0,49 €
El ciclo narrativo de "El maravilloso mago de Oz" se sitúa en el contexto del auge de la literatura infantil a principios del siglo XX, donde el asombro por lo fantástico se entrelaza con lecciones morales sobre la amistad y el valor. A través de la travesía de Dorothy, Baum conjuga un estilo accesible y vívido, caracterizado por descripciones detalladas y un sentido del humor encantador, lo que logra sumergir al lector en un mundo mágico poblado de personajes memorables como el Espantapájaros y el Hombre de Hojalata. Esta obra no solo es una historia de aventuras, sino también una alegoría sobre la exploración de la identidad y el deseo de pertenencia, encapsulando los ideales de la época de la frontera americana. Lyman Frank Baum, autor y dramaturgo estadounidense, fue un pionero en la literatura infantil y estuvo influenciado por su deseo de ofrecer a los niños una alternativa a los cuentos oscuros y moralizantes de su tiempo. Su experiencia como empresario en diversas áreas también le otorgó un aire de imaginación y creatividad, factores que nutrirían su capacidad para conjugar lo sencillo con lo extraordinario en sus narraciones. Baum aspiraba a crear un mundo donde la fantasía se entrelazara con los valores democráticos y la equidad. Recomiendo encarecidamente "El maravilloso mago de Oz" a todos los lectores, más allá de su edad, dada su capacidad para embelesar e inspirar. Este libro no solo es un viaje fascinante por un mundo mágico, sino una invitación a reflexionar sobre nuestras propias inquietudes y aspiraciones. La obra, rica en simbolismo y profundidad, sigue siendo un clásico atemporal que merece ser explorado y discutido en el ámbito literario. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2024
En una tierra barrida por el polvo y la incertidumbre, una niña descubre que el anhelo de hogar puede pesar tanto como la promesa de lo maravilloso. Ese impulso doble —volver y avanzar— organiza cada paso de El maravilloso mago de Oz, una historia donde el camino se convierte en brújula moral y la imaginación abre senderos inesperados. El conflicto no es solo vencer obstáculos externos, sino aprender a nombrar deseos y a compartirlos con aliados recién hallados. Desde su primera página, el libro propone que la aventura no sofoca la ternura: la afina, la prueba y la devuelve más consciente.
Escrito por Lyman Frank Baum y publicado en Estados Unidos en 1900 con ilustraciones de W. W. Denslow, El maravilloso mago de Oz se inscribe en la tradición de la literatura infantil que aspiró a crear un cuento de hadas propio de su país. Bajo el título original The Wonderful Wizard of Oz, la obra apareció en un momento de modernización acelerada y de cambios sociales profundos. Baum, narrador prolífico, emprendió aquí una invención deliberadamente accesible, diseñada para ser contada y releída. Su combinación de lenguaje claro, humor amable y escenarios memorables fijó un modelo para generaciones de lectores jóvenes.
El planteamiento es célebre: Dorothy, una niña que vive en las llanuras de Kansas junto a su perro Toto, es arrastrada por un ciclón y depositada en una tierra desconocida. Para regresar, recibe la indicación de buscar al poderoso Mago que habita en la Ciudad Esmeralda y seguir un camino específico para llegar hasta él. En ese tránsito inicial se delinean las reglas del mundo, sus regiones y autoridades, además de la promesa de ayuda condicionada a la perseverancia. La premisa invita a caminar, observar y preguntar, sin anticipar soluciones, como corresponde a un auténtico viaje de aprendizaje.
En su marcha, Dorothy encuentra compañeros inolvidables: un Espantapájaros, un Leñador de Hojalata y un León que se une a la empresa. Cada uno expresa una carencia que desea colmar y que orienta su petición al Mago; en conjunto, forman una sociedad de ayuda mutua cuya fortaleza radica menos en la destreza individual que en la cooperación. Sus diálogos transparentes, sus malentendidos y sus gestos de cuidado construyen un retrato convincente de la amistad naciente. El libro hace de ese conjunto itinerante un espejo de lectores diversos que reconocen sus dudas y aspiraciones en voces distintas pero complementarias.
