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Reven me ha dado las sombras del rey. Intento no caer rendida ante su poder, pero las sombras luchan por apoderarse de mi cuerpo y de mi mente. Todo ha cambiado, ya nada ni nadie es lo que era. Estamos en una batalla a contrarreloj. Y Eidolon, más poderoso que nunca, hará lo que sea por vernos muertos. El futuro de nova está en nuestras manos. En la conclusión de la trilogía "Dominios", la oscuridad amenaza con invadirlo todo.
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Seitenzahl: 782
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Para Kait Ballenger, mi compañera amante del romantasy y alma gemela escritora,
gracias por las charlas y las tormentas de ideas,
por el té y la simpatía, y por un montón de risas.
Los instrumentos de la luz engañan. La oscuridad no es malvada, diabólica, falsa o ruin. Las sombras tan solo llenan los huecos de los que la luz se olvida,y la luz no sobreviviría sin ellas.
Prólogo
Mil años atrás...
No hay nada más sobrecogedor que observar a la mujer que amo tomar el poder mientras la coronan como reina. Este día da la impresión de ser el principio de algo nuevo. Un punto de inflexión en las turbulencias de estas últimas décadas. Incluso el Alineamiento Celestial, que solo ocurre una vez cada cien años, ha llegado hoy para señalar la ocasión, para bendecir y santificar a las nuevas reinas.
Una luz diáfana centellea a través de los ventanales de vidrio policromado de la sala del trono de Aryd. Al principio de la coronación, la radiante luz del sol derramaba rayos de los colores del arcoíris sobre la tarima, pero el eclipse ya está a punto de comenzar.
A través de la ventana lunar sobre los invitados congregados, nuestras tres lunas, que flotan como discos oscuros delante del sol, se acercan poco a poco cada vez más.
A pesar de la creciente oscuridad, las dos mujeres que se encuentran sobre la tarima enfrente de mí resplandecen bajo la luz de los braseros y los faroles que hay por toda la cámara, consiguiendo que las joyas que adornan sus vestidos de gala a juego emitan destellos cegadores. Las hermanas gemelas Esha y Lillnya, de solo veinte solsticios de verano de edad, idénticas en gracia y belleza, se arrodillan ante la multitud de autoritarios y gobernantes.
Pero a mí solo me importa una de ellas.
Esha.
Ella es mi todo. Mi compañera de corazón. Mi compañera de lazo. Jamás nos separaremos. Siempre nos encontraremos, incluso en todas las futuras vidas que podamos tener.
Siempre.
Y, ahora que ella es la reina, juntos seremos imparables.
Me permito recorrer con la mirada la curva de su mejilla, la línea de su mandíbula, la espiral de su oreja, la forma de su cuello. Quiero llevar la boca a ese punto que sé que le hace estremecer con un mero roce. Tal vez cuando haya terminado la coronación. Tengo una fantasía de lo que quiero que hagamos juntos sobre su trono. Está prohibido en un lugar tan sagrado, pero ahora le pertenece a ella y podemos hacer lo que queramos. Cuando hayan terminado las celebraciones y el palacio esté dormido, la traeré hasta aquí para nuestra propia celebración privada.
Tras el repiqueteo de las campanas de la torre sobre nuestras cabezas anunciando a las nuevas soberanas de Aryd, una exclamación de júbilo resuena a mi alrededor, llenando la sala del trono hasta los techos abovedados. El orgullo crece dentro de mí junto a todas las expectativas que tengo para el futuro.
Nuestro futuro.
El mío y el de Esha.
Gobernando juntos durante el resto de nuestras vidas; yo desde el trono del dominio helado de Tyndra y ella compartiendo el trono del dominio desértico de Aryd. Unidos, nos convertiremos en los dominios más fuertes de toda Nova. Traeremos al mundo la paz y la prosperidad que desesperadamente necesitamos después de un siglo de miedo y agitación.
Doy gracias a las diosas.
Las campanas continúan repicando, y un nuevo rugido se une al sonido metálico y musical: la aprobación de las multitudes congregadas alrededor del palacio y a lo largo de la capital de Oaesys. Capto la mirada de Esha al otro lado de la sala y le dirijo una breve sonrisa, aunque nada excesivamente demostrativo. Al fin y al cabo, soy un rey.
Mi reina no me devuelve la sonrisa; no tiene permitido hacer algo así. Esta ocasión y las responsabilidades de las que se está haciendo cargo son solemnes. Estoy seguro de que parece serena para cualquier otra persona, pero yo no necesito nuestro vínculo para sentir que está tan tensa como un ratón del desierto manteniéndose inmóvil ante un felino.
Dado que yo soy su compañero de lazo, sé que podría ayudarla, enviarle consuelo y todo mi amor y mi apoyo a través de nuestra conexión, pero no tengo permitido mantenerla abierta durante su ceremonia de coronación. La suma sacerdotisa no quiere arriesgarse a que el alma equivocada sea designada para gobernar aquí. Aunque tal vez podría correr el riesgo ahora que la coronación ha concluido. Los movimientos nerviosos de Esha durante la ceremonia, la rigidez de su cara y su forma de buscarme con la mirada han empeorado con cada momento que pasaba. Su tensión hace que me entren ganas de romper el protocolo y correr hasta su lado, rodearla con los brazos y calmar sus preocupaciones.
Como me sentaron en mi propio trono a la edad de diez años, ahora que tengo veinticinco soy un rey veterano. Puedo enseñarle cómo se reina, cómo gobernar a su pueblo de la mejor manera posible en las bendiciones y los tormentos que las diosas decidan otorgarle durante su reinado, ya sea hambruna o abundancia.
Rezo para que haya abundancia. Riquezas.
Sin duda, eso será lo mínimo que tendremos, teniendo en cuenta que mi propia madre es la diosa Tyndra. Todos nos merecemos un descanso.
Un heraldo golpea el suelo de mármol con un cetro de bronce tres veces y, a lo largo de la sala del trono, todos tomamos aire lentamente con expectación, incluso mientras continúan las celebraciones en el exterior. La sacerdotisa que ha oficiado la ceremonia coloca las manos sobre las cabezas de las nuevas reinas. Pronuncia una bendición rápida, y después les pide que se pongan en pie.
Entonces, la sacerdotisa sonríe ampliamente y, elevando la voz, proclama:
–Os presento a la reina Lillnya Tabranelle I y la reina Esha Mereneith I de Aryd. Que reinen con sabiduría, gracia y paz durante todos sus veranos.
–¡Durante todos sus veranos! –grito junto a los demás.
Los miembros de la corte caen de rodillas ante las nuevas reinas y se colocan los puños por encima del corazón. Todos a excepción de los soberanos de los otros cinco dominios de Nova; los reyes y reinas de Mariana, Tropikis, Savanah, Salvajis y yo, Eidolon Calix I. Inclinamos las cabezas en señal de respeto mutuo.
Con la ceremonia terminada, todos a excepción de los soberanos salen de la sala del trono con el repiqueteo de las campanas y un charloteo emocionado. Nosotros nos quedamos atrás para la última bendición privada.
Cuando ya se han marchado, la sacerdotisa se aparta a un lado y una ninfa de arena se acerca desde un rincón detrás de ellas. En Aryd, es habitual que las ninfas de arena honren los eventos como los nacimientos e incluso las muertes, al igual que lo hacen las ninfas de hielo en Tyndra, especialmente para la realeza.
Esha no me devuelve la mirada.
Situada entre las hermanas, los labios de la ninfa de arena se mueven con palabras silenciosas. Una bendición. Algún día, pronto, una de ellas hará lo mismo sobre nuestros hijos en sus días del nombre. Tal vez esta misma noche sembraré un bebé en el vientre de Esha y podremos comenzar con nuestro legado juntos.
