El rey serpiente - Jeff Zentner - E-Book

El rey serpiente E-Book

Jeff Zentner

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Beschreibung

Una novela esperanzadora sobre la relación entre adolescentes y sus dificultades para iniciar una nueva vida.   Aclamada por la crítica, nominada en las diez mejores listas del año y ganadora del Premio William C. Morris, El rey serpiente es la historia de tres adolescentes que se encuentran a sí mismos, y entre ellos, mientras esperan graduarse de la escuela secundaria con la esperanza de dejar atrás un pequeño pueblo de Tennessee. Dill no es el niño más popular en su escuela secundaria rural de Tennessee. Después de que su padre cayó en desgracia en un escándalo público que resonó en toda su pequeña ciudad, Dill se convirtió en objetivo de bullying. Afortunadamente, sus dos compañeros inadaptados y mejores amigos, Travis y Lydia, le cubren las espaldas. Pero a medida que comienzan su último año, Dill siente que su futuro se acerca amenazante. Sus únicos escapes son la música y sus sentimientos secretos hacia Lydia, ninguno de los cuales es lo suficientemente valiente para compartir. La graduación se siente más como un final para Dill que un comienzo. Pero incluso antes de eso, debe lidiar con otro final, uno que sacudirá su vida hasta la médula. El novelista de primer nivel Jeff Zentner brinda una visión cómica y sin parpadear de las dura realidad de crecer en una región donde el cristianismo evangélico tiene un profundo arraigo social, y una mirada íntima a las luchas por encontrar el verdadero yo en los restos del pasado.

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Seitenzahl: 409

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Índice de contenido
Portadilla

Jeff Zentner

El Rey Serpiente

Zentner, Jeff

El rey serpiente / Jeff Zentner. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2019.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

Traducción de: Karina Benitez.

ISBN 978-987-609-747-5

1. Narrativa Estadounidense.. 2. Novela. I. Benitez, Karina, trad. II. Título.

CDD 813

© 2016, Jeff Zentner

Publicado en Estados Unidos por Crown Books fo Young Readers, una edición de Random House Children’s Books, división de Penguin Random House LLC, Nueva York.

© 2018, Editorial Del Nuevo Extremo S.A.

A. J. Carranza 1852 (C1414 COV) Buenos Aires Argentina

Tel / Fax (54 11) 4773-3228

e-mail: [email protected]

www.delnuevoextremo.com

Título en inglés: The Serpent King

Imagen editorial: Marta Cánovas

Traducción: Karina Benítez

Corrección: Mónica Piacentini

Arte de cubierta: Leo Perrotta Chico

Diseño interior: Dumas Bookmakers

Primera edición en formato digital: Enero de 2019

ISBN 978-987-609-747-5

Digitalización: Proyecto451

Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

Impreso en la Argentina - Printed in Argentina

Esta es una obra de ficción. Todos los nombres, personajes, lugares y acontecimientos son producto de la imaginación del autor o utilizados de manera ficticia.

Cualquier semejanza con personas, vivas o muertas, eventos o lugares reales es mera coincidencia.

Para Tennesse Luke Zentner,

mi hermoso hijo.

Mi corazón.

1

Dill

HABÍA COSAS a las que Dillard Wayne Early hijo le temía más que al comienzo de clases en Forrestville High. No muchas, pero algunas. Pensar sobre el futuro era una de ellas. A Dill no le gustaba hacerlo. No le importaba mucho hablar de religión con su madre. Nunca lo hacía sentir feliz o a salvo. Detestaba la expresión de reconocimiento que, por lo general, aparecía en el rostro de la gente cuando se enteraba de su nombre. Eso casi nunca resultaba en una conversación que él disfrutara.

Y él realmente no disfrutaba de visitar a su padre, el pastor Dillard Early, en la prisión de Riverbend. El viaje a Nashville ese día no era para visitar a su padre, pero, aun así, tenía una sensación inquietante de una especie de temor y no sabía por qué. Debía ser porque comenzaba el colegio al día siguiente, pero, de alguna manera, esta vez se sentía diferente a años anteriores.

Habría sido peor si no fuera por la emoción de ver a Lydia. Los peores días que pasaba con ella eran mejores que los días sin ella.

Dill dejó de rasguear la guitarra, se inclinó hacia delante, y escribió en el cuaderno de composición, de la tienda de todo por un dólar, que estaba abierto en el suelo frente a él. El decrépito aire acondicionado resoplaba con dificultad y perdía, así, la batalla contra la humedad de la sala de estar.

El golpe seco de una avispa en la ventana capturó su atención por sobre el esfuerzo del aire acondicionado. Se levantó del sillón roto y caminó hacia la ventana, que destrabó hasta que se abrió con un chillido.

Dill empujó a la avispa hacia la hendija.

—No quieres quedarte aquí —murmuró—. Esta casa no es lugar para morir. Vamos. Vete.

La avispa se posó en el borde, observó la casa una vez más y voló libremente. Dill cerró la ventana, casi teniendo que colgarse de ella para cerrarla en su totalidad.

Su madre entró con el uniforme de mucama de hotel puesto. Se veía cansada, como siempre, lo que hacía que pareciera tener mucho más de los treinta y cinco años que tenía.

—¿Qué hacías con la ventana abierta y el aire acondicionado encendido? La electricidad no es gratis.

Dill se dio vuelta.

—Avispa.

—¿Por qué estás vestido para salir? ¿Vas a algún lado?

—A Nashville. Por favor, no hagas la pregunta que sé que vas a hacer.

—¿A visitar a tu padre? —Sonó optimista y acusadora, ambas cosas.

—No. —Dill apartó la mirada.

Su madre se acercó a él y buscó que la mirara.

—¿Por qué no?

Dill evitó la mirada fija de ella.

—Porque… no es por eso que vamos.

—¿“Vamos”?

—Yo. Lydia. Travis. Los mismos de siempre.

Ella se puso una mano en la cadera.

—Entonces, ¿por qué van?

—Por ropa para el colegio.

—Tu ropa está bien.

—No, no lo está. Me está quedando muy chica. —Dill levantó los brazos escuálidos y la remera destapó su estómago delgado.

—¿Con qué dinero? —El ceño de su madre, ya más marcado que el de la mayoría de las mujeres de su edad, se frunció.

—Solo la propina que me da la gente por ayudarla a llevar sus compras hasta los autos.

—Eres libre de viajar a Nashville. Deberías visitar a tu padre.

Más te vale que visites a tu padre o vas a ver, quieres decir. Dill tensó la mandíbula y la miró.

—No quiero. Odio ese lugar.

Ella cruzó los brazos.

—No tiene que ser divertido. Es una prisión. ¿Crees que él lo disfruta?

