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En la misma noche, dos hombres son atacados y gravemente heridos en una calle céntrica de Gotemburgo. Todo indica que los dos hombres fueron atacados por el mismo agresor, pero la policía no logra esclarecer el móvil del asalto. La inspectora jefe Ingrid Bergman y su equipo comienzan a investigar lo ocurrido, pero es una labor complicada. Uno de los hombres fallece a consecuencia de las heridas y el otro se niega a colaborar con la policía. Pero Ingrid Bergman cree ver un patrón y las pistas los llevan a un mundo oscuro donde es más importante callar que hablar. “El Quinto Libro de Moisés” es el primer libro sobre la inspectora jefe Ingrid Bergman. Una novela oscura sobre el fanatismo, el doble juego y la persecución de la autora bestseller sueca Christina Larsson, conocida en España por la serie Sektion M.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
EL QUINTO LIBRO DE MOISÉS
INGRID BERGMAN I
Christina Larsson
Traducido por Albert Herranz
© Christina Larsson, 2013
© de esta edición: Word Audio Publishing International/Gyldendal A/S, Copenhague 2023
Klareboderne 3, DK-1115
Copenhague K
www.gyldendal.dk
www.wordaudio.se
Título original: 5:e Moseboken
ISBN 978-91-80348-41-6
Traducido por: Albert Herranz
Diseño de cubierta: Anders Timrén
Esta es una obra de ficción. Todos los personajes, organizaciones y eventos retratados en esta novela son productos de la imaginación del autor o se utilizan ficticiamente.
Todos los derechos reservados. Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal.
Prólogo
—Despierta, Erik, despierta. Tu padre quiere hablar contigo.
Unas manos bruscas sacudieron con fuerza sus hombros delgados y él se sentó medio dormido mientras se frotaba la cara con las dos manos frenéticamente. Por lo general, solía ser su madre quien lo despertaba. ¿Qué hacía allí, en la habitación, el sirviente de su padre a altas horas de la noche? Enseguida se espabiló.
—Date prisa, Erik. Ya sabes cómo se enfada tu padre si te haces el remolón.
—¿Qué pasa, Joseph? ¿Por qué quiere verme mi padre?
—No preguntes, acompáñame.
—Pero… —protestó Erik.
Joseph, que había comenzado a andar hacia la puerta, se giró y con el dedo índice sobre la boca le pidió que se callara. Su mirada era triste. Erik lo siguió. Atravesaron con rapidez la casa y salieron por la puerta, adentrándose en la noche oscura donde los grillos chirriaban ensordecedores. Erik tenía frío en la fresca noche y se ajustó más al cuerpo la chaqueta del pijama.
—¿A dónde vamos, Joseph?
Joseph no contestó.
—¿A dónde vamos, Joseph? —volvió a preguntar, ansioso.
Pero Joseph seguía sin contestarle y Erik dejó de preguntar. Iba detrás de Joseph medio corriendo hasta que llegaron a la pequeña iglesia de madera con tejado de hojas de palmera en la que su padre era el párroco.
—Ahora, tienes que arreglártelas solo. Tu padre te espera en la sacristía.
Erik entró lentamente en la sala grande y fría de la iglesia. Con el corazón palpitando, continuó hacia la luz llameante que provenía de la puerta semicerrada al fondo de la iglesia, la puerta que daba a la habitación que recibía el nombre de sacristía.
Dentro estaba su padre vestido de pastor con la espalda vuelta hacia él.
—Padre —dijo dubitativo—. Padre, ¿quería verme?
—Hijo mío —contestó con voz severa y dándole todavía la espalda—, has pecado, y como el siervo del Señor que soy tengo que castigarte, aunque ello me duela.
El miedo se adueñó de Erik, que cayó de rodillas y unió sus manos en súplica. En su cabeza, como llevados por un torbellino, los pensamientos iban y venían. No se le ocurría qué podía haber despertado la ira de su padre.
—Padre —comenzó con prudencia.
—Calla, hijo. Hoy te he visto con las chicas. He visto cómo os pintabais los labios y te vestías como si fueras una mujer. Voy a enseñarte a no vestirte nunca más como una mujer, ya que es una abominación a ojos de Dios, Nuestro Señor. Quítate el pijama y ponte la ropa que hay en esta silla. Y date prisa, o saborearás el bastón.
Erik no entendía a qué se refería su padre, pero tenía miedo al bastón; demasiadas veces lo había cubierto de moratones cuando su padre se había visto obligado a castigarlo. Con rapidez, se deshizo de la parte superior del pijama; se bajó los pantalones y con ayuda de los pies acabó de quitárselos. Fue a la silla y cogió un vestido rojo brillante, casi transparente. Nunca había visto una tela igual. Con cuidado, se lo puso y sintió la caricia suave de la tela contra su delgado cuerpo infantil.
Su padre ya no le daba la espalda y en su mirada había algo que Erik nunca le había visto.
—Toma —el padre le dio un pintalabios rojo intenso—, ponte esto también.
Erik no comprendía qué estaba pasando, pero tenía miedo y no se atrevía a preguntar. Una vez se hubo pintado los labios, su padre le sonrió y Erik se relajó por un momento.
—Colócate contra la mesa dándome la espalda. —Erik obedeció por miedo al bastón—. Inclínate hacia delante.
Erik se inclinó tanto como pudo hasta que sus mejillas descansaron sobre la dura mesa de madera.
Oyó cómo su padre removía sus ropas y, de repente, el vestido que llevaba puesto se alzó hasta cubrir su espalda. Estaba con el trasero al aire. Erik cerró los ojos con fuerza. «No, el bastón no. El bastón no», gritaba en su interior. Entonces sintió algo duro y caliente entre sus nalgas. Erik apretó los labios y cerró los ojos intentando no llorar.
—Por favor, padre, el bastón no. Por favor, padre…
—No es el bastón, hijo —jadeó el padre con voz espesa—. Es otra cosa que te enseñará a no vestirte nunca más con ropas de mujer.
Después Erik sintió cómo aquella cosa dura y caliente penetraba entre sus nalgas, y un dolor cortante e indescriptible se extendió por sus genitales.
Lunes, 17 de abril
Hora 08:53
La inspectora jefe Ingrid Bergman estaba en su oficina en el cuarto piso de la comisaría central en la plaza Ernst Fontells Plats en Gotemburgo y miraba por la ventana. Era lunes por la mañana y llovía a cántaros. Toda la ciudad estaba envuelta en una neblina gris. Desde su oficina podía ver la calle Skånegatan y el nuevo estadio de fútbol de Ullevi. Los coches se movían lentos en el tráfico matinal, y las pocas personas que paseaban lo hacían con las cabezas bajas y las manos en los bolsillos. Sus pensamientos fueron a parar, en contra de su voluntad, al caso que esperaba su atención en una carpeta sobre la mesa que estaba a su espalda. A las cinco de la mañana, se había encontrado a dos hombres víctimas de una paliza salvaje en la calle Andra Långgatan. Ahora estaban inconscientes en la UCI del hospital de Sahlgrenska.
