El mal que nos hacemos - Ana de Lacalle - E-Book

El mal que nos hacemos E-Book

Ana de Lacalle

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Beschreibung

Niko y Joel son dos chicos poco comunes. Un acontecimiento dará un giro copernicano a sus vidas, alejándolas aún más de su condición adolescente y sumergiéndolas en hechos aparentemente incomprensibles. Esta es una novela que conjuga el género negro con la reflexión filosófica, cuyo interés prioritario es indagar sobre el Mal que nos hacemos a nosotros mismos y a los demás. El Mal va mostrándose mediante aspectos diversos que contribuyen a la indagación de su génesis, y que revelarán hasta qué punto depende de nuestra voluntad y nuestro querer el cargar con un bagaje tan pernicioso. "Recuerdo una obra de Stefan Zweig titulada "Novela de ajedrez" cuyo manuscrito envió a sus editores el día antes de quitarse la vida junto a su segunda esposa, por entender que Europa "era un cadáver que se había suicidado", según palabras de Joseph Roth. Evidentemente el contexto histórico es otro. Me refiero a lo que me rodea en comparación con lo que atormentaba a Zweig. Pero lo que ha generado esa asociación de mi situación y del contenido de la novela mencionada es la absurda reclusión. Aunque no me sorprende que lo último que escribiera fuese esta narración; que tras ella optara por la autolisis, ya que la agonía, el sufrimiento insoportable y el sinsentido que padece el protagonista pudieran ser acaso un reflejo de la perturbación interna que vivía el mismo autor."

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Seitenzahl: 290

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Ana de Lacalle

EL MAL QUE NOS HACEMOS

1ª edición en formato electrónico: octubre 2023

© Ana de Lacalle Fernández

© De la presente edición Terra Ignota Ediciones

Diseño de cubierta: Esther Febrer Clemente

Terra Ignota Ediciones

c/ Bac de Roda, 63, Local 2

08005 – Barcelona

[email protected]

ISBN: 978-84-127720-5-0

THEMA: FF FA 2ADS

Esta es una obra de ficción. Todos los personajes, nombres, diálogos, lugares y hechos que aparecen en la misma son producto de la imaginación del autor, o bien han sido utilizados en el marco de la ficción. Cualquier parecido con personas o hechos reales es mera coincidencia. Las ideas y opiniones vertidas en este libro son responsabilidad exclusiva de su autor.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

(www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 45)

Ana de Lacalle

EL MAL QUE NOS HACEMOS

[El mal y la maldad del mundo], aun cuando estuviesen en la más justa proporción mutua, e incluso aunque fueran ampliamente superados por el bien, de todos modos, serían algo que de ningún modo y en absoluto deberían ser. Pero dado que nada puede surgir de la nada, también aquellos deben tener su germen en el origen o en el núcleo mismo del mundo.

Schopenhauer, A.

INTRODUCCIÓN

PARTE I

EL MACABRO SUCESO

MI AMIGO, LO ACONTECIDO Y YO

LA INVESTIGACIÓN: EL INSPECTOR SÁENZ

MI INTERROGATORIO

JOEL

YO, NIKO

EL INSPECTOR SÁENZ Y EL SR. GUILLAMET

JOEL, OTRA VEZ

LA PSICÓLOGA Y YO

EL HALLAZGO DEL INSPECTOR SÁENZ

JOEL Y LA NOTICIA

MI OSADÍA Y YO

LOS SRS. MONDET

MI PERSISTENCIA Y YO

EL INSPECTOR SÁENZ YLA CASA DE LOS SRS. GUILLAMET

JOEL Y LA JUSTIFICACIÓN

LA BÚSQUEDA DE JOEL

MI SUPUESTA DESAPARICIÓN

LAS PESQUISAS DEL INSPECTOR SÁENZ

JOEL Y YO

LA ALARMA EN EL PSIQUIÁTRICO

LA VIDA ALTERNATIVA

LA VIDA SIN MARA

LA AUTOPSIA

JOEL Y SUS SOLILOQUIOS

EL INSPECTOR

LOS PRÓFUGOS

LA INVESTIGACIÓN

EL ORFANATO

SIN VIDA ALTERNATIVA

EL NUEVO CURSO DE LA INVESTIGACIÓN

LA HIPÓTESIS DE JOEL

JOEL, TRAS MI VISITA

IRAY: RECOMPONER LA VIDA

EL INSPECTOR Y YO

EL ORFANATO TRAS

LAS ESCABROSAS MUERTES

LA COMISARÍA CENTRAL YEL INSPECTOR SÁENZ

SEIS MESES MÁS TARDE

IRAY Y SUS HIJOS

EL INSPECTOR SÁENZ

EL RETORNO DE LOS ESCORPIONES-MOSCA

JOEL Y SU NUEVA VIDA

MI VIDA

REENCUENTROS Y ENCUENTROS

¿COINCIDENCIAS?

