El Reino del Agua - Sergio Vega - E-Book

El Reino del Agua E-Book

Sergio Vega

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Beschreibung

Un rey que agoniza, un país que se desmorona. Las violentas intrigas palaciegas socavan los cimientos de Ayutthaya, capital de Siam, que se tambalean y ponen en peligro la estabilidad del Reino del Agua, en cuyas tierras prosperan comerciantes de todos los confines del mundo y convergen fugitivos huidos de la persecución de sus países de origen. Entre los exiliados de allende los mares, la intrincada red fluvial que rodea Ayutthaya también acoge desde hace décadas a la colonia de nipones, cuya fama de aguerridos mercenarios llega a su cumbre con Yamada Nagamasa. Su hombre de confianza, Akinao, con el temor de perder a su amante en su conciencia, tendrá que afrontar la responsabilidad que recae sobre sus hombros de salvar a la colonia nipona en los tiempos convulsos que los asedian, mientras un misterioso asesino venido de ultratumba, cubierto con una máscara espectral y empuñando una katana, siembra de sangre y terror las calles de Ayutthaya.

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Seitenzahl: 603

Veröffentlichungsjahr: 2026

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EL REINO DEL AGUA

El fantasma de los Nanjō

EL REINO DEL AGUA

Sergio Vega

 

© Sergio Vega, 2024

© de la ilustración de cubierta: Alba Pérez Mansilla, 2025

© de la presente edición: Chidori Books, 2026

Archiduque Carlos, 64-1-4, 46014 Valencia

http://chidoribooks.com

Corrección: Margarita Adobes

Diseño de cubierta: Terelo

Maquetación: Booqlab

ISBN: 979-13-991746-0-1

Quedan reservados todos los derechos. Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización previa por escrito de los titulares del copyright, cualquier forma de comunicación pública, transformación, reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro, y la distribución de ejemplares.

Para Elena.Una vez más,una eternidad más.

ÍNDICE

Cubierta

Título

Créditos

Índex

La petición de un rey

Lágrimas al alba

El regente de Siam

Fantasma

El final de un largo viaje

El niño dios

Un nuevo hogar

La luna en el sable

El rostro de la muerte

Deuda y honor

El Gran Palacio

Dos samuráis

El neerlandés

No matarás

Viaje al reino de Ligor

Ataque nocturno

Un regalo para Nagamasa

El juramento de Akinao

La traición del regente

Ritoru

Cerco al

nihonmachi

La huida

La última batalla

Cenizas en Ayutthaya

Edo

Agradecimientos

Guide

Cover

Aurkibidea

Start

Una tierra hendida por caudalosos ríos, cubierta de selvas, manglares y bosques tropicales, poblada de extrañas y poderosas bestias. En la rica cuenca del río Chao Phraya, protegida por murallas y meandros, se levanta orgullosa la capital del reino de Siam, Ayutthaya. En el cuarto año de la era Kan’ei1, los nipones son una de las colonias extranjeras más numerosa de la ciudad. La mayoría, guerreros en el bando equivocado tras el final de las contiendas del período Sengoku. El resto, hombres y mujeres que huyen de la feroz persecución de los kirishitan2 ordenada por el sogún Tokugawa Iemitsu.

El intercambio comercial y su habilidad para la guerra han hecho prosperar a los exiliados, pero eso está a punto de cambiar. Hasta allí, a cuarenta y siete días de viaje por mar desde Nagasaki, los ha seguido un espectro de nuestra tierra, un espíritu sediento de almas humanas.

Esta noche, a la luz de nuestro fuego, os cantaré la historia de la tercera reencarnación del Fantasma de los Nanjō.

 

__________________

1 Cuarto año de la era Kan’ei: 1628 del calendario gregoriano.

2Kirishitan: término con el que los japoneses identificaban a los practicantes de la religión cristiana. Adaptación de la palabra portuguesa cristão.

LA PETICIÓN DE UN REY

El monzón anual del noroeste se retrasaba ese año. A media mañana, ni siquiera una ligera brisa recorría las amplias avenidas de la populosa Ayutthaya. Los parques, templos y palacios contenidos en aquella isla fluvial amurallada de quince chō3 de circunferencia estaban casi desiertos.

En espera del alivio nocturno, la principal actividad en la capital del reino la protagonizaban las embarcaciones de los agricultores y comerciantes que navegaban por los largos canales artificiales tejidos entre los tres ríos que rodeaban la ciudad. Aprovechaban la marea alta y la mayoría de ellas bajaban hacia el puerto cargadas de productos llegados de toda la península. Juncos desde las montañas de Bannae, Poucelouk y Capheyn con pieles de venado; con plantas aromáticas de Loconsuan; madera de sappang y arroz de Tannassary, Poucenough y otras ciudades al oeste del gran río; estaño y plomo de Meclongh y Rappry; pimienta de Sangora y Berdelongh… El bienestar del reino dependía de que aquella peregrinación no se detuviera, ni siquiera con aquel calor infernal.

El único puente que unía la ciudad con el resto de la península estaba al noroeste, custodiado día y noche por guerreros siameses. Cinco de ellos, adormilados a la sombra de la caseta de guardia, despertaron de su letargo al escuchar el ruido de cascos aproximándose a la carrera.

Los dos viajeros que aparecieron eran fácilmente reconocibles desde la distancia. Ningún otro pueblo guerrero conocido en Ayutthaya vestía aquellas armaduras de forma extravagante. Eran los salvajes y despiadados nipones, los mercenarios más temidos de aquella parte del mundo.

Nadie se atrevió a exigir que se detuvieran para identificarse. Se limitaron a echarse a un lado mientras los samuráis atravesaban el control sin dirigir la mirada a los apostados allí. Con una imprudencia temeraria, cabalgaron por las calles sin dejar de fustigar a sus monturas, apremiados por la proximidad de su objetivo: el Gran Palacio, la residencia real.

Al norte de la isla y separada del resto de la ciudad por un ancho canal, se levantaban las cinco altas torres y los edificios dorados que delimitaban los terrenos del rey Songtham. Cuando cruzaron el puente, encontraron un muro de piedra y ladrillo que rodeaba el complejo principal. Los samuráis tomaron un estrecho camino que, paralelo al vigilado perímetro, desembocaba en una de las tres únicas y fuertemente custodiadas vías de acceso al interior. La guardia real permitió el paso de los nipones de inmediato, sin necesidad de que Yamada Nagamasa o su fiel Akinao tuvieran que solicitarlo. A punto estuvieron de hacer resbalar a sus caballos cuando forzaron, por fin, el final de aquella loca carrera a los pies de la escalinata principal del Gran Palacio. Solo Nagamasa desmontó, sin intercambiar ninguna palabra con Akinao, que quedó atrás al cuidado de las monturas sin alterar su pétreo semblante.

Nagamasa penetró en el interior del majestuoso edificio. Lo recibieron las miradas asombradas del personal del Gran Palacio. Su armadura de combate y sus dos sables eran totalmente inapropiados, pero, una vez más, nadie se atrevió a detenerlo.

A medida que atravesaba habitaciones y antesalas, dejaba también atrás a los altos funcionarios y nobles que tenían prohibido ir más allá. Algunas de las expresiones que encontraba eran claramente hostiles, pero a Nagamasa no lo inquietaba ninguna de ellas. Solo le producían desprecio. Esos hombres no habían hecho otra cosa que intrigar y sobornar para mantener o mejorar su posición, herencia de nacimiento. Eran poco más que parásitos, pero él, sin embargo, se había ganado con sudor y sangre su privilegiada posición, primero, como victorioso líder de la División de Voluntarios Nipones en las guerras con los reinos vecinos y, después, creando un imperio comercial con su país de origen, muy beneficioso para los intereses de ambas naciones.