La semana pasada habían acabado tres investigaciones difíciles en las que ella había llevado la responsabilidad. Y, cuando dejó la comisaría el viernes y se fue a casa, por primera vez en mucho tiempo contaba con un fin de semana libre en el que no tendría que ocupar sus pensamientos en algún caso pendiente. Esa mañana, apenas había entrado por la puerta cuando ya estaban informándola del caso del que tendría que encargarse. Sentía cómo la irritación crecía al pensar en la forma tan chapucera en la que se había llevado hasta que había llegado a sus manos.
Los pensamientos de Ingrid se vieron interrumpidos por unas voces que provenían del pasillo y giró su mirada a la puerta al mismo tiempo que la persona más encantadora de la comisaría, Thomas Alfredsson, entraba en su oficina seguida de Karin Falk, Viking Johansson y Nina Hamilton. Todos pertenecían al núcleo de su grupo de investigadores.
—Buenos días —dijo cuando todos se hubieron sentado.
En cuanto se callaron, Ingrid se enderezó en la silla y se bajó las gafas de leer que tenía puestas sobre la cabeza como si fueran una diadema.
—Anoche, a las cinco de la mañana, dos hombres fueron golpeados en el barrio de Masthugget con lo que parecen bates de béisbol. En este momento están en la UCI de Sahlgrenska. Todavía están inconscientes. Creo que podemos suponer que es el mismo autor o autores. Alguien que quiso mantener el anonimato llamó a las 04:52. La persona en concreto dijo que un hombre yacía con la cabeza ensangrentada en la calle Andra Långgatan y luego colgó. La misma persona llamó a las 05:37 y preguntó por qué no se había enviado una ambulancia, ya que el hombre en cuestión todavía estaba en la calle. Un coche de la policía y una ambulancia atendieron el aviso a las cinco. Recogieron a un hombre en la calle Andra Långgatan. Después de la segunda llamada, resultó que había otro hombre inconsciente a unos ciento cincuenta metros del primero en la misma calle. O sea, eran dos las personas que había sido víctimas de una agresión.
—¿Los compañeros no comprobaron los datos con la central la primera vez que respondieron al aviso? —preguntó Karin.
—Sí —contestó Ingrid—, pero los policías que iban en el coche y respondieron al aviso son parte del proyecto de intercambio y no conocen la ciudad tan bien como nosotros. No era el número correcto, pero, como se trataba de un aviso anónimo, no se extrañaron de que no coincidiera. Era la calle indicada y encontraron a un hombre herido. No sabían que Andra Långgatan tiene quinientos metros de largo.
—¿Es posible que hayan sido los fenómenos de la reserva india de Grebbestad los que han metido la pata otra vez? —preguntó Thomas, poniendo los ojos en blanco—. ¿Cuánto tiempo va a durar el programa de intercambio? Dos de nuestros agentes están en Grebbestad. A cambio, nos han dado a dos viejos con sobrepeso que no tienen ni idea de lo que implica un trabajo policial real.
Ingrid suspiró para sus adentros. La sección de Estrategia y Desarrollo de la Dirección General de la Policía había recibido el encargo de crear nuevos métodos y sistemas para mejorar la efectividad dentro del cuerpo. Ahora habían decidido que los policías de poblaciones pequeñas intercambiaran sus puestos con compañeros de las ciudades de Gotemburgo, Estocolmo y Malmö durante un periodo de uno a cuatro meses. El programa llamado Proyecto de Estimulación había facilitado a la policía de Gotemburgo información del estado de la competencia policial en las poblaciones pequeñas del país. ¿O tal vez los métodos y el ritmo de trabajo que la policía de Gotemburgo interpretaba como anticuados eran ideales en las provincias? ¿Era posible que un tipo de policías fuese más adecuado para la gran ciudad y otro, para las localidades menores? Ingrid no tenía la respuesta a esas preguntas, lo único que sabía era que su trabajo les afectaba de forma negativa.
—Tenéis que hablar con los compañeros de Grebbestad que acudieron. —Con la cabeza, señaló a Thomas y a Karin—. Se llaman Hultberg y Svahn.
Ingrid cogió el montón de carpetas que tenía delante y comenzó a repartirlas.
—No pone nada de la llamada. Tan solo cinco líneas —dijo Karin interrogando con la mirada a Ingrid.
—Lo sé. Por eso es importante hablar con los señores Hultberg y Svahn. Tiene que haber más. Thomas y tú también tendréis que hablar con el personal sanitario de la ambulancia que acudió al lugar.
—¿Y la persona anónima que llamó? —preguntó Nina—. ¿Se sabe algo de ella?
—Según nuestros datos, las llamadas se hicieron desde el mismo número de teléfono. El número pertenece a una señora llamada… —Ingrid miró la carpeta—. A ver, Marta Cronström, con dirección en la calle Andra Långgatan.
—¿Ha hablado alguien con ella? —volvió a preguntar Nina.
—No, pero tal vez sea buena idea hablar primero con los que recibieron la llamada. Si ha sido Marta Cronström la que ha llamado dos veces y quiere mantener el anonimato, estaría bien tener un poco de información previa sobre las llamadas, por si se resistiera a dar su testimonio.
—¿Anónima? ¿En qué década se piensa esta Marta que vivimos? —exclamó Thomas—. Llamar desde un teléfono fijo y pensar que podrá mantener el anonimato…
Ingrid lo miró con media sonrisa. Thomas Alfredsson medía un metro noventa y siete centímetros descalzo, tenía noventa y dos kilos de músculo y una forma encantadora de ser que encandilaba tanto al público televisivo como al femenino. Había participado en el programa de televisión Los gladiadores hasta se cansó. Como investigador era un gran recurso, ya que las personas se abría a él con facilidad. Tenían la sensación de que ya lo conocían, pues lo habían visto en la televisión. Su tamaño inspiraba también respeto, la mayoría de la gente se lo pensaba más de dos veces antes de meterse con él. Thomas solía trabajar con Karin, que era totalmente opuesta a él. Lo único que tenían en común era que estaban en excelente forma física. Karin era callada y sensata, tenía el pelo corto y castaño, y ojos grises. Su manera discreta de ser y la tranquilidad que transmitía infundían respeto y confianza tanto a sus compañeros como a la gente en general. Además, tenía una memoria fotográfica, se acordaba de todo. «Es una gran suerte tenerla en mi grupo», pensó Ingrid antes de contestar.
—Por suerte para nosotros, no todos son igual de discretos. Nuestro trabajo se vuelve un poco más sencillo así. De todas formas, quiero que Viking y Nina vayan a la calle Andra Långgatan y visiten a nuestra anónima Marta Cronström, o a quien sea que llamara. Thomas, tú y Karin iréis al hospital de Sahlgrenska; hablad con los médicos, a ver si las víctimas han despertado y podéis sacarles algo. Controlad sus datos personales y si se ha contactado con algún pariente o amigo. Si tenemos suerte, lo resolveremos en unos días. —Miró el reloj—. Dentro de cinco minutos tengo que ver al jefe, vamos a reunirnos con el fiscal otra vez y a repasar algunos detalles del caso que cerramos la semana pasada. —Ingrid miró a su alrededor—. ¿Ha quedado todo claro o hay alguna pregunta?