Sé que no es capaz de oír mis pensamientos en este momento, pero capto un leve vistazo en mi dirección de los ojos color ámbar de mi amada.
Ojos que he observado abrirse mucho y después volverse soñolientos a causa del placer. Ojos que parecen resplandecer con un fuego interno cuando está enfadada o cuando se ríe. Cabello de ébano que se extiende sobre mi almohada y por encima de mi pecho cuando se aovilla contra mí por la noche. Y una mente y un corazón que son mi complemento más auténtico.
¿Cómo he sido tan bendecido como para encontrarla? ¿Para que ella me escoja a mí?
Me siento tentado a pasar un dedo por encima de las líneas serpenteantes e invisibles de nuestro vínculo que marcan mi brazo del mismo modo que marcan el suyo para despertar esa conexión, pero voy a tener que esperar.
La ninfa termina su ritual con un beso, primero sobre la frente de Lillnya y después sobre la de Esha, y entonces nos mira a los demás otra vez.
–Nuevas soberanas –anuncia la ninfa–. Para unirse a vosotros en el gobierno de nuestras tierras bendecido por las diosas.
Le lanzo una mirada furtiva a Esha y le guiño un ojo.
Espero que sus labios se crispen con este momento compartido, pero ella ni siquiera pestañea.
Esha y Lillnya inclinan las cabezas en silencio y después levantan las miradas hasta la ventana lunar. El sol es ahora un halo resplandeciente alrededor de un centro negro. Una vez más, me quedo impresionado por la bendición tan poco común que han recibido en su coronación. Es como si Nova en persona las hubiera bendecido.
Después de que el Alineamiento se desvanezca, saldremos a los jardines y al propio palacio para comenzar una recepción en la que celebraremos el acontecimiento durante las tres próximas noches, en honor a las tres lunas llenas de las que la diosa Aryd es patrona.
Esha hace un gesto con la cabeza a alguien en la parte de atrás y los guardias abren las enormes puertas dobles.
Con mi propio poder heredado de la diosa para controlar y sentir la oscuridad, noto un tirón familiar en las sombras que llenan los rincones y las grietas de la sala; espacios que la luz ha dejado atrás. Un tirón que he sentido durante toda mi vida.
La diosa Tyndra está aquí.
¿Por qué?
Me doy la vuelta y descubro que no se encuentra sola.
Sus cinco hermanas están junto a ella, adornadas de una forma tan espléndida que su belleza resulta casi cegadora.
Frunzo el ceño. Ellas no deberían estar aquí.
La gente no querrá que estén aquí.
No después de estas últimas décadas.
Primero, los Devoradores aparecieron en los océanos e hicieron llover el terror sobre cualquiera que se atreviera a adentrarse en esas aguas, creando una separación forzosa entre la gente de los dominios. Y, a continuación, vinieron años de... carencias. Hambrunas, plagas, inundaciones y muerte. No fueron las diosas quienes las crearon, pero ellas tampoco las detuvieron.
Sus gentes las culpan a ellas. Al igual que algunos de los soberanos de sus dominios.
Pero yo sé por qué las diosas han cambiado. Por qué parecen crueles e impasibles. Por qué se han retirado a los cielos alusios y ya apenas hablan con sus creaciones. Le he contado a Esha esas razones. ¿Acaso sentía lástima por ellas? ¿Compasión? ¿Por eso las ha invitado a venir aquí hoy? ¿Para comenzar una nueva relación entre las diosas y nosotros los mortales?
Las seis diosas comienzan a caminar por la alfombra de terciopelo del largo pasillo.
Le echo un vistazo a Esha y me la encuentro mirando fijamente, no a las diosas que se acercan al estrado, sino a mí. En lugar de la esperanza que habría esperado, su mirada está llena de algo... más oscuro. Trato de abrir la conexión que hay entre nosotros, de preguntarle a través de nuestras mentes de qué va todo esto.
Ella me mantiene fuera.
A su lado, Lillnya da una palmada.
–¡Nos preguntábamos si oiríais nuestras plegarias y acudiríais aquí, diosas de Nova!
Esha aparta la mirada de la mía, con una tensa sonrisa fija en sus labios.
–¡Os damos la bienvenida!
Pero la conozco, y su voz suena extraña al pronunciar esas palabras. Hay un matiz de algo insincero. Incorrecto.
–Ahora.
Es Lillnya quien susurra la palabra. Se trata de un susurro dirigido solo a Esha, pero estoy sentado lo bastante cerca como para captarlo.
Las manos de ambas hermanas se iluminan, una señal de que están utilizando sus poderes. Las palmas de Esha resplandecen con un amarillo tan soleado como ella, y las de su hermana con un suntuoso tono de un púrpura intenso.
La bilis me sube hasta la garganta. No pueden pretender enfrentarse a las diosas, ¿verdad? Van a perder. Las diosas las destruirán.
–¡No!
Trato de ponerme en pie, pero no llego a hacerlo.
La luna y los astros se alinean en ese preciso instante, porque la sala se vuelve siniestramente oscura. Al mismo tiempo, todo mi ser se detiene sin más. Siento el cuerpo paralizado. Inamovible. Ni siquiera soy capaz de acceder a mis poderes; las sombras se niegan a cumplir mi voluntad.
¿Cómo es posible?
Pero ya sé cuál es la respuesta. Solo hay una persona en esta sala que tenga esa habilidad: Chetan, el rey de Mariana, un Imperium Hylorae con la capacidad de congelar los objetos en su sitio. ¿Puede hacerlo también con las personas? ¿O eso se debe a los poderes de otro Imperium?
Lo que ocurre a continuación pasa tan rápido que solo capto destellos de momentos mientras el tiempo parece arrastrarse y escaparse de sus propios límites a la vez.
La ninfa de arena grita cuando extraen la arena de su cuerpo, los seis colores de los distintos desiertos de Aryd de los que está conformada. En cuanto salen de la ninfa, los granos flotan en el aire y comienzan a resplandecer cuando mi Esha –una Imperium Hylorae que tiene el poder de controlar la arena– los manipula.
Por la Madre Diosa, realmente le está haciendo esto a esa pobre criatura. La está despojando del elemento que conforma su propia carne.
Al mismo tiempo, un alarido de furia se eleva de entre las diosas.
–¡Más deprisa! –exclama Lillnya. Está temblando de forma visible, con el rostro perlado de sudor.
¿Qué están haciendo?
–¡Esha!
Trato de alcanzar a mi compañera de lazo de la única forma que me queda, a través de nuestras mentes. A través del vínculo que ella decidió formar conmigo, la razón por la que pasó por el ritual y pronunció los votos junto a mí. Porque me ama.
Sé que está funcionando cuando vuelve a mirarme con una expresión llena de desesperación y lamento.
–Lo siento –dice, formando las palabras con la boca–. Ya sabes que tengo que hacerlo.
–¡No!
Una agonía me atraviesa y desgarra todo mi ser, dejando atrás los pedazos de mi corazón y de mi alma hasta que ya solo queda la oscuridad.
Es todo cierto. Ella ha hecho esto. Lo ha planeado ella.
Y entonces las veo. Las diosas han avanzado hacia la tarima, pero no por su propia voluntad. Por su expresión, deben de sentirse como yo, congeladas mientras están completamente despiertas.
Otra vez Chetan.
