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Lían Santa jamás pensó que la llegada de un paquete junto con unas notas le iban a cambiar radicalmente la vida. Acostumbrada a una vida tranquila y a jugar partidas de ajedrez con Salvador, su vecino, de repente se verá envuelta en una trama de misterio y acción en la que nada ni nadie parece ser quien es. La desaparición de unos cuadros, el sonido de unas campanas y desentrañar qué se oculta detrás de aquellas notas, harán que los protagonistas se enfrenten a una vertiginosa carrera por descubrir el significado de un entramado en lo que parece ser una clara amenaza para todos y cada uno de ellos.
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Seitenzahl: 268
Veröffentlichungsjahr: 2024
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EL LEGADO
DE LAS CAMPANAS
Amparo Arastell
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© Del texto: Amparo Arastell Bueno
© Editorial Samaruc, s.l.
978-84-10229-03-7
www.samaruceditorial.com
PRÓLOGO
Richard Carson era un hombre al cual la vida no le había tratado demasiado mal. Sus padres, siempre fieles a sus ideales, le inculcaron una muy buena educación. Habiendo disfrutado una vida acomodada, nunca se había visto obligado a pasar necesidades. A la muerte de estos, la herencia familiar había pasado a sus manos; una herencia generosa que ahora, y muy a su pesar, hacía aguas. Últimamente los negocios no le habían ido demasiado bien, hasta el extremo que estaba a punto de perderlo todo; la ruina más absoluta. Aún recordaba los años de felicidad, sin duda los más felices de su vida, cuando contrajo matrimonio con la mujer más maravillosa que hubiera podido conocer, sintiéndose el hombre más afortunado. Una etapa de su vida corta, pero inmensamente plena. Y de repente, todo terminó de la peor manera posible, cuando una grave enfermedad se la llevó siendo todavía muy joven. La vida podía ser muy cruel. Su hueco dejó en su existencia un vacío inmenso. En su fuero íntimo siempre la echaba de menos. Por suerte o por desgracia nunca vería al hombre en el cual se había convertido. Todo lo que sus padres le habían dejado en herencia estaba a punto de desaparecer. ¡Sus padres! Seguro que si vivieran todavía, la situación no sería la misma. Tanto el uno como el otro tenían muy buena cabeza para los negocios. No había sabido salvaguardar la herencia familiar, y eso era algo que le corroía por dentro. Confesar que se sentía, mejor dicho, que era un fracasado, es algo que lo asfixiaba. Todo empezó a darle vueltas en la cabeza. Por más que intentaba buscar una solución, solo conseguía sentirse más derrotado y hundido. Había pasado de ser un hombre de triunfo a ser un hombre vencido por las circunstancias.
Salió apresuradamente y estuvo andando sin dirección alguna con la mente perdida, intentando encontrar un poco de sosiego para su alma. Sin darse cuenta se encontró delante de una iglesia, y sin pensarlo dos veces entró en ella. Necesitaba un desahogo, aunque fuera espiritual. Una vez dentro se acercó a los bancos delanteros, se sentó y alzó los ojos al cielo. Unas horas más tarde, se había suicidado.
1
Corre, corre, corre, repetía su mente en un arduo deseo de alcanzar su meta lo antes posible. Sentía que la vida se le escapaba, pero no podía hacer otra cosa que seguir corriendo mientras que todo lo vivido en los últimos días se agolpaba en su mente. Corre, corre, corre….
Lían se despertó envuelta en sudor, con escalofríos, temblando de la cabeza a los pies, y antes de que sonara el despertador, lo apagó. Tenía la sensación de haber estado corriendo largo tiempo, sin recordar una vez despierta qué era aquello que le hacía correr. Pensó en lo raro que podían ser los sueños, aunque no dejaban de ser eso, sueños.
Era una suerte disponer de unos días libres en el trabajo; podría descansar y a la vez retomar fuerzas. Últimamente el estrés al que se veían sometidos en el entorno laboral, unido a las largas jornadas, empezaba a pasar factura. Sentía una especie de ansiedad difícil de explicar.
—La presión es cada día mayor, pensó para sí, y el volumen de trabajo no para de crecer.
De repente sonó el timbre de la puerta, y un sobresalto le inundó el cuerpo.