Todos los reunidos negaron con la cabeza.
—Nos vemos a las tres para repasar los dados que recopilemos. Si pasa algo extraordinario o urgente, llamadme al móvil. —Ingrid se levantó y comenzó a caminar hacia la puerta.
—¿Y el bate de béisbol, qué pasa con él? —preguntó Viking—. Dijiste que los habían golpeado con un bate de béisbol.
Viking hacía el inventario de todo lo relativo a los casos que investigaban. Registraba todo en el ordenador y lo ponía a disposición de los miembros del equipo. Ese día lucía una camisa blanca planchada de Oscar Jacobson y unos chinos de color azul marino con un discreto cinturón de cuero. Los cuidados náuticos y su pelo negro peinado hacia atrás daban una impresión elegante. Hombres como él no se veían con frecuencia, Ingrid era consciente de ello. Por desgracia, no le interesaban las mujeres.
—Tienes razón, el bate de béisbol. —Ingrid se sentó de nuevo—. Los policías de Grebbestad encontraron un bate de béisbol a unos metros de la segunda víctima. Parece ser que había rastros de sangre o de algo parecido. Nina, habla con los forenses a ver si han tenido tiempo de echarle un vistazo y si pueden darnos un informe preliminar.
Nina era la más joven de los inspectores. Sus vivaces ojos marrones y los profundos hoyuelos de sus mejillas eran una prueba evidente de que tenía facilidad para reír. Siempre llevaba el pelo moreno recogido en una balanceante cola de caballo y su flequillo recto estaba lleno de irregularidades, tantas que Ingrid sospechaba que se cortaba el pelo ella misma. Nina, en realidad, era la única normal del grupo. Estaba casada, tenía dos hijos y vivía en un adosado en Askim. En su tiempo libre se dedicaba al jardín y se relacionaba con otras familias con niños. Era un sano recordatorio para los demás de que había una vida fuera del trabajo policial, de que lo normal era tener hijos y familia, lidiar con una suegra pesada y con el hecho de que el perro no aprendiera nunca a hacer sus necesidades fuera de casa.
—¿Alguna cosa más? —Ingrid miró por segunda vez a los reunidos, que negaron con la cabeza—. Bien, nos vemos aquí a las tres.
Cogió su cuaderno y un bolígrafo, y se dirigió con grandes zancadas a la oficina del jefe de sección. Albert Tingström había sido el jefe durante nueve años. Era bueno, siempre mantenía la calma y era diplomático. Al principio, su tranquilidad como persona del norte de Suecia y sus grandes pausas entre las frases la habían estresado. A veces, en medio de una frase, era capaz de levantarse a buscar una taza de café, para luego continuar con la frase como si el tiempo no hubiera pasado. Podía ser muy frustrante cuando, estando en una investigación, se reunía con él para explicarle cómo iba. Con el tiempo había aprendido que era su forma de tranquilizar a la gente, de darles tiempo de pensar las cosas y así asegurarse de que no quedaba nada por decir. Era peor tener que volver hacia atrás en una investigación, o empezar otra vez, porque no se había trabajado con suficiente amplitud de miras desde el principio. La puerta de Tingström estaba abierta, así que Ingrid golpeó con suavidad el marco. El jefe de sección alzó la mirada de los papeles que estaba leyendo y, con la cabeza, le indicó que pasara.
—Hola. Entra y siéntate. Nuestro querido fiscal acaba de llamar para decir que llegará un cuarto de hora tarde. Ve a por un café.
—No, gracias. Son las nueve y media y ya he tomado tres tazas. Creo que el café de la máquina sabe peor hoy que en otras ocasiones. Tal vez es porque hace unos días que no lo bebo. Debe provocar abortos, tendrían que poner un cartel avisando de su peligro.
—¿Cómo abortivo? —preguntó sorprendido Tingström, y miró a la barriga de Ingrid.
—Olvida lo que he dicho. Voy a buscar café. ¿Tú quieres?
—Sí, gracias.
Ingrid sonrió para sus adentros de camino a la máquina. De vuelta, se sentó en una de las butacas reservadas para los visitantes, colocadas enfrente del enorme escritorio de caoba de Tingström. Los dos sorbían con cuidado el café caliente, reclinados sobre sus asientos. Al cabo de un rato, Tingström interrumpió el silencio.
—Acabo de hablar con el jefe de la policía regional y le he comentado que tenemos problemas con los compañeros de Grebbestad, pero opina que, si los sancionamos, podrían herirse sensibilidades. Tiene miedo de que, si le llegaran noticias de ello a la Dirección General, esta piense que estamos minusvalorando a los policías en vez de apoyarlos, que es el objetivo del proyecto de intercambio.
—¿Qué? —Ingrid dejó su taza, salpicando café sobre la mesa—. Vaya forma de hacer las cosas, veo que hay mucho miedo de molestar a los jefes.
—Sí, quizá todo pueda resumirse de esa manera —dijo Tingström sonriendo a Ingrid.
—Hola. —El fiscal Per Schildt saludó desde la puerta.
—Hola, ¿cómo estás? —Tingström se levantó a medias de la silla para indicar con un gesto hospitalario la butaca que quedaba libre junto a Ingrid—. Siéntate. Estamos hablando sobre cómo debemos interpretar el proyecto de intercambio ideado por la Dirección General. Será interesante leer el informe final cuando haya acabado.
—Sí. Según algunos rumores, no ha sido del todo positivo. ¿Qué ha pasado ahora?
—Los policías de Grebbestad otra vez. Ayer respondieron a un aviso de agresión en la calle Andra Långgatan y lo único que hicieron fue mirar cómo la ambulancia se encargaba del herido; después, se fueron a tomar un café. Al segundo aviso, sobre otra agresión en la misma calle, acudieron también ellos. Volvieron a intervenir con su estilo atento y se dedicaron a ver al personal sanitario trabajar. Uno de los sanitarios de la ambulancia encontró un bate de béisbol cerca del lugar y se lo dio a los policías, que tuvieron la lucidez de hacérselo llegar a los forenses antes de irse a casa. Ahora es Ingrid quien se encarga del caso.
—¿Y cómo va? —Per Schildt se giró hacia Ingrid.
—No sé mucho todavía. Thomas y Karin están de camino al hospital de Sahlgrenska para hablar con las víctimas. También tienen que hablar con el personal de la ambulancia y con nuestros colegas de Grebbestad. Nina y Viking van a entrevistarse con una posible testigo. Hemos quedado a las tres, después sabré más detalles.
—Veo que controlas la situación, Ingrid. ¿Tienes alguna sospecha?