Se ha considerado un clásico porque, sin abandonar la maravilla, desplaza el centro de gravedad del cuento de hadas hacia un paisaje y una sensibilidad estadounidenses. Sustituye bosques medievales por caminos abiertos, castillos por ciudades de brillo industrial y hadas por figuras de autoridad de rasgos modernos. La magia está, pero dialoga con la inventiva práctica y la cordialidad doméstica. Ese giro, junto con una prosa directa y una arquitectura episódica eficaz, confirió a la obra una frescura perdurable. La lectura fluye con naturalidad, y el simbolismo no sofoca la anécdota: la nutre y la mantiene disponible para distintas edades.
Desde su aparición, el libro alcanzó una amplia popularidad que trascendió el público infantil. Se convirtió en un referente editorial y cultural, alentó adaptaciones escénicas tempranas y abrió camino a una saga que amplió el mapa de Oz. Aunque su fama creció aún más con versiones posteriores en otros medios, la fuerza de la obra escrita reside por sí misma en la economía de sus episodios y en la precisión de sus imágenes. La tradición oral y la lectura en voz alta encontraron en estas páginas un aliado: capítulos que sostienen el suspenso y escenas que imaginan colores, sonidos y texturas nítidas.
Las ilustraciones de W. W. Denslow desempeñaron un papel decisivo en la recepción original. Su diseño de personajes y el uso del color contribuyeron a fijar una iconografía que hoy reconocen lectores de todo el mundo. Lejos de ser mero adorno, la imagen dialoga con la narración y la subraya, señalando detalles de vestuario, gestos y ambientes que afinan el tono entre lo lúdico y lo extraño. La colaboración entre texto e imagen ofrece un ejemplo temprano de cómo la literatura infantil moderna cuidó también el objeto-libro, pensando en la experiencia completa del lector, desde el trazo hasta la cadencia de cada capítulo.
Más allá de su andamiaje de aventuras, el relato articula temas perdurables: la búsqueda de pertenencia, la valentía cotidiana, la inteligencia como escucha y el valor del afecto. Cada obstáculo implica decisiones morales tanto como soluciones ingeniosas, y los triunfos pequeños importan tanto como las metas grandilocuentes. El libro sugiere que las cualidades humanas se ejercitan en compañía y que la ayuda mutua potencia la iniciativa de cada quien. Sin solemnidad, la historia deja espacio a la alegría, al juego y al asombro, recordando que el aprendizaje se teje con pasos firmes y también con la curiosidad de desviarse.
Su estructura de viaje lineal, guiada por un camino reconocible y una ciudad de destino, facilita la orientación del lector sin restar sorpresa. La geografía inventada se presenta con claridad cartográfica: regiones, rumbos, límites y señales que invitan a imaginar un mapa en expansión. Ese orden externo permite que la metamorfosis importante ocurra en el interior de los personajes, donde se evalúa el peso de los deseos y la resistencia ante el miedo. La alternancia entre episodios de riesgo y remansos de hospitalidad compone un ritmo que sostiene la tensión narrativa y favorece la identificación emocional.
Su influencia se advierte en la literatura infantil y juvenil posterior, especialmente en la configuración de mundos fantásticos coherentes y en los grupos de protagonistas que emprenden búsquedas compartidas. También aportó un repertorio de imágenes —caminos brillantes, ciudades coloridas, compañeros heterogéneos— que se volvió común en la imaginación popular. El tono amable, nunca condescendiente, demostró que se puede hablar a los niños con respeto estético y narrativo. Así, la obra contribuyó a consolidar un camino propio para la fantasía en lengua inglesa en Estados Unidos, distinto pero dialogante con las raíces europeas del género.
El éxito del libro llevó a Baum a continuar la historia en una serie de secuelas que expandieron personajes, regiones y reglas del mundo de Oz. En total, el autor escribió trece continuaciones, formando junto con el original un ciclo que acompañó a generaciones de lectores durante las primeras décadas del siglo XX. Con el paso del tiempo, otros escritores también aportaron nuevas entregas, prueba de la vitalidad del escenario imaginado. Sin embargo, la obra inaugural mantiene una autonomía ejemplar: su premisa clara, su trayecto definido y su resolución satisfactoria ofrecen un arco completo sin exigir conocimientos previos.
