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Marcado profundamente por varios acontecimientos ocurridos en el pasado, el escritor Elio Vázquez, para tratar de salvar la relación que mantiene con Sara, la mujer a la que ama, se enfrenta a sus demonios desvelando sus secretos más íntimos a Moses Shemtov, un viejo psiquiatra. Durante estas sesiones sabremos que una serie de hechos imprevisibles cambiaron por completo su vida. Todo comienza en Málaga el día en el que presenta su nueva novela. Al terminar el acto, Arturo Kozer, un hombre al que no conoce, le acusa de haber puesto en peligro su vida con su nueva novela y, además, de haber desvelado el secreto de El libro de las palabras robadas, un codiciado manuscrito que hasta ese instante nadie sabe dónde se oculta. Ese mismo día, su padre sufre la primera pérdida de memoria que le llevará, días después, a ser internado en el hospital, y su madre, Ágata, muerta años antes, reaparece de manera imprevista. Mientras tanto, Elio trata de comunicarse con su hijo Marco pero, como suele ocurrir desde hace tiempo, no lo logra. Tras recibir una inquietante amenaza, Elio Vázquez trata de encontrar a Arturo Kozer para desenmascarar su farsa y demostrar que su novela sólo es una creación ficticia que nada tiene que ver con la realidad. Su editor, Joan Gilabert, y la mujer de éste, Francesca, junto a Félix Quintá, un guardia civil retirado que escribe novelas negras de misterio, lo ayudarán en su tarea. Sin embargo, la codicia por hacerse con el códice al precio que sea va desvelando los motivos reales por los que actúan algunas de las personas en las que, hasta ese momento, Elio confiaba ciegamente. Todo vale con tal de hacerse con tan valioso botín.
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Seitenzahl: 376
Veröffentlichungsjahr: 2016
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El libro de las palabras robadas
Sergio Barce
ISBN: 978-84-15930-93-8
© Sergio Barce, 2016
© Punto de Vista Editores, 2016
http://puntodevistaeditores.com
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
ÍNDICE
BIOGRAFÍA DEL AUTOR
ÁGATA Y EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS
ARTURO KOZER
FRANCESCA
UN LIBRO MISTERIOSO
LA AMENAZA
LA FOTO DE TETUÁN
NO HAY NADA ESCRITO
LA CARTA ANÓNIMA
UN DETECTIVE JUBILADO
TODOS TENEMOS SECRETOS
LA VERDAD SEGUÍA SEPULTADA POR EL LODO
TRANSFUSIÓN DE RECUERDOS
LA HABITACIÓN 606: LA CAJA DE PANDORA
DALILA Y EL RUBIO
ATANDO CABOS
TODOS LOS LIBROS PERDIDOS
LA HERMANDAD
LA SUPLANTACIÓN
HUYENDO DEL PASADO
LA ÚLTIMA DEUDA
BIOGRAFÍA DEL AUTOR
Sergio Barce (1961) es licenciado en Derecho. Toda su infancia transcurrió en Larache (Marruecos), y desde 1973 vive en Málaga.
Ha publicado los libros de relatos Últimas noticias de Larache y otros cuentos (Aljaima, Málaga, 2004) y Paseando por el Zoco Chico (Ediciones del Genal, Málaga, 2015). Y ha participado en varios libros colectivos también de relatos: Sesión continua (2013), Animales en su tinta (2013), Último encuentro en BiblioCafé (2014) y Por amor al arte (2014), todos ellos publicados por Jam Ediciones/Generación BiblioCafé, de Valencia; El Protectorado español en Marruecos: la historia trascendida (Iberdrola, Bilbao, 2013) y La narrativa tenía un precio (Ed. Playa de Ákaba, Almería, 2016).
Barce es autor de varias novelas, entre ellas: Sombras en sepia (Pre-Textos, Valencia, 2006), que fue galardonada con el Primer Premio de Novela Tres Culturas de Murcia; Una sirena se ahogó en Larache (Círculo Rojo, Almería, 2011), con la que fue finalista del Premio de la Crítica de Novela de Andalucía 2012, o La emperatriz de Tánger (Ediciones del Genal, Málaga, 2015), novela finalista tanto del Premio Vargas Llosa 2012, como del Premio de la Crítica de Novela de Andalucía 2016.
Colabora igualmente en revistas culturales y literarias tanto de España como de Marruecos.
A Pablo Cantos Ceballos este abrazo para siempre
Y mi agradecimiento a Jesús Ortega, Joana Márquez, Juan Pablo Caja y Ana Berrocal, por la paciencia y las sugerencias.
Esta edición de Punto de Vista Editores está dedicada a Silvia García Ábalos, que, como una brisa inesperada, vino de Larache para vivir en José Luis.
ÁGATA Y EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS
Moses Shemtov estaba de pie dándome la espalda con las manos metidas en los bolsillos y las piernas entreabiertas, su figura achaparrada silueteada contra el ventanal. Presumí que, desde la privilegiada atalaya de su consulta, sus ojos se perdían en el boulevard: el mirador con los viejos cañones vigilando el mar, la boca del puerto, su pasado glorioso. Apenas me había dirigido unas palabras pero yo sabía que mi inesperado regreso le había alegrado.
−Dime, ¿quién era ese cuarto espectro que viste tras tu madre? −preguntó quedamente al girarse.
Nos miramos. No iba a decírselo y él lo sabía. Cuando sacó el móvil, dejé de respirar unos segundos como si mi sangre se hubiera congelado, y noté que algo en mi vida llegaba a su final, que ya no habría vuelta atrás. Pero hasta ese momento las cosas no habían sido tan fáciles.
Comencé a hablarle por primera vez del asunto varias semanas después de que Sara sugiriera que lo visitase, cuando ella comprendió que, pese al códice, si no hacía algo al respecto nuestro pequeño mundo podría llegar a quebrarse en cualquier momento. En esos instantes mi relación con Sara parecía naufragar sin remedio, y yo, por supuesto, no estaba dispuesto a que las circunstancias nos vencieran, quería luchar por ella, tenía que vencer por ella. Merecía la pena, era lo único que realmente merecía la pena porque ya sabía entonces que Sara lo significaba absolutamente todo para mí.
