El lobo de mar - Jack London - E-Book

El lobo de mar E-Book

Jack London

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Beschreibung

Novela de aventuras ambientada en la vida marinera y de los cazadores de focas, El lobo de mar (1904) -inspirada, como gran parte de la obra de Jack London (1876-1916), en experiencias propias y personajes por él conocidos- gira en buena medida en torno al capitán Larsen, símbolo del superhombre, de la fuerza y la resistencia físicas, en cuya personalidad contradictoria coexisten la violencia y el primitivismo con la mentalidad propia de un hombre refinado sensible a la poesía y a la filosofía. El protagonista del relato, así pues, viene a personalizar el eterno conflicto entre el bien y el mal, entre la inteligencia y la fuerza bruta. Traducción de Begoña Gárate Ayastuy

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Seitenzahl: 550

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Jack London

El lobo de mar

Traducción de Begoña Gárate Ayastuy

Índice

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Dieciocho

Diecinueve

Veinte

Veintiuno

Veintidós

Veintitrés

Veinticuatro

Veinticinco

Veintiséis

Veintisiete

Veintiocho

Veintinueve

Treinta

Treinta y uno

Treinta y dos

Treinta y tres

Treinta y cuatro

Treinta y cinco

Treinta y seis

Treinta y siete

Treinta y ocho

Treinta y nueve

Créditos

Uno

Apenas sé por dónde empezar, aunque a veces, bromeando, le echo la culpa de todo a Charley Furuseth. Tenía éste una casita de verano en Mill Valley a la sombra del monte Tamalpais, y no la ocupaba nunca salvo los meses de invierno, durante los cuales se dedicaba a gandulear y a leer a Nietzsche y a Schopenhauer para solaz de su espíritu. Llegado el verano, prefería el calor y el polvo de la ciudad, bajo el que, sudoroso, trabajaba incesantemente. De no haber sido por mi costumbre de acercarme a verlo todos los sábados y quedarme hasta el lunes, no habría estado yo navegando por la bahía de San Francisco aquella mañana de un lunes del mes de enero.

Y no otra era la razón por la que me encontraba a bordo de esta sólida embarcación que era el Martínez; un barco nuevo de vapor que hacía su cuarta o quinta travesía entre Sausalito y San Francisco. El peligro acechaba en la densa niebla que envolvía la bahía, y de la que, como hombre de tierra que era, no tenía ningún recelo. Incluso recuerdo con qué exaltada placidez busqué un lugar en el puente de proa, justo debajo de la timonera, dejando que el misterio de la niebla se adueñara de mi imaginación. Soplaba una suave brisa, y durante un rato permanecí solo, envuelto por la húmeda oscuridad, aunque la verdad es que no tan solo, porque vagamente percibía la presencia del piloto y de quien arriba, en la cabina de cristal, supuse era el capitán.

Recuerdo qué acertada me parecía esta división del trabajo gracias a la cual yo no necesitaba estudiar nada relativo a las nieblas, vientos, mareas o el arte de la navegación para poder visitar a mi amigo, que vivía al otro lado de la bahía. Era una buena cosa esto de que los hombres se especializaran, decía yo para mí. El adecuado conocimiento del piloto y el capitán era suficiente para varios miles de personas que no sabían más que yo acerca del mar y la náutica. Por otra parte, en vez de tener que dispersar mi energía en el aprendizaje de un montón de cosas, la podía concentrar sobre unas pocas en concreto, como por ejemplo el análisis del papel que ocupa Poe en la literatura americana, un ensayo mío que, a propósito, acababa de aparecer en el Atlantic. Al subir a bordo, y a mi paso por el camarote, pude ver, y no sin cierta ansiedad por mi parte, a un hombre corpulento que leía el Atlantic, justo por la página donde estaba mi artículo. Y ahí estaba de nuevo la división del trabajo: ese conocimiento especializado del piloto y del capitán hacía posible que el señor corpulento pudiera leer el conocimiento especializado que yo tenía sobre Poe, mientras le transportaban seguro desde Sausalito hasta San Francisco. Un hombre de rostro colorado salió a cubierta, tras cerrar con fuerza la puerta del camarote, e interrumpió mis reflexiones, aunque mentalmente anoté esta idea con la intención de exponerla en un artículo que tenía en proyecto, y que había pensado en llamar «La necesidad de libertad: una exigencia del artista».

El hombre de rostro colorado lanzó una mirada a la timonera, escudriñó la niebla que le rodeaba y, tras cruzar la cubierta con fuertes pisadas (sin duda tenía piernas ortopédicas), se quedó a mi lado, con las piernas separadas y una expresión de inmensa alegría en el rostro. No me equivoqué al suponer que era un hombre que había vivido largo tiempo en el mar.

—Un tiempo desapacible como éste es el que hace que se encanezca prematuramente —dijo señalando con la cabeza a la timonera.

—Nunca había pensado yo que hubiera que hacer ningún esfuerzo especial —contesté—. Parece tan sencillo como el A-B-C ABC. Conocen la dirección por la brújula, la distancia y la velocidad. Yo a esto no lo llamaría otra cosa más que precisión matemática.

—¡Esfuerzo! —resopló—. ¡Sencillo como el A-B-C ABC! ¡Precisión matemática!

Pareció como si cogiera fuerzas, y echándose hacia atrás me miró fijamente.

—¿Qué me dice de esta marea que corre por el Golden Gate? —me preguntó, o más bien gritó—. ¿A qué velocidad retrocede? ¿Qué fuerza lleva la corriente? Escuche eso, ¿quiere? Se trata de una boya de campana, y estamos encima de ella. Mire cómo cambian el rumbo.

Y de la niebla surgió el lúgubre tañido de una campana, y pude ver cómo el piloto giraba el volante con gran rapidez. La campana, que parecía estar justo enfrente de nosotros, sonaba ahora por un lado. Nuestra propia sirena ululaba con fuerza, y de vez en cuando llegaba hasta nosotros de entre la niebla el sonido de otras sirenas.

—Es un barco de esos que cruzan la bahía —dijo el recién llegado, refiriéndose a un silbato que oímos por la derecha—, y ahí, ¿oye eso?, lo soplan con la boca. Alguna gabarra, lo más seguro. Mejor será que esté usted atento, señor de la gabarra. ¡Ay, ya me lo temía! ¡Ya está el demonio buscando a alguien!

El invisible ferry hacía sonar su sirena una y otra vez, y el cuerno que alguien soplaba con la boca lanzaba bocinazos presos de terror.

—Ahora se están presentando sus respetos, y tratando de abrirse camino —dijo el hombre de tez colorada cuando ya hubieron cesado los apresurados silbatos.

Su rostro estaba resplandeciente, y los ojos le lanzaban destellos de emoción, mientras reproducía en un lenguaje articulado el mensaje de las bocinas y sirenas.

—Ésa es la sirena de un vapor que va por ahí, por la izquierda, y ¿oye a ese individuo que parece que tiene una rana en la garganta? Tiene que ser una goleta de vapor que se arrastra desde los Heads contra la marea.

Un pequeño y agudo pitido que silbaba como un loco surgió por delante y muy próximo. Sonaron los gongs en el Martínez. Se detuvieron las ruedas de paleta, y su batir rítmico se desvaneció, y después comenzaron de nuevo. El agudo pitido, como el chirrido de un grillo entre los gritos de grandes animales, se apartó a un lado por entre la niebla, y rápidamente se hizo más y más débil. Miré a mi compañero en busca de una explicación.