—¿Quién será a estas horas? —Se dirigió hacia la puerta y abrió.
—¿Señorita Lían Santa?
—Sí, soy yo —respondió un poco trastornada por el sobresalto.
—Este paquete es para usted. Tiene que firmar aquí.
En un principio pensó que aquello era una confusión y que el paquete en cuestión no era para ella; pero su nombre estaba escrito en él, así que firmó la hoja que el repartidor le había colocado delante de los ojos, recogió el paquete y cerró la puerta. Se quedó por un momento contemplándolo. No esperaba ningún envío de nadie, así que una cierta curiosidad se apoderó de ella. Lían se dirigió al comedor y comenzó a desenvolverlo. Era un paquete mediano envuelto en un papel grueso de color pardo oscuro, y llevaba un sobre pegado a él, pero nada desde fuera hacía prever lo que podía ser.
Estaba intentando desenvolverlo cuando otro sobresalto le hizo encoger el estómago.
—Pero, ¿qué pasa hoy?
Se asomó rápidamente a la ventana; una furgoneta se había empotrado contra otra y eso había hecho frenar a otros dos coches más, que no pudiendo esquivarlos habían colisionado los unos con los otros. En un momento el caos fue total. Media docena de coches se vieron involucrados de una manera u otra.
—Parece que los astros se están alineando para no tener un segundo de paz.
Lían se dirigió hacía el comedor y siguió desenvolviendo el paquete. Conforme lo iba haciendo, su mente divagaba en un intento de adivinar qué contenía aquel paquete que tenía entre manos. Cuando por fin lo tuvo delante de sus ojos, se quedó mirándolo boquiabierta. No era capaz de saber qué era exactamente. Por un momento pensó que se trataba de un reloj de pulsera, diseñado para la muñeca y sujeto con una correa de piel; pero la división de sus líneas distaba mucho de serlo. Había 78 espacios marcados con pequeños trazos en relieve que formaban un círculo.
—78 espacios ¡Qué extraño!, pensó para sí misma.
Tenía una saeta parada en lo que podría decirse las 12h, si fuera un reloj; pero que, sin lugar a duda, no era lo que tenía delante.
—¿Qué demonios será esto? —pensó— ¡La nota! Lo había olvidado. —Había una nota pegada al paquete. La abrió rápidamente, estaba escrita a máquina, sin remite.
EL TIEMPO AVANZA
CAMPANA A CAMPANA
LA CAÍDA DE ROQUE
SERÁ EL FINAL
CUATRO VECES
NI UNA MÁS
Todo en la cabeza de la muchacha no paraba de dar vueltas y vueltas ¡No entendía nada!
—Si al menos tuviera la mente despejada, se dijo a sí misma. Las pesadillas de la noche anterior no ayudaban demasiado. Parecían tan reales que no se había permitido descansar. Será mejor que me tome algo para el dolor de cabeza, se dijo, y quizá después sea capaz de entender qué significa todo esto.
· · · · · · · · · · · ·
El señor Salvador, como así lo llamaba Lían, era su vecino favorito. Desde que se mudó, hace ya cinco años, habían hecho muy buenas migas. Si bien es verdad que Salvador estaba ausente largas temporadas, cuando regresaba se reunían para charlar y así ponerse al día de todo lo ocurrido en el tiempo que no se habían visto. Si la ausencia era muy larga mantenían contacto por teléfono. Lían acababa de cumplir los veinticinco y Salvador no tendría más de sesenta, aunque nunca le había preguntado su edad, solo lo suponía. Tenían la costumbre de quedar para jugar de vez en cuando alguna partida de ajedrez, y así habían creado una amistad y una confianza mutua. Lían no tenía familia, así que Salvador se había convertido en un padre al que contar su día a día y pedir consejo cuando lo necesitaba.
Lían tocó al timbre de la puerta de Salvador.
—Hola, Lían —le contestó Salvador al abrir la puerta—. Pasa, he preparado algo para picar.
—Gracias —contestó Lían—, la verdad es que no he comido prácticamente nada y empiezo a estar desmayada; pero antes tengo que enseñarle algo que he recibido esta misma mañana.