Probablemente más de lo que lo disfruto yo. Dill se encogió de hombros y volvió a mirar por la ventana.

—Lo dudo.

—No pido mucho, Dillard. Me haría feliz. Y lo haría feliz a él también.

Dill suspiró y no dijo nada. Siempre esperas mucho sin pedirlo realmente.

—Se lo debes. Eres el único con tiempo libre suficiente.

Ella le haría sentir el peso. Si él no lo visitaba, haría que el dolor fuera peor y durara más tiempo que si él cedía. El temor se intensificó en el estómago de Dill.

—Tal vez. Si tenemos tiempo.

Cuando su madre estaba a punto de intentar arrancarle una promesa más firme, un Toyota Prius subió a toda velocidad por el camino y chirrió hasta detenerse frente a su casa con un bocinazo. Gracias, Dios.

—Debo irme —dijo Dill—. Que tengas un buen día en el trabajo. —Se despidió de su madre con un abrazo.

—Dillard…

Pero él ya se había ido antes de que ella pudiera continuar. Se sintió agobiado al enfrentar la mañana de verano tan soleada y se cubrió los ojos por el sol. La humedad lo sorprendió de manera violenta incluso a las nueve y veinte de la mañana, como si tuviera una toalla mojada y caliente envuelta en la cara. Miró hacia la Iglesia Bautista El Calvario, con las paredes blancas descascaradas, que se encontraba calle arriba desde su casa. Como de costumbre, entrecerró los ojos para leer el cartel. SIN JESÚS, NO HAY PAZ. CONOCE A JESÚS, CONOCE LA PAZ.

¿Qué pasa si conoces a Jesús, pero no tienes paz? ¿Quiere decir que el cartel está mal? ¿O que no conoces a Jesús tan bien como crees? Dill no había sido criado para considerar cualquiera de las opciones como particularmente buena.

Abrió la puerta del auto y entró. El frío helado del aire acondicionado hizo que se le encogieran los poros.

—Hola, Lydia.

Ella sacó una copia deteriorada de La Historia Secreta del asiento del acompañante antes de que Dill se sentara sobre ella, y la tiró en el asiento de atrás.

—Lamento llegar tarde.

—No lo lamentas.

—Claro que no. Pero tengo que fingir. Obligaciones sociales contractuales y cosas por el estilo.

Uno podía programar la hora sabiendo que Lydia llegaría veinte minutos tarde. Y era inútil intentar engañarla pidiéndole encontrarse veinte minutos antes de la hora que uno realmente quería. Eso solo hacía que ella llegara cuarenta minutos después. Tenía un sexto sentido.

Lydia se inclinó y abrazó a Dill.

—Ya estás transpirado y aún es de mañana. Los hombres son tan asquerosos.

El marco negro de los lentes de ella crujió contra el pómulo de él. El cabello enmarañado de Lydia de color azul ahumado, como el del cielo desteñido de noviembre con manchas de nubes, olía a miel, higo y vetiver. Él inspiró. Hacía que su mente nadara de manera placentera. Para ir a Nashville, ella se había puesto una blusa vintage sin mangas de color rojo a cuadros con unos pantalones cortos de jean de cintura alta y color negro y unas botas vintage tejanas. A él le encantaba cómo se vestíapara cada situación, y había muchas.

Dill se abrochó el cinturón de seguridad un segundo antes de que ella acelerara y quedara presionado contra el asiento.

—Perdón. No tengo acceso a un AA que haga que agosto parezca diciembre. —A veces, pasaba días sin sentir el aire tan fresco como en el auto de Lydia, con excepción de cuando abría la heladera.

Ella extendió el brazo y bajó un par de puntos la temperatura del aire acondicionado.

—Creo que mi auto debe luchar contra el calentamiento global de todas las maneras posibles.

Dill inclinó uno de los conductos de ventilación para que el aire le dé en la cara.

—¿Alguna vez piensas en lo extraño que es que la Tierra esté atravesando a toda velocidad el vacío negro del espacio, donde hay unos mil grados bajo cero, y mientras tanto nosotros estemos aquí abajo transpirando?

—Muchas veces pienso en lo extraño que es que la Tierra esté atravesando a toda velocidad el vacío negro del espacio y mientras tanto tú estés aquí abajo comportándote como un bicho raro.

—Entonces, ¿adónde vamos en Nashville? ¿Al centro comercial Opry Mills o algo así?

Lydia lo fulminó con la mirada y volvió a mirar el camino. Extendió la mano hacia él, sin dejar de mirar hacia delante.

—Discúlpame, pensé que habíamos sido mejores amigos desde noveno grado, pero, aparentemente, nunca nos hemos visto siquiera. Lydia Blankenship. ¿Tú eres?

Dill aprovechó la oportunidad para tomarle la mano.

—Dillard Early. Tal vez has oído sobre mi padre que tiene el mismo nombre.

Forrestville, Tennessee, se había escandalizado por completo cuando el Pastor Early de la Iglesia de los Discípulos de Cristo con Símbolos de Fe fue a la penitenciaría estatal, y no por los motivos que todos esperaban. Todos suponían que un día tendría problemas por las, aproximadamente, veintisiete serpientes de cascabel y cabeza de cobre que sus adeptos hacían circular cada domingo. Nadie sabía con exactitud qué ley estaban infringiendo, pero, de alguna manera, parecía ilegal. Y el Departamento de Vida Silvestre de Tennessee finalmente tomó la custodia de las serpientes luego de que él fuera arrestado. La gente incluso pensaba que, quizás, entraría en conflicto con la ley por inducir a su rebaño a beber ácido de batería diluido y estricnina, otra actividad de adoración preferida. Pero no; fue a la Prisión de Riverbend por un tipo de veneno diferente: posesión de más de cien imágenes que mostraban a un menor involucrado en relaciones sexuales.

Lydia inclinó la cabeza y entrecerró los ojos.

—Dillard Early ¿eh? El nombre me suena. De todas maneras, sí, estamos viajando una hora y media a Nashville para ir al centro comercial Opry Mills y comprarte la misma basura de taller clandestino que Tyson Reed, Logan Walker, Hunter Henry, sus novias insoportables y todas las amigas desagradables también usarán el primer día del último año.

—Hago una simple pregunta…

Ella levantó un dedo.

—Una pregunta estúpida.

—Una pregunta estúpida.

—Gracias.

Los ojos de Dill se posaron en las manos de Lydia sobre el volante. Eran delgadas, con dedos largos y elegantes; uñas de color bermellón; y muchos anillos. No era que el resto de su persona no fuera elegante, pero sus dedos eran, sin duda, violentamente elegantes. Él disfrutaba de verla manejar. Y escribir a máquina. Y hacer todo lo que hiciera con las manos.