AUTOPSIA DEL CADÁVER

DEL SR. VALLDAURA

EL SR. MONDET Y EL SR. GUILLAMET

JOEL: SOLILOQUIOS

LAS VÍCTIMAS VIVAS

UN PASEO AFORTUNADO

EL LUNES ANHELADO

LOS NUEVOS DATOS DE LA INVESTIGACIÓN

LAS DISQUISICIONES DE JOEL:

RITO, CULTO Y SACRIFICIO

DESCIFRAR EL LENGUAJE DE

LAS ESCENAS DE LOS CRÍMENES

ELUCUBRACIONES DE JOEL

LA COMISARÍA POLICIAL

LA HELADERÍA DEL PARQUE

COMUNICADO OFICIAL DE LA COMISARÍA GENERAL DEL DISTRITO

EL COMUNICADO Y MI REACCIÓN

EL COMUNICADO, JOEL Y YO

PARTE II

LA ACTUALIDAD

UN FINAL INCIERTO

EPÍLOGO

AGRADECIMIENTOS

A todos aquellos que han contribuido a mejorar el borrador inicial de esta novela. Desde una diversidad de perspectivas que han aportado sugerencias, correcciones y una lectura atenta y paciente:

A Conxita Aceves, Francesca Montané, Rafael Ruiz de Gauna, Aina Ruiz de Gauna, Irene Baucells y a Esther Febrer por su espléndida portada.

INTRODUCCIÓN

La condición híbrida del ser humano, un tipo peculiar de ente urdido en una tensión feroz entre el bien y el mal, ha sido, desde tiempos inmemoriales, una de las vicisitudes más problemáticas.

En la Grecia antigua la inmanencia de los dioses y la relación entre estos y los humanos daba cuenta de las causas que podían desatar desgracias e infortunios, y, en algún grado, de cómo el destino de los humanos se hallaba a merced de la arbitrariedad de las pasiones y emociones de los dioses. El hecho de sentirse desafiados por los humanos, el actuar contra los deseos divinos y el abandono de cierta actitud temerosa hacia esos seres sobrenaturales permitía entender, relativamente, el curso de los acontecimientos. Esta forma narrativa de dar sentido a lo que sucede se ha denominado mítica.

No obstante, nuestra capacidad de entender de dónde proceden el bien y el mal no dista en exceso de esos relatos antiguos. O bien se ocupan de ello las religiones que han ido gestándose en distintas culturas, o bien este problema se somete a una interminable disquisición filosófica que, aunque nos permita ahondar y reformular las explicaciones, no nos conduce a esa respuesta que anhelamos, a pesar de considerarnos seres más privilegiados o hábiles de lo que somos.

Una clarificación, que puede servir para situar la novela que presentamos, es que hemos abandonado la disyuntiva entre si el bien y el mal son universales que subsisten por sí mismos, o bien constituyen simples nombres con los que identificamos hechos que guardan semejanza con esas categorías.

Partimos, pues, de la evidencia de que lo bueno y lo malo tienen presencia en la medida en que los experimentamos en el mundo, y que su origen debe ser indagado en él.

Obviamente, lo que nos inquieta a los humanos es el mal, lo cual implica necesariamente la noción del bien, como estableciera Heráclito hace muchos siglos. Uno es la ausencia del otro, y quizás solo ese equilibrio dialéctico heracliteano pueda restablecer, como un eterno retorno, la justicia anhelada.

Aun así, lo relevante en la narración que a continuación se desarrolla es en qué medida el humano hace el mal a los otros sin que ello le dañe simultáneamente. Venganzas, asesinatos u otros males emergen en esta trama que pretende provocar la reflexión sobre la cuestión nuclear que es el mal.

La pretensión es establecer un punto de partida para cualquier lector, sin la arrogancia de apuntar a ningún tipo de conclusión. Tal vez, sí ofrecer una perspectiva que sirva de acicate a la indagación sobre un aspecto de lo humano con el que lidiamos cotidianamente.

Gracias por tener este libro entre las manos.

PARTE I

EL MACABRO SUCESO

Acaso el susurro perenne que, a pesar de su tenue sonoridad, atiza convulsivamente nuestro interior no sea más que el dolor congénito que acompasa nuestra existencia.

Recuerdo vagamente los hechos porque, aunque el tiempo difumina todo contorno, preservo una intensidad inaudita del sentir que me descuartizó en la época en que Joel tuvo que afrontar el suceso más cruento de su periplo vital. Corría la época de los setenta y, por aquellos años, los medios tecnológicos no eran los de hoy, en el siglo XXI; aquellos dispositivos con los que contábamos entonces se nos antojan hoy tremendamente rudimentarios.