—¿Dé qué se trata? —contestó Salvador—. Por tu cara de preocupación tiene que ser algo importante.
—La verdad, Salvador, no sé lo que es, pero me tiene algo preocupada. Lo he recibido esta mañana junto con una nota que tampoco acabo de entender.
Lían sacó el paquete de la bolsa en la que lo traía y lo puso en las manos de Salvador. Este lo miró con asombro, intentando reconocer lo que tenía delante de los ojos.
—Qué extraño ¿Y dices que traía una nota con él? —preguntó Salvador.
—Sí —contestó Lían—, iba pegada al paquete, sin ninguna dirección —Salvador la leyó y durante unos segundos el silencio invadió la habitación.
—Parece un reloj —le refirió Lían—, pero si se da cuenta tiene setenta y ocho líneas y todas ellas bien marcadas; si fuera un reloj tendría sesenta, con lo cual tiene que ser otra cosa. Y ¡esa nota!, la caída de Roque será el final. No entiendo. ¿Quién será Roque? Y cuando dice cuatro veces, ni una más, a qué se está refiriendo. ¿Cuatro veces para qué?
Salvador se quedó un rato en silencio meditando todo lo que Lían le estaba contando, pero su mente no era capaz de entender nada.
—¡Todo esto es un poco raro! —exclamó Salvador mirándola detenidamente a los ojos— ¿Y dices que lo has recibido esta mañana? —preguntó Salvador.
—Sí —le refirió Lían—, lo traía un repartidor. Me ha preguntado si yo era Lían Santa; al decirle que, efectivamente era yo, me ha hecho firmar como que me lo entregaba. Al principio he dudado porque no tenía previsto recibir nada. Después me ha vencido la curiosidad. ¿Crees que he hecho bien, Salvador?
—Si como me estás diciendo, venía a tu nombre y has tenido que firmar como que te ha sido entregado, está claro que hay alguien muy interesado en que lo recibas tú y no otra persona.
—Dime una cosa Lían. ¿Conocías al repartidor? ¿Suele venir habitualmente por esta zona?
—Pues la verdad es que ni sé quién me lo envía, ni tengo idea de qué es, ni conozco para nada al repartidor. No es el que suele repartir por la zona. Lo único claro, Salvador, es que lleva mi nombre —Lían se quedó absorta en sus pensamientos mientras Salvador la miraba con cierto aire de preocupación.
—Lo mejor será que acudas a correos e intentes averiguar quién es el repartidor que han enviado esta mañana para cubrir esta zona —le contestó Salvador, sacando a Lían de su estado de meditación—. Quizá si descubres quién, o de dónde lo envían, podamos saber lo que es.
—Sí, tienes razón —contestó Lían—, es lo primero que tengo que averiguar. Todo esto es un sin sentido. Lo mejor será aclararlo lo antes posible.
Ambos se quedaron en silencio intentando reflexionar sobre todo lo que había pasado en apenas unas horas.
2
¡BOOM! Frena, frena, frena….
—No me puedo creer que hayamos estado a punto de chocar —gritó Pam presa del histerismo.
El escenario que se descubría ante ellos era el preludio de que las cosas se podían complicar de un momento a otro.
Ante sus ojos una fila de coches se había empotrado los unos contra los otros, debido en parte a una furgoneta que, con una mala maniobra, había intentado adelantar a otra. Rick, haciendo alarde de su gran capacidad al volante, había conseguido esquivarlos. Su atención y concentración a la hora de conducir, era algo que le había servido, en este caso, para salir airoso de la situación.
—No teníamos que haber venido. Esto es surrealista, ¿se puede saber qué hacemos aquí? —preguntó Pam.
—Cállate —le gritó Rick—, me estás poniendo nervioso. Te dije que no vinieras, que yo me encargaría de todo.
—Desde que recibiste esa nota no has descansado un momento, deberías haber ido a la policía; pero no, tú te empeñaste en actuar por tu cuenta.
—No entiendes que, si voy a la policía y les cuento todo, me voy a meter en problemas.
Pam sacó dos hojas que llevaba dobladas en el bolsillo de la chaqueta y las leyó, una vez más.
Dirígete a la calle Blas n. º 21, el día 3 de abril a las 12 horas; de no ser así, todos tus secretos saldrán a la luz.
