesaban cada vez más y quizás fuera por eso que desde hacía varios metros rengueaba. De hecho, sentía un intenso ardor en su abdomen. La vieja cicatriz del apéndice parecía titilarle y tuvo que presionarla con su mano derecha para calmar esa sensación.

Había llegado a la esquina y contempló una vez más la posibilidad de encontrarse en la más absoluta soledad. Sin embargo, alcanzó a ver uno o dos autos que pasaban por la avenida. Su pierna derecha se encontraba completamente entumecida y ya le costaba mucho caminar. Tuvo que apoyarse sobre una pared para recuperar el aliento, la que lo protegía de la incesante lluvia, y creyó encontrar allí un refugio donde descansar. Sintió la tentación de sentarse sobre las mojadas baldosas, aunque sea por unos segundos. Con mucha torpeza se dejó caer contra la pared. El pitido se había intensificado y ya no le permitía escuchar el ruido de los autos, si es que aún se encontraran allí. Contempló por unos momentos la antigua iglesia que tenía enfrente y se preguntó por qué nunca antes se había detenido a admirarla. De hecho, se cuestionó si alguna vez había ingresado a ella, aunque sea por curiosidad. Se encontraba rodeado de monumentos históricos de los que no sabía absolutamente nada.

Detrás de uno de los árboles ubicados sobre la plazoleta que daba al frente a la iglesia, vio una niña correteando alegremente; habría jurado que era su hija. Sonrió. A pesar de que aquella niña tendría unos cinco o seis años más que su hija, trató de convencerse. Quizás la llamaría por su nombre para darle ese ansiado abrazo. Quizás era ese el momento de decirle todo lo que la amaba y que daría lo que fuese por verla crecer feliz y alegre. Le daría consejos sobre el amor y le haría prometer que estudiaría y que le haría caso a su madre. Le recordaría que no había absolutamente nada más importante para él que ella.

Con enorme esfuerzo, procuró levantarse. El primer intento fue fallido. El abdomen le ardía y casi no podía respirar. Cerró los ojos con fuerza y, apoyando todo su peso en la pierna izquierda, logró pararse. Solo dos o tres pasos pudo realizar hasta que nuevamente cayó de rodillas y, con mucha frustración, vio cómo la niña ingresaba a la iglesia. No tuvo el valor, o quizás la fuerza, para gritarle. Apoyó sus manos sobre las baldosas para recuperar el aliento. Ya no le quedaban energías.

Hizo un último esfuerzo. Abrió sus brazos de par en par, cerró suavemente sus ojos y se echó hacia atrás para que la lluvia cayera directamente sobre su rostro. Por fin, después de tanto tiempo, se encontró en paz consigo mismo.

Aun cuando el zumbido era ensordecedor, escuchó los apresurados pasos sobre los charcos de agua a su espalda. Comprendió que era su hora y lo aceptó. La segunda puñalada, en la zona lumbar, terminó de inmovilizarlo. Sintió una fuerte presión del diafragma que no le permitía respirar por más que lo intentase. Su cuerpo ya no asimilaba el dolor, y aunque así no fuera no hubiese podido expresarlo. La tercera, a la altura del cuello, fue la certera. No hubo posibilidad de heroísmo. Esta vez, parecía que la muerte se cobraría su revancha.

Capítulo 2

Carlos Genovese tenía las yemas de los dedos completamente arrugadas. Se había apoyado con ambas manos sobre la pared y el agua de la ducha caía justo donde la calvicie se le empezaba a notar. Ya hacía unos cuantos minutos desde que el vapor no le permitía ver con claridad, y tuvo que pasar una toalla por el espejo para poder mirarse. Luego lo corrió y sacó de un frasco una pastilla, se la tomó junto con un sorbo de agua desde el fregadero y se lavó los dientes con cierta fatiga.

Se tomó la flacidez sobrante de su vientre con ambas manos y suspiró. Quedaba poco reflejo de alguien que corría 12 kilómetros diarios.

Salió del baño a medio secar y con una toalla sobre la cintura. En el camino se asomó por su dormitorio y le preguntó si necesitaba algo. Selene, que leía un libro, le sonrió y negó con la cabeza. La cocina era angosta y tenía una ventana que daba al hueco del edificio. Abrió la heladera y sacó una botella de agua que fue bebiendo mientras caminaba de vuelta.

Ingresando al living se resbaló y chocó un modular. El piso estaba mojado y aún no se acostumbraba a la nueva disposición de los muebles por la que Selene tanto había insistido. Tuvo que prender la luz para acomodar el desastre que había hecho. La botella había rodado por el living y mojado aún más el piso, y se había caído un adorno del mueble, ese que Selene hacía un buen tiempo que quería tirar.

Con fastidio buscó una mopa y un trapo y secó el piso de mala gana. Recogió el adorno y lo sacudió un poco para secarlo. Era de metal, de unos veinte centímetros, tenía una base negra rectangular con una pequeña inscripción en blanco, y al centro lo que parecía ser una pequeña rueda de auto apoyada sobre dos columnas. Al menos, eso creía que era. Lo contempló con serenidad por unos segundos y observó que la base se había rayado. La refregó con sus pulgares, pero no se quitaba. Suspiró y lo acomodó en su lugar.

Se recostó sobre la cama. Selene dejó el libro, apagó la luz de su velador y se puso de costado en dirección a él. La frazada le cubría solo la parte inferior de su cuerpo desnudo. Lo miraba y sonreía. Su pelo, largo y ondulado, estaba un poco enmarañado; era de color castaño claro, al igual que sus ojos. Sus labios eran finos y rosáceos. Tenía diez años menos que él y desde hacía seis meses que, noche de por medio, dormía allí.

Él la miró y le correspondió la sonrisa y ella se recostó sobre su pecho. Solo el velador de Carlos iluminaba el pequeño dormitorio de ese departamento. Hacía cuatro años que vivía allí, pero parecía recién mudado. Ningún cuadro decoraba el ambiente, solo las mesas de luz de madera y un televisor sobre una cómoda que estaba enfrente de la cama. Por cansancio había dejado a Selene para que decorara aquel pequeño departamento, pero aún no había llegado el turno del dormitorio. La lluvia había empezado a mojar la ventana, que se encontraba completamente empañada.

—¿Tenés sueño? —le preguntó ella, mientras le acariciaba el pecho.

—Es medio tarde —le contestó, mientras ella bajaba su mano hasta debajo de la toalla y se la desprendía. Carlos le quitó la mano con sumo cuidado y le besó la frente. Luego tomó el reloj despertador y, sonriendo, le señaló la hora. Apagó la luz y la besó nuevamente. Ella lo abrazó y le besó la mejilla. Luego se tapó con la frazada y se acurrucó para dormir.

Su rutina se había vuelto muy pesada y el físico comenzaba a pasarle factura. Miraba al techo, sabía que le costaría conciliar el sueño. Era muy temprano aún y aunque no lo fuera sentía su cuerpo demasiado rígido para conseguirlo. Hubo días, incluso, que no lograba dormir en absoluto, pasaba la noche en vela y apenas algo podía descansar. Sabía que lo necesitaba, pero le era muy difícil dejar de pensar.

