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En Lamaria, país de esclavistas y marineros, ha reaparecido un antiguo mapa que contiene claves para revelar el secreto del aiko, el corazón de los autómatas. Al mismo tiempo, una enorme grieta que amenaza con partir por la mitad el continente de Circa lo ha dividido en dos facciones que luchan por el poder. ¿Qué relación existe entre la grieta y ese misterioso mapa? Esta aventura expande el mundo de fantasía steampunk de La reina de Sara, novela ganadora del Premio Gran Angular 2021
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Seitenzahl: 471
Veröffentlichungsjahr: 2024
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El ladrón del aiko
Carlos González Muñiz
Texto D. R. © Carlos González Muñiz, 2024
Dirección de Producto: Mara Benavides Reina
Gerencia Editorial: Estela Ruiz Torres
Coordinación Editorial: Thania Aguilar Ramos
Edición: Carlos Sánchez-Anaya Gutiérrez
Dirección de Arte y Diseño: Quetzal León
Diagramación: Mariana Castro Ramos
Diseño de portada y mapas: Diego Álvarez Zanollo y Roxana Deneb Ruíz
Primera edición, 2024
D. R. © SM de Ediciones, S. A. de C. V., 2024
Magdalena 211, Colonia del Valle,
03100, Ciudad de México
Tel.: 55 1087 8400
www.ediciones-sm.com.mx
ISBN: 978-607-24-5204-6
ISBN: 978-968-779-177-7 de la colección Gran Angular
Miembro de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana.
Registro número 2830
Prohibida la reproducción total o parcial de este libro, su tratamiento informático,
o la transmisión por cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico,
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Hecho en México / Made in Mexico
Antes de que existieran herramientas topográficas sofisticadas, los cartógrafos hacían triangulaciones; es decir, medían las distancias, accidentes y elevaciones del terreno con la ayuda de cuerdas o cadenas. No podían realizar estos cálculos solos; necesitaban compañeros que sostuvieran los extremos de aquellas larguísimas herramientas. Para escribir este libro, yo también necesité la ayuda de otros, pues el mundo que he inventado ha crecido y mi mirada ya no basta para abarcarlo todo. Gracias a su ingenio, sus ideas, sus hallazgos, sus enmiendas y, sobre todo, su amor a los mundos imaginarios, este libro es el mejor posible.
Sin la atención y el cuidado de Estela Ruiz, cartógrafa en jefe del fabuloso equipo editorial de SM, nada de esto hubiera sucedido. Mi editor, Carlos Sánchez-Anaya Gutiérrez, se convirtió en un experto en el mundo de Circa y, gracias a su lectura minuciosa y astuta, el continente no se hundió en el mar de los Volcanes. Mariana Castro les dio forma a las páginas de este continente prodigioso. Mariana Flores y Gonzalo Lozada lograron cazar a los escurridizos duendes de la errata. Roxana Deneb y Diego Álvarez, quienes siempre logran asombrarme con su talento, les dieron vida a mis bocetos ilegibles, dibujaron mapas hermosos y crearon una portada que me dejó sin aliento. Jorge Alberto Gudiño y Catalina Khüne leyeron esta historia antes de que cobrara forma y, como siempre, me ayudaron a contarla mejor. Genoveva y Luciana, mis compañeras de camino y mis primeras lectoras, antes de que el libro siquiera naciera en mis desvelos, siempre están ahí, sosteniéndome mientras pasa el kaín que me sacude cuando me pongo a escribir. Y, por último, agradezco a los lectores que ya se pasean por este universo de autómatas y mapas misteriosos. Todo esto es para ustedes.
C. G. M.
“¿Qué es el tiempo?”,
preguntaban los abuelos,
aferrándose a los días
con la punta de los dedos.
“¿Qué es la muerte?”,
preguntaban las ancianas,
respirando con nostalgia
el olor de la mañana.
“¿Qué es lo inmóvil
que nos mueve?”,
preguntaban los marinos de Gelpura,
extraviados en la nieve.
Y nosotras
(se escuchaba el llanto de las diosas)
no podemos responder
a la gente sus preguntas.
Pobres seres olvidados
que buscaron bajo el agua,
en las ondas relucientes,
la Ciudad de los Ahogados.
¿Quién viene del crepúsculo a salvarnos?
Es Leandrino, el ladrón del aiko,
el héroe de Lamaria.
Es Leandrino, el ladrón del aiko.
Canción extraída del Cancionero febril, recopilación de piezas tradicionales de Lamaria
aiko. Órgano artificial con forma cúbica. Es frío al tacto y desprende una luminiscencia azul. Contiene la energía misteriosa que da vida a los autómatas, por lo que se le suele llamar “el corazón de los autómatas”. Aunque no se conocen con exactitud las propiedades ni el origen de dicha energía, se piensa que quien controla un aiko puede controlar también el movimiento de la tierra.
kaín. Movimiento brusco y espontáneo de la corteza terrestre que ocurre dos veces al año. Como resultado de un kaín, todas las regiones cambian su ubicación geográfica, por lo que cada pueblo y ciudad tienen dos emplazamientos: uno en primavera y otro en otoño, los cuales suelen ser constantes.
kainón. Nombre que se da a un kaín que sobrepasa los quince grados de intensidad. Son poco frecuentes. Como consecuencia de un kainón, una región cambia de una ubicación geográfica a otra inesperada. No es posible determinar dónde aparecerá una población después de un kainón.
kaisén. Intenso kaín subacuático que altera el suelo marino y modifica su posición. En consecuencia, todas las islas y los islotes también se mueven. Algunas teorías afirman que ocurre cuatro veces por año bajo los mares que rodean el continente de Circa, pero lo cierto es que no se sabe con exactitud su periodicidad.
moína. Espacio geográfico inmóvil que no es afectado por los desplazamientos provocados por los kaínes y los kainones. Antes de la batalla de Endamed, las cuatro capitales del continente estuvieron construidas sobre moínas, por lo que, durante siglos, permanecieron en la misma localización.
Helio Valiano,Nuevo diccionario cartográfico escolar
En el año 3217, la guerra estalló en Circa.
Un misterioso líder político, conocido como el Primero, movió los hilos para dar un golpe de Estado y deponer al presidente de Senes con apoyo de un sector del ejército. Su plan era conquistar los países vecinos e imponer un gobierno que prometía justicia para los más pobres, para los olvidados. Primero cayó la miserable y desértica Gambia, la patria de los autómatas. El siguiente país en la lista fue Beatris y, al final, la inquebrantable Lamaria.
Aunque reducida en fuerza y a merced del poder que el Primero había robado a los autómatas, Beatris estaba lista para defenderse. La derrota era segura y sólo un milagro podía salvar a los Gobiernos libres de Circa. En la definitiva batalla de Endamed, con la ayuda de un valeroso grupo de cartógrafos guiado por una mujer a la que todos llamaban la reina de Sara, la suerte cambió y el peligro fue conjurado.
Sin embargo, la participación de los autómatas en la guerra cambió el mundo para siempre. Las capitales de los cuatro países circadianos dejaron de ser moínas —lugares inmóviles, inmunes a los kaínes— y comenzaron a cambiar de lugar dos veces al año, como el resto de las regiones. La segunda consecuencia, la más misteriosa, fue que los autómatas marcharon a Gambia, llamados por alguna fuerza desconocida; cerraron las fronteras de su país y desaparecieron de la vida del continente como si nunca hubieran existido. Qué hacían allá o si volverían alguna vez, nadie lo sabía… y nadie lo sabe aún.