—Una de esas lanchas temerarias —dijo—. Casi habría sido mejor haberla hundido, ¡pequeño tunante! Son ellos los responsables de muchos problemas, ¿y para qué sirven? Cualquier pedazo de burro se sube a bordo de una de ellas y la lleva de la ceca a la Meca, haciendo soplar el silbato con todas sus fuerzas, y diciendo al resto del mundo que tengan cuidado con él porque se acerca y no sabe cuidar de sí mismo. Porque él viene, ¡y tú tienes que tener cuidado de él! ¡Derecho de paso! ¡De la más elemental educación! ¡Pero ellos no saben lo que eso significa!

Me hacía gracia verle tan enfadado, sin un motivo que así lo justificara, y mientras seguía tan indignado, pisando con fuerza de aquí para allá, comencé a meditar sobre la fascinación que envolvía a la niebla. Y es que se trataba de algo fascinante: esa niebla que, como la sombra gris del misterio infinito, se cierne sobre una minúscula Tierra que rueda vertiginosa; y los hombres, simples destellos de luz, presos de un celo enloquecedor por el trabajo, cruzan el corazón del misterio cabalgando a grupas de corceles de madera y acero, y avanzan a tientas por entre lo invisible, al tiempo que vociferan con estruendo y presunción, siendo así que en sus ánimos están inseguros y temerosos.

La voz de mi compañero me hizo volver a la realidad y soltar una carcajada. También yo había andado a tientas y dando trompicones, mientras creí cabalgar con los ojos bien abiertos a través del misterio.

—¡Eh, oiga, alguien se acerca de frente! —me estaba diciendo—. Y ¿oye usted eso? Viene muy deprisa. Viene a nuestro encuentro. Estoy seguro de que no nos ha oído todavía. El viento sopla en dirección contraria.

Soplaba una fresca brisa sobre nosotros, y pude oír claramente una sirena, un poco más allá de la proa, y a un lado.

—¿Un ferry? —pregunté.

Asintió con la cabeza, mientras añadía:

—De no ser así, no armaría tanto ruido. Se están poniendo nerviosos los de ahí arriba —y soltó una risita.

Y hacia allí miré yo. El capitán tenía medio cuerpo fuera de la timonera, y miraba con intensidad a la niebla, como si con un esfuerzo extremo de voluntad fuera capaz de atravesarla. Había ansiedad en su rostro, como en la de mi compañero, que se había acercado hasta la barandilla y escudriñaba con el mismo afán en dirección al invisible peligro.

Y entonces fue cuando ocurrió todo, y a una velocidad increíble. Pareció que la niebla se abría como hendida por una cuña, y surgió la proa de un vapor rasgando la niebla en jirones, a uno y a otro lado, como algas que surgieran de las fauces de un Leviatán1.

Vi cómo un hombre de barba blanca se asomaba por la timonera y se apoyaba en sus codos. Llevaba un uniforme azul, y recuerdo lo bien arreglado y tranquilo que estaba. Su quietud en aquellas circunstancias resultaba escalofriante. Aceptaba el destino, avanzaba con él mano a mano y calculaba fríamente el golpe.

Allí apostado, dirigió una mirada serena y calculadora sobre nosotros como si tratara de precisar cuál sería el punto exacto de colisión, y no prestó atención al piloto cuando, blanco de ira, gritó:

—¡La culpa la tiene usted!

Ahora que lo pienso, comprendo que la observación resultaba demasiado evidente para precisar una réplica.

—Agárrese a algo, y espere —me dijo el hombre de rostro colorado. Esfumada su bravuconería, parecía haberse contagiado de una calma preternatural—. Y escuche los gritos de las mujeres —añadió sentencioso, casi con amargura, diría yo, como si ya se hubiera visto en un trance semejante en otra ocasión.

Los barcos chocaron antes de que yo pudiera llevar a cabo su consejo. El golpe debió de producirse justo por el medio, porque el extraño vapor había pasado fuera del alcance de mi vista, y yo no vi nada. El Martínez se escoró bruscamente, con un crujir de maderas astilladas. Caí de bruces sobre la cubierta mojada, y antes de que pudiera levantarme oí los gritos de las mujeres. Y esto fue sin duda lo que hizo que se apoderara de mí el pánico: unos gritos indescriptibles que te helaban la sangre. Me acordé de los salvavidas que estaban en el camarote, pero un tropel de hombres y mujeres enloquecidos, con los que me encontré en la puerta, me empujaron hacia atrás. Lo que sucedió inmediatamente después no lo recuerdo, pero sí guardo vivamente en mi memoria cómo los salvavidas eran descolgados de las rejillas, y cómo los iba sujetando el hombre de rostro colorado alrededor de los cuerpos de unas mujeres presas de la histeria. Esta imagen la tengo grabada en el recuerdo con tanta claridad y precisión como si se tratara de un cuadro más de los que he visto. Y en efecto, así, como un cuadro lo veo ahora: los bordes mellados del boquete a mi lado del camarote, por donde la niebla gris se enroscaba formando remolinos; los asientos mullidos de los pasajeros, vacíos pero repletos de objetos que evidenciaban una repentina huida: paquetes, bolsos de mano, paraguas y envoltorios. El caballero corpulento que había estado leyendo mi artículo, encajonado entre corchos y lona, con la revista todavía en la mano, preguntándome con monótona insistencia si yo creía que había peligro; el hombre de tez colorada, estampando, valeroso, sus piernas ortopédicas aquí y allá, mientras abrochaba al mismo tiempo los salvavidas a todos los que iban llegando; y como colofón, los gritos caóticos de las mujeres. Fueron estos gritos lo que más me hizo perder los nervios. Y lo mismo debió de pasarle al hombre de rostro colorado, porque conservo otra imagen, que jamás se borrará de mi mente, en la que el caballero corpulento mete apresurado la revista en el bolsillo de su abrigo, mientras mira a su alrededor con curiosidad; un grupo desordenado de mujeres con el rostro blanco y desencajado y la boca abierta lanza alaridos como un coro de almas en pena, mientras el hombre de rostro colorado, amoratado ahora por la ira, y con los brazos en alto como si estuviera lanzando rayos, grita: «¡Cállense, cállense!».

Recuerdo que esta escena me hizo soltar una carcajada, pero al instante comprendí que yo también estaba siendo presa de la histeria, porque estas mujeres eran de mi misma pasta, como lo eran mi madre y mis hermanas. Aterrorizadas por la muerte que se cernía sobre ellas, se negaban a aceptarla. Y recuerdo que los sonidos que hacían evocaron en mi memoria los chillidos de los cerdos bajo el cuchillo del matarife. Me sentí horrorizado ante una comparación tan expresiva. Estas mujeres, capaces de llevar a cabo las acciones más sublimes y de albergar los más tiernos sentimientos de comprensión y ternura, estaban chillando con todas sus fuerzas porque querían vivir. Estaban desamparadas, como ratas cogidas en una trampa; y chillaban.

El horror de todo aquello me hizo salir a cubierta. Me sentía con náuseas y ganas de vomitar, así que me senté en un banco. De forma confusa podía ver y oír a los hombres, que, a toda prisa y dando gritos, se afanaban en arriar los botes. Todo sucedía tal y como yo había leído en los libros que describían este tipo de escenas. Las poleas se atascaban. Nada funcionaba. Un bote, arriado sin poner los tarugos, se llenó primero de mujeres y niños, y después de agua, y se fue finalmente a pique. Otro bote había sido abandonado, colgando todavía de la polea por un extremo y arriado por el otro. Nada se veía del extraño vapor que había causado el desastre, aunque oí a unos hombres decir que sin duda enviarían unos botes en nuestro auxilio. Bajé a la cubierta inferior. El Martínez se estaba hundiendo muy deprisa, porque el agua estaba muy cerca. Muchos de los pasajeros saltaban por la borda; otros, ya en el agua, clamaban porque se les subiera a bordo de nuevo. Nadie les prestaba atención. Alguien gritó que nos estábamos hundiendo. El pánico consiguiente se apoderó de mí, y me tiré por la borda entre una oleada de cuerpos. Cómo me tiré no lo sé, pero lo que sí supe, y al instante, es por qué los que estaban en el agua deseaban tanto volver al barco. El agua estaba fría, tan fría que hacía daño. La punzada que sentí al sumergirme fue como la del fuego, instantánea y cortante. Me llegaba hasta la médula. Como las garras de la muerte. La angustiosa impresión me hizo jadear, llenando mis pulmones de agua antes de que el salvavidas me subiera a la superficie. Sentí en la boca el fuerte sabor de la sal, y me ahogaba aquella acritud en la garganta y en los pulmones.