Las sesiones anteriores habían servido para tantearnos, para que Moses Shemtov se hiciera una idea de con quién bregaba. Le costó trabajo ganarse mi confianza, pero una vez que lo hubo logrado mi incontinencia verbal fue mi válvula de descompresión. Era un hombre listo, experimentado, aunque me resultaba extraño que siguiera ejerciendo en la ciudad. No había podido librarse de su embrujo, supongo, y con setenta y tres años seguía ahí, al pie del cañón, pese a las habladurías.
Le conté a Moses que había encontrado a mi madre recostada en un diván de cuero, con un vago aire de melancolía, vestida tan solo con unas enaguas blancas de encajes bordados a mano y con una fina medalla de oro al cuello. Y que también la había visto en ropa interior, arrebatadora. Le conté que siempre llevaba el cabello suelto y lacio sobre sus hombros desnudos, como una modelo de los sesenta que posara para David Hamilton. En las ocasiones en las que ella había aparecido, lo había hecho con no más de veinticuatro años, la edad con la que me tuvo. La sensación que me producía era como la de estar observándola mientras se movía en el interior de un diminuto acuario. Si me hablaba, jugueteaba con el pelo enredando las puntas entre sus dedos, que luego se deshacían solas. También le confesé que, en todas esas veces que la había descubierto en el interior del espejo de mi dormitorio, había tenido la sensación de que mi madre tenía la piel más blanca de como la recordaba, quizá porque ahí era más joven, y que sus labios irradiaban una sensualidad excesiva. Fuera como fuese, lo cierto es que, salvo la primera vez que sucedió, cuando terminábamos de hablar no me planteaba si podía tratarse de una alucinación o no, simplemente era algo que ocurría, sin más; y esos encuentros dejaban un sabor dulce en mi boca.
Moses me miraba ahora sentado frente a mí, con las piernas cruzadas, sus ojos caídos protegidos por la montura de las gafas, moviendo entre los dedos su bolígrafo de oro. Hasta ese día no había conseguido nada en absoluto salvo mis confusas divagaciones, pero ahora todo era diferente.
−¿No crees que sería conveniente que comenzaras por el día en el que la viste por primera vez? Quiero decir por el día en el que te reencontraste con ella… −añadió frunciendo el ceño.
−Me parece bien –dije, asintiendo con la cabeza. Y me puse a hablar…
Ágata (nunca la llamamos mamá) resurgió el mismo día en el que su marido, mi padre, amenazó a una mujer con robarle el bolso y se presentaba mi tercera novela. Fue un día de enero, desapacible, con las nubes bajas y encapotadas en un cielo gris. Había una especie de tristeza natural que deslucía el color de los edificios, y las calles aparecían inusualmente solitarias. Recuerdo que habíamos llegado a la consulta del doctor Cascales cinco minutos antes de la cita fijada, aunque no entramos hasta una hora después. El tiempo se nos echaba encima.
Mi padre no paró de protestar desde que llegamos y se mostró especialmente inquieto con algo que yo no era capaz de adivinar. Cuando le preguntaba qué le ocurría, se limitaba a refunfuñar y a mirar para otro lado.
Yo tenía que estar a las ocho y media en la Librería Proteo, no podía fallar a la presentación de mi propia obra, así que también me pasé buena parte de la espera mirando al reloj. Damián no me acompañaría, no lo había hecho con las dos primeras novelas así que tampoco podía esperar un cambio a estas alturas. Mi padre no me perdonaba que para firmar mis libros hubiese eliminado su apellido… Él se llamaba Damián Urrea… En fin, yo prefería utilizar el de Ágata: Vázquez. Cuando comencé a hacerlo pensé que era un bonito homenaje a mi madre y a su mujer, pero él nunca supo apreciarlo.
La cita con el oculista la había concertado mi hermana Silvia mucho antes de que supiéramos que ese mismo día El libro de las palabras robadas comenzaría a dar sus primeros pasos, de manera que había decidido cumplir con el trámite del especialista y luego marcharme de inmediato al acto. A eso de las siete menos veinte llegó por fin nuestro turno.
Me incorporé, dejando la gabardina junto a mi padre, para seguir a la enfermera por el corredor. Damián vio cómo me alejaba alzando apenas los ojos de la revista de decoración que ojeaba sin interés desde hacía una hora. Me di cuenta de que él clavaba sus ojos en las piernas de la mujer que estaba sentada en el otro sillón de la sala de espera, con tal fijeza que ella se removió en el sillón. También intuí que le había dedicado alguna palabra entre dientes, pero lo vi hundir de nuevo su mirada en el mobiliario de las casas americanas de la Florida.
El caso es que, cuando el doctor Cascales terminaba de comprobar mi visión, y ya me guardaba en el bolsillo de la camisa la cartulina con mis nuevas dioptrías, la puerta se abrió de golpe y la enfermera asomó la cabeza visiblemente alterada.
−Señor Urrea, venga enseguida…
La alarma en su voz hizo que yo diera un salto, convencido de que algo le había ocurrido a mi padre. Pero en cuanto llegué a la sala de espera, lo encontré cómodamente sentado con la misma revista entre las manos. La única variación que aprecié a vuelo pluma fue que ahora ocupaba el sillón en el que antes estuviera sentada la mujer que había dejado aguardando su turno.
−¿Papá?
Levantó la cabeza, soltando la revista, y se limitó a hacerme la pregunta más obvia.
−¿Ya puedo pasar?
Me giré sobre los talones, sin comprender para qué me había hecho salir la enfermera de esa manera.
−¿Cuál era la urgencia? −la reprendí, aunque inseguro.
