El secreto de Amanda Soler - Amparo Arastell - E-Book

El secreto de Amanda Soler E-Book

Amparo Arastell

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Beschreibung

Un susurro al oído de Amanda Soler pondrá al descubierto su secreto mejor guardado. La familia Galán, dueña de Viñedos Trasiego, se verá envuelta en una serie de asesinatos, acontecidos a lo largo de los años y relacionados con aquel secreto. Belinda Blat, licenciada en enología y su hermana Salma, no podrán evitar verse implicadas e intentarán, junto con Dani y Saúl, llegar al fondo del misterio, mientras el inspector Torres, al cargo de la investigación, se esforzará por descubrir al culpable, que parece ser, se ha mantenido siempre muy cerca de la familia Galán. Una novela llena de misterio, intriga, amor y venganza que no te dejará indiferente.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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EL SECRETO

DE AMANDA SOLER

Amparo Arastell

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su almacenamiento en un sistema informático, ni su transmisión por cualquier procedimiento o medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro, o por otros medios, sin permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

“Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra”.

© Del texto: Amparo Arastell Bueno

© Editorial Samaruc, s.l.

978-84-10229-04-4

[email protected]

www.samaruceditorial.com

PRÓLOGO

Primavera de 1959

Aún no había amanecido y la oscuridad de la noche era la nota dominante. Las nubes cubrían el cielo dando al lugar un aspecto siniestro.

Todos estaban pendientes del futuro nacimiento del hijo de una de las familias más influyentes. Dos mujeres, la comadrona y una enfermera, se afanaban en concluir los últimos preparativos. La futura madre, tumbada, con la espalda apoyada en una especie de camilla y con las piernas abiertas, esperaba ansiosa el nacimiento de su bebé. Le habían dado algo para aliviar el dolor y eso le hacía sentirse como aletargada, como sumida en un sueño difícil de explicar.

–¡Parece que tiene prisa en salir! –aseguró la comadrona mientras ayudaba con sus manos a que aquella pequeña criatura saliera de las entrañas de su madre.

–¡¡Dios mío!! –exclamó la enfermera una vez el niño estuvo totalmente fuera y con el cordón umbilical todavía unido a su madre–. ¿Qué es eso que le cubre el cuerpo? –preguntó sin dejar de mirarlo.

La comadrona cortó el cordón umbilical y se alejó de la madre con el bebé en brazos sin dejar de mirarlo. Unas manchas cubrían el cuerpo de la pequeña criatura dejando tan solo libres las extremidades y la cabeza.

–No lo sé –dijo sin dejar de observar a aquel ser tan endeble que tenía entre sus manos–, pero esto no es bueno, una familia tan influyente no puede tener un hijo así.

–¿Pero, qué vamos a hacer? –preguntó la enfermera–. ¿Cómo vamos a explicar…?

–¡¡Llévatelo!! –le ordenó la comadrona al momento.

–¿Cómo que me lo lleve? ¿A dónde? No entiendo.

–Haz que desaparezca –ordenó la comadrona–. Yo me encargaré de todo aquí, pero esos padres jamás deben ver a ese niño.

La enfermera, sin entender y sin saber muy bien qué significaba aquella orden, tapó con una manta al niño y salió por la puerta de atrás sin que nadie se percatara de la situación. Con el niño en brazos se alejó rápidamente fundiéndose con la noche. Mientras, la madre, medio inconsciente, no entendía muy bien que es lo que pasaba y esperaba ansiosa el lloro de un bebé que no parecía llegar.

1

Agosto de 1984

Los días en los Viñedos Trasiego pasaban sin pena ni gloria. Los trabajos en el campo para la recolecta de la uva marcaban el día a día. Las cuadrillas recogían los racimos de las parras, que estaban en su grado óptimo de maduración. Ataviados con tijeras de podar, los cortaban al tiempo que los iban amontonando en unos capazos preparados para tal fin. Una vez llenos, los vaciaban en unos remolques que circulaban al mismo paso que ellos.

Cerca de los campos se encontraba la casa señorial, donde residía el dueño de Viñedos Trasiego, Jacinto Galán. Jacinto era el pequeño de cuatro hermanos. Su hermana Cristal era la mayor de todos, le seguía Valentín, con apenas un año de diferencia, doce años más tarde nacería Diego y diez meses después, vino al mundo Jacinto. La desgracia quiso que Diego falleciera a los pocos meses de edad de muerte súbita. Años más tarde la tragedia volvió a golpear a la familia Galán. La fatalidad quiso que sus dos hermanos mayores, acompañados de sus respectivos cónyuges, tuvieran un accidente de tráfico cuando se dirigían a una fiesta en las afueras del pueblo. El vehículo perdió el control y se precipitó fuera de la carretera cayendo por un abismo. El impacto fue brutal y este terminó envuelto en llamas. Los cuatro ocupantes del vehículo fallecieron en el acto.

Cuando Jacinto recibió la terrible noticia, el mundo se le cayó encima. Llevaba sin ver a sus hermanos casi dos años. Se marchó a punto de cumplir los veintitrés. Ahora, con veinticinco, creía haber olvidado lo que era el día a día en los viñedos. Su decisión de empezar una nueva vida lejos de aquel mundo era algo que no agradó demasiado en el ámbito familiar. Sin embargo aquel fatídico accidente lo cambiaba todo. Cada uno de sus hermanos dejó un niño huérfano. Los primos apenas se llevaban dos meses entre ellos y acababan de cumplir dieciséis años. Eso significaba que Jacinto se convertía, automáticamente, en el único familiar directo, responsable del cuidado de unos sobrinos, con los cuales apenas se llevaba nueve años. Jacinto se vio obligado de alguna manera a regresar a los viñedos y hacerse cargo de las riendas de la situación, empezando por los actos funerarios. Pasados unos meses la situación empezó a normalizarse y sus sobrinos, que en un primer momento no parecían aceptar lo ocurrido, empezaron a asumir aquello que la vida les había deparado: una vida en la que estaban al cargo del hermano menor de sus padres, su tío Jacinto.

–¡Qué diferentes son! –exclamó Jacinto en voz alta, sin pensar que alguien pudiera oírlo.

–¿A qué se refiere? –preguntaba Elisa, la mujer que se encargaba del cuidado de los primos.

–Nada, nada –respondió Jacinto al darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.

Desde el fallecimiento de sus padres, Franco y Bernardo, Fran y Bernar como los llamaban cariñosamente, habían reaccionado de manera muy distinta el uno del otro. Mientras Fran parecía haber asumido que nunca jamás iba a volver a ver a sus padres, Bernar pensaba que en cualquier momento iban a aparecer por la puerta, con algún obsequio, como solían hacer cada vez que se ausentaban por algún motivo. También tenían cosas en común, una de ellas, la que más, era perderse por los campos hasta bien entrada la tarde.