Pero lo peor de todo era el frío. Tuve la sensación de que no sobreviviría más que unos minutos. La gente luchaba y se debatía en el agua a mi alrededor. Les oía llamarse a gritos unos a otros, y también oía el ruido de los remos. Por lo visto, el extraño vapor había arriado sus botes. A medida que pasaba el tiempo, cada vez me sorprendía más seguir vivo. No tenía ninguna sensibilidad de cintura para abajo, y un frío entumecedor iba apoderándose de mis entrañas, penetrando hasta lo más profundo.

Pequeñas pero implacables olas, erizadas de espuma, rompían continuamente sobre mí, y al meterse en mi boca me producían un paroxismo que me ahogaba más y más.

Los gritos se hacían cada vez menos precisos, aunque oí a lo lejos un último coro de gritos desesperados. Comprendí que el Martínez acababa de hundirse.

Más tarde, y no puedo precisar cuánto, recobré el conocimiento con un sobresalto de miedo. Estaba solo. No se oían ni voces ni gritos; el único sonido era el de las olas, a las que la niebla hacía reverberar, envolviéndolas de un misterio sepulcral.

Compartir el pánico con un grupo, en el que todos participan de un mismo objetivo, no resulta tan terrible como sufrirlo en solitario. Y este último pánico es el que se había apoderado ahora de mí. ¿Hacia dónde era arrastrado? El hombre de rostro colorado había dicho que la marea estaba bajando cuando cruzamos el Golden Gate. ¿Iba yo, pues, mar adentro? ¿Y qué pasaría con el salvavidas que me sostenía? ¿No era fácil que en cualquier momento se hiciera pedazos? Tenía entendido que estas cosas estaban hechas de papel y cañas huecas, y que enseguida se saturaban y perdían su capacidad de flotación. Y yo me sentía incapaz de dar una brazada. Estaba solo, flotando, por lo visto, en medio de aquella primigenia inmensidad gris.

He de confesar que la locura que se apoderó de mí me hizo gritar con toda el alma, como lo habían hecho aquellas mujeres, al tiempo que agitaba en el agua mis manos entumecidas.

No tengo ni idea de cuánto tiempo pudo durar esto, porque mi mente estaba en blanco. Y no tengo más recuerdo del que se tiene de un sueño agitado y doloroso. Cuando desperté, me pareció que habían pasado siglos, y pude ver cómo surgía de la niebla, casi encima de mí, la proa de un barco y tres velas triangulares, hábilmente imbricadas una con otra e hinchadas por el viento.

Allí donde la proa cortaba el agua se alzaba la espuma a borbotones, y yo parecía estar justo en su camino. Intenté lanzar un grito, pero estaba demasiado agotado. La proa se hundió, sin que por un milagro no me alcanzara, mientras lanzaba sobre mi cabeza un chorro de agua clara. Después comenzó a deslizarse ante mí el costado, largo y negro, de la embarcación, y tan de cerca que podía haberlo tocado con la mano. Lo traté de alcanzar en un desesperado intento de clavar mis uñas en la madera, pero mis brazos estaban pesados y sin vida. De nuevo intenté gritar, pero no salió ningún sonido. Pasó la popa del barco, sumergiéndose en el surco abierto por las olas, y distinguí a un hombre de pie ante el timón, y a otro que parecía no hacer sino fumar un puro. Vi cómo salía el humo de sus labios, mientras giraba la cabeza lentamente, y dirigía su vista al agua en dirección adonde yo estaba. Fue una mirada despreocupada y sin ninguna intención. Una de esas acciones fortuitas, propias de los hombres cuando no tienen nada concreto que hacer de inmediato, y que llevan a cabo porque están vivos y tienen que hacer algo.

Pero en esa mirada estaba la vida y la muerte. Vi cómo la niebla se iba tragando el barco, y también pude ver la espalda del hombre que estaba al timón, y al que giraba la cabeza lentamente, al tiempo que proyectaba su mirada sobre el agua, donde, en su deambular, se topó conmigo por pura casualidad. Tenía su rostro una expresión ausente, como si estuviera totalmente absorto en su pensamiento, y temí que, aunque sus ojos fueran a dar con mi persona, no me viera. Pero sus ojos dieron con mi persona; se clavaron en los míos, y me vio, porque dio un salto hacia el timón, y lo giró una y otra vez, mano sobre mano, empujando hacia un lado al hombre que estaba allí, mientras gritaba unas órdenes. El barco pareció trazar una tangente a su ruta anterior, y en un golpe desapareció al instante de la vista, niebla adentro.

Yo sentía que estaba perdiendo el conocimiento, y traté con toda la fuerza de mi voluntad de luchar contra la asfixiante sensación de vacío y oscuridad que se iba apoderando de mí.

Un poco más tarde oí unos golpes de remo, cada vez más cercanos, y las voces de un hombre. Muy cerca ya de donde yo estaba, gritó enfadado:

—¿Por qué demonios no grita usted?

Se refería a mí, pensé, pero ya el vacío y la oscuridad se habían apoderado de mí.

1. Libro de Hobbes sobre teoría política. Es también el nombre de un ser mítico de aspecto monstruoso, de origen fenicio. (N. de la T.)

Dos

Me sentía balancear a través de un inmenso orbe y al compás de un ritmo vigoroso. Brillantes puntos de luz pasaban veloces ante mí, lanzando sus destellos. Eran, sin duda, estrellas y cometas fulgurantes que poblaban mi vuelo entre los soles. Cuando en mi balanceo llegaba a uno de los extremos y me disponía a lanzarme de regreso al otro, tronaba el golpe de un gran gong.

Durante un espacio de tiempo inconmensurable, arropado en el plácido transcurrir de los siglos, disfruté de aquel vuelo que se me hacía tan fabuloso. Pero un cambio sobrevino a mi sueño; porque para mí, eso es lo que fue: un sueño. El ritmo se fue acelerando cada vez más, y yo me veía sacudido desde un extremo al otro con una rapidez irritante. Era tal la violencia con la que se me lanzaba a través de los cielos, que apenas si podía cobrar aliento. El tronar del gong era más fuerte y frecuente. Empecé a sentir un miedo indescriptible, a la espera de que se produjera. Después noté como si me arrastrara por una superficie de arena áspera, blanca y ardiente por el sol. Y esto dio lugar a que una angustia insoportable se apoderara de mí. Mi piel se chamuscaba bajo el tormento del fuego. Continuaba el estruendo metálico y lúgubre del gong. Los brillantes puntos de luz pasaban ante mí en una corriente vertiginosa y sin fin, como si todo el sistema sideral cayera en el vacío. Tras jadear y tomar aire dolorosamente, abrí los ojos. Dos hombres estaban de rodillas a mi lado atendiéndome. El ritmo vigoroso de mi sueño era el vaivén de un barco en el mar. El terrible gong, una sartén que, colgada en la pared, la golpeaba con estruendo a cada movimiento del barco; la arena áspera y ardiente, las toscas manos de un hombre que me frotaba el pecho desnudo. Me retorcí de dolor, y medio levanté la cabeza. Tenía el pecho al rojo vivo y pude ver unas diminutas gotas de sangre que comenzaban a salir a través de mi piel, lacerada y tumefacta.