Destaco ese hecho porque fue relevante en lo que se refiere a cómo transcurrió aquel indeseable suceso. No contábamos con ordenadores, ni con internet, ni por supuesto con móviles casi inteligentes como los de ahora. Mi memoria, algo deteriorada, conserva detalles precisos y el hilo conductor de la experiencia más inverosímil de mi vida, pero que indudablemente marcó un antes y un después.

Vivíamos en un barrio de clase media-alta, cuya toponimia me parece irrelevante, así como ahondar en una descripción pormenorizada de particularidades que no son significativas en lo que aconteció.

Joel y yo habíamos compartido los años de parvulario, primaria, secundaria y manteníamos un contacto asiduo y estrecho durante nuestra etapa estudiantil. Era lo más próximo a un hermano elegido, porque, sin habitar el mismo espacio, conocíamos los intríngulis que sucedían en sendas casas; el uno por padecerlas y el otro por permanecer sentado a la derecha de ese amigo, que te hace de confidente y custodio de la existencia inquietante que la multitud de incidentes desagradables va gestando.

Mientras cursábamos primaria, Joel siempre se mostró un niño discreto, pero afable con cualquiera que se le aproximara; disfrutaba contagiando a los que se lo solicitaban una fantasía sublime fruto de una insólita imaginación. Por ejemplo, acostumbraba a repetir la misma historia, siempre con la misma pasión, acerca de un perro callejero que, habiendo tomado conciencia de su condición, ingenia una estrategia para transformarse en un can aparentemente codiciado: deambular entre golpes y patadas por todos los autolavados de coches de la zona para desprenderse de la mugre que lo ningunea, y así mutar su pelaje grisáceo y blanco en un alarde de belleza. Cada día, tras su sesión de limpieza, el perro se apostaba delante de una casa de tres plantas, habitada por una familia con tres niños, y como un criado fiel abría y cerraba las puertas del jardín siempre que alguno de los habitantes se acercaba. Esto resultó sorprendente para la familia, que, tras constatar sucesivamente el hecho, empezó a juguetear con él y posteriormente a alimentarlo, hasta que pasó a ubicarse al otro lado de la verja con una casita propia y un nombre muy apropiado: Fiel.

La ternura, la sensibilidad, el tesón del protagonista y el éxtasis al que llegaba Joel cada vez que recreaba el cuento, como si de la primera escenificación se tratara, hicieron de él un niño peculiar, querido y admirado por sus compañeros, por esa extraña pericia que tenía de hacer real lo inverosímil. Él se percibía como un extraño cuando se observaba representando y vivificando una historia que asumía en aquel momento con una vivacidad que, tras la actuación, le parecía ajena; tanto quien la relataba, que no era sino él, como lo narrado magistralmente.

Esta era una de las múltiples historias que expandía por doquier, transformando la vida de los otros en una quimera huidiza. En otros aspectos su timidez y buscada soledad hacían de él alguien raro ante la mirada ajena, porque parecía contradictorio que alguien tan dicharachero en unos momentos pudiera pasar a ese recodo penumbroso e inescrutable.

En alguna de las conversaciones esporádicas que mantuve con su madre, mientras mi amigo se sonrojaba hasta mostrar una tez casi granate, ella rememoraba anécdotas, que ahora considero relevantes para entender quién era desde la infancia Joel y quién fue posteriormente. Una de ellas aún despertaba el asombro de su madre cada vez que la relataba, como si se mantuviese incrédula respecto a que aquello hubiese sido real. Decía que, hallándose una noche entre la zona boscosa del pueblo, estirados sobre unas toallas, se dedicaban un rato a contemplar las estrellas. Joel solicitaba explicaciones reiteradas para entender lo que estaba observando, así que en una de sus súbitas preguntas dijo:

—Mamá, ¿las estrellas tienen ojos?

—¿Tú qué crees, hijo?

—Que no, pero, entonces, ¿las estrellas saben que son ellas?

Su madre se quedó atónita y sin respuesta, quizás porque no alcanzaba a percibir la profundidad de la cuestión que su pequeño se estaba planteando. Así que optó por recoger las toallas y regresar a casa. Pero aquella conversación se quedó incómodamente en el interior de la madre, que, hasta años más tardes, y gracias al mismo Joel, no captó que lo nuclear que había planteado su hijo, a los cinco años, era si las estrellas tenían conciencia de sí mismas.

Evidentemente fue precoz en el uso del lenguaje, construyendo frases antes incluso de caminar solo, lo cual despertaba la estupefacción de las otras madres en el parque, las cuales, viéndolo caminar de la mano, no esperaban que profiriera frases básicas con tan solo trece meses. Antes de los dos años ya poseía conciencia de que existían diversas lenguas y mostró siempre una capacidad extraordinaria para la interiorización de idiomas distintos del materno. A los cuatro años aprendió espontáneamente a leer solo; parece ser que, de lo poco que empezaron a enseñarle de prelectura en la escuela, fue capaz de derivar el mecanismo de construcción de las palabras y oraciones, hasta el punto de capacitarse para leer inclusive periódicos. Es decir, desde su más pronta infancia apuntó habilidades excepcionales que lo hacían distinto de los otros niños.

