El regreso de Teo - David Vicente Cardós - E-Book

El regreso de Teo E-Book

David Vicente Cardós

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Beschreibung

Esta es una cálida y romántica historia en la que Teo, un perro de raza Basset hound, nos enseña a ver a través de sus ojos y nos adentrará en un mundo desconocido para nosotros, donde los sentimientos y los hechos se ven de manera muy distinta, donde lo más importante es el amor hacia sus seres queridos. Tras perderse siguiendo un rastro sufre varias desventuras que lo llevan a mostrarnos el lado más salvaje con que los humanos podemos tratar a los animales. Nos quiere hacer ver, sin saberlo, desde su ingenuidad, que la comunicación entre perros y humanos es posible y necesaria, y que en ocasiones falla más de lo que nos damos cuenta. Me he permitido la libertad y el placer de plasmar por escrito los sentimientos y el modo de ver el mundo que tiene un perro. Este pequeño relato pretende encariñar y acercar al lector de una forma especial a la mente de un perro, a la mente de Teo.

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Seitenzahl: 58

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Este libro se lo dedico a Miryam, por darme fuerzas para seguir escribiendo, a mis padres y a mi hermana, a mi sobrina Martina, a quien le leeré estas páginas para introducir sus sueños, a David M., por la gran amistad que nos une y por su apoyo en los buenos y malos momentos en la Protectora, a mi tío Manolo, por el diseño de la portada, a Ana Sánchez y a Cartucho, por constituir para mí un ejemplo inspirador de éxito y constancia, a todos los compañeros y compañeras de la Protectora de animales La Vall d’Albaida y otras muchas, con quienes compartí tantas experiencias, y a todas aquellas personas que han estado siempre apoyándonos por la causa. Y muy especialmente, a ellos, los perros, porque sin ellos este mundo no sería como es ni este libro existiría: gracias por todo lo que me han enseñado, a ellos les debo este libro.

Indice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Epílogo

Capítulo 1

Sonó como un coche que chocara contra otro, que ahogara mi último suspiro que traería tras de sí todo un torrente de emociones. Toda una miríada de sensaciones pasaron por mi cabeza en aquellos interminables y eternos segundos.

Pero curiosamente predominaba una frente a las demás, algo que desde lo más profundo de mí salía con toda su fuerza, con todo derecho, al mundo exterior. A la realidad. Porque es curioso que cuando algo temes de todo corazón, termina sucediendo.

Y allí estaba, tendido, yaciendo como si nunca hubiera visto la luz a través de sus llameantes ojos almendrados. Fue tan rápido que apenas tuve tiempo a llenarme de tristeza, tristeza que condensó en lágrimas como si quisieran borrar aquella fatídica estampa. Aquel Ford Orión de color gris no pudo hacer nada por evitar el accidente. Hank se escapó de mis manos, como tantas otras veces había ocurrido, y había ido directo hacia sus queridos y escurridizos enemigos, aquellos gatos omnipresentes que parecían aparecer y desaparecer como por arte de magia. Pero esta vez fue distinta; aquel vehículo vino a cruzarse con él justo cuando atravesaba la carretera, cual Cancerbero protegiendo el mundo de los muertos.

Una mezcla mortal de exceso de confianza, desobediencia, energía, fatalidad.

Quise pensar que aquello no era real, que, de nuevo, íbamos a plantearnos en serio la reeducación de nuestro perro Hank. Quise entender que aquello iba a ser un aviso más, como tantos otros, a los que ya nos habíamos peligrosamente acostumbrado desde hacía unos pocos meses, desde que Hank cumplió el primer año de vida.

Pero no se levantó nunca más. Yo tampoco. No recuerdo si pasaron segundos, minutos, horas o quizás días; o quizás si no pasó ya nada más. Todo se borró de mi mente excepto Hank y todos sus recuerdos, que acudían a mí como para darme la fuerza necesaria para seguir pensando en él.