—¡Ya está bien, Yonson! —dijo uno de los hombres—. ¿Es que no ves que de tanto frotar te estás llevando la piel de este caballero?

El hombre llamado Yonson, un típico escandinavo muy corpulento, dejó de frotarme, y se puso en pie con torpes movimientos. El hombre que había hablado era sin duda un cockney2de rasgos finos y rostro más bien agraciado, por no decir afeminado, de los que han mamado el sonido de las campanas de St. Mary-le-Bow3.

La pringosa gorra de muselina en su cabeza y el sucio delantal alrededor de sus suaves caderas le acreditaban como la máxima autoridad de la cocina del barco, sucia a rabiar, en la que me hallaba.

—¿Cómo se encuentra el señor ahora? —me preguntó con esa sonrisa afectada y servil, resultado de generaciones y generaciones de antepasados dedicados a la caza y captura de propinas. Por toda respuesta me incorporé como pude, hasta sentarme, y Yonson me ayudó a ponerme de pie. El repiqueteo del golpear de la sartén me estaba poniendo los nervios de punta. Era incapaz de ordenar mis ideas. Agarrándome a las maderas de la cocina (confieso que sentí auténtica grima al contacto con la grasa que rezumaban) y después a un fogón encendido, logré alcanzar el irritante utensilio, y descolgándolo lo introduje con fuerza en la carbonera.

El cocinero sonrió con sorna ante mi estado de nervios y, con un «tome, esto le hará bien», me largó una taza humeante a la mano. Estaba nauseabundo, era el típico café de barco, pero su calor resultaba reconfortante. Mientras tragaba el brebaje, eché una ojeada a mi pecho, descarnado y con sangre, y volviéndome hacia el escandinavo le dije:

—Muchas gracias, señor Yonson, pero ¿no le parece demasiado heroica su actuación?

Y al comprender mi reproche más por mi gesto que por mis palabras, levantó la palma de la mano para que la viera. Estaba muy encallecida, y al pasar mi mano sobre las duras protuberancias, de nuevo sentí que se me ponían los nervios de punta ante la horrible sensación de aspereza.

—Me llamo Johnson, no Yonson —dijo lentamente, en un inglés muy correcto y con un ligero acento.

Sus ojos de un azul claro encerraban una suave protesta, pero su nobleza y hombría de bien me ganaron por completo.

—Gracias, señor Johnson —corregí yo al tiempo que le extendía la mano.

Él dudó, incómodo y tímido; apoyó el peso del cuerpo sobre una pierna y luego sobre la otra, y finalmente, sonrojándose, me cogió la mano y me la estrechó con fuerza.

—¿Tienen ropa seca que pueda ponerme? —pregunté al cocinero.

—Sí, señor —contestó con alegre diligencia—. Voy a ir abajo y echaré una mirada en mi baúl, si es que usted no tiene reparos en usar mis cosas.

Salió por la puerta de la cocina, o más bien se deslizó, con un andar tan rápido y suave que me pareció no tanto felino como aceitoso. De hecho, esta oleaginosidad o viscosidad, como tuve ocasión de conocer más tarde, era probablemente la nota más característica de su personalidad.

—¿Dónde estoy? —pregunté a Johnson, a quien, con toda razón, tomé por uno de los marineros—. ¿Qué clase de barco es éste y qué rumbo lleva?

—A la altura de las Farallones, proa al sudoeste —respondió, lenta y metódicamente, como si seleccionara bien su más correcto inglés, observando escrupulosamente el orden de mis preguntas—. La goleta se llama Fantasma, rumbo a Japón para cazar focas.

—¿Y quién es el capitán? Necesito verlo tan pronto me encuentre vestido.

Johnson pareció aturdido y desconcertado. Titubeó mientras buscaba entre su vocabulario la construcción de una respuesta completa.

—El capitán es Lobo Larsen, así lo llaman. Nunca he oído que tenga otro nombre. Pero será mejor para usted que le hable con cuidado. Está loco esta mañana. El segundo...

No concluyó la frase. El cocinero había regresado con gran sigilo.

—Será mejor que te vayas, Yonson —dijo—. El viejo te estará buscando por cubierta, y más conviene no indisponerse con él.

Johnson, obediente, se volvió hacia la puerta, y al mismo tiempo, por encima del hombro del cocinero, me dedicó un guiño extraordinariamente solemne y enfático, como queriendo resaltar su inconclusa advertencia de que era necesario hablar con cuidado al capitán.

Del brazo del cocinero colgaba un destartalado amasijo de prendas de vestir, de aspecto nefasto y maloliente.

—Están como algo húmedas, señor —dijo a guisa de justificación—. Pero tendrá que apañarse con ellas mientras pongo a secar las suyas al fuego.

Asiéndome al maderamen, dando tumbos con el vaivén del barco, y ayudado por el cocinero, conseguí enfundarme en una burda camiseta de lana. Al advertir mi involuntario estremecimiento y convulsión, sonrió afectadamente.

—Sólo espero que nunca vuelva a tener que usar algo como esto en su vida, porque tiene usted una piel de aspecto tan fino que más parece la de una dama que yo bien me sé. En cuanto le eché la vista encima, supe que era usted un caballero.

Desde el principio me había causado cierta aversión, pero mientras me ayudaba a vestirme esa aversión fue a más. Había algo repulsivo en su contacto. Me apartaba de su mano; mi carne se rebelaba. Y entre esto y los olores que ascendían de varios pucheros que hervían a borbotones al fuego de la cocina, ansiaba salir fuera a tomar aire puro. Además, estaba la necesidad de ver al capitán para llegar a un acuerdo sobre la manera de llevarme a tierra.

En medio de una avalancha de comentarios exculpatorios me puse una camisa de algodón, barata, con el cuello raído, y la pechera manchada con lo que me parecieron antiguas manchas de sangre. Un par de botas de las que usan los obreros encajonaron mis pies, y como pantalones me equipé con unos calzones de color azul claro, desteñidos, con uno de los perniles veinticinco centímetros más corto que el otro. El pernil más corto hacía pensar en que el diablo había querido agarrar por ahí el alma del cockney y se había llevado la materia en vez del espíritu.

—¿A quién debo agradecer tanta amabilidad? —pregunté una vez que estuve completamente equipado, con una ajustada gorra de grumete a mi cabeza, y una sucia chaqueta de algodón a rayas por abrigo, que no me llegaba más que a las caderas y cuyas mangas me cubrían poco más abajo de los codos.

El cocinero se irguió con un ademán de fingida humildad, y una sonrisa de desaprobación en su rostro. Si mi experiencia con los camareros de los transatlánticos al final de la travesía no me engañaba, hubiera jurado que aguardaba una propina. A partir del conocimiento más en profundidad que me formé posteriormente de esta criatura, estoy convencido, sin embargo, de que fue un gesto inconsciente. Un servilismo hereditario, sin lugar a dudas, era el culpable.

—Mugridge, señor —dijo en tono de adulación, mientras sus afeminados rasgos configuraban una sonrisa resbalosa—. Thomas Mugridge, señor, servidor de usted.

—Perfectamente, Thomas —dije—. Me acordaré de ti, cuando esté seca mi ropa.

Una tenue luz iluminó su rostro, y sus ojos brillaron como si en algún lugar de las profundidades de su ser sus antepasados se hubieran estremecido y excitado ante el borroso recuerdo de las propinas recibidas en su antigua existencia.

—Gracias, señor —dijo, muy agradecido y con toda humildad, realmente.