—¿Llamaste a Travis para avisarle que llegarías tarde?

—¿Te llamé a ti para avisarte que llegaba tarde? —Dobló rápido en una curva y las ruedas rechinaron.

—No.

—¿Crees que será una sorpresa para él que llegue tarde?

—Nop.

El aire de agosto era una niebla húmeda. Dill ya podía oír los insectos, como fuera que se llamaran. Esos que hacían un zumbido agitado y vibrante en una mañana sofocante, indicando que ese día sería más caluroso aún. No chicharras, no lo pensó. “Vibrainsectos”. Ese parecía el mejor nombre.

—¿Con qué estoy trabajando hoy? —preguntó Lydia. Dill la miró confundido. Ella levantó la mano y frotó los dedos unos con otros—. Vamos compañero, mantén el ritmo.

—Ah. Cincuenta dólares. ¿Puedes trabajar con eso?

Ella resopló.

—Claro que puedo trabajar con eso.

—Está bien, pero no me vistas raro.

Lydia volvió a extenderle la mano, con más energía, como un golpe de karate sobre una tabla.

—No, pero en serio. ¿Nos conocemos? ¿Cómo era tu nombre de nuevo?

Dill volvió a sujetarle la mano. Cualquier excusa era buena.

—Hoy estás de humor.

—Estoy de humor para recibir un poco de crédito. No mucho. No me malacostumbres.

—Ni soñando.

—En los últimos dos años de compra escolar, ¿alguna vez hice que te vieras ridículo?

—No. Quiero decir, aún me regañan por estas cosas, pero estoy seguro de que eso habría pasado igual sin importar lo que me pusiera.

—Así es. Porque vamos a un colegio con gente que no reconocería el estilo, aunque los abofeteara en la cara. Tengo una imagen tuya, plantado en una americana rústica. Camisas de vaquero con broches de perla. Pantalones de jean. Clásico, masculino, con líneas icónicas. Mientras todos los demás en Forrestville High tratan, desesperadamente, de aparentar que no viven en Forrestville, nosotros daremos la bienvenida y nos apropiaremos de tu impronta sureña, siguiendo el mismo estilo de Townes Van Zandt en los años 70, que se encuentra con la era de Whiskeytown de Ryan Adams.

—Has planeado esto. —Dill disfrutaba de la idea de que Lydia pensara en él. Aunque solo fuera como un maniquí glorificado.

—¿Esperarías menos?

Dill aspiró la fragancia que había en el auto. Aromatizador de vainilla para autos mezclado con papas fritas, loción de jazmín, naranja y jengibre y maquillaje intenso. Estaban llegando a la casa de Travis. Él vivía cerca de Dill. Se detuvieron en una intersección, Lydia se tomó una selfie con su teléfono y se lo pasó a Dill.

—Sácame desde allí.

—¿Estás segura? Tus seguidores pueden comenzar a pensar que tienes amigos.

—Qué gracioso. Hazlo y deja que yo me preocupe por eso.

Un par de cuadras después, estacionaron frente a la casa de los Bohannon. Era blanca y estaba deteriorada, con el tejado de zinc erosionado y madera amontonada en la galería de adelante. El padre de Travis transpiraba en la entrada de ripio mientras cambiaba las bujías de su camioneta, que tenía el nombre del negocio familiar, Maderas Bohannon, estampado en un costado. Lanzó una mirada poco amigable a Dill y Lydia, se rodeó la boca con la mano y gritó:

—¡Travis, tienes compañía! —ahorrándole a Lydia la molestia de tocar bocina.

—Papá Bohannon parece no estar de humor —dijo Lydia.

—Según Travis, Papá Bohannonn tiene un humor constante. Se llama ser un completo idiota, y no tiene cura.

Un minuto o dos pasaron antes de que Travis saliera dando grandes pasos. Sin prisa, tal vez. Como lo hacen los osos. Todo su metro noventa y pico y 113 kilos. El cabello rojo crespo y desprolijo y la barba roja moteada de adolescente estaban húmedos por la ducha. Llevaba puestas sus características botas negras de trabajo, Wranglersnegros, y camisa de vestir negra y holgada abrochada hasta arriba. Alrededor del cuello, tenía un collar con un dragón decorado de color plata, que sujetaba una bola de cristal púrpura un recuerdo de algún festival del Renacimiento. Siempre lo usaba. Llevaba un libro de bolsillo, con las puntas dobladas, de la serie Bloodfall, otra de las cosas que rara vez no llevaba.

A medio camino del auto, se detuvo, levantó un dedo, giró y corrió de vuelta a la casa, casi tropezándose con los propios pies. Lydia se encorvó, las manos sobre el volante, y lo observó.

—Ay, no. El bastón —murmuró—. Se olvidó del bastón.

Dill se quejó y se llevó la mano a la cara.

—Sip. El bastón.

—El bastón de roble —dijo Lydia con una voz medieval exagerada.

—El bastón mágico de reyes y lores y hechiceros y elfos, o lo que sea.

Travis regresó aferrado al bastón, que tenía símbolos y rostros tallados de manera torpe. Su padre levantó la mirada hacia él con expresión incómoda, sacudió la cabeza y retomó el trabajo. Travis abrió la puerta del auto.

—Hola, chicos.

—¿El bastón? ¿De verdad? —dijo Lydia—.

—Lo llevo en los viajes. Además, ¿qué pasa si necesitamos que nos proteja? Nashville es peligroso.

—Sí —dijo Lydia—, pero no es peligroso por todos los bandoleros que andan con bastones. Tienen armas ahora. Un arma destroza un bastón como una tijera.

—Dudo mucho de que tengamos una lucha de bastones en Nashville —dijo Dill.

—A mí me gusta. Tenerlo me hace sentir bien.

Lydia giró los ojos y puso el auto en marcha.

—Bendito Dios. Bueno, chicos. Hagamos esto. La última vez que iremos de compra escolar juntos, gracias al Señor.

Y con esa declaración, Dill se dio cuenta de que el temor que sentía en el estómago no desaparecería pronto. Tal vez nunca. ¿La humillación final? Dudaba de que, al menos, pudiera sacar una buena canción de eso.

2

Lydia

LA SILUETA de Nashville se avecinaba a la distancia. A Lydia le gustaba Nashville. Vanderbilt estaba en su lista de universidades. No en los primeros lugares, pero estaba. Pensar en universidades la ponía de buen humor, igual que estar en una ciudad grande. Después de todo, ella se sentía mucho más feliz de lo que había estado el día anterior al comienzo de cualquier año escolar de su vida. Solo podía pensar en lo que sentiría el día anterior al próximo año escolar; estudiante de primer año de la universidad.