Ella se mordió los labios, y luego se estiró la bata blanca como un acto reflejo. A continuación miró a su jefe, que se limitó a encogerse de hombros descargando la responsabilidad en su auxiliar. Nerviosa, nos dijo que mi padre había molestado a la señora que tenía cita después de nosotros, y que con su actitud había conseguido que se marchara muy alterada, casi llorando.
−¿Que mi padre la ha molestado? –miré a Damián, que me evitó refugiándose de nuevo tras el papel cuché−. ¿De qué me está hablando?
La enfermera continuó diciendo que la amenazó con robarle el bolso. Las dos creyeron que mi padre estaba de broma pero, a continuación, se incorporó y le puso una mano en la pierna y la mujer se levantó preguntando qué era lo que hacía, y mi padre, según la enfermera, le replicó que tenía labios de putona, y que si no le daba el bolso tendría que quitárselo a la fuerza. Entonces la señora no aguantó más y se marchó sollozando.
−No puede ser… −musité, sin dar crédito a lo que estaba oyendo. Mi padre se había levantado y miraba con reprobación a la enfermera; luego dio unos pasos y se detuvo en el vano de la puerta, como si no estuviese muy seguro de si debía salir o no de la consulta−. ¿Eso ha hecho mi padre?
Apenas me salían las palabras, que se quedaron en mi boca igual que trozos de pan seco. Por primera vez desde que acudía a la consulta, me fijé con atención en ella, en su rostro ovalado, en sus largas pestañas y en su mandíbula, delgada y huesuda, incluso en la manera tan delicada con la que fruncía el ceño. Trataba de descubrir un punto vulnerable, un detalle físico que delatara su baja catadura moral. Por el contrario, intuí que debía de tratarse de una persona incapaz de inventarse una cosa así.
−Lo siento, de verdad… −añadió con simpleza.
−Gracias, Merche. Espéreme en mi despacho…
La chica se alejó por el corredor, y el doctor Cascales y yo miramos a mi padre, que seguía en la puerta de entrada con una mano apoyada en el quicio. Ahora parecía abatido.
−No sé cómo disculparme… −dije en su nombre.
−Elio, le aconsejo que lleve a don Damián a un neurólogo. No estaría de más que le hiciesen un chequeo a fondo…
Creo que asentí, y luego me acerqué a mi padre y lo agarré del brazo.
Durante el trayecto hasta llegar a su casa conduje en silencio, y él no movió un músculo, la mirada perdida, las manos lacias en el regazo. El coche avanzando por las calles que iban oscureciéndose engullidas por el anochecer, y las nubes aplastando la ciudad.
−¿Quieres que suba contigo?
Levantó una mano deteniéndome para que no lo siguiera. Lo vi caminar hasta el portal, arrastrando los pies, abrir la cancela y entrar sin dedicarme un solo gesto de despedida. Era evidente que se estaba produciendo un extraño cambio en nuestras vidas sin que yo pudiera evitarlo de ninguna de las maneras. Metí primera, y salí de esa calle deseando llegar a la librería cuanto antes y olvidarme del incidente por unas horas.
−Eso ocurrió antes de que vieras a tu madre por primera vez… −me dijo Moses.
−Podría decirse que sí, aunque supongo que hubo una extraña confluencia de acontecimientos impredecibles en muy poco tiempo.
Él asintió, como si mi respuesta le hubiese aclarado algo, pero al instante me preguntó a qué me refería. Sacudí la cabeza, y le confesé que hubo momentos en los que las palabras de Ágata me desconcertaron.
−No quedará nada de nosotros cuando la arena del desierto lo cubra todo y ningún río desemboque en el mar… −me dijo mi madre en una ocasión, bajando la voz como si me hiciese una confidencia−. No saben explicármelo, Elio, pero algunos ya han estado allí, y al volver no recuerdan nada. Van como locos, sin respetar los límites de velocidad. Si cumpliesen las normas, los recuerdos no se les borrarían y podrían aclararme mis dudas. Uno de los que no para de ir y de venir del futuro es tu abuelo. Corre demasiado, y un día tendrá un accidente y no volveré a verlo…
−No supe qué responderle –le dije a Moses.
Vi que echaba el cuerpo atrás y que se arreglaba la americana, meditando quizá sobre lo que escuchaba.
−Ágata debió de ser una mujer muy interesante… Y si fuese cierto que en esa otra dimensión se puede viajar en el tiempo... −su rostro se iluminó, como si le ilusionara esa posibilidad−. Es curioso cómo nuestra mente proyecta hechos reales del pasado en un mundo imaginario, una treta del subconsciente− añadió.
A veces Moses se quedaba ahí sentado escuchando con aparente atención, pero otras parecía tan ausente… En ese momento tenía la sensación de que nunca podría resolver mi problema, y me preguntaba si merecía la pena seguir pagándole. Había quien decía que sólo era un charlatán, que sus métodos eran añejos e inútiles, y que por eso apenas le quedaban ya unos cuantos pacientes europeos.
Moses posó el bolígrafo en sus labios, y levantó los ojos.
−Volvamos a ese día en el que tu madre irrumpió por sorpresa en tu vida… ¿No sería una simple proyección en tu imaginación causada por lo ocurrido en la consulta? Una especie de defensa evasiva…
−No lo sé –respondí; pero, tras reflexionar unos segundos, añadí:– Ese día hubo un incidente más. Mi desconcierto no me lo creó mi padre… Mi desconcierto me lo causó otra persona…
Me removí intranquilo en mi sillón, y me di cuenta de que de pronto Moses me miraba con tanta atención que podría dibujar mi rostro con los ojos cerrados.
−¿De quién me estás hablando? –me preguntó intrigado. Era como si de pronto hubiese metido la conversación sobre Ágata en uno de los cajones de su escritorio. Fue la mejor manera de despejar las dudas sobre su compromiso conmigo.