–¡Mira, Fran, un diente de León! Mi madre decía que si soplas una de sus flores secas y pides un deseo, este acaba por cumplirse.

–Eso es una tontería –respondió Fran.

–¡No es mentira! –gritó Bernar–. Es algo mágico.

–Sí estás tan seguro, ¿por qué no le pides que vuelvan tus padres? –preguntó de pronto Fran con sarcasmo.

Bernar se quedó unos segundos en silencio, como queriendo contestarse a sí mismo a la pregunta que le acababa de hacer su primo.

–Hoy no podrá ser –contestó Bernar–, los deseos si se dicen no se cumplen.

–¡Venga ya! –exclamó Fran–. ¿Te propongo un juego?

–¿Qué clase de juego? –preguntó Bernar, intentando no caer en las provocaciones de su primo.

–A piedra, papel o tijera –respondió Fran–. El que pierda tendrá que hacer lo que el otro le diga.

Bernar se quedó por un momento pensando en lo que aquello significaba. Sabía perfectamente que a su primo le encantaban los retos, pero no podía echarse atrás. No quería que pensara que era un cobarde ni un llorica.

–De acuerdo –dijo sin más rodeos.

–¡Genial! –dijo Fran–. Haremos una partida a tres veces, el que gane dos, será el vencedor y el otro tendrá que obedecer.

Ambos se colocaron uno enfrente del otro, con las manos en la espalda.

–Piedra, papel o tijera –dijeron al unísono, enseñando cada uno su mano.

Bernar sacó piedra y Fran tijera.

–La piedra aplasta a la tijera –sonrió Bernar–, gano yo.

–Tranquilo, primo, aún quedan dos veces –dijo Fran sin dejar de mirarlo.

Volvieron a colocarse en la misma posición que antes. Los dos gritaron al mismo tiempo. Piedra, papel o tijera. Como habían hecho la primera vez, ambos sacaron la mano. En esta ocasión Bernar sacó papel y Fran tijera.

–La tijera corta el papel –dijo Fran–; estamos empate, el que gane la última será el ganador.

Bernar no pudo reprimir un sentimiento de rabia. Lo que menos quería en estos momentos era perder y tener que hacer lo que Fran le mandase. Otra vez volvieron a la misma posición que las dos veces anteriores, y de la misma manera gritaron, piedra, papel o tijera. Esta última vez, Bernar sacó piedra y Fran papel.

–El papel envuelve a la piedra –gritó eufórico Fran–, gano yo.

La cara de Bernar era la viva imagen de la derrota.

–¿Qué es lo que quieres que haga? –preguntó Bernar al momento.

Fran se quedó unos segundos en silencio, meditando lo que quería que su primo hiciese.

–Quiero que entres en el despacho del tío y abras el cajón de su mesa. Ese que siempre tiene cerrado con llave –le soltó Fran a bote pronto.

–Pero se va a enfadar mucho –dijo Bernar, intentando digerir lo que le estaba pidiendo su primo–. Sabes que no quiere que nadie entre en su despacho y mucho menos que hurguen en sus cosas.

–Has perdido en el juego y tienes que hacer lo que yo te diga –dijo Fran–, pero ya veo que eres una nenaza que le tiene miedo al tío.

–¡No soy ninguna nenaza! –gritó Bernar, presa del histerismo–. Lo haré esta misma noche, cuando se vaya a descansar.

Bernar esperó pacientemente a que su tío se retirara a su habitación y acto seguido se introdujo en su despacho. Con la certeza de que estaba haciendo algo que no estaba bien, buscó la llave del cajón que otras veces había visto a su tío guardar debajo de la repisa de la lámpara, la misma que alumbraba la mesa. Con el corazón en un puño introdujo la llave en la cerradura al mismo tiempo que la puerta del despacho se abría.

–¿Qué se supone que estás haciendo? –preguntó su tío al ver lo que su sobrino estaba intentando hacer.

Bernar se quedó petrificado, sin saber qué decir. Los ojos de su tío lo miraban con una mezcla de decepción y de rabia.

–¡Creí que había sido lo bastante claro cuando os dije que no debíais entrar en este despacho! –exclamó Jacinto.

Bernar, que había conseguido abrir el cajón de la mesa del escritorio, no pudo evitar mirar lo que había en su interior antes de cerrarlo rápidamente.

2

En la actualidad, 2009 (25 años después)

El traqueteo del tren le hacía sentirse viva como hacía mucho tiempo que no se sentía. Belinda Blat, Be, como la llamaban en su círculo más íntimo, había confiado en que algún día sus sueños se harían realidad. Ahora estaban a punto de cumplirse.

El trabajo de camarera, al cual se había dedicado mientras cursaba sus estudios, le había ayudado a pagar la carrera; una carrera por la que siempre había sentido predilección. Ahora podía sentirse orgullosa de sí misma. Tras largos años de arduo trabajo, por fin tenía la licenciatura de enología.

Reconocía que a veces le había costado seguir aquel ritmo, sobre todo en épocas de exámenes, en las que compaginar las dos cosas hacía que mantener un horario constante de sueño fuese algo prácticamente imposible. Ahora recordaba las palabras de su madre “todo esfuerzo tiene su recompensa” y por fin aquella recompensa había llegado en forma de carta.

Sta. Belinda Blat:

Habiendo recibido su currículum vitae y atendiendo a las necesidades apremiantes de nuestra empresa, le comunicamos que nos gustaría mantener una entrevista con usted, con el fin de conocerla y llegar a un acuerdo para su posterior contratación.

Un saludo,

VIÑEDOS TRASIEGO

Aquella carta no había podido llegar en mejor momento. Con la carrera terminada y un máster en marketing de empresas, Belinda se veía capaz de afrontar con éxito cualquier trabajo, y aquella carta de Viñedos Trasiego era una gran oportunidad para demostrarlo.

Mientras el tren proseguía su camino, un sentimiento de nostalgia la invadió por un momento. Si bien era cierto que había puesto mucha ilusión en aquella entrevista y que deseaba con todas sus fuerzas conseguir aquel trabajo, la idea de tener que separarse de su familia, con la cual estaba muy unida, era algo que de una manera u otra le apenaba. Sus padres habían dedicado su vida al trabajo para que, tanto su hermana Salma como ella, pudieran estudiar y gozar de todas las oportunidades que ellos en su día a día no habían logrado. Pensó en su hermana, su confidente, su amiga. Apenas se llevaban dos años. Sabía que la iba a echar de menos, pero también que las oportunidades hay que cogerlas cuando se presentan. Se decía a sí misma que tampoco había tanta distancia entre su casa y Viñedos Trasiego. Dependiendo de cómo fueran las cosas, y suponiendo que la contrataran, podría acercarse a su casa los fines de semana.