Éste es el mundo en el que ocurre nuestra historia.
El rostro exhausto de Medro Ut se reflejó en un charco de la calle sombría. El trazo laberíntico de la ciudad portuaria de Leandrino-Em estaba en silencio cuando Medro ascendió hacia la mansión del senador Tuncio Nad. Tratando de no resbalar en el empedrado, acomodó los mapas que llevaba ocultos en su confiable carcasa metálica y se aseguró de que nadie lo siguiera. En el cielo, nubes oscuras ocultaban una trama de constelaciones. Las únicas sombras, trémulas, eran proyectadas por dos lámparas de gas instaladas sobre una gran verja de hierro.
A diferencia de la blanca y ordenada Lerian-Am, Leandrino-Em era una ciudad que parecía haberse derramado sobre dos colinas. Aunque su forma era perfectamente rectangular, el acomodo caprichoso de las avenidas serpenteantes que bajaban y subían horadando el suelo irregular, de un verdor luminoso, la hacía parecer un lugar de fantasía, lleno de enigmas que desembocaban, al igual que las calles empedradas, en los muelles y, más allá, en las oscuras aguas del estrecho de Henda-Et.
Medro había llegado ahí después de un desafortunado encuentro con un grupo de autómatas racionales en uno de los caminos empinados de la sierra Sara-Lan. Un continuo delirio de persecución que lo atribulaba desde hacía meses lo había llevado lejos de cualquier ciudad o pueblo, por más perdido o distante que estuviera. Intuía perseguidores en todas partes. Incluso sus sueños estaban habitados por sombras corrosivas que estiraban la mano hasta arrancarlo del descanso, del que salía desesperado, taciturno y empapado en sudor, como si intentara escapar nadando de un estanque de mercurio.
A veces fantaseaba con que podría hallar paz y escapar de esos demonios perseguidores entre las paredes calizas y desnudas de la sierra, o en las cuevas profundas, aquellas donde se decía que el héroe Leandrino se había escondido de los antiguos y dorados ejércitos autómatas de Numerasitad. Pero ésas eran leyendas y los autómatas racionales que encontró en Sara-Lan, perdidos y enloquecidos por la falta de dueño, lo atacaron con saña y terminó rodando por una pendiente. Luego, fue arrastrado por la corriente turbia del lago Álima-Anil hasta que unos pescadores lo ayudaron a salir, lo alimentaron y después le cobraron cincuenta tiberios por sus servicios de rescate.
Cincuenta tiberios era gran parte de lo que Medro había podido ahorrar gracias a las ventas de los últimos meses. Los lamarianos eran desconfiados y tacaños, muy distintos de los ingenuos nobles de Senes, que podían pagar una pequeña fortuna por un libro antiguo del que nunca habían oído hablar.
Así que, además de todo, estaba en la miseria. Una miseria que lo llevó a tocar la puerta de un senador lamariano que podría ser su ruina o su salvación. La fortuna tiene siempre un lado oscuro, y más para los falsificadores.
Seis meses antes, en Veri-At, le ofreció a un viejo terrateniente un manuscrito del sabio Turino, tal vez del año 543 o 544. A Medro le pareció que el hombre era un ignorante de primera, dedicado únicamente a explotar a sus jornaleros gambinos y a extraer todas las algas que podía de un lago pantanoso, para luego venderlas en el gran mercado de Melia-Ut. Resultó que aquel terrateniente con olor a azufre era, además, un especialista en Estudios Turinos y reconoció de inmediato que el manuscrito que se le ofrecía era una falsificación. Muy bien hecha, eso sí. Medro escapó por poco. Primero de la policía lamariana y luego de la tifoidea que contrajo por tragar agua del pantano durante la huida. De haber vendido aquella copia falsa, hubiera tenido suficiente dinero para vivir medio año. Lo mismo se jugaba hoy: una persecución de la policía o una pequeña fortuna.
—El señor lo espera desde hace una hora —le informó un sirviente vestido a la usanza del norte de Lamaria, la cabeza tocada con un extraño sombrero puntiagudo de paja y el rostro cubierto por un velo.
Medro cruzó el jardín, exquisito e intrincado, con pequeños senderos de piedra de río que rodeaban estanques, islotes de bambú y arbustos salvajes que ya daban sus primeras moras. Al entrar en la casa, fue recibido por un desagradable calor húmedo. Era una construcción de dos pisos, de piedra volcánica, apenas iluminada por algunas velas y un candelabro de gas. El senador Tuncio Nad estaba descalzo; calentaba sus pies frente a una chimenea chamuscada. La bata de seda guinda contrastaba con el aspecto monocromático del resto de la habitación, que servía de sala, estancia y comedor. Sobre una enorme mesa de nogal había libros, documentos e instrumentos de medición desparramados. Así que se trataba de un senador con conocimientos de cartografía, aunque no pasaba de ser un aficionado. Sería presa fácil.
—Es un gusto conocerlo por fin, señor Medro Ut, coleccionista de mapas y comerciante de libros antiguos. Me había hecho otra idea de usted…, por sus cartas, quiero decir. Pensaba que sería una especie de aventurero, de cabellera larga y gabardina de piel; un cartógrafo típico de Senes.
Medro sonrió. Su barba crecida y su cabello corto, casi a rape, lo asemejaban más a un presidiario que a un erudito. Sólo así lograba pasar desapercibido.
—Le aseguro que, salvo mi apariencia, todo lo que le he sugerido en las cartas es verdad. Y no soy senesino, senador; soy orgullosamente lamariano. Nací en el puerto negro de Gorgo-Et.
—¡Ah, el puerto gorgólita! Tremenda pocilga, ¡pero qué bien se come en los restaurantes del muelle! Por lo demás, no me importa si usted es un monje febril de Duli-Ab, mientras tenga lo que me prometió. ¿Puedo verlo?
Medro abrió su carcasa y extrajo con mucho cuidado, con una lentitud casi ridícula, un mapa enrollado.
—¿En dónde puedo…? Es muy frágil, ¿sabe?
—Por supuesto. Por aquí —dijo el senador.
Enseguida, se levantó trabajosamente de su sillón y dio unos pasos agónicos hacia la mesa. Padecía un severo reumatismo. Con descuido, hizo espacio entre los libros que estaban ahí. No le importó que algunos cayeran. De reojo, Medro vio una primera edición de Teoría del Kaín Secreto, de Merina Merasitad, que valdría al menos doscientos cincuenta sólidos. ¿Sabría aquel hombre el tesoro que acababa de lanzar al suelo de un manotazo?
—¿Qué tenemos aquí? —dijo el senador, frotándose las manos, cuando Medro extendió el mapa sobre la mesa y dio un paso hacia atrás. Los bordes del papel estaban ligeramente carcomidos por el paso del tiempo, pero los colores vibraban de tal forma que nadie sospecharía que habían sido pintados hacía trescientos años—. Está en perfectas condiciones, señor Medro, tal y como lo prometió. ¡Es absolutamente fabuloso! —del bolsillo de su bata sacó una lupa—. El detalle es… ¡No tengo palabras! El soporte es correcto: piel de cabra. Sin duda es un mapa del Taller de la Montaña.