Cuando ingresaron en la periferia de Nashville, Dill se quedó mirando hacia afuera. Lydia le había dado la cámara y lo había designado el fotógrafo de la excursión, pero él se olvidó de tomar fotografías. Tenía ese sentimiento de lejanía de siempre y el perceptible aire de melancolía. Aunque hoy, sin embargo, parecía diferente. Lydia sabía que las visitas a Nashville eran un asunto agridulce para él debido a su padre, y ella había intentado, adrede, tomar un camino que fuera diferente al que tomaba él para visitar la prisión. Había pasado bastante tiempo en Google Maps trazando la ruta, pero fue inútil. Había tantos caminos de Forrestville a Nashville.

Tal vez Dill miraba las casas que pasaban. Parecía que no existían casas tan pequeñas y deterioradas como la de él, incluso en las zonas de Nashville con casas pequeñas y deterioradas, al menos a lo largo del camino que tomaron. Tal vez él iba pensando en la música que corría por las venas de la ciudad. O tal vez alguna otra cosa ocupaba su mente por completo. Eso siempre era una posibilidad con él.

—Ey —dijo ella con suavidad.

Él se sobresaltó y la miró.

—Ey, ¿qué?

—Nada. Solo “ey”. Estás tan callado.

—No tengo mucho para decir hoy. Pienso.

Cruzaron el río hacia el este de Nashville y pasaron cafeterías y restaurantes hasta que se detuvieron en un típico bungaló restaurado. Un letrero pintado a mano en el frente decía ATTIC. Lydia estacionó. Travis extendió el brazo para alcanzar el bastón.

Lydia levantó un dedo en advertencia.

—No lo hagas.

Ellos ingresaron, pero solo después de que ella hiciera que Dill le tomara una fotografía de pie junto al letrero y otra inclinada en la amplia galería de entrada.

La tienda olía a cuero viejo, madera y jean. Un aire acondicionado ronroneaba al bombear aire fresco con olor a moho. Fleetwood Mac sonaba en parlantes ocultos. El piso de madera rechinaba debajo de ellos. Una bonita pelirroja de estilo bohemio de unos veinte años estaba sentada detrás de un mostrador de vidrio lleno de joyas hechas a mano, mirando atentamente la pantalla de su laptop. Levantó la mirada cuando se acercaron.

—Bueno, me encanta tu estilo. Qué bien te ves, ¿es de verdad? —le dijo ella a Lydia.

Lydia se inclinó.

—Muy amable, gracias, señorita comerciante. Qué bien te ves tú, ¿es de verdad?

Lydia dio una mirada a Dill que decía: Intenta obtener este tipo de trato en el estúpido centro comercial Opry Mills.

—Chicos, ¿están buscando algo en particular hoy?

Lydia tomó a Dill del brazo y lo empujó frente a ella.

—Ropa. Alguna cosa. Pantalones. Que le queden bien a este chico y conmocionen a todas las mujeres a lo largo de la Meseta de Cumberland de Tennessee.

Dill desvió la mirada.

—Mejor, por ahora, concentrémonos en la parte de que me queden bien, Lydia —dijo él con los dientes apretados.

La mujer susurró.

—Mis padres casi me llaman Lydia. Se quedaron con April.

—Guíanos, señorita April —dijo Lydia—. Veo que tienes una excelente variedad bien seleccionada.

Dill entraba y salía del probador mientras Travis se sentó en una silla de madera que crujía y se puso a leer, aislado del mundo. Lydia estaba en su salsa, como pocas veces más feliz que cuando jugaba a disfrazarse con Dill, su propio pequeño proyecto de moda a beneficio.

Lydia le pasó a Dill otra camisa.

—Necesitamos algo de música para montaje de prueba de ropa Let´s Hear It for the Boy o algo así. Y, en un momento, sales del probador con un disfraz de gorila o algo similar y yo sacudo la cabeza inmediatamente.

Dill se puso la camisa, la abrochó y se observó en el espejo.

—Miras demasiadas películas de los ochenta.

Finalmente, tenían una pila de camisas, pantalones de jean, una chaqueta de jean forrada con piel de oveja y un par de botas.

—Me encanta hacer compras vintage contigo, Dill. Tienes el cuerpo de una estrella de rock de los setenta. Todo te queda bien. Nota mental: en la universidad, cualquier novio debe tener el cuerpo de Dill. Es un cuerpo agradable para vestir. De hecho, probablemente también sería un cuerpo agradable para buenocomo sea, es un cuerpo agradable para vestir.

—No puedo pagar todo esto —dijo Dill en voz baja.

Lydia le dio una palmada en la mejilla.

—Tranquilo.

April marcó las prendas. Treinta dólares por tres camisas. Treinta dólares por la chaqueta. Cuarenta dólares por las botas. Veinte dólares por dos pares de jeans. Ciento veinte dólares en total.

Lydia se apoyó en el mostrador.

—Muy bien, April. Este es el trato. Me encantaría que nos vendieras todo esto por cincuenta dólares, y estoy dispuesta a hacer que tu tiempo valga la pena.

April hizo un gesto simpático con la cabeza.

—Ay, cariño. Ojalá pudiera. Te diré algo. Redondeemos en cien, como precio para amigos, porque desearía que fuéramos mejores amigas.

Lydia se inclinó sobre el mostrador y señaló la laptop.

—¿Puedo?

—Claro.

Lydia escribió Dollywould en el buscador y esperó a que se cargara. Giró la computadora hacia April.

—¿Alguna vez entraste aquí?

April entornó los ojos para mirar la pantalla.

—Sí, me suena. Estoy casi segura de que sí. ¿No había un artículo sobre las mejores tiendas vintage en Tennessee?

—Sip.

April recorrió el sitio.

—Bien, sí, entré aquí antes. Era un artículo excelente.

—Gracias.

—Espera, ¿lo escribiste tú?

—Ese y todos los demás artículos en Dollywould. Yo lo administro.

April dejó caer la mandíbula ligeramente.

—No me digas. ¿Es en serio?

—Sip.

—¿Cuántos años tienes… dieciocho, tal vez?

—Diecisiete.

—¿Dónde estabas cuando yo iba al colegio?

—En Forrestville, Tennessee, deseando ser tú. ¿Cómo haces publicidad?

—De boca en boca, más que nada. No tengo mucho presupuesto para marketing. Publicaré un anuncio esporádico en Nashville Scene cuando haya tenido un buen mes.

—¿Qué te parece si promociono tu tienda en Dollywould a cambio de que nos hagas un descuento en esto?

April repiqueteó los dedos en el mostrador y pensó por un segundo.