—No, pero, si las víctimas conocen a los agresores, en un día o dos los habremos detenido.
Lunes, 17 de abril
Hora 15:01
Ingrid se sentía tranquila y calmada. Per Schildt había conseguido sacarlos a Tingström y a ella de la comisaría para comer en la Brasería Lipp, que estaba en la Avenida, la calle principal de Gotemburgo. Schildt los había entretenido con anécdotas de su época de estudiante de Derecho y, en el camino de vuelta, el sol primaveral atravesó la neblina gris; de repente, parecía que el aire se llenaba de esperanzas e ilusiones. Tingström había dicho que pensaba estar presente en la reunión por la tarde para ver hacia dónde se dirigía la investigación. Si le daba la impresión de que sería complicada y larga, no les adjudicaría más casos. Ingrid pensaba que Tingström tenía una habilidad para detectar los que podían ser importantes; no solía implicarse en la etapa inicial de una investigación, pero, cuando lo hacía, se demostraba que había tenido un criterio acertado. Ingrid esperaba que esa vez se equivocase. Se le hacía cuesta arriba pensar que un caso que apenas había comenzado podría derivar en un proceso largo y difícil como el que acababan de cerrar, que había durado siete meses. No se veía capaz de responder con la energía y el aguante necesarios. Tal vez debiese pedirle a Tingström que pusiera a otra persona a cargo al principio de la investigación, pero ¿a quién? Supo la respuesta en el momento en que se hizo la pregunta. Nadie. Se conocía lo suficiente a sí misma para saber que no tardaría en intentar encargarse del caso. La única diferencia entre ser ella u otra persona era que, de no ser ella, conseguiría con toda probabilidad entrometerse en el trabajo de la otra y se ganaría un enemigo en casa. Si era inspectora jefe, tenía que apechugar y no darse por vencida solo por cansancio y desgaste. Habría sido como escribirse a fuego en la frente que estaba acabada y había muchos candidatos que querrían coger su trabajo. Todos estaban sentados, Tingström incluido, y hablaban entre ellos esperando a que ella comenzara. El tema de conversación, cómo no, era el tiempo. Ingrid miró el reloj, se enderezó y respiró hondo para reunir fuerzas y concentrarse.
—Bien. Mejor vamos al grano. —Ingrid se giró hacia Thomas y Karin—. ¿Cómo os fue en el hospital?
Se miraron antes de decidir quién comenzaba. Thomas asintió a Karin.
—Bueno, no era tan sencillo como parecía. Sabemos quiénes son los agredidos. Ninguno de los dos ha sido víctima de un atraco. Los dos tienen la cartera, el móvil y las llaves. El último hombre encontrado todavía está inconsciente, ya que tiene una fractura craneal con hemorragia interna. El médico con el que hablamos nos dijo que no estaba seguro de si sobreviviría. El escáner mostraba poca actividad en el cerebro, y si sobrevive, sería con graves secuelas.
Casi se podía cortar el silencio que siguió. Todos eran conscientes de que podía tratarse de un asesinato.
—El hombre tiene cincuenta y seis años, se llama Lars-Ove Karlsson y es de Grebbestad. Ahora mismo no tenemos más información. Una enfermera ha intentado contactar con sus familiares, pero no ha tenido éxito. Thomas y yo hemos mirado el padrón y los registros habituales. El hombre está empadronado en Grebbestad, es soltero y no tiene hijos. Tampoco tiene antecedentes penales.
Karin alzó la mirada de sus apuntes para dar tiempo a los compañeros a asimilar la información antes de seguir:
—La segunda víctima es Johan Wilhelmsson, tiene treinta y cuatro años y es director de un coro religioso en Bankeryd. Está consciente y, según el médico, su ángel de la guarda estaba presente durante la agresión, ya que solo tiene una conmoción cerebral, dos costillas rotas y unos puntos en la parte posterior de la cabeza. Ingresó inconsciente, pero en cuanto se despertó insistió en que quería irse a casa.
»Cuando hablamos con él, estaba muy enfadado porque habían contactado con su esposa, y pensaba denunciar al hospital por no haber respetado su privacidad. No quería hablar sobre la noche de los hechos ni sobre qué hacía en Gotemburgo. Estaba muy alterado y opinaba que nos metíamos en su vida privada. Según dice, no ha visto, oído ni hecho nada ilegal, ni tiene nada que denunciar. Nos amenazó con denunciarnos por acoso si no lo dejábamos en paz. La enfermera que contactó con su esposa nos dijo que a esta la había sorprendido mucho que su marido estuviera en Gotemburgo.
—O bien es un paranoico, o está muerto de miedo —intervino Thomas—. Se comportó de una forma muy extraña. ¿Qué opinas tú, Karin?
Karin asintió.
Ingrid se levantó y apoyó las manos en la mesa.
—Veamos toda la información antes de empezar a especular sobre qué hay detrás de la agresión y la actuación del chantre. Vamos a por unos cafés, que parece que esta reunión va a ser larga.
Una vez de vuelta, Ingrid tomó un sorbo de su taza para después dejarla sobre la mesa y así indicar que la reunión continuaba.
—Nina y Viking, ¿cómo os fue?
Viking pasó las hojas de su cuaderno y carraspeó.
—Bueno, comenzaré diciendo que estoy con Karin en que este caso no es tan sencillo como parece. Empezando con las llamadas. Las dos venían del mismo número, que pertenece a Marta Cronström, quien vive en la calle Andra Långgatan; así que allí fuimos. Nina tuvo que desplegar todos sus encantos para que la señora abriera un poco la puerta y pudiéramos mostrarle nuestra identificación. Al final, tuvimos que amenazar con llevarla a comisaría e interrogarla allí. Entonces empezó a llorar mientras abría y nos dejaba pasar.
»Después de un rato de hablar y de calmarla, al final reconoció que fue ella la que había llamado al 112 para avisar sobre el hombre que había visto tirado en la calle frente a la ventana de su cocina. A consecuencia de la edad, le cuesta dormir y, por lo general, se despierta sobre las cuatro de la mañana; así que se levanta y pone la cafetera mientras espera a que llegue el periódico. Esa mañana por casualidad miró por la ventana y vio un hombre en el suelo, que parecía sangrar abundantemente por la cabeza.
»Prefirió mantenerse en el anonimato para que no la involucrasen en nada, solo quería ayudar. —Viking suspiró—. No llegamos más lejos con la señora, pero tanto Nina como yo tenemos la sensación de que miente o no nos dice toda la verdad. Creemos que ha visto más de lo que nos cuenta.
Thomas golpeó con toda su fuerza su carpeta contra la mesa.
—Todo esto es una farsa. ¿Qué son estas chorradas de denunciarnos por cosas en las que la gente misma se ha metido? —A medida que iba calentándose, su cara se volvía más roja—. Tal vez tendríamos que parar todo el trabajo policial durante un mes, claro que también nos denunciarían por ello. Esperad a escuchar lo que los llamados señores policías Hultberg y Svahn tienen que contarnos. Para abrir boca, os diré que nos amenazaron con ir al jefe de la policía regional.