No es que le esperara una jornada agobiante, el negocio estaba bien equipado y no precisaba de él para funcionar. Se había vuelto prescindible en la agencia de autos y no terminaba de comprender lo que ello significaba: ser prescindible de su propio negocio. Podría tomarse el tiempo que quisiera, nadie se lo impediría. Podría ocuparse de cuestiones pendientes y resolver algunos de sus mayores enigmas; su hijo era uno de ellos. Desde su separación, la relación con su hijo cambió. Temía que lo culpara, que lo hiciera sentir responsable de fracturar una familia. Poco sabía de él. Le resultaba más sencillo cuando era un niño, cuando Mariana le ayudaba a ejercer la paternidad. Franco ya era un adolescente y la relación con él estaba más distante que nunca. Quería saber de él, lo necesitaba, pero no sabía cómo.

Se puso de costado y acomodó la almohada. Selene dormía profundamente, su respiración era intensa y Carlos sintió envidia al verla así, tan libre. Se había desparramado por su lado y aun así no perdía su encanto.

De todas las relaciones —fugaces— que había tenido después de Mariana, la que estaba construyendo con Selene era, sin lugar a dudas, la más real. Casi que se sentía que había formado un hogar.

La había conocido en la exposición de autos en Buenos Aires. Era casi 1996 y en un verano particularmente caluroso; lo recordaba y sentía que su cuerpo comenzaba a transpirar. Le huía a Capital Federal. La insistencia de Esteban Petroli fue lo que lo había empujado: “Necesitamos establecer contactos con la gente de allá”. Carlos era el jefe, pero había momentos en los que no los podía disuadir. Siempre tuvo una excelente relación con sus trabajadores, llegando incluso a formar lazos de amistad.

Recorriendo el sector de autos de alta gama, la vio. Primero le llamó la atención su altura, que con aquellos zapatos de taco fino casi llegaba a su metro ochenta. Ella hablaba con una pareja y se la veía elocuente, elegante y carismática. No pudo determinar qué estaban diciendo, pero poco tendría que ver con autos. El lugar era enorme, estaba muy concurrido y todos parecían estar más ocupados por tener su copa llena que por ver de cerca un vehículo. Se había detenido frente a un Porsche y simulaba observarlo, y cada tanto giraba la vista hasta ella. Acomodó su peinado, se puso la mano cerca de la boca, exhaló para sentir su aliento y metió su camisa entre sus pantalones.

No fue hasta la tercera vez que giró su cuello para verla que la perdió. La pareja seguía allí, hablaban entre ellos, pero no había señales de ella. Cuando volvió sobre el auto la encontró enfrente de él, observándolo con su mano en el mentón, pensativa. “¿Me estás vigilando o estoy siendo paranoica?”, le había dicho. Su picardía lo había encandilado. Una sonrisa indescifrable y una mirada furtiva.

El hecho de que fuera cordobesa le maravilló. Aunque, de haber sido porteña, por ella hubiera hecho una excepción. Recordó aquella primera charla al lado del Porsche, de por lo menos una hora. Allí mismo la había invitado a cenar a un restaurante cercano a su hotel.

Sonrió de vergüenza. Tenía un jean negro y sus mocasines estaban sin lustrar. Le reconfortó, al menos, haber estado rasurado. Pero lo que lo incomodaba, de sobremanera, era la camisa gris con una marcada aureola de sudor en sus axilas, aunque realmente no le importaba, estaba interesado en saber todo sobre ella.

Nunca olvidaría aquella cena; había ordenado un corte de matambre, lo que lo hizo transpirar más; ella en cambio, una ensalada. Su vestido le invitaba a darse una idea de la perfección de su cuerpo. Estaba tonificado seguramente por horas de gimnasio. Si hacía un esfuerzo, podría saborear el vino que ella había elegido; no recordaba el nombre, pero sí lo que había costado. Igualmente, lo había valido.

Caminaron juntos al hotel, hablando con completa fluidez. Sonreía al recordar cómo ella gesticulaba cada vez que explicaba algo. La vereda les pertenecía y los demás tenían que correrse de su camino para evitar darse contra ellos. La noche era húmeda y el calor era insoportable. Iba con las manos en los bolsillos procurando no mover mucho los brazos. Le había contado de su pasión por la cocina con tanta precisión que Carlos se había visto tentado de cuestionar su elección en la cena. Pero no podía, quería seguir apreciándola.

Ella luego dijo que fue por el vino, pero cuando llegaron hasta el hall de ingreso lo tomó de la mano y entró junto a él. Carlos recordó cómo su corazón retumbaba en su pecho como un tambor de guerra. Saboreó una vez más ese beso apasionado en el ascensor y esa sensación de no poder quitar sus manos de su cuerpo ni siquiera para abrir la puerta de la habitación. Sonrió al repasar la complicidad que ella le había regalado cuando una abuela pasaba por el pasillo mirándolos escandalizada. Recordó el momento justo en que dejó de sentirse obsoleto, cuando sintió una pizca de juventud. Se aferraría a ella.

Carlos observaba a Selene dormir. Ya eran casi las 3 y aún seguía sin poder conciliar el sueño, pero sus pensamientos lo habían agotado. Sabía que debía sentirse afortunado por haberla conocido. La quería y se había acostumbrado a su presencia. Valoraba que se preocupara por él y quizás el sexo con ella era el remedio más efectivo que había encontrado para poder dormir. Se sentía demasiado cansado.

Media hora más tarde, Carlos cayó en un sueño profundo.

Capítulo 3

El reloj le marcaba las 20:15. Cayetana tomaba su segundo café. El bar se encontraba en diagonal a la librería y no había ninguna duda de que era el mejor lugar para montar vigilancia. La luz era tenue y la mesa estaba ubicada frente a la vidriera que daba al exterior. El frío lograba colarse, por lo que en ningún momento consideró quitarse la campera de lana que llevaba puesta. La vista no era la mejor, pero tenía varios puntos a favor. Primero, el bar tenía dos salidas, por si acaso él decidiera entrar al café; situación que consideraba improbable, pero que tenía que contemplar. Segundo, desde allí podía ver qué dirección tomaría, para luego continuar con la segunda etapa de vigilancia. Si salía rumbo a la derecha, se dirigiría hacia la parada del colectivo que normalmente utilizaba para ir a su casa. Si en cambio enfilaba hacia la izquierda, algo raro habría.

El plan era bueno, igualmente, nada podía borrar la sensación de preocupación de su rostro. Tenía veinticinco años, pero con el ceño fruncido de la forma en que lo tenía, aparentaba un par más. Normalmente hubiera esbozado esa tibia sonrisa que la caracterizaba y sin lugar a dudas no hubiera estado sola, tomando un café, en un bar del centro; menos, por los motivos que la impulsaban. Hubiera hecho las cosas de manera muy distinta. Pero no era un día habitual. Un día habitual hubiera sido salir de su trabajo, pasar por la casa de sus padres y retirar a Clementina y llegar, cuanto antes, a su hogar. Máximo 18:45 en casa y en pijama. Pero no era un día ordinario.