—No sé.

Lydia sacó el teléfono de repente y escribió mientras April meditaba. Puso el teléfono sobre el mostrador, retrocedió y cruzó los brazos con una amplia sonrisa. El teléfono sonaba y vibraba.

—¿Qué es eso? ¿Qué hiciste? —preguntó April.

—Pensé que debía darte una prueba. ¿Estás en Twitter?

—Tengo una cuenta para la tienda.

—Tuiteé para contarles a mis 102.678 seguidores que, en este momento, me encuentro en la mejor tienda vintage del estado de Tennessee y que deben venir a conocerla.

—Guau. Gracias, yo…

Lydia levantó el dedo y tomó el teléfono.

—Espera. Veamos qué tenemos. Bien, tenemos setenta y cinco favoritos, cincuenta y tres retuits. Gracias por el dato, definitivamente voy a ir.Siempre confío en tu gusto. Necesito hacer un viaje a Nashville, tal vez podamos encontrarnos y hacer algo de compras.

—Y si…

Lydia levantó el dedo de nuevo.

—Ahh, aquí hay uno bueno. Este es de Sandra Chen-Liebowitz. Probablemente no te suene el nombre, pero ella es la editora adjunta de artículos de la revista Cosmo. Veamos qué tiene para decir: Excelente dato, me encuentro trabajando en un artículo de Nashville en este momento. ¡Gracias! Así que quizás aparezcas en las páginas de la Cosmo. ¿Convencida?

April contempló a Lydia por un segundo y se rindió con una pequeña risa.

—Está bien. Tú ganas.

—Ganamos las dos.

—Así que, básicamente, supongo que eres la chica con más onda del colegio, ¿no?

Lydia rio. Dill y Travis se unieron a ella.

—Ay. Sí. Soy la que más onda tiene. Ahora, ¿la más popular? Digamos que ser famosa en Internet tiene poco mérito entre mis compañeros.

—De alguna manera, es mérito negativo —dijo Dill.

—Lo que dijo él. En el colegio, no hay mucho mérito en ser una chica que, ya sabes, expresa opiniones sobre algo.

—Bueno, estoy asombrada —dijo April.

—Genial. Ahora, mientras le cobras a mi amigo, pensaré en la mejor manera de gastar trescientos dólares aquí.

— ¿Y tú? —dijo April a Travis—. No estoy segura de que tengamos mucho para alguien tan alto como tú, pero podemos intentar.

Travis se sonrojó y la miró con una sonrisa de costado.

—Ah no, gracias, señorita. Yo prácticamente uso lo mismo todos los días, así puedo pensar en otras cosas.

April y Lydia intercambiaron miradas. Lydia movió la cabeza. La cara de April demostró comprensión.

* * *

Lydia no tuvo problemas, en absoluto, para gastar su presupuesto para ropa. Antes de que se fueran, le pidió a Dill que tomara unas cincuenta fotografías de ella con sus nuevos conjuntos combinados de diferentes maneras. Y otras veinte más de ella con April. Ella y April intercambiaron números de teléfono y prometieron mantenerse en contacto.

Apenas salieron, comenzaron a transpirar de inmediato. Hacía al menos treinta y cinco grados. El sol de la tarde brillaba. El zumbido de las chicharras palpitaba como los latidos del corazón en una ecografía.

Lydia hizo señas para que todos se amontonaran.

—Saquémonos algunas fotos todos juntos. Último viaje de compra escolar a Nashville.

Dill forzó una sonrisa.

—Vamos, amigo, puedes hacerlo mejor —dijo Lydia. Él volvió a intentarlo, sin mejoras.

—Ey, Lydia, ¿podrías sacarme algunas fotos con mi bastón?

Lydia estaba eufórica por el golpe maestro que había dado por Dill, la ropa que había encontrado para ella y su nueva amiga moderna mayor que ella. Aun así, simuló una gran molestia para mantener la coherencia.

—Bueno, está bien. Vamos. Trae tu bastón.

Travis fue saltando al auto y lo agarró. Regresó y adoptó una postura seria y pensativa.

—Listo.

Lydia tomó varias fotografías. Travis cambió de poses: apoyado sobre el bastón, sosteniéndolo como preparado para golpear.

—Asegúrate de que se vea mi collar con el dragón.

—Amigo. No soy principiante en hacer que los buenos accesorios se destaquen en las fotos.

Cuando ella terminó, Travis se acercó para ver el trabajo; una amplia sonrisa infantil le iluminaba la cara. Él olía a ropa transpirada y húmeda que había quedado demasiado tiempo en la lavadora antes de pasar a la secadora.

—Salí bien en estas —murmuró—. Como Raynar Northbrook de Bloodfall.

Dill se estiró para dar un vistazo.

—Ah, esas dicen Raynar Northbrook por todos lados. —Travis no entendió la broma.

Lydia aplaudió.

—Caballeros, tengo hambre. Vayamos a Panera.

—Panera es muy caro. Yo quiero ir a lo de Krystals —dijo Travis.

—(A) es “Krystal” en singular y sin “lo de”. Y (B), no.

—Vamos, te toca elegir la música en el camino.

—Hay un Krystal en Forrestville. No hay un Panera. No hicimos todo este viaje para comer en el estúpido Krystal y que nos den la misma porquería que podríamos comer en Forrestville.

—Dejemos que decida Dill. Él puede desempatar.

Dill miraba fijamente a lo lejos.

—Yono tengo hambre. Comeré en casa.

—No importa —dijo Travis—. Igual puedes votar.

—Un voto por Krystal es un voto para volver a casa —dijo Lydia.

—Voto por Panera entonces —dijo Dill, con una sonrisa más sincera.

Terminaron yendo a Krystal por Travis.

3

Dill

DILL TENÍA la esperanza de que cuando preguntara si podían hacer una parada en la prisión cuando salieran de la ciudad, luego de comer, Lydia diría que tenía que llegar a su casa por alguna razón y que no le era posible esperarlo a que visitara a su padre. Pero no.

La prisión de Riverbend estaba en una zona rural, falsamente hermosa, de Nashville. Colinas ondulantes y una frondosa alfombra de árboles rodeaban edificios color beige en forma de bloques con ventanas estrechas.

—No me quedaré demasiado. Saben que odio este lugar —dijo Dill y salió del auto.

Lydia dio golpecitos a su teléfono.

—No te preocupes, amigo. Puedo ocuparme de mi publicación en el blog sobre la vuelta al colegio.

Travis tomó su libro.

—Chicos, se supone que deben decirme lo importante que es para ustedes volver a casa —dijo Dill.