−Sucedió al terminar la presentación de mi novela –respondí−. Estábamos ya en la puerta de la librería cuando un hombre se me acercó… Se me acercó muy decidido, extendiéndome la mano. Cuando estreché la suya, noté la piel fría y húmeda, los dedos huesudos, y el anillo que llevaba se hincó dolorosamente en mi mano; pero también sentí su urgencia por abordarme al dar ese férreo tirón para atraerme hacia él. Logré clavar los pies en el último momento. Enseguida el otro cedió, aunque sin soltarme. Continuamos unos segundos con ese absurdo forcejeo hasta que, al prestar atención a lo que ese tipo me decía entre dientes, dejé de resistirme.
−¿Sabe que ha puesto en peligro a este viejo, hijo de puta? –los ojos del hombre centelleaban, y su aliento, aguardentoso, me golpeó en la cara−. Dígame, ¿cómo conoce esa historia?
Miré en derredor, con la vaga esperanza de que alguien me sacara del atolladero. Sin embargo, los demás conversaban animadamente sin percatarse de la tensión que se había levantado entre ese tipo desarrapado y engreído y yo.
−¿De qué me está hablando? –logré balbucear al fin.
−¿No lo sabe? ¡Deberíamos desenmascararle! Y entonces, ¿qué es lo que haría? Nada, no podría hacer nada. Si tuviésemos las manos libres, le humillaríamos −la garganta se le desgarró cuando añadió esto último, la mirada sangrante, como si contemplara en ese mismo momento lo que anunciaba.
La boca de ese hombre desprendía un olor agrio y candente, como si hubiese estado bebiendo sin parar. La barba rala, la chaqueta deshilachada en las mangas, roída en los codos y en los bolsillos. En su mirada sólo se atisbaban ausencias y desencantos, apenas un brillo en el fondo de su desvarío. Pero la rabia se había adueñado de él, escupiéndome una diatriba que yo trataba de descifrar como podía.
−Pero no sé realmente…
−¿Qué es lo que ha hecho esta noche, señor Vázquez? ¿Qué es lo que ha estado haciendo hasta hace sólo un instante?
−Yo… −titubeé, con la sensación de que una ráfaga de hielo me atravesaba el pecho−. Sólo presentaba mi novela…
−¿Su novela? –negaba con la cabeza, sus dedos aferrados a mi mano como si pretendiera apropiársela, escapar con ella; y eso inoculaba el miedo−. ¿En serio me está diciendo que es su historia?
Me sentía tan confuso que dudaba incluso de que el acto organizado por la editorial hubiera sucedido. Lo único de lo que podía tener alguna certeza era que ese hombre, al interpelarme utilizando el apellido de Ágata, sólo me conocía por mi obra.
−Yo a usted no lo he visto en toda mi vida… −la voz comenzaba a resquebrajárseme. Quería pedir auxilio. Allí estaban mis amigos, algunos familiares, sería muy fácil que acudieran a ayudarme en cuanto levantara la voz. Pero seguía ahí paralizado frente a ese extraño que me hincaba sus pupilas glaucas como arpones llameantes. De pronto, pareció reaccionar.
−Si eso es cierto, si realmente no conoce a este hombre cansado y humillado, ¿cómo va a explicar que haya escrito sobre mí, señor Vázquez? –su mano me apretaba ahora con una fuerza inverosímil, ajena a ese cuerpo mayor y aparentemente agotado, el anillo hundiéndose en mi piel−. ¿Quién le ha hablado de este anciano y de El libro de las palabras robadas? He de saberlo, ¿me comprende? Es cuestión de vida o muerte para nosotros… ¡Dígamelo! ¿Quién?
Su voz se había hecho grave y rencorosa, pero no levantaba el tono quizá para evitar llamar la atención. Por algún extraño motivo, nadie se nos acercaba. Un misterioso cinturón invisible parecía mantenerlos a raya.
−No entiendo de qué me habla... Es una novela de intriga, de ficción, ¿comprende? Una invención mía sin base alguna en la realidad…
El hombre frunció el ceño y se mordió los labios, tal vez creyendo que trataba de engañarlo. Miró a su alrededor, nervioso, y dio un paso hasta acercarse más de lo que yo hubiera deseado. Su penetrante olor a humedad y a sudor me hizo echar la cabeza atrás.
−Yo soy ése al que usted ha llamado Jesús Ortega… Cambiar mi nombre no es suficiente para embozar la historia… –abrió los ojos, alucinado−. Aún nos queda aliento suficiente para evitar esta calamidad, y vamos a hacer algo… Oí que en su novela habla de ella sin pudor alguno, como si la hubiese conocido igual que yo… De ella… También oí que describe detalladamente El libro de las palabras robadas, como si pudiera enseñarlo igual que a un cuerpo desnudo. Y, para colmo, se permite el peligroso lujo de ponerle el mismo título –soltó una risita antipática−. El único que es uno y son millones… El libro de las palabras robadas debiera volver a estar en poder de quienes pueden protegerlo. Sólo merece ser desenmascarado, pero sabe que no podemos hacerle nada por respeto a ella –y corrigió enseguida su propia frase en un hilo de voz, exhausto:– Sólo por respeto a ellas…
−¡Déjeme en paz! –di un tirón y, al fin, logré librarme de su mano; pero, enfurecido ahora, trataba de continuar conminándome a que le respondiera a sus requerimientos.
−¡Yo soy Jesús Ortega! –añadió en tono delirante. Me sentía agarrotado, incapaz de dar un paso, como si dos deseos opuestos lucharan sin tregua. El hombre parecía absolutamente fuera de sí, como si algo lo desbordara−. Él cree que no lo sé, pero le oí hablar de usted, y por eso estoy ahora aquí. Tenía que venir a verlo. Su novela no le pertenece, señor Vázquez.
−¡Elicito! –mi cuñado se acercaba con un ejemplar en la mano−. ¡Elicito! −al escuchar mi nombre por segunda vez, el hombre pareció estremecerse.
−Elicito… −repitió él entre dientes, escudriñándome con una intensidad inesperada. De alguna manera su reacción me desconcertó, era como si no supiera qué estaba haciendo allí.