Miró nuevamente su reloj y empezó a impacientarse. Quince minutos ya habían pasado desde el horario habitual en el cual su marido debería haber salido de su trabajo. Quince minutos que parecían una eternidad. Hacía varios meses que sentía esa agonía agobiante; pero ya no, se había puesto objetivos y los iba a cumplir. La ansiedad era tal que se hubiera fumado un cigarrillo sin ningún tipo de remordimiento. Hacía un par de años que lo había dejado, principalmente por el nacimiento de su hija, pero en aquel momento la ansiedad la dominaba. No podía claudicar.

Al fin vio que la luz de la librería se apagaba. Era el momento y estaba preparada. Hacía media hora que había pagado su cuenta por las dudas y se encontraba expectante sin posibilidad de disimularlo. Al cabo de un par de minutos, su marido finalmente salió por la puerta del negocio y cerró con llave. Cayetana no reparó en que se había levantado y estaba apoyada con ambas manos sobre el cristal.

Vio que salió en dirección hacia la parada del colectivo. Sentía sus palpitaciones y un cosquilleo le surgía desde el bajo vientre. Por un momento pensó que todo estaría bien, que había sido una exageración de su parte y que tendría que recompensarlo por haber dudado de él. Visualizó una foto de su familia y creyó esbozar una sonrisa. Pero no había que apresurarse en sacar conclusiones. Salió por la puerta lateral con cierto apuro y comenzó a seguirlo. Serían dos cuadras hasta llegar a la parada de colectivos. Se colocó la capucha de su campera y tomó una distancia prudencial, si bien a esa hora la peatonal era concurrida, no había que correr riesgos innecesarios. Su pelo negro y ondulado cubría su rostro. Lo tendría a unos treinta o cuarenta metros, pero su andar cansino y desgarbado lo hacían inconfundible.

Cayetana sintió que su mente se ponía en blanco. Sus recuerdos se desvanecían y volvía a la realidad.

—Yo entiendo que sea difícil esto, señora —dijo el hombre de cuerpo macizo y cachetes enrojecidos, seguramente por el frío que hacía en esa oficina—. Le pido que haga memoria de todo lo que recuerda.

Cayetana se tapó la boca con la mano y empezó a llorar nuevamente. Eran las 4 y se encontraba en una pequeña oficina, frente a un oficial que le tomaba la declaración. De la Fiscalía, tal como le habían dicho, estaba el inspector Florencio Rossi. Unas horas antes, la policía había llegado a su casa para informarle sobre la muerte de su marido. Luego del desconcierto, Cayetana cayó en la cuenta de lo que había ocurrido. Su marido había muerto, asesinado a sangre fría, asesinado a sangre fría en plena Manzana Jesuítica. A metros de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba.

Durante todo el trayecto hasta llegar a la unidad judicial, no había podido salir de ese estado catatónico. Varios minutos habían tenido que pasar hasta que pudiera recomponerse. Pudo contar que su marido era Juan Monteverde, que tenía veintiocho años, que trabajaba hacía poco menos de un año en una librería en el centro. Que estaban casados hacía dos años, y que tenían una hija llamada Clementina. Que vivían en una casa modesta y que no tenían enemigos, deudas ni nada que se le pareciese. Que lo esperaba tarde esa noche porque su marido le había dicho que iba a salir con un amigo a tomar unas cervezas.

Cayetana observaba al inspector Rossi. Parecía que prestaba atención a la declaración atentamente. Se encontraba completamente desalineado, quizás por lo tarde que era. Tenía un cárdigan marrón gastado en los codos y su camisa le sobresalía por la cintura. Su pelo era blanco y, seguramente, por el tono de su piel, en su juventud había sido pelirrojo. Hubo un momento en que se había mostrado muy intrigado e insistente con las preguntas. En aquel momento, Cayetana se había quebrado al hablar.

Recordaba con precisión los momentos en aquella peatonal, cuando seguía a su marido. Su ansiedad le hacía apurar el paso y tenía que detenerse en una que otra vidriera para evitar ser descubierta. Una cuadra más y tendría que tomar el colectivo con destino a su hogar. El frío parecía más intenso y Cayetana se percató de que había empezado a rechinar los dientes. Juan iba a paso muy lento, con las manos en los bolsillos de la campera y la mirada hacia el piso. Su andar era inconfundible, lo que hacía todo más sencillo para ella. Por un instante, consideró que era una locura lo que estaba haciendo. Sentía una fuerte contradicción, dos sentimientos encontrados que chocaban desde el comienzo de esa travesía.

Pensó en claudicar, lo alcanzaría y lo tomaría del brazo. Le diría que quería sorprenderlo o algo por el estilo y que no había podido resistirse de ir a abrazarlo. Fácilmente podría enterrar ese sentimiento de culpa y no habría forma de exponer su inseguridad. Al fin y al cabo, un matrimonio se basaba en la confianza, de eso se trataba. En contrapartida, la amargura y desolación. Necesitaba tener certezas. Sus instintos rara vez fallaban y tenía que corroborarlo, lo necesitaba. No podía pasar otro día conviviendo con esa incertidumbre.

Juan dobló en la esquina con dirección a la parada de colectivos y ella sintió que se le aflojaban las piernas. Se iría a su casa, a su hogar, junto a su mujer y su pequeña hija. Ya no tendría motivos para sospechar de él. Toda la angustia de los últimos meses había sido infundada. Ya se sentía más aliviada y no se le marcaba el ceño fruncido. De hecho, había esbozado una tibia sonrisa. Comenzó a acelerar el paso para alcanzarlo antes de que llegue el colectivo. Quería sorprenderlo.

De pronto, se paró en seco. Su cuerpo se inmovilizó al ver cómo su marido pasaba la parada y seguía su marcha. Se tomó la frente y sintió cómo un calor intenso le subía por la garganta. Le costaba pensar. La vereda era angosta y la gente que pasaba comenzaba a chocarla. El frío parecía haberse disipado y el calor se convirtió en un cosquilleo que le bajaba desde el cuello hasta el bajo vientre. Cuando volvió en sí, cayó en la cuenta de que su marido comenzaba a perderse entre la gente que caminaba por aquella angosta vereda. Se limpió una incipiente lágrima con el puño de la mano y decidió seguir con su objetivo.

Cayetana tenía la mirada perdida y respondía de manera automática. A su derecha, un caloventor le quemaba las piernas, pero haría demasiado frío si lo alejaba. El inspector Rossi se mostraba dubitativo sobre cómo seguir. Se rascó la cabeza, un par de veces tomó aire y parecía que comenzaría a hablar y luego callaba. El clima era tenso y el silencio prolongado solo lo pronunciaba más. El ruido de la puerta abriéndose asustó a Cayetana, quien giró para ver quién entraba.

Era una mujer, de unos cuarenta y cinco años. Su pelo era negro y largo y lo tenía completamente mojado. Vestía un piloto negro empapado, que tuvo que dejar colgado al lado de la puerta. Se acercó a Rossi, quien estiró el cuello para escuchar lo que le decía al oído. Este parecía escuchar atentamente, tenía la mirada perdida en el techo y se mordía los labios. Luego se dirigió a Cayetana y presentó a la mujer como la inspectora Gutiérrez, quien formaba parte del equipo de Dirección de Investigación Operativa de la Fiscalía junto con él. La mujer asintió con la cabeza mientras miraba a Cayetana, recogió una carpeta y se retiró, sin más. Rossi se rascó nuevamente la cabeza y al fin pudo esbozar una pregunta.

