El ojo de Pascal - Javier Edwards Renard - E-Book

El ojo de Pascal E-Book

Javier Edwards Renard

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Beschreibung

"Con un estilo provocador, en El ojo de Pascal, el reconocido crítico literario Javier Edwards Renard nos sumerge en escenas que impactan por su crudeza y belleza: diálogos que cortan como cuchillos, recuerdos que revientan en el cuerpo, silencios más elocuentes que cualquier palabra. Una lectura que remueve, incomoda y emociona. Un libro para quienes no temen mirar de cerca lo que está latente, con cuentos intensos y conmovedores que nos enfrentan a lo que callamos, a lo que perdimos y a lo que todavía soñamos. Editorial Forja De fondos, de profundidades, de simas y de cimas están hechos los textos de El ojo de Pascal. El atreverse a hurgar en situaciones que aparentan ser cotidianas, en un falso 'aquí no ha pasado nada' nos abre nuestra propia pupila a espacios no cuantificables, no reducibles a fotos o a mediciones. En este pestañeo que es la vida humana, Edwards Renard propone cuentos que se atreven a indagar en esta caja china que es la realidad. O, como dice uno de sus personajes: "La realidad es una cebolla con pliegues que hacen llorar". Ana María del Río Javier Edwards Renard ha escrito un conjunto de cuentos de una extraordinaria belleza. Es el ojo solitario de un Dios ciclópeo que transita leve y profundo por el alma humana. Es el ojo del autor, agudo y poético, el que oculta y revela, el que no tiene miedo de sumergirse en lo insondable y mirar, bajo el microscopio, la misteriosa naturaleza de nuestra existencia. Aunque nos encandile, aunque nos duela. Carla Guelfenbein"

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Seitenzahl: 77

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Título: El ojo de PascalAutor: Javier Edwards Renard Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago, Chile. Fonos: 56-224153230, [email protected] Diseño y diagramación: Sergio Cruz. Edición electrónica: Sergio Cruz. Primera edición: julio, 2025 Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Registro de Propiedad Intelectual: Nº: 2025-A-1019 ISBN: Nº 978956338806-0 eISBN: Nº 978956338807-7

A mis hijas, Isidora y Antonia Edwards Matte y a Marta Blanco, siempre.

Le silence eternel des ces espaces infinis m’effraie.Blaise Pascal

BAJO CERO

Una frase, después otra.

Esa pausa antes del diálogo. Una palabra y más, las miradas, los gestos. Están cara a cara, sentados con aparente comodidad, fingiendo control, estáticos.

Por qué llegaron a esa cafetería, es un misterio. Fue un acuerdo aparente, simulado, como tantos otros. Pero están ahí, quizás como el eco de algún tic antiguo, el resabio de una memoria tergiversada, sentados, tomando café. Hablan. Vuelven a intentar una conversación que ya han tenido, un diálogo que abandonaron antes, a medio camino, porque siempre llegan al mismo punto y lo que comienza como una discrepancia cualquiera se transforma en un obstáculo. Bola de nieve, fría, en cuarto creciente. La mesa, un muro opaco. Concreto armado, gris, impertérrito.

El diálogo interrumpido, el resentimiento, la desaparición de las palabras y una distancia esencial instalada en medio. Pero, pasa el tiempo. Retoman la conversación, el café, acercándose las tazas a los labios a intervalos inexactos, y observan las galletas que piden sin tocarlas.

Se miran con desdén. Una palabra tras la otra, vuelven a explorar la posibilidad del encuentro, quizás la esperanza de poder avanzar más allá, de desatar los nudos, los silencios, lo inexplicable. De alguna manera intuyen que no lo lograrán, pero siguen atrapados en el ritual.

No es ya el amor. Es algo distinto. La repetición mecánica de un gesto nervioso, la imitación de algo espontáneo que ha sido dañado en el núcleo de su aparición.

Ese ritual del fracaso comenzó mucho antes de abandonarse a las posibilidades de cada uno, comenzó cuando descubrieron la muerte del amor que se habían prometido para siempre.

¿Por qué, cuándo, cómo, dónde se murió el desear? Sienten a quemarropa todas las dudas y se las arreglan para vadear las respuestas con una red densa de preguntas tramposas, agresivas y sin sentido, te veo cansado, ¿cómo sigue el trabajo?, ¿es algo que de verdad te importa?, ¿qué es para ti la lealtad?, fue el sexo, ¿no?

Querer siempre más, explorar la sorpresa, escapar del tedio de lo conocido, quizás. Silencio.

–¿Por qué resististe todos esos años?

En el fondo, tampoco era amor, piensa, sino la floja rutina de los derrotados.

–Qué fácil decirlo. ¿Crees que es cómodo tener al lado un cuerpo inerte? ¿Una cama inútil salvo para dormir?

Hablan, hablan, hablan. Pero es solo una batalla más, un tango cojo, una coreografía de pretextos que los lleva a esos lugares comunes de siempre. Gestos, miradas, palabras inútiles, la retórica del desamor que se instala en los intersticios del cariño.

