El mar entre los dos - Debbie Macomber - E-Book

El mar entre los dos E-Book

Debbie Macomber

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Beschreibung

El oficial de la marina Rush Callaghan era fuerte, sensible y sexy; el hombre soñado por Lindy Kyle. Por eso no dudó ni un instante en casarse con él. Pero Rush se debía a su patria por encima de todo, y su matrimonio corría peligro por culpa de su carrera militar. ¿Podría su amor por Lindy competir con su devoción al trabajo y al mar?

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Seitenzahl: 280

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2003 Debbie Macomber

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

El mar entre los dos, n.º 288 - abril 2020

Título original: Navy Wife

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

 

I.S.B.N.: 978-84-1348-389-4

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

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Capítulo 1

 

 

 

 

 

LINDY KYLE se acercó a la ventana del apartamento de su hermano y dejó que sus ojos cansados resbalaran por la panorámica del centro de Seattle. El crepúsculo comenzaba a asentarse sobre la jungla de acero. Desde los rascacielos se formaban sombras que iban a parar sobre el laberinto de cemento que atravesaba la ribera. En otro momento Lindy se hubiera maravillado de la belleza que se abría ante ella, pero en aquel instante no fue así.

Seattle era una ciudad preciosa, tal y como aseguraba Steve. Nada más llegar había estado tan ocupada tratando de encontrar la dirección del apartamento y la plaza de aparcamiento correspondiente que no había tenido tiempo de fijarse en nada de lo que había alrededor.

Ahora suspiró al observar las vistas.

—Ya estoy aquí —dijo en voz alta para escucharse.

Esperaba mucho de aquel lugar. Los emigrantes de antaño debieron de sentirse así cuando arribaban al puerto de Nueva York en busca de un nuevo modo de vida, liberándose de los grilletes del pasado. Lindy también había estado prisionera de las cadenas del dolor y la infelicidad.

Con gesto dramático imitó el gesto de la Estatua de la Libertad, con la mano derecha alzada como si estuviera sujetando una antorcha y agarrando con la izquierda unas tablas imaginarias de piedra.

—Muy bien, Seattle. Dame tu multitud cansada y agazapada que sueña con ser libre —dijo conteniendo las lágrimas—. Seattle, calma mis temores. Despéjame la mente.

Lindy dejó caer los brazos y tragó saliva para pasar el nudo que se le había formado en la garganta.

—Sana mi corazón —añadió en un susurro—. Por favor, sana mi corazón.

Luego exhaló un suspiro y comprendió que aquello era demasiado esperar, incluso para un lugar que una vez fue escogido como la ciudad más habitable de Estados Unidos. Era mucho pedir.

Sintiéndose de pronto agotada, Lindy agarró la maleta y se dirigió por el pasillo que daba a los dos dormitorios. Abrió la primera puerta y se quedó en el umbral examinando la habitación. El armario, que estaba entreabierto, mostraba una fila de ropa de paisano colgada y ordenada de manera pulcra. Sobre la cómoda había un par de fotografías enmarcadas, pero ella no les prestó atención. Aquélla debía de ser la habitación de Rush Callaghan, el compañero de piso de su hermano. En aquel momento los dos hombres estaban en la mar, cumpliendo con sus seis meses de servicio. Steve era oficial a bordo del submarino Atlantis y estaba en algún punto del Pacífico defendiendo a Dios, a su patria y la bandera americana. Lindy no tenía ni idea de dónde estaba Rush ni le interesaba especialmente. En aquel momento los hombres no eran precisamente su tema favorito.

Cerró la puerta del dormitorio y se dirigió a la otra habitación. Uno de los cajones de la cómoda estaba abierto y por él asomaban calcetines desparejados. Encima del armario se veían jerséis mal doblados y los zapatos se amontonaban en el suelo.

—Hogar, dulce hogar —dijo Lindy con una sonrisa.

Quería muchísimo a su hermano, y aunque él tuviera casi diez años más, la infancia de Lindy había estado marcada por los recuerdos de su buen humor y su calor. Dejó la maleta sobre la cama sin hacer, la abrió y buscó la carta de Steve.

Ven a Seattle, le había escrito con su letra irregular. Olvídate del pasado y comienza una nueva vida.