Nagamasa había llegado a Siam a la edad de dieciséis años, con la sola idea de fraguarse un futuro mejor. Sus aspiraciones de convertirse en samurái a las órdenes del daimio ōkubo Jiemon jamás podrían cumplirse. Su señor había muerto sin herederos, lo que permitió a los Tokugawa —la estirpe victoriosa tras las largas guerras por el dominio absoluto de las Islas Sagradas— confiscar sus posesiones y disolver el clan. Con la bolsa y el estómago vacíos, había llegado a aquella ciudad y, tras años de innumerables y valiosos servicios para la Corona, había ganado la confianza de su rey.

Líder de la colonia nipona en Ayutthaya, al mando de una élite guerrera formada por samuráis sin señor de su lejana tierra, Nagamasa era consejero personal para asuntos militares del rey Songtham y ostentaba varios títulos aristocráticos. Era uno de los dos hombres más influyentes y cercanos a la familia real, por encima de todos los ministros, monjes, nobles y funcionarios. El otro era el sobrino del rey, Prasat Thong.

El samurái dejó atrás el salón de audiencias y se dispuso a atravesar la única puerta cerrada desde su entrada al Gran Palacio. Tres siameses armados le cerraron el paso. Uno de ellos, un gigante vestido con una falda de vivos colores y una camisa corta de media manga, se adelantó.

Nagamasa se detuvo a dos pasos de él y liberó el cordón de su barbilla para despojarse del kabuto4.

—Saludos, Yamada Nagamasa —habló el coloso—. ¿Cuándo has regresado?

—Saludos, Ubon —respondió Nagamasa en siamés—. Acabo de hacerlo. He venido lo más rápidamente posible al conocer el estado de nuestro rey.

—Ya veo… Lamentablemente, el acceso a la alcoba real está muy limitada. He recibido órdenes de no dejar pasar a nadie sin la orden expresa de mi señor Prasat Thong.

—Quizá has olvidado que tengo permiso para cruzar esta y todas las puertas del Gran Palacio.

Nagamasa acompañó sus palabras con un lento acercamiento de su mano a la empuñadura de su katana.

El gigante expresó claramente en su mirada el asombro más absoluto. Un poco más atrás, varios testigos presenciaban la escena. Nagamasa parecía dispuesto a atacarlo, fiel al temperamento belicoso de aquella raza llegada de la tierra donde nacía el sol.

—Soy un ok-ya5 —recordó el nipón, el único extranjero que tenía ese honor—, y acudiré al lado de mi rey de la forma más rápida posible. Es mi deber y mi privilegio y ni tú ni nadie de este mundo está en condiciones de evitarlo.

Ubon estaba atrapado. Los nobles más cercanos estaban muy atentos al intercambio de palabras. No podía negarse a la petición del nipón sin contravenir la ley. A regañadientes, se echó a un lado sin volver a abrir la boca, visiblemente contrariado. Nagamasa tomó nota mental de la actitud del subordinado de Prasat Thong para más adelante, ahora tenía un objetivo mucho más urgente que atender.

Siguió caminando para penetrar en la residencia privada de la familia real. Sentía la suavidad de las alfombras persas de vivos colores que pisaba. Las enormes lámparas que colgaban del alto techo estaban apagadas y las cortinas, corridas, pero, aun así, se podían apreciar nítidamente los motivos pintados en las paredes: delicadas escenas de dioses hinduistas y budas en un idílico paisaje de bellos bosques, ríos y montañas. Todo el mobiliario era de estilo europeo, con adornos extravagantes y porcelanas. Cuando entró en la alcoba principal, descubrió la cama del monarca al fondo de la sala, sobre una tarima. La estructura con dosel era de grandes proporciones, con incrustaciones de oro y marfil entre filigranas de ramas y hojas exquisitamente talladas en madera noble. La rodeaban médicos, religiosos y hombres de Estado. Sus rostros preocupados y los rezos murmurados por los brahmanes y bonzos traslucían la gravedad de la situación.

En la posición más cercana, sobre la tarima, los siete ok-ya principales velaban al monarca. Junto a ellos, Nagamasa reconoció a Lawan, la predilecta del harén del rey. Aquello era un favor que evidenciaba su inusual posición en la corte. Contempló al recién llegado con una ligera caída de ojos y el atisbo de una sonrisa. Nagamasa no pudo evitar un leve estremecimiento. Al fin y al cabo, era un hombre y aquella mujer poseía una belleza sin parangón. Siempre la había deseado y sospechaba que ella era consciente de su debilidad. Quizá aquella mirada prometía futuros encuentros. Muy pronto tendría que buscar nuevos favores para mantener su estatus. Sin embargo, el nipón se obligó a desviar su atención y a mantener tanto la seriedad de su rostro como la debida compostura. No era el momento adecuado para juegos floridos. Entre aquella concurrencia, también lo estudiaba el confidente más cercano del moribundo.

A sus treinta años de edad, enjuto y de rostro alargado, Prasat Thong miró al recién llegado sin alterar su rictus amargo de labios contraídos y barbilla hundida. Aquel hombre taimado y sin escrúpulos había sabido escapar del ostracismo por sus pasadas faltas para ganar el favor del rey. En los últimos años, su influencia y poder no habían dejado de crecer. Nagamasa pudo leer claramente en su semblante el asombro y la contrariedad. Ambos mantuvieron sus miradas un instante, mientras Prasat Thong lograba ocultar su sorpresa. Después, se dedicaron una ligera inclinación de cabeza a modo de reconocimiento.

Cuando Nagamasa llegó a los pies de la cama, encontró al vigésimo segundo gobernante del reino de Siam con los ojos cerrados y los labios separados en un intento de facilitar su débil respiración. Era un monarca querido por su pueblo, tanto por su generosidad como por sus ideas liberales. Había tenido que tomar decisiones difíciles, como capitanear guerras con los reinos vecinos, pero siempre había deseado la paz y la prosperidad para su pueblo.

—Estoy aquí, mi rey —se anunció Nagamasa.

El monarca tardó en separar los párpados y, cuando lo hizo, su errática mirada evidenció que había perdido la visión. Treinta y ocho años era una edad demasiado temprana para que un rey muriera, pensó Nagamasa tratando de liberar el nudo que se había formado en su garganta. Todo lo que era se lo debía a aquel hombre al que la vida se le escapaba.

—Ah, mi fiel Nagamasa. Has llegado a tiempo. —La voz era un susurro apenas audible—. ¿Has atrapado a mi hermano? ¿Has evitado la guerra?

El nipón se alegró de que el rey aún conservara su lucidez y su preocupación por los asuntos de Estado.

—El reino de Siam está a salvo —respondió—. El príncipe Sri Sin es vuestro prisionero. Después de su derrota en batalla, trató de huir con los restos de su ejército, pero lo perseguimos hasta dar con él.

—Me alegra oír eso. Tus samuráis jamás me han decepcionado. —Songtham reunió fuerzas con una mueca de dolor antes de elevar la voz para dirigirse al resto de los presentes—. Debo hablar con los ok-ya Prasat Thong y Yamada Nagamasa en privado —anunció—. Retiraos.

No hubo protestas, aunque todos lamentaran amargamente separarse un solo instante del monarca en sus últimos momentos de vida.

—¿Estamos solos? —preguntó el rey al cabo de unos instantes. Los dos hombres se acercaron aún más a la cabecera del lecho real.

—Así es —respondió Prasat Thong—. Tus leales súbditos te escuchan, mi rey.

Songtham alargó una mano hacia ellos y la dejó caer sobre la sábana que lo cubría. Los dos tocaron alternativamente sus dedos para corresponder al débil gesto de afecto.

—Mi fin es inminente —aseguró el monarca—. Os he llamado para comunicaros mi voluntad antes de partir. Solo confío en vosotros y solo en vosotros recaerá el peso de asegurar que la sucesión se produzca de forma pacífica y de acuerdo con mis últimos deseos.

Ninguno de los dos hombres respondió, conscientes de la trascendencia del momento, y aguardaron solemnes a que Songtham tomara fuerzas para continuar.

—He decidido atender a los consejos de Prasat Thong y no ceder el reinado a mi hijo mayor, el príncipe Chetta —declaró el rey. Nagamasa miró disimuladamente a Prasat Thong, pero no detectó el menor cambio en su expresión—. Por lo tanto, el nuevo rey será mi hijo menor, Athittayawong.

