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Título Original: O mistério do 5 estrelas. Un hombre es asesinado en la habitación 222 del Emperor Park Hotel. Leo, botones del hotel y protagonista de esta historia, es el único testigo pero, salvo su familia, nadie le cree. Su vida corre peligro porque, a pesar del miedo, pretende llegar hasta el final y sus enemigos – una banda internacional de tráfico de drogas que actúa bajo las órdenes del Barón, caritativo caballero, pilar de la sociedad – son muy, muy poderosos. Excelente novela de suspense llena de tipos inolvidables y de acción trepidante, aventuras en la mejor tradición protagonizadas por un muchacho que se encuentra de golpe ante lo que la vida ofrece de mejor y de peor, que se arriesga, que crece. Ilustración moderna y de sabor cinematográfico que acompaña y subraya muy bien los momentos claves del texto.
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Seitenzahl: 165
Veröffentlichungsjahr: 2015
EL MISTERIO DEL 5 ESTRELLAS
Marcos Rey
Ilustraciones
Alê Abreu
Traducción
Alberto Jiménez Rioja
***
1a edición digital
São Paulo
2022
Leo pulsó el timbre de la 222, de donde había recibido una llamada. Pronto se abrió un palmo de puerta dejando ver la cara, la ancha sonrisa del Barón. Envuelto en una bata azulada, parecía todavía más gordo, blando y displicente.
– Tráeme los periódicos de costumbre – pidió el huésped entregándole al botones un billete arrugado.
– Con ese dinero no va a alcanzar, señor.
– Tienes razón. Un momento.
Cuando abrió el guardarropa en busca de la cartera, Leo vio por el espejo interior del mueble que el Barón tenía compañía: un hombre pequeño, con pinta de indio vestido a la occidental, se lavaba concienzudamente las manos en el lavabo. Debe de ser una de las muchas personas que reciben ayuda del Barón, pensó el chico.
Mientras el voluminoso ocupante de la 222 tardaba en encontrar la cartera en los bolsillos de sus chaquetas, el botones aspiraba los distintos aromas del apartamento: el de los cigarros ya fumados y apagados, y los más agradables de lavanda y manzana, viendo en todo momento por el espejo al hombrecillo lavarse las manos y secarse con toallas de papel que iba tirando a una papelera. Después, recelando súbitamente ser visto por el espejo del guardarropa, cerró la puerta del baño de un codazo.
Al final el Barón reapareció con más dinero y una nueva sonrisa.
– El cambio para ti, hijo mío.
Leo salió zumbando por los pasillos alfombrados del Emperor Park Hotel, esperó, tomó el ascensor y se dirigió a la recepción. Novato todavía en el puesto, deseaba probar con la velocidad de sus piernas su interés por el trabajo. A la entrada del edificio, ataviado con un bello uniforme blanco con adornos dorados, vio a Guima (Guimarães), el conserje, antiguo amigo de su familia, a quien debía su sueldo, las propinas y su nuevo oficio.
Al entrar por primera vez con Guima en el inmenso y lujoso vestíbulo del Park, como lo llamaban sencillamente los empleados, Leo se quedó deslumbrado. En el mundo de Bela Vista, el barrio de Bexiga, donde había nacido y vivía, jamás había pisado un ambiente tan bonito, moderno y refinado. “Es que es un cinco estrellas”, explicó el conserje con orgullo de propietario. “¿Pero qué es un cinco estrellas?”, preguntó Leo. Guima lo miró como si su ignorancia le diese pena y dijo que la calidad de los hoteles se mide por la cantidad de estrellas que ostentan. Cinco es lo máximo, sólo para establecimientos de nivel internacional.
Era un viernes; el lunes, ya uniformado y registrado, Leo comenzó a trabajar en el Emperor Park Hotel como botones de las ocho a las dieciocho horas. Cuando volvía a casa, comía deprisa y se iba corriendo a la escuela nocturna. El horario exigente y el servicio cansaban las piernas, pero las propinas compensaban. Recibía propinas incluso en moneda extranjera: pronto conoció el color del dólar, de la libra, del peso, del franco, de la peseta, que cambiaba por cruceiros allí mismo, en la oficina de cambio de divisas del Park.
Leo necesitó un mes para recorrer los veintitantos pisos del hotel, sin contar los subterráneos destinados a garajes, lavandería, depósito de artículos alimenticios, bodega, almacenes… un laberinto frío y desierto durante muchas horas del día.
