Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
¿Qué sucedería si emergiese el evangelio de Judas y pusiera en riesgo nuestras certezas? ¿Qué consecuencias tendría para el mundo si esas escrituras viesen la luz para gritarnos que hemos vivido equivocados? Esta historia es sobre el rastro que deja Judas a través de los siglos. El conductor de un programa de radio nos la irá narrando. "¿Qué es esto que nos llega luego de tantos siglos? ¿Qué hace Judas defendiéndose de tantas injurias durante dos milenios? ¿Qué nos quieren decir esos monjes? Cada vez que el registro de esta historia estuvo a punto de perderse, algo ocurrió y rescató el sendero para que alguien lo vuelva a recoger, como si Judas quisiera hablarnos, luchando contra una historia de ocultamientos". Los escritos prohibidos deambularán por Lyon, donde un obispo intentará destruirlos. Volverán en Avignon, en la disputa entre los dos Papas. Roma, en el juicio a Galileo, y Sevilla, en un monasterio que carga con un crimen, cuyo cadáver será enviado a las Américas junto al evangelio de Judas. Llega a Buenos Aires en un galeón con convictos a cambio de su libertad, en plena asamblea del año trece. Un esclavo lidiará con el peso del códice sin saberlo. A comienzos del siglo veinte, un buscador de agua desenterrará a Judas. Desconoce lo que tiene, como tampoco sabe que será el padre de un monje que desatará el nudo de esta historia, y quien recibirá en la abadía a un iniciado a quien confesará que es el elegido para limpiar el nombre de Judas. El joven huirá con los escritos y descubrirá el amor. Irán en busca de un cura a cargo de la parroquia en un pueblo de pescadores. Ahí llegará un periodista tras la nota de una orca muerta en la playa. En su interior aparecerá un cadáver. Y así, entre hechos históricos, amores adolescentes, amores adultos, surcados por una trama tejida con religión, misticismo e investigación policial, transcurre el derrotero del evangelio de Judas, que se resiste a perder el rastro…
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 594
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Daniel Emilio Aba.A quien estuvo siempre,a quien estará siempre,a la inolvidable Keky…..
EL RASTRO DE JUDAS
© 2024: Daniel Emilio Aba
Diseño y Maquetación Martín Cairns
Ediciones LiliumBuenos Aires, Argentina
www.edicioneslilium.com.ar
Nº ISBN: 978-631-6521-25-5
Buenos Aires, Argentina Impreso en Docuprint en Mayo 2024
LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723
No se permite la reproducción total o parcial, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del Autor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.
Aba, Daniel Emilio
El rastro de Judas / Daniel Emilio Aba. - 1a ed - Olivos : Lilium, 2024.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-6521-25-5
1. Novelas Históricas. 2. Religión Cristiana. I. Título.
CDD 261.58
Agradecimiento
Prólogo
Capítulo 1Noches de radio
Capítulo 2 El origen
Capítulo 3 La codicia
Capítulo 4 La respuesta
Capítulo 5 El banquete de Ravena
Capítulo 6 El Santo Oficio
Capítulo 7 Rumbo a las Américas
Capítulo 8 Conejillos de la India
Capítulo 9 Seis duros y cuatro botellas
Capítulo 10 El fabricante de velas
Capítulo 11 El reloj
Capítulo 12 El reemplazo
Capítulo 13 El día universal
Capítulo 14 Eternamente libre
Capítulo 15 El buscador de agua
Capítulo 16 El rapto
Capítulo 17 La regla de oro
Capítulo 18 La Abadía del niño Jesús
Capítulo 19 Habemus Papa
Capítulo 20 Treinta y tres días
Capítulo 21 El mordisco culposo
Capítulo 22 Eloísa
Capítulo 23 Santiago
Capítulo 24 Milanesas para los hombres
Capítulo 25 La caja de Pandora
Capítulo 26 Saltar sin red
Capítulo 27 El budín de limón
Capítulo 28 Abelardo
Capítulo 29 Lluvias de ciudad
Capítulo 30 Deseo y confesión
Capítulo 31 Damas de noche
Capítulo 32 Veinte escalones
Capítulo 33 Santidad diabólica
Capítulo 34 Volver a nacer
Capítulo 35 El elegido
Capítulo 36 Honrar la vida
Capítulo 37 Golpes
Capítulo 38 El alfajor de fruta
Capítulo 39 El bar de los enigmas
Capítulo 40 Atardeceres
Capítulo 41 Barriendo bajo la alfombra
Capítulo 42 El patio y la parra
Capítulo 43 La revuelta
Capítulo 44 La carta robada
Capítulo 45 Civilización
Capítulo 46 Vega
Capítulo 47 La orca
Capítulo 48 La punta del ovillo
Capítulo 49 Confesiones en el viento
Capítulo 50 El Padre Hugo
Capítulo 51 Paradojas
Capítulo 52 La trama secreta
Capítulo 53 El octavo mandamiento
Capítulo 54 La extorsión
Capítulo 55 El macho
Capítulo 56 La confirmación
Capítulo 57 Una visita inesperada
Capítulo 58 La culpa
Capítulo 59 Dos cuervos
Capítulo 60 Pisadas
Capítulo 61 El pescador chino
Capítulo 62 El mensaje
Capítulo 63 Pertenecer
Capítulo 64 El ultimátum
Capítulo 65 La grieta en la roca
Capítulo 66 La parada
Capítulo 67 Amanece en la ruta
Capítulo 68 Actos de fe
Capítulo 69 La llamada
Capítulo 70 El regreso
Capítulo 71 Visiones
Capítulo 72 La arrepentida
Capítulo 73 El país de los blancos
Capítulo 74 Cadáver exquisito
Capítulo 75 La ausencia
Capítulo 76 El exorcismo
Capítulo 77 La puerta siete
Capítulo 78 El tío
Capítulo 79 Lamento andaluz
Capítulo 80 Divididos
Capítulo 81 El efecto mariposa
Capítulo 82 La danza del fuego
Capítulo 83 La parábola del río
Capítulo 84 Hacia el fin de la noche
Capítulo 85 La voz
1
3
5
6
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
99
100
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147
148
149
150
151
152
153
154
155
156
157
158
159
160
161
162
163
164
165
166
167
168
169
170
171
172
173
174
175
176
177
178
179
180
181
182
183
184
185
186
187
188
189
193
194
195
196
197
198
199
200
201
202
203
204
205
206
207
208
210
211
212
213
214
215
216
217
218
219
220
221
222
223
224
225
226
227
228
229
230
231
232
233
234
237
238
239
240
241
242
243
244
245
246
247
248
249
250
251
252
253
254
255
256
257
258
259
260
261
262
264
265
266
267
268
269
270
271
272
273
274
275
276
277
278
279
280
281
282
283
284
285
286
287
288
289
290
291
293
294
295
296
297
298
299
300
301
302
303
306
307
308
309
310
311
312
313
314
315
316
317
318
319
320
321
322
326
327
328
329
330
331
332
333
334
335
336
337
338
339
340
341
342
343
344
345
346
347
348
349
350
351
352
353
354
355
356
359
360
361
362
363
364
365
366
367
368
369
370
371
372
373
374
375
376
377
378
379
380
Tapa
Indice
Capítulo 1
A mi amada esposa Patricia, por prestarme sus orejas en tantas noches de escucha para corregir errores o sugerir caminos posibles. Por ser el primer terster de lo que terminó siendo esta novela que, sin su aporte, no hubiese tenido este resultado….
