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Anouk se ha criado con sus tías en el planeta Nouter, donde ha aprendido lo necesario de magia, vuelo, sanación y artes marciales. Ya tiene dieciocho años, la edad necesaria para regresar a Ïlsavan, la ciudad de la Luz que mantiene el equilibrio en la galaxia ubicada en otra dimensión. Allí debe reunirse con sus padres, a quienes conocerá después de todo este tiempo alejada de ellos. Pero algo inesperado se cruza entre ella y el portal interdimensional que debe atravesar para poder cumplir con su destino. Un viaje marcado por una extraña moneda y la misteriosa Orden del Dragón.
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Seitenzahl: 521
Veröffentlichungsjahr: 2022
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EL LINAJEDE LA LUZ
El no encuentro
K. J. Ågud
EL LINAJE DE LA LUZ
© Carlos Jáuregui Agudo
© de esta edición: Loto Azul, 2022
ISBN: 978-84-17307-84-4
Producción del ePub: booqlab
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KALOSINI, S. L.
Grupo editorial
www.olelibros.com
A Marta, mi alma gemela, por hacerme feliz cada día.A Enzo, el fruto de nuestro amor, porque tu miraday sonrisa son el centro de nuestro universo.A mi madre, por inventarse cuentos para dormirme.A mi padre, por jugar conmigo a canicas en el pasillodespués de dieciséis horas trabajando.A mi hermana, por ser mi amiga y confidente.A mi sobrina, por llenarme de alegría.A mis familiares y amigos,porque soy lo que soy gracias a vosotros.Pero sobre todo a Fran, mi hermano.Desde que te fuiste la vida es menos vida.
El día once del undécimo mes del décimo primer año del siglo por fin había llegado. Todo hacía suponer que iba a ser un gran día. El gran día. Aún no había amanecido cuando Lora se despertó agitadamente. Se incorporó sobre la cama jadeando con la mano en el pecho. Estaba empapada en sudor y le faltaba el aire. Había tenido una pesadilla y eso le hacía sentir que era un mal presagio. Vio a Anouk cayendo desde muy alto. ¿Qué significaba? Hacía muchos años que no tenía esos sueños, desde antes de nacer Anouk. Se levantó de la cama y se calzó sus pies desnudos. Encendió el candil que tenía en la mesilla y cuando se disponía a salir de su habitación una fuerte ráfaga de viento abrió la ventana y recorrió todo el habitáculo. La llama se apagó y Lora sintió un escalofrío por todo su cuerpo. Algo iba mal. Cerró la ventana, encendió de nuevo la lámpara y se dirigió rápidamente hacia la habitación de Anouk. Corrió la cortina que delimitaba el umbral de su habitación y la llamó:
—Anouk, Anouk —dijo Lora susurrando.
Pero no encontró respuesta. Todo estaba oscuro y desde la entrada no se veía la cama, así que se acercó sigilosamente andando detrás del candil. Allí no estaba. Salió y continuó buscando por toda la cueva. Fue hasta la cocina, la alacena y el salón. Ni rastro de ella. Se asomó a la habitación de Ura y volvió a llamarla:
—Anouk —pronunció Lora muy bajito.
—¿Qué pasa, Lora? —dijo medio dormida Ura.
—¿Has visto a Anouk? —le preguntó preocupada a su hermana.
—No, aquí no está —respondió con un ojo abierto y el otro cerrado mientras levantaba un poco la cabeza para echar un vistazo a la habitación.
—No la encuentro por ningún lado. Algo le ha pasado —dijo nerviosa Lora.
—¿Has mirado fuera? Igual está cogiendo flores —comentó tranquilamente Ura mientras se daba media vuelta ya con los ojos cerrados y apoyando la cabeza de nuevo sobre la almohada.
—Todavía es de noche —cortó tajantemente Lora, quien, dando media vuelta con el ceño fruncido, salió de la habitación.
Lora se quedó pensativa; su hermana tenía razón, era el momento de mirar fuera. Aunque Anouk nunca había salido de la cueva de noche, tenía que asegurarse. Si algo le había pasado jamás se lo perdonaría, y si había desaparecido no pararía hasta encontrarla. Así que candil en mano abrió la puerta y salió hacia el exterior.
Nada más abrir la puerta, el ruido del agua precipitándose al vacío llenó todos los rincones de la cueva. Vivían detrás de la caída de las tres cascadas más altas de la comarca de Beruna. El gran desnivel permitía que el agua dulce del río Fendar, que bajaba con un caudal y una fuerza impresionantes en esta época del año, terminara uniéndose con el mar en uno de los acantilados más hermosos de Nouter.
Lora seguía preocupada, cerró tras de sí la puerta de la cueva y se dirigió al camino que llevaba a la parte más alta del acantilado. La cueva se encontraba a media altura de la gran caída. Cuando comenzó a subir, ya no tenía delante el velo de agua que le impedía ver el mar. Aún de noche, miró hacia el horizonte y pudo observar un hilo naranja muy fino que hacía intuir que esa estrella y fuente de vida que calentaba Nouter estaba deseando despertar y acariciar con sus rayos a todo ser viviente. Pero aún faltaba un poco para eso.
Lámpara en mano fue alumbrando el camino para poder ver dónde apoyaba los pies. El sendero era estrecho y una mala pisada podía provocar que se precipitara al vacío. Muy a su pesar y debido al mal sueño que la había despertado, también buscó cualquier indicio, aunque sin deseo de encontrarlo, de que Anouk se hubiera resbalado. Gracias a los astros, no descubrió nada en todo el recorrido. Cuando llegó arriba, donde comenzaba el bosque, Lora se puso a llamarla:
—¡Anouuuuuk, Anouuuuuk!
Seguía sin respuesta. Se adentró en el bosque siguiendo el sendero. La noche era clara. Entre los árboles se podía ver todavía el cielo estrellado. No se escuchaba nada, tan solo un murmullo proveniente del curso del río. Siguió caminando hasta que, de pronto, un ruido hizo que se parara súbitamente. Dirigió la luz con un gesto rápido hacia unos matorrales que se habían movido para comprobar que una pequeña liebre estaba aún más asustada que ella. Solo pudo observar sus brillantes ojos antes de perderse de un salto entre los árboles.
Continuó por el angosto camino del frondoso bosque hasta que llegó a la orilla del río. Allí el ruido era ensordecedor, ya que el caudal que se dirigía hacia las cascadas era tan fuerte que había que chillar mucho para que alguien pudiera escuchar. De repente, al llegar a una zona donde la tierra se había convertido en barro debido al contacto con el agua, vio unas huellas que recorrían la orilla. Lora las siguió durante un tramo hasta que desaparecieron en el agua. Se detuvo y levantó la mirada. El agua en esa zona pasaba velozmente provocando numerosos remolinos. No podía ser. Se preguntó si habría sido arrastrada por la corriente. La luz del candil no alcanzaba mucho más allá de la orilla. Volvió a gritar su nombre, pero no encontró respuesta. En ese momento el cielo pasó del color negro a un naranja tenue. Lora estaba desesperada. Pensó que la había perdido. Pero con la suave iluminación del cielo amaneciendo vio que a escasa distancia del lugar donde desaparecían las huellas había una piedra de tamaño considerable dentro del río. Observó con más detenimiento y pudo distinguir en su centro la marca de barro de un pie derecho. Más adelante había otra roca, con su respectivo pie izquierdo. Y más allá otra piedra, ahora con los dos pies bien marcados. Lora siguió con la mirada la diagonal casi perfecta que la línea de rocas dibujaba hacia el centro del cauce hasta que en la última, situada en el borde del precipicio y que partía en dos la cascada central de las tres que caían majestuosamente hasta el mar, intuyó la silueta de Anouk. Suspiró profundamente de alegría y tranquilidad: la había encontrado sana y salva.