“En efecto, un aficionado. El Taller de la Montaña dejó de usar piel de cabra cuando murió el emperador Solidiano XI”, pensó Medro, pero guardó para sí el comentario erudito.
—La firma también es correcta. Es la letra del mismísimo Helio Valiano. No cabe duda de que éste es uno de los cinco ejemplares del Mapa del Umbral. Falta sólo un detalle, señor Medro… —dijo Tuncio Nad, sin poder ocultar su emoción y, por lo tanto, dejando escapar cualquier ventaja para negociar el precio.
Medro se alarmó. ¿Acaso el senador sabía que los auténticos mapas del umbral tenían al reverso el Sello de Censura del representante Turino? Si se trataba de eso, Medro estaba perdido. La falsificación que había comprado no tenía el sello y precisamente por eso la obtuvo a mitad de precio.
“Si me descubre, el senador podría llamar a la policía. Aun si logro escapar, tendrá mi descripción y yo no sabría dónde esconderme. No conozco la zona. ¿Podría regresar a la sierra? ¡Ni loco! No me enfrentaré de nuevo con esos autómatas trastornados”, discurría Medro, enmascarando su ansiedad con un gesto indiferente.
—Falta sólo un detalle, señor Medro —repitió Tuncio Nad—. Es sabido por muy pocos, entre ellos yo, por supuesto, que los mapas del umbral originales tienen una marca de autenticidad. Un sello, ¿sabe usted?
“¡Maldición!”, pensó Medro. Las ideas pasaban por su mente con la velocidad de la diosa Brunela, es decir, como una estrella encendida que cruza el cielo más rápido que el sonido.
—El Sello de Censura del representante Turino, claro —dijo Medro, sin inmutarse. Había optado por seguir la farsa hasta el final y no podía pasar por ingenuo. ¿Cómo saldría de ésta? Con paciencia, como siempre.
El senador volteó el mapa y buscó con la lupa en el reverso. Mientras eso ocurría, Medro recordó una historia tradicional: la de los mapas de fuego. Era común que los aficionados a la cartografía y los niños del sur de Beatris los conocieran. Se trataba de mapas mágicos con los que salvaban su vida los héroes y pícaros en las historias populares. Esos documentos revelaban su verdadero contenido sólo al prenderles fuego, pero el secreto era visible apenas unos segundos antes de que se volvieran cenizas. Resultaban perfectos para espiar naciones enemigas y marcar la ubicación de tesoros escondidos. Por supuesto, hasta donde Medro sabía, los mapas de fuego eran sólo un mito. Nadie los había visto nunca y, si existían, no se sabía bien a bien cómo funcionaban. Pese a todo, eran su mejor estrategia.
—No encontrará el sello, señor Tuncio Nad, ni en éste ni en ningún otro Mapa del Umbral. No lo mencioné antes porque no sabía que usted es un experto. Estoy, en verdad, sorprendido. Nadie en el mundo debería llamar aficionados a los coleccionistas lamarianos. Quienes lo hagan corren el riesgo de quedar en ridículo, como yo.
El semblante del senador mostró una mueca de orgullo, pero no abandonaba del todo cierta mirada oscura y suspicaz que Medro conocía bien.
—¿Y por qué no encontraré el sello? ¿No me diga que…?
—Sí, señor. Muy pocos lo saben. Precisamente es para evitar fraudes con un documento tan valioso y peligroso como éste. Usted lo ha adivinado, puedo verlo en su rostro. El Mapa…
Medro hizo una pausa dramática, justo en el momento adecuado y con la entonación correcta. El senador contuvo el aliento.
—El Mapa del Umbral es un mapa de fuego. ¿Es verdad que existen? ¡Vaya sorpresa! El sello de Turino sólo aparecerá si lo reduzco a cenizas. Aunque algunos dicen que basta con calentar la piel de cabra para que aflore la marca de autenticidad, yo nunca me he arriesgado. No lo haría. Pero mire aquí…
Medro señaló una mancha que parecía tener una forma. No era sino la marca que unos dedos grasosos habían dejado ahí. Sin embargo, él sabía que la gente veía lo que quería ver. Así que se arriesgó. Fue el último giro de su apuesta.
—Mire aquí. ¿Observa esta mancha? Si la contempla con detenimiento, verá que se asemeja al Sello de Censura, con el que por supuesto un conocedor como usted está familiarizado.
—Claro, claro…
“Claro que no lo conoce, pero no querrá parecer un tonto ahora”, se dijo Medro.
—Tengo la sospecha de que el dueño anterior intentó revelar el sello y se arrepintió en el último momento. No sería la primera vez que algún aficionado daña un mapa invaluable. Eso explicaría algunas marcas de las orillas y el ligero cambio de color en esta zona del mar de Suntaz, justo aquí…
—Sí, sí. Puedo verlo. Aquí está el contorno del sello. Puedo entender la tentación de prenderle fuego a esta reliquia sólo para comprobar la vieja historia del sello de Turino.
Medro respiró, se sentó sin dejar de mirar a su interlocutor y comenzó a enrollar el mapa.
—¿Qué hace? ¡Ese mapa se queda aquí, señor!
—¿De verdad lo quiere? Es muy costoso. Yo no pensé que usted tuviera interés en comprarlo. Entendí que sólo quería verlo y, quizá, tomarlo prestado para alguna exhibición privada —Medro había tendido la red. Llegaba el momento de negociar.
—¿Quiere decir que no está en venta? Por favor, ¡¿qué tortura es ésta?!
—Oh, sí está en venta, aunque me duela deshacerme de él. Otro día le contaré lo que tuve que hacer para conseguirlo. Una historia que involucra autómatas racionales y una huida por los pelos… El caso es que, dada su extrema rareza, este objeto ha estado en mi poder por muchos años. Nadie ha tenido lo suficiente para…
—¡Déjese de palabras, Medro Ut! Diga el precio.
Medro hizo otra pausa dramática, esta vez más larga. Aunque conocía el número imposible que saldría de su boca, se demoró haciendo cálculos mentales.
—Seis mil setecientos sólidos. Más o menos ochocientos cincuenta mil tiberios.
El senador Tuncio no respondió de inmediato. Caminó por la habitación, murmurando. Medro conocía esos paseos ansiosos, típicos de los coleccionistas compulsivos. Seguramente tendría el dinero, pero no ahí y no a esa hora. Además, una transacción de ese tamaño, al menos en Lamaria, debía ser aprobada por el Gobierno, y los antecedentes de Medro no serían ni de cerca los adecuados para llevar hasta allá las cosas.
—Como usted sabe, no puedo darle esa cantidad sin solicitar autorización del Ministerio de Finanzas. Ni yo ni usted, sin duda, deseamos llamar la atención sobre nuestro pequeño negocio. Debo recordarle que los impuestos en este país son astronómicos. Mi oferta es ésta: tres mil sólidos, ahora mismo, y una pequeña reliquia que llegó a mis manos, ni por asomo tan importante como la que usted me ha traído hoy. Sé de buena fuente que vale al menos mil quinientos sólidos. ¿Qué dice?
—Déjeme pensarlo. Muéstreme esa reliquia y lo consideraré.
Tres mil sólidos era tres veces más de lo que Medro había soñado en un principio, cuando compró la falsificación en el puerto amarillo de Sulfur-At. El resto era ganancia pura y, lo más importante, lograría escapar de Lamaria y luego, si la suerte estaba de su lado, de Circa, antes del kaín de primavera. Es sabido que sobrevivir un kaín en Lamaria es más difícil que obtener un visado para cruzar legalmente la frontera.