Joel era un chaval —durante la adolescencia— de estatura media, un flequillo rubio tras el que acostumbraba a esconderse y unos ojos grisáceos que insinuaban una profundidad de miras penetrante. Solía vestir con tejanos agujereados —del uso— y camisetas algo desarrapadas. Vivía en una planta baja, lo cual facilitaba sus fugas nocturnas para, recostado en suelos duros, contemplar el espectáculo estelar que estimulaba, como si de un oasis oxigenante se tratara, la creación de realidades mínimas y fantasiosas. De esa experiencia se nutría.

Lo que aquí deseo narrar es la tragedia que aconteció y transformó tanto la vida de Joel como la mía. Por supuesto, también de otras personas que irán apareciendo en el relato. Mi voluntad es dejar un testimonio que haga justicia, o al menos disipe las injurias y rumores tendenciosos que solo contribuyen a rasgar continuamente la herida que nunca debería haberse hendido.

Agradezco profundamente la colaboración y ayuda inestimable de los que aquí aparecen a fin de recrear de la manera más fidedigna cuanto aconteció, y el desarrollo desmenuzado de ello, mediante conversaciones —en las que obviamente yo no estaba presente—, soliloquios y giros o puntos de inflexión en el devenir de los hechos.

Todo se inició de la manera más inesperada. Volvíamos del instituto una tarde y nos dirigíamos a su casa a estudiar; o eso es lo que la mayoría de los chicos de nuestra edad pretendían cuando acudían al hogar de otros, aunque posteriormente las conversaciones o actividades tomaran otros derroteros.

En el caso de mi amigo y yo, sin quererlo conscientemente, nos adentrábamos en los misterios de un mundo desbordante que no entendíamos y nadie era capaz de explicarnos. Después, supimos que, cuanta más necesidad hay de comprender, más elástica se torna la capacidad explicativa, y, en consecuencia, menos viable es dar con esa respuesta anhelada, pues se amplía vertiginosamente la posibilidad de réplicas.

Bien, pues nos entramos en su casa enzarzados en nuestras disquisiciones, cuando Joel, de repente, se calló y se esforzó en agudizar su oído. Estaba acostumbrado a que al entrar por la puerta su madre profiriera un grito, nombrándolo. Su actitud súbita de atención silenciosa se produjo porque le resultó extraño que su madre no estuviera en casa a esas horas; la alta autoexigencia materna se imponía su presencia para garantizar que Joel volviera a su hora y acometiera sus tareas escolares; por eso, la aparente ausencia del control materno, le resultó extraña y agudizó sus sentidos. Tanto que me espetó bruscamente:

—¡Calla!

Me quedé inmóvil por la rudeza de su mandato, manteniéndome alerta a sus instrucciones, que al no producirse me mantuvieron petrificado en el dintel de la puerta.

Mi amigo se adentraba asustado y sigiloso hacia el interior de la vivienda, en la que danzaba un silencio de suspense, cuando me azoró un alarido desgarrador que identifiqué, a pesar de la distorsión fónica, como un clamor pavoroso de Joel. Entonces reaccioné con agilidad y acudí al lugar del que creí que procedía el aullido, y me encontré con él desvanecido, al lado de su madre: ojos abiertos, aposentada horizontalmente en el suelo y rodeada de unos insectos desconocidos para mí. Salí corriendo, como nunca, trastabillándome con bultos inexistentes, dirigiéndome a la casa colindante, chillando y golpeando la puerta, aterrorizado. El vecino abrió sobresaltado, y ante mi incapacidad de proferir palabra alguna inteligible, se fijó en las manos, que por suerte poseía, señalando angustiosamente la vivienda de Joel.

El señor Portet acudió raudo al destino indicado y cuando observó aquella escena, y tras regurgitar y arrojar la cena de la noche anterior, tomó el teléfono y llamó a emergencias. Mientras llegaban los servicios de urgencias, fue a buscarme, me hizo pasar a su casa y le pidió a su mujer —sin explicación alguna— que me preparara una tila bien cargada. Salió por la puerta para recibir a las ambulancias, policías y todo servidor del orden y la seguridad pública que se hubiera personado en la vivienda del horror.

Joel estuvo en observación médica y psiquiátrica durante una temporada, internado en el hospital San Jorge —el que le correspondía por la zona de empadronamiento—. A mí me dieron visitas durante dos meses con una psicóloga especialista en estrés postraumático. Y mis padres anduvieron desconcertados, trastocados y sin saber cómo actuar durante bastante tiempo. Por una parte, su instinto protector les impulsaba a prohibirme visitar ni relacionarme con mi amigo. Por otra, sabían que ese era su deseo frustrado, porque no admití ningún tipo de limitación al respecto, amenazándolos incluso con abandonar el hogar familiar si era necesario.