Amiga o amigo lector, antes que emprendas el viaje que supone esta novela, me es imperioso advertirte que lejos está de mí un intento de ofensa a cualquier credo. No me jacto de no ser religioso, al contrario. Creo que me estoy perdiendo de una emoción que jamás podré sentir. Me es dado mejor el narrar con ejemplos, que llenar de palabras inconducentes cualquier justificación. Por eso, aquí va un ejemplo de lo dicho anteriormente. Cierta pareja que tuve en el pasado abrazaba con devoción la religión católica y toda liturgia que de ella se desprendiese. Todas las mañanas de domingo se levantaba temprano para asistir a misa, sola. Yo sabía de su anhelo para que la acompañe en su pasión, más jamás me pidió nada, enterada de mi frágil fe. Pero una mañana, la sorprendií. Le dije que iría a misa con ella, pero le advertí que la haría pasar vergüenza dada la poca información que tenía, que tengo, sobre los usos y costumbres en cuanto a la misa. Respondió emocionada que no le importaba, con tal de compartir conmigo la experiencia. Ni bien el sacerdote apareció ante el altar, me tomó de la mano. Yo prestaba atención a las palabras del clérigo y notaba que ella comenzaba a apretarme la mano cada vez con más fuerza. Por fin, a punto de hacerme doler, giré para observarla y lo que vi me emociona hasta el día de hoy. Repetía las palabras del cura con devoción, mientras su rostro estaba empapado en lágrimas. Algo la atravesaba de par en par, su interior era un goce a la vista, infinito. Me quedé mirándola, admirándola y con cierta envidia, porque yo jamás podría, podré, llegar a sentir esa emoción. Sé que me pierdo algo hermoso, pero no hay caso, no me sucede el milagro de ser atravesado por sentimiento alguno. Y es una pena. Por eso, vuelvo a repetir que no declaro desde ninguna altura superior el hecho de no pertenecer a religión alguna. Pero a pesar de esto, entiendo que algo hay detrás de todas y todos moviendo los hilos. Llámese Dios, llámese universo, que en síntesis, tal vez sean lo mismo.
Al cabo no hay que perder de vista que es solo una novela más, un juego, con anclajes en la realidad si, pero repleta de suposiciones, blasfemias e hipótesis de boliche. Esas hipótesis de boliche, ponen al evangelio de Judas emergiendo desde el olvido, atravesando siglos, ciudades y tiñendo de riesgos las vidas de cada uno de los personajes que lo tuvieron en sus manos y de quienes los rodeaban.
Y así, en un contexto entre hechos históricos, puros amores adolescentes, truncos amores adultos, surcados por una trama tejida con religión, misticismo e investigación policial, transcurre el derrotero del evangelio de Judas, que se resiste a perder el rastro…
Buenos Aires
20 de diciembre 2014.
22:05 horas.
Cuando el mundo se termine, sonará James Taylor….Esa idea del planeta humeante y objetos inertes mientras de fondo, como despedida, se escucha la melodía de “Hombre trabajador”, desde esa voz calma, tan personal de James, ronda mi mente cada tanto. El único inconveniente es que no habrá nadie para escucharlo. Es como si yo, desde este sillón y este micrófono en la radio, fuese la última voz emitida por un ser humano en el fin de los tiempos. Pero no habría nadie ahí afuera para escucharme….¿Hay alguien ahí afuera?....Tal vez esté hablando y mis palabras terminen viajando hacia confines inimaginables sin una oreja que las capte… Tal vez mi pretensión de comunicador quede trunca y mis palabras jamás lograrán llegar a destino….Ya pasaron cinco minutos de las diez de la noche de este sábado en donde, a caballo del sofocante calor de la gran ciudad, nuestra mente se relaja y nos permite divagar, pensar o reflexionar sobre cuestiones que no tienen que ver con las preocupaciones diurnas. La radio está surcada por silencios. En ese silencio hay algo oculto….Está para provocar, para despertar. Y entre silencios y palabras vienen a mi mente las sensaciones dejadas como marcas indelebles, por esta historia que hoy les traigo para compartir en esta larga noche. Esta historia, transcurrida en Camarones, un pueblito de pescadores perdido en la Patagonia que, lamentablemente, me toca muy de cerca….No suelo compartir con ustedes historias personales, pero hoy voy a hacer la salvedad que toda regla permite y les iré tirando, entre otros divagues que caigan en mi mente, detalles de esta historia que, de no ser por el hecho que uno de sus protagonistas es alguien que quise mucho, tendría todos los condimentos para hacernos un festín dada la cantidad de aristas que tiene. Siempre pensamos que estas cosas le suceden a los demás. Pero nosotros somos “los demás” para el resto de la gente. Y esta vez me tocó a mí. O a alguien muy importante en mi vida, tanto que no puedo creer que haya encontrado su fin, y con él la historia transcurrida en Camarones…. ¿Habrá llegado a su fin?. Porque se me hace cuento que semejante caudal de hechos haya terminado y sea solo eso, un cúmulo de hechos al azar. ¿Hay azar detrás de todo esto?. ¿Qué es el azar?. ¿Y si no es más que la excusa de Dios para que desviemos por un momento nuestra atención sobre él y lo dejemos descansar?. Tal vez sea para que por un momento creamos que las dudas de Dios no están ahí…Porque, yo me pregunto y los invito a hacerlo, ¿qué es esto que nos llega luego de tantos siglos de su inicio?. ¿Qué hace Judas Iscariote intentando defenderse de tantas injurias en su contra durante dos milenios?. ¿Qué nos quieren decir esos monjes desde el confín de los tiempos?. ¿Qué nos quieren ocultar?. ¿A qué vienen todas esas piezas del rompecabezas de esta historia que, en apariencia, nada tienen que ver entre sí?. ¿Vienen a confundir o son partícipes necesarios para que un anónimo conductor de radio en la Buenos Aires del siglo veintiuno esté avisando al mundo que aquí ha pasado algo relevante?. ¿O aquí no ha pasado nada?. Es una mezcla peligrosa, cuya mecha fue encendida casi por casualidad. ¿Casi por casualidad?. Cada vez que el registro de esta historia estuvo a punto de perderse para siempre, algo casual ocurrió y rescató el sendero para que alguien lo vuelva a recoger. Como si el mismísimo Judas quisiera hablarnos entre líneas, luchando solo contra una historia de ocultamientos. A esta altura de la civilización, hasta el más ferviente católico practicante sabe que la iglesia está construida en base a ocultamientos. Con el argumento de la fe se justifica todo. La fe ciega la razón y le da pasto al fanático, pero el fanatismo y el pensamiento viven en barrios muy alejados. Por eso la gran mayoría no da crédito a lo que esta colosal historia representa. Porque sienta las base del miedo….Su vida, sus vidas, tal y como las diseñaron para ellos desde antes de abandonar el útero materno, se desmoronarían ante el menor atisbo de verdad en todo lo sucedido. Por eso es más cómodo y mucho menos peligroso, reírse a carcajadas de las supuestas blasfemias que amenazan sus zonas de confort. Pero, de pronto, un remoto escrito encontrado por casualidad en la Buenos Aires del siglo diecinueve, da origen a una historia que llega hasta nuestros días, y las carcajadas se hacen más sonoras para intentar tapar lo que su fe no puede….Porque, supongamos que de pronto desaparecieran las certezas que rigieron nuestras vidas por siglos. Supongamos por un momento que todo lo que damos por hecho desaparece o cambia. Nuestro sistema de pensamiento, nuestros valores, nuestra moral, dependen de que esos pilares que damos como indestructibles, continúen ahí. Pero, todo se desmoronaría si un día esas premisas no están más al abrir los ojos por la mañana….Cuando nos preparamos para salir a visitar a un amigo, por ejemplo, ya cuando salimos a la calle, vamos incorporando el chip de quien vamos a ver. Entonces, sabemos que nos hará alguna broma, sabemos que nos servirá un café cargado, sabemos que no podemos esperar que nos contenga ante un problema, sabemos que su casa estará desordenada. Al llegar a la esquina, seguro estará Don Manuel en su kiosco de diarios, sabemos que hará calor e infinidades de premisas que descontamos que estarán ahí para salvaguardar nuestro necesario cúmulo de rutinas que nos mantienen tranquilos. ¿Pero, qué pasaría si descubriésemos que toda nuestra vida estuvimos sumergidos en una especie de colosal “Truman Show” que ya lleva dos milenios?. ¿Qué pasaría si mañana llego a la radio y ya no puedo ver el río desde este décimo piso, si Ariel ya no tuviera esa cara de buen tipo y cuando me indica que estamos en el aire lo hace con un insulto, si este micrófono que baja del techo fuese una serpiente que me muestra su amenazante lengua bífida?.... No quiero continuar confundiéndolos. Mejor comencemos por el principio. Esta historia empieza a ver la luz en Lyon, Francia, en el año ciento noventa de nuestra era. Pero, no hay apuro, tenemos tres horas para desmenuzarla….