Ingrid suspiró para sus adentros. ¿Qué le pasaba últimamente a Thomas? Estaba muy irritado y se molestaba por toda clase de insignificancias con las que no valía la pena gastar energía.
—Tranquilízate, Thomas. Guarda la pólvora para cuando sea necesaria. La gente que tiene miedo reacciona así, los dos lo sabemos. —A veces no le quedaba más remedio que tratar a su personal como si fuera su madre. A Thomas siempre tenía que calmarlo cuando su temperamento tomaba el control—. Karin, cuéntanos sobre Hultberg y Svahn. —Thomas abrió la boca, pero Ingrid le dedicó una mirada severa—. Dinos, Karin.
—Debido a que habían trabajado de noche, nos costó un rato espabilarlos. Y, como comprenderéis, se enfadaron un poco y nos remitieron al informe escrito sobre su actuación durante el turno. Dijeron también que si teníamos más preguntas, habláramos con el jefe de la policía regional. Estaban cansados de todos los, por así llamarlos, compañeros de Gotemburgo que no hacían otra cosa que acosarlos.
—¿Acosarlos? ¿Por qué utilizaron esa palabra, Thomas? —Ingrid sabía que Thomas podía asustar a la gente cuando se inclinaba sobre ellos y hacía algunas de las muecas que había aprendido durante su época de gladiador en la tele. Dos policías de mediana edad de Grebbestad seguramente no las interpretarían como un gesto amistoso.
Thomas se encogió de hombros con gesto inocente, pero Ingrid pudo adivinar una sonrisa contenida.
—No lo sé. Acosar parece más bien una palabra de moda que se utiliza cada vez que un policía se acerca.
Ingrid notó que el tono despectivo de Thomas estaba provocándole un terrible dolor de cabeza que se intensificaba cada vez que Thomas hablaba. Ingrid estaba a punto de mandarlo callar cuando Tingström carraspeó con timidez para pedir la palabra.
—El jefe de la policía regional me ha llamado dos veces para pedirme, textualmente, que dejemos en paz a los dos policías de Grebbestad. Se está interpretando como que no los apoyamos, sino que buscamos fallos en su trabajo. La idea del proyecto de intercambio es que compartáis vuestra experiencia. Hablando claro, el jefe no quiere recibir ni una llamada más de queja por parte de nadie, ni quiere que se resalte ningún aspecto negativo a la hora de valorar el proyecto. Se trata de aguantar unos días más, pronto se irán y tendremos de vuelta a los nuestros.
Todos miraron con sorpresa a Tingström. No estaban acostumbrados a que levantara la voz o a que aguantara las gilipolleces de nadie, y menos aún las del jefe de la policía regional.
—Ingrid, de ahora en adelante te encargas tú de todos los contactos con Hultberg y Svahn. Hay que tratarlos con guantes de seda.
Ingrid respondió a la mirada de Tingström y asintió. «Deben estar presionándolo desde arriba para que entre en la investigación y se encargue de distribuir el trabajo», pensó.
—Ahora solo quedan el bate de béisbol y el informe forense. Nina, ¿alguna novedad?
—No, lo siento. Nilsson me dijo que, como muy temprano, recibiríamos un informe preliminar mañana por la tarde.
—El personal de la ambulancia, ¿algo que contar?
—Nada. Aparte de que encontraron muy extraño que los policías durante el primer aviso no acordonaran la zona ni salieran del vehículo. La misma ambulancia fue también la que se hizo cargo del segundo aviso. Uno de los sanitarios tuvo que indicar a nuestros compañeros que había un bate apoyado en la pared a unos metros de la víctima.
—Es una pena que el jefe de la policía regional no te oiga —dijo Thomas medio riendo.
Ingrid notó que estaba enfadándose.
—Sí, porque de estar aquí te habría dicho que cerraras la boca y espabilaras porque estamos ante un caso que está volviéndose verdaderamente serio. Por desgracia, nos toca a nosotros intentar arreglar los errores que se cometieron anoche. —Ingrid se levantó y abrió una ventana para centrarse después del arrebato de rabia—. Creo que tenemos que tomárnoslo bien en serio. Necesitaremos a más gente para preguntar puerta por puerta. —Ingrid interrogó con la mirada a Tingström, que asintió con la cabeza—. Tiene que haber alguien que haya visto u oído algo.
»Podemos suponer que las agresiones ocurrieron de madrugada. La primera víctima fue encontrada a las cinco menos diez. Es posible que no llevara allí demasiado tiempo. La calle Andra Långgatan tiene mucho movimiento, así que el primer ataque debió ser alrededor de la misma hora. —Ingrid miró a su alrededor y todos asintieron—. A esa hora suelen estar en la calle el repartidor de periódicos, los basureros y los taxistas. También las personas que han visitado las tiendas de material pornográfico de la calle, aves nocturnas de camino a casa y gente que va al trabajo. La mala suerte es que en esa zona suele ser difícil encontrar testigos que quieran explicar qué hacían allí a esa hora de la madrugada. Tendremos que convocar una rueda de prensa y pedir información a la ciudadanía, y recalcar la posibilidad de mantener el anonimato.
—Yo puedo encargarme de conseguir gente para que vayan puerta por puerta —se ofreció Tingström.
—Gracias —dijo Ingrid—. Entonces, contactaré con los forenses. Deben acordonar la escena del crimen. Esperemos que no haya sido alterada y puedan encontrar alguna huella. Tenemos que volver a hablar con Marta Cronström, pero podemos esperar a mañana. Hay que hablar de nuevo con Hultberg y Svahn, pero también podemos esperar a mañana, a ver si las cosas se han calmado. Karin y Thomas, antes de iros a casa hoy, llamad al hospital y decidles que es importante que nos avisen si piensan dar de alta al chantre, si la persona inconsciente se despierta o cualquier otra cosa que atañe a las víctimas. ¿De acuerdo?
—Yo me encargo —dijo Karin.
—De acuerdo. Mañana también tenemos que volver a entrevistar al chantre para intentar sonsacarle algo más. Cómo lo discutiremos en la reunión matinal. Con un poco de suerte, el puerta a puerta nos habrá dado algo con lo que trabajar. Creo que eso es todo. ¿Alguna pregunta? —Ingrid miró a su alrededor y después dirigió la mirada a Tingström, que negó con la cabeza con un movimiento ligero—. Eso es todo. Nos vemos mañana a las siete y media.
Como si alguien hubiera dado una señal, todos se levantaron a la vez para abandonar la estancia. Sentían la seriedad del caso. La luna de miel solo les había durado un fin de semana. Ingrid también se levantó. Cerró la ventana, pensativa, antes de girarse hacia Tingström, que todavía estaba sentado ante la mesa.
—¿Crees también que los dos ataques están relacionados?
—Sí. De todas maneras, parece que el móvil principal no era el robo. A lo mejor es alguien que se dedica a atacar a homosexuales, se equivocó y atacó a un padre de familia. Las agresiones son bastante brutales.