Lindy sabía que Steve conocía de primera mano lo que era el dolor y respetaba su buen juicio. Había sobrevivido al trauma emocional de un divorcio y parecía haber salido de él con una nueva madurez.

Sabrás cuál es mi habitación, continuaba diciendo la carta de su hermano. No recuerdo la última vez que cambié las sábanas, así que tal vez quieras hacerlo antes de meterte en la cama.

Lindy suspiró y se dejó caer en un extremo de aquella cama sin hacer.

Aunque prácticamente había memorizado las palabras de Steve, Lindy volvió a leer la carta entera una vez más. Las sábanas limpias estaban en el armario del pasillo, le explicaba, y Lindy decidió hacer la cama en cuanto terminara de deshacer la maleta. La lavadora y la secadora estaban en un cuartito que había al lado de la cocina, seguía diciendo la carta.

Cuando terminó de leerla, Lindy dejó las instrucciones de Steve en la parte superior del cajón. Sacó las sábanas, las llevó al cuarto de la lavadora y la puso en marcha.

El timbre del teléfono la pilló desprevenida. Abrió mucho los ojos y se llevó la mano al corazón, que le latía a toda prisa por el susto.

El teléfono sonó una vez más antes de que se decidiera a descolgarlo.

—¿Diga?

—Lindy, soy tu madre.

—¡Hola, mamá!

Lindy sonrió ante la costumbre que tenían sus padres de identificarse. Era capaz de reconocer las voces de todos los miembros de su familia desde que era una niña.

—Por lo que veo has llegado bien. Tendrías que habernos telefoneado, cariño. Tu padre y yo estábamos preocupados.

Lindy suspiró.

—Mamá, no hace ni diez minutos que he entrado por la puerta. Tenía pensado llamaros cuando me preparara algo de comer.

—¿Has tenido algún problema con el coche?

—Ninguno.

—Bien —respondió su madre súbitamente aliviada.

—Todo va perfectamente, como tiene que ir —añadió Lindy.

—¿Y el dinero?

—Mamá, estoy perfectamente.

Aquello era un poco exagerado, pero Lindy tampoco estaba desesperada. Al menos no lo estaría si conseguía encontrar trabajo pronto. Lo primero que pensaba hacer por la mañana era intentar corregir el problema del desempleo.

—He hablado con tu tío Henry, el de Kansas City, y dice que deberías buscar trabajo en la Boeing… La empresa de aviones. Dice que siempre buscan gente licenciada en Telecomunicaciones.

—Lo haré enseguida —respondió Lindy en un intento de apaciguar a su madre.

—Si encuentras algo, ¿nos lo harás saber?

—Sí, mamá, te lo prometo.

—Y que no te dé vergüenza pedirnos dinero. Tu padre y yo…

—Mamá, por favor, deja de preocuparte por mí. Me va a ir muy bien.

Su madre dejó escapar un suspiro de ansiedad.

—Por supuesto que me preocupo por ti, cariño. Has sido tan desgraciada… No te imaginas lo decepcionados que estamos tu padre y yo con ese novio tuyo…

—Paul ya no es mío.

La voz de Lindy tembló un poco, pero necesitaba decirlo en voz alta de vez en cuando para recordárselo a sí misma. Durante cuatro años había unido todos sus pensamientos de futuro a Paul. El hecho de estar sin él era como si hubiera perdido una parte de sí misma.

—El otro día vi a su madre y tengo que decirte que me produjo una gran satisfacción mirar hacia otro lado —continuó diciendo Grace Kyle con tono indignado.

—Lo que ha ocurrido entre Paul y yo no es culpa de la señora Abrams.

—No. Pero está claro que no educó a su hijo correctamente si fue capaz de hacerte algo tan sucio y despreciable.

—Mamá, ¿te importa si dejamos de hablar de Paul?

La mera mención de su nombre le producía un gran dolor, aunque una parte de ella todavía quería saber de él. Algún día, se prometió Lindy, recordaría aquellos meses horribles y sonreiría. Tal vez algún día. Pero por el momento no.

—Por supuesto que no tenemos que hablar de Paul si tú no quieres, Lindy. He sido una insensible. Perdona, cariño.

—No pasa nada, mamá.