La policía, asesorada por forenses, entomólogos y otros especialistas que intervinieron puntualmente, decretaron el secreto de sumario. Los bichos que yo, con mis propios ojos, había visto merodeando el cadáver de la señora Cullàs no se correspondían con ninguna especie conocida. Eran de un gris negruzco —supe después— con dos aguijones que no utilizaron, o al menos no había rastro de picaduras en el cuerpo de la víctima, y una prolongación en forma de rabillo que les permitía desplazarse con celeridad. Al parecer, en los días subsiguientes fueron proliferando como una plaga por toda la vivienda. La labor de los cuerpos de fumigación se concentró en evitar la propagación de dicho espécimen fuera de las paredes del lugar del suceso, con el gran inconveniente de no saber exactamente a qué se enfrentaban. Esos insectos parecían una invasión extraterrestre y debían de tener relación con la muerte de la señora Cullàs por hallarse allí, pero se desconocía cuál era la naturaleza de la conexión entre el cuerpo inerte y los bichos.

Por su parte, el grupo de entomólogos al que se había consultado investigó sobre el comportamiento de estos bichos y por qué podían haber acudido allí. ¿Había algo que emanara del cuerpo de los muertos que los atrajera? ¿Algún tipo de feromona que hubieran dejado otros insectos antes? ¿O, por el contrario, no existía ninguna razón biológica por la que se hallaban allí, sino que alguien tuvo que ponerlos?

Finalmente, la causa de la muerte, según el informe forense, fue un fallo cardiaco; lo que inducía a sospechar que existía algún vínculo entre la presencia de esos seres y el fallecimiento de la víctima. Ateniéndose, según los especialistas, a la ausencia de patologías cardiacas previas.

Los insectos fueron identificados, finalmente, como Panorpa Communis, una especie considerada rara. Debido a su aspecto, parecía un escorpión volador por el “aguijón” del final de su abdomen. Era inofensivo, de hecho, pero se lo denominaba vulgarmente mosca escorpión, lo que causaba miedo en la mayoría de las personas que desconocían tan extraña especie. La mayoría se alimentaba de pequeños insectos muertos, de néctar y de la melaza que destilan los pulgones. Pertenecía al orden de los mecópteros, que se caracterizaban por tener piezas bucales muy largas que formaban un pico inconfundible. Los machos además tienen al final del abdomen una especie de aguijón, que en realidad es un órgano reproductor, con el que rodea a la hembra durante la cópula. Se pueden encontrar en toda Europa, en bosques húmedos de árboles de hoja caduca, cerca de arroyos, en parques y jardines. Este dictamen elaborado por entomólogos tranquilizó a posteriori a casi todos; pero en aquellas circunstancias en que aparecieron como de la nada, rodeando el cuerpo inerte de la señora Cullàs, crearon una atmósfera de pánico que, por la primera impresión de los que observamos la escena, desató la creencia de que esos monstruos insectívoros la habían asesinado. Eso causó la lipotimia de Joel, mi pavor y probablemente el infarto de la víctima.

MI AMIGO, LO ACONTECIDO Y YO

El padre de Joel había abandonado el mundo cuando él aún era un bebé. Mi amigo no guardaba ningún atisbo de esa necesaria presencia para que él existiera. Era como una melancólica neblina de la que su madre le hablaba en fechas significativas. Así que mi amigo se quedó solo; sin familia de origen propiamente, y se decidió que, una vez recibiera el alta en el hospital de San Jorge, se trasladaría a vivir a casa de unos tíos maternos, que no distaba en exceso de su anterior hogar. Lo instalarían en una habitación con escritorio, un enorme ventanal a cinco metros del suelo, lo cual frustraría, de entrada, sus imprescindibles huidas nocturnas.

Mostraba un rostro hierático e inexpresivo; podía percibirse que una catástrofe había asolado su interior y que se había arraigado en esa zona oscura y oculta que todos escondemos. Dejó de sonreír, aunque no hubiese sido nunca alguien risueño; recuerdo su media sonrisa tímida que se resistía a la carcajada, cuando aún sentía motivos para ello. Ahora vagaba más ensimismado, si cabe, con la mirada envilecida, como si no hubiera nada que ver en el mundo exterior y todo cuanto aconteciera le perteneciese a él solamente; o como si su presencia evidenciara esa plaga de moscas raras y comprendiera que nadie iba a aproximarse a él. En esas condiciones lo ingresaron en aquel psiquiátrico que acabaría obstinadamente interponiéndose entre ambos.