Y en la otra se podía leer:
EL TIEMPO AVANZA
CAMPANA A CAMPANA
LA CAÍDA DE ROQUE
SERÁ EL FINAL
CUATRO VECES
NI UNA MÁS
—¡Pero es que no entiendo qué secretos!, si no me cuentas no puedo ayudarte —le suplicó una vez más Pam— ¿Tan grave es?
—Ya te dije que he hecho cosas de las que no me siento orgulloso, pero por favor deja ya de preguntar, tenemos que salir de aquí lo antes posible. ¡Maldita sea!
Dando un giro rápido logró sacar el coche del tumulto en el que estaban metidos, antes de que los demás conductores empezaran a perder los nervios. En un instante lograron llegar a un callejón, el cual estaba completamente desierto. Allí mismo podrían dejar el coche y pensar detenidamente en cuál sería el siguiente paso a seguir. La calle Blas estaba prácticamente al lado.
· · · · · · · · · · · ·
Habían llegado a la calle Blas, y el número 21 no distaba mucho del lugar donde había sucedido el accidente. ¿Deberían subir? Podría ser peligroso; no sabían exactamente qué es lo que se iban a encontrar. Rick maldijo mil veces haber aceptado que Pam lo acompañara. No se perdonaría nunca si algo malo le pasara; pero ella podía ser la persona más perseverante del mundo. Quizá debería haber insistido más. Sí, hubiera sido lo más acertado, pero el tiempo jugaba en su contra y Pam no era de las personas que se resignaban con facilidad. Eso era lo que le había fascinado de ella cuando la conoció. Esa seguridad en sí misma y esa sonrisa que, por muy malas que fueran las circunstancias, nunca la abandonaba. Y así llevaban casi un año juntos. Lo único que le apenaba era no haber sido del todo sincero en lo referente al trabajo, pero ella no lo hubiera entendido.
Le habían pedido que hiciera cierto trabajo de dudosa moralidad, que pondría en serios problemas a personas con un elevado nivel económico. Al principio se había negado, pero la ambición y las circunstancias habían hecho mella en él, y ahora se arrepentía con toda el alma.
—¡Nunca debí aceptar! —se repetía una y otra vez.
Rick dejó a Pam en el coche, algo enfadada porque este no la dejaba acompañarlo, y se dirigió al n. º 21 de la calle Blas. Una vez estuvo delante de la puerta las piernas le empezaron a flaquear, y no estaba seguro de si había hecho lo correcto acudiendo al lugar que decía la nota. Tocó al timbre y esperó. Nada; silencio. Volvió a tocar una vez más; empezaba a desesperarse. De pronto, empujó la puerta y esta se abrió. No estaba seguro si entrar; dejó pasar unos segundos y al final se decidió. Parecía que no había nadie. Ante sus ojos apareció una habitación llena de caballetes, lienzos y cuadros, algunos de ellos con la pintura todavía fresca. Por un momento creyó reconocer alguno de aquellos cuadros, la mayoría de pintores de gran prestigio. Como restaurador de obras de arte, tenía un alto conocimiento en el mundo de la pintura. Pero Rick no entendía nada del porqué aquellos cuadros se encontraban allí.
Al momento todo empezó a darle vueltas en la cabeza. No estaba orgulloso de lo que había hecho, pero en una ocasión cometió un fraude, ayudado por un falsificador de obras de arte y, por ello recibió una buena cantidad de dinero. La angustia empezó a apoderarse de él. ¿Qué significaba todo aquello? De pronto sintió un golpe en la cabeza y cayó al el suelo sin tener tiempo de reaccionar.
No sabía cuánto tiempo estuvo sin sentido; solo sabía que todo le daba vueltas. Menos mal que Pam se había quedado en el coche, se dijo a sí mismo cuando fue consciente de la situación. Seguro estaría preocupada y al borde de los nervios.
—Tengo que salir de aquí.
Se levantó y se dirigió a la puerta; de pronto se tropezó de frente con Pam, que harta de esperar y presa de los nervios no había podido seguir esperando en el coche y se acercaba sigilosamente para ver qué estaba pasando.
—¡Rick! ¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien?