En menos tiempo de lo que tarda un zorro de hielo volador en batir las alas, Esha da forma a los diferentes tonos de arena que ha tomado de la ninfa y los divide en seis montoncitos de colores. Calienta y moldea cada uno de ellos en una pequeña masa fundida que sé que se acabará enfriando hasta formar un cristal. Trabaja tan deprisa que, en lugar de piezas lisas, me recuerdan a los cristales de rayo del desierto, con una forma irregular, todavía resplandecientes a causa del calor, y cada uno del tamaño aproximado de un escarabajo.
En ese mismo instante, Lillnya –que ya casi tiene el aspecto de un cadáver, con los ojos hundiéndose en una cara que parece estar vaciándose–, hace lo inimaginable.
Ante mi mirada congelada, los cuerpos físicos de las diosas... se desintegran.
Con las bocas abiertas en una expresión dolorosa y grotesca, sus chillidos cortan el aire como un cristal roto arañándome la piel. Sus formas sólidas continúan disolviéndose y desvaneciéndose. Lo único que veo es el aturdimiento y la furia en los ojos de mi madre, en mis ojos, antes de que su cuerpo... desaparezca.
Ha desaparecido.
Lo único que queda es una neblina resplandeciente de lo que debe de ser la esencia de sus almas.
Lillnya suelta un gemido de dolor que suena como si el tejido del mundo se estuviese desgarrando, pero no se detiene y obliga a las almas de las diosas que flotan en el aire a introducirse en el cristal de Esha.
Ahora puedo ver que son amuletos.
Un amuleto para cada diosa.
Una luz ambarina centellea dentro del amuleto de cristal verde cuando Salvajis desaparece en su interior. Después, Aryd entra en el cristal blanco, Mariana en el cristal negro, Savanah en el rojo, Tropikis en el púrpura y Tyndra en el azul.
Salvo porque mi diosa, mi propia madre, hace un último intento desesperado por luchar; su alma de polvo de estrellas se extiende y trata de alcanzarme.
–¡Eidolon! –me llama por mi nombre a pesar de que creo que soy el único que puede oírla–. ¡Sálvame, hijo mío!
–¡Madre!
Trato de alcanzarla, pero no tengo forma de hacerlo. Soy incapaz de detener esto.
Entonces se hace el silencio cuando el amuleto se cierra alrededor de ella. Las almas de las diosas, como luces dentro de cada amuleto, centellean una última vez mientras Esha los sella para cerrarlos. Entonces esas luces chisporrotean y se apagan, dejando solo el cristal.
Pero esto todavía no ha terminado.
Indoua, la reina de Salvajis, utiliza su poder para crear unas finas filigranas de metal que adhiere alrededor de cada fragmento de cristal, y después las conecta a unas cadenas de metal a juego.
¿Han formado todos los demás soberanos parte de este horror? ¿De este acto traicionero? ¿He sido yo el único al que han engañado?
Puede que no. Estoy oyendo a la reina de Savanah lloriquear sobre que puede sentir el miedo y la furia de las diosas. Al ser una émpata, es capaz de hacer eso.
Lillnya suelta un último grito quejumbroso y después se derrumba en el suelo, con los ojos vidriosos y el rostro sin vida. Estoy prácticamente seguro de que está muerta.
–¡Lilly! –grita Esha, desactivando su propio poder para caer de rodillas junto a su hermana. Los amuletos caen al suelo con un repiqueteo tintineante, pero no se rompen.
Al instante, las lunas completan su camino, rompiendo la alineación y comenzando a disipar la oscuridad de forma gradual. El Alineamiento ha terminado.
El rey de Tropikis se desmorona en el suelo, inerte.
El control sobre mí desaparece abruptamente, y me levanto de mi asiento a trompicones. De inmediato extiendo mi poder hacia delante; mis propias palmas se encienden con un resplandor lavanda cuando, siguiendo mis órdenes, una nueva oscuridad desciende sobre la sala del trono. Una oscuridad absoluta a través de la cual solo yo puedo ver.
No espero para hacer preguntas y no me acerco a Esha.
Por la Diosa, ¿cómo ha podido hacerlo?
¿Cómo ha podido hacerme esto a mí? A mi madre. A nuestra gente. Nos ha condenado a todos.
Mi compañera de lazo. Es incomprensible.
Me dirijo directamente hacia el amuleto que contiene a mi madre. Levanto su nueva prisión del suelo de mármol y el cristal azul se mece de la fina cadena de metal unida a las filigranas alrededor del cristal. Trato de percibirla, de sentirla, pero no hay nada. Retorciendo la otra mano en el aire, trato de romper el cristal con mis sombras; de aplastarlo, de apuñalarlo, de desintegrarlo, de atravesarlo.
Por los siete infiernos, no tengo la habilidad para revertir esto.
La ninfa de arena aparece ante mí y se pone de rodillas, mirando con un horror lleno de agonía las terribles monstruosidades creadas a partir de su propio cuerpo. Si es posible que una criatura hecha de arena pierda el color de la cara, lo hace.
Niega con la cabeza una vez. Dos veces. Y, entonces, me mira.
–Yo no he formado parte de esto voluntariamente, domina. Debéis creerme. No quiero formar parte de esto. Mi gente me matará por ello.
La voz de Esha es un susurro en mi mente. Una palabra temblorosa, llena de tristeza y pesar.
–Eidolon.
Pronuncia mi nombre con su voz hermosa, mentirosa y traicionera. La misma voz que anoche mismo pronunció también mi nombre con tanta dulzura mientras nuestros cuerpos se unían. Ese sonido reverbera a través de mí y mis entrañas se marchitan mientras la oscuridad trata de consumirme, de proteger lo que queda de mi ser.
Mientras levanto la mirada, alejo las sombras de mí y permito que mi furia creciente cierre mi conexión con Esha de una forma tan brusca que ella se encoge. Entonces extiende una mano hacia mí.
–Escúchame. Teníamos que...
Lanzo mi oscuridad hacia ella y Esha se encoje. Sin embargo, no le hago daño. Eso no me resulta posible.
–No –digo, y la palabra sale como un gruñido. A pesar de que he cerrado el vínculo con Esha, todavía siento la punzada de agonía que la atraviesa. Doy un paso atrás–. No vuelvas a hablar conmigo jamás. No te acerques a mí jamás. Esta va a ser mi única advertencia. Si te vuelvo a ver en esta o en cualquiera de nuestras vidas futuras, más te vale que salgas corriendo.
Esha solloza mientras abraza a su hermana sobre su regazo. Le devuelvo la mirada y observo su rostro hermoso, perfecto y traicionero.
Tomo a la ninfa de arena por el codo y ni siquiera tengo que esforzarme para que mi poder cumpla mi voluntad, porque alejarme de este sitio, de Esha, y del dolor que está creciendo dentro de mí por detrás de la furia es como un instinto ardiente. Las sombras se arremolinan, se elevan a nuestro alrededor y nos cubren, y la oscuridad me despoja de mi visión.
Cuando las sombras se disipan, me encuentro en la sala del trono del palacio de Tyndra. En mi palacio. Mi madre se halla dentro de su amuleto, que se balancea bajo las puntas de mis dedos. La ninfa de arena está temblando, conmocionada y en silencio junto a mí.
Y mi preciada compañera de lazo, que todavía se encuentra en Aryd, es ahora mi enemiga más odiada.
Un dolor envuelto en furia desgarra todo mi cuerpo. Mi alma se había roto con la traición de Esha, pero no se parecía en nada a esto. Ahora se hace añicos y se astilla dentro de mí, y una oleada tras otra de agonía me golpea mientras siento que mi propio ser se hace pedazos. Como si estuviera mirando a través de un caleidoscopio, mi visión se fractura y un millar de voces se liberan; son todas mías, pero al mismo tiempo no lo son.