Leer hoy El maravilloso mago de Oz es reconocer la vigencia de una promesa narrativa: que la imaginación puede ofrecer refugio y, a la vez, herramientas para mirar el mundo con lucidez. En tiempos de cambios y desplazamientos, su meditación sobre el hogar, la amistad y la responsabilidad personal conserva fuerza. La actualidad del libro no depende de claves ocultas, sino de su claridad emotiva y su invención generosa. Por eso sigue convocando lectores de diversas edades: porque invita a caminar juntos, a nombrar los deseos sin vergüenza y a confiar en la aventura como escuela de humanidad.
Publicado en 1900, El maravilloso mago de Oz, de Lyman Frank Baum, se ha consolidado como un clásico de la literatura infantil y de fantasía. El relato se abre en la llanura gris de Kansas, donde Dorothy vive con sus tíos, en un entorno austero y monótono. Un tornado irrumpe con violencia y, al levantar la casa con la niña y su perro Toto dentro, traslada la escena a un territorio extraordinario. Este contraste entre lo cotidiano y lo prodigioso instala el tono del libro: una travesía que combina sencillez narrativa con imaginación desbordante, en la que el viaje se vuelve ocasión de aprendizaje.
Al aterrizar, Dorothy descubre que su casa ha caído en la tierra de los Munchkins y que, sin saberlo, ha puesto fin al dominio de la Malvada Bruja del Este. La Bruja Buena del Norte la recibe con cortesía y le entrega unos zapatos plateados, además de aconsejarle dirigirse a la Ciudad Esmeralda para pedir ayuda al gran Oz. La ruta, pavimentada con ladrillos amarillos, es un camino visible y simbólico: la guía hacia la autoridad que podría devolverla a Kansas. Sin más recursos que su determinación y la compañía de Toto, la niña inicia la marcha, aceptando el primer código del mundo nuevo.
En un maizal, Dorothy conoce al Espantapájaros, una figura animada que desea adquirir inteligencia para entender y decidir mejor. Aunque se juzga carente de juicio, su participación temprana en pequeñas soluciones sugiere otra lectura de su anhelo. Se une al viaje, y juntos recorren parajes donde lo asombroso convive con lo cotidiano. Entre conversaciones y pruebas modestas, la obra instala un motivo clave: personajes que buscan fuera lo que parecen no encontrar dentro. La dinámica entre ambos, con Toto atento a cada señal, teje una camaradería práctica que sostiene el avance, mientras la meta de la Ciudad Esmeralda se vuelve más concreta.
En el bosque, el grupo encuentra al Leñador de Hojalata, inmóvil por la herrumbre, y lo ayuda a recuperar el movimiento. Su historia, la de un hombre transformado en metal tras una serie de infortunios mágicos, explica su deseo de un corazón que le permita sentir con plenitud. Se suma al camino, aportando fuerza y ternura cuidadosa. Esta incorporación acentúa el tono del libro: cada compañero encarna una aspiración clara y enfrenta, a su manera, límites tangibles y simbólicos. La marcha prosigue entre árboles densos, claros amables y riesgos discretos, con el recuerdo insistente de la promesa implícita al llegar ante Oz.
El cuarto en aparecer es el León Cobarde, un animal majestuoso que confiesa faltar a la valentía que se espera de él. Pese a sus dudas, decide acompañar a Dorothy, el Espantapájaros y el Leñador de Hojalata. Desde entonces, la travesía se complica: hay ríos que exigen ingenio, criaturas salvajes que ponen a prueba la unidad del grupo y praderas donde una floración encantada amenaza con detenerlos. El viaje se perfila como aprendizaje compartido, en el que cada uno actúa según sus capacidades, incluso cuando duda de ellas. La Ciudad Esmeralda, verde y distante, funciona como horizonte y como promesa de resolución.
La llegada a la Ciudad Esmeralda introduce la dimensión ceremonial del poder. Todo brilla bajo un mismo color, y el acceso al gobernante está mediado por normas y expectativas. Dorothy y sus amigos son recibidos con cortesía y, por separado, admitidos ante Oz, cuya presencia se manifiesta de modos distintos para cada visitante. El gobernante escucha los pedidos: un camino de regreso, una mente clara, un corazón sensible y valor verdadero. A cambio, plantea una condición que desplaza la acción hacia el Oeste: deben enfrentarse a la Malvada Bruja que domina aquella región, si aspiran a ver satisfechas sus demandas.