La reliquia en cuestión era un pequeño mapa, muy viejo sin duda. Medro nunca había visto algo así. Era extraño. Al centro, mostraba un círculo dentro del cual estaba trazado el contorno de Circa y al que rodeaban diez círculos más pequeños.
“Quizá tenga que ver con la leyenda de los diez transformadores o con los mitos de Brunela. Pero ¿será valioso?”, se preguntó.
Debía cerrar el trato antes de que las cosas cambiaran de dirección abruptamente. Cada segundo que pasaba había más posibilidades de que su comprador oliera el engaño. Ser un estafador decente implicaba ser riguroso con las reglas autoimpuestas. Tomar rápido el dinero e irse lejos de inmediato era la más importante.
—De acuerdo, senador. Sólo me gustaría añadir a nuestro trato este libro —recogió el pequeño volumen de Merina Merasitad—. No es de gran valor, pero he querido leerlo desde hace mucho —mintió.
Tuncio Nad le tendió la mano, rebosante de felicidad.
—Es un trato, señor —dijo, e invitó a Medro a cenar, para celebrar el negocio.
Sin embargo, Medro se excusó argumentando que tenía un largo viaje por delante. Guardó los tres mil sólidos —que pesaban como una roca—, el mapa antiguo y el libro de Merasitad, y se encaminó a la puerta. Ése era el momento más crítico, justo cuando debía mantenerse impávido, aunque por dentro deseara salir corriendo antes de que su comprador se arrepintiera. El sirviente abrió la puerta con lentitud ceremonial y Medro dio el primer y liberador paso hacia el exterior.
—Un momento, señor Medro Ut —la voz del senador lo detuvo con urgencia.
“¡Sigue caminando!”, pensó Medro, pero se detuvo. Todo iba bien y no podía echarlo a perder ahora.
—Dígame, senador.
—¿Usted cree que el mapa de Valiano, ese Mapa del Umbral, realmente indique dónde se encuentra el umbral entre la vida y la muerte?
—No lo sé, pero he visto las cosas más raras. No me extrañaría.
—Yo sí lo creo, señor Medro, y usted se acaba de deshacer del mapa de las últimas cosas por unos míseros tres mil sólidos. Ah, casi lo olvidaba. Vaya con cuidado. Mi sirviente me dijo que alguien lo siguió hasta aquí y que su perseguidor permanece afuera de la casa, aún ahora, en aquel rellano de la puerta vecina. Pero de seguro usted ya lo sabía…
—Claro, senador. No nací ayer. Pase usted una buena noche.
Medro cruzó el jardín, guiado por el sirviente y una lámpara de queroseno que apenas cortaba la niebla de la noche. La alegría por la mejor venta del año desapareció en el instante en que supo que alguien seguía su rastro. ¿Lo habrían descubierto? Quizá, pero eso era de esperarse. Los pecados del pasado son como sabuesos: aunque nos escondamos en las madrigueras más recónditas, siempre nos encuentran.
Mientras tanto, adentro de la casa del senador, otra trama se precipitaba. Tuncio Nad preparó el telegrama para avisar que el plan había funcionado: Medro Ut tenía el mapa de Leandrino. La maquinaria estaba en marcha.
En muy poco tiempo, Pequeña Inos pasó de ser una rareza del paisaje a un epicentro cultural del sur del continente. Hace tres años, una anomalía del memorable kaín de otoño de 3217 trajo al extenso valle que se abre entre las montañas de la Separación y la Cordillera Minera diversos caseríos que antes estuvieron desperdigados por toda Senes. Esos caseríos se volvieron paso obligado de los viajeros lamarianos en su camino hacia Senes o Beatris. El cierre de fronteras de Gambia y la falta de autómatas cargueros que llevaran mercancías de un lado al otro intensificaron las rutas comerciales hacia Pequeña Inos y, como ocurre con estos enclaves, una población variada, próspera y cosmopolita creció rápidamente.
Leyendo periódicos, tomando notas y dando sorbos a un excelente chocolate de Gelpura, Vitra Euclidea observaba la calle principal sentada en uno de los varios establecimientos que vendían lo mismo café que absenta blanca de Leptis.
Las sombrillas blancas y las sillas de madera de los restaurantes parecían una plaga de alcatraces salvajes inclinados a lo largo de la banqueta de adoquines grises. Muchos intelectuales, artistas y políticos, residentes o simplemente turistas que querían admirar la nueva ciudad luminosa, sostenían conversaciones animadas. Aquí y allá se escuchaban risas, discusiones, murmullos diversos que se confundían con el sonido siseante de los carros de vapor.
Un hombre de sombrero alto y barba teñida se acercó a Vitra y le extendió un libro forrado en piel con el título La aristocracia del ferrocarril en letras doradas.
—¿Me haría el favor de firmarlo? —le dijo.
No era raro que reconocieran a Vitra, aunque estuviera lejos de los círculos aristocráticos de Sendia.
—Será un placer —respondió ella, tratando de ocultar su autocomplacencia.
Mojó su plumín de madera y punta plateada en el pequeño tintero que siempre tenía delante y en la primera página escribió su nombre con estilizadas letras cursivas.
—Gracias, señorita Euclidea. Ahora mi ejemplar valdrá un poco más y podré recuperar algo del dinero que gasté en su ridículo libro. Por fortuna, ya no tenemos que sufrir sus artículos en El Amanecer de Senes. Buenas tardes.
El hombre se fue. Vitra lo miró alejarse con la boca entreabierta y las manos en el aire. No le sorprendía la actitud de ese lector antipático, pero no por ello dejaba de dolerle. El libro había sido un fracaso, era verdad, como también lo era que había aparecido hacía más de un año y que a esas alturas ya debería haberse olvidado. Pero no la perdonaban ni su familia ni los poderosos de Senes. Por suerte para ella, en Pequeña Inos había lugar para todos los desterrados y esos encuentros con su fracaso eran infrecuentes.
—Qué rudeza —comentó una chica pecosa, vestida con harapos, el cabello recogido en un chongo revuelto. Se sentó junto a Vitra y arrancó un trozo de la galleta que ésta había dejado en su plato.
—La incapacidad para el perdón que sufren los lectores nunca deja de sorprenderme. Ellos deberían escribir los libros, no yo. ¿Qué tienes para mí?
—El día ha estado agitado. Los fanáticos de la Iglesia de Gelpura incendiaron cosas, como siempre. Esta vez se trató de una antigua fábrica, un taller de compostura de autómatas. Ya sabes cómo odian todo lo que tenga que ver con la vida artificial. Dicen que los del sur quieren pelea. Tal vez aparezcan por aquí. ¿Estás segura de que quieres quedarte?
—Precisamente a eso vinimos, Rea Silvia. Piensa un poco. No creíste que la marcha de los nacionalistas de Entos sería un paseo, ¿verdad? Un reportero siempre aparece antes de que empiecen los problemas y se va antes de que terminen.
—Justo lo que necesitamos: fanáticos del norte contra fanáticos del sur. Al final, lo único que quieren es gobernar el continente y tener todo el poder. Sus banderas de colores y sus uniformes son sólo un teatro, una farsa.