Allí estaba Anouk. Desde su posición solo podía ver una silueta negra, pero era ella. Estaba en posición de loto. Sentada con los pies cruzados, la espalda recta y las manos con los dedos juntos hacia arriba apoyadas sobre sus rodillas. Tenía los ojos cerrados y respiraba profunda y tranquilamente. Lora gritó su nombre, pero, desde donde estaba, sus gritos se perdieron entre el ruido de las violentas aguas, por lo que las palabras no llegaron a sus oídos.
Al ver que Anouk no se movía, Lora siguió andando paralela a la orilla acercándose más hacia su posición. En ese preciso momento, los primeros rayos de luz iluminaron el rostro de Anouk calentando suavemente sus mejillas. Al notar ese cosquilleo se dibujó una sonrisa en su cara. Ya era de día. Abrió los ojos lentamente y pudo ver como en la línea del horizonte asomaba media esfera de fuego gigante de color naranja sobre un mar totalmente calmado que reflejaba ese hermoso amanecer.
—Gracias, gracias, gracias —susurró Anouk juntando las palmas de sus manos a la altura de su pecho mientras inclinaba suavemente la cabeza en señal de respeto hacia ese astro dador de vida.
Había tantas cosas que agradecer: por estar viva un día más, porque cada amanecer era una oportunidad para descubrir y aprender nuevas cosas para poder vivir nuevas aventuras. Para Anouk la vida era maravillosa y la consideraba como lo que es, un regalo divino. Porque aunque las vivencias fueran malas, las enseñanzas de esas situaciones eran una manera de poder evolucionar y ser mejor persona. Así que cada día se lo agradecía a los astros del universo.
Ajena a los gritos de su tía Lora, se levantó poco a poco mirando al mar. Fue entonces cuando escuchó su nombre muy bajito en la lejanía. Aunque Lora se dejaba la voz en cada llamamiento, a ella el fuerte murmullo de las aguas revueltas no le permitía escuchar nada tangible.
Se giró lentamente y vio a su tía haciendo aspavientos de manera muy agitada.
—Anouk, vuelve aquí inmediatamente —gritaba Lora desde las orilla.
Anouk saludó a su tía sonriendo y moviendo la mano. Lora le repetía lo mismo todo el rato y le hacía gestos con la mano indicándole que tenía que volver. Ella encogía los hombros riendo y se ponía la mano en la oreja haciéndole ver que no escuchaba absolutamente nada.
—Que vuelvas aquí inmediatamente. Te lo advierto Anouk, estoy muy enfadada —gritaba cada vez más fuerte su tía.
Anouk escuchó «aquí...» y «enfadada...» y observó que le apuntaba con el dedo desde la orilla. De repente, Anouk se encogió como si algo le hubiera atravesado el estómago y dio un paso hacia atrás, quedándose justo en el borde de la roca. Lora se quedó atónita y bajó el dedo con el que había apuntado a su sobrina. Entonces Anouk se incorporó un poco, miró a su tía con cara de angustia estirando la mano hacia ella y dando un paso hacia atrás se precipitó al vacío.
Lora chilló de angustia y dando media vuelta, volvió a la cueva lo más rápido posible temiendo lo peor. ¿Sería ese el mal augurio de su sueño? La caída de Anouk no dejaba de repetirse en su mente durante todo el recorrido desde la orilla del río hasta el final del camino. Corrió todo lo que pudo, resbaló y casi se precipitó por el borde del sendero del acantilado. Al incorporarse y mirar hacia abajo, pudo ver a Anouk saliendo del agua tranquilamente apoyándose y escurriéndose el agua sobrante de pie sobre una roca. Lora cambió la expresión de la cara y bajó con paso firme hasta la entrada de la cueva para esperar a Anouk, que escalaba desde la base del acantilado. Esta no vio a Lora, pero cuando apoyó la mano sobre el suelo de la entrada después de haber escalado la mitad del acantilado para incorporarse del todo, una mano le cogió la oreja y la ayudó a ponerse de pie rápidamente:
—Anouk, que sea la última vez que me das un susto así. No sabes lo preocupada que he estado pensando que te había pasado algo, y tú acabas haciendo esto —gritó Lora mientras la arrastraba hacia la entrada de la cueva.
—Ayyyyyyy, lo siento, tía Lora, ahhhhhh, dueleeeeeee. No lo volveré a hacer, te lo prometoooooo —dijo retorciéndose de dolor Anouk.
—Nada de lo siento. Casi me mato por tu culpa bajando corriendo por el sendero pensando que algo horrible te había sucedido, y tú tan tranquila. Si no fuera por el día que es hoy, te castigaría un siglo entero sin salir de la cueva —siguió voceando Lora.
Poco a poco fue soltando la oreja de su sobrina y relajando la cara de enfado.
—Lo siento de verdad tía Lora, siento haberte asustado. Solo quería gastarte una broma —dijo en tono de arrepentimiento Anouk.
—Me has asustado mucho. He tenido un mal sueño y creía que se hacía realidad. Pero aquí estás. A salvo, que es lo importante —comentó Lora ya mucho más calmada.
Cogió a su sobrina y le dio un abrazo muy fuerte.
—Ve a cambiarte. Estás empapada —le dijo a Anouk haciéndole un gesto con la cabeza en dirección a la puerta.
Ambas entraron en la cueva.
—Buenos días —dijo Ura mientras preparaba un poco de té de hierbas del bosque y unas tostadas con mermelada de frambuesa—. Tienes agua que acabo de calentar en el baño —le comentó a Anouk al ver que pasaba chorreando hacia su habitación.
—Serán para ti —expresó de manera airada Lora.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estaba Anouk? Os he oído gritar ahí afuera —preguntó Ura con voz calmada.
—No ha sido nada —se oyó decir a Anouk desde su habitación.
—¿Que no ha sido nada? Si te parece que desaparecer en la noche, hacer como que te caes desde lo alto de la cascada y que para colmo casi me precipito por el acantilado por bajar nerviosa pensando que algo horrible te había sucedido, si eso no significa nada, entonces eso es lo que ha pasado, nada —gritaba Lora—. Parece ser que tu sobrina tiene el mismo sentido del humor que tú —comentó tajante mirando a Ura.
Ura simplemente miró a su hermana y sonrió. Sabía que en un pequeño instante se le habría pasado el enfado. Y efectivamente así fue. Al rato vino a la cocina a ayudar a Ura a preparar la mesa para desayunar las tres juntas como hacían cada mañana. Mientras tanto, Anouk ya se había dado una ducha con el agua que Ura había calentado justo antes de que comenzaran a discutir en la entrada tía y sobrina.
Una vez puesta la mesa, las dos hermanas se sentaron y Ura le dijo a Lora:
—¿Ves como no era para tanto? Siempre te preocupas demasiado por ella. Ya no es una niña —continuó diciendo—. Sabe cuidar de sí misma. Lo hemos hecho bien —afirmó mientras le cogía la mano a Lora y le guiñaba un ojo.
—Esta vez ha sido diferente... —le respondió preocupada a Ura.