Desconfianza mutua, ¿qué más? Es lo que conservan y atesoran, porque sin ella se perderían para siempre. La sospecha es lo que los mantiene amarrados, congelados. Se han convertido en las Tres Marías, el monolito de sal y arena que habita inmutable en el desierto más seco de todos. Trío perfecto, él, ella, la soledad, condenados a mirarse para siempre sin llegar a tocarse, sin llegar a romper la geometría triangular del desamor. No te creo, yo tampoco. Me engañaste todo el tiempo; no, las cosas cambiaron. Tú cambiaste, no yo. Fuiste tú, deja de engañarte por favor. No, alzando la voz con sequedad. Una y otra vez, como el Bolero de Ravel, con su ritmo en espiral progresiva, vaivén de ida y vuelta, subiendo, más alto, más intenso, hasta una cima imprecisa, desde la que caen de pronto hasta la fosa oscura del silencio. Siempre el ciclo infinito e inútil. Nadie les advirtió que esta era la ley de la suerte humana, porque no se habla del fracaso antes, solo después.

Se mantienen así, frente a frente. Los ojos de uno clavados en los del otro, en ese café santuario rodeado de calles ordenadas, sus paseos peatonales, el verde por todas partes –a veces mero polietileno, nylon del antiguo, pasto que quema los pies bajo el sol candente–, en ese verano que contrasta con el íntimo invierno que se les instaló hasta el tuétano. No hay tensión en los gestos. Todo es parte de una batalla muy antigua.

Los pero, los aunque, los no creo que, los tú nunca, los sería bueno que por una vez tú, los no creo que nosotros, les ladran implacables. El ruido de la calle, con sus autos, las micros y la gente que camina les hacen de comparsa. Pero todo es silencio frente al estruendo sordo que acarrea un diálogo sin piedad. Sordina que se instala en las palabras, las frases, los gestos, las miradas, las declaraciones, las recriminaciones, eso que enreda las lenguas con acusaciones y perdones simulados. El café no logra entibiar el frío que les hiela hasta los dientes. Es una batalla más, lo saben.

Una explosión estalla, ensordecedora, cuando él extiende la mano para rozarle la mejilla. Confusión. Ya no saben qué significa el lenguaje del cuerpo que se toca, solo ejecutan el gesto, la mano se encuentra con el rostro, la piel de uno y otro, el despliegue de una red de signos que altera todo, sin producir el más mínimo cambio. Las emociones, los sentimientos se han congelado para siempre, convirtiéndose en un glaciar milenario, un río torrentoso paralizado. Nada más. Que todo pueda ser fracaso otra vez alimenta el miedo, esa adrenalina disimulada que se ha vuelto voraz, adictiva. Es una guerra perdida en medio del ruido, silencio y ruido.

Ella no dice palabra alguna. La mano sobre la mejilla no cura la distancia sideral de sus cuerpos. A su manera, cada uno lo sabe. Él siente la piel de la otra cara, no la misma, solo la memoria de lo que era y piensa –¿segundos, minutos?– cuándo fue el instante en que se perdieron de vista.

Pero no recuerda. Están atrapados por la fragilidad de las cosas, la transparencia de la memoria con su levedad de brisa que llega y pasa. Les duele saber que han sido incapaces de conservar para siempre la perfección de los cuerpos fundidos, derrotados como en el viaje letal de la polilla hacia la luz que la calcina.

El café sobre la mesa se enfría lentamente. Ambas tazas han dejado hace rato de humear y esperan, sin saber. Ellos están ahí, instalados en un viaje que no tiene que ver con cafés.

–¿Por qué me dejaste? –pregunta ella, con una voz pareja, triste, mientras mira por la ventana a la gente que pasa por la calle.

La pregunta queda flotando en el aire y un instante es la eternidad.

Él piensa: nunca te he dejado, no sabes cuánto extraño lo que tuvimos, lo añoro para siempre, pero no sé responder por qué mi cuerpo dejó de desear, ciego, perdió la facultad de encontrarte.

En cambio dice:

–Tú sabes que te quiero.

Los verbos se cruzan en el aire, lanzas mortales. Ambos producen daño al decirse, al oírse. Querer. Desear. No son lo mismo, se anulan en una ecuación que no despeja la incógnita.

Autos, gente, la sangre que circula por las venas y arterias de miles de seres alrededor. El ruido y el silencio, barreras impenetrables. En todas partes, dentro y fuera de ellos. Pulsos que laten sin compás.

Desde otra mesa alguien los observa –siempre hay un otro que mira e interpreta–, pero no entiende el verdadero significado de lo que pasa. Son las apariencias, es lo que merece el intruso.

¿Por qué me dejaste? La pregunta sigue dando vueltas en el aire y regresa con el recuerdo del momento en que salió de la boca de ella.

Es ciego. Su cuerpo ya no le habla. No lo ve o es invisible. Su cuerpo o él, sordos. Su alma, no la oye o no entiende ya su idioma.

Es un diálogo inútil. El silencio del amor muerto que deja lugar a ese pálido reflejo de los afectos gastados.

La mira irse. Todo desintegrándose, frases, palabras. Todo.

Y sin embargo, nos tomamos un café juntos, piensa, mientras la ve doblar la esquina.

SACRISTÍA

Juano mira el portón.

La iglesia está cerrada desde hace tiempo. Solo las monjas del convento de La Concepción van a limpiar cada semana con sus baldes, plumeros y franelas, todo debe quedar impecable, virutilla, cera, de atrás para adelante, las caras de los santos, lavarlas, todo impoluto, la casa de Dios. Noli me tangere.

Ahora nadie recuerda, la iglesia sigue vacía.

La enredadera de suspiros azules, ipomoea purpurea