—Pam ¿Qué haces aquí? Tenemos que irnos, rápido. Alguien me ha golpeado en la cabeza.
—¿Qué es todo esto, Rick? —Pam echó un vistazo a la habitación en la que se encontraban.
—Ahora no, Pam. Tenemos que irnos ya.
Salieron rápidamente hasta alcanzar el coche, y ya subidos en él abandonaron enseguida el callejón.
Cuando estaban llegando a su domicilio, un ático situado en las afueras de la ciudad, Pam le pidió a Rick que la dejara una calle antes para acercarse a la farmacia.
—Rick, ve yendo al ático; yo mientras voy a comprar algo para curarte esa herida.
—De acuerdo —le contestó este algo aturdido—. Compra algo para el dolor de cabeza, creo que me va a estallar.
La dejó al lado de la farmacia y Rick se dirigió al aparcamiento que tenían justo debajo del ático. Una vez dentro de su casa, en el silencio de la habitación, la cabeza no paraba de revivir las horas anteriores. Desde que había recibido esa nota, presagiaba que todo iba a ir de mal en peor. Se dirigió al teléfono y marcó un número, al momento alguien al otro lado de la línea le contestó.
—Sí, dígame.
—¿Salvador? Soy Rick Salma, tengo que hablar contigo.
—Ahora mismo me pillas ocupado —respondió Salvador.
—Es importante —le espetó Rick—, si no fuera así no te molestaría.
—Está bien Rick, nos vemos dentro de una hora en el parque que hay detrás de la biblioteca.
—De acuerdo, ahí estaré —Rick colgó el teléfono al tiempo que la puerta de su habitación se abría. Era Pam que venía con una bolsa de la farmacia.
—¿Con quién hablabas? —le preguntó Pam.
—Con nadie, se han equivocado.
3
Malcom era un hombre que gozaba con el peligro y el hecho de hacer algo fuera de la ley lo excitaba. No siempre había sido así. Malcom había pertenecido durante años a la Unidad de Especialistas en desactivación, neutralización e intervención de artefactos explosivos. Su afición desmesurada por la bebida le había pasado factura. Perder el trabajo fue el principio del fin. Cada día era más difícil verlo sereno y más fácil encontrarlo rondando los bares de los suburbios de la ciudad. Parecía que en su mundo solo cabían las noches, en las que la bebida era su única compañía, hasta que recibió aquella extraña llamada.
Malcom estaba preparado para ejecutar cualquier misión por complicada que pudiera parecer. Aquella voz que parecía totalmente distorsionada le había ofrecido mucho dinero por una serie de trabajos, y lo recibiría en una dirección de correos. Se comunicarían por teléfono, con lo cual jamás vería la cara de la persona para la que debía hacer aquellos encargos. No era algo que a Malcom le importara demasiado. Su falta de escrúpulos, unida a la necesidad imperiosa de dinero, era la mezcla perfecta para no cuestionarse cualquier cometido. Con el pago por adelantado le era más que suficiente. Las primeras instrucciones estaban en marcha.
Uno de los trabajos que le había indicado que tenía que realizar, consistía en colocar un artefacto explosivo en un reloj de una iglesia.
No había tenido ningún problema para hacerse pasar por un empleado de reparaciones, y así poder subir hasta donde se encontraba el reloj sin llamar la atención. Un buen disfraz era la tapadera perfecta para que nadie lo reconociera. El párroco encargado de la iglesia no había dudado ni un solo momento y le había dado todas las facilidades, que le permitían lograr su propósito con el menor esfuerzo. Era increíble la facilidad con que últimamente cambiaba de aspecto, desde hacer de repartidor para la entrega de un paquete, a empleado de mantenimiento. Una sonrisa iluminó su cara, símbolo de que en el fondo disfrutaba con todo aquello.