Se hizo un silencio breve.

—Seguiremos en contacto, ¿verdad?

—Sí —respondió Lindy asintiendo con la cabeza—. Te lo prometo.

Tras unos minutos más en los que les desgranó a sus padres los detalles del viaje, Lindy colgó el teléfono. La lavadora inició el ciclo de centrifugado y ella miró hacia atrás por encima del hombro. Así era como sentía que estaba últimamente su mundo. Como si lo estuvieran centrifugando. Lo que le faltaba por saber era si saldría de aquello bien seca y sin arrugas.

 

 

Rush Callaghan estaba de pie en el puente del buque Mitchell, de la Armada, y sujetaba unos prismáticos con fuerza. Aspiró con fuerza el aire salado y suspiró de satisfacción al sentir su frescor. Estar en el mar abierto le despertaba de nuevo la sangre tras tres largos meses en tierra. Se relajó, sintiéndose por fin en casa mientras el gigantesco portaviones se abría camino a toda máquina por las oscuras aguas del Pacífico norte. Rush estaba encantado. Sabía desde que era un niño que su destino se dibujaba en las procelosas aguas de los océanos del mundo. Había nacido en el mar y siempre había sabido que aquél era el lugar al que pertenecía, donde se sentía realmente vivo.

Rush le había dedicado su vida a la mar y a cambio ella se había convertido en su amante. Una amante en ocasiones exigente y poco razonable, pero así era como a Rush le gustaba. La suave brisa iba acompañada de una tenue neblina. El aroma llegó hasta él como los dedos cariñosos de una mujer acariciándole el cabello y apretando su cuerpo contra el suyo. Rush sonrió ante aquella imagen pintoresca. Conocía bien a su amante. Lo estaba recibiendo en sus brazos cariñosamente, pero Rush no era de los que se dejaban engañar. Su amante era muy voluble. En cualquier otro momento, seguramente muy pronto, arremetería contra él y le abofetearía el rostro con frío, viento helado y lluvia. Sus dedos helados se le clavarían con rabia. Rush pensó que no era extraño que considerarse al mar su amante, ya que siempre hacía el papel.

Cuando el Mitchell partió del puerto de Bremerton dieciocho horas atrás, Rush no dejó en tierra nada que lo atara. Ni esposa, ni novia, nada excepto un apartamento en Seattle en el que guardaba sus cosas. No estaba dispuesto a construir ningún puente que lo uniera a tierra firme. Ya al principio de su carrera había aprendido que la familia no estaba hecha para él. Si las aguas del mundo eran sus amantes, entonces la Marina era su esposa. Hubo un momento en el que creyó posible dividir su vida, pero ya no.

Unas palabras malsonantes pronunciadas por su compañero, el oficial Jeff Dwyer, llamaron la atención de Rush y bajó los prismáticos.

—¿Problemas? —preguntó cuando Jeff se reunió con él en el puente.

—El capitán ha dado la orden de regresar —aseguró su compañero apretando los labios.

—¿Pero qué demonios…?

Rush sintió una oleada de rabia atravesándolo.

—¿Por qué?

—Hay un problema con las catapultas. Al parecer mantenimiento no tiene las piezas necesarias para reparar el problema.

Rush maldijo entre dientes. Las catapultas se utilizaban para lanzar todo tipo de misiles desde el portaaviones. Eran un equipamiento vital para cualquier misión en el mar.

Por suerte los escuadrones que tenían que llegar por aire desde la Costa Oeste (se esperaba que doscientos aviones se reunieran en el Mitchell) no habían llegado todavía. Como jefe de navegación, el trabajo de Rush consistía en guiar el portaaviones por las aguas. Ahora tendría que dirigirlo de nuevo hacia el puerto.

—Ya he dado aviso a Aviación —lo informó Jeff—. Han hecho regresar a los aviones.

Rush sintió una oleada de frustración apoderándose de él. Tras tres meses en tierra y apenas dieciocho horas en el mar tenían que devolver el Mitchell a puerto con el rabo entre las piernas.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Rush apretando los dientes.

—Mantenimiento no lo sabe todavía con certeza, pero si es tan malo como parece creo que nos tendremos que pasar al menos una semana sentados sobre el trasero.