Nagamasa se quedó perplejo ante la polémica e inesperada decisión. El hermano de Songtham, el príncipe Sri Sin, era el sucesor natural según la ley siamesa y, después de él, el honor le correspondía al hijo primogénito de Songtham, el príncipe Chetta. Demasiadas cosas habían sucedido en su ausencia para que el rey prefiriera ceder el trono a Athittayawong, su otro hijo, de solo diez años de edad.

¿Cómo iba a gobernar un niño obviando la línea sucesoria? Al príncipe Sri Sin se le había apartado con la acusación de traición, ¿cuál era la justificación para hacer lo propio con el príncipe Chetta? El nipón dudó demasiado antes de expresar en voz alta sus objeciones y Songtham se adelantó.

—Por lo tanto —prosiguió el monarca—, nombro a Prasat Thong regente del reino de Siam mientras mi hijo alcanza la mayoría de edad. —Esta vez, Nagamasa detectó una exhalación contenida de labios del sobrino del rey—. Te encomiendo la tarea de asesorar y encauzar las acciones de mi hijo, de dirigir el reino en su nombre y de servirlo del mismo modo que has hecho conmigo hasta hoy.

El moribundo cerró los párpados y pareció que no iba a continuar, pero retomó la palabra al cabo de unos instantes.

—Soy muy consciente de que esto puede crear un cisma en la capital, por eso necesito que tú, Nagamasa, seas leal al nuevo rey y que hagas lo posible por asegurar la sucesión. A partir de hoy, la Guardia Real la formarán tus samuráis.

—Será un gran honor —respondió Nagamasa.

—Ambos debéis jurar el acatamiento de mi última voluntad en este mundo.

—Juro obedecer tu voluntad —declaró Prasat Thong—. Me comprometo a asegurar la continuidad de la dinastía Sukhothai y a vigilar los intereses de nuestro pueblo aconsejando al nuevo rey Athittayawong hasta que sea un hombre. Después de eso, me retiraré del mundo tomando el camino religioso.

Songtham esbozó una tibia sonrisa, complacido.

—¿Y tú, Nagamasa?

Al nipón le pareció que la enorme habitación se contraía y que el aire que respiraba subía de temperatura. Era muy tarde para tratar de razonar con el rey, de hacerle ver que arriesgaba demasiado alterando la línea sucesoria y que era mejor un rey inapropiado pero fuerte que un niño con una extraordinaria voluntad. Para colmo, no se fiaba de los deseos de Prasat Thong. El sobrino del rey había aprovechado la ausencia de Nagamasa para manejar a Songtham y lograr aquella inesperada decisión. Habría argumentado la mejor de las intenciones, habría jurado que era lo más conveniente para el reino, pero el nipón sabía que las promesas y las buenas palabras no eran nada para el pueblo siamés, heredero de una larga estirpe de traidores y usurpadores. El propio Songtham había llegado a rey asesinando a su hermano Saowaphak. Para Nagamasa, sin embargo, la palabra dada lo comprometía hasta la muerte. El legado del rey era una fruta envenenada. Más le hubiera servido no llegar a tiempo y evitar aquel compromiso. ¿Cómo negarse a la última voluntad del rey que tanto le había dado? Sin él, no sería más que un vagabundo en una tierra hostil y no un extranjero con decenas de títulos y enormes privilegios en la corte.

—Juro que seré leal al nuevo rey Athittayawong y que lo protegeré con mis hombres. —Se obligó a decir.

—Bien —aprobó el monarca—. Ya puedo partir de este mundo en paz, sabiendo que mi pueblo quedará en buenas manos y que hombres como vosotros, los más leales y capaces, velarán por la continuidad del reinado de mi casa.

Songtham tomó aire lentamente y, después, aceleró su respiración en bocanadas rápidas y superficiales. Nagamasa temió lo peor, pero el rey se recuperó al poco del súbito acceso de debilidad.

—Ahora, marchaos —pidió. Sonó a un ruego más que a una orden. El esfuerzo parecía haber consumido sus últimas energías y volvía a cerrar los párpados—. Los grandes momentos de la vida de un hombre se viven en soledad.

Cuando abandonaron la estancia, la multitud que esperaba en la antesala regresó al interior. Nagamasa se preguntó si el rey había estado realmente solo alguna vez en su vida.

El mismo guerrero siamés que se había interpuesto en su camino aguardaba a los dos hombres. Ubon, desde su altura privilegiada, los miraba con los brazos cruzados delante de su abultado pecho.

—Mi señor —se dirigió a Prasat Thong—, un extranjero ha penetrado en el Gran Palacio. Está al pie de la entrada, con dos caballos. ¿Qué medidas debo tomar?

Se refería a Akinao, que esperaba el regreso de Nagamasa. Según la ley siamesa, ningún extranjero podía permanecer en la isla principal, salvo contadas excepciones y siempre con el permiso real. Ese era el motivo por el que el gran puerto comercial estaba situado fuera de los muros de la ciudad.

Nagamasa sintió deseos de desenvainar y cortar la cabeza de aquel hombre de un solo tajo, pero Prasat Thong supo ver el peligro a tiempo.

—Entiendo que es uno de tus servidores —dijo a Nagamasa.

—Así es —respondió el nipón sin apartar la vista del gigante.

—En ese caso, no hay trasgresión a la ley —resolvió Prasat Thong—. El ok-ya Yamada Nagamasa tiene derecho a presentarse ante nuestro rey cuando le plazca, lo que implica a sus servidores y escoltas.

Ubon aceptó con una leve inclinación de cabeza. Nagamasa, en cambio, necesitó un poco más de tiempo para serenarse y determinar que no era ni el lugar ni el momento para dejarse arrastrar por el orgullo y generar un enfrentamiento inútil.

—¿Es verdad lo que has anunciado al monarca? —le preguntó Prasat Thong al nipón, dando por zanjado el fugaz momento de tensión—. ¿Has capturado al hermano del rey y sofocado la rebelión?

—Tal y como me pidió nuestro soberano, y tú mismo — respondió Nagamasa—. Yo he cumplido con mi parte; lo que no comprendo es cómo, siendo aliados, no me alertaste sobre la salud de nuestro rey.

—Envié correos urgentes a Pipry —se justificó Prasat Thong—, pero ya habías partido tras Sri Sin. No había forma de saber dónde te encontrabas.

—Ya veo… ¿Cómo pudo enfermar nuestro rey en tan poco tiempo? Cuando inicié esta campaña, gozaba de excelente salud.

—Nadie lo sabe. En cuanto dejaste la capital, su humor cambió. Su anterior talante bondadoso y amable para con sus súbditos y sirvientes se convirtió en un carácter irascible de enojo permanente. Parecía que un demonio se hubiera apoderado de él y nadie se atrevía a acercarse.

—Eso o fuiste tú quien ordenó enclaustrarlo en el interior del palacio.

—Es cierto que me vi obligado a tomar esa decisión, por el bien de los demás y de él mismo. Se había vuelto demasiado violento. Yo era el único que permitía a su lado, por lo que me convertí en su voz y en sus oídos. Poco después, al comienzo de la duodécima y última luna del año, ya estaba fuera de sí. Amenazaba con matar a cualquiera que se atreviera a presentarse ante él. Al día siguiente, cayó repentinamente en una debilidad para la que los médicos dijeron que no encontraban remedio y que debíamos prepararnos para lo peor.

—¿Ninguno supo decir qué mal lo aquejaba?

Prasat Thong negó antes de tomar aire de forma prolongada. ¿Él también tenía presente la histórica y arraigada afición del pueblo siamés a usar veneno? Tras el breve silencio, retomó la palabra.

—¿Adónde pretendía huir el príncipe Sri Sin cuando lo atrapaste?

—Al reino de Ligor. Los informes eran correctos: tras dejar de pagar los impuestos a Ayutthaya, se han declarado en rebeldía.

—¿Qué dijo el príncipe cuando fue derrotado? —preguntó Prasat Thong tratando de disimular su inquietud.