Se hizo a un lado, justamente en el espacio que queda cuando la puerta se abre, y salí fuera a cubierta. Aún me encontraba algo débil a causa de mi prolongada permanencia en el agua. Un soplo de viento me alcanzó, y me tambaleé por la movediza cubierta hasta un rincón del camarote, al que me así buscando apoyo. La goleta, muy escorada respecto a la perpendicular, cabeceaba y se hundía en el inmenso oleaje del Pacífico. Si se movía rumbo sudoeste, como había dicho Johnson, el viento, según mis estimaciones, estaría soplando aproximadamente del sur. La niebla había desaparecido, y en su lugar el sol irradiaba sus rayos rutilantes sobre la superficie del agua. Me volví cara al este, donde sabía que debía de hallarse California, pero no pude ver otra cosa que unas masas de niebla a baja altura, la misma niebla, sin lugar a dudas, que había ocasionado el desastre del Martínez y que me había colocado en mi presente situación. Por el norte, a no mucha distancia, surgían del mar unas rocas desnudas, y en una de ellas pude distinguir un faro. Al sudoeste, casi en nuestro mismo rumbo, vi el paño piramidal de algún barco de vela.

Tras haber echado un vistazo completo por el horizonte, me volví a mi más inmediato alrededor. Mi pensamiento fue que un hombre que había llegado a este barco como resultado de una colisión y que había visto tan de cerca la cara de la muerte merecía mayores atenciones que las que a mí se me habían dispensado. Aparte del marinero que iba al timón, y que me miraba con aire de curiosidad por encima del camarote, no atraje la atención de nadie.

Todos parecían interesados por lo que ocurría en el centro del barco. Allí, sobre una escoria, un hombre corpulento yacía sobre sus espaldas. Estaba completamente vestido, aunque tenía la camisa rasgada por delante. No se le veía el pecho, sin embargo, porque estaba cubierto por una mata de pelo negro, similar a la piel de un perro. La cara y el cuello se ocultaban detrás de una barba negra, con unas mechas de gris, que debía de ser tiesa y tupida, de no haber estado chorreando y lacia a causa del agua. Sus ojos permanecían cerrados, y se hallaba aparentemente inconsciente; pero la boca estaba completamente abierta y el pecho, convulso, jadeaba en sus ruidosos esfuerzos por respirar.

De cuando en cuando un marinero, casi metódicamente, como si fuera una rutina, hundía en el océano un cubo de lona atado al extremo de una cuerda, lo subía a brazas y vertía su contenido sobre el hombre que yacía postrado.

Paseando atrás y adelante el trayecto de escotilla a escotilla, masticando salvajemente la colilla de un puro, se encontraba el hombre cuya casual mirada me había rescatado del mar. Medía probablemente uno setenta y cinco o uno ochenta, pero lo que primeramente me impresionó o llamó la atención de ese hombre no fue su estatura sino su fuerza. A pesar de su sólida constitución, de hombros anchos y pecho amplio, no podría caracterizar su fuerza como maciza. Era más bien lo que podríamos llamar nervio, fuerza nudosa, del tipo que solemos atribuir a los hombres flacos y enjutos, pero que en él, a causa de su pesada corpulencia, recordaba más bien la de un gorila. No quiero decir en modo alguno que en su aspecto pareciera simiesco. Lo que estoy intentando describir es su fuerza en sí misma, como algo aparte de su aspecto físico. Era como la fuerza que solemos asociar con las cosas primarias, con las fieras y las criaturas que imaginamos que han sido nuestros arquetipos trepadores; una fuerza salvaje, feroz, que vive por sí misma, la esencia de la vida en cuanto potencia de movimiento, la materia elemental en sí misma, a partir de la cual se han modelado las distintas formas vivientes; en una palabra, lo que se contorsiona en el cuerpo de una serpiente después que le han cortado la cabeza y como tal serpiente ya está muerta, o lo que persiste en un montón informe de carne de tortuga cuando retrocede y se estremece ante la punta del dedo.

Tal fue la impresión que me produjo la fuerza de aquel hombre que caminaba arriba y abajo. Se sustentaba enérgicamente sobre sus piernas; sus pies golpeaban la cubierta con precisión y seguridad. Cada movimiento de sus músculos, desde la manera de levantar los hombros hasta la de apretar con los labios el puro, era definitivo, y parecía provenir de un vigor excesivo y abrumador. De hecho, aunque esta fuerza permeaba cada una de sus acciones, no parecía sino el anuncio de una fuerza aún mayor que acechara en su interior, como dormitando, y que no se agitaba sino de vez en cuando, pero que podía resucitar en cualquier instante, terrible y violenta, como la furia de un león o la cólera de una tempestad.

El cocinero asomó su cabeza por la puerta de la cocina y sonrió para darme ánimos, mientras señalaba con el pulgar en dirección al hombre que paseaba arriba y abajo de una a otra escotilla. Me daba así a entender que se trataba del capitán, del «viejo», en la jerga del cocinero, el individuo con quien debía entrevistarme y a quien debía plantearle la molestia de cómo conducirme a la costa.

Yo casi me había puesto ya en marcha para afrontar lo que sin lugar a dudas iban a ser cinco tormentosos minutos cuando el desdichado que yacía de espaldas en el suelo sufrió otro paroxismo más violento y asfixiante aún. Se retorcía y contorsionaba en medio de convulsiones. La barbilla, con la negra barba mojada, se distendió hacia arriba mientras los músculos de la espalda se envaraban y el pecho se hinchaba en un esfuerzo inconsciente e instintivo para obtener más aire. Bajo las patillas, y a pesar de que no lo veía, adiviné que la piel se le estaba acardenalando.

El capitán, o Lobo Larsen, como le llamaban, cesó de pasear y clavó la mirada en el moribundo. Tan brutal fue esta postrera lucha, que el marinero dejó de rociarle con agua, se quedó mirándolo con curiosidad, con el cubo de lona levantado a medias por los aires y derramando el contenido por la cubierta. El moribundo hizo un redoble con los talones sobre la escotilla, estiró las piernas y se puso rígido con un violento esfuerzo de tensión, y agitó la cabeza a uno y otro lado. Luego, los músculos se relajaron, la cabeza dejó de agitarse, y un suspiro, como de profundo alivio, salió de sus labios. Dejó caer la mandíbula, el labio superior se levantó, y asomaron dos hileras de dientes manchados por el tabaco. Parecía como si sus facciones se hubieran congelado en una mueca diabólica y de sarcasmo al mundo que acababa de dejar.

Entonces sucedió algo sorprendente. El capitán se desató como el fragor de un trueno sobre el hombre que acababa de morir. Un torrente continuo de juramentos fluyeron de sus labios. Y no eran juramentos ñoños o meras expresiones indecentes. Cada palabra, y hubo muchas, era una blasfemia. Crujían y restallaban como chispas eléctricas. Nunca había oído nada semejante en toda mi vida, ni se me hubiera ocurrido que fuera posible. Por mi afición a las posibilidades de expresión literaria, y mi gusto por las imágenes y frases enérgicas, me atrevo a decir que apreciaba mejor que nadie la vivacidad peculiar, la fuerza y la absoluta blasfemia de sus metáforas. La causa de todo ello, según pude entender, era que el hombre, que era el segundo de a bordo, se había corrido una juerga antes de abandonar San Francisco y había tenido el mal gusto de morirse al comienzo del viaje, dejando a Lobo Larsen incompleta su tripulación.

Ni que decir tendría, a menos a quienes me conocen, cuán escandalizado estaba. Los juramentos y el lenguaje soez siempre me han repugnado. Experimenté una sensación de abatimiento, de profundo desmayo, y casi podría decir de vértigo. Para mí, la muerte siempre había estado investida de solemnidad y respeto. Se había presentado siempre en un ambiente de paz, y en un ceremonial sagrado. Pero la muerte en sus aspectos más sórdidos y terribles era algo desconocido para mí hasta entonces. Como digo, a la vez que apreciaba la fuerza de la terrible arenga que salió de la boca de Lobo Larsen, me encontraba impresionado de un modo indecible.