—Esta vez ha sido increíble, tía Ura —dijo Anouk mientras le quitaba la tostada de la mano y le daba un beso en la mejilla a Lora—. He conseguido el salto hacia atrás.
—Por fin, después de tanto tiempo, cuánto me alegro —comentó aplaudiendo Ura.
—¿Pero tú lo sabías? Esto es increíble. Lo que me faltaba por escuchar. ¿Por qué nunca me contáis estas cosas? —preguntó enfadada Lora.
—Precisamente por esto. Porque te preocupas y te enfadas demasiado. Hay que disfrutar el momento y no sufrir tanto —respondió con voz alegre su hermana Ura.
—Tía Ura tiene razón. Te preocupas y me proteges demasiado. Siento haberte asustado, no era mi intención. Pero esta noche he dormido poco debido a los nervios y he ido antes a meditar. He salido sin hacer ruido para no despertaros. Cuando te he visto he tenido la necesidad de saltar. Y después de este salto, presiento que hoy va a ser un gran día. El gran día.
Lora se quedó pensativa. Igual le había dado demasiada importancia a un simple sueño. Todo estaba bien. Así que miró a Anouk y le sonrió. Las tres se miraron con ojos de complicidad y siguieron desayunando alegremente.
La cueva no era una cueva al uso. En la entrada había una hermosa puerta de madera y a cada lado había unas ventanas llenas de flores variadas. Una era la que daba al salón y por la otra fue por donde aquel viento repentino se coló para provocar los escalofríos de Lora. Efectivamente, era la de su habitación. Como era la que más se preocupaba por la seguridad de todas, le gustaba estar alerta y poder reaccionar a tiempo en caso de que alguien o algo se intentara colar en la cueva. Así que decidió que esa iba a ser su habitación. A pesar de estar detrás de la cascada, en el interior no había humedad. El suelo era de madera y el ambiente era muy cálido. En el fondo había una cristalera que daba a uno de los agujeros de la cueva por donde entraba la luz del exterior. Tenían una cocina de leña donde preparaban todas las comidas y había una mesa con tres sillas justo al lado de la alacena, donde guardaban las comidas en tarros de barro y de cristal. El salón estaba lleno de estanterías con libros y velas. Además de las habitaciones, había un baño en el que la ducha funcionaba mediante un mecanismo de poleas que vertían un cubo de agua a través de unos canalones. Usaban variedad de jabones que Lora preparaba combinando toda clase de plantas y flores.
Esa cueva nunca había estado ahí, solo estaban las cascadas. La tuvieron que hacer Ura y Lora en un gélido otoño dieciocho años atrás cuando llegaron a Nouter, el planeta en el que ahora vivían, con la recién nacida Anouk. Cuando apenas tenía dos meses, se vieron obligadas a trasladarse allí con su sobrina por petición de su hermana y madre de Anouk, Athamar. Lo normal era que padres e hijos pasaran esos años juntos en Nouter, pero, debido a los últimos acontecimientos en Ïlsavan, tuvo que pedir ese favor a sus hermanas.
¿Y cómo hicieron la cueva? Con magia. Ya habían decidido previamente que ese sería el lugar donde pasarían los próximos dieciocho años de sus vidas nouterianas, ya que estaba apartado de todo y era uno de los más hermosos parajes del planeta. Así que cuando llegaron en aquella fría madrugada de luna llena, sacaron sus hikobos y movieron la tierra para hacer un sendero que bajara hasta mitad del acantilado. El hikobo era una vara de madera mágica proveniente de los árboles sagrados de Ïlsavan, capaz de volar y de convertirse también en un arma implacable. Una vez allí, hicieron un agujero en la roca para crear un espacio entre la cascada y la piedra. Ura llevaba a Anouk en la espalda, se puso delante de la piedra y, apuntando firmemente con el hikobo, cerró los ojos y salió un rayo con el que dibujó la forma de la entrada de la cueva. Inmediatamente la roca se pulverizó. Y así continuaron ambas hasta terminar de diseñar su futuro hogar.
La primera noche quitaron el polvo y la humedad de la cueva, y durmieron en el suelo envueltas en mantas. En una semana ya tenían lo necesario para poder vivir, ya que iban a los pueblos más cercanos, aunque estaban a muchísima distancia, a comprar lo indispensable, bien para su utilización, o bien para su fabricación. Daba igual lo lejos que estuviera, el hikobo lo trasladaba e independientemente de lo mucho que pesara, lo transportaba. A veces también usaban una carreta tirada por Yaor, un hermoso caballo gris y blanco. Así que entre que las hermanas eran expertas en la maestría de la magia y unas grandes artesanas, en una semana ya habían construido su morada. En esa cueva hecha hogar se encargaron de la educación, crianza y entrenamiento en las diferentes técnicas de magia, defensa, vuelo y sanación de Anouk.
Ura era muy alocada, tenía una melena lisa y rubia del color del trigo en época de recolección que le llegaba a la altura de los hombros. Siempre estaba sonriendo. No había nada que le molestara. Eso sí, cuando había algo que tenía que decir, fijaba sus ojos verdes sobre quien estuviera enfrente y hacía que la habitación entera se quedara a oscuras iluminándola solamente a través de sus radiantes ojos. Le encantaba volar. De hecho, era una de las instructoras de vuelo en hikobo de Ïlsavan. Experta también en hechizos, fue la encargada a lo largo de estos años de enseñar a Anouk todo lo que sabía respecto a la magia. Le encantaban las bromas y siempre andaba cambiando las cosas de sitio y transformando unos objetos en otros para hacer rabiar a su hermana.
Lora, sin embargo, era mucho más seria que Ura, y más tranquila también. Tenía una larga melena ondulada del color de las castañas recién caídas que llegaba hasta su cintura. Era muy responsable, y las gafas que engrandecían sus marrones ojos hacían parecer que aún lo era mucho más. Amaba la naturaleza. Conocía todos sus secretos, desde el origen de su energía, pasando por cada uno de los seres que habitaban el planeta, hasta la combinación de plantas para curar cualquier enfermedad. También era experta en acupuntura y sanación a través de las manos. Todos sus conocimientos se los fue transmitiendo a su sobrina desde que tuvo uso de razón. Era risueña, inocente y muy meticulosa. Le ponía muy nerviosa que Ura le gastara bromas y se enfadaba enseguida. Aunque se le pasaba muy pronto y acababan riendo juntas al poco tiempo.
Anouk el tercer día del séptimo mes había cumplido dieciocho años, la edad en la que todos los nacidos en su año visitan por primera vez Ïlsavan, la Ciudad de la Luz. Está ubicada en algún lugar de Lakea, la galaxia en la que se encontraba Nouter, pero no se puede ver porque está en otra dimensión. Es tan alta la vibración de las cosas y los seres de allí que es imposible verla por el ojo de los nouterianos ni por cualquier ser de otro planeta. Es el lugar del que parten las almas para nacer y donde regresan para recuperarse una vez abandonan los cuerpos sin vida. Ïlsavan también es el lugar donde habitan los doce miembros del Consejo de los Amabi, formado por seis seres masculinos y seis femeninos, cada uno experto en diferentes materias referentes al universo. Son ellos los que solucionan los posibles conflictos de la galaxia cumpliendo una regla básica: no interferir a menos que sea estrictamente necesario. Pero lo más importante de Ïlsavan es que allí viven y gobiernan, junto con los doce del Consejo, los miembros de un linaje ancestral que se encarga de mantener el equilibrio de la galaxia de Lakea, los descendientes del Linaje de la Luz. Eran los portadores de la Luz originaria de la creación del universo. La chispa de la vida nacida de la energía más pura y amorosa que dio origen a todo lo demás: la vida, la materia, la no materia… todo se creó gracias a esa luz. Y sus portadores eran los encargados de mantener el amor y el equilibrio en todo el sistema planetario. Había muchos más lugares como Ïlsavan, tantos como galaxias hay en el universo. Pero la Ciudad de la Luz se encargaba de la vida en Lakea.