—Hay algo que no entiendo, si usted desconfiaba de su marido, ¿cómo fue que usted tuvo la certeza de que lo tenía que seguir esa noche? ¿Por qué afirma que si se hubiera subido al colectivo hubiese tenido la certeza de que no había nada raro?

Cayetana hizo una pausa y carraspeó. Explicó que él tenía una rutina marcada. Que había empezado a decirle ciertos días puntuales que quizás llegaría más tarde a casa. Pero que se trataba de cuestiones de trabajo. Le explicó al inspector que había notado que solo los jueves llegaba efectivamente tarde, los otros días no. Había llegado a la conclusión de que, si pasaba algo raro, tendría que ser un jueves.

Cayetana seguía a paso firme y con determinación. Tenía el ceño fruncido más que nunca. Cinco cuadras siguiendo a su marido a un destino que parecía incierto.

Juan dobló en una calle lateral y poco transitada. Era más bien un pasaje. La luz de aquella arteria era mucho más tenue. Cayetana tomó los recaudos suficientes para evitar ser descubierta y cruzó de vereda para tener una vista mejor. Su marido se frenó en la única casa que había en esa callejuela; era una antigua casa rodeada de edificios. Tenía una pequeña pirca con una puerta baja y un jardín exterior de unos dos metros de profundidad. Una farola iluminaba la ancha puerta marrón de la casa.

Cayetana se encontraba a unos treinta metros, detrás de un Renault 19 que estaba estacionado en la callejuela. Estaba abstraída de cualquier emoción. Miraba fijamente a su marido, que esperaba con las manos en los bolsillos. Al cabo de unos segundos, la puerta se abrió y una mujer se asomó. No escuchó lo que dijo Juan, pero aquella mujer abrió la puerta de par en par, le dio un abrazo a su marido y luego un beso que duró varios segundos. Posteriormente tomó a Juan de la mano y ambos ingresaron a la casa.

Cayetana estaba absorta. Tenía la mirada perdida y respiraba por la boca. Se dejó caer sobre el cordón de la vereda y allí quedó sentada. Sus peores temores cobraban vida, eran palpables. Se cubrió la cara con ambas manos y comenzó a llorar. Pensó en su familia, en su hija y en todos los desafíos que habían tenido. Este era un obstáculo muy difícil de sortear. Por más que quisiera, no creía ser capaz de perdonarlo. No sabría cómo abordarlo y cómo exigirle explicaciones. Su vida, tal como la conocía, había cambiado.

Cayetana tenía la mirada perdida y parecía no percatarse de que las lágrimas le recorrían el rostro. Una semana después de confirmar el romance de su marido se encontraba en una unidad judicial declarando. Su marido había muerto, y no había tenido tiempo —ni el coraje— de confrontarlo por aquella infidelidad. Había muerto. Le costaba asimilarlo. Su marido había muerto en pleno centro. Qué importaba ahora la aventura de su marido si alguien lo había matado. No solo que había muerto, sino que alguien lo había matado. Ese pensamiento le causó un escozor tal que dejó de pensar en cualquier otra cosa. Alguien había asesinado a sangre fría a su marido. Sintió un escalofrío que le recorrió toda la espalda y que la hizo salir de su letargo. Miró atemorizada a Rossi y con la voz entrecortada le preguntó.

—¿Usted cree que yo estoy en peligro? —La pregunta descolocó a Rossi—. Tienen que agarrar al que hizo esto.

—Quédese tranquila, Cayetana —Rossi le extendió la mano—. ¿Por qué debería estar en peligro?

—Porque si lo mataron a él, me pueden matar a mí —dijo atemorizada.

—¿Y por qué alguien querría matar a ambos? —preguntó con suspicacia.

—No lo sé… —decía mientras lloraba—, no entiendo qué está pasando.

—No se preocupe, lo vamos a averiguar.

Su mano derecha no paraba de temblar y así y todo se las ingenió para firmar la declaración. Luego, Rossi la escoltó por un pasillo hasta llegar a una puerta donde una mujer la esperaba. Tenía puesto un ambo blanco, por lo que dedujo que se trataba de una médica. Tenía movimientos delicados y una voz suave. Le indicó que iba a revisarla para asegurarse de que se encontrara en condiciones de volver a su hogar. Que era normal sufrir estrés luego de la noticia recibida y que quizás conviniera darle una medicación que la ayudase a descansar. Cayetana no comprendía muy bien lo que estaba haciendo, pero seguía las instrucciones de la doctora, quien le revisó las pupilas, luego, la presión. Primero la tomó de las muñecas por unos segundos y después utilizó un tensiómetro.

Rossi miraba atentamente con una mano tapándose la boca. La doctora lo miró y le sonrió, y le indicó que saliera al pasillo por un momento, a lo que el inspector Rossi obedeció. Cayetana se sentía extenuada y solo deseaba volver a su casa a descansar. Pensó en llamar a sus padres y preguntar si su hija dormía y si había comido bien. Era la primera vez que estaba tanto tiempo separada de ella y le aterró la idea de no haber pensado en ella durante toda la noche. Sintió el impulso de llamar a sus padres, seguramente ellos tampoco habían dormido. Habrían estado atentos al teléfono para tener algún tipo de indicio de lo ocurrido con Juan.

—Necesito ir a mi casa —dijo Cayetana con la voz quebrada—. Tengo que ir a ver a mi hija.

—Solo un ratito más y ya te dejo ir —le dijo con una sonrisa.

La doctora salió un momento y parecía que hablaba con Rossi, pero estaba muy cansada y no pudo escuchar lo que decían. Había cerrado los ojos y parecía que se iba a dormir. Aquella noche parecía interminable. Rossi ingresó al consultorio y le indicó a Cayetana que la iba a trasladar a su casa. La doctora, que había ingresado con el inspector, buscó en el cajón de su escritorio unas pastillas y se las entregó. Le dijo que solo las tomase si tenía problemas para dormir. Las recibió de cortesía, pero pensó que no las necesitaría, lo que más quería era dormir con su hija.

De camino a su casa, Cayetana tenía la cabeza apoyada sobre la ventana del asiento de acompañante del Peugeot 405 que manejaba Rossi. Las luces del alumbrado público iluminaban su rostro y revelaban la lenta velocidad a la que iban. Tenía la mirada perdida. Sus ojeras estaban muy marcadas, tenía la boca entreabierta y la mente en blanco. Se sentía vacía y le costaba procesar sobre todo lo ocurrido. Solo deseaba abrazar a su hija. Pensó en lo que iba a ser para ella crecer sin su padre. Pensó en qué le diría y cómo sería su vida de acá en adelante. Esa idea le atravesó el pecho como una daga.

Durante todo el trayecto el inspector Rossi permaneció en completo silencio. Una vez que llegaron a la casa de los padres de Cayetana, este frenó y puso el freno de mano. Ella abrió la puerta y cuando puso un pie sobre la vereda el inspector por fin habló.

—No se preocupe, Cayetana —dijo con tono amable—. Le prometo que vamos a hacer lo imposible por encontrar al culpable de esto —ella giró sobre el asiento y lo miró fijamente.