Una vez en la iglesia, el párroco encargado de ella había acompañado a Malcom hasta lo alto de la iglesia donde se encontraba el reloj. Para ello habían subido por una escalera estrecha y empinada, al final de la cual se encontraba el campanario. A un mismo nivel se podía ver el reloj con una puerta metálica que guardaba su mecanismo. Una vez el párroco se retiró a sus tareas, Malcom, con mucho cuidado, se puso manos a la obra uniendo cada cable con la precaución de no confundir ninguno de ellos. Aquello no debía de llevarle demasiado tiempo, aunque el trabajo en sí era para Malcom un juego de niños. Una vez hubo terminado, cerró con sumo esmero la puerta metálica que guardaba el mecanismo. Lo más difícil estaba hecho. Ya no tendría que preocuparse más por el dinero. El párroco nunca imaginaría, ni por un momento, cuál era el verdadero motivo de su visita… De pronto sonó el teléfono.
—¡Sí! Malcom al habla.
—Recuerda que tiene que quedar todo listo antes de las doce horas del día cinco de abril —dijo una voz que a Malcom le pareció como distorsionada—. Asegúrate bien, no puede haber ningún fallo.
—Sí —respondió Malcom—. No habrá ningún problema; a las doce horas del día cinco de abril todo estará preparado. Me quedan por rematar los últimos detalles.
De pronto sintió un mareo y se acordó que no había comido nada en todo el día. Sacó una petaca con whisky que llevaba en el bolsillo y le dio un buen trago. Quería salir de allí cuanto antes. Recogió todo lo que había utilizado, bajó las escaleras y salió rápidamente por la puerta sin que el párroco, inmerso en sus tareas, pudiera darse cuenta de ello. Había dejado el coche dos calles más abajo para no llamar la atención. Subió a él y desapareció sin dejar rastro. Conforme se iba alejando notaba que su cuerpo se relajaba por momentos. Aunque disfrutaba con todo aquello, reconocía que últimamente la salud le había jugado alguna mala pasada. Este sería su último trabajo, se repetía una y otra vez.
Malcom aparcó el coche y se dirigió a lo que en los últimos meses había sido su casa. Estaba situada en la parte más ruinosa de la ciudad, pero allí pasaba desapercibido y, lo más importante, alejado de miradas indiscretas. Cuando todo hubiera acabado se compraría una casa y viviría de lujo. Con todo el dinero que iba a ganar pensaba darse la gran vida. De pronto sonó el teléfono.
—Sí —contestó Malcom.
—Tengo otro trabajito para ti.
Otra vez la voz distorsionada, pensó Malcom al tiempo que le contestaba.
—¿De qué se trata?
—Apunta. Calle Blas número 21. —Malcom escuchaba con atención mientras tomaba nota de todo lo que le iba diciendo.
Una vez terminada la breve conversación, colgó el teléfono y empezó a repasar las instrucciones que le había ordenado. Tenía que darse prisa si no quería que se le echara la noche encima, y según la llamada que acababa de recibir, la cosa urgía, por lo que no podía perder un solo instante. Salió de la casa, subió al coche y se dirigió al número 21 de la calle Blas.
Tuvo suerte y no dejó el coche demasiado lejos; de lo contrario hubiera perdido un tiempo que no tenía. Una vez allí y tal como la voz le dijo, la llave estaba escondida debajo del felpudo. Entró, y rápidamente empezó a recoger todo lo que tenía a la vista, lienzos, cuadros, pinceles, caballetes… En un momento la habitación quedó totalmente vacía. Con cuidado de no llamar demasiado la atención, lo fue cargando en el coche y emprendió el camino de regreso a su casa.
Una vez allí y siguiendo las instrucciones, hizo una hoguera y lo quemó todo. La voz distorsionada había sido muy precisa: no debía quedar ni rastro de todo aquello. La segunda parte de lo que le había pedido, se había ejecutado a la perfección. Se había hecho muy tarde y el cansancio empezaba a pasarle factura. Lo mejor que podía hacer en estos momentos era descansar.