Entonces, tan rápido como ha comenzado, el dolor desaparece. Mi visión regresa para encontrarse con los ojos horrorizados de la ninfa de arena clavados en mí, y vuelvo a estar completo.
Pero no lo estoy.
Todos los pedazos en los que me he convertido, todos los fragmentos de mi alma, están atrapados en mi interior; hay una cacofonía dentro de mi cabeza.
Esha.
Ella me ha hecho esto. Y también le ha hecho esto a mi madre.
Un grito desgarrador sale por mi garganta, y caigo de rodillas mientras el futuro se despliega ante mí.
Uno en el que no está Esha.
Peor... Un futuro que nos enfrentará mutuamente.
Cierro las manos en puños a mis costados y hago un juramento aquí y ahora. Voy a deshacer todo lo que Esha y Lillnya han hecho hoy. Voy a liberar a las diosas de sus prisiones.
Y que ellas maldigan a cualquiera que se interponga en mi camino.
Parte 1
1
Me arranco a mí mismo del recuerdo.
Por los siete infiernos... No me puedo creer lo que acabo de encontrar.
He estado buscando cualquier recuerdo para averiguar dónde podría estar el libro, el libro de Eidolon, en el que cada encarnación de su ser ha escrito los detalles de su reinado y las instrucciones para su siguiente versión.
No lo he encontrado, pero lo que acabo de ver... encierra una información que antes no teníamos.
Específicamente, el evento que dividió a Eidolon en todas sus sombras y le hizo emprender un firme y despiadado camino de destrucción en un intento por revertir lo que Esha había hecho. Mil años sin éxito de venganza enquistada y una necesidad frustrada de liberar a su madre. Todo eso comenzó con un único acto terrible.
Un acto que acabo de presenciar como si yo mismo estuviera presente, viviéndolo. Como si fuera mi propio recuerdo.
Supongo que, de alguna forma retorcida, sí que es mío. O era mío.
Tengo que contárselo a Meren.
Salir de las profundidades de la mente de Eidolon, donde he estado escarbando, es como tratar de salir a rastras con mis propias manos de una tumba. He tardado una eternidad en llegar hasta aquí abajo; la presión de encontrarme a tanta profundidad se incrementaba con cada centímetro que me arrastraba hacia dentro, pero ahora me obligo a volver a salir con la misma lentitud.
Él no puede saber lo que he visto, lo que he descubierto.
Puede que esté atrapado dentro de él, pero ni de broma me iba a quedar sentado sobre mi culo existencial sin hacer nada.
No, he estado investigando. Primero, he tratado de encontrar una forma de matar a este cabrón desde dentro. Pero, mientras trataba de hacer eso, me encontré con un recuerdo encerrado en las profundidades más recónditas del rey. Uno de su primera vida. Se trataba de algo sencillo, la primera vez que probó el chocolate; pero eso hizo que me preguntara si habría más. Desde entonces, he estado escarbndo en busca de recuerdos... Y ha valido la pena, porque acabo de encontrar oro puro.
Ahora sé a qué nos enfrentamos.
–Meren.
Envío el pensamiento hacia ella en cuanto pienso que puedo hacerlo con seguridad, y me preparo por si acaso Eidolon lo ha oído.
Todavía puedo sentirla alguna que otra vez, pero el rey no contaba con eso. Su presencia es débil, la sensación viene y va. Cuando viene, muy de vez en cuando, podemos hablar a través de nuestra conexión, y esos momentos me proporcionan la fuerza que necesito para seguir adelante. Pero cada vez que desaparece, el miedo de que no vaya a regresar amenaza con consumirme.
–Meren. –Nada–. Princesa, háblame.
Ella ama y odia que la llame así a partes iguales. Cuento con ello. Las emociones más fuertes parecen hacer que la conexión se vuelva más clara.
Todavía nada.
Tras lo que parecen varios eones más tarde, vuelvo a intentarlo.
–¿Meren?
Necesito escuchar su voz. Saber que está bien.
En lugar de eso, lo único que recibo a cambio es el silencio.
La nada es tan absoluta aquí que no creo que vaya a acostumbrarme a ella jamás. No después de varios siglos existiendo junto a las otras sombras del rey, primero atrapadas conmigo dentro de Eidolon como unos hermanos terribles, y después cuando se despojó de mí para convertirme en una versión más joven de sí mismo. Me he pasado años manteniendo a esas mismas sombras atrapadas dentro de mí.
Jamás se callan.
Pero ya no están conmigo ni con el rey. Meren es su portadora ahora. Se las di a ella, las obligué a introducirse en su interior, maldije a mi propia compañera de lazo a sufrir las voces de las sombras de Eidolon, con su inmundicia dentro de ella como si fuera un veneno.
Que las diosas me perdonen.
El terror se eleva como una tormenta de hielo y fuego dentro de mí cada vez que se queda en silencio. Temo que las sombras del rey vayan a acabar matándola.
Pero es fuerte. Es capaz de soportarlo.
–Meren.
Por favor, que me escuche.
De la nada, su alma impacta contra la mía a través del vínculo que forjamos entre nosotros mediante la magia, el ritual y el amor.
–Reven. Gracias a la Madre Diosa.
Su voz llega hasta mí por partes, desvaneciéndose y reapareciendo, pero capto las palabras. Capto el sonido; una caricia áspera y maravillosa sobre mis sentidos. El alivio al volver a oírla es como un sorbo de agua fresca después de deambular por el desierto muerto de sed.
Hay un eco de su propio alivio por debajo de su tono casi frenético.
–¿Dónde has estado? –me pregunta. O más bien me lo exige, lo cual es muy propio de ella–. ¿Por qué no podía...?
–He encontrado algo importante.
Silencio. ¿Me habrá oído? Ella sabe lo que estoy tratando de hacer. Se está enfrentando a él ahí fuera y yo me estoy enfrentando a él aquí dentro. Ojalá pudiera verle la cara. Tocarla.
–¿Qué... encontrado?
Ahora ya solo me están llegando unas pocas palabras.
–He visto por qué está haciendo todo esto.
La traición de su compañera de lazo, su fragmentación, su madre...
Lo último que necesito es comprender a Eidolon, simpatizar con él. Pero si Meren me hubiera hecho eso a mí, si me hubiera traicionado de esa manera, no sé qué es lo que habría hecho yo.
–Reven...
Capto esa única palabra débil. Mi nombre en sus labios.
¿Es que no me ha oído?
–Meren...
–Te quiero.
Todo mi ser se expande con esas dos palabras claras y resonantes. Palabras que me envía a menudo, transmitiéndome su amor a través de nuestro vínculo, alimentándome con sus propias fuerzas.
–¿Meren? –No me responde. Sin embargo, todavía puedo sentirla. Es calidez, luz, y también es abrasiva, como la arena que puede controlar, al igual que ella misma. Todavía está aquí conmigo.
–Princesa... ¿Me has oído?
–Tenías que ponerte a escarbar en nuestro pasado.
La voz de Eidolon, una versión más áspera de la mía, reverbera a mi alrededor en el vacío.
Una furia tan intensa y ardiente como un hierro al rojo vivo me calcina el corazón.
–Y menos mal que lo he hecho. Realmente crees que todas las cosas que has hecho a lo largo de los siglos estaban justificadas.
–¿Para devolver a las diosas al mundo? Todos los sacrificios han valido la pena.
Por todos los infiernos, está completamente loco; la furia y ese único objetivo lo ciegan ante todo lo demás de una forma que me resulta escalofriante. Esta es la razón por la que me llevé parte de sus sombras la primera vez que escapé de él. Para detenerlo.