Por mi parte intenté, en vano, contactar con él mientras no acudió al instituto, que fueron tres larguísimos meses. También yo había visto esa tremebunda escena, con él, además, a punto de ser devorado por esos aparentes escorpiones —que solo más tarde supe que no eran tales— y necesitaba hablar, descargar y experimentar una catarsis que solo él podía procurarme. Pero parecía obvio que no se hallaba en disposición de mirar nada ni a nadie, porque no había, según su impresión, nada que ver. A mí también me expulsó de su vida durante una temporada —o eso pensé en aquel momento—, como si nada hubiera habido entre nosotros, como si el vínculo que creía haber gestado con esfuerzo fuese, en realidad, un hilo de seda quebradizo con pasmosa facilidad.

Mi vuelta al instituto se demoró un par de semanas, tiempo que la psicóloga consideró necesario para recomponerme mínimamente. Era evidente que los compañeros —hubiera cruzado con ellos palabra alguna o no, anteriormente— iban a asediarme morbosamente para deleitarse con mi relato como si de una película de terror se tratase. Debía sentirme con la suficiente consistencia como para ir ahuyentando a los moscones pegajosos, a manotazos verbales, me sugirió la psicóloga. Así que me sorprendí a mí mismo ensayando como una letanía cansina: “No es asunto tuyo”. Con temple y paciencia, hasta que el zumbido del vuelo de esos otros insectos se silenciara.

Aunque lo peor era que no podía desprenderme de esa escena macabra que a veces me parecía un suceso onírico que me había llevado a confundirme con lo real, y en otras ocasiones se mostraba como una alegoría que debía desentrañar. Esos bichos con ese aguijón tan pronunciado parecían acudir como aves carroñeras a destripar el despojo de la desgracia en sí. Primero el fallecimiento de su padre al que no conoció, ahora su madre y tras ellos él, a pesar de que el desmayo de Joel no constituyera más que un simulacro de lo que pujaba en su interior: el deseo de disiparse y morir, como sus progenitores.

Creí volverme loco. Una sola idea ocupaba mi mente obsesivamente: los hechos no podían ser casualidad. O bien había un Dios devastador y vengativo que manejaba el azar, mutando por tanto su naturaleza porque ya no podía bajo ese dominio ser propiamente azar, o bien aquello respondía a razones de corte más terrenal, que se escapaban a mi comprensión; seguramente por ignorar muchísimos entresijos que habían forjado la vida familiar de mi amigo.

En cualquier caso, mi primera batalla consistió en el ímprobo esfuerzo de relajar mi mente y permitir la presencia de otras ideas más reparadoras —como las denominaba mi psicóloga—. Pero es más fácil enunciar lo que debe hacerse que hacerlo, menos costoso razonar que sentir. ¿Y qué puede sentirse tras ese aldabonazo imprevisible? De eso solo saben, probablemente, los que han tenido experiencias similares.

LA INVESTIGACIÓN: EL INSPECTOR SÁENZ

Al inspector de policía Sáenz le adjudicaron el caso, ya que esa aparente muerte natural de la Sra. Cullàs se complicó por la presencia anómala de esos mecópteros que hicieron a las autoridades tratarlo como un caso a investigar, con una ardua labor de la policía científica. Sospecharon que alguna conexión causa-efecto debía de haber entre la simultaneidad de la muerte y los insectos rodeando el cadáver y propagándose a un ritmo vertiginoso. ¿Alguien había querido dejar algún mensaje? ¿Tenían alguna carga simbólica esos Panorpa Communis? ¿Podían encontrar en el pasado o el presente de la víctima algo que permitiera dar con una explicación lógica? Todas estas cuestiones debían ser desentrañadas por Sáenz, que era, tal vez, el inspector más cualificado para resolver los acontecimientos extraños o eufemísticamente complicados que se daban en su jurisdicción.

Así que, mientras la policía científica trabajaba rastreando la escena del crimen, que puede ser, en ocasiones, una mina de pistas que ayuden a despejar aquello que se mantiene oculto, el inspector decidió iniciar una serie de interrogatorios informales con los afectados. El estilo propio de Sáenz acostumbraba a convertir en conversaciones o diálogos informales lo que otros hubieran llevado a cabo rígidamente en una sala de interrogatorios, que no provocan más que el temor y la desconfianza de los que allí acuden. Así que su manera de gestionar estas situaciones le inducía a establecer una colaboración con los afectados, para que pudieran sentirlo como un aliado y no como alguien que súbitamente podía transformarlos en sospechosos de no se sabe qué. Esto lo llevó a iniciar sus pesquisas acudiendo a mí, ante la prohibición médica de perturbar el curso de la recuperación mental de Joel.