—Sí, quienquiera que los atacó, él o ellos, no parecía interesado en su dinero. Si se trata de alguien que ha decidido agredir a homosexuales, no tiene miedo de utilizar la violencia de forma extrema. Y eso puede provocar el deseo de más. No es la primera vez que sucede, ¿no es así?
—Humm —dijo Tingström—. A ver qué obtenemos del puerta a puerta. Y si no, un interrogatorio bien organizado podría hacer hablar al chantre. Bueno, vamos a preparar las cosas y luego, a casa.
Martes, 18 de abril
Hora 7:30
Ingrid Bergman fue andando hasta el trabajo y durante el paseo rápido a través de la ciudad, que todavía no había despertado del todo, había disfrutado del silencio. El único ruido había sido el lejano traqueteo de un tranvía. Los rayos del sol, que aún no calentaban, habían brillado con fuerza en la temprana mañana. La primavera había llegado, aunque para Ingrid ahora no tenía ninguna importancia. Se sentía cansada y baja de ánimos. Volvía a tener la sensación de que con el paso de los años cada vez le costaba más reunir la energía suficiente para poder iniciar una nueva investigación. Notaba que los pasos se le acortaban, y el cuerpo se le encogía más y más cuando pensaba en lo que la esperaba. En un escaparate vio su reflejo y le costó unos segundos reconocerse. «Espabila, Ingrid Bergman —se dijo a sí misma—. No tienes más que un poco de desgaste y astenia primaveral. No te pasa nada más». Decidió que después del trabajo correría en la pista de ocho kilómetros en Skatås. Correr o jugar al golf eran las únicas curas posibles ante los pensamientos que aparecían con cierta regularidad y que querían vaciarla de energía y confianza en sí misma. Había quedado el fin de semana para jugar al golf con Ewa y Helene. Para Ingrid, era el comienzo de la temporada. Justo había entrado por la puerta de su oficina cuando el teléfono interno comenzó a sonar. Un médico que se llamaba Vinge, del hospital de Sahlgrenska, había dejado un recado de que quería hablar con ella con urgencia. Todavía de pie, Ingrid marcó el número y en dos zancadas se puso detrás de la mesa para así poder sentarse y quitarse la chaqueta a la vez. Lars-Ove Karlsson, de cincuenta y seis años y de Grebbestad, que había sido agredido en la calle Andra Långgatan hacía poco más de veinticuatro horas, había muerto. No llegó a despertarse. La causa preliminar de la muerte, según el médico, había sido una lesión cerebral con hemorragia a causa de los golpes en la parte posterior de la cabeza, pero también tenía el bazo destrozado, otras hemorragias internas y lesiones varias. La autopsia sería más concluyente. Cuando Ingrid entró en la sala de reuniones, ya estaban allí Tingström, Nina, Thomas, Karin y Viking, Bertil Nilsson por parte de los forenses y algunos compañeros que habían preguntado a los vecinos. Discretamente, miraban el reloj y a Ingrid. Ella notó sus miradas y sonrió para sus adentros. Sabían que ella era muy exigente con la puntualidad. Después fue a la pizarra, donde, con un rotulador, escribió «Lars-Ove Karlsson» y pintó una gran cruz.
—Por si la noticia no ha llegado a todos, ha muerto hoy por la mañana a consecuencia de las lesiones del ataque sufrido en la calle Andra Långgatan. —Después dejó la palabra a Tingström para que explicara de forma resumida lo que había sucedido durante la tarde y la noche anterior.
—El puerta a puerta, de momento, no ha dado ningún resultado. Nadie parece haber visto u oído nada, aparte de la testigo que ya tenemos, la que alertó al 112. Tampoco ha visto nada el repartidor de periódicos, el personal de limpieza o los taxistas; no obstante, puede que durante este día alguien se dé a conocer. Voy a convocar una rueda de prensa a las tres, así que quiero que nos veamos a las dos para ponernos al día. —Se giró hacia Ingrid—. La rueda de prensa la daremos tú y yo.
Ingrid asintió. Ahora el caso arrancaba en serio. Le gustaban las rutinas preestablecidas, todo fluía mejor y todos sabían qué se esperaba de cada uno de ellos. El cansancio y el pesimismo que había sentido antes habían desaparecido como por ensalmo.
—No tengo más qué contaros. —Tingström se levantó de la mesa—. Tengo que dejaros, hay unas cuantas cosas más de las que tengo que encargarme. Nos vemos a las dos.
—A las dos —confirmó Ingrid mientras le enviaba un pensamiento de gratitud por su discreción a la hora de implicarse en el caso sin apropiarse de él ni molestar a nadie. No todos los jefes eran iguales, como le había mostrado su amarga experiencia. Después, se volvió hacia Bertil Nilsson. El forense más cualificado de la sección llevaba tanto tiempo en la comisaría que parecía que formaba parte del inventario inicial y ya le faltaba poco para la jubilación—. ¿Qué tenéis para nosotros?
Nilsson había trabajado como forense durante casi cuarenta años y siempre iba vestido con unos pantalones holgados de algodón, una camisa a rayas y pajarita. Intentaba peinar sus largos y finos mechones de pelo sobre su creciente calva, cada vez con menos éxito con el paso de los años. Después de un profundo carraspeo, comenzó a hablar:
—Por desgracia, no mucho. No encontramos nada de valor en las escenas de los crímenes. Hemos tenido la mala suerte de que no se acordonaron hasta después de unas horas, y por la calle Andra Långgatan pasan muchos transeúntes y coches. Además, lloviznó durante toda la noche hasta el lunes a las diez de la mañana. Y, para colmo, los lunes pasa el barrendero entre las cuatro y las seis de la mañana. Las posibles huellas se las han llevado la lluvia y el servicio de limpieza.
»Por suerte, los compañeros que respondieron al aviso encontraron el bate porque, de lo contrario, probablemente tampoco lo tendríamos. —Nilsson ojeó sus papeles antes de continuar—. Respecto al bate, podemos afirmar que hay restos de sangre y tejidos en él. —Se acarició despacio la calva antes de iluminarse como un niño con zapatos nuevos—. No pongáis esa cara de desánimo. Hemos descubierto huellas dactilares en la empuñadura. Con un poco de suerte, esta tarde podremos daros un informe completo con los resultados. —Después de decir la última frase, dejó caer sus papeles con tanta fuerza sobre la mesa que todos los presentes se sobresaltaron—. Eso es todo por mi parte. Si no hay nada más, me voy. Tenemos mucho trabajo pendiente por hacer.