No era, sin embargo, en el proletario subsuelo donde el chico de Bela Vista encontraba satisfacciones e intereses. Le gustaba vagar por el vestíbulo, siempre lleno de huéspedes que llegaban o se marchaban en una confusión de maletas, carteles e idiomas, espiar la piscina del cuarto piso, con su agua muy clorada, de un verde para ricos, el restaurante, con sus olores caprichosos, la lujosa boîte, el imponente salón de convenciones, el Tropical Garden, pequeña selva donde servían helados y sándwiches, la sauna, que vendía calor y humo, el centro comercial, con sus tiendas sofisticadas, y en lo alto, allá arriba, el bonito barterraza, cosa de cine, con pista de baile, solárium y un mirador acristalado que permitía ver todo São Paulo a la luz del sol, eléctrica o de las velas, en comidas y ocasiones especiales.
La mayoría de los huéspedes del Park también parecían tener cinco estrellas grabadas en la cabeza: gente importante, preocupada por llamadas internacionales, políticos, deportistas y artistas famosos que recibían periodistas o huían de ellos, procurando evitar fotos o entrevistas. Después de la primera quincena en el Park, Leo estuvo a dos metros de distancia de Vera Stuart, actriz del cine norteamericano, cargó las maletas de un corredor francés de Fórmula Uno y llevó una botella de agua mineral a los aposentos de uno de los reyes del petróleo (ataviado con el atuendo típico) de Oriente Medio.
Había, además, huéspedes que vivían en el hotel: doña Balbina, viuda rica y solitaria; Mr. O`Hara, que aún siendo muy mayor y con mala salud dirigía una gran empresa sin salir casi de la habitación; el enano Jujuba, ídolo infantil de la televisión, y el Barón. Ciertamente, Barón era sólo el apodo del hombre gordo que había mandado a Leo a comprar los periódicos, aunque era un conocido benefactor que tutelaba innumerables instituciones asistenciales.
Leo volvió con los periódicos y tocó el timbre de la 222. En esta ocasión, su ocupante abrió inmediatamente la puerta pero, antes de que lo hiciese, el botones oyó ruidos.
– ¿Quién es? – preguntó el Barón, que nunca lo hacía.
– Soy el botones. Traigo los periódicos.
La puerta se abrió un poco, lentamente, lo suficiente apenas para mostrar el rostro del huésped. El Barón, muy pálido, como si estuviese enfermo, intentaba sonreír, pero no debía de estar bien porque sus manos, trémulas, dejaron caer los periódicos. Leo se agachó para recogerlos y vio, debajo de la cama, dos pies calzados que apuntaban hacia la puerta. Recogió los periódicos y, al levantarse, notó una mancha rojiza, probablemente de sangre, en la bata del gordo de la 222.
– Muchas gracias – dijo el Barón, agarrando atropelladamente los periódicos y apresurándose a cerrar la puerta.
Incluso delante de la puerta cerrada, Leo se detuvo todavía un momento para grabarse en la memoria la escena que acaba de ver. De ahí en adelante iban a comenzar sus problemas.
Leo bajó a la recepción deseando que nadie lo llamase. Tenía que contarle a Guima lo que había visto en la 222. El conserje, en la calle, paraba un taxi para una pareja de huéspedes extranjeros. La Dirección le tenía aprecio porque hablaba un poco varios idiomas, incluso japonés.
Guima, en cuanto lo vio, se acercó a él.
– Dile a doña Yolanda que el domingo me paso para disfrutar de la macarronada.
Leo se sentía más asustado en aquel momento que después de ver los pies debajo de la cama.
– Guima, ¿sabes lo que he visto?
El conserje se dio cuenta de que el chico estaba sometido a una gran tensión y se preocupó al instante. Para un botones no era conveniente ver determinadas cosas. Además, el perfecto botones no tenía ojos ni oídos: sólo piernas y cortesía.
– ¿Alguna mujer desnuda?
– No, me parece que he visto un cadáver.
– ¿En qué programa de televisión?
– No es broma, Guima. He visto un cadáver debajo de una cama. ¿Sabes dónde? En la habitación 222, la del Barón.
– ¿Pero cómo has visto ese cadáver?
Leo se lo contó todo a partir de la llamada para comprar los periódicos, cuando por el espejo del guardarropa vio al hombrecillo con cara de indio que se lavaba las manos. Todavía sonriendo a los huéspedes que entraban y salían, Guima prestaba la máxima atención y se iba contagiando de la ansiedad de Leo, pero tenía que hacer algunas preguntas para eliminar la hipótesis de que hubiera sido una alucinación.
– Cálmate, Leo, respira hondo, y después me dices si has visto de verdad una persona debajo de la cama.