(Versión libre de hechos reales)
Lyon,
Año 190.
El obispo dudó un instante, quería confirmar que no había ojos indiscretos. Los pocos segundos que se tomó para emprender los cientos de metros que lo separaban de sus aposentos, fueron para cerciorarse que la calle estaba despejada, que nadie sería testigo de su rumbo. La madrugada se presentaba fría y desolada. Era un camino habitual, que el obispo Ireneo de Lyon desandaba cada día.
Sin embargo, esa noche sintió temor. Los perros hambrientos que lo miraban desafiantes, las enormes ratas que atravesaban su camino, los ladrones y los relámpagos amenazantes no eran nada comparado al sentimiento que lo envolvía. Ataviado con su oscura túnica y su capucha, apretaba fuerte bajo su brazo los papiros y los escritos en cueros de animales que representaban un tesoro.
Sabía que lo que estaba por hacer podía cambiar el rumbo de las cosas y comenzar a ordenar a la cantidad de cristianos que deambulaban confusos, no solo por la Galia sino por todo el imperio romano. Perseguidos por las legiones, delatados por los judíos, despreciados por los gentiles, debían tener un instrumento que los uniese, un símbolo de contención, algo que les diese sentido a sus días de lucha, a su devoción, a su persecución. Pero, tal vez la batalla más grande que tenía ante sí el obispo Ireneo de Lyon era contra los llamados gnósticos. Estos eran cristianos que no necesitaban de sacerdotes como intermediarios de Dios, decían llevar el espíritu santo en su interior, por lo tanto, prescindían de la joven estructura de la iglesia. Este pensamiento, si continuaba propagándose, podía resultar muy peligroso a los intereses del obispo, por lo que estaba dispuesto a darles a los cristianos desparramados por el imperio un elemento desde el cual podrían abrevar de la verdadera fe cristiana, al mismo tiempo que alentar a la eliminación de esos herejes que iban esparciendo blasfemias por los caminos del señor.
Al llegar al convento, cerró fuerte la puerta luchando contra el viento que le hacía difícil la tarea. En el intento cayeron al piso varios papiros que fueron arrastrados por el viento nuevamente hacia la oscura e inhóspita calle. Como el pastor que descuida todo el rebaño para ir en busca de su oveja descarriada, tiró el resto de los escritos en el piso del convento y salió a atrapar los evadidos. Al recoger el último, lo apretó junto a su pecho como si el mismísimo Dios estuviera dictándole sus actos. Entró con el escaso cabello revuelto y la tupida barba con restos de hojas de los árboles sacudidos por las intensas ráfagas, atrapadas en las ensortijadas matas que llegaban hasta su pecho. Guiado por una vela, subió la escalera hacia su dormitorio. Al llegar al descanso, lo asustó una sombra alargada que se reflejaba en la pared. Agitado, comprendió luego de unos segundos que se trataba de Gerard, su joven ayudante que lo esperaba con su largo camisón de dormir.
-¡Gerard, lograrás matarme del susto!.
-Perdón mi señor, es que estaba preocupado por usted.
-Está bien, es una suerte encontrarte despierto porque te necesitaré. Será una larga noche…
-Con gusto le ayudaré en lo que sea su Excelencia.
-Bien, pero debes prometer ante nuestro señor que lo que escuches y veas en el interior de mis aposentos no saldrá jamás de tu boca, a riesgo que sufras las peores iras de Dios.
-Lo prometo mi señor. Moriré sin que de mí haya salido ni una palabra de lo que allí se hable.
Una vez en el interior del gran dormitorio, desparramaron los papiros y cueros por el piso. El joven Gerard no sabía bien el motivo de la tarea, pero su vida estaba consagrada a servir al obispo Ireneo de Lyon y no cuestionaba ninguna de sus órdenes. Una vez separados los escritos, el joven Gerard notó que cuatro grupos estaban a la derecha de la mesa, el resto a la izquierda formaba una montaña de descarte.
-Escúchame con atención Gerard, esta noche tenemos una gran responsabilidad. No podemos continuar sin unificar las sagradas escrituras que cuentan los hechos de nuestro señor. Debemos tener escrituras que nos identifiquen, que nos guíen por el camino correcto. De lo contrario perderemos a nuestros hermanos confundidos por esas hordas de gnósticos herejes. Los apóstatas del cristianismo cuentan con una multitud infinita de escrituras apócrifas y bastardas confeccionadas por ellos para impresionar a los necios. En esa montaña de estiércol están varias de esas herejías que hay que evitar que sigan propagándose. Todas son peligrosas, pero de la que más debes alejarte es del evangelio de Judas.
-¿Por qué es la más peligrosa, mi señor?.
-¡Porque son los escritos de Judas, el culpable del sufrimiento de nuestro señor!.
-¿Y, por qué has separado aquellas cuatro?.
-Porque en ellas está la verdadera palabra de Dios. Esos cuatro Evangelios son los que nos cuentan la verdad sobre los hechos de nuestro señor. Los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan son los que pasarán a la historia como la verdadera fe que los cristianos seguiremos. En poco tiempo será peligroso no solo leer los Evangelios apócrifos, sino incluso, poseerlos…
-¿Poseerlos?. Creí que los íbamos a destruir.