Nagamasa fue prudente en su respuesta.

—Defendió que su autoproclamación como nuevo rey de Siam era justa.

—Es cierto que, según la ley, el hermano del rey es el heredero legal —reconoció Prasat Thong—, pero amenazar la capital con un ejército para hacerse con el poder cuando su hermano aún está vivo es traición.

El nipón no hizo ningún comentario a aquella sentencia, aunque la situación no fuera tan clara como pretendía hacer ver el siamés. Antes de declararse en rebeldía y organizar un ejército con el que preparar la guerra, Sri Sin había sido encerrado en la capital mediante engaño y condenado a muerte con justificaciones peregrinas de traición. Escapar de su prisión con la ayuda de los contrarios a su sentencia había sido su única alternativa de supervivencia.

—Debo darte la enhorabuena —volvió a hablar Prasat Thong, más tranquilo—. Si hubiera llegado a escapar, no cabe duda de que en Ligor hubiera concentrado un nuevo ejército con el que amenazar la capital. Ahora que el rey agoniza, la situación hubiera sido muy delicada. —Nagamasa aceptó el cumplido con un leve gruñido—. Es necesario tomar el reino de Ligor y aplastar los últimos rescoldos de esta insurrección. No sabemos cuánto le queda a nuestro rey, pero su fin es inevitable. Debemos pacificar y controlar Siam antes de que se anuncie la notica de su muerte. Nadie más que tú y tus bravos pueden desplazarse hasta ese dominio traidor a tiempo de evitar un nuevo alzamiento. Por mi parte, me encargaré de que Sri Sin deje este mundo lo antes posible. ¿Cuánto tardarán tus samuráis en traerlo a la capital?

—Los dejé preparando la travesía en barco desde Meclongh mientras yo me adelantaba por tierra, al enterarme del grave estado de nuestro señor. Mañana estarán aquí con el príncipe cautivo.

—Excelente. Así podrás partir de forma inmediata.

—Mis hombres han sido sometidos a una campaña muy exigente. Llevamos meses lejos de nuestro hogar. Merecen un descanso antes de iniciar una nueva guerra.

—No es ninguna orden, Nagamasa. Nada más lejos de mi intención que inmiscuirme en tu forma de proceder. Demasiadas veces has salvado al reino ya para no confiar en tu criterio. Solo me preocupa que los rebeldes aprovechen la demora para hacerse fuertes allí. En cuanto se sepa que es el último reino rebelde, todos los descontentos de las provincias correrán a reforzar su ejército. Cuanto antes pacifiquemos la zona, mejor.

Nagamasa se preguntó hasta qué punto a Prasat Thong le inquietaba un nuevo alzamiento. Aquel hombre sibilino nunca decía nada a la ligera, pero era muy complicado comprender su verdadera intención. ¿Lo quería lejos de la capital o con la abierta manifestación de su interés pretendía justamente lo contrario?

—Tomaré en consideración tu valoración de la situación —dijo Nagamasa—. Te mantendré informado cuando tome una decisión.

Con aquellas palabras, Nagamasa hacía valer su posición. Aunque el rey Songtham había nombrado regente a Prasat Thong, él era el dueño de la fuerza armada más poderosa del reino en el momento justo en el que más se necesitaba.

Se encaminó de regreso a la salida, pero el siamés volvió a hablar.

—Me alegro de contar contigo y con tus hombres para asegurar la sucesión. Confío en que tu lealtad a la Casa Real también se extenderá a la de su regente.

Nagamasa se detuvo y miró a Prasat Thong directamente los ojos.

—Nunca he faltado a un juramento.

—Eso he oído.

—En cualquier caso, tal vez sería más apropiado tener esta conversación cuando nuestro rey ya no esté en este mundo —le recriminó.

—Nuestros deseos y nuestras obligaciones no suelen coincidir —se defendió Prasat Thong—. Sabes a lo que nos enfrentamos, lo que ocurrirá cuando se dé la noticia de la muerte de nuestro soberano. Nuestros vecinos y esos extranjeros que infestan nuestro puerto codician las riquezas de Ayutthaya. Si encuentran la menor debilidad, se lanzarán sobre nosotros como lobos. Hay que tomar decisiones rápidas, actuar con contundencia, y necesito conocer quién estará remando en la misma dirección que los intereses de Siam. También es oportuno que tanto nuestra frontera como el reino de Ligor estén asegurados. Cuanto antes regreses victorioso, mejor. La confianza mutua entre nosotros será de vital importancia en los años por venir.

—Ya sabes que mis hombres y yo estaremos siempre a favor del reino.

—Te lo agradezco. No puedo pedirte más.

El nipón efectuó una rígida inclinación de cabeza en señal de respeto y se marchó. Fuera lo esperaba Akinao. Los caballos habían estado a punto de desfallecer y se encontraban en un estado de agotamiento extremo. Ahora que se habían detenido, parecían incapaces de dar un solo paso. En lugar de montar sobre ellos, los tomaron de las riendas y empezaron a caminar, alejándose del palacio bajo el sol de justicia que acababa de asomar entre las nubes.

—¿Adónde vamos? —preguntó Akinao.

Nagamasa dedicó una larga mirada a su hombre de confianza. Sabía que acababa de cumplir los treinta años, pero su severo rostro le hacía parecer mayor. Ajeno al calor y a los rigores del extenuante viaje, mantenía un semblante impasible y su espalda permanecía erguida, como si acabaran de empezar la jornada y no llevaran dos días casi sin dormir. Conservaba el pulcro y cuidado corte de pelo samurái, impregnado de aceite, la frente rasurada y la coleta anudada desde atrás, como si siguiera sirviendo a un gran daimio en su tierra.

—Nuestro rey agoniza —le confió Nagamasa mientras dejaban atrás el Gran Palacio—. Me ha pedido que jure lealtad a Prasat Thong, que se convertirá muy pronto en el regente del nuevo monarca Athittayawong. —Akinao no abrió la boca, prudente, como siempre, pero Nagamasa sabía perfectamente que pensaba como él—. Yo tampoco confío en ese hombre. Cualquier cosa puede esperarse de alguien con una ambición sin límites, pero no tiene suficientes apoyos para tomar el poder por sí mismo. Está claro que habrá disturbios cuando se dé la noticia. Los partidarios del príncipe Sri Sin y del hijo mayor del rey no se quedarán callados. Es necesario mantenernos al margen y ser cautos. Prasat Thong nos pide dirigirnos al reino de Ligor y tomarlo por la fuerza, estar lejos de aquí cuando se produzca la muerte de nuestro rey. He tomado la decisión de obedecer, puesto que es cierto que ese reino lleva tiempo oponiéndose a la Casa Real y que no dudará en levantarse en armas cuando vea la oportunidad. Apoyar al príncipe rebelde ha sido la definitiva confirmación. Sin embargo, esta vez no me acompañarás. Necesito que te quedes aquí y vigiles a Prasat Thong y a ese animal que lo acompaña, Ubon.

—Estarás demasiado lejos para consultarte si surgen problemas.

—Crees que debería quedarme, ¿verdad? Eso sería un error. Prasat Thong nos utilizaría de alguna forma, aprovechando que he jurado protegerlo. En caso de una guerra interna, alegaría que actúa en defensa del nuevo rey y que debemos luchar por él. Pero Prasat Thong ha olvidado algo: tú no has jurado lealtad al regente. Que estés lejos de mi consulta garantiza tu imparcialidad y la libertad de decidir lo mejor para los nuestros sin manipulaciones externas.

—Comprendo… —aseguró Akinao mientras cruzaban el puente que dejaba atrás el complejo de edificios y templos reales de vuelta a la ciudad.

Retornaron a las calles, de trazado caótico e irregular. Las casas estaban construidas sin seguir ningún orden, al contrario de Nihon6. Se elevaban, al menos, cuatro pies del suelo, pues una vez al año los canales se desbordaban, inundando la ciudad. Contaban con anchos muros y tejas de barro rojo, pero las paredes estaban sin pintar, puesto que solo el rey y los sacerdotes tenían derecho a adornar sus edificios.