Rush soltó una palabrota.

—Estoy totalmente de acuerdo —aseguró Jeff.

 

 

Rush entró en el apartamento, que estaba a oscuras, y dejó su saco al lado de la puerta. Tal y como estaban las cosas tendría que pasar algún tiempo allí. Cada vez que pensaba en ello no podía evitar enfadarse. Se metió en la cocina y dejó sobre la encimera el paquete de seis latas frías de cerveza. Normalmente no se permitía excesos, pero aquella noche tenía ganas de emborracharse.

Sin molestarse en encender ninguna luz, Rush agarró una de las latas y se la llevó consigo al salón. Se colocó delante del gran ventanal y brindó en silencio con las luces brillantes de la ribera que centelleaban varias manzanas más abajo. Le dio un gran sorbo a su cerveza, se sentó en el sofá y puso los pies sobre la mesa. Lo que necesitaba era una mujer. Una que fuera muy sexy, con grandes pechos y caderas anchas dentro de las que pudiera hundirse. Una mujer con la que pudiera liberar toda la rabia y la frustración que sentía. Normalmente no se permitía aquellas fantasías tan primitivas, pero aquella noche, tras ver cómo semanas de planes y meses de duro trabajo se iban al garete, Rush no estaba de humor para contemplaciones.

Muy a su pesar, Jeff recordó la expresión de los ojos de su amigo Jeff cuando bajó por el pantalán. Se iba a toda prisa a su casa para encontrarse con Susan, su mujer. Rush no tuvo que hacer ningún alarde de imaginación para saber qué estaría haciendo Jeff en aquellos momentos. Y no se trataba precisamente de tomar cerveza fría a oscuras en el salón. Rush sonrió. Jeff y Susan. Aquél era un matrimonio por el que Rush no daba un duro. Pero Susan Dwyer lo había sorprendido gratamente. Cuando Jeff salió de Bremerton a principios de aquella semana no había lágrimas en sus ojos. Sólo sonrisas. Había sido una buena esposa para Jeff desde el primer momento. Susan no era una llorona ni una mujer dependiente. Los únicos lazos con los que había atado a su marido eran los del amor.

Rush había observado cambios sutiles en su amigo desde que se casó. Había estado esperando los cambios importantes. A lo largo de los años había sido testigo del poder que una mujer podía ejercer sobre la vida de un marino. Pero Susan Dwyer no había sido como las demás, y Rush la admiraba secretamente… Y envidiaba a Jeff. Su amigo había tenido una suerte inmensa al encontrar a una mujer así. Más suerte que Rush. Pero Rush había terminado por tirar la toalla y dejar de intentarlo.

Al sentir que alguien se movía detrás de él, Rush se levantó de un salto del sofá. La puerta del baño se cerró y escuchó el sonido del agua corriendo. ¡Qué demonios…! Había alguien en el apartamento. Tenía que tratarse de Steve. Rush avanzó por el pasillo, miró dentro de la habitación de su compañero de piso y alzó las cejas en gesto de asombro. A los pies de la cama había una bata de seda y por todo el dormitorio se veían objetos femeninos.

Rush dejó escapar un suspiro de desesperación. Se estaba temiendo que ocurriera algo así. Steve todavía estaba intentando superar el divorcio y se sentía vulnerable. Rush estaba más que familiarizado con las artes seductoras que podían emplear las mujeres para nublar el buen juicio de un hombre. Y ahora parecía que alguna lista se estaba aprovechando de la naturaleza generosa de su amigo y se había instalado en su apartamento. Al parecer, Steve todavía era susceptible de que lo utilizaran y abusaran de él. Bien, pues Rush no estaba dispuesto a permitirlo. El hecho de pensar que alguien pudiera estar intentando sacar provecho del corazón bondadoso de su amigo le hizo apretar los puños de rabia.

Decidió que él se haría cargo con gusto de la situación. Se libraría de ella, y si Steve le pedía explicaciones más adelante, tenía la excusa perfecta. Después de todo, habían llegado a un acuerdo respecto al apartamento que no contemplaba la posibilidad de que allí vivieran mujeres. Rush apretó los labios. Por lo poco que había podido ver, aquélla ya se había instalado como si fuera su casa. Era intolerable.