−¡Arturo! –gritó Joan Gilabert−. ¡Arturo Kozer!
Su rostro se crispó, miró en derredor, y sin mediar palabra se cerró la chaqueta, levantándose la solapa, como si de pronto hubiese notado un frío glacial, y, dándose la vuelta, se precipitó hacia la salida empujando a todo aquél que lo estorbaba en su camino.
−¡Apártense, hijos de puta! –maldecía mientras escapaba de la librería−. ¡Hijos de puta!
Aturdido aún, no terminaba de asimilar sus palabras. Me temblaba el cuerpo, y me miré la mano derecha. Su anillo me había arañado levemente.
−No me la has dedicado, cuñado –me dijo Lorenzo al darme mi novela.
Me limité a firmársela, sin ánimo para pensar en algo original, justo en el instante en el que mi editor y Francesca se acercaban. Lorenzo me sonrió, y se fue en busca de Silvia.
−El tipo que antes estaba contigo, ¿era realmente él? –la pregunta le brotó a Joan Gilabert en un aliento sarcástico, como si además de impresionarle lo ocurrido de alguna forma lo alegrara.
−¿Le conoces? –arrugué la frente, buscando un cigarrillo en el bolsillo interior de mi chaqueta.
−Por supuesto –replicó con autosuficiencia. Me clavaba sus ojos vacíos, con expectación, con ese aire de inventor lunático que le conferían sus cabellos prematuramente canosos y escasos que aún mantenía en el segundo hemisferio de su cabeza−. Tú, ¿no? –su asombro se adelantó a mi respuesta.
−¿He de saber quién es? –pregunté encendiéndome un pitillo. Exhalé una calada profunda mientras Francesca me observaba en silencio, con su gesto más suave.
−¡Has tenido a tu lado a Arturo Kozer! ¡Joder, Elio! Cómo explicarlo… Arturo Kozer es una especie de leyenda, un auténtico cabrón que rompió con el mundo hace muchos años. Ya era hora de que saliese de donde quiera que haya estado escondido –dijo Joan Gilabert asintiendo pensativo−. Es un genio de la escena, o al menos lo fue en su día… Si no lo conocías, ¿de qué estabais hablando? Francesca os vio… −de pronto, terció su sonrisa más artificiosa−. Dime que tu novela le ha fascinado…
−Parece que no le ha hecho mucha gracia que lo hayas reconocido…
Después de tantos años aún no comprendía cómo era posible que un ciego pudiera conseguir que se sintiese la intensidad de su mirada. Sus ojos eran claros, de un gris celeste, y sus pupilas inmutables se clavaban igual que navajas. Francesca, su mujer, trabajaba con él en la editorial y era su lazarillo cuando no utilizaba el bastón.
−¿Qué te ha dicho?
−No hablábamos… Sólo trataba de convencerme de que él es Jesús Ortega… −al repetirlo, me daba cuenta de que ese hombre acababa de tenderme una trampa insalvable.
−¿Jesús Ortega? –meditó un instante, con gesto descreído. Luego, se mostró de nuevo entusiasta−. ¿Ahora se cree el protagonista de El libro de las palabras robadas? ¡La presentación de una novela tuya y un lunático suelto! Quizá ha perdido definitivamente la chaveta… Hace años, la mujer y el hijo de Kozer murieron en un accidente de coche… −al oírlo, apenas reparé en el hecho en sí, pero noté que Francesca le presionaba el antebrazo como si le describiera mi reacción, y tal vez por ello continuó−. Desde entonces se convirtió en un tipo mucho más excéntrico de lo que ya era… Pero de ahí a que ya comience a creer que es el personaje de una novela… Aunque mirando el lado positivo, te puedes sentir orgulloso de que haya escogido una de las tuyas, se podría decir que es un reconocimiento a tu talento. Lástima que no te haya partido la cara delante de todos… −levantó los brazos como un sumo sacerdote, riéndose−. ¡Elio Vázquez agredido por Arturo Kozer en la presentación de su nueva novela! ¡Habríamos vendido un montón de libros, joder!
−También me ha hablado de El libro de las palabras robadas, como si de veras existiese algo así…
Mi mirada no atendía a mi editor, se había quedado varada en el intento por traspasar la barrera humana que me impedía comprobar si ese tipo hosco y malcarado continuaba en la puerta de la librería o, por el contrario, había optado por marcharse y olvidarse de mí. Pero luego me di cuenta de que Francesca hacía lo mismo que yo mientras que Joan Gilabert seguía riéndose solo, tratando de embozar su gesto meditabundo y preocupado.
ARTURO KOZER
La cena en La Casa del Ángel resultó descorazonadora. Además de la preocupación por el estado de mi padre y de la ausencia de Marco, un sinsabor ya conocido pero no por ello menos amargo, se sumaba el incidente con ese viejo chiflado que me había estropeado la presentación de la novela. Apenas probé la carne, pero bebí con desmesura. Las voces me resultaban destempladas, los comentarios intrascendentes.
−Elio, ¿te encuentras bien? –Joan Gilabert posó una mano en mi hombro, e insistió hasta que creyó notar que despertaba de mi ensimismamiento−. ¿Estás borracho? Si lo estás sería una buena señal… ¡Vive Dios, que me gustaría verte bebido!
−No, no estoy ebrio –balbuceé cabeceando con aire taciturno−. Pero no logro quitármelo de la cabeza…
−Siempre Marco en tus pensamientos, Elio –terció Francesca, que era más sagaz que su marido para ciertas cuestiones−. Tienes que acostumbrarte a vivir sin su compañía.
Joan Gilabert dio un suave puñetazo en el borde de la mesa, deseando sin duda cambiar el rumbo de la nave.
−Así que es eso… Elio, lo que tú necesitas es joder y joder. No quiero ser indiscreto, pero últimamente te veo poco con Beatriz, y ya no tenemos la testosterona como esos niñatos. ¡Pero, pardiez, aún nos queda resuello suficiente para escalar algunos muros!