Anouk era una chica alta, morena, de pelo liso hasta la mitad de su espalda y ojos ligeramente rasgados color azabache. Era muy ágil, le gustaba escalar, trepar a los árboles, nadar y, sobre todo, como ya había comprobado por desgracia su tía Lora, saltar. No tenía miedo a nada. Sus tías siempre le regañaban cuando la veían subida a grandes alturas, pero ella siempre se reía y les decía que no se preocuparan. Era muy lista, había aprendido perfectamente todo lo que le habían enseñado Ura y Lora, que día tras día la ponían a prueba para comprobar sus conocimientos. Y así habían pasado todos esos años, felices en la comarca de Beruna, preparándose para este día, el gran día.
—¿Estás nerviosa? —le preguntó Lora a Anouk.
—Mucho, tía Lora, por fin voy a conocer Ïlsavan, cuántas veces he soñado con este momento —dijo ilusionada Anouk.
—Ya lo verás, es una ciudad preciosa. Cuando llegues allí notarás un ligero mareo; no te asustes, es normal. La vibración allí es más alta y llevas dieciocho años vibrando en la frecuencia de Nouter. A nosotras también nos pasó cuando regresamos la primera vez. Te recuperarás enseguida y no te volverá a pasar durante el resto de tu vida. A los ïlsavianos se nos obliga a vivir nuestros primeros dieciocho años en Nouter para poder adaptarnos a las vibraciones bajas. Como a lo largo de nuestras vidas venimos incontables veces a realizar misiones o simplemente vivir experiencias, si no pasáramos por esto sería imposible movernos por aquí, ya que nos sentiríamos muy pesados y nuestros movimientos serían muy lentos, por lo que sería inviable hacer cualquier cosa, incluso respirar —le explicó Lora a su sobrina.
—Tengo ganas de llegar. Por fin conoceré a mis padres —pensó en voz alta Anouk mientras suspiraba profundamente.
Lora la miró y sonrió mientras terminaba de secar los platos que acababan de fregar para guardarlos en el armario. Anouk se levantó de la mesa y se dirigió con la mirada perdida a su habitación. Se tumbó sobre su cama y dejó volar su imaginación. Lo había hecho millones de veces, pero saber que le quedaba tan poco para llegar a la otra dimensión y finalmente encontrarse con ellos le hacía sentir un cosquilleo muy especial en las tripas. ¿Cómo serían sus padres? ¿Qué haría cuando los viese? Correría a abrazarlos, eso seguro, pero ¿qué les diría? Los había echado muchísimo de menos. La convivencia con sus tías no siempre había sido armoniosa, aunque por lo general sí. La habían criado en un entorno de amor incondicional, pero como suele pasar con los jóvenes y sobre todo en la época de la adolescencia, los nervios y los cambios de humor habían sido habituales. Cuántas veces había discutido con Ura porque le hacía repetir un hechizo una vez tras otra hasta que le saliera bien, y debido a su frustración acaba discutiendo a gritos con su tía. O cuando Lora le regañaba porque no prestaba atención a las pociones que le estaba enseñando y cuando ya no podía más se iba corriendo a llorar donde no la vieran. Habían sido muchas las ocasiones en que había necesitado el consuelo de su madre o poder estrecharse entre los brazos de su padre cuando se sentía incomprendida por sus tías. A pesar de todo, Ura y Lora lo habían hecho muy bien, lo mejor que habían podido, y aunque en algunos momentos no había sido fácil, ya que ninguna de ellas había tenido hijos, gracias a su amor y comprensión Anouk se había convertido en una mujercita excepcional, amable y bondadosa, y ya con su edad era una hechicera muy poderosa. Obviamente Anouk amaba con locura a sus tías; sabía que esas pequeñas cosas eran propias de la adolescencia y, aunque en esos momentos para ella era un mundo, Ura y Lora enseguida la hacían reír. Pero estaba ansiosa por llegar a Ïlsavan y poder reunirse definitivamente con ellos. Pensando en el encuentro pasó la mañana hasta que Ura le hizo volver a la realidad:
—Anouk, ven a poner la mesa, que la comida está lista —le gritó desde la cocina.
—Voy —respondió dándose cuenta de nuevo de dónde estaba.
Una vez empezaron a comer, Ura comenzó a hablar:
—Ya te hemos comentado que hoy es un día muy especial. A medianoche abriremos un portal interdimensional para poder acceder a Ïlsavan. Tendremos que salir pronto, ya que para activarlo necesitamos una velocidad muy alta y con nuestros hikobos necesitaremos tiempo para alcanzarla. También subiremos a gran altura para asegurarnos de que ningún habitante de Nouter nos vea, porque, como bien sabes, nuestra magia deja de tener efecto si somos observados por algún nouteriano y, si eso pasara, sería terrible, ya que perderíamos nuestra única oportunidad para abrir el portal —concluyó haciendo una pausa.
—Sí, sería terrible —susurró Lora mientras Anouk seguía atenta a las explicaciones de su tía Ura.
—Lora viajará sola y tú volarás conmigo, ya que mi hikobo es más rápido que el suyo y tiene más fuerza para llevar a dos personas y alcanzar la misma velocidad. Cuando se abra el portal agárrate fuerte a mí porque la vibración comenzará a aumentar rápidamente —dijo mirando fijamente a su sobrina. Anouk no dijo nada, solo asintió con la cabeza.
—Una vez allí —comenzó a explicar Lora—, nada más traspasar el portal habrá un recibimiento multitudinario con música y aplausos. Todo el mundo se reúne alrededor del lago Dibay, el lago de los desplazamientos. En el centro del mismo hay cuatro enormes arcos, los cuales se convierten en portales interdimensionales una vez alguien los activa. Sirve como entrada y salida de Ïlsavan hacia cualquier lugar del universo. Por ahí llegarán todos los ukinen, los nacidos en vuestro año, y sus familiares. Y se les recibirá como se merecen, con una enorme fiesta y un comité de bienvenida. Todos los habitantes de la Ciudad de la Luz estarán celebrando la llegada —dijo cada vez más emocionada.
Los ukinen eran los jóvenes que al poco tiempo de su nacimiento dejaban la dimensión de Ïlsavan junto a sus padres, o en su defecto tutores, para pasar un periodo de dieciocho años nouterianos con la finalidad de adaptar sus cuerpos a la baja vibración del planeta en comparación a la elevada frecuencia de oscilación con la que se vivía en la dimensión de la Ciudad de la Luz.
—¿Y qué más, tía Lora? —preguntó Anouk con una sonrisa de oreja a oreja.
—Después de reuniros a todos en los jardines del lago, donde os recibirán el Consejo de los Amabi y la Señora de la Luz —una vez dicho esto, Ura miró a Lora extrañada—, perdón los Señores de la Luz —rectificó rápidamente Lora—, comenzará el desfile hasta la Torre de la Luz, donde habrá una fiesta de bienvenida y un gran banquete de celebración en el mirador —concluyó su tía.