· · · · · · · · · · · ·
Malcom se despertó con la sensación de haber dormido mil horas. Se sentía con fuerzas para desempeñarcon éxito cualquier cosa que la voz tuviera a bien mandarle. Para eso le pagaba, y muy bien. Estaba orgulloso de cómo había colocado la bomba; esa había sido la parte más complicada y a la vez la más fácil. Malcom era todo un experto en la materia. La manera en la cual se había introducido en la iglesia sin levantar sospechas tampoco había sido difícil. La confianza del párroco en él le había abierto las puertas y le había dado todas las facilidades posibles. Cómo lograba cambiar de aspecto para que nadie lo reconociera, era algo que le fascinaba. Un verdadero camaleón. No era la primera vez que había acudido a esa iglesia. Tan solo unos días antes había estado en ella. Su misión en este caso había sido bien diferente. En el altar había un cuadro con imágenes religiosas y su cometido no había sido otro que cambiar el original por una copia. También había sido la primera vez que la voz se había puesto en contacto con él. No sería la última. Más adelante lo haría para encargarle un nuevo trabajo. Aquel primer encargo había sido realmente sencillo, aunque en aquel momento no podía permitirse el lujo de que el párroco lo viera; por lo cual, tuvo que forzar la puerta de la entrada y asegurarse de pasar totalmente desapercibido.
La suerte estuvo de su lado en todo momento y pudo cambiar los cuadros sin ningún problema. A esa hora de la noche la iglesia estaba desierta, y con ayuda de una escalera, pudo hacer el cambio con facilidad. Al momento volvía a estar dentro de su coche y de camino a su casa con el cuadro original en el maletero. A veces se sorprendía de lo fácil que resultaban algunos trabajos.
—Un cuadro tan valioso debería tener más vigilancia —pensó para sí.
Más tarde otra llamada le había indicado el lugar exacto al que debía llevar el cuadro y le había puesto al corriente de lo que tendría que hacer en los próximos días. La bomba era una de ellas.
4
Salvador llegó al parque justo en el mismo momento que Rick. Ambos habían decidido encontrarse en la parte donde los árboles más frondosos copaban el lugar. No pretendían llamar la atención, y la discreción siempre había sido la clave de su éxito. Durante los años que se conocían se habían visto en muy pocas ocasiones y siempre en lugares apartados, pero esta vez Salvador encontró a Rick más alterado de lo normal. Estaba claro que algo no iba bien, y el hecho de que le hubiera llamado con tanta urgencia lo confirmaba.
—Tienes que ayudarme —le dijo Rick, apenas lo tuvo delante de él.
—Vamos a sentarnos en aquel banco —respondió Salvador—; será mejor que me lo cuentes todo desde el principio.
Rick le contó con toda clase de detalles todo lo que le había ocurrido a él y a Pam desde el mismo momento que recibieron las notas. Cómo habían acudido a la dirección que figuraba en ellas, y cómo al entrar, alguien le había golpeado en la cabeza dejándolo inconsciente. Con sumo detalle le describió la habitación y cómo estaban expuestos los cuadros, lienzos, caballetes….
—No entiendo muy bien el porqué de todo lo que me has contado —le respondió Salvador— ¿Qué es lo que pretenden, mostrarte una habitación para luego golpearte en la cabeza y desaparecer dejándote allí tendido? No tiene ninguna lógica. ¿Acaso lo que quieren es asustarte? ¿O es que pretenden hacerte chantaje? ¿Tienes idea de quién o quiénes pueden ser?
—No —respondió Rick—. Te juro que me he hecho esas mismas preguntas una y mil veces. Solo se me ocurre lo que tú ya sabes. Esos cuadros valían mucho dinero. Y si de alguna manera el propietario se ha dado cuenta de que no son originales y ha empezado a indagar… Tus pinturas son sumamente buenas, es prácticamente imposible distinguir el original de la falsificación, pero puede haberlo averiguado de alguna manera. Salvador, en este mundo se mueve mucho dinero y esta es una razón muy buena para querer vengarse. Igual el dueño de los cuadros ha atado cabos y ha decidido desquitarse conmigo.
—Rick, creo que deberíamos volver a esa casa. Me gustaría verlo con mis propios ojos. Además, tengo que confesarte que ya había leído una de esas notas antes. Ayer, sin ir más lejos, mi vecina Lían, una jovencita con la que paso algunas tardes jugando al ajedrez, me la enseñó junto con una especie de esfera, similar a un reloj.
Salvador le describió lo mejor que pudo cómo era lo que había recibido Lían, cómo estaba dividido en setenta y ocho espacios marcados con pequeños trazos en relieve, con una aguja en el centro.