En ese preciso instante el tren se detuvo momentáneamente en una estación del trayecto y Belinda volvió a la realidad de aquel vagón.

Un joven, aproximadamente de su edad, subió y se sentó frente a ella. Belinda lo observó y, por un momento, sus miradas se cruzaron. El tren volvió a ponerse en marcha siguiendo el itinerario previsto.

El pensamiento de Belinda se evadió una vez más intentando imaginarse cómo sería la entrevista a la cual tenía que enfrentarse. En su devenir diario había hecho varias para el puesto de camarera, pero aquella era la primera vez que tenía una relacionada con sus estudios. Es por ello que estaba tan ilusionada como nerviosa.

Dada la distancia entre su casa y Viñedos Trasiego había decidido coger algo de ropa y pasar una noche en un hotel cerca del pueblo de Braxton. Dependiendo cómo fuera la entrevista, al día siguiente podría regresar o buscar algún sitio próximo a los viñedos donde alojarse.

Le había costado decidir si llevar vestido o pantalón para la entrevista. Al final se había decantado por un mono ajustado de pinzas que resaltaba su figura. Ni demasiado arreglada ni demasiado informal, un término medio.

“Próxima parada: Braxton”, sonó una voz a través de la megafonía.

Belinda se levantó de inmediato de su asiento y se dirigió a la puerta de salida del vagón, al igual que media docena de personas, incluido el joven que estaba sentado enfrente de ella. Una vez abiertas las puertas, fueron saliendo uno a uno al andén de la estación.

La ciudad de Braxton albergaba un mundo de posibilidades para Belinda. Los Viñedos Trasiego daban de comer a prácticamente un tercio de la población. Sus productos se exportaban por medio mundo.

Una vez fuera de la estación fue en busca de un taxi que le acercara al lugar donde debía realizar la entrevista. Tan pronto estuvo acomodada en su interior, le dio la dirección al taxista y partieron sin más preámbulo.

Durante el trayecto, Belinda no dejaba de pensar en cómo sería trabajar para Viñedos Trasiego y de qué manera se desarrollaría la tan ansiada entrevista. Sabía que lo más importante era sentirse relajada y segura de sí misma. Debían verla dispuesta y capaz de desempeñar el puesto. Esa era la clave del éxito.

El taxi dejó a Belinda a las puertas de los Viñedos. Su primera impresión la dejó fascinada, dada la magnitud de las instalaciones. Con los nervios propios del momento se adentró por una gran puerta de hierro. Un largo camino de tierra le llevó a una edificación no muy antigua en la cual, por lo visto, se encontraban las oficinas. Acto seguido y conteniendo la respiración, en un arranque de valentía, se dirigió al interior. Una especie de mostrador a la derecha hacía las veces de recepción.

–Buenos días –dijo Belinda dirigiéndose a la persona que se encontraba detrás del mostrador.

–Buenos días –contestó–. ¿En qué puedo ayudarla?

–Tengo cita con el Sr. Bernardo Galán –contestó Belinda intentando no parecer ansiosa.

–Un segundo, por favor.

La persona encargada de atenderla hizo una gestión por teléfono y al momento se dirigió a Belinda.

–Sígame, por favor, el Sr. Bernardo le atenderá enseguida. Si lo desea puede dejar la bolsa aquí.

–Muchas gracias –respondió Belinda dejando una especie de bolsa en la cual llevaba la muda y los accesorios de higiene.

Belinda le siguió en silencio, contemplando cada rincón, a medida que avanzaban por los pasillos. Subieron por unas escaleras hasta llegar a la primera planta. Al fondo y cruzando un salón de reuniones llegaron al despacho del Sr. Bernardo, el cual la esperaba sentado detrás de una enorme mesa de nogal del siglo XVIII. Al mismo tiempo que Belinda entraba en el despacho, el Sr. Bernardo se levantó de su silla y se dirigió a ella estrechándole la mano.

–Bienvenida, Sta. Belinda Blat, pase y siéntese.

Belinda se sentó enfrente de su entrevistador con la mirada fija en él. A simple vista parecía un hombre de unos 40 años, quizá alguno más, con la tez curtida por el sol y un carácter afable.

–He leído detenidamente su currículum y creo que es la persona que andamos buscando –le dijo a bote pronto–. Sustituirá al señor Carles que ahora mismo está pasando por un momento delicado en su salud. Dirigirá el proceso de elaboración del vino. Supervisará tanto su elaboración, como el almacenaje. Entiendo que aunque su currículum es sensacional, no tiene una experiencia que la avale, por lo que tendrá la ayuda del hijo de Carles Miró, Saúl Miró. Si bien es cierto que Saúl hace tiempo que no trabaja en los viñedos, durante mucho tiempo estuvo al lado de su padre y conoce todos los pormenores de la finca. Al enterarse de su enfermedad ha regresado para cuidar de él y se ha ofrecido a ayudar en lo que haga falta. Será él quien se encargue de ponerla al corriente de todo. ¿Alguna pregunta por su parte?

Belinda escuchaba atentamente cada palabra del Sr. Bernardo. Cuando días antes pensaba en cómo se llevaría a cabo la entrevista, nunca pensó que sería tan fácil que la contrataran. Ahora, en su interior, presentía que tenía una responsabilidad y no quería fallar de ninguna manera.

–Solo una, Sr. Bernardo –respondió Belinda al momento–. Necesito un sitio donde alojarme ya que mi casa queda algo lejos.

–No hay problema –respondió sin dilación–. Viñedos Trasiego dispone de alojamiento para algunos de sus empleados. La mayoría viven en el pueblo y no lo necesitan. Por cierto, puede llamarme Bernar. Si no tiene más preguntas…

Bernar puso el contrato delante de Belinda para su firma, al tiempo que le decía:

–Bienvenida a Viñedos Trasiego.

Belinda firmó al momento.

3

Agosto de 1984

Bernar y Fran se encontraban a primera hora de la mañana a las puertas de la casa señorial. La mansión se ubicaba en la parte más alta de Viñedos Trasiego. Las vistas desde cualquier punto de la casa eran espectaculares. Habían sacado las bicicletas y se disponían a salir con ellas cuando Fran preguntó de repente a modo de afirmación:

–¿Se enfadó mucho el tío anoche cuando te vio en su despacho?

–¿Si lo sabes para qué preguntas? –contestó Bernar–. Estoy seguro de que estabas a la escucha y oíste todo lo que dijo.