En ese momento Ireneo de Lyon se dio cuenta que no podía destruirlos. Un escalofrío recorrió su espalda sin llegar a entender el motivo, pero no pudo quemar esos escritos que tanto odiaba y tanto daño podrían hacer. Solo se le ocurrió ocultarlos para siempre en algún rincón inaccesible. No lo sabía, pero estaba inaugurando una leyenda que se propagaría a través de los siglos. Nadie podría jamás destruirlos y nadie sabría tampoco el motivo. Entonces, dio comienzo una larga noche. Ireneo tomó los cuatro Evangelios y, con ayuda de Gerard, reunió los hechos narrados por Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Donde había un hueco en la historia fue llenado por su propia imaginación. Horas de paciente lectura dieron a luz el germen de lo que la posteridad llamaría “La Biblia”, el libro sagrado de la cristiandad. Con las primeras luces del alba se escucharon golpes en la puerta del convento. Alarmados y con huellas del cansancio acumulado, los dos hombres bajaron las escaleras con suma precaución. Temían ser descubiertos en la secreta tarea que llevaban a cabo. Al abrir la puerta, un niño andrajoso luchaba para que su frágil cuerpo no fuese arrastrado por el ventarrón. Al ver la expresión del niño, Irineo supo que ya tenía la solución para deshacerse de los evangelios apócrifos.
-¿Qué buscas a estas horas hijo?.
-Quería saber si su santa bondad podría poner un mendrugo de pan en mis pobres manos, padre.
-Pasa hijo, quédate con Gerard mientras voy por el pan….
El monje fue en busca del pan, pero al regresar ante el niño hambriento trajo consigo los restos de los evangelios que quería destruir. Su gran temor a que una terrible maldición cayera sobre sí mismo le impedía llevar a cabo la tarea.
-Toma hijo, pero deberás hacerme un favor….Estos restos de cueros y papiros inservibles, necesito que los destruyas….Estoy muy anciano y no soportaría salir con este clima…..¿Puedes hacerlo por mí hijo….?. Cuando acabes con la tarea regresa, te daré otro mendrugo de pan….
El niño tomó con dificultad los evangelios que le significaban un gran esfuerzo para mantenerlos entre sus brazos mientras a la vez mordía con desesperación un pedazo de pan. Al dar el primer paso tras cerrarse la puerta, varios papiros cayeron al piso. Mientras los recogía pudo escuchar al obispo Irineo de Lyon explicando a su asistente Gerard sobre sus verdaderas intenciones, sin sospechar que el niño lo estaba escuchando.
-Mi señor, ¿para qué hacer regresar al muchacho?.
-Debemos deshacernos de él. No podemos correr riesgos.
-Pero, es solo un niño….
-¡Ese niño debe morir!....El futuro de nuestra santa iglesia no puede depender de un andrajoso!.
El hambriento niño quedó inmóvil tras la puerta a merced de las ráfagas de viento y el terror que le produjo escuchar el grito del religioso. Aterrado, comenzó a caminar hacia atrás sin dejar de mirar la puerta. Corrió como si lo persiguiera una jauría de perros en busca de su pan. Cuando supo que se había alejado, en silencio comenzó a caminar hacia el Ródano con la respiración agitada. El río, con sus turbulentas aguas, parecía más feroz con el clima. Se detuvo a la orilla a terminar de comer su pan. Sentado en el pasto, pensó en lo que había escuchado al obispo. Al terminar de comer, tomó todos los restos de evangelios y los arrojó al Ródano. El viento y la tormenta habían arrancado gran cantidad de ramas y arbustos, muchos de los cuales quedaron enredados en la orilla del río, provocando que cada vez más objetos llevados por el viento quedaran atrapados en la improvisada represa. Entre esos cientos de objetos quedó el bulto arrojado por el muchacho, quien comenzó a correr muy apurado para alejarse de allí. Nunca supo que, atrapado en medio de la montaña de arbustos, yacía el evangelio de Judas….
(Versión libre de hechos reales)
Roma,
3 de julio, 1378
El Papa Urbano sexto revisaba unos documentos sentado ante su escritorio del gran salón de Santo Ildefonso. Las enormes ventanas abiertas le entregaban migajas de alivio ante el agobiante verano europeo. Sobre la alfombra caían a plomo las gotas de sudor que su cuerpo expulsaba. Su secretario Ludovico golpeó la puerta cuatro veces, anunciando que era él. La contraseña actuó como reflejo en la boca del pontífice. Sabía que Ludovico entraba trayéndole una jarra de vino fresco. Apoyó la bandeja en el escritorio al mismo tiempo que Urbano arrojaba con desprecio los documentos.
-¡Basta!....¡En nombre de nuestro señor Jesucristo, basta de reclamos, amenazas y blasfemias!....
-¿Qué ocurre, su eminencia?.
-¡Monarcas y delegados de todos los reinos pidiendo que haga algo con la corte de Paris y sus avances por controlar el papado!.....Además, esas inútiles familias aristocráticas romanas desatando interminable luchas de poder dan argumento al reino de Francia para terminar con el papado de Roma…..
-Su eminencia, permítame decirle que en las calles de Roma se vive un caos….La corte de Paris puede utilizar ese argumento en favor del Papa de Avignon.
En la enorme puerta se escucharon seis golpes y ambos hombres callaron. La contraseña indicaba que su asistente Genaro traía un recado. La orden del pontífice retumbó en las paredes del recinto.
-¡Adelante, Genaro!.
El joven abrió la puerta y se acercó a sus dos superiores. Se detuvo aguardando la orden para hablar.
-¿Qué sucede?.
-Su santidad, en el salón de los mártires aguarda un enviado del Papado de Avignon. Dice que trae un mensaje del Papa Gregorio.
Ambos clérigos se miraron. Urbano se dirigió hacia un rincón del gran salón donde colgaba un lienzo del mártir San Esteban. Corrió levemente la pintura y, por un disimulado orificio, vio al enviado del Papa Gregorio aguardando en el salón contiguo. Hizo una seña a Ludovico para que se acercase. Al hacerlo, su secretario observó por el orificio y de inmediato en sus agrietados labios se dibujó una sonrisa maligna, mientras miraba al pontífice, que al instante entendió que debía despedir a Genaro.
-Puedes regresar a tus quehaceres…
Al cerrarse la puerta, ambos hombres hablaron con libertad. Se vivían tiempos turbulentos en Roma, y la traición y la delación eran moneda corriente. Ningún recaudo estaba demás. El Papa Urbano quiso saber lo que la expresión de Ludovico quería decir.
-Y bien….
-Su santidad, conozco al enviado de Avignon. Es un ser codicioso que por un denarius daría un ojo.
-¿Codicioso has dicho?.....Si es capaz de traicionar al Papa Gregorio tal vez logremos algo….
-Aseguro que es capaz de traición y mucho más por una bolsa de monedas.
-Bien, nuestro señor sabe que algo debemos hacer. No puede continuar nuestra santa iglesia teniendo dos representantes del cielo en la tierra. Debemos acabar con el papado de Avignon….Hazlo pasar….
El enviado de Avignon entró en el salón luciendo una capa con los colores papales y una enorme cruz a sus espaldas. Dos largas plumas de ganso caían de su gorro e iban a dar por delante de sus ojos, que llevaban una expresión a la defensiva, analizando el terreno y estudiando cada gesto. De inmediato Ludovico abandonó la sala y Urbano quedó a solas con el enviado, que en sus manos apretaba un rollo de papel envuelto en una cinta amarilla.
-Mi secretario ha dicho que traes un recado de Avignon….
-Así es, su eminencia. Me han encomendado para entregar este rollo.