—Haz lo que debas, mi fiel Akinao —pidió Nagamasa—. Nadie mejor que tú para ser mis ojos aquí y también mi sable, si fuera necesario.

Akinao inclinó el rostro con una solemnidad cargada de simbolismo, evidenciando la fuerza y el compromiso que un samurái ofrece antes de dar la vida por su señor. Nagamasa sonrió ante lo marcado del gesto, liberando toda la tensión acumulada.

A medida que se acercaban al muro de la ciudad, las viviendas eran más humildes, la mayoría construidas de caña de bambú, con techos cubiertos con hojas de coco o tejas de mala calidad.

—¿Cuántos años llevas a mi lado? —preguntó Nagamasa.

—Han pasado ya quince años desde que me acogiste.

—¡Maldito loco! —exclamó Nagamasa chasqueando la lengua. Le divertía incomodar al inquebrantable samurái con licencias como aquella—. Aún me acuerdo del día en que te presentaste ante mí. Me ofreciste tu katana con un descaro y una seguridad insultantes. Eras el mejor guerrero de todas las Islas Sagradas, aseguraste, y, para demostrarlo, estabas dispuesto a enfrentarte a muerte con mis mejores hombres, uno por uno o todos a la vez.

—No tenía nada que perder —se defendió Akinao—. No era más que un rōnin7.

—Eso era precisamente lo que te hacía tan peligroso. Supe verlo a tiempo. Y por todos los dioses que no me equivoqué al aceptarte y al no permitir que lucharas contra mis guerreros. Hubiera pagado un precio demasiado alto por tu servicio.

Akinao no respondió a eso, incómodo. En su lugar, prefirió cambiar el rumbo de la conversación.

—¿Cuándo partirás?

Nagamasa arrugó la frente.

—Primero, visitaré a mi mujer y a mi hijo, pero no creo prudente esperar más de dos días. La salud de nuestro rey no le permitirá vivir mucho más y será mejor que no esté aquí cuando abandone este mundo. Conquistaré el reino de Ligor y esperaré tus noticias antes de regresar. Mientras, deberás proteger el nihonmachi8 y nuestros asuntos comerciales en el puerto y me mantendrás al corriente de lo que ocurra en la capital.

—Así se hará —respondió Akinao.

 

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3Chō: antigua medida de longitud equivalente a 109,09 metros, de modo que 15 chō serían unos 1 600 metros.

4Kabuto: casco de la armadura japonesa.

5Ok-ya: título de mayor rango entre la nobleza siamesa, concedido por el rey tras un ascenso gradual entre los cargos cortesanos.

6 Nihon: abreviatura de País del Sol Naciente, el nombre más común para el Japón de la época.

7Rōnin: samurái sin señor al que servir.

8Nihonmachi: nombre que recibían los asentamientos japoneses en el extranjero.

LÁGRIMAS AL ALBA

Akinao abrió los ojos justo antes de que el cielo empezara a clarear. Hacía muchos meses que no dormía sobre un cómodo futón, pero había tenido un sueño ligero, todavía acostumbrado a los periodos intermitentes de vigilia propios de las campañas militares. Tuvo que recordarse que se encontraba en su casa, en Ayutthaya, y no en medio de la selva. Sin embargo, no quiso volver a dormir. En su lugar, buscó el cálido cuerpo de su amante, ávido del placer que creía haber colmado en esa noche de reencuentro, pero que ahora constataba que solo había servido para acrecentar su deseo latente. Lamentablemente, su mano se perdió en la oscuridad del lecho vacío.

La mayoría de los postigos estaban cerrados para dificultar la entrada de los insectos, así que tuvo que encender una linterna para encontrar su yogi9 en cuanto echó a un lado la mosquitera. No había ni rastro de Sensai, aunque imaginó dónde podría encontrarlo.

Salió al pasillo. Avanzó hasta la última estancia del primer piso de la casa y deslizó el fusuma10 sin hacer ruido. La silueta de Sensai estaba tenuemente perfilada en la ventana que daba al río Chao Phraya, por encima de la empalizada de madera que rodeaba el nihonmachi. Estaban fuera de las murallas de la isla principal, al igual que los asentamientos del resto de los pueblos extranjeros y de los siameses menos pudientes.

Sensai le daba la espalda, perdido en sus pensamientos, enmarcado en la tibieza de los contornos apenas distinguibles de la estancia. Un leve resplandor desde el exterior le confería un halo mágico entre lo tangible y lo etéreo. Aquella visión, propia de un poema, detuvo el impulso de Akinao de anunciar su presencia. Conmovido hasta lo más profundo de su ser, fue incapaz de perturbar aquel momento eterno de sublime intimidad, consagrado al amor que sentía por Sensai. Arrobado, se sentó en completo silencio.

El samurái sintió vívidamente lo efímero de la vida, la dicha de aquel instante irrepetible y, por ello, de un valor incalculable. Solo era un sueño a punto de acabar y, sin embargo, era perfecto más allá de lo imaginable. A punto estuvieron de resbalar copiosas lágrimas por sus mejillas.

Akinao estaba decidido a redescubrir cada detalle del cuerpo de su amado a medida que la claridad del día lo fuera revelando. Aguardaría, paciente, a que su mirada fuera reconociendo lo que sus manos habían acariciado en el lecho esa misma noche. Hasta ese instante, no había reparado en cuánto lo había echado de menos, cuánto lo deseaba, y en lo innegable del vínculo que los unía.

—No te escondas en las sombras —lo recriminó de pronto Sensai, sin volverse.

Akinao exhaló un aire que no había sido consciente de retener. El mágico momento había pasado, pero no podía culpar de nada a Sensai. Un buen samurái debía estar atento a lo que ocurría a su alrededor todos los días del año, aun en la supuesta seguridad de su propio hogar, alejado de la guerra y de los enemigos, disciplinar la mente hasta el punto de mantener la inmediata disposición a defender su vida, incluso durante el sueño.

—He sido muy torpe —reconoció Akinao avanzando hacia Sensai—. Quizá un elefante de guerra hubiera actuado con más cuidado.

Sensai lo recibió con una sonrisa arrebatadora. A veces, como en ese momento, a Akinao lo invadía una inquietante vulnerabilidad, rendido a merced de sus sentimientos. Durante toda su vida, había tratado de prepararse para la muerte en combate, de que su voluntad no cediera bajo el peso de la duda o el miedo, pero cerca del ser amado era tan frágil como una hoja de otoño esperando la tormenta.

De común y tácito acuerdo, mantuvieron una perfecta inmovilidad, esperando juntos la llegada del nuevo día sin despegar los labios. El cielo clareó a un tono índigo. El río surgió de su lecho de oscuridad y los márgenes verdes se espejaron en sus calmadas aguas, como si las primeras tonalidades de la mañana fueran fruto de una luz oculta en el interior del Chao Phraya y no del sol encerrado tras las montañas.

Akinao, sin embargo, solo tenía ojos para las atractivas guedejas de Sensai, destacadas por las sienes afeitadas al estilo juvenil de flequillo de esquina. Aquel peinado y las mangas anchas de su kimono atestiguaban que aún no había pasado oficialmente a la edad adulta, pese a que era tan alto y casi tan corpulento como el propio Akinao.

Al amanecer,cegado por el amor,soy descubierto.

El corazón de Akinao latió con más fuerza después de improvisar aquel haiku, pero aún lo hizo con más intensidad cuando detectó unas inesperadas lágrimas en el rostro del joven. Aquel no era un comportamiento propio de Sensai.

—¿Qué ocurre? —preguntó Akinao, turbado—. Anoche disfrutamos de la dicha de nuestro reencuentro, pero hoy descubro que has huido del lecho para esconderte en la soledad. ¿Cuál puede ser el motivo de tu congoja?

Sensai dudó, sometido a una lucha interior que amenazaba con desbordarlo. Los hombros temblaron y sus ojos fueron incapaces de mantener la mirada de Akinao.