Francesca echó el cuerpo hacia atrás, como si escuchara la misma cantinela demasiadas veces. Sin embargo, pareció desengañada con la actitud de su marido.
Traté de imaginarlo mirando la negritud de su mundo, y levanté una mano que aleteó unos segundos en el aire. Luego, la dejé caer sobre la mesa, lentamente, cerca de mi copa de rioja. Tanteé su cristal durante un segundo antes de apurarla.
−Así es la vida, según cuentan… La verdad es que no me refería a mi hijo –apreté la mandíbula, con un cierto aire de desilusión. Saqué un pitillo, creo que un Winston, lo encendí y le di varias caladas seguidas−. Pensaba en ese tipo…
−Te equivocas si crees que es sólo un pobre diablo –como aguijoneado, se irguió en la silla y adiviné en él un súbito interés−. Ya te dije que es un toca pelotas, pero Peter Brook montó una de sus obras en Londres, ¿lo puedes creer? ¡Peter Brook! Aquí jamás se le hizo justicia, hay que decirlo, y eso no debería de sorprendernos teniendo en cuenta que estamos en el país de las envidias, rodeados de pelotas y de trepas… En su caso, parte de culpa es suya y parte del resto de la humanidad… Pero más suya, sin duda. Que yo recuerde, con su actitud, Arturo Kozer jodió a mucha gente –Joan Gilabert soltó una carcajada. Bajo esa risa cínica, noté su acritud−. ¿Qué es lo que te ha molestado tanto de él? Es como si te hubiesen aguado la fiesta de tu cumpleaños, joder.
−Su olor –mentí de alguna forma−. Era desagradable tenerlo ahí encima.− Di otra chupada profunda al Winston y las hebras enrojecieron.
Súbitamente, Moses Shemtov interrumpió mi relato y señaló con la mano su escritorio.
−Te he traído una docena de pitillos de distintas marcas. Como a ti te gusta −me dijo complaciente. Fui a incorporarme para recogerlos, pero abortó mi intento con una sonrisa irónica−. Hasta que no termine la sesión olvídate de ellos.
Entorné los párpados, me ajusté las gafas, y volví a pensar en aquella cena. Recordaba que miré mi copa vacía. Francesca, que me observaba con detenimiento, no tardó en rellenármela, e hizo lo mismo con la suya y con la de su marido.
−Te acompañaré… −dijo él de pronto−. ¡Vive Dios que no follarás esta noche! Porque, mi querido Elio, los dos sabemos que no lo harás. De modo que propongo que vayamos a emborracharnos, que tampoco es una mala opción después de la presentación de una novela. Olvídate de los demás, parecen demasiado ocupados en arreglar el mundo. Además, tengo ganas de que, para variar, sea otra persona la que me lleve de la mano… Francesca no es celosa, pues mi honra y mi hacienda velan por su virginidad… O algo así.
La miré. Estaba radiante cuando sonreía de esa manera. Llevaba una gargantilla finísima de plata, a juego con los pendientes, y el escote le dejaba sus hermosos hombros al descubierto. Desde que nos conocimos en el Instituto, siempre me habían llamado la atención sus labios, simplemente abisales. Luego me di cuenta de que, tal y como dijera mi editor, los que nos acompañaban a la mesa parecían discutir de alta política o del destino. Los del periódico se habían situado en el extremo opuesto y se enrocaban en asuntos de trabajo. En todo caso, no estaban menos bebidos que yo. Sin dejar de observarlos, saboreé otro trago antes de volver a hablar de mi inesperada obsesión de esa noche.
−No cesó de repetirme que él era Jesús Ortega. Es algo tan estúpido que no puedo dejar de pensar en ello. Pero te confieso que es como si me rondara la absurda presunción de que no me engañaba…
−¿Cómo? –Joan Gilabert dejó su copa en la mesa, precavido.
−Tú no sentiste su mano… No estaba nervioso. Más bien excitado, lleno de ira, a punto de estallar… Tampoco fingía. Estoy convencido de que no trataba de provocarme, ni siquiera de amedrentarme. Me pareció absolutamente sincero –el recuerdo de su perfil se dibujó en el humo del cigarrillo que me envolvía, igual que un busto de piedra bajo la niebla−. Ese hombre hablaba como si yo le hubiese destrozado la vida…
Joan Gilabert llevaba un chaleco abierto, camisa blanca y vaqueros Levi-Strauss. Trataba de mantener una imagen juvenil, tal vez para amortiguar la distancia con Francesca, aunque su edad era evidente. Se encendió un puro, contagiado por mi cigarrillo, y exhaló el humo con desapasionamiento.
−Estás cansado –dijo al fin−. Quizá debiésemos retirarnos sin llamar la atención. Han sido muchos días de tensión y… ¿Dónde se ha metido Beatriz? No te habrás liado con esa chica que me presentaste la otra tarde, la de las tetas grandes, ya sabes…
−Háblame de Arturo Kozer –lo fundí con la mirada, evitando la de Francesca.
Aun dudando de que pudiera servir de algo, asintió con un imperceptible gesto de la cabeza. Bajó los ojos como si estudiara su cigarro puro, la manera en que se iba consumiendo lentamente, los dibujos que el humo pausado y callado modelaba en el aire. No fue capaz de disimular un algo de fastidio.