– La he visto, te lo juro.
– ¿La misma que habías visto antes?
– No lo sé, la última vez sólo vi dos pies.
Guima abrió los brazos sin saber qué decir y mucho menos qué hacer.
– Si hay un cadáver en la 222, lo sabremos pronto.
Llegó el turno de Leo de hacer preguntas:
– ¿Tú viste entrar a un hombre como el que te he descrito? ¿Bajito, con cara de indio? Llevaba un traje azul metálico.
La respuesta fue inmediata:
– Si lo vi, no me di cuenta.
– ¿Estás solo aquí en la puerta?
– Desde mediodía. El otro conserje ha ido al médico.
Leo continuaba atónito, buscando orientación.
– ¿Y qué hago, Guima?
La respuesta fue seca pero meditada:
– Nada.
– ¿Lo dices en serio?
– Lo importante es el empleo, Leo. Lo que ganas aquí no vas a ganarlo en otro sitio. No te metas y espera. Si hay un cadáver, ya aparecerá.
El botones volvió a la recepción y se acercó a los ascensores. Tenía que hablar con los dos ascensoristas de servicio. Les preguntó a ambos si habían llevado al segundo piso a un hombre bajito, con cara de indio. Uno le aseguró que no y el otro no se acordaba. Leo subió después al piso del gordo y fue a buscar a la camarera, una mulata llamada Jandira.
– ¿Has visto entrar a alguien en la 222?
– No he visto a nadie.
– ¿Has arreglado ya la habitación?
– No, ha colgado el cartel de “No molestar” en la puerta. Debe de estar durmiendo.
El chico se dirigió entonces a la sala donde se reunían los botones en espera de llamadas. Nadie había visto al hombre con cara de indio entrar en los ascensores ni en la 222. Con tanto movimiento en la recepción era difícil que una persona tan insignificante como ésa fuera observada. Y tal vez hubiese subido por las escaleras, porque el Barón vivía en el segundo piso. En ese momento, se acordó de que el hombre había empujado la puerta del baño de un codazo para no ser visto. ¿Qué motivo tenía para temer que alguien viera su imagen en el espejo?
Aquella tarde, Leo trabajó como siempre. Subió y bajó a los distintos pisos atendiendo continuas llamadas, pero el ajetreo no le impidió pensar en lo que había visto y, siempre que se cruzaba con Percival, el director, sentía deseos de contárselo todo.
Cuando estaba terminando su jornada, vio a Guima en recepción.
– Guima, ¿vamos a hablar con el director?
– Sigo opinando que no nos debemos meter.
– He estado pensando, Guima. Si hay un cadáver en la 222 tengo que comunicárselo a la Dirección. El Manual de los Empleados Subalternos dice que debemos relatar a los superiores toda irregularidad.
– Bueno, ya han pasado unas cuantas horas – sopesó Guima –. Quería que tuvieses tiempo para pensar y ya lo has tenido. Vamos entonces.
– Si no quieres venir, no vengas. Voy yo solo.
Guima miró en dirección a los ascensores.
– Mira quién viene.
Leo miró: era el Barón que, llave en mano, se dirigía a la recepción con aquella sonrisa tan grande como su rostro.
– Por favor – pidió en el mostrador –. Manden a la camarera a arreglar mi habitación.
En cuanto el Barón salió del hotel, Leo y Guima subieron. Encontraron a Jandira en el pasillo.
– Arregla la 222 – le dijo el chico.
La moza abrió la puerta de la estancia. Leo miró debajo de la cama y Guima buscó vestigios de sangre en el suelo del baño y en las toallas. Sin resultado.
– Vamos a ver el guardarropa.
– Buen sitio para esconder un cadáver – dijo Guima.
La puerta del guardarropa estaba sólo entornada.
– ¿Y no dirá Jandira que hemos estado aquí?
– Creerá que estamos buscando alguna cosa para él. Salgamos.
En el pasillo Leo le preguntó a Guima:
– ¿Crees que he mentido?
– ¿Mentiroso tú? ¿El hijo de Rafa?
– Entonces piensas que me lo he imaginado, ¿no?
– No pienso nada, colega. Pero aquel hombre que vimos allá abajo, tan tranquilo, no tenía pinta de haber acabado de matar a una persona, ¿verdad?
Leo inclinó la cabeza, mostrando su asentimiento:
– No, no la tenía.