—Es lo que más quiero, pero eso no me lo va a devolver —dijo con la voz quebrada—. Ahora solo quiero ver a mi hija —dijo y se bajó del auto.

Cayetana bajó del auto y recorrió los pocos metros que separaban la vereda de la puerta de ingreso a la casa, donde ya estaba su padre bajo la luz aún encendida del porche de entrada. Cayetana miró hacia atrás de reojo y vio a Rossi, quien continuaba con el auto en marcha, como si estuviera esperando que ella ingrese a la casa.

Su padre la abrazó y ella le correspondió. Bajo la luz del porche Cayetana se quebró y dejó salir toda su angustia. Ya nada sería igual.

Capítulo 4

Las tostadas llevaban sobre la mesa una media hora, según sus cálculos. Carlos, aún con la modorra de la mañana, arrastraba las pantuflas por el departamento. Las mangas de su bata le incomodaban y le hacían realizar movimientos torpes. Su frente tenía marcada las arrugas de su expresión.

No tuvo reparos en bajar hasta el quiosco de revistas tal como estaba vestido. Cruzó la calle y saludó al viejo canillita. Le pidió la edición del diario y le dejó las monedas sobre una pila de ellos. Quería evitar cualquier tipo de conversación, y en mayor medida si el canillita le hablaba sobre lo difícil de la economía del país. Sonreiría y terminaría la conversación incluso antes de que hubiere comenzado. Como cada mañana, se escabulliría y dejaría al viejo hablando solo.

Subió con la edición del diario bajo el brazo e ingresó de nuevo a su departamento. La salida a la calle le había congelado el cuerpo. Se dejó caer sobre una silla de madera, que rechinó sobre la cerámica. Se refregó los ojos y dio un sorbo de café mientras abría el diario. Hizo una pausa y se miró a sí mismo, reparó en los detalles. No la había escuchado levantarse, y de alguna forma se las había arreglado para dejarle el desayuno listo; pensó que quizás debiera reconocerle más seguido aquellos gestos. Eran las siete y cuarto y ya seguramente estaría trabajando en un cubículo, mientras él disfrutaba de su café de filtro preferido. Aquellos eran pequeños placeres que disfrutaba. Preparó una tostada con mermelada de ciruela y le dio un bocado; el crujido le resonó en las sienes, y Carlos cerró los ojos para saborearla mejor. Salteó la sección política. No le gustaba leer sobre la realidad.

Salió de su hogar pasadas las 8; hacía tiempo que había perdido la costumbre de ser el primero en llegar. Tendría unos quince minutos hasta llegar a la agencia de autos y parecía no llevar apuro. Tomaba siempre la misma ruta y rara vez se salía de su rutina. Sin embargo, por algún motivo decidió ir por el camino más largo, como si por alguna razón quisiera demorarse en llegar. Hacía frío, el cielo estaba cubierto de nubes y en las calles había charcos de agua por la lluvia de la noche anterior. Llevaba una campera de cuero marrón gastada y un jean negro. El clima le sentía bien, siempre había preferido el frío.

Sabía con certeza lo que estaba ocurriendo en la agencia. Paula no perdería el tiempo y encendería todas las luces. Luego iría hasta el portón del fondo para que todos pudiesen ingresar. Pensó en el ruido del taco de sus zapatos retumbando en el salón, ruido de pasos cortos y apresurados.

Paula era de su confianza. Tenía cuarenta y cinco años y un evidente desorden alimenticio. Seguramente aún no habría llegado nadie y ella ya habría cumplido con su rutina matutina de recorrer las instalaciones y dejar todo listo. Se sentaría en su escritorio con una taza de café y una bolsa de bizcochos. Todos los empleados de la agencia eran invitados a sacar alguno, pero lo cierto es que la mayoría los comía ella.

De a poco irían llegando los trabajadores de aquella pequeña agencia de autos. Por mandato de Carlos todos tenían que ingresar por el portón trasero. Era un local chico en comparación de las fastuosas concesionarias que tenía alrededor, sin embargo, estaba muy bien equipada. Tenía un sector donde estaban los vehículos de exposición y un par de escritorios para los vendedores. Luego, sobre la derecha estaban los despachos privados de Carlos y Paula. Hacia el fondo, una pared con un portón dividía la parte comercial del taller mecánico.

Pensó que los primeros en llegar, casi en conjunto, serían Darío Bustamante y Esteban Petroli, los vendedores. Se asomarían por el privado de Paula y se dirigirían hasta sus lugares, no sin antes tomar cada uno un bizcocho.

El jefe del taller mecánico era Enrique Fagastti. Podía desarmar un auto con los ojos cerrados si quería. Era el empleado más antiguo de Carlos —había comenzado a trabajar con solo dieciocho años— y este depositaba toda su confianza en él. Nadie lo contradecía en materia mecánica.

Carlos ingresó por el portón del fondo. Vio que Enrique se encontraba sentado de brazos cruzados sobre un par de cubiertas apiladas que eran de un Peugeot 505 que estaba en la fosa, a unos metros; al frente estaba Felipe. Era un chico de veinticinco años, tenía muy presente su edad porque hacía solo un par de meses que había festejado su cumpleaños. Ya tenía puesto su mameluco de trabajo y caminaba de un lado hacia el otro mientras hablaba con Enrique. Paula se acercó a ellos con una bolsa de bizcochos y con una mano se protegía los ojos por el reflejo del sol.

Notó la expresión de preocupación de Felipe. El ayudante de Enrique era flaco y de un metro setenta aproximadamente. Llevaba puesto una gorra de la agencia que hacía su cara aún más angular. Su habitual expresión de alegría se había borrado y en él solo había angustia. Carlos notó que ya se había limpiado un par de veces las lágrimas.

—¿Qué pasó, nene? —dijo Carlos en un tono casi paternal.

Felipe tomó aire para hablar, pero un llanto repentino no le permitió decir ni una sola palabra. Lo abrazó y comenzó a llorar desconsoladamente. Carlos lo sostuvo y miró a Paula, que parecía no entender nada de lo que estaba sucediendo, y luego a Enrique, quien tenía la mirada perdida en el suelo.

—¿Pero qué fue lo que pasó? —el tono de Carlos mostraba preocupación, y cierto enojo ante la falta de respuestas. Enrique levantó la vista, tenía los ojos rojos y tristes.

—Carlos…, anoche mataron a Juan —dijo en seco.

Carlos quedó inexpresivo, como mirando a la nada. No podía creer lo que acababa de escuchar. Enrique se tapó los ojos con su mano y Paula dejó caer la bolsa de bizcochos. Hubo un silencio prolongado y solo se escuchaba el llanto de Felipe, quien se aferraba a Carlos estrujándole la campera. Paula, con voz nerviosa, empezó a preguntar qué era lo que había pasado.

—Parece que lo agarraron anoche, saliendo del trabajo —dijo Enrique—. Se ve que le robaron —dijo con resignación.

Carlos estaba desconcertado. Hacía casi un año que Juan Monteverde no trabajaba más allí. Había sido un excelente vendedor de autos. Paula le había confesado que una mañana, de la nada, había ido hasta su oficina para confiarle que quería renunciar, que no podía seguir ahí, que estaba estresado y que necesitaba un cambio de aire. Ella le confió a Carlos que esa noticia no la había tomado por sorpresa.