–¿Conseguiste abrir el cajón de la mesa? –continuó preguntando Fran.

–Sí –contestó Bernar–, pero no quiero hablar más de eso.

–¿Por qué? –preguntó nuevamente Fran.

–Te he dicho que no quiero hablar más de lo que pasó anoche –respondió Bernar subiendo ligeramente la voz.

Fran entendió al momento que Bernar tenía que haber visto algo en el interior del cajón del despacho de su tío que no quería contarle. Decidió que más adelante volvería a insistir. Conocía perfectamente a su primo y cuando decía que no, era mejor dejarlo. Empezaron a rodar con las bicicletas dejando atrás la casa. Cuando se hubieron alejado lo suficiente Fran volvió a la carga, bajándose de la bicicleta.

–¿Qué piensas del tío Jacinto? –preguntó Fran de pronto.

–¿A qué te refieres? –contestó Bernar con otra pregunta al tiempo que colocaba la bici al lado de la de su primo.

–No sé –respondió Fran–. Es verdad que se ha quedado para cuidar de nosotros, pero verdaderamente no entiendo por qué lo ha hecho. Hasta alguno de los que trabajan en la casa dicen que ha cambiado mucho en los dos años que ha estado fuera. Pienso que hay algo en su manera de actuar…

–No entiendo qué tratas de insinuar –contestó Bernar–. Si no fuera por él, no tendríamos a nadie que cuidara de nosotros y, seguramente, habríamos acabado en algún internado.

–Creo que olvidas que el tío Jacinto nunca se llevó bien con nuestros padres y si cuida de nosotros es porque, de una manera u otra, somos los futuros herederos de los viñedos.

–¿Estás queriendo decir que el tío nos cuida solo por puro interés? ¿Que solo le interesa adueñarse de los viñedos? Creo que no eres consciente de que una parte de esos viñedos es suya, ya que el abuelo los dejó en herencia a todos sus hijos a partes iguales.

–¿Qué es lo que había en el cajón de su escritorio? –volvió a preguntar Fran sin dejar de mirar a su primo.

–Te he dicho que no quiero hablar del tema –contestó Bernar–. Si tanto te interesa, entra en su despacho, abre el cajón y lo miras tú mismo, pero a mí déjame en paz.

–No te entiendo, Bernar. Si no hay nada que ocultar, ¿por qué no me quieres decir qué es lo que has visto en ese cajón y que tanto te preocupa?

–¿Y qué es lo que te hace pensar que he visto algo y que ese algo me preocupa? –preguntó Bernar queriendo quitar importancia al asunto.

–Si no tuviera importancia, ya me lo habrías dicho –contestó Fran–. Está bien, si no quieres decírmelo no me lo digas.

Los dos primos volvieron a subir a sus respectivas bicis y emprendieron la marcha en dirección al pueblo.

Braxton estaba rodeado de viñedos en su mayoría, aunque los más importantes y los que le daban fama eran sin duda los Viñedos Trasiego.

Montados en sus bicis tomaron un sendero de tierra y se dirigieron a la tienda de flores situada relativamente cerca de los viñedos. Su dueño, Ismael, era muy amigo de Elisa, la mujer que se encargaba del cuidado de Fran y Bernar. Ambos eran vecinos, ya que la casa de Elisa estaba situada al lado mismo de la floristería y el hecho de que Ismael tuviera un sobrino a su cargo, Martín, de la edad de los primos, hizo que entre ellos surgiera una estrecha amistad. Se podía ver a los tres chicos siempre juntos, como buenos amigos, de un lado a otro del pueblo. Nada más ver a Fran y Bernar, Martín se dirigió a ellos arrastrando su bici.

–¿Ese que sale del taller no es tu tío? –le preguntó Martín a Bernar, que lo tenía prácticamente a su lado.

–No –respondió Bernar sin dejar de mirar a la puerta del taller.

–Yo diría que...

–Te he dicho que no es –respondió dándole la espalda y acercándose a su primo Fran que se encontraba a unos metros de él.

Bernar había visto perfectamente a su tío salir del taller y lo había reconocido, pero no quería darle la razón a Martín. En ese mismo momento algo le había llamado la atención. El nombre del taller era el mismo que la noche anterior había visto anunciado en un periódico dentro del cajón de escritorio de su tío. Ese mismo taller había certificado la rotura de los frenos del coche en el que circulaban sus padres poco antes del accidente. La noticia hablaba de sabotaje. Bernar no podía pensar en otra cosa desde el mismo momento en que leyó aquel recorte de prensa.

“¿Por qué alguien querría hacerle daño a sus padres o en cualquier caso a sus tíos?”, se preguntaba Bernar desde el mismo momento en que había leído aquella noticia. Ambos iban en el mismo coche, pero hasta donde él sabía, no tenían enemigos, por lo menos, capaces de urdir un plan para acabar con ellos, aunque, a decir verdad, había cosas que seguramente se le escapaban, dada su edad.

Su cabeza no paraba de dar vueltas a lo mismo.

“¿Por qué su tío no les había dicho nada al respecto?”, era otra de las preguntas para las que no encontraba respuesta.

Él siempre decía que la mala fortuna se cruzó en el camino de sus hermanos aquel fatídico día.

Pero… ¿y si no fue la mala fortuna y alguien lo preparó todo de antemano para crear aquel accidente? Por lo menos era lo que decía aquel recorte en el periódico. Sus pensamientos eran un ir y venir de preguntas sin respuesta.

Bernar empezaba a entender muchas cosas que en su momento, o no llamaron su atención o simplemente no les había dado la debida importancia. Una de ellas era el hecho de que la policía estuviera en contacto directo con su tío Jacinto y que cada vez que aquello ocurría, se encerraran en su despacho. Si de algo estaba seguro en ese momento era de que su tío Jacinto no había sido sincero con ellos. Tanto él como Fran tenían todo el derecho a saber la verdad. Pensó en que si no hubiera sido por aquel absurdo juego con su primo, nunca habría visto aquel recorte de prensa y jamás habría sabido lo que de verdad les pasó a sus padres. ¿Por qué su tío guardaba aquel periódico en el cajón de su escritorio? ¿Debía contarle todo lo que había descubierto a Fran? ¿Qué pensaría su primo si llegase a saber que el accidente de sus padres no fue un accidente? Más preguntas sin respuesta.

4

En la actualidad

Una vez firmado el contrato, Bernardo Galán mandó a su ayudante y mano derecha, Marina, que le enseñara a Belinda el lugar donde se alojaría mientras estuviera trabajando para Viñedos Trasiego.

–Si me acompaña –se dirigió Marina a Belinda una vez estuvo enfrente de ella–, le enseñaré las principales instalaciones. Saúl será el encargado de mostrarle todo lo referente al trabajo que deberá desempeñar.