—Ojalá fuera tan sencillo, aunque esa explicación no está mal para una cabeza dura como la tuya. ¡Ten más cuidado, niña tonta! —exclamó de pronto Vitra, cuando Rea dejó caer restos de chocolate sobre su vestido.
—Lo siento. Déjame limpiarte —dijo la chica, avergonzada, y se lanzó hacia ella con una servilleta.
—¡No, no! ¡Sólo lo ensuciarás más! Este vestido es muy difícil de limpiar… Y mira, también ensuciaste mis botas. ¡Mozo! ¡Alguien! ¿Acaso no hay nadie que sepa dar servicio en esta ciudad? Eres afortunada, Rea: no tienes que preocuparte de mantener limpios esos zapatos horribles que tienes.
Un apurado mesero se acercó por fin y Vitra le ordenó llevarle agua de alcanfor con menta para limpiarse. Echó un vistazo a Rea, que contemplaba con lástima sus propios zapatos —unos choclos de caballero demasiado grandes para ella—, y pensó que aquella pobre niña tendría hambre. Pidió un cuarto de queso de Marián, pan de maíz y un plato de frijoles con carne.
—No los entiendo a ustedes los ricos. ¿Me das un premio después de que estropeé tu ropa? En fin —murmuró la chica y se sentó.
Rea podía ser hábil y sagaz como un gato callejero. De hecho, había vivido en la calle y dormido bajo los puentes desde que la abandonaron en una canasta, a orillas del río Escauro. Fue criada por otros niños de la calle en Sendia, luego en Leptis, y ahora, a sus catorce años, se había convertido en la informante más capaz de Pequeña Inos. Vitra la contrataba de vez en cuando para que le trajera los chismes más frescos de la ciudad, y vaya que era buena. Pero, cuando se trataba de comer en un lugar decente o usar con propiedad los cubiertos, en un instante se convertía en una niña indefensa y temerosa.
Observaron la calle en silencio. Una tensa calma flotaba en el aire. El mozo trajo los alimentos. Rea se lanzó a comer sin contemplaciones.
—¿Quién es la cabra? —preguntó, señalando los cuernos que Vitra había dibujado sobre la cabeza de un hombre detalladamente grabado en la primera plana del periódico.
—El canciller Culianus, el diplomático de moda en Senes, el soltero más codiciado, mi vecino de la infancia. Sí, nada menos que Druso Tiberio Culianus —murmuró Vitra, al contemplar de nuevo, en El Amanecer de Senes, el grabado de aquel hombre joven de rostro severo, que saludaba desde un barco. Sobre la imagen se leía: “El canciller Culianus inicia visita oficial a Lamaria”.
—No está nada mal —juzgó Rea, con la boca llena.
—También fue mi prometido —confesó Vitra, no sin cierta nota de orgullo en la voz.
Rea se atragantó y miró a Vitra pidiendo explicaciones.
—Fue hace mucho. No funcionó. Es todo lo que debes saber. Y me alegro, pues ahora apoya abiertamente a los nacionalistas de Entos y estoy segura de que un día será presidente de Senes. Sobre todo, si se afeita ese bigotito ridículo.
—Hablando de presidentes —dijo Rea y se soltó el chongo, dejando caer su cabellera negra sobre sus hombros—, ¿sabías que el cardenal Númitor Longo invitó a la presidenta de Beatris al sitio arqueológico de la hondonada de Suntaz? Me contaron unos viajeros que la Iglesia de los Transformadores cree haber hallado indicios de un túnel sagrado de no sé qué…
—¿Te refieres al túnel de los Iluminados?
—Sí, ése.
—No es posible. Es folclor, nada más. No existe. Pero la presidenta tendrá que ir. Bastaría con que el cardenal tronara los dedos para que todo el sureste de Beatris se levantara en armas.
—La presidenta no irá. Lo ha anunciado esta mañana.
—Entonces, tendrá problemas —sentenció Vitra y tomó algunas notas. Cada palabra, cada tema era potencialmente un libro nuevo, uno que haría olvidar a todo el mundo el fiasco del anterior. No podía dejar suelta ninguna idea.
—Y, exactamente, ¿qué es el túnel de los Iluminados? —quiso saber Rea.
—La Iglesia de los Transformadores afirma que existe un túnel sagrado que siempre está inmóvil y es capaz de unir nuestro continente con cualquier otro. Dicen que durante milenios ha aparecido en ciertas noches, bajo la conjunción de diez estrellas con la forma de una herradura. Por eso su bandera…
—Oye —interrumpió Rea—, ¿no sacaron ese túnel de la historia de Leandrino, el héroe de Lamaria?
Vitra fulminó a Rea con la mirada por haberle arrebatado la palabra. Esa niña maleducada no tenía remedio, pero debía tolerarla hasta que dejara de ser útil. Suspiró, exasperada, y siguió hablando. A fin de cuentas, lo que la chica decía no era descabellado:
—No conozco el mito de Leandrino, pero ya sabes que todos los mitos antiguos se mezclan como abejas sobre los tulipanes.
—Cuando dices esas cosas recuerdo que eres una aristócrata senesina y se me quitan las ganas de ayudarte.
—Aristócrata senesina caída en desgracia, diría yo. Además, te pago diez sólidos a la semana, no lo olvides. ¿Y tienes que comer con la boca abierta? Si pagándote más tuvieras algunos modales, lo haría, pero eres un caso perdido —dijo Vitra distraídamente.
—Lo siento. Pero dejé lo mejor al final, así que tendrás que aguantarme otro rato. ¿Quieres escucharlo? —Rea se limpió la boca con el antebrazo e hizo un gesto malicioso. Buscó los ojos cafés de su interlocutora, pero sólo encontró la mirada triste de siempre, invadida por destellos de una ansiedad contenida que Vitra no siempre sabía cómo controlar.
—Mejor dime después. Ya vienen los nacionalistas del norte. ¿Los escuchas?
Un coro de voces se abría paso desde el fondo de la calle, cercada por edificios bajos de reluciente piedra blanca y marcos plateados. El clamor de las voces unidas formaba algunas frases: “Ya despierta la Nación del Norte”, “Seguiremos al Primero hasta la victoria”, “El norte es la luz de Circa”, “Muerte a los traidores del sur”, “Incendiemos juntos Gelpura” y otras cosas por el estilo.
Muy pronto, un millar de personas tomaron la calle, ondeando banderas azul celeste y blancas en las cuales se veían dos símbolos poderosos: a la derecha, una cabra superpuesta a un ciclamen, la flor de Sara, y en la parte izquierda, una elaborada letra N, símbolo cardinal del norte y sus regiones antiquísimas.
Al clamor de las voces se unió el eco de los golpes que la multitud daba con varas y azadones en la calle de piedra y en las fachadas de metal.
—No puedo creer que sigan aclamando al Primero —dijo entre dientes Vitra—. Estuvo a punto de llevarnos a la ruina.
—Creo que deberíamos irnos, Vitra. No se ven muy pacíficos que digamos —observó Rea con la boca llena de la comida que le habían traído. No pensaba desperdiciar nada—. Aunque no está nada mal eso de defender a los pobres y olvidados del continente. ¿No es lo que proclama ese Primero del que todos hablan? Yo me considero muy pobre y olvidada, si me lo preguntan.
—Hay otras formas de buscar la justicia social, Rea. No podemos sólo destruirlo todo y empezar de nuevo. Se necesita buen juicio y mucha paciencia.