Ambos hombres se mantenían de pie a corta distancia. Urbano tomó el rollo con la mano derecha, mientras con la izquierda comenzaba a pasar de dedo en dedo una valiosa moneda de oro. Los ojos del enviado no perdían detalle del brillo de la pieza. Sus avaros ojos calculaban cada valor del preciado metal. En una elegante letra, el texto decía:
Estimado Papa Urbano, en virtud del largo periodo conflictivo que lleva la institución papal, os invito a que dejemos delado diferencias, en nombre de la santa iglesia católica, únicosostén del mundo libre bajo la bondad y misericordia de nuestro señor Jesucristo.
Démosle un solo Papa a la cristiandad deponiendo malos entendidos y viejas desprolijidades. Apelo a vuestra inteligencia y honra para que comprendáis de una vez que el único Papa legítimo es el de Avignon, sostén de la iglesia desde hace más de seis décadas, luego que el papado de Roma se viera envuelto en los acontecimientos que dieron paso al traslado de la sede a Avignon.
Os deseo larga vida, a la espera de vuestra respuesta.
Gregorio XI
Luego de leer la carta, Urbano simuló notar en ese momento el interés del enviado por la moneda de oro. Dedujo que un ser tan codicioso tendría secretos para vender al mejor postor. Siguiendo el consejo de Ludovico, urdió una trampa para descubrir qué podía obtener del joven de Avignon.
-¿Veo que observas la moneda de oro….?
-Si, su eminencia….
-¿Y qué estarías dispuesto a hacer por ella?.
-Lo que su eminencia ordene….
-Bien, me agrada tu interés en colaborar con la verdadera iglesia….Pero por una simple moneda de oro no creo poder obtener gran cosa de tu parte. Tal vez con esto si alcance….
Urbano sacó desde el interior de su sotana una bolsa que sacudió en la cara del enviado, cuyo rostro se transformó al escuchar el ruido de decenas de monedas chocando entre sí. Un hilo de baba comenzó a formarse en la comisura de sus labios conmocionado ante la posibilidad que esa bolsa sea suya.
-Ahora si, tal vez esta bolsa valga una información importante….Intuyo que habrás sido mudo testigo de movimientos secretos en Avignon….Tal vez en el puente del palacio has acompañado al Papa Gregorio a contemplar el Ródano, y mientras sus bravas aguas discurrían por debajo de sus pontificios pies, te habrás enterado de algo que a este humilde ciervo de Cristo pueda ser de interés….
-Tal vez este pobre cristiano posea información de interés….
-Bien, entonces muéstrame que información haga que esta ruidosa bolsa viaje de mi mano a tu bolsillo….
El joven enviado dudó un instante, pero su codicia pudo más. Venciendo la lucha interna que libraba, confesó entre balbuceos algo que Gregorio no esperaba, pero que estaba decidido a aprovechar.
-Su eminencia….Hay algo muy importante….., pero pueden caer sobre mí todas las maldiciones celestiales si lo confieso….
-Tal vez si prometo otra bolsa la moral se tape los ojos….
-¿Otra bolsa?....Bien….El Papa Urbano guarda algo muy importante en un cofre….Lo he escuchado hablar en un susurro con su secretario….Cierta vez escuché cuando su santidad le decía que…..
-¡¿Qué?!. ¡Habla de un vez!.
-Que de lo que contenía ese cofre dependía el futuro de la iglesia….
-¿Y, qué contenía, mi misterioso amigo….?
-Escuché cuando le decía a su secretario que en el cofre guardaba…., el evangelio de Judas….
De todas las hipótesis que manejaba el Papa Urbano esta no estaba en el menú. Abrió
grande sus ojos e imaginó, de ser cierto, las infinitas posibilidades, peligros y ventajas que semejante noticia podría acarrearle. Los evangelios malditos de Judas Iscariote en manos del Papa de Avignon ponía ante los ojos del Papa de Roma, la enorme posición de poder que le otorgaba. Por fin comprendía dónde residía la fuerza para enfrentar todos los intentos por quitarle legitimidad a la sede de Avignon. Gregorio once poseía una carta poderosa en su manga, carta que Urbano sexto deseó tener para sí. De inmediato ideó un plan para deshacerse de su enemigo. No solo el mensajero era codicioso, todos los que habitaban la sede pontificia de Gregorio once lo eran, empezando por él mismo, y ese dato estaba en conocimiento del romano.
-Bien, querido amigo. Te has ganado esta bolsa de oro. La otra la ganarás una vez que envíes al Papa de Avignon la respuesta a su carta….Espera afuera, mientras la redacto….
-Gracias, su eminencia. Este humilde ciervo cumplirá su deseo….
-Estoy seguro que así será….
El mensajero dejó solo a Urbano con sus pensamientos. Mientras se tocaba la barbilla y caminaba a paso lento por el enorme dormitorio, iba puliendo detalles de su puesta en escena.
(Versión libre de hechos reales)
Avignon,
18 de julio, 1378
En pocos años Avignon se había transformado de aquella apacible comarca en el valle del río Ródano, en una ciudad de treinta mil habitantes, similar a las de Florencia o Nápoles. Sus calles eran transitadas por obispos, príncipes y reyes, desde que a principios del siglo se convirtiera en la sede del Papa, rival de Roma. El lujoso palacio construido como residencia de los sucesivos papas, sorprendía a los visitantes que por primera vez contemplaban la magnificencia de la vida eclesiástica, alejados de los preceptos cristianos de austeridad y entrega. El puente sobre el Ródano, que partía desde el palacio y actuaba como una cuña sobre las azules aguas, era otro motivo de placer exclusivo de los prelados. El mismo río en el que mil doscientos años atrás quedara atascado el evangelio de Judas cuando aquel niño andrajoso lo arrojaba a sus aguas, ahora bañaba los disipados pies de los representantes de Cristo. El lugar era digno de una corte de reyes. Sábanas de Damasco tejidas con hilos de oro, pieles de armiño y alfombras de Persia eran el paisaje habitual en su interior. Los cardenales que rodeaban al Papa mantenían cortes dignas de príncipes, entregándose a una vida plena de excesos y vicios mundanos. Intelectuales como Petrarca, quien visitara la ciudad por cuestiones diplomáticas, tomó cuenta asombrado del estilo de vida clerical. Cierta vez en una carta, escribió sobre Avignon, “En ese lugar todo bien se pierde: primero, la virtud, y luego, sucesivamente, la tranquilidad, el gozo, la fe, la caridad y el alma. ¡Pérdidas terribles!. Pero, en ese reino de codicia, no se las tiene por tales porque no afectan al dinero….Ahí la verdad es locura, la continencia, tosquedad, el pudor, grave oprobio, el desenfreno, cuanto más vicioso, más ilustre….¡Oh ciudad perversa colocada en las salvajes riberas del Ródano, enemiga de los buenos, cobijo y asilo para los malos, y meretriz, no sé si decir famosa o infame, que se ha prostituido a los reyes de este mundo!.” El Papa Gregorio se cambiaba en su recámara ayudado por tres asistentes, quienes tenían ardua tarea cada mañana quitándole unas capas de ropa y vistiéndolo con otras. Mientras uno de ellos preparaba su tina para el baño semanal, un ayuda de cámara joven, para quien era el primer día en el puesto, intentó quitarle el gran colgante que llevaba Gregorio sobre el pecho. Se trataba de un gran medallón de metal con la imagen de la santísima trinidad. El pontífice apartó de un empujón al joven asistente.