Ambas mujeres salieron del despacho de Bernardo Galán situado en la primera planta del edificio aledaño a la casa principal.

El edificio en cuestión tenía un total de tres plantas, el bajo y dos alturas, con dos décadas de antigüedad.

La segunda altura del edificio albergaba una serie de habitaciones disponibles para aquellos trabajadores que, por circunstancias, no tuvieran un sitio donde alojarse en el pueblo. Si bien era verdad que la empresa cobraba por el disfrute de dichas habitaciones, la cantidad que el trabajador debía abonar era prácticamente irrisoria y descontada de su sueldo cada fin de mes. La única condición era que el benefactor de dichas instalaciones debía cuidar de ellas, manteniéndolas debidamente limpias y en perfecto orden.

La primera altura, en la cual Belinda había mantenido la entrevista, estaba destinada a oficinas, donde se llevaban a cabo todas las funciones administrativas propias del viñedo. Al fondo se podía ver una gran sala de reuniones que daba paso a los despachos de Bernardo y Franco Galán, así como el de Jacinto, jefes y dueños de Viñedos Trasiego.

El resto de la planta lo compartían los jefes de las diversas áreas, encargadas de dirigir y tomar las decisiones correctas para conseguir los mejores resultados posibles. Al frente de ellos estaba Carles, una pieza clave en la empresa y que ahora, por razones de salud, se veía obligado a dejar aquello a lo que había dedicado toda su vida. No obstante, le invadía un profundo orgullo saber que su hijo, Saúl, el cual se había criado prácticamente en los viñedos, le sustituiría con la ayuda de alguien que tenían en mente contratar. Esa persona ya tenía nombre, Belinda Blat.

La planta baja era sin lugar a dudas la más concurrida de todas. Estaba provista de un gran salón comedor en el cual se podían ver varias mesas con sus correspondientes sillas alrededor. En la pared del fondo destacaba una bancada con dos pilas, un microondas y una cafetera y a los lados varias máquinas expendedoras de agua y aperitivos. En la entrada, a la izquierda y a modo de rinconera habían dispuesto varios sofás con una pequeña mesa en el centro, y en el lado derecho, un mostrador que hacía las veces de recepción. Todo ello adecuado para que los trabajadores tuvieran un lugar donde descansar y retomar fuerzas. Si de algo se sentían orgullosos los dueños de la empresa vinícola era del trato que les daban a sus trabajadores. Un trabajo duro y bien hecho tenía que ser recompensado y Viñedos Trasiego le debía, al esfuerzo de todos y cada uno de ellos, no solo ser los mejores de todo el pueblo, sino uno de los mayores exportadores de vino del mundo.

Marina le mostró al completo el edificio con sus tres plantas a Belinda mientras le ponía al tanto de pequeños pormenores.

–Usted, Sta. Belinda, se alojará en una de las habitaciones de la casa señorial por expreso deseo del Sr. Bernardo que así lo ha dispuesto –le dijo Marina al momento.

Marina se encaminó hacia la casa con Belinda a su lado. Estaba levantada en lo alto de un montículo, obra de la misma naturaleza. La casa constaba de una planta baja a la cual se accedía por medio de unas amplias escaleras y disponía de una altura. Las escaleras daban paso a una gran terraza y en ella se encontraba la puerta principal. La casa debía de rondar los cien años de antigüedad. Belinda quedó totalmente impresionada; las vistas desde aquel punto en concreto eran espectaculares. A la izquierda se podía ver el edificio de tres plantas que Marina le había mostrado y en el cual había mantenido la entrevista. A la derecha se alzaban las bodegas, lugar emblemático donde la uva se transformaba en vino y donde Belinda tendría que desempeñar su trabajo. Al frente, como un abanico de colores, las cepas de la uva se mezclaban con los rosales, todo un contraste que resultaba un verdadero placer para la vista.

Una vez en el interior de la casa, Marina le llevó directamente a la habitación donde se alojaría el tiempo que trabajara para Viñedos Trasiego. Todas las habitaciones, un total de cinco, se encontraban en el ala norte de la planta baja.

–Espero que sea de su gusto –le dijo Marina al tiempo que entraba en la estancia.

Belinda la recorrió rápidamente con la vista. La habitación no podía ser más acogedora. A la amplia cama del fondo se le sumaba una mesa de escritorio, un pequeño sofá y una chimenea, todo decorado con sumo gusto.

–¡Es fantástica! –respondió Belinda al momento–. El Sr. Bernardo ha sido muy amable alojándome en la casa.

–Tanto el Sr. Bernardo como el Sr. Franco son muy atentos con las personas que trabajan para ellos –respondió Marina–. Conforme los vaya conociendo, se irá dando cuenta.

–¿Me imagino que tanto uno como el otro viven en esta casa? –preguntó Belinda a modo de curiosidad.

–Por supuesto –respondió Marina–. En la planta alta se encuentran los dormitorios de la familia Galán además de una gran sala de estar y una pequeña biblioteca. Ahora, si me acompaña, le enseñaré el resto de la casa. Por cierto, ¿ha traído algo de equipaje?

–He traído una muda ya que pensaba quedarme en un hotel cerca de aquí a la espera de ver cómo se resolvía la entrevista.

–Entiendo y comprendo que ha sido todo muy precipitado. Si necesita cualquier cosa solo tiene que decirlo.

–Muchas gracias, no se preocupe, intentaré arreglármelas. Hoy mismo me pondré en contacto con mi familia para que me manden algo de ropa lo más pronto posible o bien aprovecharé el fin de semana para acercarme yo misma y recoger todo lo necesario.

Belinda se dejó llevar por Marina. El resto de la vivienda se hallaba en el ala sur de la planta baja, en la cual se encontraba una gran cocina, un enorme salón comedor con una chimenea estilo rústico y dos baños. Belinda no pudo evitar sentirse impresionada a medida que recorrían las estancias. Todos los nervios propios del viaje y la tan esperada entrevista empezaban a pasarle factura. Necesitaba descansar, relajarse. Marina le había comunicado que disponía del resto del día para hacerse con el lugar. A la mañana siguiente Saúl se encargaría de enseñarle todo lo relativo a los viñedos y sus instalaciones. Sería entonces cuando tendría que demostrar que era una digna candidata para el puesto. Lo primero era anular la reserva del hotel; ahora que disponía de una habitación en los viñedos ya no le era necesaria. No podía dejar de pensar en lo amables que habían sido al alojarla en la casa señorial. Sin duda las cosas no podían ir mejor.