—Allí se os hará entrega de vuestros propios hikobos —prosiguió Ura—, y después completaréis vuestra formación en las diferentes casas de las familias. Pasaréis un periodo de tiempo practicando lo que ya habéis aprendido durante vuestra estancia en Nouter y los diferentes maestros os enseñarán nuevas técnicas en las artes de combate y defensa, vuelo, aparición y desaparición, rastreo y sanación. Te hemos preparado durante estos años para convertirte en una gran hechicera. Tras tu instrucción en Ïlsavan, pasarás de ser una ukinen a ser una defensora de la Luz. Pero ya vale de tanta explicación; si te contamos todo, al final no te va a sorprender. Y es un día para recordar el resto de tu vida —le dijo riendo a Anouk.
—Ojalá pase el tiempo volando, estoy impaciente por comenzar el viaje —dijo ilusionada Anouk.
Terminaron de comer y recogieron entre las tres la cocina. Después Ura y Anouk subieron los restos de la comida a una zona del bosque que habían preparado para generar abono y poder usarlo en la huerta que tenían. Cuando volvieron, al llegar al borde del acantilado notaron un viento frío por la espalda. Ura miró hacia las montañas lejanas del oeste, justo en la dirección en que debían volar, y vio que estaban cubiertas por unas nubes muy negras.
—Parece que se avecina tormenta y en muy poco tiempo alcanzará la costa. Tenemos que estar preparadas. Tengo la sensación de que el viaje va a ser algo movido —dijo Ura sin dejar de mirar a la lejanía.
Bajaron por el sendero y entraron en la cueva. Ura le contó a su hermana la previsión meteorológica. Lora puso cara de preocupación, pero Ura le puso la mano en el hombro y le dijo:
—No pasa nada, todo saldrá bien. Hoy es el gran día.
Lora esbozó una sonrisa y las tres se dispusieron a organizar el viaje. Cada una se fue a su habitación a preparar la ropa con la que acudirían a la celebración de bienvenida en Ïlsavan. No necesitaban llevar nada más, ya que allí les darían ropas nuevas. Anouk sacó los dos únicos vestidos que tenía y los extendió sobre la cama. Solo se los había puesto en sus dos últimos cumpleaños, pero no los veía apropiados para la ocasión. Tampoco tenía unos zapatos que la convencieran. Se quedó muy triste y comenzó a llorar en silencio. En ese momento, su tía Lora pasó por delante de su habitación y observó a su sobrina llorando; viendo los vestidos sobre la cama y los zapatos en el suelo, enseguida comprendió qué le pasaba. Se dirigió a la habitación de su hermana y le dijo muy bajito:
—Nuestra pobre Anouk está llorando porque no tiene ropa para la celebración. Ha llegado el momento que tanto hemos esperado —le dijo.
—Pues claro, casi se me olvida —exclamó Ura sonriendo.
Entraron las dos en la habitación de su sobrina muy despacio y vieron que Anouk, que se dio la vuelta rápidamente al verlas, continuaba con los ojos llenos de lágrimas.
—Anouk —dijo Lora calmadamente.
—¿Sí? —preguntó Anouk sin girarse mientras se secaba los ojos con la manga.
—¿Qué te pasa, corazón? ¿Por qué estás llorando? —le preguntó su tía.
—Porque hoy va a ser un día inolvidable, voy a conocer a mis padres y solo tengo estos dos vestidos, que antes me parecían bonitos, pero ahora no los veo tan especiales para aparecer delante de ellos —dijo volviendo a llorar—. Ni estos zapatos tampoco —añadió entre sollozos.
Ura miró con complicidad a su hermana y comenzó a hablar:
—Anouk, tus padres en lo último que se van a fijar cuando te vean es en tu ropa. Da igual lo que lleves puesto, tu sola presencia iluminará sus corazones, no te preocupes. Pero como también comprendemos tu punto de vista, y te conocemos como si fueras nuestra hija, hace tiempo que tenemos una cosa para ti, pero hemos esperado hasta hoy para dártelo. —Miró a Lora, que tenía las manos en la espalda, y le dijo—: ¡Vamos, a qué esperas, dale nuestro regalo!
—Esto es para ti —dijo emocionada Lora mientras le daba una caja rectangular alargada
Anouk apoyó la caja sobre la cama, desató el lazo con mucho cuidado y la abrió muy lentamente. Miró en su interior y se quedó con la boca abierta. Había un vestido doblado. Lo sacó de la caja y sujetándolo con la punta de los dedos con los brazos extendidos lo miró de arriba abajo. Era un vestido negro precioso, con bordados de hilo de plata y encaje cruzado desde la parte izquierda de su cintura hasta la altura de sus costillas derechas, cubriendo además solo el brazo derecho, ya que el izquierdo quedaba al descubierto. Era el vestido más maravilloso y más elegante que había visto jamás.
—Gracias, gracias, mil gracias —dijo Anouk muy ilusionada.
—Ahí hay otra caja —dijo Ura guiñándole un ojo.
Efectivamente, dentro de la caja del vestido había una caja rectangular más pequeña que también estaba envuelta con un lazo. Anouk la cogió y la abrió. Eran unos zapatos negros con un ligero brillo que hacían que la combinación fuera perfecta. Los dejó con cuidado sobre la cama cerca del vestido y abrazó fuertemente a sus dos tías.
—Muchísimas gracias. El vestido es el más bonito que he visto en mi vida y los zapatos son maravillosos. ¡Os quiero tanto! —exclamó exaltada Anouk.
—Y nosotras a ti —dijeron al unísono las dos.
—Quería deciros... —comenzó a decir seriamente Anouk haciendo una pausa— Quería daros las gracias por cuidarme todos estos años. Gracias por haberme criado, haberme enseñado todos vuestros conocimientos y haberme convertido en la hechicera que soy hoy en día. Soy consciente de que muchas veces no os lo he puesto muy fácil, por eso os pido disculpas, pero me habéis dado el amor que siempre he necesitado. Sé que mis padres no pudieron venir conmigo a Nouter. Mi madre me ha visitado muchas veces en sueños, escuchaba su voz pero nunca he podido ver su rostro. Sé que se preocupaban por mí y en cierta manera también me cuidaban desde allí. Por eso, aunque tenían que haber sido ellos los que debían estar aquí, nadie mejor que vosotras para haberlos sustituido. Habéis sido como dos madres más en mi vida. Os estaré eternamente agradecida y os amaré hasta el último día de mi existencia —terminó de decir Anouk emocionada.
Ura y Lora no dejaban de llorar. No podían estar más orgullosas de su sobrina, que también había sido una hija para ellas.
—Te queremos. Sabes que para nosotras siempre serás nuestra pequeña —dijo Lora con la voz entrecortada.
—Por cierto, hablando de tus padres... —dijo Ura mientras se giraba a coger otro paquete que había dejado encima de la cajonera al entrar en la habitación de Anouk— Este es un regalo que nos dieron ellos la noche antes de venir a Nouter para entregártelo justamente hoy. Toma, ábrelo —le dijo a su sobrina mientras extendía las manos sosteniendo el paquete.
Anouk lo cogió y lo abrió. Volvió a quedarse boquiabierta. Era una capa negra con un bordado muy fino y elegante.