Leo fue a pie del Park a Bela Vista. No tenía prisa, eran las vacaciones de fin de año y necesitaba tiempo y espacio para pensar. ¿Habría sido víctima de una alucinación? Hay personas así: les basta mirar al cielo y ya ven platillos voladores. Gente que vive más de fantasías que de realidad, enfermos del coco que imaginan cosas que no han visto ni han sucedido. ¿Sufriría él esa enfermedad? ¿O estaba intoxicado de tanto leer novelas policíacas y ver series de televisión? ¿O era, quizá, que el ambiente cinematográfico del Emperor Park Hotel, con su variadísimo elenco de personajes, tan diferente a su mundo, le había afectado la mente?
– Tú no has visto nada, Leo – se dijo a sí mismo al llegar a la calle donde vivía –. Todo imaginación. Mañana, en el Park, hasta voy a lanzar unas carcajadas. ¡Y con ganas!
La familia de Leo vivía en una casa muy vieja, como casi todas las del barrio. Sus padres, Rafael y Yolanda, habían nacido allí, en Bexiga, uno de los barrios italianos de la ciudad. Se conocían desde la infancia, pero no se casaron hasta protagonizar uno de los noviazgos más largos del barrio. Rafael, a quien todos llamaban Rafa, era ebanista por entonces, y Yolanda trabajaba en la cantina de unos parientes. Después de casarse alquilaron aquella casa, destartalada por dentro y por fuera, necesitada de una reforma urgente que siempre se retrasaba por falta de dinero. El padre de Rafa, el señor Pascoal, viudo, comilón y contador de historias, se fue a vivir con la pareja, como inquilino, pero sólo pagó el primer mes. Luego perdió su empleo en una cristalería, no volvió a trabajar y el pago no se mencionó de nuevo. A diferencia de la mayoría de las familias italianas, Rafa y Yolanda tuvieron sólo dos hijos: Leonardo, ya con dieciséis años, y Diogo, de doce. Pero la casa, principalmente los fines de semana, estaba siempre repleta de parientes y amigos, y doña Yolanda preparaba todo lo que había aprendido a cocinar en la cantina.
– Guima me ha dicho que viene el domingo – le dijo Leo a su madre.
– Entonces voy a preparar algún plato especial. ¿Le gustarán los espárragos? Pues si no le gustan, terminarán por gustarle cuando los coma como los cocino yo. Quiero agasajar a ese hombre. Gracias a él tienes tu trabajo.
– Es verdad – convino Leo –. El sueldo es pequeño pero las propinas son buenas. Guima se ha comprado un Fusca y un apartamento con ellas.
– Por eso debes tener cuidado, hijo, no puedes perder ese empleo. Otro así no vas a encontrar.
– No lo voy a perder, madre. Les caigo bien a todos.
Al poco, Leo fue a la oficina, que era como llamaban al cuarto del fondo donde Rafa hacía esculturas de madera. Cansado de trabajar como ebanista, descubrió su vena artística y empezó a tornear bonitas piezas que vendía en las tascas de Bexiga y principalmente en la feria hippy de la Plaza de la República. Pascoal, el abuelo, le ayudaba a hacer las piezas y Leo, a venderlas. A la que no le gustaba mucho el arte era a doña Yolanda, que prefería el obrero al escultor, porque el primero ganaba más que el segundo. Pero Rafa, artista, detestaba someterse a horarios y obligaciones, y creía que su talento sería reconocido algún día.
– Eh, muchacho, ¿cómo vas en el hotel?
– Todo bien, padre. Guima va a venir a almorzar el domingo.
– Me parece muy bien. Quién sabe si a lo mejor consigue venderles mis estatuas a los huéspedes del Park. Labia no le falta.
– Entonces vamos a comer. Madre ha hecho albondiguillas.
Siempre se comía muy bien en casa de los Fantini, incluso cuando el dinero escaseaba. Doña Yolanda no necesitaba tener llenas la despensa ni la nevera para preparar los platos más sabrosos. Rafa decía que hacía magia en la cocina, y era verdad.
Leo comía con la vista fija en el plato, loco por darse un paseo por el Morro dos Ingleses. A un extremo de la mesa se sentaba su padre y al otro su abuelo, con sus casi 80 años, una de las figuras más conocidas de Bexiga, donde siempre había vivido y donde había ejercido los oficios más diversos: pescador, cantero, vidriero, pintor de brocha gorda, reparador de todo lo que se rompiese y agente electoral.
Al lado de Leo, esperando los elogios por los albondiguillas, comía doña Yolanda, mujer vistosa y fuerte y, delante de ella, Diogo, el benjamín, uno de los muchachos más alborotadores y rebeldes de Bexiga. Pero con sus padres se las daba de santito, convenciéndolos de que era inocente de todos los cargos de los que el vecindario le acusaba.