Carlos intentaba consolar al chico. Aquel funesto acontecimiento sin lugar a dudas era un duro golpe para él. Juan y Felipe se habían vuelto muy amigos, quizás por la edad, por la cercanía de sus hogares o por la pasión por Instituto de Córdoba.

Miró de reojo a Paula, que volvía hacia su despacho cubriéndose el rostro. La siguió. Se asomó por la puerta, pero se vio impedido de ingresar. Sentía cómo esa oficina se achicaba; era demasiado pequeña y el escritorio en forma de L ocupaba la mayor parte. La ventana estaba con la cortina americana levantada y el sol le daba plenamente. Podía percibir cómo le aumentaban las palpitaciones, no podía creer lo que había ocurrido. No obstante ello, procuró estar sereno. Lo último que quería era alimentar la angustia de sus empleados.

—¿Estás bien? —preguntó Carlos, desde la puerta.

—Sí, sí —decía mientras parecía que trataba de organizar unas carpetas. Luego se frenó y lo miró a los ojos—. Carlos, no puedo creer que haya pasado esto.

—Yo tampoco —dijo mientras se sentaba en una silla que estaba enfrente al escritorio de Paula—. Esto es como volver a pasar por toda la mierda de nuevo. —Aunque no quisiera, su voz era temblorosa—. Andá a decirle a Esteban y Darío. Vamos a cerrar hoy —Paula asintió con la cabeza, se limpió una lágrima de la mejilla con su puño, se levantó y lo miró como si esperara que la siguiera.

—Andá yendo, yo hago una llamada y voy —le dijo, mientras agarraba el tubo del teléfono. Hizo una pausa y miró hacia techo de la oficina. Se preguntó cuándo había sido la última vez que había visto a Juan Monteverde. No podía recordarlo.

Capítulo 5

Antonella se había apoyado sobre la mesada de la pequeña cocina. Los cabellos rubios le habían tapado el rostro, lo que en algún punto le reconfortaba. No le gustaba que la vieran allí. Llevaba una camisa blanca ajustada y un pantalón negro. Los muebles negros de esa cocina la hacían incluso más pequeña de lo que realmente era. Las oficinas de aquel estudio jurídico eran enormes y por algún motivo la cocina era un pasillo angosto con una heladera y una mesada de dos metros, que continuaba con una bacha y una cocina —que nadie usaba—. Con movimientos delicados, corrió su pelo detrás de sus orejas y miró la cafetera, que aún seguía largando café. Sus grandes ojos azules destacaban una mirada cautivante. Un pequeño lunar sobre la mejilla derecha resaltaba sus labios rosados.

La cafetera no terminaba de largar el café y ya se mostraba impaciente. Arrugaba la boca y tenía el ceño fruncido; la espera le generaba fastidio. Tenía veintitrés años, le faltaban cuatro materias para recibirse de abogada y allí se encontraba, en el prestigioso Estudio Jurídico Garzón & Breglia, haciendo café. Era viernes dieciocho de julio de 1997, hacía exactamente tres meses que había comenzado a trabajar allí y su tarea principal era la de hacer café. Pensó en su padre, juez federal, y quien le había conseguido ese puesto laboral a partir de su amistad con Octavio Garzón. Recordó aquel domingo cuando su padre volvió de jugar al golf y le contó que tenía todo acordado para que comenzara a trabajar allí.

Era uno de los estudios jurídicos más importantes de Buenos Aires. Pensó en la enorme posibilidad de crecimiento que se le había presentado. Se imaginó en el área de contratos internacionales, trabajando con empresas del extranjero. Retomaría rápidamente los estudios de inglés y portugués, que seguramente le servirían para tener un diálogo más fluido con los clientes extranjeros. Coqueteó incluso con la idea de comenzar a estudiar alemán; sería importante para ella tener una buena formación y dar una buena impresión. Con mucho esfuerzo y predisposición podría cumplir con todo. Solo le quedaba una materia que podía considerar como “compleja”, las otras tres no les iban a representar ningún obstáculo.

Había escuchado hablar de los cinco pisos de oficinas que comprendía el estudio, ubicados a cien metros del Congreso de la Nación. Se imaginó allí, con un escritorio con vistas a la plaza del Congreso, hablando por teléfono con clientes extranjeros, arreglando contratos millonarios. Le llevaría tiempo, pero en algún momento podría ahorrar para comprarse un auto lujoso y mudarse a un departamento en zona norte. Sería sofisticada y elegante. Era el momento justo y la posibilidad de comenzar su carrera, sin estar a la sombra de su padre. Pero estaba en la cocina, haciendo café.

Luego de una eternidad, estaba listo. Tomó una bandeja que estaba sobre la mesada y llenó tres tazas de café. Tenía que recorrer varios metros hasta llegar a la ostentosa oficina del Dr. Garzón. Había entrado solo dos veces allí y le había resultado una experiencia abrumadora. Nunca había visto muebles de esa calidad; le recordaban al Bristol de París, de cuando su padre la llevó para sus quince años. La oficina tenía una puerta doble de ingreso.

Cuando entró, reparó que era más grande de lo que la recordaba. Tenía piso de alfombra color marfil. Al fondo, a lo lejos, se podía ver el enorme escritorio estilo inglés, con una biblioteca detrás, llena de libros antiguos. A la izquierda, un solo ventanal que daba a la plaza del Congreso. Era el piso diez y pensó que si uno se sentara en el escritorio del Dr. Garzón podría ver fácilmente el Congreso. Sobre la derecha había una pared con varios títulos. También tenía un cuadro, de algún artista reconocido seguramente, y un reloj de pie antiguo, que de alguna forma lograba dividir el espacio.

Al ingreso se apreciaba un juego de living bajo una araña de cristal. Allí se encontraba su jefe, el Dr. Garzón. Estaba sobre un sillón de tres cuerpos que daba la espalda al ventanal. Era un hombre de unos sesenta años, con escaso pelo, aunque engominado. Tenía una papada que parecía cueros colgando, apretados por el botón de su camisa. Llevaba una colorida corbata a rombos de colores y un traje color gris. En aquel momento, Antonella sintió revulsión. Lo veía allí, hablando fuerte y haciendo chistes y pantomimas. Eran las 10 y ella pensó que seguramente se había pasado toda la mañana así.

En los otros dos sillones individuales se encontraban un hombre de unos cincuenta años y otro un poco más joven; ambos tenían un aspecto tenebroso. El más viejo tenía un prominente bigote que le tapaba el labio superior, tenía la cara redondeada y parecía bastante fornido. Llevaba traje y corbata color negro. El otro tenía una campera de cuero negra y un pantalón oscuro y unos zapatos negros con punta. Su aspecto era aterrador: pelo enrulado, facciones toscas y barba de cinco días. Notó cómo aquel hombre no le quitaba la mirada de encima y fue allí cuando Antonella por fin comprendió que ese fastuoso estudio jurídico tenía muy poco glamour. Tuvo que hacer un esfuerzo muy grande por no expresar el desagrado que sintió por esa persona. Los hombres hablaban, pero ella no pudo —ni quiso— entender qué decían, solo quería salir rápidamente de allí, aun cuando la elegancia de esa oficina la había cautivado.