Telefoneó a casa y habló con mis padres para tranquilizarlos. Su interés por mí se debía, obviamente, a la relación casi única de Joel conmigo. Les clarificó que yo podía ser, sin saberlo, una pieza clave en el proceso de investigación. Para que esto pudiera hacerse realidad, les pidió el consentimiento a mis padres para mantener una conversación conmigo a solas, sin abogados, ya que no creía positivo hacerme ir a ningún interrogatorio formal, que acostumbran a ser algo falaces por los consejos que los abogados imponen, cosa que dificultaría la contribución que yo pudiese hacer para ayudar en la investigación.

Mis padres consintieron —contra todo pronóstico, ya que es usual que los padres exijan estar presentes, acompañados de un abogado y un psicólogo forense—. La confianza que depositaron en el inspector se debió, entiendo, a lo que consideraron mejor para mí, y debo reconocerlo, fue un alivio saber que nuestra toma de contacto tendría lugar en la cafetería que acostumbraba a frecuentar con Joel y algún compañero más. Eso me sugería, en un momento de intensa confusión y nerviosismo, que yo no era sospechoso de nada. Si tenemos en cuenta que fui el “afortunado” que se tropezó con una escena de tal calibre, y dio cuenta de ella de forma ímproba y casi catatónica, podía ser interpretado como una estrategia bien fingida para mi autoexculpación; no era una posibilidad descartable de entrada.

Pero lo cierto es que la actitud del inspector me llevó a convencerme de que yo podía, y mucho, colaborar en desentrañar el misterio. De esta forma tuvimos nuestro primer encuentro de entre los diversos e inimaginables que se produjeron.

MI INTERROGATORIO

Estaba a la hora convenida, con un nudo apretado entre los nervios y el miedo que me presionaba el estómago hasta provocarme un malestar intenso. Al entrar en la cafetería, oteé rápidamente todas las mesas hasta dar con un hombre de complexión ancha, alto, moreno y una expresión facial hierática. Era el inspector Sáenz, que, presto a la cita, había dado cuenta de un desayuno suculento, a juzgar por los residuos que quedaban en los tres platos que, junto a una taza y dos vasos, sobrepasaban la capacidad de la mesa.

Me acerqué, consciente de que no se había apercibido de mi presencia, y le saludé educadamente con la sobriedad que su imagen exigía, junto con mi pavor atenazado por los nervios.

—Buenos días —balbuceé.

—¡Hola, Niko! ¡Siéntate, por favor!

—De repente, el semblante del policía se transformó, como si hubiese experimentado la aparición sagrada de quien podía sacarlo de su apatía, y se deshizo en atenciones hacia mi persona. Esto aumentó mi desconfianza, comprimiendo más la boca de mi estómago, lo cual produjo un estado nauseabundo que temí revirtiera en una expulsión involuntaria de todo lo que había ingerido, antes del encuentro, también mentalmente, y no digerido. Tomé asiento cabizbajo, pero vigilando por el rabillo del ojo a ese hombretón.

—¿Qué quieres tomar? ¿Has desayunado?

Pensé de inmediato que, si por desayunar entendía el despliegue que llenaba toda la superficie de la mesa, pues no; desde luego que no había desayunado. Aunque, ipso facto, abandonando ese cinismo que estaba emergiendo en mi interior, respondí:

—Sí, gracias. Tomaré un zumo de naranja.

De inmediato realizó el pedido para satisfacer mis deseos y, tras un silencio desasosegante, inició una perorata que no me sorprendió, porque estaba seguro de que querría engatusarme. ¡Como si yo supiera realmente algo más de lo que vi!

—Ahora, si quieres, háblame de la madre de Joel.

La verdad es que no tenía mucho que decir. La Sra. Cullàs era una madre normal, como tantas que viven siendo una familia monoparental. Cuidaba de su hijo con dedicación, imponiéndole unas normas de funcionamiento hogareño que no distaban sustancialmente de las que otros teníamos en nuestras casas. Contaba con que, al salir del colegio, Joel se dirigiría a casa a merendar y realizaría sus tareas escolares. Si no era así, debía comunicárselo y darle explicaciones de lo que pensaba hacer. Ella intentaba estar en casa siempre que podía, al parecer para que su hijo no se desmadrara, ya que, según decía, ella los adolescentes requieren más cariño incluso que los niños. Obviamente, desconocía las salidas nocturnas de su hijo para contemplar la naturaleza en un momento de oscuridad, pero de abundante actividad. Y no tenía claro si conocía esa faceta juglar que tanta popularidad, tal vez peculiar, había proporcionado a Joel.

Aquí se acababa toda la información que poseía de la víctima; tamizada y filtrada por su hijo, pero de la que no había tenido motivos para dudar, al menos, hasta el trágico acontecimiento.

El inspector Sáenz pareció decepcionado, y, creo que sin excesiva conciencia de lo que progresivamente iba haciendo, empezó a someterme a una pregunta tras otra:

—¿Tenía alguna pareja o algún amigo especial que tú sepas?

—No, señor —respondí con una certeza ingenua.