—Nunca he creído en las casualidades y esto no pinta nada bien. Deberíamos averiguar todo lo que podamos, antes de que se vuelva en nuestra contra. Tampoco entiendo qué tiene que ver mi vecina contigo, ni por qué habéis recibido la misma nota. Verdaderamente no tenéis nada que ver el uno con el otro; pero te repito, no creo en las casualidades, así que no tenemos más remedio que volver a esa casa.
—¡Te has vuelto loco! Podría ser peligroso. ¿Y si es una trampa y nos están esperando? Sabes perfectamente que la policía te ha estado siguiendo los pasos muy de cerca. Están deseando cogerte y dar con tus huesos en la cárcel. Creo que no es una buena idea, y ahora que me has contado lo de tu vecina, con más motivo. Yo tampoco creo en las casualidades.
—Si no volvemos no sabremos exactamente qué es lo que pretenden. Igual hay alguna pista en esa habitación que nos haga ver de quién o quiénes se trata. No tenemos otra opción, hay que volver al número 21 de la calle Blas.
Decidieron salir por separado del parque y reunirse al cabo de una hora en la dirección señalada. Mientras tanto deberían echar la vista atrás. Cualquiera que hubieran conocido en el pasado, podría ser un candidato perfecto para elaborar una venganza.
¿Sería lo que Rick tenía en mente, o todo era fruto del miedo y la incertidumbre? ¿Quién era capaz de elaborar semejante venganza, si aquello era una venganza? Aquellas preguntas se las hacía Rick una y otra vez.
Salvador conocía perfectamente los nombres de aquellos a los que había engañado, pero eso Rick lo desconocía. A fin de cuentas, él solo le había ayudado una vez y sabía perfectamente que no había un solo día que no se hubiera arrepentido de ello.
Se encontraron en el callejón donde dejó el coche el día que fue con Pam. Ahora se alegraba de que ella se hubiera quedado en casa. Le había puesto la excusa de que había quedado con un compañero de trabajo que necesitaba un favor. Una vez juntos se aproximaron al número 21 con sumo cuidado, mirando en todas direcciones para no tener ningún sobresalto. Sin llamar demasiado la atención, forzaron la puerta y entraron con sigilo.
La sorpresa fue mayúscula. La habitación estaba completamente vacía. Rick miró perplejo a Salvador y este no acertaba a decir nada.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Rick.
5
Lían tocó a la puerta de Salvador con una gran inquietud. Sabía que había estado fuera, porque lo vio alejarse apresuradamente y no pudo alcanzarlo para hablar con él. Ahora le había parecido oír cómo abría la puerta de su casa. Tiene que haber llegado ya, pensó mientras seguía tocando al timbre. Necesitaba contarle lo sucedido en el tiempo que él había estado fuera. Al momento la puerta se abrió.
—¡Lían! Me pillas de milagro, acabo de llegar. Tenía unos recados que hacer.
—Lo sé Salvador, te vi marchar, pero no pude alcanzarte.
Salvador se dio cuenta enseguida que el nerviosismo se había apoderado de Lían y trató de tranquilizarla.
—¿Qué pasa Lían? ¿Acaso has recibido algún otro paquete?
—¡Se ha puesto en marcha! —le confesó Lían a Salvador, mirándolo fijamente a los ojos.
—¿Qué se ha puesto en marcha? Será mejor que te sientes y me lo expliques todo detenidamente.
—El paquete que recibí, eso que parece un reloj pero no lo es, se ha puesto en marcha —repitió una vez más, presa del histerismo.
—¿Cómo ha sido? —preguntó Salvador.
—Al principio dio como un salto al primer trazo, pero después saltó al tercer espacio, raya, segmento o llámalo como quieras. No entiendo lo que significa, pero estoy empezando a tener miedo. ¿Y si es peligroso? Igual debería acudir a la policía y ponerlos al tanto de lo que está pasando, ¡Podría habérmelo enviado un lunático! —exclamó Lían—. Pero eso no es todo.
—¿Hay algo más? —preguntó Salvador, con una sensación de intranquilidad apoderándose de él.
El hecho de tener que acudir a la policía no estaba en sus planes. Si se abría una investigación sobre lo que estaba pasando, empezarían a interrogarlo, y había preguntas que le resultaría difícil de contestar. Lo mejor era mantenerlos al margen. Claro, que eso Lían no lo podía saber. Có