Con la lata de cerveza en la mano, Rush se apoyó contra la pared, cruzó las piernas y esperó. Pocos minutos después se abrió la puerta del baño y salió una mujer, que puso los ojos como platos antes de dejar escapar un grito.

Estaba claro que se había llevado un susto. La mujer se llevó la mano al corazón y estiró el borde de encaje de su pijama.

—¿Quién eres?

Rush gimió en silencio. No era cualquier mujer, sino una tan sexy como con la que había estado fantaseando. Una mujer de pechos grandes y piernas largas e invitadoras. Con una sola mirada Rush comprendió por qué su amigo había sucumbido. Desde luego, era toda una tentación. Su pijama casi transparente revelaba unos pezones erectos, caderas firmes y piernas bien formadas. Rush tardó un instante en darse cuenta de que tenía el cabello oscuro, muy distinto al de las rubias que normalmente le gustaban a su amigo.

La mujer seguía mirándolo con los ojos abiertos como platos. Tenía las manos apoyadas con fuerza contra la pared que tenía detrás.

—¿Qué… qué estás haciendo aquí? —le preguntó con aplomo.

Aparte del gesto de tragar saliva, que no se le escapó a Rush, no parecía mostrar ningún miedo.

—¿No se supone que eso debería preguntarlo yo? —preguntó él a su vez sin poder evitar sonreír.

La mujer no hizo ningún amago de taparse, pero tal vez no fuera consciente de cómo la luz de la luna jugueteaba con la tela de su pijama, otorgándole a Rush destellos de sus senos. O tal vez sí lo fuera.

—Tú debes de ser Rush.

—¿Steve te ha hablado de mí? —preguntó él sorprendido.

—Claro… Por supuesto.

La mujer se abrió camino por delante de él y agarró la bata que estaba a los pies de la cama. Hizo un esfuerzo para disimular su incomodidad, pero Rush se dio cuenta de que estaba temblando. A pesar de la distancia que los separaba notó que su corazón latía como una máquina acelerada. La joven lo miró una vez, intentando atraerlo sin palabras con aquellos ojos oscuros, pero Rush no se inmutó. Si pretendía utilizar sus armas de seducción con él iba lista. Steve Kyle era su amigo y no estaba dispuesto a permitir que ni aquella mujer ni nadie abusara de él.

Fingiendo naturalidad, Rush la siguió hasta el dormitorio tratando de no pensar en el suave aroma a jazmín que desprendía.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

Tenía la ropa colgada en el armario y sus cosas colocadas encima de la cómoda. Tal vez creyera que aquel lugar era ya suyo, pero él la iba a hacer cambiar enseguida de opinión.

La mujer no contestó de inmediato. Se limitó a salir del dormitorio para entrar en la cocina y encender las luces.

—Un par de días.

—No has perdido el tiempo, ¿verdad?

Ella lo miró como si no hubiera entendido la pregunta.

—No.

—Eso pensé —murmuró Rush.

Lindy observó el paquete de latas de cerveza, que estaba ya parcialmente vacío. Aquella visión pareció ponerla más nerviosa y se frotó las palmas de las manos, como si de pronto le hubiera entrado frío.

—Has estado bebiendo.

Sus palabras sonaron a acusación. La actitud severa de aquella mujer le resultó a Rush de lo más divertida. Había que reconocer sin embargo que tenía mérito. En circunstancias similares no estaba muy seguro de haber reaccionado así.

En respuesta a su afirmación, Rush agarró otra lata de cerveza y curvó los labios en una sonrisa irónica.

—¿Quieres acompañarme? —le preguntó señalándole con un gesto las cuatro latas que quedaban.

—No, gracias.

La joven se ató el cinturón de la bata y echó los hombros hacia atrás.

—No sé por qué, pero imaginé que no querrías.

Rush arrojó la lata vacía a la basura y abrió otra. Más para molestarla que por otra cosa, le dio un sorbo largo y lento, permitiendo que el líquido frío le atravesara la garganta.

Ella lo observó y apoyó las manos contra la encimera.

—¿Cuánto tiempo vas a quedarte?

Desde luego, tenía agallas.

—Creo que tendría que ser yo quien hiciera las preguntas, ¿no crees?