—Gracias, Nilsson. —Ingrid alzó la mano como gesto de despedida al forense, que ya salía por la puerta—. La verdad es que parece que tenemos poco de donde tirar. Creo que el chantre Wilhelmsson será más proclive a colaborar cuando sepa qué le ha pasado al hombre que fue agredido la misma mañana que él. Viking y Karin, quiero que vayáis al hospital de Sahlgrenska y le saquéis toda la información que sea posible; después, quiero que averigüéis todo sobre Lars-Ove Karlsson. Puede haber una relación entre él y Wilhelmsson, a pesar de que ahora mismo parezca que no es así. Buscad al chantre en los registros, a ver si sale algo. Karin, tú te encargarás de estar en contacto con los forenses. Antes de iros, informadlos de ello. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —contestaron al unísono Karin y Viking.
—Y tú, Thomas, continuarás con la búsqueda de testigos entre los vecinos. También te encargarás de los taxistas, repartidores de periódico y servicios de limpieza por si sale algún testigo que haya visto u oído algo.
—¿Y el móvil?
—Compruébalo. Quizá podamos averiguar por qué estaba en Gotemburgo. Karin y Viking, recoged sus pertenencias en el hospital y registradlas.
—¿Cuáles son las hipótesis de trabajo?
La persona que había hecho la pregunta era una de las que se habían encargado del puerta a puerta. Parecía tener unos veinticinco años y se había presentado como Malin Skogsby. Ingrid había visto a Thomas pavonearse delante de ella durante la reunión. Thomas podía encandilar a cualquiera, con su aspecto y su pasado de estrella de televisión pensaba que era irresistible. Tenía como una especie de obligación autoimpuesta de intentar conquistar a todas las policías nuevas, como por ejemplo a esta joven de largos cabellos rubios, ojos de un azul intenso y de hoyuelos profundos.
—¿Nuestras hipótesis de trabajo? Bueno, creo que todos estaremos de acuerdo en descartar un atraco. —Ingrid recorrió con la mirada cada uno de los concentrados rostros de los asistentes—. Podéis hablar. ¿Tú qué crees?
—Sí, estoy de acuerdo con que no fue un atraco —respondió Malin Skogsby con cuidado—, pero, si suponemos que fue el mismo agresor, quizá estaba buscando algo que los dos llevaban consigo. A lo mejor sí que fueron víctimas de un atraco, pero no de lo típico cartera, móvil…
—Continúa —la animó Ingrid.
—Nada más. Es simplemente una idea.
—Bien pensado. Al inicio de una investigación, debemos tener todas las puertas abiertas. Ya que estamos hablando del tema, ¿qué teorías plausibles tenemos?
—Homofobia —contestó Thomas, y los demás reunidos asintieron con la cabeza.
—Estoy de acuerdo. ¿Alguna teoría más?
Silencio. Ingrid decidió seguir con el reparto de tareas.
—Nina y yo iremos a hablar con nuestra testigo, Marta Cronström; después, iremos a charlar con los señores Hultberg y Svahn, a ver si nos dicen algo con lo que podamos avanzar. ¿Sabéis lo que tenéis que hacer?
Todos afirmaron.
—Bien. Nos vemos a las dos aquí —concluyó Ingrid. Después se volvió hacia Nina—. Nina, quiero que preguntes a los forenses cuándo será la autopsia para que no nos perdamos ningún detalle.
—De acuerdo.
—Espera un momento. Voy a llamar y quedar para almorzar con Hultberg y Svahn. Encárgate de pedir un coche. Nos vemos delante del edificio en un cuarto de hora.
—Nema problema —contestó Nina con tranquilidad, y desapareció por la puerta.
«Qué alivio poder trabajar con gente que hace lo que le pides sin protestar», pensó Ingrid. Le gustaba Nina, el trabajo siempre fluía y nunca habían tenido ninguna clase de malentendido. Un cuarto de hora más tarde, estaban sentadas en un coche civil con Nina al volante. La autopsia estaba prevista para las ocho de la mañana del día siguiente y el almuerzo con Hultberg y Svahn estaba confirmado.
Martes, 18 de abril
Hora 10:13
Ingrid pulsó con fuerza el timbre de la puerta de Marta Cronström. Se oyó un sonido penetrante dentro del piso. Cuando se hizo el silencio, se oyeron unos vacilantes movimientos detrás de la puerta, como si alguien estuviera esperando a que volviera a sonar el timbre. Después se sintieron observadas. Ingrid y Nina mostraron sus reconfortantes sonrisas policiales, intentando inspirar confianza a la persona que estaba detrás de la redonda mirilla. La recompensa fue automática, aunque la puerta abierta todavía tenía puesta la cadenita de seguridad.
—Buenos días, señora Cronström —dijo Nina mientras alargaba la mano para saludarla. No se había olvidado de que la señora se levantaba a las cuatro de la mañana y que ahora eran cerca de las diez y media—. ¿Me reconoce, señora? —Nina alzó su identificación—. Nina Hamilton, de la policía.
—No soy tonta ni olvidadiza porque sea vieja —refunfuñó antes de soltar la cadenita de seguridad y abrir la puerta unos decímetros más.
—Está conmigo mi jefa, Ingrid Bergman —continúo Nina.
Ingrid también mostró su identificación.
La señora miró sin pudor de arriba abajo a Ingrid un par de veces mientras dejaba traslucir una sonrisa distante.
—Le contaba a mi jefa que usted fue tan decidida que llamó al 112 el lunes por la mañana.
—Sí, tuve que llamar dos veces hasta que vinieron. Una no hace más que cumplir con su deber de ciudadana. —Marta alzó la barbilla con orgullo—. Otra cosa sería impensable para una buena cristiana.
—Cierto, cierto —dijo Ingrid, aduladora—. Pero he de decirle que no todo el mundo tiene esa opinión y en la policía apreciamos de verdad a la gente que nos ayuda. Nos facilita mucho nuestro trabajo. Cuando me enteré de su acción, decidí que quería conocerla personalmente.
Marta asintió como si las palabras de Ingrid confirmaran el buen concepto que tenía de sí misma y alzó un poco más la barbilla.
—Hemos comprado unas pastas para acompañar el café, si le apetece. —Nina mostró un paquete de cartón blanco atado con una cuerdecilla dorada—. Pero, si está ocupada, tampoco queremos molestarla.
Marta no dejó pasar más de medio segundo después de la frase, se retiró un poco y abrió la puerta para dejar entrar a las policías.
—Por favor, si quieren, pueden pasar a tomar un poco de café. Pasen, pasen.