El viaje hacia el Oeste cambia el tono del relato, tornándolo más áspero. La Bruja, deseosa de apoderarse de los zapatos plateados, organiza ataques mediante seres y artimañas que oprimen a sus súbditos. Las órdenes que imparte revelan un poder autoritario sostenido por el miedo y la violencia, mientras los viajeros se ven forzados a actuar con decisión frente a lobos, cuervos, soldados y artes mágicas. Las pruebas, más exigentes, muestran tanto la fragilidad como los recursos del grupo. La trama mantiene el foco en la acción y evita el morbo: importa cómo se enfrentan al poder injusto más que el detalle del combate.
Superada esa etapa, el relato vuelve a la Ciudad Esmeralda con promesas en suspenso y preguntas abiertas sobre la naturaleza de la ayuda esperada. La resolución no es inmediata, y la búsqueda se expande hacia el Sur, donde otra figura benévola podría ofrecer respuestas. En el trayecto, los protagonistas atraviesan territorios de lógica caprichosa y encuentros desconcertantes, que ensayan soluciones creativas sin romper la disciplina del cuento de hadas. El énfasis recae en la persistencia, la cooperación y el examen de aquello que cada uno valora. La narración sugiere que el camino mismo modifica la manera de entender el deseo.
Más allá de su peripecia, El maravilloso mago de Oz propone una reflexión sobre pertenencia, amistad y autoconfianza, formulada con claridad accesible y fantasía vigorosa. Como cuento de hadas norteamericano, combina imaginación y pragmatismo, y ha mantenido su vigencia por la fuerza de sus imágenes y la sencillez de su estructura de viaje. La obra pregunta qué significa tener cerebro, corazón o coraje, y cómo la experiencia moldea esas nociones. Sin adelantar conclusiones, deja entrever que el hogar y la identidad no son solo lugares, sino decisiones. Su legado perdura como invitación a mirar con otros ojos tanto el mundo como a uno mismo.
El maravilloso mago de Oz apareció en 1900, en un Estados Unidos que transitaba del auge dorado de fines del siglo XIX a las primeras reformas progresistas. La narración se abre en Kansas, un estado emblemático de la frontera agrícola, mientras la edición original se incubó en Chicago, capital editorial y nodo industrial. Instituciones dominantes como el patrón oro, las redes ferroviarias y una prensa de gran tirada estructuraban la vida pública. En ese marco, la obra se presenta como un cuento infantil moderno, pero su trasfondo dialoga con tensiones económicas, tecnológicas y políticas que marcaron el periodo, desde la cuestión monetaria hasta la urbanización acelerada.
Lyman Frank Baum, nacido en 1856, había pasado por el teatro y el periodismo antes de consolidarse como autor infantil. El libro fue publicado por George M. Hill Company en Chicago, con ilustraciones de W. W. Denslow, cuya paleta y diseño integral explotaron nuevas técnicas de impresión en color. En su prólogo, Baum anunciaba una “fábula moderna” destinada a deleitar más que a moralizar, alejándose de los horrores de los cuentos tradicionales. Esa apuesta estética y pedagógica se benefició de la capacidad industrial para producir tiradas vistosas y asequibles, al tiempo que posicionó a Oz como un referente de la literatura para niños.
La elección de Kansas como punto de partida remite a la colonización tardía de las Grandes Llanuras, impulsada desde 1862 por la Ley de Homestead y sostenida por el ferrocarril. La vida en ranchos de adobe, la incertidumbre de las cosechas y los ciclos de sequía dibujaron un mundo austero. Los ciclones, que el registro periodístico ya documentaba en la región, se convirtieron en símbolo de una naturaleza imponente. El paisaje “gris” de la granja evoca esa dureza material sin describir miserias concretas, permitiendo que el lector infiera el contraste entre la monotonía rural y el colorido de la fantasía a la que la trama conduce.