—Supongo que sí.

Seguía mirándolo con aquellos ojos grandes y seductores, y Rush tuvo que hacer un esfuerzo para ignorar la falsa inocencia de su silencio.

—Por lo que veo, Steve no te anunció mi llegada.

—No, se le olvidó mencionarte.

Para Rush estaba claro que su compañero de piso no quería ninguna intención de contárselo. Pensaría que sería más sencillo así, ya que Steve en principio iba a regresar a tierra antes que Rush.

—Me llamo Lindy.

Rush no hizo amago de estrechar la mano que ella le tendió.

Como si quisiera disimular la vergüenza, Lindy abrió la nevera y sacó un brick de leche.

Rush observó sus movimientos con atención y se dio cuenta de que la nevera estaba bien provista. Aquella observación sólo sirvió para irritarlo más. Sabiendo lo generoso que era Steve, Rush no tuvo ninguna duda de que le habría dado dinero para que se instalara en el apartamento.

Lindy se sirvió un vaso y volvió a guardar la leche.

—Esto hace que la situación sea un poco incómoda, ¿no crees?

Rush volvió a ignorarla. En lugar de responder a su pregunta, se sentó en la silla que había delante de ella y dio buena cuenta de su cerveza. Por mucho que lo intentara no podía apartar los ojos de la joven. Era más que bonita. Delicada, pensó mirándola todavía con más atención. Qué demonios, muy a su pesar entendía perfectamente qué había llevado a Steve a invitar a aquella mujer a instalarse allí. Además de su belleza frágil, era suave y femenina. El tipo de mujer al que un marino imagina durmiendo en su cama, esperando por él. Rush lo comprendía perfectamente, pero no le gustaba la idea de que ninguna mujer utilizara a su amigo. Y menos en aquel momento en que Steve lo estaba pasando tan mal.

Lindy le dio otro largo sorbo a su vaso de leche. Sus ojos, oscuros y suaves, no se apartaban de los de él. Rush se iba sintiendo más incómodo a cada minuto que pasaba. No quería tenerla allí, no la quería cerca. Por lo que a él se refería, aquella mujer era un problema con mayúsculas. Y seguramente ella debió de darse cuenta, porque apretó el vaso con fuerza. Estaba claro que no iba a ponerle las cosas fáciles.

—Ayudaría que alcanzáramos algún tipo de acuerdo para compartir el apartamento… Al menos hasta que te marches —dijo con aspecto de estar avergonzada y al mismo tiempo incómoda.

Rush respondió con una sonrisa lenta y todo lo irónica que pudo. No estaba dispuesto a que ninguna mujer le dijera lo que tenía que hacer.

—Escucha, bonita —le espetó con brusquedad—. Aquí la única que se va a marchar eres tú. Y cuanto antes mejor. Así que haz la maleta. Te quiero fuera esta misma noche.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

ASÍ QUE Rush Callaghan la estaba echando del apartamento, pensó Lindy. Estupendo. ¿Qué más cosas podían salir mal? No quería conocer la respuesta a aquella pregunta. Cielos. Sabía que la invitación de Steve era demasiado buena como para ser verdad. Nunca volvería a salirle nada bien. Estaba todavía en la flor de la vida y sin embargo la buena fortuna le era tan esquiva…

Un cálculo rápido de sus precarios fondos le hizo ver que podría durar unas dos semanas si alquilaba una habitación en un hotel barato y comía frugalmente. Dos semanas y se vería obligada a regresar a Minneapolis. No era una perspectiva halagüeña. Sus padres estarían encantados de recibirla, pero en aquellos momentos su excesiva preocupación por ella le resultaba sofocante.

Con calma deliberada, Lindy apuró su vaso de leche, llevó el vaso al fregadero y lo enjuagó. Y durante todo el proceso su cabeza no dejó de darle vueltas al asunto.

Se marcharía, decidió, porque Rush Callaghan había decidido que así debía ser. Pero no veía razón para apresurase. Sólo porque fuera un oficial acostumbrado a dar órdenes y a que las cumplieran sin rechistar no significaba que ella tuviera que dar un salto cuando él hablaba.

—¿Es que no me has oído? —le preguntó Rush siguiendo con la mirada entornada sus movimientos.