–Y después tú vas y te vinculas con la reencarnación de Esha –me acusa ahora.
Si la nada puede enfriarse, lo hace. ¿Sabe que Meren es la reencarnación de Esha? ¿Me ha seguido? ¿Ha observado ese recuerdo conmigo? Es imposible ignorar el hecho de que esas gemelas del pasado eran exactamente iguales que Meren y su hermana Tabra.
El destino realmente nos la ha jugado.
O, más bien, lo han hecho Eidolon y Esha.
Todo el mundo sabe cómo se supone que funcionan los vínculos. En cuanto el ritual finaliza, los compañeros de lazo se encontrarán en todas las vidas en las que nazcan, ya sea en los cielos alusios, en uno de los siete infiernos, o en otra vida en Nova.
Pero Eidolon nunca ha llegado a morir del todo. Tan solo lo han hecho algunos fragmentos de él; sus sombras están desperdigadas a través del tiempo como pétalos arrancados de una flor con lentitud.
Esha murió, mientras que él siguió siendo parcialmente inmortal.
El frío comienza a arder cuando la furia de Eidolon crece.
–Estás decidido a enfrentarte a mí cuando deberías luchar a mi lado. Sobre todo, después de ver lo que ella nos hizo en su vida anterior.
–Meren no tiene más de Esha de lo que yo tengo de ti. Ya no.
Puede que haya comenzado mi existencia como un fragmento del alma de mi creador, pero ahora soy yo. Después de que se despojara de mí, me convertí en mi propio hombre, con mi propia vida, mi alma, mi mente, mis experiencias y mis objetivos. Y me convertí en el enemigo de Eidolon.
–Si eso es lo que crees, entonces supones un peligro mayor para mí de lo que pensaba –musita. A continuación, su voz se vuelve afilada como una cuchilla–. Lo que significa que no me dejas elección.
El suelo desaparece bajo mis pies.
Y, entonces, siento dolor.
2
Las voces burlonas de las sombras de Eidolon dentro de mí no son nada nuevo, pero se vuelven más ruidosas en las escasas ocasiones en las que puedo oír a Reven. La única razón por la que no me han matado es por la maldición de la ninfa de arena.
–¿Reven? –lo llamo otra vez.
Estaba aquí conmigo hace un momento. Su voz sonaba apagada y amortiguada; llegaba como a trompicones, pero estaba aquí, robándome el aliento y llenando el agujero donde se supone que está mi corazón.
–¿Se ha marchado otra vez? –se burla una de las sombras de Eidolon.
Reven solía decirme que esas sombras me deseaban. No puedo decir que haya sentido ese deseo ahora que cargo con ellas, pero creo que mi maldición podría ser la razón de esa conexión que hay entre el rey y yo. Tal vez ellas también la han sentido. Es eso, o el vínculo sellado hace mucho tiempo entre Eidolon y mi antepasada en la que me reencarné.
Sin embargo, eso no les impide ser gilipollas.
–¿Todavía está buscando ese libro? –Otra de las sombras suelta un resoplido burlón–. Jamás lo encontrará.
Otra más se desliza a través de mi mente.
–Ya no puedes oírlo, ¿verdad, amor?
Sus voces y mi propia culpa rechinan como la arena contra mis entrañas, porque las sombras suenan igual que él. Igual que Reven. Hacen que me resulte difícil tratar de escuchar la única voz que quiero oír. Está solo, atrapado dentro de un monstruo. Prometí que lo liberaría, solo que no he averiguado cómo hacerlo.
Pero simplemente no lo he averiguado todavía, joder. No voy a rendirme.
Me vuelvo a tragar la burbuja de pánico que amenaza con expandirse dentro de mí y trato de filtrar el ruido dentro de mi cabeza, de sentirlo a él.
Tabra desliza la mano alrededor de la mía y me estremezco ante el contacto físico que me arranca de mi cabeza y vuelve a traerme al mundo real, donde me encuentro frente a un portal de cristal que acabo de crear, preparándome para ir a otro lugar prohibido.
Mi hermana ya no está huesuda y frágil, y se ha recuperado por completo, más rápido de lo que nadie creía posible, de la posesión de un fantasma de Eidolon.
–¿Las sombras otra vez? –me pregunta en voz baja.
–Estoy bien.
Es inútil contarle cosas sobre las que no puede hacer nada. No le cuento a ninguno de mis amigos que escucho a Reven de vez en cuando, creo que gracias a nuestro vínculo, para al final perderlo de nuevo. Eso tan solo haría que se preocuparan por demasiadas razones como para poder enumerarlas.
Los labios de Tabra se fruncen ligeramente hacia abajo mientras mira tras ella a los demás: mi mejor amigo, Cain, y su hermana, Pella; Hakan, que nunca se aparta del lado de Pella; mi guardaespaldas Horus; el segundo al mando de Reven, Vos; Tziah, que es básicamente la hermana pequeña de Vos; y Bene, uno de los Devoradores, esta vez del tamaño de un cuervo, posado sobre el hombro de Tziah.
Nuestros amigos. Nuestra familia, en realidad, aunque no compartamos sangre. Están todos esperando para seguirme desde las playas de la abandonada Isla de Caerror en Mariana –nuestro escondite más reciente– a través de un portal que he creado hasta el dominio de Savanah.
Comparten una mirada entre ellos. Estos días comparten un montón de miradas de las que piensan que no me doy cuenta.
–¿Qué hay de ti? –le pregunto a mi hermana–. ¿Tú estás bien?
Inspecciono su rostro y después sus manos, pero no hay ningún resplandor púrpura. Puede que Tabra haya recuperado sus fuerzas, pero su poder le ha estado dando problemas, activándose sin que ella lo pretendiera y descontrolándose.
Me sonríe.
–Estoy bien.
Las dos estamos utilizando mucho esa frase últimamente. Ninguna señala ese hecho.
Examino al grupo.
–¿Estáis todos listos?
Las posturas de mis amigos cambian y preparan las armas. Así es como atravesamos todos los portales estos días.
Antes, cuando se fueron a Savanah para preguntar a la reina Wynega por el amuleto que hay allí, ella ya los estaba esperando frente al portal. Con suerte, esta vez ocurrirá lo mismo; eso haría que nuestra travesía fuera más fácil. Pero, por si acaso, estamos preparados para cualquier cosa.
–¿Estás seguro de esto? –le pregunto a Hakan una última vez.
Se había negado a unirse a los demás en el anterior viaje a ese dominio, aunque nunca había dicho la razón.
–Estoy seguro –responde.
Coloco la palma contra el cristal, todavía ligeramente cálido contra mi piel por haber terminado de forjarlo justo antes de que Reven me interrumpiera. Visualizando nuestro destino en mi mente, impulso mi poder hacia mi creación y, después de solo un momento, de la nada, el cristal opaco cambia, se vuelve transparente y, entonces, como si se abriera una ventana, nos muestra el templo de Savanah.
No hay nadie esperando al otro lado para recibirnos..., ni para matarnos. Al menos, no que podamos ver.
Suelto un suspiro de alivio.
Hakan es el primero en cruzar. Como él es de este dominio, esperamos que eso pueda ayudarnos si nos encontramos con alguien de camino al exterior. En silencio, el resto de nosotros lo seguimos hasta el templo.
Cain me aprieta el hombro cuando pasa junto a mí para atravesar el portal. Un recordatorio silencioso de que está aquí si lo necesito. De que siempre estará aquí. Una pequeña oleada de afecto deja atrás la única calidez que siento estos días.