—Ya tengo diecisiete años —comenzó el joven con voz trémula, pero no fue capaz de continuar. Seguía llorando en silencio.

—¿Qué es lo que me estás pidiendo, Sensai? —Akinao temía la respuesta.

—Muchos samuráis son adultos a los dieciséis años… incluso antes. —Su voz se quebró una vez más.

En el camino del amor viril solo había una regla, que se aplicaba tanto entre los samuráis como entre el clero budista: uno de los amantes, llamado nenja, debía ser un hombre maduro que tomara como pupilo a un jovencito, que recibía la condición de wakashū hasta su mayoría de edad, momento en el que el vínculo se rompía y podía tomar libremente a otros amantes o incluso abandonar el camino del amor viril para casarse con una mujer y tener hijos.

—¿Deseas que te dé permiso para celebrar tu genpuku11? ¿Acaso no juramos amarnos hasta la muerte?

El joven Sensai reaccionó de pronto, como si acabara de recibir un flechazo. Se irguió con brusquedad y se giró hacia él. Su voz subió de tono y las lágrimas cesaron.

—¡No digas eso! Claro que te amo y desearía seguir fiel a nuestro juramento por esta y todas las vidas por venir. Ni el corte de mi hombro ni lo que siente mi corazón pueden borrarse.

La cicatriz que ambos lucían en la piel se la habían autoinfligido frente a la deidad Hachiman del pequeño santuario sintoísta del asentamiento, como testimonio de su compromiso de unión eterna. Ningún samurái se atrevería jamás a romper un juramento al patrón de la guerra. Akinao seguía sin comprender, pero la necesidad de hacerlo fue mayor que su inquietud y pudo controlar sus emociones para continuar la conversación en tono más calmado.

—Deseas romper nuestro compromiso, lo que contradice tus palabras. La sola idea de no ser tu maestro de vida, de guerra, de virtud y… de amor es más de lo que puedo soportar.

—Lo sé muy bien. Es por eso por lo que hay fuego en mi interior, un fuego que me avergüenza y me consume. La lealtad y el amor que me unen a ti han entrado en conflicto con mi fe. Muchos son los días que he pasado buscando una solución, pero solo he encontrado una forma de sortear el abismo que se abre a mis pies.

—¿Qué es lo que ocurre? Explícate sin tapujos o me volveré loco.

Sensai volvió la vista al paisaje, como si buscara la inspiración o la fuerza que le faltaban para continuar.

—Cuando te fuiste a la guerra contra el príncipe rebelde Sri Sin, no pude soportar tu ausencia, el temor a que no volvieras a mí, a que sufrieras y murieras lejos de mi abrazo. Muchos refugiados que han llegado a este reino alejado de nuestra patria lamentan sus propias desgracias. Algunos han perdido a sus seres más queridos, otros han sido repudiados por sus clanes. Su dolor era tan grande como cabe imaginar, pero habían logrado sobreponerse y reiniciar sus vidas aquí. Intrigado, busqué el mismo consuelo porque no me sentía con fuerzas suficientes para seguir en este mundo doliente. Todos hablaban de la nueva religión, que acabé por conocer y entender. Ahora tengo otro nombre y otro objetivo: me he bautizado.

—¿Bautizado?

—Es un rito de los kirishitan. Ahora soy uno de ellos. Mi nuevo nombre es Pablo.

Akinao chasqueó la lengua como muestra de rechazo. No pudo evitarlo. Pese a que sabía muy bien que la mayoría de los nipones refugiados en Ayutthaya practicaban esa religión prohibida en su tierra natal, él jamás había aceptado nada que viniera de los nanban12.

—¿Y qué tiene que ver esa creencia con nosotros? ¿Alguno de sus sacerdotes te ha solicitado como amante?

—No se trata de eso —se defendió Sensai—, antes me suicidaría que permitir que otro hombre me tocara. Los sacerdotes kirishitan no practican el amor carnal. En realidad, el problema es otro: prohíben la relación entre hombres. Es pecado.

Sensai había bajado el rostro, contrito. Era obvio que le había costado mucho pronunciar aquellas palabras, que ardían tanto en su garganta como en los oídos de su amante.

—¿Pecado? —repitió Akinao, atónito—. ¿Qué clase de religión es esa que censura el amor?

—No está prohibido, pero las relaciones sexuales solo están contempladas como medio de concepción, no de placer. Al igual que los samuráis, los kirishitan defienden reglas y normas que renuncian a la satisfacción y al goce personal por un bien mayor, por el cultivo del espíritu y la búsqueda de la gracia de Cristo.

—¿Qué hay de censurable en el shūdō13? ¿Desde cuándo el cuerpo puede ser fuente de pecado? No hay nada vergonzoso en el goce de los sentidos mientras no nos aparte de nuestras obligaciones. —Sensai guardó silencio, sin atreverse a contradecirlo. Akinao percibió su guerra interna, el daño que hacían sus palabras y aplacó su ira. Odió con toda su alma a aquellos nanban que habían corrompido todo lo bueno que había en el joven, haciendo crecer la duda en su corazón—. ¿Ha sido el padre António Francisco el que te ha instruido sobre todo esto?

Se refería al jesuita portugués que desde hacía cuatro años trataba de evangelizar Ayutthaya.

—Dice que el mismo Dios considera impuro lo que hacemos —aseguró Sensai— y que el infierno es el destino de quienes practican el amor carnal entre hombres. Los llama sodomitas.

—¿Y tú lo crees?

—Un samurái obedece a su señor, aunque sea incapaz de conocer los motivos tras una orden emitida. Tampoco yo tengo la autoridad de cuestionar los preceptos de mi fe o los mandamientos concedidos por mi Dios. Solo sé que no puedo continuar amándote, pero, al mismo tiempo, tampoco deseo romper el juramento que me une a ti. Me encuentro atrapado entre dos obligaciones. La única forma de eludir mi dolor es que me concedas tu permiso. Si paso a la edad adulta, no mancillaré nuestro amor, aunque suponga su final. Prefiero sufrir tu pérdida que continuar con esta agonía, de la misma forma que el anciano aquejado de la enfermedad más dolorosa solo busca la paz que le otorga la muerte. Por favor…

—¿Acaso has olvidado quién es el padre António Francisco? Ese hombre fue enviado por nuestros enemigos.

—No llegó como una amenaza —lo defendió el joven—. Formaba parte de una embajada enviada desde Manila, es verdad, pero solo para liberar a los prisioneros nanban de las mazmorras reales. Llegó con un mensaje de paz que logró convencer al rey de Siam y obtener la liberación de los suyos.

—Te refieres a los piratas que formaban parte del galeón y la flotilla de juncos del capitán castellano Fernando de Silva que remontaron el Chao Phraya saqueando todas las poblaciones siamesas de sus orillas. ¿Acaso ese detalle no es importante?

—El padre es un hombre piadoso, su intención era únicamente librar del cautiverio y la muerte a otros seres humanos.

—Nuestros enemigos —insistió Akinao.

—Todos somos hijos de Dios, todos somos, por tanto, hermanos. El perdón nos hace grandes a sus ojos, nos libera de la ira y la culpa. Nuestros samuráis mataron a ciento cincuenta castellanos y confiscaron su carga, pero el padre António Francisco olvidó todo eso y se quedó aquí para salvarnos de nuestra ignorancia y alumbrar nuestro camino. ¿No prueba eso su honestidad?

—Solo su debilidad o, tal vez, una intención oculta —declaró Akinao cada vez más alterado—. Además, no creo en el perdón a los enemigos. Esos hombres no merecían su liberación. Matamos a muchos de ellos, en efecto, pero pasas por alto que su intención era llegar a la misma capital para arrasarla con sus cañones y robar sus tesoros. También sucumbieron samuráis luchando contra los invasores. Yo estuve allí, del lado de Nagamasa, y fui testigo de su valor y entrega. ¿Sus espíritus no merecen nuestra consideración? ¿Crees que estarán agradecidos de que, tras su sacrificio, hayamos liberado a quienes los mataron y aceptado las enseñanzas de su religión? No pudieron ganarnos por la fuerza de las armas y ahora tratan de envenenar nuestra voluntad con ideas perniciosas camufladas como religión. ¿No ves que ese sacerdote y su pueblo nos odian? Ningún siamés se ha convertido, mientras que los nuestros…

—Estás equivocado —negó Sensai—. Tendrías que escuchar sus sermones antes de juzgarlo. Él es portugués, pero no obedece a ninguna nación, solo a la palabra de Cristo, que solo pide el amor incondicional a todos los seres humanos, castellanos y nipones incluidos.