Dejó la bandeja sobre la mesa ratona con sumo cuidado. No quería interrumpir.

—Nena —dijo Garzón con tono amable—, por favor, andá hasta el escritorio y tráeme la carpeta que hay ahí.

Antonella asintió a su jefe y fue hasta el enorme escritorio; se detuvo en admirarlo, era de ébano, brillaba y estaba impoluto. Había soñado muchas veces con tener uno así, exactamente así. Una lámpara antigua lo decoraba: tenía una campana verde y le daba un aspecto señorial. Había suficiente espacio para varios portarretratos. Sintió la tentación de sentarse sobre aquel sillón de cuero; probablemente su metro sesenta y uno la harían sentir diminuta en la inmensidad de ese sitial. Se preguntó si sería tan cómodo como lo aparentaba.

Recordó por qué se encontraba allí. Tomó la carpeta color ocre y se la llevó a su jefe. Cuando se la entregó, este le pidió que retirara la bandeja y que le trajera una jarra con agua. Nuevamente un sutil “por favor”. Creía que nunca lo había escuchado, ni una sola vez, y era la segunda vez que se lo decía. Por más que eso le hubiera reconfortado, tenía que volver allí y ofrecerle bebida a ese depravado que la devoraba con la mirada. El solo hecho de pensarlo le revolvió las tripas. Nunca había advertido que el estudio jurídico del que tanto alardeaba tuviera como clientes a gente de la calaña esa. Seguramente se tratase de alguien vinculado con las drogas.

Que el Dr. Garzón, quien jugaba al golf con su padre, lo recibiera así, de forma desairada y descontracturada, la descolocó. Él, alguien de tanto prestigio, un formador y por quienes los colegas pagaban elevados aranceles para oírle en alguna conferencia, de pronto mostraba una faceta oscura. Se mezclaba con cierta clase de engendros de los que no sabía que existían. Porque no era otra cosa que un engendro. Un ser despreciable hundido en los vicios más perversos; una sola mirada le había bastado para detectarle el perfil. Pero debía tratarse de alguien poderoso, de otra forma no lo recibiría el Dr. Garzón. Se habría tratado de algún pez gordo con conexiones.

Saliendo de la oficina del Dr. Garzón, un amplio lobi conducía hacia dos pasillos que daban a las demás oficinas del piso. El espacio no era menos ostentoso y estaba poco circulado. Generalmente era así en el décimo piso de ese edificio. El estudio Garzón & Breglia comprendía los pisos sexto a décimo, había más de doscientos abogados y varios empleados.

En los primeros dos pisos se encontraban los sectores más concurridos. El primero era el de los conflictos laborales, y en el segundo, las cuestiones derivadas de familia, divorcios y demás. El tercer piso era el sueño de Antonella. Allí se desarrollaba el asesoramiento a las empresas internacionales. Había profesionales especialistas en sociedades, quiebras, licitaciones, contratos. Hubiera deseado poder comenzar a trabajar allí. El cuarto piso estaba relacionado con los grandes delitos penales, estafas y defraudaciones. Nunca había puesto un pie allí y deseaba no tener que hacerlo nunca. Finalmente, en el décimo piso se encontraban las oficinas del Dr. Garzón y la del Dr. Breglia, y solo tres o cuatro abogados asociados más. Allí, nadie sabía con certeza cuál era la especialidad.

Hacía solo quince días que le habían encomendado suplir a la secretaria del Dr. Lehman, aunque este casi nunca se encontraba allí. Era el jefe del departamento aduanero. Sandra, la secretaria personal del Dr. Garzón, había considerado oportuno que Antonella cumpliera ciertas funciones asistiéndola; preparar el café era una de las principales. Eso había enfurecido a Antonella y le llevó varios días —y noches— asimilarlo.

En ese gran pasillo, a unos pocos metros de la puerta del despacho del Dr. Garzón, se ubicaba el escritorio de Sandra Castro. Desde el primer día comprendió que se trataba de una verdadera arpía. Durante su primera jornada laboral se había preguntado si verdaderamente valdría la pena ir al día siguiente. El trato recibido por ella había sido tan cruel que tuvo que esconderse dos veces en el baño para llorar. A aquella mujer no le hubiera importado menos si se hubiera tratado de la hija del juez federal Alfonso Bidart Lagos, si hubiera sido recomendada por el Dr. Garzón o si hubiera sido la mismísima reina de Inglaterra quien hubiera abogado por ella.

Ella tenía un manejo especial que no admitía ningún tipo de prerrogativa en nadie. Era una mujer eficiente, extremadamente rigurosa y con una llamativa imposibilidad de sentir empatía. Sencillamente parecía un ser del inframundo, capaz de hacer temblar las piernas hasta al abogado más sagaz. Allí se encontraba, detrás de un escritorio negro en el que apenas si su cabeza lograba asomarse. Llevaba unos lentes y siempre tenía una expresión de aversión, por lo que Antonella procuraba esquivar el contacto visual con ella. Pasaba rápidamente, cuando sintió que la llamaba. Tenía la voz gruesa y serena, pero aterradora en cierta medida.

—Lagos —desde el primer día la llamaba por el segundo apellido, sabiendo lo mucho que eso molestaba a Antonella—, ¿qué pasó ahí dentro?, ¿por qué te demoraste tanto?

—Me pidieron que les lleve agua, así que voy para la cocina —dijo ella al paso, sin acercarse al escritorio.

—Después pasá por acá así te indico un par de cosas para hacer.

Antonella se sorprendió por el trato cordial de Sandra. Quizás se tratare de un buen día, el Dr. Garzón le había dicho dos veces “por favor” y Sandra Castro no le había gritado ni insultado ni denigrado por la vestimenta. Pareciera, de pronto, que en el décimo piso del edificio de av. Hipólito Irigoyen 1622 hubiera muy buenas noticias. Quizás tuviera que ver con el engendro que estaba reunido con su jefe, o con el otro hombre, a quien no le había prestado ninguna atención; quizás se trataba de eso.

La curiosidad le invadió el cuerpo y sintió una profunda necesidad de saber qué es lo que estaba ocurriendo allí. De hecho, en el mes que llevaba en el décimo piso, pocas veces había percibido esa energía positiva. Tendría que ser cuidadosa y prudente. Podría intentar hablar con Sandra, ganarse su confianza. Una vez había visto que llevaba un libro de Hemingway en la cartera, podría investigar y recomendarle alguno. O quizás podría atreverse a decirle a su padre que invitara a su jefe un domingo al mediodía; en una sobremesa podría lograr que le comentara algo.

Debería pensarlo con claridad y no dar un paso en falso. Solo pocas personas llegaban al décimo piso y luego de trabajar arduamente por años. Ella, por alguna cuestión divina y tan solo luego de dos meses, se encontraba trabajando allí. Tomó de la mesada de la cocina una jarra y la llenó con agua que sacó de la heladera. Emprendió la vuelta hacia el despacho. Pasando por la puerta miró a Sandra, esbozando una tímida sonrisa, y cuidadosamente abrió la puerta. Se escuchaba la voz de su jefe en tono enfático y un tanto solemne.