—Todos los ukinen que hoy van por primera vez a Ïlsavan reciben una capa parecida. Esta perteneció a tu madre y, antes que a ella, a la madre de tu madre, y así se ha ido pasando de generación en generación desde el origen de los tiempos. Nada puede atravesarla, ni la lluvia, ni la nieve, ni las flechas, ni la espada. Por lo tanto, siempre que la lleves puesta tendrás cubiertas las espaldas —dijo firmemente Ura.
Anouk no parpadeaba, estaba embelesada con la belleza de la capa. No podía dejar de mirarla y sonreír.
—No me la quitaré nunca —comentó agradecida por ser un regalo de sus padres.
—Tampoco es eso, mujer —dijo riendo Lora.
—Bueno, es hora de prepararse. Vamos a cambiarnos también nosotras para la fiesta y en breve partiremos hacia Ïlsavan —apremió Ura.
Así que las tías se fueron cada una a su habitación a preparar su correspondiente vestimenta y dejaron a Anouk sola sin quitar ojo a las nuevas y bellísimas prendas que tenía sobre la cama.
Había pasado poco tiempo cuando Ura y Lora salieron de sus respectivas habitaciones a la vez. Se miraron las dos de arriba abajo con gestos de coquetería.
—¡Qué guapa! —exclamaron al unísono las hermanas, soltando una sonora carcajada tras notar que lo habían dicho a la vez.
También ellas se habían puesto elegantes para la celebración. Ura llevaba un vestido verde claro con ribetes de color oro y unos zapatos color esmeralda. Lora, en cambio, se había puesto un vestido lila con bordados blancos y zapatos morados brillantes.
—Anouk, corazón, es la hora —gritó Ura para que la oyera desde la habitación.
Anouk salió despacio de la habitación; le costaba andar con tacones. Llegó hasta el salón y vio a sus tías mirándose y adulándose la una a la otra.
—¿Qué tal estoy? —preguntó un poco avergonzada.
Sus tías se giraron a la vez dirigiendo la mirada hacia su posición. Allí estaba Anouk de pie sobre sus zapatos nuevos y con el vestido más bonito que existía en todo Nouter. Sus ojos tenían un brillo muy especial. Estaba preciosa. Ura se llevó la mano a la boca, que se le había quedado abierta por completo de la sorpresa, y Lora sonrió mientras le saltaban las lágrimas de emoción.
—Estás radiante —dijo Ura mirándola de abajo a arriba.
—Eres toda una mujer. ¡Y qué mujer! —exclamó su tía Lora secándose las lágrimas con la mano— Tus padres estarán orgullosos de ver en quién te has convertido —continuó diciendo.
Las tres sonrieron y se fundieron en un gran abrazo.
—Vosotras también estáis maravillosas —les dijo mirando sus vestidos.
—La ocasión lo merece —manifestó tía Ura—. Bien, ha llegado el momento. Cojamos las capas y los hikobos y salgamos fuera —concluyó.
Cuando se volvieron a juntar en el salón, se quedaron asombradas de nuevo al ver a Anouk vestida con la capa de su madre. Estaba realmente hermosa.
—Volvemos a casa —dijo emocionada de nuevo Lora.
Anouk sonrió y salieron de la cueva. Nada más abrir la puerta entró un viento frío que indicaba que el tiempo estaba empeorando. Una vez en el exterior se dirigieron al principio del sendero, donde Ura se giró con el hikobo en la mano y, apuntando hacia la entrada de la cueva, dijo:
—Tankatis ateorum stonarus.
De repente, se produjo una vibración muy fuerte y cayeron unas rocas enormes tapando y bloqueando por completo la cueva. Acto seguido, el hueco que había entre la cascada y la entrada comenzó a hacerse más pequeño hasta que las rocas quedaron a la altura del agua. Era como si jamás hubiese existido la cueva que había hecho de hogar durante tantos años. Se dieron la vuelta y subieron por el sendero hasta llegar a la parte más alta del acantilado. Fue Lora esta vez la que sujetando su hikobo pronunció las siguientes palabras:
—Pathis ichitus semprori.
El camino que acababan de recorrer comenzó a meterse dentro del acantilado para desaparecer por completo. Ya no había vuelta atrás. Comenzaba el viaje y, durante el tiempo que estuvieran en Ïlsavan, la cueva quedaría protegida. Estaba anocheciendo y el viento era cada vez más fuerte. Lora miró hacia el oeste y dijo preocupada:
—Démonos prisa, la tormenta será más fuerte una vez pasemos las montañas. Agárrate bien a Ura y tened mucho cuidado —le dijo a Anouk con voz firme.
—Me parece que las capas nos van a venir muy bien esta noche. Creo que nos vamos a mojar un poco —comentó Ura mirando las lejanas nubes negras.
Nada más presionar con los tres dedos la punta, los hikobos se pusieron en posición horizontal flotando a la altura de sus cinturas. Ura agarró el suyo y dijo susurrando:
—Bikobibo.
En el acto su hikobo se alargó un poco más y, dado que tenía vida propia, comenzó a ensanchar su tamaño en la zona en la que se sentarían y a su vez aparecieron cuatro extensiones muy finas donde apoyar los pies. De esa manera irían más cómodas y con una postura más aerodinámica a la hora de volar. El de Lora hizo lo propio para un uso individual. Ambas hermanas se subieron a sus respectivos medios de transporte. Ura se giró hacia Anouk y, como el viento soplaba con tanta fuerza que casi no se escuchaba ni así misma, le dijo chillando:
—Sube y pase lo que pase no te sueltes de mí. Estaremos un buen rato volando antes de abrir el portal interdimensional. —Y mientras se daba media vuelta, comenzaron a elevarse con destino a Ïlsavan, la Ciudad de la Luz.
No era fácil pilotar el hikobo en esas condiciones. El viento al principio venía de frente y, aunque más despacio, avanzaban de manera estable hacia su destino. Conforme comenzaron a ganar altura y adentrarse en las primeras nubes, el aire cambió de dirección, empujando desde el lateral con gran fuerza. Esto las hizo desestabilizarse a las tres, pero enseguida volvieron a mantener el equilibrio. Continuaron el viaje soportando las fuertes rachas de viento mientras se tambaleaban de lado a lado. Pasado un rato, entraron en unas nubes más oscuras y comenzó a llover intensamente. Anouk se agarraba con fuerza a Ura con la cabeza agachada y ladeada ligeramente pegada a la espalda de su tía. Las gotas de agua resbalaban por la capucha de la capa, aunque la cara la tenía totalmente empapada ya que el viento cambiaba de dirección constantemente. Las dos hermanas eran expertas en pilotaje, aunque a decir verdad nunca habían volado con unas condiciones atmosféricas tan adversas. A pesar de todo, seguían el rumbo correcto y la aceleración iba en aumento con el objetivo de alcanzar la velocidad idónea para poder abrir y atravesar el portal interdimensional. La situación se agravó drásticamente cuando un rayo descargó toda su fuerza eléctrica a escasos metros de su posición. Tuvieron mucha suerte de no ser alcanzadas. Estaban cerca del centro de la tormenta. Las nubes chocaban violentamente provocando sonidos ensordecedores. Parecía que el mismísimo cielo se estuviera quebrando. De repente, un rayo apareció delante de ellas. Lora lo esquivó por la izquierda y Ura y Anouk hicieron lo mismo por el lado derecho. Estuvo muy cerca de electrocutarlas. Parecía que aquel furioso temporal quisiera evitar que llegaran a su destino descargando toda su cólera contra ellas. Había momentos en que el vendaval las desestabilizaba tanto que casi perdían el equilibrio totalmente, otras veces avanzaban completamente a ciegas por la intensidad de la lluvia chocando contra sus caras, pero nada las hacía desviarse de su rumbo.