Aquel torrente abrasador era suficiente para fulminar el rostro del cadáver. No me hubiera sorprendido ver encresparse, arrollarse y prenderse en llamas su negra barba. Pero el muerto no se dio por aludido; continuó sonriendo sarcásticamente, con un humor sardónico, con una burla cínica e insolente. Era el dueño de la situación.

2. Una forma peculiar del habla del londinense castizo. (N. de la T.)

3. Iglesia de la City londinense. El cockney más genuino es el que se ha criado oyendo de niño estas campanas. (N. de la T.)

Tres

Lobo Larsen dejó de jurar tan inesperadamente como había comenzado. Volvió a encender el puro, y echó una mirada a su alrededor. Sus ojos tropezaron casualmente con el cocinero.

—¿Bien, Cooky? —comenzó a decir con una afabilidad fría y tensa como la del acero.

—Sí, señor —contestó presuroso el cocinero, en un tono servil que intentaba contestarle y disculparse.

—¿No te parece que ya has estirado bastante el cuello? Es insano, ¿sabes? El segundo ha muerto, de modo que no puedo permitirme el lujo de perderte también a ti. Tienes que cuidar muy mucho de tu salud, Cooky. ¿Entendido?

La última palabra, en brusco contraste con la suavidad de sus frases anteriores, chasqueó como la tralla de un látigo. El cocinero se amedrentó ante esto.

—Sí, señor —fue su débil respuesta, al tiempo que la cabeza del culpable desaparecía en el interior de la cocina.

Como esta severa reprimenda iba dirigida sólo al cocinero, el resto de la tripulación se mostró indiferente, y cada cual se dedicó a sus quehaceres. No obstante, unos cuantos hombres, que andaban haraganeando junto a una escalera entre la cocina y la escotilla, y que no tenían aspecto de ser marineros, prosiguieron hablando entre sí en voz baja. Más tarde supe que eran los cazadores, los que mataban las focas, y que eran una casta muy superior a la de los vulgares marineros.

—¡Johansen! —gritó Lobo Larsen. Un marinero, obedientemente, se adelantó—. Coge tu aguja y el rempujo y cose a este desdichado. En el pañol de las velas encontrarás algo de lona vieja. ¡Aprovéchala!

—¿Qué le pongo en los pies, señor? —preguntó el marinero tras el consabido «sí, señor».

—Ya veremos eso —contestó Lobo Larsen, y alzó el tono de su voz para gritar—: ¡Cooky!

Thomas Mugridge surgió de la cocina al igual que un títere de su caja.

—Vete abajo y llena un saco de carbón... ¿Tiene alguno de vosotros una Biblia o un libro de oraciones? —fue la siguiente pregunta del capitán, esta vez a los cazadores que andaban haraganeando junto a la escalera.

Dijeron no con un movimiento de sus cabezas, y uno de ellos hizo un comentario jocoso que no pude captar pero que despertó una risotada general. Lobo Larsen hizo la misma pregunta a los marineros. Daba la impresión de que las Biblias y los libros de oraciones eran objetos que escaseaban. Y aunque uno de los marineros se brindó a proseguir la búsqueda entre la cuadrilla de abajo, regresó al cabo de un minuto para informar de que no había ninguna.

El capitán se encogió de hombros.

—Entonces, lo echaremos al agua sin más ceremonias, a menos que nuestro náufrago de aspecto de frailuco se sepa de memoria el servicio de difuntos de a bordo.

Para entonces había dado un giro completo sobre sus talones y se hallaba frente por frente a mí.

—Tú eres predicador, ¿verdad? —preguntó.

Los cazadores —eran seis en total— se volvieron como un solo hombre y me miraron. Dolorosamente me percaté de que parecía un espantapájaros. Ante mi aspecto estalló una carcajada; una carcajada que no fue capaz de reprimir ni moderar la presencia del muerto, tendido ante nosotros sobre cubierta, con los dientes apretados; una carcajada tan áspera, tan dura y tan amplia como el mismo mar; nacida de unos sentimientos groseros y de una sensibilidad embotada, de unas naturalezas que ignoraban tanto la cortesía como la educación.

Lobo Larsen no se rio, aunque en sus ojos grises brilló una ligera chispa de júbilo. Y en este momento, en que avancé hasta quedar muy cerca de él, me forjé mi primera impresión del hombre en sí, con independencia de su cuerpo y del torrente de blasfemias que le había oído vomitar. El rostro, de rasgos grandes y líneas muy marcadas, de forma cuadrada aunque bien proporcionada, parecía a primera vista macizo; pero luego, al igual que ocurría con su cuerpo, esa impresión de macizo desaparecía, y nacía la convicción de que en las profundidades de su ser, oculta, dormitaba una descomunal y excesiva fuerza mental o espiritual.

La mandíbula, el mentón, la frente considerablemente despejada y notoriamente abultada por encima de los ojos, aunque fuertes en sí mismos, excepcionalmente fuertes, parecían revelar un inmenso vigor o virilidad de espíritu, escondido y fuera del alcance de la vista.

No había manera de sondear un espíritu semejante, ni de medirlo, ni de determinar sus fronteras ni límites, ni de clasificarlo con exactitud en ningún comportamiento con otros de su mismo tipo.

Los ojos —y mi destino iba a querer que llegara a conocerlos muy bien— eran grandes y hermosos, muy separados como lo son los de los verdaderos artistas, protegidos por espesas pestañas y coronados por unas cejas tupidas y negras. El iris, de ese misterioso y proteico gris que nunca es dos veces igual; que recorre distintos matices e irisaciones como el tornasol de la seda a los rayos del sol: que es oscuro y claro, gris-verdoso, y a veces celeste, como el mar profundo. Eran unos ojos que enmascaraban el alma con mil disfraces, y que a veces, en muy raras ocasiones, se abrían y le permitían salir como si fuera a lanzarse desnuda por el mundo en pos de alguna aventura maravillosa. Eran unos ojos que podían albergar el pesimismo desesperado de un cielo plomizo; que podían hacer saltar y producir chispas de fuego como las que estallan del choque de las espadas en el combate; que podrían volverse fríos como el paisaje ártico, y que de nuevo podrían caldearse y dulcificarse, y ser danzarines que irradian reflejos de amor, intensos y masculinos, seductores y persuasivos, que a la vez fascinan y dominan a las mujeres hasta hacerlas rendirse en una plenitud de alegría, de alivio y de sacrificio.

Pero, volvamos. Le dije que, lamentándolo mucho por el servicio de difuntos, yo no era predicador, ante lo cual me preguntó rudamente:

—¿Qué haces para ganarte la vida?

Confieso que nunca antes me había hecho esa pregunta, ni me la había inquirido jamás. Me quedé casi consternado, y antes de recobrar la serenidad tartamudeé como un necio:

—Yo soy, soy... un caballero.

Sus labios se torcieron con un gesto de mofa.

—He trabajado, trabajo —exclamé impetuosamente, como si fuera él mi juez y tuviera yo que defenderme, mientras me daba cuenta de mi completa estupidez al hablar de este asunto.

—¿Para ganarte la vida?

Había en él algo tan dominador y autoritario que me encontraba como fuera de mí, «desconcertado», hubiese dicho Furuseth, como un chiquillo temblando ante un maestro severo.

—¿Quién te da de comer? —fue su siguiente pregunta.

—Tengo una renta —contesté todo resuelto, y ojalá me hubiera mordido la lengua a continuación—. Pero todo esto, y le ruego disculpe mi observación, no tiene nada que ver con lo que yo deseo tratar con usted.

Hizo caso omiso de mi objeción.

—¿Quién la ganó, eh? Lo que me figuraba: tu padre. Te sostienes sobre las piernas de un muerto. Nunca has tenido unas propias, tuyas. No podrías caminar solo el transcurso de dos amaneceres, ni apañarte el sustento de tu estómago para tres comidas. Enséñame las manos.