Yo soy la última en entrar. En vez de simplemente cerrar los portales, hago pedazos el que he creado sin afectar al que se encuentra al otro lado. Después de todo, no podemos dejar portales por todas partes para que cualquiera que se encuentre con ellos los utilice a su antojo. La última vez que lo hice, Omma lo empleó para encontrarme, y no puedo garantizar que solo vayan a emplearlos nuestros aliados.
–Cada vez se te da mejor eso –dice Pella desde detrás de mí.
–Debería ser lo normal a estas alturas.
He estado creando portales por todo este condenado mundo, de un dominio a otro, manteniéndonos fuera del alcance de aquellos que tratan de darnos caza.
–No hay guardias –señala Vos, con sus ojos de color lavanda mortalmente serios en la oscuridad de su rostro, sin una chispa de su habitual irreverencia en ellos. Hoy está en modo guerrero.
–Tu gente es demasiado confiada –le dice Cain a Hakan mientras mira con cuidado al otro lado de una esquina.
–Puede ser –responde Hakan–. Por aquí.
Nos conduce a lo largo de una cámara serpenteante tras otra. Este templo está compuesto por una serie de pasillos y habitaciones. Los tallados y los glifos de aquí son más intrincados que los que hay en el templo de oro y obsidiana de Aryd. Los marcos de las puertas tienen forma de remolinos y entramados como de encaje. Hasta los suelos están grabados. Y todo ello, hasta el más mínimo detalle, está tallado en una única roca gigantesca.
En vez de construir su templo hacia arriba, los habitantes de Savanah optaron por construirlo hacia abajo. Hakan nos ha contado que se debe a que querían mantener sus ciudades y sus templos ocultos de aquellos que pudieran hacerles daño, y en las llanuras planas y cubiertas de hierba de este dominio, una estructura elevada destacaría como un faro. Aquí, esconderse significa ir bajo tierra, así que construyeron túneles en la roca enterrada en las profundidades bajo el suelo fértil.
Lo que no me gusta es que está vacío. Deberíamos ver a alguien. A alguna acólita. O a una sacerdotisa. Alguien que haya acudido para hacer una ofrenda a su diosa.
Esto no puede ser simplemente casualidad. Yo no tengo esa clase de suerte.
Transcurre un rato hasta que al fin distingo una puerta delante de nosotros de forma rectangular que muestra lo que creo que es el cielo oscuro, pero cuando nos acercamos más, me doy cuenta de que al otro lado en realidad hay más rocas. Un viento helado sopla a través del pasadizo y sobre mi piel, y yo me estremezco, pero no a causa del frío. Todos mis instintos me están diciendo que algo va mal.
Este lugar se siente como una tumba.
Apenas hemos dado diez pasos fuera del templo cuando, sin advertencia, un ardor intenso y afilado me atraviesa la mente. Caigo hacia delante mientras la oscuridad me roba la visión, con todo mi ser concentrado en mi interior, aunque todavía estando lúcida.
Esto no está viniendo de mí. Está viniendo de...
–¡Meren! Por favor...
Reven.
El pánico se eleva junto al dolor. ¿Qué está pasando? ¿Está herido? El calor punzante se extiende desde mi cabeza hasta mi pecho y llega hasta mi corazón, y desde ahí sale disparado por todas partes hasta que cada rincón de mi ser sufre la agonía. Me muerdo el labio para no gritar.
Y, entonces, tan rápido como ha empezado, desaparece. Ya no hay dolor. Ni calor.
Ni rastro de Reven.
Con el corazón palpitando con fuerza contra mis costillas, pestañeo con rapidez y vuelvo a recuperar la consciencia para encontrarme a Tziah arrodillada frente a mí, con sus ojos negros escarchados muy abiertos a causa de la preocupación. Estoy respirando como si hubiera corrido cien kilómetros, y la brusquedad es fuerte en mis oídos. Entonces una brisa fría sopla sobre mí y todo mi cuerpo se estremece. O tal vez sea por la conmoción.
–¿Meren? –dice Tabra, y creo que ha puesto la mano sobre mi espalda.
El pánico crece. Por los siete infiernos, ¿qué es lo que acaba de pasar? Antes, cuando Reven acudía a mí, era con suavidad y con calma. Y, cuando desaparecía, simplemente se iba sin más. Pero esto... Esto ha sido como si me lo hubieran arrancado. ¿Es que Eidolon ha descubierto nuestra conexión?
–¿Meren? –Ahora es la voz de Cain, más urgente. Me coloca la mano sobre la cara, tratando de hacer que lo mire–. Háblame.
–Estoy... –Tomo aire bruscamente–. Dame un momento. –Cierro los ojos con fuerza y le pido mentalmente a Reven–: Háblame. Por favor.
Deseo que vuelva, que regrese a mí, poder sentirlo; su presencia sólida, su fuerza, su amor inquebrantable.
Uno de los gilipollas de mi cabeza interviene.
–Vaya, qué lástima.
–Me pregunto qué le habrá hecho Eidolon –dice otra de las sombras, con una risa cruel en la voz–. A lo mejor no vuelves a oírlo jamás.
–Jamás –dicen las demás, repitiendo el cántico con júbilo. Estoy bastante segura de que una de ellas se carcajea.
A estas alturas, el pánico me está desgarrando por dentro. Algo va mal. Muy mal. Las sombras de Eidolon están complacidas. ¿Qué saben ellas que yo no sé? ¿O es que tan solo están tratando de hacerme pensar que saben algo?
Trato de filtrar el ruido dentro de mi cabeza.
–¿Reven?
«Por favor, respóndeme. Por favor, aparece».
–No podemos quedarnos aquí sentados, Mer –me advierte Vos.
–Ya te he dicho que no la llames así –le espeta Cain. Dice que él es el único que puede utilizar ese mote–. Mer, venga ya –me dice en voz más baja–. Tienes que decirnos algo. Me estás asustando.
Me presiono los ojos con las palmas, luchando contra mí misma. Vos tiene razón. No tenemos tiempo para que yo pierda la cabeza o para quedarnos esperando mientras trato de contactar con Reven. Somos demasiado vulnerables, y lo que estamos a punto de hacer exige toda mi atención.
Me obligo a levantarme, con los ojos todavía cerrados, y me mezo un poco sobre mis pies.
–Lo siento –susurro mentalmente al vacío que hay entre mi compañero de lazo y yo, rezando para que me escuche–. Te quiero.
Y, entonces, de forma deliberada, me sumerjo en el entumecimiento dentro de mí que ha sido mi único refugio, como una niña que se esconde bajo las mantas. Es la única forma que he encontrado de silenciar a las sombras de Eidolon. Así me resulta más difícil sentir u oír a Reven. Sin embargo, ellas parecen alimentarse de mis emociones, así que hago todo lo que puedo para no darles ninguna.
Me ayuda visualizar una imagen dentro de mi cabeza: la de una cuerda colgando de un pozo oscuro y profundo mientras las sombras del rey suben por ella para alcanzarme. Entonces utilizo uno de los cuchillos que siempre llevo encima, ocultos, y corto la cuerda.
Ahora vuelvo a cortar esa cuerda metafórica y también mis propias emociones sin ninguna compasión.
–No... –protestan las sombras de forma colectiva. Pero el sonido se desvanece cuando vuelven a caer por el pozo, desapareciendo dentro del mismo sitio donde entierro mis emociones. Ya no hay una esperanza que me haga palpitar el corazón. Ni un miedo que me retuerza el estómago. Y, desde luego, ya no hay más dolor por una pérdida indescriptible.
Lo único que queda soy yo... sin él.