5

Agosto de 1984

Fran y Bernar, junto con Martín, habían pasado toda la mañana dando vueltas por el pueblo. Ismael, el tío de Martín y dueño de la floristería que se encargaba de los rosales que rodeaban Viñedos Trasiego, les había pedido que le hicieran unos recados y a ello habían dedicado con ahínco prácticamente toda la mañana. Ahora se acercaba la hora de la comida y los tres habían puesto rumbo a los viñedos. Martín, dada la amistad que tenía con ambos primos, la mayoría de veces comía con ellos en la casa señorial.

Cuando llegaron a los viñedos, los braceros habían hecho la parada reglamentaria para comer y se dirigían al edificio anexo a la casa, donde se encontraba el comedor. La mañana había sido larga ya que la recogida de la uva se hacía apenas comenzaba el alba, para aprovechar el frescor de la mañana.

Los primos, Bernar y Fran, junto con Martín se dirigían hacia la casa cuando algo les llamó la atención. Uno de los braceros salió gritando, como alma que lleva el diablo, del lugar donde se encontraban las cubas de vino. Sus gritos no tardaron en llamar la atención, de tal manera que, en nada, varios hombres se dirigieron hacia el lugar donde se encontraba el bracero, con la incertidumbre de no saber qué estaba pasando.

–¿Qué pasa en las cubas? –preguntó Bernar al tiempo que se acercaba a las bodegas donde había visto salir gritando a uno de los braceros.

Cuando los dos primos seguidos de Martín llegaron a la puerta en el interior de la cual se hallaban las cubas, varios de los hombres que se habían adelantado les impidieron el paso.

–Será mejor que no entréis –contestó uno de los braceros, dirigiéndose a los tres chicos.

–¿Qué pasa? –esta vez fue Martín quien preguntó–. ¿Por qué no podemos entrar?

–Ha habido un accidente – contestó el bracero –, será mejor que no os acerquéis.

–¿Qué clase de accidente? ¿Hay algún herido? –preguntó Martín intentado mirar hacia el interior.

–Ahora no es el momento –contestó el bracero–. Será mejor que os alejéis de aquí.

Los chicos se alejaron unos metros sin perder de vista el ajetreo y movimiento de los braceros allí presentes. Al momento, Jacinto, el tío de Bernar y Fran, se acercó a toda prisa alertado por los gritos.

–¿Se puede saber a qué viene tanto grito? –preguntó Jacinto nada más llegar.

–Señor, me temo que ha habido un accidente –contestó uno de los braceros–. Óscar, el ayudante de Ismael, ha fallecido.

–Pero… ¿cómo es posible? ¿Cómo demonios ha podido pasar? –preguntó Jacinto de pronto.

–Al parecer –prosiguió el bracero–, lo han encontrado inconsciente en el interior de una de las cubas. Ha debido asfixiarse con el tufo del vino.

–¡Eso no tiene ningún sentido! –exclamó Jacinto–. Óscar sabía perfectamente del peligro que supone respirar sin protección dentro de las cubas. Además, ¿por qué motivo iba a querer entrar en ellas? Su cometido eran los rosales.

Al momento, uno de los braceros se percató de que en una de las manos del fallecido había un trozo de papel. Automáticamente, se agachó para recogerlo, cuando de pronto…

–¡¡No lo toques!! –gritó Jacinto–. Lo primero es poner al corriente a la policía, ellos se encargarán de llamar al forense.

El bracero que había intentado coger el papel retrocedió al momento y salió apresuradamente del lugar siguiendo las órdenes de Jacinto. En apenas un cuarto de hora el lugar se llenó de coches de policía y un equipo forense, el cual determinó en un primer momento y a falta de una autopsia que la muerte había sido consecuencia de la inhalación de gases tóxicos, propios del tufo del vino. El inspector al mando Luis Torres se dirigió a Jacinto una vez tuvo una visión clara de lo que podía haber pasado.

–Sr. Jacinto Galán, me gustaría hablar en privado con usted –le indicó el inspector Torres.

–Por supuesto –contestó Jacinto–. Sígame, hablaremos más tranquilos en la casa.

El inspector siguió a Jacinto hasta la casa y una vez dentro se dirigieron a una habitación, que hacía las veces de despacho en la casa señorial.

–Siéntese, por favor –le indicó Jacinto al inspector, señalando una silla cercana a él.

–En primer lugar siento mucho lo ocurrido –dijo el inspector sin más preámbulo–. Entiendo que en el tiempo que lleva aquí ha tenido que hacer frente a circunstancias poco gratas. Primero, el fallecimiento de sus hermanos, al parecer en un trágico accidente, aunque como bien sabe la investigación sigue abierta. Nunca llegó a esclarecerse si la rotura de frenos fue fruto de una fatal casualidad o si bien alguien ayudó a que ello pudiera ocurrir y ahora este otro “accidente” en las cubas.

–¡¿No entiendo qué está insinuando?! –preguntó Jacinto algo alterado–. Hasta donde yo sé, mis hermanos no tenían enemigos. En cuanto a Óscar...

–Le recuerdo –prosiguió el inspector– que, según tengo entendido, usted hacía dos años que no sabía nada de sus hermanos. En dos años pueden pasar muchas cosas. En cuanto a Óscar, corríjame si me equivoco, era el ayudante de Ismael, el propietario de la floristería Flores y Plantas, y se dedicaba únicamente al cuidado de los rosales que tienen ustedes en los viñedos.

–Así es –contestó Jacinto algo más sereno.

–Hemos encontrado en una de sus manos una especie de nota –continuó el inspector.

–¡¿Qué decía la nota?! –preguntó sorprendido Jacinto–. ¿Tiene algo que ver con lo que le ha ocurrido?

–Al parecer, mucho –contestó el inspector–. Es una nota de suicidio.

–¿Quiere decir que Óscar “el Rosales” se quitó la vida? –dijo con un deje de incredulidad en la voz.

–Es una nota de arrepentimiento –explicó el inspector Torres.

–No entiendo nada –dijo a bote pronto Jacinto– ¿Puede explicarse mejor?

–En la nota, Óscar “el Rosales” se hace responsable de la manipulación de los frenos que supuestamente acabaron con la vida de sus hermanos.

La perplejidad y el asombro con que Jacinto recibió aquella confesión lo dejó sin palabras. Fue el inspector el que rompió el silencio con otra pregunta.

–¿Por qué piensa usted que Óscar querría acabar con la vida de sus hermanos?

–No lo sé –reaccionó Jacinto al momento–. No tengo ni idea.

–Bueno, Sr. Galán, no quiero molestarlo más. Pronto tendremos la autopsia de Óscar y podremos tener más detalles. Seguiremos en contacto.