-¡Quita tus manos de ahí, mozalbete insolente!. ¡¿Quién eres para despojarme de mi preciado medallón?!. ¡Siempre lo llevo sobre el corazón!. ¡Jamás me lo quito, ni para el baño semanal!. ¡Sobre mi piel descansa siempre y me protege!. ¡Ya está bien, continúo solo!. ¡Retírate y haz pasar a Olivier!.
El mensajero que regresaba de Roma golpeó a su puerta y aguardó la orden. Los tres asistentes salieron y él entró con el cansancio y el calor marcado en su rostro. En silencio, el pontífice le indicó que se acercara y, tendiendo la mano, esperó el rollo de papel que le alcanzaba Olivier. Se retiró unos metros y, dándole la espalda, desplegó la carta que actuaba como respuesta del Papa de Roma. La acercó a la ventana para tener más luz y, teniendo como murmullo el paso del Ródano a poca distancia, comenzó a leer
Estimado Papa Gregorio. Has dado una gran alegríaal cansado corazón de este viejo servidor de Dios. Lapropuesta ha actuado como un bálsamo para los agitados días que se viven en Roma. Es hora de volver a los tiempos en donde nuestros fieles se sentían unidos por su iglesia.
¡Cuánta razón en lo que propones!. El vicario de Cristo debe ser uno, sin lugar para mezquindades ni vanidades mundanas.
Hay que deponer actitudes que solo sirven para que los herejes tengan paja para encender la hoguera. Este humilde sacerdote está dispuesto a reconocerte como el único Papa de la santa iglesia católica. Solo pido que me concedás la gracia de aceptar mi propuesta. Cedo el título de propiedad del castillo de Ravena para que allí establezcas el papado temporal hasta que los tumultuosos días en Roma se aplaquen. El representante de Cristo no puede continuar en Avignon, rodeado de esa orda de franceses bárbaros que solo viven vidas disipadas. Si la respuesta es positiva, pon la fechay los esperaremos a su merced y a seis de los cardenales de mayor confianza para una cena de bienvenida. En el castillo de Ravena estaré sentado a la mesa con seis de mis cardenales de mayor confianza y, como muestra de amistad, nos sentaremos intercalados los miembros de ambas delegaciones. A la espera de la respuesta, deseando que tengas una larga vida.
Urbano VI
Gregorio bajó la carta y elevó sus ojos hacia la ventana donde su vista divisaba el otro lado del río. Su pensamiento e imaginación estaban en Ravena, en ese majestuoso castillo que conociera tiempo atrás. Era una gran propuesta, mucho más de lo esperado, motivo suficiente para actuar con cautela. La repentina magnanimidad del Papa Urbano le provocaba cierto cosquilleo corporal. Pero Gregorio era un Papa ambicioso. La muestra estaba en el obsceno lujo que lo rodeaba en Avignon. Caviló un momento más sobre las posibles consecuencias de la propuesta, hasta que al fin, tomó una decisión.
-Olivier, redactaré la respuesta y cuando haya terminado llevarás la respuesta mañana mismo a Roma. Sé que estoy siendo exigente, pero aseguro que vale la pena el esfuerzo….Luego serás recompensado. Ve a descansar y que nuestro señor te acompañe.
El mensajero pensó en las monedas de oro que ya había obtenido, en las que obtendría en Roma al llevar la respuesta, y en lo que le había prometido el Papa Gregorio por su esfuerzo. La codicia vivía en el interior de esos muros. Olivier dejó al pontífice de Avignon en su recámara, que se acercó al secreter con sigilo, como intentando pasar desapercibido, a pesar de estar solo. Se detuvo ante el imponente mueble de fina caoba de la India y miró a ambos lados. Quería estar seguro que nadie vería cuál de las decenas de cajones y estantes abriría para ver su más preciado secreto. La intrincada red de pasadizos y falsos fondos del mueble era conocida sólo por él. El secreter cumplía a la perfección lo que su dueño esperaba, confundir y abrumar para desalentar a cualquier intruso. Introdujo su brazo en uno de los cientos de cajones, destrabó un seguro y de esta forma cedió su fondo. Deslizó la tapa por los rieles y tuvo ante sí el motivo de sus desvelos y su boleto hacia el poder eterno. El evangelio de Judas, a pesar de ser un manojo de cueros ajados, emanaba un aura de majestuosidad que conmovía al pontífice. Años atrás, cuando aún era un oscuro sacerdote en Lyon, fue tras el rumor que aseguraba que un vendedor de baratijas del mercado ofrecía el evangelio de Judas como una mercancía más. Todos rieron y continuaron pensando que la existencia del códice era solo una leyenda. Pero el joven Gregorio fue tras una intuición. Ahora tomaba entre sus manos el evangelio de Judas Iscariote, quien viviría un traslado más desde que fuese escrito. El Papa estaba decidido a aceptar la propuesta de Roma. Debía idear una forma de trasladar el códice sin riesgos. Al tiempo que dejaba el evangelio sobre la mesa del secreter, tomó una hoja y buscó su pluma. Se sentó frente al escritorio y tiró de la cuerda que hacía sonar la campana en el cuarto contiguo donde estaba su secretario. Cuando sólo había escrito “Querido Papa Urbano”, su secretario golpeó dos veces y entró en la recámara.
-Ordene, su eminencia.
-Bien, Marcel. Debes visitar las recámaras de los cardenales que indicaré, en el más absoluto secreto, con un mensaje….Les comunicarás que en siete días saldremos hacia Ravena, en un viaje muy especial….Luego les darás más detalles….Ellos son los cardenales Laurent, Roux, Bertrand, Dupont y Lambert. Mañana sabrán de qué se trata….Tu también viajarás conmigo. Es todo, Marcel.
-Con su permiso….
-¡Ah, me olvidaba!. Dile a Olivier, el mensajero, que necesito verlo….
El secretario se retiró dejando al pontífice solo con sus cavilaciones. Calculando el tiempo que tardaría Olivier en entrar, Gregorio sexto se detuvo de pie ante la mesa del secreter, teniendo el evangelio de Judas al alcance de la vista de quien quisiese verlo. Cuando Olivier golpeó la puerta, el pontífice le dio la espalda simulando hacer una tarea de rutina. Al acercarse, el mensajero presenció cuando el Papa guardaba el evangelio de Judas en el secreter. Tomándose todo el tiempo del mundo para cada movimiento, abrió uno de los cajones, destrabó el seguro, deslizó el fondo y colocó el códice en su escondite, al tiempo que Olivier no perdía detalle de la maniobra.
-Bien Olivier, mañana saldrás al alba con destino a Roma con este mensaje para Urbano. No pierdas tiempo en otra cosa que no sea entregar lo antes posible esta carta en sus manos. Confío en ti, Olivier….
-Así será, su eminencia.
-Bien….Ahora ve a descansar. Espera la convulsionada Roma de Urbano sexto….
El mensajero se dirigió a su habitación a descansar y en el camino por los intrincados pasillos palaciegos se cruzó con Marcel, el secretario privado del pontífice. Sus miradas intercambiaron desconfianza. A la mano derecha del Papa jamás le agradó el enigmático mensajero y éste lo sabía. Al llegar ante la recámara de Gregorio golpeó dos veces y entró sin esperar el permiso. El pontífice estaba de pie mirando hacia el Ródano.