La obra se publicó cuando el populismo agrario había marcado la década anterior. Las Alianzas de Agricultores y el Partido del Pueblo canalizaron el descontento de granjeros ahogados por deudas, tarifas ferroviarias y precios inestables. Kansas fue un foco central de esas movilizaciones. Muchos lectores han visto en la novela ecos de esa coyuntura: estrategias comunitarias, recelos hacia el poder lejano y la búsqueda de soluciones prácticas. Sin embargo, conviene subrayar que tales lecturas son interpretativas; el texto no declara un programa político, aunque es difícil separar su imaginación de la atmósfera populista que rodeó su gestación.
Un aspecto central del periodo fue el gran debate monetario. La deflación y la escasez de circulante llevaron a amplios sectores a reclamar la plata como base bimetálica, en oposición al patrón exclusivamente áureo. La campaña de 1896, con el célebre discurso de “la cruz de oro” de William Jennings Bryan, cristalizó la disputa; la Ley del Patrón Oro de 1900 cerró momentáneamente la cuestión a favor del oro. Desde 1964, algunos estudiosos han propuesto leer elementos del libro como alusiones monetarias; otros han cuestionado esa tesis. Es útil conocer el contexto, sin presentar como intención autoral lo que sigue siendo materia de debate.
El pánico de 1893, con quiebras bancarias, desempleo masivo y marchas como la del “Ejército de Coxey” en 1894, dejó una huella emocional en la década. La inseguridad económica afectó a granjeros y obreros urbanos, intensificando la crítica a monopolios y a políticas crediticias. En ese clima, el anhelo de estabilidad, camino claro y soluciones accesibles se filtró en la cultura popular. La estructura del relato —un viaje para encontrar recursos que parecen ajenos pero resultan cercanos— resonó con lectores habituados a enfrentar problemas complejos con medios limitados, sin convertir la narración en parábola cerrada.
La industrialización avanzó con fuerza en los 1890, concentrando trabajadores en fábricas y acelerando la mecanización. Sindicatos como la American Federation of Labor abogaron por mejores condiciones, mientras la opinión pública debatía accidentes, ritmos de producción y alienación. En ese clima, la figura de un personaje metálico y “deshumanizado” ha sido leída como eco de preocupaciones por el trabajo maquinizado. La novela no sermonea sobre la fábrica, pero su imaginería conecta con discusiones sobre la pérdida y recuperación de cualidades humanas en un mundo de hierro, aceite y eficiencia.
El auge urbano se expresó también en proyectos de orden y espectáculo. La Exposición Colombina de Chicago de 1893 deslumbró con iluminación eléctrica, arquitectura efímera y paseos temáticos, alimentando el ideal de una “Ciudad Bella”. La visión de una metrópoli resplandeciente en la ficción participa de ese repertorio visual, donde la modernidad se asocia a brillo, simetría y ornato. Aunque no existe una filiación directa demostrada, el gusto por los panoramas urbanos ordenados y la promesa de maravillas técnicas formaron parte del horizonte mental del público que acogió el libro.
La edición de 1900 fue un hito de la cultura impresa para niños. Los avances en litografía y fotograbado permitieron integrar viñetas y planchas en color con tipografías de tintas distintas, algo que Denslow explotó con diseño unitario. Paralelamente, los periódicos dominicales y los libros ilustrados consolidaron un público joven habituado a imágenes seriadas. Oz se benefició de esa ecología mediática: su iconografía se fijó de inmediato y, a diferencia de ediciones monocromas anteriores en literatura infantil, sostuvo su efecto visual como parte del sentido, no como adorno secundaria.
El teatro comercial y el vodevil eran, a comienzos del siglo XX, los grandes amplificadores de historias. La adaptación escénica de 1902, con números musicales y humor físico, convirtió el relato en un espectáculo itinerante que más tarde llegó a Broadway. La puesta incorporó convenciones del entretenimiento popular de la época, incluyendo cambios de tono y guiños contemporáneos, y reforzó la presencia de Oz en la cultura de masas. Esa circulación teatral no “explica” el libro, pero sí muestra cómo sus temas podían modelarse a ritmos comerciales y sensibilidades urbanas en plena expansión.