Ura se dio cuenta que la punta de su hikobo se estaba poniendo de color rojizo emitiendo pequeñas chispas incandescentes. Esa era la señal que hacía entender que habían alcanzado la velocidad óptima para provocar la apertura del portal. Ura giró la cabeza hacia su hermana y le gritó:
—¡Ahora, Lora, abre el portal!
Ella no podía hacerlo porque invocar el conjuro requería soltar una mano y, al llevar el peso de las dos y debido a las condiciones tan extremas, necesitaba toda su concentración para mantener firme el hikobo. Lora agarró fuertemente el suyo con una mano y extendiendo la otra hacia adelante pronunció las palabras mágicas mientras trataba de conservar la estabilidad:
—Subila argirium isarris.
Delante de ellas, las nubes comenzaron a formar un remolino gigante vertical mientras las tres avanzaban a gran velocidad en esa dirección. El centro del remolino empezó a brillar y a emitir una luz muy potente que iba aumentando de tamaño rápidamente. Conforme se extendía iba apareciendo una espiral de energía creciente que daba vueltas sobre sí misma. Era como si una galaxia estuviera naciendo delante de ellas. Cada vez estaban más cerca y había poco tiempo para atravesarlo. Se agarraron fuerte y, cuando estaban a muy poca distancia del umbral, un destello cegador iluminó el cielo durante unos instantes imposibilitando en ese tiempo ver algo más que no fuera una luz blanca muy potente. De la nada apareció un rayo que impactó directamente sobre el hikobo de Ura acompañado de un sonido atronador. Cuando la luz desapareció, el portal se cerró. La tormenta continuó su curso.
Ajenos al tormentoso viaje que se estaba produciendo en Nouter, todos los habitantes de Ïlsavan estaban de celebración. Era el gran día, la gente se agrupaba alrededor del lago Dibay para dar una calurosa bienvenida a los nuevos ukinen.
En el centro del lago se alzaba el Lautae, el portal interdimensional para acceder a otros mundos. Estaba formado por cuatro arcos ojivales, tres sobre la base y un cuarto sobre la puerta central. Cada uno de ellos representaba a uno de los cuatro elementos que formaban el universo: agua, tierra, fuego y aire. Y solo a través de ellos se podía llegar a Ïlsavan. Al arco central se accedía por tierra. De él salía una pasarela de cristal que llegaba hasta el jardín de Ayadib, lugar de paseo y celebraciones donde los miembros del Consejo de Sabios, conocidos como los Amabi, recibían a los ukinen y sus familiares. De la apertura izquierda nacía un pequeño caudal constante de agua formando una curvatura que llegaba hasta la mitad de la pasarela donde la corriente paraba y permitía a los habitantes que viajaban de esa manera dejar su medio de transporte y acceder al camino central. En el lado opuesto, el fuego era el medio para llegar a esa dimensión. Un sendero de llamas indoloras, con la misma curvatura e igual destino que su antagónico elemento, era lo que se necesitaba recorrer para entrar o salir de Ïlsavan. Y finalmente, en la misma posición de la puerta central pero elevado sobre esta en un segundo nivel, se encontraba el arco del aire. Con una peculiaridad: dentro del arco había un círculo por el cual accedían los viajeros. Estaba diseñado de esa manera porque, según el medio que utilizaran para desplazarse, era más cómodo por aerodinámica que fuese un portal circular en vez de tener la forma del resto de elementos.
Hacía un buen rato que había aparecido Mippur, un ukinen alto y fuerte con cabello rubio y largo, cuyos ojos eran del mismo color que los mares helados donde había sido criado por sus padres en las zonas nórdicas de Nouter. Llegó con ellos en un barco mediano liderado por una cabeza de dragón como mascarón de proa. Un único mástil sujetaba la vela mayor bordada con hilos de oro en cuyo centro estaba dibujado el emblema familiar, que no era otro que un gran casco con cuernos y dos hachas cruzadas bajo el mismo. En cuanto el portal izquierdo comenzó a generar energía, la gente de Ïlsavan se quedó expectante sonriendo para ver quiénes serían los primeros en aparecer. Algunos habían hecho sus conjeturas y las gritaban en alto para ver si acertaban. Cuando asomó la cabeza del dragón de madera hubo una exclamación enorme seguida de gritos de asombro al ver la majestuosidad del barco que los transportaba. En el centro del mismo sobre la cubierta estaban de pie los primeros visitantes vestidos con hermosas pieles curtidas y cosidas por ellos mismos, y largas capas rojas. Salieron surcando las aguas del arroyo cristalino que llegaba hasta la mitad de la pasarela del lago mientras todos aplaudían y gritaban de júbilo dando la bienvenida al primero de los ukinen. Mippur estaba asombrado y maravillado con la belleza de la ciudad y la fiesta que se había montado en su honor, y en el del resto de los nacidos en su mismo año. Saludaba tímidamente con una sonrisa de oreja a oreja mientras sus padres le iban señalando a cada habitante que conocían y no habían vuelto a ver desde que se fueron a Nouter, a la vez que los saludaban enérgicamente. Para uno era un descubrimiento y para otros la vuelta a casa. Cuando el barco se paró, la familia descendió alegremente y en el mismo instante en que el último de ellos posó los pies sobre la pasarela, el barco comenzó a hundirse. Mippur miró extrañado, pero sus padres le indicaron que era lo normal, se guardaba en el lago hasta el momento en que tuvieran que volver a usarlo si fuera necesario. Su padre hizo un gesto alargando el brazo derecho y moviendo la mano de abajo a arriba con los dedos extendidos para que continuara hasta el jardín de Ayadib, donde la Señora de la Luz junto con el Consejo de los Amabi recibirían de manera oficial a los ukinen, dando comienzo a la ceremonia de bienvenida e iniciación de los nuevos habitantes de Ïlsavan. Una vez fueron recibidos por ellos, los padres se pusieron a la derecha del Consejo y a Mippur le indicaron que hiciera lo propio en la parte izquierda para esperar al resto de sus coetáneos compañeros. Él fue el primero de los ocho que tendrían que llegar ese día. No era una cifra muy numerosa. Otros años anteriores habían llegado a ser hasta sesenta, pero debido a que el año previo a su nacimiento hubo una gran guerra en Nouter, los habitantes de Ïlsavan no descansaron hasta que se instauró la paz y atendieron a todos los que cruzaron a la otra dimensión por la fuerza y el dolor.