—Me iré antes de que amanezca.

Aquélla fue la única respuesta que le dio, y Lindy se esforzó para que aquellas palabras le salieran tan tiesas como una sábana almidonada.

Para ella fue una gran satisfacción observar la sorpresa en los ojos de Rush. La miraba fijamente, como si hubiera estado esperando una pelea para descargar su ira sobre ella. Al parecer pensó que se enfrentaría a él, que lo desafiaría. Pues bien, Lindy no estaba de humor para peleas. Si quería que se marchara, perfecto. Recogería sus cosas y se iría.

En silencio, Lindy abrió el lavaplatos y metió dentro el vaso. Los ojos de Rush la seguían con desconfianza, como si al parecer le disgustara la frialdad con la que había aceptado su orden. Por primera vez parecía vacilante, como si estuviera a punto de decir que podía quedarse hasta por la mañana. Pero si aquello se le pasó por la cabeza, no salió de allí. No dijo nada. Lindy pensó que tenía razón. No tenía sentido prolongar lo inevitable. Pero, maldición, nunca en toda su vida se había sentido tan inútil y tan perdida. En aquel momento parecía tener las mismas opciones que un condenado a muerte subiendo al patíbulo.

Lindy salió de la cocina. Intentó caminar con aire orgulloso, pero los hombros se le iban para abajo en gesto derrotado. Escuchó el ruido de la silla de la cocina al moverse cuando Rush se puso en pie para seguirla.

Se plantó en el umbral de la habitación y consultó el reloj. Lindy sacó la maleta de debajo de la cama y miró el despertador de la radio. Era muy tarde.

Rush metió la mano en el bolsillo de su uniforme y murmuró:

—Escucha: conque te vayas por la mañana es suficiente.

—Para mí no.

—¿Qué quieres decir?

—Da igual —respondió Lindy suspirando con fuerza.

—Qué típico de las mujeres —murmuró Rush mirando al techo—. Primero te lanzan un dardo y después lo niegan. Lo que esta mujer quiere que sepa es que no puede soportar estar en la misma habitación que yo. Pues bien, el sentimiento es mutuo.

Lindy perdió parte del control que estaba manteniendo al escuchar aquellas palabras, y sacó bruscamente una camisa de la percha.

—Supongo que piensas que me he plantado aquí sin invitación. Pero te equivocas. Steve me invitó. Tengo su carta aquí mismo para demostrarlo si te tomas la molestia de leerla y…

—Por desgracia, Steve no me comentó esta pequeña incidencia —la interrumpió Rush—. Y no tengo ninguna intención de compartir este lugar contigo ni con ninguna mujer.

—Los hombres os creéis superiores, ¿verdad? —gritó Lindy arrancando otra camisa de la percha—. Os gusta dominar la situación, y dar órdenes para que se cumplan vuestros más nimios deseos.

Rush pareció sorprendido de verla reaccionar así. Demonios, ¿qué esperaba de ella? Lindy no lo sabía y en aquel momento tampoco le importaba. Cuando terminó de vaciar el armario, se dio la vuelta para mirarlo.

—Steve no hacía más que decirme que eras un gran amigo, un tipo estupendo. «Deberías conocerlo, Lindy. Sé que te caería bien» —aseguró con sarcasmo, imitando la voz de su hermano.

Luego le dedicó a Rush una mirada de desprecio.

—Menudo compañero de piso has resultado ser. Te diré una cosa, señorito…

—Respétame, ¿quieres?

—No —exclamó Lindy cerrando la maleta de un golpetazo—. Sois todos iguales. Sois todos iguales a Paul.

—¿Paul?

Lindy le clavó el dedo índice en el pecho y lo golpeó varias veces con él, indignada.

—¡No te atrevas a mencionar su nombre delante de mí! ¡Nunca!

—¡Pero si eres tú quien lo ha dicho, no yo!

—Eso ha sido un error. Al parecer últimamente no hago más que cometerlos.

—El peor de todos ha sido mudarte aquí.

—Dímelo a mí —respondió ella resoplando—. Bueno, no tienes de qué preocuparte. Desapareceré de tu vista en unos minutos.