La novela apareció en una familia vinculada al sufragismo. Matilda Joslyn Gage, suegra de Baum, fue una figura destacada del movimiento por los derechos de las mujeres en Estados Unidos. Baum apoyó públicamente el sufragio femenino y convivió con debates sobre autoridad, ciudadanía y roles de género. La centralidad de una niña como protagonista activa y el desfile de personajes femeninos poderosos pueden leerse a la luz de ese entorno intelectual. No se trata de proclamas explícitas, pero sí de una sensibilidad que otorgó agencia y competencia a una protagonista infantil en un momento de redefiniciones cívicas.
Al mismo tiempo, la pedagogía progresista iba ganando terreno. En Chicago, John Dewey impulsaba desde mediados de los 1890 una educación centrada en la experiencia del niño y en el aprendizaje por hacer. La literatura infantil acompañó esa transición, desplazándose del sermón moralizante hacia la imaginación guiada por la curiosidad. El propio prólogo del libro reivindica el placer sobre el escarmiento. Esta posición se alinea con una reforma cultural más amplia que favoreció relatos donde el ingenio, la cooperación y el descubrimiento personal cuentan más que la obediencia rígida a reglas morales externas.
La vida cotidiana en 1900 estaba atravesada por nuevas formas de consumo. Catálogos de venta por correo, como los de empresas de Chicago, y las primeras grandes tiendas redefinieron el deseo mediante el escaparate. Baum fue editor de una revista profesional de vidrieras, The Show Window (fundada en 1897), y escribió sobre exhibición comercial. Ese contacto con la cultura del display afinó su interés por lo vistoso, la señalética y los ambientes inmersivos, rasgos perceptibles en su prosa visual y en la colaboración con Denslow. La maravilla, en Oz, combina magia y montaje, en sintonía con una modernidad de vitrinas.
No todo el trasfondo fue luminoso. La violencia fronteriza culminó en la masacre de Wounded Knee (1890) contra lakotas y otros sioux en Dakota del Sur. En ese mismo territorio, Baum dirigió un periódico local y publicó editoriales que pedían la exterminación de los pueblos indígenas tras aquellos hechos, postura hoy justamente condenada. Tales textos revelan la profundidad de ideologías coloniales en la cultura angloamericana de su tiempo. Aunque el libro propone un país imaginario sin referencias directas a la conquista, esa mentalidad contextualiza silencios y supuestos de la fantasía producida por un autor inmerso en su momento.
Otra dimensión histórica es la construcción de un cuento de hadas “americano”. Frente a escenarios europeos de reyes y castillos, Oz ofrece una geografía nueva, con brujas, magos y criaturas, pero anclada en referentes del oeste y del medio oeste. La combinación de ingenio práctico, cooperación entre extraños y confianza en soluciones improvisadas dialoga con relatos nacionales de autosuficiencia y movilidad. Esa americanización del maravilloso no borra sus influencias europeas, pero sí se ofrece como un espejo en que los lectores de Estados Unidos pudieron verse con sus propios paisajes, palabras y problemas transformados en fábula.
El impacto fue inmediato y duradero. La edición de 1900 tuvo éxito comercial, y el universo de Oz se expandió con secuelas publicadas a partir de 1904, que consolidaron a Baum como narrador de referencia para la infancia. El circuito de giras teatrales, las reediciones ilustradas y la creciente red de bibliotecas populares aseguraron su circulación en múltiples públicos. Ese éxito no dependió de una clave política unívoca, sino de una combinación de invención verbal, imaginería potente y sintonía con preocupaciones contemporáneas que los lectores podían reconocer sin necesidad de alegorías cerradas.
En conjunto, El maravilloso mago de Oz funciona como espejo y, en ocasiones, como crítica suave de su época. Dialoga con la ansiedad monetaria sin convertirse en panfleto, explora el brillo urbano sin ocultar su artificio y celebra la iniciativa individual en un tono compatible con la pedagogía progresista. Su mundo reconoce el peso de la industria y del consumo, pero reivindica valores de cooperación y búsqueda de capacidades propias. Así, la novela pertenece a 1900 y lo trasciende: captura tensiones entre campo y ciudad, dinero y trabajo, espectáculo y verdad, ofreciendo a sus lectores una fantasía arraigada en la historia.