-Su eminencia, ya entregué su mensaje a los cinco cardenales. Todos me observaron con expresión de extrañeza pero dije que su excelencia les dará más detalles a su debido tiempo….¿Se siente bien, su eminencia?.
-Estoy bien….Creo que ya confirmé al delator del palacio….
-¿Olivier?.
-Tienes buen ojo, Marcel. Estoy seguro que en Roma ya están enterados de la existencia del códice….El rumor debe correr como llama entre ramas secas….Pero mientras sea sólo un rumor para ellos….Me aseguré que Olivier vea dónde es el escondite del códice….Llevaremos algunos muebles de Avignon. Nuestros adversarios atacarán cada cajón y estante del secreter, pero no encontrarán lo que buscan y todo quedará en el rumor….Marcel, encargaré una tarea que comenzarás a realizarla una vez que Olivier parta rumbo a Roma. Toma una robusta gallina del corral, átala y quítale las vísceras….Luego, tráela a mi recámara….
(Versión libre de hechos reales)
Ravena,
8 de agosto, 1378
El castillo de san Vital era un hervidero de cocineros, sirvientes y obreros trabajando sin descanso para que todo estuviese en orden hacia el atardecer. En el extenso jardín se arreglaban plantas y en el corral se sacrificaban decenas de pavos para la cena. Las enormes aves de rapiña provenientes del monte Battaglia, merodeaban el festín esperando un descuido para aferrar sus garras y poder llevarse una presa a sus cuevas en las montañas. Decenas de ellas dibujaban sombras en círculos teniendo como centro las grandes mesas donde se trozaban las piezas. Desde la ventana de su recámara, Urbano sexto no perdía ningún movimiento de los preparativos y consumía la espera ultimando detalles para el banquete con su secretario privado.
-¿Qué piensas, Ludovico?.
-Continúa dando vueltas en mi cabeza lo que ha dicho el mensajero de Avignon, su excelencia….
-No me extraña….Esos franceses tienen un pacto con el maligno….
-De ser cierto lo que ese traidor ha dicho, el evangelio de Judas está en camino a Ravena….
-Al atardecer lo comprobaremos….Si ese infiel está en los cierto nos apoderaremos de algo que todos piensan que es una fantasía. Pero si es cierto, se justificará aún más lo que hemos planeado….Nuestro señor sabe que lo que sucederá es una causa justa para la santa iglesia católica. No importa el costo si es en su beneficio….Es necesario que llegue a su fin esa farsa de Avignon….
-Su eminencia, ¿me explicará algún día el motivo de haber escogido a seis cardenales diestros para el banquete?.
-Eres curioso, Ludovico….Ten paciencia, esta tarde lo sabrás….La diestra es la mano de Dios, la siniestra, la del maligno….El Papa no puede seguir siendo un francés rodeado de cardenales libertinos….
El camino hacia Ravena se le presentaba turbulento a los seis carruajes que habían partido de Avignon hacía varios días. El cansancio y el fastidio estaban a punto de hacer estallar los nervios del Papa Gregorio once, de su secretario privado, de los cinco cardenales que lo acompañaban y de los sirvientes que viajaban en peores condiciones. Desde las laderas cercanas a Ravena los visitantes vislumbraban a la pequeña ciudad plena de elevaciones y depresiones que cobijaban un agradable paisaje campestre. A los lejos el castillo de San Vital anunciaba con sus torres que la travesía estaba por llegar a su fin. Gregorio pasó una vez más el pañuelo empapado por su rostro sudoroso y rojo de sol. Levantándose la sotana se secó el pecho y el enorme medallón que colgaba de su cuello. El metal de éste que descansaba sobre su piel, hervía a causa de la alta temperatura y contribuía al mal humor del pontífice. Asomando la cabeza por la ventana, gritó con fuerza al cochero para que se detuviera. El conductor del carruaje hizo una seña y toda la caravana se detuvo a un costado del camino de tierra. En el interior del carruaje la temperatura no se soportaba, pero la parada era por algo muy importante. Los dos únicos pasajeros del habitáculo hablaron en voz baja, mientras el pontífice sacaba una robusta gallina del interior de una bolsa.
-Bien Marcel, ya falta poco. Debemos ocultar el evangelio de Judas en esta gallina hueca. El triunfo de nuestra misión depende de la desaparición de estos cueros antiguos.
-Espero haber vaciado bien sus vísceras, su excelencia.
-Has hecho un buen trabajo. Esos incultos romanos no deben posar jamás sus sucias manos sobre estos evangelios.
Envueltas en una tela de fina seda, las hojas fueron ubicadas delicadamente en el interior de la gallina vaciada, que ya comenzaba a emanar un fuerte olor a causa del calor. Una vez oculto el evangelio, Gregorio ubicó en un gran bolsillo interior de su sotana blanca a la gallina, cuyo bulto se disimulaba gracias al generoso abdomen del pontífice. A una seña, el cochero reanudo la marcha. Los seis carruajes comenzaron a ascender la empinada ladera que los llevaría a la entrada del castillo de San Vital. A medida que la marcha avanzaba, los visitantes podían ver hacia atrás el serpenteante camino campestre. Pero Gregorio once no estaba para disfrutar paisajes. Su mal humor y cansancio imploraban por una jarra de vino fresco. Desde su recámara en el castillo el Papa Urbano divisó la caravana y su ansiedad aumentó. Los seis carruajes recorrían los últimos metros hacia la entrada cuando avisó a su secretario Ludovico sobre la inminente llegada de la comitiva de Avignon.
-¿Me llamaba, su excelencia?.
-Si, Ludovico. Nuestros invitados ya están aquí. Comprueba que todo esté en orden y que todos repacen sus partes….No podemos permitirnos fallas.
Ludovico salió prontamente de la recámara a cumplir la orden, mientras el pontífice de Roma se rascaba la barbilla y repasaba cada movimiento del plan orquestado. Su nerviosismo aumentó cuando escuchó el relinchar de los cansados caballos de los visitantes. Atardecía cuando los huéspedes bajaban su equipaje frente a la entrada del castillo. Bolsas, paquetes y obsequios iban quedando en el suelo. Sobre el techo del carruaje de Gregorio, dos fornidos sirvientes del castillo bajaron el pesado secreter, siendo observados con atención por el pontífice de Avignon. Sabía que varios ojos desde las ventanas no perdían detalle del mueble, y el Papa de Avignon llevaba adelante el papel para que esos ojos creyeran que el secreter escondía algo muy importante. El secretario privado de Urbano salió al encuentro de los invitados y los recibió con los brazos abiertos y una cálida y estudiada sonrisa.
-¡Al fin, su santidad en Ravena!. ¡Agradezco a nuestro señor por haberlos depositado en nuestro humilde castillo!.
-Cambiaría el castillo y sus riquezas por una jarra de vino fresco. Y nuestro señor sabe que no exagero.
-¡En las fuentes podrán lavarse!. El banquete los espera pletórico de vino y pavo!.
La comitiva se dirigió a asearse del sudor y el polvo del camino. Gregorio caminaba con dificultad a raíz de la incomodidad por llevar la gallina. Tomándose el muslo simulaba una dolencia que justificara su accionar. Al llegar a las fuentes de agua, Marcel se detuvo a su lado intentando advertir al pontífice de Avignon.