Lindy bajó la maleta de la cama y agarró su abrigo. Estaba lista para marcharse. Pero se detuvo un instante y alzó la vista para mirarlo a los ojos con desdén.

—Steve se va a enfadar mucho.

—Ya hablaré con él más tarde.

Rush la miró como dando a entender que si alguien tenía derecho a estar enfadado era él.

Con calma y parsimonia, Lindy se detuvo en la puerta, dejó la maleta en el suelo y sacó la llave de la cerradura.

Rush le mostró la palma de la mano y ella le dejó allí la llave. Una vez más pareció como si fuera a decirle que podía quedarse hasta por la mañana. Lindy no sabía qué le impedía hacerlo. Tal vez el orgullo. Los hombres tenían que ser orgullosos. Seguro que era consciente de que ella estaría encantada de rechazarle la invitación.

Lindy observó cómo los ojos oscuros de Rush se entrecerraban y sacudió la cabeza con tristeza. Llevaba años escuchando el nombre de Rush como si fuera el de un santo. Según Steve, Rush Callaghan era al mismo tiempo oficial y un caballero. Pero en menos de quince minutos, Lindy había descubierto que no era ninguna de las dos cosas.

—La manera de equivocarse al juzgar a la gente debe de ser cosa de familia —dijo más para sí misma que para que la escuchara—. Si Steve cree que eres tan maravilloso, entonces mi modo de juzgar a Paul me parece sólo un error menor de cálculo.

Dicho aquello, agarró su única maleta y abrió la puerta.

Rush la tomó del hombro para impedir que se moviera.

—¿Familia? ¿Qué has querido decir exactamente con eso?

—Steve Kyle. Mi hermano. Ya sabes, el tipo que paga la mitad del alquiler de este apartamento. El mismo que me escribió para decirme que por supuesto que podía quedarme a vivir aquí mientras encontraba trabajo.

Los dedos de Rush se le clavaron de forma dolorosa en el hombro y los ojos le brillaron de rabia y de impaciencia.

—¿Por qué diablos no me has dicho que eres la hermana de Steve?

Agarró la maleta, se la quitó de las manos y la hizo entrar de nuevo en el apartamento. Rush cerró de un portazo tras ella y la observó como si fuera la primera vez que la veía.

—¡No me digas que no lo sabías! —exclamó Lindy—. ¿Quién demonios pensabas que era?

La respuesta a aquella pregunta era tan obvia que sintió que todo el rostro se le sonrojaba.

—Oh, de verdad… Qué desagradable.

Rush se pasó la mano por el cabello en gesto nervioso y pasó delante de ella en dos zancadas antes de volver a girarse para enfrentarse a ella una vez más.

—Escucha: no lo sabía. De verdad.

—¿Significa eso que puedo quedarme a pasar la noche en el apartamento de mi hermano?

Rush ignoró su tono irónico.

—Sí, por supuesto.

—Qué generoso por tu parte.

Rush volvió a agarrar la maleta y la metió en el cuarto de Steve. La brusquedad de sus movimientos revelaban su disgusto y su rabia. Lindy lo siguió sin saber muy bien qué pensar de aquel hombre. Sabía que la invitación de Steve había sido fruto de un impulso. Seguramente los dos hombres se habrían cruzado. Lindy sabía por experiencia que las cartas tardaban mucho tiempo en llegar en la Marina y seguramente Rush no sabría que ella iba a pasar allí una temporada. Pero aquello no justificaba la actitud arrogante que había mostrado hacia ella.

Lindy estaba dos pasos detrás del hombre al que Steve calificaba como su mejor amigo. Rush dejó la maleta encima del colchón y vaciló un instante antes de darse la vuelta para volver a mirarla.

—Lo siento, ¿de acuerdo?

Ella contestó con un brusco asentimiento de cabeza. Su disculpa fue seguida de un largo e incómodo silencio. Lindy no sabía qué decir. Tras un momento de tensión, murmuró.

—Creo que será mejor que olvidemos el incidente.

—Bien.

Rush se metió las manos en los bolsillos. Parecía tan incómodo como la propia Lindy.

—Por supuesto, puedes quedarte en el apartamento todo el tiempo que quieras. Yo espero estar fuera a finales de esta semana.

—Pensé que ya te habrías marchado. Quiero decir que…