Akinao no se dio por vencido, pero decidió abandonar aquella línea de argumentación. La discusión le estaba haciendo perder su legendaria templanza. Si no lo hubiera prohibido expresamente Nagamasa, él mismo hubiera cortado la cabeza de aquel maldito jesuita hacía mucho tiempo y se hubiera ahorrado este sufrimiento.

El samurái tomó aire profundamente y trató de serenarse. Tomando la mano de su amado, habló con toda la ternura que pudo reunir.

—Hay registros escritos del amor entre hombres desde la era Heian14, pero la costumbre proviene de mucho tiempo atrás, antes de la creación de nuestras sagradas islas, de los tiempos en que los dioses eran los únicos seres del mundo y no había mujeres ni hombres. Los sacerdotes lo llevan practicando sin restricción desde la llegada del budismo a nuestra nación. Lo utilizan como herramienta para alcanzar la iluminación y prohíben las relaciones con mujeres. Es, por tanto, la manifestación más pura del amor. No existe un infierno para aquellos que aman a otro hombre, su destino final es el nirvana. El paraíso de los nanban está muy lejos de la Tierra Pura. Si abrazas su religión, no volveremos a vernos después de la muerte. ¿Es eso lo que quieres?

Los primeros rayos del sol bajaron del cielo para iluminar las nuevas lágrimas de Sensai, que brillaron como diminutas perlas en su rostro. Akinao, temblando de pasión, no pudo continuar. Aún sin comprender los argumentos del joven, le conmovía lo que la pasada noche había supuesto para Sensai. Pese a estar convencido de que estaba cometiendo un pecado para su nueva religión, le había regalado su cuerpo una última vez.

—No puedo renunciar a tu amor, Sensai —declaró el guerrero.

El joven tardó en responder. Eso, y no el resto de sus airados argumentos, fue lo que hizo tambalear su convicción.

—Nuestra vida no nos pertenece —susurró el joven—. Nuestros deseos no pueden ser contrarios a los designios del Altísimo.

—¿Qué más puedo decirte para que abras los ojos? —respondió Akinao, suplicante—. Busca en tu interior. Sé que me amas. ¿Acaso crees que mis sentimientos son menos sinceros?

Sensai negó despacio, impotente.

—Siempre hemos sabido que nuestro amor no perduraría —aseguró con pesar—, como el deshielo de montaña que acaba fundido en el mar. Algún día sería mayor de edad o tú morirías en alguna batalla. Ese fue el motivo por el que disfrutamos de la dicha de cada instante juntos y eso fue lo que dio valor a nuestro compromiso. Solo te pido que no posterguemos más lo que ha de llegar y que, de esa forma, liberes mi espíritu de este tormento. Aceptaremos lo inevitable sin romper nuestro juramento, empujados por la corriente de la vida, ajenos a culpas o remordimientos. Recordemos y guardemos lo vivido, como un sueño.

Sensai separó su mano delicadamente, pero Akinao sintió como si la fuerza de un vendaval lo alejara de su amado.

—¿Qué es lo que te da esa religión, Sensai? —le preguntó con voz queda—. ¿Qué puede ser tan grande como para enterrar lo que sentimos?

—No te acuso de nada, sé que debías cumplir con tu deber y acompañar a Nagamasa para atrapar a ese príncipe rebelde. Sin embargo, la soledad fue insoportable. Añoré tus manos y tu rostro, soñé con los fantasmas de mis padres y hermanos, pensé en quitarme la vida… Pero entablé amistad con otros jóvenes creyentes y vino hasta mí Cristo, mi nuevo Dios. Algo inesperado creció dentro de mí y purgó mi dolor. —Sensai volvió a mirarlo. Esta vez, sus ojos vibraban de devoción—. Él no es como los dioses que conocemos. Renunció a su vida inmortal para venir al mundo con el objetivo de sufrir como el resto de los hombres, para compartir nuestra barbarie y nuestros errores. ¿Puedes entender un sacrificio semejante?

—He oído esa historia. Dicen que murió sin hacer nada por defenderse. No es una actitud precisamente encomiable en un dios.

—No lo entiendes, podría haber matado a todos sus enemigos con solo mover un dedo, pero prefirió abrazar la paz, el perdón y la mortalidad. Esa fue su gran victoria.

—Si murió, ¿cómo puede ayudarte? Solo es una imagen, un recuerdo. Yo, en cambio, estoy aquí, a tu lado.

—Cristo permanece vivo en el corazón de aquellos que lo llamamos. Está en todas partes y en todo momento, cediendo su aliento a quienes nos ahogamos sin necesidad de invocarlo mediante complicados ritos. Él me rescató de mi desesperación y ahora estoy en deuda. No puedo romper nuestro juramento, pero tampoco el que le hice a Él.

—¿Él está en todas partes? ¿Qué me dices de los kami15? Los espíritus de la naturaleza son manifestaciones reales que conviven con nosotros. Ellos no piden tanto a cambio de su favor.

—No fue ninguno de ellos quien atendió mi súplica cuando llegó mi hora más sombría.

Akinao apretó los puños, impotente. Cuanto más trataba de razonar con Sensai, más vehemente era su defensa. En aquella ciega resolución se adivinaba el mismo peligro que había obligado a Toyotomi Hideyoshi, al tenka16 y a Tokugawa Iemitsu a prohibir aquella religión, a perseguir o expulsar de su patria a los kirishitan. Algunos, la mayoría en Nagasaki, habían preferido morir antes que renunciar a aquella absurda creencia. El resto se había refugiado allí, en el emplazamiento nipón de Ayutthaya.

Sonaron voces abajo, en la primera planta de la casa. Hidoi, la única sirvienta, hablaba con un visitante en la entrada. Los dos amantes guardaron silencio, expectantes. Algo anormal sucedía.

No tuvieron que esperar mucho. En el silencio de la madrugada, escucharon el crujido de los peldaños de la escalera mientras la anciana Hidoi ascendía. Akinao se levantó y echó a un lado el fusuma para invitarla a pasar.

—Ha venido un samurái —explicó la mujer después de saludar y arrodillarse. Pese a lo temprano de la hora, vestía con la pulcritud habitual. Estaba claro que llevaba bastante tiempo despierta y Akinao sintió una punzada de incomodidad al imaginar que habría escuchado la conversación o, al menos, captado lo suficiente para saber que discutían—. Yamada Nagamasa te reclama urgentemente a su presencia.

—¿No ha dicho nada más? —preguntó Akinao.

—Solo eso. Supongo que no hay tiempo para que te prepare el desayuno.

—No te preocupes, Hidoi. Muchas gracias.

La anciana inclinó el rostro y se marchó arrastrando los pies por el pasillo.

Cuando Akinao se giró, Sensai volvía a mirar por la ventana, como si no hubiera ocurrido nada. El resplandor del nuevo día llenaba ya la habitación.

—Debo irme —anunció Akinao, como si el joven no hubiera sido testigo del intercambio de palabras—. Continuaremos esta conversación en cuanto regrese.

Incluso a él aquellas palabras le parecieron inapropiadas. Sensai no contestó, lo que aumentó su dolor. Por un momento, tuvo un fuerte deseo de abrazarlo, de arrancarle la ropa y poseerlo una vez más, como si de aquella forma pudiera apartar todas las dudas, borrar las dolorosas palabras pronunciadas y solo quedara su amor.

Al instante, lo asaltó una funesta visión: buscaba su sable y regresaba furibundo a la habitación para obligar a su amante a cambiar de opinión. Después, se imaginó en una actitud totalmente opuesta, arrodillado y suplicando con desesperación infinita que reconsiderara su decisión.