—Claro, paciencia. Puedes tenerla durante tu tiempo libre, mientras descansas en una residencia de campo rodeada de sirvientes y cocineros. Seguro que así es más sencilla la espera por la justicia social.
Vitra no respondió. Sintió sobre ella las miradas de los que marchaban, pasando de largo ante las mesas de la cafetería. Cientos de ojos que la escrutaban y luego seguían adelante. Una multitud de personas que gritaban sus consignas al tiempo que movían sus cuerpos flacos, sus ropas desaliñadas y los cardenales en los pies descalzos, producidos por el roce con el piso. Era gente pobre que seguiría a cualquiera que prometiera algo mejor.
No se sintió amenazada, pero sí cerca, muy cerca de algo que estaba a punto de salirse de control.
—Ve a buscar al mozo. Dile que nos vamos y que envíe mi cuenta al hotel. ¿Qué es eso? —Vitra escuchó con atención.
Al otro lado de la calle sonaron los tambores de una marcha sombría, acompañada por voces graves que entonaban un himno de letra incomprensible, la forma favorita de expresión de la Iglesia de los Transformadores. El sonido dio paso a una columna interminable de personas encapuchadas que vestían capas oscuras y raídas. Ondeaban banderas bicolores, azules y rojas, con una gruesa letra U invertida en el centro, rodeada por diez estrellas de cinco puntas. Dentro de esa figura se veía el sinuoso y complejo trazo de una letra S, símbolo de los caminos y pantanos místicos del sur cardinal. Los iluminados caminaban en silencio, sin lanzar consignas, como flotando sobre ese canto misterioso que erizaba la piel de los niños.
—Ahí vienen los iluminados de Gelpura —dijo Vitra—. Supuse que vendrían, pero no tantos… ¿Qué pretenden?
—No lo sé, pero seguramente nada bueno. Por fortuna, eres periodista y, si alguien lanza una piedra, podrás contar que nos cayó a nosotras y nos rompió la cabeza. Siempre estamos arriesgando el pellejo.
Los contingentes se acercaron, confrontándose en el cruce de dos avenidas. Los curiosos se habían ido. Los negocios que permanecían abiertos estaban vacíos. Los pocos autos de vapor que circulaban por la zona habían dado la vuelta, dejando los carriles libres. Los nacionalistas de Entos gritaban, mostraban los puños y amenazaban a sus contrincantes con el dedo índice, como si quisieran fulminarlos, desaparecerlos con ese simple gesto. Del otro lado sólo recibían el insulto de la indiferencia, el silencio altanero de los iluminados.
Un nacionalista lanzó una roca hacia sus enemigos. Una mujer se cubrió el rostro ensangrentado, pero no por eso dejó de entonar su himno sacro. Otros no tuvieron tanta paciencia y se abalanzaron contra el agresor. Primero, la lucha se concentró en el centro de la calle, pero muy pronto había personas tirando golpes, sillas o lo que encontraran hacia todas partes.
Junto con los pocos comensales que seguían en la cafetería, Vitra y Rea trataron de huir hacia el final de la calle, pero un nuevo contingente nacionalista les cerró el paso y se abalanzó contra todo lo que se movía. Llovieron piedras de un lado; del otro, jirones de tela bañados con alcohol y envueltos en llamas azules. De un momento a otro había decenas de personas adoloridas tumbadas en el suelo. Grupos de iluminados o de nacionalistas se lanzaban sobre enemigos solitarios. Unos clamaban por ayuda y otros simplemente gritaban, dominados por la furia.
—¡Agacha la cabeza! ¡Sígueme y no mires a nadie! ¡Rápido! —ordenó Rea, quien se movió con agilidad entre la multitud que les estorbaba el paso.
Vitra la siguió, ahogándose en su propio miedo, sin respirar, hasta que sintió un dolor agudo en la espalda. Una roca le había pegado de lleno. Se quedó inmóvil un momento. El cuerpo entero le ardía. De su rostro, al que se había adherido la suciedad del adoquín, salieron dos lágrimas que se le pegaron a los ojos y le impidieron ver. Sintió el tirón que le daba Rea y se recobró como pudo. Corrieron y luego se arrastraron para evitar a unos encapuchados que buscaban a quién enterrarle unas largas dagas de cobre. Llegaron a un callejón. Ahí, tres iluminados habían acorralado a un nacionalista que se defendía con la vara de su estandarte. Los gritos se sumaban al ruido agudo de cristales rotos. La tarde cayó, pero la calle era una flama gigantesca que se encorvaba entre las banderas y los cuerpos que luchaban sin piedad. No era claro quién perseguía a quién, ni si había alguien, quien fuera, capaz de contener a la gente que se desbordaba y se enfrentaba en grupos o en duelos solitarios. Más allá detonó un fusil; luego, otro. Antes de que Rea tirara de Vitra para ocultarse detrás de una puerta lateral, el nacionalista cayó al piso y los encapuchados lo patearon, aunque ya estaba inmóvil.
—Tendremos que quedarnos aquí hasta que las cosas se calmen —Rea estaba en cuclillas. Habían entrado a una bodega oscura que, seguramente, era la parte trasera del café donde habían estado minutos antes—. ¿Estás bien? Déjame ver.
Vitra no contestó, pero dejó que Rea revisara su espalda. Sintió el vestido pegado a la sangre seca. Miraba atónita sus manos. Trataba de ocultarlo, pero temblaba, sentada en el suelo, rodeada de basura, botellas de vidrio y cajas podridas. No parecía más una aristócrata de Senes. Su vestido azul turquesa estaba arruinado; sus largos y castaños cabellos, revueltos y sudorosos.
—No es grave. Te quedará un moretón digno de tu clase social, pero nada más —pronosticó Rea y se dejó caer con un suspiro—. Hace rato no te lo pude decir. Tal vez esto te alegre. Hay noticias.
Vitra guardó silencio. Miraba el aire, extraviada. Rea se le acercó y le acomodó el cabello. Ella la hizo a un lado, tajante.
—Estoy bien —dijo—. ¿Qué noticias?
—Encontramos al que estás buscando. Si el retrato que me diste es exacto, mis contactos en Lamaria lo hallaron al este del río Duli-Ab y lo siguieron.
Vitra abrió los ojos, de pronto despierta, ajena al ruido y la violencia que la rodeaban en las calles de Pequeña Inos. Por fin, la recompensa que había ofrecido rendía frutos.
—¿Estás segura?
—Segura, como que tengo catorce años y me llamo Rea.
Vitra se talló los ojos, recobrándose.
—Necesitamos cruzar la frontera —sentenció.
—¿A Lamaria? ¿Estás loca? Es más peligroso que salir a dar de palos a los nacionalistas. Vas a tener que pagarme el doble.
Vitra sonrió. Aunque incompleta, la suya era una sonrisa. Si iba a recuperar su vida, no bastaba con escribir un libro sobre fanáticos violentos peleando en las calles. Necesitaba una historia colosal y, si Rea tenía razón, eso era lo que le esperaba en Lamaria. Pero debía darse prisa. Después del kaín de primavera, Pequeña Inos estaría muy lejos de la frontera de Lamaria y su única oportunidad real de volver a ser una periodista respetada se perdería en la inmensidad del continente.