Leo terminó de comer y no esperó el café.
– ¿Dónde vas? – preguntó la madre.
– A dar una vuelta por ahí.
– ¿Vas otra vez detrás de esa niña?
Toda la familia estaba al corriente de la afición que tenía Leo por Ángela. Pero Rafa y Yolanda, Yolanda más que Rafa, condenaban ese casi noviazgo, porque los que vivían en el Morro dos Ingleses pertenecían a otra clase social, eran más finos, y cuando hay esa diferencia entre enamorados nunca se sabe.
– Voy a acercarme a los teatros – dijo Leo –. A veces consigo entrar sin pagar cuando hay alguna estrella.
El alegre barrio de Bexiga, además de ser el de las antiguas casas paulistas, era también el de los teatros, y a veces Leo lo frecuentaba cuando los espectáculos no estaban prohibidos a los menores de 18 años. Pero aquella noche su intención era la que su madre había adivinado: dar un paseo por el Morro dos Ingleses, allí cerca, con la esperanza de ver a Ángela.
Leo y Ángela eran enamorados que jamás habían concertado una cita: se encontraban por casualidad o gracias a coincidencias que el muchacho provocaba subrepticiamente. Cuando ella salía a la puerta de su casa o iba a la confitería, Leo se materializaba delante de ella con cara de no querer nada y entablaba conversación. Ángela no siempre le hacía caso, apresurada o indiferente, pero otras veces se portaba como una casi novia, y se quedaban en la esquina o daban vueltas por el barrio conversando sobre mil asuntos. Sólo habían estado juntos una vez en un sitio cerrado, en la gran discoteca del barrio; ése sí fue un encuentro casual y le hizo vivir a Leo una de sus noches más maravillosas. Aunque ella estaba con un grupo de gente, prefirió bailar con él horas enteras. Leo se imaginó que desde esa noche en adelante serían novios y que todo mejoraría, pero se equivocó. La muchacha volvió a tratarlo como a un conocido de los muchos que tenía y lo apartó discretamente. Leo decidió entonces no buscarla más, decisión que le duró apenas una semana, abandonada al reconocer que Ángela era en realidad, y sin duda, feliz o infelizmente, su primer amor.
Aquella noche Leo necesitaba verla y hablar con ella más que nunca. Tenía la impresión de que sólo una charla con Ángela podría hacer que se olvidase del cadáver visto o imaginado en el cuarto del Barón. Pero ella no estaba en la puerta de su casa. Leo dio una larga vuelta por el barrio, se detuvo delante del teatro Galpão, tomó un refresco sin ganas en un bar y volvió a la casa donde vivía Ángela. Tampoco esta vez la encontró; ya regresaba a su casa cuando una voz inconfundible lo llamó.
– ¡Leo! ¡Leo!
Se detuvo y vio a Ángela, linda como un pastel de boda, que se acercaba ligera hacia él.
– ¿Cómo estás, Ángela? Pasaba por aquí…
– Desde mi ventana te he visto pasar dos veces.
– Estoy dando una vuelta. Sólo eso.
Leo intentaba mostrarse indiferente o natural, pero no siempre lo conseguía, sobre todo cuando Ángela estaba tan bonita como aquella noche. Llevaba un vestido blanco y un peinado que la hacía más alta y atrayente. Sabía que aún no había cumplido 15 años, pero aparentaba 18. Lo que más temía Leo era tener que disputársela a muchachos mayores, con edad para hablar de noviazgo y casamiento.
– Vamos a dar un paseo – sugirió Leo.
– Lo siento, pero no puedo. Mis padres han salido y estoy sola con la criada.
– No importa. Podemos hablar aquí mismo.
– Sólo quería saludarte.
– ¿No irás a entrar ahora, verdad?
– Quiero ver la televisión antes de dormir.
– ¿Qué programa?
– No sé, cualquiera.
– ¡Pero si ni nos hemos visto!
– Otro día hablamos. Sólo quería saber cómo lo estabas pasando.
Ángela se le acercaba y luego se marchaba por el motivo más banal. Ella siempre dejaba todo para otro día, para otra ocasión. Leo no sabía mucho de chicas, pero se imaginaba que acostumbraban a comportarse así cuando no tenían ningún interés o cuando tenían demasiado. Pero no quería volver pronto a casa ni sufrir el vacío que Ángela dejaba al marcharse. Para intentar retenerla dijo:
– Hoy ha habido un crimen en el hotel.
– ¿Hoy? ¿Ha salido en los periódicos?