–Por favor –contestó Jacinto–. Manténgame informado, se lo ruego. Esto es un sinsentido.

6

En la actualidad

Belinda aprovechó el resto del día, antes de su incorporación al trabajo, para familiarizarse con la casa y sus alrededores. Lo primero que hizo fue llamar a su familia. Estaba deseando contarles tanto a sus padres como a su hermana cómo le había ido desde el mismo momento en que se despidió de ellos. Tan solo habían pasado unas horas y ya los echaba de menos. Sentada en el borde de la cama cogió el teléfono y marcó el número. Al momento, una voz familiar sonó al otro lado de la línea.

–¡Dígame!

–Salma, soy Belinda.

–¡¡Be!! ¡Oh! ¡Qué ganas tenía de oírte! ¿Qué tal todo? ¿Ha ido bien la entrevista? ¿Te han contratado?

–Tranquila, hermanita, ahora te cuento ¿Estás sola?

–No, papá y mamá están a mi lado, tan impacientes o más que yo. Espera, que voy a poner el altavoz.

–Hola, Be –le saludó su madre.

–Hola, cariño, soy papá. ¿Qué tal todo?

–Muy bien, familia. Tengo muy buenas noticias. Me han dado el trabajo, es más, ya he firmado el contrato.

–Eso es estupendo –contestó su padre–. ¿Y cuándo empiezas?

–Pues más pronto de lo que pensaba –contestó Belinda–. Mañana mismo.

–Entonces, ¿te quedas en el hotel a pasar la noche? –preguntó su madre.

–No, mamá –respondió Belinda–. La verdad es que no solo he firmado el contrato, sino que además me han ofrecido alojamiento. Tienen estancias disponibles para trabajadores, aun así, uno de mis futuros jefes, el señor Bernar, me ha cedido una de las habitaciones que disponen en la casa principal. Ahora mismo os estoy hablando desde ella y os puedo asegurar que es fantástica.

–Cuánto me alegro, hermanita –contestó Salma–. Me tienes que mandar fotos.

–¿Cómo son los viñedos? –preguntó su padre–. ¿Hacen honor a su fama?

–La verdad es que sí, tanto las instalaciones como los viñedos son increíbles. La casa está situada en la cima de un montículo y las vistas desde ella son espectaculares.

–Me alegro muchísimo, Be –dijo su madre con la voz entrecortada–. ¿Pero necesitarás ropa? ¿Cuándo podrás venir a recogerla?

–No te preocupes, mamá –respondió Belinda–. La verdad es que no esperaba que fuera todo tan deprisa, procuraré volver a casa el fin de semana y así podré preparar tranquilamente todo lo necesario. Mientras tanto, con lo que tengo, podré apañarme. Oye, Salma –dijo Belinda dirigiéndose a su hermana–. ¿Podrías dejarme tu cámara fotográfica? Ya sabes que mi móvil no hace muy bien las fotos.

–Claro que sí, hermanita –contestó Salma–, pero cuídamela.

–Te lo prometo –respondió Belinda–. Ahora tengo que dejaros, familia, nos vemos el fin de semana, os quiero mucho.

Cuando Belinda colgó el teléfono después de despedirse de su familia se dio cuenta de lo mucho que los añoraba y, aun así, se sentía completamente feliz. Aquel sitio había calado en ella desde el primer momento en que puso los pies en él.

Algo en su interior le decía que todo iba a ir genial. Quizá por ello empezaba a relajarse y a dejar atrás los nervios propios del primer momento.

Belinda salió de su habitación y se dirigió a la terraza que se encontraba en la misma puerta principal. Quería admirar una vez más las impresionantes vistas que desde aquel punto tenía de los viñedos. La unión de las vides con los rosales era algo que la tenía fascinada.

Belinda sabía muy bien que aquello no era un mero motivo decorativo, sino más bien una manera de prevenir enfermedades en las vides. Sabía perfectamente que el ataque del hongo “oídio” era muy dañino y difícil de erradicar, al igual que otras enfermedades o plagas, una vez infectada la vid. A Belinda le vino a la memoria cuando estudiaba en la universidad y uno de sus profesores por aquel entonces les contó la relación que tenían los rosales y las vides. Siempre les decía lo sabia que era la naturaleza. Contaba que las rosas y las vides sufrían las mismas enfermedades, solo que por alguna que otra extraña razón se manifestaban antes en las rosas que en las vides, por lo que plantarlas juntas era una manera muy inteligente de detectar con anterioridad cualquier posible enfermedad, evitando así la perdida de la cosecha. Hacer coincidir el color de las rosas con el color de las uvas plantadas era una señal inequívoca de la variedad cultivada.

Absorta en sus pensamientos, no se dio cuenta de que alguien la observaba a unos pocos metros de distancia. Poco a poco la persona en cuestión se fue acercando a ella hasta situarse justo a su lado.

–¿Es usted la señorita Belinda Blat? –preguntó a bote pronto.

Belinda no pudo evitar sentirse sobresaltada, tan abstraída como estaba mirando el paisaje.

–Perdone, no quería asustarla –se disculpó el recién llegado.

–Tranquilo, no pasa nada, no lo oí llegar. Estaba contemplando las maravillosas vistas –dijo Belinda–. Por cierto… creo que le he visto antes. ¿Puede ser? Sí, ya recuerdo, en el tren que venía a Braxton. Se sentó justo enfrente de mí.

–Es verdad, ahora que lo dice. Íbamos en el mismo vagón, claro que entonces no sabía quién era.

–En eso me lleva la delantera –contestó Belinda–. Yo todavía no sé quién es usted, aunque le agradecería que me tuteara.

–Disculpa otra vez, soy muy torpe. Mi nombre es Saúl Miró, el hijo de Carles Miró, la persona a la que vas a sustituir. Y, por favor, tampoco me llames de usted, al fin y al cabo somos prácticamente de la misma edad y vamos a ser compañeros de trabajo.

–Encantada de conocerte, Saúl –dijo Belinda al momento–. El señor Bernar me ha puesto al corriente de lo relativo a la enfermedad de tu padre. Espero que se mejore pronto. También me hizo saber que sería su hijo, es decir tú, quien me pondría al corriente de todo.

–La salud de mi padre es un poco delicada, pero nada que la medicina y el reposo no puedan curar. En cuanto a los viñedos, es verdad que he pasado gran parte de mi vida aquí ayudando a mi padre, por lo que conozco a la perfección los entresijos de los viñedos. Espero serte de ayuda mientras te pones al corriente de todo.

–Muchas gracias, Saúl –le agradeció Belinda–. Seguro que haremos un gran equipo. Esta casa es impresionante –dijo Belinda cambiando de tema–. Me ha comentado Marina que los dueños de los viñedos viven en la planta alta de la casa.