—Acá nosotros damos soluciones. —El Dr. Garzón gesticulaba con el brazo y se acercaba cada vez más a la mesa ratona—. Y es lo que estamos haciendo… Pasá, querida. —Hizo una pausa y le hizo señas a Antonella para que pasara—. Ya nos conocemos hace tiempo y siempre trabajamos de la misma manera. Tenemos todo encaminado. Va a estar un poco enquilombado, nos llevará un poco más de tiempo… pero ustedes déjenmelo a mí.

Antonella notó cómo el engendro le clavó su mirada, a lo que ella le correspondió e hizo un enorme esfuerzo por no evidenciar el genuino rechazo que esa persona le generaba. En vez de ello, lo miró directo a los ojos fijamente, y así fue por varios segundos. Procuró ser cuidadosa y dejó la bandeja sobre la mesa.

—Cualquier cosa que necesiten me avisan —dijo ella, sin quitarle la vista al engendro—. En un rato vuelvo a buscar la bandeja.

Antonella por fin enfiló hacia la puerta. Sintió la mirada de aquel hombre sobre su cuerpo. Hizo el mayor esfuerzo por mecer al máximo sus caderas al caminar. Ya en el pasillo fue hasta el escritorio de Sandra y con una sonrisa le preguntó si quería alguna bebida. Ella negó y le indicó que se acerque. Un tanto imperativo, pero propio de ella, le pidió una serie de carpetas que se encontraban en el despacho de Lehman; carpetas sobre una empresa específica: Argenmix S. A. Llevar papeles era mejor que llevar café.

Antonella acató y se dirigió al despacho del Dr. Lehman. Tenía que cruzar la cocina y pasar la sala de conferencias. Luego, doblando hacia la izquierda se encontraba el despacho. El tamaño de aquella oficina era sustancialmente menor. Tenía solo un escritorio y la pared del fondo tenía un fichero que llegaba hasta el techo. Parecía que esa habitación no hubiese sido refaccionada en años. Los muebles eran viejos y las sillas estaban gastadas y solo lo decoraba un cuadro con una imagen de la dama de la justicia.

Sobre el escritorio había varias carpetas todas desordenadas. Se trataba de legajos de empresas que exportaban productos. Cada legajo tendría unas cien hojas cada una. Le llevaría un buen tiempo encontrar “todas” las carpetas requeridas. Había algunas que estaban fechadas en 1986. Había empresas de todo tipo. La letra A se encontraba arriba de todo y necesitaría una silla para alcanzarla. Con mucho cuidado tomó el sillón del Dr. Lehman y lo ubicó debajo de la letra. Se encontraba sobre la esquina y daba justo contra una gran ventana que daba al interior del edificio. Se quitó los zapatos y abrió el fichero. Todavía le quedaba muy alto y tuvo que hacer un esfuerzo por ver los nombres de las carpetas colgantes.

—¿Necesitás ayuda? —dijo una voz ronca y gruesa—. Me parece que te podés caer. —Ella giró sobre la silla y vio que se trataba de ese ser que la había devorado con la mirada. Ese, de campera de cuero negra y zapatos en punta, ese engendro; estaba parado sobre la puerta y la miraba fijamente.

—Ah… —dijo notoriamente sorprendida— creo que no voy a tener problemas. Solo me tengo que esforzar un poquito más. ¿Te perdiste? —dijo mientras estiraba su cuerpo.

—Pregunté dónde estaba el baño y terminé acá. Es muy grande este lugar —dijo con una sonrisa tenebrosa.

—Te equivocaste por varias puertas —dijo mientras daba un salto hacia el piso y se sacudía las manos. Se dirigió hasta la puerta y quedó frente a frente de él—. ¿Ves aquella puerta que está detrás del dispenser de agua? —Lo tomó del hombro y le señaló extendiendo su brazo. Se acercó tanto que su frente casi tocaba su mentón. Pudo sentir cómo le penetraba por la nariz un empalagoso perfume—. Ahí pasás y tenés el baño de hombres. —Dio un paso hacia atrás y lo miró a los ojos—. No podés perderte de nuevo. —Él la observó por unos segundos sin decir nada.

—Menos mal que te encontré…

—Menos mal —replicó ella haciendo una leve sonrisa.

Aquel hombre retomó el camino. Su andar era raro, movía los hombros y parecía dar pequeños saltos. Antonella sintió un escalofrío en la nuca. Era una persona aterradora y desagradable. Aterradora, pero que le había acelerado el pulso. Finalmente, el hombre siguió de largo hasta el pasillo principal. Ella rio y fue de nuevo hasta el sillón del Dr. Lehman para continuar con la búsqueda. Le costaba concentrarse, pensaba en esa profunda fragancia. Tenía grabado en la retina esos ojos siniestros. Había visto de cerca esos dientes amarillentos por el tabaco. Tuvo el deseo de llegar a su casa y darse un largo baño. El engendro le causaba estupor, pero el escozor que le carcomía por dentro lo sentía por ella misma.

Capítulo 6

Rossi estaba frustrado. Se había apoyado sobre su escritorio y con sus manos se cubría el rostro. Tenía enfrente varias carpetas abiertas y el desorden había logrado abrumarlo. Era cerca del mediodía y en ese pequeño habitáculo parecía que el tiempo no pasaba. Gutiérrez, a unos pocos metros, estaba reclinada sobre su silla con sus pies sobre el escritorio. La luz ingresaba por la ventana dándole sobre el respaldo. Tenía abierto de par en par un legajo y lo leía como si estuviera en el patio de su casa leyendo un diario. Aquel veterano inspector no lograba encajar las piezas; habían pasado casi dos semanas del crimen de Juan Monteverde y verdaderamente no tenía nada sólido para informarle al fiscal.

Florencio Rossi formaba parte de la división de Investigación Operativa desde 1984. Habían pasado por sus manos innumerables expedientes que determinaban la suerte de cientos de personas. Gente buscando la verdad, víctimas implorando por justicia, hombres de bien y hombres de mal. A Rossi no le significaba simplemente un legajo a completar. Los aires de libertad de aquellos primeros años hicieron de él un sabueso eficaz; eficaz pero incontrolable. En los pasillos lo llamaban “el Insubordinado”, por lo renuente ante sus autoridades. Él se jactaba de ello y por mucho tiempo fue un verdadero dolor de cabeza para los fiscales. Con el pasar de los años, el desgaste de este accionar erosionó aquel carácter y se había convertido en un hombre más estructurado y orgánico y, fundamentalmente, respetuoso de las jerarquías.

Ya no se desvelaba noches enteras por seguir investigando, pero el crimen de Juan Monteverde representaba un desafío. Organizó nuevamente las carpetas que tenía. En un primer informe, la escena del crimen no parecía revelar mucha información. La intensa lluvia de aquella noche prácticamente había borrado cualquier rastro. Tomó nuevamente las fotos del cuerpo tirado en la senda peatonal y buscó algún detalle. En la imagen se veía el cadáver de Juan Monteverde boca abajo y con las piernas extendidas y el pie derecho hacia adentro. El brazo derecho estaba debajo del cuerpo y el izquierdo apenas separado de la cadera. Solo a un metro y medio del cuerpo había tres rendijas de alcantarilla. Por allí se había drenado gran cantidad de la sangre que había despedido el cuerpo desde las heridas. Había sido en vano buscar algún tipo de evidencia allí.