Repentinamente tuve un invitado de honor, y aquel viento que azotaba los árboles de aquella transitada avenida vino a sucumbirme de nuevo a la realidad. Hank tendido, un señor conmocionado con las manos en la cabeza, Teo a mi lado, como siempre, aunque temblando, histérico, escondiéndose y encogiéndose del dolor.

Lo siguiente que recuerdo es a ese señor haciendo levitar con sus manos a Hank como si éste le hubiera dado su permiso, llevándolo dentro del maletero de su coche.

Pocos minutos más tarde estaban certificando la muerte de Hank en el centro veterinario.

—Tiene múltiples fracturas por todo el cuerpo, aunque la muerte ha sido provocada por el traumatismo craneoencefálico que ha sufrido. Ha llegado al centro ya muerto. Lo siento mucho —dijo el veterinario que nos atendió.

Tuve que abandonar la sala porque no lo soportaba más. Roberto, mi marido, al que había llamado de camino al centro, era más fuerte que yo. Él se encargó del resto.

Después pudimos regresar ya a casa con Teo.

—¡Fue un descuido, no sé qué me pasó! Lo tenía sujeto de la correa, y de repente… ¡Oh, no sé qué me ha podido pasar! —sollocé.

—Tranquila cariño, no ha sido culpa tuya, ha sido un tirón muy fuerte, tenía mucha fuerza —dijo Roberto.

—Pero es que…

—Tsst, vaaale, no le des más vueltas, ya no hay nada que hacer. Aprenderemos la lección —añadió él.

—Llevamos diciendo eso meses, y nunca hicimos nada.

Un prolongado silencio invadió desde ese momento el habitáculo del coche. Ahí estaba, nunca tomamos medidas. Ésta era la respuesta a la pregunta «qué tiene que pasar para que hagamos algo». Y lamentablemente ya había ocurrido. ¿Y ahora, qué? Con Teo no nos iba precisamente muy bien debido a su tendencia a marcharse de paseo repentinamente sin nuestro permiso.

No se volvió a murmurar palabra alguna durante el resto del camino de regreso a casa. Y es que, ¿cómo íbamos a decírselo a Pedro y Claudia? A sus 7 años ya iban a echar de menos a Hank.

Pedro y Claudia eran nuestros dos hijos mellizos, de cabellos rubios, ojos verdes y piel clara, regularmente invadida por pequeños lunares. Su relación con ambos perros era muy estrecha desde que entraron en casa, ambos adoptados de la protectora de Jaca. Desde que empezaron a acompañarme como voluntarios a cuidar y pasear perros de la protectora, se impregnaron del cariño de los perros necesitados de un hogar, y cada vez era más fuerte el deseo de tener uno en casa. Mis hijos tenían muy claro que querían ayudar a un perro necesitado de hogar, puesto que con las decenas y decenas de perros abandonados que había en el refugio, con los que además ellos podían relacionarse muy bien, era un sinsentido acudir a una tienda y escoger fríamente uno de la jaula de hierro, o, en el peor de los casos, de la urna de cristal, cual muñequito de trapo de la máquina de feria.

El primero en entrar en casa fue Teo. No buscábamos un perro precisamente de esas características, un Basset Hound de ocho meses de vida, ni de raza pura, acostumbrados como estábamos a los del refugio, pero es que los perros de raza también son abandonados, o robados para luego ser vendidos o utilizados en peleas de perros clandestinas. Digamos que la vida de Teo y las nuestras se cruzaron como estrella fugaz al momento de mirar al cielo.

Finalmente llegamos. Tan solo había pasado algo más de una hora desde el accidente. Los niños estaban a punto de regresar con Ruth, mi madre. Todos los días era ella quien los recogía del colegio, ahora de la escuela de verano, los traía a casa y, juntos, paseaban a Teo, ya que no tiraba de la correa como sí ocurría con Hank. Y esto lo ponía cada vez más nervioso; era obvio que no quería quedarse, a su año de edad, solo en casa mientras Teo se iba moviendo alegremente su cola. Hank me enseñó que no le gustaba nada la soledad.