–Sí –respondió Saúl–. El primer piso es exclusivo de la familia Galán. En él, convive el matrimonio formado por Bernar y Sofía; Franco, el primo de Bernar, el cual no se ha casado nunca; Jacinto, el tío de ambos, y un hijo del matrimonio de Bernar y Sofía, Daniel.

–¡Ignoraba que el señor Bernar tuviera un hijo! –exclamó Belinda ante la afirmación de Saúl.

–Daniel es un poco especial –contestó Saúl.

–¿A qué te refieres con que es un poco especial? –preguntó Belinda.

–Daniel tendrá aproximadamente nuestra edad. Siempre fue un chico alegre y jovial que se hacía con todo el mundo, pero la desgracia quiso que hará unos siete años tuviera un accidente que casi le cuesta la vida. Estuvo durante un tiempo en estado de coma, del cual no sabían si despertaría.

–¿Y qué es lo que pasó? –preguntó Belinda intrigada–. ¿Acaso aquel accidente le dejó alguna secuela?

–Ya lo creo –contestó Saúl–. De repente se olvidó de todo: no sabía hablar, ni leer, ni escribir, ni tan siquiera andar.

–¡Qué horror! –exclamó Belinda–. ¿Y cómo está ahora?

–Sus padres han dedicado todo este tiempo a enseñarle, como si de un niño pequeño se tratara. Han sido unos años muy difíciles. Le llevó su tiempo volver a andar y hoy en día recibe clases de lectura y escritura. La verdad es que ha mejorado notablemente.

–No me imagino lo duro que tiene que ser para unos padres ver a su hijo en esas circunstancias.

En ese momento dos hombres se dirigían hacia el lugar donde hablaban Belinda y Saúl.

–Buenas noches –dijo uno de ellos al momento.

Saúl se volvió al reconocer la voz y, antes de que Belinda pudiera decir algo, el hombre en cuestión se le adelantó.

–Debe ser usted la señorita Belinda Blat –dijo sin más premura–. Soy Franco Galán, ya me dijo mi primo Bernar que trabajaría con nosotros sustituyendo a Carles, un placer conocerla. –Y volviéndose hacia la persona que estaba a su lado la presentó–. Mi tío Jacinto Galán.

–Me alegro mucho de tenerla entre nosotros –contestó Jacinto–. Es bueno contar con gente joven y con ganas de trabajar. Espero que se encuentre a gusto.

–Son muy amables –respondió Belinda–. Solo espero estar a la altura; sin duda, ganas no me van a faltar.

–Como veis es muy humilde –le alagó Saúl.

–Será mejor que vayamos entrando –dijo Franco–. La cena está a punto.

La cena transcurrió en un ambiente distendido, entre las historias de unos y las anécdotas de otros. Belinda escuchaba atentamente mientras se decía a sí misma que aquello era el principio de algo realmente bueno y que estaba dispuesta a trabajar duro para agradecerles toda la amabilidad y confianza que habían depositado en ella. Tan solo la ausencia de Daniel, el hijo de Bernar y Sofía, fue lo que echó en falta Belinda. Sentía una curiosidad sana por conocerlo, después de todo lo que Saúl le había contado en relación a su accidente. Al parecer, esa noche no se encontraba bien y había preferido cenar en su cuarto. Se preguntaba cómo sería y cómo había ido progresando en su día a día teniendo que aprender todo de nuevo. Su mente divagó por momentos y no pudo evitar acordarse de su familia. Cuánto la echaba de menos. Terminada la cena cada uno se dirigió a sus respectivas habitaciones.

7

Agosto de 1984

Los viñedos fueron un ir y venir de policías y la noticia estaba en boca de todos. Al parecer y según una nota aparecida en la mano de Óscar “el Rosales” se señalaba a él mismo como único culpable del fallecimiento de los hermanos Galán, al haber manipulado intencionadamente los frenos del coche con el único propósito de acabar con sus vidas. Más tarde el arrepentimiento había hecho mella en él y había acabado suicidándose.

Martín había coincidido en varias ocasiones con Óscar y siempre les decía a Fran y Bernar que no entendía nada de todo aquel galimatías. Intentaba no tomar partido, respondiendo siempre de la misma manera. Todo aquello tenía un punto extraño, difícil de explicar.

Esa mañana y después de varios días en los cuales no se habían visto, los dos primos junto con Martín decidieron quedar y acercarse al río a pasar la mañana. Bernar cogió una piedra y la lanzó al río al tiempo que decía:

–Ahora entiendo lo que vi en el cajón del tío Jacinto.

Su declaración dejó a su primo y a Martín asombrados ante aquella afirmación.

–¿Qué es lo que viste? –preguntó intrigado Fran–. Te lo he preguntado varias veces y no me has querido contestar. ¿Qué es lo que ha cambiado ahora?

–Eso –afirmó Martín–, ¿qué es lo que entiendes ahora?

–Cuando abrí el cajón, después de nuestra apuesta, había un recorte de periódico en el que se decía que el accidente de nuestros padres podría haber sido intencionado, debido a la manipulación de los frenos. Eso encajaría con lo que se dice de Óscar.

–¿De verdad piensas que Óscar manipuló los frenos, para acabar con la vida de vuestros padres? –preguntó Martín que no quería entrar en debate. Siempre les decía que Óscar no era capaz de acabar con la vida de nadie.

–Yo no lo sé –contestó Bernar–, solo sé lo que vi en aquel cajón y que ahora encaja con lo que ha ocurrido.

–¿Por qué no me dijiste nada? –preguntó Fran enfadado–. También fueron mis padres los que murieron en ese coche, tenía todo el derecho a saberlo.

–Lo sé –contestó Bernar sin dejar de mirar a su primo–, pero no quería que sintieras lo mismo que sentí yo, rabia e impotencia de pensar que aquello pudo evitarse y que de no ser por ese “alguien” que manipuló los frenos, nuestros padres estarían vivos.

–Aun así tenía todo el derecho a saberlo –le cortó a bote pronto Fran–. Si no hubiera ocurrido, no tendríamos que vivir con el tío Jacinto.

–No entiendo esa manía que le tienes al tío –contestó Bernar–. Al fin y al cabo ha vuelto para cuidar de nosotros.

–¿Y no te parece extraño que después de dos años en los que no ha querido saber nada, vuelva para hacerse cargo de nosotros y al mismo tiempo de los viñedos? Nunca ha sido una persona fácil de conocer.

–Eso no quita para que sea nuestro familiar más allegado –le contestó Bernar alzando ligeramente la voz.

–No me gusta –contestó Fran–, papá siempre me decía que no tenía aprecio a nada.