−Acabas de traicionarme… Tus ojos te han delatado y me atrevo a afirmar que no vas a dormir solo… −soltó una carcajada. De nuevo, fijé mis pupilas en las suyas, preguntándome cómo decía lo que estaba diciendo, cómo podía ver lo que no veía, pero deseé que se centrara en lo que debía y curiosamente pareció adivinarlo−. De acuerdo… Arturo Kozer… Durante algún tiempo me interesó seguirle los pasos, no sé si con la intención de publicar algo suyo, tal vez. Parecía interesante en todo caso. Imagínate el currículum para cualquier editor: un escritor que volvía del exilio, marginal, escandaloso, admirado y odiado al mismo tiempo, muy reconocido en Europa… Había vivido en Francia, y ya se sabe que el mayo del sesenta y ocho y toda esa jodienda vende muy bien. Sin embargo, a medida que leía sus obras me iba desencantando profundamente… Francesca te lo puede confirmar. Es un autor que deslumbró durante sus primeros años, los dramaturgos alemanes se volvieron locos con él y lo pusieron en un altar, pero luego cayó en desgracia… Comenzó a escribir textos incomprensibles, sinceramente muchos de ellos son pura basura. Se decía que los componía drogado, vete a saber… Pero antes de todo eso ya había tenido problemas con la justicia. En una conferencia perdió el hilo de la exposición y terminó hablando de sexo…
−Aquello fue un escándalo para la época… −añadió Francesca, que también se había encendido un pitillo−. La época en la que la censura convertía cuanto tocaba en sucio y despreciable…
−Nos acercamos a una edad… Elio, cómo vuelan los años −dio otra calada, parecía que tratara de recordar algo que fuese realmente interesante para mí. Francesa y yo nos mirábamos−. Dicen que estuvo en la cárcel –continuó Joan Gilabert−. No sé la razón, hay demasiadas versiones. Cuando salió, regresó a París. Eso se convirtió en una historia de exilio obligado, de persecución política… que también la había, pero no era la razón más importante para que pusiera tierra de por medio… Lo cierto es que, después de eso, sorprendió a todos dando un giro radical a su vida: se casó con una chica, y se centró en sus clases, en sus compromisos profesionales, como si lo hubieran domesticado… Había vuelto al redil. Tuvieron un hijo, y justo el día de su primer cumpleaños sufrieron un fatal accidente de circulación. Él conducía. Sin embargo, salió ileso, pero su mujer y su hijo murieron en el acto. Un desastre… −arqueó las cejas, probablemente creyendo que yo pensaba que todo accidente es una catástrofe insalvable, pero lo escuchaba con el vehemente deseo de que me revelara algo trascendental de ese tipo−. Así que comenzó a beber, y volvió a las drogas. Dicen que llevaba años coqueteando con ellas. Alguien me contó que su vida se había convertido en un absoluto caos, hasta que, finalmente, lo expulsaron de su cátedra. Durante unos años nadie supo de él… Y, para sorpresa de todos, regresó en el setenta y nueve; pero ya nunca quiso acudir a las representaciones de sus obras, ni a los homenajes que trataron de hacerle. No le interesó nunca su rehabilitación social…
−A mí siempre me ha parecido un buen tipo… −la voz de Francesca era franca, seguía mirándome con una rotundidad desasosegante−. Las veces que estuve con él me pareció muy culto y muy lúcido. Un hombre íntegro –remachó.
Al escucharla hablar de Kozer con esa admiración tan evidente, sentí una especie de aversión y de envidia, como si hubiese deseado que ella hablara de mí de la misma manera. Y, a la vez, me sorprendieron sus palabras porque, después de verlo, sólo podía pensar en él como en un lunático. Hube de apartar mis ojos de los suyos, casi como si me defendiera de algo amenazador.
−Es un tipo que no sólo odia los actos sociales, odia a todo el mundo –noté que esta afirmación de su marido molestó a Francesca, que entornó los párpados mientras daba una profunda calada a su cigarrillo−. Desde que regresó, apenas salió de su casa, escribiendo como un poseso, según dicen, pero eso no impidió que las murmuraciones siguieran rondándole. Fue entonces cuando traté de rescatarlo pero, como te he dicho, su nueva producción era algo infumable. Lo intenté, juro que lo intenté… −entonces apretó los dientes, y el gesto se le endureció−. Pero un tiempo más tarde, volvió a desaparecer, como si la tierra se lo hubiera tragado, y desde entonces perdí el contacto con él... En fin, no sé muy bien qué contarte más. Quizá sería bueno que leyeras alguna de sus piezas de teatro, aunque estoy seguro de que te provocarán urticarias… Seguramente en la Feria del Libro de Segunda Mano y de Ocasión podrás encontrar alguna de sus primeras obras –en ese momento una leve sonrisa asomó ladinamente en su boca−. Hasta esta inesperada reaparición, nadie sabía nada de él.
−A Joan le encanta que los escritores tengan vidas escandalosas, llenas de episodios turbios… −Francesca volvió a hundirme las fauces de sus pupilas de una manera apremiante−. Lamentablemente algunos sois como sois: monótonos, tranquilos, aburridos, desapasionados en exceso, es como si carecieseis de la fantasía que demostráis en vuestras obras o como si no os corriera sangre por las venas…
Me lo escupió a la cara. No sabía muy bien qué decir a eso, y noté que Joan Gilabert movía la cabeza de forma nerviosa, como si su mujer le hubiera desconcertado tanto como a mí. Ella aplastó su cigarrillo en el cenicero, y miró hacia otro lado. Arturo Kozer no parecía ser precisamente el tema de conversación favorito de Francesca.
−Tengo que hablar con él –sentencié tras unos segundos de incertidumbre.
Joan Gilabert se dio cuenta de que yo había permanecido todo ese tiempo rumiando una sola idea: volver a ver a Arturo Kozer. Y mi editor frunció el ceño, como si algo le pesara en la conciencia, como si un pensamiento malsano ensombreciera su ánimo.
Llegué a mi casa a las tres y media de la mañana, con problemas para mantener una verticalidad honrosa. Llevaba viviendo en ese inmueble apenas dos meses. Había alquilado el apartamento del tercer piso, que era también el último. En la planta baja vivía una mujer, pero aún no había llegado a verla, y la primera y segunda estaban vacías. Mis pisadas retumbaban en el silencio del edificio, una de esas construcciones de la primera mitad del pasado siglo que se mantienen a duras penas en pie en el centro de Málaga. Los dueños eran Joan y Francesca, que le habían hecho algunos apaños para alquilarlo, pero con la crisis sólo habían conseguido un nuevo inquilino en los últimos diez meses, y ése era yo. Para colmo me habían regalado una renta baja que yo, sinceramente, les agradecí de corazón.