—Ah, bien —dijo Lydia, sin levantar la vista—. Bueno, Dill, apúrate allí dentro o, de lo contrario, seré castigada o azotada, o algo por el estilo.

—Sí, apúrate Dill —dijo Travis—. Realmente quiero llegar a casa y pasar el rato con el padre genial que tengo, en lugar de leer mi libro favorito.

Dill apenas sonrió y les hizo fuck you. Respiró profundo y caminó hacia el edificio principal. Pasó por seguridad y se registró. Los guardias lo llevaron al área de visitas. No se veía como las áreas de visitas que mostraban en televisión. No había divisores transparentes y auriculares de teléfono. Era un salón grande lleno de mesas redondas, cada una con dos o tres sillas, y algunas máquinas expendedoras. Se parecía a la cafetería de su colegio, y él estaba tan emocionado de estar allí como lo estaría en la cafetería del colegio. Estaba lo suficientemente sofocante como para recordarte que el edificio tenía aire acondicionado, pero alguna limitación moral o de presupuesto evitaba que se usara para que las cosas no fueran tan agradables. Varios guardias vigilaban alrededor del salón.

Dill era la única visita. Se sentó en una mesa y repiqueteó los dedos. No podía dejar de mover las piernas. Solo acabemos con esto.

Giró y se puso de pie cuando una puerta se abrió y un guardia guio a Dillard Early padre.

El padre de Dill era alto y delgado, huesudo. Tenía ojos oscuros hundidos; un bigote estilo Dalí; y cabello negro, largo y grasoso, con mechones grises, y atado en una cola. Cada vez que Dill lo veía, parecía más frío. Más calculador. Más salvaje y más parecido a una serpiente. La prisión lo iba marcando e iba eliminando la poca suavidad y gentileza que tenía. Él era casi diez años mayor que la madre de Dill, pero parecía tener veinte años más.

Llevaba puesto pantalones de jean azul oscuro y una camisa de uniforme celeste con un número estampado en el pecho y TDOC estampado en la espalda.

Su padre se acercó lentamente. Tenía un andar cauteloso y depredador.

—Hola, Junior. —Dill odiaba que lo llamaran “Junior”. Se quedaron de pie enfrentados por un segundo. No tenían permitido abrazarse ni tocarse de ninguna manera. Dill podía sentir su olor del otro lado de la mesa. No olía mal precisamente, pero no había dudas de que era humano. Primitivo. Como el olor de la piel y el cabello que no son lavados con tanta frecuencia como los de las personas en libertad.

Tomaron asiento. El padre de Dill puso las manos sobre la mesa. Se había tatuado MARCOS en los nudillos de una mano y 1618 en los de la otra. Los tatuajes eran un nuevo acontecimiento. Y no uno bueno. No era una señal prometedora verlo moverse en dirección a cosas más extrañas.

Dill intentó sonar relajado.

—Hola, papá. Parece que te hiciste algunos tatuajes.

Su padre se miró las manos como si se enterara de algo nuevo.

—Sí, así es. No me dejarán practicar mi religión aquí, así que llevo mi fe en la piel. No pueden sacarme eso.

Se ve que te está yendo bien aquí. Cuando su padre fue a prisión, todos imaginaron que la pasaría mal, considerando cuál era su creencia. Pero subestimaron el carisma de su padre. Aparentemente, si puedes convencer a las personas de que recojan serpientes de cascabel y cabeza de cobre y beban veneno, puedes convencerlas de que te protejan de lo que su padre llamaba “los Sodomitas”.

Se sentaron y se contemplaron uno al otro durante varios segundos incómodos.

—Entonces ¿cómo estás? —preguntó Dill.

—Estoy viviendo un día a la vez, gracias a Jesús.

—¿Estás comiendo lo suficiente? —Hablar de cosas sin importancia en la prisión era difícil. Ni siquiera el tiempo era un tema de interés mutuo.

—Mis necesidades están satisfechas. ¿Cómo están tú y tu madre?

—Sobreviviendo. Trabajando duro.

Sus ojos de mirada intensa brillaban con una luz extraña que hacía que Dill sintiera tristeza por dentro.

—Me pone contento oír eso. Trabajen duro. Paguen nuestras deudas, así podré reconstruir mi iglesia cuando se cumpla mi tiempo aquí. Quizás me puedas acompañar si tu fe se vuelve poderosa para entonces.

Dill se retorció.

—Sí, tal vez. De todos modos, mañana empieza el colegio.

Su padre apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos como si estuviera rezando.

—Es esa época del año, ¿no? ¿Y cómo pasarás este año en el colegio? ¿Serás un soldado de Cristo y difundirás las buenas noticias de salvación y sus señales a tus pares? ¿Harás el trabajo que yo no puedo?

Dill volvió a moverse en el asiento y apartó la mirada. No le gustaba hacer contacto visual con su padre. Él tenía el tipo de mirada que hacía que las personas hicieran cosas que sabían podían lastimarlas.

—Yo,o sea, yo no creo que a mis compañeros les importe realmente lo que tenga para decir. Perfecto. Un recordatorio de lo poco popular que soy combinado con un recordatorio de lo mucho que decepciono a mi padre, todo envuelto en el mismo paquete. Visitar la prisión sí que es divertido.

Su padre se apartó, con la mirada clavada en Dill, y le dio una tranquilidad conspiratoria a su tono de voz.

—Entonces, no digas. Canta. Alza esa voz que Dios te ha dado. Usa esas manos que Dios bendijo con la música. Difunde el evangelio mediante la canción. Los jóvenes aman la música.

Dill reprimió una risa irónica.

—Sí,pero no la música sobre recoger serpientes y esas cosas. Ese tipo de música no es tan popular.

—El Espíritu se moverá en ellos igual que se movía en nuestra congregación cuando cantabas y tocabas. Y cuando salga, nuestra congregación se habrá multiplicado por diez.

¿Y qué tal si solo intento sobrevivir al año escolar? ¿Y si no hago nada para quedar más ridículo aún?

—Mira, papá, con tu...nuestra situaciónse me hace difícil hablar con mis compañeros sobre este tipo de cosas. De verdad, no las quieren oír, ¿sabes?

Su padre resopló.

—¿Entonces nos rendimos ante el artilugio de Lucifer para arruinar los símbolos de nuestra iglesia? ¿Lo dejamos ganar sin dar batalla?

—No… Yo… Yo no… —El surrealismo de estar hecho para que un recluso de la prisión te haga sentir indigno se instaló, e impidió que Dill terminara la idea.

—¿Recuerdas cómo escribías salmos y los cantabas con la banda de oración? ¿Recuerdas eso?

—Sí, creo. Sí.

El padre de Dill volvió a sentarse, mirando a lo lejos, moviendo la cabeza levemente.