Su formidable fuerza adormecida despertó con rapidez y precisión (o es que debí de descuidarme yo por un instante), pues antes de que me hubiera dado cuenta había avanzado él dos pasos, había tomado mi mano derecha en la suya y la había levantado para examinarla. Intenté retirarla, pero sus dedos se cerraron sin esfuerzo, hasta el extremo de que pensé que me trituraba los míos. Resulta difícil conservar la propia dignidad en tales circunstancias. No podía intentar zafarme ni pelear como un chiquillo. Ni mucho menos hacer frente a semejante criatura, que no tenía más que retorcerme el brazo para rompérmelo. No me quedaba otra alternativa que aguantar y aceptar la humillación. Tuve ocasión de advertir que habían vaciado sobre cubierta los bolsillos del muerto, y que habían envuelto su cuerpo y su mueca en una lona cuyos extremos cosía con un burdo bramante blanco el marinero Johansen, empujando la aguja con ayuda de un trozo de cuero ajustado a la palma de la mano. Lobo Larsen soltó mi mano con un gesto de desdén:

—Las manos de los muertos te la han conservado fina. Sólo vale para poco más que para fregar platos y para tareas de marmitón.

—Deseo que me desembarquen —dije en tono de firmeza, tras sentirme con cierto aplomo—. Le pagaré lo que considere que vale el retraso y las molestias.

Me miró con curiosidad. La burla brilló en sus ojos.

—Tengo una propuesta que hacerte a cambio; para bien de tu alma. Mi segundo ha muerto, así que habrá muchos ascensos. Un marinero vendrá a popa a ocupar el puesto del segundo; el grumete irá a proa a la plaza del marinero, y tú cogerás la plaza del grumete. Firma el contrato de enrolamiento; veinte dólares al mes, y listo. ¿Qué me dices a esto? Y piensa que es por el bien de tu alma. Será tu formación. Podrás aprender en poco tiempo a sostenerte sobre tus propias piernas, y tal vez a dar pequeños saltitos.

Pero yo no le prestaba atención. Las velas del barco que había visto por el sudoeste se hacían cada vez mayores y más visibles. Eran de una goleta de aparejo similar al Fantasma, aunque su casco, a lo que podía divisar, más pequeño.

Era un lindo espectáculo verlo saltar y volar hacia nosotros; y evidentemente pasaría a muy corta distancia. El viento había arreciado en un momento, y el sol, tras unos pocos e irritados esfuerzos, había desaparecido. El mar se había tornado de un gris plomizo y mate, y comenzaba a encresparse, lanzando ya ahora a lo alto montañas de espuma. Navegábamos más deprisa y mucho más escorado. De pronto, en una ráfaga, la barandilla se hundió en el mar, y el agua barrió por un instante la cubierta de ese lado, obligando a un par de cazadores a levantar rápidamente los pies.

—Ese barco nos adelantará enseguida —dije tras una pausa—. Como lleva dirección contraria, es muy probable que se dirija a San Francisco.

—Muy probable —fue la respuesta de Lobo Larsen, al tiempo que se apartaba un poco de mí y gritaba—: ¡Cooky! ¡Eh, Cooky!

El cocinero sacó la cabeza de la cocina.

—¿Dónde está ese chico? Dile que lo estoy buscando.

—Sí, señor —y Thomas Mugridge corrió a popa y desapareció bajando por otra escalera cercana al timón.

Un instante después reapareció, acompañado de un chico de unos dieciocho o diecinueve años, corpulento, de semblante ceñudo y bribón.

—Aquí está —dijo el cocinero.

Pero Lobo Larsen, haciendo caso omiso de este personaje, se dirigió al grumete.

—¿Cómo te llamas, muchacho?

—George Leach, señor —fue su hosca respuesta, mientras su porte mostraba bien a las claras que adivinaba la razón por la que se le había llamado.

—No es un nombre irlandés —repuso secamente el capitán—. O’Toole o McCarthy cuadrarían mejor al aspecto de tu rufianesca ralea. Aunque, con toda probabilidad, ya habrá algún irlandés entre los amiguitos de tu madre.

Vi cómo se crispaban los puños del muchacho ante el insulto y se le enrojecía de sangre el cuello.

—Pero, dejemos eso —continuó Lobo Larsen—. Debes de tener buenas razones para olvidar tu nombre, y me gustaría que ello no te ocasionara nada malo mientras permanezcas a bordo. Te enrolaste en el puerto de Telegraph Hill, por supuesto. Se nota por tu facha. Aunque suele haberlos aún más pestilentes. Conozco la especie. Bueno; mientras estés en este barco, ya te puedes ir olvidando de todo eso. ¿Entendido? Veamos, ¿quién te enroló?

—McCready y Swanson.

—¡Señor! —tronó Lobo Larsen.

—McCready y Swanson, señor —corrigió el muchacho, con una llamarada de odio en sus ojos.

—¿Quién tiene el anticipo de la paga?

—Ellos, señor.

—Ya me lo imaginaba. Y bien contento que te quedaste al dárselo. No pudiste esfumarte más deprisa, al enterarte de que te buscaban varios caballeros.

El muchacho se transformó instantáneamente en una fiera. Su cuerpo se contrajo como si fuera a saltar, y su rostro adquirió el aspecto furioso de una bestia salvaje, mientras gritaba:

—¡Esto es una...!

—¿Una qué? —preguntó Lobo Larsen, con una especial suavidad en el tono de su voz, como si sintiera una insuperable curiosidad por oír la palabra que no había sido pronunciada.

El muchacho dudó, pero al instante logró dominarse.

—Nada, señor. Lo retiro.

—Me has demostrado que tenía yo razón —dijo con una sonrisa de satisfacción—. ¿Qué edad tienes?

—Dieciséis, recién cumplidos, señor.

—Mentira. Tú ya no catarás los dieciocho. Con todo, estás alto para tu edad, con unos músculos de caballo. Coge tu maleta y vete al castillo de proa. Ahora eres remero; has ascendido, ¿ves?

Sin aguardar a que el muchacho aceptara, el capitán se volvió hacia el marinero que acababa de terminar la lúgubre tarea de envolver el cadáver.

—Johansen, ¿sabes algo de navegación?

—No, señor.

—Bueno, no importa. Eres segundo, en todo caso. Lleva tus trastos a popa, al camarote del segundo.

—Sí, sí, señor —fue la jubilosa respuesta de Johansen mientras emprendía la marcha a proa.

Entretanto, el hasta entonces grumete no se había movido.

—¿Qué esperas? —preguntó Lobo Larsen.

—Yo no he firmado como remero, señor —replicó—. Me enrolé como grumete. Y no quiero ser remero.

—Acaba, y vete a proa.

Esta vez la orden de Lobo Larsen era extraordinariamente imperativa. El muchacho se puso encendido, permaneciendo obstinadamente en su sitio.

Entonces hubo un nuevo despertar de la descomunal fuerza de Lobo Larsen. Fue algo por completo inesperado, y sucedió en el intervalo de un abrir y cerrar de ojos. Dio un salto de casi dos metros sobre la cubierta y hundió su puño en el estómago del muchacho.

En ese momento, como si el golpeado hubiese sido yo mismo, sentí un violento golpe en la boca de mi estómago. Dejo constancia de esto para demostrar la sensibilidad de mi sistema nervioso en aquella época, y lo poco acostumbrado que estaba a espectáculos brutales. El grumete, que debía de pesar por lo menos unos setenta y cinco kilos, se desplomó sobre sí mismo. Su cuerpo se plegó flojo sobre el puño, como un trapo mojado en la punta de un palo. Se levantó en el aire, describiendo una breve curva, y con la cabeza y los hombros golpeó la cubierta, junto al cadáver, donde permaneció retorciéndose de dolor.