—Tenemos que estar en Lamaria en una semana, Rea. Prefiero morir que perder esta oportunidad.
Vanisa percibía con profunda claridad las llamas a su alrededor. Todo ardía. Su mirada verde contemplaba el lento despertar del fuego en el piso de madera y roca. También las sombras curvas y los remolinos de luz que se elevaban como dagas hacia el techo, trepando por las cortinas de lana cruda.
Si tuviera piel, ¿sentiría dolor? Si respirara, ¿sus pulmones estarían abrasados? Los engranajes que constituían su mente autómata habían concluido que ya no había nada que rescatar, nada que salvar del incendio.
La señora Vera Sulpicio yacía calcinada en la cocina. Los tres niños, sus nietos, estaban a salvo en las calles de Gelpura, contemplando el fuego cubiertos con una manta.
Dos nubes bajas se encontraron en el cielo. Despertó el relámpago. Una lluvia intensa y tibia se filtró por las paredes descascaradas. Vanisa registró el cambio en la temperatura y se entretuvo mirando las volutas de humo que se formaban sobre su cabeza.
Entonces, decidió salir. El coche de vapor de los bomberos había llegado ya. No había nada que pudieran hacer. Los oficiales, los niños y los habitantes del pueblo que habían despertado para presenciar la tragedia miraban la casa consumirse.
Vanisa surgió de las ruinas de la mansión y buscó a los tres hermanos Sulpicio.
—¿Recuerdas qué ocurrió? —quiso saber el jefe de bomberos.
Vanisa negó con la cabeza.
—¿No lo sabes? —dijo otro bombero, con suspicacia.
—Los autómatas que no partieron a Gambia con la reina de Sara enloquecieron. Vanisa provocó el incendio. Eso es lo que dicen en la iglesia —una mujer con capa guinda habló de este modo. Su rostro se ocultaba en las sombras de su capucha, iluminada por una antorcha.
El cuerpo incandescente de Vanisa desprendía un vaho abrasador.
—Los nietos de tu dueña están a salvo. Ahora debes venir conmigo antes de que lastimes a alguien —le ordenó la mujer, Lucelia, a quien todos llamaban “la elegida” porque el cardenal Longo aseguraba que ella encontraría el túnel sagrado bajo la Sierra Continental. Mientras eso ocurría, la elegida mantenía el orden en Gelpura. El alcalde y el jefe de la policía la obedecían a ella. Nadie, salvo el cardenal, podía decirle qué hacer.
—Busquen a su pariente más cercano. Vive en los linderos del bosque Solidium. Vayan, tienen que llegar antes del kaín —les dijo Vanisa y les dedicó una última mirada con el destello verde de sus ojos.
—Nosotros nos encargaremos, Vanisa —dijo Medicus, el jefe de bomberos.
Vanisa recordó que, hacía muy poco tiempo, Medicus era un niño que corría por la plaza Capresa o los callejones elevados, entre las casas de techo semicircular típicas de Gelpura. Recordaba también al padre de Medicus, Marco, y a su abuelo, Cipriano, y a su bisabuelo, Horenus. Los podía ver ahí mismo, con los ojos de su mente, en un solo instante, todos niños, luego adultos, luego viejos, luego enterrados en el cementerio; enseguida naciendo de nuevo, niños, adultos, ancianos, muertos. Para Vanisa no había diferencia entre su memoria y su presente. El tiempo, comprimido, se le presentaba no como un proceso, sino como una experiencia unificada. Al menos, así había sido siempre, pero quizás ahora las cosas empezaban a ser diferentes en su mente exhausta. Por eso, cuando le preguntaron si recordaba lo ocurrido en la mansión Sulpicio, no supo qué responder. En su cabeza, de manera simultánea, el incendio no había comenzado, estaba ocurriendo y también había terminado. Del mismo modo, en tres procesos distintos, intentaba comprender por qué había sucedido; recordaba cada flama, cada crujido de la madera y cada objeto que fue consumido, y la hora precisa en que se rompió el cristal de la alacena y el ángulo en que la luz entró a la habitación cuando las llamas devoraron el corazón de la señora de la casa sin que ella, Vanisa, pudiera hacer nada porque sus articulaciones estaban viejas, más viejas que el lago Dimanca y el río Caesus, y se movía con tanta lentitud, y ahora…
Ahora estaba lejos de la casa, en el sótano de la iglesia del Santo Ingebo, el cuarto Transformador, el más pequeño y oscuro de los Diez Templos, sitio de escarmientos y rituales que los habitantes de Gelpura preferían no conocer.
—Tienes que esperar aquí. Mañana veremos qué hacer contigo —le dijo Lucelia y cerró detrás de ella la puerta de una celda de meditación.
Vanisa podía evadirse, si quería. La puerta no tenía llave y, aunque la tuviera, los brazos de la cocinera de bronce eran suficientemente fuertes para derribarla. Si no salía ni escapaba era porque no temía al castigo ni a la injusticia. Era el miedo a la muerte, a ser sacrificados en nombre de una ley humana o divina, lo que impelía a los humanos a huir, a esconderse, a mentir. En cambio, un deber fundamental con la existencia inmediata mantenía a Vanisa en ese sitio. En su oscura voluntad, en los laberintos de su mundo interior, lo único similar a un deseo era la necesidad de comprender el misterio de su propia memoria, que últimamente parecía fragmentarse sin remedio. Si la culpaban de la muerte de la señora Vera, no podía interesarle menos. Si la exiliaban o la partían en mil pedazos, si le abrían la cabeza y arruinaban sus engranes neuronales para convertirla en un autómata racional, un pedazo de metal sin voluntad, lo mismo le daba. La certeza de que los tres niños Sulpicio estarían bien le bastaba para llevar sus razonamientos a otros lugares, más allá de las palabras.
Vanisa se quedó de pie, mirando la luna a través de la única ventana de la celda. La luna, su perfección blanca, su simetría inmóvil. Le gustaba mirarla porque era idéntica a los millones de imágenes que guardaba en sus recuerdos de otras noches similares, luminosas y frescas después de una tormenta.
A las tres quince de la mañana bajó ligeramente la mirada, pues en su mente apareció una extraña luna rojiza de hacía mil doscientos años. Ella la había visto, la veía aún, la seguiría viendo hasta el último día de su vida.
—Ahí estás, luna roja —dijo, en un murmullo. El eco de su voz metálica se perdió en el desagüe.
Desde ese momento y hasta que Lucelia abrió la puerta, a la mañana siguiente, Vanisa se perdió en la contemplación de los bordes irregulares, carcomidos, de la roca lunar de su memoria.
La llevaron a la sala principal, frente al altar. Lucelia se inclinó ante el cardenal Longo, un hombre alto, muy moreno, de nariz aguileña y con una barba negra que le cubría la boca. Detrás de él había un vitral cuyos colores atravesaron los ojos de Vanisa como una fuente infinita de palpitantes tonos intermedios; sobre él, una bóveda baja, semicircular, dividida en diez secciones, decorada con la leyenda de la cabra, los diez transformadores, la diosa Dimanca y el primer kaín de la historia.
Vanisa ignoró aquellos dibujos. Las representaciones ficticias de la historia antigua no le decían nada; su significado no sólo se le escapaba, sino que comprendía su irrelevancia apenas se fijaba en ellas. Prefería perderse en los colores que los vitrales proyectaban, con la forma de un círculo perfecto, en el suelo, precisamente donde ella estaba de pie.