No podía pensar con un mínimo de claridad. Todo era un caos de decisiones contradictorias, a cuál más perturbadora. En su estado, temía cometer alguna locura de la que se arrepintiera toda la vida.

Se obligó a salir afuera sin volver la mirada, huyendo de su presente y de sí mismo, pues la parte más profunda de su ser quedaba tras él, retenida en las lágrimas de su amado.

Se lavó en el patio sin esperar a calentar el agua, se peinó y vistió antes de ceñirse sus sables a la cintura y salió a la calle a toda prisa. Como un vendaval, caminó hacia la salida del nihonmachi, sintiendo una furia inmensa que no sabía cómo manejar y que prefería arrastrar lo antes posible lejos de Sensai. Muy pocas veces perdía el control de aquella forma, pero sabía que las consecuencias podían ser desastrosas. Cuando la ira se adueñaba de él, estaba ciego.

El pulso de Akinao era más rápido de lo normal y su mente apenas era consciente de lo que sucedía, como si el mundo real fuera insustancial y voluble. No se fijaba en los pocos transeúntes con los que se cruzaba ni devolvió el saludo a los samuráis que custodiaban la entrada del nihonmachi. Todo a su alrededor era un borrón, un reflejo distorsionado de una realidad que le era ajena. Su mente no le concedía descanso, rememorando una y otra vez las imágenes de su conversación con Sensai.

No podía presentarse en ese estado ante su señor. Necesitaba calmarse antes y lo único que se le ocurrió fue caminar con pasos vehementes sin rumbo fijo, alejándose cada vez más del asentamiento nipón. Luchó por enclaustrar sus pensamientos sobre Sensai en un lugar apartado de su mente. Aunque la inestabilidad proveniente de sus tribulaciones seguía instalada en su ánimo, confiaba en que terminarían por perder la fuerza arrolladora que ahora lo consumía.

No fue plenamente consciente de que aceleraba aún más el paso ni de que la creciente luz del sol iba descubriendo los detalles de la selva a su alrededor. Subió a uno de los juncos que dejaban atrás la isla para dirigirse al puerto de Ayutthaya y desembarcó en los arrabales de la ciudad manteniendo su tenso mutismo.

Los siameses que no tenían derecho a vivir dentro de los muros de la capital del reino comenzaban a salir de sus casas para iniciar el nuevo día cuando, de pronto, unos gritos sacaron de su ensimismamiento a Akinao. No obstante, fue demasiado tarde. Antes de terminar de alzar la vista, chocó con un cuerpo que le daba la espalda.

—¡¿Qué es lo que haces?! —protestó alguien en siamés.

Akinao no contestó. Necesitaba unos instantes para estudiar la situación.

Dos hombres pedían clemencia de rodillas delante de los muros. Como en otras muchas zonas de los casi dos ri17 de muralla, en aquel punto, una gran sección se había venido abajo, fruto de la falta del debido mantenimiento. Los prisioneros debían de haberlo aprovechado para tratar de salir de la ciudad sin ser vistos. Sus ropas no daban ninguna pista sobre su condición, pues en Siam, salvo durante las audiencias reales, todos vestían de forma similar, sin distinción de clase. Era el número de esclavos y sirvientes acompañantes lo que evidenciaba la posición de cada uno. Sin embargo, Akinao los reconoció al instante. Eran opraa, uno de los títulos de mayor rango entre la nobleza cortesana, aunque no llevaran el fino gorro de lino de forma piramidal que los identificaba como tales. Los había visto en varias ocasiones cerca del rey. Se trataba de Sersy Amerat y Tjula, dos patriarcas de familias fieles a la dinastía Sukhothai. Desde hacía cincuenta años eran intocables, pero esa mañana sus vidas parecían a punto de ser arrebatadas por el grupo de asaltantes que los rodeaba, pese a contar con el favor del agonizante rey Songtham. Sus rostros estaban desencajados por el pánico.

Akinao estudió al siamés que acababa de hacer trastrabillar. Era un guerrero armado con una lanza de larga hoja de doble filo. Se calzaba con unas sandalias y cubría su cabeza con un casco acampanado de un vivo bermellón. Su cuerpo lo protegían dos voluminosas piezas de cuero, una alrededor de la cintura y otra para el pecho y los hombros. Apenas superaba los veinte años y su rostro estaba rojo de ira. Los otros guerreros, también armados con cimitarras y lanzas, eran siete, tres de ellos protegidos con grandes escudos rectangulares. A un lado, había cinco cadáveres cubiertos de cortes sangrantes. Eran esclavos que habían cargado con unos bultos de viaje que ahora estaban olvidados en el suelo.

Los asaltantes no eran vulgares delincuentes, sino miembros del ejército al servicio de la corte. No tenía ningún sentido que amenazaran la vida de aquellos nobles, pero Akinao tuvo una sorpresa aún mayor. Acababa de reconocer a quien los lideraba. Era el mismísimo Ubon, el despiadado esbirro de Prasat Thong. Sin pretenderlo, acababa de inmiscuirse en sus turbios asuntos, algo que podía influir negativamente en los intereses de Nagamasa. Por desgracia, era muy tarde para lamentaciones, pues el guerrero al que acababa de empujar preparaba su lanza para atacarlo. Su vida estaba en juego.

Lejos de afligirse por lo apurado de la situación, Akinao agradeció dejar atrás su congoja, su furia y su dolor tras la conversación mantenida con Sensai. Entre aceros y cuero estaba en su elemento, un lugar donde el instinto y su yo interno tomaban las riendas, donde no cabían las dudas. Tenía delante una amenaza real a la que podía hacer frente, al tiempo que liberaba su ira.

Akinao retrocedió la pierna izquierda para no estorbar la salida de sus sables y se inclinó ligeramente para afianzar sus pies bajando el centro de gravedad. Su percepción de cuanto lo rodeaba se amplió mágicamente, sus sentidos se agudizaron y el tiempo corrió más despacio. El aire que respiraba se volvió más ligero, los sonidos crecieron en intensidad, los colores ganaron luminosidad. Sin fijar la atención en ningún lugar en particular, supo dónde estaban sus enemigos. Eligió el orden en el que se enfrentaría a cada uno de ellos, hacia qué lugar tendría que desplazarse tras cada acometida, los puntos exactos que tendría que buscar con el filo de su acero para superar las protecciones de cuero. Y después de eso… lo olvidó todo. Ya no era Akinao, no estaba a un mundo de distancia de su verdadero hogar, no conocía a Sensai, no sabía lo que era matar o morir. Se vació de tal forma que no hubo diferencia entre el suelo que pisaba o el cielo sobre su cabeza, nada lo separaba de aquellos hombres que intentaban matarlo. Todos eran uno y uno lo era todo. No había intencionalidad ni objetivo. Solo había que fluir y dejarse llevar.

Pero un instante antes de que Akinao acercara su mano a la empuñadura de su katana y se desencadenara todo, uno de los nobles gritó su nombre.

—¡Akinao! ¡Intercede por nosotros! —suplicó—. Tú sabrás convencerlos.

Ubon, extrañado, levantó una mano y detuvo a sus guerreros, olvidando a los lloriqueantes aristócratas a los que habían estado a punto de degollar.

—¡Nipón! —lo llamó Ubon con tono despectivo—. ¿Quién eres? ¿Cómo es que estos traidores creen que puedes ayudarlos?

—Es la mano derecha de Yamada Nagamasa —aclaró el noble que había hablado antes.

Ubon lo pateó y lo mandó contra la pared.

—¡Silencio! —Los dos nobles se cubrieron la cabeza con las manos, como si trataran de evitar un alud de tierra, y no volvieron a levantar la vista.

El gigante miró a Akinao con mayor detenimiento, buscando en su memoria.

—Te he visto antes —reconoció—. Puede que estos perros tengan razón y seas quien dicen.

—Mi nombre es Tani Akinao —respondió el samurái—, del clan Chō