—¿Bien? —me preguntó Larsen—. ¿Te has decidido?

Yo había estado mirando de hurtadillas a la goleta que se aproximaba, y que ahora se hallaba frente a nosotros a una distancia de casi doscientos metros. Se trataba de una embarcación elegante, pequeña y muy marinera. En una de sus velas pude ver un gran número negro. Yo había visto buques-piloto sólo en dibujos.

—¿Qué clase de barco es éste? —pregunté.

—El barco de prácticos Lady Mine —contestó secamente Lobo Larsen—. Viene de dejar a sus prácticos y regresa a San Francisco. Con este viento, estará allí en cinco o seis horas.

—Por favor, hágale una señal para que me lleven a tierra.

—Lo siento, pero he perdido el libro de señales de a bordo —observó, y el grupo de cazadores se rio sardónicamente.

Por un momento vacilé, mirándole directamente a los ojos. Había presenciado el horrible trato dado al grumete, y sabía que probablemente recibiría uno idéntico, si no otro peor. Como digo, vacilé, y entonces realicé el que considero el acto más valeroso de mi vida. Eché a correr hacia la borda, agitando los brazos mientras gritaba:

—¡Ah del Lady Mine! ¡Llévenme a tierra! ¡Mil dólares si me desembarcan!

Esperé, observando a dos hombres que estaban junto al timón: uno gobernaba el barco, mientras el otro se llevaba un megáfono a los labios. Yo no giraba la cabeza, aunque a cada momento esperaba un golpe mortal de la bestia humana que estaba detrás de mí. Finalmente, después de unos instantes que me parecieron siglos, incapaz de permanecer así más tiempo, me di la vuelta. Él no se había movido, seguía en idéntica postura, balanceándose suavemente, con el vaivén del barco, mientras encendía un nuevo puro.

—¿Qué ocurre? ¿Algo va mal? —palabras que procedían del Lady Mine.

—¡Sí! —grité con toda la potencia de mis pulmones—. Cuestión de vida o muerte. Mil dólares si me llevan a tierra.

—Demasiado whisky en Frisco para la salud de mi tripulación —gritó a continuación Lobo Larsen—. Éste —y me señaló con el pulgar— cree ver ahora serpientes de mar y monos.

El hombre que iba en el Lady Mine contestó con una carcajada a través del megáfono. El buque-piloto pasó de largo.

—Mándalo al infierno de mi parte —fue el último grito que llegó, y los dos hombres agitaron los brazos en señal de despedida.

Me apoyé, desesperado, sobre la barandilla, mirando cómo la elegante goleta incrementaba poco a poco la desolada extensión de océano que nos separaba. ¡Pensar que estaría en San Francisco probablemente en cinco o seis horas! Parecía que me iba a estallar la cabeza. Sentía un dolor en la garganta como si el corazón se me hubiera subido hasta ella. Una ola rizada rompió en el costado y me salpicó los labios de sal. El viento soplaba con fuerza, y el Fantasma navegaba a toda prisa, amurando la barandilla de sotavento. Podía oír cómo el agua resbalaba sobre la cubierta. Cuando, un momento más tarde, me di la vuelta, vi al grumete incorporarse sobre sus pies. Su cara estaba horriblemente pálida y se encogía para mitigar su dolor. Parecía muy enfermo.

—Bien, Leach, ¿te vas a popa? —preguntó Lobo Larsen.

—Sí, señor —fue la respuesta de su acobardado espíritu.

—¿Y tú? —me preguntó.

—Le daré mil... —empecé, pero me interrumpió.

—¡Déjate de eso! ¿Estás dispuesto a cumplir bien con tus obligaciones de grumete? ¿O tendré que enseñarte por mi mano?

¿Qué podía hacer? Ser brutalmente apaleado, o quizá muerto, no me iba a suponer gran ayuda. Miré fijamente aquellos ojos grises, crueles. De granito parecerían, de no haber sido por toda la luz y el calor del alma humana que contenían. En los ojos de algunos hombres puede uno ver la agitación de sus almas, pero los suyos eran inhóspitos, fríos y grises, como el mismo mar.

—¿Bien?

—Sí —dije.

—Contesta: sí, señor.

—Sí, señor —corregí.

—¿Cómo te llamas?

—Van Weyden, señor.

—¿Tu nombre?

—Humphrey, señor; Humphrey van Weyden.

—¿Edad?

—Treinta y cinco años, señor.

—Está bien. Vete a la cocina, y aprende tu obligación.

Y fue así como entré al servicio, involuntariamente, de Lobo Larsen. Era más fuerte que yo, eso era todo. La situación entonces me resultó completamente irreal; aunque no lo es menos ahora, cuando vuelvo la vista atrás y lo recuerdo. Para mí siempre será algo monstruoso, una cosa inconcebible, una horrible pesadilla.

—Aguarda, no te vayas todavía.

Me detuve obedientemente en mi camino hacia la cocina.

—Johansen, convoca a la tripulación. Ahora que está todo aclarado, celebraremos el funeral y limpiaremos ambas cubiertas de trastos inútiles. —Mientras Johansen salía a avisar a la cuadrilla de abajo, un par de marineros, siguiendo las órdenes del capitán, colocaron el cadáver amortajado en su lona sobre la tapa de una escotilla. A uno y otro lado de cubierta, apoyados en la barandilla y panza arriba, había amarrados un cierto número de botes pequeños. Varios hombres levantaron la tapadera de la escotilla con su fúnebre carga, la condujeron a sotavento y la colocaron encima de los botes, con los pies apuntando hacia fuera. Atado a sus pies iba el saco de carbón que había llenado el cocinero.

Yo siempre había imaginado que un sepelio en alta mar era una ceremonia muy solemne, que infundía respeto, pero me vi rápidamente desilusionado, al menos al ver éste. Uno de los cazadores, un hombre pequeño de ojos negros, a quien sus compañeros llamaban Smoke, se hallaba contando historias generosamente sazonadas de juramentos y obscenidades, y a cada minuto más o menos el grupo de cazadores soltaba una carcajada semejante a una manada de lobos o al ladrido de unos perros infernales.

Los marineros se congregaron ruidosamente en la popa, algunos de los del grupo de abajo restregándose los ojos de sueño, y hablaban en voz baja entre sí. En sus rostros se advertía una expresión luminosa y preocupada. Era evidente que no les gustaba la perspectiva de un viaje a las órdenes de semejante capitán y comenzado bajo tan malos auspicios. De vez en cuando dirigían miradas recelosas a Lobo Larsen, y me pude percatar de que sentían cierta prevención ante este hombre.

Avanzó éste hacia la tapa de la escotilla, y todas las cabezas se destocaron. Dirigí mi mirada a ellos: veinte hombres en total, veintidós exactamente incluyendo al piloto y a mí mismo. Era disculpable este atento examen por mi parte, en vista de que mi destino iba a ser estar encerrado con ellos en este minimundo flotante por ni se sabe cuántas semanas o meses. Los marineros eran en su mayor parte ingleses y escandinavos, y sus rostros, de aspecto torpe y necio. Los cazadores, por su parte, tenían caras más enérgicas y más nítidamente diferenciadas, de líneas profundas y con las huellas del libre juego de las pasiones. Aunque parezca extraño decirlo, enseguida noté que las facciones de Lobo Larsen no representaban tanta perversidad. No delataban ninguna ruindad. Ciertamente, tenía arrugas, pero eran arrugas de decisión y de firmeza de carácter. Más bien parecía un carácter franco y abierto; franqueza y apertura de mente que se veían acentuadas por el hecho de estar finamente rasurado. A duras penas podía creer (hasta que ocurrió el mencionado incidente) que fuera la cara de un hombre que pudiera comportarse como lo había hecho con el grumete.