3
Tomo aire una vez más para tranquilizarme antes de abrir los ojos y me encuentro a mis amigos mirándome con cautela. Cain tiene los dientes apretados con tanta fuerza que es probable que le esté entrando dolor de cabeza.
–Estoy bien –le digo, y aparto sus manos de mi cara.
Un músculo se crispa en su mandíbula.
–¿Qué ha sido eso?
–Las sombras del rey –respondo.
Es la explicación más sencilla. Si le dijera que estoy aterrorizada pensando que Eidolon acaba de hacerle algo horrible a Reven, tendría que deshacer el estado de entumecimiento en el que me encuentro, y eso es lo único que me está manteniendo entera.
–Pero ¿ahora ya las tienes controladas? –me pregunta Cain.
La idea de reírme en su cara me resulta demasiado tentadora. Al ser él mismo un Imperium, cualquiera pensaría que lo entendería mejor.
Todos los que poseemos un poder tenemos que aprender a utilizarlo y a controlarlo con el tiempo, de forma gradual. En el caso de la arena, mi habilidad se manifestó cuando era demasiado joven, mucho antes que la de Tabra, y la abuela me dijo –o más bien me ordenó con un mandato real– que nunca la utilizara. Jamás. Una orden que Omma, que fue quien me crio, reforzó fingiendo que yo no tenía ningún poder en absoluto. Tuve que averiguar cómo controlarlo y utilizarlo por mi propia cuenta y en secreto.
Eso fue antes de que la maldición se activara.
Ahora también puedo manejar las sombras y la oscuridad, porque la ninfa de arena me conectó con el descomunal poder de Eidolon, lo que me permite absorberlo para utilizarlo yo misma.
Y se me da de pena.
Resulta que el poder no sirve absolutamente para nada si no eres capaz de controlarlo. Tardé años, ¡años!, en aprender a utilizar bien mi propio poder para controlar y manipular la arena.
Y ahora no tengo tanto tiempo.
–Están encerradas –le digo a Cain.
Él me mira fijamente. Todos ellos lo hacen.
Necesito aprender a mentir mejor si queremos sobrevivir a lo que está por llegar.
Bene agita las alas desde su posición sobre el hombro de Tabra, y me imagino que me está ofreciendo su apoyo. Si alguien sabe lo que se siente cuando te separan de tu compañero de lazo, ese es el Devorador. La comunicación con él ha estado limitada desde que le entregué el amuleto de Aryd a Eidolon. Lo necesito para ser capaz de oír la voz de Bene dentro de mi mente.
Me llevo una mano al corazón y espero que lo interprete como una muestra de gratitud o de que voy a estar bien.
–¡Los brazos en alto y daos la vuelta despacio! –grita de repente una voz desde arriba.
Por los siete infiernos.
El estallido de color púrpura que nos ilumina es un problema. Tabra produce un débil sonido en la garganta. Le agarro la mano, le doy un apretón, y la luz se apaga.
Hakan mira hacia arriba. Sigo su mirada y me encuentro con que la boca del profundo pozo donde yace el templo se halla ahora rodeada por al menos cincuenta guerreros de Savanah que están apuntándonos con lanzas, arcos y otras armas.
–¿Qué era lo que decías de que la gente de Savanah era demasiado confiada? –le murmura Vos a Cain.
Mi mejor amigo, mientras tanto, se mueve de costado para situarse frente a mí.
–Lo retiro.
–¿Qué estáis haciendo aquí? –pregunta desde arriba la misma voz gutural, no muy diferente a la de Hakan.
Es hora de jugar la carta de la realeza.
Le toco el hombro a Cain y él se aparta, aunque con reticencia. Tabra y yo damos un paso al frente para situarnos junto a Hakan y después nos quitamos las capuchas de nuestras capas.
–Somos las reinas de Aryd –dice mi hermana, con la voz calmada y melodiosa–. Y solicitamos permiso para pasar.
Eso es lo único que necesitamos: permiso para pasar. Ni siquiera que nos acompañen para estar a salvo; tan solo necesitamos saber que la gente de Savanah no nos detendrá.
–¿Para ir hasta dónde? –pregunta el guerrero de inmediato.
Por los siete infiernos. Esperábamos que no nos lo preguntaran.
–Hasta la Maraña –respondo.
Un murmullo bajo se eleva de entre los soldados por encima de nosotros, y varios de ellos mueven los pies con inquietud. No necesito estar lo bastante cerca como para verles las caras y reconocer la aprensión.
–Denegado –dice el líder rotundamente–. Volved por donde habéis venido.
El manto de estrellas en el cielo claro se atenúa de tal forma que me recuerda a Reven cubriendo el mundo con un velo. Me pongo tensa. Sin embargo, la oscuridad se levanta tan rápido como ha llegado. ¿He sido yo? ¿Es que alguna de las sombras de Eidolon se ha escapado? ¿O tan solo ha sido una nube pasando por delante de las lunas? Lanzo una mirada furtiva a mi alrededor para ver si alguien más se ha dado cuenta.
–Por los ojos de la Arpía –murmura Hakan, y entonces se echa atrás su propia capucha para exponer su rostro y sus tatuajes–. Soy Hakan, el hijo de la reina Wynega.
¡¿Que es quién?! La oleada de aturdimiento que recorre nuestro grupo es prácticamente una presencia física. Esta es la primera vez que oímos que tenga algo que ver con la reina, por no hablar de que es su hijo.
–Si eso es cierto, entonces habéis sido desterrado de estas tierras –responde el líder–. Marchaos ya. No nos obliguéis a advertíroslo dos veces.
–Voy a hablar con mi madre –exige Hakan.
–Denegado.
Hakan levanta las manos y unos anillos de rayos bailan alrededor de sus dedos, chisporroteando y restallando con cada movimiento. El aire a nuestro alrededor crepita, llenando el espacio de un extraño olor a quemado, junto a una tensión palpable y un curioso sabor metálico en la lengua.
–¡No os atreveríais! –resuena esa voz por encima del sonido de los rayos de Hakan–. Nosotros somos vuestra gente.
–Erais mi gente –responde Hakan, con una calma sepulcral–. Ahora tengo gente nueva.
Sí, así es. Pero no quiero empezar con esto contrariándolos. Nuestra batalla no es contra esta gente. Necesito detenerlo antes de que prenda fuego a este lugar.
–Hakan.
Él me echa un vistazo y, por primera vez, veo más allá de su expresión pasiva para vislumbrar el dolor que hay debajo. Esta gente temía tanto su poder que lo obligaron a marcharse. Su propia madre –la reina, aparentemente– permitió que sucediera.
¿Es ese mi futuro? ¿Uno en el que mis amigos y mi familia me teman hasta llegar al punto del abandono y el exilio?
Le dirijo un breve asentimiento con la cabeza en señal de apoyo.
Con reticencia, él baja las manos, su poder se disipa, y caemos de nuevo en la calma del principio del amanecer.
–No deseamos enemistarnos con vosotros –le digo a los guardias–. Los dominios de Aryd y Savanah hemos sido amigos desde hace mucho. Pero es importante que lleguemos hasta la Maraña. No nos obliguéis a enfrentarnos a vosotros para poder hacerlo.
Hay una pausa y puedo oír el murmullo de las voces, pero no lo que están diciendo.
–Está bien –responde el guardia al fin–. Es vuestra pira funeraria. –Pues no hemos tardado tanto en convencerlos. Le echo un vistazo a Tabra, que se encoge de hombros. Entonces el guardia continúa–: Os permitiremos pasar, pero con dos condiciones. –Por supuesto que hay condiciones–. El hijo desterrado de Savanah no puede avanzar más. Se quedará aquí.