-Su eminencia, necesito decir que estoy intranquilo. Es muy evidente la renguera y además, no me agrada el clima que nos rodea. Apelo a su olfato para abandonar este lugar de inmediato con cualquier excusa.
-Marcel, te ves muy cansado y ojeroso. Ya se me ocurrirá alguna excusa por mi renguera. Calma, disfruta de la hospitalidad de nuestros anfitriones….Verás que todo va a estar bien….
Seguido por los cinco cardenales y su secretario privado, el pontífice de Avignon se dirigió al salón principal del castillo. Un sirviente les abrió la enorme puerta de roble y al entrar se vieron deslumbrados por el lujo que los rodeaba. Los tapices y cuadros con imágenes bíblicas rodeaban la larga mesa, a la cual estaban sentados los seis cardenales de Roma, quienes se pusieron de pie para recibir a los visitantes. Estaban dispuestos de modo que cada uno de los cardenales tenía una silla vacía a su izquierda para que tomaran asiento los cardenales de Avignon. Luego de los saludos, los doce cardenales mezclados de uno en uno se ubicaron en sus lugares. Para Gregorio once estaba reservada una de las cabeceras, quedando la otra para que la ocupara el Papa Urbano, quien aún no había aparecido en el lugar del banquete. Los siete huéspedes no temieron guardar las formas y a su turno llenaron sus vasos con el vino de las jarras dispuestas sobre el fino mantel de hilo de la India. De pronto, una puerta trasera se abrió e hizo su ingreso el Papa de Roma, quien fue al encuentro de su homónimo con los brazos abiertos y blandiendo una enorme sonrisa. Al ponerse de pie e ir a su encuentro, Gregorio hizo evidente su dificultad al caminar.
-¡Bienvenido a vuestra casa, su santidad Gregorio once!.
-Gracias Urbano. Agradezco vuestra magnanimidad y desprendimiento en nombre de nuestra santa iglesia.
-Es el único móvil que me sostiene, la definitiva unidad de nuestra santa iglesia….¿Qué sucede con vuestro caminar?.
-Eh,….es mi gota….Me trae a los saltos de dolor….
-De ser así, estimado Gregorio, el clima benévolo de estas tierras vendrá de maravillas para esa gota.
Urbano se dirigió hacia la otra cabecera, tomó asiento al mismo tiempo que lo hacía Gregorio en el otro extremo. Luego, los doce cardenales de ambos bandos hicieron lo propio.
Mientras ambos pontífices enfrentados se dispensaban sonrisas nerviosas, el resto de los clérigos se mantenían incómodos rodeados a ambos lados por extraños. El anfitrión pidió un brindis y los catorce comensales elevaron sus copas de vino.
-Pido un brindis por la definitiva unión de nuestra iglesia católica, para que llegue a su fin esta división que jamás debió suceder. ¡Salud y larga vida al Papa Gregorio once!.
-¡Salud!.
Todos gritaron al unísono vivando al Papa de Avignon, excepto su secretario, el cardenal Marcel Lacombe, a quien se lo veía con un gesto de preocupación que no había abandonado desde que pusieran un pie en San Vital. Mientras las jarras de vino iban vaciándose, en las mejillas de los presentes el color rojo ganaba espacio. La puerta trasera volvió a abrirse e ingresó al salón del banquete un sirviente nubio cargando una gran bandeja con tapa de plata que ocultaba el manjar que acercaba a la mesa. El enorme moreno, de grandes ojos, gesto adusto, vincha azul rodeando su calva cabeza y de extraña vestimenta, se detuvo detrás de la silla de Urbano esperando órdenes. Urbano se puso de pie y miró fijamente a los ojos del sirviente, dándole la espalda a la mesa. Luego, volviéndose, avisó a los comensales.
-Disculpen un momento, a este viejo sacerdote. Necesito evacuar mi vejiga. Yaafar al Mounir les servirá la cena mientras regreso….
La puerta trasera se cerró tras Urbano. El sirviente emprendió un paso lento hacia la cabecera contraria desde donde Gregorio lo observaba sin perder detalle de los músculos de ébano que se movían al compás de su andar. Al mismo tiempo los seis cardenales de Roma llevaron sutilmente su mano derecha a un costado de la silla. Al nubio le quedaban pocos metros para llegar a servir el plato del Papa de Avignon. Ya casi llegaba al extremo de la mesa cuando los seis cardenales buscaron algo debajo de sus sillas. El sirviente se detuvo detrás de Gregorio once, los clérigos tomaron las cuchillas disimuladas debajo de los asientos. Por fin, Yaafar al Mounir, el sirviente nubio del castillo de San Vital, apoyó la bandeja cubierta sobre la mesa. Con la mano izquierda tomó la manija de la tapa mientras su mano derecha iba en busca de algo en su interior. Los cardenales de Roma apretaron con fuerza la empuñadura de la cuchilla esperando la señal pactada. El africano destapó lentamente la bandeja y, tomando una filosa cuchilla de su interior, la dirigió hacia el pecho del clérigo. A su tiempo, los seis cardenales hundían sus cuchillas partiendo el corazón de sus pares de Avignon, quienes cayeron a un costado con expresión incrédula, tiñendo con ríos de sangre las lujosas alfombras de Persia. El mismo gesto hacía el enorme sirviente, pero a pesar de caer a un costado de su silla, Gregorio no estaba herido, mientras miraba desde el suelo a su atacante con terror. El gran medallón con la imagen de la santísima trinidad que colgaba de su pecho y siempre descansaba sobre su piel, lo había salvado de la muerte. El reguero de sangre llegaba hasta él, y sus manos y mejillas se teñían de salpicaduras con la sangre de los cardenales de Avignon. Reaccionando tras la sorpresa, se puso de pie y comenzó a correr hacia la gran puerta por donde había ingresado, en busca de los jardines del castillo. El africano lo seguía a corta distancia, siendo una ventaja sus ágiles piernas. Gregorio corrió como jamás en su vida. No recordaba la última vez que lo había hecho. Tal vez fuese la tarde en la que robó dos manzanas del mercado de Lyon y tuvo que huir perseguido por un corpulento puestero. Ahora también corría por su vida. Al verse casi alcanzado, el pontífice buscó entre sus ropas la gallina que escondía el evangelio de Judas. Algo más aliviado para su huida, aferró la gallina entre sus manos y la desesperación lo llevó a ver el cielo del atardecer en los jardines de San Vital. Una gran ave de rapiña volaba en torno al parque atraída por el olor a vísceras de pavo esparcidas en los galpones. Gregorio once sin dejar de correr, volteó la cabeza para observar la distancia que le llevaba al sirviente, al tiempo que se tropezaba con un montículo de tierra. Su cara dio de bruces en el pasto, el códice se deslizó de su mano a varios metros. Debía decidir. Corría para salvar su vida o tomaba el evangelio de Judas. Fueron segundos fatales. En un instante el ave de rapiña abrió sus garras, y en caída libre se aferró a la robusta gallina ganando vuelo y siendo inalcanzable. Lo último que vieron los ojos del Papa de Avignon, el aleteo elegante del ave perdiéndose en las cumbres del monte Battaglia, a ofrecer la presa a sus crías, que cargaba en su interior el evangelio de Judas.
(Versión libre de hechos reales)
Roma,
22 de junio 1633.