—¿Sabes qué personas frecuentaban su casa?

—Pues, según Joel, llevaban una vida bastante solitaria.

—Explícame cómo es Joel. Lo que quieras decirme puede ser interesante para desentrañar lo sucedido.

—Bueno… es un buen amigo. Le gusta la soledad y en el instituto no acostumbra a relacionarse demasiado, excepto cuando explica historias, claro.

—¿Historias?

—Sí. Joel es muy creativo, tiene una imaginación desmedida y una capacidad de representar los breves relatos con los que fantasea y que tienen cautivado a todo el instituto.

—¿De qué tratan esos cuentos?

—Disculpe. De hecho, hay noches en que me despierto sudoroso y súbitamente creo que lo presenciado no es más que otra alegoría de Joel. Pero inmediatamente la realidad me atiza una bofetada y reconozco que es verídico.

—Bien, tranquilo. Sé que esto no es ni agradable ni fácil para ti. Intenta recordar sobre qué acostumbraban a versar esas historias que escenificaba Joel.

—En realidad, por muy fantasiosas que fuesen, siempre creí que pretendía decir algo más, lo conocía bien… No sé qué entendían el resto de los chavales, pero a mí siempre me dejaba rumiando días.

—¿En qué sentido?

—Pues porque conocía a Joel y sabía que no profería palabras al azar, ni las hilaba por anhelos estéticos. Lo importante para él era el mensaje que se filtraba sutilmente, con el propósito de trasladar a los otros a ámbitos de la realidad que les eran desconocidos. Por eso me quedaba instalado en el desafío de escudriñar lo que se hallaba velado tras ese aparente cuento fantasioso.

—¿Crees que es más inteligente que el resto de los compañeros?

—Sin duda. Ya le he dicho que la soledad es su hábito; tan solo la ornamenta con lecturas, y más lecturas. ¡Ah, y tiempo de introspección!

—¿Meditación?

—No propiamente. Por las noches, al vivir en una planta baja solía deslizarse por la ventana de su habitación, internarse en la pineda y estirarse a contemplar el cielo.

—¿Cómo sabes eso? ¿Le habías acompañado alguna vez?

—¡No! Ese era un espacio muy íntimo para él. Creo que el momento más feliz del día, bueno, rigurosamente, de la noche. Pero a veces me hablaba de esas experiencias como de algo sublime, en las que conseguía entender muchas cosas y preguntarse aún más. Siempre he creído que era en ese paraje donde se gestaban sus relatos no escritos —que yo sepa—, ya que parecía atesorarlos en su mente como un oráculo que debía transmitir.

Tras una pausa me sugirió:

—Deberíamos hablar algo del día en que murió su madre.

—Lo supongo.

—¿Qué crees que pudo asustar más a Joel, encontrar a su madre extendida en el suelo o los insectos?

—Bueno, no lo sé…ver a su madre muerta quizás.

—Pero, según has explicado, fue entrar en la cocina y gritar despavorido.

—Sí…

—Por lo tanto, tu amigo no podía saber aún si su madre estaba inconsciente o muerta, no parece que tuviera oportunidad de comprobarlo. De hecho, en estos momentos desconozco si lo sabe o no.

—Pues, si tiene tan clara la escena y lo que no pudo desentrañar en esos segundos previos a su pérdida de conciencia, ¿para qué me lo pregunta?

—No te alteres. En el fragor de una tragedia hay detalles que uno no puede percibir. Ese es mi trabajo: repensar minuciosamente lo acontecido y las circunstancias para encontrar una explicación. Solo quería verificar la inmediatez de la reacción de tu amigo.

—¿Y qué más da lo rápido que sea reaccionando?

—A ver, creo que si Joel, como tú dices, es un chico tan inteligente y te ha elegido es que tú también debes de serlo. Piensa que es posible que no se asustara solo por ver a su madre estirada, sino por verla envuelta en una plaga de bichos de aspectos espeluznante, porque no es probable que le diera tiempo, por lo que explicas, a comprobar si su madre estaba viva o no. Ya te he comentado que, de hecho, desconozco qué información tiene en este momento.

—Ya.

Nos quedamos callados un buen rato. No se me había ocurrido, ni remotamente, lo que el inspector Sáenz había deducido. Empecé a contemplar cuidadosamente la posibilidad de que el alarido de Joel tuviera que ver, de entrada, más con la presencia de esos escorpiones —que no lo eran— que con el cuerpo desparramado de su madre por el suelo. Tal vez ni le dio tiempo a detectar en sí mismo el estado de ella, que era, al fin y al cabo, lo más relevante.

—Debería irme. Como ha podido comprobar, no puedo serle de más ayuda —dije rompiendo con cierta brusquedad el silencio.

—Lo entiendo —respondió el inspector—. Por hoy ya ha sido suficiente y, sí, me has ayudado, de veras.