Por los siete infiernos. Nos vendría muy bien utilizar su poder para lo que pueda ocurrir después.
–¿Hakan? –le pregunto.
–De acuerdo –responde él, con los dientes apretados y lanzándole un vistazo a Pella.
–¿Y la otra condición? –pregunto.
–La reina Tabra, la legítima reina de Aryd, se quedará también aquí con nosotros. Bajo nuestra protección.
Pero para mí, la falsa reina, nada. No lo dicen, pero lo oigo de todos modos.
Comparto otra mirada con mi hermana, en esta ocasión llena de un millar de preguntas y preocupaciones. Ella inclina la cabeza muy ligeramente. Esa es su respuesta.
El alivio de que vaya a estar aquí, apartada y a salvo, trata de burbujear en mi interior junto a cierta cantidad de resignación residual, pero ahogo ambas cosas en el entumecimiento que estoy sosteniendo dentro de mí.
Es mejor así.
Después de todo, yo siempre estuve destinada a ser el sacrificio.
4
Un guardia aparece en la parte inferior de las escaleras que conducen fuera del templo, saliendo de la nada de una forma tan silenciosa que me recuerda al fantasma que me envió hasta aquí.
–Seguidme –nos dice.
Su mirada seria nos recorre a todos, pero se detiene sobre Tabra antes de dirigirse hacia mí, y sus ojos se entrecierran ligeramente.
–Quédate con Tabra –le digo a Bene, sin apartar la mirada del guardia.
Mi hermana se pone tensa junto a mí.
–Meren, no...
–No voy a discutir esto.
El Devorador es la mejor forma que tengo de mantenerla a salvo cuando no estoy con ella, a pesar de que eso vaya a hacer que mi propia tarea sea mucho más complicada.
–¿Con quién estáis hablando? –me pregunta el guardia.
–Con el cuervo.
Su ceño fruncido pone claramente en duda mi capacidad mental.
Bene no discute, y Tabra cierra la boca tragándose todas las protestas.
–Ten cuidado –le advierto al guardia–. Muerde.
El hombre observa a Bene con curiosidad y cautela al mismo tiempo. Bien. No hay necesidad de que se confíen.
Nuestras despedidas son breves y después seguimos al guardia fuera del templo. En cuanto estamos fuera del alcance del oído de Hakan, Pella me empuja a un lado para acercarse a Horus, que se encuentra por delante de mí.
–¿Tú lo sabías? –le pregunta bruscamente.
–¿Saber qué?
No puedo ver el rostro de Horus, pero sí que oigo la diversión que tiñe su voz; las comisuras de sus ojos estarán arrugándose sin duda. Sabe perfectamente lo que la hermana de Cain le está preguntando.
Pella lo fulmina con la mirada primero a él y luego a mí por encima del hombro.
–¿Tú sabías que Hakan era de la realeza? –me pregunta, prácticamente gruñendo. Su voz se eleva cuando hace un giro hacia fuera con el brazo–. ¿Alguno de vosotros lo sabía?
Se lo está preguntando a los demás más que a mí. Horus, Vos y Tziah forman parte de los Desvanecidos, la gente que Reven salvó y que vivían todos juntos en el bosque Umbrío que él creó, antes de que los soldados de Eidolon lo destruyeran. Hakan también era uno de ellos.
Frunzo el ceño.
–¿Él no te dijo nada cuando se negó a venir a hablar con la reina Wynega?
–No. Y ahora ya sabemos por qué no quiso venir –murmura Pella sombríamente.
Vos le da una palmada en el hombro.
–A nosotros tampoco nos lo había contado, por si eso te hace sentir mejor.
Pella frunce todavía más el ceño mientras se quita su mano de encima.
–No me siento de ninguna forma.
El guardia ignora todo esto y comienza a subir por un camino empinado que asciende por los laterales de las paredes del foso. Horus y Cain se encuentran por delante y por detrás de mí, estratégicamente situados para evitar que yo salga corriendo y gritando. Las alturas y yo no nos llevamos muy bien, pero en esta ocasión mantengo el miedo encerrado.
He descubierto que precipitarme hasta mi muerte no es lo peor que me podría pasar.
El líder de los guardias –por las marcas de su uniforme, veo que se trata de un capitán– se reúne con nosotros cerca de la parte superior. Los tatuajes que adornan la piel oscura de su cuero cabelludo afeitado son diferentes a los de Hakan. En un lateral tiene un toro, que se sabe que es una criatura testaruda. ¿Será eso una advertencia de con quién estamos tratando? Es posible que sí, teniendo en cuenta que nos está mirando con una curiosidad desconfiada.
–El rey de Tropikis ofrece una recompensa por vuestras cabezas –nos dice de entrada. Los cinco llevamos las manos a las armas, pero él levanta una mano–. La reina Wynega ha dado órdenes de no hacer caso a su petición. –Su mirada me recorre con lentitud, desde la parte superior de mi cabeza hasta las puntas de los dedos de mis pies–. Así que sois dos reinas –murmura para sí mismo–. Ya entiendo por qué habéis inspirado semejante... violencia.
Me quedo boquiabierta.
–¿Qué se supone que significa eso?
Él levanta las cejas casi hasta la línea de nacimiento de su pelo.
–Solo que sois hermosa, domina.
Si no estuviera envuelta en una crisálida de entumecimiento, sus palabras probablemente me habrían arrojado a un remolino de confusión. La gente no dice sin más... esa clase de cosas. Me yergo en mi posición más regia y le regalo mi mejor imitación del desdén altivo de la abuela.
–Soy perfectamente consciente, pero ten cuidado. Sigo siendo de la realeza.
Una chispa de respeto se enciende en sus ojos color avellana.
–Ahora veo por qué sois vos el señuelo.
Supongo que se ha corrido la voz sobre la princesa secreta de Aryd.
–Esto no nos está llevando a ninguna parte –gruñe Cain.
La mirada del guardia oscila entre mi mejor amigo y yo, y una luz de diversión especulativa aparece en sus ojos antes de que vuelva a ser el soldado serio que se supone que es.
–Nadie se acerca a la Maraña por una buena razón.
Cain lo fulmina con la mirada.
–Eso ya lo sabíamos.
El capitán no aparta los ojos de mí ni por un instante.
–Lo dudo.
Suelto un suspiro. Tener que estar aquí plantada y justificarme nos está retrasando. Y odio los retrasos.
–Hakan nos ha contado la leyenda.
Mientras esperábamos a que cayera la noche en Mariana, Hakan nos hizo un resumen de a quién –y a qué– nos íbamos a enfrentar.
Hace mucho tiempo, un hombre llamado Aesthetus vio su reflejo en un estanque de agua inmóvil y no fue capaz de apartar la mirada de su propia belleza hasta el punto de empezar a consumirse y morirse de hambre. Finalmente, apareció una mujer llamada Mimick, una Hylorae con la habilidad de cambiar de forma. Entró en el agua por la otra orilla, nadó por debajo del reflejo de Aesthetus y copió sus facciones en una versión femenina, para que él se enamorara de ella y saliera de su trance. Durante su ritual de unión de almas, Aesthetus declaró que, juntos, ellos dos eran las creaciones con vida más hermosas, incluso más hermosas que las diosas.
Savanah castigó su vanidad convirtiendo a Aesthetus en una bestia que solo podía ver su reflejo desde debajo del agua, y transformó a Mimick en un monstruo de forma desconocida que solo puede repetir las palabras de los demás.
La Maraña es el laberinto que construyeron los amantes malditos para mantenerse alejados de los ojos entrometidos.