—¿Es ésta la cocinera de la mansión Sulpicio? —preguntó el cardenal.
—Así es, señor —contestó Lucelia.
—¿Has causado tú el incendio? ¿Has asesinado a la señora Vera Sulpicio?
Vanisa negó con la cabeza.
—¿No has sido tú o no lo recuerdas? —insistió el cardenal.
Aunque la pregunta llamó su atención, la autómata resolvió en un segundo que era irrelevante, una formulación retórica, y no respondió.
—¿Qué clase de autómata es éste, hermana Lucelia? ¿Puedes inspeccionarlo con cuidado, por favor?
Lucelia observó con detenimiento a Vanisa. Tocó suavemente su cuello de metal, la nuca helada. Examinó el color de sus ojos. La tomó de las manos y revisó sus falanges. Vanisa se dejó hacer.
—Es un mimetrón sintético, señor, muy antiguo.
—¿Por qué no se unió al éxodo, a la Marcha de los Autómatas, hace tres años? —quiso saber el cardenal.
Lucelia se acercó más a Vanisa, pero no lo suficiente para estar a su alcance. Era evidente que prefería tomar distancia.
—No lo sé, señor. Algunos, en las partes más alejadas de Circa, no respondieron al llamado de la reina de Sara.
—Te ruego que no la llames así. Eres joven, hermana Lucelia, pero debes familiarizarte con las herejías. Los padres transformadores nunca hablaron de una reina en Sara; todo lo contrario: reprobaron cualquier forma de gobierno monárquico y autoritario. No consideramos que esa mujer, o quien se haya llevado a los autómatas a Gambia, sea una reina, y mucho menos una santa.
—Lo siento, cardenal. Sólo repetí lo que escuché en el seminario de la hermana Doménica.
—Doménica ha envejecido. No sabe lo que dice. No deberías repetirlo.
—No, señor.
—Entonces, algunos autómatas no respondieron cuando fueron convocados.
—Así es, señor. Además, Vanisa ha trabajado en la mansión Sulpicio desde que ésta fue construida. No sé exactamente hace cuánto tiempo…
—Trescientos veinte años, hermana.
—Yo creo, si me permite decirlo, que en vez de ir a Gambia decidió quedarse con su familia.
—Ellos no tienen familia. Los autómatas no son parte de la creación. No lo olvides.
—No, señor. Lo siento. Quizá la autómata estableció un vínculo con ellos, señor, como un perro con sus dueños.
—No necesitamos un autómata suelto en esta región. La gente debe olvidarse de su existencia.
—¿Qué hacemos con ella?
Hasta ese momento, Vanisa había escuchado la conversación en el fondo de su mente, como si no se tratara de ella ni de su destino, y había inclinado sus sentidos hacia el sonido hueco que producían las voces del cardenal y de Lucelia al rebotar en las paredes. Esos ecos le recordaban algo que no pudo precisar al principio. Buscó en su banco de memoria y ahí, en el fondo de sus datos armónicos, lo encontró: la primera vez que vio a un niño tirar una piedra a un estanque. ¿Cuándo había sido aquello? ¿Hacía mil años? ¿Hacía tres mil? ¿Eso importaba?
Lo que estaba más allá del tiempo, más allá de los límites de sus recuerdos, era lo único que le intrigaba últimamente. Y ahí se quedó, quieta, reviviendo la piedra, el sol del mediodía, los reflejos sobre el agua en ese estanque milenario que ya no existía.
—¿Fue la autómata la culpable del incendio? No lo sabremos. Nunca hablará de ello, pero es muy probable que lo sea. Es vieja. Sus impulsos magnéticos están fuera de control, su sistema circulatorio ya no transporta suficiente vapor y su mente está muriendo. Entonces, será el sacrificio del ritual de primavera. Nuestro regalo al kaín para celebrar la transformación de la tierra en energía.
—¿Será fundida, entonces, en el templo de Aureolo? —preguntó Lucelia.
—Sí, hermana. Encárgate de eso y toma el tren a Nubia. Es esencial que te presentes en la reunión con la presidenta Minerva.
Lucelia se inclinó y tocó a Vanisa en el hombro.
—Ven conmigo. Esperarás en la celda una semana.
Vanisa caminó de vuelta a la celda. Comprendía lo que ocurriría con ella. Conocía el significado del ritual de primavera. Sabía que en unos días dejaría de existir. Nada de eso era importante. Sólo deseaba tener tiempo suficiente para rondar en su interior y encontrar su primer recuerdo antes de que la introdujeran en la cámara de cuarzo y su materia fuera destruida por el vapor de mercurio.
Por Lisias Doménico, corresponsal en Nubia de El Amanecer de Senes
Nunca deja de sorprenderme el entusiasmo de la gente de Nubia. Gracias a sus celebraciones, olvidé por un momento que el kaín de primavera está cerca y siempre trae alguna calamidad.
Por desgracia, me ha convocado aquí un asunto más urgente que la vistosa y colorida celebración del tercer aniversario de la batalla de Endamed. Se trata de algo que niegan en los pasillos del Palacio de Gobierno, pero que sin duda se percibe en las altas esferas políticas: la presidenta de Beatris, Doria Minerva, está perdiendo su poder.
Precisamente eso es lo que ocurrió hace tres años: la división interna de un Gobierno desencadenó la batalla de Endamed. Como recordarán los lectores, en aquel entonces hubo un golpe de Estado en Inos. Desde Nubia se organizó el ataque al Gobierno impostor de Senes y, pese al lamentable papel que jugaron los cartógrafos en el asunto, en los llanos de Endamed se decidió el destino de nuestras naciones, se restauraron nuestros Gobiernos, se eliminaron las moínas, se proclamó el regreso del reino de Sara y los autómatas se marcharon a Gambia para no volver. Pensamos que todos esos cambios eran suficientes para una sola vida, pero nos equivocamos.
Qué curioso que ahora, como entonces, los Gobiernos de Circa estén en peligro de derrumbarse. ¿La razón? Dos grupos se disputan el poder. Por un lado, los seguidores de Minerva desean impedir la construcción del tren transoceánico. Los kaínes y los kaisenes que agitan el subsuelo de las costas de Circa son impredecibles. Enviar allá obreros ferroviarios es condenarlos a una muerte segura. Por el otro, los expansionistas han prometido un mejor futuro para Circa si nos atrevemos a conquistar nuevas tierras más allá del mar.
Y las cosas se complican más. Los expansionistas se han multiplicado hasta crear dos bandos muy poderosos que luchan entre sí. En el sur de Circa, la antigua Iglesia de los Transformadores ha fundado la Unión del Sur, que defiende la construcción del tren en Gelpura y afirma tener el derecho sagrado de hacerlo, basándose en creencias antiguas. En Entos y sus alrededores, la Liga Turina de Cartógrafos ha dado lugar a la Nación del Norte, un movimiento que aspira a que los industriales del tren decidan construir las vías sobre el mar de los Volcanes. Aseguran poseer el conocimiento cartográfico y científico para llevarlo a cabo sin sacrificar ninguna vida.
En el sur, la religión ofrece viejos mitos. En el norte, se disemina una fe ciega en la ciencia. Ambos persiguen lo mismo: debilitar a Doria Minerva y ganar suficiente poder político para tener a los empresarios ferroviarios de su lado.