—Esas canciones eran hermosas. —Volvió a clavar los ojos en Dill—. Cántame una.

—¿Te refieres a aquí mismo? ¿Ahora? —Dill buscó algún indicio de que su padre estaba bromeando, lo que sería un hecho sumamente extraño, pero, aun así.

—Sí. La que escribiste. “Y Cristo nos liberará”.

—No tengo mi guitarra ni nada. Además, ¿no sería raro? —Dill hizo un gesto con la cabeza a los guardias que parecían aburridos y hablaban entre ellos.

Su padre se dio vuelta y miró a los guardias. Volvió a girar con un resplandor en los ojos.

—¿Crees que ellos piensan que no somos raros?

Buen punto. Dill se sonrojó. En tal caso, podía sacarse el tema de encima. Rápidamente y en voz baja, cantó a capela. De reojo, vio que los guardias dejaron de hablar para escuchar.

—Más —dijo su padre, aplaudiendo—. Una nueva.

—Yo,en realidad, no he escrito ninguna nueva últimamente.

—¿Dejaste la música?

—No exactamente. Solo que ahora escribo… sobre otras cosas.

El rostro de su padre se turbó.

—Otras cosas. Dios no puso la música en tu boca para que pudieras cantar sobre las alabanzas de los hombres y la promiscuidad.

—Yo no escribo canciones sobre promiscuidad. No tengo ni una canción sobre eso.

Su padre lo señaló con el dedo.

—Recuerda esto. Cristo es la dirección. La única dirección. Tu camino a la salvación. Y tu música es tu camino a Cristo. Mi camino a Cristo fue la manifestación de las señales de fe. Si perdemos nuestro camino a Cristo, perdemos nuestro camino a la salvación. Perdemos nuestra recompensa eterna. ¿Entiendes?

—Sí, entiendo. —Hablar con su padre hacía sentir a Dill que estaba hablando con una pared de ladrillos dotada de sentidos que, por alguna razón, sabía sobre Jesús—. Bueno, bien, tengo que irme.

El rostro de su padre se turbó aún más.

—Acabas de llegar. Seguramente, no hiciste todo este viaje para quedarte unos pocos minutos y volver a casa.

—No. Aproveché el viaje con unos amigos que tenían que hacer unas compras para el colegio. Me están esperando en el estacionamiento y hace mucho calor. Fueron amables al dejarme venir por unos minutos.

El padre de Dill exhaló por la nariz y se puso de pie.

—Bueno, supongo que es mejor que te vayas entonces. Adiós, Junior. Dale mis cariños a tu madre y dile que le escribiré pronto.

Dill se puso de pie.

—Lo haré.

—Dile que recibí sus cartas.

—Está bien.

—¿Cuándo volveré a verte?

—No sé exactamente.

—Entonces, te veré cuando Dios quiera. Ve con Jesús, hijo.

El padre de Dill levantó los dos puños y los juntó, uno al lado del otro. Marcos 16:18. Luego, giró y se fue.

* * *

Dill soltó un suspiro largo cuando dejó el edificio, como si hubiera contenido la respiración durante todo el tiempo que estuvo dentro para evitar inhalar cualquier virulencia que albergaran los prisioneros de allí. Se sintió un poco mejor sin el temor de visitar a su padre. Ahora solo sentía el temor original de esa mañana.

Llegó al auto. Lydia le estaba diciendo algo a Travis acerca de cuántas calorías tendría que comer un dragón por día para poder lanzar fuego. Su argumento no parecía convencerlo.

Ella levantó la mirada cuando Dill se acercó.

—Ah, gracias a Dios. —Ella encendió el auto—. ¿Y cómo está tu padre?

—Raro —dijo Dill—. Él es muy raro.

—¿Es? —comenzó a preguntar Travis.

—Realmente no tengo ganas de hablar de eso.

—Muy bien…

—Perdón, no quiero ser grosero —dijo Dill—. Solo vayamos a casa.

Estuvieron en silencio la mayor parte del viaje de regreso. Travis leía el libro. Lydia puso un mix de Nick Cave & the Bad Seeds y Gun Club y golpeteaba el volante al ritmo, aun irradiando alegría. ¿Y por qué no debería? Ella había tenido un día excelente.

Dill miraba por la ventana los árboles que bordeaban ambos lados del camino, de vez en cuando una cruz hecha a mano al costado de la ruta, que marcaba el lugar donde alguien había encontrado el final, poniendo énfasis en la pared de verde intacta. Tres buitres daban vueltas alrededor de algo a la distancia y planeaban en corrientes de aire ascendentes. Él trató de disfrutar los momentos que quedaban del viaje.

La última vez de compra escolar juntos. La muerte de una pequeña parte de mi vida. Y ni siquiera logré disfrutarla por completo gracias al loco de mi padre. Que, lentamente, está volviéndose cada vez más loco.

De reojo, observó cómo conducía Lydia. Los bordes de la boca. La manera en que se elevaban en una sonrisa de satisfacción casi infinita. Cómo se movían sus labios, de manera imperceptible, mientras ella cantaba, sin querer, al compás de la música.

Recuerda esto. Escríbelo en una cruz hecha a mano y clávala en tu corazón como símbolo de este final.

Cuando llegaron a Forrestville, las sombras eran largas y la luz parecía que salía a raudales de una jarra de té dulce. Primero, llevaron a Travis.

Travis bajó rápidamente y se inclinó para mirar al interior del auto con la mano apoyada en el techo.

—Otro año con ustedes. ¿Nos vemos mañana?

—Lamentablemente —dijo Dill.

Travis caminó, sin prisa, hasta la galería del frente. Giró y saludó de nuevo cuando llegó a la entrada, con el bastón en alto.

Lydia aceleró.

—Yo no tengo apuro por llegar a casa —dijo Dill.

—Costumbre.

—¿Quieres ir al Parque Bertram y mirar los trenes hasta que oscurezca?

—Me encantaría quedarme, pero, de verdad, necesito comenzar a dedicarle algo de tiempo al blog por algunos meses. Con eso encabezaré mis solicitudes de ingreso a la universidad, así que debe tener buen contenido.

—Vamos.

—Mira, sería divertido, de la manera un poco aburrida de siempre, pero no.

Se detuvieron frente a la casa de Dill. Él se quedó sentado por un momento, sin moverse para alcanzar la manija de la puerta, antes de girar hacia Lydia.

—¿Vas a estar muy ocupada para nosotros este año?

El rostro de Lydia adoptó un gesto desafiante. Se le endureció la mirada y el aire eufórico se esfumó.

—Perdón, no estaba prestando atención,¿qué estuvimos haciendo en las últimas horas? Ah, cierto.