Ingrid y Nina se miraron cómplices. Habían conseguido adular a la señora, ahora quedaba la parte más difícil: que les contara qué había visto realmente. Con mirada experta, Ingrid registró la entrada. A la izquierda había una puerta con el letrero «WC», a la derecha había un pequeño estante y después de este, una puerta que daba a un dormitorio. A Ingrid le dio tiempo de ver una cama sencilla y una mesita de noche pequeña. Sobre la cama colgaba una gran cruz de madera. Unos pasos más adelante del vestíbulo, a la izquierda, estaba la cocina. Marta dobló a la derecha y entraron en una sala de estar llena de muebles. Un sofá de estilo Karl Johan lleno de cojines bordados dominaba la estancia. El sofá estaba rodeado de mesitas blancas cubiertas de manteles con las puntas bordadas. En cada esquina de la habitación había un pedestal, con un frondoso y enorme helecho cada uno. Las paredes estaban cubiertas con bordados encuadrados de motivos y proverbios religiosos. Una de las paredes laterales estaba ocupada por una estantería oscura llena de ángeles de porcelana de todos los tamaños y variaciones posibles. En uno de los estantes había una veintena de fotografías familiares enmarcadas. Una de las paredes cortas de la habitación tenía tres ventanas y daba a la calle. Sobre los alféizares interiores no había ni flores ni figuras de porcelana, solo pequeños manteles de ganchillo. Al cabo de unos segundos, Ingrid entendió el porqué: delante de unas de las ventanas había una silla y sobre el alféizar, unos prismáticos. Probablemente, la señora se pasaba los días sentada mirando la calle, y unas flores u otra cosa molestarían la vista. Ingrid sintió un escalofrío cuando pensó en los ancianos que se encontraban tan solos que su único entretenimiento era mirar a la gente de la calle para así hacer pasar el tiempo.
—Por favor, siéntense mientras preparo el café. —Marta cogió el paquete que Nina había dejado sobre la mesa y esperó a que se sentaran para irse a la cocina tambaleándose con el paquete en una mano y el bastón en la otra.
Cuando escucharon el sonido de vajilla desde la cocina, Nina susurró a Ingrid:
—¿Tú o yo?
—Tú —le contestó Ingrid, moviendo la boca sin hacer ningún sonido.
Nina se levantó y fue hacia la cocina.
—¿Quiere que la ayude, señora?
Marta levantó la mirada de la bandeja que estaba preparando, asustada. Nina tuvo la sensación de que no solo había asustado a la señora, sino que también la había irritado.
—Caramba, sí que es silenciosa. Supongo que a los policías los entrenan así. ¿Qué es lo que quiere?
—Perdone, no era mi intención asustarla. —Nina entendió que era cuestión de ir con tiento—. Su preciosa casa me recuerda a la de mi abuela. Ella también tenía expuestos muchos objetos bonitos y los nietos debíamos ir con cuidado para no tirar nada al suelo o romperlo. Esas cosas se quedan grabadas. —Nina vio que la señora se relajaba y asentía complacida.
—Cierto, cierto. Se ve que ha recibido una buena educación. Puede colocar las pastas sobre el plato que está en la mesa.
Nina asintió. Se sentía como una niña desobediente que había recibido una reprimenda y que luego había sido perdonada. Intentó deshacer el nudo de la cuerda del paquete. No quería pedir unas tijeras y arriesgarse a irritar de nuevo a la señora. Mientras luchaba con el nudo, miró a su alrededor. La mesa estaba cubierta por un viejo mantel de cuadros blancos y rojos de hule. La parte donde solía sentarse la señora, al lado de la ventana, estaba tan desgastada que casi había desaparecido. Debía haber pasado muchas horas sentada allí. En el alféizar interior había una radio, pero ninguna planta u objeto de decoración. Nina se inclinó hacia la ventana. Tenía una buena vista de la calle. Mientras tanto, Ingrid aprovechó para observar la sala de estar. Pudo constatar, delante de la silla que estaba colocada frente a la ventana, que desde allí se veía el lugar donde el chantre Wilhelmsson fue hallado como si estuviera en primera fila. La señora, con seguridad, habría seguido el trabajo de la policía y del personal sanitario con todo detalle. Si estuvo sentada allí durante la madrugada, habría visto, a pesar de la neblina y la lluvia, el ataque. Ingrid podía entender que una señora ya mayor no quisiera verse envuelta en problemas, pero a pesar de ello había llamado al 112 dos veces. No cuadraba. Dejó descansar la mirada en las fotografías de la estantería, en especial, en una en blanco y negro donde se veía a una pareja de novios. Le pareció reconocer a Marta; por la edad que tenía la señora, supuso que debía ser una fotografía de su boda. Paseó lentamente la mirada por el resto de las imágenes y después fue a la ventana otra vez y miró al gentío que ocupaba la calle. Cuando Nina y la señora volvieron, Ingrid ya se había sentado de nuevo en el sofá. Dejó que Marta les sirviera el café y les ofreciera las pastas antes de comenzar la conversación, que era el motivo que las había llevado a la casa.
—Como dije antes —comenzó tanteando—, valoramos mucho que usted llamara al 112 cuando descubrió a la persona que yacía en el suelo. Nos gustaría hablar un poco más de esa mañana, a qué hora descubrió al hombre y otros datos relacionados.
—Ya lo he contado todo. No hay nada más que contar.
—A veces pasa que uno se acuerda de detalles pasado un tiempo y… —Ingrid no tuvo tiempo de acabar la frase.
—Ya he dicho que no vi nada. No quiero involucrarme en sus asuntos. ¿No pueden dejar a una anciana en paz?
—La persona por la que usted llamó al 112 ha muerto hoy por la mañana a consecuencia de las lesiones producidas durante la noche del domingo o la madrugada del lunes. Ahora mismo no hay más testigos que usted. Y por ello es muy importante que intente recordar todo lo que vio y nos lo cuente. —Ingrid se percató de que la señora se había sobresaltado al decirle que la víctima había muerto. Por un instante, le pareció ver el brillo del miedo en su mirada.
—No he visto nada —dijo Marta tan violentamente que la saliva salió disparada de su boca. Se levantó y señaló la salida con todo el brazo—. Ahora, quiero que se vayan. De haberse encontrado aquí mi hijo o mi difunto esposo, ya estarían en la calle hace tiempo. Son unas maleducadas. ¡Fuera!
—La misma mañana asaltaron también a otro hombre —siguió Ingrid con tranquilidad sin levantarse—, creemos que es el mismo autor y que usted ha visto más de lo que quiere contarnos.
Marta miró en silencio por la ventana durante un rato, como si quisiera decidir qué sería lo siguiente que haría, para después volverse de nuevo hacia Ingrid.
—El Señor tiene diferentes planes para cada uno de nosotros y debe castigar a algunos por haber sido desobedientes.
—¿Desobedientes? ¿Quiere decir que esos dos hombres fueron agredidos porque merecían un castigo?
—Claro. ¿Por qué si no? Pero ahora tienen que irse. Estoy cansada y necesito descansar. Tengo ochenta y tres años. No aguanto más sus insinuaciones. Les he dicho suficientes veces que no quiero verme envuelta en sus asuntos. Ya basta.
—No vamos a molestarla más —dijo Ingrid al darse cuenta de que la señora estaba alterada. No podían seguir presionándola—. Pero, si se acordara de alguna cosa, lo que fuera que pudiera ayudarnos, le estaríamos muy agradecidas. —Ingrid le dio su tarjeta de visita—. Puede llamarme a mí o a la inspectora Nina Hamilton cuando quiera. Muchas gracias.
Una vez que Ingrid y Nina estuvieron sentadas en el coche, Nina empezó a reír.