Me gustaban sus techos altos, los pasillos largos y quebrados, su solería desgastada, gris y blanca, y los azulejos desdentados de la entrada. Tenía un viejo sabor elegante. Le añadí mi toque personal, creo, y me instalé en esa casa albergando la esperanza de que mi hijo, de alguna manera, pasara largas temporadas conmigo, lo que no había conseguido en mi anterior piso, oscuro y alejado. Hasta ese momento no podía decir que hubiese tenido éxito, ni siquiera que se atisbara la posibilidad de que ocurriera el milagro.
Saqué la cartulina que me había entregado el doctor Cascales, la miré indeciso pero sólo veía garabatos borrosos. Si esas eran mis nuevas dioptrías, lo cierto es que eran difíciles de ver incluso con las gafas puestas. Lancé la cartulina a alguna parte y continué por el pasillo con cierta cautela. El suelo me parecía inestable y peligroso. Tropecé con un baúl que había instalado a la entrada de mi dormitorio, trastabillé y logré caer sobre la cama. Y entonces oí por primera vez la risa de Ágata, burlona, creyendo que era un eco en mi memoria.
−¡Cómo venimos esta noche, hijo! Pareces el capitán de un barco caminando por el castillo de proa en medio de una tempestad… Pobrecillo… −y me quedé dormido como un niño pequeño, como si su voz fuese el rumor del mar.
Sacudiendo la cabeza, Moses me lanzó una mirada furibunda y me echó en cara que no le hubiese aclarado antes que la primera vez que había escuchado a mi madre lo hiciera en tan lamentable estado de embriaguez. Además no eran más que unas sencillas frases, sin ningún diálogo entre nosotros, sin un encuentro cara a cara. Es posible que todo eso no sea más que el resultado de tus sueños etílicos o como bien has dicho un simple eco de tu memoria, añadió antes de levantarse dando por terminada abruptamente la sesión. Quizá temió que el resto de los encuentros hubiesen ocurrido de la misma manera. Opté por no responder, pero yo sabía que aquella voz era la de Ágata y que estaba en mi habitación, y que más adelante volvió a verme.
Me acerqué al escritorio de Moses bajo su atenta y malhumorada mirada, y cuando me disponía a coger los doce pitillos que había alineado en un orden perfecto y rectilíneo me conminó a que escogiese sólo seis de ellos; el resto se quedarían allí hasta el lunes. Me pregunté por qué lo hacía. Sin duda era parte de la terapia, de modo que no me quedaba otra opción que aceptar. Tardé varios minutos en decidirme, era difícil despreciar algunas de las marcas, como un L&M Extra que se ofrecía en el centro, pero tenía que hacerlo, y tras las primeras dudas finalmente introduje en mi paquete un Fortuna, un Marlboro, un Philip Morris (con veneración), un Gitanes (por supuesto), un Chesterfield y finalmente un Kent. Guardé el paquete en el bolsillo interior de mi chaqueta, estreché su mano y nos despedimos fríamente hasta la semana siguiente.
FRANCESCA
Estábamos relajados. Moses Shemtov se limitaba a escucharme, y yo hablaba con la sensación de que cuanto le contaba ahora despertaba todo su interés.
−Pasé aquella mañana dando los retoques a un relato que debía dejar en el periódico para el suplemento del fin de semana −le decía−. Si me lo quitaba de en medio sería una preocupación menos. Esta vez me había acompañado la suerte ya que había encontrado un cuento escrito años antes y sólo hube de repasarlo y rectificar pequeños detalles. Era la historia de un hombre que descubre que posee la facultad de poder cambiar cuanto tiene a su alrededor a su voluntad y capricho. Me gustaba la premisa, me gustaba sobre todo imaginar que yo pudiera ser ese hombre. Entregué mi columna, y cuando salía me topé de bruces con Almagro.
−¿Te han dicho algo? –me preguntó, acercándose con su caminar pausado y antiestético, igual que un títere al que no manejaran con habilidad. Llevaba su anticuada peluca ladeada, y se la ajusté.
−¿Sobre qué? –repliqué, estudiando el resultado de mi intervención que, en realidad, poco podía hacer para mejorar su imagen.
−Dicen que Berlusconi quiere comprar el periódico.
−Estarás de coña… −dije mientras le cogía el paquete de Fortuna que llevaba en el bolsillo de su camisa y le birlé un par de pitillos. Uno de ellos lo metí en el paquete que siempre oculto en el interior de mi chaqueta.
−Yo sólo te digo lo que se rumorea, y cuando el río suena… ¡Deja mis cigarrillos!
Mientras me ofrecía lumbre, observé de nuevo a Almagro, su cuerpo endeble, su expresión complaciente tras haber sido el primero en darme la noticia.
−¿Y qué dice Vilches? −le hice la pregunta aun sabiendo que el director del diario estaría echando espumarajos por la boca. Vilches era un gran profesional, y un hombre sincero y directo. Sus únicas debilidades eran el equipo de fútbol de la Balona y las mujeres pelirrojas. Y, además, era mi amigo.
−El jefe lleva todo el día encerrado. Pero desde hace unas semanas ya venía diciendo que el Grupo hacía movimientos sospechosos y que no le extrañaría nada que pronto nos convirtieran en mercancía caducada… Ya nos han bajado el sueldo, lo siguiente será recortar la plantilla… La crisis es una buena excusa para todo…
Se me ocurrió entrar en su despacho, pero pensé que no merecía la pena molestarlo por un rumor que me llegaba a través de Almagro.
−Así que estás contento –le dije camino de la salida−. Es una mala noticia para una primera página, pero pronto podrás intercambiar tu peluca con las de tu nuevo jefe Silvio…
−¡Que te den, Elio!
Ya estaba bastante jodido como para que Almagro me pusiera esta otra banderilla. Si El Periódico de Málaga