—No me refiero a eso. No hoy. Hablo en general. ¿Este año será así?

—Mm, no, amigo. Misma pregunta. ¿Este año irá así? No estás entendiendo y te estás comportando extraño cuando yo necesito hacer las cosas que tengo que hacer.

—No.

—Bueno, no comenzamos de la mejor manera.

—Entiendo. Estarás ocupada. Como sea.

—Pero serás realmente silencioso y taciturno al respecto y tal vez un poco idiota.

—Tengo muchas cosas en la cabeza.

—En serio, Dill. Por favor, no seas grosero cuando estoy ocupada.

—No soy grosero.

—Sí, un poco.

—Perdón.

Se contemplaron mutuamente por un momento como dándose la oportunidad para ventilar alguna otra queja o reclamo. La expresión de Lydia se suavizó.

—Cambiando de tema, media ensalada de Krystal no es mucho para una cena.

—Estoy bien.

—¿Seguro?

—Sí.

—Bueno, mejor me voy. ¿Compañero? —Ella se extendió y lo abrazó para despedirlo.

Dill inspiró su olor una vez más y lo recogió junto con la nueva ropa que tenía.

—Gracias por hacer esto. No quise parecer desagradecido.

—Bien, porque hice algo para ti. —Ella sacó un CD de la guantera que decía Joy Division/New Order escrito con marcador negro.

—Esto es lo que estuvimos escuchando en el viaje de ida a Nashville. Sabía que querrías una copia.

Dill golpeteó el CD con los dedos.

—Tenías razón. Gracias.

—Y debes saber que Love Will Tear Us Apart [El amor nos separará] es mi canción preferida en este mundo.

—Tomo nota.

—Mañana a las siete y cuarto.

Él levantó el pulgar en señal de aprobación.

—Estaré listo.

Dill bajó del auto y caminó hacia su casa. Subió los escalones de cemento agrietados y erosionados que llevaban a la puerta del frente y puso la mano en la perilla antes de pensarlo mejor. No tenía sentido sentarse en una casa sombría antes de que oscureciera. Apoyó las bolsas de ropa y el CD en los escalones, luego se sentó y miró fijamente el letrero de la iglesia.

No hay paz, no hay paz. No hay paz, no hay paz.

4

Travis

A RAYNAR NORTHBROOK le alegraba el alma ver las almenas de Northhome cada vez que volvía de cazar. Todo lo que quería era sentarse junto a un fuego ardiente y dejar que el cansancio se desvaneciera con una jarra de aguamiel de verano, mientras intercambiaba historias de conquista de tierras y mujeres hermosas con el capitán de la guardia. Hasta que miró hacia abajo desde la almena más alta y vio las filas del ejército de hombres caídos y Malditos de Rand Allastair acercándose para sitiar los muros, él tenía intenciones de disfrutar de la vida...

Travis entró y vio a su padre, que terminaba de beber una lata de Budweiser, los pies sobre la mesa de la sala, mientras miraba el partido de los Braves contra los Cardinals. Un plato cubierto de huesos grasosos de alas de pollo sobre el regazo. Tenía los ojos rojos y soñolientos.

Su padre no apartó la mirada del televisor.

—¿Dónde estabas?

—En Nashville, de compras para el colegio para Lydia y Dill. Te lo dije.

Su padre eructó, estrujó la lata, la agregó a una gran pila, y tomó una lata nueva de otra pila más pequeña.

—¿Conseguiste algo de ropa nueva para ti? ¿Así no pareces Drácula? —Abrió la cerveza.

—No. Me gusta mi ropa.

Su padre rio entre dientes.

—¿Y por qué demonios no te gustaría? Si lees toda esa basura sobre hadas y hechiceros.

—Clint, cariño, por favor no digas palabrotas —dijo la mamá de Travis, tímida y pelirroja como él, desde la cocina.

Cómo Travis un día salió de una mujer tan diminuta era un misterio. De hecho, cómo Travis provenía de su padre también era un misterio aceptable.

—Es mi casa. Diré todo lo que quiera —respondió su padre.

—Bueno, desearía que no. Travis, ¿quieres cenar?

—No, señora. —Travis se puso en camino a su habitación.

—Espera. No terminé de hablar contigo aún.

Travis se dio vuelta.

—Primer día de colegio —dijo su padre.

—Sip.

—¿Alguna vez te conté que fui mariscal de campo en mi último año? Lancé el pase ganador contra los Athens High en la semifinal. Matt también fue mariscal de campo.

—Ya lo habías mencionado antes. Un par de veces. —Travis sintió una fuerte punzada ante la mención de su hermano muerto. Matt siempre se había sentado con él la noche anterior a comenzar el colegio y su padre le daba un pequeño discurso motivacional. Le decía cómo hablar a las chicas. Que se defendiera por sí mismo. Que fuera un líder y no un seguidor. A Travis ya no le importaba este tipo de discurso.

—¿Planeas pasar el último año con el miembro en la mano? —preguntó su padre.

—No, señor. En mis pantalones, como siempre.

—¿Te crees gracioso?

—No, señor. —Travis se movió lentamente hacia su habitación.

Su padre no había terminado.

—¿Qué planeas hacer?

—Talleres. Tratar de sacarme buenas notas. Graduarme. Aprender, supongo.

Su padre sonrió con superioridad.

—¿Vas a volver a patear el trasero de algún “frijolero latino” este año?

—No lo tenía pensado —dijo Travis—. Alex me dejó solo.

Durante el penúltimo año, Alex Jimenez arrinconó a Dill en la cafetería y comenzó a jugar el “juego de cachetadas” con él. El juego era simple: Alex cacheteaba a Dill hasta que, con suerte, lograba que Dill tomara represalias, así él tenía una excusa para patearle el trasero. Como el único latino de la clase, Alex no estaba mucho más arriba que Dill en la escala social, pero ganar una pelea, por lo general, te colocaba un escalón más arriba.

Travis se acercó mientras Dill esquivaba otra cachetada y le pidió a Alex que se detuviera. Alex dirigió la atención a Travis. ¿Ganar una pelea contra alguien mucho más grande que tú? Eso sí que afianzaría su estatus. Travis no hizo mucho para defenderse hasta que Alex le dio una fuerte cachetada en el ojo.

Entonces, Travis se enojó. Levantó a Alex de la camiseta de fútbol y un poco lo empujó y otro poco lo lanzó unos dos o tres metros ininterrumpidos. Cuando Alex aterrizó, se dobló el tobillo, lo que hizo que cayera y se rajara la cabeza contra el borde de una de las mesas de la cafetería. La sangre salió a chorros. Él tuvo convulsiones.