Apenas le dio tiempo a colocarse donde le habían indicado cuando la gente se alborotó de nuevo. Mippur se giró y miró hacia el Lautae. En su puerta derecha comenzó a formarse una espiral y vio que los ïlsavianos e ïlsavianas empezaban a aplaudir y a gritar nombres. Desde su situación pudo observar por primera vez algo similar a lo que había pasado en su llegada pero desde otra perspectiva, esta vez sin ser el protagonista. En el momento en que se difuminaba la espiral, emergió una gran llamarada que llegó a lo más alto del arco. Del centro del fuego apareció Akkan, un musculoso joven de piel oscura, cabello negro rizado y ojos del color que tiene el carbón antes de arder. Iba vestido con un traje rojo típico de la tribu de los Karui, que habitaban en el continente central del hemisferio sur de Nouter. Tras él aparecieron su padre y su hermano vestidos de la misma manera. No dejaban de sonreír. Al igual que Mippur, Akkan estaba muy asombrado. Venía de haber pasado dieciocho años de su vida en tierras áridas, sin apenas vegetación y alejado totalmente de otro tipo de civilizaciones nouterianas. Jamás había visto nada igual. No pestañeaba; hubo un momento en que se quedó paralizado en el camino de las llamas sin poder dar un paso más debido al griterío de la gente. Su hermano, que ya había pasado por ello, le puso la mano en el hombro y le dijo que era normal, que el recibimiento era en su honor y que no tenía que temer nada. Estaba en casa, aunque para él su casa estaba con los Karui, donde se habían quedado su madre y otros dos hermanos a cuidar de su hermana pequeña, la cual conocería la Ciudad de la Luz dentro de tres años. En cuanto el ukinen estuviera preparado en Ïlsavan, su padre volvería a Nouter a seguir educando a su hija. Akkan no dejaba de mirar a su alrededor, el lago, la gente, el majestuoso cielo y la hermosa ciudad que se erigía detrás del jardín de Ayadib. Caminaba lentamente observando también el brillante cristal del que estaba hecha la pasarela. A cada paso que daba tenía una mayor sensación de seguridad, como el regreso a un hogar no reconocido pero sí recordado. Del mismo modo fue recibido por la Señora de la Luz y los Amabi. Sus familiares se fueron a la derecha. Él se dirigió hacia el lugar donde se encontraba Mippur y se presentó amablemente. Ambos se giraron mirando al Lautae para ver cómo llegaban el resto de los ukinen.
Los habitantes de Ïlsavan no paraban de aplaudir y de gritar. Estaban muy felices. Para ellos era su fiesta favorita, porque todos habían pasado por ella como protagonistas y ahora tocaba el turno a familiares y amigos. La alegría que se respiraba era inmensa. Los ojos rebosaban ilusión y felicidad cada vez que se abría uno de los portales. En el siguiente caso, el griterío aumentó de nivel y los aplausos fueron más exagerados. El motivo no fue otro que la formación de la espiral de energía en el arco superior. Siempre que alguien llegaba volando, la emoción era mayor. A veces llegaban volando sobre el hikobo, otras veces sobre unos artilugios voladores muy extraños que, según el modelo, o hacían reír al personal o los dejaban perplejos por su complicado diseño. Conforme la espiral desapareció dejando hueco al túnel de conexión con Nouter, aparecieron tres pasajeros volando sobre un único hikobo. Salieron velozmente y dieron dos vueltas de trescientos sesenta grados en el cielo para continuar bajando en picado con cara de pánico a gran velocidad en dirección a las personas situadas a la derecha del lago. Cuando la gente se percató de la situación, dejaron poco a poco de gritar y vitorear para pasar de un gesto alegre a una mueca mezcla de miedo y asombro. El hikobo parecía descontrolado. Se dirigió velozmente hacia la multitud, que comenzó a correr despavorida en todas las direcciones. Justo cuando se temía lo peor y a escasos cuatro palmos del suelo, retomaron el vuelo rozando las cabezas de los espectadores. Riendo y saludando llegaron al jardín de Ayadib volando perfectamente. Era una de las familias más bromistas de toda Ïlsavan. Sobre el hikobo iba el ukinen Krimmie junto con sus padres, ambos expertos voladores. En cuanto los reconocieron y vieron que retomaban el vuelo a la perfección, la gente comenzó a reír y a saludar airadamente. Krimmie era rubio con ojos verdes y su altura, al igual que la del resto de su familia, no superaba la cintura de la mayoría de los ïlsavianos. Cuando llegaron al jardín y aterrizaron delante del Consejo, alguno de sus miembros no los miraron con buenos ojos y les pusieron cara de enfado. Otros, sin embargo, les guiñaron el ojo mientras les mostraban media sonrisa.
—Tan bromista como siempre —dijo seria la Señora de La Luz con tono severo.
—Lo siento mucho —dijo cabizbajo el padre de Krimmie.
La Señora de La Luz se acercó a su oído:
—Casi nos lo creemos, por un momento pensé que se te había descontrolado de verdad —le dijo con una voz en este caso más amistosa.
El padre de Krimmie levantó la mirada sonriendo sin decir nada. La Señora de la Luz le hizo un gesto de complicidad inclinando la cabeza a su derecha para que tanto él como su esposa se juntaran con el resto de familiares. Dio la bienvenida a Krimmie y este acudió junto a sus compañeros, que se presentaron y le felicitaron por lo bien que volaba su padre. Una vez en su sitio, Krimmie empezó a darse cuenta de todo lo que allí estaba pasando. La gente, el Lautae, la pasarela, poco a poco iba asombrándose más con cada detalle que descubría. Krimmie y su familia habían estado en los bosques de Tirai en el continente occidental del planeta de baja vibración y no habían visto una ciudad en los dieciocho años que habían pasado allí. Estaba fascinado con todo lo que estaba viendo. Sin embargo, algo iba mal: empezó a ver borroso y las piernas le flaquearon hasta el punto de tambalearse. Sus compañeros, que lo vieron, lo agarraron rápidamente para evitar que cayera al suelo. Un miembro del Consejo se acercó para ver cómo estaba. Le dijo que era habitual que la primera vez que se llega a la Ciudad de la Luz por el aire, al no pisar la pasarela de cristal, la alta vibración provocara esos síntomas totalmente pasajeros durante un breve periodo de tiempo. La pasarela era un transmutador de vibración, por eso a sus compañeros no les había pasado. Enseguida se repuso y siguió admirando el esplendor de Ïlsavan. No duró mucho el repaso a la ciudad, porque después del susto de la familia de Krimmie, la gente comenzó de nuevo a agitarse. Alguien estaba a punto de aparecer por la puerta central del Lautae, por la ruta de la tierra. En esta ocasión la espiral se abrió muy rápidamente y de la misma manera salieron galopando tres corceles negros con tres jinetes vestidos del mismo color que sus caballos. Eran los tres pura sangre más bonitos de todo el planeta. Estaban cubiertos de arena. Aparte del traje negro hecho de la mejor seda de Nouter, llevaban tapados sus rostros con turbantes de la misma tela. Nadie sabía quiénes eran. A la altura de la mitad de la pasarela frenaron los caballos y se apearon de los mismos de un salto. Ninguno entre la multitud reconoció a los recién llegados, pero seguían aplaudiendo y chillando de alegría para recibir como se merecían a todos los ukinen y a sus familias. Soltaron los caballos, que al instante comenzaron a trotar hacia el cielo hasta perderse en una nube, algo que también gustaba mucho al público. De camino al jardín de Ayadib, la jinete que iba en primera posición se quitó el turbante y ondeó su larga melena de color madera de lado a lado y descubrió su rostro. Tenía unos grandes ojos verdes iguales a los de su madre, que iba más atrás. Era la joven Niru, una ukinen cuyo destino de aprendizaje habían sido los grandes desiertos de Nouter. Llevaban los rostros tapados porque por aquella época se producían numerosas tormentas de arena. Sus padres hicieron lo mismo con los turbantes y llegaron hasta los Amabi y la Señora de la Luz. Los recibieron alegremente y cada uno ocupó su lugar tras las correspondientes presentaciones.
